Pasolini y su aviso sobre el neofascismo que nos rodea

Sevilla, 28/VIII/2022

Creo, ahora más que nunca, que hay que armarse ideológicamente ante el fascismo que nos rodea en el ocaso de la democracia, cuestión a la que he dedicado muchas páginas en este cuaderno digital. Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento del poeta, escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini, al que profeso admiración desde hace ya muchos años, se están publicando nuevas ediciones de su obra y ensayos de gran valor para no olvidar su contribución en la lucha por un mundo mejor, a través de una ideología de izquierda que nunca ocultó. Pasolini sigue muy presente en mi pensamiento crítico y acudo frecuentemente a él. Además, una obra de Miguel Dalmau Soler, Pasolini. El último profeta, ganadora del XXXIV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2022, en un año en el que se ha cumplido ya el centenario del nacimiento del director italiano, como decía anteriormente, se ha convertido en una edición especialmente interesante para conocerlo en profundidad, algo que es de agradecer en estos tiempos tan especiales y revueltos por el ocaso de la democracia.

Entre las obras publicadas en torno a este centenario, he elegido hoy una que resume muy bien su concepción del antifascismo, El fascismo de los antifascistas, porque trata de forma sorprendente y de plena actualidad, cómo se amplia cada vez más el círculo del fascismo, haciendo una llamada de atención sobre algo que está ocurriendo en la actualidad en nuestro país, porque también podemos encontrar fascismo en diferentes círculos de la sociedad, incluso en las capas liberales, algunas de falsa izquierda, ultraderecha y capitalistas “apolíticos” que tanto atosigan al mundo. Hay que tener en cuenta que en esta obra se recogen artículos y entrevistas que van de 1962 a 1975, año en el que Pasolini murió asesinado en la playa de Ostia, muy cerca de Roma. De ahí su sorprendente actualidad. La sinopsis oficial del libro deja claro estos planeamientos anteriores: “La reflexión sobre el fascismo y su evolución histórica recorre toda la obra de Pasolini: este volumen recoge algunos de sus textos más significativos escritos sobre el tema entre septiembre de 1962 y febrero de 1975. En ellos Pasolini advierte contra una nueva forma de fascismo, más sutil e insidiosa, entendida “como normalidad, como codificación del trasfondo brutalmente egoísta de una sociedad”. Es el sistema de consumo, que desde los años sesenta se encarga de la homologación cultural de todos los países: un poder sin rostro, sin camisa negra y sin fez, pero capaz de moldear vidas y conciencias. Más de cuarenta años después, estas intervenciones mantienen intacta su fuerza crítica, lo que nos permite captar algunos de los rasgos más profundos del mundo actual”.

Recomiendo, sobre todo, la lectura del artículo que da nombre a esta recopilación, El fascismo de los antifascistas, porque las personas que siguen de cerca a Pasolini lo recordarán publicado en Escritos corsarios, como rúbrica del artículo que apareció el 16 de julio de 1974 en Il Corriere della Sera bajo el título de “Abramos un debate sobre el caso Pannella”, un líder del Partido Radical que mantuvo una huelga de hambre, entre otras muchas, para defender determinadas exigencias políticas y ante la que la reacción del espectro político fue de un conformismo y frialdad marmórea que todavía hoy sobrecoge al leerlo. Fascismo puro, incluso de la presunta izquierda y de la trasnochada democracia cristiana, amparada por el Vaticano, obviamente, por hablar de extremos, de acuerdo con su planteamiento: “[…] hace tiempo que los católicos se olvidaron de que son cristianos”, dice exactamente Pasolini. Hay que señalar que Marco Pannella fue un activista político de renombre en los años setenta y cuando se publicó el artículo era presidente del Partido Radical, iniciando una de sus huelgas de hambre por convicción ideológica, que pedía en concreto cuatro cosas que vistas hoy eran de una “normalidad democrática” digna de encomio, aunque todo el mundo le diera la espalda aquél año. La primera, que la televisión pública italiana diera un cuarto hora a la Liga Italiana del Divorcio (LID) para exponer su proyecto y otro tiempo idéntico a un líder, un teólogo benedictino, para que los católicos votasen libremente a favor del divorcio: en segundo lugar, que el presidente de la República recibiera a representantes de su partido y de la Liga citada anteriormente; la tercera, que el parlamento italiano tomase en consideración la proposición de ley socialista sobre el derecho al aborto y, por último, que los propietarios el periódico Il Messaggero, aseguraran una información laica y el derecho a la información de las minorías laicas. Ante estas “peticiones” la respuesta global fue el silencio cómplice tanto de la derecha como de la izquierda. De ahí la lección de Pasolini pidiendo intervenir, sobre todo a la izquierda, porque el fascismo también existe en el antifascismo, constituyendo un neofascismo que da miedo. Estamos avisados en nuestro país, por ejemplo.

La Nota al texto del libro no deja dudas sobre la concepción de fascismo y neofascismo por parte del autor de las entrevistas y artículos: “Pasolini utiliza el término “fascismo” para referirse al fascismo tradicional y “arqueológico” del ventenio mussoliniano, así como al fascismo “nominal y artificial” de ciertos sectores juveniles de los años setenta, hasta la identificación del nuevo fascismo con la “prepotencia del poder” propia de la civilización de consumo, capaz de modificar el país de manera aún más profunda que el régimen del Duce. A esto hay que sumarle un fascismo “como normalidad, como codificación […] del fondo brutalmente egoísta de una sociedad” que se presenta como antifascismo pero que, en el fondo, se muestra cómplice con la “manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder”. A más de cuarenta años de distancia, estas reflexiones mantienen intacta toda su fuerza crítica y su capacidad descriptiva, y permiten vislumbrar, aunque sea todavía in nuce, muchas de las características más profundas de la Italia actual”.

El libro se lee con avidez en la búsqueda de respuestas actuales a lo que está pasando y estamos viendo ante nuestros ojos. Es una pequeña joya que cumple su misión en estos tiempos revueltos, porque nos avisa sobre la realidad flagrante del neofascismo de nuevo cuño, pero muy cerca de nosotros en determinado espectro político del país. Lo dicho: estamos avisados, estoy avisado, escribiendo hoy estas palabras y recordando muchas suyas, porque es lo que nos queda, tal y como lo aprendí también de Blas de Otero: Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Leyenda en Cantabria

El hombre pez, en Liérganes – Escudo oficial de Cantabria – Fuente en Limpias, presidida por el Lábaro Cántabro

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.

José Hierro, en Alegría

Sevilla, 27/VIII/2022

Inicio hoy una serie dedicada a mi última singladura cerca del mar Cantábrico, en busca de islas desconocidas de una Comunidad Autónoma de cuyo nombre quiero acordarme hoy: Cantabria. La he titulado “Leyenda en Cantabria”, respetando el significado de la palabra “leyenda” que se mantuvo durante siglos en España, la “acción de leer”, porque he querido leer con objetividad plena la historia de una Comunidad que aprecio por diversas razones que explico más adelante. También, obviamente, porque existen leyendas en ella, según la acepción de esta palabra que se introdujo por primera vez en el Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española, en su duodécima edición, en 1884: “relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”, siendo la historia apasionante del Lábarus Cántabrus, la del Cristo de Limpias, las de sus innumerables cuevas con sus historias dentro, la Virgen de la Bien Aparecida, en Ampuero, o la del hombre pez de Liérganes, muestras objetivas de esta acepción, entre otras, de indudable interés en la Comunidad, algunas de ellas muy vinculadas con Andalucía.

Además, existen motivos en mi vida más que suficientes para acometer esta tarea de reflejar en palabras los sentimientos y emociones que he vivido a lo largo de mi estancia allí. La primera razón estriba en mi apellido, porque Cobeña es una localidad cántabra que conozco, cerca de Potes, que demuestra que la toponimia tiene mucho que decir sobre mis orígenes. En esa tarea estoy, en una investigación en marcha sobre la genealogía de un apellido que tiene algo diferencial, la “ñ”, tan común en esta Comunidad, algo que facilita el trabajo científico por la formas en que esa letra llegó a consolidarse en el abecedario castellano, agradeciéndole una vez más a Gabriel García Márquez su ardiente defensa ante una polémica decisión de la Comunidad Económica Europea en la década de 1990, que afortunadamente nunca llegó a mal término: “Es escandaloso, por decir lo menos, que la Comunidad Económica Europea se haya atrevido a proponer a España la eliminación de la letra eñe de nuestro alfabeto, y peor aún, sólo por consideraciones de comodidad comercial. Los autores de semejante abuso y de tamaña arrogancia deberían saber que la eñe no es una antigualla arqueológica, sino todo lo contrario: un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras al expresar con una sola letra un sonido que en otras lenguas romances sigue expresándose todavía con dos letras. Por consiguiente, lo lógico no es que España tenga que renunciar a nada menos que a una de las letras de su propio nombre, sino que otras lenguas del paraíso europeo se modernicen con la adopción de la eñe”. Cantabria presume a diario de incorporar en su toponimia numerosas localidades que tiene la letra “ñ” dentro. Entre sus localidades, Cobeña, cerca de Potes, muy cerca de Lebeña, sin olvidar a Oreña.

Otra razón importante para justificar esta singladura literaria es descubrir a fondo el motivo de por qué está tan unida Cantabria con Andalucía y, concretamente, con mi ciudad natal, Sevilla. El escudo oficial, aprobado por la Ley 9, de 22 de diciembre de 1984, del Escudo de la Comunidad Autónoma de Cantabria, según normas heráldicas, muy controvertidas en la actualidad por la defensa de la identidad de la Comunidad a través del lábaro cántabro, recoge en su primer cuartel “la común tradición del emblema de la conquista de Sevilla, símbolo de ocho siglos de la actividad mejor definidora de la Cantabria marítima”. Asimismo, en la norma reguladora se expone que “El escudo de Cantabria es de forma cuadrilonga, con la punta redondeada de estilo español y el campo cortado. En campo de azur, torre de oro almenada y mazonada, aclarada de azur, diestrada de una nave natural que con la proa ha roto una cadena que va desde la torre al flanco derecho del escudo. En punta, ondas de mar de plata y azur”. En definitiva, la torre almenada representa la Torre del Oro, con una nave que rompe una cadena, reproduciendo el emblema de la conquista de Sevilla por marinos cántabros al servicio del rey Fernando III de Castilla en 1248. Simboliza la gesta militar llevada a cabo el 3 de agosto de ese año por la armada de la Hermandad de las Cuatro Villas al mando del almirante Ramón de Bonifaz, cuyas naves lograron romper la gruesa cadena que cerraba el paso por el río Guadalquivir y que dejó expedita la incursión al resto de la flota cristiana en busca ya del puente de barcas que unía Sevilla y Triana, que también se fracturó ese mismo día”.​ Tengo que decir que me interesaba conocer a fondo esa historia, porque mi apellido estaba en juego, sabiendo hoy como sé, después de mi investigación, que ese rey de Castilla fue el que conquistó también Córdoba en 1235, hecho en el que hubo un protagonista destacado, Álvaro Colodro, natural de Cobeña (en Madrid, en la actualidad), la localidad homónima a la de Cantabria, en proceso también de estudio y que me ha llevado a confirmar la hipótesis de que descendientes de Álvaro Colodro de Cobeña se asentaron por regalías en la provincia de Córdoba, a partir del siglo XIII y concretamente en Cabra, a comienzos del siglo XVI, donde he documentado la existencia de mis antepasados, estando en proceso de obtención de datos anteriores de mi apellido allí en los siglos XIV y XV, emparentados con la familia Colodro y Colodrero.

La tercera razón estaba vinculada con Castro Urdiales porque quería estar cerca de Ataúlfo Argenta, director de orquesta natural de aquella tierra y al que admiro desde mi infancia, recordando todavía como si fuera ayer el día que conocí su fallecimiento cerca de Madrid, ciudad en la que yo vivía en aquellos años de mi infancia. Le he seguido de cerca durante muchos años y todavía resuena en mi alma de secreto la Romanza de Salvador Bacarisse, el segundo movimiento de su preciosa obra Concertino en La menor, que tuvo el valor de dirigir el día de su estreno en París, en 1953, en plena dictadura. Se lo agradecí personalmente al pie de su estatua.

En este contexto, inicié mi incursión de leyenda en una pequeña localidad, Limpias, en la zona oriental de la Comunidad Cántabra. Probablemente, con el sentir de un soneto de José Hierro, Alegría, porque amaba a Santander aunque no fue su cuna, pero si su dolor eterno por ideología.

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era la alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.)

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

La imagen de cabecera simboliza algo que me ha interesado descubrir leyendo a Cantabria: el hombre pez, en Liérganes y el escudo oficial de Cantabria, dos realidades que unen Andalucía con Cantabria, cada una en su tiempo y en su momento, Cádiz y Sevilla, respectivamente. También, un manantial de Limpias, presidido por el Lábaro Cántabro, que se reivindica desde hace tiempo como la identidad real de esta Comunidad. Tres realidades que tienen una “leyenda” dentro. Sobre todo, una “acción de leer”, digna y en su sentido primigenio, de una tierra preciosa.

NOTA: las imágenes han sido tomadas por el autor.

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Agosto nos puede despertar la curiosidad sana, insaciable

Sevilla, 7/VIII/2022

Quien siga de cerca las páginas de este cuaderno digital, habrá podido observar que soy un apasionado de la curiosidad en su vertiente sana, que decía el diccionario de Covarrubias en el siglo XVII, es decir, que soy capaz de admirarme de casi todo y de casi todas las personas, en su versión aristotélica, escudriñando lo más íntimo de la propia intimidad de las personas y de las cosas. Es como si se prolongara la vida en una eterna pregunta de niño marxiano de cuatro años, que siempre pregunta en bucle el porqué de todo lo que se mueve porque, dicho sea de paso, alguien o algo tuvo la responsabilidad hace millones de años de poner en marcha el universo. De ahí las eternas preguntas de los creacionistas y evolucionistas: averiguar quién fue o cómo era el “primer motor inmóvil” que puso en marcha todo, como curioseaba Aristóteles de forma insaciable en sus obras.

La curiosidad es una habilidad que a veces confundimos con el cotilleo, incluso científico, que de todo hay en la viña del Señor. A modo de declaración de principios, no dedico ahora muchas líneas a tratar de las personas cotillas o cotilleras, como personas amigas de chismes y cuentos, definición que se ha mantenido hasta la última edición del Diccionario de la RAE. Los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1). Este rasgo de personalidad es muy frecuente en nuestras vidas, relacionado sobre todo con las personas tóxicas o tosigosas y mediocres por definición. En la edición de 1992 del Diccionario (RAE), se consagró el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos. Les puedo asegurar, desde ya mismo y como aviso para navegantes en este blog, que no confundo la persona curiosa con la cotilla, porque no tienen nada que ver una con otra. Verán por qué, a favor exclusivamente de las personas que mantienen en su vida una curiosidad insaciable.

Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como el universo del entretenimiento donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, por muy intranscendente que sea, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él.

Cuando solo tenía diez años iba al campo de La Campana con mis amigos, en Madrid, justo donde ha crecido el famoso Pirulí y el barrio de La Elipa. La razón era maravillosa: lanzar un cohete “habitado o tripulado” utilizando una funda de aluminio de puro habano, en la que introducíamos una mosca viva en la zona redondeada final, dentro de una cápsula de plástico. En la parte de la tapa enroscable abríamos un agujero central para colocar una mecha en contacto con pólvora mezclada artesanalmente en nuestras casas con los componentes que comprábamos en la droguería de nuestro barrio “Salamanca”, sede del discreto encanto de la burguesía: carbón vegetal, azufre y clorato potásico. Montábamos un trípode de lanzamiento con piezas metálicas del Mecano de casa y encendíamos la mecha en un momento mágico para probar a qué altura éramos capaces de hacer volar aquel artefacto y, cuando caía a tierra, comprobar si la mosca seguía viva. Fueron muchos intentos fallidos, alguno con escaso éxito, otros un auténtico fracaso, pero lo que constato hoy al recordar esta breve historia es que teníamos una curiosidad insaciable, porque si la perra “Laika” (ladradora en ruso) lo había hecho viajando en el Sputnik 2, por qué nuestra mosca querida no podía alcanzar una altura considerable. En cualquier caso, queda acreditado que nos interesaba más aquello que la perra Marilín, de Herta Frankel, famosa en aquellos tiempos. O la mula Francis.

Ante un escenario como el actual, tan atractivo para descubrir islas desconocidas y curiosas del conocimiento, acudo con frecuencia a mi manual de cabecera, Una historia natural de la curiosidad, donde Alberto Manguel explica en sus 541 páginas aspectos mágicos de esta realidad humana que tantas respuestas da a la vida, incluso en momentos de pandemia. Ser curiosos eleva el espíritu y eso me basta. Así lo sugería Cicerón, según aparece en una copia realizada en el siglo IX de un texto suyo en el que, al final de una frase, aparecía un signo de pregunta que se representaba por una escalera ascendente hacia la parte superior derecha de la línea de texto, «en una serpenteante línea diagonal que nace en la parte inferior izquierda” (1). Cuando se publicó este libro excelente, leí un artículo extraordinario que sintetizaba muy bien su obra. Así lo recogí en un post del que entresaco una pregunta y respuesta de Manguel que me sobrecoge siempre que la leo porque comprendo perfectamente la depreciación de la curiosidad en estos tiempos modernos: “¿Para qué la sociedad y el poder arrinconan la curiosidad? Si haces una caja cuadrada, debes crear elementos con ángulos rectos para que entren en ella. Si crean una sociedad de consumo deben crear consumidores, si no, no funciona. El sistema tiene que impedir que te hagas preguntas esenciales porque si te las haces no hay más consumo. Por eso la sociedad no alienta la reflexión. Es un sistema depredador que busca el beneficio en una estructura productiva”.

Curiosidad de curiosidades todo es curiosidad y no placer inútil, como me enseñó hace poco el profesor Nuccio Ordine en su preciosa obra La utilidad de lo inútil. El placer de la curiosidad sabia no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”, porque siempre está presente en almas curiosas la dialéctica del valor y precio de lo que se descubre, de lo que se admira y de lo que se goza a cambio de nada.

También recurro en este mes de agosto y para despertar mi curiosidad de nuevo, a un libro que guardo entre mis preferentes, Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford, escrito por Richard Dawkins. Tengo que confesar que este autor ha marcado también mi vida por publicaciones extraordinarias desde la perspectiva evolucionista, habiendo sido un auténtico azote de los creacionistas. Crecí en esta última escuela, sin posibilidad de redención temporal alguna por el contexto del régimen en que me tocó vivir, pero tengo que reconocer que Dawkins ha aportado datos científicos que hacen pensar que otro origen del mundo es posible. Su primer libro, El gen egoísta, que empezó a escribir en 1973, fue un revulsivo mundial en defensa de las tesis alojadas en la teoría crítica de Darwin.

Javier Sampedro, un gran divulgador científico al que respeto y sigo de cerca desde hace ya muchos años y así lo demuestra este blog, manifestó en 2014 que el autor era un “zoólogo anacrónico en la era de la biología molecular, látigo de herejes en materia evolutiva, divulgador afamado y ateo militante que no ha hecho aportaciones primarias a la ciencia, sino solo a su popularización. ¿Qué ha llevado entonces a Dawkins a contar su vida? Seguramente la mejor de las razones: que es un gran escritor, y lo sabe. Esto es justo lo que le ha convertido en uno de los divulgadores científicos más leídos del mundo, y también lo que convierte ahora su vida en una obra literaria” (2). No hay lugar a dudas: tenemos que leerlo, sobre todo los que seguimos luchando día a día por reforzar las tesis evolucionistas en clave de Teilhard de Chardin, como tantas veces he escrito en este blog, con preguntas sin respuesta que es lo que las hace todavía más atractivas y con un hilo conductor: el mundo sólo tiene interés hacia adelante, el hilo conductor, declarado, de este blog.

Pero lo que me llamó poderosamente la atención sobre este autor fue una respuesta suya en una entrevista publicada en el diario El País (Babelia), que no nos deja indiferentes, a la pregunta que le hizo Ricardo de Querol, Redactor Jefe del periódico, en los siguientes términos: “Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión? Dawkins, después de haber explicado su proceso de “conversión darwiniana”, dijo lo siguiente: “Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa”.

Lo expuesto anteriormente me ha hecho reflexionar sobre varios pasajes de mi vida, en el discreto encanto que dibujó Buñuel en mi infancia, comprendiendo ahora muy bien que educar de forma monolítica en Dios o las hadas, es limitar las grandes preguntas de nuestro origen, a las que a algunas ya ha dado respuesta la ciencia. Creo que así se comprende mejor por qué en 2009 se contrató publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Probablemente, buscando justificaciones posibles para ser felices, que es tan legítimo.

Los locos bajitos, a los que cantaba maravillosamente Joan Manel Serrat, también éramos curiosos incorregibles, como se pudo comprobar en aquel Cabo Cañaveral improvisado en el campo La Campana de mi niñez rediviva en Madrid. Esa es la razón de por qué hoy sigo pensando que otro mundo es posible, porque el que aprendimos a vivir con justificaciones creacionistas se agota por horas. Y eso que nos encantaba Peter Pan, aquel defensor acérrimo del mundo de nunca jamás. O Jesús de Nazaret, siempre presente en la educación creacionista, cuando se dormía en el cabezal del barco por lo cansado que estaba…, no por sus milagros, tal y como nos lo comentaba en directo el joven periodista Marcos, sino porque era una persona corriente, singular. O Rafael Alberti, que me ha recordado siempre a lo largo de mi vida que cuando se abre el debate de pensamiento y sentimiento, hay que escuchar siempre el corazón, sencillamente porque es más fuerte que el viento. Es verdad: si la curiosidad no tiene sentimiento…, solo es eso, curiosidad.

(1) Manguel, Alberto, Una historia natural de la curiosidad, 2015. Madrid: Alianza Editorial, p. 17.

(2) Sampedro, Javier (2014, 18 de septiembre). Vida de un buen escritor. El País.com. Babelia.

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Agosto nos regala tiempo para leer

Dedicado a las personas que están cerca de la librería Caótica, de su proyecto cultural global, como homenaje a su trabajo bien hecho, que debe ser respetado por todos para que sigan ofreciendo el amor a los libros y a la lectura, algo que nos enseñó de forma admirable un gran escritor, Stefan Zweig, a quien tanto admiro. Para que el proyecto Caótica no se cierre, porque la niña-buzo que preside esta historia tan bella sabemos que no se rinde y porque tenemos que luchar sin descanso para que Sevilla sea presentada ante el mundo, también, como una ciudad de librerías, no sólo de bares. Zweig dijo que “en Sevilla se puede ser feliz”. Me gustaría recordarlo también hoy porque, completando su frase, en esta ciudad se puede ser feliz si las librerías siguen cumpliendo su función principal: ofrecernos interpretaciones escritas de la realidad y de la ficción, para que cada persona pueda ser más libre en el compromiso de cada día con la vida. Juan Ramón Jiménez lo expresó maravillosamente en un aforismo que no olvido: cada día, una vida o, lo que es lo mismo: cada libro, una vida.

Sevilla, 6/VIII/2022

Cuando asociamos este mes a las vacaciones, casi por definición, es legítimo afirmar que nos regala también tiempo para leer, una oportunidad maravillosa para reencontrarnos con los libros. Lo he escrito ya en páginas de este cuaderno digital y me reafirmo de nuevo en ello: los libros pusieron fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual desde el momento de su aparición en este mundo imperfecto. Acudo de nuevo a un clásico en mi clínica del alma, mi biblioteca, Encuentros con libros (1), de Stefan Zweig, donde vuelvo a sentir sus palabras como un bálsamo en este mundo al revés, porque “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Maravillosa reflexión en estos momentos cruciales de incertidumbre global que estamos viviendo a escala mundial.

Cuenta Stefan Zweig que viajaba en un barco italiano, recorriendo el mar Mediterráneo, de Génova a Nápoles, de Nápoles a Túnez y de allí a Argel. En ese espacio conversaba a menudo con un joven italiano que formaba parte de la tripulación, “un mozo que ni siquiera tenía el rango de camarero, pues se ocupaba de barrer los camarotes, de fregar la cubierta y de realizar otras tareas menores, que la gente, por regla general, no valora”. Canta sus dotes de todo tipo, llegando incluso a “tenerle cariño”, en palabras textuales suyas, hasta tratarse “con la camaradería propia de dos amigos”. A partir de ese momento surgió lo inesperado: “Entonces, de la noche a la mañana, un muro invisible se alzó entre él y yo. Habíamos recalado en Nápoles, el barco se había llenado de carbón, de pasajeros, de hortalizas y de correo, su dieta habitual en cada puerto, y luego se había hecho de nuevo a la mar. […] Entonces se presentó de repente, con una sonrisa de oreja a oreja, se plantó delante de mí y me mostró orgulloso una carta arrugada que acababa de recibir, pidiéndome que la leyera. No dejaba de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. Por primera vez me había encontrado cara a cara con un analfabeto, con uno europeo además, una persona que me había parecido inteligente y con la que había hablado como con un amigo. ¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo, que desconocía la escritura? Al principio me costó entender lo que quería de mí. Pensé que Giovanni había recibido una carta en un idioma que no entendía, francés o alemán, seguramente de una muchacha—era obvio que debía de tener mucho éxito entre las chicas—, y que había venido a buscarme para que se la tradujera. Pero no, la carta estaba escrita en italiano. ¿Qué quería entonces? ¿Que me la leyera? Nada de eso. Lo que quería es que se la leyera, tenía que saber qué decía aquella carta. Y, de pronto, comprendí lo que estaba pasando: aquel muchacho inteligente, de una belleza escultural, dotado de gracia y de auténtico talento para el trato humano, formaba parte de ese siete u ocho por ciento de italianos que, según las estadísticas, no saben leer: era analfabeto”.

A partir de aquí, Stefan Zweig reflexiona de forma admirable sobre el poder de la lectura, a través de dos preguntas muy concisas y claras: “¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo [el mozo del barco], que desconocía la escritura? Traté de imaginarme la situación. ¿Cómo sería el no saber leer?” A partir de aquí desgrana múltiples aseveraciones sobre el encanto de la lectura que recomiendo de principio a fin porque nos alegrará conocerlo en estos días del ferragosto español, sobre todo, salvando lo que haya que salvar, imaginándonos qué es la lectura para personas que no siendo analfabetas no han leído un libro en su vida o no lo hacen habitualmente. Y es verdad que se reproducen de nuevo sus sensaciones ante aquella experiencia que también puede ser lo que ocurre ahora en las personas que detestan los libros y la lectura: “Por un momento me puse en el lugar de aquel muchacho. Coge un periódico y no lo entiende. Coge un libro, lo sostiene en sus manos, nota que es algo más ligero que la madera o que el hierro, tiene forma rectangular, toca sus cantos, sus esquinas, observa su color, pero nada de eso tiene que ver con su propósito, así que vuelve a dejarlo, porque no sabe qué hacer con él. Se detiene ante el escaparate de una librería y se queda mirando los hermosos ejemplares, amarillos, verdes, rojos, blancos, todos rectangulares, todos con estampaciones de oro sobre el lomo, pero es como si se encontrara ante un bodegón cuyos frutos no puede disfrutar, ante frascos de perfume bien cerrados cuyo aroma queda confinado dentro del cristal”.

Y reflexiona a partir de este momento sobre qué sería su vida sin los libros, algo que no era posible porque “[…] cualquier objeto, cualquier elemento que me parase a considerar estaba unido a recuerdos y experiencias que tenían que ver de una forma u otra con los libros, cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido”. Lo que de verdad me impacta de nuevo es su reflexión sobre la presumible desaparición del libro, “el tiempo del libro ha acabado”, ante la llegada de la técnica, como una premonición preocupante: […] el gramófono, el cinematógrafo, la radio son más prácticos y más eficaces a la hora de transmitir la palabra y el pensamiento, y de hecho comienzan a arrinconar el libro, por lo que su misión histórica y cultural no tardará en formar parte del pasado”. Stefan Zweig no temía esta irrupción de las tecnologías en el mundo, porque estaba convencido de que “la luz de una lámpara eléctrica no puede compararse con la que irradia un pequeño volumen de unas pocas páginas, no existe ninguna fuente de energía que pueda compararse con la potencia con que la palabra impresa alimenta el alma. […] A medida que crece nuestra intimidad con los libros, vamos profundizando también en los distintos aspectos de la vida, que se multiplican fabulosamente, pues ya no los vemos sólo con nuestros propios ojos, sino con una mirada en la que confluyen multitud de almas, una mirada amorosa que nos ayuda a penetrar en el mundo con una agudeza soberbia”.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los múltiples problemas que nos acucian a diario, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

(1) Zweig, Stefan. Encuentros con libros. Barcelona: Acantilado, 2020.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Caótica es una niña buzo imprescindible

Mas el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros…

Luis Cernuda, A sus paisanos, en La realidad y el deseo

Sevilla, 3/VIII/2022

He leído con tristeza la carta abierta a los lectores que la librería Caótica ha publicado en su página web y de la que se han hecho eco los medios de comunicación social, explicando la difícil situación que está atravesando el proyecto cultural que nació hace ya muchos años en esta ciudad, que siempre lo ha necesitado, porque sabemos que Sevilla es más de bares que de librerías. De esta carta entresaco algunos párrafos que explican bien la delicada situación que están atravesando y que merece el apoyo de todas las personas que amamos el mundo del libro: «Nacimos como proyecto cultural cooperativo, sin ánimo de lucro, con una clara vocación de fomento a la lectura, para calar en todas las edades, y una idea fija: el activismo cultural. No dudamos en crear un proyecto de cultura del libro más generoso, amplio y enriquecedor para nuestra ciudad. Y, para ello, era necesario un local de mayores dimensiones, para ofrecer mayor fondo, mayor número de secciones, más espacio para deambular entre libros, para inculcar que “leer importa” y más aforo para actividades culturales, las grandes protagonistas. Un espacio que no fuera, tan sólo, un almacén de libros. […] Desafortunadamente, además de retrasos en el pago, hemos sido incapaces de pagar los últimos tres meses. Por lo que hemos recibido, de parte de la propiedad, una demanda de desahucio. A pesar de haber estado obligados a mantener la vigencia de un aval bancario por toda la duración del contrato del alquiler que cubra esta situación, la propiedad ha optado por la medida drástica del desahucio, entendiendo que no confía en nuestra permanencia ni nuestra solvencia, pero sobre todo privándonos de nuestro derecho a disfrutar del resto de vigencia de nuestro contrato por cinco años más, en los que amortizaríamos la fuerte inversión inicial realizada en el local y en los que cumpliríamos con nuestro plan de negocio para cumplir el ciclo del proyecto que iniciamos en 2017, el proyecto por el que tanto hemos trabajado los libreros y libreras de Caótica. Nos priva de ese derecho. Nos desahucia».

Como muestra de solidaridad con el proyecto y junto a la divulgación de la necesaria participación económica en la campaña que han lanzado por todos los medios de comunicación posibles, vuelvo a publicar el artículo que vio la luz en este cuaderno digital el 17 de febrero de 2020, Caótica, una librería singular, pocos días antes de que se declarara la pandemia de la COVID-19 que, de forma brutal, tanto daño ha hecho a la cultura en general y a las librerías en particular.

Siguiendo a Cernuda, Caótica, un gran trabajo humano, merece la atención de las personas que amamos la cultura y el precioso mundo de los libros.

Caótica, una librería singular

Sevilla, 17/II/2020

La extravagancia de Caótica, una librería que está muy cerca del kilómetro 0 de Sevilla, en la calle José Gestoso, se muestra en espacio cultural con una singularidad especial, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739 (RAE), con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida.

Ya he manifestado en diversas ocasiones , en este cuaderno digital, que Sevilla no es una ciudad de librerías sino de bares. Lo curioso es que Caótica ha incorporado en su zona de usos múltiples, un bar con una visión diferente, en el que cualquier cosa que tomes te sabe diferente al leer el mensaje que preside la barra más larga del mismo: “Somos el resultado de los libros que leemos, los viajes que hacemos y las personas que amamos”.

Es muy interesante conocer la experiencia diaria de esta librería, sus proyectos, el mundo de la cooperativa hecho realidad cultural en sus diversas formas de participar en el proyecto. Cuando entro en ella, no olvido los tres sueños de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella: distinguir el norte del sur (que también existe); leer a Schopenhauer, por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida y, en tercer lugar, abrir una librería. De todo hizo un arte para vivir, para enseñar a leer las señales de la vida, porque hablar es solo cosa de personas. Leer, igual de bello. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones en relación con lo que nuestro cerebro lee.

En Caótica te envuelven los libros y regalos en papel negro. Allí hay una persona anónima que pone orden al caos del mercado habitual en la compraventa de libros, dibujando con colores llamativos múltiples dibujos a los que acompaña siempre el nombre con el que desees llevarte el recuerdo principal de esa librería singular. Y la bolsa de papel ecológico en la que depositas unos regalos especiales llamados libros, lleva la imagen de una niña-buzo, imagen que preside la librería: “una obra realizada por el artista Alejandro Vicuña que encierra una simbología en sintonía con el origen —renacer— de Caótica. La ‘niña-buzo’ está coronada por el azul del cielo de la ciudad y bañada en el amarillo que la rodea, un color que para Caótica representa la reinvención. Es una niña desprotegida en medio del asfalto pero que no teme a nada, una niña valiente que se enfrenta a la jungla urbana y al conflicto para bucear por el océano cultural, y hacer del caos un lugar luminoso. Unas gafas, unas aletas y un tubo de respiración son su único equipaje para explorar el mundo que la rodea y para navegar entre libros sin miedo a la aventura”.

En el relato de la Creación, se dice que la tierra estaba “hueca y vacía”, es decir, era un caos total. Lo maravilloso es constatar que durante muchos siglos abuelas y abuelos, madres y padres, contaban, recordando a sus antepasados en los pueblos ribereños del Tigris y Éufrates, que Dios vio ese caos, que todo era caótico, insuflando el ruaj, el espíritu, cerniéndose sobre la haz de las aguas. A partir de aquel acontecimiento, se creó todo pero, especialmente, a la mujer y al hombre. Si todo era bueno, en riguroso hebreo, cuando creó al ser humano vio Dios que “era muy bueno”. Un adjetivo, muy (meod), que desde entonces ha impregnado de esperanza de vida a este loco mundo, dando una respuesta magistral para poner orden en una situación caótica el universo, de la materia: la llegada del ser humano, la aparición del habla, de la palabra. Algo muy bueno, evolución en estado puro y lo más importante: es un relato que todavía se puede encontrar en la más pequeña librería del mundo.

Caótica tiene orden y sentido. Comprar un libro en ella, todavía más, porque demuestra singularidad: sirve con el talento, no imita otros, sino que beneficia el que ya le dio el cielo azul de Sevilla, la ciudad de la niña-buzo, su imagen más querida y perfecta.

NOTA: la imagen se ha recuperado de https://caotica.es/caotica/

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Valldemossa y el más allá de un encuentro real

Lang Lang , Preludio en Re mayor, Op. 28: No. 15, Gota de Lluvia, interpretado en un piano Steinway & Sons Spirio, el 28 de agosto de 2019

… y la experiencia de la vida nos enseña que allí donde no se puede vivir en paz con nuestros semejantes, no existe admiración poética ni goces artísticos capaces de llenar el abismo que se abre en el fondo de nuestra alma.

George Sand, Un invierno en Mallorca

Sevilla, 2/VIII/2022

Uno de los privilegios que me ha ofrecido la vida es conocer un pueblo mallorquín, Valldemossa, un claro objeto de deseo cultural que vi cumplido en el verano de 2016. Ayer volví a ver algunas de sus calles con motivo de la visita de la familia real, con el Rey Felipe VI a la cabeza, recordándome cada plano del reportaje vivencias inolvidables de rincones con encanto de ese pequeño municipio, una antigua alquería en el Valle de Muza (de ahí su nombre), conocido mundialmente por haber albergado en el siglo XIX al compositor polaco Fréderic Chopin y a su pareja de entonces, George Sand (seudónimo de su auténtico nombre y género, Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevant), pero muy volcado hoy al turismo sacrificando su silencio de día para recibir el ruido del mundo, tan contradictorio con el espíritu monástico del que hacen gala sus habitantes a través de Chopin. George Sand vivió junto a Chopin una arriesgada aventura de amor en Mallorca en las postrimerías del siglo XIX, concretamente desde el 15 de diciembre de 1838 al 11 de febrero de 1839, unos años después de la desamortización de la Cartuja de Valldemossa, donde finalmente se hospedaron. 

En aquella visita anunciada de 2016 y antes de asistir al concierto programado en el homenaje anual a Chopin, estando cerca del lugar donde vivió días muy difíciles, recogidos en una obra de George Sand, que recomiendo especialmente, Un invierno en Mallorca (1), visitamos la Fundación Cultural Coll Bardolet, donde se exponen pinturas del pintor catalán que da nombre a la entidad, Josep Coll Bardolet, que cedió a Valldemossa, lugar donde vivió más de 60 años. Su obra es un canto permanente a la naturaleza, la tradición y el amor a la vida. Aquella noche musical, el protagonista era un pianista coreano de fama internacional, Kung-Woo Paik (Seúl, 1946), reconocido intérprete de la obra de Chopin y que pude corroborarlo durante el concierto que ofreció en la Cartuja, junto a la celda donde el compositor polaco escribió diversas obras, ya citadas en la serie que escribí sobre aquel viaje hacia una isla desconocida para mí y que se puede leer de nuevo en este cuaderno digital. El ambiente para componer el maravilloso Scherzo número 3, entre otras obras suyas, que interpretó Paik con manos maestras de setenta años, lo imaginé en el contexto de su duro invierno de 1883-1884 en aquella Cartuja tan fría, desamortizada, que le prestó acogida después de haber sido expulsado de mala manera de su residencia anterior.

Paik salió de la celda de Chopin, convertida en un camerino muy especial con motivo del concierto, para subir al pequeño estrado que habían habilitado junto a ella y después de los aplausos de bienvenida se situó a duras penas ante el piano Steinway & Sons preparado para la ocasión, que tocaría maravillosamente segundos después, con una iluminación muy doméstica, porque a petición del intérprete tuvieron que localizar en la casa aledaña a la Cartuja unas lámparas de pie para iluminar su teclado, en una imagen que se comenta por sí sola y que Paik no entendía por mucho que los organizadores del concierto se esforzaran en solucionarlo de forma artesanal y doméstica, poco profesional. Aquí en este país, resolvemos siempre estas situaciones diciendo que “son cosas del directo” o “caprichos de artistas” [literal, aquel día], pero fue una situación lamentable. Sobre todo, porque conservaba en mi mente el relato de George Sand, la pareja sentimental de Chopin, sobre la celda que habitaron y donde “el enfermo”, que nunca fue citado por su nombre, buscaba en la composición diaria la comprensión de su mundo de secreto tan singular, donde unas gotas de lluvia podía elevarlas a los cielos de la música, como ocurrió en un Preludio muy conocido, homónimo (op. 28, 15). Sentí la soledad en aquel ambiente monástico y comprendí cómo Frédéric y George podían considerar la compañía que les ofrecieron desde el primer momento el boticario, el sacristán y María Antonia, una especie de ama de llaves que solo quería reconocimiento por su asistencia, sin interés económico alguno.

Las palabras anteriores son recuerdos de Valldemossa, más allá del paseo real de ayer tarde, en una estancia plebeya, pero que fue para nosotros de un encanto especial, aunque al finalizar aquella jornada nos devolviera este pueblo-alquería al principio de realidad de cada día, con preguntas que leí en el libro de Sand antes de viajar a Mallorca: “¿Por qué viajar cuando no se está obligado a hacerlo? […] Es que no se trata tanto de viajar como de partir. ¿Quién de nosotros no tiene algún dolor que olvidar o algún yugo que sacudir?”. Efectivamente, un viaje siempre es un punto de partida para vivir nuevas experiencias, ir hacia alguna parte…, a un lugar escondido en el alma. Y esta razón de partir fue la que me impulsó a buscar aquel año en Mallorca algo más que viajar a cualquier precio, su valor intrínseco, algo que Chopin, junto a George Sand encontró en aquella isla, en aquella Cartuja, entregando al mundo obras inolvidables compuestas en su pianino Pleyel, “llegado en el mejor estado posible a pesar del mar y del mal tiempo, y de la aduana de Palma…”, que “llenaba la bóveda elevada y resonante de la celda con un sonido magnífico”, tales como algunos de sus Preludios entre los que destaca el llamado “Gota de Lluvia” (op. 28, No. 15), la segunda Balada en fa mayor op. 38, el tercer Scherzo en do sostenido menor op. 39 y una de las Polonesas, la op. 40. En cuanto al preludio Gota de Lluvia, Sand escribió sobre el compositor: “[…] Mientras tocaba el piano tuvo un sueño en el que se vio a sí mismo ahogado en un lago y grandes gotas de agua helada caían de forma regular sobre su pecho. Cuando le hice escuchar el sonido de las gotas de lluvia que, de verdad, estaban cayendo desde el tejado, rítmicamente, negó haberlas oído. Se enfadó mucho de que yo lo interpretara como la muestra de un sonido imitativo. Protestó con toda su fuerza -y tenía razón- contra la puerilidad de dicha imitación auditiva. Su genio estaba lleno de misteriosos sonidos de la naturaleza, pero transformados en sublimes equivalencias musicales en su pensamiento pero no a través de imitaciones sin originalidad de los sonidos reales».

Mas allá del paseo real de ayer, que como la música militar nunca me sabe levantar, recordé palmo a palmo el que realizamos aquella tarde por el pueblo-alquería, acompañados en cada puerta por un azulejo distinto dedicado a Santa María Thomàs, con textos que exaltan siempre la protección de cada casa y de cada familia. Después del concierto, salimos de aquella Cartuja tan lúgubre pero con el buen sabor de boca de las obras interpretadas por Paik, encontrándonos con una experiencia desoladora, porque el pueblo entero estaba cerrado, solo había calles solas y en completo silencio, sin posibilidad alguna de poder comentar en algún sitio acogedor la gran interpretación de Paik, con el que me hubiera gustado compartir su estancia en la celda de Chopin, más allá del actual reclamo turístico, sobre todo en un lugar que le ofreció una digna estancia en tiempos revueltos y cómo se había sentido al tocar los aspergios continuos del Scherzo 3, que según todas las fuentes oficiales fue compuesto en 1839 por Chopin en el “pianino” Pleyel [sic, en el libro original de Sand] que tanto trabajo había costado trasladar desde París hasta aquél lugar tan inhóspito en aquellos años del siglo XIX y … en aquel verano en Mallorca, en 2016.

Me imagino que cuando anoche desapareciera de aquel entorno maravilloso la caravana real, el preludio de Chopin Gota de Lluvia sonaría en sus calles para quien quisiera escucharlo, porque él todavía estaba allí para recordarnos que, cuando no se puede vivir en paz con nuestros semejantes, hay que saber llenar los abismos en nuestras almas mediante la admiración poética y los goces artísticos. Palabras de la plebeya George Sand junto a Chopin, en Valldemossa, más allá de una visita real.

(1) Sand, George, Un invierno en Mallorca, 1975. Palma de Mallorca: Ediciones La Cartuja.

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Blanca Andreu, escritora entre silencios

Sevilla, 30/VII/2022

El 18 de febrero de 2010, se presentó en Madrid una obra, Los archivos griegos, que hoy tiene una importancia crucial para conocer la trayectoria de una escritora de cuna gallega, Blanca Andreu (La Coruña, 1959), que así le gusta que la reconozcan como tal, aunque su obra emblemática era un compendio poético doloroso que escribió con tan sólo 20 años, De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, un conjunto de papeles desordenados que Francisco Umbral recogió de una papelera y que una vez ordenados los presentó al premio Adonais, en 1980, obteniéndolo por unanimidad del jurado y sin que la autora conociera tal evento, porque Umbral no se lo comentó. De esta obra ella recuerda que “el Adonais me hizo mucho daño porque era una obra muy atormentada, aunque estaba llena de metáforas. Eran cosas que me dañaban a mí y a otras personas que me conocieron en alguna ocasión. Las poesía afecta para bien y para mal”.

¿Por qué he citado esa presentación en Madrid de Los archivos griegos, para hablar de Blanca Andreu? Fundamentalmente, porque aquél día de febrero, en Madrid, sé que el poeta y escritor Juan Cobos Wilkins, que presentó el acto, al que citó mal el cronista del diario El País que elaboró la reseña, dijo de ella algo muy importante, que valoro especialmente por mi amistad histórica con Cobos Wilkins, así escrito correctamente: “el nuevo libro de Andreu muestra el compromiso del poeta con el mundo. Donde hay madurez, belleza y transparencia”. Para mí, una patente de corso para reconocer hoy a esta escritora entre silencios. Una conversación entre Blanca Andreu y Juan Cobos Wilkins, que les recomiendo escuchar y ver, me ha ayudado a comprender su amistad madura, bella y transparente, a lo largo del tiempo.

El compromiso de Blanca Andreu con el mundo se ha llevado a cabo en muy pocas obras publicadas, aunque con una vida sorprendente que invito a conocer a través de un artículo excelente de Manuel Jabois en el diario El País, Blanca Andreu, la poeta que triunfó a los 20 años y prefirió desaparecer: “Me halaga que me crean muerta”, donde afirma algo aleccionador en la entradilla: “La autora, que se alejó de la fama después de ganar los premios más importantes en los ochenta, habla desde su retiro del proceso creativo, de su relación con Juan Benet y su vida fuera de los focos: “Yo no sabía que la gloria era dar la cara”.

Es una escritora creyente, según la definición de creencia del filósofo en el exilio, durante la dictadura de este país, José Ferrater Mora, al que conocí hace ya muchos años y estudié en profundidad, cuando en un libro precioso, que aprecio mucho en mi clínica del alma, mi biblioteca, El hombre en la encrucijada, manifestó algo muy importante para resolver el enigma de vivir con creencias, algo que está presente siempre en la obra de Andreu (1). Él decía que necesitamos tener creencias, que no podemos vivir sin ellas, y a lo largo de las páginas de su tesis existencial demuestra que el mundo ha evolucionado hacia adelante gracias a que nuestros antepasados y muchas personas contemporáneas han tenido y tienen creencias en cuatro ámbitos, juntas o por separado da igual, de una forma u otra, da igual, pero siempre relacionadas con las Personas, la Naturaleza, Dios/dioses o la Sociedad. Así durante muchos siglos. Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar. Puede ser una buena forma de encontrarnos cara a cara con el niño o niña que fuimos y que nunca debimos abandonar para resolver el enigma de vivir dignamente.

Cualquiera de las obras de Blanca Andreu, nos acercan a estas creencias, a sus silencios históricos, a su respeto reverencial a la dignidad y pudor de lo que se escribe, porque después de publicar algo que se ha escrito hay que explicarlo con ribetes de coherencia personal. Desde De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, un título sorprendente para un premio tan “religioso”, publicado por RIALP, editora confesional donde las haya y muy cerca del Opus Dei, hasta Los archivos griegos, transcurren treinta años de profundo silencio, sólo salpicados de alguna publicación también premiada que consolidan su obra breve, algo que declara y sin falso pudor que hizo por si conseguía el dinero de los premios, porque lo necesitaba. De este intervalo es una obra preciosa, El sueño oscuro, dedicada a Juan Benet, su pareja inseparable hasta el fallecimiento del ingeniero y escritor, donde figuran dibujos de él y a quien dedicó el libro recopilatorio de poemarios importantes.      

Algo que me ha sorprendido de su visión teológica de la vida desde su niñez, es la amistad que conservó siempre con Vicente Ferrer, a quien recuerda en su famosa expresión de «hacer cada día una buena acción». Él está presente en este blog, en su cabecera, desde casi su creación, porque creí siempre en él y lo sigo haciendo en la ardua tarea de la Fundación en Anantapur, la ciudad del infinito, en hindi. Blanca Andreu no lo olvida: “No practico ninguna religión, pero tengo mucha fe. Pienso en cómo tengo que gestionar mi vida para poder hacer, como me decía Vicente Ferrer, la acción buena. Porque una vida tan solitaria no es una vida muy proclive a hacer cosas por los demás. En fin, también estoy implicada con la Fundación Vicente Ferrer. Tengo nueve cartas suyas que guardo como un tesoro. Me ayudó mucho tras morir Juan [Benet]”.

He encontrado a Blanca Andreu en plena singladura vital, algo maravilloso en un mundo plagado de malas noticias. Contaré con ella, ofreciéndole un asiento en la amura de babor de mi “Isla desconocida”, que nunca es inocente en su posición actual y navegando al desvío, leyendo un poema, Escucha, escúchame, en De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, como un grito desesperado para entender la vida: Escucha, dime, siempre fue de este modo, / algo falta y hay que ponerle nombre, / creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña / o decir nube, adelfa, / sufrimiento, / decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos. Porque lo que nos hace sufrir más en la vida es la separación del niño o niña que siempre fuimos o la dura separatidad, cada día, de lo que amamos y nos hace felices por encima de todo.

(1) Ferrater Mora, José, El hombre en la encrucijada, 1965. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

NOTA: la imagen de Blanca Andreu se ha recuperado hoy de Blanca Andreu: De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall – Babab.com

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Las postales deberían volver este verano

Sevilla, 29/VII/2022

En julio de 2020 escribí un artículo en este cuaderno digital que llevaba por título Las postales eran para el verano, como aquellas bicicletas famosas de Fernando Fernán Gómez, de feliz memoria. Hoy, vuelvo a rescatar aquel texto íntegro, porque deseo que no se quede en el recuerdo nostálgico de esas tarjetas mágicas, sino en un compromiso que podríamos adoptar en el ecuador de este verano tan especial, enviando postales de nuevo a las personas que apreciamos y queremos. Voy a hacerlo personalmente, utilizando los medios habituales para tal menester: tarjeta postal, bolígrafo y sello. Sobre todo, escribiéndolas a mano, recordando la caligrafía que me enseñó mi querida maestra, Doña Antonia, a las que tantas veces he recordado en estas páginas.

Lo aprendí hace tiempo: “El manuscrito tiene una característica evidente, comparado con la máquina de escribir o la pantalla: la individualidad. La letra de una persona es algo exclusivo, como sabe bien el amante que reconoce ya desde el sobre una carta de su amada…” (1). Es lo que probablemente intentó explicarnos Gabriel García Márquez, hace ya muchos años, sobre el realismo mágico de sus palabras manuscritas, aunque él las escribiera con una máquina de escribir clásica que quizás superaba con creces la letra creada por la bola de tungsteno de su bolígrafo BIC de turno. Pero ese realismo tan personal probablemente estaba allí, muy pendiente de su mano creadora, al igual que estaba en mi infancia más próxima. Como para él lo estaba en la carta comunicando la pensión al coronel Buendía, que tanto esperó, mucho menos importante que lo que nos sucede en el día a día, cuando vamos como él del timbo al tambo de nuestras vidas. Algo parecido en este verano tan especial en nuestras vidas en el que, probablemente, recibir una postal de alguien que conocemos y queremos nos alegrará ese momento mágico, casi atemporal, que García Márquez siempre retrataba de forma magnífica. dando sentido a nuestras vidas.

Las postales eran para el verano

No es por pura nostalgia, que también (siendo sincero), sino porque en este verano tan especial es necesario recordar aquellas pequeñas cosas que hicieron felices, por definición, a millones de personas a partir del 1 de octubre de 1869, día en la que consta fehacientemente que se envió “la que se considera la primera postal de la historia. Viajó de la localidad austríaca de Perg a la de Kirchdorf, y tardó solo un día en llegar. El mensaje era breve y de carácter personal: el emisor preguntaba al receptor si le gustaría visitarlo”.

He leído con atención reverencial un artículo sorprendente sobre la historia de las tarjetas postales, Las postales no se inventaron para mandar saludos, sino para ahorrar costes, muy ilustrativo para conocer cómo y cuándo comenzaron a enviarse millones de tarjetas postales a lo largo de ciento cincuenta años de su historia. Si alguna palabra puede resumir qué es lo que reflejaba esta nueva forma de relacionarse las personas, era la concisión. Cuando se concibió como medio de comunicación, la economía global estaba presente en su formato: pequeña, formato homogéneo porque era impresa por el Estado, incluido el sello, no llevaba sobre y era de formato abierto que cualquiera podía leer, es decir, una auténtica revolución para la época que se podía resumir en una frase publicitaria: todo en uno. Se compraba, se escribía con brevedad obligada y se enviaba, tres pasos obligados pero que simplificaban de forma sorprendente el rito de escribir cartas, cada día más complejo en su fondo y forma.

Las tarjetas postales han formado parte de nuestras vidas. Recuerdo ahora cuando vivía en Roma y enviaba postales a mi familia y amigos, porque descubrí otra realidad que con el paso del tiempo ha evolucionado: la compra de los sellos. En Italia se rotulaban los estancos como “Sali, Francobolli e Valori Bollati”, sales, sello y papel timbrado, porque la sal fue un monopolio del Estado hasta 1973, con una larga historia desde el Imperio Romano. Sorpresas que me daba la vida en el viaje de una postal hacia alguna parte. De todas formas, nada cómo las postales que cuando era un niño escribía a la empleada de hogar que trabajaba en mi casa de Madrid, Marina, que me dictaba lo que quería decir, con palabras de amor, a su querido Juanito, que trabajaba como emigrante en Suiza, concretamente en Biel-Bienne. Eran textos imposibles, clásicos populares, con la entradilla clásica: “Espero que al recibo de ésta estés bien, nosotros bien gracias a Dios”. Yo avisaba a Marina que no me quedaba espacio para lo fundamental, pero ella se conformaba con que su novio supiera interpretar lo que una pareja en posturas imposibles y con el texto que figuraba en el anverso de aquella postal en blanco y negro, tan edulcorada, quería transmitir al receptor de la misma: “Tú eres mi destino y mi estrella, yo por ti todo lo cambiara” [sic], que no lograba entender en el tiempo verbal que utilizaba, pero que hacía todavía más imposible su comprensión. Lo de menos era lo que escribía con tanto primor y en letra inglesa en nombre de Marina a su novio, sino lo que ella quería que entendiera en palabras de toda la vida. Así, muchas veces durante años de la dura emigración española y que ahora olvidamos con tanta insensatez.  Las tarjetas postales fueron un salvoconducto para expresar sentimientos y emociones de lo que se veía y se quería teletransportar al receptor de turno, en “color por technicolor” y con pocas palabras, en una España que abusaba mucho del blanco y negro, como el de la postal imposible de Marina.

Las tarjetas postales han caído en desuso y han sido sustituidas por las redes sociales. Tenían su estación por excelencia, el verano. Ahora, en cualquier época del año existen mil formas de enviar imágenes y palabras que dejan atrás a un medio que fue revolucionario en su época y que tenía su encanto y su factor sorpresa. Su concisión, llena casi siempre de sentimientos y emociones, lo decía todo, con un secreto a voces que se esperaba con la ilusión de lo desconocido: alguien se había acordado de nosotros y se había molestado en dar varios pasos por mí, por nosotros: elegir la tarjeta, escribirla, ponerle el sello (con lengua o esponja mojada) y echarla al buzón.

Para no olvidarlo hoy, en tiempos difíciles, porque el texto era casi lo de menos. Yo sabía que la persona que me la envió en alguna ocasión, al escogerla entre miles de postales posibles,  pensaba de mí que yo era su destino y su estrella y que por mí, todo lo cambiaría.

NOTA: la imagen, que recoge el anverso y reverso de la primera tarjeta postal de la historia, se ha recuperó el 12 de julio de 2020 de: https://www.ausstellung-postkarte.de/

(1) Millán, José Antonio (2015, 22 de octubre). El misterio de las palabrasEl País.com.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

Paula Rego, una pintora rebelde, imprescindible

Sevilla, 27/VII/2022

Paula Rego (Lisboa, 1935 – Londres, 2022), una pintora portuguesa, rebelde con causa, que pintó de forma continua el mundo de la mujer en episodios de vida no amables para ellas, falleció el mes pasado en Londres, ciudad que la acogió durante muchos años de su azarosa vida, coincidiendo actualmente con la exposición temporal de parte de su obra en el Museo Picasso de Málaga, inaugurada el pasado mes de abril y que finalizará el próximo mes de agosto. Creo que el mejor homenaje que se le puede ofrecer ahora es reconocer su obra y amplificarla por todos los medios posibles, porque es fascinante su intramundo pictórico.

La sinopsis oficial de la citada muestra, sintetiza en pocas palabras la obra ingente de la artista: “La exposición de Paula Rego (Lisboa, 1935 – Londres, 2022) presenta la obra de una artista insobornable de extraordinaria imaginación que ha redefinido el arte figurativo y revolucionado la representación de las mujeres. La exposición refiere su notable trayectoria, poniendo de manifiesto el carácter autobiográfico de buena parte de su arte, el contexto sociopolítico donde hunde sus raíces y el amplio espectro de sus puntos de referencia, desde el cómic hasta la pintura de historia. A través de más de ochenta obras, entre collages, pinturas, pasteles de gran formato, dibujos y aguafuertes, el recorrido abarca desde sus trabajos en los años sesenta hasta las escenas ricamente estructuradas y estratificadas de las dos primeras décadas de este siglo. Sus pinturas, collages y dibujos de los años sesenta y setenta se oponen con pasión y fiereza a la dictadura portuguesa, utilizando una diversidad de fuentes de inspiración entre las que se cuentan el anuncio publicitario, la caricatura y la noticia de prensa. También se exploran los cuentos populares en cuanto representaciones de la psique y el comportamiento humanos, como en Blancaflor, El demonio y su mujer en la cama (1975). En 1980 Rego abandonó el collage y regresó a la pintura, combinando recuerdos de la infancia con sus experiencias de mujer, esposa y amante. La exposición ofrece obras importantes de esa época: ejemplos de la serie “Las niñas Vivian”, donde las niñas se rebelan contra una sociedad coercitiva, y las pinturas seminales que cimentaron la fama de la artista. A lo largo de toda su carrera Rego se ha mostrado fascinada por la narración de historias. En la exposición figuran grabados pertenecientes a su serie Nursery Rhymes (1989), donde se sumergió en la extrañeza y la crueldad de las canciones infantiles tradicionales de Gran Bretaña. En su condición de primera artista residente en la National Gallery, Rego también se ha inspirado en la historia del arte, tejiendo alusiones a maestros como Hogarth y Velázquez en pinturas donde las protagonistas son mujeres y el foco está puesto sobre su lucha hacia la emancipación, como La artista en su estudio (1993). Parte de la exposición son asimismo los pasteles grandes de figuras femeninas aisladas que Rego hizo durante las décadas de 1990 y 2000, en series como “Mujer perro” y “Aborto”, origen de algunas de sus imágenes más conocidas e impactantes. Las de la serie “Aborto”, que la artista se enorgulleció de ver integrada en la campaña por la legalización del aborto en Portugal, presentan a mujeres en el día después de un aborto ilegal. En Posesión (2004), otra gran serie de pasteles rara vez expuestos, la experiencia directa de Rego en materia de depresión y terapia se suma como fuente de inspiración a las fotografías preparadas de presuntas enfermas de “histeria” en el siglo XIX”.

Creo que es importante aprovechar esta oportunidad museística para contemplar la obra de Paula Rego e intentar asimilar sus mensajes explícitos en cada una de sus obras. Me ha llamado la atención una en particular, La artista en su estudio (1993), porque simboliza su forma de ser y estar en el mundo y en cada uno de los motivos que figuran en el lienzo: “La artista en su estudio se realizó recurriendo y combinando recursos clásicos de distintos géneros pictóricos. Los objetos que se incluyen hacen referencia a la vanitas clásica, es decir la pintura de naturalezas muertas que alude a la inevitabilidad del paso del tiempo. Rego se sirve también del retrato tomando ventaja del modo como este gran género en la historia del arte se sirve de la elección de los ropajes, los accesorios o la elección del ambiente para subrayar la clase social, la ocupación y el carácter de los personajes. La postura de la figura central está inspirada en George Sand, la novelista francesa del siglo XIX que firmaba con un pseudónimo masculino y que solía vestirse de manera considerada por entonces propia de hombres. Al igual que Sand, la figura de Rego juega con las convenciones de género, presentándose frente al espectador explícitamente abierta de piernas y fumando en pipa”.

A George Sand, seudónimo de su auténtico nombre y género, Amandine Aurore Lucile Dupin (baronesa Dudevant), pareja de Chopin,  dediqué también en un verano no lejano y en este cuaderno digital, unas palabras de reconocimiento expreso: Unos días de verano en Mallorca / 1. George Sand y Chopin. Hoy, junto a las de Paula Rego, simbolizan mi respeto por las mujeres rebeldes, imprescindibles, artistas en el arte de vivir despiertas, que luchan todos los días para entregar al mundo una forma diferente de aprehender la vida.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Tina Modotti, una fotoperiodista social de belleza cansada

Sevilla, 26/VII/2022

El pasado 15 de julio se inauguró en Madrid una exposición sobre la fotoperiodista social Tina Modotti, organizada por el Museo Cerralbo y PHotoESPAÑA, que permanecerá abierta hasta el 2 de octubre de este año, en la que según la sinopsis oficial se hace “un recorrido, a través de 120 imágenes por la biografía y la obra de una de las grandes mujeres de la fotografía del siglo pasado. Con una brevísima carrera como fotógrafa, la italiana fue capaz de crear una estética de gran contundencia, convirtiéndose además en una de las principales reporteras de unos de los periodos más convulsos de la historia se México, país en el que residía y en el que murió. Tina Modotti nació en Italia (Udine, 1896) y falleció en México 46 años después. Esta mujer excepcional fue inmigrante en Estados Unidos, actriz de Hollywood, fotógrafa, revolucionaria, militante comunista, refugiada política y miembro del Socorro Rojo Internacional. Asumió desde muy joven un rol de mujer en oposición al imaginario social impuesto en la época. Y en el corto tiempo que duró su rica existencia buscó la belleza a través de la fotografía, y trabajó a favor de la justicia social desde la militancia política”.

Junto a estas palabras oficiales de presentación de Tina Modotti en la exposición citada, hoy reproduzco de nuevo el artículo que escribí sobre ella en enero de este año, Tina Modotti: el olvido de su belleza cansada, en el que desarrollo un retrato más íntimo de su vida y obra y, sobre todo, su presencia en España durante la Guerra Civil. Siempre que hay una oportunidad de rescatar en este cuaderno digital a estas personas imprescindibles de la vida, en el sentido más profundo de la palabra “imprescindible”, que aprendí hace ya muchos años de Bertolt Brecht, me sumo a tenerlas presentes en determinados momentos como éste, en el que vuelve Tina Modotti a Madrid, para que conozcamos su pasado estelar y su entrega a una determinada ideología que la marcó para siempre. Algo que necesitamos reforzar en estos momentos de desafección política en relación con ideologías que luchan siempre por salvaguardar el interés general de todos, sin olvidar jamás a los nadies de Galeano, tan cerca de nosotros y tan necesitados de atención personal y social para su presente actual. Como Modotti hizo a lo largo de su vida.

Tina Modotti: el olvido de su belleza cansada

Sevilla, 11/I/2022

Hoy, después de leer con suma atención un artículo excelente publicado en elDiario.es, me acerco a una historia fantástica que difícilmente se puede sintetizar en la brevedad de un post, aunque sí cumple el objetivo de este blog: descubrir una isla desconocida, en la que perdura la biografía de Tina Modotti (1896-1942), la actriz, fotógrafa y militante comunista italiana que nos presentó en sociedad la novelista, periodista y biógrafa Elena Poniatowska, Premio Miguel de Cervantes en 2013, en su obra Tinísima (1), a través de sus 663 páginas, publicada en México en 1992, donde “nos lleva por la fascinante historia de una de las mujeres más destacadas en el área artística y política de la primera parte del siglo XX […] Ella es retratada dentro del círculo en que se movió junto a personajes de renombre dentro del ámbito político cultural. Su amor por la justicia, el comunismo y la fotografía son las características que más se destacan dentro del relato y que bajo vivencias personales, y a pesar de sus no tan largos años de vida, la fortaleza de su carácter y visión de mundo son la fuerza de toda la narración. Los amores, amistades y relevancia de las ideas inmortalizan a una mujer carismática en épocas dadas entre guerras y revoluciones”.

En síntesis, la vida de Tina Modotti es un cúmulo de experiencias de revolución interior en un contexto social muy difícil en el primer cuarto del siglo XX, porque Tina Modotti, una mujer que nace en Udine en 1896, “[…] un pueblo italiano en el que había trabajado como obrera siendo casi una niña, viaja de adolescente a Estados Unidos en barco, testigo y parte de las migraciones masivas que tanto han tenido que ver con el norte, centro y sur de América. Luego se convierte en la joven fascinada con la posibilidad de un éxito veloz, propio del “american dream”, participa en películas mudas, descubre la vida de los artistas de vanguardia, recibe la adoración de los hombres, en particular la de su primer marido, Roubaix de L’Abrie Richey; y conoce a su segundo amor, amén de maestro de fotografía, Edward Weston. Posteriormente, huye de los rigores de la cultura anglosajona a México; se convierte en artista, en admiradora y modelo de Diego Rivera, y se adscribe a las utopías de progreso y revolución socialista mundial. Se une al pintor Xavier Guerrero y comienza a explorar las tradiciones y pasiones antimodernas del México posrevolucionario, lanzado hacia el futuro con toda su carga de atavismo. En este país se convierte en una diva, rodeada por una “pléyade” de artistas y personalidades públicas, y se hace famosa como fotógrafa. Conoce al revolucionario cubano Julio Antonio Mella, con el que vive una historia amorosa que está de algún modo presente en todo el texto [Tinísima], y que transcurre poco antes de que él fuese asesinado por sus enemigos políticos. Finalmente, es juzgada por conspiradora y expulsada de México por extranjera. Después de vagar una temporada en un barco que hace las veces de cárcel, comienza su periplo europeo, escenario de su relación con el revolucionario italiano Vittorio Vidali, y llega a transformarse en una suerte de Mata Hari, aunque bastante puritana, del espionaje soviético, y, tiempo después, en la militante sacrificada y humilde que sirve a los republicanos españoles como enfermera, cocinera y, alguna vez, traductora, olvidada de que fue en el pasado una fotógrafa talentosísima y original, tal como lo evidencian las frecuentes alusiones en la novela y las fotos que ilustran el texto. Prematuramente envejecida y aplastada por las decepciones y fracasos de su paso por la Alemania prenazi, La Unión Soviética y la Guerra Civil española, vuelve a México acompañada por Vidali y muere en este país a los cuarenta y cinco años” (2).

Cumplo hoy una misión: rescatar del olvido a una mujer extraordinaria que también colaboró en la lucha por la libertad de este país, formando parte de una memoria histórica que no deberíamos olvidar nunca, como narra con pulcro detalle Elena Poniatowska en el libro citado y que he leído con atención reverencial a pesar de la dureza de gran parte de las páginas dedicadas a Tina durante la guerra civil española en los años 1936 a 1939. Rafael Alberti, con quien compartió días muy tristes durante esa guerra tan descarnada, cainita y fratricida, junto a María Teresa León, hablaba así de ella: “Tina Modotti era una mujer extremadamente bella, pero a mí me pareció que era una belleza cansada, la de una mujer que había tenido una vida muy intensa, que había trabajado mucho…”, como atestiguan las veces que Elena Poniatowska la cita junto a él y su trabajo incansable en Madrid, a través de la organización denominada Socorro Rojo, en su trabajo diario como camarada Carmen, allí donde hacía falta, desde la enfermería hasta en la cocina del Hospital Obrero.

Su vida fue apasionante, una vida corta porque murió en México con tan sólo 45 años, mientras viajaba en un taxi, su país querido donde había crecido años antes como persona libre y comprometida con la política y la justicia social. La visión de Elena Poniatowska sobre Tina Modotti durante su estancia en España, comienza a detallarse en Tinísima a partir de la página 422, que he leído con atención para conocer su dura experiencia durante la guerra civil en Madrid y a partir de julio de 1936. Su periplo comienza como enfermera del Hospital Obrero y miembro del batallón femenino del Quinto Regimiento de Madrid, utilizando su nuevo nombre como camarada del Partido Comunista, María. Me ha llamado la atención la referencia al Batallón del Talento, en Madrid, que formaba parte del Quinto Regimiento, en el que figuraban Machado, Alberti, León Felipe, Miguel Hernández, Bergamín, entre otros, con misiones específicas con los milicianos y milicianas, sobre todo en el ámbito de la educación y la cultura, enseñándoles a leer y a escribir, junto a colaboraciones en el periódico Misión Popular.

Lo que me ha estremecido es conocer la cercanía de Tina con Antonio Machado en su exilio del país. Elena Poniatowska lo detalla a partir de la fecha en que Tina conoce las condiciones lamentables en la que Antonio Machado, su madre y su hermano José junto a su pareja, cruzaron la frontera francesa. En una reunión en París en febrero de 1939, en la que estaba presente Tina Modotti, el que fuera ministro de Exterior de Negrín, detalla cómo el doctor Puche llevó a Machado a la frontera y que sabía que estaba alojado en un hotel de Colliure desde el 29 de enero. Con anterioridad, Tina se había preocupado desde su estancia en Valencia como miembro del Socorro Rojo, de que había que ayudar a Machado a dirigirse a Francia. Tina viajó a Colliure y regresó llorando ante la situación de Machado y su madre, con 88 años. Gracias a su intervención, el Socorro Rojo dispuso que a todos los refugiados españoles se les ofreciera apoyo moral, material y orientación jurídica. De esta forma, el primer caso que se trata es el de Antonio Machado, su madre y su hermano José. A pesar de estas buenas intenciones nadie responde ante la situación lamentable de los Machado, falleciendo el insigne poeta el 22 de febrero de 1939, en una austeridad y olvido clamorosos, en soledad y con un féretro envuelto con el calor la bandera republicana. Como detalla Elena Poniatowska en su obra, Julián Zugazagoitia, que fue ministro de la Gobernación durante el gobierno de Negrín, presente en el fallecimiento de Machado como cónsul, pronunció ante el féretro del poeta, en francés, unas palabras teñidas de dolor y simbolismo: “Pobres españoles, han perdido la guerra porque todos son poetas”. En el fondo de su alma.

Los vídeos sobre Tina Modotti (primera y segunda parte), que se inician con el que figura en la cabecera de estas palabras, ilustran de forma suficiente la vida y obra de esta mujer de gran belleza interior, pero también de “belleza cansada” por su azarosa vida, tal y como lo pudo comprobar Rafael Alberti en la convivencia con ella durante los primeros años de la guerra civil española, de infeliz recuerdo, pero sí del necesario respeto que debemos profesar a este acontecimiento, al formar parte de la memoria histórica de este país. Les recomiendo que los vean con el respeto también de quienes nos acercamos a estos ejemplos revolucionarios, que no deberíamos olvidar en tiempos durmientes, de mediocracia y silencios cómplices.

(1) Poniatowska, Elena, Tinísima, 1992: México: Ediciones Era.

(2) Kozak.pmd (pitt.edu)

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.