Relato inacabado

LA MALETA DE MI PADRE PAMUK

Sevilla, 17/V/2020

Publico hoy un relato inacabado, sin título, que comencé a escribir en 1977 y que nunca finalicé. Lo he encontrado en este tiempo de confinamiento que me ha brindado la oportunidad de buscar objetos perdidos en la caja de sueños numerada que conservo intacta, a modo de maleta de cuero negro y bordes metálicos redondeados que, un día ya lejano, le regaló a Orhan Pamuk su padre, con el compromiso de que no la abriera hasta que él ya no estuviera caminando por este mundo, tal y como lo recordó en el discurso del acto de entrega del premio Nobel de literatura de 2006. Cuando al fin pudo abrirla, encontró allí el auténtico significado de la literatura a través de los escritos, manuscritos y cuadernos de su padre, es decir, “[…] lo que una persona crea cuando se encierra en un cuarto, se sienta delante de una mesa y se retira a un rincón para expresar sus pensamientos”.

A modo también de los cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, que los entregó finalmente a las personas que los quisieran leer libremente, yendo del timbo al tambo de la vida, pongo a disposición de la Noosfera este relato inacabado, pensando que cada persona que lo lea “sabrá qué hacer con él”: sugerir finales, enriquecerlo con nuevas reflexiones o guardarlo, tal y como está escrito, en una maleta imaginaria de Cristóbal Toral o en la real de Pamuk. Es lo mismo que me pasó a mí al escribirlo y rescatarlo hoy. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa y palabra en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como peregrino de la felicidad, de la vida, porque es lo que me saca de mi corazón, de mis asuntos y es lo que me lleva a estar ahora “peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbreque estamos viviendo por el confinamiento y la desescalada que nos embarga. Como me “recomendaba” hace años Gabo cuando leía, en tiempos de silencio, uno a uno sus cuentos peregrinos. Porque entendí muy bien su estructura literaria volcada al mundo mediante sus estructuras cerebrales: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Sinfonía en si menor, Inacabada, D. 759, de Franz Schubert

Cerré la puerta de casa como de costumbre, con la llave puesta en posición horizontal en la cerradura, para evitar también esos golpes secos que molestan a más de un vecino. La mañana era fresca, saludándome con un aire que me despejaba la mente, conciliador sobre todo, recordándome algunos aspectos positivos de la vida. El coche, mi gran compañero y aliado, amigo, confidente, me llevaba de nuevo acá y allá. Ahora al bar del pueblo, un lugar de paso o estancia según se miren las caras de los clientes asiduos.

– Un café, por favor

Mientras hojeaba la prensa, se enfriaba el café y cantaba la máquina de discos, el cerebro se iba poniendo a punto para rendir un día más. En vez de conflicto leía concierto, en lugar de divorcio, negocio, pero poco a poco todo se iba tornando real y las cosas volvían a su sitio. La carcajada del disminuido psíquico del pueblo, conocido por todos, que a mí se me antojaba muy listo, rompía de vez en cuando el silencio matinal añorado para quien está harto del ruido del mundo. Era un muchacho que miraba y sonreía a todos como negando pesimismo y seriedad a la vida. Entraba y salía del bar en un ir y venir sin sentido, como buscando algo que nunca acababa de encontrar. ¿No me pasa a mí igual? Me quedé contemplando las ondas del café en la taza, en esos pequeños torbellinos que dibujaba la cucharilla, movimientos rítmicos que se repetían una y mil veces. Los ojos fijos allí, los oídos en las mil cosas que acontecían en segundos en el bar: el adicto al alcohol que comenzaba muy temprano su jornada de divertimento, con una copa que vaciaba en voraz sorbo, el lotero con el pecho decorado de millones de pesetas en potencia, cogidos con alfileres de ropa que ya casi no se ven por ninguna parte, el corredor inquieto negando metros cuadrados al espacio de la barra, el intelectual del pueblo, el policía y muchas personas en paro. Una barra llena de inquietudes, fracasos, vidas, silencios, con camareros sirviendo desayunos para hombres y mujeres que comenzaban supuestamente su jornada, aunque sus ojeras delataban horas sin dormir en un despertar muy complicado.

Salí del bar. Filas de hombres con el ceño fruncido, en silencio sobrecogedor, poblaban la acera de enfrente con un pie reposando en la pared. Eran hombres sin trabajo, como yo al fin y al cabo, sin norte claro, solo a la espera del día y hora para cobrar el paro. Puse el coche en marcha de nuevo. Mientras llegaba a la autopista, pensé que algunas distracciones habían estado a punto de costarme algún disgusto, porque la mente estaba desde hace tiempo en otra parte. Desde hace meses ha crecido en mí la inseguridad conduciendo, hasta el punto de que muchas veces he sentido miedo al ponerme al volante.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Dicen que la distancia es el problema

CREACION DE ADAN1

Sevilla, 16/V/2020

Una de las palabras que figuran en las primeras posiciones del diccionario del confinamiento es “distancia”. A su vez, es una de las más difíciles de comprender e interiorizar porque supone separación de casi todo y, sobre todo, de todos. Dicen que por seguridad, para no contagiarnos. Casi nos han obligado a llevar encima, en un kit para el perfecto superviviente al coronavirus, un metro metálico para medir, con la rigidez simbólica que nos aporta, la tan traída y llevada distancia: un metro, dos, dos y medio, que hay teorías para todos los gustos. Al fin y al cabo, distancia entre personas y familiares en todos los sitios y situaciones que podamos pensar. Estar distante de personas queridas ya no es lo mismo, agravándose la situación según el lugar que ocupe cada uno en la familia.

El fresco de la bóveda en la Capilla Sixtina, que he elegido hoy como representación de estas palabras, me sobrecoge siempre que lo contemplo recordando la primera vez que admiré directamente esta grandiosa obra, hace ya muchos años, porque simboliza muy bien el problema de la distancia humana: Dios, aparentemente cerca, está acompañado mientras que Adán está solo y les separan, según Miguel Ángel, unos centímetros mágicos, no inocentes. Todo en silencio y sin diálogo, como presagio de lo que pasaría después como mensaje para los siglos de los siglos a través de la creación y de la evolución, porque en esa distancia histórica está simbolizada la razón de existir y las creencias de millones de personas que han poblado y pueblan este planeta.

La psicología y la antropología nos alumbran el problema de la distancia en los seres humanos, porque fundamentalmente somos seres ultrasociales y así se nos ha enseñado a lo largo de siglos de nuestra historia. Los antropopitecos, es decir, nuestros antepasados, decidieron salir de África hace ya cincuenta mil años y comenzaron a crear nuevos grupos sociales en todas las latitudes del mundo. Sobre todo, millones de años atrás, el día que a través de un hueso muy pequeño que tenemos en la garganta, el hioides, les permitió hablar, articular palabras. Dicen los sabios del lugar que nos encanta la proximidad y que necesitamos tocarnos, estar cerca unos de otros, pero la realidad científica es que esto no es verdad, que lo verdaderamente revolucionario no fue establecer distancias sino poder hablar.

En 2006 se produjo un descubrimiento extraordinario desde la paleontología, sobre el que escribí ese año en este blog, porque siempre me han apasionado las estructuras cerebrales: los restos que se encontraron en Dikika (Etiopía), en 2000, pertenecían al esqueleto de una niña, a la que se puso el nombre de Selam (paz) y se confirmó mediante pruebas científicas que cumpliría hoy tres millones, trescientos mil años. Es un descubrimiento extraordinario porque según manifestó en su momento Zeresenay Alemseged, paleoantropólogo etíope del Instituto Max-Planck de Leipzig, en Alemania: “son los restos más completos jamás encontrados hasta la fecha en la familia de los australopitecos”. El esqueleto se ha montado como un puzle humano, pieza a pieza, hueso a hueso, desde su descubrimiento en el periodo comprendido entre 2000 y 2003, faltando sólo la pelvis, la zona baja de la espalda y parte de las extremidades”.

En la región de Afar, en Etiopía, sus primeros pobladores fueron los artífices de que naciera la especie humana, que progresara con el paso de millones de años y que nos ofrecieran uno de las claves de nuestra especie, la capacidad de hablar, gracias a un pequeño hueso que se encontró en los fósiles de Selam, sobre el que escribí el día que se presentó al mundo el descubrimiento de la niña de Dikika: “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides (1), que es el auténtico protagonista del descubrimiento, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopithecus afarensis”. Para hablar, necesitamos a otra persona, aunque sea solo una, con la distancia suficiente para que me pueda oír.

Las dudas sobre el problema del lenguaje y la necesidad de acortar distancias en las relaciones humanas me han recordado reflexiones que ya hice a comienzos de este siglo sobre estudios del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. Los humanoides, que son legión, siguen sorprendiéndonos con reacciones de comprensión inmediatamente anteriores al “salto” del lenguaje. La mano abierta, con la palma hacia arriba, es un gesto de hambre, necesidad de comer algo, en el mundo de los primates. Pero la cognición voluntaria, es decir, la decisión de cómo voy a pedir de comer es una superestructura del conocimiento que solo corresponde a la especie humana. Necesito tener a otros cerca para que me vean y escuchen. Es más, la construcción mental de qué va a ocurrir con la comida, la decisión de comer solo o acompañado, poner la mesa, rodear de encanto personal con objetos y palabras el acto de comer es lo que nos sigue volviendo locos a los que nos gusta investigar su por qué. Hoy, en plena pandemia, más que nunca.

En este tiempo de coronavirus 19 nos esforzamos en vernos, hablar y conversar, superando la barrera de las distancias fundamentalmente a través de las tecnologías de la información y comunicación, pero sin tocarnos por imperativos categóricos de salud, aunque nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad, la distancia social. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (según Aristóteles), algunos lo llaman Dios o deidad, otros punto alfa de la evolución, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos estando uno muy cerca del otro para escucharnos y tocarnos utilizando el lenguaje corporal. Sobre todo, para utilizar la inteligencia a la hora de solucionar problemas. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos de confinamiento y desescalada que corren, que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo cerca, aunque solo sea al oído, porque tenemos muy interiorizado que, a veces, la distancia es el olvido. También, porque tenemos miedo a la soledad, a no poder hablar que es lo que más nos gusta.

Selam (Paz), la niña de Dikika, así lo ha confirmado mientras correteaba con sólo tres años por los campos de Dikika, donde había paradójicamente mucha agua, porque junto a su esqueleto se descubrieron también los de hipopótamos y cocodrilos, lo que aventura pensar que fue una niña feliz en un medio fértil y adecuado a sus necesidades, porque incluso ya podía hablar con las personas que tenía cerca. Y así lo contaron a lo que hoy se llama el primer mundo, tan preocupado con la pandemia que nos asola, tan lejano de aquel tiempo aleccionador que no deberíamos dejar de investigar nunca a pesar de la distancia en el tiempo.

(1) Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

 

Necesitamos hoy recordar un abrazo especial

EL ABRAZO

Juan Genovés, El abrazo

Sevilla, 15/V/2020

Olvidar momentáneamente lo que nos separa es comprender lo que buscamos entre todos y a veces se comprende tanto que ya no hay casi nada que olvidar y mucho por hacer en lo que nos une. Incluso con un abrazo especial al que piensa de forma diferente, mirando de frente a las diferentes caras de la urna de cristal que se llama ahora Congreso de los Diputados

Juan Genovés, el pintor que recordaremos siempre por un cuadro emblemático, El abrazo (1976), ha fallecido hoy en Madrid. Lo siento especialmente porque siempre lo he tenido en mi pinacoteca de secreto por el mensaje que deseó transmitir con esa obra tan especial, que llegó finalmente al Congreso de los Diputados el 7 de enero de 2016, cuarenta años después de haber sido concebido como un homenaje a la reconciliación nacional, para quedarse definitivamente allí como símbolo de la Transición y la Democracia en este país.

En tal sentido, vuelvo a publicar aquella semblanza del día tan ansiado que he citado. Me emocionó saberlo y contemplarlo allí colgado como mensaje que no se debería olvidar, más en estos tiempos tan difíciles de la COVID-19. Todo lo que dije en 2016 sigue teniendo vigencia salvando lo que hay que salvar del momento político en el que estábamos en aquel momento. Genovés se merece hoy el respeto de los demócratas, aunque como decía Alberti en su poema Te marchaste sin decirnos adiós, sabemos que no pudo decirnos adiós, pero sí darnos un abrazo. Además, los tristes momentos de la pandemia que estamos sufriendo nos impiden ahora abrazarnos de nuevo como homenaje a él y reconocerle con ese acto, en silencio, ese gran regalo para la democracia. Aunque fuera solo para decirle adiós y gracias porque sabemos lo que nos entregó hace tan solo cuarenta años.

El Congreso necesita un abrazo especial

Ayer llegó a un edificio del Congreso de los Diputados, para quedarse, un cuadro de Genovés, El abrazo, símbolo de la Transición. Ha sido un largo proceso burocrático que ha merecido la pena por lo que representa también para este momento político especialmente complejo que se vive en España y, concretamente en el Congreso estos días, en plena vorágine de reuniones para alcanzar acuerdos de gobernanza que a priori siempre parecen imposibles.

Merecería la pena que quienes ostentan la representación política de todos los españoles observaran con detenimiento el cuadro y pensaran, aunque fuera solo por un momento, que este símbolo de los abrazos no se debe olvidar porque fue una lección democrática reflejada fantásticamente por Genovés durante la Transición en un país que ahora los necesita más que nunca.

El Eclesiastés decía que en la vida hay tiempo de todo, hasta de abrazarse y separarse, pero que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, sobre todo si no se respeta el interés general en política. También, que hay tiempo de dialogar hasta la saciedad, para ser respetuosos con la voluntad popular expresada en los votos del pasado 20 de diciembre de 2015.

Es lo que esperaba Genovés cuando pintó el cuadro, no inocente por cierto, haciendo camino al andar y no disimulando nunca que la izquierda sabía mejor que nadie de abrazos y comprensión sin límites al tener que ponerse a hablar las dos Españas de Machado durante la Transición, porque todos no somos iguales en conducta social e igualitaria desde las ideologías, aunque sí ante la Ley. Es lo que deberían recordar ahora las señoras y señores diputados a la hora de hablar del nuevo Gobierno y del interés general en la cuenta atrás hasta el día 13: olvidar momentáneamente lo que nos separa es comprender lo que buscamos entre todos y a veces se comprende tanto que ya no hay casi nada que olvidar y mucho por hacer en lo que nos une. Incluso con un abrazo especial al que piensa de forma diferente, mirando de frente a las diferentes caras de la urna de cristal que se llama ahora Congreso de los Diputados.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Dignidad no es solo una bella palabra

Sevilla, 15/V/2020

Ayer decía la presidenta de la Comunidad de Madrid que “Mientras trabaje como presidenta, lo haré en un sitio digno”, en medio de una agria polémica sobre la utilización dudosa de un apartotel de Madrid como residencia provisional. Sin entrar en la legalidad o no de la cuestión, porque todavía no existe información clara y rotunda sobre lo ocurrido, sin resquicio alguno, sí quiero hacerlo en el fondo y forma de lo manifestado porque hemos llegado a una situación límite por el uso indecente de palabras con un contenido ético profundo, que no se deben escuchar solo y sin hacer o decir nada, consintiendo con silencios cómplices un uso torticero, como en este caso, de la palabra dignidad. Es más, añade sin rubor alguno que “No voy a resolver los asuntos de los madrileños sobre el comedor en el que ceno. Pues no creo que eso sea lo más oportuno; (…) mientras yo esté trabajando como presidenta de la Comunidad de Madrid, lo haré en un sitio con unas banderas y en un sitio digno, por ejemplo con la foto del Rey”.

Estas manifestaciones las hizo ayer en la Asamblea de Madrid, la casa de cristal de la administración autonómica en la que trabaja representando a casi siete millones de habitantes de diferente signo político. Lo que es indudable es que los madrileños y madrileñas, así como los españoles y españolas que la vean y escuchen al intervenir en público, no se van a escandalizar por verla en su casa «pequeña», confinada como todos los que sufren esta situación, en su comedor de toda la vida y, si hace falta, con la mesa puesta, sin banderas y sin foto alguna del Rey. Sería una imagen de normalidad absoluta y muchas personas se sentirían perfectamente representadas.

La verdad terca es que «dignidad» es una palabra y una cualidad humana muy maltratadas. De forma inmediata me ha venido a la memoria un archivo reciente, que contiene en mi cerebro las palabras que dediqué a Jose Mujica, expresidente de Uruguay, cuando dijo que La política es la lucha por la felicidad de todos, frase pronunciada en su discurso de despedida de la presidencia del gobierno uruguayo el 27 de febrero de 2015. Lo tengo grabado en mi alma política porque hablar de Jose (Pepe) Mujica es hablar de dignidad política integral. También, cuando dijo con estremecimiento de su alma que “la lucha que se pierde es la que se abandona”. Hace tan solo tres meses tuve la oportunidad de ver un documental sobre su vida y obra política, El Pepe, una vida suprema, para aprender su forma de hacer política, tan necesaria en este tiempo. A estas alturas del desencanto político en el mundo global y con responsables políticos que maltratan la dignidad como cualidad humana extraordinaria, solo queda agradecerle que con su edad siga con la ilusión de ser feliz contando a los demás su propia historia política y su forma de ser y estar de forma digna en el mundo. No confunde, como todo necio, valor, dignidad y precio, demostrando con sus hechos, que son amores, que necesitamos su garantía ética de la dignidad política y no sólo buenas razones.

¿Por qué será que me he acordado de Pepe Mujica cuando he leído las manifestaciones de la presidenta Díaz Ayuso en Madrid? Probablemente porque necesito reafirmarme en la creencia de que otra política es posible y que la dignidad, en todas sus manifestaciones posibles, debe ser el denominador común de la misma. También, porque el expresidente ama a su chacra, una humilde casa en el campo y porque no le ha importado nunca atender allí a personas, políticos y periodistas de diferentes posiciones sociales y creencias. Dice Mujica en el documental citado que “Los mejores dirigentes son aquellos que cuando se van dejan a un conjunto de gente que lo superan ampliamente”, creándose una atmósfera de complicidad silenciosa, pero elocuente, entre Mujica y el director, Emir Kusturica, que presagiaba que a partir de esta frase todo el documental iba a pasar páginas virtuales de un breviario para una política digna, plagado de ideas, reflexiones, imágenes, silencios, narraciones, discursos breves que simbolizan la altura de miras de este político uruguayo, tupamaro de origen ideológico y con unas raíces de revolución interior en la etapa colonialista de España en aquellas tierras y muchos siglos atrás.

Algo muy querido para uno de mis maestros de vida, José Antonio Marina, es la demostración de que la gran tarea de la inteligencia es desarrollar actos felices en la vida diaria y ordinaria, sobre todo cuando nos enseña los caminos de una sociedad justa y feliz: conocimiento de las utopías para mejorar el mundo y cómo se puede alcanzar la felicidad personal y política, recurriendo a ejemplos tan extraordinarios como la frase resumen de la Constitución de 1812 en nuestro país que decía: “El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar de los individuos que la componen”. Ser felices debe ser un proyecto común, construir una “Casa” común, asumir la compasión y la solidaridad como actitudes proactivas para sentirnos protagonistas de un gran proyecto humano que trascienda la indignidad extrema de no ver más allá de nuestras “narices” personales, familiares, políticas y sociales. Ser muchas veces voces de los que no tienen voz. Ser dignos para defender y representar la dignidad de los que están cerca y que, en el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, es siempre la de sus representados.

Escuchar a Mujica decir que “A esta altura no preciso “plata” (dinero), en absoluto, no preciso para vivir más de lo que tengo” o que “la cultura es la cotidianidad de los valores con los que nos movemos en la vida y eso es parte de la construcción de una sociedad mejor” y “A veces lo malo es bueno y, a veces, a la vez, lo bueno es malo”, nos deja ensimismados en la ilusión de seguir trabajando en la utopía de creer que otro mundo es posible, que otra presidencia de la Comunidad de Madrid también es posible.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje compartido y registrado de nuestro país, según la RAE, podemos limpiar, fijar bien y dar esplendor a la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada en el habla de todos, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna, que hace política, como en el caso que nos ocupa, debe ser siempre un ejemplo de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, debe manifestar pureza, honestidad y recato porque se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias para comportarse comedidamente.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Relación de lo sucedido en Sevilla durante la epidemia de 1649

RELACION DE LO SUCEDIDO

Sevilla, 14/V/2020

La historia es una gran maestra de vida y en estos tiempos modernos y difíciles conviene entrar en las clínicas del alma, las bibliotecas, para conocer qué hicieron nuestros antepasados en situaciones extremas como las que estamos sufriendo en la actualidad, porque probablemente podemos aprender de ellos. Hace casi cuatrocientos años que Sevilla sufrió una epidemia de la peste negra, concretamente en 1649, que asoló el país en el periodo 1647-1652. He localizado y leído una fuente que considero de gran interés, porque ya el título representa una forma de expresar lo que allí se vivió por su autor, un religioso anónimo cuyo texto sacó a la luz Pedro López de San Román Ladrón de Guevara, “Jurado en Sevilla y familiar del Tribunal de la Santa Inquisición”: “Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la epidemia en la Grande y Augustissima ciudad de Sevilla, año de 1649”, que finalizó el 7 de diciembre de ese año y que se editó en Écija por Juan Malpartida de las Alas también en el año citado, cuestión no baladí porque es una crónica muy próxima en el tiempo de todo lo allí expuesto.

Me ha interesado profundizar en este libro porque supone conocer el proceso de trazabilidad sanitaria y social de lo ocurrido en mi ciudad, que había sido centro neurálgico del mundo económico en el siglo XVI y que había iniciado una decadencia extrema en el siglo XVII, para reflexionar sobre la forma en la que se abordó el estado de alarma, confinamiento y desescalada en tiempos pretéritos. Se cometieron numerosos errores, porque la ciudad ya sabía lo que se le venía encima y porque había un antecedente que se conocía bien, el fallecimiento de más de 40.000 personas en Málaga a consecuencia de la peste en sus tres manifestaciones principales: landres, carbuncos y tabardillo. ¿Nos suena?

La tragedia se define de forma retórica en su primera página, respetando el castellano de la época, que he mantenido en su grafía por su lectura y fácil comprensión de la sintaxis: “A la mas fatal desdicha, a la mas lamentable historia, a sucesso mas lleno de miserias, a la miseria de un formidable castigo mas llena de peregrinos sucessos, al castigo mas severo, con mayores circunstancias de piadosa [?] que recuerdan las plumas. A ver el estoque de Dios justo, teñido en innumerables hombres. A Ninive desolada, a Ierusalem rendida; y en fin a la Mapa de la Christiana Babilonia casi borrado, a Sevilla castigada de la Epidemia que este año de 1649 ha padecido: executo la atencion, imploro las lagrimas y solicito la Religiosa compasión de V. Reverendissima”. Con este elocuente comienzo desea expresar que va a exponer el principio de realidad de lo directamente vivido, que no contado, porque lo sucedido “le hizo amargamente llorar”, con una expresión preciosa: hay que tener cuidado con lo que se escribe porque “los ojos corren más que la pluma”.

La crónica comienza con la descripción de una situación económica lamentable que afectaba a gran parte de la población, siendo la gran crecida del río Guadalquivir en los primeros meses del año, el desabastecimiento de víveres al inundarse los cultivos y que el tiempo fuera tan cambiante durante la primavera y comienzo de verano, lo que sirvió de caldo de cultivo para que la peste estuviera oculta “toda la Quaresma” y se propagase con una velocidad sorprendente. A pesar de que el desbordamiento del río se pensaba como la causa principal de la epidemia, el autor la atribuyó a “la malévola influencia de constelaciones que corrieron por todo este Meridiano y Planetas que predominavan este año”. Desconocimiento y desconcierto sobre el origen como causa principal, aunque se comunicaba “vulgarmente” que el paciente cero, que decimos hoy, estaba localizado en unos gitanos que vinieron de Cádiz y se alojaron en Triana, contagiando a la familia que los acogió a través de la ropa que traían puesta, aunque el relator no da firmeza a esta hipótesis, con carga discriminatoria obvia: los que los acogieron, dice textualmente, “pagaron su villana codicia con su vida”. De allí pasó al interior de la ciudad causando estragos.

A partir del salto de la Epidemia como una “centella”, comenzaron a desarrollarse los trabajos de contención con gran ayuda de la Iglesia a petición expresa de las Autoridades de la época, cobrando especial relevancia los servicios que se prestaron en el Hospital de la Sangre, hoy sede del Parlamento de Andalucía. Destacó en estas ayudas el Diputado del barrio de Santa María la Mayor, Pedro López de San Román Ladrón de Guevara, editor no inocente de este libro, que era un “grande en el tener” pero muy generoso al donar muchos ducados de su patrimonio, proveyendo al hospital de ocho mil colchones, carros y sillas para trasladar a los enfermos, “adoptando a los pobres por hijos, los ha hecho herederos de su hazienda”, junto con otros reconocimientos de sus valores que figuran en las últimas páginas del libro.

Cuenta más adelante cómo se organizó el hospital con dieciocho salas que se prepararon expresamente para atender esta epidemia. También la recepción de pacientes para clasificarlos en función de su gravedad, la organización de provisiones destacando los “regalos y dulces” para los pacientes y la atención personal religiosa de acuerdo con las creencias del momento. Explica cómo se organizó el hospital de convalecientes, concretamente el de San Lázaro, que existe en la actualidad, con seiscientos pacientes. Narra también con crudeza los contagios y fallecimientos masivos de los médicos y cómo solo a uno de los que recibían pacientes, Manuel de Mesa, “le pagó Dios con la vida”. La gente, desesperada, gritaba sus pecados a modo de expiación en la muralla de la Macarena, frente al Hospital, impidiendo la Justicia que siguiera esta práctica que servía más de curiosidad para los demás que de lástima o escarmiento.

Es muy interesante la descripción de cómo el Rey ordenó formar las Juntas de las Cabezas de los Tribunales, tanto eclesiásticos como seglares, con una descripción pormenorizada de las mismas, unificándolas en una Junta Real con la finalidad de atender “el remedio de la salud pública”: “Después de Dios Santissimo deben su Magestad y esta Ciudad, al zelo infatigable a las resoluciones acertadas a la puntualidad solícita, y al raro desvelo de esta gravissima lucha la salud de la que goza oy”. Quizá es este momento, al detallar la composición de una Junta anterior a la citada, donde se recoge una observación que considero ejemplar para el momento actual de nuestra epidemia, sin quitar ni una sola coma de lo allí expuesto: “Todos estos caballeros procedieron tan exactamente puntuales en cuantas cosas pedía la necesidad que con ser muchas acudieren a cada una como si fuese sola; y pudiera con sola esta Junta estar en todo el Contagio la Ciudad bien governada”.

La propagación de la pandemia llevó a esta Junta Real a abrir dos hospitales temporales en Triana, en la parte que daba al Monasterio de la Cartuja, uno para enfermería y otro para convalecientes. La narración de lo ocurrido en estos días plantea un escenario desolador por la gravedad de la epidemia, lo que obligó a abrir seis cementerios y carneros (osarios) en las diversas puertas de la ciudad. Los datos estadísticos son escalofriantes: “Entraron en el Hospital de la Sangre [actual sede del Parlamento de Andalucía] veinte y seis mil y setecientos Enfermos, destos murieron mas de veinte y dos mil y novecientos, y los Convalecientes no llegaron a quatro mil”. Enumera a continuación las personas que atendían este hospital y que fallecieron durante la epidemia: Ministros, Médicos (de seis solo quedó uno), Cirujanos (de diecinueve cirujanos solo sobrevivieron tres). A partir de aquí la exposición se centra en describir los fallecimientos en el ámbito religioso de la ciudad en la que existían numerosos conventos de las diferentes órdenes que intervinieron en la atención de los enfermos.

Narra posteriormente que el sábado 26 de junio fue una fecha importante que supuso atisbar un final próximo de la pandemia que se hizo patente por la procesión que se organizó por los Cabildos ante la Catedral. Es de especial interés señalar las manifestaciones de desconfinamiento a través de procesiones de agradecimiento a Dios por la liberación de la peste y cómo en el Hospital de la Sangre se mandaron poner el 22 de julio “banderas de salud” por la drástica reducción de ingresos de enfermos: cuatro o cinco enfermos y muertos “otros tantos”. Intervinieron coros en los patios interiores del hospital para alegrar la estancia de los enfermos y se ordenó colocar gallardetes en los carros de los difuntos que hasta ese momento habían efectuado los traslados al hospital. Concreta que el 20 de julio se cerró el hospital de Triana “donde murieron más de doce mil personas” y aunque se había previsto cerrar el hospital de la sangre en la festividad de Santiago y Santa Ana, finalmente no se pudo llevar a cabo porque todavía había en esa fecha enfermos ingresados. A final de mes se cerró definitivamente el hospital y la ciudadanía tenía garantizado el abastecimiento, porque se compraba y vendía “todo más barato y de mejor calidad”.

Las fases de desescalado (que llamamos hoy) se llevaron a cabo con rigor, controlando las puertas de acceso a la ciudad y dejando solo operativas dos, la de la Macarena y las de la Carne. Cuenta cómo el Juez D. Pedro Manxarrés de Heredia “personalmente yba a recorrer los Puestos de los Guardias, para que atendiendo a su cuidado no falten a su obligación. También en quanto a la limpieza de las casas y quema de la ropa, no la fiava de ningún Ministro: el mesmo entraba en persona en ellas y las mandava limpiar de toda ropa y la hazia entregar al fuego, y todas las demás diligencias que se requieren para la purificación del Contagio”.

Las cifras de fallecidos que señala por la epidemia de peste hay que tratarlas con bastante precaución. Según el autor se podían contabilizar en torno a las doscientas mil personas, de las cuales ciento cincuenta mil murieron en la ciudad y cincuenta mil entre los que huyeron fuera de la misma (estudios recientes se centran en un número de sesenta mil fallecidos, lo que suponía un 50% de la población). Esta lastimosa situación se reflejaba en las calles de Sevilla, casi vacías: “las calles que servían para el uso y comercio de las gentes estaban en verse en muchas un hombre”. Los pocos que se veían “llevaban el assombro de la muerte en sus semblantes”. Reflexiona sobre la profunda tragedia sufrida, de tal calado que lo peor que puede ocurrir es olvidarla: “[…] plegue al Cielo escarmiente todo el Mundo en él o escarmiente Sevilla propia en sí propia, para que se confirme su entera salud: viva ya libre del riesgo como si no huviera salido del peligro, y los que quedamos vivos sigamos como con empeños de resucitados; no perdamos la memoria de tal tragedia y tan lastimosa plaga como havemos pasado, que este olvido fuera la Peste peor de Sevilla. Acuérdate Sevilla de tu desdicha y, con esta memoria, matando las víboras de tus gustos, harás Atríaca [formulación farmacéutica] (1) magna dellas contra la Peste, para que te libre el Cielo della otra vez”.

Para finalizar este interesante recorrido breve sobre lo sucedido en Sevilla con motivo de la peste que la asoló en 1649 y en el contexto actual de la falta de sintonía política para aunar todos sus esfuerzos y voluntades en este momento de confinamiento y desescalada, recojo el hilo conductor en las páginas finales de este interesante libro, porque hace un reconocimiento pausado de todas las Autoridades religiosas y civiles intervinientes en la gobernanza y atención a los enfermos y fallecidos por la epidemia, deteniéndome especialmente en el párrafo dedicados a las Autoridades que, como Mando Único (¿nos suena?), tuvieron que tomar decisiones en aquellos terribles momentos: “Los Ilustrísimos señores de la Junta [Real] que su Magestad formó para reparo de la salud de esta Ciudad, han luzido con el zelo y condiciones debidas todas a su puesto, calidad y ser. De los servicios y finezas de cada uno pudieran muchos pliegos de papel llenarse, pero por no ser molesto a los Lectores, suspendo la pluma con decir que su prudencia fue la mayor luz del govierno, su grandeza el mayor resguardo de todos; su piedad el abrigo de miserables, y su prudencia aliento de corazones desvalidos, y finalmente vida de todos”.

Salvando lo que haya que salvar (mutatis mutandis), debemos aprender de la historia. Hay pasajes de este libro extraordinariamente aleccionadores en nuestro momento actual. Sobre todo, por respeto a la memoria histórica, prestando especial atención en la fase actual de desescalada en la que hay que cuidar que “viva ya [Sevilla y por extensión todo el país] libre del riesgo como si no huviera salido del peligro, y los que quedamos vivos sigamos como con empeños de resucitados; no perdamos la memoria de tal tragedia y tan lastimosa plaga como havemos pasado”.

(1) La Atríaca (triaca) era una formulación farmacéutica “de más de 55 hierbas, polvo de víbora, canela, mirra y miel”, que se integraba en el atuendo que utilizaban los médicos y cirujanos de la época para protegerlos “de los «miasmas» que causaban la peste, la “mascarilla de la época”, que formaba parte de una especie de disfraz de bata negra y máscara con gafas y pico de pájaro de unos 15 centímetros, porque se pensaba que se propagaban por el aire envenenado y que podían causar desequilibrio en los «humores» o fluidos de las personas”: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/mascaras-medievales-para-evitar-peste-negra_15176.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

Fallecieron sin poder decirnos adiós

Te marchaste sin decirnos adiós / Yo sé que tú no pudiste decirnos adiós /
¿No sabes tú que tampoco / nosotros hemos podido / decirte adiós? /
Tiempos malditos y tristes / en los que hasta un triste adiós / hay sombras que lo prohíben.

Rafael Alberti, Canción 55, Baladas y canciones del Paraná (1953-1954)

Sevilla, 12/V/2020

Rafael Alberti escribió desde el exilio en Argentina la letra de una canción llena de sentimiento, Te marchaste sin decirnos adiós, transida de dolor, que resuena en mi persona de secreto casi a diario en estos días tristes de alarma, confinamiento y desescalada, porque hay un hilo conductor que me embarga: la muerte de personas, día tras día, en los que ya, en esta etapa de curva descendente, ”solo” fallecen un número menor de personas en relación con días anteriores y que nos ofrece, paradójicamente, esperanza y cierto sosiego en este ir y venir estadístico que nos embarga. Ya nos conformamos con el adverbio “solo”, pero estamos hablando de una tragedia de dimensiones incalculables. 26.920 personas han fallecido hasta las 21:00 horas de ayer (datos oficiales del Ministerio de Sanidad), víctimas del coronavirus, sin que hayamos podido decirnos o decirles adiós en la mayoría de los casos, poniéndome modestamente en la piel de sus familias por el triste duelo que están viviendo todavía por las características especiales que rodean a esta pandemia, con un denominador común: el aislamiento, la lejanía y el distanciamiento personal y social.

Escuchando ahora a Mozart, en la composición de su forma de ver el fenómeno de la muerte a través de los compases finales del Introito en el famoso Réquiem premonitorio, que se inicia con las palabras lacrimosa dies illa, podemos entender las palabras a las que pone música en el dolor: solo son días de lágrimas para las familias que han sufrido la terrible ausencia de sus parientes más cercanos, personas mayores en un porcentaje muy alto, dejando abiertas las creencias de cada uno en este momento de duelo para comprender el día después de la forma más humana posible. También, días muy dolorosos para los profesionales sanitarios que los han atendido de forma heroica hasta el último suspiro en su silencio y soledad acompañada.

Decía Alberti en el prólogo del libro que recoge la canción citada, entre otras, que “[…] como por transparencia, entrelazados al río y raro paisaje que las provocan, se ven latir en ellas todos los años de dolor y nostalgia que andan dentro de mí, al mismo ritmo de la sangre; porque yo no podré cantar ya nunca dividiendo en dos partes el correr de mi vida; aquí, de este lado, lo sereno, luminoso, optimista, y de este otro, lo dramático, oscuro, triste, todo lo señalado por los signos crueles de mi tiempo. Por esta causa son así, no de otro modo». Me ocurre hoy lo mismo. No puedo estar tan tranquilo con lo que está sucediendo aunque yo esté del lado de los no afectados, porque al escribir hoy siento el dolor de lo que está ocurriendo y no puedo escribir solo sobre lo sereno, luminoso u optimista, porque estas ausencias me llegan a lo más profundo de mi corazón.

Estamos viviendo los estragos de un tsunami de contagio y propagación de una enfermedad desconocida en su manifestación actual, aunque no en su base científica. En este desconcierto mundial nos queda la palabra y hoy quiero dedicarla a estas personas que han fallecido sin que hayamos podido decirles adiós, comenzando obviamente por sus familiares más allegados. También, para reivindicar con todas mis fuerzas que el mejor homenaje que podemos hacerles hoy, más allá de banderas a media asta, corbatas y trajes negros, crespones también negros y funerales de Estado, es urgir a nuestros gobernantes para que comiencen a trabajar inmediatamente sobre un Pacto de Estado de Atención Integral a las Personas Mayores, porque el dato estadístico actualizado a día de ayer es estremecedor: casi el 66% de las personas fallecidas (exactamente el 65,86%) ha sido en residencias o centros de acogida de personas mayores, la gran mayoría atendidas en centros privados o concertados con una lejanía, que se palpa, de la atención, financiación y supervisión pública. Así se ha informado hace tan solo unas horas por la radio y televisión públicas (RTVE): «A falta de realizar test generalizados, ha sido imposible hasta ahora saber el número de víctimas mortales que el coronavirus ha dejado en las aproximadamente 5.457 residencias de ancianos españolas, ya sean públicas, concertadas o privadas. Pero, según los datos proporcionados por las comunidades autónomas y que ya obran en poder del Gobierno -aunque aún no las ha dado a conocer-, los usuarios de este tipo de centros que han fallecido con COVID-19 o síntomas similares se sitúan en 17.730, la mayoría en Madrid, Cataluña, Castilla y León y Castilla-La Mancha. Así, los fallecidos en residencias de ancianos equivaldrían al 66% del total notificado oficialmente por el Ministerio de Sanidad».

No es el momento de jugar con las cifras para utilizarlas como arma arrojadiza en la disputa política, pero es obligado, por transparencia y dignidad pública, que se sepa la verdad de lo ocurrido a la mayor brevedad ética posible. La evaluación de carácter público proporciona siempre juicios bien informados. ¡Es el interés general de todos, no la economía de algunos!, en un nuevo grito reivindicativo y viral sin necesidad de escuchar otra vez a los asesores de Clinton, Trump y Asociados, que son bastantes y según se mire.

Desde Andalucía sabemos expresar esta soledad acompañada de dolor compartido y de forma muy especial. Lo decía recientemente al referirme a una soleá cantada por Enrique Morente, Soleá de la ciencia: Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Porque siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí, que viene bien recordar en estos momentos, pero haciéndola extensiva no solo a la ciencia que tanto necesitamos en la actualidad, sino como grito reivindicativo hacia los poderes fácticos del mundo, los Gobiernos y Hombres de Negro que manejan los hilos de las marionetas mundiales a través del poderoso caballero don dinero, con arrogancia, altanería y prepotencia. Presumen que tienen el conocimiento y el dinero y nosotros no acabamos de comprenderlo así, con preguntas que hoy no tienen todavía respuesta, porque teniendo en sus manos las grandes soluciones a los problemas actuales del mundo, pandemia, guerras, hambre y pobreza, no nos “comprenden” en nuestra soledad (soleá) y sufrimiento diario.

Estamos avisados, que decía Al Gore cuando se aproximaba con compromiso público de Estado a las graves consecuencias del cambio climático. En este momento de dolor profundo por las consecuencias devastadoras de la COVID-19, recuerdo de nuevo la estrofa final de la canción 55 de Alberti, escrita desde la orilla del dolor y sufrimiento de la lejanía de su querida tierra y océano del Sur: Tiempos malditos y tristes / en los que hasta un triste adiós / hay sombras que lo prohíben.

Necesitaba compartir estas palabras con la Noosfera, entidad virtual que ya definió hace más de cien años Teilhard de Chardin, en su planteamiento revolucionario del origen y futuro del ser humano, como malla pensante de cerebros cuya cualidad principal es la inteligencia compartida, entendida como la capacidad que tenemos las personas de resolver los problemas que más nos preocupan a diario y que tiene especial sentido cuando frecuentamos, en tiempos difíciles, el futuro ético y responsable con el quiero, puedo y debo de cada uno, de todos, sin excepción alguna.

NOTA: el vídeo recoge una grabación del Réquiem de W. A. Mozart, en concreto de la parte final del Introito, Lacrimosa, interpretado en el Festival de Salzburgo por la Ensemble musicAeterna, el 23 de julio de 2017, bajo la dirección de Teodor Currentzis y con la intervención de Anna Prohaska (soprano), Katharina Magiera (contralto), Mauro Peter (tenor), and Tareq Nazmi (bajo).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Mozart, un maestro de Einstein

EINSTEIN2

Si no fuera físico, probablemente sería músico. A menudo pienso en música. Vivo mis sueños en música. Veo mi vida en términos musicales. No puedo decir si habría podido hacer alguna pieza creativa de importancia en la música, pero sí sé que lo que más alegría me da en la vida es mi violín

Albert Einstein

Sevilla, 11/V/2020

Confieso que vivo una gran admiración por Mozart, porque a menudo pienso en música, vivo mis sueños en música y veo mi vida en términos musicales. Desde hace muchos años escucho sus obras, repaso con frecuencia las composiciones más queridas por mi persona de secreto y siento algo especial al interpretar al clave, piano y violín, no sin dificultades, obras suyas de niñez y adolescencia, con un cierto rubor y sorpresa por el virtuosismo expresado a través de sus partituras. En este tiempo de desconfinamiento y desescalada he decidido recuperar a Mozart a través de su biografía para conocerlo mejor e intentar comprender cómo trasladó a la composición su vida diaria y su prolífica actividad. Puede ser un estímulo para volver a la normalidad más grata que pueda pensar hoy y seguir comprometido con el pensamiento y sentimiento que permiten compartir la visión de un mundo más amable, saludable, educado y culto, valores que hacen más llevadero el largo camino actual.

Manos al teclado, nunca mejor dicho, he comenzado a volcar en la página en blanco mis primeras impresiones de la vida apasionada y apasionante de Mozart según lo escribió Alfred Einstein (primo de Albert Einstein) y publicó en 1945, en una obra que es referencia obligada para los seguidores de este excelso compositor. Me refiero a Mozart. Su vida y su obra. Creo que comprendo su respeto al gran músico de Salzburgo y el profundo conocimiento de su obra recordando cómo en 1952, cuando ya tenía 73 años, tocó en su casa de Princeton (New Jersey), junto al Juilliard String Quartet, el quinteto en Sol menor de Mozart (KV, 515) con una maestría especial digna de todo elogio.

Einstein traza un recorrido histórico sobre la vida y obra de Mozart, iniciándolo en su perfil de persona como ciudadano y genio, como músico, analizando de forma pormenorizada su obra instrumental, su producción vocal y el gran trabajo desarrollado a través de la ópera. Son 499 páginas que permiten conocer a ambos genios desde una perspectiva rigurosa como se espera de la rigurosidad científica de la familia Einstein.

Lo que verdaderamente me ha conmovido en la lectura de esta obra son las palabras finales de su conclusión, que reproduzco textualmente por su profundo sentido de respeto a uno de sus principales maestros y a su proyección en el Universo: “La música de Mozart, que a varios de sus contemporáneos pareció ser de barro, se convirtió, desde hace bastante tiempo, en oro, resplandeciente a la luz, aunque con un resplandor que cambia para cada nueva generación. Y cada generación sería sin él, infinitamente más pobre. Ningún vestigio terreno quedó de él excepto algunos retratos defectuosos de los cuales ninguno se parece a otro; es como un símbolo el que todas las copias de su mascarilla mortuoria que lo hubiera mostrado cómo era, se desvanecieran. Es como si el Espíritu del Universo hubiese querido expresar que aquí hay sonido puro, propio de un cosmos sin peso; superación de todo caos terrenal, partícula del espíritu universal”.

En un día muy importante de la desescalada en el estado de alarma que estamos viviendo en el Universo de Einstein, en plena primavera, he elegido una composición muy querida de Mozart que, como una hija, regaló a Haydn bajo el formato de seis cuartetos (sus hijos…) inspirados en él y donde encontró una forma de devolverle lo que el gran maestro le había entregado a lo largo de su trayectoria musical. Como ejemplo de su buen hacer en esta obra, fruto de un largo y laborioso trabajo, destaco hoy el tercer movimiento del primer cuarteto (Andante cantabile), De la primavera, como homenaje al compositor salzburgués, interpretados por un cuarteto nacido en aquella ciudad, Hagen Quartet, que lo expresa de forma especial. Una delicia, en tiempos difíciles que nos permite crear un clima especial de espera y esperanza sentidas. Para seguir viviendo y construyendo un mundo diferente, más amable, más cercano, más humano, con un tempo pausado y con música interior (andante cantabile), que nos permita superar el caos terrenal de la pandemia aunque solo seamos partículas humanas del Espíritu Universal tan querido por Albert Einstein.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://blogs.ua.es/fisicateleco/2015/06/15/maxwell/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Iremos juntos a la antigua normalidad: el futuro detrás, el pasado delante

Sevilla, 10/V/2020

En plena desescalada, escuchamos frecuentemente un nuevo constructo, la nueva normalidad, difícil de descifrar porque ignoro quién tiene la patente de corso para definir qué es lo normal en un mundo tan desconcertado, confundido y variopinto. Estando en estas cuitas, he recordado una realidad cultural que tiene más de diecisiete mil años, la aimara, que no tiene esta preocupación. He escrito sobre ella en este cuaderno y abro la página digital en la que vuelve a sorprenderme esta respuesta ante cuestiones transcendentales de la vida y de respeto a la madre naturaleza que nos enseña a diario la generación de vida y el progreso sin tanto sobresalto.

Cuando era joven canté en muchas ocasiones, con la voz de fondo de Víctor Jara, la plegaría a un labrador, recordando también el encanto de la naturaleza, el respeto a su curso ordinario que hoy se reclama en un grito unánime de respeto a la normalidad de su razón de ser y existir: Levántate y mira la montaña / de donde viene el viento, el sol y el agua. / Tú que manejas el curso de los ríos, / tú que sembraste el vuelo de tu alma. Me sigue emocionando su eco de normalidad sorprendentemente normal y aleccionadora por los siglos de los siglos, amén.

Estando en estos vuelos tan necesarios en tiempos de coronavirus y desescalada, leo de nuevo que la cultura aimara, población del altiplano andino radicada en Bolivia, Perú, Argentina y Chile, tiene una característica antropológica que todavía se sigue investigando por su peculiar forma de comprender el futuro, que siempre está detrás de cada persona, entre otras manifestaciones sociales, así como el pasado, que siempre está delante. Nada que ver con nuestra forma de entender y expresar el futuro, que siempre lo comprendemos como situado delante de nosotros, nunca detrás. Igual que el pasado, que siempre está detrás de nuestras vidas.

Me llama la atención esta forma de proceder en la vida que mantiene el pueblo aimara después de miles de años, cuestión que me apasiona porque nada es inocente en las acciones humanas. Los aimaras no comprenden el futuro porque solo saben lo que está ocurriendo, que es presente y los sucesivos presentes conforman el pasado, que se sabe cómo se desarrolló, pero nunca pueden hablar de futuro, sencillamente porque es algo que no existe, no ha llegado todavía y no se sabe lo que es porque permanece oculto según su experiencia multisecular.

El futuro aimara no existe, porque sus creencias están basadas alrededor del sol, que todos los días sale o no, sin que necesiten predecir que saldrá. El sol no falla nunca porque, aunque no salga algún día, saben todos que está oculto por alguna razón, pero allí está, no necesita futuro. Además, en Bolivia se han recogido en su Constitución estos principios porque cada año que nace es para entregar prosperidad al pueblo aimara. Ese es su futuro. Saben que el Tata-Inti (dios sol) o la Pachamama (la madre tierra), son los núcleos existenciales de la vida aimara, su presente que se forja en un pasado milenario. Todas las ceremonias se inician siempre mirando hacia arriba, hacia el sol, nunca a un futuro desconocido sino a lo que alumbra la vida encadenada de presentes y para ser todos los días más felices.

Esta realidad aimara me ha recordado un cuento de Augusto Monterroso, El eclipse, donde se narra una artimaña de sabiduría futurible por parte del protagonista del cuento:

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitivamente. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.

Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Los mayas sabían mucho de su pasado presente, igual que los aimaras. No les hacía falta la insolencia del fraile sabiondo que quiso remedar al sabio sol de aquellas tierras, intentando predecir su futuro personal, cuando los que le rodeaban solo conocían el pasado presente de todos a través de los siglos.

Para pensarlo hoy, inexcusablemente, para aprender de errores propios y ajenos. Una cosa más, que diría Steve Jobs, para finalizar este relato. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, he encontrado unas palabras sorprendentes en lenguaje aimara: Tanta sarañani. Me ha impresionado su significado en nuestra lengua celtibérica y obligada a conocer a los indígenas aimaras, que acusa tanto cansancio para narrar los desastres presentes: iremos juntos. A buscar el pasado presente que algunos llaman ahora nueva normalidad y que nos lleva al precioso futuro innecesario de los aimaras porque hoy es el tiempo que puede ser mañana, con el futuro detrás y el pasado delante.

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
hoy es el tiempo que puede ser mañana.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Alta la fe y el corazón dispuesto

LA NUEVA INQUILINA TORAL

Cristóbal Toral, La nueva inquilina, 1982

Sevilla, 9/V/2020

He aprendido a conocer todavía más mi persona de todos que, según Ortega y Gasset, convive a diario con la de secreto. Es la razón por la que acudo en este incesante ir y venir del timbo al tambo de la vida, que tanto gustaba a Gabriel García Márquez, a buscar refugio en un poema precioso de Ángel González, Sé lo que es esperar, situándome una vez más en el punto de partida de la dualidad espera y esperanza en tiempos de coronavirus.

Sé lo que es esperar:
¡esperé tantos
días y tantas cosas en mi vida!
Los inviernos tediosos esperando,
los veranos, bajo el sol,
esperando,
el luminoso y amarillo otoño
—bella estación para esperar—
e incluso
la primavera abierta a toda espera
más próxima que nunca a realizarse,
me han visto inútilmente,
pero firme,
tenaz, ilusionado,
en el lugar y la hora de la cita,
alta la fe y el corazón en punto.

Alta la fe y el corazón
dispuesto,
igual que tantas veces, aquí sigo,
en la esquina del tiempo
—vendrá pronto—
tras un limpio cristal de sol, de lluvia o de aire,
acodado en el claro mirador
de los vientos,
mientras pasan y pasan los meses y los días.

Hace 43 años publiqué en la prensa libre un artículo sobre un pensador, Ernst Bloch, con motivo de su fallecimiento y porque había trabajado profundamente sobre el principio esperanza como motor de la vida, análisis filosófico que siempre me interesó mucho. Personalmente, estaba situado en la espera cósmica de la transformación del mundo que comenzábamos a experimentar en este país. He leído de nuevo aquellas palabras, de las que entresaco las que hoy pueden dar sentido a la espera aunque hayan pasado y pasado tantos meses y días de mi vida, con un cambio obligado al cambiar el sustantivo filosófico “hombre” por “persona” (en cursiva): “Bloch, por encima de teorías y prácticas, es filósofo. Su espíritu abierto y en camino le hizo adoptar una postura de sabio ante el mundo pluriforme. Es hijo de su época y debido a su experiencia frente al irracionalismo, su filosofía se hace más auténtica, más veraz. En definitiva, su marxismo es muy puro, bien estructurado, enormemente esperanzador. Aquí radica la quintaesencia de su doctrina: concebir la esperanza como principio humano para vivir la trascendencia, es decir, la posibilidad permanente de que la persona se realice plenamente en comunión. […] En un mundo dominado por la economía, Bloch se admira del poder intelectual y cultural como agentes transformadores de la sociedad, donde la persona, una vez más, es el centro por la asunción de su conciencia. Frente al principio materialista de Marx de que la realidad social determina la conciencia de las personas, Bloch presenta a la conciencia individual de la persona como determinante de la historia y de su historia, enfrentándose cotidianamente con la insatisfacción humana vivida en necesidad y negación. Por ello, cada persona lucha por alcanzar su plenitud. El hecho es que todavía no la ha alcanzado. Esta «hambre cósmica» se experimenta en el deseo de alcanzar un sentido pleno de la vida. […] La esperanza surge al experimentar la persona que si todavía no ha alcanzado el futuro, el presente no es el fin. Y el hecho de vivir éste no motiva a la persona para lograr la plenitud de su ser. […] Esta hambre es impulso cósmico y la esperanza consiste en dejarse impregnar de este impulso”.

Aquellas lecturas me prepararon para la espera más próxima que nunca a realizarse. También, los que me rodean me han visto inútilmente, pero firme, tenaz, ilusionado, en el lugar y la hora de la cita, alta la fe y el corazón en punto. Ahora, cuando se atisba una salida pautada a este duro presente del estado de alarma, que no es el fin (en la clave de Bloch), mantengo alta la fe y el corazón, dispuesto, igual que tantas veces, aquí sigo, en la esquina del tiempo —vendrá pronto— tras un limpio cristal de sol, de lluvia o de aire, acodado en el claro mirador de los vientos, mientras pasan y pasan los meses y los días.

Somos inquilinos de la vida porque sé lo que es esperar. El inquietante óleo del pintor gaditano Cristóbal Toral, La nueva inquilina, me lo recuerda siempre. Admiro la vida en esta espera urgente, ligero de equipaje y apoyado en el buzón del tiempo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

No vamos todos en el mismo barco

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1. A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…
2. A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…

Aforismos

Sevilla, 8/V/2020

En esta dura travesía de la pandemia, se hace más evidente que nunca una realidad que se constata a través de las noticias y de las redes sociales: no vamos todos en el mismo barco, ni remamos en la misma dirección, ni decimos lo mismo, pero es muy importante identificar a cada uno donde está para no equivocarnos al elegir compañeros en este largo viaje. Al buen entendedor con pocas palabras basta y me refiero a todos los partidos políticos que en la actualidad nos representan en el Congreso de los Diputados y en el Senado, por la transcendental responsabilidad pública que tienen en estos momentos en relación con el interés general y porque no todos son ni somos iguales. También lo aplico a determinados familiares, amigos y conocidos que podrían enrolarse en este difícil y largo viaje casi sin darnos cuenta. Aviso para navegantes, sin lugar a dudas.

En principio, la flota que navega ahora en mares procelosos agitados por la COVID-19 no tiene por qué ser uniforme, porque no es lo mismo navegar en cruceros o yates sofisticados que en patera, allá cada uno con su cadaunada particular, pero en momentos transcendentales para el país se debería hacer un esfuerzo por respetar la legalidad vigente en la carta de navegación impuesta por el Mando Único con un objetivo claro para todos: llegar lo antes posible a un puerto seguro para que todos podamos desembarcar con todas las garantías posibles e incorporarnos a la denominada “nueva normalidad”. Eso sí, respetando las órdenes de quienes tienen la responsabilidad de Estado para la navegación segura, convencidos de que ahora podemos efectuar la escala más importante de este importante viaje. Es una responsabilidad en el desescalado que incumbe a casi cincuenta millones de personas, cada uno de la forma que le corresponda atendiendo al interés general de todos y de acuerdo con la posición personal, familiar, social y política de cada uno.

Me gustan mucho los aforismos y cuando hemos iniciado el último viaje llamado desescalada, volvemos a constatar que este país es de bajarse de barcos seguros y lanzarse al mar para intentar llegar a nado a la costa particular de cada uno, individual y nunca colectiva, desoyendo las recomendaciones legales, practicando la denominada libertad sumergida en la que da absolutamente igual lo que piensen o necesiten los demás o comprender que esa libertad también tiene límites. Cuando se necesita navegar y remar en la misma dirección, cada uno con su responsabilidad política, personal, familia e incluso la de Estado, se inician maniobras envolventes para despojarnos de la dignidad humana que nos debería ser de neopreno ético en momentos difíciles.

En tiempos de coronavirus, pensamiento único, deserciones políticas, corrupción, desencanto con casi todo lo que se mueve, justificaciones imposibles, desafección del compromiso social y mala prensa del sector público, es fácil iniciar conversaciones en las que los que piensan de forma diametralmente opuesta a nuestras convicciones suelen rematar la faena dialógica diciendo con sonrisa sarcástica algo que me enerva: al fin y al cabo, da igual lo que estamos discutiendo porque estamos diciendo lo mismo. Por si había alguna duda sobre este aserto tan vano, agregan un estrambote final más impresentable todavía: es que todos vamos en el mismo barco.

No. Hay que huir como de la peste de las personas que opinan de esta forma con maniobras envolventes, querulantes, para agregarnos al Club de los Tibios, Tristes e Indignos, que todos los días fletan barcos de desencanto y conformismo, porque no soportan verte en la cola del Club que está siempre enfrente: el de las Personas Dignas, siempre abierto, sobre todo para los que navegan en patera, en mares sociales procelosos y no suelen tirarse al mar cuando la sociedad en general va a la deriva.

He acudido a este cuaderno de bitácora para localizar un mapa de abordaje de esta situación navegando al desvío y he encontrado lo siguiente a modo de salvavidas ético para el día después del estado de alarma, cuando nos encontremos de nuevo con el mundo anterior y como aviso para el navegante que llevo dentro:

Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el “suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos”, que tantas veces he abordado en este blog. Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo. Navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él, un mar repleto de desertores de la dignidad.

Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras.

Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cascara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como a los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos.

Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que esto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta.

Es cuando tiene sentido seguir viajando en las pateras éticas que hacen singladuras difíciles y comprometidas con la sociedad que menos tiene, con un cuaderno de derrota (en lenguaje del mar) que lleva a localizar las islas desconocidas que tanto amaba Jose Saramago: si no salimos de nosotros mismos, nunca nos encontraremos. Lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba su cuento de la isla desconocida, buscando siempre puertas de compromiso más que las de regalos o peticiones sin causa, viajando en pateras de dignidad.

Es verdad. No todos vamos en el mismo barco de la dignidad humana, ni somos iguales. Ha llegado el momento de decir ¡basta! para iniciar nuevas singladuras, a mar abierto, para compartir ilusiones y construir un mundo mejor para todos. No perdamos esta oportunidad que nos regala la vida en estos momentos tan difíciles y complejos. Aunque viajemos en la fragilidad de una patera.

NOTA: la imagen es del autor

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.