Nooteca (II)

Cuando entré esta tarde (20.30 horas) en Wikipedia para comprobar la voz Nooteca, que presentaba en mis anotaciones de esta mañana, aparecía el siguiente mensaje en pantalla:

“Mantenimiento de Wikipedia: En breve, un bibliotecario borrará esta página
Puedes consultar las razones por las cuales ha sido solicitada esta acción en «Lo que Wikipedia no es» y en «Wikipedia:Páginas para borrar».

Motivo: Wikipedia no es fuente primaria”

He consultado qué se entiende por fuente primaria en “Wikipedia:Wikipedia no es una fuente primaria”, obteniéndose la siguiente información:

“En términos generales, pueden distinguirse dos clases de textos en la difusión del conocimiento. Por una parte, existen textos que presentan por primera vez hallazgos científicos o históricos —como observaciones de laboratorio, transcripciones de experimentos, investigaciones realizadas mediante trabajo de campo, encuestas, censos, transcripciones jurídicas, documentos de época— o que ofrece por primera vez una interpretación teórica de estos hallazgos, incrementando o reestructurando los conocimientos sobre un saber. Por otra parte, hay textos que exponen de manera más o menos sistemática lo que, en los textos de la primera clase, se presenta y desarrolla.
Los textos de la primera clase se llaman habitualmente fuentes primarias; son normalmente, en las disciplinas académicas, las publicaciones periódicas especializadas, los libros de autores o editores expertos, o las memorias de investigación; en ámbitos no académicos, como la televisión o la prensa, constan de las publicaciones y emisiones originales. Lo importante, en este contexto, es que Wikipedia no es una fuente primaria.

Esta política es uno de los tres principios básicos para evaluar el contenido de Wikipedia, junto con el de neutralidad en el punto de vista y verificabilidad. Los tres principios están íntimamente relacionados: la neutralidad se garantiza al representar adecuada y objetivamente la opinión de los profesionales, y la verificabilidad permite asegurarse de que la representación es efectivamente adecuada.”

Ante esta situación, estimo conveniente ofrecer la transcripción literal de la voz propuesta para conocimiento de todos:

“La voz Nooteca tiene su raíz en el constructo griego Νόοθήκη (νόος: inteligencia, espíritu, mente, pensamiento y θήκη: depósito, receptáculo, caja, cofre).
Al igual que utilizamos la palabra biblioteca, en sus acepciones de enciclopedias y diccionarios convencionales, en soporte papel o digital, es necesario crear un espacio en la Red para localizar lugares y sitios en Internet, especializados en inteligencia y conocimiento, que estén fundamentados en el mundo digital. A tal efecto, nace la idea de crear un espacio digital específico sobre la inteligencia, de alta disponibilidad en la red, es decir, la Nooteca, como conjunto de libros, revistas y documentos, en soporte digital, que tratan sobre la inteligencia en sus múltiples acepciones. Si se institucionaliza como soporte, se trataría como institución cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, intercambio, estudio y alta disponibilidad en Internet, de libros, revistas, documentos e información digital sobre la inteligencia humana y de los seres vivos.”

Trabajaré en esta «fuente primaria» y analizaré las razones.

Sevilla, 30/V/2006

Nooteca

Hoy he incorporado a la enciclopedia libre multilingüe Wikipedia una nueva voz, como aportación al siglo del cerebro, en el que vivimos en la actualidad, y como homenaje explícito a la figura de Pierre Teilhard de Chardin. Se trata de la palabra “Nooteca”, como empresa científica a acometer desde todas las latitudes del Universo. Es urgente crear un gran fondo documental sobre la inteligencia en su más amplia acepción y qué mejor lugar que Internet y la gran malla mundial para dar cabida a este lugar de encuentro, a este cofre virtual del cerebro explicándose a sí mismo. Estoy diseñando la forma de comenzar a prestar este servicio en este cuaderno de bitácora, como trabajo cooperativo, donde se pueda ir mejorando por todas las personas, universitarios, científicos que estén interesados en construir un repositorio común, libre de todo tipo de trabas y como el mejor homenaje a Teilhard de Chardin en su maravillosa expresión de la Noosfera.

En unos días daré forma a este proyecto. Será de una sencillez extrema para que las personas interesadas en colaborar lo tengan muy fácil y el conocimiento sea de verdad compartido desde el intercambio humano más básico. Se podrá ir enriqueciendo poco a poco, hasta hacerlo complejo como cualquier sistema emergente. Cada cual podrá localizar su punto de interés inteligente a tenor de sus expectativas. Llevará por nombre “Nooteca” y alcanzará su máxima expresión cuando estén interesados en él los centros de conocimiento en cualquiera de sus manifestaciones, rurales y urbanos, personales  e institucionales, con un denominador común: estar preocupados por conocer mejor el cerebro, sus maravillosas expresiones que hacen posible el que las personas seamos más felices y podamos demostrar al Universo, como lugar en el que vive cada uno, que otro mundo es posible siempre y cuando sepamos más de porqué somos así.

El proyecto “Nooteca” dará preferencia al conocimiento creado en Andalucía, en España, con unos apartados específicos, porque debe ser un espacio en el que tanto los jóvenes como los mayores andaluces pongan a disposición de la gran malla mundial de cerebros humanos, los avances que esta región está llevando a cabo, a veces en el más absoluto de los silencios y por qué no decirlo, de los desprecios. Por su inteligencia compartida los conoceremos.

Gracias por haber llegado hasta aquí en la lectura. A partir de ahora, cuéntalo en todos los lugares amables para crear ilusión y procura ser proactiva ó proactivo, es decir, toma la iniciativa que creas más conveniente, porque la inteligencia de la mujer tendrá un lugar especial como apartado prioritario del proyecto Género y vida que comencé el 5 de febrero de 2006 en este cuaderno de inteligencia digital. Cualquier idea será bien recibida. Porque parte de la inteligencia humana, la que nos hace más libres y creativos, resolviendo el principal problema de todos los días: encontrar sentido a lo que hacemos en nuestro papel de hombres y mujeres que hemos nacido para vivir con cada oportunidad sentida y resolviendo de forma más o menos acertada los problemas de cada día. Con nuestro cerebro global, con nuestra inteligencia particular.

Sevilla, 30/V/2006

Juan Pérez Mercader

Han pasado unos días desde que escribí la última entrega a este cuaderno de bitácora, en definitiva a los que van formando parte de esta célula despierta que forma parte de la malla pensante teilhardiana. Este paréntesis se cierra con este pequeño homenaje que deseo hacer al Profesor Pérez Mercader, con el que he tenido el honor de cruzar ayer unas palabras y, sobre todo, escucharle atentamente en una intervención sobre “La exploración de Marte en el siglo XXI”. Ha sido como acto de clausura en las XVIII Jornadas entre las Comunidades Autónomas sobre la gestión de los tributos cedidos y ha sido un auténtico regalo con denominación de origen, valga la expresión, por sus raíces andaluzas y por la inmensa valía de su persona.

La sencillez extrema del Profesor Pérez Mercader era su auténtico efecto halo a lo largo de la exposición. Su contenido fue sugerente, atractivo, plagado de interpretaciones no inocentes, con uso y disfrute de vocabulario del lugar y con un homenaje permanente a sus discípulos (seguro que amigos), a los que citó con nombre y apellidos en un homenaje explícito a los jóvenes y al conocimiento que se trabaja y exporta desde Andalucía, en experiencias tan impresionantes como las que se llevan a cabo en el Río Tinto (Huelva).

Marte fue una excusa para dar un repaso al estado del arte de la investigación marciana y terrícola en el aquí y ahora y en el escenario de los próximos diez años. El canto a la vida y la proactividad en el diagnóstico comparativo de lo que pasó en Marte para que nos pueda servir aquí en la Tierra, me pareció un hilo conductor trascendental, más allá de los tecnicismos al uso y de la realidad tragicómica que se nos pinta a diario. De vez en cuando lanzó mensajes subliminales sobre la necesidad de inversión en investigación y desarrollo, y el foro tributario, a nivel de Estado, era propicio para calibrar la importancia de la participación ciudadana y de los presupuestos estatales y autonómicos en la autentica investigación que sirve para algo con un retorno que él explicaba una y otra vez bajo la forma de patentes y aplicaciones en la vida ordinaria.

El misterio de cuándo empezó la vida lo fue develando de forma sorprendente. Se entendía bien su mensaje: nos interesa estudiar qué pasó en Marte para estar preparados para lo que tiene que venir indefectiblemente. Desde hace solo tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y se sabe que también hubo vida antes en otros planetas, sobre todos en el planeta rojo. Y la vida debe ser estudiada en todas sus manifestaciones primigenias, muy hilvanada con el agua. Así fue avanzando en su exposición, en una excursión virtual por las bacterias, el Río Tinto, a través de sus hematites, hasta llegar al esplendor europeo actual, en su actividad geoespacial e, indudablemente, Estados Unidos, con su programa de exploración de Marte desde hace años y para 2009.

Me pareció extraordinario conocer la participación española en estos Proyectos. Jóvenes y otra vez jóvenes investigadores que ponen su conocimiento al servicio de la humanidad para conocer cómo podemos interpretar la que ocurre a diario en la Tierra, una vez aprendido lo principal y primigenio en las excursiones a Marte.

Terminó con una lectura de Ócnos, sobre la Naturaleza, del poeta sevillano Luis Cernuda, con la maestría de la experiencia y voz de Amancio Prada:

Le gustaba al niño ir siguiendo paciente, día tras día, el brotar oscuro de las plantas y de sus flores…

y un poema de Omar Jay´yam (1057-1123), interpretado por Camarón, que nos sobrecogió a todos:

El mundo es un grano de polvo en el espacio
La ciencia de los Hombres, palabras
Los pueblos, los animales y las flores de las siete colinas,
Son sombras de la nada.

Sobran más palabras. Sólo, gracias desde este rincón de la Noosfera.

Sevilla, 27/V/2006

El punto omega (XI)

El capítulo que comento hoy llevaba por título “El punto omega”. Era la primera vez que me enfrentaba a una lectura finalista, por principio, en una espectacular paradoja existencial. Pero me anudó definitivamente a una dialéctica casi apocalíptica, de principio y fin de la vida, donde se desencadenan los grandes interrogantes científicos. Para Teilhard la evolución tiene un horizonte claro, el punto omega, en clave evolucionista: la consciencia se intensifica y así seguirá siendo en lo sucesivo, siempre. Toda la intensificación de ha desarrollado y se desarrolla en la hominización, al hacerse personal e intransferible. Siempre en torno a una realidad mágica e incuestionable: la consciencia. Pero, ¿qué queremos decir con este vocablo?.

He iniciado una lectura comparada de un libro de divulgación sobre la realidad del cerebro, que intenta explicarlo en lenguaje cercano (1): proceso mental que engloba procesos distintos que están localizados en el cerebro también en lugares distintos. Y explica las consciencias de fondo y las más actuales, porque nos “preocupan” más: las percepciones, los recuerdos, los sentimientos y las emociones, la atención. Siempre en torno a una palabra clave: la consciencia, la conciencia en su acepción más basal. Si partimos del lema “conciencia”, tal y como lo define el DRAE (1992) en su primera acepción: propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”, podemos deducir de forma clara y contundente que estamos hablando de un proceso mental que afecta a cada ser humano, de forma diferente. Ferrater Mora definía este término como “percatación o reconocimiento de algo, una cualidad, una situación, etc., o de algo interior, como las modificaciones experimentadas por el propio yo”.  Si analizamos su recorrido histórico-etimológico, sabemos que se deriva del latín “cosnscientia” y, a su vez, del griego «suneídesis», «suneidós» ó «sunaíszesis». La utilización por Crisipo de Soli, filósofo estoico, de mano explicativa y dialéctica, según lo conocemos gracias a la escultura que figura en el Museo del Louvre, atestigua su significado primigenio: “suneídesis” es tener conciencia y conocimiento de los propios actos. Ferrater afina más el análisis del término y aporta una clasificación vinculada al sentido psicológico que es la que recojo aquí de forma interesada: la conciencia es la percepción del yo por sí mismo, es decir, es la apercepción en su estado puro, autoconciencia. Magnífica concreción. En el lenguaje popular, cotidiano, que tanto me gusta estudiar, se define muy bien el término: “Fulano de tal es un inconsciente”, es decir, ha perdido el control de sí mismo, a diferencia de cuando se utiliza también en la expresión, “no tiene conciencia”, ya que tiene una carga moral que en este momento no ha lugar en el análisis.

¿Por qué he hecho este excursus sobre el término “consciencia”?. Indudablemente por mi permanente obsesión en la aprehensión del lenguaje que utilizamos, de base diferenciadora en el ser humano y que hoy se puede mejorar en el discurso de ruptura con la brecha digital. La unificación de sentido en el lenguaje respetado de cada uno es una necesidad que se tendrá que contemplar en Internet. Experiencias como la de la enciclopedia construida con base popular -“wikipedia” es un ejemplo excelente-, permitirá ir enriqueciendo el conocimiento de la conciencia, por ejemplo, porque se intentará llegar a un consenso universal en su contenido. Ya no valdrá salir del paso científico en un debate de estado, de barrio o familiar, diciendo: “si al final queríamos decir lo mismo”, cuando la realidad es que no es así, decimos siempre cosas muy diferentes, porque vivimos realidades muy diferentes, porque nuestra conciencia depende del grado de gobierno que tenemos sobre nuestra realidad existencial. Crisipo lo definía bien: tener conocimiento y conciencia de los propios actos. Eso es lo primero. La carga moral sobre esa toma de conciencia la puso la historia a través de la ética, de la moral y de las religiones. Pero lo primero, fue y es lo primero.

Teilhard estaba interesado en demostrar que la evolución culminaría en un grado sumo de “consciencia”, en un punto final denominado “punto omega”, porque el futuro de la humanidad consiste en centrarse alrededor de un punto: omega. Y señala una fuerza de atracción convergente: el amor. Puede sonar a cursilería pero no he querido descontextualizar su auténtica posición científica y su origen jesuítico. Para Teilhard, las diferentes manifestaciones de amor, hoy traducidas a movimientos solidarios, Estados comprometidos con el bienestar social y los grandes principios democráticos, y las organizaciones no gubernamentales que están trabajando en el mundo que no queremos ver en los telediarios y documentales de compromiso social, ejercen una fuerza de atracción hacia el punto omega e indican la necesidad de convergencia. La Noosfera, en su versión Internet, permite que “veamos” la pérdida y/ó toma de consciencia de seres humanos que luchan por sobrevivir en tareas de supervivencia cotidiana. En palabras de Teilhard, “la noogénesis asciende sin retroceso posible hacia el punto omega”. Debemos aspirar a una humanidad unificada y ese es el gran proyecto omega. Él calibraba una temporalidad de millones de años, para este gran acontecimiento convergente, tomando conciencia del progreso humano y científico. Su esperanza, que es la nuestra, la mía en concreto, era que la gran malla humana que habita este planeta, descubriera día a día su puesto en el Universo y, a nivel celular, que trabajara para la convergencia en omega, brindándonos hoy Internet una plataforma de conocimiento a través de la banda ancha como nuevo caudal de sangre que alimenta el “cerebro” pensante de cada ser consciente. La ciencia nos ayudará, sin duda alguna. Entre otras cosas, porque sabremos más de la felicidad cerebral, la más auténtica. Porque tomaremos conciencia de ello.

Y cuando podría poner punto final al capítulo de hoy, para vernos próximamente en este salón virtual, recuerdo que los últimos descubrimientos científicos sobre la consciencia demuestran que ésta solo ocupa el 2% de la actividad cerebral permanente del ser humano. Todo lo que ocurre, supuestamente al margen de la consciencia, ocupa el 98%, es inconsciencia pura, en permanente actividad. Y esto es lo que trae loco al investigador sobre inteligencia artificial. La actividad inconsciente es como un disco duro virtual que está grabando todo, absolutamente todo lo que nos ocurre sin que “nos demos cuenta”, al menos, aparentemente, “ocupando” millones de neuronas y carga eléctrica asociada, así como compuestos químicos y actividad física vinculada. Una central de inteligencia asociada a esta escritura, por ejemplo, pero que va dejando piedras blancas virtuales por el camino, sin que seamos capaces hoy de descifrarlas en el aquí y ahora de cada uno. Y lo emocionante radica en constatar, y así se ha demostrado científicamente, que los sentimientos son grabaciones “para toda la vida”, como se demuestra en la recuperación para la conciencia de los mejores momentos de nuestra vida, como si se tratara de un coleccionable particular, entregado posiblemente en fascículos para todo aquél que lo quisiere ver y escuchar. Las memorias escondidas que solo aparecen cuando las provocamos de forma consciente o inconsciente, dan lugar a la evocación de la criptomnesia, el desconocimiento consciente de otras memorias asociadas posiblemente a hechos de vida, pero de los que no recordamos el momento preciso de la grabación y con qué calidad se hizo. Y la corteza cerebral vuelve para hacer acto de presencia en una reivindicación contemporánea de la consciencia, aunque no se sepa dónde está alojada. Su responsabilidad estriba en coordinar las áreas asociativas del cerebro aunque otros elementos entren en juego. Ayudada por el glutamato, como neurotransmisor cerebral que si es neutralizado provoca pérdida de consciencia, aunque todo siga grabándose en una misión posible.

A pesar de todo necesitamos creer en el punto omega. A mí, por ejemplo, me sigue pareciendo el amor un neurotransmisor que hace felices a las personas y que justifica esta presencia en Internet para estrechar la malla de cerebros pensantes e interconectados, que nos respetamos, apreciamos e incluso queremos. Y la corteza cerebral lo sabe. Por algo será, aunque desgraciadamente no sepamos explicar todavía en la soledad sonora del laboratorio de la vida la consistencia de este punto omega teilhardiano.

(1) Rubia, F. J. (2006). ¿Qué sabes de tu cerebro?. Temas de Hoy: Madrid, págs. 130-136.

Sevilla, 20/V/2006

El punto omega (X)

Y seguí…, en un mañana prolongado en el tiempo, por lo que pido disculpas en mi cita cotidiana. Para Teilhard, el valor “tiempo” era un referente que nos lleva a marcar distancias con el progreso. Es verdad que cualquier investigación actual, retrospectiva, permite fijar cada vez mejor la realidad de nuestros antepasados. Pero lo verdaderamente apasionante e ilusionante, al mismo tiempo, es la posibilidad continua de ser en el mundo porque somos un estadio temprano y muy primitivo que se constata solo con mirar hacia atrás, sin ira, y reflexionar sobre lo necesario que ha sido el tiempo para poder llegar a ser lo que somos. Cuando tomamos conciencia de nuestro papel en el cosmos, se relativiza todo. Los astronautas cuentan siempre la misma experiencia: lo que sienten cuando salen a pasear por el espacio. La pequeñez extrema, a pesar del entrenamiento espartano en su base de lanzamiento y su teórico dominio sobre la materia. Y su sorpresa escatológica, a modo de síndrome de Gagarin (1961): «¿Dónde está Dios? ¡No le he visto!».

Teilhard compara permanentemente nuestra esperanza de vida con la historia de la humanidad. Y comprende el posible abatimiento para quien emprende una tarea investigadora hacia alguna parte, sobre todo cuando conocemos cada día que pasa la inmensa posibilidad de conocimiento que puede llegar a tener la persona inteligente. Y navegando en vocabulario cargado de mística contemporánea, Teilhard intenta “consolarse” con el análisis retrospectivo de la necesidad del tiempo hacia delante que es posible solo por haber tenido tiempo el investigador hacia atrás. Llega a hablar incluso de “derroche” de tiempo en el Universo para llegar a ser lo que somos, para que el cerebro llegue a ser lo que puede llegar a ser. Y en esta fracción de tiempo existencial surge la gran pregunta de Teilhard: ¿qué sucederá si el ser humano, antes de que haya llegado al término de su edad biológica, que los especialistas estiman en uno o dos millones de años, se destruye a sí mismo con comportamientos antibiológicos, como los que estamos viviendo en la actualidad?.

La verdad es que no necesitamos que nos den la noche o el día, con esta lectura, pero solo con estar atentos a la realidad mundial, asistimos a un espectáculo no precisamente edificante. Los cayucos que arriban a Canarias, en búsqueda de un mundo mejor (?), son un exponente de lo que decimos. Las costuras de África, de la miseria, revientan por todos los sitios. Todos estamos protegiéndonos frente a un supuesto “enemigo” que acecha. No hay “suficientes” vigilantes privados para atender la demanda social. La policía pública es insuficiente. Cada vez nos protegemos más cuando salimos al exterior, valga la expresión metafórica, a cualquier sitio. En definitiva, asistimos a un espectáculo permanente de comportamientos antibiológicos, que ya preocupaban a Teilhard en el siglo pasado. Y él era pesimista, porque pensaba que la gran oportunidad que ha tenido el ser humano en su configuración actual, ya no se repetirá, porque el salto para “pensar” es único e irrepetible. Han sido necesarios muchos millones de años para alcanzar una capacidad cerebral tan maravillosa, para pensar, como para que ahora lo tiremos por la borda de la locura existencial, en una actitud de irresponsabilidad colectiva. Y, a su vez, optimista, porque era consciente de que el hombre es el punto culminante del Universo.

Y cuando parece que su teoría aboca a un camino sin salida, morfológico, introduce un sesgo en su cosmovisión, cuando menos curioso. Expone con el calor del investigador que tutea a las hipótesis de trabajo, aunque haya que abandonarlas pasado el tiempo, lo siguiente: la esfericidad de la tierra juega un papel trascendental en la extensión de la humanidad, porque al final todos confluimos en los mismos sitios. La esfericidad de la tierra lleva al terreno de la compresión, forjando un tejido homogéneo. Hoy conocemos el mundo, lo abarcamos, en el pleno sentido de la palabra, lo medimos, lo fotografiamos, lo estudiamos, o explotamos, lo agotamos… Todo forma una espesa malla humana, que muere o vive según haya tenido la suerte de estar en el mundo. Los subsaharianos, otra vez. A través de una parabólica saben que existe otro supuesto mundo mejor, donde hay comida para casi todos, frente a un entorno hostil donde la vida no tiene precio. Y un avión ultramoderno los devuelve allí, de donde no debían haber salido… Dice Teilhard que la humanidad es la única especie de vivientes (mi maestro de Triana decía “murientes”) que ha logrado formar una capa coherente sobre la tierra entera. Y por eso el grupo humano no ha necesitado especies, sino que sigue siendo una hoja indivisa del árbol de la vida.

En los primeros pueblos ribereños, en las orillas del Tigris y del Eúfrates había personas, no humanidad. No había un gran conocimiento mutuo. Pero hoy ya no es así. Es curioso constatar un sentimiento cada vez más extendido: buscamos estar solos, vivir alguna vez en soledad y sin embargo nos da miedo vivir realmente esta experiencia. Por eso necesitamos de la colectividad, en una dialéctica absurda pero esencialmente buscada. Hoy todo es interdependiente. La dependencia es un vocablo que adquiere fuerza por segundos. Nos necesitamos o lo que es mejor: estamos obligatoriamente obligados a vivir en común. Necesitamos la tierra entera. Es lo que ha descubierto China en los últimos diez años: ha decidido comer, vestir, viajar y pensar. Y comenzamos a tomar conciencia de que no hay recursos para todos: “estábamos avisados”, como consta en los títulos de crédito de un documental de la CNN sobre la escasez del petróleo.

En mi libro iniciático señalé con corchetes rojos esta frase: “el hombre aislado no piensa ni da un paso hacia adelante”. Los descubrimientos antropológicos han demostrado que las personas estaban como escondidas en el mundo. ¿Recuerdan la anécdota de Fray Bartolomé de Arrazola que contaba admirablemente Tito Monterroso en su cuento “El eclipse”?. La cultura maya, los grandes astrónomos estaban allí antes de que llegara el Almirante Colón?. Y vivían. Y morían. Pero no nos conocíamos. Y sabían muchas más cosas que nosotros. La realidad es que la malla humana se ha espesado. Los medios de comunicación, los sistemas y tecnologías de la información y comunicación nos aproximan por todas partes. Internet es una posibilidad abierta al mundo para que podamos saber cómo existimos y qué nos pasa en cualquier lugar de la tierra. La conciencia colectiva es una realidad. La inteligencia conectiva, a modo de córtex cerebral, se extiende por doquier. Se toman decisiones cada vez más informadas. La juventud sabe que ha descubierto un filón para atravesar cualquier barrera, a cualquier edad, en cualquier momento, con cualquier lenguaje. Barato. Para hacerse oír, a pesar de todo. En el anuncio del año geofísico, en 1954, tan querido para Teilhard, participaron todas las naciones del planeta. Él, designó ese año, con una visión memorable, como el primer año de la Noosfera. Quizá fuera una fecha preciosa para declarar ese año y la fecha de comienzo del Congreso como el auténtico día de Internet. No solo porque hoy sea el día conmemorativo, como pueden comprender, sino como reconocimiento a un gran investigador que intuyó la gran potencialidad de los sistemas y tecnologías de la comunicación, siempre que fueran una manifestación útil de la inteligencia social, compartida.

Sevilla, 17/V/2006, en el día de Internet, en el día de la Noosfera…

El punto omega (IX)

Para las personas que acceden por primera vez a este cuaderno digital, les llamará la atención el paréntesis. No se preocupen, solo estoy tratando de ofrecer variaciones sobre un mismo tema de fondo: reinterpretar, en lenguaje actual y siendo respetuosos con el entorno digital, mi lectura iniciática de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), gran investigador francés del siglo pasado, al que se le vincula hoy día con la teoría científica vinculada a Internet, la gran malla mundial que él llamaba Noosfera ó capa pensante del Universo. Hoy abordo el capítulo noveno (IX) “El futuro del hombre”, al que le tengo un especial aprecio, porque comenzaba con la frase que justifica el hilo conductor de este cuaderno: ”el mundo solo tiene interés hacia adelante”, que marcó definitivamente mi vida personal y profesional cuando tenía solo dieciocho años, en una España que trabajaba frecuentemente hacia atrás y donde cabíamos en un taxi los que comenzábamos a discrepar en el interior del país sobre la verdad del origen de la sociedad, de las personas, de la naturaleza y, naturalmente, de Dios.

Teilhard decía que ésta reflexión programática citada anteriormente, era la única que le interesaba realmente en su actividad investigadora frenética. Manifestaba a los cuatro vientos su deseo de investigar hacia atrás para preparar la humanidad para lo que tiene que venir. Es como una profecía científica de que algo tan importante para la humanidad, como ha sido el descubrimiento de la gran malla mundial, Internet, tenía que venir, es decir, tenía que ocurrir. Sobre el origen de las especies y, en particular, sobre la especie humana, ya hemos estado trabajando en las anteriores entregas. Y ha quedado meridianamente claro que su planteamiento no era inocente. El único drama real de Teilhard era la necesidad de justificar sin ajustamiento, sino siendo crítico con la historia de la humanidad, el papel de Dios en esta historia. Y acude una y otra vez al no intervencionismo de Dios en la aparición de la noógenesis, porque ya esta allí, en potencia, la realidad cerebral. Creo que ni quita ni pone rey en la fe su planteamiento, porque lo he estudiado con el respeto al ser humano, al científico que Teilhard llevaba dentro. Otra cosa es la descapitalización que sufrió su teoría científica por parte de una iglesia romana, incapaz de aceptar otro principio que no sea el dogma no revisado. Y así ha acabado algunas veces: pidiendo perdón, públicamente, por su actitud con Galileo, con Copérnico y con tantos otros pensadores que solo querían manifestar ante la humanidad que otro mundo es posible.

Además, la Noosfera no es un estadio final. Esta ha sido una confusión de análisis estático de la teoría teilhardiana. La Noosfera es la gran posibilidad del desarrollo cerebral en el Universo, no es algo estático, es un proyecto en movimiento continuo, tal y como viene sucediendo continuamente. Dije el mes pasado que la lectura del libro de Jeff Hawkins (1) me había suscitado un enorme interés científico sobre las nuevas teorías que describen cómo trabaja uno de los motores de la inteligencia humana: la corteza cerebral. Es apasionante deducir de estas investigaciones que sabemos muy poco de lo que llegará a ser el ser humano, valga esta redundancia. Y sabemos que podremos descubrir muchas actitudes y aptitudes, cuyo origen es totalmente desconocido en el estado del arte actual de las neurociencias. Creo que más sabemos de lo que no sabemos, que lo que verdaderamente podemos llegar a saber. Es algo equivalente a la famosa teoría apofática, que decía más o menos igual: de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. La contundencia de la enfermedad mental hace que al ser humano se le bajen los humos. Los que conocemos de cerca el sufrimiento de la locura, para propios y ajenos, sabemos equilibrar con esperanza lo que la posibilidad de la investigación científica está ofreciendo a la humanidad, para ser y estar mejor en el mundo. 

Por eso urge dar carta blanca a las investigaciones actuales sobre el cerebro, sobre el inmenso campo que se abre en relación con la resonancias nucleares, las tomografías por positrones y las experiencias en laboratorios con implantes cerebrales que facilitan dar órdenes a la central motora del cerebro para que un músculo responda a un estímulo. Lo que evidencia el laboratorio es que el secreto de las neuronas en acción está allí, en el cerebro, tal y como venimos diciendo desde el primer capítulo. La biogénesis disparó la noogénesis, en lenguaje de Teilhard y la noogénesis sigue evolucionando en el ámbito que le es más propicio: el cerebro humano, dejando un camino expedito para que se manifieste lo que todavía no es en el ser humano o, mejor dicho, no sabemos que es, “porque no nos ha dado tiempo de saberlo” o porque no se destinan los fondos suficientes para saberlo y nos “distraemos” en otras cuestiones que deciden otros. Eso es lo que nos ofrece el estado del arte actual en el terreno de las neurociencias.

Vamos a adentrarnos en su teoría evolutiva. La Noogénesis no es una alfombra de cerebros tal y como se la ha intentado explicar en muchas ocasiones. El gran matiz diferenciador de Teilhard estriba en demostrar que siendo maravillosa la realidad del cerebro humano, la aparición de la conformación del cerebro desarrollado hace millones de años y su manifiesta evolución es una mera transformación propiciada por la biogénesis pero que va mucho más allá. Es decir, la evolución no acabó con la aparición del antropopiteco (mono-hombre erguido) sobre la tierra, sino que todavía está por venir más existencia vital, que se manifestará cuando se desarrolle el genoma humano, el genoma de todas las especies, porque será el momento de descubrir el “libro de instrucciones” de la vida de cada ser viviente, aún por descifrar. Todos venimos con libro de instrucciones. La gran tragedia es que ya han muerto miles de millones de seres humanos sin saber por qué eran en el mundo, porque han faltado traductores (investigadores) que sepan interpretar el complejo mundo de su complejidad: “estamos instalados en un mundo de complejidad”, que decía Ilya Prigogyne, Premio Nobel de Química que ya he citado en alguna reflexión anterior.

Y Teilhard se separa de Darwin por el determinismo vinculado del naturalista inglés con el mundo de las especies. La evolución era para Teilhard la inquebrantable conexión entre todas las existencias del cosmos, incluido el ser humano, desde el átomo primordial hasta la persona individual, en cualquier sitio que esté. Luego es la materia la que explosiona continuamente, llevándose al ser humano por delante también. Tiene así cabida el big-bang, el origen de las especies darwiniano, la biogénesis teilhardiana, porque la evolución comprende todo, es por sí misma muy ambiciosa. Y las neuronas siguen trabajando en el silencio que todavía les permite el laboratorio, incluso el más avanzado, porque el libro de instrucciones de cada ser humano, de cada ser viviente sigue sin traducir. Todos los seres humanos han sacado billete para viajar hacia alguna parte. El gran problema radica en que desconocemos el destino, aunque se demuestra de forma objetiva en el laboratorio que todo está interrelacionado, mientras que existimos. Y Teihard intenta explicar científicamente la verdadera naturaleza de la Noogénesis, de la alfombra pensante humana, mediante la diferenciación de la verdadera raíz de la evolución: la intensificación de la complejidad y la intensificación de la consciencia. Es la auténtica razón de la hominización, la búsqueda de la razón de la complejidad, algo que se traduce en la investigación actual sobre la corteza cerebral, algo complejo y que impone respeto cuando se corta en el laboratorio y se descubre que, al morir ese cerebro, se han muerto con él las proyecciones de las neuronas en una determinada persona, pero sus funciones siguen estando en todos los sitios en los que tiene que estar. Se muere la persona, pero la función cerebral sigue. Esa es la auténtica complejidad de la consciencia.

El avance científico en todas las materias susceptibles de ser conocidas demuestra a todas luces que se ha avanzado de forma prodigiosa a lo largo de la historia de la humanidad. Y lo sorprendente es que constatamos diariamente que la realidad nos desborda por muy apasionante que se presente en sociedad el conocimiento sobre el cerebro, en su siglo, el actual. Lo dicho: Teilhard nos baja los humos porque sabemos muy poco de lo que podemos llegar a ser. Es posible que necesitemos de una nueva ciencia humana: la ontodicea, la ciencia que estudie la justificación del ser, lo mismo que hubo que crear la “Teodicea” para justificar la existencia de Dios, ante el riesgo de ser abarcado por la inteligencia humana.

Mañana seguimos. Lo dejamos en un punto interesantísimo: el puesto que el ser humano ocupa en el cosmos. Será la segunda parte de la parte “ilusionante”, parafraseando en clave positiva a Groucho Marx, aunque desgraciadamente para él “el futuro ya no es lo que era…”

(1) Hawkins, J. y Blakeslee, S. (2005). Sobre la inteligencia. Espasa Calpe: Madrid.

Sevilla, 13/V/2006

El punto omega (VIII)

Este capítulo, relativo a “cuestiones particulares” solo tenía cuatro párrafos, pero los he vuelto a leer una y otra vez. Recuerdo cómo a la altura del Golfo de León, de madrugada y en mi primer viaje a Italia, en 1968, en el “Canguro Bianco”, de la compañía italiana “Traghetti Sardi” consorciada con la naviera española Ybarra, viajando en la clase más popular de poltronas, en un barco presentado como uno de los más confortables en el mar por su sistema automático de estabilizadores, leía con detalle estas breves reflexiones y pensaba en la realidad del mar como elemento aglutinador de las primeras culturas que se han detectado en diferentes puntos de la Tierra y cómo han aportado la realidad de la comunicación entre las especies. Era un libro de viaje que me llevaba a vivir unos meses en Bedizzole sul Garda, cerca de las grutas de Catulo.

Comenzaba este breve capítulo con una frase rotunda, capaz de hacer tambalear las conciencias más ortodoxas: “La cuestión relativa a la “primera pareja” humana es, según Pierre Teilhard de Chardin, científicamente ociosa”. Me gustaría no descontextualizar esta referencia estremecedora para una época en la que pensar era un ejercicio valiente por sí mismo. Si además ponías en solfa “los grandes principios de la fe cristiana”, con un relato de la creación en danza, el conflicto interior y exterior estaba servido. Para el gran paleontólogo francés, los descubrimientos de los homínidos en Pekín, así como en el cabo de Buena Esperanza, en lugares tan distantes, son fenómenos de algo que se muestra ya acabado, pero que aparece como fenómeno humano en distintos lugares. Es evidente que el monogenismo (crecimiento ramificado gracias a una sola pareja) no tiene sentido en el ámbito científico. Es solo cuestión de fe.

Escribió Augusto Monterroso un cuento precioso en 1959, “El eclipse”, mezcla de imaginación y realidad, que puede ilustrar muy bien esta declaración sorprendente narrada por Teilhard: la aparición en diferentes lugares de la tierra de los primeros seres erectos, los antropopitecos, con una aparente igualdad en su fisonomía externa y con un grado de inteligencia bastante parejo. Por mucho que el bendito fray Bartolomé Arrazola intentaba persuadir a los indígenas de una selva de Guatemala para que no le mataran: “si me matáis –les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca”, éstos lo tuvieron claro desde el principio ante un propagador de la fe y del más allá. Aquellos primeros pobladores de Guatemala, mucho antes que los conquistadores “españoles” llegados allí gracias al mar al que hacía referencia al principio, decidieron acabar con estas monsergas del fraile, sacrificándolo en la piedra  de los ritos, comenzando inmediatamente a recitar una por una por una las infinitas fechas en que se producirían eclipses lunares y solares, demostrando que eran excelentes astrónomos, tal y como “la comunidad maya había previsto y anotado en sus códices sin la ayuda de Aristóteles”. Es decir, ya estaban allí antes de que fray Bartolomé Arrazola intentara persuadirles de la bondad de los poderes divinos traídos desde la España de Carlos V.

La aparición de homínidos en determinadas zonas del Universo, no se debe a un fenómeno puramente biológico (biogénesis), como puede darse en el fenómeno micológico al darse condiciones climáticas propicias en muchos lugares de la tierra. Según Teilhard, la antropogénesis es el logro de un solo “phylum” en el haz de los homínidos. Y así acababa el capítulo. La verdad es que provocaba desasosiego a una persona que buscaba conocer la razón de la existencia de las personas en el mundo. Y la frase era muy críptica. Habiendo pasado cuarenta años, la ciencia tiene explicaciones a este fenómeno en clave teilhardiana, pero he recurrido a sus propias explicaciones para comprender mejor las cuatro frases que generan “asuntos particulares”. Para Teihard se ha producido en el Universo un movimiento hacia adelante por una cosmogénesis, es decir, el fenómeno global de la evolución del Universo. Esta realidad se ha interpretado por el ser humano como una posibilidad de ser en diferentes estadios: biogénesis (génesis de la vida), antropogénesis (génesis de la especie humana, un único phylum, es decir, una única raiz) y  Noógenesis (génesis del conocimiento –en su época reinterpretado como del “espíritu”). Este proceso se fragmenta en estadios más importantes y aquí es donde aparece el concepto de proximidad al desarrollo cerebral de vital importancia en esta reinterpretación de su doctrina.

La proximidad anunciada se hace patente mediante la progresividad de cinco estadios inclusivos: la “moleculización”, donde se produce el paso de los átomos a las grandes moléculas que permiten la aparición de la vida, la “cefalización”, o tendencia evolutiva del sistema nervioso y de los órganos de los sentidos a concentrarse en la cabeza; la cerebración, porque el cerebro se repliega y se enrolla más sobre sí mismo en el transcurso del tiempo, provocando la “antropogénesis”, la “hominización”, al introducirse la simbiosis entre la cerebración y la posición bípeda, facilitando el hecho de pensar. Por último, la “planetización”, fenómeno de convergencia de los seres humanos entre sí, cada vez más numerosos en un planeta en sucesivo crecimiento.

Queda el “phylum”. He buscado las propias explicaciones de Teilhard de Chardin para intentar abarcar este concepto (1). En varios contextos creo haber captado su razón de ser: sistema coherente y progresivo de elementos biológicos colectivamente asociados, es decir, el fenómeno humano es el resultado de una complejidad creciente, sistémica, coherente y progresiva, por la génesis de las especies (a lo que llama via filética); se inicia el desarrollo complejo del cerebro en determinadas especies y aparece (así comprendemos etimológicamente el concepto “fenómeno”) el eje privilegiado de la complejidad-consciencia: el de los primates. Aquí es donde se produce la mutación cerebral “hominizante” que todavía desconocemos en su esencia. La segunda especie de la vida está servida: la noosfera. Se nos abren unas vías de exploración impresionantes.

Como se decía al final de las películas de mi infancia, próximamente veremos en este “salón virtual” los siguientes pasos (trailer) de la malla pensante que actualmente configura Internet y que es posible y viable por la banda ancha. Cualquier parecido con la realidad dejará de ser pronto pura coincidencia. ¡Ojalá podamos ofrecer esta oportunidad, en claves mucho más sencillas, a los que están al otro lado de la brecha digital, que son muchos!. Va por ellos.

(1)Teilhard de Chardin, Pierre (1968). Yo me explico, Taurus: Madrid, pág. 91s.

Sevilla, 9/V/2006

El punto omega (VII)

La correspondencia entre alfa y omega como representación del comienzo y final de un proyecto, se hace patente en referencia a la creación. Parece obvio hacer una correlación entre el hilo conductor de este comentario de texto “avanzado”, es decir, la consolidación de la malla de cerebros pensantes, en terminología de Teilhard: la Noosfera, y el comienzo de la vida humana: la creación. De hecho, hay que admitir que en este asunto estamos entretenidos desde hace millones de años, aunque parezca mentira, presentándolo en sociedad en el esquema pascaliano de la razón de la razón y la razón del corazón.

El capítulo que comentamos hoy hace referencia al “nuevo concepto de la creación”. En los dibujos que hice sobre la teoría de Teilhard en 1966 y que he perdido en el largo viaje de mi vida, puse especial empeño en hacer foco sobre la imagen predilecta de mi autor preferido en aquella época: una espiral que se va elevando paulatinamente desde una amplia base, estrechándose poco a poco hasta terminar en una cúspide. Con esta imagen quería simbolizar Teilhard la idea de que en el primer acto creativo ya estaba implícita la creación material y espiritual. Es difícil entender hoy con mentalidad científica, rigurosamente objetiva, la disponibilidad programada de la creación como acto único, sin aceptar la evolución como componente esencial del desarrollo de la materia y del cerebro de los antropopitecos: hombres-mono. También es verdad que lo que se descubre sobre la realidad del cerebro “ya está allí”. Lo que hacemos es descorrer el velo de la incomprensión en su sentido más primigenio. El problema persiste en hacer patente la creación por parte de Dios, como punto alfa de la existencia de la vida programada.

El intervencionismo de Dios como responsable exclusivo del punto alfa fue explicado en 1948 por Teihard en una concesión que hizo a Roma por las serias advertencias que había recibido por las teorías vanguardistas desarrolladas en su obra maestra “El fenómeno humano”. El intervencionismo de los científicos con fe cristiana y católica podía justificar la participación divina en el único acto posible de la creación, si se admite que la creación es como un “programa informático comprimido” que necesita un descompresor de signos históricos para poder “leerlo” en el tiempo. Lo que Teilhard no admitía de ninguna de las maneras era el intervencionismo continuo de Dios: lo que se hizo por primera vez (punto alfa) se hizo para “siempre”, aunque este siempre se esté desarrollando y desvelando todavía. No necesitaba “retoques” históricos. Solo queda la ardua tarea de descubrir la potencialidad del ser humano, de su cerebro como identificador de la razón de su existencia individual y colectiva. Lo que se descubre cada día en los laboratorios científicos “ya estaba allí”. Sobrecogedor, como determinante de la vanguardia científica, de vital importancia, trascendental podríamos decir, en relación con la investigación sobre el cerebro, sobre la corteza cerebral.

Si lo psíquico precede a lo morfológico (¿recuerdan el ejemplo que expliqué sobre la fiereza del tigre en “El punto omega (V)”?), lo importante es la base que ocupa la inteligencia sobre la potencialidad de ser. Así se ha demostrado en la historia de la humanidad: las nuevas especies aparecidas en la selva de Foja son importantes para la humanidad porque la inteligencia del ser humano ha permitido organizar expediciones y utilizar “herramientas especiales” para darles valor. Si no hubiera sido por la explosión del conocimiento humano, las famosas especies que se han descubierto “ahora”, continuarían en el anonimato. Como el funcionamiento de las neuronas. Nuevas especies y neuronas en movimiento perpetuo siempre estaban allí. Cobra especial interés en este apartado la ética de la investigación, la ética del cerebro, como nueva expresión que algún día no muy lejano me gustaría desarrollar y que aprendí de los profesores López Aranguren y Sánchez Vázquez. Son las neuronas interactuando las que hacen posible poner en valor las personas y las cosas. Nace así un nicho de investigación apasionante.

Es en este punto donde Teilhard entró en contradicción severa con la Iglesia oficial. Es muy difícil conciliar el único acto creador de Dios, el punto alfa, y la teoría animista radical, de cómo se insufla el alma, el espíritu de Dios (“rúaj”, en hebreo), en ese acto creador (por cierto, pronuncie esta palabra hebrea, rúaj, y verá como la experiencia de exhalar aire era la representación real de cómo Dios insuflaba su espíritu sobre la haz de las aguas, en la primera aparición del vocablo en el relato de la creación, en Génesis, 1, 2, solo a través de dos consonantes habilitadoras de la experiencia sumerio-acádica, la “r” y la “j”, porque las vocales serían escritas después, en la interpretación masorética del texto primigenio). Para los investigadores más escépticos, incluso para agnósticos radicales, ésta es una cuestión baladí, porque Dios no es necesario en el laboratorio. Indudablemente es un espacio que hay que habilitar para el respeto a las creencias. Respeto bilateral siempre, porque la historia ha demostrado que el ser humano necesita creer aunque se admitan cuatro variaciones sobre el mismo tema: en la naturaleza (ecologismo actual), en la sociedad (las grandes transformaciones sociales y políticas), en el hombre (dicho así como máxima expresión de la existencia humana y en el sentido genérico expresado por la cultura griega) y en Dios (así se ha recogido en la historia de las religiones). Teilhard fue muy radical en este planteamiento: quien defienda una intervención continua de Dios sobre la tierra priva de toda su fortaleza al primer acto creador y único del Universo.

La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, su tesis radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada.

Sevilla, 6/V/2006

El punto omega (VI)

Los primates se portaron con prudencia en las primeras fases de su desarrollo. Con esta frase apasionante retomo hoy el recorrido hacia el punto omega iniciado el 16 de abril. El capítulo que analizo en esta ocasión tiene un título sugerente y programático: “Aparición del hombre”.  Los animales de cerebro y manos han desarrollado el cerebro de forma especializada. Siempre me gustó la siguiente expresión de Teilhard: estos primates estaban situados en un “callejón morfológico con salida”, a diferencia de otros seres vivos que se habían estancado definitivamente en su evolución, incluso en la rama de los mamíferos. Algo se hipertrofió en su proceso creativo que solo permite reproducir lo que ya hemos visto y sentido. Siempre igual. Sin embargo, los primates entusiasmaron a Teilhard porque allí sí había rastro de la explosión hacia adelante. Sus observaciones evidenciaban hechos constatables: sus dientes no han seguido desarrollándose. Han conservado los cinco dedos. Sus miembros son aparentemente simples y más propicios a la evolución interior que explicábamos recientemente.

La gran especialización ha estado radicada en el cerebro, en tres direcciones diferentes pero complementarias: afinamiento de los nervios, perfeccionamiento del cerebro e incremento de la consciencia. El gran salto en este perfeccionamiento larvado en millones de años se produce según la tesis de Teihard hace solo un “millón de años”. Vital Kopp describe esta situación con un cierto aire novelesco: “Helo ahí de repente. Silenciosamente se presenta este ser, el completamente distinto, el más misterioso y desconcertante de todos los seres del cosmos, de naturaleza totalmente diferente, que escapa a la tradicional teoría de los seres vivos…Pero es en el interior donde se ha efectuado la revolución, un sacudimiento de dimensiones planetarias en la biosfera entera” (1). Y de esta forma se pone la primera piedra de la noosfera. Es el único ser vivo que mira dentro de sí. Y vuelve a presentarse en sociedad la tesis ya planteada en este recorrido actualizado en busca del punto omega de la vida: se hace visible, por primera vez, el interior de las cosas y alguien nos lo explica con el lenguaje, con palabras, con signos que manifiestan la realidad de las cosas. Me ha maravillado siempre la grafía en hebreo de casa: bet. Quien conoce cómo se escribe se da cuenta inmediatamente cómo hubo mucho interés en los primeros antropopitecos en demostrar la oquedad como símbolo de la acogida que presta una casa. Los tres trazos formando un hueco es una forma visible de expresar el interior cósmico. La experiencia fue antes que la palabra (el interior cósmico).

Teilhard recurre al ejemplo del agua hirviendo para explicar didácticamente el salto de la biosfera a la noosfera. Fue necesario el paso de los 99 grados a los 100 para que se apareciera esta realidad humana: se trastornó el equilibrio interior de la tierra. La noosfera es ya una realidad: la alfombra de cerebros se extiende por el Universo, con independencia de dónde aparezcan los primeros vestigios. Hay una expresión en el vocabulario científico teilhardiano de una gran belleza: la noosfera es obra de la naturaleza entera. Aquí es donde ha hecho crisis la escuela creacionista de cuño clásico, al hacer una asignación directa a Dios de este momento mágico en la humanidad. Y sigue interpretándolo Vital Kopp de forma magistral: “La tierra entera, forcejeando hacia adelante, ha trabajado en ella y con miras a ella… Así, lo humano es una flecha que se dispara por efecto de la tensión planetaria de la biosfera entera” (2).

El interior cósmico se ha dado cuenta con la aparición del hombre de que se ha tocado techo en el proceso de la evolución de las “ramas no humanas”. Y hacen un pasillo al ser humano para que pueda servirse de ellas. Hacia atrás quedan los aprendizajes de la atracción sexual, las leyes de la procreación, la tendencia a la lucha por la existencia, por sobrevivir ante cualquier adversidad, la curiosidad por ver y rastrear, el gusto por capturar (cazar) y consumir. La biosfera pone en bandeja al ser humano lo que se considera necesario. La noosfera es una tarea mucho más ardua. Mientras que en el proceso hacia atrás todo se puede compartir y descubrir porque ha finalizado su forma de ser y estar en el Universo, y las piezas del puzzle coinciden en un esquema común, a partir de la emergencia de la noosfera la complejidad es total. La inteligencia complica la existencia. Por eso escribimos estas anotaciones en búsqueda de un punto de encuentro más que de llegada: el punto omega que se configura con la nueva reinterpretación de la noosfera.

Me ha llamado mucho la atención el debate que ha surgido en días pasados sobre la dignificación de los primates, suscitada por una proposición no de ley sobre la protección de chimpancés, orangutanes, gorilas y bonobos, que se ha presentado por parte de un diputado socialista en el Congreso y que se ha comenzado a debatir el pasado 25 de abril. Pretende acabar con la «esclavitud» de los grandes simios; eliminar su maltrato, su comercio, su uso en investigación o con fines lucrativos (circos, laboratorios); proteger su medio ambiente, y liberar a los que están enjaulados. Los que estamos trabajando en el mundo cerrado de la inteligencia comprendemos mejor iniciativas de este tipo. Quizá haya que explicar mejor el sentido último de la misma, sobre todo cuando se utilizan palabras fronterizas como las que definen la declaración de los derechos de los grandes simios, al forzarse mucho en lenguaje coloquial lo que tenemos elevado al máximo nivel de Estado, aunque luego abandonemos cualquier sutileza a la hora de aplicar la realidad del comportamiento humano comparado con el de los animales más próximos.

Lo anunciábamos al principio: los primates entusiasmaron a Teilhard porque allí sí había rastro de la explosión hacia adelante. Por eso nos preocupa saber más sobre la aparición del hombre, sobre sus antepasados. Por eso merecen tanto respeto, porque cuidándolos sabremos más de la corteza cerebral humana, de la última razón de la inteligencia, del carnet genético que fundamenta la mente sana y enferma de los seres humanos en nuestros días. Porque nos preocupa la locura humana, de la que sabemos tan poco. Porque los primates nos pueden llevar a una investigación que permita alcanzar, a corto plazo, resultados fantásticos para el bienestar humano. Porque son prudentes, como decíamos al principio.

(1) Vital Kopp, Josef (1965), Origen y futuro del hombre, Herder: Barcelona, pág. 45.

(2) Ibídem, pág. 47.

Sevilla, 1/V/2006

El punto omega (V)

Vamos a intentar aproximarnos al análisis que Teilhard llevó a cabo sobre el nacimiento de la vida, su gran dilema con la presión ambiental gracias a los descubrimientos de Darwin. Su investigación estaba limitada por el estado del arte de su época. Su referencia permanente a la incapacidad del científico de descifrar cómo había “brotado” la vida desde lo físico, químico ó lo estrictamente orgánico no era viable simplemente porque los sedimentos sobre los que se podía investigar estaban transformados. Hoy la realidad es muy diferente. Las investigaciones recientes sobre los orígenes de la materia orgánica nos permiten descifrar con exactitud matemática, de reloj suizo, cómo se produjo la evolución de la materia. Siguen estando presentes muchos interrogantes y la razón de Aristóteles planea sobre los grandes laboratorios ultramodernos:  la razón de ser del “primer motor inmóvil”,  es decir, cómo se puso en movimiento el universo en todas sus manifestaciones. La verdad es que la conclusión de Teilhard está sobrepasada. La ciencia ha ganado esta partida. Pero quedan muchas por jugar, aunque nos suene como algo muy chocante su desafío en la fe del dueño del carbón que no del carbonero: el misterio está oculto en Dios para siempre.

Pero él mismo deja una puerta abierta llena de esplendor: solo si se lograran reproducir estos procesos en el laboratorio se resolvería parcialmente el enigma. Aunque otra vez da un paso atrás dejando entrever que el nacimiento de la vida, en todas y cada una de sus manifestaciones, es algo indescifrable. Este movimiento de contrarios, pendular, es algo  muy asentado en la ciencia aunque en Teilhard solo tenía interés si el avance de la investigación era una realidad y no una quimera.

El llamado salto a la complejidad, la evolución de la materia en estado puro a lo que se llama vida, es una evolución lógica hacia la consciencia, la interioridad que analizábamos en la “entrega” anterior: vida es la explosión de la energía interior bajo una tensión biológica hacia el próximo estadio de la existencia que, a todas luces, está por llegar permanentemente. Y todo obedece a un plan. Esta era la visión intrínseca de la evolución cósmica según Teilhard: todo está perfectamente determinado por Dios, aunque el plan lo revele paulatinamente. El hecho de que el libro de instrucciones de cada ser viviente ó carnet genético se esté develando en la actualidad a través de la genómica, es una manifestación de este plan develado, por llamarlo de alguna forma, de la “hoja de ruta” de Dios sobre la vida. Es una interpretación “permitida” por el ser superior, por el llamado también “primer motor inmóvil”, al que hacíamos referencia anteriormente, en homenaje a los más escépticos.

Y la teoría del árbol de la vida, tantas veces glosado por artistas del renacimiento e incluso contemporáneos, en pinturas y escritos memorables, se manifiesta en todo su esplendor: todos los seres vivos siguen brotando como ramas, porque la biosfera es una realidad. Y los últimos descubrimientos de “islas” paleontológicas, humanas, de plantas y animales desconocidos, son una manifestación palpable de que son manifestaciones de un tronco común disperso por todos los continentes actualmente identificados. No son descubrimientos en el pleno sentido del término: son meros alumbramientos de unas especies que se han desarrollado de un tronco común, salidas a la superficie de la biosfera para general conocimiento de la humanidad insaciable de conocer sus orígenes. Teilhard lo llamaba “ilusión óptica” porque lo que aparece hoy tiene su razón de ser en un único origen de la vida, el tronco común. Y queda mucho por descubrir. La gran pregunta es cómo es que lo que se encuentra en la actualidad son solo formas acabadas. Los últimos descubrimientos de nuevas especies en las Montañas de Foja, una remota selva de Papúa-Nueva Guinea (Indonesia) cuestiona estos grandes principios del tronco común: “Allí, los científicos han explorado un área de más de un millón de hectáreas de jungla. Los investigadores dicen haber identificado hasta una veintena de especies nuevas de ranas, cuatro de mariposas y cinco de palmeras, aunque todavía no existe una confirmación independiente de que esto sea así. «No hay ni una sola senda, ni un signo de civilización, ni un rastro de una comunidad humana que haya vivido nunca ahí», ha explicado Beehler (miembro del equipo descubridor). Incluso dos indígenas de la zona que acompañaban a los investigadores se quedaron sorprendidos por el aislamiento de la zona” (1). ¿Todo evolucionó allí?. Las formas acabadas así lo atestiguan. Por ahora. Se decía en los tiempos de Teilhard que no llevaba razón en su forma de exponer su teoría científica porque en el gran archivo de la tierra no se encuentran transiciones.

Teilhard se hacía las siguientes preguntas ante esta crítica rotunda: si nos ponemos así (científicamente hablando) ¿dónde está el primer sumerio, el primer griego, el primer romano, el primer coche, la primera lanzadera para tejer? Todo lo primitivo se pierde y hoy no tenemos la perspicacia de los cuentos de Pulgarcito para seguir la senda de las piedras blancas que nos lleven al tesoro. Las formas primigenias se han perdido definitivamente. Y a esto se podría responder ¿es que se han perdido las primeras pruebas para demostrar que Dios existe? Teilhard reaccionaba rápidamente: descubramos, poco a poco el libro de instrucciones de la existencia. Algo parecido a lo que hace Craig Vanter con la genómica, por ejemplo. O la nave que fotografía Venus en un streeptease cósmico.

Y la gran lección de este ascenso cósmico lo simboliza y demuestra Teilhard con la asunción de la realidad del sistema nervioso humano. Y sobre todo el cerebro, el gran rey de la selva por descubrir, cada vez más voluminoso y sinuoso, del tamaño de una servilleta mediana, extendida, en su córtex pensante. Y si la razón de ser de la existencia es “anímica”, para Teilhard, el gran antecedente de la biogénesis no podía ser otro que la psicogénesis, porque lo anímico era el gran proyecto ya que la gran explosión de la evolución, para conocerse a sí misma, fue el cerebro. Teilhard lo simplificaba en un ejemplo muy gráfico: el tigre no es fiero porque tiene las garras, sino al revés: tiene garras porque en su evolución natural se desarrolló en él el instinto de fiereza. Por decirlo de alguna forma, las garras vinieron después. La evolución entera es la consecuencia de la ramificación de lo psíquico. El eje de avance es una línea delgada roja anímica, no material.

Al finalizar esta lectura comentada de mi descubrimiento iniciático, en su quinta reinterpretación, he recordado al protagonista de “La vida es bella”, Guido Orefice, cuando frecuenta la existencia con su amigo Ferruccio y nos deja un mensaje alentador: ser inteligente es una realidad del Sur, se manifiesta montando una librería y comprendiendo a Schopenhauer, sobre todo si te lo explica un amigo: “soy aquello que quiero ser…”. Esto último en homenaje a la ley del péndulo y al movimiento de contrarios. ¿Porqué no?. En homenaje también a Teilhard de Chardin, tan actual en nuestros días. 

(1) Un equipo científico dice haber hallado un área inexplorada con nuevas especies en Indonesia, El Pais, 7-2-2006

Sevilla, 30/IV/2006