El punto omega (IV)

Es necesario hacer un paréntesis en la presentación de esta publicación “digital” por la propia entidad de su contenido. Es un esfuerzo que “merece la pena” en aras de la divulgación científica de la teoría de Teilhard respecto de la razón de ser de la noogénesis y de su proyección en la noosfera, la malla pensante, la corteza cerebral del mundo, lo más próximo a la realidad de la red de redes. Esta cuarta entrega se va a centrar en el interior de la materia cósmica. Recuerdo que estoy haciendo un comentario de texto actualizado de mi libro iniciático, hace casi cuarenta años, sobre Teilhard. Ayer, en el viaje de vuelta de Madrid, fui descubriendo de manera asombrosa las bases de la corteza cerebral humana, según Jeff Hawkins y su teoría de la inteligencia predictiva. Es un secreto a voces la ignorancia sobre nuestro interior mental, a pesar del esfuerzo espectacular de los últimos años.

¿Qué es el interior de la materia cósmica? Nadie duda a la altura de la investigación actual, del estado del arte accesible a la mente humana, que la historia hacia atrás está todavía por escribir. Solo sabemos lo que aparece, sin que pertenezca a la escuela fenomenológica. Pero lo comprobado en laboratorio es mucho. Cualquier científico sabe abordar con celeridad extrema la frontera de los límites de la investigación física y química de la humanidad. Es maravilloso constatar cómo la genómica nos está brindando, segundo a segundo, el conocimiento del interior de la vida, incluida la del ser humano. Y está demostrando, no sin cierta desazón, que la composición de la maravillosa fórmula que hace posible las cadenas genéticas, el libro de instrucciones de la especie humana, no separa mucho la realidad del ratón, de la del ser humano. Y esto no ha hecho nada más que empezar. A la hora de enseñar el carnet genético, como persona, quizá estoy obligado a mirar al lado por si algún ratón nos está imitando. Existe una diferencia mínima, en poco más del 1%, entre la secuencia genética del ser humano y del chimpancé, y el mismo número aproximado de genes, lo que nos confunde respecto de las notables diferencias observables a primera vista entre seres humanos y chimpancés.  «Lo que nos hace humanos no es la aparición de nuevos genes», subrayó en 2001 Carlos Ortín, de la Universidad de Oviedo, miembro del equipo que secuenció el chimpancé. ¿Sigue vigente, por tanto, la problemática derivada del interior de la materia cósmica?.

La realidad constatable es que el Universo, macro o micro, da igual, está en continua transformación. El famoso “pánta rei”, todo fluye, nada permanece, es una de las mayores expresiones de inteligencia conectiva multisecular. Este relativismo científico permite seguir avanzando en cualquier estadio en que se encuentre la persona que habita un pequeño territorio del Universo: e pur si muove. Y Teilhard comienza su exposición sobre el “lado interior” de las cosas. El ser humano solo toma conciencia de este movimiento continuo cuando la intensidad del mismo aparece. Ese es el momento álgido de la demostración de las hipótesis. Cuando se ejecutan. Lo latente se hace manifiesto. El ya pero todavía no de Bloch. La física y la química demuestran cada segundo que pasa la humanidad en su existencia, en su “calendario” en términos gregorianos, su permanente evolución basada en la intensidad. Por analogía, la aceleración de partículas hace más viable la investigación del cambio de dirección de las partículas cargadas, cualquiera que sean, pero de interés para los investigadores. Ahí está el éxito del electrón, en su intensidad.

El interior de las cosas en la consciencia de las mismas. Y aquí se reproduce de nuevo el debate ético, para Teilhard, entre creacionismo y evolucionismo. La creación, según Teilhard, supuso la aparición del hombre sobre la Tierra. Pero su gran visión crítica (de acuerdo con López Aranguren: sometida a crisis como juicio) se vislumbra al hacer partícipe de este salto consciente a los animales y plantas: el comportamiento de los insectos y de los celentéreos (invertebrados eumetazoos diblásticos) es inexplicable sin esta visión interior. En el caso de las plantas es más difícil de explicar. Quizá, más difícil de captar. Y nace el debate entre la dialéctica de lo que interesa a la ciencia: el interior y/ó el exterior de las cosas, de los seres humanos, animales y plantas. Antes lo decía: Hawkins, en su incipiente teoría de la inteligencia como expresión de la memoria-predicción, se interesa por el interior de la corteza cerebral. Durante mucho tiempo se ha trabajado en superficie. Ahora toca trabajar desde el interior mismo de la conectividad cerebral para descubrir, por ejemplo, por qué nos emocionamos. Fascinante. Pasen y vean.

Y Teilhard se hace fuerte en un argumento muy sólido: el interior o consciencia es una dimensión equitativa y saludable del Universo, sin distinción, que corresponde a la materia entera del mismo, “aunque con intensidad muy variada”. Su gran limitación vino de la prohibición científica a la hora de “excavar” las entrañas de la Tierra con su martillo de geólogo. Más difícil era admitir que también se podía excavar el interior cósmico que afecta por igual al ser humano que al celentéreo tan complicado que citábamos anteriormente, pero que es una forma de ser animal muy diferente (sin ir más lejos el moho de fango que narra de forma fascinante Steven Johnson en su obra “Sistemas emergentes”, al justificar su teoría de la agregación social).

Avanzando en esta reflexión crítica, me he encontrado con una anotación mía, de hace treinta y ocho años, sobre esta frase de corte teilhardiano: “Así en el cosmos entero, el lado exterior material, el único que la ciencia suele tomar en consideración, está acompañado de un lado interior consciente, las más de las veces oculto”. Y escribo asÍ: “esta frase resume todo lo dicho anteriormente”. Es verdad, porque lo oculto es lo que apasiona menos en la verdad científica. Aunque a mi me supuso poner en crisis la razón de la razón y la del corazón en una dialéctica pascaliana que permite hoy la realidad de una enorme pre-ocupación (así escrito) sobre el lado interior del cerebro y de su máxima expresión comprensiva y de aprehensión a través de la inteligencia. Y culmina esta teoría en una definición apasionante, también subrayada: la consciencia es una propiedad cósmica de intensidad variable, que podemos seguir a través de todos los grados ascendentes de crecimiento de la vida, hasta el pensar reflejo del hombre.

Y donde quiebra esta grandiosa teoría por construir todavía, si acudimos solo al campo de la investigación cerebral como máxima expresión de lo que interesa saber acerca de la vida humana, de su salud y enfermedad (mental, por ejemplo), es la permanente voluntad de conciliación de materia y espíritu en Teilhard, aunque de forma velada: nada puede aparecer en el mundo que desde un principio no existiera ya oscuramente. La evolución hacia la complejidad está servida. Es lo que ha demostrado la lectura de los poco más de 3.000 millones de letras (pares de bases químicas) que resultó tener el libro de instrucciones de la especie humana, leído en 2005.

A esta realidad cósmica la llamaba Teilhard embriogénesis. Cuando ayer, a la altura de Despeñaperros, se abría mi mente a la teoría de la corteza cerebral como generadora de la inteligencia creadora porque soy capaz de mantener en la memoria las experiencias anteriores que he vivido (¿quizá que han vivido mis antepasados, incluidos los ratones y los chimpancés?) y, además, realizando predicciones sobre algo “ya experimentado”, se llega a demostrar que puedo conseguir que el lado interno de las cosas tenga una significación especial, vislumbraba la razón de la razón de Teilhard y su rabiosa actualidad. Aunque como muy bien decía Rafael Alberti en un poema revelador aplicable a esta crisis temporal en las iglesias de la ciencia, que fueron también las que ocasionaron la crisis de Teilhard, la crisis está servida: “Confiésalo, Señor, solo tus fieles hoy son esos anónimos tropeles que en todo ven una lección de arte. Miran acá, miran allá, asombrados, ángeles, puertas, cúpulas, dorados… y no te encuentran por ninguna parte” (Roma, peligro para caminantes).

Sevilla, 26/IV/2006

El punto omega (III)

Estoy inmerso en el proceso de construir el constructo “inteligencia digital”, valga la redundancia y con el compromiso en red de hacer un comentario de texto, actualizado, de los orígenes científicos de Teilhard de Chardin para llevarlo a nuestros días. El tercer capítulo del libro iniciático de Vital Kopp llevaba un título muy sugerente “Volver a reunir lo separado”. Es una frase programática, hilo conductor de una dialéctica que mantiene vigente toda su actualidad. Y la pregunta, que parece una obviedad para muchos, se hace muy interesante en los tiempos que corren, porque ¿qué es lo que se separó? Vamos a intentar reinterpretarlo en el lenguaje de nuestros días.

En el principio existió la creación o el comienzo de la vida celular. En el terreno de las creencias cualquier hipótesis es posible y, por tanto, respetable. En el terreno científico no hay vuelta de hoja: en el principio fue la evolución de la vida, la evolución de las especies. Y Teilhard vivió sumido en esta contradicción in término: el hombre de la Biblia, del primer relato de la creación, era el mismo hombre que el pitecántropus erectus pekinensis, un “eslabón perdido” descubierto por él en la China y, denominado, a partir de ese momento “punto alfa del universo”. Pero ahí es donde se centra el gran problema de fe, de creencia, de laboratorio, de la geología, de la biología y de la neurociencia actual: saber dónde se produjo el salto real para la estructuración del cerebro y de su proyección más humana: la inteligencia. La gran preocupación de Teilhard radicaba en la “fusión” de la naturaleza humana con la estrictamente biológica, hasta tal punto que la distinción se hace ininteligible atendiendo a sus orígenes: “a su parecer, el hombre, como fenómeno integral, forma parte de la naturaleza. Está por consiguiente sujeto, incluso en cuanto forma un todo, a las exigencias y a los métodos de las ciencias naturales”, en frase de Vital Kopp.

Lo que se separó está claro. Dos formas de interpretar el comienzo del mundo, de la vida, que Teilhard intentó conciliar con escaso éxito, llamemos las cosas por su nombre. Su mente de geólogo estuvo en contradicción permanente con su razón del corazón católico, en puro esquema pascaliano. Su destierro último, por mucho que queramos revestirlo de diplomacia vaticana, en el hotel Fourteen, en la calle setenta y tres Este de Manhattan, en “un cuartucho con una sola ventana con vistas a un mugriento patio de luces y al muro trasero del club nocturno Copacabana”, tal y como lo describe Tom Wolfe en “El periodismo canalla y otros artículos”, traduce de forma muy evidente que este tipo de personas hay que alejarlas de la sede central del conocimiento dogmático de base científica: Roma. Y quizá sea esta situación irreconciliable desde la perspectiva católica la que propició que Teilhard dedicara ya toda su vida intelectual a “reunir lo separado”, buscar la “convergencia de la humanidad”, simbolizada en el descubrimiento de los eslabones perdidos (pitecántropus) a través de su martillo de geólogo. Se entiende así, desde la perspectiva digital de Negroponte, que la convergencia comprensiva, creada por la mano de Dios (según Teilhard), permitía ahora unir la especie humana como un único sistema nervioso, una “membrana viva”, una “máquina pensante”, una conciencia unificada por la piel pensante o noosfera, concepto que se analiza más hoy como cooptado por Teilhard que creado por él mismo, como ya expliqué en “La esfera de la inteligencia (Noosfera)”.

Es precisamente la convergencia de las personas el gran atractivo de su teoría científica hoy en plena operación rescate del pecio teilhardiano en el mar del olvido científico. Y la pregunta se nos hace algo obligado: ¿se estaría refiriendo Teilhard a la aparición de la gran red mundial de conocimiento y comunicación llamada Internet?. Creo que nos vamos aproximando al punto omega de su teoría noosférica, apoyada indefectiblemente por una nueva teoría científica denominada neurociencia, que es apasionante. Lo iremos viendo.

Sevilla, 22/IV/2006

El punto omega (II)

El vuelo de la inteligencia es el que nos enseña a aprender a aprender (1). En este análisis sobre Teilhard, hay un segundo rumbo del vuelo que nos propone siempre el profesor Marina, que nos permite conocer mejor lo que sucede, para romper la rutina y el tedio de muchas vidas anónimas. Lo importante es valorar lo que dejamos más que lo que vamos a conocer. Dejamos confusión, prejuicios, error, ignorancia, la persistencia de lo histórico, de lo inamovible, de la tradición. Adquirimos conocimiento. Cuando trabajaba en el proyecto de historia de salud digital, en el Sistema Sanitario Público de Andalucía, nos propusimos darle un nombre nuevo. Así nació “Diraya”, que en árabe quiere decir “conocimiento”, porque en una interesante lectura sobre Averroes, descubrí el valor de la dialéctica en el vuelo de su inteligencia: es más importante trabajar en el conocimiento (diraya) que progresa, que estar viviendo permanentemente de la tradición (riwaya). Así lo expresaba Dominique Urvoy, en su libro “Averroes”: ”bajo la estabilidad social del cuerpo de los ulemas se manifestaban tensiones, crujidos, que explican la insatisfacción de Averroes ante la orientación ideológica predominante en al-Andalus durante su juventud, y su opción decisiva a favor de una reforma que, ante todo, se concibe como el resultado del uso de la razón. Tanto más cuanto  que, nos dice su biógrafo más próximo a él en el tiempo,  Ibn al-Abb¬ar, se sentía más inclinado hacia el conocimiento (diraya) que hacia la simple transmisión (riwaya)” (2).

Mucho se ha escrito sobre la personalidad controvertida de Teilhard. De acuerdo con la postura de Averroes, el “nómada de la ciencia”, como es descrito por Josef Vital Kopp, en el libro sobre el que iniciaba el comentario de texto, actualizado, en el artículo de 16/IV/2006, cubrió una vida de 74 años (1881-1955) plagada de sobresaltos, en la búsqueda del probable punto omega, en el Universo en el que tenía que migrar constantemente por el imperativo categórico de la rigidez dogmática de la Iglesia romana, que acabó desterrándolo a una habitación de un hotel, en Nueva York, donde muere en soledad, víctima de su trabajo incansable por aunar esfuerzos en la dialéctica creacionismo-evolucionismo. Crisis nacida en el terreno de las preguntas que preconizaban hipótesis de trabajo científico, auxiliado por su martillo de geólogo: ¿de dónde viene y adónde va el hombre y cuál es el puesto y destino del hombre dentro del cosmos?. El ejemplo más contundente se encuentra en el fracaso intelectual de Teilhard al conocer que su obra principal “El fenómeno humano” (1948) no era aprobada por la censura de Roma, aunque ¡paradojas de la vida!, la Academia francesa de Ciencias lo elige como miembro de la misma dos años después del duro golpe romano.

Con la misma pasión subrayé página a página, a mis dieciocho años, la obra prohibida en una España que helaba el corazón. Preparé trabajos de investigación, escribí un ensayo en francés sobre la evolución creadora de Maurice Blondel y dibujé hasta la saciedad los círculos concéntricos de la nueva forma de ser la persona y el cerebro en el mundo: la geosfera, la biosfera y la noosfera, cruzados por una línea delgada roja de la nueva interpretación de la continuidad alfa y omega, asimilados al principio y fin de la vida, en el terreno de la creación y/ó en el de la evolución. Esa era la cuestión a dilucidar, pero había que tener el valor científico de plantear la cuestión en el terreno de las hipótesis que en sucesivos artículos iremos desentrañando.

Queda claro para los amantes de la ciencia e investigación-acción que Teilhard fue un ejemplo de constancia en la creencia. Sin calificarla, en principio. Diraya, mejor que riwaya.

Sevilla, 20/IV/2006

(1) Marina, José Antonio (2000), El vuelo de la inteligencia. Barcelona: Plaza & Janés Editores, págs. 15 y 187.

(2) Urvoy, Dominique (1998), Averroes. Madrid: Alianza, pág. 43.

El punto omega (I)

Era la una y media de la madrugada. Fue un momento sobrecogedor, difícil de explicar. La última frase del libro “Origen y futuro del hombre”, de Josef Vital Kopp, era un homenaje a cuarenta años de permanencia en algún lugar oculto de mi cerebro, después de aquella primera lectura y análisis en 1966, de meses de estudio hasta que la Autoridad competente me recomendó que no investigara tanto sobre Teilhard de Chardin, porque era una persona que había muerto como había vivido: solo, equivocado de siglo, contraviniendo las teorías de la creación, reviviendo las teorías darwinistas en una nueva interpretación de raíces dudosas acerca de la creación y la evolución de las especies.

Desde la portada, pasando por el índice y por mis propias anotaciones, pasaron imágenes y secuencias extraordinarias para un joven de dieciocho años que había descubierto que otro mundo era posible. Y he vuelto a leer página a página al autor que interpretando a Teilhard de Chardin me llevó de la mano (creo que también de la inteligencia) a descubrir una interpretación del mundo que se simboliza en la cabecera de este diario digital: el mundo solo tiene interés hacia adelante (Tientsin, 1923, recogida en sus Lettres de voyage, 1923-1939).

Con la mayor asepsia posible, pasando por el matiz de mi intrahistoria, deseo entregar a la comunidad humana de la red, pre, intra y postcientífica, aquella primera lectura que abrió la posibilidad de que hoy rescatemos lo esencial de aquellas aventuras teilhardianas para beneficio de la noogénesis actual. Es una deuda ética con la inteligencia digital, reinterpretada su tesis principal. Tal y como Vital Kopp arrancaba en su Nota Preliminar, “el análisis científico de su pensamiento requerirá todavía años, sin que, por ahora, pueda preverse cuál será el resultado de tal labor”. Queda mucho por estudiar y analizar en el corpus teórico de Teilhard, pero es indudable que se puede y debe acudir a sus bases científicas para construir el armazón científico de la inteligencia digital, tal y como propugno como nuevo paradigma científico. Es muy ilusionante acometer esta tarea, que será lenta, de riesgo, pero con un hilo conductor (leit motiv) claro y conciso, utilizando las claves de Monterroso para hacerlo más accesible: el mundo, el cerebro, solo tienen interés si miramos hacia adelante, si se hacen transparentes para el conocimiento humano.

Por otra parte, es indiscutible aceptar que el estado del arte de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación hacen viable esta meta, esta “intuición” investigadora en la construcción de un punto omega hacia el que caminamos digitalmente. Teilhard lo afirmó rotundamente: “El misterio del mundo aparece dondequiera que se logra ver transparente el universo” y esta transparencia es una de las grandes preocupaciones de personas, instituciones y Gobiernos actuales. En definitiva, porque necesitamos saber y la gran oportunidad de hoy, para alcanzar este proyecto de existencia, nos la brindan los sistemas y tecnologías de la información y comunicación. Esta realidad la demostraremos hasta la saciedad y veremos con aplicaciones prácticas cómo es una verdad incuestionable, en una búsqueda compartida al estilo machadiano: no tú verdad, ni la mía, sino la verdad tal y como se aparece y siente emocionalmente y a nivel de sentimientos hoy, en los cinco continentes.
En el primer capítulo del libro, “El pleito perdido”, se aborda con objetividad la realidad insondable de la bifurcación del creacionismo y del evolucionismo para justificar el origen del ser humano. Cuarenta años después, se debe aceptar que la convergencia es cada día mayor, pero hay un punto de partida donde “el primer motor inmóvil de Aristóteles” (protón kinún akíneton) sigue siendo una realidad para los creacionistas, mientras que la ciencia ha adelantado que es una barbaridad. La reproducción de seres vivos en laboratorio, la mejora intervenida de la especie, el carnet genético, la genómica en definitiva, van dando la razón a las teorías darwinistas chocando, a veces frontalmente, con la bioética trasnochada en su sentido más primigenio. Subrayé, en su momento esta frase: “Hoy día la evolución, incluso la del hombre, es un hecho indudable. Lo único que se resiste todavía a ser captado en términos científicos, es la fuerza motriz que impulsó la progresión ascendente: en una palabra, el cómo de la evolución”. Y en ese cómo andamos todavía, buscando las líneas delgadas rojas entre la investigación de laboratorio y el respeto a las creencias, donde la pregunta del origen del ser humano puede quedar sin responder ante la magnificencia de Dios.

Se desarrolla la historia de un pleito perdido porque de acuerdo con Vital Kopp, “cuando hoy leemos la apologética que en su tiempo se escribió contra Darwin, tenemos la impresión de leer las actas de un pleito perdido”. Y es una cuestión esencial la posibilidad de construir teoría científica respetando la convivencia entre realidad y creencia.

Estoy leyendo simultáneamente otro libro apasionante: “Sobre la inteligencia”, de Jeff Hawkins y Sandra Blakeslee (Espasa, 2005), donde se reafirma su idea de que su gran momento investigador sobre el cerebro y el rol de la inteligencia fue en 1986, cuando se dio cuenta de que la principal función del córtex no era generar comportamientos, sino hacer predicciones”. La memoria juega un papel muy importante desde la estructura cerebral porque predice los comportamientos y, en definitiva, es la base de la inteligencia. ¿Nos ayudará a comprender la visión del punto omega? Lo iremos analizando.

Javier Sanpedro, en la edición de El País, de 6/VIII/2005, analizaba con cierta ironía y sagacidad la siguiente pregunta: ¿Por qué tenemos los mismos genes que un ratón? “Porque la naturaleza humana no es cosa de genes, responderá el místico. Porque nuestros genes parecen los mismos pero no lo son, protestará el técnico. Porque no somos más que ratones, sonreirá el cínico. Expresadas con más solemnidad, y sobre todo con muchas más palabras, éstas vienen a ser las tres reacciones generales a la más chocante paradoja que la moderna genómica nos ha arrojado a la cara: que sólo tenemos 25.000 genes, pocos más que un gusano y muchos menos que una cebolla, y que encima los compartimos con el ratón. El místico, el técnico y el cínico tienen una brizna de razón, no digo que no, pero les voy a proponer otra respuesta mucho mejor. Un siglo de neurología ha demostrado por encima de toda duda razonable que el córtex cerebral, sede de la mente humana, está hecho de módulos especializados. Una lesión localizada puede eliminar las inflexiones gramaticales, las operaciones aritméticas, el tacto social o la capacidad para tomar decisiones, y las modernas técnicas de imagen confirman cada día la naturaleza modular de nuestra mente. Pese a todo ello, hace casi 30 años que el neurólogo norteamericano Vernon Mountcastle se convenció de que el córtex es casi uniforme por cualquier criterio que se considere -el mismo aspecto, la misma organización en seis capas, los mismos tipos de neuronas en cada capa, la misma arquitectura de circuitos- y, en un brillante salto conceptual, propuso que todas las áreas del córtex, los célebres módulos especializados, ejecutan la misma operación. No precisó cuál”.

Es obligado seguir investigando. Seguiremos abordando con visión de futuro estas cuestiones. Solo se trataba de calentar motores para dejar volar a la inteligencia, digital por supuesto.

Sevilla, 16/IV/2006

La esfera de la inteligencia (Noosfera)

En un libro recopilatorio de artículos de Tom Wolfe, El periodismo canalla y otros artículos, encontré en 2001 una referencia a Teilhard de Chardin (a quien debo mi interés manifiesto por el cerebro desde 1964), que tiene una actualidad y frescura sorprendentes: “Con la evolución del hombre –escribió-, se ha impuesto una nueva ley de la naturaleza: la convergencia”. Gracias a la tecnología, la especie del Homo sapiens, “hasta ahora desperdigada”, empezaba a unirse en un único “sistema nervioso de la humanidad”, una “membrana viva”, una “estupenda máquina pensante”, una conciencia unificada capaz de cubrir la Tierra como una “piel pensante”, o una “noosfera”, por usar el neologismo favorito de Teilhard. Pero ¿cuál era exactamente la tecnología que daría origen a esa convergencia, esa noosfera? En sus últimos años, Teilhard respondió a esta pregunta en términos bastante explícitos: la radio, la televisión, el teléfono y “esos asombrosos ordenadores electrónicos, que emiten centenares de miles de señales por segundo”. La cita es lo suficientemente expresiva de lo que Teilhard intentó transmitir a la humanidad a pesar del maltrato que sufrió por la Autoridad competente del momento, tanto científica, como ética y, por supuesto religiosa.

Desde 1964 no he parado de trabajar sobre la Noosfera (del griego “nóos” inteligencia y “sfaíra” (1), esfera: conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven, de acuerdo con la definición de la Real Academia Española, aceptada desde 1984), como tercer nivel o tercera capa envolvente (piel pensante) de las otras dos: la geosfera y la biosfera. Y en esta etapa actual de investigación, que deseo compartir con la malla pensante de la Web, he comprendido muchas claves que la difícil historia de España, en el siglo pasado, no permitían vislumbrar. Teilhard había construido su teoría de la Noosfera, sobre las corrientes científicas de su época. Y era un secreto a voces, desconocido en esta parte de Europa, que su fuente secreta estaba en el científico ruso-ucraniano Vladimir I. Vernadsky: “En mi disertación en la Sorbona de París en 1922–23, acepté la fenomenología biogeoquímica como la base de la biosfera. El contenido de parte de estas disertaciones salió publicado en mi libro Estudios de Geoquímica, que apareció primero en francés en 1924, y luego en una traducción rusa en 1927. El matemático francés y filósofo bergsoniano Le Roy aceptó el fundamento biogeoquímico de la biosfera en tanto punto de partida, y en sus disertaciones en el Collège de Francia en París, introdujo en 1927 el concepto de la noosfera como la fase geológica por la cual atraviesa la biosfera ahora. Él destacaba que llegó a semejante noción en colaboración de su amigo Teilhard de Chardin, un gran geólogo y paleontólogo que ahora trabaja en China. La noosfera es un fenómeno geológico nuevo en nuestro planeta. En él, por primera vez el Hombre deviene en una fuerza geológica a gran escala. Puede y debe reconstruir la esfera de su vida mediante su trabajo y pensamiento, reconstruirla de forma radical en comparación con el pasado. Se abren ante él posibilidades creativas cada vez más amplias. Puede que la generación de nuestros nietos se acercará a su florecimiento.” (fragmento del artículo que escribió Verdnasky en diciembre de 1943. Originalmente lo publicó la revista American Scientist en inglés en enero de 1945, de acuerdo con una investigación recopilada por el Instituto Schiller).

Esta investigación permite deducir que la reinterpretación católica de Teilhard sobre el punto equidistante del creacionismo y evolucionismo, se decantaba por este último avalado por sus descubrimientos del pitecantropus erectus (hombre-mono, erguido) en Pekín. Con una visión deslumbrante acerca de la inmensa tarea que quedaba para descubrir la importancia, por ejemplo, de la revolución digital.

Y esta revolución consiste en agrandar el cerebro de la sociedad, de la humanidad, en clave Teilhardiana. Por ello la inteligencia digital tiene un futuro muy prometedor: “¿No podrían los cerebros individuales conectarse unos con otros, en este caso a través del lenguaje digital de la Web, y formar algo mayor que la suma de las partes, lo que el filósofo y sacerdote Teilhard de Chardin llamó la “noosfera”? Wright no está convencido de que la respuesta sea sí, pero sostiene que la pregunta no es disparatada: “Hablar hoy de la existencia de un cerebro global gigante sigue siendo un disparate. Pero hay una diferencia. Actualmente las personas que hablan del tema lo hacen libremente. Tim Berners-Lee, el inventor de la World Wide Web, ha señalado paralelismos entre la Web y la estructura del cerebro, pero insiste en que el cerebro global no es más que una metáfora. Teilhard de Chardin, por el contrario, afirmó que la humanidad está constituyendo un cerebro real, como el de nuestras cabezas, pero de mayor tamaño” (2).

Se abre una esperanza nueva para la investigación. En las claves de Vernadsky (¿el primer ecologista?), Le Roy, Bergson y Teilhard, hay mucho que investigar. Lo que parece innegable es la capacidad del ser humano actual para constituir una malla humana excelente para intercambiar las grandes preguntas sobre la vida y la muerte, eso sí, mirando solo hacia adelante y extendiendo las redes neuronales desde la emergencia del ser humano al comienzo de cada vida.

Sevilla, 15/IV/2006

(1) Es muy interesante la quinta acepción de “esfera” aceptada por la Real Academia Española: “5. fig. Ámbito, espacio a que se extiende o alcanza la virtud de un agente, las facultades y cometido de una persona”, RAE, Diccionario de la Lengua española, 2001.
(2) Johnson, S. (2003).Sistemas emergentes, Madrid: Turner-FCE, 103s.

Semana Laica

Estamos viviendo la denominada Semana Santa en el calendario de las fiestas religiosas cristianas, en lenguaje Microsoft. Así aparece en los asistentes personales digitales (PDA), para programar con tiempo las fiestas correspondientes a las tres religiones monoteístas. No podemos negar que la ingeniería digital está en todo. Los sistemas emergentes ratifican a diario, que incluso en las semanas laicas (cualquiera del año) la sociedad se organiza habitualmente en torno a lo que le interesa, es decir, dan lugar a comportamientos inteligentes. Sevilla se organiza durante todos los días de las semanas “laicas” con las miras puestas en la “Semana Santa”, la única, la principal del año, la definitiva, la que propicia cartelería indicativa como la que conocí hace muchos años en un pueblo del Aljarafe, en una pizarra “dedicada”, que decía: “faltan 264 días para el Rocío”.  Y cada día, con tiza y borrador, se diseñaba de forma humilde la cuenta atrás de la alegría…

El mundo solo tiene interés hacia adelante y los sistemas emergentes, de abajo hacia arriba siguen marcando las pautas de comportamiento colectivo. Cada uno sabe de lo suyo. Las agencias de viaje, atómicas ó digitales, organizan también esta semana a lo laico, es decir, sin ferias ni festejos cristianos, judíos y musulmanes, preparando una escapada para compensar la fuerza de lo santo. El azahar de Sevilla actúa como feromona atrayente para distribuir trabajos muy bien estandarizados. Sin tocar a quien organiza el mayor espectáculo del mundo, porque los de abajo conocen su misión. Tienen oficio. La música sacra de las bandas que han estado preparando sus salidas en semanas laicas, para la semana santa, actúa de catalizador para conducir a las masas que se trasladan en clave de “bulla” hacia alguna parte. Familias enteras de los barrios deshechos por el boom inmobiliario que vuelven en esta Semana Santa a su lugar de origen para recuperar las señas de identidad que les arrancó la especulación y su mejor nivel de vida, aunque hayan perdido el valor del contacto familiar y de la vida compartida en las aceras, porque viven en estado de alerta en los nuevos adosados que ni siquiera tienen parroquia al lado, blindados por la inseguridad ciudadana. Con la excusa de la “Semana Santa”, de su cofradía de toda la vida, de su “Señor ó Señora de Sevilla”, vuelven para recuperar aunque solo sean unas horas, sus tiendas, sus colegios, sus plazas, sus aceras de siempre, donde se hacía eso, la vida. Es decir, sus días laicos, sus semanas laicas, donde solo tiene sentido ese Jesús de la agonía que era la fe de sus mayores, como decía Antonio Machado. Las aceras existen, en definitiva, para crear el “orden complejo” de la ciudad, como afirma Steven Jonson en el libro que comento más adelante.

Hoy, las aceras de Andalucía, funcionan como soporte de interacciones sociales viendo las procesiones. Aunque desde la inteligencia digital siempre me ha encantado saber que Jesús de Nazareth, en su ataque continuo de humanidad, se cansaba y se dormía, porque estaba hecho polvo, en el cabezal del barco (Mc 8,23). En silencio. Comprendiendo el valor de cada día laico y lo que cuesta vivir tranquilo con uno mismo. El que permite que juntos, desde la base, sigamos construyendo una nueva forma de ser en el mundo, en cada segundo, minuto, hora, día, semana y acera, laicos.

Continúo con la lectura de mi libro de cabecera en esta Semana: “Sistemas emergentes”, de  Steven Jonson (Turner-Fondo de Cultura Económica). Se me han ocurrido muchas cosas tras la reflexión a la que me han llevado sus primeras páginas. Y con motivo de esta cita puntual, deseaba transformar la realidad del Miércoles Santo en un día normal, laico, reinterpretando lo que ocurre a mi alrededor. Es que el subtítulo es para no dejar tranquilo a nadie: “O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software”. Casi nada: inteligencia digital compartida.

Sevilla, 12/IV/2006

El siglo del cerebro

El domingo pasado estuve leyendo un reportaje fantástico sobre el cerebro en la revista dominical “Magazine”. El 7 de abril se inaugura la exposición “Paisajes neuronales” en CosmoCaixa, Museo de la Ciencia de Barcelona (http://www.neuroart2006.com/). Va a ser una oportunidad de admirarse de una caja fantástica de 700 gramos de peso, aproximadamente, rememorando a Aristóteles cuando definió la filosofía: capacidad que tiene el ser humano (el decía el hombre y por eso no nos debemos enfadar…) de admirarse de todas las cosas. Les aseguro que en griego suena precioso (inténtelo conmigo leyéndolo tal cual): jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic).

Este cuaderno, que poco a poco se va configurando, tiene su razón de ser en el cerebro, donde se instala la inteligencia digital y donde está su primer motor inmóvil que permite desde la preconcepción desarrollar capacidades fabulosas de ser en el mundo. Lo que pasa es que siempre se trabaja en la actualidad con una mala noticia: no sabemos casi nada de lo que pasa en la caja fantástica a la que llamamos “cerebro”. De todas formas, hemos comenzado una aventura fascinante porque en este rincón del mundo vamos a hacer un esfuerzo por democratizar lo que vamos sabiendo del mismo y lo vamos a poner a disposición de la comunidad red. Seguro que entre todos vamos a tejer una malla de conocimiento en todas sus posibles manifestaciones. Llegará el día que podamos abrir categorías y páginas (en lenguaje bloguero) divulgativas, especializadas, de investigación democratizada y no solo de la élite del poder que da siempre el conocimiento, con objeto de hacer un homenaje permanente al auténtico patrimonio de la humanidad todavía por descubrir. Cien mil millones de posibilidades (neuronas) para grabar acontecimientos vitales, diferentes, que caracterizan a cada ser humano, me parece algo sorprendente. También, ilusionante.

El reportaje arrancaba con una historia sublime: “Hay en el centro del cerebro, dos pequeños grupos de células que se vuelven hiperactivas en personas que consumen cocaína: el área tegmental ventral y el núcleo caudado. Estas dos áreas que procesan gran cantidad de información a nivel subconsciente, se hiperactivan también en personas recién enamoradas, según una investigación de la Universidad del Estado de Nueva York” (Josep Corbella, Magazine, 2 de abril de 2006). Y se explica cómo a través de la resonancia nuclear magnética de esta zona del cerebro se ha podido  comprobar  que el enamoramiento se experimenta de una forma similar a una adicción. Es más, otra región cerebral, el pálido ventral se activa y permite que las parejas estabilicen su amor. Pero poco a poco el área tegmental y el núcleo caudado dejan de tener actividad  y quedan en estado latente hasta una nueva ocasión de enamoramiento… Apasionante. Luego hay que analizar el contexto humano y social que acaban controlando, al menos hoy, a esos dos motores de lo que llamamos amor, cuando quizá queremos decir otra cosa. Ética de situación, lo llamo yo. Lo que es sobrecogedor se centra en la razón de ser de todas las personas, la igualdad en la realidad de la posibilidad de ser en el mundo. El cerebro nos va a dar muchas sorpresas. Por eso insisto en que este siglo va a ser muy importante para la historia de la humanidad. La inteligencia se va a abrir paso en un mundo hostil que, por ahora, no le interesa mucho descubrir la magia del cerebro, porque dejaría al descubierto la gran mentira de los desajustes sociales, de la indecencia de la pobreza sublime que, por mucho que lo neguemos, la tenemos más cerca de lo que parece. Pobreza mental, sin ir más lejos. La gran lección de los subsaharianos radica en que quieren ser felices, enamorarse de una vida que les permita ser personas. Posiblemente porque quien nos creó ó puso en marcha el primer motor inmóvil, la razón de la evolución, tuvo en cuenta que la maravilla del cerebro era una tarea multisecular. Por los siglos de los siglos. Creo que por el área tegmental ventral y el núcleo caudado anda la cosa. Y esto no ha hecho nada más que empezar.

Sevilla, 4/IV/2006

Lo pequeño que es el mundo

Esta frase simboliza siempre, de forma positiva, lo que no sabemos explicar de forma racional. Nos encanta pronunciarla para hacer valer el relativismo ético de la sociedad. Nos deja literalmente mudos. El 7 de marzo escribí un artículo sobre Mario Kogan: http://www.joseantoniocobena.com/?p=63. Era una forma de entregar a la sociedad red, que tantas veces ha explicado el profesor Castells, una forma de aprendizaje autónomo de una nueva forma de vivir en grupo, en equipo, una nueva forma de vivir en el mundo. Ayer, recibí un mensaje, como si de botella en el mar se tratase, de Mario, comunicándome que había leído el artículo (gracias a Internet, a la sociedad red) y que le había emocionado, sobre todo –y entre otras razones- porque coincidía con la publicación de un libro que ha escrito junto a José Ochoa: “Dónde está mi equipo”: http://www.dondeestamiequipo.net, en referencia a esta experiencia que, de forma sencilla y accesible, quise poner a disposición de toda aquella persona que lo quisiera leer y comprender, en una lección ultrarrápida de inteligencia social y digital, como si habláramos en clave de conocimiento compartido y, sobre todo, distribuido.

Es la nueva visión de la democratización del saber, que obliga a adoptar nuevas formas de aprendizaje. Internet es una escuela de alta disponibilidad, no cierra nunca, y aquí no es posible reeditar la famosa frase de Larra. ““vuelva usted mañana”, que tanto caracteriza la formación e información trasnochada. Es verdad también que podemos digitalizar el desorden y el caos, en una nueva visión de caos digital, más propio de las tesis de los tecnófobos. La semana pasada leí un artículo extraordinario sobre Michel Onfray, sobre todo porque planteaba una nueva forma de hacer accesible e interesante el conocimiento sobre los asuntos que verdaderamente preocupan a las personas, fuera del academicismo al uso, dando auténtica respuesta a interrogantes que aparentemente son de difícil comprensión: “Pero Onfray es también atípico porque hace ya algunos años decidió abandonar la carrera académica y el prestigio de las cátedras para filosofar en pantuflas desde su Université Populaire, en Caen. «Imparto dos horas de clase todos los martes, de seis a ocho de la tarde, ante 600 personas. Entrada libre, sin matrícula ni título a la salida», nos explica Onfray. «Cuando empecé lo hice ante 50 personas. Solo. Sin presupuesto. Ahora somos nueve profesores. Ofrecemos cursos de cine, de filosofía para niños, de psicología, de arte contemporáneo, de historia» (Babelia, 18/III/2006).

El conocimiento y su gestión adecuada (?) es tan complejo en sí, tan inabarcable, hablando con humildad existencial, que tratarlo con fórmulas tradicionales es una tarea imposible. El mismo Onfray lo resume de forma espléndida: «Si siguiera trabajando dentro del Ministerio de Educación debería respetar un programa, unos autores, unos conceptos, preparar a los alumnos para superar unos exámenes de acuerdo con unas determinadas fórmulas… todo eso está bien pero hay mucha gente que satisface esa demanda, que se adapta al molde. En el Ministerio te dejan enseñar la filosofía como quieres, pero sólo oficialmente porque hay que hablar de Platón, de Aristóteles, de todos los grandes autores, antiguos y modernos… no queda tiempo para adentrarse en otros terrenos».  Si a esto agregamos la realidad de la Universidad digital que es en sí mismo Internet, a las que puedes asistir con pantuflas también, desde tu casa, podemos atisbar que el gran reto del siglo actual es trabajar al servicio del cerebro, gran desconocido desde el punto de vista científico. El siglo XX fue un siglo dedicado al corazón. El actual debería ser el “siglo del cerebro”. Es decir, estamos en pañales respecto del conocimiento humano, de su estructura, de su razón ser, de su enfermedad. Solo nos ha preocupado la locura, pero estar locos por saber ha sido cosa de unos pocos privilegiados. Solo atisbamos que nos desborda en la actualidad. El médico, por ejemplo, se sorprende porque el enfermo ha cambiado de rol: cuando se presenta en la consulta puede que lleve las últimas investigaciones sobre el diagnóstico que le comunicó la semana pasada. Los maestros están desbordados porque cuando encargan un trabajo a sus alumnos, rápidamente recurren a Internet, a las enciclopedias digitales, a las galerías de imágenes y les presentan unos trabajos excelentes, ellos dicen que “copiados”, sin que se estimule la inteligencia clásica (que se lo digan a Onfray). Los trabajadores son acusados de “hurto” del tiempo laboral porque envían correos no deseados para la “empresa”, para la “Administración”, chatean, entran en los buscadores, en sus bancos, en sus intereses… durante la jornada laboral. Los hijos más despabilados dejan cautivos y desarmados a los padres de segunda y tercera generación con las capacidades que desarrollan mediante Internet: chats, foros, videoconferencias, mensajería, etc. Y dicen.: “¡si es que yo no sé lo que hace mi hijo con el ordenador, si no sé manejar el Internet ése!”. Es decir, estamos ante el mayor espectáculo del mundo y sin entradas.

¿Qué podemos hacer ante tanto desconcierto?. Lo primero asumirlo. Después habrá que empezar a hablar de una estrategia digital del conocimiento en todas sus posibles manifestaciones. La educación, la cultura, la sociedad, las empresas y la clase política, tienen mucho que decir. Incluso el Estado. Lo que es verdad es que no podemos poner puertas al campo. Lo que decíamos al principio: ¡qué pequeño es el mundo!. Yo añadiría, ¡pero que grande es lo que nos ofrece el mundo digital!. Nos ayuda a conocer la realidad de las personas, de todo lo que ocurre incluso en el rincón más pequeño del mundo. En definitiva, se ha abierto la veda de conocer, es decir, de ser más libres. Recuerda: la inteligencia es la capacidad para resolver problemas. Y de esto tenemos que seguir hablando porque creo que es lo que verdaderamente nos preocupa a todos, sin distinción de creencia, raza ó color, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación: telefonía móvil, televisión, cámaras digitales, Internet, ADSL y cualquier máquina de juego, con tecnología digital, por muy inocente que parezca. Sorprendente.

Sevilla, 26/III/2006

Inteligencia digital

Hace tiempo que deseaba iniciar una incursión científica por este constructo: inteligencia digital. El subtítulo de este diario en Internet “cuaderno de inteligencia digital” no es inocente. Después de diez años de trabajo incansable por este devenir de la investigación en sistemas y tecnologías de la información y comunicación, deseo iniciar una Categoría (ver columna izquierda), utilizando conceptos de esta Weblog, en un campo apasionante: la inteligencia digital, que se podría definir como “capacidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía”. Al pertenecer a la escuela del profesor Howard Gardner, sobre quién construí mi Tesis doctoral en Psicología, deseo bajar a la plaza de la sociedad (utilizo la traducción del giro italiano “scendere in piazza”), para intentar divulgar y hacer accesible a muchos usuarios de la red, las posibilidades que nos ofrecen hoy los sistemas y tecnologías de la información para ser más inteligentes. Me gustaría construir esta teoría científica de la inteligencia digital creadora como agradecimiento a años de lectura del profesor José Antonio Marina de quien aprendí muchos fundamentos científicos en su construcción de la teoría de la inteligencia creadora.

Como alumno agradecido e estos investigadores citados, quiero destacar la aplicación de sus teorías a esta investigación de raíz popular y entregada al ser humano, en clave de “empoderamiento compartido” (empowerment). Además, voy a escribir en visión positiva, dado que a la negativa ya se la dedicado mucho tiempo y esfuerzo desde la psicopatología, investigación necesaria por otra parte. Si además, incorporamos la necesaria habilidad social construida sobre esta inteligencia (digital) se habrá aportado a la sociedad una interpretación para ser en el mundo en un terreno de felicidad lógica.

Tal y como escribí sobre mi Tesis Doctoral, “Un modelo conceptual de las habilidades sociales desde el marco de la Psicología de la salud”, es posible la elaboración de una teoría científica de las habilidades sociales, también digitales, fuera del marco de la psicopatología, en el que siempre ha estado inmersa en menor o mayor medida, es decir, es posible elaborar una teoría de la inteligencia social digital, como una nueva aportación a la psicología de la salud positiva, una vez desmedicalizado el constructo habilidad social y clarificada su independencia de términos fronterizos tales como asertividad y competencia, como más representativos. La breve historia de las habilidades sociales nace en un marco estrictamente conductual, de terapia conductista, de salud negativa por la conducta anormal, donde el paciente debe desaprender las respuestas de mala adaptación y aprender las de buena adaptación psíquica.

He investigado acerca de la realidad actual y mundial respecto de la teoría y práctica de las habilidades sociales, en el marco de la bifurcación histórica de los caminos científicos en su origen, entiéndase mundo americano y anglosajón, y su proyección actual en clave de salud positiva desde un punto de vista estrictamente psicosocial, más en concreto, de psicología de la salud, en la nueva conceptualización de la inteligencia social basada en la teoría de las inteligencias múltiples. He analizado la verdadera historia de la crisis del concepto de competencia social y los avances científicos de la llamada habilidad social, también digital, pura y práctica. Desde la historiografía social y conceptual de la crisis social de la competencia en un marco geográfico determinado, se han analizado las alternativas actuales a la crisis, explorando la influencia social. He estudiado también los perfiles psicosociológicos de la incompetencia social, vinculándose los procesos competentes con las ideologías actualmente vigentes.

En el ámbito de la habilidad social, desde un punto de vista analítico puro, he investigado las teorías, escuelas e ideologías subyacentes en el llamado enfoque de las habilidades sociales, para concluir en su desmitización y desmitologización. Al analizar la habilidad social práctica, en el marco de la psicosociología de la salud aplicada, abordo la teoría y praxis del entrenamiento en habilidades sociales y su proyección en clave de salud positiva. Asimismo, he avanzado en el estudio del estado del arte de las inteligencias múltiples en su relación con las habilidades sociales, finalizando con el tratamiento del nuevo modelo de la creación inteligente de las habilidades sociales y digitales, sobre la base de la teoría de la inteligencia digital creadora.

Las consecuencias más evidentes que se han obtenido de la aceptación de las hipótesis de la investigación han sido las siguientes:

1.-Se han determinado las bases conceptuales, claras y concisas del nuevo modelo conceptual de las habilidades sociales y de la inteligencia social y digital.
2.-Se ha formulado el paradigma básico de la investigación, que permite continuar la secuencia lógica de futuros trabajos científicos.
3.-Se ha determinado la frontera con los términos que, en el enfoque de las habilidades sociales, tradicionalmente se han prestado a confusión por su indeterminación.
4.-Se han desmedicalizado los términos, para sacarlos del terreno de la psicopatología, en el que tradicionalmente se han desenvuelto y se han desarrollado en el campo estricto de la psicología social de la salud positiva.

A partir de esta incursión en el blog, iré entregando en la dinámica de diario digital, los documentos, reflexiones, artículos, trabajos científicos, artículos, informes, etc. que estén expresamente vinculados con la inteligencia social y digital y su proyección en habilidades sociales y digitales (sociodigitales).

Howard Gardner, el precursor de las inteligencias múltiples que nos abre hoy las puertas a un nuevo planteamiento de inteligencia digital, de gran impacto social, hizo una manifestación en su presentación de la teoría científica de las inteligencias múltiples en los siguientes términos: “Es de la máxima importancia que reconozcamos y alimentemos toda la variedad de inteligencias humanas y todas las combinaciones de inteligencias.  Somos tan diferentes entre nosotros, en gran parte, porque todos tenemos diferentes combinaciones de inteligencias.  Si llegamos a reconocer esto, pienso que, como mínimo, tendremos una oportunidad mejor de enfrentarnos adecuadamente a los muchos problemas que se nos presentan en el mundo.  Si podemos movilizar toda la gama de habilidades humanas, no sólo las personas se sentirán más competentes y mejor consigo mismas, sino que incluso es posible que también se sientan más comprometidas y más capaces de colaborar con el resto de la comunidad mundial en la consecución del bien general.  Tal vez, si podemos movilizar todas las inteligencias humanas y aliarlas a un sentido ético, podamos ayudar a incrementar la posibilidad de supervivencia en este planeta, e incluso contribuir a nuestro bienestar”.

Hasta mañana. Lo vamos a “pasar” muy bien estudiando e investigando nuestras capacidades de ser más inteligentes con la ayuda de la “informática”, para entendernos. Ya verás.

Sevilla, 20/III/2006

Nota 1: en los próximos días voy a poner a disposición de esta categoría, un diccionario digital para hacer más accesibles todos los términos. Además, si te parece interesante la idea, podemos construirlo entre todos, dado que va a ser un diccionario que se irá especializando en inteligencia digital.

Nota 2: una aplicación práctica de inteligencia digital desde la Administración Pública al servicio de los ciudadanos, es la Resolución de la Consejería de Economía y Hacienda de 2 de marzo de 2006, que se publicó en el Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, el pasado 15 de Marzo: http://www.juntadeandalucia.es/economiayhacienda/servicios/normativa/instrucciones/2006/res_02-03-06.pdf. Es importante que se lea con detalle la Introducción, porque recoge especial sensibilidad respecto del “empoderamiento” al que hago alusión más arriba, es decir, se transfiere poder a los ciudadanos para poder cumplir con la obligación de colaboración en el pago de las tasas que permiten mejorar los servicios públicos, utilizando los avances informáticos aunque no se tengan cerca. Ya sabemos que un 69,7% de la población andaluza no tiene Internet (EGM). Aunque sé que al lado de una persona mayor (sin limitar el término…) siempre hay un hijo, nieto o sobrino que lo conoce. Esa es la esperanza de la equidad digital.