Bertrand Tavernier nos enseñó que en cada día comienza todo

Fotograma de “Hoy comienza todo”

Sevilla, 26/III/2021

Ayer supe que el director de cine francés, Bertrand Tavernier, había subido a su cielo particular, dejándonos una estela de películas inolvidables que he citado a lo largo de los años en este cuaderno digital, porque fueron islas desconocidas en las que desembarqué junto a mi alma de secreto. De su filmografía excelente y didáctica siempre, destaco una película preciosa, Hoy empieza todo, sobre un guion de Dominique Sampiero que leí completo para comprender bien su hilo argumental. El cine de calidad nunca es inocente, porque es la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Cuando vemos una película contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Hoy empieza todo. Dominique Sampiero explicó por qué se puso este nombre a la película, porque lo que ocurre cada día en la vida es lo contrario a un cuento de hadas. Lo contrario de Había una vez… Vivimos entretenidos en pequeños mundos desconcertantes en los que muchas veces necesitamos descubrir las mejores historias para comprender la forma de ser y estar en el mundo. En el siglo de la hiperinformación, en el que vivimos a diario, no es fácil encontrar relatos que nos conmuevan, una palabra llena de sentido porque cuando nos enfrentamos a esta realidad descubrimos que las mejores historias nos perturban, inquietan, alteran; nos provocan situaciones placenteras que consuelan a la persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones.

Hoy empieza todo me marcó para siempre porque era una historia muy vinculada a mi vida de educador durante mis años jóvenes. En este cuaderno he escrito en bastantes ocasiones sobre la importancia de la educación en la vida de las personas y cómo nunca es inocente cuando encontramos profesores y profesoras dedicados en cuerpo y alma a la docencia, en todos los niveles posibles, desde la escuela infantil hasta la Universidad. He reflejado el papel que juega el cine, por ejemplo, porque ha colaborado de forma muy directa en esta prospección del docente comprometido, habiéndonos dejado mensajes inolvidables como Hoy empieza todo, Ser o tener, El club de los poetas muertos, Los chicos del coro, La lengua de las mariposas o Billy Elliot, entre otras películas inolvidables. El arte de enseñar es siempre el arte de contar historias de la vida, en su marco personal e intransferible de libertad, que preocupan como personas que son a los alumnos a los que hay que prestar la máxima atención científica y humana. Un profesor cercano y con gran conocimiento de la materia que imparte y de la evolución personal y emocional de sus alumnos, sin dejar atrás a nadie, es lo que se espera hoy en una sociedad tecnificada que cuando se le permite opinar llama a las cosas por su nombre.

Cuando el actor Robin Williams subió también a su cielo particular en 2014, escribí unas palabras que estoy seguro que podría compartir hoy con Tavernier hablando de su película, porque cuando en cada día comienza todo estamos dando rienda suelta a cada “carpe diem” particular: “[Carpe diem] Era lo que John Keating/Robin Williams intentaba transmitir a sus alumnos desde la primera clase: que amaran el tiempo real de cada uno, cada momento, porque nada se repite, porque nadie se baña dos veces en el mismo río. A través de la poesía, porque siempre que se crea y piensa en algo, se puede dar el énfasis que cada persona necesita en su momento personal e intransferible y así se rompen esquemas. Esa es su verdadera razón, que Juan Ramón Jiménez también nos transmitió de forma excelente: amor y poesía, cada día. Además, la libertad debe estar presente en esta acción poética. Él se lo enseñó a los cuatro alumnos que copiaron su experiencia vital: crear un nuevo Club de los poetas muertos, amando la transgresión de la vida cuando sus pilares se tambalean, tal y como está sucediendo en la actualidad. Ellos decidieron apostar por la libertad personal y colectiva frente a los cuatro pilares de su colegio: tradición, honor, disciplina y excelencia. El desenlace de la película es conocido y doloroso. Al final, como a casi todas las personas que introducen cambios en la vida, en la sociedad, se las expulsa de la misma, con silencios cómplices. No es de extrañar que todos los alumnos firmaran la expulsión del profesor Keating. Un final, salvando lo que hay que salvar, que tiene un parecido extraordinario con los planos finales de La lengua de las mariposas, en el momento que los alumnos tiran piedras a su profesor, D. Gregorio, que tanta felicidad les había proporcionado, en un silencio cómplice desolador ante la cordada de presos”.

Tavernier nos mostró a través de “Hoy empieza todo” que la educación en centros públicos es imprescindible, para no dejar a nadie atrás como ocurría en la escuela de su película. Gracias, Bertrand Tavernier, maestro. Sinceramente, creo que el mejor profesor, el mejor director de cine, la mejor profesora, la mejor directora de cine…, existen. Es lo que representa el fotograma que encabeza estas líneas, extraído de su preciosa película, donde cogen la mano de su querido alumno para escucharle y expresarle su afecto, porque en su clase es igual que todos y especialmente comprendido y querido en su pequeño mundo de pobreza.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.