Cuando de lo que se trata es de tener criterio

Sevilla, 24/III/2021

Es urgente ante el marasmo de noticias y acontecimientos falsos en general que nos rodean, reforzar más que nunca nuestros “criterios” propios para vivir sanos y despiertos, sabiendo que desde el siglo XIX, en el Diccionario de lengua castellana (RAE), se definían como “señales por las que se conoce la verdad”, lo que permite emitir juicios y discernimientos bien informados, como en su segunda acepción se reflejaba en el citado diccionario. El problema radica en que todavía no se han lanzado al mercado los detectores de criterios, que no existen como algo material sino que se encuentran sólo en la forma de interpretar cada persona los signos de verdad en casi todo lo que se mueve en nuestros alrededores.

Más sorprendente aun es conocer que con anterioridad a este registro de las palabras usadas en este país por la Real Academia, ya se recogió en el diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, de Esteban de Terreros y Pando (tomo primero, 1767), el lema “criterio” unido íntimamente a la voz “crítica”, entendiendo que “criterio” es el “arte de juzgar de los escritos: dícese del gusto de la ciencia, del discernimiento y capacidad para juzgar o sacar una obra” que se puede llevar a cabo por todas las ciencias: filosófica, teológica, médica, etc. Queda claro que en “criterio” hay un antecedente: la señal de la verdad y un consecuente, la emisión de un juicio o discernimiento bien informados ante la misma.

En el siglo XIX se da una vuelta de tuerca a este vocablo sustituyendo en el criterio la “señal” por la “norma o medio para conocer la verdad” que se complementa con un desarrollo de la unión de criterio con crítica, llegando así esta definición hasta nuestros días. Prefiero quedarme con la primera acepción de “señales” porque es la gran tarea que ternemos que cuidar a lo largo de la vida ante la posibilidad de conocer la verdad de las palabras y de las cosas que pasan. Quien hojea este cuaderno digital, con casi 1.700 artículos escritos a lo largo de quince años, sabe que es frecuente encontrar esfuerzo personal en buscar señales para conocer la verdad de lo que pasa en nuestro acontecer diario y en cualquier perspectiva que se trate. Y surge el nudo gordiano de esta búsqueda de una isla desconocida a estas alturas de la vida: saber qué es la verdad de lo que está pasando en nuestra vida, cómo puedo detectar las señales de que aquello que está sucediendo es la verdad y no la interpretación de otros.

En mis años jóvenes estudié una materia, la criteriología, según el análisis de José Ferrater Mora y recuerdo que me formé en conocer el ámbito del “criterio” en nuestras vidas, aunque lo que más me ayudó a entenderlo y asumirlo como algo propio fue cuando la unía a la incertidumbre, es decir, como una propiedad del acto del conocimiento, muy próxima a la ideología y a la psicología de lo que nos desborda. En definitiva y siguiendo Ferrater a la escuela de Desiré Mercier, la investigación sobre la criteriología tenía dos líneas de trabajo: conocer qué es la incertidumbre en la que vive el ser humano a diario y la que permite ahondar en diferentes zonas del conocimiento humano. Formamos criterios, en definitiva, sobre arenas movedizas de la vida, sobre la incertidumbre, porque cada vez que ocurre envía diversas señales. En tener o no criterio para detectar la verdad de lo que ocurre en cada momento, está la cuestión. Uniéndolo a la ética, resulta un todo compacto muy atractivo para comprender las señales de verdad en la vida, porque ambas realidades, criterio y ética, se identifican en su punto de encuentro: son la solería que vamos poniendo a lo largo de la vida para justificar todos nuestros actos humanos, sobre los que pisamos a diario y justificamos con criterio ético por qué lo hacemos.

Aun así, llevo guardando mi verdad durante todos los años de mi existencia siguiendo el aserto de Machado: “¿Tu verdad? No la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Ahora, en tiempos de coronavirus, tengo la necesidad imperiosa de conocer la verdad de lo que está pasando en el amplio espectro de la Nueva Normalidad, a través de diferentes señales, para formar el mejor criterio: la información verdadera, objetiva, contrastada, digna, bien transmitida y apeada de tecnicismos estadísticos que es muy difícil desentrañar cuando lo que nos ocupa es saber qué nos pude pasar ahora, mañana y el famoso día después el que todos hablan, en un mundo instalado en el desconcierto de amplio espectro. El juicio sobre estas señales es lo que viene después.

De las pocas señales que hoy por hoy identifico como valiosas es que la verdad, como pasa con la realidad del campo, es para quien la trabaja. Hay que informarse, contrastar las noticias, despreciar los medios de comunicación tóxicos o tosigosos, instalados en la mediocridad de los bulos y bloquear el cotilleo indecente y la mediocridad que nos asola por tierra, mar y aire en casi todo lo que se comunica o expresa. Sabemos quiénes y cuántos son y es fácil quedarnos con sus cabeceras, siglas e identidades personales e intransferibles de los lanzadores de señales falsas y contaminadas. No nos queda otra que denunciar la Mentira, bajo el eufemismo de bulos y medias verdades engañosas y fraudulentas en el gran Zoco Mundial, porque se reviste de muchos disfraces de trajes de emperador que se venden al mejor postor de la indignidad. Además, esta labor no es solo policial, es una tarea ciudadana de amplio espectro (como los antibióticos) de compromiso social para buscar conjuntamente la verdad, guardándonos cada uno la nuestra en este ejercicio urgente de responsabilidad ciudadana. En definitiva, tener criterio ante lo que ocurre a diario en nuestra vida y en las de los que más queremos, para captar las mejores señales de la verdad, lo que nos permitirá emitir juicios bien informados y ser mejores personas, porque por nuestro criterio personal, ético y decente, conoceremos todos las señales de la verdad en nuestras vidas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.