Las caras de la inteligencia

Ayer volví a analizar con detenimiento un cuadro de Rafael, que he contemplado muchas veces en vivo y en directo en los Museos Vaticanos, en tardes furtivas romanas y que siempre me ha sobrecogido desde cualquier ángulo que lo mirase. Se trata de “La Transfiguración”, un cuadro de encargo (no inocente) de medidas considerables: 410×279, donde me ha interesado en esta ocasión observar (al margen de la transfiguración como hecho místico superpuesto) cómo se contempla la enfermedad mental por unos ciudadanos privilegiados, en concreto la expresión de un epiléptico joven interpretada por los apóstoles, amigos de Jesús de Nazareth. He centrado la mirada en una composición de ocho rostros cargados de expresión mental y corporal ante el fenómeno de la epilepsia, la “enfermedad sagrada” según Hipócrates de Cos. Rostros próximos, caras encontradas a través de la inteligencia individual y conectiva.

Imagen7.jpg

Cuatro rostros pertenecen a los apóstoles, que están muy cerca de lo que está ocurriendo en ese aquí y ahora. Si miran con detenimiento sus caras podrán comprobar cómo existen cuatro formas de aproximarse a la enfermedad sagrada. Son cuatro formas de introyectar y elaborar lo que aparece a simple vista: la visión desgarrada del joven, con los ojos en blanco y su entorno cargado de dolor e incomprensión ante lo sucedido. Veamos uno a uno. Me ha generado emociones internas la cara de desconcierto, magníficamente tratada por Rafael, de un apóstol joven. Da la impresión de intentar recoger en su policromía exacta la verdad de la incomprensión de la enfermedad mental, mirando, no viendo. Mirada profunda, directa, silenciosa. No hay palabras en ese momento. Otro apóstol, de barba canosa, que está muy cerca del anterior, refleja la comprensión de los hechos irrefutables de la vida: la enfermedad está y hay que asumirla. Arriba, aparecen dos rostros muy descriptivos. Uno se vuelve a su compañero y amigo para decirle: ¿has visto?, ¿entiendes lo que está pasando? Su compañero expresa curiosidad por mirar y comprender lo que está ocurriendo.

Imagen3.jpg

Los cuatro rostros restantes, reflejan el dolor y la incomprensión. La cara del joven poseído por el demonio (así se concebía por la sociedad contemporánea, con las mismas culpabilidades que posiblemente se vivencian hoy, cambiando lo que haya que cambiar) es el espejo de su alma enferma, auténtica preocupación de la época por la maldición implícita. Su dedo indica la existencia de una posibilidad de curación. Es una mano dirigida por la inteligencia interpersonal, en un último esfuerzo por indicar la única solución posible que ha corrido por aquellos pueblos ribereños de boca en boca. Su madre y los dos ciudadanos que los rodean expresan en sus rostros la mezcla de realismo fatal y la sombra de la duda de la intervención de los amigos de Jesús que han hablado mucho de la posible curación pero no saben cómo aproximarse a ella.

Las ocho caras de la inteligencia que he comentado pueden suscitar otros muchos comentarios. Son caras de  desconcierto ante la enfermedad mental, con una elaboración personal e intransferible de cada inteligencia particular. Y la realidad social continúa reflejando estas situaciones maravillosamente “pintadas” en el cuadro de Rafael. El cerebro sigue siendo una maravillosa caja de sorpresas que ante la enfermedad de la inteligencia, en sus múltiples versiones, sigue desconcertando a casi todos, aunque admitamos la posibilidad de que la ciencia pueda transfigurar hoy lo que la religión no ha podido explicar finalmente a los seis mil millones de personas inteligentes, cada uno a su manera, que poblamos ahora, en este aquí y ahora, el planeta Tierra. Y solo porque un día muy lejano, comenzó la vida y los seres humanos empezaron a viajar a  tierras desconocidas, con la experiencia ineludible de la enfermedad mental que todavía nos cuesta trabajo explicar. Y se nos nota en la cara que pone ante el cerebro de los demás, sano y enfermo, cada inteligencia en su particular Noosfera.

Sevilla, 16/IX/2006

Wiphala

Los días previos al quinto aniversario del atentado terrorista sobre las Torres Gemelas, están siendo caldo de cultivo para los alentadores apocalípticos que conviven con nosotros mucho más cerca de lo que creemos. Y en este medio hostil, por definición, vislumbré ayer, de nuevo, la realidad de luchar constantemente, de forma celular, por la realidad que recordé el año de la toma de posesión del presidente Lula, en Brasil, cuando manifestaba en los discursos iniciáticos de su actividad  que “otro mundo es posible”. Este recuerdo vino a colación por una noticia que leí en la prensa diaria, sobre la celebración de la 1ª Bienal Internacional del Fin del Mundo, que se celebrará en la ciudad austral de Ushuaia a partir de marzo de 2007. En el acto de presentación del evento, que se llevó a cabo el martes pasado, el canciller Jorge Taiana definió así, textualmente, dicha celebración: “Pensar que otro mundo es posible desde otro mundo”. La Bienal presenta la particularidad de que conectará a los dos polos del planeta, ya que desde la ciudad argentina podrán seguirse actividades culturales desarrolladas en paralelo en Canadá y la Laponia finlandesa.

Fin del mundo. Son palabras que no suelen dejar tranquilo a nadie. Pero en el fondo de la noticia capté un mensaje que me ha hecho pensar en positivo. Verás. Decía la noticia de agencia que los artistas van a “invadir” el paisaje. Además, “Frente a la bahía de Ushuaia se izarán 2.000 banderas realizadas por artistas argentinos con diferentes materiales y que tendrán como denominador común su relación con la wiphala, la bandera indígena que ha hecho famosa en todo el mundo el presidente boliviano, Evo Morales”. Y una vez más, ignorante de tantas cosas, me puse a verificar qué es la wiphala. Tengo que decir a estas alturas del análisis efectuado que las conclusiones son muy esperanzadoras. Me ha entusiasmado el concepto “wiphala” y todo lo que lo rodea. He intentado comprender bien cómo una bandera es la eclosión de un conocimiento y de unos sentimientos y emociones y no al revés. He leído con atención el significado de la bandera “wiphala”, sus cuarenta y nueve cuadros, su lección de humanidad y ciencia aplicada. Maravilloso.

Wiphala.jpg

He consultado el diccionario que describe el fondo y la forma del lenguaje   “aymará”, donde aparece la voz (siempre me ha gustado denominar así a las palabras) “wiphala”: Símbolo andino que representa la pluralidad de naciones, lengua, culturas y pensamientos. Bandera. Y este hecho de pluralidad conocida y sentida me ha permitido entrar en el conocimiento de la misma. He comprendido que la Wiphala es bastante más que la bandera y el emblema de la nación Andina y de los Aymara Quishwa, es la representación de su filosofía andina y, actualmente, el símbolo de la resurrección de la cultura que fluyó de los primordiales Cuatro Estados del Tiwantinsuyo.

En la página web consultada, he aprendido que los cuarenta y nueve espacios (cuadros) utilizan los siete colores del arco iris. En el centro está atravesada por una franja de siete cuadrados blancos que simbolizan las Markas y Suyus, es decir la colectividad y la unidad en la diversidad geográfica y étnica de los Andes. Esta franja representa también al principio de la dualidad, así como la complementariedad de los opuestos, por lo tanto unión de los espacios; y así la oposición complementaria o fuerza de la dualidad, es decir: fertilidad, unión de los seres y, por consiguiente, la transformación de la naturaleza y los humanos que implica el camino vital, y la búsqueda a la que éste nos impulsa.

He conocido, por primera vez, que los cuatro lados de la Wiphala conmemoran tanto a los Cuatro Hermanos Míticos; Ayar-kachi, Ayar-uchu, Ayar-laq’a y Ayar-k’allku, quienes fueron los precursores de los Cuatro Estados originales del Tawantinsuyu, como el símbolo del calendario Cósmico de los Aymará Quishwa; las cuatro épocas del año divididas por las cuatro festividades que las conmemoran: JUYPHI-PACHA o estación fría, LAPAKA-PACHA, estación del calor, JALLU-PACH-A, estación de la lluvia, y finalmente, AWTI-PACHA o estación seca.

La simbología de los Siete Colores del Arco Iris, también son una lección de historia sentida y transmitida:
• ROJO; representa al planeta Tierra (aka-pacha) así como al conocimiento de los AMAWTAS.
• NARANJA; representa la sociedad; expresa la preservación y procreación de la especie; así como salud y los conocimientos de la medicina; también a la educación y juventud.
• AMARILLO; Energía y fuerza (ch’ama-pacha), doctrina del Pacha-kama y Pacha-mama; dualidad; leyes y normas de la práctica colectiva.
• BLANCO; representa al tiempo y a su dialéctica (jaya-pacha), transformación; el arte y el trabajo, reciprocidad.
• VERDE; Para algunos representa a la economía y la producción andina; riquezas naturales, Tierra y territorialidad, así como la flora y fauna que es también considerada un don.
• AZUL; Espacio cósmico, el infinito (araxa- pacha), es la expresión de los sistemas estelares y de los fenómenos naturales.
• VIOLETA; Expresión del pueblo y del poder comunitario; estado, organizaciones sociales, intercambio.

Para interpretar la simbología matemática de la Whipala, debemos remontarnos a la idea del calendario, el cual podemos leer de tres maneras complementarias: Verticalmente, horizontalmente y diagonalmente, lo cual conforma el AWAKU andino. La parte superior de la Wiphala se identifica con el Sol, el día y la parte de inferior con la Luna, es decir, la noche. La Wiphala permite que a través del cálculo matemático sean previstas las fechas de los equinoccios, solsticios y eclipses. En el calendario andino la “Luna anual” tiene trece meses divididos en 28 días, entretanto el “Sol anual” tiene 12 meses constituidos por 8 meses de 30 días más cuatro de 31 jornadas, lo cual al sumarse nos da un total de 364 días, más un día; el llamado JACH’A-URU o Día Grande.

Recuerdo una vez más, aquél cuento paradójico de Monterroso, El eclipse: Por mucho que el bendito fray Bartolomé Arrazola intentaba persuadir a los indígenas de una selva de Guatemala para que no le mataran: “si me matáis –les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca”, éstos lo tuvieron claro desde el principio ante un propagador de la fe y del más allá. Aquellos primeros pobladores de Guatemala, mucho antes que los conquistadores “españoles” llegados allí gracias al mar, decidieron acabar con estas monsergas del fraile, sacrificándolo en la piedra  de los ritos, comenzando inmediatamente a recitar una por una por una las infinitas fechas en que se producirían eclipses lunares y solares, demostrando que eran excelentes astrónomos, tal y como “la comunidad maya había previsto y anotado en sus códices sin la ayuda de Aristóteles”. Es decir, ya estaban allí antes de que fray Bartolomé Arrazola intentara persuadirles de la bondad de los poderes divinos traídos desde la España de Carlos V.

Ante la inteligencia demostrada por los aymará, he comprobado igualmente, que en su diccionario también se encuentran voces que han proclamado a lo largo de los siglos la experiencia maravillosa de poder ser inteligentes actuando. He obtenido algunos ejemplos: Amuyt´a (sustantivo): inteligencia; Amuyayaña (verbo): hacer reflexionar a las personas; Amuykipaña (v.): revisar, considerar; Amuynaqaña (v.): pensar mucho en algo; Amuyt´asiña (v.): recordarse, con cautela; Amuyu (s.): pensamiento, idea; Amuyuni (s.): persona que tiene idea, consciente, inteligente.

Por ello, al finalizar la lectura del artículo y volver a leer a los cronistas del miedo del 11-F o de cualquier fecha próxima o lejana, viendo también un documental sobre Bin Laden y escuchando de fondo los vaticinios de las últimas voces profundas, he vuelto a pensar en Lula, en su otro mundo posible, en las personas que sonríen a los senegaleses de mirada perdida y en la preciosa historia de la bandera Wiphala.

Por cierto. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, encontré unas palabras sorprendentes en lenguaje aymará: Tanta sarañani. Me impresionó su significado en esta lengua celtibérica y obligada a conocer a los indígenas aymará, que acusa tanto cansancio para narrar los desastres: iremos juntos. Me encantaría celebrar así el acontecimiento de Ushuaia, porque el fin del mundo sería mucho más relativo.

Sevilla, 9/IX/2006

Máquina para las niñas y los niños (Children´s Machine)

Vuelve otra vez Nicolás Negroponte, a quien profeso admiración, a demostrar que sigue empeñado en cumplir un compromiso anunciado hace meses: que las niñas y los niños más desfavorecidos del Universo puedan acceder a las nuevas tecnologías de la información y comunicación, a un precio simbólico y con un medio versátil y adecuado a las contingencias de la pobreza. Se trata de la “máquina para los niños” ó 2B1, verde y blanca, del tamaño de un cuaderno, que saldrá el próximo año a la venta a un precio de 140 dólares. Sigue siendo un precio muy competitivo, aunque los mal pensados dirán a los cuatro vientos que en muy pocos meses ya lo han subido de precio, al haberse anunciado como el ordenador de los 100 dólares. Será resistente, ligero y de bajo consumo y permitirá navegar por Internet mediante dos pequeñas antenas. Además, tendrá una batería que podrá ser recargada con un pedal conectado al aparato. Negroponte insiste mucho en que éste es un proyecto educativo, no un proyecto informático de portátiles. Esa es la clave. 

Estos ordenadores, que dignificarán la ignorancia que genera la pobreza, rompiendo la temida brecha digital o el nuevo analfabetismo relacional, tienen características sorprendentes. Como se detalla en la noticia aparecida en el diario El País, de hoy: “presentarán una interfaz adaptada para el uso educativo. Carecerán de disco duro para reducir el peso y el precio, aunque tendrán una pantalla TFT de 20 centímetros, con una resolución de 1200 por 900 píxeles. Incorporará una pequeña memoria de 128 megabytes de RAM y 512 megabytes de memoria flash. Contará con cámara, micrófono y altavoces integrados y tres puertos USB. Además, el 2B1 se podrá utilizar como e-book (libro electrónico). El terminal tendrá una vida estimada de cinco años (…) y contará con un teclado hermético adaptado a los caracteres tipográficos de cada país. Dos pequeñas antenas a cada lado de la pantalla permitirán el acceso a redes inalámbricas (wi-fi) con un alcance mayor al de los portátiles normales. El teclado permite una doble opción donde los chicos podrán escribir y dibujar. La clavija del micro acepta otros dispositivos caseros, de manera que el usuario podrá enchufarlo y convertir el terminal en termómetro u osciloscopio. El aparato, construido por Quanta Computers y Red Hat, será rígido, con una carcasa de plástico de dos milímetros de grosor (a diferencia de los 1,3 milímetros normales) e incorporará parachoques interiores. Además, incluirá un software de sonido (Csound), muy versátil. Las baterías no contendrán metales pesados tóxicos y permitirán recargarlo con fuentes de energía alternativas”.

Todo un reto para Negroponte, el Instituto Tecnológico de Massachussets y para todos aquellos que siguen creyendo en la bondad de las tecnologías y cómo pueden convertirse en un instrumento de liberación personal y colectiva, al generar conocimiento como fuente suprema de la libertad y responsabilidad. Comprendo mejor que nunca una frase que me acompaña desde 1986, cuando la descubrí en boca de su autor, Negroponte, donde se hace explícita la capacidad inherente a la inteligencia digital: Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital.

Sevilla, 30/VIII/2006

Pausa del natural color

Cuando comienzan las vacaciones, la primera experiencia que suelo vivir es la de entrar en situación de pausa: laboral, horaria, profesional, pero no mental y, desde luego, no existencial. Es una época extraordinaria para echar a volar la inteligencia y dejarla hacer y deshacer en el mundo de secreto que todos llevamos dentro del cerebro. Desde el 29 de julio no había tecleado una sola letra para este cuaderno, aunque puedo asegurar que en el vuelo anillado de parte de mi inteligencia, determinadas neuronas (marcadas ó anilladas virtualmente) han decidido agruparse para actuar y hacer recorridos ó vuelos muy interesantes. Pero yo había aprendido del Diccionario de Autoridades (1737) un contexto de la palabra pausa que me agrada recordar en estas circunstancias: “sabía por experiencia que le duraba poco esta pausa del natural color y desamparo de los sentidos”. Dicho y hecho.

He iniciado, por ejemplo, la tarea de recopilación de fuentes primarias y secundarias sobre la inteligencia digital. Sigo muy pendiente de aquel compromiso con la malla pensante formada por personas cercanas a Internet, que siguen ilusionadas en adquirir conocimiento sobre esa maravilla de tan poco peso físico a la que llamamos cerebro y a su expresión más humana, en todos los sentidos: la inteligencia creadora ayudada por los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. Estoy fascinado con los avances científicos que se producen casi cada segundo vital. Me ha impresionado el estado del arte sobre el mapa cerebral en formato de atlas que ya está a disposición de estudiosos, entre los que me encuentro, para conocer mejor las similitudes de enfermedades y éxitos humanos, comparando más de siete mil muestras tomadas entre voluntarios que han cedido su forma de ser cerebral para el beneficio de la humanidad, en los últimos diez años y facilitando un fondo de 40 billones de datos. Se encuentra en la Universidad de California, en el Laboratorio de Neuroimagen, donde se están llevando a cabo los avances más espectaculares en el mapeado de las funciones y estructura del cerebro, a través de algoritmos computacionales y de imagen por ordenador. El atlas resultante se ha constituido a través de mapas informatizados que muestran los planos del cableado y los circuitos de las neuronas, la psicología, la bioquímica y la biología molecular de las estructuras y las funciones cerebrales. Es una maravillosa y potente herramienta para descifrar los misterios del cerebro, ayudar al tratamiento de las enfermedades mentales y potenciar la digitalización de algunas formas de actuar de la inteligencia humana y animal.

También he verificado el grado de avance en el conocimiento de la corteza cerebral. Según fuentes acreditadas en 2005, “durante los próximos dos años, los científicos de ambas organizaciones trabajarán a la par utilizando la enorme capacidad de cómputo de la supercomputadora eServer Blue Gene de IBM a fin de crear un modelo detallado de los circuitos de la neocorteza, la parte más grande y más compleja del cerebro humano. Ampliando el proyecto para modelar otras áreas del cerebro, los científicos esperan con el tiempo poder construir un modelo exacto y basado en computación del cerebro completo. Relativamente poco es lo que en realidad se sabe sobre el funcionamiento del cerebro. Utilizando el modelo digital, los científicos realizarán simulaciones del cerebro basadas en computación a nivel molecular, para echar luz sobre procesos internos tales como el pensamiento, la percepción y la memoria. Los científicos también esperan poder conocer cómo y por qué ciertos microcircuitos funcionan mal en el cerebro, como sucede en alteraciones psiquiátricas como el autismo, la esquizofrenia y la depresión”. Creo que se abren unas posibilidades que obligan a estar muy cerca de estas realidades auspiciadas por IBM y la École Polytechnique Fédérale de Lausanne (EPFL) bajo la denominación científica de Proyecto Blue Brain (Cerebro azul). El proyecto intentará en palabras del doctor Henry Markran, director del Laboratorio de Circuitos Neuronales integrado en el Instituto de Mente y Cerebro de la EPFL, “hacer una réplica en software de una columna de la neocorteza. La neocorteza constituye aproximadamente el 85% de la masa total del cerebro humano y se le atribuye responsabilidad por las funciones cognitivas del lenguaje, el aprendizaje, la memoria y el pensamiento complejo. Una réplica exacta de la columna de la neocorteza es el primer paso esencial para simular el cerebro completo y también brindará el enlace entre los niveles genéticos, moleculares y cognitivos de la función cerebral. En fases siguientes del proyecto, se ampliará la simulación para incluir circuitos de otras regiones del cerebro y, con el tiempo, del cerebro completo”.

En tercer lugar, asisto como espectador e investigador a la demostración científica mundial en los progresos para imitar las funciones del cerebro, destacando sobre todas el vuelco en relación con la regeneración de las neuronas, dando al traste con lo investigado hasta hace solo dos años. Se demuestra, por otra parte, que la estructura del cerebro es relativamente simple, porque a diferencia de las computadoras, cambian de manera constante sus conexiones para modificar la forma en que procesan la información: “Ahora tenemos microscopios que pueden ver conexiones individuales entre neuronas. Hemos podido determinar que el cerebro puede retraer conexiones y fabricar otras nuevas en pocos minutos”, dice el profesor de bioingeniería de la Universidad de Stanford, Kwabena Boahen. Eso permite explicar cómo unos dos kilos de neuronas, dentro de la caja mágica de un cerebro tipo humano, pueden concretar todas las operaciones vinculadas al pensamiento humano. Boahen cree que previos intentos para crear inteligencia artificial han fracasado porque los científicos no tomaron en cuenta esa extraordinaria flexibilidad del cerebro. “Con el fin de lidiar con la complejidad, necesitamos determinar cómo hacer que las cosas se conecten”, dice. Su solución es crear chips que puedan reprogramarse en respuesta a la información que reciben. Como neuronas en el cerebro, deben eliminar viejas conexiones y crear nuevas de acuerdo con las necesidades. A diferencia del cerebro, los chips no cambian sus conexiones, se basan en un itinerario para seleccionar información y decidir qué curso seguir. El primer producto del laboratorio de Boahen es un chip retinomórfico, que está siendo sometido actualmente a una serie de pruebas. El chip contiene unos seis mil fotorreceptores y cuatro mil conexiones de nervios sintéticos. Su tamaño es de una octava parte de la retina humana. Además, consume solo 0.06 vatios de energía. Una computadora digital, en contraste, usa un millón de veces más energía que un cerebro humano. “Hacer prótesis neurales requiere que igualemos la eficacia del cerebro, no solo su actuación”, dice Boahen. Un chip de ese tipo podría ser colocado dentro de un ojo en uno o dos años, dice, luego de que los ingenieros logren resolver algunos problemas, como la fabricación de una “interfaz” eficaz y una fuente compacta de energía.

En definitiva, se trata de imitar de la mejor forma posible lo que alcanzamos a ver en el laboratorio de la vida y para ello tenemos que conocer antes cómo funciona el cerebro, diagramándolo. Y eso es lo que Bruce McCormick, director y profesor emérito del Laboratorio Neurológico de la Universidad Texas A&M, espera crear usando una cámara microscópica denominada Tomografía del Tejido Cerebral. El aparato rebana tejido del cerebro de una rata usando un cuchillo de diamante, lo ilumina con un rayo láser, registra una imagen con una cámara digital y almacena los datos en un disco duro. El dispositivo puede recoger detalles aun más pequeños que los de una neurona individual. Y la información visual es luego reconstruida para crear un modelo tridimensional del cerebro. “Ahora podemos hacer la tomografía del cerebro de una rata en menos de un mes”, dice McCormick. Pero el cerebro humano es mil quinientas veces más grande que el cerebro de una rata, y contiene cien billones de conexiones. Por lo tanto, el Laboratorio Neurológico enfrenta grandes desafíos. El equipo del laboratorio requiere desarrollar programas que puedan registrar los grandes volúmenes de información visual desde todos los ángulos. La intención es completar un mapa del cerebro humano en 20 años.

Ray Kurzweil, un investigador de inteligencia artificial, que ha publicado recientemente un libro muy polémico, La singularidad está cerca, ha afirmado que “dentro de 30 años, posiblemente antes, tendremos todos los datos sobre el cerebro humano y estaremos en condiciones de crear sistemas que podrán emularlo”. Añade en este sentido: “se creará una inteligencia superior. Un ordenador es más rápido que el cerebro humano en algunas cosas, pero lo difícil es que tenga la riqueza, sutileza y profundidad de nuestro pensamiento. Para lograrlo será clave el software de la inteligencia, basado en la ingeniería inversa, que copia el funcionamiento del cerebro humano. Nuestros circuitos cerebrales son tridimensionales y se basan en unas complejísimas conexiones. Escaneando el cerebro podremos crear una réplica, y usando circuitos artificiales tridimensionales de nanotubos (tubos microscópicos) podremos imitar su funcionamiento y crear una inteligencia artificial avanzada. El profesor norteamericano Andreas Nowatzyk ya trabaja en un proyecto para copiar el cerebro de un ratón. Es un primer paso para lo que vendrá luego”. Para Kurzweil, “la Singularidad es un concepto que acuñó en los años 50 John Von Newmann, uno de los padres de la cibernética, para referirse al impacto que tendría el desarrollo tecnológico sobre el futuro. También es un término que en matemáticas significa infinito. En el libro hablo del cambio crucial y profundo que representará la unión de la inteligencia artificial y la humana. Será una ruptura en la historia”.

Sigo creyendo que este siglo será el siglo del cerebro y acompañadas estas investigaciones de los avances espectaculares en genómica, se conocerá con gran detalle cómo funciona el cerebro, en salud y enfermedad y, por tanto, la conducta humana, sana y enferma, aunque el carácter irrepetible de la circunstancialidad que modela las conductas de acuerdo con patrones sociales, nunca llegará a reproducirse en el laboratorio, simplemente por un principio presocrático muy radical desde el punto de vista científico y de autor conocido, Heráclito de Éfeso: nadie se baña dos veces en el mismo río…, de la vida personal e intransferible. Aunque creo firmemente que la ciencia nos permitirá cruzarlo para ir siempre hacia adelante.

Sevilla, 5/VIII/2006

La NASA reconoce la inteligencia española

A las 3.50 horas de hoy, saltaba la noticia al mundo de agencias sobre algo que nos concierne en la preocupación existencial sobre el origen de la vida: “La NASA ha encargado al Centro de Astrobiología (CAB) de Madrid la estación meteorológica con la que contará el laboratorio robotizado que enviará a Marte en el año 2009 para averiguar si el planeta rojo tuvo en el pasado condiciones para la vida y si todavía las tiene”. Y este Centro, dirigido por una persona apasionante sobre la que escribí algunas impresiones el pasado 27/V/2006, el Profesor Juan Pérez Mercader, con su mochila de conocimientos científicos al hombro, tal y como le saludé por primera vez en El Rompido (Huelva), el 25 de mayo pasado, entregará al mundo su inteligencia conectiva para desentrañar las claves de los interrogantes que nos pueden ayudar a prepararnos para lo que viene.

Entre tanta noticia de catástrofes psicológicas y sociales, donde el dolor de los débiles son siempre portada gratuita de una sociedad que cambia rápidamente de canal para que no nos amarguen la sobremesa y la tarde, porque los responsables son siempre “los otros”, noticias como la del reconocimiento al Centro de Astrobiología de Madrid son una bocanada de recuperación de la credibilidad en el ser humano, en su inteligencia creadora con proyección digital.

Solo quería agradecer al profesor Juan Pérez Mercader esta contribución. Probablemente no era la noticia del día, pero quién sabe si será la del mañana próximo, cuando determinados informes de ese laboratorio en Marte nos ayuden a desvelar que no podemos seguir viviendo y pensando como hasta este aquí y este ahora. Y el profesor Pérez Mercader nos contará con su sencillez abrumadora que cuando un día se despertó a la ciencia, la vida en Marte ya estaba allí. Como nos lo contaría Augusto Monterroso en su brevedad creadora. Porque entre las habilidades del profesor Pérez Mercader está la de escribir “cuentos científicos” para la humanidad: “érase una vez un accidente congelado en la evolución del universo”…

Sevilla, 16/VII/2006

Estrella, extraordinaria mujer

Hoy han publicado esta carta, bajo el título «Estrella Morente», en el suplemento dominical «Magazine» que edita «La Vanguardia» y que se entrega junto a varios periódicos que se publican en todo el territorio español. Como está cambiado el título y han suprimido la última frase del original, prefiero respetar el contenido exacto que envié el 18/VI/2006, sabiendo que lo publicado es fiel reflejo, prácticamente exacto, de lo que quería decir a quien lo quisiera leer. Esta es la gran maravilla del conocimiento compartido a través de Internet, como lección magistral de inteligencia digital aplicada, porque en tiempo real se puede conocer la verdad de lo sucedido…

Finalizaba su actuación en el teatro Maestranza, de Sevilla. De pronto dio un traspié por un escalón desagradecido y todo el teatro se sobrecogió por la posibilidad de caerse Estrella, porque todos la habríamos recogido en nuestros brazos para devolverla al escenario, a su firmamento, donde ella hace sentir rápido a los corazones, aunque no entiendas en toda su profundidad lo que quiere decir a cada uno al oído. Y Estrella, la hija de Enrique Morente, “la cantaora del nuevo siglo” (Magazine de 18/VI/206), continuó su cante, su baile, sin ayuda de nadie, como si no hubiera pasado nada, con la maestría aprendida de su madre, Aurora Carbonell, mujer que me pareció admirable en una entrevista entrañable de Jesús Quintero y que me permitió comprender mejor a Estrella, en su baile de tintes árabes, en su cante reivindicativo de mujer de etnia gitana que canta la dignidad de sus vidas difíciles hechas vibraciones de sentimientos y emociones de la experiencia diaria. ¡Qué gran lección!.

Teníamos una entrada de Paraíso, de un sitio muy lejano en el argot de los teatros, para comprender el compromiso que Estrella Morente, la de Aurora y Enrique, desea regalarnos -como metáfora de la vida- cada vez que se sube a un escenario, aunque una probable “caída”, sin llegar a serlo, como la de cualquiera en la vida, nos permitiera aquél día, a todos, recogerla mentalmente entre algodones.

Con mi agradecimiento a los responsables de «Magazine».

Sevilla, 9/VII/2006

Género y vida

Investigación científica en España

Ha transcurrido muy poco tiempo desde que leía en mi periódico habitual una noticia muy estremecedora: “España necesita muchos años para equipararse en investigación científica a Alemania, por ejemplo, y en concreto necesitaría emplear medio milenio para llegar a los niveles de patentes que consigue esta nación europea” (El País, 2/VI/2006). Me sorprendía mucho constatar una realidad que es un secreto a voces, máxime cuando hacía muy pocos días que escuchaba al Profesor Juan Pérez Mercader, en directo, explicar con lujo de detalles cómo el hecho de ilusionar y ofrecer medios a los jóvenes investigadores era una de las mejores inversiones que podía hacer este país para ponerse a la altura de aquellos que en Europa, por ejemplo, destacan por esta visión de Estado, Gobierno, Fundaciones y capital ético.

Creo que hay que ponerse manos a la obra y pasar a la acción inmediatamente. Este país necesita armarse de actitud científica para retroalimentarse en conocimiento científico e inteligencia compartida. Y es cuestión de tener “visión” a largo plazo en la inversión financiera en inteligencia creadora, incrementando la cifra actual en referencia al PIB: tan sólo se gasta en investigación en España, en la actualidad, el 1% de su PIB, estando todavía a un punto de la media europea.

El rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Virgilio Zapatero, fue rotundo en su intervención en un acto organizado con motivo de la Feria del Libro de Madrid, el pasado 1 de junio: “para llegar a la inversión en I+D que se produce en Francia, España tendría que esperar a 2050, y en 2059 se equipararía a Alemania; para llegar a los baremos franceses y alemanes en el capital que dedican las empresas a la investigación, la ciencia de nuestro país tendría que esperar a 2086 y a 2306 respectivamente. Y en lo que se refiere a las patentes, sólo en 2515 seríamos equivalentes a la situación actual en Alemania. A los franceses los alcanzaríamos en 2257”.

Con este panorama tan alentador, el rector Gabilondo, de la Universidad Autónoma de Madrid, habló en ese mismo acto de la actitud investigadora: “Para investigar es preciso tener curiosidad y respetar a los mayores, buscar las huellas de los que nos preceden”. Es lo que el profesor Pérez Mercader explica habitualmente en su tarea divulgadora de la investigación y el retorno de la misma en efectos sociales: “si queremos entender cuál es el futuro de la vida de nuestro planeta tenemos que entender qué es la vida. Si no sabemos qué es no seremos capaces de entender cómo evoluciona, ni podremos predecir -aunque sea de forma global- qué va a ocurrir con ella. Toda la vida que conocemos en el planeta Tierra funciona en base a la química del carbono, y sólo tenemos ese ejemplo hasta ahora. Así que queremos entender si existe vida en otros lugares para compararla con la de la Tierra y así poder predecir nuestro futuro” (Fusión, Enero 2006). Sobran más palabras, porque para entender esas claves es necesario financiar la investigación que permita leer el “libro de instrucciones” de la vida.

Sevilla, 20/VI/2006

Funcionarias y funcionarios: inteligencia pública

Ayer fue un día muy importante en mi carrera profesional, al incorporarme como funcionario de carrera a la Administración de la Junta de Andalucía. Al mismo tiempo, fue un día muy normal porque esta nueva situación administrativa vino a reforzar -una vez más- mi creencia en la función pública, con independencia del rol que ocupe en mi “cada día” público. No sabía qué regalar a Andalucía por tanto como me ha dado para aprender a aprender de la función pública y hoy, aprovechando que tenía tiempo de silencio, he preparado este artículo sobre el nuevo borrador del anteproyecto de Ley del Estatuto Básico del Empleado Público, firmado por el Gobierno junto a los representantes sindicales el pasado 13 de junio, como premonición de lo que viene y que tanto he defendido, como una ventana que se abre para que pueda entrar viento fresco para las empleadas y empleados públicos, del Sur, si es posible…

A Blanca, la protagonista de una novela entrañable de Antonio Muñoz Molina, En ausencia de Blanca, no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Cuando en una ocasión vi aquel chiste de Forges, en el que aparecían tres presuntos funcionarios echados hacia atrás en sus sillones, con las manos cruzadas en la nuca y diciendo: “se me abren las carnes cada vez que me dicen que me tengo que ir de vacaciones…”, me pregunté el porqué de estas interpretaciones de la calle. Sin comentarios.

Como empleado público, he crecido junto a la reiterada referencia a Larra, ¡vuelva usted mañana!, en todos los años de dedicación plena a la función pública: educativa, sanitaria y tributaria, construyendo en contrapartida lo que llamaba “segundos de credibilidad pública”. Me ha pesado mucho la baja autoestima, ¿larriana?, que se percibe en el seno de la Administración Pública por una situación vergonzante que muchas veces no coincide con la realidad, porque desde dentro de la misma Administración hay manifestaciones larvadas, latentes y manifiestas (valga la redundancia) de un “¡hasta aquí hemos llegado!” por parte de empleadas y empleados públicos excelentes, que tienen que convivir a diario con otras empleadas y empleados públicos que reproducen hasta la saciedad a Larra (a veces, digitalizado y todo) y que hacen polvo la imagen auténtica y verdadera que existe también en la trastienda pública. Y muchas empleadas y empleados públicos piensan que la batalla está perdida, unos por la llamada “politización” de la función pública, olvidando por cierto que la responsabilidad sobre la Administración Pública es siempre del Gobierno correspondiente, y otros porque piensan que el actual diseño legislativo de la función pública acusa el paso de los años y que la entrada en tromba de las diferentes Administraciones Públicas de las Comunidades Autónomas, obligan a una difícil convivencia de la legislación sustantiva sobre el particular con las llamadas “peculiaridades” de cada territorio autónomo.

Aplicando el principio de realidad a esta situación, hace tiempo que vengo investigando la quintaesencia del empleo público, es decir, la función pública en sí misma, a sabiendas de que es una materia denostada en muchos ambientes sociales por el mal cartel que tiene proclamar a los cuatro vientos la identidad funcionarial, pero de marcado interés social por el impacto en el devenir diario de un Estado, de una Comunidad Autónoma o de una entidad local menor. A partir de esta línea, solo voy a referirme a la función pública desde la perspectiva de empleadas y empleados públicos, portadores y generadores de inteligencia también pública, para identificar así a aquellas personas que cumplen el principio constitucional de que el régimen general del empleo público en nuestro país es el funcionarial, como elemento garantista de la propia función pública, mediante empleo público de cualquier naturaleza, en relación con la ciudadanía.

En esta ocasión científica, se está fraguando un nuevo marco jurídico-administrativo que ofrece unas oportunidades extraordinarias, innovadoras y progresistas, también posibilistas, que desgraciadamente está pasando muy desapercibido para la sociedad española y andaluza. Se trata del borrador del anteproyecto de Ley del Estatuto Básico del Empleado Público, cuyo contenido ha sido consensuado y firmado el pasado 13 de junio entre el Gobierno y los sindicatos más representativos en las Administraciones Públicas. Tal y como se ha anunciado oficialmente, este Estatuto fija unas normas y derechos básicos para todos los empleados públicos, como el derecho a la negociación colectiva, una nueva estructura retributiva (ligada a la productividad y los rendimientos), nuevos modelos de promoción profesional, mejora de las normas de acceso y de la formación, así como la inclusión de medidas para reducir la temporalidad.

He leído este documento atentamente y creo que ofrece un futuro de cambio que habrá que gestionar adecuadamente, aceptando las dificultades intrínsecas que todavía tendrá que sufrir en el trámite parlamentario una vez aprobado el citado anteproyecto por el Gobierno. El texto que se ha presentado oficialmente y que, indudablemente, sufrirá cambios en su travesía del desierto que mantienen seco los agoreros de la contrainteligencia social, ofrece unas novedades que voy a resaltar introduciendo inteligencia aplicada a este análisis posibilista y realista, al tener ya sustento legal y permisivo para aceptar la realidad de la función pública en las Comunidades Autónomas. Hay que comenzar por la “exposición de motivos”, porque es donde se manifiesta la voluntad del legislador. Personalmente, es la parte que suelo estudiar con más detenimiento de las disposiciones de la Administración, porque normalmente el articulado se olvida y lo que suele ser materia recurrente en el conocimiento de la legislación vigente y sobre todo ésta que pertenece al género sustantivo, es la visión completa sobre lo que se desea legislar en el sentido más pleno y técnico del término, que solo se encuentra en la motivación fundada del texto en cuestión.

La frase introductoria de esta exposición de motivos es una declaración en toda regla de base constitucional, sustentada por el Artículo 103 de la misma, sobre todo en un alarde de inteligencia pública de la sociedad española en 1978 al no dedicar más que un artículo al difícil entramado que sustenta la función pública:  “El Estatuto Básico del Empleado Público establece los principios generales aplicables al conjunto de las relaciones de empleo público, empezando por el de servicio a los ciudadanos y al interés general, ya que la finalidad primordial de cualquier reforma en esta materia debe ser mejorar la calidad de los servicios que el ciudadano recibe de la Administración”. La Constitución hablaba de servicio objetivo a los “intereses generales”, no a los propios del aparato administrativo, de cinco principios que deberíamos grabar en letras de oro en la entrada de cada edificio, despacho y oficinas, de base pública: eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, y del sometimiento pleno a la ley y al Derecho.

Continúa esta exposición con una aclaración que acaba con el concepto monopolístico que divide hoy dos realidades en el seno de la función pública: el universo de los funcionarios y el de los laborales. Por una vez, se va a clarificar que el denominador común es el servicio a los ciudadanos, en términos de calidad percibida y sentida, con independencia de las señas de identidad funcionarial y laboral: lo único que ya debe importar es la función pública que se desempeñe por parte de empleadas y empleados públicos. Lo demás, son cuitas de trastienda pública que se deben resolver en el seno de las propias Administraciones, cuando salga a la luz el texto definitivo. Este texto abre posibilidades luego, en el articulado, para que se establezcan los auténticos factores de convergencia para que las señas de identidad sean únicas, para no volver loca a la ciudadanía. Por cierto, el texto necesita pasar por el análisis de la utilización del lenguaje no sexista para demostrar otra evidencia de opción por el cambio, dado que no es excesivamente cuidadoso al respecto.

Se aborda el poder de atracción (así) de la Administración de los profesionales que necesita de acuerdo con los “tiempos modernos” y para ello “la legislación básica de la función pública debe crear el marco normativo que garantice la selección y la carrera sobre la base de los criterios constitucionales de mérito y capacidad y que establezca un justo equilibrio entre derechos y responsabilidades de los empleados públicos. Además, la legislación básica ha de prever los instrumentos que faculten a las diferentes Administraciones para la planificación y ordenación de sus efectivos y la utilización más eficiente de los mismos”. Es excelente seguir contando con la Constitución para entrar en materia: comienza a preocupar y mucho para poder atraer a la función pública, la correcta selección, tan discutida en la actualidad, donde solo se prima la memoria (que no es toda la inteligencia posible y deseable a demostrar), la traída y llevada carrera profesional, tan inflamada de “cursitis” en los momentos actuales y de “antigüedad”, que solo con citarla ya pone en evidencia estos tiempos que corren. Ser antiguo no debe ser un mérito. Ser responsable durante mucho tiempo (así habría que medir la dichosa antigüedad) como empleada o empleado público sí debe ser un mérito a demostrar y valorar suficientemente. Sobre capacidad hay mucho que hablar, porque no nos ponemos de acuerdo sobre ella ni siquiera en el ámbito científico y creo que en ella está el secreto de la reforma de este Estatuto, es decir, en la inteligencia de proyección pública. Sobre estos cuatro conceptos, selección, carrera, mérito y capacidad, habría que abrir un debate con carácter de urgencia y un buen medio sería un foro público para crear teoría científica en consonancia con el debate parlamentario y que pudiera ser un buen observatorio democrático sobre una cuestión de Estado y que afecta a toda la ciudadanía y no solo a los dos millones y medio de empleadas y empleados públicos presuntamente implicados.

Se trata a continuación de la realidad de las empleadas y empleados públicos que trabajan en un territorio central, autonómico o local, deduciéndose del planteamiento que se presenta que no puede haber una carta con un solo plato o café para todos. Debe haber una legislación básica, sustantiva sobre derechos y deberes fundamentales en el servicio público, pero la idiosincrasia de cada uno de los tres niveles de Administración debe establecer su “política” de personal. Creo que se acierta con este planteamiento. Conozco bien la política de personal de un Organismo Autónomo en el que he trabajado durante media vida y sé de sus bondades, aciertos y fracasos, pero de lo que no hay ninguna duda es de su voluntad de adaptar la realidad de los profesionales de la función pública concreta a la realidad, también, de la gestión que hay que desempeñar y que espera la ciudadanía. Esa es la cuestión. Y a esto se le llama “política de personal”, que cuando se une a la “política de gestión”, en forma de “contrato-programa”, por ejemplo, el éxito está servido.

Cuando aborda, a continuación, la fragmentación de la función pública, que es buena en sí, porque atiende la especialización de la misma en atención a los requerimientos que la propia sociedad impone en la demanda de servicios, vuelve a tratar el tema recurrente de la dualidad de regímenes (funcionarial y laboral) en el seno del empleo público, con la aparición sistemática de la legislación laboral como entorno en el que se está desenvolviendo de forma creciente la función pública, a pesar del imperativo categórico al que hacíamos alusión al principio en relación con el régimen general del empleo público: “Esta diversidad de organizaciones ha contribuido igualmente a la heterogeneidad actual de los regímenes de empleo público. La correcta ordenación de este último requiere soluciones en parte diferentes en unos y otros sectores y, por eso, la legislación general básica no puede constituir un obstáculo ni un factor de rigidez. Antes al contrario, ha de facilitar e impulsar las reformas que sean necesarias para la modernización administrativa en todos los ámbitos”. Y fundamenta esta aparente inclinación de la balanza, sin que tengamos que tildarlo de grito guerrero “¡a por ellos!”, en la siguiente aseveración de principios: “La flexibilidad que este régimen legal (el laboral) introduce en el empleo público y su mayor proximidad a los criterios de gestión de la empresa privada explican la preferencia por él en determinadas áreas de la Administración”. Y como existen problemas reales y más que van a venir, porque se establecen competencias en el sentido más primigenio de competitividad, el anteproyecto entra en materia y regula aspectos marco para dos realidades que están obligatoriamente obligadas a entenderse y que están en camino de no retorno.

Un claro ejemplo de trasvase de “calidades intrínsecas” que se intercambian a diario y que puede ser un factor de convergencia, tan necesaria en la actualidad, es el de la negociación colectiva del personal al servicio de las Administraciones públicas, porque aunque ahora está separada para uno y otro tipo de personal hasta este momento, ha tenido como consecuencia una creciente aproximación de las condiciones de empleo que les afectan. Aparece la temida, a veces, negociación colectiva, por qué no unitaria, de todas las empleadas y empleados, públicos: “La negociación colectiva de los funcionarios públicos y del personal laboral, en los términos que contempla el presente Estatuto, habrá de contribuir finalmente a concretar las condiciones de empleo de todo el personal al servicio de la Administración, como ya sucede en la actualidad”.

Iniciada la negociación colectiva, aparece la declaración de principios que deben sustentar el empleo público: “Se empieza por un conjunto de principios generales exigibles a quienes son empleados públicos. A continuación se incluye un listado de derechos básicos y comunes de los empleados públicos, diferenciando eso sí el más específico derecho de los funcionarios de carrera a la inamovilidad en su condición, que no debe contemplarse como un privilegio corporativo sino como la garantía más importante de su imparcialidad. El Estatuto actualiza ese catálogo de derechos, distinguiendo entre los de carácter individual y los derechos colectivos, e incorporando a los más tradicionales otros de reciente reconocimiento, como los relativos a la objetividad y transparencia de los sistemas de evaluación, al respeto de su intimidad personal, especialmente frente al acoso sexual o moral, y a la conciliación de la vida personal, familiar y laboral”. La nueva concepción de inamovilidad de la condición de “funcionario”, la evaluación continua como herramienta de gestión propia y asociada y factor determinante de la productividad y la proyección económica que indudablemente debe llevar aparejada, la intimidad y la conciliación de la realidad social de cada empleada y empleado público son incorporaciones novedosas sobre las que queda mucho trabajo de conceptualización y fijación de términos correctos y comprensibles para el nuevo empleo público.

Los que defendemos la cultura del deber público, de la ética pública declarada y publicada, acogemos con gran satisfacción la regulación general de los deberes básicos de los empleados públicos, “fundada en principios éticos y reglas de comportamiento, que constituye un auténtico código de conducta. Estas reglas se incluyen en el Estatuto con finalidad pedagógica y orientadora, pero también como límite de las actividades lícitas, cuya infracción puede tener consecuencias disciplinarias. Pues la condición de empleado público no sólo comporta derechos, sino también una especial responsabilidad y obligaciones específicas para con los ciudadanos, la propia Administración y las necesidades del servicio. Este servicio público, se asienta sobre un conjunto de valores propios, sobre una específica “cultura” de lo público que, lejos de ser incompatible con las demandas de mayor eficiencia y productividad, es preciso mantener y tutelar, hoy como ayer”. Está muy bien expresada la voluntad del legislador al respecto y es un acierto introducir la conceptualización del constructo “cultura de lo público” que tendrá que contrarrestar el estado del arte actual de lo que siente la ciudadanía respecto del servicio público, quizá bien valorado en servicios directos, como pueda ser el de salud, pero muy criticado en otros ámbitos administrativos y de gestión donde interviene mucho la denostada “burocracia” con tintes de Larra.

Una novedad que va a causar mucho impacto es la aparición de la función directiva en el empleo público. Lo considero un acierto total, porque la profesionalización de la función directiva, demostrada su eficiencia y eficacia en la gestión, permitirá desenmascarar la crítica larvada sobre el clientelismo en los puestos directivos de la Administración, en general. El personal directivo “está llamado a constituir en el futuro un factor decisivo de modernización administrativa, puesto que su gestión profesional se somete a criterios de eficacia y eficiencia, responsabilidad y control de resultados en función de los objetivos. Aunque por fortuna, no han faltado en nuestras Administraciones funcionarios y otros servidores públicos dotados de capacidad y formación directiva, conviene avanzar decididamente en el reconocimiento legal de esta clase de personal, como ya sucede en la mayoría de los países vecinos”.

Otro cambio contemplado en el texto de referencia es el referido a la clasificación de los “funcionarios”, al establecerse “dos grupos de clasificación, uno para los administradores y facultativos y otro de carácter ejecutivo, divididos a su vez en dos subgrupos, lo que deberá hacer más fácil la promoción dentro de cada grupo. Asimismo se ha previsto la existencia de un grupo de ayudantes, a los que no se exigirá titulación”. Más adelante, en la ordenación y organización del empleo público, que no es lo mismo, el texto abre muchas posibilidades a las “peculiaridades” de las Comunidades Autónomas y a la propia Administración Local: “Sobre la base de unos principios y orientaciones muy flexibles, la ley remite a las leyes de desarrollo y a los órganos de gobierno correspondientes el conjunto de decisiones que habrán de configurar el empleo público en cada Administración”, incluso en sistemas retributivos en los que una vez salvado lo sustantivo, como no puede ser de otra manera, se podrá “caracterizar” la evaluación del desempeño y el rendimiento real, efectivo, medible y valorable, con objetividad científica, rompiendo el principio de “café para todos”.

Sobre el acceso al empleo público se pretende garantizar la aplicación de los principios de igualdad, mérito y capacidad, así como la transparencia de los procesos selectivos y su agilidad, sin que esto último menoscabe la objetividad de la selección. Este apartado debería desarrollarse con mucho más detalle conceptual, para evitar errores del pasado. La paridad de género es una novedad plena sobre lo que conocemos, en consonancia con la sensibilidad actual respecto del ordenamiento que garantice la igualdad real entre hombres y mujeres. En relación con la carrera profesional, se abre también una ventana de modernidad no trasnochada al incorporar conceptos tales como desarrollo de las competencias, rendimiento profesional, evaluación del desempeño, porque como dice textualmente el anteproyecto, “resulta injusto y contrario a la eficiencia que se dispense el mismo trato a todos los empleados, cualquiera que sea su rendimiento y su actitud ante el servicio”.

Al contemplar la convivencia pacífica de la carrera horizontal con la vertical, se ofrecen garantías de la no movilidad de puesto en virtud de concursos que han demostrado inferir a la Administración cambios traumáticos con una cadencia temporal que hace enfrentar intereses internos y externos, tanto de la propia Administración, como de sus efectivos reales, resultando siempre dañada y afectada la ciudadanía, gran olvidada en la situación actual, donde todo puede ser legítimo, pero no conveniente para garantizar servicios como demandante principal de ellos. En la actualidad, todo está tan “bien” diseñado desde la “política pública de personal” que los únicos que sobran, a veces, son las ciudadanas y ciudadanos, “ignorantes molestos” en frase de Hans Magnus Enzesberger. El “cambiar” continuamente por un mal diseño de lo que existe, se va a acabar. Gran novedad.

El legislador se atreve a hacer afirmaciones contundentes respaldadas luego por el articulado, pero que responde a un clamor popular: “la continuidad misma del funcionario en su puesto de trabajo alcanzado por concurso se ha de hacer depender de la evaluación positiva de su desempeño, pues hoy resulta ya socialmente inaceptable que se consoliden con carácter vitalicio derechos y posiciones profesionales por aquellos que, eventualmente, no atiendan satisfactoriamente a sus responsabilidades”. ¿Quién niega esta realidad social?. En los corrillos de las empleadas y empleados públicos, funcionalmente correctos, se reconoce que este carácter vitalicio se tiene que acabar. Quizá es un buen camino el que se traza, porque quizá ha sido la propia Administración la que muchas veces ha creado sus propios monstruos, dicho con todo el respeto. A ella compete solucionarlo y este texto aborda el problema, que no es poco, arbitrando también pautas de conducta pública muy taxativas.

No he pretendido ser exhaustivo y mi recomendación sincera, para construir tejido crítico público y responsable, es leer el texto original, completo, cuantas veces sea necesario para comprenderlo y dejar de hablar de memoria, creciendo todos en teoría crítica, para evaluarlo, emitiendo juicios bien informados, que es la esencia de la inteligencia cuando se abre a la actividad pública. La declaración de motivos termina con una confesión de “mala conciencia” histórica, pero que conviene aprovecharla en lo bueno que ha tenido y pensar que otra Administración es posible, porque la reforma, el cambio de la regulación del estatuto de empleo público se ha intentado muchas veces: “y así se lleva a cabo definitivamente mediante el presente texto, que ha sido elaborado tras un intenso período de estudio y reflexión, encomendado a la Comisión de expertos constituida al efecto y tras un no menos sostenido proceso de discusión y diálogo con los representantes de las Comunidades Autónomas y de otras Administraciones y con los agentes sociales y organizaciones profesionales interesadas. De uno y otro se deduce la existencia de un consenso generalizado a favor de la reforma y numerosas coincidencias sobre el análisis de los problemas que hay que resolver y acerca de las líneas maestras a las que dicha reforma debe ajustarse”.

Sevilla, 15/VI/2006

El compromiso intelectual

Desde que tengo uso de razón científica me he preguntado muchas veces cómo puede poner uno su inteligencia al servicio de la humanidad, de las personas y situaciones sociales que necesitan atención humana en el pleno sentido de la palabra. También me he preguntado muchas veces en qué consiste el compromiso de los intelectuales con esta misma sociedad, no optando por posiciones políticas de partido, con  militancia expresa. La verdad es que no he encontrado mucha literatura sobre el particular y, normalmente, son discursos muy elaborados que no están al alcance de todos los españoles, como diría el título de crédito del NODO al que recuerdo siempre en mis tardes de Madrid, pensando en Andalucía, de la que me sacaron sin muchas contemplaciones  cuando solo tenía cuatro años.

Aproximarse a una definición de libro es imposible. Cualquier definición solo recoge la forma de establecer defensas innatas para protegerse de los ataques del enemigo, que desgraciadamente suele verse en todas partes sin que realmente existan. Como llevo tiempo pensando en esta realidad, el compromiso intelectual, ahí van unas cuantas reflexiones. La primera nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo que nos rodea y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en clave aprendida del profesor Ronald Laing, es una tábula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Y por lo poco que se sabe al respecto, quedan muchos años para descifrar el código vital, el llamado código genético de cada cual, personal e intransferible, mejor que el carnet de identidad al que lo hemos asociado culturalmente por la legislación vigente, mucho más atractivo que el de da Vinci, aunque ahora sea menos comercial. Afortunadamente. La niña que ayer corría despavorida por las playas palestinas, temblándole los labios, horrorizada con lo que había pasado con familiares y amigos, acababa de grabar imágenes para toda la vida. Su compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre odio y perdón. A esto nos referíamos. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carnet, dependiendo de sus aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión.

La segunda vertiente a analizar es la del compromiso. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tanta veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso o diversión, en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no  vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carnet. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas anunciadas.

Una tercera cuestión en discusión se centra en el adjetivo del compromiso: intelectual y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar eureka a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan  en el quehacer y quesentir diario. Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona”, que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en el mercado mundial. Al tiempo.

Sevilla, 11/VI/2006

El punto omega (XII)

Con esta entrega finalizo la serie de artículos sobre la lectura actualizada del libro iniciático sobre Teilhard tantas veces comentado. El capítulo se centraba en “las directrices de la evolución humana” y el avance hacia el punto omega se concebía en tres direcciones. La primera, de una actualidad clamorosa, se refería a la investigación como motor imprescindible y necesario para el progreso de la humanidad. Teilhard estaba enamorado de la investigación científica y lo demostró con su aportación a la historia de la paleontología, geología y antropología. Creía que la investigación sería un acicate permanente para entender la vida. Cuando escuchaba el viernes pasado al profesor Juan Pérez Mercader, comprendí de forma exacta lo que Teilhard preconizaba hace muchos años: la necesidad de la ciencia, en definitiva, la perentoriedad del descubrimiento de la primera razón de la vida, de su primer vestigio, para entender la evolución de la humanidad: “todo se debe profundizar y todo se debe intentar”.

El progreso actual es maravilloso desde esta perspectiva. Cuando leía en el año 1966 que “un día, mediante el perfeccionamiento de las síntesis albuminoideas acaso el ser humano consiga producir vida”, vivía aquello como una profecía ilusoria que después se ha ido fraguando en el conocimiento profundo de los procesos vitales. La genómica está facilitando la lectura y comprensión del libro de instrucciones que cada ser humano lleva grabado en su existencia concreta. Y estamos cerca de descubrirnos tal y como somos, tal y como nos proyectamos para ser en la preconcepción y posiblemente se podrán enderezar las existencias torcidas por una programación genética “defectuosa”, que hoy denominamos enfermedad, locura, discapacidad u otras etiquetas sociales que nacen como metáforas del dolor. Teilhard lo intuyó en sus investigaciones: el ser humano llegará a tener un gran dominio sobre la vida psíquica, sobre el cerebro, sobre su razón de ser como es. Pero esta misma capacidad se proyecta a veces en inventar cosas peligrosas. Teilhard conocía la guerra, el frente en su sentido más primigenio, y la capacidad del ser humano para destruir en una contradicción sin límites. Actualidad pura.

La segunda dirección del progreso está en la investigación sobre la propia existencia del ser humano. Es la clave del Universo. Hoy se sabe que desde hace “solo” tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y que también es posible que hubiera vida antes en otros planetas, sobre todo en el planeta rojo, Marte. También existe consenso sobre la datación de nuestros antepasados más próximos, en unos 30.000 años, bajo la figura de hombre de Cromagnon. Y la debilidad de Teilhard estriba en su antropocentrismo terráqueo como meta de la evolución, algo que se discute hoy ampliamente. Por ello es apasionante conocer cómo comenzó la vida y saber en un futuro próximo si ya hubo vida en otros planetas al margen o antes que en el planeta que actualmente habitamos. Descifrar al ser humano es probablemente el “código de vida” que puede dar parte de la solución, porque la vida ya estaba antes. Incluso los creacionistas más radicales y las revelaciones cosmogónicas más arraigadas aceptan el principio antecedente de la vida: los cielos, el suelo o tierra, la haz de las aguas, etcétera, fueron antes que el ser humano (berechit bará elohim at achamayim uet aarest”: “en el principio (alfa) creó Dios los cielos y la tierra”, decían los pueblos ribereños del Tigris y Eúfrates, en el actual Iraq).

La tercera dirección era propicia en el terreno en el que se desenvolvía Teilhard: la unión entre ciencia y religión. No se debe sacar de contexto su realidad católica (era sacerdote jesuita) y la explosión de la Iglesia jerárquica contemporánea (años de posguerra mundial), porque traducía el sentir de la época: después de tres siglos de lucha entre ciencia y fe, ninguna de las dos ha dejado a la otra fuera de combate. La ciencia sigue sin tener todas las claves de la existencia. Se sabe cada día más, pero el factor sorpresa es continuo. Y genera un discurso muy denso en todas sus publicaciones científicas, donde siempre hay un homenaje a la dialéctica ciencia-religión, encrucijada que estudié contemporáneamente hace cuarenta años y que era terreno propicio para deserciones o abrazos teologales.

El punto omega sigue construyéndose. Esa era la gran aportación de la creencia en el ser humano. Algunos científicos trabajan sobre el punto alfa, el origen de la vida, y así lo entendí en la exposición del profesor Juan Pérez Mercader. Solo queda que el siglo del cerebro nos depare descubrimientos importantes sobre las claves de la inteligencia. Nos aproximará a la referencia de omega como fin simbólico de la existencia humana. Entenderemos por qué nos preocupa saber el origen y final de nuestras vidas. 

El pasado me revela la construcción del futuro
Pierre Teilhard de Chardin, a bordo del “Cathay”, 1935

Sevilla, 31/V/2006, cuarenta años después de descubrir que el mundo solo tiene interés hacia adelante…