En este tiempo tan complejo en el que sobrevivimos a diario, navegando en mares procelosos de desafección y desencanto social, es importante descubrir los mapas del alma y del tiempo, porque nos pueden reconfortar en momentos difíciles. Eduardo Galeano nos ayuda en esta tarea tan noble y esperanzadora, con unas palabras preciosas que reproduzco íntegras a continuación, en este cuaderno de derrota, en lenguaje marino, pronunciadas al recibir el Premio Stig Dagerman, en Suecia, el 12 de septiembre de 2010, porque nos permiten descubrir el alma en mapas imaginarios, a modo de islas desconocidas todavía sin descubrir. Sobre todo, porque necesitamos encontrar mapas de paz interior que lleven el alma dentro:
Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza. Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos. Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común. Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena. Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo: hasta luego. Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser solidario y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.
En aquél acto leyó también algunos relatos breves de un libro muy querido por él, también por mí, El libro de los abrazos, aunque no he podido identificar cuáles fueron. A modo de búsqueda incesante por mi ardiente impaciencia, he elegido el primero, El Mundo, porque quizá sea una tarea apasionante identificar en los mapas del alma a las personas que son “fueguito” en sus vidas, quizás en las nuestras. Veamos por qué:
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. – El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.
Hoy, como en ocasiones anteriores, he comprendido por qué Galeano recibió ese premio. Me he acercado de nuevo a él y me ha encendido la luz que necesito ahora para descubrir mejor los mapas de mi tiempo y de mi alma. Le estoy muy agradecido. Esa es la razón de por qué comparto ahora su palabra.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Imagen funcional del cerebro humano, donde se utilizan colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas. Cortesía de Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), 2007.
Sevilla, 12/XI/2024 – 14:21 (CET+1)
La tercera acepción del adjetivo “mayor”, según la Real Academia de la Lengua, aplicada a las personas, se define como “entrada en años, persona mayor”. Hoy, quiero dedicar unas palabras en este cuaderno digital a la inteligencia digital de las personas mayores, entradas en años, de edad avanzada, como es mi caso, que asistimos en un momento de nuestras vidas a la aparición de un mundo digital nuevo, cuando todavía no éramos “mayores”, pero que nos cogió subidos en un tren analógico y atómico, del que nos tuvimos que bajar un día para prepararnos a sobrevivir en esta revolución marcada por un lenguaje que tuvimos que asimilar, cada uno, cada una, como pudo, escuchando por primera vez dos vocablos que tuvimos que incorporar a nuestro lenguaje ordinario: software y hardware.
El primero, software, se acabó incorporando a nuestro diccionario RAE con una definición algo problemática, como sustantivo, que necesitaba muchas palabras para poder explicarlo: “conjunto de programas, instrucciones y reglas informáticas para ejecutar ciertas tareas en una computadora”. Igualmente, otro vocablo inseparable, hardware, equipo, con una explicación breve agregada para entenderlo de forma adecuada: “conjunto de aparatos constituido por una computadora y sus periféricos”. Han pasado ya muchos años de proximidad y vivencia junto a estos dos vocablos y sabemos, también como personas mayores, lo que han significado en los últimos cincuenta años y significan en la actualidad, hasta llegar a nuestros días, en los que los teléfonos, tabletas, relojes, televisores, llaves de vehículos, tarjetas bancarias y casi todo lo que se mueve, tenemos asumido que son “inteligentes”. Pero ante este aluvión tecnológico, desarrollado de forma exponencial mediante las tecnologías de la información y comunicación, surge una gran pregunta para abordar el inframundo tecnológico, digital por supuesto, con el que se tuvo que enfrentar nuestra inteligencia, humana por supuesto también, cuando éramos jóvenes y, ahora, cuando ya somos personas mayores, entradas en años y de edad avanzada, sin eufemismo alguno.
Lo que cuento a continuación es un resumen de mi vivencia al respecto, porque mi mundo hace cincuenta años era analógico y atómico, sorprendido por la entrada en tromba de las tecnologías de la información y comunicación. Me ayudó mucho a entender lo que estaba pasando y viendo, la lectura de un libro didáctico escrito por Nicolás Negroponte, El mundo digital, que me ha acompañado a lo largo de mi trayectoria vital y profesional, fundamentalmente porque aprendí lo que se nos venía encima y que era imprescindible subirse al tren digital de la vida si queríamos progresar adecuadamente en un mundo al revés, diseñado a veces por el enemigo. También, me sirvió para poner los pies en el suelo atómico, cuando decía al finalizar su libro: “Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital”.
Han pasado muchos años desde aquél descubrimiento personal del mundo digital a través de Negroponte y ahora, como persona mayor preocupada por estas cuitas digitales y solidaria con millones de “personas de edad avanzada”, a las que se nos considera en muchas ocasiones “ciudadanos y ciudadanas molestos”, olvidados por los Gobiernos y Administraciones correspondientes, recuerdo algo que expuse en este cuaderno digital en 2001, en un momento especial en mi vida profesional: “No pertenezco a la legión de embajadores del tratamiento de la informática como los proclamadores de la buena nueva digital, del evangelio digital, en frase de Hans Magnus Enzesberger, aquellos que declaran a los ciudadanos como ignorantes molestos. No soy tampoco vendedor de cajas de trucos pragmáticas, en expresión del mismo autor. No me gustan las brechas digitales… Lo que he venido haciendo desde que tengo uso de razón es buscar sentido a la vida cualquiera que sea la posición que se ocupa en ese momento en el vivir diario”. Si cité a Enzesberger en aquella ocasión, fue porque aprendí mucho de él en un artículo entrañable suyo publicado en Revista de Occidente, El evangelio digital, que me conmocionó en momentos transcendentales de mi carrera pública digital, fundamentalmente porque hacía una defensa de la ciudadanía tildada presuntamente de “ignorante”, sobre todo por las precauciones que hay que tomar en la llamada sociedad de la información y del conocimiento, así como por lo que fabrican algunos intelectuales a través de los departamentos de tonterías [sic], que incluso algunas pueden ser digitales por el uso y abuso desordenado de medios electrónicos (teléfonos inteligentes, tabletas, televisión, etc.), que reflejaba en una entrevista concedida a Juan Cruz, en el diario El País, en torno a la publicación de un libro suyo excepcional, Reflexiones del señor Z. o migajas que dejaba caer, recogidas por sus oyentes, cuando ya había alcanzado 87 años de edad: “Sí, en ese sentido hay una parte reaccionaria del señor Z. Naturalmente estos aparatos no le gustan: no tiene móvil, lo rechaza, por tanto no tiene Twitter, ¡no, por favor, qué horror! En él hay todos los aspectos: el sabio, pero también el provocador, el gurú, el payaso… ¡Sí, está entre Sócrates y Jeff Koons! [risas]. Y sí, esta es una enciclopedia que alerta contra la estupidez humana. Pero tengo la cortesía de escribir libros breves; creo que es más amable que imponerle al público libros de mil páginas”.
En este contexto, lo que me ha preocupado siempre es su reflexión acerca de que a veces digitalizamos tantos procesos humanos que se llega a considerar a los ciudadanos, sobre todo, los mayores, como ignorantes molestos por el mundo analógico en el que creen los gurús tecnológicos que estamos instalados, pasando a formar parte del macromundo de torpes digitales, sin mención alguna de la intrahistoria de brecha digital que ha existido y existe en nuestro país. En todo se debe marcar siempre una delgada línea roja, sobre todo cuando la equidad digital sigue siendo una quimera en la sociedad actual donde se están tomando decisiones desde determinados centros de poder digital, por personas que caben en un taxi (digital, por supuesto) y que pueden llegar a afectar a la quintaesencia del ser humano (1). Recuerdo de nuevo a Enzesberger, en estado puro: “Yo también digo que en este momento todos los medios hablan de la digitalización y predicen que todo ha de ser digital. ¡Abajo con el papel, es demasiado analógico! No estoy de acuerdo: yo como analógicamente, duermo analógicamente… Este es un sistema analógico. La rodilla es analógica, la lengua no es un ordenador. ¡No hay que exagerar con lo digital, no es la solución de todo! Los industriales dicen que hay que digitalizar lo más posible, porque hay capacidad de reducir el tamaño de las máquinas… ¿No te parece que se muere también analógicamente, no digitalmente?”.
Estoy convencido que nosotros, personas mayores, entrados en años y de edad avanzada, disponemos también de una de las inteligencias múltiples que vienen de serie en nuestro cerebro: la inteligencia digital. A esta investigación he dedicado muchos años de mi vida, resumiendo hoy el constructo “inteligencia digital” en pocas palabras y como definición posible desde una perspectiva científica, como la “capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía”, es decir, cuando han superado la dialéctica infernal del doble uso” (2). Inteligencia digital, aplicada también a las personas mayores, con cinco acepciones:
1. destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que manejan y tratan las personas mayores, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaces de ella.
2. capacidad que tienen las personas mayores de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural en el que son y están, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
4. factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada persona mayor en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
5. capacidad y habilidad de las personas mayores para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.
NOTA: La imagen de cabecera fue una cortesía de Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional, que es apoyada por bioinformáticos adscritos a la hoja de ruta del NIH para la investigación médica (2007), autorizada para su publicación en mi libro citado, Inteligencia digital. Introducción a la Noosfera digital, 2007, p. 71.
(1) Morozov, Evgeny (2015, 16 de mayo). Siervos y señores de Internet, El País.com. Artículo extraordinario que demuestra que Internet tampoco es inocente.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Hoy se celebra el Día de las Librerías, para mí, de las clínicas del alma. Siempre me acerco a CEGAL, la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, porque merece mi respeto por su esfuerzo diario por cuidar el mundo del libro y de las librerías como lugares que tienen un poder transformador, “dinamizando sus entornos, generando cultura y comunidad a través de los libros y la lectura, y fomentando la bibliodiversidad”.
El cartel de este año, ha sido realizado por la ilustradora Helena Pallarés, que cuenta personalmente lo que quiere expresar en su obra gráfica: “Una lectora se adentra en las primeras páginas de un libro, que al mismo tiempo es una librería, y sale de ella transformada y llena de color, llevando en una mano varios libros y, en la otra, un globo, como símbolo de dicha y libertad. Con esta ilustración he querido representar el poder transformador de las librerías en nuestra forma de apreciar el mundo, la capacidad de una historia de cambiar un poco o del todo nuestras vidas. El globo representa ese regalo, «salir» de una librería con la sensación de haber vivido una experiencia propia, el de una historia que te acompaña para siempre”.
En este contexto creo que tienen hoy un sentido especial las palabras que escribí en 2021, Las librerías son la atención primaria del alma, dedicadas al Día de las Librerías de ese año, que para mí es cada día que nos ofrecen la oportunidad de cuidar nuestra alma, como Boticas o Clínicas, cada uno o cada una según lo necesite: “Cuido el alma con la lectura de libros. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C. Amo la lectura, los libros, las librerías y tengo un respeto casi reverencial a las personas que están detrás de cada página bien escrita, sobre todo con alma. De los que critican cada publicación y aconsejan su lectura. De cada persona que está detrás de este círculo virtuoso del libro en todas sus proyecciones posibles, librerías incluidas y sobre las que he escrito en muchas ocasiones en este cuaderno digital porque las admiro. Las librerías son la antesala de las bibliotecas, a modo de atención primaria del alma, si consideramos lo manifestado anteriormente al considerar las citadas bibliotecas como lugares del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”.
Hoy es el Día de las Librerías, también de las mías, a las que acudo con frecuencia, aunque creo que no sólo hoy, sino todos los días, son motivo de celebración anímica, porque son lugares que ofrecen su poder de transformación, sin tener que esperar esta hoja concreta de calendario. Personalmente las cuido mucho, porque ellas cuidan de mi alma. Siempre.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
El año pasado abordé esta reflexión de Hanna Arendt, en momentos difíciles de este país. Ahora, los últimos acontecimientos nacionales e internacionales, entre los que destaco la DANA en Valencia, con el resultado trágico de pérdida de vidas humanas y daños materiales cuantiosos, por una gestión vergonzosa de las autoridades que tenían competencias para haber minorado lo que se veía venir por datos científicos ambientales y construcciones suicidas en suelos inundables. También, el triunfo de Trump y lo que significa para el mundo en términos políticos y de futuro, junto al olvido paulatino de lo que sucede en Ucrania, Gaza, Líbano y el Sahel en África. Todo ello me lleva a volver al pensamiento central de la afirmación citada de Arendt, agregándole la obligada aceptación del principio de realidad de lo que venga después, porque es el más terco de todos los principios, aunque sin renunciar a ser «inaccesibles al desaliento».
Por estos motivos enunciados y por otros muchos más en la misma línea, dado que al igual que Benedetti atravieso un pesimismo temporal, cono optimista bien informado (Haiku 123, en Rincón de Haikus, 2001), vuelvo a publicar el contenido de un artículo de 2023, en torno a esta cuestión tan inquietante, buscando salidas al túnel de noticias sobre sucesos preocupantes para la salud física, mental y social, en el que nos encontramos en la actualidad, Con un matiz importante: la búsqueda de la esperanza y el aliento de vivir dignamente no son tareas que las dirijan los mercados, porque no se pueden comprar, no son mercancías. Es la razón de por qué defiendo la teoría de ser «inaccesibles al desaliento», reforzando principios y valores. En el fondo, blindar en la medida de nuestras posibilidades propias y asociadas, la coherencia ética personal y colectiva, como explicaba entonces, preparándonos para lo peor, esperando siempre lo mejor y aceptando el principio de realidad de lo que venga después, que todavía es un gran desconocido.
Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa?, lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, donde vivo, que también existe, como me recuerda con frecuencia Benedetti en su Soneto del pensamiento: «[…] sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos«. Un antídoto extraordinario, también, es asumir el principio de realidad de unas palabras de Hannah Arendt, que no olvido: Hay un precepto bajo el cual he vivido: prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga.
A pesar de estos refuerzos éticos, es muy difícil en estos tiempos tan modernos, tan críticos en diferentes frentes de nuestras vivencias diarias, permanecer inaccesibles al desaliento, no inasequibles, porque somos personas, no mercancías, como aprendí hace años de las lecciones magistrales de don Fernando Lázaro Carreter, cuando abordaba el mal uso de este adjetivo en su extraordinaria obra, El dardo en la palabra: […] la confusión no es sólo vulgar; pero es confusión, y debe ser evitada. Se trata, simplemente, de que no se aplica con rigor el adjetivo debido, y se acude a otro que se le parece. Tampoco los precios son asequibles, sino baratos, razonables, ajustados, justos… Son las cosas a que corresponden tales precios las que pueden serlo. O no, en cuyo caso son inasequibles. Lo que no puedo comprar o entender es para mí inasequible. Ténganlo en cuenta quienes se precian de ser «inasequibles al desaliento». Merecen nuestra enhorabuena, pero digan, por favor, inaccesibles y hablarán con propiedad”. Esta aclaración encomiable, viene precedida de un contexto lingüístico que tampoco tiene desperdicio: “Asequibles son sólo las cosas que pueden adquirirse para poseerlas; cosas variadísimas, que van desde las ideas a los garbanzos; y si no, léanse estos dos fragmentos tan dispares: «La gracia abrillanta las ideas, las adorna, las hace amar, las adhiere a la memoria, vierte sobre ellas una luz que las vuelve más asequibles y claras» (W. Fernández-Flórez, 1945). «Entre los garbanzos, tan vulgares y tan asequibles entonces, la carne de morcillo era lo selecto» (A. Díaz Cañabate, 1936). Con tales pasajes a la vista, bien claro está que calificar de asequible a una persona, es prácticamente desacreditarla como venal. ¡Qué distinta cosa hubiera dicho de aquella condesita Bretón de los Herreros [«La condesita, / aunque bocado de prócer, / es humana y accesible» (1838)], llamándola así! Aunque el paso se ha dado: el canónigo Juan Francisco Muñoz y Pabón hace pensar de este modo a una dama, en una de sus espirituales novelas: «Era menester mucho aplomo y mucho dominio de sí misma para, sin preferencias por ninguno, ser con todos amable y asequible«. ¡Caramba con la dama! ¡Qué bien hubiese quedado el novelista escribiendo ahí accesible!”.
Aclarado este error histórico en el tratamiento no inocente de las palabras con las que nos relacionamos a diario, lo más importante de resaltar en esta locución es enfrentarse al significado de “desaliento”, lo que verdaderamente preocupa al mundo en este momento por su generalización, que el diccionario de la lengua española tiene claro desde el primer momento, decaimiento del ánimo, desfallecimiento de las fuerzas, llevándonos en directo a la palabra “desalentar” que, personalmente, es la que más me interesa en esta reflexión: quitar el ánimo a alguien. Con este circunloquio de palabras no inocentes, llegamos de nuevo a lo que pretendo analizar hoy: estamos viviendo una época en la que es difícil mantener una conducta inaccesible al desaliento. Si dejamos que las circunstancias actuales, en política por ejemplo, nos quiten el ánimo, es decir, la actitud, la disposición, el temple, el valor, la energía, el esfuerzo, la intención, la voluntad, el carácter, la índole, la condición psíquica de cada uno, de cada persona, es probable que perdamos la última acepción de este lema en nuestro vocabulario diario, porque al final nos quitan el fundamento principal del ánimo, el alma, el espíritu de cada uno como principio de la actividad humana.
Como a estas alturas de mi vida sólo me queda la palabra, sé el inmenso valor que tiene y lo importante que es su adecuado uso, no inocente casi siempre. Sobre todo porque temo un correlato fácil, el conformismo, si permito que cualquier acontecimiento o adversidad acceda a mi aliento, a mi ánimo, a mi alma humana. El conformismo por desánimo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, mediocres en definitiva, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?, que decíamos al principio. Ahí es donde hay que poner las barreras éticas de la vida digna para sí mismo y para todos. Es probable que aquí sí tenga sentido el uso ordinario de la frase en cuestión, permanecer inaccesibles al desaliento, como primer paso, porque el mercado actual puede comprarlo con facilidad. Basta tomar decisiones desde una torre de Manhattan, con una tableta digital o un teléfono inteligente, para hacer sufrir al mundo, quitándole el ánimo para seguir viviendo. Por tanto, hay que luchar para que esta realidad económica mundial, entre otras muchas, que a veces se convierten en guerras incomprensibles, no acceda a mi alma de secreto y a la de todos, porque deberíamos aprender a ser inaccesibles al desánimo colectivo, al desaliento.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
En la imagen, la familia de Antonio Machado (d), en la balaustrada de Villa Amparo (Rocafort, Valencia), refugiados durante la guerra civil en España / Joaquín Sanchís Serrano, 19 de diciembre de 1936
Qué difícil la suerte / de los pueblos que viven protegidos / por la misericordia de un poema. / Qué difícil la última / soledad de Machado. / La luna llega al mar / el mar llega a Sevilla, / nosotros a un recuerdo / y a esta pálida / desarmada emoción / de compartir una derrota.
Luis García Montero, fragmento del poema Colliure
Sevilla, 7/XI/2024
He visitado hoy, por segunda vez, a la familia Machado, mis paisanos, a los que siempre he manifestado mi aprecio, reconocimiento y respeto. Ha sido en la exposición, Los Machado. Retrato de familia, con ocasión del 150 aniversario del nacimiento de Manuel Machado en Sevilla, localizada en el Centro Magallanes de Industrias Culturales y Creativas de Sevilla (antigua Fábrica de Artillería), que se inauguró el pasado 22 de octubre en esta ciudad, machadiana por excelencia, su ciudad, también la mía como lugar de nacimiento y retrato íntimo. Han sido horas de descubrimiento de personas, personajes, objetos personales, fotografías, así como de lectura de cartelas y banderolas con textos machadianos bellísimos de Antonio y Manuel, de Manuel y Antonio, tanto monta, monta tanto, para ayudarme a descubrir este retrato maravilloso de familia, en el que sale reforzado el lazo de unión inseparable entre ambos hermanos, por mucho que gobiernos y personajes interesados disfrutaran malévolamente, durante tantos años, al divulgar de forma no inocente su “separación ideológica“.
La exposición ha sido organizada por la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, con el patrocinio de la Fundación Unicaja, la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes, la Real Academia Española de la Lengua y el Ayuntamiento de Sevilla, con el comisariado de Alfonso Guerra, expresidente del Gobierno y de Eva Díaz Pérez, periodista y escritora. Mi interés en visitarla estribaba en intentar despejar con datos la supuesta separación ideológica entre Manuel y Antonio Machado, cuestión que con ocasión de esta exposición ha desmentido categóricamente Alfonso Guerra, a través de típicos tópicos que han existido al respecto en la memoria no democrática de nuestro país: «El primero de ellos, su alejamiento por razones políticas, que nunca se produjo, ya que «siempre estuvieron muy unidos y se quisieron muchísimo y no tuvieron ningún tipo de enfrentamiento, en absoluto, y fueron acordes en pensamiento, en sentimiento, en todo. Otro estereotipo al que se refiere es a la supuesta desigual calidad literaria de uno y otro hermano, ya que los dos son «grandes poetas», según Guerra, quien ha señalado que «son muy diferentes; uno tiene una facilidad para escribir extraordinario y, por lo tanto, es un poeta, digamos, más ligero, pero estamos ante dos grandes poetas y así hay que celebrarlo».
La exposición muestra cuatro ámbitos en la trayectoria de la familia Machado, desde la infancia y los jardines, la juventud y el viaje, la madurez y el teatro, finalizando con el dedicado al punto crítico de la muestra: la relación de los poetas con la guerra y la separación de sus destinos, trágico en el caso de Antonio por su exilio y fallecimiento desolador en Colliure, junto a la madre de ambos. Confieso que he vivido momentos de sentimientos cruzados en el último ámbito, en la línea del tiempo establecida en la trayectoria de los dos hermanos durante la guerra civil, en el periodo 1936-1939, Madrid-Burgos, espacio temporal que ha dado lugar a tantos interrogantes ideológicos de Manuel y Antonio.
Cuando finalizaba mi visita junto a las tristes imágenes de Colliure y el libro de registro de entradas del hotel donde falleció Antonio Machado, volví a leer una banderola blanca, próxima, en la que figuraban unas palabras dedicadas en 1937 a su hermano Manuel, en plena guerra civil, en una entrevista con él, realizada por Pascual Plá y Beltrán: «Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas. La vida es cruel a veces; a veces es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres».
He vuelto a despejar bastantes dudas. A pesar de todo, he sentido escalofríos al recordar el viejo abrigo de Antonio Machado, que le daba calor en el frío febrero de 1939 en Colliure, que guardaba en uno de sus bolsillos un papel arrugado con tres anotaciones a lápiz, también presente en la exposición: «Ser o no ser…», una cuarteta a Guiomar (de Otras canciones a Guiomar, a la manera de Abel Martín y Juan de Mairena, corregida así: «Y te daré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón») y un verso suelto: «Estos días azules y este sol de la infancia…». Lo descubrió su hermano José, unos días después del fallecimiento de su madre y de su hermano Antonio. Tres reflexiones rotas, inacabadas, por una vida compleja por razón de ideología y compromiso social, que simbolizan una forma de ser y estar en el mundo como persona digna.
La exposición me ha reafirmado la importancia de la dignidad de Antonio Machado en su trayectoria vital, forjada junto a su familia. La cuestión de dignidad en Machado era muy clara en clave shakesperiana: había que serlo hasta la muerte. El canto al amor permanente a Guiomar, en ese momento vital tan delicado, era una premonición también digna: se canta lo que se pierde. Y…, un recuerdo constante de Sevilla, con el color azul como el de esta mañana de reencuentro con él en la exposición, tal y como él lo recordaba junto al sol de su infancia, porque siempre fue el niño que llevaba dentro, con sus recuerdos de un patio de Sevilla y de un huerto claro donde maduraba el limonero. Muriendo en soledad sonora, pero sin abandonar el precioso retrato de su dignidad: Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.
Al salir de esta profunda experiencia machadiana, fuera de la sala principal de la exposición, me sorprendió una “máquina de trovar”rediviva, que ya nos presentó Antonio Machado en su Cancionero apócrifo (1928), en el que el poeta, a través de un heterónimo, Menese, pensaba que la máquina “debía sustituir al sujeto como productor de arte”. Pasando por el túnel del tiempo, me he acercado con respeto reverencial al poeta a través de ella, como proveedora de inteligencia poética artificial, pidiéndole que a través de tres palabras a modo de solicitud poética, me entregara un soneto impreso, “autogenerado por la inteligencia artificial, al estilo del poeta andaluz Antonio Machado, a partir de los parámetros” que le he solicitado. Dicho y hecho. Todavía sigo descifrando el texto con mi inteligencia humana, cuartetos y tercetos a los que sé, sin temor a equivocarme, que les falta el alma insustituible del poeta.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio el corazón que agita su marco Cuando miro el fruto del cerebro humano; Cuando miro el bueno tan lejos del malo, Cuando miro el fondo de tus ojos claros.
Violeta Parra, Gracias a la vida
Sevilla, 3/XI/2024
Tenía este año la ilusión de acudir a la Feria del Libro en mi ciudad, respetando el lema oficial del evento, La ciudad entre los libros, en mi caso, un ciudadano andando entre casetas, sobre todo buscando una, en la que firmaba hoy su último libro, Gracias a la vida, una persona excepcional, Miguel Delibes de Castro (Valladolid, 1947), biólogo, hijo del escritor Miguel Delibes, al que he dedicado también páginas de este cuaderno digital en los últimos años, por su vida y obras de obligado reconocimiento y recuerdo.
Lo he seguido de cerca a lo largo de muchos años, por su encomiable labor en la Estación Biológica de Doñana y, en los últimos años, por su presidencia del Patronato de ese entorno privilegiado en nuestro país, en mi Comunidad Autónoma, en una actitud permanente de defensa de la vida y de la naturaleza que nos ha dado tanto en ese paraje. Era casi obligado que él dedicara unas palabras, en formato libro, a la quintaesencia de la ofrenda diaria y silente que la Naturaleza hace a la especie humana.
La sinopsis oficial de la publicación, que me ha firmado hoy con palabras cargadas de afecto, no deja duda alguna para invitarnos a su lectura atenta: “¿Por qué y cómo dependemos de la naturaleza para vivir? Gracias a los microbios por nutrirnos y defendernos, y a los hongos que han inventado remedios para matarlos; gracias a los insectos por alimentar a los pájaros, controlar la vegetación y polinizar las flores, y a los murciélagos que se los comen. ¿En qué quedamos? ¿Acaso existen microbios e insectos, biodiversidad, en definitiva, buena y mala, y deberíamos cuidar la una y erradicar la otra? Aunque no lo advirtamos, las personas comemos, bebemos, respiramos y disfrutamos de una temperatura adecuada porque otros seres vivos lo hacen posible. Un enorme conjunto de pesos y contrapesos interactuando, perfectamente integrado tras muchos millones de años de evolución, mantiene la biosfera en un equilibrio dinámico idóneo para las especies que la habitan, incluida la nuestra.Un canto a la asombrosa diversidad de vida que nos rodea y a la imprescindible naturaleza de la mano de uno de los biólogos españoles más destacados.
Gracias a la vida, lleva un subtítulo dentro que no le va a la zaga: La naturaleza indispensable, por ejemplo en el extraordinario avance de fármacos para curar enfermedades crónicas. Así lo explica en el capítulo dedicado a “las malas hierbas (que nos curan…)”: ¿Quién iba a decirnos que el meliloto y sus hongos escondían el secreto de los anticoagulantes, o que los ñames iban a posibilitar el descubrimiento de la píldora anticonceptiva? ¿Quién podía imaginar, y no hemos hablado de ello, la cantidad de hallazgos relevantes para la humanidad obtenidos gracias al uso de ratones, moscas del vinagre o planarias como animales de experimentación en los laboratorios? ¿Quién puede predecir los tesoros para nuestro bienestar que aún permanecen ocultos en la biodiversidad, a veces en seres aparentemente nimios, como las arqueas de las salinas de Santa Pola en las que Francis Martínez Mojica descubrió los mecanismos que han propiciado la edición de genomas? Los seres vivos han aportado mucho a nuestra salud, pero les queda mucho por ofrecer. Solo por orientar, el profesor Jeffrey McNeely, un clásico en la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), estimó que a finales de los ochenta del siglo pasado el valor comercial en los países desarrollados de las medicinas obtenidas de la naturaleza alcanzaba los 40.000 millones de dólares al año (aproximadamente 95.000 millones de hoy, a los que habría que sumar el dolor evitado y las vidas salvadas)». Maravillosas aportaciones de la Naturaleza a la vida, expuestas de forma didáctica por el biólogo Delibes.
Conocía la letra de la canción homónima al título del libro, Gracias a la vida, que Violeta Parra interpretaba como nadie y que también las recoge Miguel Delibes en el capítulo introductorio, A modo de justificación, porque el homenaje a través de sus investigaciones se lo debía a su padre, «el novelista Miguel Delibes» como lo cita en este libro, para demostrar la importancia de la biodiversidad, más allá de lo que Violeta Parra cantaba de forma sobrecogedora o lo que su padre relativizaba a la hora de compartir experiencias biológicas y literarias. En estas páginas de mi cuaderno digital, tienen un sitio especial las de la cantora chilena, que cantaba siempre porque debía cantar como compromiso social activo, que siempre recuerdo en una canción grabada en mi persona de secreto, desde que era niño, pensaba como niño y actuaba como niño, porque daba gracias a la vida por sus dos luceros, por el oído, el sonido, el abecedario, sus pies cansados, el corazón, la risa y el llanto.
Hoy, cuando contemplaba a Miguel Delibes firmando su libro, Gracias a la vida, ya «mi libro», he comprendido lo que quiere transmitir a quien lo quiera leer a través de diez capítulos, dedicados a las malas hierbas, las lombrices, los hongos, buitres, microbios, escarabajos, el fitoplancton, los murciélagos, los ostiones y las ostras, finalizando con la importancia de la existencia de los zorros. Me sobrecoge leer en sus palabras introductorias algo verdaderamente esperanzador, cuando afirma que le gustaría que «este libro pudiera entenderse como un himno a la vida, igual que la canción de Violeta Parra, aunque en este caso dirigido a la naturaleza, a la inmensidad de la vida no humana».
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
AGENCIA ESTATAL DE METEOROLOGÍA (AEMET) / Imagen de la Península Ibérica cubierta por las nubes de la DANA – Octubre 2024
Sevilla, 2/XI/2024
La historia se repite. Hace cuarenta y dos siglos que la historia humana mostraba ya su preocupación por el agua descontrolada que caía de los cielos, concretamente por el diluvio, destrozando todo lo que encuentra a su paso, intentando interpretarlo a su manera. Esta situación se muestra en la lectura atenta de la tablilla XI del llamado Poema del legendario héroe-rey Gilgamesh, en lenguaje sumero-acádico, que se utilizó como fuente de la narración del Diluvio en el libro del Génesis, porque Gilgamesh era sabio y todopoderoso, que buscaba la inmortalidad, hasta tal punto que su carta de presentación en las tablillas es esplendorosa: el que veía lo profundo. Este documento, en su versión estándar, porque su tradición oral es de bastantes siglos antes, fue hallado junto a las once tablillas restantes en la biblioteca de Asurbanipal (siglo VII a.C.), creada anteriormente por Sargón II en Nínive, la actual Mosul en Irak, en el siglo VIII a.C., aunque se acepta por los científicos actuales que siguen estudiando los textos encontrados, que en la tradición oral pesaba mucho la historia del Poema de Athanasis, la primera vez que se aborda el cansancio de los dioses en su trabajo diario para atender el mundo, transfiriendo a los humanos parte de sus poderes, hasta tal punto que los hombres, creados de arcilla y sangre, quieren ser como dioses, apareciendo separados ya como hombres y mujeres. Pero lo peor, es que no aprenden a convivir y ser mejores.
De ahí vienen las grandes inundaciones narradas por Gilgamesh, el Diluvio Universal, la construcción de un barco salvador para unos elegidos y la posterior redención calamitosa del ser humano. A partir de aquí, se narran en la interpretación citada de la tablilla XI, sucesos que propiciaron un plan secreto de algún dios, se filtra el plan y se produce una traición “divina”, se construye un barco “salvador”, de 120 codos, con seis cubiertas, se acopia toda la comida posible, se cargan “todos los seres vivos que tenía” el sabio Utnapishtim, todos sus familiares y artesanos y, finalmente, «todas las bestias y animales del campo» suben al barco, sellándose la puerta de entrada según lo indicado por el dios Shamash. A partir de aquí se produce una terrible tormenta, durando el diluvio seis días y seis noches, calmándose la tempestad el séptimo día y liberando Utnapishtim una paloma y una golondrina, volviendo ambas, pero no así un cuervo que nunca regresó. Abrieron la puerta del barco y comenzaron a salir los animales. Todos los humanos se habían convertido en barro puro, excepto Utnapishtim y su esposa. Finalmente, al héroe de esta tragedia, los dioses le otorgan la inmortalidad a él, junto a su mujer. Lo que verdaderamente enturbia el poema es que en el camino de vuelta de su búsqueda de la inmortalidad, descubierta en la narración anterior, encuentra, siguiendo instrucciones de Utnapishtim, una planta que devuelve la juventud a quien la toma, pero una serpiente se la roba y Gilgamesh vuelve a Uruk con las manos vacías, convencido de que la inmortalidad es patrimonio exclusivo de los dioses.
Leído lo anterior en un esfuerzo de síntesis plena para hacer más accesible el conocimiento del poema de Gilgamesh, la historia anteriormente narrada tiene un parecido asombroso a la de Noé en el libro del Génesis, ante el cansancio de Dios al contemplar la corrupción y maldad humana, “el puro mal de continuo”, así como en la parte del relato que corresponde a la creación de Adán y Eva, con su “equivocación” al escuchar a la serpiente y querer ser como el dios que los creó. Visto lo anterior, sólo he pretendido utilizar la metáfora del Diluvio Universal, para intentar comprender que la naturaleza es inviolable y que el ser humano, desde siempre, ha cuidado poco la Naturaleza. Hace tan sólo cuarenta y dos siglos, la tradición oral intentó comprender por qué se producían fenómenos atmosféricos que el hombre nunca podía controlar, achacando a la responsabilidad de los dioses, a su furia desatada, la causa de todos los males de la humanidad. Pero lo cierto es que no era así, porque en el caso del poema de Gilgamesh, un dios traicionero fue el desencadenante de esos males, unido todo a un deseo irrefrenable del ser humano de alcanzar la inmortalidad, una mezcla verdaderamente explosiva.
Si volvemos al terco principio de la realidad vivida estos días con la DANA (acrónimo, Depresión Aislada en Niveles Altos) en la Comunidad valenciana, vamos conociendo este fenómeno atmosférico, en el que una masa de aire polar muy frío queda aislada y empieza a circular a altitudes muy elevadas (entre 5.000 y 9.000 metros), lejos de la influencia de la circulación de la atmósfera. Luego, al chocar con el aire más cálido y húmedo que suele haber en el mar Mediterráneo, en este caso, genera fuertes tormentas, sobre todo a finales del verano boreal y principios del otoño, cuando las temperaturas marítimas son más elevadas (1). Esta fuente informativa afirma sobre la correlación de estas DANAs frecuentes con el cambio climático que “La creciente frecuencia de las DANAs y la intensificación de las lluvias asociadas a ellas están estrechamente ligadas al cambio climático, según los expertos. El progresivo aumento de la temperatura del mar Mediterráneo facilita que se den las condiciones para que haya más energía y humedad necesarias para que se dé una DANA más potente. «Estamos viendo más fenómenos de este tipo a medida que nuestro clima se calienta», explicó el meteorólogo de la BBC Matt Taylor. «Aunque tales eventos han sucedido en el pasado, se están volviendo más habituales», señaló Taylor. El año pasado, un estudio de la Sociedad Meteorológica Estadounidense detectó un incremento de las DANAs desde la década de 1960 a escala global”.
Ante lo anterior llega ya la hora de despejar muchas preguntas: “Si las DANAs van a ser cada vez más frecuentes, ¿por qué no se preparan planes específicos de gestión de riesgos sobre este fenómeno atmosférico?, ¿por qué no se revisan los planes urbanísticos que permitieron construir viviendas y polígonos industriales sobre zonas inundables, en los años del boom del ladrillo?, ¿por qué se avisó tan tarde a la población por parte de las Autoridades de las Comunidades afectadas, aunque sí lo hizo con tiempo suficiente la Agencia Estatal de Meteorología, lo que originó que no pudieran protegerse ante tanta agua destructiva? y ¿por qué no se ha declarado ya un Plan de Emergencia Nacional ante lo sucedido? Miles de personas claman, no ante los dioses, sino ante la Autoridades que correspondan, que las atiendan inmediatamente porque hay mucho dolor acumulado ante esta tragedia, desgraciadamente con precedentes, donde ha hecho estragos, por supuesto, el poderoso caballero “don dinero”. Sabemos ahora que ya los dioses no se enfadan ni enredan en relación con diluvios más o menos universales, pero la prepotencia del ser humano es la misma, creer en la sabiduría infinita del que todo lo sabe, todo lo puede, todo lo niega, para contemplar después horrorizados las imágenes de lo sucedido estos días en Valencia, Albacete y otras localidades del País.
Hace cuarenta y dos siglos también, se sentaron las bases de otro relato unido al del Diluvio, antecedente histórico por más señas, el de la creación, con sesgos también sumero-acádicos, que he citado en bastantes ocasiones en este cuaderno digital. Si lo recupero hoy es para expresar mi confianza en el ser humano, en momentos de zozobra ética como en los de esta DANA, por la solidaridad humana demostrada ante una tragedia terrible en coste de vidas humanas y sufrimiento agregado en las personas que lo han vivido, porque nuestros antepasados creyeron siempre que la creación del ser humano fue lo mejor que le pasó a la humanidad. Lo digo desde una perspectiva evolucionista, pura y dura, pero que hoy, al citarla, no quiero quitar importancia a lo que nuestros antepasados, abuelos por más señas, contaban a sus nietos y nietas sentados en sus rodillas y así durante siglos, en las orillas de los ríos Tigris y Éufrates, en la actual Irak. La interpretación de esa tradición oral de la creación, de la vida, introdujo por primera vez un adverbio, “muy” (meod, en hebreo) –no inocente- que marcó la diferencia con los demás seres vivos: y vio Dios que muy bueno (Genesis, 1, 31). Mientras que en el citado relato, las sucesivas “creaciones” eran “solo” buenas, los cielos, la tierra, las aguas, los animales, las semillas, cuando se creó al hombre y a la mujer el texto hebreo recoge literalmente: “y vio Dios que muy bueno”, dejando a las aguas algo atrás. Por algo sería. Si escribo lo anterior es para creer, en el desconcierto actual, que el ser humano es lo mejor que le ha podido ocurrir al mundo en siete días mágicos: algo muy bueno. Basta ver los miles de personas que han corrido a prestar su ayuda a los damnificados de esta DANA.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Dedicatoria firmada y dibujada por Manuel Rivas, en su libro ¿Qué me quieres, amor?, 2016
Sevilla, 30/X/2024
El jurado que ha otorgado el Premio Nacional de las Letras 2024 a Manuel Rivas (A Coruña, 1957), ha justificado con bellas palabras, su justa decisión, tomada por “la extraordinaria calidad narrativa que aúna fuerza emocional y belleza formal y por la solidez de una trayectoria versátil y coherente construida con la sensibilidad y la defensa de la memoria histórica, la responsabilidad social y la lengua gallega. Pocos autores del panorama literario español, partiendo de un compromiso firme con su lengua, han conseguido alcanzar tal reconocimiento a nivel mundial. Su obra “acompaña su activismo, con una pluma que, sin adoctrinamiento, agita conciencias, induce a la reflexión y estimula el pensamiento hacia la defensa de la pluralidad lingüística y cultural y hacia la igualdad de género. Manuel Rivas, con una voz poderosa y singular, crea literatura y, con ella, vuelve a situar la escritura gallega en el olimpo de las Letras Nacionales”.
Siempre he admirado a este escritor polifacético, gallego por más señas, militante activo de su cuna y orígenes, muy presente en este humilde cuaderno digital. Es uno de mis maestros, al que recurro con frecuencia, porque aprendo mucho de él. La última vez, ha sido preparando un viaje a Galicia, porque su método para conocer su Comunidad no lo he olvidado nunca, recogido en un libro suyo, Galicia, Galicia. Este libro es un libelo de repudio al conservacionismo gallego de viejo cuño, político incluido, Rivas explica un método para conocer su tierra que cobra hoy una especial actualidad. Nos enseña a viajar con él, porque al final, caemos siempre en lo mismo: criticamos hasta la saciedad a este turismo que nos invade, a los otros, sin caer en la cuenta de que nosotros también hacemos a veces un turismo descontrolado, por imperativo del mundo actual, acabando como turistas al uso, a veces sin sentido y viajando hacia ninguna parte. Su lectura me ayudó a comprender qué significan las herbiñas de enamorar visitando una vez en la vida San Andrés de Teixidó, siguiendo también las indicaciones de Luar na Lubre, recomendando que cada uno, cada una, al leerlo, cambiando nombres, apellidos y situaciones, se quede con el fondo de lo expuesto. Es la única forma de comprender qué significa el turismo digno y ético que tanto necesitamos recuperar en nuestro país, abandonando el rol de volantistas (conductores sempiternos) por un tiempo y escogiendo un libro como la mejor guía para iniciar el mejor viaje posible a nuestra persona de secreto.
Este Premio, tan merecido “en vida”, en un país que se caracteriza por frecuentar los panegíricos de personas ilustres de todo tipo, profesión y lugar, eso sí, una vez fallecidas, cumple uno de sus objetivos cuando se creó en 1984, en tiempos de un Ministerio de Cultura que contempló la necesidad de poner en práctica, a través de acciones concretas, el artículo 149.2 de la Constitución Española, que señala el servicio de la cultura como deber y atribución esencial del Estado, destinado a reconocer el conjunto de la obra literaria de un autor vivo escrita en cualquiera de las lenguas españolas oficiales.
Además, aquí radica uno sus éxitos, porque la intención con la que se creó el premio era doble. A la vez que se reconoce la trascendencia de un autor y de la totalidad de su obra literaria, se incide -de acuerdo con el mandato constitucional- en la presencia de las lenguas españolas en la configuración de la cultura de nuestro presente y de nuestro futuro, integrada por una pluralidad de aportaciones lingüísticas que representan, cada una de ellas, una tradición literaria que forma parte de todo nuestro legado cultural.
Manuel Rivas es un maestro de la coherencia ética llevada a su forma de escribir en diferentes géneros, como periodista, poeta, novelista o columnista memorable en El País, siempre con su activismo ético dentro. Da igual el asunto que aborde, porque nunca defrauda. Se lo dije a él en una de sus visitas a Sevilla, en diciembre de 2016, para participar en una conferencia-diálogo, en el marco de los Diálogos Literarios en conmemoración de la primera circunnavegación de la Tierra, la Vuelta al Mundo de la expedición de Magallanes que completó Juan Sebastián Elcano. Cuando finalizó el encuentro, me acerqué para agradecerle lo aprendido a lo largo de los años de su lectura de compromiso activo. Le enseñé el libro que llevaba y que tanto quiero, ¿Qué me quieres, amor? Y nos lo dedicó con la maestría de los «alicientes» que tan bien conoce y que nos explicó en su intervención: la línea del horizonte que separa el mar del cielo, la luz que necesitamos siempre para iluminar cualquier viaje, con dos peces que van a en ambas direcciones porque suministran ideas en las idas y venidas de la vida, el libro abierto que escribimos a diario si nos comprometemos a defender el derecho a soñar y la unión íntima de humor y libertad, como mensaje explícito de su forma de ser en el mundo. Por cierto, libro editado por Bolboreta, mariposa en gallego, de quién aprendí el sentido de su alargada lengua, en un relato suyo precioso que no he olvidado nunca, La lengua de las mariposas. Sobre todo, para no participar en silencios cómplices en momentos cruciales de la vida, de este país, como ante la cordada de presos en los planos finales de su película homónima que tanto aprecio.
Aquél día, recibí de él un gran premio, el de su mensaje de que nos está permitido soñar, a través de un dibujo y palabras preciosas «con sentido», sus alicientes. Ayer, el país, le entregó uno muy importante, sobre todo por su coherencia ética y literaria, el Premio Nacional de las Letras, por “la extraordinaria calidad narrativa que aúna fuerza emocional y belleza formal y por la solidez de una trayectoria versátil y coherente construida con la sensibilidad y la defensa de la memoria histórica, la responsabilidad social y la lengua gallega”. ¡Mi enhorabuena más sincera, Manuel Rivas!, sobre todo porque me reafirma que otro mundo es posible con personas como tú, tan honesto y ligero de equipaje.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Ejemplar (edificativo): lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros (RAE, 1817).
Sevilla, 28/X/2024
Vivimos en un mundo en el que falta ejemplaridad pública y sobran los silencios cómplices, también en el ámbito público, por supuesto. El caso del político y politólogo Íñigo Errejón, que ha explotado como una bomba de relojería suiza en nuestras conciencias, es un botón de muestra paradigmático y la punta del iceberg en el mundo al revés de determinadas políticas institucionales y políticos profesionales o amateurs en nuestro país.
Creo que ha llegado la hora de exigir ejemplaridad pública, comenzando por abandonar los silencios cómplices de los graves errores o comisiones de delitos de los y las presuntas políticos y políticas en ejercicio, que aparecen siempre con “trajes impolutos de ética” en público, aún a sabiendas de todos los que están cerca, muy cerca, que desde hace tiempo van literalmente “desnudos de dignidad” por la vida, recordando la quintaesencia del cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador. Pero se impone l’omertá napolitana, el silencio cómplice, porque en el fondo todos tienen o tenemos algo que callar. Vicios privados, públicas virtudes, en estado puro. Se impone el “no vi, no escuché, no lo entendí así, creí que no era tan importante”. Por tanto, se conjugó el verbo “callarse” en todos tiempos posibles, sin salvar a casi nadie: “yo me callé, tú te callaste, él se calló, nosotros nos callamos, vosotros os callasteis y ellos se callaron”.
Creo que a la luz de lo que está pasando y estamos viendo, debemos hablar ya a diario de la urgente ejemplaridad universal y particular, porque falta hace. No es la primera vez que me aproximo al mundo filosófico y ético de la ejemplaridad universal, algo imprescindible en nuestro acontecer diario y a todos los niveles imaginables. Abordé esta cuestión en un artículo publicado en 2021 en este cuaderno digital, Ejemplaridad pública, ética y real, en el que hacía referencia a un libro publicado por Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965), Ejemplaridad pública, porque es un escritor y filósofo al que admiro, sabiendo que “la propuesta de perfección” a través de la llamada “ejemplaridad” es un desiderátum de cualquier persona, para sí mismos y a la hora de analizar la de los demás, porque “[…] la perfección no existe en nuestro mundo imperfecto en el modo que existe una cosa o una persona. Su modo de ser es ideal y su residencia habitual está domiciliada en la conciencia de los ciudadanos, desde donde sugiere orientaciones, ilumina la experiencia individual y moviliza el deseo” (palabras escritas por el autor en el décimo aniversario de la publicación de Ejemplaridad pública” (2009-2019)”.
Como hay que pasar de la ansiada ejemplaridad universal a la concreta de cada uno, cuento con lo aprendido en el último libro publicado por este autor, Universal concreto (1), cuya sinopsis oficial explica sucintamente el gran objetivo personal de su obra: “Universal concreto expone la filosofía de la ejemplaridad de manera integral, directa, breve y unitaria”. Es el propio autor el que expone que “Podría entenderse este libro como un discurso de contestación a las dos preguntas fundamentales que se plantea la filosofía sistemática: qué hay en el mundo, qué hacer con lo que hay. En ambos casos, la respuesta que da es la que luce en su título, dos palabras que definen la esencia del ejemplo. Un ejemplo es siempre ejemplo para alguien, un caso concreto que enuncia una regla universal válida para más casos, y es a esta duplicidad a la que llamo universal concreto. Interpreto el sintagma como universalidad sin concepto, en un sentido opuesto, por tanto, al usado en sus obras por Hegel”.
En el artículo citado de 2021, hacía una referencia expresa al Rey, a la Corona en este país, en un momento de horas muy bajas, de una falta de ejemplaridad alarmante. Ha pasado el tiempo y todo lo allí expuesto se podría aplicar en estos momentos a determinados políticos en la actualidad, con su nombres y apellidos, especialmente a los que no son precisamente ejemplares, como es el caso de Errejón, porque todos no son iguales, a pesar de los esfuerzos de la derecha de toda la vida y la extrema por salvarse siempre, debido a que ellos son “gente de bien”, frente a la izquierda global catalogada globalmente como “gente de mal”, algo que ya expliqué también en su momento en este cuaderno digital. Lo dije entonces y lo vuelvo a repetir ahora: el pueblo, una vez más, espera siempre actitudes ejemplares de sus gobernantes, aunque las actitudes propias “ejemplares” de quienes los critican sin compasión alguna, sean muchas veces harina de otro costal (que por ahí deberíamos empezar a manejar la cosa).
Porque, ¿qué significa ser ejemplar? Llama la atención que en este país no se introdujo la palabra “ejemplar” hasta el siglo XVIII, como adjetivo, con una sola palabra para definirla: edificativo, según el diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana […], tomo segundo (1767), de Esteban de Terreros y Pando, publicado en Madrid por la Viuda de Ibarra, en 1787. Ser edificativo quiere decir que una persona “conmueve y excita al seguimiento de una virtud”. Es verdad que en el lenguaje ordinario que pudieron recogerla “las autoridades académicas” del siglo XVIII, no lo hicieron en este afamado siglo y sí en un diccionario de la lengua española usual, no de autoridad en el siglo XIX, lo que nos lleva a deducir que no era algo que preocupara de verdad a la población en general, menos a las monarquías y a los poderes absolutos. Aparece por primera vez, como adjetivo, en el diccionario de la lengua castellana editado en Madrid por la Real Academia Española, (5ª edición), por la Imprenta Real (sin comentarios), en 1817. Se definía como “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros” (imitazione dignus, ad virtutem provocans), que en principio sonaba muy bien, quizá mejor como máxima de un taco de almanaque de la época.
También sorprende que el lema “ejemplaridad”, adjetivo que recogía “la calidad de ejemplar”, no apareciera hasta la edición del diccionario de la Real Academia publicado en 1925. Estas disquisiciones sólo pretender contextualizar un hecho claro: los adjetivos “ejemplar” y “ejemplaridad” no pertenecían al lenguaje común de este país y su clamorosa ausencia en el argot académico traducía algo muy claro: estas palabras no se suponían de los reyes y gobernantes, a diferencia del valor de los soldados que eran casi siempre “ejemplares” para los demás. Entre “edificativo” y “lo que da buen ejemplo y, como tal, es digno de proponerse por dechado para la imitación a otros”, anda la cosa de lo ejemplar y la ejemplaridad asociada. Así de sencillo y así de complejo a la vez, aunque de lo que sí estamos convencidos es que lo que ha pasado en la historia en reiteradas ocasiones, con muchas Coronas, Emperadores, Jefes de Estado y Presidentes, hasta nuestros días, es que todo el mundo sabía identificar qué personajes reales o no iban desnudos -de ahí el cuento de Andersen- ante los ojos pasmados de todos los que habían escuchado que el emperador llevaba un traje nuevo en su desfile ético por el mundo (el que quiera entender que entienda), también por este país y a lo largo de los siglos. Los silencios cómplices y los miedos reverenciales hicieron el resto, a lo largo de la historia, porque ya se sabía desde antiguo que “del Rey, abajo, ninguno”.
Ya sabemos por el cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, que los “tejedores” más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean los reyes -al buen entendedor en este país con pocas palabras basta para comprender la extensión de este sustantivo regio a todas las clases políticas y sociales-, porque de todo hay en esa viña del Señor). En la política actual, por ejemplo. Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño, el del cuento de Andersen citado anteriormente o el de cuatro años que Groucho Marx buscaba apasionadamente para resolverle un gran problema (“¡hasta un niño de cuatro años sería capaz de entender esto!… Rápido, busque a un niño de cuatro años, a mí me parece chino“) o cualquier persona digna, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de que podamos ser otros, verdaderos ciudadanos ejemplares, porque son los que de verdad denuncian a personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores, Reyes o Reinas, Jefes o Jefas de Estado, Presidentes o Presidentas, Portavoces Parlamentarios como en el caso que nos ocupa hoy y así sucesivamente ante cualquier rango en las cadenas de mando en el mundo actual al revés, ropa cosida puntada a puntada por “modistos” o “tejedores” -supuestamente imparciales- que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio y de clamorosos silencios cómplices.
En el contexto político en el que nos movemos en la actualidad, hay que empezar como Diógenes a buscar a políticos y personas ejemplares. Ya sabemos que lo “normal” es buscar el Norte De La Ejemplaridad en un mapa ético, que nos lleve a identificar y denunciar la dialéctica “vicios privados, públicas virtudes”, un nicho que cada vez ocupa más gente de todo tipo, plagado de personas mediocres con su mediocracia dentro. Además, con poder de hacer daño. Lo demás, consiste en tener cada día más claro que la ejemplaridad ética empieza por uno mismo para poder exigirla a los demás, aunque es verdad que lo que estamos viviendo en la actualidad, en relación con determinados representantes políticos y asociados (el que quiera entender, que entienda o se ubique por tanto), no es edificativo, es decir, no nos “conmueve” ni “excita al seguimiento de una virtud”. Lo que tenemos claro por ahora es que la ejemplaridad pública y ética de quienes nos gobiernan, tiene domiciliada su residencia habitual en la conciencia de los ciudadanos. Eso nos basta y es lo que nos debe preocupar, con la humildad reflejada en el famoso aserto de Terencio: nada humano me es ajeno. Lo ocurrido con Errejón, tampoco.
Vuelvo al último libro de Gomá, Universal concreto, quedándome ahora con una reflexión que emana de un planteamiento muy acertado: nos regimos por las leyes democráticas y por las costumbres, la ética consuetudinaria: “Las costumbres son imitaciones colectivas y, como todas las imitaciones, pueden tener por objeto un modelo o un ejemplo no ejemplar. En este último caso, las costumbres equivalen a un romo mimetismo que no cumple función política alguna y carece de simbolismo. Son de esta naturaleza las que practica la vulgaridad, que idolatra en masa ciertas notoriedades consagradas por los medios de comunicación como si se trataran de divinidades del Olimpo, cuando, en perspectiva filosófica, apenas son más que meros ejemplos sin ejemplaridad, que, en lugar de usar la inmensa influencia que atesoran para universalizar la ratio y favorecer el embellecimiento de la vida privada, entierran la vulgaridad triunfante en el mundo con toneladas de más vulgaridad. Las costumbres que van a tenerse en consideración en lo que sigue son de la otra clase: imitaciones colectivas de un modelo ejemplar, las llamadas buenas costumbres. No todas las costumbres son buenas, solo lo son las buenas costumbres, aquellas que con suavidad y tácito consenso contribuyen al cumplimiento de los fines políticos del Estado. Y son buenas costumbres democráticas las que promueven la socialización masiva y emancipadora del ciudadano, quien a causa de ellas tiene más fácil emprender la reforma pendiente”.
(1) Gomá Lanzón, Javier, Universal concreto, Barcelona: Taurus – Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U., 2023.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
UCRANIA, GAZA, LÍBANO, SAHEL Y PAÍSES EN GUERRA, EN GENERAL
Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan / por hacer de un gran panal un panal honrado. / Querer gozar de los beneficios del mundo, / y ser famosos en la guerra, y vivir / con holgura, / sin grandes vicios, es vana / utopía en el cerebro asentada. / Fraude, lujo y orgullo deben vivir / mientras disfrutemos de sus beneficios.
Bernardo de Mandeville, La fábula de las abejas: o Vicios Privados, Beneficios Públicos, 1705.
Sevilla, 25/X/2024
Hace tan sólo ocho meses escribí un artículo con este título, en este cuaderno digital, que vuelvo a utilizar hoy en su quintaesencia cuando hemos conocido las últimas noticias sobre el portavoz de SUMAR en el Congreso de los Diputados, Íñigo Errejón, que le han llevado a la dimisión de la portavocía de su grupo parlamentario, abandonar el escaño y apartarse de la política de forma inmediata, todo ello expresado mediante una carta repleta de eufemismos exculpatorios, pero que escondía hechos muy graves en relación con la violencia de género, por simplificarlo ahora hasta que se conozcan más detalles. Esta situación nos lleva a una reflexión sobre la no ejemplaridad política, que he tratado ya en este cuaderno digital y que ahora retomo por la urgente, necesaria y didáctica dimisión anunciada, por la responsabilidad que un político en ejercicio tiene que respetar siempre cuando le salpican hechos irrefutables de violencia de género en este caso, aunque personalmente su trayectoria política haya sido hasta ahora «aparentemente impecable». Vicios privados, públicas virtudes, en pocas palabras. Silencios cómplices, también.
Ante lo ocurrido, hay que responder, políticamente hablando, con ejemplaridad a marchas forzadas. Hace tanto daño público lo que pasa casi a diario, que acusamos cansancio ético, porque estamos rodeados y, lo peor, se extiende como mancha de aceite la desafección política, a veces irrecuperable.
Hace catorce años escribí el post que sigue, con un título aparentemente cinematográfico, Vicios privados, públicas virtudes, aunque ya advierto, desgraciadamente, que en este caso cualquier parecido con la realidad de lo allí expuesto y hoy vivido y sentido, no es pura coincidencia. Cuando vivía en Roma, ciudad que siempre es un peligro para caminantes sensatos, vi durante muchos meses el cartel de la película con este título y no lo he olvidado. Tal cual, sobre todo cuando esta dualidad impresentable se lleva a cabo como eterno retorno en política.
El hartazgo de determinadas actitudes políticas hace estragos y mucho daño en democracia, por lo que no me resisto a seguir defendiendo a capa y espada la honradez de miles de personas que ejercen la política dignamente, aunque la condición humana, que no me es ajena, se aproxima con demasiada frecuencia a estos precipicios de indignidad. Todas las personas que ejercen la política,no son iguales. No hace falta dar nombres, porque nos hemos quedado con la cara de los que ocupan el desgraciado ranking de la indignidad. Pero necesitamos protegernos de este maremoto político con olas de corrupción que nos sobrepasan en el acontecer diario.
Vuelvo a publicar aquellas palabras, a las que no quito punto o coma de la época en que se escribió, porque es también lo que sucede en la actual, salvando lo que haya que salvar. La última frase, mezcla de enigma y desasosiego social, sigue teniendo gran valor en el momento actual: «Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Bernardo de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado«.
Al fin y al cabo, muchas personas acaban mirando sin pestañear a la mujer del César.
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VICIOS PRIVADOS, PÚBLICAS VIRTUDES
Un gran panal, atiborrado de abejas que vivían con lujo y comodidad, mas que gozaba fama por sus leyes y numerosos enjambres precoces, estaba considerado el gran vivero de las ciencias y la industria.
Bernardo de Mandeville (1670 (?)-1733), El panal rumoroso: o la redención de los bribones
Para los que pertenecemos a la generación en la que sabemos que todavía, en tiempo de crisis, nos queda la palabra, escribo este post como microacto solidario para romper silencios cómplices, conformistas, acerca de personas y situaciones que sufren en democracia: niños amenazados por la larga sombra de la pederastia en la Iglesia y fuera de ella, personas que ejercen la política y son honrados, porque no todos son iguales, jueces dignos como Garzón y otros muchos como él preocupados para que no pase sin pena ni gloria el dolor que perdura por los efectos de la Guerra Civil, y mujeres al borde de la muerte física, psíquica y social porque existen hombres e instituciones que no aceptan que desarrollen su inteligencia en libertad.
Desde la ventanilla del autobús 881, en Roma, veía en 1976 el cartel de la película de Miklós Jancsó que llevaba este título, Vicios privados, públicas virtudes. El cine que la proyectaba estaba a solo unos metros de la Ciudad del Vaticano (¡qué paradoja!) y, una y otra vez, la he recuperado en mi memoria de hipocampo en estos últimos días de desasosiego ético nacional e internacional, con las noticias de la pederastia en la Iglesia, la trama de corrupción Gürtel, el proceso abierto contra el juez Garzón y el azote de la violencia de género, por poner ejemplos reales. La tentación inmediata es agregarnos inmediatamente al grupo de opinión mayoritaria de este país alejado de la teoría crítica constructiva y ver siempre en los otros lo que no somos capaces de integrar como una realidad de la condición humana que hay que saber enjuiciar con frialdad para no cometer errores dogmáticos e inquisidores, y para no caer, obviamente, en el determinismo cruel del mal y del bien necesarios, propugnado ya en el siglo XVIII por Bernardo de Mandeville, en un poema “anónimo” que publicó en 1714 (1), que formaba parte de un libro titulado The Fable of the Bees: or Private Vices, Public Benefits(La fábula de las abejas: Vicios Privados, Públicos Beneficios):
… empeñados por millones en satisfacerse mutuamente la lujuria y vanidad. … Los abogados, cuyo arte se basa en crear litigios y discordar los casos, … Deliberadamente demoraban las audiencias, para echar mano a los honorarios; … Los médicos valoraban la riqueza y la fama más que la salud del paciente marchito … Y la misma Justicia, célebre por su equidad, aunque ciega, no carecía de tacto; su mano izquierda, que debía sostener la balanza, a menudo la dejaba caer, sobornada con oro … El curioso resultado es que mientras cada parte estaba llena de vicios, sin embargo todo el conjunto era un Paraíso.
Este espectáculo, al que asistimos como testigos de cargo casi siempre, al grito de los tahúres de Mandeville, «¡Dios mío, si tuviéramos un poco de honradez»!, traduce la realidad cruel de una sociedad que está tocada en su alma. No nos engañemos. Mientras que la preocupación social más extendida del triunfo a toda costa y la exigencia de la felicidad como derecho constitucional siga campando en el terreno de la violencia reactiva, porque la llamada crisis de valores, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie concreta, no acaba de analizarse con el rigor y urgencia que necesita, es muy difícil exigir de los demás la ejemplaridad, sin que empiece la auténtica conversión por uno mismo.
Vicios privados y públicas virtudes, es una expresión que va más allá del título de una película, porque la trasciende y recoge una realidad notoria en la sociedad actual. En un Estado de derecho debemos confiar siempre en la Justicia para abordar los delitos privados y públicos. Pero la solución está también y, básicamente, en otro ámbito: en la generación de responsabilidades públicas y privadas, individuales y colectivas, basadas en dos grandes principios, el del conocimiento y el de la libertad. Conocimiento, para saber por qué ocurren las cosas, por qué debemos recurrir siempre a la inteligencia para resolver conflictos, con su gran carga de sentimientos y emociones a la que siempre está ligada. Y, por supuesto, la libertad para educarla en el sentido más pleno del término. Educación y saber ser y estar en clave de ciudadanía, son dos grandes principios que necesitan ser reforzados y blindados a marchas forzadas en nuestro país, en todos los niveles sociales posibles. De esta forma, sabremos analizar mejor, con humildad, por qué el ser humano es capaz de practicar la violencia con los niños, robar dinero público, quitar legitimidad a un juez o hacer daño a una mujer, de muchas formas, sin caer tampoco en el diseño de un mundo feliz que no existe de forma global, aunque sí individual para quien se lo propone, sin necesidad de dioses o de la fatal aceptación del mal como “semilla” necesaria del bien, volviendo a Mandeville, al intervenir esos dioses salvadores (de cualquier tipología) que citaba anteriormente, para poner orden en un mundo tan enloquecido:
Pero, ¡oh, dioses, qué consternación! ¡Cuán grande y súbito ha sido el cambio! Los tribunales quedaron ya aquel día en silencio, porque ya muy a gusto pagaban los deudores. … Quienes no tenían razón enmudecieron, … con lo cual nada podía medrar menos que los abogados en un panal honrado. … La Justicia, no siendo ya requerida su presencia, con su séquito y pompa se marchó. Abrían el séquito los herreros con cerrojos y rejas, luego los carceleros, torneros y guardianes. … Todos los ineptos, o quienes sabían que sus servicios no eran indispensables se marcharon; no había ya ocupación para tantos. … ¡Contemplad ahora el glorioso panal, y ved cómo concuerdan honradez y comercio!
Es probable que el conocimiento nos permita comprender entonces que los vicios son públicos cuando personalmente ya no sabemos vivir con nosotros mismos, porque hemos perdido el espacio privado y necesario de la virtud en un panal social que nos desborda, aceptando desgraciadamente el principio del conformismo cómplice e impresentable del manual ético de Mandeville: Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes para su interés personal, aparte de su situación actual de persona jubilada.
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