Todo aquél que es alguien…

Así se promocionó la última película de Woody Allen en el Festival de Cannes de este año: todo aquél que es alguien estará en… Café Society, jugando con su hilo conductor, tal y como se explicaba en el documento distribuido oficialmente a la prensa como notas de producción. El constructo “Café Society” se refiere al ambiente de aristócratas, artistas y personalidades que frecuentaban los cafés y los restaurantes de moda en Nueva York, París y Londres al final del XIX y principios del XX. Esta denominación estuvo en boga en Nueva York en los años 30, donde existían docenas de clubes, que incluso en algún caso contaban con orquestas sinfónicas. Cada noche, frecuentaban los clubes de jazz de Greenwich Village, el Morocco de Midtown, así como el célebre Cotton Club situado en la calle 124 de Harlem.

El guionista y director de la película, lo afirma con gran rotundidad: «Esa época siempre me ha fascinado. Es uno de los períodos más emocionantes en la historia de la ciudad, donde la emoción reinaba todas las noches porque el Distrito de Manhattan vibraba al ritmo de sus teatros, cafeterías y restaurantes elegantes y con estilo».

Anoche, sin ser afortunadamente alguien del estilo preconizado en la película, estuve… en Café Society y tengo que reconocer que me causó muy buena impresión, aunque ese, definitivamente, no sea mi espacio vital habitual. La voz en off de Woody Allen me introdujo en ese fascinante mundo y comprendí muy bien el hilo conductor de la película, a través de diálogos memorables que, desgraciadamente, no pude retenerlos todos en mi mente. Recuerdo algunos de especial interés, como por ejemplo el referido a la vida que “es una comedia, escrita por un comediógrafo sádico “, “el amor no correspondido provoca más muertes al año que la tuberculosis”, “los sueños son siempre eso, sueños” (como broche final de la vida, no solo de la película) o “ante las preguntas sin respuesta la mejor respuesta es la que no existe”. También, los referidos al sarcasmo de la dialéctica de judaísmo y cristianismo en los últimos momentos antes de la ejecución del gánster de la familia o los planos electrizantes del reencuentro en Nueva York de los dos protagonistas de la película, Bobby (Jesse Eisenberg) y Vonnie (Kristen Stewart), cada uno ya en su microcosmos forzado o, mejor, creado a pesar de ellos mismos, negando ambos el principio de realidad cuando el amor planta cara ante cualquier persona que lo aprecia y vive. Que, además, siempre vuelve, sin que se necesite ser alguien en esta vida para triunfar en ella.

CAFE SOCIETY

Gran película de Allen, al que siempre he manifestado mi aprecio y respeto en el mundo del cine. Sus ochenta años reflejan una forma de ser y estar en el mundo que necesita soñar todos los días para poner el color que su gran amigo y director de fotografía, Vittorio Storaro, le ha ofrecido por primera vez utilizando una cámara digital. Sencillamente porque los grises de Nueva York y su mundo sórdido no tienen nada que ver con el color de California, Hollywood y, sobre todo, Beverly Hills. Es lo que nos quiere decir cuando se abre el primer plano de la película, en una piscina donde reina el color blanco, el de la casa que había pertenecido en la vida real a Dolores del Rio y que el responsable de decorados consideró perfecta para utilizarla en esta ocasión, porque en los clubes de Nueva York predominaba siempre el negro, el blanco y el rojo, mientras que esta casa de la actriz mexicana tenía una piscina blanca con fondo azul, todas las paredes blancas, una terraza con predominio del césped verde y un mobiliario magnífico, en colores plata y turquesa de la época.

Después sigue una aventura romántica, coral, porque todos los protagonistas se necesitan entre sí en una historia entrelazada de contrapuntos éticos, donde no solo destacan los más jóvenes e inexpertos, Bobby y Vonnie, que brillan por sí mismos, sino también y, sobre todo, la voz del autor que desea explicarla con sus propias palabras, para que nada ni nadie las contaminen con el paso del tiempo.

Salí de aquél Café con la reafirmación sobre el poder de los sueños, con una nueva lección aprendida, por dolorosa que era. En estos momentos de contexto complejo para todos, sin excepción, hay que mirar la vida con atención preferente y aprender a cerrar los ojos ante aquello que no nos proporciona bienestar alguno, buscar un rincón de paz en la vida particular de cada uno y soñar de forma consciente, sin esperar al sueño de la noche, que casi siempre se queda en el olvido. Y una última reflexión: es conveniente soñar junto a la persona o personas que queremos, porque la felicidad es mayor, al trenzarse el amor como una cuerda de tres hilos, que difícilmente se puede romper. Y estos días de tanta mercancía ofrecida a cualquier postor, podemos probarlo. Es lo que tiene no confundir en agosto, como todo necio, el valor y precio de cada sueño. Incluido éste, precioso, de Woody Allen.

Sevilla, 27/VIII/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: http://www.hollywoodreporter.com/review/cafe-society-cannes-review-892693

En política, ¿quién engaña a quién?

PENELOPE

Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad

Michael Ignatieff, Fuego y cenizas

Leí hace ya bastantes años una fábula preciosa de Augusto Monterroso, a quien tanto admiro por su amor a la brevedad y levedad de las cosas importantes de la vida, con un título sugerente, La tela de Penélope o quién engaña a quién, que recobra para mí, ahora, un sentido especial:

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

Hoy escuchaba y leía las últimas negociaciones entre el PP y Ciudadanos, así como el silencio sonoro y cómplice de la denostada izquierda (a la que tanto respeto y quiero), impasibles todos en su ademán, y he recordado esta fábula. Sobre todo el momento final, grandioso, porque dormimos como ciudadanos mientras otros viajan, tejen y diseñan nuestras vidas sin darnos cuenta, desgraciadamente, de casi nada de lo que está pasando ahora tan cerca de nosotros mismos.

Sevilla, 24/VIII/2016

NOTA: imagen recuperada hoy de: http://odiseodisea.blogspot.com.es/2013_01_01_archive.html

Las islas humanas, las más inaccesibles y desconocidas

TRES HOMBRES QUE CAMINANAlberto Giacometti, Tres hombres que caminan (1948)

Es un asunto que me interesa mucho y que motivó el comienzo del viaje con esta bitácora, que ha cumplido ya diez años en la Noosfera. Me lo ha vuelto a recordar un artículo muy interesante publicado hoy de nuevo en el diario El País, Las 10 islas habitadas más inaccesibles del mundo, que ya había leído en 2014, con la curiosidad que siempre me despierta el mundo de las islas, sobre todo si son desconocidas e inaccesibles.

He buscado siempre en mi persona de secreto y de todos, en mi atlas de islas desconocidas, que es -nada más y nada menos- que el álbum de las personas que no he conocido bien en la vida aunque hayan estado presuntamente muy cerca: “Ya me comprometí con esta aventura al iniciar la publicación de este blog, aunque he descubierto hasta ahora que sí es posible publicarlo a través de medios digitales, respetando el hilo conductor que me enseñó Saramago, en su Cuento de la isla desconocida: saber a qué puerta se llama de las ofertas reales de cada vida para descubrir el amor que lo mueve todo, pero saliendo cada uno de sí mismo para contemplar lo que hay que cambiar en cada persona de secreto para compartirlo con los demás” (1). Puertas que nos muestra Saramago a modo de oportunidades, a las que podemos llamar y entrar dependiendo de nuestra actitud ante la vida: la Puerta de las Peticiones, la de los Obsequios y… la del Compromiso. Además, ese atlas de nuestras islas desconocidas, a configurar, es siempre personal e intransferible, de difícil localización por personas ajenas a nuestro barco de secreto. A menos que la mujer de la limpieza que nos presentó Saramago en su cuento acuda también en nuestra ayuda… Una gran mujer aislada hasta que desembarca en la isla de la persona que admira.

De todas las experiencias que conozco la que más me apasiona es la de las islas humanas, casi siempre inaccesibles y desconocidas, la auténtica realidad de lo que somos como personas cada día en el mundo. Desde que leí el cuento de la isla desconocida, escrito de forma magistral por Saramago, que tantas veces he comentado y recomendado en este cuaderno digital, no he abandonado el mensaje que transmite: “todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas”, aunque sea la mujer del cuento la que conoce mejor que nadie lo que de verdad quiere decir a los cuatro vientos: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.

Y aquella respuesta tan hermosa no la olvido: es necesario conocer bien la isla que somos, saliendo de nosotros de vez en cuando para comprender las otras islas que forman el archipiélago humano de la vida, por inaccesibles y desconocidas que parezcan y aunque muchas veces estemos a muchos kilómetros de distancia unos de otros. O de nosotros mismos.

Sevilla, 23/VIII/2016

(1) https://joseantoniocobena.com/2014/02/12/islas-conocidas-desconocidas-y-remotas/

No olvidemos a Omran

 

OMRAN

Desde que vi la imagen de Omran por primera vez, no puedo olvidarla. Es un niño sirio de cuatro años, víctima de los últimos bombardeos en Alepo. Es importante que estas imágenes se difundan para que tomemos conciencia de que cada uno, en lo que pueda hacer, debe trabajar por la paz, porque estas situaciones no son solo responsabilidad de los otros. Estamos obligatoriamente obligados a entenderlo, aunque tú y yo de esta guerra sepamos poco. Aunque solo sea poniendo paz en el ámbito en el que vivimos, trabajamos y somos. Omran lo merece.

Sevilla, 20/VIII/2016

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.lanacion.com.ar/1929737-yo-lloraba-el-no-dijo-el-fotografo-que-retrato-al-nino-sirio-omran

Unos días de verano en Mallorca / 5. En casa de Pilar y Joan Miró

Fuimos a su casa, sede actual de la Fundación que lleva sus nombres, con la ilusión de conocer el rincón en el que vivieron muchos años y donde se crearon obras muy representativas de casi la tercera parte de su fecundo trabajo en Mallorca, cuna de la madre y abuelos de Joan Miró. Unirlos en esta visita no era una actitud inocente sino que siempre quiero reconocer el trabajo arduo, silencioso y cargado de respeto de las personas que han vivido de forma plena con artistas de reconocido prestigio y que la historia las relega casi siempre a un lugar en el olvido. Siempre tengo en mi memoria el rol que desempeñaron en las vidas de Juan Ramón Jiménez o de Rafael Alberti, tanto Zenobia Camprubí como María Teresa León, a las que debemos siempre un gran homenaje. En este caso, la de Pilar Juncosa, compañera inseparable de Miró desde que contrajeron matrimonio en 1929 y hasta que fijaron su residencia en Son Abrines sede actual de la Fundación junto a terrenos y edificios contiguos que se incorporaron a la sede inicial.

Ambos decidieron legar a la ciudad de Palma, a través del Ayuntamiento, los talleres del artista, uno de cuyos edificios fue diseñado como estudio por su amigo Josep Lluis Sert, que visité con emoción y respeto por todos los recuerdos que en él figuran. Dos años antes de morir Joan Miró, el matrimonio Miró-Juncosa consolidó el proyecto de Fundación con la constitución de sus Estatutos y después de su fallecimiento y por iniciativa de su esposa Pilar se solicitó al arquitecto Rafael Moneo que diseñara un nuevo edificio como sede de la Fundación, inaugurándose como tal en 1992.

DETALLE SERT

Estudio Sert (detalle interior) – Fundación Pilar y Joan Miró / JA Cobeña

El edificio de la sede es un homenaje a la estrella, símbolo permanente en la obra de Miró, que Moneo quiso respetar en su concepción arquitectónica, a modo de ciudadela, en palabras del autor. Me llamó la atención el respeto de conjunción con la obra de Miró, por parte del arquitecto, al resaltar en sus jardines las plantas autóctonas a las que Miró había dedicado muchas reflexiones pictóricas.

Comenzamos la visita por el espacio estrellado, según Moneo, que recoge una parte de la obra de Miró. Sentí que la representación artística de su dilatada vida, en este espacio de la Fundación, era escasa. Esperaba que en su sede histórica hubiera una colección más completa, pero creo que habrá criterios mercantiles u otros en la intrahistoria de la familia Miró y su legado, que los humanos ni siquiera sospechamos. Representación muy pobre, en definitiva.

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Edificio Sert – Fundación Pilar y Joan Miró / JA Cobeña

Nada que ver con el edificio destinado a talleres diseñado y construido por su amigo Josep Lluis Sert, un arquitecto de fama mundial que por su ideología permaneció desterrado en Harvard donde llegó a ser Decano de la Escuela Graduada de Diseño. Desde la caja de madera que contenía la maqueta inicial del proyecto, así como los planos originales de los primeros alzados del edificio, junto a fotografías de la residencia de Sert en Cambridge (Boston) en las que figuraba un sempiterno salón con pinturas originales de Miró, dejaban entrever una amistad consolidada con el paso de los años y donde este espacio tan singular le permitiría recordar durante sus jornadas de trabajo la presencia permanente de su gran amigo. El edificio es impecable en su concepción global: diseño de respeto al contexto mediterráneo, conjunción de colores en los que predomina siempre el blanco, homenaje permanente a la luz como compañera inseparable del artista a través de sus amplios ventanales y cubiertas a modo de aves mensajeras en posición de vuelo. Una delicia.

Salimos al exterior donde la bahía de Palma aparece en todos sus rincones. Nos sentamos en un banco en el que probablemente Miró contempló más de una vez los paisajes que allí aparecían como por ensalmo. Accedimos a Son Boter, una casa mallorquina que Miró adquirió en 1959 gracias al dinero obtenido en el premio Guggenheim International, que le permitió ampliar sus talleres, sobre todo y en una primera etapa para su obra escultórica, aunque más adelante también fue refugio para la obra pictórica más tardía y de mayor formato. Es una visita que sobrecoge, sobre todo por los grafiti originales que aún se conservan y de los que recordábamos algunas obras finales que están hoy muy cerca de los ciudadanos en Palma, por ejemplo.

Vivimos emociones contradictorias, tales como la reducida obra artística y global de Miró en la Fundación y algo que nos ha acompañado durante estos días de viaje a Mallorca: la soledad cultural. Estuvimos solos durante la mayor parte de la visita, algo que nos acompañó todo el viaje a estas experiencias culturales que estoy narrando en esta serie. Creo que merece una reflexión porque un pueblo que no ama su cultura está condenado a no crecer en valores y desarrollo de la inteligencia creadora que al final libera de una forma de ser en el mundo, dirigida por el poderoso caballero don dinero y por la mercancía resultante.

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Escultura en los jardines de la Fundación Pilar y Joan Miró / JA Cobeña

Fuimos a pasear por los jardines de la Fundación, en los que encontré una escultura que me llamó mucho la atención: dos lápices que se encuentran y donde se sitúa un leñador en su parte final. Todo un símbolo de la trayectoria de su creación artística. También, las sempiternas leyendas sobre las plantas autóctonas, con mensajes perturbadores: «Tiempo atrás, las Vitrubium opulus se podían encontrar aquí mismo. Si esta flor silvestre se da cuenta de que ha crecido en una tierra demasiado solitaria, inmediatamente abrirá sus pétalos al viento quien soplando a través de ellos emite un silbido que invita a los pájaros que pasan a hacerle compañía». Toda una premonición de lo que estábamos viviendo. Antes de finalizar la visita, pregunté por la casa original del matrimonio Miró-Juncosa y nos informaron que ya no existía porque la heredó un nieto que la tiró entera y construyó sobre el solar resultante la casa que linda actualmente con los terrenos de la Fundación. Nada que ver, salvo el muro de separación. Todo un símbolo para quien lo quiera interpretar.

VITRUBIUM OPULUS

Vitrubium opulus

Salimos de la Fundación, con un cierto desencanto. Bajando por la calle Saridakis (pintor egipcio y antiguo propietario del palacio del mar y del viento, marivent, situado al final de este recorrido), con cuesta muy pronunciada, nos encontramos con el palacio… de Marivent, donde estaba aquél día el Rey en su residencia de verano, cuyos jardines se abrirán al público por primera vez a partir del próximo invierno. Bastante solo, también, a tenor de las noticias políticas de esos días. Como el único policía que frente a la puerta principal del palacio, lo custodiaba en una isleta humilde, tal y como corresponde a estos tiempos revueltos y de soledad para almas inquietas.

Sevilla, 18/VIII/2016

Unos días de verano en Mallorca / 4. El encuentro con Chopin en Valldemossa

PIANO PAIK

Concierto de Kun-Woo Paik en La Cartuja de Valldemossa – 7 de agosto de 2016 / JA Cobeña

Alcanzaba ese día el principal objetivo cultural del viaje: asistir al concierto programado en Valldemossa, en homenaje a Chopin y estar cerca del lugar donde vivió días muy difíciles. Aquella noche, el protagonista era un pianista coreano de fama internacional, Kung-Woo Paik (Seúl, 1946), reconocido intérprete de la obra de Chopin y que pude corroborarlo durante el concierto que ofreció en la Cartuja, junto a la celda donde el compositor polaco escribió diversas obras ya citadas en mi primer post dedicado a esta partida hacia una isla desconocida para mí. El ambiente para componer el maravilloso Scherzo número 3, entre otras obras suyas, que interpretó Paik con manos maestras de setenta años, lo imaginé en el contexto de su duro invierno de 1883-1884 en aquella Cartuja tan fría, desamortizada, que le prestó acogida después de haber sido expulsado de mala manera de su residencia anterior.

Se produjo una situación, minutos antes de comenzar el concierto, que George Sand hubiera comentado sin compasión alguna, con la dureza que escribió sobre su estancia en Valldemossa. Paik salió de la celda de Chopin, convertida en un camerino muy especial con motivo del concierto, para subir al pequeño estrado que habían habilitado junto a ella y después de los aplausos de bienvenida se situó a duras penas ante el piano Steinway & Sons preparado para la ocasión, que tocaría maravillosamente segundos después, con una iluminación muy doméstica, porque a petición del intérprete tuvieron que localizar en la casa aledaña a la Cartuja unas lámparas de pie para iluminar su teclado, en una imagen que se comenta por sí sola y que Paik no entendía por mucho que los organizadores del concierto se esforzaran en solucionarlo de forma artesanal y doméstica, poco profesional. Aquí en este país, resolvemos siempre estas situaciones diciendo que “son cosas del directo” o “caprichos de artistas” [literal, aquél día], pero fue una situación lamentable. Sobre todo, porque conservaba en mi mente el relato de George Sand, la pareja sentimental de Chopin, sobre la celda que habitaron y donde “el enfermo”, que nunca fue citado por su nombre, buscaba en la composición diaria la comprensión de su mundo de secreto tan singular, donde unas gotas de lluvia podía elevarlas a los cielos de la música, como ocurrió en un Preludio muy conocido, homónimo (op. 28, 15). Sentí la soledad en aquel ambiente monástico y comprendí cómo Frédéric y George podían considerar la compañía que les ofrecieron desde el primer momento el boticario, el sacristán y María Antonia, una especie de ama de llaves que solo quería reconocimiento por su asistencia, sin interés económico alguno.

LA CARTUJA  COLL BARDOLET

Josep Coll Bardolet, Claustre de Cartoixa. 1947. Óleo sobre tela. 81×100 cm.

Valldemossa es un pueblo con encanto, una antigua alquería en el Valle de Muza (de ahí su nombre), muy volcado hoy al turismo y que sacrifica su silencio de día para recibir el ruido del mundo, tan contradictorio con el espíritu monástico del que hacen gala a través de Chopin. Entramos en la sede de la Fundación Cultural Coll Bardolet, donde se exponen pinturas del pintor catalán Josep Coll Bardolet, que cedió a Valldemossa, lugar donde vivió más de 60 años. Su obra es un canto permanente a la naturaleza, la tradición y el amor a la vida.

Paseamos aquella tarde por el pueblo-alquería, acompañados en cada puerta por un azulejo distinto dedicado a Santa María Thomàs, con textos que exaltan siempre la protección de cada casa y de cada familia. Asistimos al concierto y al salir de aquella Cartuja tan lúgubre pero con el buen sabor de boca de las obras interpretadas por Paik, nos encontramos con una experiencia desoladora, porque el pueblo entero estaba cerrado, solo había calles solas y en completo silencio, sin posibilidad alguna de poder comentar en algún sitio acogedor la gran interpretación de Paik, con el que me hubiera gustado compartir su estancia en la celda de Chopin, más allá del actual reclamo turístico, sobre todo en un lugar que le ofreció una digna estancia en tiempos revueltos y cómo se había sentido al tocar los aspergios continuos del Scherzo 3, que según todas las fuentes oficiales fue compuesto en 1839 por Chopin en el “pianino” Pleyel [sic, en el libro original de Sand] que tanto trabajo había costado trasladar desde París hasta aquél lugar tan inhóspito. En aquél año y … en éste.

Sevilla, 17/VIII/2016

Unos días de verano en Mallorca / 3. El tren del arte viaja a Sóller

TREN SOLLER1Tren de Sóller / JA Cobeña

El tren de Sóller…
… no se ha hecho para llegar pronto,
sino para llegar a tiempo.

Santiago Rusiñol

El niño que todos llevamos dentro había soñado, en mi caso, con viajar un día en el centenario tren de Sóller. Acudí a la estación con la ilusión de mis primeros años de infancia en Madrid, cuando iba a la de Atocha a esperar la llegada del cariño del Sur representado en mi abuela. La compra del tique de cartón para acceder al andén y el sonido característico al picarlo en el control, que en aquella época suponía un puesto de trabajo, era el salvoconducto para encontrarme con emociones y sentimientos especiales, avanzando por el andén en medio de una bruma indescriptible de vapor, humo y olor a carbonilla que impregnaba toda la estación, empañando la enorme cristalera que la enmarcaba, observando con ojos de un niño del Sur la belleza de la máquina negra y roja, poderosa, con orejas, hasta llegar al vagón desde el que se asomaba mi abuela no sin dificultades en las maniobras de bajada de la ventanilla, sobre todo para garantizar que estábamos esperándola.

Cuando llegué en Palma a la estación del tren de Sóller, sentí exactamente esas emociones. Recorrí el andén, con la memoria de secreto haciendo estragos, para ver de cerca la “composición” de ese día: cinco coches construidos en 1929 por Carde y Escoriaza, en Zaragoza y una unidad eléctrica tractora Siemens, de la misma fecha. Comenzó el viaje con el silbato de toda la vida y la presencia del revisor, picando los billetes y troquelándolos con un dibujo de un corazón. En los primeros kilómetros era lo más parecido a un tranvía, avanzando por las calles de Palma, habituado ya a competir con el tráfico casi imposible de las primeras horas del día. Después, avanzó lentamente con su traqueteo monótono, tan característico, adentrándose en un tiempo relativamente corto en las estribaciones de la sierra de la Tramontana, atravesando trece túneles y el viaducto de los cinco ojos, casi saltando a veces sobre el asiento de madera de respaldos adaptables al sentido de la marcha del tren, con vaivenes que hacía tiempo no vivía de forma tan intensa, pero con la belleza que proporciona siempre el tren cuando a paso más bien lento, te permite contemplar la sierra de Alfábia en estado puro.

 

CAN PRUNERA

Can Prunera (detalle de ventana) / JA Cobeña

En la estación de Sóller nos esperaba un mural de Joan Miró, La Maja Negra, así como una exposición permanente sorpresa instalada allí, gracias a las gestiones realizadas por la fundación Tren del Arte, con cerámicas de Picasso y grabados de Joan Miró, colección formada por las series Cántico al Sol (1975), Archipiélago salvaje (1970), Las gentes de la mar (1981) y una obra emblemática para Sóller: la Maja Negra (1973). Esta última obra fue la inspiración del nuevo logotipo de la Compañía Ferroviaria, por una imagen que contiene: la luna. Comprendí entonces el homenaje de Miró a San Francisco de Asís, contemplando su obra dedicada a la hermana luna y la iconografía de las constelaciones. En esta ocasión no era la iglesia principal la que estaba vacía, como decía Alberti, sino estas salas. Llegamos en el tren centenares de personas, pero en estas salas estábamos solos. Lamentablemente, ante Miró y Picasso, a los que acompañamos un tiempo razonable en homenaje a su obra.

Pasamos casi de puntillas por la iglesia de San Bartolomé, de estructura barroca (1688-1733), con fachada modernista proyectada en 1904 por el arquitecto catalán y discípulo de Gaudí, Joan Rubió i Bellver, porque tenía un objetivo claro: visitar el Museo Can Prunera, en la calle de la luna, la que pintó tantas veces Joan Miró, ubicado en una antigua casa de estilo modernista construida a comienzos del siglo XX, de formas sinuosas como la escalera espiral del edificio, animalísticas y naturales. Comencé la visita por las habitaciones de las plantas baja y principal, que conservan parte del mobiliario original: mesas, sillas, camas, armarios y vitrinas en los cuales es patente una gran riqueza decorativa. En estas salas pude contemplar valiosísimas obras de arte, con una muestra «Del Modernismo al siglo XXI», una colección de pintura que pertenece mayoritariamente a la Col·lecció d’Art Serra, y que en estos últimos años se ha ido enriqueciendo gracias a las donaciones de obras que, particulares y artistas, han hecho a la Fundació Tren de l’Art, entidad gestora de Can Prunera Museu Modernista. Esta colección recoge obras excepcionales de Joan Miró, Henri de Toulouse-Lautrec, Paul Klee, Fernand Léger y Maurice Vlaminck; también, de artistas mallorquines o próximos a esta tierra tales como Santiago Rusiñol, Joaquim Mir, Joan Fuster, Eliseu Meifrén, Ritch Miller y Miquel Barceló.

Bajamos por la preciosa escalera modernista helicoidal hasta llegar al sótano, donde la casa tenía la actividad de servicios tales como cocina y lavandería, con pozo interior incluido, recuperado como espacio museístico. Allí me detuve en la obra de un pintor sollerense, Juli Ramis, a través de tres épocas muy concretas del autor: pintura de juventud, época cubista y obra abstracta. Pasé el jardín, del que aporto una imagen de contraste cromático y allí contemplé en todo su esplendor, junto a la fachada principal, una muestra viva del art nouveau francés llevado a Sóller por emigrantes que regresaron a su ciudad a principios del siglo XX.

 

MAJA NEGRA2Estación de Sóller – Mural “La Maja Negra” / JA Cobeña

Estuvimos solos en Can Prunera, en un museo vacío de personas, pero no de arte. Salí a la calle de la luna número 86 a 90, la que pintó tantas veces Miró y recordé las palabras de San Francisco que dedicó a su querida hermana, una criatura especial: Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, / en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas. Es el regalo que nos hacía Sóller gracias a su afamado tren, para mí el Tren del Arte, donde volvimos a ver la luna muy cerca de la maja negra de Miró en la estación, despidiéndose de nosotros, luminosa, preciosa y bella.

Sevilla, 16/VIII/2016

Unos días de verano en Mallorca / 2. La obra atea de Miquel Barceló

 

LA MITAD INVISIBLEhttp://rtve.es/v/1224399

Ese día volví a recordar a Rafael Alberti en un poema precioso sobre la soledad de Dios en Roma. Es verdad que la catedral (Seo) de Palma no era en ese momento un lugar de culto vacío sino lleno de tropeles de gente que en todo ven una lección de arte, pero que quizá a Dios no lo ven por ningún sitio:

Confiésalo, Señor. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Entre esos tropeles estaba yo, buscando sobre todo la capilla decorada por Miquel Barceló, la denominada del Santísimo, que ocupa el ábside lateral derecho de la cabecera de la Seo. Tenía mucho interés en conocer esta obra magna del artista de Felanitx, un fantástico retablo marino, por ser tan controvertida en el pasado, presente y que probablemente lo seguirá siendo en el futuro. Me senté en un banco de la fila izquierda, próximo a la lápida conmemorativa de la inauguración y contemplé la grandiosidad de los paneles de arcilla alemana e italiana, policromada, que representan lo acordado institucionalmente en 2001 y posteriormente materializado en julio del 2002, una vez constituida la fundación cultural privada Art a la Seu de Mallorca, que garantizó los trabajos encomendados a Barceló: las diferentes representaciones bíblicas, siendo especialmente llamativa la multiplicación de los panes y los peces, el mobiliario estático realizado en piedra autóctona, de Binissalem, así como los cinco vitrales de marco gótico recuperados no en su color original sino de grisalla.

Creo que no deja indiferente a nadie. Todos los asistentes a la visita que compartí en esa mañana de agosto no paraban de fotografiar una obra magna, pero de difícil intelección. Mercé Gambús, profesora de historia del arte y vicerrectora de Extensión Universitaria de la Universidad de las Islas Baleares, detalla muy bien el sentido de aquella composición tan compleja: “La capilla recrea la iconografía evangélica de la multiplicación de los panes y los peces y de las bodas de Caná como apoyo al simbolismo eucarístico focalizado entorno al Cristo resucitado, que junto al sagrario preside la capilla. La iluminación grisácea de los vitrales acentúa la atmósfera marina de la catedral mediterránea a la vez que refuerza simbólicamente la función principal de la capilla, destinada a la reserva y a la adoración del Santísimo Sacramento”.

CAPILLA BARCELO3

Detalle central de la capilla del Santísimo, según Miquel Barceló / JA Cobeña

La profesora Gambús conocía muy bien la génesis de esta experiencia tan contradictoria, porque fue la encargada en 2000, por petición expresa del Rector de la Universidad de Baleares, de sondear la posibilidad de que se otorgara el doctorado honoris causa al pintor Miquel Barceló, que aceptó finalmente en París con una condición: la realización de una gran obra en su isla, lo cual había de constituir su discurso de investidura. Durante seis largos años, llenos de vicisitudes, el artista trabaja en un proyecto plagado de altibajos, como no podía ser menos por su fondo y forma artísticos. El doctorado cobró forma en diciembre de 2000, una vez fijados los grandes parámetros de la obra a abordar por el pintor. Se llevaba a cabo por tanto su gran compromiso artístico.

Es apasionante conocer con detalle el largo proceso de intervención artística de Barceló en la capilla acordada, la de San Pedro, aunque al final pesó un argumento singular: introducir arte contemporáneo en la cabecera de la catedral vinculándolo con el Modernismo de Antoni Gaudí, gracias al gran mural de cien metros cuadrados de extensión que, hace más de un siglo (1909), ideó Antonio Gaudí y ejecutó Josep Maria Jujol. Lo narra magníficamente una de las grandes protagonistas de esta historia, la profesora Gambús: “[…] el Capítulo Catedral, en sesiones sucesivas, aceptó la propuesta de que el tema y el motivo de la decoración fueran determinados por su función de capilla dedicada a la reserva y adoración del Santísimo, y también al coro ferial, donde se celebra la misa conventual de los días laborables. En virtud de este plan de uso se decidió que fuera el capítulo sexto del Evangelio de Juan, la multiplicación de los panes y los peces, y el discurso del pan de vida como promesa de la Eucaristía, los motivos que vertebrasen el discurso iconográfico y simbólico que creara el pintor Miquel Barceló, que tendría que integrar: una pared cerámica y cinco vitrales, a propuesta del artista, y un mobiliario a propuesta del Capítulo, formado por altar, candelabro de siete brazos, sagrario, ambón, silla presidencial y dieciséis sillas o bancos para los canónigos”.

Recorrí con mi mirada los paneles de arcilla, la denominada piel cerámica, trabajada con el conocimiento del ceramista italiano Vincenzo Santoriello, en la costa de Amalfi, concretamente en Vietri sul Mare, cerca de Nápoles. No era inocente esa elección: “Sabía que una pared cerámica ya es todo un espacio que se hace independiente de la arquitectura. La pared cerámica es soporte y obra al mismo tiempo. Lo primero que encontré más excitante en la capilla fue eso: toda una obra con este grueso de barro era una manera de entrar en una organicidad absoluta. Es una obra arquitectónica y va más lejos que eso, pervierte la arquitectura de alguna manera, la hace innecesaria. Detrás hay tan sólo un eco, una resonancia de la arquitectura”. Conocía la importancia de las grietas que aparecen en diversos de los murales: “Las grietas son una gran red, son como las termitas de África, dan un sentido involuntario a todo, dan una ligazón, una idea del tiempo. Las grietas hacen ligar perfectamente esta piel de arcilla con Gaudí y Jujol, las grietas hacen que la obra coja su lugar allá dentro gracias a su organicidad. El dibujo que hacen las grietas seguro que Gaudí y Jujol lo habrían firmado de golpe. Seguro. Me gusta la escritura de Jujol en forma de algarrobas, creo que hay una especie de comunión, de diálogo de mi obra y las suyas. Era muy consciente de que el retablo tenía que coexistir con la obra de Gaudí y de Jujol. Las grietas creo que han sido un acierto, y no las había hecho nunca”.

El mobiliario litúrgico y los vitrales fueron un capítulo aparte, siendo estos últimos una expresión fantástica del arte concebido por Barceló: “Al principio hice unos cartones de los vitrales con colores terciarios como los colores de las frutas cuando no están maduras, caquis, azulados, lilosos. Me di cuenta, cuando probamos de abrir un agujero y trabajar con tonos verdosos y azulados, que la luz era cegadora y se lo comía todo. Realicé pruebas con una técnica de vidrio denominada grisaille que se hizo servir en el siglo xix. […] Además me permitía trabajar directamente sobre el vidrio como una unidad, no a trozos como en un collage. Era como una pintura, como una aguatinta, como una aguada, como tinta china. Después, con el dedo, hice los esgrafiados. […] Además, no quería añadir iconografía en los vitrales y por eso lo que he hecho son algas, raíces, palmas, olas, grietas, brotes de arcilla que suben hacia arriba, grietas blancas, grietas de luz”.

Había leído el artículo de la profesora Gambús para interiorizar lo que aquella mañana contemplé. De aquella primera impresión, recuerdo algo que me sobrecogió: la representación del Resucitado, emergiendo de la arcilla modelada por la mano del hombre, de Barceló. Cerca, muy cerca, está el sagrario, donde sigue el Santísimo que antes estaba junto a San Pedro, en su capilla desmontada para dar paso al misterio de Barceló, “con las huellas de las manos como metáfora de la devoción de los cristianos, de su adoración y el deseo de seguir al Cristo resucitado”.

Salí de aquella aventura mágica dando la razón a Alberti, en un poema con preguntas difíciles a un Dios cercano, Entro Señor en tus iglesias, porque estaba asombrado de lo que acababa de contemplar, extasiado, una obra religiosa llevada a cabo por un pintor ateo, como si durante la realización de esa magna obra le hubiera preocupado, sobre todo, no dejar solo al Señor que no se atreve a confesar que hoy sus fieles son solo esos “anónimos tropeles / que en todo ven una lección de arte./ Miran acá, miran allá, asombrados, ángeles, puertas, cúpulas, dorados… [cualquier día… las paredes de arcilla de la capilla del Santísimo de la Seo de Palma] / Y no te encuentran por ninguna parte”. Probablemente, muchos de los que estábamos allí, en la capilla del Santísimo, muy cerca de su Cristo Resucitado.

Sevilla, 15/VIII/2016

Violines en Brasil, una patria educadora

Siempre existe otra cara de la moneda en grandes acontecimientos como los Juegos Olímpicos que se celebran en la actualidad en Brasil, un asombroso país, “patria educadora”, según figuraba como lema en el escudo del segundo gobierno federal de Dilma Rousseff. Lo estamos viendo casi todos los días, al conocer las extraordinarias medidas de seguridad ante las protestas de los brasileños que menos tienen por un dispendio económico que no comprenden, con una represión policial espectacular. Lo he recordado hoy al ver una película, El profesor de violín, que recomiendo especialmente para comprender bien el trasfondo de las favelas, un mundo complejo que reúne todos los ingredientes para asumir el gran principio de Lula da Silva al comienzo de su gobierno en los albores de este siglo, cuando no había asomo de corrupción: otro mundo es posible, pero es necesario erradicar antes toda injusticia social en cada aquí y ahora actual. O la auténtica necesidad de que se comprenda que la libertad humana y su grandeza solo se consiguen con una patria educadora, como bien dice su lema de gobierno.

Es una historia muy sencilla, basada en hechos reales, de un violinista extraordinario, Laertes, que en una primera audición es rechazado para entrar en la Orquesta Sinfónica del Estado de São Paulo y se ve obligado a dar clases de música a un grupo de adolescentes de un colegio público de Heliópolis, una favela muy compleja de esa gran ciudad. Nada es fácil en la incorporación a esa escuela pública, pero la pasión por la música hace que los alumnos acaben amando sus instrumentos y la música que logran interpretar con ellos. La película está basada en la verdadera historia del maestro brasileño Silvio Baccarelli, que en los años 90 consiguió estimular la inclusión social y cultural de los jóvenes de una de las favelas más grandes de São Paulo.

EL PROFESOR DE VIOLIN

El director de la película, Sergio Machado, ha explicado muy bien el trasfondo que ha deseado transmitir en una entrevista promocional de su película: “Una cosa que me parece importante es que el profesor llegase a la favela y se pusiese a dictar clases de música. Allí hay también muy buena música, invité también a los mejores músicos de rap de Brasil. No quería que hubiese una especie de jerarquía entre la música clásica y la de las favelas, todas son buena música. Creo que la práctica de música de orquesta enseña mucho, para tocar bien en una orquesta hay que escuchar a los otros, para evitar la descoordinación. No es una competición sino un trabajo en equipo. Es estupendo, cuando estuve allí en Heliópolis conocí a una chica de la primera generación del Instituto Baccarelli, trabajó con el maestro Silvio Baccarelli, se llamaba Graciela. Ella era hija y esposa de traficantes. Su padre, como una manera de humillar a sus enemigos, obligaba a su niña a que matase a los enemigos, cuando era muy pequeña. Fue muy traumático. Pero ella está tocando música, sigue tocando la viola. Pero lo más importante es que su hija también toca música. La sensación que tengo es que el trauma está en Graciela, pero no en su hija, ella no se casará con un traficante. Eso es lo importante, que hay una ruptura. La música, el cine, las artes influyen en esto”.

EL PROFESOR DE VIOLIN1

Me asombra el papel que juegan los maestros, los profesores, en la vida de los alumnos. El cine de compromiso social ha recogido en bastantes ocasiones momentos sublimes de esta relación, que no olvido. El club de los poetas muertos, Ser y tener, Maestro Lazhar y Hoy comienza todo, son ejemplos maravillosos para comprender bien lo que pueden llegar a conseguir en cualquier ambiente, con dificultades mayores si la extracción social es difícil y tan compleja como la mostrada en la película de Machado.

Cuando he regresado a casa he conocido el fracaso de Nadal, al perder las posibilidades de oro o plata en tenis, en Rio 2016. Pero rápidamente he pensado en las niñas y niños del Instituto Baccarelli y he pensado que es verdad, en Brasil se lucha hoy, todos los días, por un mundo mejor, diferente, aquél que conocí directamente del presidente Lula al que creí con fe ciega, sin necesidad de metales supuestamente preciosos a cambio, sabiendo que no es una persona más que otra: “Así lo aprendí de Lula da Silva cuando leí con pasión el libro de recopilación de sus cinco propuestas para cambiar la historia, con un título que sobrecoge “Lula. Tengo un sueño”: “Obstinadamente me digo todo el santo día: tengo que realizar un sueño, que no es sólo mío, sino el sueño de todos vosotros; llegará un día que en este país ninguna criatura se irá a dormir sin un plato de comida, y ninguna criatura se despertará sin ningún desayuno (…) Llegará un día en que la gente tendrá conciencia de que este país que sueño y que vosotros soñáis puede ser construido. Depende de nuestra disposición para realizarlo. Depende de nuestro coraje. Depende de nuestra disposición”.

Después, he soñado con mis clases actuales de violín, con la pasión que pone en ellas mi profesora y cómo podré un día no muy lejano explicar a las personas que lo quieran escuchar, cuando lo toque, que la música es siempre compañera en la alegría y medicina en los momentos de dolor, como se ha transmitido en la historia de la música desde el siglo XVII hasta nuestros días, sin descanso alguno para maestros como Laertes, el protagonista de esta excelente película proyectada, curiosamente, en tiempos olímpicos, gracias a una “patria claramente educadora”, que tanto añoro.

Sevilla, 14/VIII/2016

El trabajo libera

LA VIDA ES BELLA1

La vida es bella (1997)

Esta es la leyenda (Arbeit macht frei) que figura todavía hoy en la entrada del campo de concentración en Auschwitz (Polonia), donde murieron en el siglo pasado más de un millón de personas, mayoritariamente judíos. Ayer, los medios de comunicación solo pudieron recoger imágenes del silencio que acompañó al papa Francisco durante su visita al campo de los horrores, sobre todo al entrar bajo el arco en el que figura esta leyenda, que posteriormente le llevó a escribir en español en el libro de visitas una frase transida de dolor: “Señor, perdón por tanta crueldad”, ante el exterminio que se vivió allí, en el contexto de una guerra mundial sin sentido.

En 2002 visité Berlín en un viaje profesional, que incluía un tour por la ciudad con una parada programada en las ruinas de lo que fue el cuartel general de la Gestapo (1934-1945). Fui incapaz de entrar en lo que quedaba de aquella locura y me senté en un montículo de césped, solo, a reflexionar en el horror del III Reich. Volví al autobús con múltiples preguntas que todavía hoy sigo sin resolver, no olvidando nunca ese retazo de la historia, sobre todo para ayudar, salvando lo que haya que salvar, a que jamás se vuelva a repetir la barbarie humana a través de la violencia y el terrorismo de cada día. La nueva guerra mundial.

También, a través de una película maravillosa, La vida es bella, inspirada en una historia real de un prisionero en Auschwitz, pude constatar que el protagonista, Guido Orefice (Roberto Benigni), quería mostrar a su hijo Josué el lado mágico de la belleza de vivir a pesar del horror del nazismo en estado puro. Cuando él y su familia son capturados y llevados a un campo de concentración, el padre se inventa un juego para proteger a su hijo: tiene que conseguir 1.000 puntos para conseguir un carro blindado. Lo demás, hasta el final, lo recordamos con tristeza, aunque el mensaje de Guido Orefice a lo largo de la película es simple y grandioso, porque nos muestra metafóricamente que podemos ser inteligentes, extremadamente humanos, si soñamos como él en tres proyectos, a pesar del sinsentido a veces de cada día: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, cuidando de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Trabajando en el lado amable de la vida hasta el último momento, como él, compartiéndolo siempre con los demás, sobre todo con los que menos tienen.

ARBEIT MACHT FREI

No quiero alterar el deseo expreso del papa Francisco de vivir en silencio sepulcral su experiencia personal e institucional en la visita a Auschwitz, pero al verlo avanzar solo bajo la leyenda “El trabajo libera”, he recordado un poema precioso de Rafael Alberti, Basílica de San Pedro, que figura en su obra “Roma, peligro para caminantes”, porque creo personalmente que ayer podría haberlo recitado también en su persona de secreto, constatando su soledad en una Iglesia institucional y especialmente romana, no católica ni cristiana, que no le da facilidad alguna para ser solo pescador de personas buenas que creen solo en la fe que libera, que es lo suyo:

Di, Jesucristo, ¿Por qué
me besan tanto los pies?
Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado
ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados,
como ves.

Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río;
volver a ser pescador,
que es lo mío.

Sevilla, 30/VII/2016