Darse con un canto en los dientes

Sevilla, 4/IV/2021

Me cuenta un amigo que en un día santo de esta semana, en la consulta de un especialista del sistema sanitario público de su Comunidad y al finalizar la misma, le dijo de forma sorprendente el galeno: “puede usted darse con un canto en los dientes”. La verdad es que la primera reacción de mi amigo fue de desconcierto, seguida de reflexión al salir de aquél espacio público, porque es cierto que tomando conciencia de su matusalénica edad, de acuerdo con la expresión acuñada por Benedetti, no sabía si entenderla con el vaso medio lleno o medio vacío de palabras y hechos vitales propios y asociados, cronológicamente hablando.

Hay que decir que como persona mayor, al igual que mi amigo, estamos acostumbrados a escuchar expresiones del tipo “no aparentas la edad que tienes”, “te encuentro mejor que nunca”, «por ti no pasan los años», “estás como una rosa” o la tan denostada “qué bien te conservas”, pero al escuchar eso de “puede usted darse con un canto en los dientes”, me dejó mi amigo con el alma inquieta porque siempre he vinculado esa locución a tener suerte ante determinados envites difíciles de la vida, porque si no la tenemos la cosa hubiera ido a peor. ¿Suerte u obstinación? Aun así, me puse a investigar qué quieren decir exactamente esas palabras, porque a priori es algo como desagradable y estoy seguro de que ese texto debe tener un contexto, como pasa en los mejores aforismos que recuerdo.

Según el diccionario de la lengua española (DLE-RAE, edición del Tricentenario, actualización de 2020), “darse con un canto en los dientes, en los nudillos [referenciado por primera vez en el diccionario usual de 1970], o en los pechos”, son locuciones verbales coloquiales, que significan “darse por contento cuando lo que ocurre es más favorable o menos adverso de lo que podía esperarse”, expresión que se ha mantenido a lo largo de los siglos, comenzando por darse con un canto “en los pechos”, con el significado de “con mucho gusto y complacencia”, siguiendo “en la frente” y acabando “en los nudillos y los dientes”, con citas de la literatura que muestran sus usos y costumbres en el lenguaje culto y usual, comenzando por Calderón de la Barca en 1852, en el Gran Diccionario de la Lengua Española (Tomo I), de Adolfo Castro y Rossi, donde la locución “con un canto en los pechos”, que se utiliza con los verbos darse, tomar o recibir, “denota satisfacción o el contento”: Y no tiene / que cuidar del hospedaje; / que es tan cortesano huésped, / que con un canto en los pechos / tomará lo que le dieren”(Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), El sacro Parnaso).

Donde he encontrado una de las mejores explicaciones de la expresión que ocupa hoy este artículo, es en la edición del Diccionario histórico de la Lengua Española. Tomo II.- B-Cevilla (Real Academia Española, 1936): “darse por contento, cuando lo que ocurre es más favorable o menos adverso de lo que podía esperarse”, por la profusión de citas de la literatura que recoge para comprender mejor su significado como frase figurada y familiar: “¿Mamarracho?… Ya te dieras / en el pecho / con un canto / si te mirara” (Duque de Rivas, 1854); “pasaba por un guapo mozo, y la menos puesta se daría con un canto en la frente por llevarlo a la iglesia” (Selgas, Nov. 1887, t. 3, p. 227). En el proceso de búsqueda de sentido a esta frase, creo que he localizado la mejor contextualización de esta locución verbal coloquial, en  un texto del reformador de los trinitarios descalzos, Juan Bautista de la Concepción (1561-1613), canonizado por Pablo VI en 1975: “Algunas veces se ha hecho en nuestro refectorio y fuera de él una mortificación de darse con un canto en los pechos, y ésta me parece muy justo que no se consienta más, por el daño que puede hacer a la tal persona; y los que lo ven no se edifican, sino reciben pena y notable disgusto”.

Quizá sea el cuadro de Caravaggio, San Jerónimo escribiendo, el que mejor represente el símbolo de la piedra cerca para golpearse el pecho como símbolo de arrepentimiento y penitencia. Dejando al canto de lado, la Iglesia Católica siempre tuvo en su canon de perfección este símbolo de golpearse el pecho (con canto, antiguamente, o con el puño cerrado ahora) y así lo mantiene en la actualidad cuando se refiere a la culpa, “a nuestra grandísima culpa” que, siendo sincero, siempre me ha costado mucho entender como irresponsabilidad personal a secas. Casi siempre he mirado de reojo la incomprensión de la soledad humana, la miseri-cordia ([sic] el corazón cerca de los nadies, que también somos cualquiera de nosotros) y el perdón hacia los otros, porque aprendí hace muchos años que perdonar es comprender y, a veces, comprendemos tanto a los demás que, finalmente, no hay nada que perdonar.

Sea cual fuere el origen de esta frase tan desconcertante, me ha quedado claro que tengo que darme por satisfecho con lo que soy y tengo en la actualidad, que puedo calificar como bueno, aunque pensemos muchas veces a priori que no es así, según lo escuchado del galeno de mi amigo en esta semana santa, que de todo hay en la viña del Señor. Incluso el dolor que supone hipotéticamente y en sentido figurado “darse con un canto en los dientes, en los nudillos o en la frente”, sería infinitamente inferior al beneficio que obtenemos ante situaciones difíciles. Me agrada mucho más que el sentido dado en el siglo XVI citado anteriormente, porque los demás, los que nos rodean, lo que pueden recibir ahora es alegría y satisfacción ante algo que a priori a todos nos podía preocupar mucho, empezando por nosotros mismos. En plena pandemia lo entendemos mejor. Hace tan sólo tres meses, nos hubiéramos dado todos con un canto en los dientes, aun soportando ese hipotético dolor, sabiendo que estando en la tercera ola, también teníamos derecho a soñar que se podía encontrar un gran beneficio en la vacunación masiva. Creo que, al final, es la mejor interpretación actual, porque no estamos hablando de suerte, sino de obstinación, en el sentido que siempre aprecié de Herman Hesse cuando afirmaba que hay una virtud, a la que quería mucho, una sola, que se llama “obstinación”, es decir, obediencia a una sola ley que lleva a encontrar el auténtico “sentido” de la vida. A pesar de los tropiezos con los cantos que encontramos, a veces, haciendo camino al andar.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Marcelino y su cara de santo

Sevilla, 2/IV/2021

Corría el año 1953 cuando en una tarde fría de invierno en el Madrid del discreto encanto de la burguesía, fui con mi abuela a los estudios Chamartín, a probar suerte en el casting que se iba a llevar a cabo para elegir al protagonista de una película que forma parte de la crónica sentimental de este país: Marcelino, pan y vino, dirigida por Ladislao Vajda. Se anunciaba que sólo fueran los niños que tuvieran “cara de santo”, algo que no supe en aquél momento qué significaba pero que mi familia creyó que yo la tenía así. Lo que sí sabía es que tenía sólo seis años y allí acudí en esa tarde de invierno con un abrigo de solapas generosas de la época y con mi sempiterna bufanda amarilla de cuadros, que perdí en el bullicio de las abuelas con nietos empujando cuando pasó la comitiva que realizaba el casting, queriendo que sus nietos ocuparan todos la primera fila.

No hubo suerte y fue elegido Pablito Calvo, al que volví a ver el día del estreno de la película en el cine Coliseum, con la suerte de que sortearon un ejemplar del cuento homónimo en el que se basaba la película, escrito por José María Sánchez Silva, que me tocó y que me permitió subir al escenario donde Pablo y yo nos dimos un beso, entregándome también el autor del libro un ejemplar dedicado, junto con un muñeco de Marcelino con una tostada en la mano, recordando una escena de la película. Fue inenarrable la emoción que sentí a los seis años por aquél cúmulo de sentimientos y emociones.

Una de las últimas veces que he recordado a Marcelino y a su amigo imaginario Manuel fue en un acto al que asistí en diciembre de 2018 en el Consulado General de Portugal en esta ciudad, con motivo de la celebración del día de la lectura en Andalucía, por una anécdota que contó Pilar del Río sobre el origen del libro más polémico de su compañero de vida, José Saramago. Contó que paseando los dos en Sevilla por la calle Sierpes, se volvió Saramago hacia el célebre quiosco de Curro situado en la zona de La Campana y allí vio escritas unas palabras que luego dieron el título a una obra preciosa: El evangelio según Jesucristo. Bendito momento para Sevilla, justo es recordarlo, para recordarnos que lo que ayer fue duda hoy se convierte en certeza, intentando comprender el final de aquella obra nacida curiosamente en esta tierra cuando Dios decía: “[…]: Hombres, perdonadle [a Jesús], porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazareth y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”.

En viernes santo o laico, salvando cada uno lo que quiera salvar en sus creencias, he vuelto a recordar a aquél niñodios, Marcelino, y a su amigo Manuel, porque cuando salí del Consulado aquella tarde de invierno, en silencio, pensando en las palabras citadas anteriormente en esta ciudad iluminada para la Navidad, recordé al niño Jesús proletario que Saramago describía en sus pequeñas memorias, porque él estaba conmigo, al igual que me acompañaba durante muchos años Manuel, el amigo imaginario de Marcelino, Pan y Vino: “En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

Hoy, viernes santo, quiero recordar al ciudadano Jesús del que tantas veces he hablado en este cuaderno digital y que lo descubrí con mis seis años en Madrid, viendo aquella película del régimen que me enseñó muchas cosas, entre ellas admirar a ese Jesús del madero que fue antes un niño proletario y cómo Marcelino me animó a decir en mi casa que conocía a alguien que se llamaba dios y que sabía que tenía un amigo imaginario de nombre Manuel, que siempre tuvo un sitio en mi alma de niño. En este mundo tan complejo, siento la ausencia de esos amigos de la infancia, de ese líder de juventud, Jesús, comprendiendo mejor que nunca lo que Saramago quería transmitir en su atrevida lectura laica del evangelio, cuando nos recordaba que su padre le decía a Jesús aquello de “ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas”. Inolvidable, porque a mí hoy me sigue pasando lo mismo.

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Judas, traidor y mediocre

Leonardo da Vinci, fragmento de La última cena (1495-1498)

Sevilla, 1/IV/2021

Hoy es un día para no recordar en ciertos relatos históricos sobre la vida apasionante de un líder carismático, Jesús de Nazareth, al que profeso admiración, al visualizarse también la de un traidor de nombre Judas, un enemigo contemporáneo suyo, amante de silencios cómplices como personaje miserable y mediocre de libro. Hoy he vuelto a identificarlo para quedarme con su cara, por lo que simboliza, en una obra maestra que no olvido, La Última Cena (Il Cenacolo), pintada de forma magistral por Leonardo da Vinci, obra que se conserva con celo reverencial en la iglesia de Santa María delle Grazie en Milán desde el siglo XV.

Jesús lo dijo de forma directa y escueta, según nos lo cuenta el joven periodista Marcos (Mc. 14, 17-21) en aquellas horas previas a su detención y muerte: “Y al atardecer, llega él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: “Yo os aseguro que me entregará uno de vosotros, que come conmigo”. Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: “¿Acaso soy yo?”. Él les dijo: “Uno de los Doce que moja conmigo en el plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquél por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!”.

Leonardo da Vinci captó aquellas palabras de forma magistral, pintando a dos de los apóstoles que ya habían demostrado su lealtad, Simón Pedro y Juan junto a Judas, el tesorero del grupo, que no soltaba la bolsa con el dinero por el que vendería a Jesús, teóricamente su amigo, con un gesto de cierta sorpresa, algo muy clásico en los miserables y mediocres. Lo refrendaría poco tiempo después el beso a Jesús como señal para su detención, que el joven Marcos lo narró con alma periodística (Mc. 14, 43-46): “Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar, les había dado esta contraseña: “Aquél a quien yo dé un beso, ése es, préndedle y llevadle con cautela”. Nada más llegar, se acerca a él y le dice: “¡Rabbí (Maestro)!”, y le besó. Ellos le echaron mano y le prendieron”.

Estaban avisados y ya lo comentó Juan con detalle en su evangelio (Jn 12,1-8), cuando afirmó que Judas se quedaba con el oro destinado a los pobres: «Seis días antes de la Pascua, Jesús se fue a Betania, donde se encontraba Lázaro, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. Entonces María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume. Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”. -No decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella-. Jesús dijo: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis».

Judas es un prototipo de persona que perdura a día de hoy. Era todo un clásico, tradicional por antonomasia, conocido como Iscariote, nacido en Kariot, un entorno conservador al sur de Judea, lo que no le supuso problema alguno de conciencia en la traición a Jesús, que ya lo conocía bien por alguna que otra fechoría económica durante el tiempo que pasaron juntos y porque no supo apreciar nunca el valor de la amistad honrada y verdadera. La historia de la literatura en relación con Judas no ha perdido tampoco el tiempo, incluso para buscar una posible justificación a su infamia. Es lo que propuso Jorge Luis Borges con un cuento inquietante y metafórico, Tres versiones de Judas, donde expone lo que un autor de principio de siglo, Nils Runeberg, intentó desarrollar en una publicación de 1904, Cristo y Judas, con un epígrafe inquietante: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas. No acabó bien su autor a pesar de su esfuerzo por justificar lo que no había por donde cogerlo. Creo que el papel de Judas en la historia no merece muchas explicaciones. No supo apreciar lo que le ofreció un gran amigo y, además, no aprendió nada con él. Sólo quería mantener su puesto de tesorero del grupo de Jesús y traicionarle por treinta monedas entregadas por la Autoridad Competente de su tierra, religiosa por supuesto, confundiendo una vez -como todo necio- valor y precio. Nada más y nada menos, porque como tantas veces ha ocurrido en la historia, ocurre hoy y ocurrirá en el futuro, están más cerca de nosotros de lo que creemos. Ante las situaciones difíciles de la vida, los nuevos Judas, como salvadores mayores del Reino del Mundo y de este País, harán como el protagonista del cuento de Borges: intentar justificar lo injustificable, argumentando que no una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a los traidores integrales, son falsas.

Para que todo lo anterior no se nos olvide en este jueves santo y laico a la vez, cuando la dura realidad es que, a pesar de esos nuevos Judas que pululan por el mundo, seguimos teniendo muchos pobres y nadies entre nosotros, a las que personas anónimas, como casi siempre, les ofrecen en vida todo lo que tienen, sin nada a cambio, aunque sabemos que incluso llegan a entregarles sus vidas. Las palabras en clave de Jesús en Betania, ante Judas, nos lo recuerda con la calidad que siempre han protegido en la tradición oral nuestros mayores.

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Miércoles santo y mercurial

Ítalo Calvino

Sevilla, 31/III/2021

Cada “miércoles” hay una oportunidad de recordar el significado de la palabra, día dedicado a Mercurio, día laico por excelencia, que el mercado se apoderó de él hace ya muchos siglos, convirtiéndolo en mercancía, cosa lógica por otra parte porque la etimología de miércoles deriva del latín “merx”, mercancía. También, el canon católico arrebató su sentido primigenio, al declararlo “santo” en esta semana especial. Respetando el arte de empezar a escribir en la página en blanco de hoy y como me considero muy lejos de las veleidades mercantilistas, quiero centrarme ahora en unas palabras escritas sobre Mercurio por uno de mis maestros, Ítalo Calvino, que figuran en una obra que me acompaña desde hace ya muchos años, Seis propuestas para el próximo milenio (1). Me refiero concretamente a una de las seis conferencias, Rapidez, que se publicó de forma póstuma al haber fallecido el autor una semana antes de trasladarse a la Universidad de Harvard donde iba a pronunciarlas en diciembre de 1985.

En Rapidez aborda Calvino una cuestión llena de interés, al menos para los que andamos en dialéctica saturnial y mercurial en el caminar diario del timbo al tambo, no sólo los miércoles sino todos los días de la semana. Lo explico ahora con detalle, porque a los que amamos la literatura, el autor italiano consideró a Mercurio el mejor patrono. En la conferencia citada, formando parte de otras seis, él quiso explicar la importancia de la rapidez en la comunicación escrita: “[…] en una época en que triunfan otros media velocísimos y de amplísimo alcance, y en que corremos el riesgo de achatar toda comunicación convirtiéndola en una costra uniforme y homogénea, la función de la literatura es la de establecer una comunicación entre lo que es diferente en tanto es diferente, sin atenuar la diferencia sino exaltándola, según la vocación propia del lenguaje escrito. El siglo de la motorización ha impuesto la velocidad como un valor mensurable, cuyos récords marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres. Pero la velocidad mental no se puede medir y no permite confrontaciones o competencias, ni puede disponer los propios resultados en una perspectiva histórica. La velocidad mental vale por sí misma, por el placer que provoca en quien es sensible a este placer, no por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener. Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez”.

Calvino tiene presente al dios Mercurio por sus pies alados, por su vinculación histórica y multisecular al tiempo: “En la vida práctica el tiempo es una riqueza de la que somos avaros; en la literatura es una riqueza de la que se dispone con comodidad y desprendimiento: no se trata de llegar antes a una meta preestablecida: al contrario, la economía de tiempo es cosa buena porque cuanto más tiempo economicemos, más tiempo podremos perder. Rapidez de estilo y de pensamiento quiere decir sobre todo agilidad, movilidad, desenvoltura, cualidades todas que se avienen con una escritura dispuesta a las divagaciones, a saltar de un argumento a otro, a perder el hilo cien veces y a encontrarlo al cabo de cien vericuetos”.

¿Por qué Mercurio tiene tanto interés para Calvino?: “Mercurio, el de los pies alados, leve y aéreo, hábil y ágil, adaptable y desenvuelto, establece las relaciones de los dioses entre sí y entre los dioses y los hombres, entre las leyes universales y los casos individuales, entre las fuerzas de la naturaleza y las formas de la cultura, entre todos los objetos del mundo y entre todos los sujetos pensantes. ¿Qué mejor patrono podría escoger para mi propuesta de literatura?”. Impecable descripción que complementa con su aproximación a la psicología y la astrología en influencia mutua: “[…] el temperamento influido por Mercurio, inclinado a los intercambios, a los comercios, a la habilidad, se contrapone al temperamento influido por Saturno, melancólico, contemplativo, solitario. Desde la Antigüedad se considera que el temperamento saturnino es justamente el de los artistas, los poetas, los pensadores, y me parece que esta caracterización corresponde a la verdad. Desde luego, la literatura nunca hubiese existido si una parte de los seres humanos no tuviera una tendencia a una fuerte introversión, a un descontento con el mundo tal como es, al olvido de las horas y los días, fija la mirada en la inmovilidad de las palabras mudas. Mi carácter corresponde ciertamente a las peculiaridades tradicionales de la categoría a la que pertenezco: también yo he sido siempre un saturnino, cualquiera que fuese la máscara que tratara de ponerme. Mi culto a Mercurio corresponde quizá sólo a una aspiración, a un querer ser: soy un saturnino que suena con ser mercurial, y todo lo que escribo está marcado por estas dos tensiones”.  

Finalmente, Calvino se decanta por otro dios, Vulcano, que es la síntesis para interpretar de la forma más correcta a Mercurio: “El trabajo del escritor debe tener en cuenta tiempos diferentes: el tiempo de Mercurio y el tiempo de Vulcano, un mensaje de inmediatez obtenido a fuerza de ajustes pacientes y meticulosos; una intuición instantánea que, apenas formulada, asume la definitividad de lo que no podía ser de otra manera; pero también el tiempo que corre sin otra intención que la de dejar que los sentimientos y los pensamientos se sedimenten, maduren, se aparten de toda impaciencia y de toda contingencia efímera”. Festina lente, apresúrate despacio.

Sólo pretendía resaltar hoy, miércoles laico o santo, salvando la creencia o no que haya que salvar, que Mercurio es una buena opción para recordarle una vez a la semana en su día, los miércoles, sobre todo para los que vivimos en una dialéctica permanente saturnino-mercurial, porque los que tenemos “tendencia a una fuerte introversión, a un descontento con el mundo tal como es, al olvido de las horas y los días”, fijamos la mirada en la inmovilidad de las palabras mudas al escribir como saturninos porque, personalmente, de Mercurio no me atrae el comercio, el mercado o las mercancías, en una confusión permanente de valor y precio. Quizá, sólo aprender a volar con él cuando sueño despierto.

(1) Calvino, Italo (1989). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Siruela, págs. 45-67.

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Las respuestas están dentro de nosotros

Sevilla, 30/III/2021

Vivimos en un tiempo en el que cuando creemos tener respuestas para casi todo, nos cambian a diario las preguntas. Aprendí esta reflexión de Mario Benedetti, que me enseñó a vivir con dignidad en un territorio de preguntas muy profundas, en el Sur del Mundo. Esta situación nos lleva a buscar sin respiro nuevas respuestas a interrogantes que nos rodean por tierra, mar y aire.

Estando inmerso en esta misión posible, he escuchado una canción de Rozalén, a quien sigo con frecuencia por su compromiso activo desde la cultura en tiempos de coronavirus, con un título sugerente, “Y Busqué’, cuya sinopsis nos la presenta ella misma como aviso afectuoso para navegantes inquietos: “es una subida al templo Tepozteco, en México, una subida a la cima de cualquier montaña. Una metáfora. El camino que nos toca andar… Es un viaje interior, un intento de búsqueda de respuestas al sentido de las cosas, de la Vida, un “porqué estoy yo aquí”. Al final la respuesta se hace clara en soledad. Siempre buscamos fuera lo que nace dentro…”.

Invito a escucharla y seguir la letra, palabra a palabra, porque todas juntas nos dan una solución muy inteligente: las respuestas a lo que está pasando están en nuestro interior, es decir, en nuestra inteligencia individual, emocional y sentimental, porque es la única que nos guía en la resolución de cada problema diario...

Un árbol viejo partido en dos,
las puertas a este viaje interior.
Los senderos tienen forma de serpiente,
tienen piedras curvas y señales que te pierden.

Las primeras dudas las lloraba el cielo.
Debes enfrentarte sola y no tener miedo.
Descargué el exceso de peso,
me quedé con el alma en los huesos,
llené de aire el cuerpo.

Y busqué, y busqué, y busqué
hasta la cima.
Y no hallé, y no hallé, y no hallé
el sentido a mis días.
Y busqué, y busqué, y busqué
hasta el fin.
La respuesta estaba dentro de mí.

Luna plena y llena de agua fría,
ilumina la noche herida.
Como el pájaro, muestro atenta mis alas.
Miro desde arriba:
la que arriesga es la que gana.

Siempre busco fuera lo que nace dentro,
que mis días felices no dependan del deseo ajeno.
Aprender a escuchar el silencio,
regalar movimientos al viento,
yo sola ante este templo.

Y busqué, y busqué, y busqué
hasta la cima.
Y no hallé, y no hallé, y no hallé
el sentido a mis días.
Y busqué, y busqué, y busqué
hasta el fin.
La respuesta estaba dentro de mí.

Y busqué, y busqué, y busqué…

Cada estrofa es una página de vida y del alma. Aplicarlas en nuestra situación concreta es el desafío ante las grandes preguntas de la Vida, con mayúscula, como la canta Rozalén agregando siempre a sus notas las metáforas y el lenguaje de signos, aunque a veces tengamos el alma en los huesos.

Y busqué, y busqué, y busqué
hasta el fin.
La respuesta estaba dentro de mí.

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Alexandra Dovgan, pianista emergente y prodigio

Alexandra Dovgan

Sevilla, 27/III/2021

En tiempos de coronavirus, la cultura sigue abriéndose paso en aguas turbulentas. Alexandra Dovgan tocará esta noche en el Auditori de Barcelona, con un programa complejo para sus trece años de edad, demostrando su saber hacer artístico como pianista consumada y de gran maestría profesional. Actuará por una iniciativa muy loable del Auditori en el Festival Emergents Barcelona, donde se invitan a los jóvenes artistas más destacados del panorama nacional e internacional. Junto a la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña (OBC), dirigida por Kazushi Ono, interpretará el Concierto para piano nº 1 de Felix Mendelssohn y la Sinfonía en Do, D. 589, La pequeña, de Franz Schubert, obras que requieren una excepcional digitación y comprensión de las partituras originales, trabajo que conoce bien al estar muy cerca de ella en su prolongada formación pianística el gran pianista y maestro ruso Grigory Sokolov.

Alexandra está tocando el piano desde los cuatro años de edad, consagrándose a esta actividad artística que la ha encumbrado a lugares de privilegio profesional para muchos intérpretes con bastante más edad que ella. Su vida ha sido una obstinación en el sentido que siempre aprecié de Herman Hesse cuando afirmaba que hay una virtud, a la que quería mucho, una sola, que se llama “obstinación”, es decir, obediencia a una sola ley que lleva al “propio sentido”: “Admite solo conocer piezas clásicas: “No puedo mencionar cantantes pop porque no los conozco”. Se trata de una declaración que podría sorprender viniendo de una adolescente común. Pero Dovgan, que toca el piano de dos a cuatro horas diarias, no tiene tiempo para conocer otros estilos. Tampoco lo tiene para las redes sociales, que considera “una pérdida de tiempo que no me puedo permitir”. “Sé que mi vida es muy distinta a la de una adolescente común, pero yo he crecido con esto y para mí es una vida totalmente normal”, afirma tímidamente” (1).

Alexandra Dovgan, piano – Dima Slobodeniouk, director – Orquesta Sinfónica de Galicia, Mendelssohn: Concierto para piano nº 1 – A Coruña, 28 de febrero de 2020

Ella dice que “cada tecla del piano es un instrumento distinto y el movimiento de todas una orquesta entera”, que le gusta el piano porque puede expresar a través de él lo que siente, declarando a Chopin como su compositor favorito. Esta noche comprobará la honestidad del público español como ella lo ha manifestado recientemente, adjetivo que escuchó de su mentor, el excelente pianista Grigory Sokolov, que así la calificó al conocerla a través de Youtube, sorprendentemente.

Sé que el director venezolano Gustavo Dudamel ha ido a los ensayos previos a la actuación de esta noche de Alexandra Dovgan en el Auditori, habiéndose quedado impresionado por su maestría. La trayectoria de Dudamel en relación con la importancia de los valores emergentes musicales en su país, le permiten emitir un juicio bien informado, como persona que inició sus primeros pasos musicales en El Sistema, una organización que se debe conocer siempre como contrapunto, nunca mejor dicho, de la situación social y política en Venezuela. Recuerdo que después de un ensayo de la Suite Escita, opus 20, de Serguéi Prokófiev, con la Filarmónica de Los Ángeles, en diciembre de 2016, dijo algo a los componentes de la orquesta que no he olvidado a la hora de acercarme al piano o al clave, en mi caso, y que hoy volverá a resonar en mi alma de secreto al escuchar a Alexandra junto a la OBC: “No se trata solamente del performance perfecto. Les estaba diciendo que quería una perfección imperfecta. El riesgo, aquel punto donde tú miras y da vértigo, donde tienes el control de todo y al mismo tiempo, no lo tienes. E inspirar a los demás. Porque, fíjate, tú técnicamente puedes conocerlo todo, pero si no inspiras al grupo no vas a hacer nada especial. Nadie quiere escuchar algo completamente limpio, perfecto, pero que no tenga ningún tipo de alma”. Estoy convencido de que Alexandra Dovgan, en su ejecución con perfección imperfecta de Mendelssohn, transmitirá esta noche su alma honrada al público asistente, honrado, como lo califica ella. Al escucharla, recibimos ahora la vacuna multisecular de la música, porque siempre ha sido, es y seguirá siendo «compañera en la alegría y medicina para el dolor» (musica laetitiae comes, medicina dolorum). 

Leyenda en la tapa de mi clave

(1) Alexandra Dovgan, la pianista de 13 años que llega al Auditori (lavanguardia.com)

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Bertrand Tavernier nos enseñó que en cada día comienza todo

Fotograma de «Hoy comienza todo»

Sevilla, 26/III/2021

Ayer supe que el director de cine francés, Bertrand Tavernier, había subido a su cielo particular, dejándonos una estela de películas inolvidables que he citado a lo largo de los años en este cuaderno digital, porque fueron islas desconocidas en las que desembarqué junto a mi alma de secreto. De su filmografía excelente y didáctica siempre, destaco una película preciosa, Hoy empieza todo, sobre un guion de Dominique Sampiero que leí completo para comprender bien su hilo argumental. El cine de calidad nunca es inocente, porque es la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Cuando vemos una película contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Hoy empieza todo. Dominique Sampiero explicó por qué se puso este nombre a la película, porque lo que ocurre cada día en la vida es lo contrario a un cuento de hadas. Lo contrario de Había una vez… Vivimos entretenidos en pequeños mundos desconcertantes en los que muchas veces necesitamos descubrir las mejores historias para comprender la forma de ser y estar en el mundo. En el siglo de la hiperinformación, en el que vivimos a diario, no es fácil encontrar relatos que nos conmuevan, una palabra llena de sentido porque cuando nos enfrentamos a esta realidad descubrimos que las mejores historias nos perturban, inquietan, alteran; nos provocan situaciones placenteras que consuelan a la persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones.

Hoy empieza todo me marcó para siempre porque era una historia muy vinculada a mi vida de educador durante mis años jóvenes. En este cuaderno he escrito en bastantes ocasiones sobre la importancia de la educación en la vida de las personas y cómo nunca es inocente cuando encontramos profesores y profesoras dedicados en cuerpo y alma a la docencia, en todos los niveles posibles, desde la escuela infantil hasta la Universidad. He reflejado el papel que juega el cine, por ejemplo, porque ha colaborado de forma muy directa en esta prospección del docente comprometido, habiéndonos dejado mensajes inolvidables como Hoy empieza todo, Ser o tener, El club de los poetas muertos, Los chicos del coro, La lengua de las mariposas o Billy Elliot, entre otras películas inolvidables. El arte de enseñar es siempre el arte de contar historias de la vida, en su marco personal e intransferible de libertad, que preocupan como personas que son a los alumnos a los que hay que prestar la máxima atención científica y humana. Un profesor cercano y con gran conocimiento de la materia que imparte y de la evolución personal y emocional de sus alumnos, sin dejar atrás a nadie, es lo que se espera hoy en una sociedad tecnificada que cuando se le permite opinar llama a las cosas por su nombre.

Cuando el actor Robin Williams subió también a su cielo particular en 2014, escribí unas palabras que estoy seguro que podría compartir hoy con Tavernier hablando de su película, porque cuando en cada día comienza todo estamos dando rienda suelta a cada “carpe diem” particular: “[Carpe diem] Era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente: amor y poesía, cada día. Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética. Él se lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia. El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos”.

Tavernier nos mostró a través de “Hoy empieza todo” que la educación en centros públicos es imprescindible, para no dejar a nadie atrás como ocurría en la escuela de su película. Gracias, Bertrand Tavernier, maestro. Sinceramente, creo que el mejor profesor, el mejor director de cine, la mejor profesora, la mejor directora de cine…, existen. Es lo que representa el fotograma que encabeza estas líneas, extraído de su preciosa película, donde cogen la mano de su querido alumno para escucharle y expresarle su afecto, porque en su clase es igual que todos y especialmente comprendido y querido en su pequeño mundo de pobreza.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Perniculás, una mina desconocida

Sevilla, 25/III/2021

He finalizado la lectura de un libro sorprendente, Hijos del uranio (1), escrito con alma por Joaquín Mayordomo, periodista y escritor a quien conozco y aprecio, en torno a la realidad de una Tierra de Nadie, Perniculás, en la que cuentan que nació él hace ya unos años. He tenido la sensación, desde las primeras páginas, de que me iba sintiendo con su lectura un perniculasino más, habitante de un lugar que podía haber retratado perfectamente García Márquez a través de su realismo mágico, doloroso en su fondo y forma, a través de veinticinco relatos donde se desgrana su hilo conductor: la afectación silente y manifiesta del uranio en las personas de aquella tierra ignota, al vivir sobre una veta natural y explotada por el mercado minero sin compasión alguna: “el bicho radiactivo que habita en su espíritu (algunos aseguran que lo tienen vivo y coleando en el cerebro) les gestiona la vida: ni mejor ni peor, sencillamente les guía. Y es esta fuerza la que interviene para que, por ejemplo, algunos neonatos vengan al mundo con un suplemento de dedos en sus manos; o nazcan con rabo, o con cerdas tan gruesas que en su cuerpo como las de la crin de un caballo”.

La lectura ha descubierto en mi vida una realidad que no es tan mágica: el analfabetismo rural al leer en esta historia palabras bellísimas de ese entorno tan olvidado en la escuela de nuestro país: charracina, caozo, teso, rachisol, zaragalla, patacán, tajuela, zarcerones, pepechines, andarríos, entre otras muchas, aunque poco a poco, lo dicho antes, como un perniculasino más, “me he ido haciendo a todo” avanzando en la lectura de sus páginas. Traduce una realidad de muchas personas de este país, porque la España Olvidada es una realidad lacerante que, con motivo de la pandemia, está comenzando a respetarse y apreciarse en su justa medida. Nada justifica nuestra ignorancia, ni la responsabilidad individual y colectiva para que ocurran determinadas injusticias sociales en el ámbito rural de la España también Vaciada.

Al leer alguna de sus páginas me he sentido muchas veces como Pardal, el niño protagonista de La lengua de las mariposas, que no olvido. Todavía recuerdo con emoción los planos finales de la película homónima, los silencios cómplices ante la dictadura, donde Fernando Fernán Gómez interpretaba de forma magistral el papel de D. Gregorio, el maestro entrañable de Moncho (Pardal o el niño gorrión, tan querido por su creador, Manuel Rivas, a quien tanto admiro), el niño asombrado por la forma en espiral de la lengua de las mariposas, maravillosos seres vivos que van siempre por el mundo volando con trajes de fiesta. Aquella cara con expresión entre admiración e inocencia ante lo que puede aparecer en la vida, aquella figura enroscada, sin tocarse, que el maestro republicano, dibujaba con tiza en la pizarra, todavía está alojada en mi memoria a largo plazo, con la suerte de que sé cómo localizarla y, si me apuran, hasta puedo discernir donde está alojada, quizá para siempre, en mi cerebro de secreto.

El planteamiento del libro es muy interesante porque el primer relato, el que da título al libro, Hijos del uranio, es imprescindible leerlo con detalle y pasión al contextualizar el hilo conductor del mismo. Igual que el último, Los herederos radiactivos, porque “la radioactividad, atizada por la mina a cielo abierto que, durante una década, explotara Minas de Uranio de Perniculás, SA, había iniciado un nuevo ciclo y ahora estaba arrasando otra vez todo”, como un auténtico aviso para navegantes por la llegada de Berkeley Minera España a esa Tierra de Nadie o, posiblemente, de “los nadie” a los que ensalzó en su momento Eduardo Galeano.

Todavía resuena en mi mente un nombre propio, paradójico, que sintetiza el argumentario de esta bella obra: Luz Divina, el nombre de una protagonista que aporta claridad en el antes y después de lo que sucede en Perniculás con la implantación de la explotación minera del uranio y el devenir de su hijo, Argimiro Shin-Shin-Hu Miguel, alias Polifemo, una intrahistoria profunda de la mina. Seguir las andanzas de sus padres por medio mundo y su realidad de mercado en la finca Encinas Negras, traduce lo que puede suceder en la España Olvidada con la llegada de los salvadores de tierras en las que lo único que sobran son las personas que las pueblan.

Estos relatos cobran vida en estos momentos por la batalla judicial que se sigue planteando por la ciudadanía responsable contra el Proyecto Salamanca de la compañía minera australiana Berkeley, concretamente en Retortillo, en la comarca de Ciudad Rodrigo (Salamanca). En octubre de 2019, la Audiencia Nacional rechazó el recurso contencioso administrativo interpuesto por ecologistas y verdes de Salamanca contra la autorización concedida en 2015 por la Secretaria de Estado de Energía para iniciar el proyecto de mina de uranio en Retortillo (Salamanca). Como nada de lo que sucede políticamente en nuestro país es inocente, los medios de comunicación recogían en esos días la siguiente crónica de la apertura de una mina anunciada: “Berkeley registró un tirón impresionante en Bolsa tras las elecciones municipales y autonómicas de mayo [2019]. El PP ganó en los municipios salmantinos afectados por el proyecto y el mercado se disparó. El día después, la empresa minera lideró las subidas en el Mercado Continuo con un repunte del 35,8%, hasta los 0,235 euros, y recuperó una capitalización bursátil por encima de los 60 millones de euros. El espasmo bursátil dio la razón a quienes han cuestionado durante años la vertiente especulativa del proyecto”. Poderoso caballero don dinero.

He consultado una noticia reciente del pasado 2 de marzo en el portal de comunicación del ICEX España Exportación e Inversiones (anteriormente conocido como ICEX – Instituto Español de Comercio Exterior) dependiente del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo, que no deja lugar a muchas dudas sobre la situación actual: el proyecto minero de Berkeley en Salamanca sigue cumpliendo hitos: “La compañía minera australiana Berkeley sigue avanzando en su proyecto Salamanca, la explotación de la que afirma que será la mayor mina de uranio de Europa. Ubicada en el municipio de Retortillo, en la provincia que le da nombre, su primer anuncio público se produjo en 2016, cuando la compañía habló de una inversión de 100 millones de euros y la creación de 450 empleos directos […] En diciembre pasado [2020], el Ministerio para la Transición Ecológica y el Desafío Demográfico renovó la autorización inicial para la planta de concentrado de uranio como instalación radiactiva. La autorización inicial original data de septiembre de 2015, y tenía que ser renovada al tener una validez de cinco años. Esta renovación había obtenido el respaldo del Consejo de Seguridad Nuclear en el mes de julio [2020]”.

No sobran más comentarios. Recomiendo, hoy, la lectura del libro de Joaquín Mayordomo, porque permite valorar el esfuerzo de un escritor y periodista avezado en mostrar a través de 25 relatos lo que significa una mina de uranio y su impacto en la sociedad que la rodea. Me quedo leyendo otra vez uno de los relatos que simbolizan mejor la reacción popular ante tal desatino, Una bomba de colores, donde unos niños perniculasinos, la Pandilla de los Ocho, sabían que podían hacer trastadas en la explotación minera con su encanto de niños: “¿Por qué? Quién lo sabe. A los niños les gusta transgredir, ¿no?, llamar la atención, especular con la rutina. Quizá en su inconsciente protestaban porque Minas de Uranio de Perniculás, SA (MUPSA) había venido a romper el equilibrio de su mundo”. No se puede explicar mejor lo que sienten en la actualidad las miles de personas que vienen luchando sin descanso para que la explotación de Berkeley no siga adelante “cumpliendo hitos”.

Hoy, no olvido lo que ocurre en esa parte de la España Olvidada. Les confieso que al leer este libro precioso me ha pasado algo parecido a lo que contaba Gabriel García Márquez en el prólogo de sus “doce cuentos peregrinos”, yendo del timbo al tambo de la vida “peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”. Cada vez que he vuelto a leer uno de los veinticinco relatos, lo comprendo mejor que la primera vez y sé qué hacer con lo aprendido, que es mucho, porque quizá entiendo mejor el mensaje interior de Joaquín Mayordomo al escribirlos: “Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Como saber entonces cuál debe ser la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuándo está la sopa”.

Léanlo, lo recomiendo para cuidar el alma de quien lo ha escrito como si “cavara un pozo con una aguja”, una expresión turca que conocí leyendo el discurso de Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre. Es verdad que la vida de un escritor se hace poco a poco, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual a imagen y semejanza de cada uno. Esa es la razón de que existan pocos escritores que aporten al mundo sus pozos con agua, porque es su misión, no la de estar secos.

(1) Mayordomo, Joaquín (2019). Hijos del uranio. Sevilla: Punto Rojo Ediciones.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando de lo que se trata es de tener criterio

Sevilla, 24/III/2021

Es urgente ante el marasmo de noticias y acontecimientos falsos en general que nos rodean, reforzar más que nunca nuestros “criterios” propios para vivir sanos y despiertos, sabiendo que desde el siglo XIX, en el Diccionario de lengua castellana (RAE), se definían como “señales por las que se conoce la verdad”, lo que permite emitir juicios y discernimientos bien informados, como en su segunda acepción se reflejaba en el citado diccionario. El problema radica en que todavía no se han lanzado al mercado los detectores de criterios, que no existen como algo material sino que se encuentran sólo en la forma de interpretar cada persona los signos de verdad en casi todo lo que se mueve en nuestros alrededores.

Más sorprendente aun es conocer que con anterioridad a este registro de las palabras usadas en este país por la Real Academia, ya se recogió en el diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, de Esteban de Terreros y Pando (tomo primero, 1767), el lema “criterio” unido íntimamente a la voz “crítica”, entendiendo que “criterio” es el “arte de juzgar de los escritos: dícese del gusto de la ciencia, del discernimiento y capacidad para juzgar o sacar una obra” que se puede llevar a cabo por todas las ciencias: filosófica, teológica, médica, etc. Queda claro que en «criterio» hay un antecedente: la señal de la verdad y un consecuente, la emisión de un juicio o discernimiento bien informados ante la misma.

En el siglo XIX se da una vuelta de tuerca a este vocablo sustituyendo en el criterio la “señal” por la “norma o medio para conocer la verdad” que se complementa con un desarrollo de la unión de criterio con crítica, llegando así esta definición hasta nuestros días. Prefiero quedarme con la primera acepción de “señales” porque es la gran tarea que ternemos que cuidar a lo largo de la vida ante la posibilidad de conocer la verdad de las palabras y de las cosas que pasan. Quien hojea este cuaderno digital, con casi 1.700 artículos escritos a lo largo de quince años, sabe que es frecuente encontrar esfuerzo personal en buscar señales para conocer la verdad de lo que pasa en nuestro acontecer diario y en cualquier perspectiva que se trate. Y surge el nudo gordiano de esta búsqueda de una isla desconocida a estas alturas de la vida: saber qué es la verdad de lo que está pasando en nuestra vida, cómo puedo detectar las señales de que aquello que está sucediendo es la verdad y no la interpretación de otros.

En mis años jóvenes estudié una materia, la criteriología, según el análisis de José Ferrater Mora y recuerdo que me formé en conocer el ámbito del “criterio” en nuestras vidas, aunque lo que más me ayudó a entenderlo y asumirlo como algo propio fue cuando la unía a la incertidumbre, es decir, como una propiedad del acto del conocimiento, muy próxima a la ideología y a la psicología de lo que nos desborda. En definitiva y siguiendo Ferrater a la escuela de Desiré Mercier, la investigación sobre la criteriología tenía dos líneas de trabajo: conocer qué es la incertidumbre en la que vive el ser humano a diario y la que permite ahondar en diferentes zonas del conocimiento humano. Formamos criterios, en definitiva, sobre arenas movedizas de la vida, sobre la incertidumbre, porque cada vez que ocurre envía diversas señales. En tener o no criterio para detectar la verdad de lo que ocurre en cada momento, está la cuestión. Uniéndolo a la ética, resulta un todo compacto muy atractivo para comprender las señales de verdad en la vida, porque ambas realidades, criterio y ética, se identifican en su punto de encuentro: son la solería que vamos poniendo a lo largo de la vida para justificar todos nuestros actos humanos, sobre los que pisamos a diario y justificamos con criterio ético por qué lo hacemos.

Aun así, llevo guardando mi verdad durante todos los años de mi existencia siguiendo el aserto de Machado: “¿Tu verdad? No la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Ahora, en tiempos de coronavirus, tengo la necesidad imperiosa de conocer la verdad de lo que está pasando en el amplio espectro de la Nueva Normalidad, a través de diferentes señales, para formar el mejor criterio: la información verdadera, objetiva, contrastada, digna, bien transmitida y apeada de tecnicismos estadísticos que es muy difícil desentrañar cuando lo que nos ocupa es saber qué nos pude pasar ahora, mañana y el famoso día después el que todos hablan, en un mundo instalado en el desconcierto de amplio espectro. El juicio sobre estas señales es lo que viene después.

De las pocas señales que hoy por hoy identifico como valiosas es que la verdad, como pasa con la realidad del campo, es para quien la trabaja. Hay que informarse, contrastar las noticias, despreciar los medios de comunicación tóxicos o tosigosos, instalados en la mediocridad de los bulos y bloquear el cotilleo indecente y la mediocridad que nos asola por tierra, mar y aire en casi todo lo que se comunica o expresa. Sabemos quiénes y cuántos son y es fácil quedarnos con sus cabeceras, siglas e identidades personales e intransferibles de los lanzadores de señales falsas y contaminadas. No nos queda otra que denunciar la Mentira, bajo el eufemismo de bulos y medias verdades engañosas y fraudulentas en el gran Zoco Mundial, porque se reviste de muchos disfraces de trajes de emperador que se venden al mejor postor de la indignidad. Además, esta labor no es solo policial, es una tarea ciudadana de amplio espectro (como los antibióticos) de compromiso social para buscar conjuntamente la verdad, guardándonos cada uno la nuestra en este ejercicio urgente de responsabilidad ciudadana. En definitiva, tener criterio ante lo que ocurre a diario en nuestra vida y en las de los que más queremos, para captar las mejores señales de la verdad, lo que nos permitirá emitir juicios bien informados y ser mejores personas, porque por nuestro criterio personal, ético y decente, conoceremos todos las señales de la verdad en nuestras vidas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Nadie es normal

Sevilla, 23/III/2021

Vivimos en una sociedad de pensamiento único en el que la persona que se sale del guion impuesto por ese patrón es considerada inmediatamente como “no normal”. Decía Caetano Veloso, el cantor brasileño de mi juventud que “Visto de cerca, nadie es normal”, frase que se convirtió con el tiempo en el eslogan del movimiento brasileño en defensa de la salud mental. Lo descubrí también cuando leí una obra extraordinaria de Eduardo Galeano, Las palabras andantes (1), porque vistas de cerca traducen muy bien lo que sentimos las personas que nos salimos de determinados patrones de normalidad y de las rutas impuestas por la sociedad de mal uso y consumo, sobre todo porque utilizamos palabras al hablar y escribir que andan por sí solas sin que tengan que ser fijadas, abrillantadas o bañadas de un supuesto esplendor que no necesitan casi nunca. Nos pasa sobre todo cuando nos tenemos que enfrentar a palabras que etiquetan el rasero de la normalidad en determinadas personas que andan por la vida por las fronteras del sentido de ser y estar en el mundo, sin que nos molestemos en comprenderlas y verlas de cerca. Es el estereotipo perfecto de las etiquetas sobre la enfermedad mental pronunciadas, paradójicamente, por los llamados “sanos mentales”, situación mucho más preocupante en estos tiempos de “nueva normalidad” por decreto

Así lo contó admirablemente Galeano en el libro de referencia, cuando lo justificaba haciendo justicia a sus palabras desde una ventana discreta para contemplar la normalidad de las personas normales: “Una mesa remendada, unas viejas letritas móviles de plomo o madera, una prensa que quizás Gutenberg usó: el taller de José Francisco Borges en el pueblo de Bezerros, en los adentros del nordeste del Brasil. El aire huele a tinta, huele a madera. Las planchas de madera, en altas pilas, esperan que Borges las talle, mientras los grabados frescos, recién despegados, se secan colgados de los alambres. Con su cara tallada en madera, Borges me mira sin decir palabra. En plena era de la televisión, Borges sigue siendo un artista de la antigua tradición del cordel. En minúsculos folletos, cuenta sucedidos y leyendas: él escribe los versos, talla los grabados, los imprime, los carga al hombro y los ofrece en los mercados, pueblo por pueblo, cantando en letanías las hazañas de gentes y fantasmas. Yo he venido a su taller para invitarlo a que trabajemos juntos. Le explico mi proyecto: imágenes de él, sus artes de grabado, y palabras mías. Él calla. Y yo hablo y hablo, explicando. Y él, nada. Y así sigue siendo, hasta que de pronto me doy cuenta: mis palabras no tienen música. Estoy soplando en flauta quebrada. Lo no nacido no se explica, no se entiende: se siente, se palpa cuando se mueve. Y entonces dejo de explicar; y le cuento. Le cuento las historias de espantos y de encantos que yo quiero escribir, voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado. Le cuento los cuentos; y este libro nace”.

Hoy he encontrado de todo en las noticias del día, cuando ante la página en blanco me pongo a escribir con alma de aquello que estimo que debería ser lo normal en la vida, en el marco de la anormalidad que impera, encontrándome con “voces que he recogido en los caminos y sueños míos de andar despierto, realidades deliradas, delirios realizados, palabras andantes que encontré —o fui por ellas encontrado”. Y me tengo que convencer que, a pesar de todo, visto de cerca, nadie es normal porque la vida nos moldea a imagen y semejanza de lo que marca el poderoso caballero don dinero o don normal.

Escribir hoy se puede interpretar como un delirio realizado de los que habla Galdeano. La verdad es que de alguna forma tenía que quejarme sobre lo que le ocurrió al diputado Íñigo Errejón la semana pasada en una sesión del Congreso de los Diputados, porque desde la bancada del partido popular le espetaron una frase a modo de insulto y descalificación personal: “Vete al médico”, cuando lo único que estaba pidiendo Errejón era que este Gobierno de Coalición fuera sensible con la realidad de la salud mental en nuestro país, por la necesidad urgente de los refuerzos de los equipos profesionales ante los daños colaterales de la pandemia, siendo conscientes que España es el segundo país en Europa en el consumo de ansiolíticos y que hay palabras andantes en el argot diario de la ciudadanía asociadas a esta cruda realidad: “Si digo diazepan, valium, o lexatín, todos sabemos de lo que estamos hablando. ¿Cuándo nos hemos acostumbrado a esto?”.

Hoy no voy al médico, sino que me permito entrar en mi clínica del alma, que así llamo a mi biblioteca, para abrir de nuevo el libro de Galdeano, Las palabras andantes, recordando una de sus ventanas de la palabra que no he olvidado: “En lengua guaraní, ñe’e significa «palabra» y también significa «alma». Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma”.

Hoy he comprendido también mejor que nunca, al leer las noticias del día, que “visto de cerca, nadie es normal”, aunque tengo que intentar identificar a quienes mienten sus palabras, fundamentalmente porque son traidores del alma cuando dicen que “visto de cerca lo que ocurre, todo es normal”. No son lo mismo las personas que las cosas a la hora de analizarlas, e igualarlas me da miedo, porque mucha gente considera que pensar así es lo más normal del mundo. Y no es lo mismo, no es lo mismo.

(1) Galeano, Eduardo (2003). Las palabras andantes. Madrid: Siglo XXI.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de De perto ninguém é normal (ou o ‘novo normal’) — Gama Revista

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