El Club de las Personas Dignas (II)

Llevo tiempo navegando en una patera muy particular, que cuando llueve se moja como las demás, muy frágil, lejos de los cruceros existenciales en los que siempre me quieren meter con la consabida frase: es que al fin y al cabo, José Antonio, todos vamos en el mismo barco… (1)

Me han animado muchas personas a seguir escribiendo sobre este Club, que ya advertí que acepta a personas como yo, a diferencia del que preconizaba Groucho Marx. Lo hago por responsabilidad personal e intransferible en momentos de desasosiego y frustración ante las diferentes variables de crisis que sufre la sociedad, en las que no todos estamos en la misma posición, pero de la que sí participamos de un modo u otro.

El Club de las Personas Dignas, al que pertenezco, pretende construir permanentemente e ir siempre hacia adelante, como esta Isla Desconocida, ante un estado de opinión en el que predomina el todo vale porque, al final, todos son iguales y poco se puede hacer por cambiar las cosas, embargados por la tristeza, conformismo y tibieza que le es consustancial: ¡total, para qué vamos a luchar, si el final ya lo conocemos y da igual, hagas lo que hagas! La indignación que recorre plazas mayores y calles de ciudades y pueblos, por todo el país, es una muestra de que algo está cambiando de nuevo, a través de gritos de protesta que simbolizan muy bien que esto no puede continuar así. ¿Qué está pasando, para que se trate y descalifique por igual a casi todo el mundo al que se considera que está enfrente de la situación real que viven muchas personas, jóvenes sobre todo, con carencias sustanciales para vivir, para no sufrir más allá de lo que parece razonable, para alcanzar una felicidad real y legítima en este primer mundo? Porque todos no somos iguales.

Para empezar a trabajar de forma anónima en el Club, muy respetuoso con este clamor popular del 15M o con la crisis en general, se exige una dosis especial de autoexigencia en el trabajo diario, porque es la gran carencia social en la actualidad y espejo en el que se miran muchas personas paradas, por supuesto. Si somos empleados públicos, como es mi caso, se nos debe exigir más que a nadie una respuesta ética diaria, en los términos que ya escribía en este blog en junio de 2010, sobre “La dignidad de los funcionarios”: “Creo en la dignidad de la función pública, aunque soy consciente de que hay que ganar segundos de credibilidad a diario, porque se pierden con una facilidad inusitada todos los días. Credibilidad que pasa por recuperar ética pública en las pequeñas cosas: puntualidad en los tiempos públicos, sobre todo cuando son de los demás, que están esperando ser atendidos por nosotros, trabajar mucho y bien, de forma impecable, desde dentro, desde la trastienda pública, para mejorar día a día la Administración en el trabajo que nos corresponde, con el denominador común del interés público, sabiendo que nos movemos siempre en un triángulo crítico: tiempo, espacio y dinero, públicos. Credibilidad pública, para quien la trabaja, para quien la recibe. Es una auténtica lástima que solo se produzcan movimientos de denuncia pública de la situación funcionarial cuando nos tocan el bolsillo [o nuevas formas y estilos de ser funcionarios], no preocupándonos a diario cuando nos tocan el alma a muchos funcionarios por culpa de algunos, internos, externos y mediopensionistas, que tiran por tierra el trabajo digno que defendemos muchas personas que ejercemos funciones públicas desde los numerosos puestos de trabajo que nos permiten ofrecer al ciudadano lo mejor de nuestra Casa Pública, de lo que llevamos dentro de la propia Administración, en la que trabajamos día a día y en el puesto que nos corresponde”.

Es decir, dignidad personal e intransferible, dignidad pública, frente a la tristeza y tibieza, públicas, que también existen.

Sevilla, 30/V/2011
(1) http://www.joseantoniocobena.com/?p=1477

El cerebro digital es digno

En estos días han saltado a la palestra las personas indignadas, a través de la revolución digital, en la que me encuentro ya instalado al pertenecer al club de las personas dignas, no así al de las indiferentes, conformistas y tibias. Las tecnologías de la información y de la comunicación están haciendo su mayo muy particular, como instrumentos de relación, colaboración, cooperación y, sobre todo, de participación activa. Es decir, inteligencia digital en estado puro. Esta es la nueva realidad social, digital por cierto, que tenemos que aceptar de una vez por todas.

Y es incuestionable la posición que juega el cerebro en esta acción, propiciando inteligencia para actuar contra el conformismo establecido, con la ayuda de las tecnologías de la información y comunicación, sabiendo que hay varias proyecciones inteligentes para acudir a plazas públicas y comunicar al mundo mundial que algo se mueve en una sociedad que acusa signos de tristeza, indiferencia, conformismo y tibieza.

¿Qué es un cerebro digital digno, que posibilita la inteligencia digna? Hay muchas formas de abordar esta pregunta, pero ofrezco tres respuestas:

1. Una estructura muy compleja que aporta alma a la sociedad indigna, con su acción celular (noosférica), alternativa y creadora, haciéndose visible mediante teoría y acción crítica, con utilización plena de la inteligencia digital, entendida como la capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

2. Una estructura de sentimiento y emociones que permite despertar a las preguntas de la vida, las de la ciencia de la vida, a través de la indignidad que subleva, revisando el porqué de todas las cosas, con utilización plena de la inteligencia digital, entendida como la capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para el contexto comunitario o cultural en el que vive cada persona, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. Una estructura que permite la imaginación para dar respuestas eficaces a los problemas diarios de las personas, con utilización plena de la inteligencia digital compartida/conectiva, entendida como factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, cuando están al servicio de la ciudadanía.

Porque cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. Y el cerebro digital digno no se conforma con ello, integrándose a partir de ese momento en el Club de la Personas Dignas.

Sevilla, 21/V/2011

Ética del municipio y de la ciudadanía

COMO VOTAR

http://www.elecciones.mir.es/locales2011/

Hace casi 28 años que publiqué un artículo en el diario ODIEL, en Huelva, que llevaba por título “Ética del Municipio” (viernes, 27 de mayo de 1983). Hoy he recuperado aquellas palabras, en un contexto diferente, pero he leído entrelíneas lo que desearía reafirmar de nuevo de forma sencilla, a una semana de las elecciones municipales de 2011, donde como ciudadano que va a votar, con creencias, cambiaría muy poco aquellas palabras escritas con pensamiento y sentimiento con mucha más fuerza que el viento, en la clave de Rafael Alberti, a quien tanto leía y seguía en aquellos días.

Esta nueva lectura, actualizada, va a consistir en poner en cursiva las palabras cambiadas. Nada más.

“Dicen los principios éticos más ortodoxos, que la «cosa», la plata, por ejemplo, sólo sirve cuando es para las personas. La plata en sí no es nada, porque el valor se lo ha dado el ser humano. En este caso, el voto, el «papel» municipal sólo sirve para la persona, porque en sí tampoco vale nada. ¿A qué viene esto? Sencillo. Comenzamos una nueva etapa municipal y no vendría mal adentrarse en un mundo olvidado con frecuencia: la ética municipal.

Las bases éticas nacen en cada persona. En cualquier persona en su condición, ahora, de ciudadana. Las raíces de la conducta no son debidas en principio a unas normas establecidas, sino a la posibilidad de ser persona. Luego partimos del ser humano y su conducta. No son las manos las que votan, sino toda la persona la que vota. Y ese ciudadano deposita en un papel su persona «votando». Una persona que, en principio, confía (o debe confiar) en un programa, en unas personas, en una ideología, en un progreso, etc. Y esa persona quiere ser escuchada en su silencio, a veces, de los sin voz. Porque el silencio de la urna existe ante los ruidos propagandísticos. En pocos centímetros de papel una persona se proyecta y proyecta la sociedad. Sueña con unir muchos papeles y así, casi pegados, afirmar conjuntamente que se cree en la posibilidad de ser pueblo y ser escuchado.

El problema ético nace cuando se rompen los papeles, nunca mejor dicho. El símbolo de la papelera es el fantasma que recorre las mentes de los que votan. Y el recuerdo de ese acto debe estar presente, de forma cautelar, en las mentes de los elegidos democráticamente. Cada voto representa a una persona eligiendo y elegir es la posibilidad más seria de libertad que podemos gozar. La actitud ética del respeto al voto se constituye condición sin la cual no se puede hacer política municipal.

Otro principio ético municipal es el del respeto a la razón por un sentido de responsabilidad. La razón es humana y no tiene color. Sí, por el contrario, ideología y personas. Ya ha demostrado la historia de forma suficiente que «ninguna ideología es inocente», como señaló Lukács. Y la ideología simbolizada en programas políticos ha perdido su inocencia de base. Pero eso no es «malo», para que nos entendamos. Perder la inocencia para ser responsable, es «bueno». Y ser responsable conlleva por un lado, conocer la «cosa» política (programa, por ejemplo…), el contenido de la acción y además, ser libre para decidir en nombre de unos votos.

Conocimiento y libertad, se constituyen así en elementos imprescindibles para ejercer el sentido de responsabilidad, es decir, de «respuestabilidad» (valga la expresión) ante situaciones políticas municipales muy puntuales. Arreglar una calle, poner farolas, o estudiar los impuestos, en si no son nada, sino que conocidos que son «para cada persona», para el ciudadano, valen, en el mejor sentido de la palabra.

Por último, el tema de llevar o no razón política: «La razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y por tanto, impulsándola o entorpeciéndola» (1). Lo que pretende la razón municipal es reflejar la situación social de una ciudad, de un pueblo; eso sí, teniendo las ideas claras, porque de lo contrario se puede llegar a estropear la construcción de un sentimiento ciudadano de crecimiento, progreso y desarrollo. Tener las ideas claras, también es punto de partida ético imprescindible en la política municipal. ¿Por qué? Sencillamente porque es búsqueda de verdad, criterio ético que a pesar del paso del tiempo, siempre se sitúa como conquista. Y es que la verdad está en la «cosa», como decíamos al principio, en ese papel alargado con nombres y apellidos, que es mi voto municipal…”

Solo he cambiado algunas palabras para respetar la perspectiva de género. En aquellos años se utilizaba siempre el vocablo “hombre”, para caracterizar una representación del ser humano. Nada más.

Sevilla, 15/V/2011

(1) LUKACS, G (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

El cerebro kluge

KLUGE

La vida diaria me lo viene demostrando con una claridad palmaria: el cerebro no responde siempre tal y como esperamos de él. Menos, cuando vamos del timbo al tambo. Y no he tenido más remedio que rescatar de mi biblioteca un libro que ya cité en su momento en este cuaderno de “derrota”, utilizando el vocabulario de las personas que aman el mar. Y eso pasa porque el cerebro es kluge, es decir, es el resultado final y en constante evolución de una evolución azarosa, un auténtico ingenio biológico, evolutivo, que se va adaptando a tenor de las circunstancias que rodean a cada persona a lo largo de la vida, porque partimos de la base de que es imperfecto. De ahí que tengamos que reconocer que nos equivocamos, es decir, es el cerebro el que se equivoca mediante actos humanos, porque siempre es el que da las órdenes finales para nuestras actuaciones. Y muchos resultados no son los esperados, generando desencanto.

Ya estoy leyendo el libro sobre el que he pensado siempre que me puede aclarar muchas cosas sobre este planteamiento introductorio. Lleva por título, Kluge (1), a secas, escrito por Gary Marcus, al que tantas veces he citado en este blog, sabiendo que no es Cooper, es decir, que no está en los cielos, sino en el terco día a día: “Y llegó Gary Marcus, que está en los cielos de la investigación actual más solvente, mi autor de los últimos meses, citado en los post más recientes por su interesante aportación a la investigación del cerebro desde la genética, con una reflexión impresionante: “lo que hace interesantes a los humanos no es el hecho de las palabras en sí mismas, sino poder aprender y crear nuevas palabras”. Y revolucionó el auditorio con una sentencia espectacular: el lenguaje es un parche similar a la columna vertebral, un mal diseño de la evolución para soportar el peso del cuerpo. Y lo que señalaba anteriormente como anécdota también es una preocupación para Marcus: el rol de la memoria en los procesos lingüísticos y del habla, sobre todo en los bebés y en la primera infancia, como presunta contaminante de estos maravillosos procesos, aunque el equipo fonador de la niña de Dikika (su pequeño hueso hioides) nos demuestre de forma terca que el punto alfa de la inteligencia que se expresa mediante el gen FoxP2 ya estaba allí” (2).

Empiezo por aclarar el vocablo Kluge, cuya traducción más acertada la encontramos en la lengua alemana: ingenioso, pero en un contexto que nos hace tocarnos la ropa: el ingenio que hay que desarrollar para que una máquina funcione, como sobre la que el autor demuestra el origen del vocablo, un alimentador de papel, de la marca Kluge, “inventado” en 1935, como complemento de las impresoras mecánicas: “…era un mecanismo de lo más caprichoso, sujeto a frecuentes averías y endemoniadamente difícil de reparar, pero ¡qué ingenioso!» [¡qué kluge!].

La tarea que tengo por delante es asombrosa: descubrir por qué falla el cerebro, sabiendo que la naturaleza lo ha predispuesto en clave de kluge. La sabiduría popular lo traduce en saber “agudizar el ingenio”. Porque es difícil aceptar que vengamos así de fábrica, con defectos, con taras que ha propiciado la propia evolución, preparándonos a lo largo de existencia de cada persona para tomar conciencia de esta situación, reflejada en los fallos de la memoria, en los sentimientos y emociones que no somos capaces de controlar y, lo que es verdaderamente abrumador, saber que enferma en el momento en el que la maquinaria que creíamos perfecta del organismo, no le presta verdadera atención. Vuelvo a repetirlo: la maquinaria corporal, no nosotros, ni el alma humana.

En la contraportada del libro se dibuja un horizonte complicado, pero muy valiente, porque Gary Marcus sí que agudiza su ingenio para demostrarnos que merece la pena tomar conciencia de la debilidad del cerebro kluge: “Nuestro cerebro, lejos de ser un órgano perfecto, es un kluge, un apaño, o más bien, un conjunto de apaños improvisados por la evolución para resolver diversos problemas de adaptación. En todos los ámbitos de la experiencia humana, la memoria, el lenguaje, el placer o la capacidad d elección, podemos reconocer indicios de una mente construida en gran medida a través de la superposición progresiva de parches sobre estructuras anteriores de la evolución. De ahí la fiabilidad del cerebro a pesar, paradójicamente, de su maravillosa capacidad intelectual: podemos resolver problemas de física o matemáticas de una complejidad inmensa y al mismo tiempo ser incapaces de solucionar de manera lógica un conflicto, recordar dónde hemos dejado las llaves del coche o qué hemos desayunado esta mañana”.

Y en un jueves santo, en el que mi cerebro lleva trabajando 23494 santos días (incluyendo los de gestación), no dejo de admirarme, como buen animal que soy capaz de admirarme de todas las cosas, en la clave aristotélica, cómo es posible que haya llegado hasta este aquí y ahora, resolviendo básicamente problemas…, a través de un cerebro imperfecto pero ingenioso, un auténtico kluge.

Sevilla, 21/IV/2011

(1) Marcus, G. (2010). KLUGE. La azarosa construcción de la mente humana. Barcelona: Ariel.
(2) ¿Por qué hablan las personas?: http://www.joseantoniocobena.com/?p=447

Los cerebros ciegos al color

CEREBROS CIEGOS

El día de salida. Ammar Awad (REUTERS) – 25-03-2011. Una mujer usa su teléfono móvil para filmar a manifestantes durante una concentración que exige la destitución del Presidente Ali Abdullah Saleh, de Yemen (Fotografía recuperada de El País, el 27 de marzo de 2011)

La foto que antecede estas líneas me ha recordado una enfermedad que estudié hace años, la acromatopsia [ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color], atraído por la lectura de un libro excelente, La isla de los ciegos al color, de Oliver Sacks, que ya presenté en noviembre de 2009, con motivo de la experiencia sentida por una foto de Erick Lessing, que comenté en un post: Nuevas sonrisas, nuevas lágrimas.

Mujeres, vestidas de negro, en actitud de oración y sumisión. Todas menos una, con una gorra blanca, teléfono con cámara digital en mano, que se levanta simbólicamente, captando un mensaje de necesidad de progreso en el conocimiento, en la libertad: manifestantes contra la tiranía en Yemen. También aparece un niño, con camiseta azul, buscando algo perdido: ¿libertad? Es una imagen que sugiere muchas interpretaciones, sobre todo la que representa la necesidad de integrar la vida en todas sus capacidades cromáticas. Porque en el mundo árabe, el color siempre fue interpretado con matices de belleza, con policromías que hemos heredado en este país, por ejemplo, por las cerámicas tan maravillosamente trabajadas con las manos.

La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises. Porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida en libertad, sin dejar ninguno atrás, como reflexionaba en el post citado: la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y las lágrimas, permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo en definitiva, en la filmación jamás contada. O para protestar, en clave religiosa, como el símbolo fotográfico de esta mujer de Yemen. Toda una lección.

Sevilla, 26/III/2011

La inteligencia es bella

Ayer celebré el día de mi santo. Suena como algo muy antiguo, pero tengo que reconocer que me despierta sentimientos y emociones de mi niñez madrileña y de la reniñez andaluza. Y con este motivo, un amigo entrañable que me conoce muy bien me regaló un video de Roberto Benigni, en una intervención memorable en el último Festival de San Remo, cantando a capella, sin más, el himno italiano (1), en momentos tan difíciles para Italia en búsqueda de su dignidad humana y política. Pasen y vean…, e intenten comprender su mensaje:

Contesté a este regalo, que deja su estela, recordando mensajes que aprendí del guión de la película interpretada por Benigni, La vida es bella, leído por mí en bastantes ocasiones. Me ayudó a comprender también que la inteligencia es bella, cuando ayuda a resolver problemas del día a día. Guido Orefice o Roberto Benigni, tanto monta-monta tanto, el protagonista, explicaba bien cómo podíamos ser inteligentes al soñar en proyectos: poniendo (creando) una librería, leyendo a Schopenhauer por su canto a la voluntad como motor de la vida y sabiendo distinguir el norte del sur. También, porque cuidaba de forma impecable la amistad con su amigo Ferruccio, tapicero y poeta. Hasta el último momento.

Gracias a los que me recordaron. Os devuelvo a todos estas palabras de afecto a través de la Noosfera, como muestra del respeto que me produce el hecho de que un personaje histórico, José, hace muchísimos años, ocupara un papel tan destacado en la historia de la humanidad: respetar a una mujer que era diferente, de nombre María. Nada más, porque no podía entender por qué ocurren determinadas cosas en la vida bella.

Sevilla, 20/III/2011

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Il_Canto_degli_Italiani

Hambrientos y alocados

Hace mucho tiempo, mi hijo Marcos me hizo un regalo precioso: una dirección en Internet que me permitió aproximarme a la persona de secreto de Steve Jobs, el fundador de Apple. Era una conferencia que Steve Jobs pronunció el 12 de Junio de 2005 en la Ceremonia de Graduación —Commencement— de la Universidad de Stanford (1). Nunca la he olvidado. Ahora, con ocasión de la lectura de un reportaje en la revista dominical Magazine, el domingo 13 de febrero de 2011, que se distribuye conjuntamente con 25 diarios de toda España, con una tirada de un millón de ejemplares, donde se volvía a citar esta referencia histórica de Jobs, escribí esta carta. En agradecimiento especial a Marcos, a la Noosfera. Obviamente, a Steve Jobs, porque sigo hambriento y alocado.

El reportaje sobre las creencias de Steve Jobs (Magazine, 13/II/2011), finaliza con un mensaje sorprendente que lleva años dando vueltas en internet: «Seguid hambrientos, seguid alocados». Que las personas jóvenes de espíritu sigan este aserto es una forma noble de emular a personas como Jobs, que ha demostrado que se puede triunfar siendo diferentes, teniendo creencias firmes a pesar de los fracasos.

El hambre y la locura recomendadas por Jobs deben ser entendidas como la capacidad de alternar la crudeza de la vida diaria con el bienestar personal, mediante “lecturas especiales/ideales” de lo que está ocurriendo. Necesitamos contar con una base: creer en la naturaleza o en la sociedad, en las personas o en un Dios. Como Jobs, que siempre creyó en Apple.

Carta publicada en Magazine, 27/II/2011

(1) http://socrates.ieem.edu.uy/articulos/archivos/323_sigan_hambrientos.pdf

Las coacciones de la electrónica: no hay personas de repuesto

TIEMPOS MODERNOS
Fotograma de Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1936)

En mi trabajo diario tengo oportunidades evidentes de comprobar cómo la tecnología en informática plantea siempre el dilema ético de situación, en la aplicación y uso racional de la misma, es decir, la dialéctica del doble uso de los grandes progresos científicos en el ámbito digital. Ya he tratado esta cuestión en discusión a lo largo de páginas concretas en este blog, sobre todo al abordar la ética digital, pero en esta ocasión lo hago al tener conocimiento de la publicación de dos libros extraordinarios del escritor polaco Günther Anders (1) que giran sobre un hilo conductor común y muy sugerente: La obsolescencia del hombre: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (volumen I) y Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (volumen II).

El autor centra su ensayo, desde el principio, en esta idea “del hombre que se experimenta a sí mismo como “anticuado” y pequeño frente a los aparatos técnicos, que se presentan como los auténticamente “bien dotados” y que le hacen avergonzarse de su humanidad: “No hay hombres de repuesto”, escuchamos decir a un enfermo terminal en un asilo para desahuciados, y se lo escuchamos decir como sonrojado porque en la era de la técnica no se haya inventado aún nada definitivo contra la caducidad de la existencia humana. Este sentimiento de vergüenza, dado que no podemos sentir vergüenza sino ante una mirada ajena, nos indica que ahora son las cosas, las máquinas, quienes nos miran. El hombre moderno desearía ser sólo un engranaje, debería ser sólo eso, pero misteriosa y trágicamente aún no está del todo adaptado a la explotación mecánica, y eso es lo que le abochorna, su propia humanidad residual” (2). Ante esta perspectiva apocalíptica, en algún sentido, sigo construyendo teoría crítica digital sobre cómo la tecnología permite conocer mejor el cerebro, por qué es feliz, por qué enferma, por qué nos emocionamos, por qué expresamos sentimientos, por qué resolvemos problemas día a día, con el auxilio de las tecnologías de la información y comunicación.

Voy a leer los dos libros porque estoy preocupado con el desplazamiento de la inteligencia digital como derecho de realización personal, por el poder de la mercancía digital, que simbolizaba recientemente en mi post sobre el síndrome de la última versión: “Lo más grave es que la versión de la inteligencia no sé tampoco por cual versión va. La del alma, ni te cuento. La del corazón, creo que ya va por una versión inalcanzable. Y mientras salgo a comprar lo último de lo último que indican los gurús de la mercadotecnia, en la tarde previa a la Nochebuena, porque la versión última de la Navidad, la del año pasado y anteriores, ya no sirve, me encuentro que para muchas personas la ultimísima ya está agotada. Y la frustración es enorme, porque “el sentimiento displacentero de incompletud” de las personas que se frustran porque no tienen la última versión de todo lo que está quieto o se mueve a nuestro alrededor, es una realidad que no está versionada”. En definitiva, como comenta José Luis Pardo: “Por eso, amedrentado y fascinado por el mundo de la producción, el hombre “decide” pasarse a la condición de producto, y la llamada “ingeniería humana” (human engineering), fisiotécnica y robótica, le suministra el modo de fragmentar su conocimiento en habilidades subhumanas que subsisten mecánicamente con independencia de la totalidad de la que proceden”. Una reflexión para seguir construyendo teoría crítica digital, positiva, racional, al servicio de la inteligencia de las personas.

Sevilla, 20/II/2011

(1) Anders, G. (2011). La obsolescencia del hombre. Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial (volumen I). Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial (volumen II). Valencia: Pre-Textos.
(2) Pardo, José Luis (2011, 19 de febrero), “No hay hombres de repuesto”, El País, Babelia, 9.

CONGRESO NACIONAL DE INTEROPERABILIDAD Y SEGURIDAD

CNIS

La sede de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, en Madrid, acogerá los días 22 y 23 de febrero 2011, el “CONGRESO NACIONAL DE INTEROPERABILIDAD Y SEGURIDAD – CNIS”, organizado por el Club de Innovación, especialista en la divulgación y el fomento de la innovación y la modernización de las Administraciones Públicas, con el apoyo del Ministerio de Política Territorial y Administración Pública y de la Federación Española de Municipios y Provincias – FEMP, siendo el principal foro de debate sobre los Esquemas Nacionales de Interoperabilidad y Seguridad al año de su aprobación.

Sevilla, 12/II/2011

Estremecido de admiración

MAGAZINE

La obra de Saramago se amplifica cada vez que surge la posibilidad de conocer al escritor. Así ha sucedido con la entrevista a Pilar del Río en el Magazine de 23 de enero. Mientras viva su obra en cada uno de nosotros, permanecerá no solo en el recuerdo sino también en el trabajo diario de divulgar sus palabras en todas las manifestaciones posibles.

“Estremecido de amor”, era una frase muy querida para él. Una parte desconocida del autor es su sensibilidad para llegar a confesar que le daba mucha pena no saber narrar historias para niños, al finalizar su maravilloso cuento La flor más grande del mundo. Una aldea, un niño que descubre una flor seca, una búsqueda de agua, una flor agradecida y una moraleja por haber permitido que la flor volviera a crecer y dar sombra. Vuelvo a recordarlo al leer las palabras de Pilar, con la esperanza de que todos hagamos un esfuerzo por leerlo, siguiendo la recomendación de José, contando historias, al menos, igual de bonitas para estremecernos, para regalarlas a las personas que queremos…, sin tener que recurrir a la mercadotecnia que nos invade hoy, mañana y pasado mañana, por tierra, mar y aire.

Carta publicada en Magazine, de 6 de febrero de 2011