Violines en Brasil, una patria educadora

Siempre existe otra cara de la moneda en grandes acontecimientos como los Juegos Olímpicos que se celebran en la actualidad en Brasil, un asombroso país, “patria educadora”, según figuraba como lema en el escudo del segundo gobierno federal de Dilma Rousseff. Lo estamos viendo casi todos los días, al conocer las extraordinarias medidas de seguridad ante las protestas de los brasileños que menos tienen por un dispendio económico que no comprenden, con una represión policial espectacular. Lo he recordado hoy al ver una película, El profesor de violín, que recomiendo especialmente para comprender bien el trasfondo de las favelas, un mundo complejo que reúne todos los ingredientes para asumir el gran principio de Lula da Silva al comienzo de su gobierno en los albores de este siglo, cuando no había asomo de corrupción: otro mundo es posible, pero es necesario erradicar antes toda injusticia social en cada aquí y ahora actual. O la auténtica necesidad de que se comprenda que la libertad humana y su grandeza solo se consiguen con una patria educadora, como bien dice su lema de gobierno.

Es una historia muy sencilla, basada en hechos reales, de un violinista extraordinario, Laertes, que en una primera audición es rechazado para entrar en la Orquesta Sinfónica del Estado de São Paulo y se ve obligado a dar clases de música a un grupo de adolescentes de un colegio público de Heliópolis, una favela muy compleja de esa gran ciudad. Nada es fácil en la incorporación a esa escuela pública, pero la pasión por la música hace que los alumnos acaben amando sus instrumentos y la música que logran interpretar con ellos. La película está basada en la verdadera historia del maestro brasileño Silvio Baccarelli, que en los años 90 consiguió estimular la inclusión social y cultural de los jóvenes de una de las favelas más grandes de São Paulo.

EL PROFESOR DE VIOLIN

El director de la película, Sergio Machado, ha explicado muy bien el trasfondo que ha deseado transmitir en una entrevista promocional de su película: “Una cosa que me parece importante es que el profesor llegase a la favela y se pusiese a dictar clases de música. Allí hay también muy buena música, invité también a los mejores músicos de rap de Brasil. No quería que hubiese una especie de jerarquía entre la música clásica y la de las favelas, todas son buena música. Creo que la práctica de música de orquesta enseña mucho, para tocar bien en una orquesta hay que escuchar a los otros, para evitar la descoordinación. No es una competición sino un trabajo en equipo. Es estupendo, cuando estuve allí en Heliópolis conocí a una chica de la primera generación del Instituto Baccarelli, trabajó con el maestro Silvio Baccarelli, se llamaba Graciela. Ella era hija y esposa de traficantes. Su padre, como una manera de humillar a sus enemigos, obligaba a su niña a que matase a los enemigos, cuando era muy pequeña. Fue muy traumático. Pero ella está tocando música, sigue tocando la viola. Pero lo más importante es que su hija también toca música. La sensación que tengo es que el trauma está en Graciela, pero no en su hija, ella no se casará con un traficante. Eso es lo importante, que hay una ruptura. La música, el cine, las artes influyen en esto”.

EL PROFESOR DE VIOLIN1

Me asombra el papel que juegan los maestros, los profesores, en la vida de los alumnos. El cine de compromiso social ha recogido en bastantes ocasiones momentos sublimes de esta relación, que no olvido. El club de los poetas muertos, Ser y tener, Maestro Lazhar y Hoy comienza todo, son ejemplos maravillosos para comprender bien lo que pueden llegar a conseguir en cualquier ambiente, con dificultades mayores si la extracción social es difícil y tan compleja como la mostrada en la película de Machado.

Cuando he regresado a casa he conocido el fracaso de Nadal, al perder las posibilidades de oro o plata en tenis, en Rio 2016. Pero rápidamente he pensado en las niñas y niños del Instituto Baccarelli y he pensado que es verdad, en Brasil se lucha hoy, todos los días, por un mundo mejor, diferente, aquél que conocí directamente del presidente Lula al que creí con fe ciega, sin necesidad de metales supuestamente preciosos a cambio, sabiendo que no es una persona más que otra: “Así lo aprendí de Lula da Silva cuando leí con pasión el libro de recopilación de sus cinco propuestas para cambiar la historia, con un título que sobrecoge “Lula. Tengo un sueño”: “Obstinadamente me digo todo el santo día: tengo que realizar un sueño, que no es sólo mío, sino el sueño de todos vosotros; llegará un día que en este país ninguna criatura se irá a dormir sin un plato de comida, y ninguna criatura se despertará sin ningún desayuno (…) Llegará un día en que la gente tendrá conciencia de que este país que sueño y que vosotros soñáis puede ser construido. Depende de nuestra disposición para realizarlo. Depende de nuestro coraje. Depende de nuestra disposición”.

Después, he soñado con mis clases actuales de violín, con la pasión que pone en ellas mi profesora y cómo podré un día no muy lejano explicar a las personas que lo quieran escuchar, cuando lo toque, que la música es siempre compañera en la alegría y medicina en los momentos de dolor, como se ha transmitido en la historia de la música desde el siglo XVII hasta nuestros días, sin descanso alguno para maestros como Laertes, el protagonista de esta excelente película proyectada, curiosamente, en tiempos olímpicos, gracias a una “patria claramente educadora”, que tanto añoro.

Sevilla, 14/VIII/2016

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