Ideas para un país nuevo, gracias a García Lorca

GARCIA LORCA

Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que éste es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.

Federico García Lorca (1931), Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Estuve el jueves pasado en Fuente Vaqueros (Granada). Fue un momento mágico la visita a la casa natal de Federico García Lorca, recorriendo los rincones donde nació un poeta de mi persona de secreto y de todos en determinados momentos muy especiales. Estaban allí sus cosas, su alma. Subí a la primera planta, el antiguo granero, y me encontré una exposición temporal inaugurada el pasado 5 de junio, en conmemoración ritual del día de su nacimiento en 1898, sobre la relación hermosa, personal y profesional, con un pintor de Huelva, José Caballero, al que tuve la oportunidad de conocer a principios de los años ochenta.

¿Qué sentía García Lorca por su pueblo? Recordé la alocución dedicada a sus paisanos, con motivo de la inauguración de una humilde biblioteca pública, probablemente en septiembre de 1931, porque su contenido es una magnífica referencia actual al poder que pueden alcanzar las personas a través de la cultura. Compré una edición muy cuidada de la citada alocución, “barata” en el sentido que el poeta daba a esta palabra, no confundiendo valor y precio, con objeto de volver a leer y releer sus palabras y traerlas al imaginario actual previo a las elecciones generales. Dicho y hecho.

Señalo a continuación mis frases marcadas, sin comentario alguno para no contaminar su auténtico sentido. Las entrego a la Noosfera, en un territorio concreto, España, por si hay alguien interesado en valorar el poder de la educación, de la cultura, de la lectura, que es lo que hace libres a los seres humanos. Un regalo con estela, como tantas veces he escrito, como aprendí de mis antepasados.

Ideas para un país nuevo, gracias a García Lorca

1. Siempre todas mis conferencias son leídas, lo cual indica mucho más trabajo que hablar, pero al fin y al cabo, la expresión es mucho más duradera porque queda escrita y mucho más firme porque puesto que puede servir de enseñanza a las gentes que no oyen o no están presentes aquí.
2. Los pueblos que viven solamente apegados a la tierra tienen únicamente un sentimiento terrible de la muerte sin que haya nada que eleve hacia días claros de risa y auténtica paz social.
3. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, viven, miran, comen, pero están muertos […] porque tiene el alma muerta [… porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así.
4. Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta Biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos.
Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.
Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!».
Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón.
Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
Y no olvidéis que lo primero de todo es la luz.
5. Ya lo dijo el sagacísimo Voltaire: Todo el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: La Biblia, El Corán, las obras de Confucio y de Zoroastro. Y el alma y el cuerpo, la salud, la libertad y la hacienda se supeditan y dependen de aquellas grandes obras. Y yo añado: todo viene de los libros. La Revolución Francesa sale de la Enciclopedia y de los libros de Rousseau, y todos los movimientos actuales societarios comunistas y socialistas arrancan de un gran libro, del Capital, de Carlos Marx.
6. La humanidad empujaba misteriosamente a unos cuantos hombres para que abrieran con sus hachas de luz el bosque tupidísimo de la ignorancia. Los libros que tenían que ser para todos eran por la circunstancias objetos de lujo, y sin embargo son objetos de primera necesidad.
7. Se dice que el dolor de saber abre las puertas más difíciles. Y es verdad.
8. Pero con ser esto magnífico [el Renacimiento], el paso grande lo daba el editor Cristóbal Plantino en Amberes. Era de aquella casita con su patinillo cubierto de hiedras y sus ventanas de cristales emplomados, de donde salía la luz para todos con el libro barato y donde se urdía una gran ofensiva contra la ignorancia que hay que continuar con verdadero calor, porque todavía la ignorancia es terrible y ya sabemos que donde hay ignorancia es muy fácil confundir el mal con el bien y la verdad con la mentira.
9. El libro deja de ser un objeto de cultura de unos pocos parta convertirse en un tremendo factor social. […] Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni los ejércitos, ni el oro, ni las llamas, pueden contra ellos; porque podéis hacer desaparecer una obra, pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella, porque son miles y, si son pocas ignoráis dónde están.
10. Cada día que pasa las múltiples casa editoriales se esfuerzan en bajar los precios, y hoy ya está el libro al alcance de todos en ese gran libro diario que es la prensa, en ese libro abierto de dos o tres hojas que llega oloroso a inquietud y a tinta mojada, en ese oído que oye los hechos de todas las naciones con imparcialidad absoluta; en los miles de periódicos, verdaderos latidos del corazón unánime del mundo.
11. Es preciso […] que los maestros se esmeren en no enseñar a leer a los niños mecánicamente, como hacen tantos por desgracia todavía, sino que les inculquen el sentido de la lectura, es decir, lo que vale un punto y coma en el desarrollo y forma de una idea escrita.
12. Porque es necesario que sepáis todos que los hombres no trabajamos para nosotros sino para los que vienen detrás, y que este es el sentido moral de todas las revoluciones, y en último caso, el verdadero sentido de la vida.
13. Y que es preciso que los pueblos lean para que aprendan no sólo el verdadero sentido de la libertad, sino el sentido actual de la comprensión mutua y de la vida.
14. […] y no olvidéis este precioso refrán de un crítico francés del siglo diecinueve: «Dime qué lees y te diré quién eres» [François Mauriac].

Así lo dijo García Lorca.

Sevilla, 19/VI/2016

El debate a cuatro

DEBATE A CUATRO

http://www.telecinco.es/_82a5d18b

Nos jugamos mucho esta noche en el debate a cuatro. Dice el Diccionario de la Lengua Española (RAE, 23ª ed.) que debate viene de debatir (Del lat. debattuĕre “batir, sacudir, batirse”), es decir, discutir un tema con opiniones diferentes, sabiendo que discutir [Del lat. discutĕre “disipar, resolver”] es algo más serio todavía, que está por encima de cualquier debate: dicho de dos o más personas [hoy cuatro…]: examinar atenta y particularmente una materia. Contender y alegar razones contra el parecer de alguien.

España es un país dual y la política no escapa a ello. Vivimos hasta el hartazgo una situación de tertulias políticas con sus correspondientes tertulianos, que nos obligan muchas veces a utilizar democráticamente el mando a distancia para borrarlos temporalmente de nuestra vista, porque demuestran que no saben discutir un tema con opiniones diferentes y, mucho menos, examinar atenta y particularmente una materia. Ni pensar por tanto, que se puede abrir una contienda amable, para alegar razones contra el parecer de alguien, que es perfectamente legítimo. Es importante rescatar algo que se aprendió en la historia de la democracia: en el término medio está la virtud.

Esta reflexión “académica” pero necesaria, es más, imprescindible, nos sirve de telón de fondo para el debate anunciado para esta noche, protagonizado por los líderes de los cuatro grandes partidos que están en la contienda. Se espera mucho de él, porque la indecisión es una llave maestra en estas elecciones, que pueden dar un vuelco a las estimaciones científicas de los grandes centros de análisis electoral. ¿Qué esperamos de él? Pues sencillamente que se lean antes las definiciones del Diccionario de la Real Academia, que he expuesto anteriormente, porque en su perfecta intelección está el secreto. Para que podamos comprender bien la letra grande y pequeña de cada programa, para que sepamos integrar en nuestra persona de todos y en la de secreto qué opinión tienen sobre qué está pasando en este momento en este país, sin intermediarios, para que examinen las materias que orienten los presentadores y consuman el tiempo asignado respetando la exposición del otro, sin apabullamientos aunque haya debate.

Quizá está ahí el secreto que he guardado para el final. Debate significa controversia, discusión, contienda, lucha, combate, algo más tosco que debatir en sentido estricto. No está mal que todo quede en el terreno dialéctico, de contrarios, pero con un denominador común que nos caracteriza a las personas: podemos debatir porque hablamos, en una muestra inteligente de que el cerebro humano vence al reptiliano, porque dialogamos, algo que nos corresponde exclusivamente como personas. En este marco político y comparable, he recordado algo que se decía de forma machacona en la campaña presidencial de Clinton, de 1992, para que se instalara en los cerebros de la ciudadanía americana y, por extensión, mundial: “es la economía, estúpido” (the economy, stupid), esa es la solución. Nada más. En definitiva, frente a los mercados implacables, simbolizado en aquellas palabras de la campaña de Clinton y sus adláteres actuales, hay que gritar muy fuerte: “Es el diálogo, el interés público”. Sin más. Y sin insultar en debates televisivos como lo hicieron ellos, como lo hacen todavía en el momento actual, creyendo que la malla mundial de personas que habitan el planeta Tierra o por extensión, España, es tonta. O estúpida, como creían en 1992 y creen muchos todavía hoy.

Agradecería que en el debate de hoy se centrara cada intervención, siempre, en el interés público, el general, en el que tanto insiste la Constitución actual, por encima del personal o el de partido con siglas concretas: es la única solución, aunque haya que cambiar cuestiones vitales en el desarrollo actual de la misma, porque si nos podemos salvar todos, siempre será mejor que uno solo, o unos pocos, sobre todo aquellos que mueven los hilos de la marioneta mundial y europea de la economía de mercado, a través del Banco Central Europeo, de los índices de crecimiento, del ascensor partidista de los impuestos que sube o baja a gusto de quien manda, del rating, de las primas de riesgo, de los bancos malos de remate, de los recortes encubiertos y explícitos, etcétera, etcétera. Solidaridad frente a codicia. Interés público, general, para salvar las políticas que mejor aborden la situación del empleo, de la educación, salud y servicios sociales en este país para todos los que lo necesiten, no solo para los que puedan acceder a ellos con privilegios o porque puedan pagarlos. Porque sabemos debatir en un debate, examinando atenta y particularmente cada materia que se trate, contendiendo y alegando razones contra el parecer de alguien que no piensa como yo, como Rajoy, Iglesias, Sánchez o Rivera. Ese sería el gran ejemplo en la antesala de la votación en las elecciones generales del próximo 26 de junio.

Sevilla, 13/VI/2016

Insumisos y creyentes

ZVETAN TODOROV

Caminando del timbo al tambo digital, he leído una entrevista muy interesante, de las que te entregan pensamiento, sentimiento y corazón, al que hay que escuchar siempre mucho más fuertemente que el viento, según aprendí de Rafael Alberti en sus años de exilio en Argentina. Me refiero la efectuada para el diario El País al filósofo búlgaro/francés, Tzvetan Todorov (Sofía, 1939), con motivo de la publicación de su último libro, Insumisos, que engrosa la corta lista de los llamados imprescindibles y necesarios para comprender a través de personas y personajes que hacen historia digna estos difíciles momentos que atraviesa la humanidad: “Mientras existía la dictadura de uno u otro tipo se podía soñar con su final, no como si eso fuera el paraíso, pero sí como el momento en que podían empezar a solucionarse los problemas. Pero los seres humanos necesitamos algo más que la falta de la opresión directa. Debemos encontrar un sentido a la vida” (1). Me la ha entregado, una vez más, un maestro de vida (magister vitae), Juan Cruz, al que tanto admiro.

En tiempos de máxima turbación, no solo hay que preparar las mudanzas del alma, sino poner orden también en algo que perdura en el cerebro reptiliano, llamado odio, que aún conservamos en el centro neurálgico de nuestras decisiones y que el mundo digital no lo soluciona, por mucho que busquemos respuestas en Internet: “Este cerebro [reptiliano] responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo “no igual” se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (2).

Necesitamos creer en algo o en alguien, tener creencias. Es decir, es imprescindible para nuestro bienser (perdón por el neologismo) y bienestar personal resolver la dialéctica permanente entre el bien y el mal, el amor y el odio. Durante muchos siglos, aprendimos que la mejor y única respuesta a la dialéctica expuesta solo la sabía Dios y cuando tuvimos la oportunidad de haberla conocido -eso sí, cuando Dios hubiera querido o quiera, porque seguimos sin saberla-, a Adán y Eva no se les ocurrió mejor idea que mudarse de sitio, recordando unas palabras que escribí en este cuaderno de derrota (en argot marinero) en 2007: “Adán y Eva… no fueron expulsados. Se mudaron a otro Paraíso”. Esta frase forma parte de una campaña publicitaria de una empresa que vende productos para exterior en el mundo. Rápidamente la he asociado a mi cultura clásica de creencias, en su primeras fases de necesidad y no de azar (la persona necesita creer, de acuerdo con Ferrater Mora) y he imaginado -gracias a la inteligencia creadora- una vuelta atrás en la historia del ser humano donde las primeras narraciones bíblicas pudieran imputar la soberbia humana, el pecado, no a una manzana sino a una mudanza. Entonces entenderíamos bien por qué nuestros antepasados decidieron salir a pasear desde África, hace millones de años y darse una vuelta al mundo. Vamos, mudarse de sitio. Y al final de esta microhistoria, un representante de aquellos maravillosos viajeros decide escribir al revés, desde Sevilla, lo aprendido. Lo creído con tanto esfuerzo. Aunque siendo sincero, me entusiasma una parte del relato primero de la creación donde al crear Dios al hombre y a la mujer, la interpretación del traductor de la vida introdujo por primera vez un adverbio “muy” (meod, en hebreo) –no inocente- que marcó la diferencia con los demás seres vivos: y vio Dios que muy bueno. Seguro que ya se habían mudado de Paraíso”.

Vuelvo a leer mis apuntes sobre el sentido de la vida y encuentro en ellos un sentido de la vida, tal y como recomienda Todorov: “Sigo leyendo de forma esporádica un gran libro sobre el que ya he reflexionado en alguna ocasión en esta páginas (blog), La mente moral (3), en el que se intenta desentrañar el dilema de cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal, porque al igual que damos valor a la plata, dado que en sí misma no vale nada, el mal nos hace daño porque así lo identifica el cerebro humano: “Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión u omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos.

Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad ó a las personas (las creencias imprescindibles para todo ser humano, según Ferrater Mora), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma u otra. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) (4).

Salgo de vez en cuando a las aceras de Jacobs en esta sacrosanta ciudad, creyendo que encontraré en ellas una manta con libros que den respuesta a estas preguntas, como la que he visto esta mañana cerca de Santa Justa, de libros viejos y modernos a un euro, sobre una maravillosa alfombra de jacarandá. Pero como al dios de Alberti, en las iglesias de Roma, no la he encontrado por ningún sitio.

Sevilla, 6/VI/2016

(1) Cruz, Juan (2016, 6 de junio). “Hay formas de mantener la dignidad moral en circunstancias extremas”. El País.com.

(2) Universidad Autónoma de Madrid. Unidad de Psicología Médica, recuperado el 23 de julio de 2007.

(3) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.

(4) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: http://www.elcultural.com/noticias/letras/Tzvetan-Todorov-Nuestra-democracia-esta-en-peligro/7173

 

 

Internet es parte de la respuesta

“El hombre debería saber que del cerebro, y no de otro lugar vienen las alegrías, los placeres, la risa y la broma, y también las tristezas, la aflicción, el abatimiento, y los lamentos. Y con el mismo órgano, de una manera especial, adquirimos el juicio y el saber, la vista y el oído y sabemos lo que está bien y lo que está mal, lo que es trampa y lo que es justo, lo que es dulce y lo que es insípido, algunas de estas cosas las percibimos por costumbre, y otras por su utilidad…Y a través del mismo órgano nos volvemos locos y deliramos, y el miedo y los terrores nos asaltan, algunos de noche y otros de día, así como los sueños y los delirios indeseables, las preocupaciones que no tienen razón de ser, la ignorancia de las circunstancias presentes, el desasosiego y la torpeza. Todas estas cosas las sufrimos desde el cerebro”.

Hipócrates (Cos, 460 a.C.-Larisa, 377 a.C.). Sobre la enfermedad sagrada (Perì hierēs nousou).

Hace ya muchos siglos, la humanidad transmitía de padres a hijos, de abuelos a nietos, una preocupación profunda acerca de respuestas al significado de la existencia, de la vida diaria. No existía Internet y tampoco se vislumbraba su invención, pero la palabra y nada más que la palabra quedaba de generación en generación para intentar comprender tres grandes preguntas sobre la vida y una respuesta sorprendente a las mismas, que comento más adelante.

Traigo a colación esta reflexión porque se ha publicado recientemente un libro controvertido, Internet no es la respuesta, escrito por Andrew Keen, periodista conocido por su aversión a la red de redes. Es la tercera publicación en formato libro de este azote atómico sobre la revolución digital que ha propiciado Internet, con una crítica demoledora acerca de las grandes contradicciones que se atribuyen a Internet, cuando no se sabe buscar la mejor respuesta más allá de la que cantaba Dylan sobre su localización en el viento.

Me parece correcto que haya críticos del universo Internet y que curiosamente se difunda masa crítica negativa por este medio. Pero estoy en profundo desacuerdo con su análisis porque la cara que muestra de Internet es la menos amable que podamos imaginar, sin mezcla de bien alguno. Y no es eso. Internet es solo un medio, no un fin en sí mismo. Esa es la gran equivocación cuando sólo se analizan aspectos criticables de una tecnología de doble uso, como casi todo lo que se inventa en la vida, al pertenecer todos a un mundo dual por mucho que creamos que estamos en un planeta de pensamiento único. La plata tiene valor, convertido en precio, porque el ser humano le ha otorgado ese poder, no porque existiera como valor incontestable por sí mismo.

Andrew Keen afirma que “Internet nos está volviendo peor informados, más ignorantes y narcisistas”. Estoy en completo desacuerdo como frase lapidaria, aunque reconozco que las tecnologías navegan siempre en la dialéctica del doble uso. Siendo cierta esta dualidad, no es justo universalizar los males de este excelente medio de información y comunicación.

Anteriormente, comentaba la transversalidad histórica de tres grandes preguntas que Internet no resuelve después de millones de años. Se encuentran en el libro del Eclesiastés, una persona líder de la comunidad humana, que ofrecía información para que las personas comprendieran a través de su experiencia el duro proceso de vivir:

– ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? o en otra variación sobre el mismo tema: ¿Qué saca cualquier persona de todo su fatigoso afán bajo el sol?

– ¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de los animales desciende hacia abajo, a la tierra?

– ¿Quién le guiará a contemplar lo que ha de suceder después de él?

Y aunque busquemos mediante Internet las mejores respuestas, no encontraremos nunca en Google la que el Eclesiastés nos ofrece, porque solo se pueden entender en aquél contexto tan actual, por cierto. ¿Saben cuál fue? Exactamente, la que encontramos en el capítulo siguiente, el cuarto, cuando parece que la duda se queda en el viento, en la soledad: “Mas valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo. Pues si cayeren, el uno levantará a su compañero […] La cuerda de tres hilos es difícil de romper”.

¿Qué nos demuestra esta situación? Que la inteligencia digital nos permite resolver problemas diarios con la ayuda de las tecnologías de la información y comunicación, cuando sabemos distinguir bien que pueden ser en algún caso de doble uso, porque no son inocentes. Que el cerebro humano, a través de la inteligencia y de la palabra, es el gran artífice para encontrar respuestas a través de Internet, como expuse en 2006 en un post dedicado al siglo XXI, como el siglo del cerebro: “Este cuaderno, que poco a poco se va configurando, tiene su razón de ser en el cerebro, donde se instala la inteligencia digital y donde está su primer motor inmóvil que permite desde la preconcepción desarrollar capacidades fabulosas de ser en el mundo. Lo que pasa es que siempre se trabaja en la actualidad con una mala noticia: no sabemos casi nada de lo que pasa en la caja fantástica a la que llamamos “cerebro”. De todas formas, hemos comenzado una aventura fascinante porque en este rincón del mundo vamos a hacer un esfuerzo por democratizar lo que vamos sabiendo del mismo y lo vamos a poner a disposición de la comunidad red. Seguro que entre todos vamos a tejer una malla de conocimiento en todas sus posibles manifestaciones. Llegará el día que podamos abrir categorías y páginas (en lenguaje bloguero) divulgativas, especializadas, de investigación democratizada y no solo de la élite del poder que da siempre el conocimiento, con objeto de hacer un homenaje permanente al auténtico patrimonio de la humanidad todavía por descubrir. Cien mil millones de posibilidades (neuronas) para grabar acontecimientos vitales, diferentes, que caracterizan a cada ser humano, me parece algo sorprendente. También, ilusionante”.

El mundo digital no resuelve los grandes problemas humanos, pero estamos obligatoriamente obligados a vivir en él: “Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital” (Negroponte).

Sevilla, 2/VI/2016

 

De nuevo: ¡es el interés público!…

la lengua de las mariposas1

Fotograma de La lengua de las mariposas

Estamos viviendo estos días una experiencia anestésica ante una situación en España de importancia extrema para nuestro presente más inmediato, así como para el futuro tanto de las personas que queremos como de lo que deseamos alcanzar con dignidad personal y social. Repasando mis reflexiones anteriores sobre esta situación preelectoral, he leído varias veces un post que dediqué en 2012 al nunca bien ponderado interés general, como norte existencial que considero imprescindible para beneficiarnos todos de otra forma de gestionar políticamente España, en un momento crucial cómo es el de las elecciones generales, repetidas por la falta de diálogo político en las alturas, que son bajuras visto lo visto. Reitero todas las palabras escritas entonces, porque después de cuatro años tienen una vigencia que me estremece, porque perdura el desencanto malévolo de tirar piedras a veces, como el niño-gorrión Pardal de La lengua de las mariposas, a quien no las merece. Por el silencio cómplice.

Sevilla, 26/V/2016

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Es el interés público

Se decía de forma permanente en la campaña presidencial de Clinton, de 1992, de forma machacona para que se instalara en los cerebros de la ciudadanía americana y, por extensión, mundial: “es la economía, estúpido” (the economy, stupid), esa es la solución. Nada más. Y a estas alturas de la última película que tuvo un comienzo de infeliz recuerdo, en 2008, a la americana, estamos ya en el filo cortante de la navaja, de la existencia, sin saber si hay camino hacia alguna parte, desconcertados a nivel mundial, europeo y español. Por este motivo, no quiero callarme en estos tiempos difíciles, de tanta desazón, como los lugareños de las últimas escenas de una película extraordinaria, La lengua de las mariposas, presa del terror de la indecencia, con silencio cómplice, ante la cordada de personas dignas, que piensan de forma diferente, que creen por encima de todo en el interés público.

Y con la sombra de aquella enigmática frase de Lenin, ¿qué hacer?, en la que crecí en tiempos de una España difícil, creo que cada persona puede en su pequeña persona de secreto, sola o acompañada, trabajar por otro mundo mejor, porque es posible, sin esperar que el telediario, las noticias a través de diferentes medios, o las opiniones de barra de café, vengan a solucionar los problemas acuciantes que atraviesan España, Andalucía, las familias andaluzas. Pero ¿qué hacer?

Lo primero, tomar conciencia de que no existen recetas maravillosas, ni bálsamos de Fierabrás, para luchar contra los molinos de viento que azotan la economía doméstica, para empezar, pero no de la misma forma a todos, es decir, hay que tomar conciencia de que universalizar la bondad o la maldad, la riqueza o la pobreza, no es el camino a andar. Nunca, nunca, porque la realidad es personal e intransferible, siendo la responsabilidad personal primero y la colectiva después, en todos los casos, la que nos permitirá salir del fango económico y financiero en el que estamos instalados. Hay que recuperar de forma urgente, casi crítica, la lucha por los valores fundamentales de las personas, cada uno en su sitio, ya seamos ciudadanos de a pie o administradores públicos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, con ejemplos muy sencillos, de las pequeñas cosas de cada día: honradez en el cumplimiento de los deberes personales, familiares y laborales, hasta en sus últimas consecuencias, los deberes derivados del cumplimiento del trabajo bien hecho, no chapucero, tan habitual ya; los deberes fiscales, plantando cara ante el escaqueo fiscal, colectivo, como por ejemplo el fraude del IVA, en una pregunta instalada en la sociedad civil y admitida como normal: ¿factura con IVA o sin IVA?; plantar cara a los alardes de cómo engañar a la Hacienda Pública, porque la sangría del empleo sumergido hunde de forma comparativa a las personas dignas, que trabajan muy bien todos los días, pero que asisten a un continuo espectáculo de café para todos y de servicios sociales, sanitarios y educativos que no se financian de aire sino que necesitan de la participación económica ciudadana, cuando algunas personas no los merecen, porque no participan para nada en la construcción social de una familia, trabajo, barrio o comunidad mejor, a través de los impuestos, sino que asiste desde su sillón particular al diseño de un mundo imposible, sencillamente porque no existe. Eso sí, porque solucionarlo es la responsabilidad de otros, siempre.

Y una pregunta es obvia: ¿no tendré yo alguna parte de esa responsabilidad en lo que está pasando por acción u omisión? ¿Qué hacer? Generosidad absoluta, con amplitud de miras, hacia los que tienen la mayor pobreza que existe: no ser dueños de su inteligencia para pedir, denunciar y obtener lo que es legítimo para ser personas. Porque si hay dignidad personal y colectiva, pública y privada, habrá trabajo, dado que las ideologías y las economías no son inocentes y los Gobiernos tampoco. Hay que tener claro también y defenderlo a los cuatro vientos que no todos somos o son iguales, que no se debe confundir valor y precio, como hace todo necio. Y hay que desenmascarar con urgencia a las personas indignas, cualquiera que sea el lugar que ocupen en la sociedad.

¿Qué hacer? Creer en el interés público, por encima del personal: es la única solución, porque si nos podemos salvar todos, siempre será mejor que uno solo, o unos pocos, sobre todo aquellos que mueven los hilos de la marioneta mundial, a través del rating, de las primas de riesgo, de los bancos malos de remate, etcétera, etcétera. Solidaridad frente a codicia. Interés público para salvar la situación del empleo, de la educación, salud y servicios sociales para todos los que lo necesiten, no solo para los que puedan acceder a ellos con privilegios o porque puedan pagarlos.

En definitiva, frente a Clinton y sus adláteres actuales, hay que gritar muy fuerte: “Es el interés público”. Sin más. Y sin insultar como lo hicieron ellos, como lo hacen todavía en el momento actual, creyendo que la malla mundial de personas que habitan el planeta Tierra es tonta. O estúpida, como creían en 1992 y creen muchos todavía hoy.

Sevilla, 30/V/2012

La hora malva

LA HORA MALVA

…Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer…

Gabriel García Márquez,  Vivir para contarla, pág. 367

El pasado sábado se celebró un acto conmemorativo del segundo aniversario del fallecimiento de Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias (Colombia), para recibir las cenizas del escritor, a su querida hora malva, porque allí nacería de nuevo un sentimiento de leer con pasión a Gabo, para que lo contáramos los que aún vivimos. Es curioso, porque vivimos a diario con el sobresalto de noticias que se generan en un mundo diseñado a veces por el enemigo y precisamente este sábado lo había recordado, sin conocer el encuentro citado, yendo del timbo al tambo de la vida de secreto, como tantas veces en mi caminar diario.

Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, me ha recordado también hoy la necesidad de volver a leer su prólogo de Doce cuentos peregrinos  -obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en nuestra “Isla Desconocida”-, una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos atómicos y digitales de la turbación ignaciana. Hoy, cuando retomo -no sin dificultades anímicas- esta bendita y sacrosanta ob-ligación [sic, con guión] de escribir apasionadamente para la Noosfera, resuenan sus palabras con una fuerza especial: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”.

Es verdad. Aquí estará listo el post de hoy, para ser llevado a tu mesa, cuando voy permanentemente de mi corazón a mis asuntos, del timbo al tambo particular, personal e intransferible. Cerebro y corazón, básicamente el cerebro, para los que nos acercamos con tanto respeto a él, que nos recuerda permanentemente su papel estelar en la vida, porque diversas estructuras cerebrales todavía atómicas hacen posible escribir la historia jamás contada de vivir de forma controlada para no ir del timbo al tambo. A ser posible, para garantizar que se camina en la búsqueda de asuntos importantes para la felicidad. Y estos días que pasan, pero que en algunas y algunos se quedan, estamos viviendo momentos trascendentales para cada persona, para la sociedad, para la política del país, para la ciudadanía, para las familias, para las amigas y amigos a los que queremos, con los que estamos obligatoriamente obligados a vivir, estar y, lo más difícil, ser.

En la hora malva de Gabo, comprendo bien un mensaje implícito: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados por la incertidumbre de lo que nos pasa en la vida, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Por eso doy vueltas a mi corazón, a mis asuntos. Porque no todos vamos en el mismo barco, porque suelo decir que navego casi siempre en patera, al lado de algún barco fletado para orientar a la “Isla Desconocida”, una patera sin quilla pero con Norte. Un barco en el que me suelo sentar en la amura de babor ideológico al que tanto quiero, porque no todas las ideologías son iguales, porque tampoco todas y todos somos iguales, porque no me da lo mismo lo que pasa cada día. Porque no todo es mercancía y mercado. Porque no hay que confundir valor y precio. No es lo mismo, no es lo mismo…

Lleva razón Gabriel García Márquez en su prólogo: el que lea este post (por qué no este cuento) sabrá qué hacer con él. Como me pasa a mí al escribirlo. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como ha hecho él en Cartagena de Indias. Como peregrino de la felicidad. De la vida. A la hora malva del alma.

Sevilla, 23/V/2016

¿Equivocados de siglo?

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Cómo siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Enrique Morente, Soleá de la ciencia

La controvertida frase pronunciada ayer por el presidente de la CEOE, Juan Rosell, “el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX”, en el acto de presentación de un informe elaborado por Siemens y la consultora Roland Berger sobre El reto de la transformación digital de la economía, nos lleva a un síndrome muy peligroso para el abordaje del principio de realidad laboral en España: la equivocación de ser y estar permanentemente en otro siglo, en diferentes órdenes de la vida. No es inocente esta frase en un mundo laboral español diseñado por el enemigo, donde se ha destruido tanto empleo por la traída y llevada crisis  (plagada de recortes, amnesia pública sobre transformación digital de la sociedad y legislación laboral casi imposible), con cifras escalofriantes de paro y dolor social agregado.

¿Trabajo fijo y seguro? Es una pregunta endiablada, pero que necesita un abordaje ético por encima de todo. Creo que con los pies en el siglo XXI y en el marco de la revolución digital como contexto social dominante en el ecosistema laboral, es legítimo aspirar a un trabajo digno y estable más que fijo y seguro, concepto equívoco hoy, que permita márgenes de estabilidad y seguridad mínimas para desarrollar una vida digna y de realización personal y familiar. Estos conceptos clave eran también del XIX, en el que se sufría igualmente con la revolución industrial y que se reafirman en el XXI, aunque con diferentes contextos que refuerzan textos y frases como la que comentamos hoy.

El contexto digital en el que hizo esta afirmación Rosell lo conozco bien, pero hay que tener mucho cuidado con estas frases grandilocuentes en ecosistemas sociales como el de nuestro país, donde la realidad del paro y contratos basura supera todos los días al deseo legítimo de trabajar. Comparto con él el análisis de las responsabilidades públicas y asociadas sobre la situación en España por la tímida reacción pública y empresarial ante la revolución digital, pero hay que poner cada cosa en su sitio. El desastre actual no es de claro matiz digital, sino atómico, consecuencia de un mundo global y su efecto espejo en España, donde cada vez que estornuda Estados Unidos, Europa coge una pulmonía y España entra con facilidad en cuidados intensivos.

¿Nuevos tiempos modernos? Es verdad que muchas veces percibimos que estamos equivocados de siglo, sobre todo cuando sentimos la necesidad de bajarnos de este mundo y buscar otro desesperadamente, más humano, con posibilidad de trabajo digno y estable para todos. Además, porque mi teléfono inteligente no tiene aplicación alguna que me ayude a entender este siglo XXI que, siendo simultáneamente atómico y digital, estoy obligatoriamente obligado a entenderlo, vivirlo y trabajar… en él. A veces, sin que ni siquiera me comprenda a mí.

Sevilla, 18/V/2016

NOTA: el vídeo se ha recuperado hoy de https://www.youtube.com/watch?v=v3q7cCD6C84

Mis principios digitales

REVOLUCION DIGITAL

Estos son mis principios: si no le gustan tengo otros

Groucho Marx

Se acerca la nueva campaña electoral y es el momento de recordar a los grandes partidos algunos principios digitales, con carácter indicativo y no exhaustivo, que me gustaría que se tuvieran presentes en sus programas. Soy consciente de que la participación popular es muy limitada en la configuración actual de los partidos políticos en nuestro país, pero estamos obligatoriamente obligados, como ciudadanos, a expresar en la Noosfera los principios digitales que se deberían contemplar en la próxima legislatura.

He estado revisando mis últimas aportaciones en este blog y he decidido recopilarlas en una publicación, Principios de política digital, en una nueva lectura contextualizada en el momento político actual, porque a diferencia de la célebre frase de Groucho Marx que encabeza este post y que ha hecho historia, hoy puedo decir que estos son mis principios digitales y si no les gustan…, no tengo otros. La política de salón y bar es muy cómoda, pero prefiero expresar a los cuatro vientos digitales lo que creo que debería tenerse en cuenta en programas políticos que quieran ser respetuosos con la revolución digital en la que estamos inmersos.

Además, estoy convencido de que las ideologías digitales tampoco son inocentes, como no lo son los bits. Por ello, el hilo conductor de las reflexiones que figuran a continuación demuestra que no todo vale en el mundo digital, porque también tiene un trasfondo ideológico. La separación entre mercancías y derechos/deberes digitales establecen la delgada línea roja para comprender bien los axiomas éticos digitales. El principio de equidad en el acceso a las tecnologías de la información y comunicación, básicamente en los derechos y deberes sociales, es un principio estrella que se debería exigir en cualquier programa político con base digital, pero no todas las organizaciones partidistas lo asumen como elemento garantista fundamental y de cohesión social.

Espero que sirva como una aportación a la situación política actual, junto a otras que invito a leer de nuevo y que hice ya hace unos años en referencia al Gobierno Electrónico, Abierto, en Andalucía, porque es un momento que podemos convertir en apasionante si todos nos comprometemos a construir el país desde el puesto que ocupa cada uno en la sociedad.

Gracias anticipadas por si tú o usted, lector o lectora, pasas/a al compromiso activo digital a través de este mensaje explícito.

Sevilla, 16/V/2016

NOTA: la imagen se recuperó el 26 de abril de 2016 de: http://cik.zonalibre.org/

LICENCIA CC

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Donde acaban los caminos

Soy consciente de que los bits no son entes morales, pero gracias a las TIC he conocido una historia preciosa que deseo compartir con las personas que me acompañan en la búsqueda de islas desconocidas a través de la inteligencia digital, para comprender ejemplos como el que les voy a exponer en el que se hace patente que la inteligencia humana puede cambiar el mundo si nos lo proponemos.

Se trata de la experiencia ejemplar de un joven médico español, Oriol Mitjá, que desde hace seis años está empeñado en erradicar la segunda enfermedad humana que asola determinadas zonas del planeta, el pian, llevando a cabo un trabajo encomiable en la isla de Lihir (Papúa Nueva Guinea), que afecta de forma significativa a la raza negra de cabellos rubios.

Es asombroso descubrir gracias a las tecnologías de la información y comunicación, en tiempo real, que Oriol Mitjá consigue todos los días erradicar esta enfermedad, a un precio módico, es decir, a través de una sola pastilla de un antibiótico asequible, la azitromizina, pero que supone una auténtica aventura encontrar financiación para su suministro en condiciones éticas y no vergonzantes. Con su dinero, Oriol Mitjá consiguió demostrar en 2012, a través de un artículo publicado en la prestigiosa revista The Lancet, que con una sola pastilla de azitromizina, el 96% de los niños estaban curados a los seis meses de iniciarse el tratamiento.

Viven junto a un volcán, Luise, que atesora el mayor depósito de oro del mundo, convirtiéndose diariamente en mercancía de alto standing. ¡Qué contraste! Me he acordado ante esta situación de una pieza de mi solería ética que aprendí hace ya muchos años del profesor Adolfo Sánchez Vázquez, cuando decía que el oro solo tiene valor porque se lo dan las personas, dado que en sí mismo podría pasar desapercibido. Pero lo que califica el valor de las cosas, que no su precio, de acuerdo con la diferencia establecida de forma maravillosa por Antonio Machado, es la visión que las personas pueden llegar a tener de las cosas materiales. Ser o tener, en dialéctica permanente. Mucho más donde acaban los caminos para llegar a los que no tienen nada, sólo dignidad, como los habitantes de una isla desconocida por mi hasta hoy, Lihir, que gracias al mundo digital he descubierto para seguir aprendiendo a ser en el mundo de forma diferente.

Sevilla, 11/V/2016

 

 

Nada es inocente en Palmira

Ayer se celebró un concierto histórico en Palmira (Siria), ciudad que hasta hace solo dos meses estaba bajo el poder del Estado Islámico. Con independencia de las múltiples lecturas políticas de este acto, quiero destacar el simbolismo de la presencia de la música para aunar voluntades de paz a través del amor y el sufrimiento. También, porque la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor, gran principio de la música barroca, en un concierto de la orquesta sinfónica de Maríinsky, en el que han elegido una obra especial, la Chacona, de la Partita 2 de Bach, tocada por el violinista Pável Miliukov, un lamento maravilloso que dedicó a su primera esposa Maria Bárbara Bach, que había muerto en 1720, al no haber podido estar cerca de ella en su muerte. El programa se ha completado con la interpretación de La Cuadrilla (Rodion Shchedrín), a cargo del violonchelista Serguéi Rolduguin y, finalmente, la Sinfonía Clásica de Prokofiev, todo bajo la batuta de Valeri Guérguiev, director del Teatro Maríinsky y de la Filarmónica de San Petersburgo.

Nada es inocente en Palmira, porque las ideologías nunca lo son. A este propósito, me parece muy interesante el análisis que Lukács hizo en los años setenta del siglo pasado sobre la destrucción de la razón, es decir, el irracionalismo desde Schelling hasta Hitler. Es una filosofía de la historia muy aguda y crítica, centrada en un argumento harto expresivo: «no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1).

He localizado un vídeo completo del concierto, bajo el título de Una oración por Palmira. La música devuelve la vida a sus viejos muros, que lo pongo a disposición de quien quiera hacer la mejor lectura posible de este acto, en la que debe presidir siempre la voluntad humana de construir la paz mundial, tan necesaria ahora en ciudades de Siria, como Alepo, donde el dolor está presente en estos momentos, pero que al escuchar a Bach podemos comprender y sentir con más fuerza que nunca que la música es también medicina para el dolor.

Sevilla, 6/V/2016

(1) Lukács, G. (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 4 s.