Insumisos y creyentes

ZVETAN TODOROV

Caminando del timbo al tambo digital, he leído una entrevista muy interesante, de las que te entregan pensamiento, sentimiento y corazón, al que hay que escuchar siempre mucho más fuertemente que el viento, según aprendí de Rafael Alberti en sus años de exilio en Argentina. Me refiero la efectuada para el diario El País al filósofo búlgaro/francés, Tzvetan Todorov (Sofía, 1939), con motivo de la publicación de su último libro, Insumisos, que engrosa la corta lista de los llamados imprescindibles y necesarios para comprender a través de personas y personajes que hacen historia digna estos difíciles momentos que atraviesa la humanidad: “Mientras existía la dictadura de uno u otro tipo se podía soñar con su final, no como si eso fuera el paraíso, pero sí como el momento en que podían empezar a solucionarse los problemas. Pero los seres humanos necesitamos algo más que la falta de la opresión directa. Debemos encontrar un sentido a la vida” (1). Me la ha entregado, una vez más, un maestro de vida (magister vitae), Juan Cruz, al que tanto admiro.

En tiempos de máxima turbación, no solo hay que preparar las mudanzas del alma, sino poner orden también en algo que perdura en el cerebro reptiliano, llamado odio, que aún conservamos en el centro neurálgico de nuestras decisiones y que el mundo digital no lo soluciona, por mucho que busquemos respuestas en Internet: “Este cerebro [reptiliano] responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo “no igual” se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (2).

Necesitamos creer en algo o en alguien, tener creencias. Es decir, es imprescindible para nuestro bienser (perdón por el neologismo) y bienestar personal resolver la dialéctica permanente entre el bien y el mal, el amor y el odio. Durante muchos siglos, aprendimos que la mejor y única respuesta a la dialéctica expuesta solo la sabía Dios y cuando tuvimos la oportunidad de haberla conocido -eso sí, cuando Dios hubiera querido o quiera, porque seguimos sin saberla-, a Adán y Eva no se les ocurrió mejor idea que mudarse de sitio, recordando unas palabras que escribí en este cuaderno de derrota (en argot marinero) en 2007: “Adán y Eva… no fueron expulsados. Se mudaron a otro Paraíso”. Esta frase forma parte de una campaña publicitaria de una empresa que vende productos para exterior en el mundo. Rápidamente la he asociado a mi cultura clásica de creencias, en su primeras fases de necesidad y no de azar (la persona necesita creer, de acuerdo con Ferrater Mora) y he imaginado -gracias a la inteligencia creadora- una vuelta atrás en la historia del ser humano donde las primeras narraciones bíblicas pudieran imputar la soberbia humana, el pecado, no a una manzana sino a una mudanza. Entonces entenderíamos bien por qué nuestros antepasados decidieron salir a pasear desde África, hace millones de años y darse una vuelta al mundo. Vamos, mudarse de sitio. Y al final de esta microhistoria, un representante de aquellos maravillosos viajeros decide escribir al revés, desde Sevilla, lo aprendido. Lo creído con tanto esfuerzo. Aunque siendo sincero, me entusiasma una parte del relato primero de la creación donde al crear Dios al hombre y a la mujer, la interpretación del traductor de la vida introdujo por primera vez un adverbio “muy” (meod, en hebreo) –no inocente- que marcó la diferencia con los demás seres vivos: y vio Dios que muy bueno. Seguro que ya se habían mudado de Paraíso”.

Vuelvo a leer mis apuntes sobre el sentido de la vida y encuentro en ellos un sentido de la vida, tal y como recomienda Todorov: “Sigo leyendo de forma esporádica un gran libro sobre el que ya he reflexionado en alguna ocasión en esta páginas (blog), La mente moral (3), en el que se intenta desentrañar el dilema de cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal, porque al igual que damos valor a la plata, dado que en sí misma no vale nada, el mal nos hace daño porque así lo identifica el cerebro humano: “Creo que una obligación humana por excelencia es llegar al conocimiento de por qué tenemos que encontrarnos siempre con el gran dilema dialéctico del bien y del mal, así como de las consecuencias de las decisiones que tomamos a diario en las que siempre está presente y del que difícilmente aprendemos por acción o por omisión. Si alguna vez llegáramos a explicar la causa de la decisión u omisión ética de nuestro cerebro, por qué se producen algunas respuestas que no nos agradan o que incluso nos hacen fracasar en un momento o para toda la vida, viviendo un desposorio casi místico con la culpa, haríamos mucho más fácil la vida diaria porque al menos sabríamos a qué atenernos.

Hoy, nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad ó a las personas (las creencias imprescindibles para todo ser humano, según Ferrater Mora), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal y de por qué actuamos de una forma u otra. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) (4).

Salgo de vez en cuando a las aceras de Jacobs en esta sacrosanta ciudad, creyendo que encontraré en ellas una manta con libros que den respuesta a estas preguntas, como la que he visto esta mañana cerca de Santa Justa, de libros viejos y modernos a un euro, sobre una maravillosa alfombra de jacarandá. Pero como al dios de Alberti, en las iglesias de Roma, no la he encontrado por ningún sitio.

Sevilla, 6/VI/2016

(1) Cruz, Juan (2016, 6 de junio). “Hay formas de mantener la dignidad moral en circunstancias extremas”. El País.com.

(2) Universidad Autónoma de Madrid. Unidad de Psicología Médica, recuperado el 23 de julio de 2007.

(3) Hauser, Marc (2008). La mente moral. Barcelona: Paidós Ibérica, pág. 17.

(4) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de: http://www.elcultural.com/noticias/letras/Tzvetan-Todorov-Nuestra-democracia-esta-en-peligro/7173

 

 

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