Prefiero escribir hoy sobre el acoso escolar en un patio del colegio

Sevilla, 25/II/2022

Me he acordado de Bartleby el escribiente cuando a casi cualquier petición respondía su lacónica frase “preferiría no hacerlo”, porque abordar el problema del acoso escolar (bullying) que existe en los patios de los colegios, que sufren muchos niños y niñas, es una cuestión que entristece el alma, que hace daños irreversibles en la mente de quienes lo sufren. Hoy lo hago, es decir, prefiero hacerlo, como acto solidario con miles de niños y niñas de este país que hoy mismo están sufriendo acoso escolar impresentable por parte de compañeros de clase o de escuela o instituto, amparados muchas veces por silencios cómplices colectivos. No olvido el ciberacoso, que también se produce en el patio virtual de internet.

La reflexión anterior la traigo a colación por el estreno en nuestro país de una película, Un pequeño mundo, candidata a los Premios Oscar 2022 por Bélgica, con guion y dirección de Laura Wandel, su primera obra cinematográfica que ya ha sido reconocida a nivel mundial y sobre la que ella explica, de forma muy acertada, el porqué de su argumento: “Escogí el colegio, y sobre todo el patio, porque es una micro-sociedad. El tema de la integración está en las escuelas. Me dediqué a observar patios durante varios meses antes de empezar a rodar y descubrí que existía la noción de territorio. En el patio, todo el mundo intenta ocupar su sitio. La infancia es la época de los primeros descubrimientos, cuando la vida y las relaciones son muy intensas. También es cuando diseñamos y construimos nuestro paisaje interior. Los primeros años de colegio influyen en ese paisaje, que a menudo determina nuestra opinión del mundo cuando somos adultos. Incluso más que aprender a leer y a escribir, exploramos las relaciones con los demás”. Es lo que Laura Wandel ha querido representar de forma excelente en su película y lo ha conseguido con creces a tenor de los reconocimientos recibidos de todo tipo.

Si tuviéramos que concretar el argumento de la película en una sola frase creo que podría servir la que sigue: “el miedo a salir al recreo”, porque ¿qué es lo que pasa por la mente de un niño o niña que se sienten acosados por sus compañeros de clase y de colegio, cuando corren de forma alocada al patio de recreo? Fundamentalmente miedo, a salir, a encontrarse con la burla despiadada, el insulto soez, el señalamiento por alguna singularidad que a los demás les sirve de disculpa para atacarle, por ejemplo unas simples gafas, ataques de palabra y obra sin defensa alguna, ni propia ni asociada, dejándose golpear muchas veces como única defensa para ver si así se cansan. Eso…, no ocurre casi nunca. Luego, nada más que silencios propios y asociados, cómplices, vergonzosos, sobre todo de quienes tienen el deber de proteger a estos niños y niñas zaheridos en su alma infantil. Lo he leído también en una crónica interesante de la película: “En un patio se desatan las relaciones de poder desde la infancia. En un patio hay violencia. Hay opresores y oprimidos. Un patio es, en resumen, una metáfora del mundo de los adultos que ocurre fuera”. Una metáfora del miedo que tiene un alcance desconocido en la vida de quienes sufren el acoso escolar de todo tipo.

La sinopsis oficial de la película es esclarecedora: «Nora entra en primaria cuando descubre el acoso que sufre su hermano mayor, Abel. Nora se debate entre su padre, que la anima a actuar, y su hermano, que le pide que guarde silencio. Un terrible conflicto de lealtad». El argumento es una metáfora del miedo que sufrimos todos los días al salir al patio de la vida, acosados permanentemente por tierra, mar y aire. Eduardo Galeano lo definió muy bien como “miedo global”, porque vivimos “en el tiempo del miedo”: Miedo a la soledad y miedo a la multitud. / Miedo a lo que fue. / Miedo a lo que será. / Miedo de morir. / Miedo de vivir. Lo que ocurre es que todavía es más grave este miedo en un alma infantil, porque el sufrimiento es inabordable por el propio devenir de su desarrollo infantil.

¿Qué hacer? Se nos ocurren siempre muchas respuestas pero la fundamental es no dejar pasar sin pena ni gloria este tipo de actuaciones y acabar de una vez por todas con los silencios cómplices. Denunciar siempre, callar nunca. Sobre todo, hay que trabajar sin descanso en los colegios introduciendo programas específicos para este tipo de acoso escolar. Por esta razón, destaco hoy la Guía Didáctica que proporciona la productora de la película, especialmente dedicada a trabajadores de los centros educativos, para llevar a cabo una experiencia junto a los alumnos en torno al hilo conductor de la película, su lenguaje cinematográfico y la temática en cuestión. Recomiendo su lectura porque es una oportunidad para no dejar pasar mucho tiempo para estar mejor informados y actuar, porque este acoso escolar de patio real y virtual, por el ciberacoso, está más cerca de nosotros de lo que a veces pensamos.

La función social del cine se hace grande y esplendorosa con esta película que se estrena hoy en España. Recuerdo que en 2018 visité una exposición en el espacio Caixaforum de Sevilla, dedicada a Cine y emociones. Un viaje a la infancia, organizada por la prestigiosa Cinémathèque française y la Obra Social “la Caixa”. En aquella ocasión se detallaba que a través del cine “se configura un retrato emocional de la niñez, a través de siete ámbitos que entrelazan películas y materiales de diversa índole para conformar ese retrato emocional”: “Alegría: muestra películas que reflejan el afán de los niños por aprender y por vivir, sus ganas de ser entendidos y protegidos y su capacidad para reinventar el mundo, una virtud que se olvida con el paso del tiempo pero que el cine es capaz de volver a activar. Rabia: explora los instantes de enfado y frustración que se viven durante la infancia, que quedan grabados en la memoria y que se reconocen al verlos en la pantalla. Risa: muestra cómo la risa de los niños en el cine se contagia a los espectadores, no solo por la ternura que provoca sino también por la identificación con la travesura, la situación inesperada o la invención de algo nuevo y disparatado. Lágrimas: la soledad, el abandono o el rechazo son algunos de los sentimientos tratados en este ámbito, como manifestaciones del sufrimiento infantil que generan en el espectador una sensación de dolor compartido. Miedo: explora los momentos de terror durante la infancia. El miedo puede ser producto de una fantasía, pero su efecto es real en estos pequeños y en quienes los miran desde la butaca. Valentía: recuerda que en la infancia se puede ser también el más valiente gracias a una energía que permite superar cada desafío que el camino plantea. Paradójicamente, el valor de los más pequeños enseña a los mayores que sus desafíos a veces no son tan difíciles de afrontar. Ilusión: el cine genera siempre fascinación en los espectadores. ¿Cómo se construye esa ilusión? ¿cómo la viven los niños cuando juegan a ser cineastas?”. Sentimientos y emociones que hay que cuidar siempre, especialmente en la vida infantil.

Es la magia del cine que hoy, con el estreno de Un pequeño mundo, nos invita a escribir una página nueva de solidaridad con los niños y niñas que sufren acoso escolar, para que vuelvan a sentir la alegría de vivir, su “afán por aprender y por vivir, sus ganas de ser entendidos y protegidos y su capacidad para reinventar el mundo, una virtud que se olvida con el paso del tiempo pero que el cine es capaz de volver a activar”. Para que no se olvide en nuestro Estado de derecho, ni siquiera un momento, con la defensa a ultranza de un principio del sistema educativo español, configurado de acuerdo con los valores de la Constitución y asentado en el respeto a los derechos y libertades reconocidos en Ella, según se recoge en la nueva Ley de Educación de nuestro país, entre otros, en su artículo 1. k), un principio que deberíamos grabar con letras de oro en nuestra mente para no olvidarlo jamás:  «la educación para la convivencia, el respeto, la prevención de conflictos y la resolución pacífica de los mismos, así como para la no violencia en todos los ámbitos de la vida personal, familiar y social, y en especial en el del acoso escolar y ciberacoso con el fin de ayudar al alumnado a reconocer toda forma de maltrato, abuso sexual, violencia o discriminación y reaccionar frente a ella».

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Caminamos por valles de desencanto

Ragnar Kjartansson, Desde el Valle del Desencanto del Mundo en British Columbia (VIII), 2011. Acuarela.  30,5 x 40,5. Colección privada.

Sevilla, 24/II/2022 (10:14 CET), horas después de conocer la invasión de Ucrania por parte de Rusia, un hecho que indica una realidad inexorable: caminamos por valles de desencanto mundial en una situación de pandemia en la salud mental, propiciada por nacionalismos exacerbados, autoritarismo, corrupción, limitación de libertades, represión y miedo al daño desconocido.

El pasado 21 de febrero se presentó en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el “museo de todos” según reza su eslogan, en el que se paga anualmente el alquiler de su fondo con “el dinero de todos”, una exposición del artista islandés Ragnar Kjartansson (Reikiavik, 1976), Paisajes emocionales, que muestra “su fascinación por América, por sus paisajes y su música, principalmente el country, el blues y el jazz. En esta nueva colaboración con Thyssen-Bornemisza Art Contemporary se exhiben, por primera vez juntas, cuatro de sus videoinstalaciones más reconocidas internacionalmente: The Visitors (2012), The Man (2010), The End (2009) y God (2007), junto a algunas acuarelas. La exposición, abierta hasta el 26 de junio, cuenta con la colaboración de la Fundación Ecolec”. Precisamente ha sido una de sus performances, The End (2009), la que me ha sugerido una reflexión para compartir en la Noosfera la realidad del desencanto que estamos atravesando al salir titubeantes del túnel de la pandemia. Esta videoinstalación está situada en las Montañas Rocosas canadienses como escenario, un lugar que le sirve a Kjartansson para cuestionar la idea romántica del artista y su conexión con el paisaje. The End contempla “Desde el Valle del Desencanto del Mundo en la Columbia Británica” (From the Valley of World-Weariness in British Columbia (2011), una serie de acuarelas pintadas en el mismo paraje, después de un incendio, que transmite una sensación dramática y de nostalgia desesperanzada. ¿Somos árboles quemados a lo largo de nuestro caminar por los valles de la vida? El autor responde a esta pregunta a través de su obra, contemplando el acontecer diario a través de paisajes emocionales.

Tengo presente en esta reflexión a Max Weber, porque ayudó a sus contemporáneos a comprender qué significaba el desencantamiento del mundo o la sacralización de la razón, tal y como lo analizó en una conferencia paradigmática, La ciencia como vocación, muy actual en su fondo y forma: “La intelectualización y racionalización crecientes no significan, pues, un creciente conocimiento general de las condiciones generales de nuestra vida. Su significado es muy distinto; significan que se sabe o se cree que en cualquier momento en que se quiera se puede llegar a saber que, por tanto, no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Pero esto significa el desencantamiento del mundo. A la inversa del salvaje, aún creyente en la existencia de tales poderes, nosotros no tenemos que valernos de medios que obren efectos mágicos para controlar a los espíritus. O incitarlos a la piedad. Esto es algo que se puede lograr por medio de la técnica y la previsión. He ahí, en esencia, el significado de la intelectualización”. Pero plantea una pregunta de difícil respuesta hoy día: “¿Cuál es el sentido actual de la ciencia como vocación? La respuesta más acertada es la de Tolstoi, contenida en las siguientes palabras: La ciencia carece de sentido, puesto que no tiene respuesta para las únicas cuestiones que nos importan, las de qué debemos hacer y cómo debemos vivir. Sería vano discutir el hecho de que, en realidad, la ciencia no responde a tales cuestiones. El meollo del problema está, sin embargo, en que no ofrece ninguna respuesta y en que no contribuye, en definitiva, a plantear adecuadamente tales cuestiones”.

El desencanto merodea por nuestro cerebro y pretende alojarse en él por mucho tiempo. Frente a ello, hoy nos agarramos como a un clavo ardiendo, a Dios, a la naturaleza, a la sociedad o a las personas (las creencias imprescindibles para todo ser humano, según Ferrater Mora), en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, para justificar nuestras acciones, olvidando que nuestra gran máquina de la verdad, nuestro cerebro, la sede de la inteligencia, guarda el secreto ancestral de por qué existe el bien o el mal, por qué actuamos de una forma u otra y por qué caemos en el desencanto de vivir. Maravillosa aventura para dejar de lado, definitivamente, el drama (¡con perdón!) de la serpiente malvada, tal como se recogió en las famosas diez líneas del libro del Génesis, en la tríada serpiente/Adán/Eva, que son “la quintaesencia de una religión que ha dado vueltas al mundo y ha construido patrones de conducta personal y social. Y cuando crecemos en inteligencia y creencias, descubrimos que las serpientes no hablan, pero que su cerebro permanece en el ser humano como primer cerebro, “restos” de un ser anterior que conformó el cerebro actual. Convendría profundizar por qué nuestros antepasados utilizaron este relato “comprometiendo” al más astuto de los animales del campo [en un enfoque básicamente machista de la ética del cerebro humano]. Sabemos que el contexto en el que se escriben estos relatos era cananeo y que en esta cultura la serpiente reunía tres cualidades extraordinarias: “primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad, ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero, transmitía sabiduría, pues la falta de párpados en sus ojos y su vista penetrante hacía de ella el prototipo de la sabiduría y las ciencias ocultas. (…) (1).

Todo lo anterior me ha llevado a recordar a una oboísta nacida también en Islandia, Arngunnur Árnadóttir, sobre la que escribí en los primeros días de la desescalada de la pandemia, en 2020, porque la música me acompañó siempre junto a la palabra, compañera infatigable en tiempos difíciles, a través de la lectura y escritura. También, Mozart. Hoy, junto al mensaje de Ragnar Kjartansson, a través de su performance The End, donde figura la acuarela que preside estas líneas, Desde el Valle del Desencanto del Mundo en la Columbia Británica, vuelvo a reencontrarme con una lectura amable y esperanzadora de la vida desde Islandia, en una orquesta del Norte de Europa, de un país frío, pero con una interpretación impecable del Concierto para clarinete en La mayor, KV 622, de Mozart, en el que el segundo movimiento, Adagio, suena excelentemente bien en el clarinete de una profesora muy joven de la Orquesta Sinfónica de IslandiaArngunnur Árnadóttir, bajo la dirección de Cornelius Meister. También porque me da el calor humano que tanto necesito, descubriendo una vez más el poder de la inteligencia musical de acuerdo con la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, a quien tanto tiempo de investigación he dedicado en mi vida personal y profesional. Árnadóttir es también escritora y poeta, es decir, a ella también le queda la palabra.

Mozart componía estas partituras como homenaje siempre a una persona. En este caso, fue dedicada a su amigo Anton Stadler (1753-1812), compañero en la logia masónica a la que pertenecía el compositor y gran virtuoso en la orquesta de Viena por la forma de tocar el clarinete tenor (corno di bassetto), cuyo sonido se ha logrado alcanzar en los que se fabrican en la actualidad por la incorporación de llaves adicionales. Si he elegido de nuevo esta obra maravillosa de Mozart para buscar salidas en el actual valle del desencanto social, compuesta el mismo año de su fallecimiento, cuando tenía 35 años, se debe a una razón que conocí hace tiempo por una referencia de Arturo Reverter en una obra que guardo en mi maleta de libros elegidos (2), que siempre tengo preparada por lo que algún día pudiera ocurrir al viajar hacia una isla desconocida: «El corazón de la obra es el sublime Adagio […], aunque para algunos autores -Massin- lo que prevalece en definitiva es el optimismo: el músico ha salido victorioso de una lucha en la que ha debido vencer, en esta última parte de su vida, numerosos peligros de todo tipo». Toda una declaración de principios musicales.

Si quieren desconectar de la información tóxica que nos invade, aunque tengamos que adentrarnos a veces por los valles del desencanto de la vida, escuchen conmigo el Adagio según la guía de audición que figura más adelante porque creo que comprenderán mejor que nunca que la música es compañera en la alegría y medicina para el dolor:

Guía de audición del Concierto de Clarinete en La mayor, KV 622 – Harpa Concert Hall, Reykjavík, 10 de septiembre de 2015

– Allegro 0:27

– Adagio 12:58

– Rondo (Allegro) 20:07

Es difícil añadir palabras a estos momentos mágicos. Solo el consuelo de que en el momento después, el de Benedetti cuando decía «[…] de todos modos preparamos / la boca por si vuela un beso / y si no vuela siempre queda / uno que emerge del olvido» (3), me queda otro guion que hoy quiero seguir al pie de la letra, unas palabras preciosas de Blas de Otero en su poema «En el principio», para pensar en quienes han perdido la vida en la pandemia y hoy sólo son número de las estadísticas. Y en quienes pierden a diario la voz en la maleza, quedándose en la cunetas de los diferentes valles del desencanto que existe en la actualidad, porque me permite comprender mejor a los que sufren la sed, el hambre; también, en lo duro que es pensar que lo que creemos que es nuestro luego resulta ser nada, porque se siegan a menudo las sombras en silencio cuando en estos días de escándalo político casi a diario he abierto muchas veces los ojos para ver el rostro puro y terrible de mi patria, abriendo al mismo tiempo los labios hasta desgarrármelos pidiendo unión y donde confieso que solo he tenido el consuelo de saber que solo me queda la palabra. Y Mozart. Hoy, desde la lejana Islandia, Ragnar Kjartansson y Arngunnur Árnadóttir, localizados en islas desconocidas del consuelo humano a través del arte, que también existen.

(1) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Estereotipo machista 4: “¡mujer tenías que ser!”

(2) Reverter, A. Mozart (discografía recomendada y obra completa comentada (2ªed.), (1999). Barcelona: Península, p. 91.

(3) Benedetti, Mario, El Después, en Biografía para encontrarme, 2011. Madrid: Alfaguara.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

María y tú

Miguel Gallardo y María, su hija, en María y yo / RTVE

Sevilla, 23/II/2022

Ayer falleció en Barcelona el dibujante de cómics Miguel Gallardo, al que conocí mejor en 2011, a través de una experiencia inolvidable, su mejor obra gráfica, María y yo, dedicada a su hija María, autista, realizada con una delicadeza y ternura dignas de encomio. Estas palabras son un pequeño homenaje a él, porque para mí forma parte de los “imprescindibles” de Brecht, que tanto necesitamos hoy, fundamentalmente porque luchó para cuidar a su hija toda su vida. Lo mejor que puedo escribir hoy es reproducir las palabras que le dediqué en 2011, María y yo, un gran regalo de Reyes, al descubrir su gran obra gráfica vital y, sobre todo, humana.

Aquél encuentro me permitió comenzar un nuevo año con un mensaje de esperanza y de optimismo ante la adversidad, con el recurso tan cercano de utilizar las pequeñas cosas, los pequeños afectos, los sentimientos, las emociones, para agregar valor a nuestras vidas, las de todos. Por eso no he olvidado a Miguel Gallardo y a su hija, a quienes debo haber descubierto, una vez más, el secreto de amar a pesar de todo.

María y yo, un gran regalo de Reyes

He recibido, gracias a la vida, un regalo precioso: una historia entrañable para personas preocupadas, como yo, por la inteligencia y por su capacidad para resolver problemas. He leido el cómic que lleva por título María y yo (1) y también he visto la película del mismo título con un guión adaptado de la obra de Miguel Gallardo, padre de María, la gran protagonista de esta historia bellísima, y reconocido creador de Makoki, líder en la década de los años ochenta de los mundos underground y contraculturales de nuestro país. El libro es para leerlo con mucha atención, lo que nos permitirá comprender bien un desajuste de estructuras cerebrales que son la base del autismo y cómo se puede abordar con mucha ternura esta realidad que está ahí, en muchos niños y niñas de nuestro país. María es un símbolo real de autosuperación en su persona de secreto que, poco a poco, se va conociendo con más detalle por la neurociencia más activa. Quizá, hoy, por ti, que sigues este blog.

Recomiendo la lectura del libro y la película, por este orden, para comenzar este año con un mensaje de esperanza y de optimismo ante la adversidad, con el recurso tan cercano de utilizar las pequeñas cosas, los pequeños afectos, los sentimientos, las emociones, para agregar valor a nuestras vidas, las de todos. La inteligencia de cada una, de cada uno, seguro, pone el resto, porque es la que nos permite resolver problemas, en la clave que aprendí hace muchos años, de José Antonio Marina: la inteligencia es la que permite, mediante una poderosa conjunción de tenacidad, retórica interior, memoria, razonamiento, invención de fines, imaginación -en una palabra, gracias al juego libre de las facultades-, que veamos una salida cuando todos los indicios muestran que no la hay. Inteligencia es saber pensar, pero, también, tener ganas o valor para ponerse a ello. Consiste en dirigir nuestra actividad mental para ajustarse a la realidad y para desbordarla (2).

Sevilla, 8/I/2011

(1) Gallardo, Miguel (2010). María y yo. Bilbao: Astiberri.
(2) Marina, José Antonio (1993). Teoría de la inteligencia creadora. Barcelona: Anagrama.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La nueva normalidad sigue siendo líquida

Zygmunt Bauman (1925-2017)

Hemos olvidado el amor, la amistad, los sentimientos, el trabajo bien hecho. Lo que se consume, lo que se compra “son solo sedantes morales que tranquilizan tus escrúpulos éticos”.

Zygmunt Bauman

Sevilla, 21/II/2022

Se publica esta semana en España un libro muy interesante sobre el pensador (¡qué bonita palabra y qué ausente en el tiempo actual!) y sociólogo Zygmunt Bauman (1925-2017), Bauman: una biografía, un estudio profundo sobre su vida, dedicada durante muchos años a construir la teoría de la “modernidad líquida” (1) y sobre el que he escrito ya en varias ocasiones en este cuaderno digital, fundamentalmente porque ha sido muy respetado por jóvenes de muchos países, al estar dirigido su discurso a ellos como receptores de la nueva construcción del mundo y su futuro: “la “fluidez” o la “liquidez” son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual -en muchos sentidos nueva– de la historia de la modernidad”. Las grandes preguntas de Bauman giran en torno a qué es lo que se mantiene vivo o muerto después de haber pasado tantos siglos en relación con cinco conceptos fundamentales para la vida: emancipación, individualidad, tiempo/espacio, trabajo y comunidad. Si todo fluye y nada permanece o si nadie se baña dos veces en el mismo río, teorías defendidas hace ya muchos siglos por Heráclito de Éfeso, volvemos a la casilla de la salida de la vida, cada día, cada momento, por mucho que nos esforcemos en vivirlos apasionadamente. Es evidente que los presocráticos vuelven a estar de moda, porque tras la pandemia que nunca acaba, la nueva normalidad casi nadie es capaz de explicarla porque no se sabe lo que es. Si se sabe que falta consistencia, solidez y que vivimos en un tiempo y espacio líquidos. Según Bauman, “lo que define nuestras vidas es, por lo tanto, la precariedad y la incertidumbre constantes”. Tenía razón Heráclito de Éfeso al analizar la inexorable realidad de la vida líquida.

En la sinopsis oficial del libro se dice que “Esta es la primera biografía exhaustiva de la vida y la obra de Bauman. Izabela Wagner regresa a la Polonia natal del autor y nos cuenta la infancia de este en el seno de una familia judía polaca asimilada y sus experiencias en el colegio, muy condicionadas por el antisemitismo. La trayectoria vital de Bauman fue la típica de muchas personas de su generación y su grupo social: huyó con su familia de la ocupación nazi; fue alumno de la enseñanza secundaria soviética; tuvo un idilio con el comunismo; se alistó en el ejército polaco como oficial político; participó en la segunda guerra mundial; apoyó al nuevo régimen surgido en la Polonia de posguerra. Wagner arroja nueva luz sobre ese periodo posterior a la contienda mundial y sobre la actividad de Bauman como oficial del KBW, un cuerpo militar de «seguridad interior» del régimen prosoviético. Su expulsión de las fuerzas armadas en 1953 y su carrera académica reflejan el contexto dinámico de la Polonia de los años cincuenta y sesenta. Su trayectoria profesional en ese país se vio bruscamente abortada en 1968 por las purgas antisemitas de ese año. Bauman se convirtió así de nuevo en un refugiado; salió de Polonia rumbo a Israel y, poco después, en 1971, se instalaría en Leeds, en el Reino Unido. Su trabajo y su producción intelectuales prosperaron en el ambiente académico británico y, tras su jubilación en 1991, inició un periodo de una enorme productividad que lo impulsaría a la escena internacional, donde se convirtió en uno de los pensadores sociales más ampliamente leídos e influyentes de nuestro tiempo. La biografía de Wagner saca a relucir las complejas conexiones entre las experiencias vitales de Bauman y su obra, y nos muestra cómo su trayectoria como una persona «extraña» para su entorno de origen y, posteriormente, también para los de acogida, obligada a exiliarse por las purgas antisemitas en Polonia, ha condicionado su pensamiento a lo largo del tiempo. Sin duda, este cuidado y completo análisis de la vida y la obra de Bauman será la biografía de referencia del pensador polaco durante muchos años”.

Con esta carta de presentación tan extensa, la lectura del libro sobre Bauman es obligada, sobre todo para los que seguimos dando vueltas al pensamiento expresado en su intervención en el documental estrenado en 2016, In the same boat (En el mismo barco), que resumía en su título una idea suya muy brillante: “ya estamos todos en el mismo barco, pero lo que nos falta son los remos y los motores que puedan llevar este barco en la dirección correcta”. Se refería en ese año al ecosistema social de escala mundial en el que se estaba navegando en esos momentos, casi hacia ninguna parte, con un desconcierto mayúsculo y con decisiones de corte democrático, como las elecciones celebradas en Estados Unidos, donde comenzó a temblar el mundo al conocerse los resultados que dieron el triunfo a Trump.

Una vez más recurro a una máxima ignaciana, “en tiempo de turbación no hacer mudanzas”, pero no estoy de acuerdo con este aserto en situaciones tan dramáticas como las que se están experimentando a nivel mundial, con un impacto importante en este país, aunque se quiera ocultar casi a diario. Estamos viviendo en un mundo con una clamorosa ausencia de valores y, sobre todo, de ética, tal y como lo aprendí de un maestro en el pleno sentido de la palabra, el profesor López Aranguren, cuando la definía como el «suelo firme de la existencia o la razón que justifica todos los actos humanos», que tantas veces he abordado en este blog.

Estas razones nos obligan a dejar los supuestos puertos seguros y comenzar a navegar para intentar descubrir islas desconocidas que nos permitan nuevas formas de ser y estar en el mundo, que he vislumbrado como hilo conductor del documental que trato hoy de forma especial. Lo contrario es obvio y se ve venir porque navegamos en mares procelosos de corrupción y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él. Lo expresaba en 2012 en este blog, en un post dedicado a los aforismos, porque en ese momento apreciaba que eran numerosas las deserciones en el barco político de aquella legislatura, siendo testigo directo del abandono apresurado de los que tenían la obligación de mantenerse en el puente de mando de la responsabilidad política que se le había encomendado, arrojándose a un mar repleto de desertores de la dignidad.

Lo que verdaderamente me enerva es contemplar cómo se suelen liquidar estas situaciones tan transcendentales con la consabida frase de que “todos vamos en el mismo barco” y eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras. En el documental citado, junto a Bauman también intervenía el expresidente de Uruguay José Mujica, a quien tanto admiro. Es probable que a este barco ético y esperanzador no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como los vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico y financiero mundial, desde una torre en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares, para ellos procelosos. Lo que detesto también es el abandono de la lucha en situaciones difíciles, como las que estamos atravesando ahora, en las que aquellos que estaban a veces con los que deseamos estos cambios urgentes en las políticas mundiales, europeas y nacionales, se arrojan a un mar en el que cada vez hay menos sitio, porque dicen que esto no tiene remedio. Lo paradójico es que cuando se avance en la búsqueda de soluciones surcando mares diferentes que posibiliten otro mundo mejor, falte ya sitio o barco, según se mire, para recoger a los que en tiempos revueltos se tiraron al mar porque nunca quisieron buscar otras alternativas a este mundo que no nos gusta. Queramos o no, estamos todos ya en el mismo barco de la dignidad humana, «La Isla Desconocida» de Saramago quizás, en un viaje esencial para vislumbrar el destino universal que pasa por salir alguna vez de nosotros mismos.

En tiempos de nueva normalidad, líquida, lo que está ocurriendo es que vivimos en una vida líquida (2), teoría que complementa la anterior de Bauman: “¿Qué es la «vida líquida»? La manera habitual de vivir en nuestras sociedades modernas contemporáneas. Se caracteriza por no mantener ningún rumbo determinado, puesto que se halla inscrita en una sociedad que, por su carácter líquido, no mantiene por mucho tiempo una misma forma. Lo que define nuestras vidas es, por lo tanto, la precariedad y la incertidumbre constantes. Y el motivo de preocupación que más obstinadamente nos apremia es el temor a que nos sorprendan desprevenidos, a no ser capaces de ponernos al día de unos acontecimientos que se mueven a un ritmo vertiginoso, a pasar por alto las fechas de caducidad y vernos obligados a cargar con bienes u objetos inservibles, a no captar el momento en que se hace perentorio un cambio de enfoque y quedar relegados. Así, dada la velocidad de los cambios, la vida consiste hoy en una serie (posiblemente infinita) de nuevos comienzos… pero también de incesantes finales. Ello explica que en nuestras vidas resulte abrumadora la preocupación por los finales rápidos e indoloros, a falta de los cuales los comienzos serían impensables. Entre las artes del vivir líquido moderno y las habilidades necesarias para ponerlas en práctica, librarse de las cosas cobra prioridad sobre el adquirirlas. Una vez más, Bauman nos brinda un diagnóstico de nuestras sociedades certero, agudo e inmensamente conmovedor”. De ahí mi interés por conocerlo a fondo a través de la biografía que se publica esta semana en nuestro país.

Algo tengo claro en esta vida líquida, llamada ahora nueva normalidad, recordando una vez más a Pablo Neruda (3), como respuesta a una pregunta suya acerca de si nuestra vida es un túnel entre vagas claridades: Con las virtudes que olvidé [en mi vida anterior a la pandemia] ¿me puedo hacer un traje nuevo [para estrenarlo cada día después, en la nueva normalidad? Carpe diem.

(1) Bauman, Zygmunt, Modernidad líquida, 2000. México: Fondo de Cultura Económica.

(2) Bauman, Zygmunt, Vida líquida, 2006. Barcelona: Paidós.

(3) Neruda, Pablo, en el Libro de las preguntas (XXXIV y XXXV), 2018. Barcelona: Seix Barral – Planeta.

 CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El contrato social de la política actual, según los hermanos Marx

Sevilla, 20/II/2022

Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

Eduardo Galeano, Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Cuando votamos a un determinado partido político creo que firmamos virtualmente un contrato social con los representantes del partido al que votamos. Esperamos que cumplan el programa prometido, que ya es mucho decir, fundamentalmente porque ignoramos su contenido casi siempre. A pesar de ello hay una ardiente impaciencia en que se cumpla letra a letra lo que creemos que es mejor para la sociedad, no sé si para muchos el llamado interés general o el interés particular, que de todo hay en la viña del Señor.

Visto lo visto estos días pasados con el escándalo superlativo en la cúpula del Partido Popular, he visto bastante similitud en su fondo y forma con el famoso contrato entre Otis B. Driftwood (Groucho) y Tomasso (Chico), en sus respectivos papeles en “Una noche en la ópera”, en una crítica mordaz sobre la burocracia y el formalismo aparente en la contratación administrativa que personalmente lo llevo hoy al contrato social, que también existe, entre los representantes de un partido que alcanza el poder y sus votantes. El programa político que los llevó teóricamente al poder se convierte en algo muy parecido a lo expresado por Groucho Marx en la película citada: “la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte y la parte contratante de la primera parte será considerada en este contrato…” Oiga ¿por qué hemos de pelearnos por una tontería como esta? La cortamos”. Ante el escándalo al que hemos asistido como ciudadanos de este país en los acontecimientos de la Comunidad de Madrid y la reacción de la cúpula del partido popular, hemos visto que el método de los Hermanos Marx ha resultado infalible: poco a poco se van cortando todas las cláusulas del contrato social “firmado” en las elecciones para quedarse al final con una, la llamada por ellos “cláusula sanitaria”, después de haber leído más de ocho cláusulas que, finalmente, desaparecen todas con un hilo conductor que ellos mismos aceptan cuando Chico Marx dice: “Ahora en esta parte que sigue hay algo que no le gustará, a lo que responde Groucho: Bien, su palabra es suficiente para mí”, rompiendo una vez más esa parte del contrato y diciendo con voz engolada: «Dígame, ¿la mía es suficiente para usted?», a lo que Chico Marx responde: «¡Desde luego que no!» Sobran palabras para explicar este escuálido contrato, no digamos cuando ocurre en el contrato social de la representación política y sus votantes. La palabra no sirve para nada, porque no les queda cuando casi todo es corrupción y casi nadie se fía de nadie, aunque se parte de un aserto falso: todos los políticos son iguales, cuando la verdad objetiva es que no es así. Dicho sea de paso, en defensa de muchos políticos honrados.

Pero “la cosa” no acaba ahí. Cuando ya no queda casi nada del contrato, Groucho y Chico, en sus respectivos papeles, abordan la cláusula final que es lo único que les queda del escuálido documento original:

Chico: “Espere, espere. ¿Qué es lo que dice aquí en esta línea.

Groucho: Oh, eso no es nada. Una cláusula común a todos los contratos. Solo dice.… dice… ”si se demostrase que cualquiera de las partes firmantes de este contrato no se haya en el uso de sus facultades mentales, quedará automáticamente anulado en todas sus cláusulas”.

Chico: Pero yo no sé si…

Groucho: No se preocupe, hay que tomarlo en cuenta en todo contrato. Es lo que llaman una cláusula sanitaria.

Chico: Ja, ja, ja… no me diga que ahora tenemos que vacunarnos.

Groucho: (dándole la flor del ojal de su chaqueta) Tenga, se la ha ganado por idiota.
Chico: Gracias”
.

La cláusula sanitaria es el final de esta hilarante o esperpéntica escena, como también lo es cuando el contrato social con nuestros representantes políticos se rompe. La contaminación política de la corrupción es de tal calibre que se corrompe casi todo, por encima de todo la inteligencia, motivo por el que es necesario estar vacunado con la ética personal y colectiva, ante la epidemia de corrupción que nos embarga. No me extraña que a modo de respuesta de Chico contra la mentira y la indignidad de la falsa política: “¡no me diga que ahora tenemos que vacunarnos”, Groucho reaccionara en 1935 ante la otra parte contratante igual que aquél famoso asesor de Clinton cuando en su campaña presidencial de 1992 dijo una frase que ha pasado a la posteridad: ¡Es la economía, idiota! O lo que es hoy lo mismo, ¡es la corrupción, idiota, que no te enteras!

Hoy, ha pasado lo mismo: la cláusula sanitaria del contrato social de cada ciudadano con la política que impera nos recuerda la conveniencia de estar vacunados contra la epidemia de intromisión en nuestra inteligencia social, que también existe. Comprendo mejor que nunca aquella frase de Emilio Lledó que me marcó para siempre: Me preocupa la corrupción mental, que un ignorante con poder determine nuestra vida, ante la que hay que vacunarse urgentemente. Sencillamente, porque no somos idiotas, ni nos conformamos con que nos entreguen una flor en plena discordia. Creo que ha llegado el momento de entrar con un buldócer ético en la sociedad y remover los grandes planteamientos sociales en los que estamos instalados. Es necesario por tanto comenzar a hablar de legalizar nuevos contratos sociales donde la responsabilidad política del Gobierno correspondiente y de la ciudadanía tengan un papel protagonista en los cambios copernicanos y prioritarios que se tienen que abordar con urgencia ética y social. Todo lo demás es seguir normalizando lo indeseable e imposible que no beneficia a nadie. Ya lo dijo el torero El Guerra: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Todo lo expuesto anteriormente es válido cuando estamos convencidos de que lo más importante en la sociedad es perseguir el interés general frente al individual y que la corrupción política es el enemigo público número uno a combatir, porque cuando entra en la sociedad no deja títere con cabeza, todo se corrompe y nos lleva a un conformismo terrible. La tentación es huir hacia adelante, pero hacia ninguna parte, porque queramos o no necesitamos defender la democracia como la mejor forma de compartir la vida. Ante la decepción por lo ocurrido en el Partido Popular y en su cúpula, es posible que caigamos en la tentación de acudir a Góngora para que nos explique hoy esta situación a través de su famosa letrilla rediviva, «Ándeme yo caliente, ríase la gente»: Cuando cubra las montañas / De blanca nieve el enero, / Tenga yo lleno el brasero / De bellotas y castañas, / Y quien las dulces patrañas / Del Rey que rabió me cuente, / Y ríase la gente. […] Busque muy en hora buena / El mercader nuevos soles; / Yo conchas y caracoles / Entre la menuda arena, / Escuchando a Filomena (1) / Sobre el chopo de la fuente, / Y ríase la gente. Porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, que diría El Guerra, por mucho que ante la falta de ética personal y colectiva queramos normalizar lo indeseable en términos individuales y sociales para convertirlo todo en un mundo al revés sin contrato social alguno.

(1) “Filomena” era la denominación de “la hembra del ruiseñor” en tiempos de Góngora (ver el Diccionario de Francisco Sobrino (1705), en el Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa. Bruselas: Francisco Foppens, p. 182,3.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Amigo

Sevilla, 19/II/2022

Amigo es, en sí misma, una palabra muy descriptiva y llena de significado para muchas personas. Es también el título de la última publicación de Ana Merino, Amigo, a modo de significante de alguien y algo muy importante en la vida de Federico García Lorca, con nombre y apellidos: Joaquín Amigo Aguado. Ambos, granadinos de cuna, fueron asesinados con un margen de nueve días, en momentos aciagos para la memoria histórica de este país. Víznar y Ronda guardan el recuerdo permanente de los dos, amigos del alma. Sus cuerpos no. Hay un elemento en esta historia que conmueve: García Lorca fue asesinado por la dictadura franquista y Amigo, por milicianos republicanos. De ahí la importancia de descubrir esta amistad en las dos Españas que desde siglos atrás ha helado el corazón de muchos compatriotas, sólo por el hecho de pensar unos y otros de forma diferente. Un auténtico clásico popular aun vigente. Lo he comprendido mejor escuchando a la propia autora: «Joaquín era el amigo filósofo del 27, el social-cristiano, el que aportaba una ética de la escucha y de la espiritualidad y el que más se había interesado por Freud», explica la escritora e investigadora Ana Merino. ¿Era conservador? «Era cristiano. Iba a misa. Pero era parte del mismo momento de ruptura que los demás. Lorca y Amigo representaban la armonía, convivían como amigos. Entendían la diversidad de opiniones y de creencias. Lo que ocurrió fue que grupos de reacción rápida, de partidarios de la República salieron a buscar figuras que les parecieran del otro lado para responder a la represión de los rebeldes. Joaquín se encontró con ellos y fue su víctima perfecta. Aquellos verdugos, unos y otros, eran los mismos cainitas».

La sinopsis oficial de Amigo sugiere una lectura casi obligada para personas que amamos conocer la verdad crónica y cuando la elegimos como compañera de viaje en la vida: “Inés Sánchez Cruz, una poeta mexicana afincada como profesora de escritura creativa en Estados Unidos, llega a la Residencia de Estudiantes de Madrid para impartir un taller de poesía e investigar un hallazgo reciente: el archivo familiar de Joaquín Amigo, uno de los amigos de Lorca, también asesinado violentamente y desaparecido al comienzo de la guerra civil. Inés arrastra una profunda angustia fruto aparentemente de las luchas de poder en el ámbito académico y la traición por parte de un amigo íntimo, pero el fallecimiento de uno de sus colegas activa una serie de recuerdos traumáticos que se entremezclan con las investigaciones de los documentos y cartas del archivo familiar”.

Amigo es algo más que una novela. Es, sobre todo, una licencia de género literario que se permite la autora para demostrar, con una ficción biográfica, presidida por un trabajo de investigación muy riguroso, casi de ensayo total, que la verdad tiene ribetes de acero para que el dolor de lo ocurrido sea mejor entendido por todos. Un esfuerzo literario digno de reconocimiento cuando la realidad de las dos Españas se aborda de la forma en que se presenta el contenido de este libro. Fundamentalmente, porque el alma de García Lorca es inabarcable y sólo hacemos maniobras de aproximación para intentar comprenderla y explicarla de la forma más accesible para la conciencia de todos, de unos y otros, como siempre debería ser en esta España tan dual y cainita. Otro ejemplo precioso de la grandeza de espíritu de Federico García Lorca, que perdura en el tiempo y en la memoria histórica de este país y que ahora, gracias a Ana Merino, podemos conocerla mejor y con múltiples detalles.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Eticáizer

Me preocupa la corrupción mental, que un ignorante con poder determine nuestra vida

Emilio Lledó

Sevilla, 18/II/2022

Una epidemia muy grave está extendiéndose en este país desde hace bastantes años. La corrupción política a todos los niveles lleva a los ciudadanos a un hartazgo de consecuencias nefastas para la democracia, siendo el caldo de cultivo de los neorrancios, que desde la izquierda y la derecha se dan la mano de forma preocupante para salvar España, asomándose siempre desde la cómodas trinchera de tiempos pasados y dando gritos y expresando ideas que dan miedo.

Lo sucedido ayer con la voladura controlada del Partido Popular a través de dos magnos representantes, es de manual de antipolítica, el culmen de los despropósitos sobre cómo debe funcionar un partido y cómo debe presentarse en sociedad a diario. La corrupción política ha alcanzado ya límites insoportables. En plena encrucijada de la salida tortuosa de la pandemia, la sociedad española se encuentra de nuevo con representantes políticos impresentables, no todos, que tienen confiada la representación popular en el Congreso de los Diputados. Senado, Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y en todo tipo de instituciones públicas, donde se debería desarrollar la política digna.

Ante esta situación, creo que es una emergencia nacional comenzar una vacunación masiva de ética personal, con un nombre comercial como metáfora, que nos suena bastante: Eticáizer, un producto que no está en el mercado, que lleva siglos produciéndose en la evolución humana y que se inocula siempre con intervención de persona a persona, en familias, en instituciones educativas sobre todo con un objetivo claro: cuidar la inteligencia de ataques de la corrupción mental que se extiende como el aceite.

Esta vacuna para la inteligencia humana, que es la principal afectada en esta situación de corrupción política, tiene una formulación simple pero tremendamente eficaz: el conjunto de valores que permiten a la inteligencia resolver el problema diario de vivir con la dignidad humana por bandera y con una misión: compartirla con los demás, sin daño colateral alguno. Aprendí hace ya muchos años que la ética debe ser siempre una nueva forma de vida, tal y como la definió excelentemente el profesor López-Aranguren en su famoso tratado de Ética publicado en 1958, la raíz de la que brotan todos los actos humanos, el suelo firme de nuestra existencia, la “solería” de valores y de dignidad que vamos poniendo sin descanso alguno, día a día, en nuestras vidas.

En este contexto, suelo visitar mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca, para intentar reabsorber lo ocurrido con lecturas clarificadoras como las de Emilio Lledó, a través de un libro que leo con frecuencia, Sobre la educación, en el que figura un artículo precioso, Juan de Mairena, una educación para democracia, en el que hace una advertencia sobrecogedora sobre la corrupción de la mente: “Sorprende que con el enorme y tal vez desmesurado retumbar de las noticias sobre corrupción, no se haya entrevisto la peor de las corrupciones, mucho más grave aún que la de la supuesta apropiación de bienes ajenos o la utilización de la venta de los bienes públicos para engordar los privados. Me refiero a la corrupción de la mente, a la continua putrefacción de la conciencia debida, entre otras monstruosidades de degeneración mental, a la manipulación informativa. Estas corrupciones no son instantáneos desenfoques de la visión. Al cabo del tiempo esos manejos en nuestras inermes neuronas acaban por distorsionarlas, desorientarlas y dislocarlas. Difícilmente podrán hacer ya una sinapsis, una conexión pertinente y correcta” (1).

En los momentos que vivimos de tanta corrupción mental, es necesario recordar que la palabra es un medio político inalienable para construir nuestras casas, nuestras ciudades, nuestras amistades, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra ideología, al fin y al cabo nuestro suelo firme de la vida, la ética personal y colectiva, tal y como nos lo recuerda siempre Aristóteles: “Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (2).

Eticáizer es una vacuna que sólo tiene el coste de intentar no perder nunca la dignidad, la ética de la dignidad, para no tener que recurrir a ella in extremis, con independencia del estatus y del rol que cada uno tenga y desempeñe en la vida. No se «compra» en el Gran Mercado del Mundo, sino en la Gran Escuela del Mundo al Derecho, que no al Revés, pero sin precio de mercancía, su gran valor, porque es un derecho y un deber al mismo tiempo. Sólo un valor, sólo eso, el de tomar conciencia de que a la ética humana hay que cuidarla cada segundo de la vida, porque fácilmente contrae el virus de la corrupción mental y ética a todos los niveles imaginables. Incluso la del alma de secreto que todos llevamos dentro, de difícil cura cuando entra en nuestras vidas casi sin darnos cuenta.

(1) Lledó, Emilio (2018). Sobre la educación. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, p. 127.

(2) Aristóteles (2000). Política. Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 1253 a.

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¡Enhorabuena, Carla Simón!

Carla Simón

Sevilla, 17/II/2022

Aquella cara infantil, que figura más abajo, una mezcla de candidez y desafío, no la he olvidado. Pertenece a un plano de la película Verano 1993, dirigida por Carla Simón como opera prima, a la que dediqué en 2017 unas palabras especiales en este cuaderno digital que busca siempre islas desconocidas, como así fue al descubrir esta pequeña gran obra de Carla. Las reproduzco a continuación, porque fue para mí una experiencia maravillosa, como homenaje a Carla Simón y a todas las personas que como ella sufrieron la dureza del SIDA en una España que nos helaba por ello el corazón. Vi la película en el cine comercial y me entusiasmó. En febrero de 2018 volví a citarla en este cuaderno digital con motivo de la entrega de un premio Goya a la mejor dirección novel, como directora de esa preciosa película. Hoy, vuelvo a recuperar su nombre porque ayer le concedieron el Oso de Oro de la Berlinale 2022 por Alcarràs, una película que se aproxima al mundo rural, rodada en catalán y con actores no profesionales. Alcarràs es el segundo largometraje de Simón, que ya ganó el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Berlín de 2017 con su obra ya citada, Verano 1993.

En la sinopsis oficial de la película se afirma que «después de ochenta años cultivando la misma tierra, la familia Solé se reúne para realizar juntos su última cosecha. En palabras de su directora: «Se trata de una historia sobre la pertenencia a una tierra, a un lugar. Un drama sobre las perpetuas tensiones generacionales, la superación de antiguas tradiciones y la importancia de la unidad familiar en tiempos de crisis». Carla vuelve a tocar asuntos del alma humana que es difícil trasladar al cine si no tienes una sensibilidad especial más allá de la técnica que se supone en una profesional de sus características. La Berlinale, que ya no premia en función del género, así lo ha reconocido.

Este premio merece la atención de sus compatriotas, en la clave que tantas veces he recordado de mi paisano Luis Cernuda: “el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros”. Lo he repetido hasta la saciedad en este cuaderno digital: debemos reconocer todo lo que a diario se hace bien en este país, porque necesitamos esos refuerzos positivos y más en los tiempos que corren. Con este reconocimiento cinematográfico a Carla Simón, recuerdo las palabras del cardiólogo Valentín Fuster, residente durante muchos años en América, que pronunció en 2013 durante una de sus múltiples visitas a España: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…” o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato de lo que hace mal este país, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…, si alguien nos representa con dignidad más allá de nuestras fronteras y alegrarnos por ello, rompiendo los silencios cómplices a los que estamos acostumbrados o a desprestigiar a quien tanto lucha por sus ideales y principios. Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas que aparentemente son de otro mundo pero que, gracias a una directora excepcional española, contribuimos a dignificar el país por un premio internacional de cine que debería causar la admiración necesaria y justa de todos, sin excepción alguna. Por ello, desde Andalucía, ¡enhorabuena, Carla Simón!

Verano 1952

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Me pasa con los estrenos cinematográficos como con los bestseller, que no les hago mucho caso, quizá porque huyo siempre de las razones del mercado y me dejo guiar más por sentimientos y emociones que por las inexorables leyes de la oferta y la demanda preconizadas por el capital. Me ha pasado recientemente con una película, Verano 1993, una ópera prima de la directora Carla Simón, autobiográfica y que cuenta una historia real de cómo vive el duelo una niña de seis años, por la muerte de los padres afectados por SIDA. Todo lo que he leído y visto en relación con este estreno me ha parecido extraordinario, pero todavía no he visto la película, aunque creo que la siento ya desde los títulos de crédito.

Existe una historia de España, contemporánea con los primeros años de la transición, que todavía no se ha escrito con el rigor que merece y, probablemente, porque no es rentable contarla, en un país descreído y desagradecido con sus propios aciertos y fracasos. Me refiero en concreto a la tragedia que sufrió el país en la década de los ochenta del siglo pasado, por la adicción de muchos jóvenes a las drogas y la aparición sorprendente del fenómeno SIDA. Se cumplió la ley del péndulo de Schopenhauer y cuando creíamos que lo teníamos todo con la libertad por bandera, gracias a la Transición, apareció un fenómeno terrible que sembró de dolor el país afectando, sobre todo, a una generación y a sus familias más directas, que comenzaba a despertar de un pasado terrible.

Todos tenemos un verano especial en nuestras vidas. El mío comenzó en 1952, en Madrid, días antes de cumplir los cinco años, en una España que helaba el corazón de muchos demócratas. Habíamos vivido en casa la guerra y el duelo por la muerte de mi padre en 1947, con secuelas importantes por las heridas en acto de guerra, que había que digerir como Dios le diera a entender a cada uno. Por eso comprendo bien estos personajes de película, al reproducir, salvando lo que haya que salvar, que solo hay un camino para entender lo que humanamente no hay por dónde cogerlo. Se trata exclusivamente de recibir amor, para ir cerrando poco a poco las tres heridas que a veces envuelven nuestra existencia, que describió Miguel Hernández de forma mágica: la del amor, la de la muerte, la de la vida.

Comprendo siempre por qué me atraen estas películas excelentes, incluso antes de verlas, porque como en este caso, su guion es lo más parecido a la vida real, a la vida misma. En el verano 2017, algunos, estamos obligatoriamente obligados a verla, aunque como decía el poeta malagueño Rafael Ballesteros, sigamos sin entender “si se me abre el grifo y sale una bala tras otra bala, si abro la puerta y se nos entra el fusilado y cierro y se me queda fuera el dedo, si unto amor en el labio entreabierto y nada, si miro al muro y todavía distingo los boquetes”. Porque, es verdad, “De este mundo los dos sabemos poco. Y sin embargo, estamos aquí [como Carla] obligatoriamente obligados a entenderlo”.

Sevilla, 29/VII/2017

NOTA: la imagen última es un fotograma de la película “Verano 1993”, que se recuperó el 29/VII/2017de https://www.espinof.com/trailers/verano-1993-cartel-y-trailer-de-la-opera-prima-de-carla-simon

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La megalomanía del poder se planta también en un jardín

Sevilla, 16/II/2022

Un tulipero, un árbol de 40 metros de altura y 650 toneladas de peso, con 135 años de antigüedad, que viajaba por el Mar Negro en una barcaza especialmente acondicionada para este tipo de transporte, causó sensación mundial en 2016, al conocerse que el ex primer ministro de Georgia, Bidzina Ivanishvi, lo había comprado en su propio país, en la región de Ayaria, para llevarlo a su residencia particular en Tiflis, la capital de esta región caucásica. No era el primero ni el último de esta megalomaníaca demostración de riqueza incontrolada. Ahora forman parte del Parque Dendrológico Shekvetili, de propiedad privada pero accesible al público.

Lo que parece un relato de ensoñación responde a una realidad que llevó a la directora georgiana Salomé Jashi a filmar un documental, Domar el jardín, que se presentó en el Festival Mundial de Cine Documental, Sundance 2021, justificándolo en el sentido de que “Los árboles han sido fundamentales en mi vida. En mi infancia, solía ir a una plaza muy grande en mi pueblo donde muchos niños se reunían. Había varios árboles grandes allí y cada uno tenía un significado diferente. Uno era para reunirse, otro para trepar, otro era una especie de símbolo de fuerza. Los árboles significan mucho para mí y para los demás también”. Ella ha contado lo que sintió la primera vez que vio al tulipero avanzar por las aguas del Mar Negro: “Vi esta imagen del árbol en el mar que estaba en los medios de comunicación en Georgia», dice Jashi. «Es una imagen extraña e incómoda, y cuando la vi, sentí sensaciones muy ambivalentes. Por un lado, esto era algo hermoso, magnífico. Un árbol en el mar parece muy poético, después de todo. Por otro lado, lo que había detrás de la imagen era una historia muy diferente. Me atrajo esta ambigüedad y me inspiró a comenzar a trabajar en la película».

Efectivamente, la directora solo pretende en este documental mostrar al espectador lo que está sucediendo con objeto de que cada uno decida y opine sobre lo que está viendo, aunque el estudio detallado de cada plano traduce perfectamente lo que quiere dejar patente, quizás resumido en una frase de un hombre que aparece en la película: «Cuando tenga todos los árboles», dice, «irá tras los pájaros». Una vez más y afortunadamente, el cine no es inocente.

Me ha llamado la atención que en el XI Festival de Cine de Lanzarote, se presentó esta película con las palabras siguientes, a modo de sinopsis: “En Georgia, un conocido mafioso amante de las plantas y la naturaleza paga grandes fortunas para adquirir árboles centenarios con los que establece una relación sentimental particular. Sin importarle la ubicación histórica de esas grandes plantas, en ocasiones de colosales dimensiones, consigue que sus operarios las trasladen hasta su jardín particular, ubicado a centenares de kilómetros de distancia. Los árboles se ven sometidos así a un trabajo de reubicación que los transporta a lo largo de estrechas carreteras y zonas marinas. A su paso por las pequeñas aldeas y pueblos del país, los habitantes quedan sobrecogidos ante lo que es una muestra de poder desmesurada. La belleza y el amor por los árboles contrastan con un deseo de posesión capaz de arrasar con todo aquello que se pone en su camino”. La polarización ante lo que está por ver está servida. Aunque en el documental nunca aparece el dueño del jardín donde se trasplantan los árboles centenarios, se torna en esta sinopsis en un “conocido mafioso” amante de las plantas y la naturaleza. Nada se esconde ya ante la cámara. El desarrollo de la película, sobre todo sus cámaras, son las que de verdad lo dicen todo. Así es el arte del cine.

En el Festival de Sundance 2021, anteriormente citado, se dijo de la película algo que también es muy esclarecedor: “Lo que es muy inteligente y relevante en Taming The Garden es que la directora nunca muestra al rico adquirente de los árboles. Los aldeanos se refieren principalmente a él como «él» y nunca aparece en la pantalla. Esta anonimización de este personaje hace que el tema sea más universal. Y la pregunta se puede hacer con estas palabras: ¿puede el dinero comprar todo? ¿Puede un hombre tener el poder de desafiar a la naturaleza?”.

He visitado tambien la página oficial de la directora y su película. La sinopsis no deja ya lugar a duda alguna: “El primer plano de la impactante historia ambiental de la cineasta Salomé Jashi captura un árbol tan alto como un edificio de 15 pisos flotando en una barcaza a través del vasto Mar Negro. Su destino se encuentra dentro de un jardín a innumerables millas de distancia, propiedad privada de un hombre rico y anónimo cuya pasión reside en la eliminación y posterior replantación de árboles extraños en su propio Edén hecho por el hombre. Con un estilo cinematográfico asombroso, Taming the Garden rastrea el surrealista desarraigo de árboles antiguos de sus lugares georgianos. Con cada remoción, estallan las tensiones entre los trabajadores y los aldeanos. Algunos ven incentivos financieros (nuevas carreteras, costosas tarifas) mientras que otros lamentan con enojo la pérdida de lo que se suponía era un monolito inamovible de la historia y la memoria colectivas de su ciudad. Con un ojo observador constante y astuto, Jashi documenta el poder de un solo hombre sobre los jardines naturales de la Tierra: cómo los majestuosos artefactos vivos de la identidad de un país pueden ser desarraigados sin esfuerzo por individuos sin conexión con la naturaleza que ahora reclaman como propia”.

Viendo el tráiler de la película se comprende muy bien su mensaje. Las personas que acompañan y despiden a su árbol centenario lo dicen todo, porque, detrás, la tierra que lo acogió durante tanto tiempo, se queda herida, sola y hueca ante tanto desvarío ocasionado por la riqueza desmedida de un poderoso del lugar. Aunque en la película no aparece, sabemos ya quién es, como se llama y a qué dedica su tiempo libre: Bidzina Ivanishvi, ex primer ministro de Georgia, Finalizo sin más comentarios, como la directora desea que se vea su película, guardando silencio al observar las imágenes, contemplando sólo lo que es evidente: la megalomanía del poder se puede plantar también, simbólicamente, en un jardín, sin importar su génesis y sus consecuencias, pero nunca se podrá comprar la belleza de la memoria histórica de cada árbol, como un símbolo de lo que era en su sitio de nacimiento, de donde nunca debieron salir.

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No se transforma nada desde la nostalgia del pasado

Sevilla, 15/II/2022

Hoy siento un vértigo especial al enfrentarme a la página en blanco de mi cuaderno digital, porque quiero escribir con alma de lo que siento en este momento después de haber leído unas páginas de un libro publicado el mes pasado, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente en este momento: Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia (1). Me ha removido la conciencia de los que soy y de lo que me queda por hacer en este mundo diseñado muchas veces por el enemigo, como dice el poeta Juan Cobos Wilkins, a quien tanto aprecio. Obviamente, en este país, en mi Comunidad y en mi ciudad.

Estamos asistiendo a un momento que podía ser mágico, por haber salido del último túnel (por ahora) de la pandemia y resulta que la nueva normalidad es a veces peor que la de antes, en una nostalgia instalada en la mente de muchas personas que, en principio, no les permite caminar hacia alguna parte por descubrir y que ofrezca felicidad. Para una persona como yo, que piensa que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, el título de mi blog o cuaderno digital, en el que llevo escribiendo desde hace más de dieciséis años, la publicación de Neorrancios me causa estupor y me conmueve, porque siempre he defendido los valores que nos hacen ser personas dignas. De hecho “fundé” un club virtual hace años, el de las personas dignas, en el que no me interesa contabilizar adeptos, sino crear masa crítica, incluso anónima, para seguir pensando que el mundo hay que transformarlo porque el actual no nos gusta nada. Además, volver a repetir los errores del pasado me da pánico, aunque se intente maquillar todo con el eslogan de que “visto lo visto, cualquier pasado fue mejor”. Craso error, si sólo atendemos a la esencia del evolucionismo en sus múltiples manifestaciones, porque la historia ha demostrado que todo no se soluciona con instalarnos en la zona de confort histórico que cada uno cree que es la mejor, individualismo y liberalismo en estado puro, frente a los que pensamos que juntos podemos transformar la sociedad para que avance, pero sólo hacia zonas que nos den confort a todos, porque solos no conseguimos prácticamente nada en la aldea global en las que actualmente vivimos.

Volviendo al libro que me ha conmovido, he escogido para empezar la sinopsis oficial del mismo, que no tiene desperdicio alguno: “«Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad.» Bajo ese discurso pretendidamente crítico se esconde una idealización de un tiempo pasado que nunca fue mejor. Una nostalgia fundamentada en un modelo familiar único, una sublimación del medio rural, un capitalismo alienado y una negación de los avances sociales logrados a lo largo de las últimas cuatro décadas. Son argumentos propios de una izquierda conservadora que se espanta ante la pérdida de su hegemonía. Lo neorrancio es lo que ocurre cuando miramos al pasado con la venda del recuerdo y cuando convertimos la experiencia propia en universal. Un libro que pone el presente en valor y que da pautas sobre hacia dónde debería enfocar la izquierda sus demandas”. Después, en el primer capítulo, Contra lo neorrancio. Por qué triunfa el repliegue sentimental, escrito por Begoña Gómez Urgáiz, he leído párrafos que centran muy bien su hilo conductor, sobre todo al analizar el fenómeno ocurrido hace un año en este país con la publicación del libro Feria de Ana Iris Simón, que ha conseguido el encumbramiento a los altares rojipardos, es decir, tanto de sectores de la izquierda como de la derecha más casposa, en un fenómeno que sobrecoge porque ambos “encuentran consenso en un enemigo común: el dogma neoliberal. En este territorio político, unos y otros, izquierda antigua y derecha nueva, se celebran y se jalean mutuamente. No solo les unen las mismas fobias, como la corrección política que sienten castradora, también comparten unos modos similares. La izquierda reaccionaria y la derecha contestona, que en España tiene una clara líder en Isabel Díaz-Ayuso, están hermanadas por el mismo sincomplejismo. Se autoconceden el monopolio de la palabra llana, la capacidad de decir lo que creen que todo el mundo piensa y nadie se atreve a decir. Son los maestros del al pan, pan y al vino, vino”. Más adelante, justifica el nacimiento de este término, neorrancio, nacido en un programa de radio Tardeo, en Radio Primavera Sound: “Lo que se está debatiendo desde este frente antinostálgico no es poca cosa. Se está diciendo que sólo se pueden permitir la añoranza por tiempos pasados quienes ocuparon posiciones privilegiadas, debido a su origen, género o identidad sexual. Que la familia ha sido y es refugio para muchos y el origen de toda violencia para otros y mitificarla en su estado más ancestral no conduce a nada. Que soñar con hipotecas a tipo fijo cuando el modelo inmobiliario actual ha colapsado, no una sino varias veces, no tiene mucho sentido. Que acercarse a la maternidad desde posiciones entre exaltadas y existencialistas -la teta es la patria y amamantar es rezar- choca con los intereses de las mujeres, sobre todo las de clase trabajadora. Que si algo no necesita el mundo rural es que lo romanticen con términos de hace cincuenta años. Que si lo de temer las migraciones suena tan mal es por algo. Que reivindicar, aunque sea desde una coqueta postura de provocación, a figuras como la del falangista Ramiro Ledesma sencillamente repugna. Que la nostalgia, es, en definitiva, el fracaso de la imaginación política”.

Ante lo anteriormente expuesto, que comparto, me siento obligatoriamente obligado a leer el libro e invitar a quienes lean estas líneas a hacerlo, así como acudir al rastreo de lo que he escrito en este cuaderno digital al respecto durante los años de su existencia, porque a diferencia de lo afirmado por Groucho Marx, tengo unos principios sobre el progreso y la unidad popular con conciencia de clases que, si no gustan, no estoy dispuesto a cambiarlos, sobre todo en relación con la mirada siempre hacia adelante en el caminar diario. Lo he escrito recientemente con ocasión de la publicación reciente de un ensayo de Thomas Piketty, Breve historia de la igualdad (2), una versión resumida de su obra anterior, Capital e Ideología, en el que expone una historia comparada de las desigualdades entre clases sociales: “el camino hacia la igualdad es fruto de luchas y rebeliones contra la injusticia, y resultado de un proceso de aprendizaje de medidas institucionales y sistemas legales, sociales, fiscales y educativos que nos permitan hacer de la igualdad una realidad duradera. Desafortunadamente, este proceso a menudo se ve debilitado por la amnesia histórica, el nacionalismo intelectual y la compartimentación del conocimiento”. Frente a las tesis sobre la desaparición de las ideologías, que los neorrancios diluyen en discursos vacíos y sin sentido, adulterados en su esencia, el libro de Piketty es un balón de oxígeno para recuperar el sentido de la tendencia histórica de la igualdad como una realidad que se ha consolidado desde finales del siglo XVIII. Con una exposición muy amena, Piketty propone una alternativa basada en diversas propuestas concretas: el socialismo democrático, participativo y federal, ecológico y con mestizaje social, sobre la base de la fiscalidad progresiva, el reparto del poder de las empresas, las reparaciones poscoloniales y la lucha contra la discriminación, la igualdad educativa y el sistema de herencia universal, la reducción drástica de las desigualdades monetarias y un sistema electoral al margen de las influencias del dinero. Las ideologías seguirán marcando el curso de la historia, tal y como lo expresó de forma excelente el filósofo George Lukács en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (3).

Quien siga de cerca las páginas de este cuaderno digital sabe que existe un hilo conductor en ellas, porque ocurre igual con lo que escribo: las ideologías, cualquiera de ellas no son inocentes para el bien o para el mal, que atraviesan en la actualidad una crisis importante, aunque estoy convencido y lo defiendo con ardor guerrero y con ardiente impaciencia, que nunca son inocentes y cualquiera no sirve para transformar el mundo y hacerlo más habitable, más amable y más confortable para todos. Sé que cuando se habla de esta realidad interior, personal o colectiva, rápidamente se nos tacha de utópicos equivocados de siglo. No lo percibo así, más aún cuando defiendo una ideología de marcado carácter social que ayuda a transformar, más que a cambiar, ese mundo que no nos gusta, a veces tan próximo que incluso nos asusta. Navegando en esta patera frágil de la vida, en la que suelo embarcar a diario, suelo recurrir a un recurso barato (no está en el mercado), que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. Esos pensamientos son ya historia dicen economistas de renombre mundial. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, como en el caso que nos ocupa hoy, investigadores de la desigualdad humana para contrarrestarla, como Thomas Piketty, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan. O planteando una denuncia de lo que está ocurriendo en la sociedad española con la aparición en tromba de los neorrancios por doquier.

Frente a estos planteamientos llenos de esperanza para vencer las desigualdades, escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis actual motivada por la pandemia va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Conformismo puro y duro que detesto y regresión a tiempos pasados porque, equivocadamente, se piensa que fueron mejores, sólo para algunos porque para muchos solo trajeron sufrimiento y desigualdad social. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien-estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.

Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de la presidenta Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis actual que arrastramos desde hace ya muchos años y agudizada ahora por la pandemia, sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo, que acabe con las desigualdades.

También, en descubrir y desenmascarar las maniobras oscuras de los conformistas y mediocres, sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… de la pandemia (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad que tanto necesitamos todos para alcanzar la libertad, sin excepción alguna. De lo contrario sucederá lo que ya nos advirtió Benedetti sobre los peligros del conformismo y la mediocridad: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos // la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío (4).

Publicaciones como la de Neorrancios son una bocanada de viento fresco cuando muchos navegamos, en patera, sólo al desvío. Gracias por ello. Tengo muy claro que no se cambia nada desde la nostalgia del pasado. La única nostalgia que me permito, como motor de cambio, es la de constatar, en este aquí y ahora, que la dignidad humana no alcanza a todas las personas de este país, que necesita, urgentemente, transformar su presente para poder alcanzar el mejor y más digno futuro para todos.

(1) Urgáiz B. et alii (Coord.), Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia, 2022. Madrid: Península.

(2) Piketty, Thomas, Breve historia de la igualdad, 2021. Bilbao: Deusto.

(3) Lukács, G, El asalto a la razón, 1976. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

(4) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Soneto del pensamiento, en Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.