Yo me acuerdo

Me acuerdo de esas veces en que no
sabes si estás muy feliz o muy triste.

Joe Brainard (1942-1994), Me acuerdo

Sevilla, 10/XII/2021

La navidad es una época del año propicia para los recuerdos de familiares y amigos, ausentes y presentes, así como de situaciones que desde mi niñez rediviva siempre se procuraba que tuvieran un halo de felicidad, aunque no fuera real, como la vida misma. En este contexto, he leído hoy un artículo de Guillermo Altares sobre los recuerdos que me ha llevado a una reflexión que hice en 2009 con motivo de la publicación de un libro de Joe Brainard, Me acuerdo (1), porque simbolizaba una actividad cerebral de importancia transcendental en la vida de las personas. Recordar o no recordar, esa es la cuestión. Llegué a aquella lectura por dos razones fundamentales: la localización del libro a través de un artículo de Guillermo Altares, Cuando un recuerdo es algo que tenemos (2), y mi permanente actitud de investigación sobre las estructuras cerebrales que nos permiten recordar a través de la memoria, como principal cooperante necesaria de la inteligencia que cada día nos permite resolver problemas. La verdad es que vivía en esos momentos una aventura apasionante.

Decía Altares que “Esa mezcla, lo que tenemos, lo que hemos perdido, es lo que nos convierte en nosotros y el pintor Joe Brainard (1942-1994) encontró una fórmula maravillosa para navegar por la memoria, los Me acuerdo…”. Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria -¿viña?- de cada una, de cada uno, sobre todo cuando establecemos una relación humana a lo largo de la vida, ya sea familiar, de amistad, profesional o de amistad y planteamos el siguiente dilema ante un recuerdo especial: Yo me acuerdo..., ¿y tú? Siempre esperamos que la respuesta sea algo más que el silencio o el olvido.

¿Por qué recordamos? Lo hacemos por aprendizaje y programación genética. También, como autoprotección ante determinadas agresiones de la vida. Aprendemos a recordar situaciones vitales, resultados placenteros o displacenteros y, gracias al recuerdo, consciente o inconsciente, reaccionamos de forma controlada o incontrolada. Fundamentalmente, porque los sentimientos y emociones acompañan siempre al conocimiento, a la respuesta medida o desmedida donde el recuerdo de situaciones anteriores de cariz similar ha grabado ya un “programa” reactivo o proactivo (mejor, predictivo) en la memoria. De esta forma se acepta científicamente la realidad del intenso trabajo del hipocampo, estructura cerebral responsable de ordenar y organizar la memoria, sobre todo, la de largo plazo. Así lo explicaba en un post anterior, El caballo encorvado, del que recomiendo su lectura pausada: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum, (la pared delgada que separa dos tejidos) alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera” [3]. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

He vuelto abrir el libro de Brainard, porque con sus “me acuerdo…” comprendo mejor el porqué de la soledad sonora de muchas personas a la hora de quedarse solas consigo mismas, más en su caso histórico al tener que demostrar al mundo que su soledad gay lo podía conducir a la muerte por sida, como fue su caso. Conjugar el verbo acordarse sería un ejercicio práctico para compartir experiencias necesarias en la vida. Porque por mucho que nos esforcemos en olvidar, el hipocampo particular nos recuerda que todavía están allí millones de grabaciones neuronales para cuando las queramos rescatar de la filmoteca existencial. Con la dificultad añadida de que muchas veces, estos recuerdos “nos vienen” a borbotones, sin control posible. El libro de Brainard se presentó en sociedad en 2009 como “inclasificable” y “obra excepcional” y Paul Aster llegó a decir de él que “era tan polifacético que él mismo parecía uno de sus propios collages. Más conocido como artista que como escritor, su inclasificable libro Me acuerdo se consideró una obra excepcional desde su irrupción en 1970 en el panorama literario de Estados Unidos. Su impacto fue tal que, años después, Georges Perec escribió su Je me souviens bajo el modelo de Brainard, y se lo dedicó a éste. La fórmula es tan simple que escritores como Ron Padgett, poeta y gran amigo de Brainard, se preguntaron: «¿Por qué no se nos habrá ocurrido a nosotros una idea tan elemental?». Su original forma, basada en una repetición casi de mantra, recoge más de mil evocaciones que empiezan con las palabras «Me acuerdo». Se trata de frases, en su mayoría breves, que activan un resorte en la mente al rescatar imágenes con las que han crecido varias generaciones de todo el mundo. Una entrañable mirada a lo más íntimo de la vida de Brainard y un retrato de la cultura y del imaginario popular del Estados Unidos de los cuarenta y los cincuenta. Me acuerdo es una obra maestra. Los libros supuestamente más importantes de nuestro tiempo serán olvidados uno tras otro, pero la pequeña y modesta joya de Joe Brainard perdurará. Con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo. Me acuerdo es a la vez increíblemente divertido y profundamente conmovedor. Además, es uno de los pocos libros completamente originales que he leído”.

Me acuerdo ahora de una frase rotunda del primer artículo de Altares: “Algunos Me acuerdo son pedazos inocentes de memoria, otros escarban en las partes ocultas de nuestras vidas, algunos tienen sabor, olor, luz, algunos son crepúsculos dorados y otros amaneceres tristes, muchos ni siquiera sabemos dónde han estado escondidos, los hay que son como las magdalenas proustianas y aparecen a borbotones. (¿En el fondo qué es En busca del tiempo perdido si no un gigantesco Me acuerdo?), pero todos ellos son importantes, todos ellos son nosotros. Los Me acuerdo son algo que tenemos que tal vez hayamos perdido, pero que hemos recuperado”.

En tiempo de navidad buscamos muchas veces refugiarnos paradójicamente en los mejores recuerdos, utilizando la memoria como el mejor recurso/escudo humano en el cerebro. Mientras, escucho la melodía principal de un me acuerdo… especial, Amarcord (yo me acuerdo), en un dialecto muy querido por Fellini de su tierra natal, Rímini, para que no olvidemos nunca la verdadera memoria histórica de nuestras vidas. Sobre todo, la que nos reconforta y nos ayuda a no mantener silencios cómplices, con nosotros mismos y con los demás.

Melodía principal de Amarcord (Fellini) / Nino Rota

(1) Brainard, Joe, Me acuerdo, 2009. Madrid: Sexto piso.

(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo), Cuando un recuerdo es algo que tenemosEl País (Babelia), p. 8.

(3) Almaguer Melian, W., Bergado Rosado, J. y Cruz Aguado, Reyniel (2005). Plasticidad sináptica duradera (LTP): un punto de partida para entender los procesos de aprendizaje y memoria. Revista Cubana de Informática Médica, 1 (5).

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Camino en belleza para que todo en belleza acabe

Que en belleza camine.
Que haya belleza delante de mí
y belleza detrás
y debajo
y encima
y que todo a mi alrededor sea belleza
a lo largo de un camino de belleza
que en belleza acabe.

Eduardo Galeano, Quise, quiero, quisiera, del «Canto de la noche», del pueblo navajo, en El cazador de historias

Sevilla, 4/XII/2021

Hoy, como casi todos los días cuando me pongo a escribir sobre la página en blanco, he tomado conciencia de algo que aprendí de Eduardo Galeano leyendo su precioso libro, El cazador de historias: “Camino y en mis adentros las palabras caminan también, en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar. Las palabras viajan sin apuros, como las almitas peregrinas que vagan por el mundo y como algunas estrellas fugaces que a veces se dejan caer, muy lentamente,  en los cielos del sur. Las palabras caminan latiendo. Y en esos días, por pura casualidad, me entero de que en lengua turca caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek) (1).

En la serie que dediqué este verano a Eduardo Galeano, bajo el epígrafe “El buscador de historias”, comencé esa andadura con unas palabras dedicadas a los caminantes del mundo, en las que decía que él había escrito ese libro a modo de testamento espiritual, porque “a través de innumerables historias nos entrega su alma convertida en palabras recogidas en cuatro capítulos de su vida, «Molinos de tiempo», «Los cuentos cuentan», «Prontuario» y «Quise, quiero, quisiera», que agrupan palabras sentidas y sintientes para él y para todos, en un ejemplo de su generosidad literaria y de compromiso activo a través de la palabra. El último, «Quise, quiero, quisiera», corresponde al poema navajo [que da título a estas palabras] y que escogió personalmente para abrochar su obra, con tres tiempos verbales que encierran en sí mismos toda su vida y que he elegido para abrir el largo caminar de estas líneas”.

Caminar y buscar se funden en un abrazo de la vida que me acompaña todos los días para seguir caminando el mundo en el que vivo, estoy y soy. Siento como mías las palabras de Galeano, porque en cada camino y búsqueda diaria del sentido de la vida, las palabras caminan también en mis adentros, “en busca de otras palabras, para contar las historias que ellas quieren contar”, como me ocurre ahora mismo al teclearlas y dejarlas con su vida adentro. Sé que ellas viajan sin apuros, porque caminan latiendo, sobre todo cuando ya sé que en nuestros antepasados turcos, caminar y corazón tienen la misma raíz (yürümek, yürek).

En la orilla que me encuentro en la actualidad, en la singladura que inicié hace unos días para seguir buscando islas desconocidas de esperanza, en un mundo terco que se encarga a diario de arrebatárnosla, considero que Galeano me acompaña para hacer este camino o singladura, tanto monta monta tanto, cuando pasado el ecuador de esta pandemia nos acercamos a una isla especial que suele inspirar también mi alma de secreto y, a veces, la de todos: el principio esperanza, que se inspira en el camino de la belleza que puede presentarse en la vida de cada uno cuando nos lo proponemos: Que en belleza camine. / Que haya belleza delante de mí / y belleza detrás / y debajo / y encima / y que todo a mi alrededor sea belleza / a lo largo de un camino de belleza / que en belleza acabe. Él lo cuenta de una forma especial al detallarnos la historia de la tribu Pawnee, junto al río Platte, en el relato Las Estrellas (2), del que he escogido sus palabras finales, porque representan lo que me ha sucedido a lo largo de la vida, fundamentalmente porque soy un caminante del mundo que late a través de la palabra, que nos queda y… además, es bella:

A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.
Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.
Y quisieron conocerse.
La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rio a carcajadas de ese chiste.
Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.
Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.
Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo
.

(1) Galeano, Eduardo, El cazador de historias, 2016. Barcelona: Siglo XXI España.

(2) Galeano, Eduardo, Ibidem, p. 20.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ciudadano Jesús (2ª edición)

Sevilla, 3/XII/2021

Publico hoy la segunda edición de mi libro Ciudadano Jesús, revisada y aumentada, que entrego a la Noosfera con mi compromiso intelectual de contribuir a crear conocimiento compartido y laico, a través de una efeméride a la que llamamos navidad y como un regalo de libre disposición. Las líneas del prólogo actualizado fijan el hilo conductor de esta publicación, no sujeta al mercado, ni como mercancía del mismo, sino como un refuerzo del valor de la palabra al alcance de todos y que, afortunadamente, aún nos queda. Espero que sepan interpretar bien su contenido, porque en este tipo de entregas pasa igual que con la estela de los regalos: se sabe lo que se entrega pero no lo que se recibe. Lo que sí puedo asegurar es que he querido escribir algo especial, tal y como aprendí de Ítalo Calvino hace ya muchos años, simbolizado como el arte de empezar y acabar de escribir sobre la página en blanco.

Lo reafirmo en este prólogo: aunque estamos en una situación mucho mejor que el año pasado, no quiero que esta navidad se escriba con mayúscula ni siquiera en su grafía ordinaria, sino que sea una navidad laica, con especial atención a la navidad de los nadies, los dueños de nada, excelentemente descritos por Eduardo Galeano y con especial relevancia ahora como consecuencia directa de la pandemia, interpretando su verdadero contenido, es decir, una historia que tiene muchos siglos de antigüedad en torno a la figura del nacimiento del ciudadano Jesús de Nazareth, que hilvanó un mensaje lleno de esperanza en su corta vida y recogido de forma espléndida, con un toque periodístico, por el joven Marcos, que lo hizo más cercano y humano para todos.

Pasen hojas y lean… También, podrán escuchar música seleccionada en los artículos que forman parte de este libro, porque en muchas ocasiones está comprobado que podemos soñar despiertos en navidad, una etapa en la que podemos descubrir caminos que nos enseñó Eduardo Galeano: Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena. O que Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser solidario y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.

Alleluia (Exsultate, jubilate – Mozart) | Aksel Rykkvin (13y) & KORK

Prólogo

Las páginas que siguen, marcadas por la brevedad de una efeméride que se celebra anualmente, vuelven a tener este año un texto y contexto muy especiales, lastradas por una pandemia que no ha dejado nada igual que antes. Estamos experimentando un tiempo de silencio, en el que vivo en la actualidad, del que he querido salir de él por un momento y recuperar una nueva edición (2ª) de la anterior publicación de 2020, Ciudadano Jesús, donde junto al termómetro vital de los artículos que escribí en torno a la navidad del año 2019, hasta la fecha de cierre oficial de las fiestas que se celebraba este año el 6 de enero, el día de Reyes, a modo de espejo retrovisor de cómo escribía en la “antigua normalidad” navideña, he recuperado todos los artículos que de una forma u otra se aproximaban a la navidad desde que nació este blog en diciembre de 2015. Fundamentalmente, por un motivo que se vuelve a repetir a través de las sucesivas olas de la pandemia: la Navidad, este año, tampoco será ya lo que era, aunque como aviso para navegantes sigue siendo la gran preocupación del mercado salvarla a toda costa, cuando lo que necesitamos es comprender que puede ser, de nuevo, una gran oportunidad para pasar más tiempo en el rincón de pensar y actuar adecuadamente, de forma responsable, aunque sólo sea como homenaje al auténtico protagonista de la navidad: el ciudadano Jesús y su familia, a los que siempre retraté de la misma forma, a lo largo de los dieciséis años que cumple ya este cuaderno digital.

Aunque estamos en una situación mucho mejor que el año pasado, no quiero que esta navidad se escriba con mayúscula ni siquiera en su grafía ordinaria, sino que sea una navidad laica, con especial atención a la navidad de los nadies, los dueños de nada, excelentemente descritos por Eduardo Galeano y con especial relevancia ahora como consecuencia directa de la pandemia, interpretando su verdadero contenido, es decir, una historia que tiene muchos siglos de antigüedad en torno a la figura del nacimiento del ciudadano Jesús de Nazareth, que hilvanó un mensaje lleno de esperanza en su corta vida y recogido de forma espléndida, con un toque periodístico, por el joven Marcos, que lo hizo más cercano y humano para todos.

Hace treinta y siete años publiqué por estas fechas un artículo periodístico con el título de Ciudadano Jesús. Lo he repasado cada Navidad desde aquella ocasión y me reafirmo en cada párrafo del mismo, porque no ha perdido su vigencia: “Esta Navidad podía ser algo diferente. No sería bueno entrar en maniqueísmos desfasados, pero sí sería conveniente no malinterpretar el contenido revolucionario del mensaje del ciudadano Jesús. Con normalidad, con alegría, con coherencia, pero sabiendo de antemano que trabajar en su ideología y actitud de creencia lleva indefectiblemente a encontrarse de lleno con la actitud oceánica de la sociedad actual, donde el oleaje de consumo, violencia y desprecio humano suele ser el acicate para todo aquel que prescinde de la realidad del compañero. Porque nuestro sistema democrático vigente debe mucho al ciudadano Jesús, sobre todo a su actitud ante la necesidad de cambiar una sociedad tranquilizada con el bienestar codificado por las multinacionales de la alegría navideña”.

Decía Baltasar Gracián que “lo breve, si bueno, dos veces bueno”. Este pequeño libro se hace grande por su hilo conductor, que intenta reinterpretar en voces autorizadas la comprensión del niñodios y del ciudadano Jesús, para escritores, poetas, músicos, pintores y artistas de variado género. Me ha servido para acercarme a su figura y agradezco que me hayan dado la oportunidad de seguir interesándome por una historia contada a lo largo de los siglos y que siempre ha despertado un gran interés general que es lo que me entusiasma.

Espero que la lectura pausada de estas líneas sirva para algo bueno en un tiempo en el que necesitamos defender a toda costa el principio llamado esperanza, ante el poder omnímodo del mercado, que reviste de necesidad lo que solamente es consumo, incluso de un relato histórico que, como la rosa de Juan Ramón Jiménez, no deberíamos tocarlo en beneficio de todos. Sólo reinterpretarlo, para poder transformar el mundo que no nos gusta, volviendo a leer las “pequeñas memorias” de Saramago, buscando el final de la microhistoria navideña del Nobel portugués. Y no me sorprende su reflexión recordando aquellos días: la ansiada presencia de los ángeles, una recreación de sus mayores, a los que nunca divisó en su cocina real, aunque los adultos que le rodeaban en aquella Nochebuena se empeñaban en demostrar que “lo sobrenatural, además de existir de verdad, lo teníamos dentro de casa”. Y Saramago niño, incluso ya mayor, aun dejándose llevar por el niño que siempre fue, nunca los vio, “ni uno como muestra”, porque el Niño Jesús que llevaba dentro estaba en otras cosas más mundanas, yendo del corazón a sus asuntos proletarios… Los que un día, no muy lejano, atendería como compromisos sociales el Niño-Ciudadano Jesús, incluso en la navidad de 2021.

En Sevilla, en el mes de diciembre de 2021

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Completamente conmovido

Gracias por todo el cariño en la muerte de Almudena. Supongo que estar hundido es un modo de seguir enamorado y de empezar una nueva vida con el amor de siempre.

Luis García Montero, en Twitter, el 29 de noviembre de 2021, dos días después de la muerte de Almudena…

Sevilla, 1/XII/2021

He contemplado, completamente conmovido, la imagen del poeta Luis García Montero depositando un libro suyo, Completamente viernes, dedicado a Almudena, su pareja de vida, en la fosa donde acababan de colocar su féretro en el cementerio civil de Madrid. Esta imagen es parte de una semblanza que Carlos del Amor le dedicó a este acontecimiento en el informativo de la noche del Telediario 2, emitido ayer, con un título que reflejaba su vida en común, completamente unidos: Completamente viernes…, aunque tú no lo sepas. Son dos minutos y ocho segundos impecables, exquisitos en su fondo y forma, como Carlos suele tratar siempre la belleza de la cultura en cualquiera de sus manifestaciones y de las que ya he dejado mi parecer en varias hojas de este cuaderno digital.

Cualquier comentario interrumpiría el silencio que envuelve las palabras y las imágenes de la semblanza de Carlos, en nombre de la televisión pública que, en semblanzas como estas, la ennoblecen en su proyección de servicio público y como altavoz de la cultura al alcance de todos, entregado a la sociedad en un espacio público, pagado con dinero público y en un formato de tiempo público, que así debería ser siempre, no solo para los exquisitos de turno.

Impecable realización del espacio público dedicado a Almudena Grandes y a su obra, a Luis García Montero y a sus obras literarias en general, en todas sus manifestaciones posibles. Gracias, Carlos, por tanta belleza en tan pocos minutos amables y por despertar nuestros sentimientos con tus palabras. Como he escrito recientemente en estas páginas de un sencillo cuaderno digital, estoy muy agradecido a Almudena Grandes por su ejemplo de compromiso intelectual y social, por su memoria despierta, por olvidar el olvido y recordarlo todo aunque nos duela. Por sus palabras, que afortunadamente nos quedan y que no olvido días después de su ausencia.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

En esencia somos peces

Neil Shubin, Tu pez interior (portada) / Los peces esconden manos humanas (imagen)

Sevilla, 30/XI/2021

“La esencia de hacer dedos está enterrada en la aleta de los peces”, ha manifestado recientemente el biólogo Javier López-Ríos, del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Universidad Pablo de Olavide), en Sevilla. Esta maravillosa aventura comenzó en 1993, “cuando ocurrió uno de los episodios más extravagantes de la historia de la genética. Un ser humano está compuesto por unos 30 billones de células. Cada una de ellas, sea del pie o del cerebro, lleva en su interior un mismo manual de instrucciones: una molécula de ADN dividida en unos 20.000 genes, con las directrices para que cada célula sepa qué tiene que hacer. Aquel año de 1993, el genetista estadounidense Robert Riddle descubrió un nuevo gen y decidió bautizarlo Sonic, como el erizo azul de los videojuegos de Sega, porque al inactivarlo en las moscas estas presentaban una especie de extraños pinchos” (1).

El gen Sonic hace siempre su trabajo y cuando se expresa con su manual de instrucciones en otras células, ocurre lo siguiente: “Cuando los embriones tienen los cuatro bultitos que acabarán siendo sus extremidades, el gen Sonic se activa en unas pocas células, que fabrican proteínas que viajan al resto de células cercanas y ponen en marcha el desarrollo de los dedos. Si hay pocas proteínas Sonic, se forma una mano de dos dedos. Si hay demasiadas, pueden aparecer ocho o nueve dedos en una sola mano. Otro gen, denominado Gli3, se encarga de que solo haya cinco dedos en los humanos”. Lo verdaderamente asombroso ocurrió después aquí, en Sevilla, en el laboratorio donde trabaja Javier López-Ríos cuando junto a sus colegas observaron que “al inactivar el gen Gli3 en los ratones se forman ocho dedos, en lugar de los cinco habituales. Pero su sorpresa llegó cuando apagaron el Gli3 en peces, que obviamente no tienen dedos. Los animales mutantes tenían las aletas más grandes y con más huesos. De ahí nació la frase con la encabezaba estas palabras: “La esencia de hacer dedos está enterrada en la aleta de los peces”.

Todo lo anterior tiene bastante que ver con la teoría de Neil Shubin expuesta en su obra Tu pez interior: “En abril de 2006, Neil Shubin y su equipo aparecieron en los titulares de prensa mundiales cuando dieron a conocer al Tiktaalik, un pez fósil con extremidades de 375 millones de años de edad, el eslabón perdido entre las antiguas criaturas del mar y las primeras criaturas en empezar a caminar en tierra. Sus descubrimientos fósiles han cambiado la manera en que entendíamos muchas de las transiciones clave en la evolución de las especies. En Tu pez interior (2008), Shubin desarrolla las grandes transformaciones evolutivas con una perspectiva única. Mostrando el extraordinario impacto que los 3.500 millones años de historia de la vida han tenido en el cuerpo humano, responde a preguntas básicas que nos planteamos a menudo: ¿por qué nos parecemos tanto en el interior? ¿cómo hemos llegado a ese parecido? Para entenderlo no necesitamos dirigir expediciones fósiles en el desierto de Gobi o el norte de África, basta con comparar nuestros esqueletos, órganos y genes. Cuando nos comparamos con los animales, plantas, hongos y microbios nos convertimos en una profunda evidencia de la evolución. El origen de los animales, la transición de los peces a los anfibios, el origen de los mamíferos, y muchos de los otros eventos clave de la evolución han sido capturados en nuestros genes, esqueletos y órganos”.

Todo lo manifestado anteriormente y el descubrimiento llevado a cabo en el laboratorio se puede analizar con detalle en un artículo publicado recientemente en la revista PNAS, La red reguladora del gen Shh / Gli3 precede al origen de las aletas emparejadas y revela la profunda homología entre las aletas distales y los dedos (2), que se centra en la idea que desarrollaron Neil Shubin y José Luis Gómez-Skarmeta, investigador fallecido recientemente y al que se deben estos logros científicos, al haber dedicado su carrera “a comprender cómo la secuencia genética controla la formación de los órganos en el embrión. Y también a entender cómo cambiaron esas instrucciones a lo largo de millones de años para transformar una aleta en una pata y una pata en una mano. Y, finalmente, a averiguar qué mutaciones, en esa secuencia maravillosa que dio lugar a la mano de Chopin, generan terribles malformaciones congénitas”.

Es obligado por mi parte recordar ante esta investigación, el trabajo que llevó a cabo mi mentor virtual de la adolescencia, el paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin, hace más de cien años, que expuse como homenaje a él en mi libro Origen y futuro de la ética cerebral, concretamente en el capítulo segundo, dedicado al origen y futuro del cerebro humano, del que destaco las siguientes palabras: “Teilhard se hacía las siguientes preguntas ante esta crítica rotunda [sobre su teoría de las transiciones del mundo]: si nos ponemos así (científicamente hablando) ¿dónde está el primer sumerio, el primer griego, el primer romano, el primer coche, la primera lanzadera para tejer? Todo lo primitivo se pierde y hoy no tenemos la perspicacia de los cuentos de Pulgarcito para seguir la senda de las piedras blancas que nos lleven al tesoro. Las formas primigenias se han perdido definitivamente. Y a esto se podría responder ¿es que se han perdido las primeras pruebas para demostrar que Dios existe? Teilhard reaccionaba rápidamente: descubramos, poco a poco el libro de instrucciones de la existencia. Algo parecido a lo que hace Craig Vanter con la genómica, por ejemplo. O la nave que fotografía Venus en un striptease cósmico. Y la gran lección de este ascenso cósmico lo simboliza y demuestra Teilhard con la asunción de la realidad del sistema nervioso humano. Y sobre todo el cerebro, el gran rey de la selva por descubrir, cada vez más voluminoso y sinuoso, del tamaño de una servilleta mediana, extendida, en su córtex pensante. Y si la razón de ser de la existencia es “anímica”, para Teilhard, el gran antecedente de la biogénesis no podía ser otro que la psicogénesis, porque lo anímico era el gran proyecto ya que la gran explosión de la evolución, para conocerse a sí misma, fue el cerebro. Teilhard lo simplificaba en un ejemplo muy gráfico: el tigre no es fiero porque tiene las garras, sino al revés: tiene garras porque en su evolución natural se desarrolló en él el instinto de fiereza. Por decirlo de alguna forma, las garras vinieron después. La evolución entera es la consecuencia de la ramificación de lo psíquico. El eje de avance es una línea delgada roja anímica, no material”.

Escribí en aquél libro algo que recupero hoy cuando nos quedamos sobrecogidos con este descubrimiento de laboratorio del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo, sobre el origen de nuestras manos: “La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, la tesis de Teilhard radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada”. Además, sabemos que nuestras manos tienen una historia de más de tres millones de años, tal y como lo describió la revista Science en 2015 (3) y que dos huesos muy concretos, el hioides y la trabécula del pulgar, han sido determinantes a lo largo de la historia para hacernos más humanos, personas más libres a través de la palabra y del apretón de manos, del saludo y de la ternura de nuestros dedos. Maravilloso. Las personas tenemos manos porque en la evolución natural que describe la revista Science, se desarrollaron por los mensajes que a tal efecto les mandaba el cerebro. Es verdad, porque las manos más humanas vinieron después.

He elogiado siempre la mano humana, artífice de su evolución, porque es una de las maravillas de la naturaleza humana que junto al habla supone una evolución transcendental para las personas de hoy. Es una experiencia gratificante mirar con delicada atención nuestras manos, reparando en lo que nos aportan día a día, tanto en la vida diaria, que las necesitan para atender múltiples necesidades, como para expresar de forma maravillosa los sentimientos y emociones en momentos vitales siguiendo instrucciones de determinadas estructuras del cerebro. O cómo pasan las hojas de un libro, incluso el de la vida. O cómo permiten escribir palabras bellas e, incluso, dibujar la esencia del pez que llevan dentro.

(1) Los peces esconden manos humanas – Columna Digital

(2) Letelier et al.,The Shh/Gli3 gene regulatory network precedes the origin of paired fins and reveals the deep homology between distal fins and digits, PNAS202100575_proof.pdf

(3) Skinner, M.M., Stephens, N.B., Tsegai, Z.J., Foote, A.C., Nguyen, N.H., Gross, T., Pahr, D.H., Hublin, J.J. y Kivell, T.L. (2015). Human-like hand use in Australopithecus africanusScience, 23, Vol. 347 no. 6220, pp. 395-399.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¿Qué hubieran dicho Sócrates o Jesús de lo que está pasando?

Enrique Irazoqui (Jesús) y Pier Paolo Pasolini (Director), durante el rodaje de Il vangelo secondo Matteo / Domenico Notarangelo // Jorge Luis Borges

Sevilla, 29/XI/2021

A estas alturas de mi vida es fácil colegir que amo a los clásicos, es más, a las personas que aprecio las invito a leer a los clásicos como si fuera un acto social en mi vida ordinaria. Tengo que confesar que llevo ya varios meses frecuentando este pasado del pensamiento humano, a diferencia de lo que le recomendaba el Dr. Cardoso a Pereira en Sostiene Pereira, la extraordinaria obra de Tabucchi: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Tabucchi sabría perdonarme siempre, probablemente porque algo le indicaría en este sentido Ítalo Calvino en su cielo particular, por su inmenso amor a los clásicos.

Jorge Luis Borges impartió una conferencia en 1978, en la Universidad de Belgrano (Buenos Aires), cuyo título era El libro, en la que desarrolló una idea extraordinaria sobre el poder de la palabra en nuestros antepasados “clásicos” como recurso de la oralidad transmisora de la vida frente a la palabra escrita: “Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro —cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta manent, verba volant [lo escrito permanece, las palabras vuelan], no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales”. No solían escribir porque no querían atarse a una palabra escrita. Les bastaba recurrir siempre al eterno retorno de lo que su momento alguien de la importancia de Pitágoras o Platón habían dicho, que sintetizaban en una frase lacónica: Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Así una y mil veces, que es lo que ocurre cuando digo en mi conversación ordinaria que nadie se baña dos veces en el mismo río o todo fluye y nada permanece, recordando a Heráclito o sólo sé que no sé nada, aunque no he olvidado cómo en la vida solemos pasar como gato por ascuas por muchas situaciones difíciles, que me enseñó en un perfecto latín un maestro que tuve en Filosofía: tanquam felis per prunas. Y para rematar, la frase que me sigue conmoviendo a estas alturas de mi vida, como decía al principio: sólo sé que no sé nada. Tampoco olvido a San Agustín, en dos asertos que me conmueven cada día que las recuerdo, cuando practico el silencio porque no tengo nada mejor que decir en ese momento íntimo de la vida que es intimior intimo meo, lo más íntimo de mi propia intimidad o cuando disfruto con el bien que beneficia los demás: bonum diffusivum sui, el bien es difusivo de sí mismo.

Llegados a este punto, un tratado en pocas palabras del tiempo cíclico, algo que necesitamos recuperar y que siempre vuelve a nuestras vidas, Borges cita a Platón “[…] cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral. De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño. Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la Cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados”.

Me quedo con la frase dedicada a Sócrates y que sirve de título a estas palabras, ¿Qué hubieran dicho Sócrates y Jesús de lo que está pasando? Creo que con toda probabilidad, si estuviera con nosotros Sócrates en este momento tan difícil para la humanidad, nos bastaría recordar las palabras que siguen bajo el aserto Magister dixit (el maestro lo dijo…), leyendo atentamente su obra Fedro, en la que narra una historia preciosa sobre la dialéctica de la palabra escrita, contada por Sócrates, entre un dios antiguo Teut, que se dice que inventó la escritura y el rey de Tebas, Tamus. Un día “Teut se presentó al rey y le mostró las artes que había inventado, y le dijo lo conveniente que era difundirlas entre los egipcios. El rey le preguntó de qué utilidad sería cada una de ellas, y Teut le fue explicando en detalle los usos de cada una; y según que las explicaciones le parecían más o menos satisfactorias, Tamus aprobaba o desaprobaba. Dícese que el rey alegó al inventor, en cada uno de los inventos, muchas razones en pro y en contra, que sería largo enumerar. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut:

– ¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener.

– Ingenioso Teut –respondió el rey–, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y las desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida (Platón, Fedro, 274c-277a).

La que se escribe sin sentido todos los días confundiendo a la humanidad con noticias falsas por doquier, no dicen nada, porque necesitamos, sobre todo, conocer bien a quien las escribe, cuestión ésta no inocente en el mundo digital donde el anonimato es el rey. En este respeto del tiempo cíclico de los clásicos, de Sócrates en concreto, en boca de Platón, hay que estar muy atentos a lo que él decía sobre la autosuficiencia humana que desprecia el conocimiento a lo largo de los siglos, como complemento de lo anterior: “Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre, porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse”. Me basta en estos momentos de radiografía permanente de lo que está pasando a nuestro alrededor, por ejemplo, referirnos a la escritura actual que aparece en las redes digitales para comprender bien el problema expuesto por Platón, porque la belleza no solo está en escribir bien lo que se pretende decir con palabras, sino en el fondo de las mismas. Platón culmina el diálogo con una reflexión extraordinaria: “El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia es el que puede defenderse por sí mismo, el que sabe hablar y callar a tiempo”. Es decir, es importante escribir pero siendo conscientes de lo que escribimos para poder justificarlo posteriormente, como haría siempre un jardinero sabio, que respetaría el conocimiento científico, porque:“…si alguna vez escribe, sembrará sus conocimientos en los jardines de la escritura para divertirse; y formará un tesoro de recuerdos para sí mismo, para que cuando llegue la edad en que se resienta la memoria –y lo mismo para todos los demás que lleguen a la vejez– pueda regocijarse viendo crecer estas tiernas plantas. Y mientras los demás hombres se entregan a otras diversiones, pasando su vida en orgías y placeres semejantes, él recreará la suya con la ocupación de que acabo de hablar”.

Una cosa más. Si les soy sincero, lo que verdaderamente me ha conmovido ha sido la referencia que hace Borges en su conferencia a Cristo, que según sus propias palabras “sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos”. Me sobrecoge esa situación, sobre todo porque leyendo atentamente el texto bíblico (Jn 8, 1-11), Jesús, el Cristo de Borges, escribió dos veces en la tierra del monte de los Olivos en un momento muy delicado porque los escribas y fariseos le llevaron junto a él a una mujer “sorprendida en adulterio” a la que había que apedrear de forma ejemplarizante siguiendo la Ley. Él no contesta en principio a sus requerimientos para cogerle en un renuncio, guardando silencio, sino que se pone “a escribir con el dedo en la tierra”. Cansado de preguntas inquisitoriales, Jesús se incorpora y les dice: “Aquel de vosotros que esté sin pecado que arroje la primera piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra”. No hizo falta saber lo que escribió en dos ocasiones, porque lo importante fue lo que dijo y así ha llegado a nuestros días a través de los cronistas de la época: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: “Nadie, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más”.

Vuelvo a Borges, comprendiendo perfectamente lo que quiso transmitir en aquella conferencia de Buenos Aires sobre los libros y los clásicos: “Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto?”. Yo me consuelo con el ciudadano Jesús, un clásico donde los haya, sobre el que pienso que sigue viviendo como Sócrates cuando me pregunto qué diría sobre lo que nos está pasando en la actualidad. De aquellas palabras escritas en la arena no sabemos nada, pero sí nos quedó claro que en aquella situación él optó por la comprensión hacia una mujer indefensa, hablando muy claro a los fariseos de siempre, demostrando con su palabra que perdonar es comprender y a veces se comprende tanto que no hay nada que perdonar. Además, a estas alturas de mi vida no me hace falta saber lo que escribió exactamente en aquel momento. Por si fuera poco y para quien lo quiera entender, sabemos que era de madrugada y no había apenas luz.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Almudena Grandes olvidó el olvido y lo recordó todo

Si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano al revés, se calla la vida y la palabra.

Sevilla, 28/XI/2021

Ayer finalizó Almudena Grandes un viaje apasionante en su vida personal y literaria: nos entregó a lo largo de los años retazos de una historia de España que heló el corazón de millones de personas durante la dictadura franquista, que amaban la democracia en todas y cada una de sus manifestaciones. Con su testimonio de vida y obra como escritora, nos ha llevado a comprender mejor lo que pasó en este país durante los últimos ochenta y cinco años, tan plagados de olvidos cómplices que tanto daño han hecho y hacen a su memoria histórica. Almudena Grandes supo reflejar esta dialéctica de vida en su monumental obra El corazón helado (2007). No conozco a fondo su obra literaria, porque el ámbito de la ficción no ha sido el que he frecuentado en mi vida, fundamentalmente porque nací en un contexto histórico muy difícil en el que siempre había que aplicar el principio de realidad, lo que se traducía en absorber la vida a través del ensayo y de la tradición cíclica de los clásicos, unido todo ello a la cultura católica, apostólica y romana que se practicaba en mi familia de Madrid, cuando era niño y pensaba y actuaba como niño.

En este día después de la ausencia de Almudena Grandes, que ya habita en su cielo particular, no quiero entrar en la senda de los panegíricos, a los que somos tan dados en este país, siempre después de las ausencias de los afectados, muy pocas veces de reconocimientos en vida. Por esta razón voy a centrarme en torno a la figura de Almudena Grandes como practicante de olvidar el olvido y recordarnos lo que verdaderamente sucedió en este país con sus aportaciones literarias y de compromiso personal activo y consecuente, muy importantes para la memoria histórica de los que no olvidan, siendo un claro exponente sus episodios nacionales, iniciados en 2010.

En este contexto, he recordado que este verano asistí a una clase imaginaria muy especial en el Curso que había convocado la Escuela del Mundo al Revés, basada en la teoría expuesta en este sentido por Eduardo Galeano, dedicada a un fenómeno muy preocupante en este país: el olvido cómplice. Como cada día, uno de los alumnos del Curso expuso un asunto que al final interesó a todos los matriculados en ese periodo estival, la memoria democrática en España, que finalmente se escogió como el más indicado para analizarlo y buscar después su correlato en el texto de Galeano. Era una noticia reciente, que había desatado desencuentros entre las dos o más Españas, entre las que hay una especializada en helar el corazón. De ahí su interés.

Es importante señalar que el pasado 20 de julio, el Consejo de Ministros de este país aprobó el Proyecto de Ley de Memoria Democrática, que se remitió inmediatamente a las Cortes para su debate y que se publicó en el Boletín Oficial de las Cortes Generales el 30 de agosto de este año. El texto consta de 65 artículos, agrupados en 5 títulos, estructurados en torno al protagonismo y la reparación integral de las víctimas de la Guerra Civil y la Dictadura, así como a las políticas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Según fuentes oficiales, “Con esta Ley se pretende cerrar una deuda de la democracia española con su pasado y fomentar un discurso común basado en la defensa de la paz, el pluralismo y se amplían los derechos humanos y libertades constitucionales”. El objeto de esta Ley es “la recuperación, salvaguarda y difusión de la Memoria Democrática con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las distintas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales, así como el reconocimiento de los que padecieron persecución o violencia por razones políticas, ideológicas, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil y la Dictadura franquista hasta la promulgación de la Constitución Española de 1978. Se trata de promover su reparación moral y recuperar su memoria e incluye el repudio y condena del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y la posterior Dictadura franquista”.

Todos acordamos que era necesario abordar este debate en el Curso y compartir los diferentes puntos de vista, cuestión que suscitó un gran interés y consideración personal y grupal sobre un asunto muy controvertido en los últimos tiempos. Llegó el momento de encontrar la relación de lo expuesto anteriormente con alguna referencia en este sentido en el libro de Galeano. Dicho y hecho, porque después de un buen rato de silencio (no cómplice), una voz leyó un texto que nos pareció perfecto, porque no hay nada mejor que olvidar el olvido, recuperar de la mejor forma posible la memoria de un país, de su pasado: “Olvidar el olvido: don Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía tan mala memoria que un día se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo. Recordar el pasado, para liberarnos de sus maldiciones: no para atar los pies del tiempo presente, sino para que el presente camine libre de trampas. Hasta hace algunos siglos, se decía recordar para decir despertar, y todavía la palabra se usa en este sentido en algunos campos de América latina. La memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”. Excelente reflexión.

Pedí intervenir un momento, porque sólo quería recordar al resto de los alumnos y a la tutora de la clase que, recientemente,  había escrito en este cuaderno digital sobre una pregunta de Neruda, inquietante, dedicada al olvido, ¿Y qué importancia tengo yo en el tribunal del olvido?, sobre todo porque vivo en un país muy dado a propagar con silencios cómplices el delicado pasado que ha llenado páginas tristes de su historia; que no reconoce en vida a los grandes protagonistas del progreso de este país y que no tolera en muchas ocasiones los éxitos de los demás, sea quien sea, condenando al ostracismo a todos los que hablan de cambio y transformación de nuestra sociedad caduca. Siendo esto así, no digamos el triste papel que para estos silenciadores juegan los anónimos en este país, cuando miles de ellos son los que sacan a diario a flote a esta sociedad maltrecha. Los tribunales del olvido en este país abundan por doquier y creo que habría que organizar una operación para descubrirlos y desenmascararlos con urgencia porque hacen mucho daño a todo y a todos. Es una ocasión para reivindicarnos como personas dignas ante esos tribunales del olvido.

Cuando finalmente se apruebe y entre en vigor en España la Ley de Memoria Democrática, quizá podamos dar la razón a Gómez de la Serna porque ese día, este país, que ha tenido durante muchos años tan mala memoria democrática, se olvidará de que había tenido mala memoria y se acordará finalmente de todo, quitando la razón a los negacionistas de nuevo cuño. Tenía razón Galeano al proclamar en su escuela del mundo al revés que “la memoria despierta es contradictoria, como nosotros; nunca está quieta, y con nosotros cambia. No nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia: pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron”.

Creo que Almudena Grandes suscribiría estas palabras y, probablemente, podría ser el guion de su próxima novela. Ella sabía de lo que se estaba hablando en esa clase de un curso de verano, en una escuela del mundo al revés, porque si se callan…, el cantor, el compositor, el escritor, el soñador, el bloguero, el político digno, el artista o el ciudadano anónimo, no conformes con las injusticias que pasan en nuestro mundo cotidiano al revés, se calla la vida y la palabra.

Gracias, Almudena Grandes, por tu ejemplo, por tu memoria despierta, por tus palabras, que afortunadamente nos quedan. No las olvido en el día después de tu ausencia.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El Génesis liberado, una maravillosa historia laica para comprender la vida

El libro del Génesis liberado / Javier Alonso

Sevilla, 21/XI/2021

Hablar del libro del Génesis es hablar del origen de la vida. Hoy lo traigo a colación por la publicación reciente de un libro que dará mucho que hablar, El libro del Génesis liberado, publicado por Blackie Books, que se presenta en sociedad como “…  la gran novela sepultada en la Biblia.  Con una nueva traducción laica y directa del hebreo de Javier Alonso, narra una historia inquietante y contundente: el Big Bang de la humanidad. Una saga desmesurada y psicodélica, saturada de crímenes y virtudes, por fin liberada de prejuicios de género y de raza”. Se puede decir más alto pero no más claro, es decir, el Génesis es una historia capitalizada por las religiones desde hace más de 2.700 años, que se reproduce ahora desde una perspectiva laica y se descubre también como una gran ficción que intenta explicar el origen del mundo, desde sus raíces hebreas, pero sin mezcla de interés no inocente para las diversas creencias que en el mundo han sido, siguen y seguirán siendo a pesar del paso de los siglos.

A lo largo de casi dieciséis años de vida de este blog, el Génesis ha tenido una presencia constante en sus páginas, sobre todo, por la referencia permanente a las primeras palabras del libro que ha contado a la humanidad durante muchos siglos cómo se creó el mundo, hasta que Darwin lo puso en crisis por su lectura evolucionista del origen de las especies. Decía Jesús Ruiz Mantilla en 2014 que el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, con su proyecto Génesis, de gran carga ideológica no inocente, por supuesto, había salido a buscar en 2005 el paraíso terrenal y fotografiarlo durante ocho años: “¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

En 2005, por ejemplo, publiqué una carta, El Génesis de Salgado, en una revista dominical de amplia difusión en el país, en la que decía que “Existe un versículo en el Génesis que ha marcado la existencia humana: el 1, 31. El narrador que recogió la tradición oral de la creación agregó un adverbio hebreo no inocente: muy (meod). Mientras que en el relato de la creación, las sucesivas creaciones eran “solo” buenas, los cielos, la tierra, las aguas, los animales, las semillas, cuando se creó al hombre y a la mujer el texto hebreo recoge literalmente: “y vio Dios que muy bueno”. La lectura del “viaje a las raíces del ser humano”, texto de Sebastião Salgado publicado en el Magazine de 5/VI/2005, me ha recordado este gran matiz, mucho más al fijar el objetivo principal de su proyecto “Génesis”: “volver a conectarnos con cómo era el mundo antes de que la humanidad lo dejase prácticamente irreconocible”. Sebastião Salgado ha iniciado una obra encomiable. Aun así, le pediría que hiciera un esfuerzo a sus 61 años por encontrar y fotografiar algún lugar o momento de la humanidad que siguiera engrandeciendo la lectura del Génesis. Aunque sólo fuera para creer, en el desconcierto actual, que el ser humano es lo mejor que le ha podido ocurrir al mundo en siete días mágicos: algo muy bueno”.

Teilhard de Chardin, que estudió el origen del ser humano a lo largo de su vida como paleontólogo y que ilumina permanentemente este blog con su mensaje de que “El mundo sólo tiene interés hacia adelante”, preconizaba hace muchos años algo que no he olvidado al hacer, como hoy, maniobras de aproximación científica al Génesis o lo que es lo mismo, a la necesidad de acercarnos permanentemente a la ciencia también, no sólo a las religiones, porque de lo que se trata siempre es de respetar la perentoriedad del descubrimiento de la primera razón de la vida, de su primer vestigio, para entender la evolución de la humanidad: “todo se debe profundizar y todo se debe intentar”, porque debemos frecuentar el futuro y su progreso implícito. Esta es la razón de por qué el progreso actual, en una interpretación tan novedosa como la que podemos encontrar en la publicación citada, es maravilloso desde esta perspectiva. Todavía se enriquece más esta perspectiva cuando miramos hacia ese futuro tan indeterminado hoy, tan frágil, debiéndonos aferrar a las directrices de la evolución humana. Teilhard nos llevaba a través de su investigación a descubrir que la ciencia es el motor imprescindible y necesario para el progreso de la humanidad. Una muestra última evidente ha sido la vacunación contra la COVID-19.

Cuando en mis años jóvenes leía en 1966 que “un día, mediante el perfeccionamiento de las síntesis albuminoideas acaso el ser humano consiga producir vida”, vivía aquello como una profecía ilusoria que después se ha ido fraguando en el conocimiento profundo de los procesos vitales. La genómica está facilitando la lectura y comprensión del libro de instrucciones que cada ser humano lleva grabado en su existencia concreta. Y estamos cerca de descubrirnos tal y como somos, tal y como nos proyectamos para ser en la preconcepción y posiblemente se podrán enderezar las existencias torcidas por una programación genética “defectuosa”, que hoy denominamos enfermedad, locura, discapacidad u otras etiquetas sociales que nacen como metáforas del dolor. Teilhard lo intuyó en sus investigaciones: el ser humano llegará a tener un gran dominio sobre la vida psíquica, sobre el cerebro, sobre su razón de ser como es. Pero esta misma capacidad se proyecta a veces en inventar cosas peligrosas. Teilhard conocía la guerra, el frente en su sentido más primigenio, y la capacidad del ser humano para destruir en una contradicción sin límites. Actualidad pura.

La segunda dirección del progreso está en la investigación sobre la propia existencia del ser humano. Es la clave del Universo. Hoy se sabe que desde hace “sólo” tres mil seiscientos millones de años hay vida en la Tierra y que también es posible que hubiera vida antes en otros planetas, sobre todo en el planeta rojo, Marte. También existe consenso sobre la datación de nuestros antepasados más próximos, en unos 30.000 años, bajo la figura de hombre de Cromagnon. Y la debilidad de Teilhard estriba en su antropocentrismo terráqueo como meta de la evolución, algo que se discute hoy ampliamente. Por ello es apasionante conocer cómo comenzó la vida y saber en un futuro próximo si ya hubo vida en otros planetas al margen o antes que en el planeta que actualmente habitamos. Descifrar al ser humano es probablemente el “código de vida” que puede dar parte de la solución, porque la vida ya estaba antes. Incluso los creacionistas más radicales y las revelaciones cosmogónicas más arraigadas aceptan el principio antecedente de la vida: los cielos, el suelo o tierra, la haz de las aguas, etcétera, fueron antes que el ser humano (berechit bará elohim at achamayim uet aarest, en perfecto hebreo, en las primeras palabras del Génesis: “en el principio (alfa) creó Dios los cielos y la tierra”, tal y como lo decían los pueblos ribereños del Tigris y Éufrates, en el actual Iraq, en la transmisión oral de abuelos a nietos). Llegar al Omega de la vida, era harina de otro costal existencial.

La tercera dirección era propicia en el terreno en el que se desenvolvía Teilhard: la unión entre ciencia y religión. No se debe sacar de contexto su realidad católica (era sacerdote jesuita) y la explosión de la Iglesia jerárquica contemporánea (años de posguerra mundial), porque traducía el sentir de la época: después de tres siglos de lucha entre ciencia y fe, ninguna de las dos ha dejado a la otra fuera de combate. La ciencia sigue sin tener todas las claves de la existencia. Se sabe cada día más, pero el factor sorpresa es continuo. Y genera un discurso muy denso en todas sus publicaciones científicas, donde siempre hay un homenaje a la dialéctica ciencia-religión, encrucijada que estudié contemporáneamente hace cuarenta años y que era terreno propicio para deserciones o abrazos teologales. La verdad es que el punto omega sigue construyéndose. Esa era la gran aportación de la creencia en el ser humano. Algunos científicos trabajan sobre el punto alfa, el origen de la vida, y así lo he entendido estando muy cerca del profesor Juan Pérez Mercader. Solo queda que este siglo del cerebro, al igual que el anterior fue el siglo del corazón, nos depare descubrimientos importantes sobre las claves de la inteligencia. Nos aproximará a la referencia de omega como fin simbólico de la existencia humana. Entenderemos por qué nos preocupa saber el origen y final de nuestras vidas. El Génesis y el Apocalipsis.

Lo que le quedó siempre muy claro a Teilhard, interpretando la creación en el Génesis o el principio Alfa de la Vida, es que “el pasado me revela la construcción del futuro”, palabras escritas en uno de sus viajes científicos a bordo del “Cathay”, en 1935. Al final, es lo que de verdad nos interesa encontrar en el libro que se acaba de publicar sobre el Génesis: una interpretación laica de un relato precioso contado muchas veces y a lo largo de la historia con intereses ocultos, pero que sigue animándonos todavía a conocer, por ejemplo, qué significaba para Aristóteles su teoría “del primer motor inmóvil” que permitió poner en marcha la vida humana, algo verdaderamente apasionante, a la que pertenezco y que no me es ajena en cada momento singular que sigo viviendo, interesado siempre en comprender la belleza intrínseca del origen de la vida.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Acusamos un cierto cansancio

Sevilla, 17/XI/2021

Visto lo visto y vivido lo ya vivido hay que reconocer que llegamos a esta etapa de la vida acusando un legítimo cansancio existencial, mucho más cuando se nos acusa de utópicos si defendemos que el mundo en el que a cada uno le ha tocado vivir podría ser un lugar de acogida digna a las personas de toda clase social, condición, religión y creencia. En esa página de mi historia estoy. Sabemos que la utopía es un lugar que no existe, tal y como lo aprendí hace ya muchos años, cuando era niño y pensaba como un niño, alimentado quizá por un líder de mi infancia, Peter Pan, y su mundo del nunca jamás, pero sigo con la idea de que podemos transformarlo.

Jorge Luis Borges escribió un cuento, Utopía del hombre que está cansado, formando parte del conjunto de cuentos publicados bajo el título de El libro de arena, donde una frase de Quevedo que aparece en Cartas a Luis XIII justifica lo allí narrado, tomada del original de Santo Tomás Moro: “Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar«. Nunca jamás o no hay tal lugar han caminado juntas como horizontes lejanos y muchas veces perdidos. El protagonista es Eudoro Acevedo, nacido en 1897, en la ciudad de Buenos Aires: “He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos”.

Comienza su cuento con una declaración de principios: la utopía es un camino, con la cita de Quevedo: “No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado”. Después, una casa, un hombre que hablaba en latín, con una declaración de principios que me suena cercana: “Por la ropa -me dijo-, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aún de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan”. Digo esto porque muchas veces pienso que me he equivocado de siglo al nacer. Quizás, también de idioma.

Su interlocutor, el hombre de la casa, alto hasta dar miedo, hace también su presentación, en latín, que nos ayuda a conocer su asombrosa identidad: “Recuerdo haber leído sin desagrado -me contestó- dos cuentos fantásticos, Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las precisiones inútiles. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien”.

A partir de aquí hace su aparición el libro de Tomás Moro, Utopía, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que «faltaban hojas y láminas”, un texto que Eudoro Acevedo consideraba “antiguo y precioso”. “Alguien”, hace una defensa de la lectura necesaria para la vida, sin necesidad de leer la literatura inútil: “En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”. El cansancio que supone leer lo trivial e inútil lo describe bien Eudoro: “Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Solo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado [percibido]) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud”.

Alguien respondió de nuevo: “¿Dinero? -repitió-. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio”. A partir de aquí expone otro mundo utópico fruto del cansancio humano: “Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo”. Solo un hijo porque no conviene fomentar el género humano. De aquí llega en este “viaje espacial” a una reflexión de persona cansada: “Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte”.

El cuento continúa como una premonición del sentido actual de los viajes espaciales en un mundo que necesita sobre todo abordar el aquí y el ahora (hic et nunc) más que nunca: “Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora. Con una sonrisa agregó: -Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

En la utopía de Alguien ya nada es lo mismo, con un ejemplo clarificador ante la pregunta de Eudoro Acevedo, ¿Qué sucedió con los gobiernos?: “según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”. Lo que viene después se encierra en una sola frase, ante las telas colgadas en las paredes de la casa de Alguien, porque si Eudoro Acevedo no veía nada representado en aquellas telas, era porque estaban pintadas con colores que sus antiguos ojos no podían ver. Lo decía Antonio Machado de forma espléndida y aleccionadora: Tras el vivir y el soñar, / está lo que más importa: / despertar. El final es un homenaje al protagonista, un hombre cansado de vivir en un mundo diseñado por el enemigo, un llanero solitario.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Lo clásico tiene presente y futuro

Sevilla, 13/XI/2021

Los que amamos el renacimiento diario de la vida respetamos mucho el tiempo pasado sin que afirmemos con rotundidad que siempre fue mejor, porque no fue así. Otra cosa es el respeto a determinados acontecimientos de nuestra historia para aprender siempre de ellos, sobre todo de sus errores para no volver a reproducirlos. Uno de estos aprendizajes es, sin lugar a dudas, el respeto a lo clásico, en las cinco acepciones que recoge nuestro diccionario de la lengua española que fija, brilla y da esplendor a este adjetivo, porque cada una de ellas es un compendio de aprendizaje multisecular: “Dicho de un período de tiempo: de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, de una manifestación artística o cultural, etc.; dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece al período clásico. Aplicado a un autor o a una obra: “esa película es un clásico del cine”; dicho de un autor o de una obra: que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia; perteneciente o relativo al momento histórico de una ciencia en el que se establecen teorías y modelos que son la base de su desarrollo posterior y dicho de un autor, de una obra, de un género, etc.: que pertenece a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana”.

Esta referencia a lo “clásico” la traigo hoy a colación cuando recupero en mi biblioteca un libro de Salvatore Settis, El futuro de lo clásico, porque creo firmemente que lo clásico tiene futuro, como lo afirma David Hernández de la Fuente en El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy (1), porque confirma la imperiosa necesidad de admirarnos, en el sentido aristotélico más profundo, de las aportaciones de los clásicos cada vez más populares, según afirma el propio autor en su introducción: “Y es que lo clásico tiene futuro, parafraseando el título de un conocido libro de Salvatore Settis, y lo sigue mostrando generación tras generación. Incluso hoy, pese al aparente descrédito y postergación que sufren las humanidades en nuestra sociedad y en nuestros planes de estudios, si tuviésemos que juzgar por las novedades que, año tras año, se siguen publicando sobre las antiguas Grecia y Roma, constataríamos el interés que sigue suscitando el mundo clásico, en el que reconocemos invariablemente el origen de nuestra cultura. Es un eterno retorno: desde la idea de ciudadanía a las artes o los géneros literarios, seguimos mirándonos en los modelos clásicos como en un espejo familiar. Su vigencia se constata cada día, incluso en nuestras actuales circunstancias excepcionales: son textos casi oraculares, de consulta siempre pertinente. Merece la pena detenerse a pensar en los clásicos como aquellos textos que nunca nos terminan de decir lo que tienen que decir, como escribía Ítalo Calvino en Por qué leer los clásicos”.

La sinopsis del libro de Settis explica el sentido de su obra: “Para encontrar identidad y fuerza, cada época ha inventado una idea distinta de “clásico”. Así, lo “clásico” concierne siempre no sólo al pasado, sino también al presente y a una visión del futuro. Para darle forma al mundo de mañana es necesario repensar nuestras múltiples raíces. ¿Por qué la heroína de un famoso manga japonés se llama Nausícaa? ¿Por qué tras el 11 de septiembre de 2001 el mulá Omar comparó a América con Polifemo, «un gigante cegado por un enemigo al que no sabe nombrar», por un Nadie? ¿Debemos quedarnos desconcertados por estas citas –si creemos que Homero es más “nuestro” que de los japoneses o los musulmanes– o vale más que reflexionemos sobre la intensidad y la eficacia de unas citas que vienen de tan lejos? Salvatore Settis recorre los senderos de la historia del arte, desde los rascacielos americanos posmodernos hasta los romanos y los griegos, para mostrar cómo ha cambiado la idea de lo “clásico” a lo largo de los siglos, en una estrecha comparación entre antiguos y “modernos” llevada a cabo siempre en función del presente, como un duelo entre interpretaciones opuestas del pasado y del futuro. Ninguna civilización puede pensarse a sí misma si no dispone de otras sociedades que le sirvan de término de comparación, de otro lugar en el tiempo (griegos y romanos) y de otro lugar en el espacio (las civilizaciones extraeuropeas). Cuanto mejor sepamos mirar lo “clásico” no como una herencia muerta que nos pertenece sin merecerla sino como algo sorprendente, que tenemos que reconquistar todos los días, como un potente estímulo para entender lo “diverso”, tanto más sabremos formar a las nuevas generaciones para el futuro”.

Quien sigue de cerca este cuaderno digital sabe de mi admiración de la obra de Ítalo Calvino, un clásico entre los clásicos, hasta el punto de que es un hilo conductor continuo, porque el mero hecho de enfrentarme ante la hoja en blanco a diario me recuerda el compromiso que adquirí hace casi dieciséis años al comenzar a escribir en este blog: si tengo la oportunidad de decir algo, cada día, debo procurar que sea algo especial. Esa es la razón de por qué me acerco hoy de nuevo a él, a través de una obra preciosa que me acompaña desde hace muchos años, ¿Por qué leer los clásicos? (2), en el que ofrece catorce razones para leer a estos autores, que deben ser leídas sin dejar ninguna atrás. Lo recomiendo encarecidamente como se decía en mi casa ante misiones culturales aparentemente imposibles e inútiles, entre las que destaco hoy la tercera, una vez llegado este momento de frecuentar el futuro imperfecto de nuestra vida: “Debe haber, por tanto, un momento en la vida adulta dedicada a revisar los libros más importantes de nuestra juventud. Hay grandes clásicos que ejercen una influencia tan particular en nosotros que se niegan a ser erradicados de la mente escondiéndose en los pliegues de la memoria, camuflándose como el inconsciente colectivo o individual. Es por ello por lo que deben releerse una vez alcanzamos la madurez. Incluso si los libros siguen siendo los mismos (aunque ellos no cambian, a la luz de una perspectiva histórica alterada), sin duda nosotros sí hemos cambiado, y nuestro encuentro con esa misma lectura será una cosa totalmente nueva. En realidad podríamos decir: 4 [cuarta razón]. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera”. 

Traigo a colación esta reflexión porque sigo frecuentando mucho la lectura y seguimiento activo de los clásicos en la literatura, la poesía, el teatro, la música, la pintura, la religión y otras artes y creencias clásicas dignas de guardar, sin dejar de hacerlo también con el futuro en este terco presente, siguiendo la recomendación del Dr. Cardoso a Pereira, que aprendí en Sostiene Pereira de Tabucchi: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Se lo debo a profesores y profesoras que he tenido a lo largo de mi vida, auténticos maestros y maestras, que me enseñaron la forma de aprehender la belleza de su pensamiento, de su pintura, de su capacidad de representación escénica de la vida, de su forma de componer obras musicales inolvidables, de sus creencias, de su alma, de su belleza interior como personas clásicas. A veces, no populares, por supuesto.

(1) Hernández de la Fuente, David, El hilo de oro. Lo clásico en el laberinto de hoy, 2021. Barcelona: Ariel.

(2) Calvino, Ítalo, ¿Por qué leer los clásicos?, 2012. Madrid: Siruela.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.