La lista de 2013

cosas

Me gusta hacer listas, eso sí con diversos nombres: guía, inventario, asuntos relevantes, puntos críticos…, la de la compra de los sábados y así, hasta infinidad de variaciones sobre la misma idea. Leí ayer un artículo precioso, escrito por Justo Navarro (1), El arte de la lista, que me ha cautivado, porque me he sentido identificado con él de principio a fin. Y me he puesto manos a la obra, porque tengo que hacer la lista de 2013, un año que comienza dentro de unas horas y no quiero que se me escape lo que considero fundamental, que será el encabezamiento de este año: cosas que hacer para no perder la dignidad en medio de tanta crisis galopante.

Una vez más, me encuentro con el fenómeno de la página en blanco y tengo la oportunidad de escribirlo todo o nada, pero lo más importante es que sea algo especial. Gracias, Ítalo Calvino, porque me lo enseñaste hace ya mucho tiempo, en tu hermosa conferencia “El arte de empezar y el arte de acabar”.

Dice Justo Navarro, ante una presunta lista de obligaciones como la que necesito escribir, que “[…] tiene algo de redentor, porque uno escribe la lista de lo que debe o quisiera hacer, y es como si ya lo hubiera hecho, como si la lista lo eximiera de hacerlo, por lo menos inmediatamente. El esfuerzo puesto en el inventario de buenos propósitos los da por cumplidos o medio cumplidos, aplazados por lo menos, y de manera semejante las listas de listas que ofrecen los buscadores de Internet sacian o calman la curiosidad y el ansia de saber. La lista tiene un valor sedante, pero es también una forma elemental de conocimiento, método primitivo de análisis y clasificación, un embrión de enciclopedia”.

Hacer la lista para 2013 es una nueva oportunidad de avanzar hacia alguna parte y es bueno poner un cierto orden en la incertidumbre reinante. No lo aplazo para mañana, en el momento de tomar las uvas, porque el sentimiento quiero que prevalezca sobre el pensamiento, es decir, que se escuche el corazón al escribirla, mucho más fuerte que el viento, como me lo enseñó Rafael Alberti, porque “Una lista puede ser un poema, pero también un autorretrato y un ensayo mínimo: las listas que hacen balance del año suponen un ejercicio crítico en el que intervienen la razón pura, la razón práctica y el juicio. Al destinatario le sirven de consejo y de distracción: pueden añadirse a su catálogo de buenos propósitos para el año nuevo, además de invitarlo a hacer su propia lista de cosas preferidas”.

Y vuelvo a leer a Joe Brainard, acordándome de él, porque tengo que organizar mi memoria de secreto para ordenar ideas y pasarlas a la lista de obligaciones anteriormente citada: “la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno”.

Disfrutaré escribiéndola, aunque Borges me ayude a valorar a través de su poema Las cosas, lo verdaderamente importante, para que sepa prescindir de aquello que trasciende mi empeño, porque las listas que escriba,

Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

Tampoco sabrán lo que cumpliré, ni lo que he cumplido.

Sevilla, 30/XII/2012

(1) Navarro, Justo (2012, 29 de diciembre). El arte de la lista, El País (Babelia), p. 2.

NB: La imagen la he recuperado el 30 de diciembre de 2012, de la siguiente URL:
http://deamorypedagogia.blogspot.com.es/2010/12/regala-palabras-en-navidad.html

Navidad: una oportunidad de decirlo todo

jose-saramago

Debo muchas cosas a Saramago. Una de ellas, el recuerdo sempiterno del compromiso activo que, en tiempos revueltos, es un acicate para seguir surcando mares en busca de islas desconocidas. He escuchado recientemente a Pilar del Río, su compañera de aventuras existenciales, contar cosas sencillas de José, siempre Saramago. Y de su compromiso con la vida, al que recurro de vez en cuando, cuando voy del timbo al tambo, para saber que cuando era un joven de veinte años, ya expresaba así su soledad sonora:

Solo diré
Crispadamente recogido y mudo,
Que quien se calla cuanto me callé,
No se podrá morir sin decir todo
.

Y él contaba que “La composición más antigua de la colectánea [su obra Poesía completa], cuando el aprendiz de poeta apena pasaba de los veinte años, se llama “Poema a boca cerrada” y contiene, en sus últimos versos, un compromiso y un anhelo que todavía hoy me asombra por la desmesura del desafío que se proponían: Que quien se calla cuanto me callé/No se podrá morir sin decir todo.”

Muchos años después, 39 exactamente, José Saramago escribía estas palabras en el Prólogo de la edición en castellano (Alfaguara, 2005), y refiriéndose al joven impulsivo que escribió estas palabras tan bellas, hacía una auténtica declaración de principios para bocas cerradas: “hoy sé lo que él no podía saber, que sólo cuando se tiene veinte años es posible creer que algún día se llegará a decir todo. La vida, incluso la más prolongada, incluso la de un viejísimo matusalén de barbas fluviales, siempre dejará tras de sí sombras calladas, restos incombustibles, islas desconocidas”.

Hay que pasar de la tristeza a la lucha, “desbravando islas” en expresión suya, porque cuando se tiene muy claro el horizonte del interés público, el personal e intransferible pasa a un segundo plano. La Navidad se puede convertir así, para mi, en oportunidad y fortaleza para asumir el arte de callar, crispadamente recogido y mudo por muchas situaciones de mis alrededores, aunque tengo claro que no puedo, mejor, que no debo morir sin decir todo.

Lo difícil, sin lugar a dudas, es levantarse del suelo, en la clave de Saramago, y seguir haciendo camino público, por qué no digital, al andar. Pero hay que hacerlo, es más, es urgente decirlo a los cuatro vientos navideños.

Sevilla, 23/XII/2012

Perdonen mi tristeza

la lengua de las mariposas1
Fotograma de La lengua de las mariposas (1999)

Lo aprendí leyendo a César Vallejo, en un poema póstumo, Fue domingo en las claras orejas de mi burro, de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza). Llevo bastantes días sin escribir en este blog tan querido, pero los últimos acontecimientos de la Comunidad y las últimas actuaciones desconcertantes del Parlamento andaluz, sede de la política auténtica, en la que creo como expresión necesaria y activa del voto, nunca inocente por cierto, no me dejan escribir sin sentirme atenazado por el desencanto, que exige un compromiso especial en el día a día de mi persona de todos, de mi persona de secreto.

Sobre todo porque lo escribía recientemente en un post declarativo del interés público en tiempos revueltos, por aprecio a la mayoría de personas decentes, que pertenecen al Club de las Personas Dignas: “Por este motivo, no quiero callarme en estos tiempos difíciles, de tanta desazón, como los lugareños de las últimas escenas de una película extraordinaria, La lengua de las mariposas, presa del terror de la indecencia, con silencio cómplice, ante la cordada de personas dignas, que piensan de forma diferente, que creen por encima de todo en el interés público”.

Sevilla, 2/XII/2012

Malala Yousafzai: un ejemplo de compromiso digital

La noticia ha dado la vuelta al mundo. Una niña paquistaní, Malala Yousafzai, Premio Nacional de la Paz por su defensa de los derechos humanos frente a los ataques de los integristas talibanes, recibió dos tiros en el cerebro y en el cuello, el pasado 9 de octubre. Según las noticias de agencias (Reuters/EP), “Malala Yousufzai fue atacada el martes [9/X/2012] cuando regresaba a su casa desde su escuela, ubicada en Mingora, la principal ciudad del valle del Swat. Yousufzai se ha significado por su defensa, desde los once años, del derecho a la educación de las niñas paquistaníes y por su denuncia de la represión talibán en el valle del Swat”.

Junto a la noticia, lo que me ha admirado sobre todo lo ocurrido en su activismo en la Noosfera a través de su blog, donde de forma incansable ha escrito a favor de los derechos de las niñas en Pakistán tan amordazadas por la cultura talibán. Desde los 11 años ha escrito en un blog con la ayuda de la BBC, donde se puede deducir un compromiso activo digital que se convierte en un ejemplo a respetar y seguir.

Sobran muchas palabras. Siempre he creído que este medio tan poderoso es una oportunidad para desarrollar la inteligencia digital, mucho más cuando es inviable vivir como persona en un medio tan hostil como el de Malala. El compromiso intelectual, también digital al escribir en un blog, es una necesidad y esta niña/mujer lo ha demostrado ante la intolerancia talibán donde afirman que lo intentarán de nuevo.

Acompaño a Malala en esta aventura digital, al escribir en un blog, como compromiso activo. Mucho más cuando he visto el video reportaje del videoperiodista Adam Ellick, en un trabajo de investigación con la joven y su familia, porque su padre es maestro y también activista en favor de la educación y de los derechos de las mujeres. Aquí todo es más fácil (Europa/España/Sevilla), pero el compromiso con ella se puede demostrar como el movimiento, haciendo camino digital al andar. Y ante el momento actual de crisis permanente, casi existencial, la revolución digital puede hacer viable otro mundo, porque el conocimiento se enriquece día a día a través de este medio, otorgando la capacidad de ser cada día más responsables, es decir, que podemos tomar mejores decisiones al tener mayor acceso a la información que se torna en conocimiento, y a la libertad para interpretarlo y tomar decisiones con la ayuda de las tecnologías de la información y comunicación.

Inteligencia digital en estado puro, como el que ha demostrado desde hace tres años Malala. Gracias, por tanto, porque es un ejemplo extraordinario para trabajar sin descanso en Política Digital, que nunca debe ser inocente, neutral, por cierto.

Sevilla, 21/X/2012

Política Digital en Andalucía (III): inteligencia pública digital

POLITICA DIGITAL2

El 2 de mayo de 2010 inicié una serie de nueve post bajo el título de Inteligencia Pública Digital, sobre los que vuelvo a recomendar su lectura atenta. A lo largo de estos años he reforzado en fondo y forma este constructo, volviendo a leer y actualizar científicamente en muchas ocasiones estas reflexiones, intentando siempre establecer la línea delgada roja entre construcción y defensa de los intereses públicos digitales en su proyección de derechos y deberes de la ciudadanía, tan extraordinariamente expuestos en lo que denomino Paradigma 29, de la Ley 11/2007 de acceso electrónico de los ciudadanos a los servicios públicos, frente a la mercancía digital de productos y servicios TIC a tratar por las empresas del sector. Con esta perspectiva de mejora continua, he desarrollado el constructo a lo largo de estos años a través de cinco acepciones:

LA BASE DE LA POLÍTICA DE INTERÉS PÚBLICO DIGITAL, A TRAVÉS DEL GOBIERNO ELECTRÓNICO CORRESPONDIENTE:

1. La ciudadanía es capaz de adquirir destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan en la relación con la Administración electrónica, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida [la habilidad] de haberse hecho muy capaz de ella [por la voluntad del Gobierno correspondiente], en el marco de lo propugnado por el Artículo 103 de la Constitución al referirse de forma muy breve (afortunadamente) a la Administración.

2. El Gobierno electrónico correspondiente, a través de la Administración Pública, decide y aprueba mediante disposiciones, el desarrollo de la inteligencia pública digital propia, generadora de derechos y deberes en cualquier proyección de interés público, para garantizar la capacidad que tienen las personas, profesionales, organizaciones públicas y privadas, y empresas, de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. El Gobierno electrónico correspondiente, a través de la Administración Pública, decide y aprueba que la inteligencia pública digital permita a la ciudadanía, a la que sirve, adquirir conocimiento por empoderamiento, como capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para el contexto comunitario o cultural en el que viva, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

4. El Gobierno electrónico correspondiente, a través de la Administración Pública, debe saber discernir que la inteligencia digital es un factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

5. El Gobierno electrónico correspondiente, a través de la Administración Pública, debe desarrollar la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso, con una vigilancia adecuada por parte de la Administración Pública 3.0.

Soy consciente de que entro en arenas movedizas por tratar este constructo en profundidad y más por la responsabilidad pública que desempeño en la actualidad, pero a tenor de lo dispuesto en el Decreto 156/2012 y, más en concreto, en su artículo 9, estoy especialmente interesado, es más, obligatoriamente obligado, a dejar las cosas muy claras en este ámbito, para que no haya confusión al respecto. Hay que trabajar en profundidad en crear un Centro de Generación y Transferencia Digital, de la Administración de la Junta de Andalucía y de sus entidades instrumentales, integrando los dos portales que existen en la actualidad en la Junta de Andalucía (http://www.juntadeandalucia.es/repositorio/ y https://ws024.juntadeandalucia.es/ae/) y con una revisión integral de los mismos. También, cuidando al máximo la protección de la citada inteligencia pública digital en los Pliegos de Prescripciones Técnicas de todo tipo de contratos, incluidos los menores, que se lleven a cabo en esta Administración, introduciendo cláusulas tipo al respecto. No es admisible que lo que se ha elaborado gracias al conocimiento que transfieren Centros directivos y empleados públicos en la recogida de datos y pagado con dinero público, se traten posteriormente como mercancía digital, sin conocimiento ni autorización alguna garantista de derechos y deberes públicos de la Administración que tiene la responsabilidad de mantener el principio de tutela de la inteligencia pública digital, en las cinco acepciones que se han expuesto anteriormente. No se debe ni puede pagar dos veces por el mismo desarrollo o servicio, si se respetan los criterios corporativos respecto de implantación y financiación de proyectos públicos. En ningún caso, pero mucho menos si determinados proyectos se declaran como corporativos, respetando el espíritu y la letra de lo dispuesto en el Decreto 156/2012, citado anteriormente, para generar también ahorro sustancial en el gasto público digital.

A partir del momento en que sea posible, pero a corto plazo, se debería publicar una disposición necesaria sobre el nuevo paradigma público de la inteligencia pública digital y su proyección en sistemas y tecnologías de origen público, que llevará siempre un Manual de Instrucciones, para entendernos, con el objetivo claro y preciso de respetar lo dispuesto en la actualidad en disposiciones de la Junta de Andalucía y en los artículos 45 y 46 de la Ley 11/2007 de acceso electrónico de los ciudadanos a los servicios públicos y la analogía que sea necesaria para su aplicación directa en esta Administración y en aquellas que estén interesadas en utilizar las plataformas y servicios digitales desarrollados por la Administración de la Junta de Andalucía.

Sevilla, 7/X/2012

¡Marx [Groucho], la broma ha terminado!

GROUCHO Y CHICO

Hoy comienza una nueva etapa muy dura para el país. Rastreando en Internet he encontrado este texto de mi querido Groucho Marx, que no tiene desperdicio. Sirve para comprender muy bien el fondo de uno de los síntomas de la crisis actual, aún cuando se refiere, obviamente, a la del 29. Pronuncia frases ingeniosas, como siempre. Para no alterar nada de su relato, extractado de su obra Groucho y yo, no quiero interpretar una sola de sus palabras. Creo que la frase que da título a este post, pronunciada por Max Gordon, se explica por sí sola.

«Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercadeo de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero. ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acci6n que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a 30 cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.

Mi sueldo semanal en Los Cuatro Cocos era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba te6ricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo:

-Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y. créame amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. iNo voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: “Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation”.

-¿Cómo se llaman esos valores? -pregunté.

Me lanzó una mirada burlona.

-¿Que le ocurre, amigo? ¿Tiene algo en las orejas que no le funciona bien? Ya se lo he dicho. El hombre ha mencionado la United Corporation.

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informe inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en batín.

–En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia.

–Harpo -dije- ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros!

De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su batín, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de la United Corporation por valor de 160.000 dólares, con un margen del 25 por ciento.

Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa ese margen del 25 por ciento. Por ejemplo, si uno compraba 80.000 dólares de acciones, solo tenía que pagar en efectivo 20.000. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.

El miércoles por la tarde, en Broadway, Chico encontró a un habitual de Wall Street, quien le susurró:

-Chico, ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómpralas antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta.

Chico corrió inmediatamente hacia el teatro con la noticia de esta oportunidad. Era una función de tarde y retrasamos treinta minutos el alzamiento del tel6n hasta que nuestro agente nos aseguró que habíamos tenido la fortuna de conseguir seiscientas acciones. ¡Estábamos entusiasmados! Chico, Harpo y yo éramos cada uno propietario de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó: -No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una compañía como Anaconda.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, solo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran “arriba, arriba, arriba”. Hasta entonces yo no había imaginado que se pudiera hacerse rico sin trabajar.

Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles ahora inexistente.

–Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Luego añadió:

-¿Por qué no abandonas Los Cuatro Cocos y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway.

–Max -contesté- no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor, Sam Harris.

Lo que por entonces no sabía era que Kaufman, Ryskind, Berlin y Harris compraban también con margen y que finalmente iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo con el señor Gordon. Grandes y costosos cigarros habanos colgaban de nuestros labios. El mundo era una delicia y el cielo asomaba en los ojos de Max. (Así como también unos símbolos del dólar.) El día anterior las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros.

Me volví hacia mi compañero de golf y dije:

-Max ¿cuánto tiempo durará esto?

Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson.

-Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente en Great Neck acerca de este fenómeno especulativo.

-No sé gran cosa sobre Wall Street -empecé a decir en tono de disculpa-, pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debería haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones?

Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo:

-Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para escribir un libro.

-Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora, ¿qué estaba usted diciendo?

Adecuadamente castigado y amansado, respondió:

-Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, pero éste ha dejado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial.

Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de tuberías Crane.

Con cierto cansancio, pregunté:

-¿Cree que es una buena compra?

-No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías.

(Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que aparecieren en las listas de cotizaciones.)

-Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías.

– Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí-. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de tuberías Crane? Hummm. Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, serán trescientas.

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba a doblar su valor en pocos meses.

En los diarios actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady.

(Personalmente, opino que vale esos 100 dólares.) Bueno, una vez pagué 138.000 dólares por ver a Eddie Cantor en el Palace.

Todos sabemos que Eddie es un cómico estupendo. Incluso él lo reconoce sin ningún inconveniente. Tenía una revista maravillosa. Cantaba Margie, Ahora es el momento de Enamorarse y Si conociesen a Sussie. Mataba de risa al público con sus bromas características, y terminaba cantando Whoope. En resumen, era un exitazo. Tenía ese algo magnético que hace destacar a una estrella del montón anónimo.

Cantor era vecino mío en Great Neck. Como era viejo amigo suyo, cuando terminó la representación fui a verle a su camerino. Eddie es un conversador muy persuasivo, y antes de que yo pudiera decirle lo mucho que había disfrutado con su actuación, me hizo sentar, cerró rápidamente la puerta, miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie le escuchaba y dijo:

-¡Groucho, te adoro!

No había nada de peculiar en aquel saludo. Así es como la gente del teatro habla entre sí. En el teatro existe una ley no escrita respecto a que cuando dos personas se encuentran (actor y actriz, actriz y actriz, actor y actor, o cualquier otra de las variaciones y desviaciones del sexo) deben evitar cuidadosamente los saludos habituales de la gente normal. En cambio, deben abrumarse mutuamente con frases de cariño que, en otros sectores de la sociedad, suelen estar reservadas para el dormitorio.

-Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo?

Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente, no era así, y comprendí que se dirigía a mí.

-Eddie, cariño -contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio!
Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo:

-Precioso, ¿tienes algunas Goldman-Sachs?

-Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas. ¿Qué es Goldman-Sachs? ¿Una marca de harina?

Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia sí. Por un momento pensé que iba a besarme.

-¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman-Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores.

Luego consultó su reloj y dijo:

-Hum. Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, muchacho, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman-Sachs. Creo que hoy ha cerrado a ciento cincuenta y seis… ¡y a ciento cincuenta y seis es un robo!

Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos.

¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figúrate, si no llego a ir aquella tarde al teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento que se abría la Bolsa. Aflojé el 25% de 38.000 dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman-Sachs, la mejor compañía de inversiones de América.

Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Brodway.

Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones sólo hablaban de la cantidad que tal y tal valor habían subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos, sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba de la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: “Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse”.

Yo no estaba presente en la Fiebre del Oro del 49. Me refiero a 1849. Pero imagino que esa fiebre fue muy parecida a la que ahora infectaba a todo el país. El presidente Hoover estaba pescando y el resto del gobierno federal parecía completamente ajeno a lo que sucedía. No estoy seguro que hubiesen conseguido algo aunque lo hubieran intentado, pero en todo caso el mercado se deslizó alegremente hacia su perdición.

Un día concreto, el mercado empezó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos cayeron presas del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores, que por entonces sólo tenían el nombre de tales.

Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando los márgenes adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente, para cubrir los márgenes que desaparecían rápidamente. Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando.

Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron 240.000 dólares. (O ciento veinte semanas de trabajo, a 2.000 por semana.) Hubiese perdido más, pero ese era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. En cinco palabras, lanzó una afirmación que, con el tiempo, creo que ha de compararse con las citas más memorables de la historia americana. Me refiero a citas tan imperecederas como “No abandonéis el barco”, “No disparéis hasta que veáis el blanco de sus ojos”, “¡Dadme la libertad o la muerte!”, y “Sólo tengo una vida que dar por la patria”. Estas palabras caen en una insignificancia relativa al ponerlas junto a la frase notable de Max. Pero charlatán por naturaleza, esta vez ignoró incluso el tradicional “hola”. Todo lo que dijo fue: ”¡Marx, la broma ha terminado!”. Antes de que yo pudiese contestar, el teléfono se había quedado mudo.

En toda la bazofia escrita por los analistas de mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas cinco palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, refiere la compañía.

Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del banco para cubrir los márgenes que desaparecían rápidamente. Las acciones de Cobre Anaconda (recuerda que retrasamos treinta minutos la subida del telón para comprarlas) se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 ,7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a la United Corporation se saldó a 3,1/2. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica y de tanta calidad como cualquier actuación en Broadway. Pero, ¿Goldman-Sachs a 56 dólares? Eddie, cariño ¿cómo pudiste? Durante la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar la acción».

Sevilla, 1/IX/2012

Armstrong, niño de la luna


Dedicado a Neil Armstrong, aquél americano en la luna, que hizo posible creer en la innovación y en el progreso, en una España que tenía helado el corazón.

Pertenezco a la generación que escuchó a Jesús Hermida la narración de la llegada de Neil Armstrong a la luna. Era de noche y mi abuela desconfiaba de todo lo que estaba viendo: ¡Hermida es así de fantástico!, decía tan tranquila. Y todos nos deshacíamos en esfuerzos para entender aquello que nos superaba, más que a mi abuela a decir verdad, todavía en una película de blanco y negro. España vivía un mes de julio muy caluroso desde el compromiso político. A lo más que aspirábamos a mi edad era a no estar en la luna y, sobre todo, a no pedirla, como se decía en mi casa si algo era desproporcionado.

Yo no estaba en la luna, porque al día siguiente me iba a atender a los familiares de enfermos del Hospital de las Cinco Llagas, para invitarlos a dormir y asearse, en una habitación limpia, de un piso que había alquilado la asociación a la que pertenecía, para entregarles dignidad como personas, a pesar de que fueran pobres de solemnidad, como se decía en aquella época. Estaba de vacaciones, y cogía un autobús desde de Valencina de la Concepción a Sevilla, ida y vuelta, con una misión posible, muy terrenal por cierto.

Aquella noche de 20 de julio de 1969, la voz trémula y engolada de Hermida, muy americano él, nos hizo muy cercana la llegada del primer hombre a la Luna, algo que se nos escapaba a los que estábamos muy cerca de la Tierra, en su difícil día a día, luchando por cambiar un país que vivía aquello como el mundo del nunca jamás.

Y al cabo de los años, recordábamos a la luna con una canción que Ana Torroja, del grupo Mecano, nos dejó para la posteridad, haciéndonos comprender que la Luna, a pesar de la visita de Amstrong, estaba sola, «quería ser madre», y no respondía, muy celosa ella, cuando se le preguntaba, de forma más desafiante que el astronauta lo pudo hacer, aquello de:

Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer.
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.

Y la luna lo tenía muy claro. Un día no muy lejano, ese niño estaría muy cerca de ella porque nadie entendió el conjuro de una gitana, desafiante ella, ya estuviera en fase menguante o llena, o detectara una atrevidas huellas humanas de un tal Armstrong en su suelo:

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

Sevilla, 26/VIII/2012

Charanga y pandereta

Estamos pasando momentos muy difíciles en España que recuerdan el contenido del poema de Machado dedicado a Roberto Castrovido, El mañana efímero, cuando se cumplen cien años de su publicación. Basta repasar las noticias del día de hoy, entre las que se encuentra la restauración del “Ecce Homo” de Borja (Zaragoza), para traer a colación fragmentos de un poema grabado a fuego en mi juventud, La España de charanga y pandereta, y publicado en el libro citado anteriormente: “esa España inferior que ora y embiste / cuando se digna usar de la cabeza, / aun tendrá luengo parto de varones / amantes de sagradas tradiciones / y de sagradas formas y maneras;…”, “El vano ayer engendrará un mañana / vacío y ¡por ventura! pasajero….” y la definición multisecular por excelencia, “La España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta…”). Ante este panorama bastante desolador, Machado grita también a los cuatro vientos, pautas de actuación basadas en su propia historia: “Mas otra España nace, / la España del cincel y de la maza, / con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza. / Una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea.”.

La mera lectura completa del poema permite sacar hoy bastantes ideas fuerza para actuar, conociendo a fondo la estructura del mismo, no inocente por cierto. Así lo he encontrado en la noosfera, como respuesta muy actual a un requerimiento de compromiso activo sabiendo donde estamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos: “Esta composición estrófica (libre, no coaccionada por una estructura fija) ayuda al poeta a ese carácter de exhortación rabioso, de sermón intenso, que quiere comunicar contra la postración del país. Se podrían constituir tres partes: En los primeros 6 versos (primer punto y aparte) representa una España sumida en los tópicos y ahogada por la religión qué algún día habrá de desaparecer. Una segunda parte, comprendida por diferentes puntos y aparte y que abarca los 19 versos siguientes. En ella, Machado piensa que la España que venga posteriormente no será mejor que la anterior porque todavía queda mucho tiempo para que cambie, e insiste en algunos de sus vicios. Por último, en la tercera parte del poema (los últimos 8 versos), el poeta andaluz concluye con que, por fin, algún día, llegará una España fuerte y redentora con ideas nuevas”.

La Parábola cantada por Juan Manuel Serrat, que tengo grabada en mi memoria de hipocampo y que abre este post, en una actuación especialmente entrañable que he localizado, gracias a Internet, en Santiago de Chile (1969), me permite seguir pensando que otro mundo es posible, descubriendo islas desconocidas por doquier, que somos nosotros cuando nos salimos de nosotros mismos para encontrarnos a nosotros y también a los demás, haciendo jardines junto al mar, porque nos hacemos jardineros, aunque cuando llega el momento nos tenemos que ir por esos mares de Dios, en busca de las islas desconocidas que todavía nos quedan por descubrir.

Sevilla, 25/VIII/2012

Palabras para Samia

SAMIA
Samia Yusuf Omar

La verdad es que desconocía su existencia. Pero la noticia de su muerte en el mar, dada oficialmente en estos días como desaparecida al zozobrar el cayuco en el que viajaba desde Libia a Italia hacia una parte soñada, que buscaba Occidente para alcanzar una vida diferente, no me ha dejado tranquilo.

He leído hoy un post, La atleta somalí que corrió entre todos los infiernos, que me ha ayudado a conocerla mejor, aunque es una experiencia desgarradora leer su joven trayectoria inhumana. Me imagino cómo le sonarían los aplausos en su carrera en Pekín (2008), a pesar de llegar la última y diez segundos después que sus competidoras.

No era ni la más alta, ni la más fuerte, ni la más rápida, es decir, corría por las antípodas del espíritu olímpico en estado puro. Pero demostró que el afán de superación es capaz de permitirte participar en muchas carreras de la vida, aunque llegues tarde. Y triunfar, finalmente, aunque en este caso es estremecedor leer e interiorizar lo ocurrido. Por eso sigo luchando para construir otro mundo, que es posible, aunque a veces llegue también tarde en determinadas carreras existenciales que otros preparan mejor.

Gracias Samia por tu ejemplo, impresionante, demoledor, con un sentimiento de culpa si no hacemos, no hago, todos los días algo más por los emigrantes aquí en Sevilla, sin ir más lejos, que también sueñan como tú en alcanzar orillas legítimas, en la clave que escribí un día como top mente. No te olvidaré cuando tenga que interiorizar el espíritu de lucha sin descanso y superar la carrera en la calle que me corresponda correr en mi mundo público, de todos, y en el de secreto.

Sevilla, 21/VIII/2012

Las buenas ideas: innovación y creatividad

STEVEN JOHNSON
Steven Johnson

He finalizado la lectura de un libro de verano, Las buenas ideas, de un autor al que sigo atentamente en los últimos años, Steven Johnson, después de haber conocido su obra extraordinaria sobre la sociedad emergente y sobre la que ya escribí un post en 2006. Estoy muy preocupado, como miembro del Club de las Personas Dignas, en la construcción de una sociedad próxima basada en la regeneración ética de los valores característicos de las personas, comenzando con el conocimiento básico de la inteligencia, como superestructura humana determinante y alojada en el cerebro, que se desarrolla a través de estructuras cerebrales de las que todavía sabemos más bien poco.

El libro es extraordinario para quien quiera conocer cómo se generan las buenas ideas y cómo todos estamos implicados en la innovación y en la creatividad, demostrando que es un motor imprescindible para que las personas comprendamos bien cómo nos podemos mover en el terreno de las ideas que nos permiten hoy ser más felices y aprender sobre todo de la naturaleza sabia, poniendo cada cosa en su sitio. Las referencias permanentes del autor a los arrecifes y atolones coralinos, son una muestra que no voy a desvelar ahora, pero que le invito a conocerla porque disfrutarán al menos tanto como yo lo he hecho.

Steven Johnson propone siete pautas para conocer bien el misterio de la innovación y de la co-creación: lo posible adyacente, las redes líquidas, la corazonada lenta, la Serendipia o el hallazgo feliz, el error, la exaptación [sic] y las plataformas. Cada una de ellas se exponen con una lucidez que te embauca en su lectura. Posteriormente, concluye el autor con una reflexión bajo el título “El cuarto cuadrante” que les sorprenderá, con una calidad sublime, al abordar la necesaria libertad de las ideas y de su permeabilidad social, con motivo de una discusión sobre patentes, es decir, las ideas con barreras. Cuenta Steven Johnson un episodio ocurrido en Boston, sobre una presunta violación de una patente de un molino mecanizado. Ocurría en verano de 1813. El demandante se dirigió a Thomas Jefferson, ya en situación de retiro político, como inspector de patentes, respondiendo el 13 de agosto con una contundencia técnica, jurídica y filosófica que no tiene desperdicio. Pero lo que me ha llamado poderosamente la atención, son las palabras de Jefferson sobre la libertad de las ideas, el conocimiento libre, que reproduzco literalmente a continuación:

“La propiedad estable es un don de la ley social, que se concede ya muy avanzado el progreso de la sociedad. Sería por tanto curioso el que una idea, la fermentación de un cerebro individual, se quisiera reclamar, por derecho propio, como propiedad exclusiva y estable. Si algo es, por naturaleza, menos susceptible que las demás cosas a la propiedad exclusiva, es la acción del poder pensante que llamamos idea, que el individuo puede poseer en exclusiva mientras se la guarde para sí, pero que, en el momento que la divulga, fuerza a ser posesión de todos, e impide que su receptor se deshaga de ella. Su carácter peculiar reside asimismo en que nadie la posee menos, porque todos la poseen en su totalidad. Aquél que recibe de mí una idea, recibe una instrucción que en nada merma la mía; de igual modo que quien se ilumina gracias a mi idea, toma esa luz sin oscurecerme a mí. Parece peculiar y benevolentemente diseñado por la naturaleza el que las ideas se expandan en libertad, de uno a otro, por todo el globo, para la instrucción moral y mutua del hombre y para mejorar su condición, y de ahí que la naturaleza las haya creado, como el fuego, expandibles sin límites por el espacio, sin que en ningún momento pierdan densidad; y, como en el aire que respiramos, nos movemos y mantenemos nuestro ser físico, incapaces de quedarse confinadas o de someterse a una apropiación exclusiva. Las invenciones, por naturaleza, no puedes ser sujetos de propiedad”.

Finaliza el libro con la exposición de 189 innovaciones principales, en una cronología que comienza en 1400 y finaliza en 2000, es decir, a lo largo de siete siglos. Cualquiera de ellas producen admiración, en el sentido más primigenio dado por Aristóteles en un griego impecable, cualidad que solo es atribuible a los seres humanos: el hombre, hoy diríamos “el ser humano”, solo él, es capaz de admirarse de todos las cosas. Creo que es una razón de estado para generar ecosistemas de innovación.

He tomado muchas notas, siguiendo su recomendación, en mi cuaderno de citas, para su aplicación práctica en la Administración Pública que tiene que implantar una determinada Política Digital, sobre la privacidad y la vertiente pública, abierta, dado que se puede nutrir muy bien de esta ideas expuestas por Steven Johnson: “[…] la vertiente que más me interesa es la pública, porque los gobiernos y demás instituciones no mercantiles han sufrido mucho por culpa de esa lacra para la innovación que son las burocracias verticales. Hoy, esas instituciones tienen la oportunidad de alterar radicalmente la forma en que promueven y cultivan las buenas ideas. Cuanto de más se considere a sí mismo un gobierno como una plataforma abierta, y no como un organismo burocrático centralizado, mejor para todos: para los ciudadanos, para los activistas y para los emprendedores”.

Sevilla, 16/VIII/2012