La ventana discreta / 13. Un Viernes Laico especial

IL VANGELO SECONDO MATEO

Sevilla, 10/IV/2020

La verdad de la historia que justifica que hoy sea un día festivo, se debe -al igual que ayer- a un relato de un héroe en su época llamado Jesús de Nazareth. Desde una perspectiva estrictamente laica, siempre me ha interesado la historia en torno a este día que, en alguna ocasión, he recogido en este cuaderno digital. Después del nacimiento de este héroe, cuentan los cronistas de la época que María, su madre, estaba loca de contenta por las cosas maravillosas que los pastores decían de su niño. También citan a una profetisa anciana de nombre Ana, que conocía muy bien a la gente del templo y hablaba a todo el mundo de las cosas del niño. Y Jesús comenzó su vida normal, creciendo en todos los sentidos.

La verdad es que los citados cronistas han sido muy escuetos en sus manifestaciones, pero constituyen en sí mismas un dato muy importante para la humanidad: es necesaria la revolución en las épocas de estancamiento social, de aburguesamiento en todos los sentidos en la que el denominado “orden social” enloquece en detrimento de millones de personas que suelen ser los más pobres de cada lugar.

Cuentan que la clave del «éxito» de Jesús estaba en su presencia como revulsivo ante los conformismos manifiestos. Toda su vida estuvo llena de intervenciones puntuales en determinadas problemáticas personales y sociales de sus paisanos o ciudadanos próximos. Vino a llamar las cosas por su nombre, que además en hebreo o arameo, tiene una importancia vital porque allí la palabra era lo que les quedaba. La verdad es que a Jesús de Nazareth se le ha situado tan alto en la historia posterior a lo que verdaderamente ocurrió que para muchos no hay posibilidad de entenderlo en su justo sentido. Quizás el cronista Marcos ha sido el más sencillo de todos los profesionales de la época para traemos a la lectura actual una figura de Jesús rica en contenidos humanos. Su enseñanza con autoridad ética es entendida en contraposición a los profesionales de la fe de su época, es decir, se le notaba que lo que decía era importante para el mismo Jesús, se lo creía (en vocabulario actual), a diferencia de los jefes espirituales de siempre, que ya no convencían a nadie por su falta de testimonio y compromiso con las personas sencillas, pobres, marginadas y enfermos psíquicos o sociales que les rodeaban a diario.

Para un intérprete progresista de la fe o de la creencia en el ser humano, lo lógico era sufrir los reveses del poder vigente. Su muerte estaba anunciada de antemano. Nadie se debía escandalizar. Molestaba y no interesaba. Y sabía que al final se iba a quedar solo. Así fue. Se podía convertir en un desaparecido cualquiera. Y al fin, este hombre molesto para la sociedad aletargada es eliminado por el procedimiento de la época. La misma autoridad que empadrona, es la autoridad que mata, apoyada por la institución religiosa, por la muchedumbre aborregada, que compara a Jesús con Barrabás. Esa es su miseria. Así se hizo. Muchos le delataban. La realidad es que el ciudadano Jesús se quedó solo ante el peligro del poder constituido, de los de siempre, de los que no aceptan el progreso ni en orden social equitativo, distributivo y justo.

Siendo muy joven tuve la oportunidad de conocer al director italiano Pier Paolo Pasolini a través de una película que me pareció entonces la mejor crónica visual de lo narrado anteriormente en lenguaje cinematográfico del siglo XX. Su título El evangelio según Mateo, era la justificación de una narración cruda de esta historia tan interesante y liberadora. La hizo sin concesión alguna a la tradición, resaltando en cada plano la humanidad de Jesús. Pasolini había creado una escuela digna de ser explicada. Partiendo de su modo y manera de ser, luchó por rescatar el lenguaje de los barrios más pobres de Roma, incorporándolo al cine del proletariado. Nadie se puede imaginar, sin cierta sorpresa, a Pasolini cerca de Vittorio de Sica como ayudante de dirección. Quizá esta didáctica del costumbrismo y realismo italiano llevó a nuestro autor-director de escena a revolverse y comprometerse con la sociedad a través del cine, medio de expresión no inocente y desconcertante a veces en nuestra sociedad contemporánea. El evangelio según Mateo es un claro exponente de lo explicado anteriormente.

Pasolini hizo con esta película un cine diferente, singular, diverso: “Jesús (Enrique Irazoqui) es mostrado continuamente caminando entre el desierto o entre pueblos en ruinas. Su mirada, como la de Pasolini, no evita a los leprosos ni a los cojos, sino que se detiene en ellos; la cámara, por su parte, se complace, por ejemplo, en la mano del mesías que acaricia los rostros marchitos de quienes acuden a él para encontrar salud. El contacto entre dos cuerpos alivia, de ahí la alegría del rostro de la adolescente María (Margherita Caruso) al ver regresar a José, al saber que, sin importar lo que digan los demás, él ha decidido estar con ella” (1).

Lo que verdaderamente me conmocionó, en mis años jóvenes, fue conocer que la Oficina Católica Internacional del Cine entregó a Pasolini, cuatro años después, en 1968, un premio por una obra jamás entendida desde la institución: Teorema. La posibilidad de que el Espíritu Santo entrase en cada uno de nosotros constituyó el móvil del premio. Cuando se descubrió que Pasolini volaba más bajo que el espíritu, la institución se arrepintió y explicó a los cuatro vientos su voto. El anatema estaba servido. En definitiva muy poca gente había entendido el mensaje real de la película: no es necesario invocar a los espíritus para llenarse de amor en vida, cualquier amor.

La dialéctica pasoliniana estaba precisamente en esa denuncia de la corrupción personal y social de la moral establecida, farisaica en la mayor parte de las ocasiones. El canto al hombre total a lo largo de su obra, belleza cósmica, verdad acrisolada por el amor a los cuatro vientos, la denuncia de todos los totalitarismos, incluido el del amor establecido en normas legales y religiosas más o menos vigentes, es un magnífico título de crédito para una obra jamás filmada: la de la vida de cada uno en el compromiso sencillo/difícil de existir, siendo copartícipe y compañero de los más pobres de la tierra, los pobres del Señor, que él gustaba llamar, imbuido de un marcado carácter sacral en su fotocomposición diaria de la vida, real como ella misma.

NOTA: la imagen está tomada durante el rodaje de la película de Pier Paolo Pasolini “Il vangelo secondo Matteo” (1964), que considero una obra maestra para comprender el mensaje humano del ciudadano Jesús. Figuran en ella Enrique Irazoqui, que interpretó el papel de Jesús y el director, Pier Paolo Pasolini.

(1) https://cinedivergente.com/el-evangelio-segun-san-mateo/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 12. Manual del arte de vivir

No vivas en la tierra
como un inquilino
ni en la naturaleza
al modo de un turista
Vive en este mundo cual si fuera la casa de tu padre
Cree en los granos en la tierra, en el mar
pero ante todo en el hombre

Nazim Hikmet (1902-1963) Tal vez mi última carta a Mehmet [su hijo]

Sevilla, 9/IV/2020

No conozco el manual para vivir confinados, porque no existe, pero sí algunas páginas de un manual del arte de vivir, que continúo escribiendo en este tiempo de estado de alarma y que me sirve de guía para intentar comprender el sentido de la vida ante acontecimientos imprevisibles. En una de sus páginas he encontrado un recurso extraordinario basado en la lectura de autores clásicos que siempre abordaban la vida diaria con arte, porque en ellos he encontrado siempre sabiduría basada en la experiencia de vivir y en su capacidad de admiración de todas las cosas, tal y como me enseñó Aristóteles hace ya muchos años. Me refiero en concreto a una referencia de un libro precioso de Nuccio Ordine, Clásicos para la vida (1) y me he puesto con ojos a la lectura, recomendando que lean este libro porque van a comprender bien por qué Ordine defiende a capa y espada la utilidad de lo que hoy se llama “lo inútil”.

El hilo conductor del manual del arte de vivir es la conjunción de la educación y la cultura que ahora estamos compartiendo con centenares de miles de niños y niñas que siguen asistiendo puntualmente a clases virtuales, estrenando una nueva forma de educarse en el pleno sentido de la palabra. En una sociedad del confinamiento, en la que probablemente se descubra qué es lo verdaderamente útil para vivir con bastantes privaciones, es conveniente rescatar la importancia de la educación y la cultura, sin tener que recurrir inexorablemente a la supuesta felicidad que nos propone de forma no inocente el mercado.

Esta es la razón de una de mis ilusiones actuales que deseo compartir con las personas que navegan conmigo en esta “Isla Desconocida” de Saramago, es decir, podemos descubrir una nueva forma de vivir con arte y en relación con la educación y la cultura asociada, nos debería llevar a pactos de Estado para que España recupere sendas que nunca debió perder en la articulación de la educación integral e integrada en todos los niveles que la imaginación digna pueda hoy soñar despierta. Y canalizar la cultura para compartir todos el arte de vivir con dignidad.

Cuando se habla de educación hay que hablar necesariamente de sus grandes protagonistas, los profesionales que ejercen esta profesión, educar, que en estos días deberíamos reconocerles permanentemente el trabajo que están desarrollando a través de las nuevas tecnologías y llevando la imaginación de todos al poder. Dice Ordine en su libro que la formación “requiere plazos largos. Orientarla exclusivamente por las presuntas ofertas del mercado laboral es perder de antemano la partida. No necesitamos reformas genéricas, sino asegurar una buena selección de los docentes. Los jóvenes reclaman sobre todo profesores que vivan con pasión y con verdadero interés la disciplina que imparten. Se trata de una exigencia sacrosanta, cuyos efectos beneficiosos todos nosotros hemos podido experimentar en nuestra vida estudiantil [-…] No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. O tirar de powerpoint o prezi sin más, repitiendo todo lo que allí se expone sin orden ni concierto, sin alma didáctica alguna a pesar de la modernidad digital.

Finaliza el autor con una referencia a Einstein en el capítulo dedicado a la educación en su libro Mis ideas y opiniones y su canto a la curiosidad innata en los seres humanos, que permite desarrollar la creatividad y la fantasía, curiosidad de la que ya he hablado en esta serie. Dice Ordine que: “La buena escuela no la hacen ni las pizarras interactivas multimedia, ni las tablets, ni los managers, ni los demagógicos acuerdos a corto plazo con empresas y centros profesionales: la hacen solo los “buenos docentes”, aquellos que, renunciando a las “medidas coercitivas”, logran que “la única fuente de respeto del alumno al profesor sean las cualidades humanas e intelectuales de éste” (pág. 71s del libro de Einstein). Al docente le incumbe la delicada misión de hacer comprender a sus estudiantes que la enseñanza es una gran oportunidad ofrecida por la sociedad para ayudarnos a hacernos mejores, mujeres y hombres libres capaces de saber vivir”.

La clave está en comprender cada día (carpe diem) la odisea de vivir dignamente donde somos y estamos, tal y como dice el maravilloso Libro de Instrucciones para Vivir Dignamente, que me dicen que está agotado desde hace muchos siglos, aunque lo más importante en estos días de confinamiento es estar bien informados para crecer en optimismo responsable y regar diariamente el jardín de la inteligencia, como decía Voltaire. Vuelvo a leer al poeta turco Nazim Hikmet, intentando vislumbrar la quintaesencia del poema que encabeza estas líneas, es decir, qué significa luchar por la libertad y el arte de vivir a pesar de todo, señalando diferentes principios para incorporarlos desde hoy mismo al Manual para Vivir Confinados:

Ama la nube, la máquina y el libro
pero ante todo, ama al hombre
Siente la tristeza
de la rama que se seca
del planeta que se extingue
del animal inválido
pero siente ante todo la tristeza del hombre
Que todos los bienes terrestres
te prodiguen la alegría
Que la sombra y la luz
te prodiguen la alegría
Que las cuatro estaciones
te prodiguen la alegría
Pero ante todo, que el hombre
te prodigue la alegría

(1) Ordine, Nuccio (2017). Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal. Barcelona: Acantilado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 11. Cuando la curiosidad es insaciable

RICHARD DAWKINS

Sevilla, 8/IV/2020

Reviso mis apuntes a la hora de enfrentarme a la hoja en blanco -¿recuerdan lo que dije ayer de la escritura circular?- y observo que tengo una señal digital en un artículo que escribí en 2014 sobre la curiosidad, una habilidad que a veces confundimos con el cotilleo, incluso científico, que de todo hay en la viña del Señor. A modo de declaración de principios, no voy a dedicar muchas líneas a tratar hoy de las personas cotillas o cotilleras, como personas amigas de chismes y cuentos, definición que se ha mantenido hasta la última edición del Diccionario de la RAE. Los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1). Otro día abordaré este rasgo de personalidad tan frecuente en nuestras vidas, muy relacionado con las personas tóxicas o tosigosas. En la edición de 1992 se consagró el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos. Les puedo asegurar, desde ya mismo y como aviso para navegantes en este blog, que no confundo la persona curiosa con la cotilla, porque no tienen nada que ver una con otra. Verán por qué, a favor exclusivamente de las personas que mantienen en su vida una curiosidad insaciable.

Cuando solo tenía diez años iba al campo de La Campana con mis amigos, en Madrid, justo donde ha crecido el famoso Pirulí y el barrio de La Elipa. La razón era maravillosa: lanzar un cohete “habitado o tripulado” utilizando una funda de aluminio de puro habano, en la que introducíamos una mosca viva en la zona redondeada final, dentro de una cápsula de plástico. En la parte de la tapa enroscable, abríamos un agujero central para colocar una mecha en contacto con pólvora mezclada artesanalmente en nuestras casas con los componentes que comprábamos en la droguería de nuestro barrio “Salamanca”, sede del discreto encanto de la burguesía: carbón vegetal, azufre y clorato potásico. Montábamos un trípode de lanzamiento con piezas metálicas del Mecano de casa y encendíamos la mecha en un momento mágico para probar a qué altura éramos capaces de hacer volar aquel artefacto y, cuando caía a tierra, comprobar si la mosca seguía viva. Fueron muchos intentos fallidos, alguno con escaso éxito, otros un auténtico fracaso, pero lo que constato hoy al recordar esta breve historia es que teníamos una curiosidad insaciable, porque si la perra “Laika” (ladradora en ruso) lo había hecho viajando en el Sputnik 2, por qué nuestra mosca querida no podía alcanzar una altura considerable. En cualquier caso, queda acreditado que nos interesaba más aquello que la perra Marilín, de Herta Frankel, famosa en aquellos tiempos. O la mula Francis.

La historia anterior vuelve a la moviola de mi vida al localizar de nuevo en mi biblioteca una obra extraordinaria de Richard Dawkins, Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford. El autor ha marcado también mi vida por publicaciones extraordinarias desde la perspectiva evolucionista, habiendo sido un auténtico azote de los creacionistas. Crecí en esta última escuela, sin posibilidad de redención temporal alguna por el contexto del régimen en que me tocó vivir, pero tengo que reconocer que Dawkins ha aportado datos científicos que hacen pensar que otro origen del mundo es posible. Su primer libro, El gen egoísta, que empezó a escribir en 1973, fue un revulsivo mundial en defensa de las tesis alojadas en la teoría crítica de Darwin.

Javier Sampedro, a quien respeto siempre y sigo de cerca desde hace ya muchos años y así lo demuestra este blog, manifestó en cierta ocasión sobre esta publicación que el autor es un “zoólogo anacrónico en la era de la biología molecular, látigo de herejes en materia evolutiva, divulgador afamado y ateo militante que no ha hecho aportaciones primarias a la ciencia, sino solo a su popularización. ¿Qué ha llevado entonces a Dawkins a contar su vida? Seguramente la mejor de las razones: que es un gran escritor, y lo sabe. Esto es justo lo que le ha convertido en uno de los divulgadores científicos más leídos del mundo, y también lo que convierte ahora su vida en una obra literaria” (1). No tuve duda alguna cuando leí esta recesión que tenía que leerlo, sobre todo los que seguimos luchando día a día por reforzar las tesis evolucionistas en clave de Teilhard, como tantas veces he escrito en este blog, con preguntas sin respuesta que es lo que las hace todavía más atractivas y con un hilo conductor: el mundo sólo tiene interés hacia adelante.

Pero lo que me llamó poderosamente la atención cuando escribí por primera vez sobre este autor en este blog, fue una manifestación suya en una entrevista publicada en el diario El País (Babelia). A la pregunta realizada por Ricardo de Querol, Redactor Jefe del periódico, en los siguientes términos: “Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión?, Dawkins responde después de haber explicado su proceso de “conversión darwiniana”: “Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa”.

He vuelto a reflexionar sobre varios pasajes de mi vida en el discreto encanto que dibujó Buñuel en mi infancia y comprendo muy bien que educar de forma monolítica en Dios o las hadas, es limitar las grandes preguntas de nuestro origen, a las que a algunas ya ha dado respuesta la ciencia. Creo que así se comprende mejor por qué en 2009 contrató publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Probablemente, buscando justificaciones posibles para ser felices, que es tan legítimo como otras decisiones o argumentos teístas.

Los locos bajitos de Serrat también éramos curiosos incorregibles, como se pudo comprobar en aquel Cabo Cañaveral improvisado en el campo La Campana en Madrid. Esa es la razón de por qué hoy sigo pensando que otro mundo es posible, porque el que aprendimos a vivir con justificaciones creacionistas se agota por horas. Y eso que nos encantaba Peter Pan, aquel defensor acérrimo del mundo de nunca jamás. O Jesús de Nazaret, cuando se dormía en el cabezal del barco por lo cansado que estaba…, no por sus milagros, tal y como nos lo comentaba en directo el joven periodista Marcos. O Rafael Alberti, que me ha recordado siempre a lo largo de mi vida que cuando se abre el debate de pensamiento y sentimiento, hay que escuchar siempre el corazón, sencillamente porque es más fuerte que el viento, porque si la curiosidad no tiene sentimiento…, solo es eso, curiosidad.

(1) Sampedro, Javier (2014, 18 de septiembre). Vida de un buen escritor. El País.com. Babelia.

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La ventana discreta / 10. Las clínicas del alma

ARTE DE CALLAR

Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio

Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Sevilla, 7/IV/2020

El confinamiento nos está ofreciendo muchas oportunidades que no hay que descuidar. Una de ellas es cuidar el alma con la lectura de libros. Repaso con frecuencia lo que he escrito a lo largo de mi vida, sobre todo aquellas palabras que tienen una seña de identidad indeleble por paradójico que sea decirlo así: tienen alma. No me importa utilizar un recurso que denomino escritura circular, porque significa que vuelvo a utilizar aquello que escribí para seguir enriqueciéndolo con lo aprendido diariamente al seguir admirándome de todas las cosas, tal y como aprendí de Aristóteles cuando era joven y pensaba y hablaba como joven. Recuerdo ahora que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba siempre un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C.

Leer es un acto artístico en el sentido más profundo del arte y hay que “saber hacerlo”, tal y como lo expresaba mi maestro Alberto Manguel en un artículo en el que distinguía bien la acción de consumir de la de leer: “Pero ¿qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (1).

Siempre he pensado que la lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible porque, aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida que los demás no llegarán nunca a descifrar.

Cuando la lectura cuida el alma, suele estar acompañada siempre del silencio, del arte de callar, en la clave preciosa que un día aprendí de Joseph Antoine de Dinouart, en su libro muy cuidado (2) sobre este arte tan peculiar, el de callar, que regalo con frecuencia y donde todo el secreto se encierra, como los mandamientos, en un gran principio primero: solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio. Mientras…, leo para cuidar el alma.

Es verdad. Hay silencios al leer que hablan por sí solos y que cuidan con mimo nuestra alma. Es el motivo principal de por qué se hace imprescindible proclamar la necesidad de la lectura como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer. Quizá podamos hacerlo en estos días de confinamiento, sobre todo para que no enfermemos del alma.

He vuelto a leer la página 53 del arte de callar, en el que el abad Dinouart cita el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, cuido mi alma leyéndolo de nuevo para animarme en estos días tan difíciles pero que nos brindan una oportunidad preciosa de leer y entrar en las clínicas del alma.

(1) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

(2) Dinouart, Joseph Antoine (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

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La ventana discreta / 9. La dignidad de los mayores

FELIX MAXIMO LOPEZ
López Portaña, Vicente (1772-1850), Félix Máximo López, primer organista de la Real Capilla / Museo del Prado. Madrid

Sevilla, 6/IV/2020

Cada actualización de datos sobre la situación de la pandemia en España arroja cifras escalofriantes de un sector de la población, las personas mayores, que dejan al descubierto también los rotos y descosidos del Estado del Malestar en relación con miles de ellas que malviven en unas condiciones, a veces, lamentables y en el mayor de los olvidos, sobre todo los que menos tienen. Las cifras de fallecimientos en las residencias de mayores descubren de forma abrupta la situación real de estas personas en la atención pública y privada, a modo de denuncia pública de cómo se desenvuelven estos centros y cuánto queda por hacer bien al respecto. Ha llegado el momento de hacer una reflexión profunda y cuando sea viable desde el punto de vista sanitario y político, hay que abordar un Pacto de Estado preferente para la atención digna e integral de las personas mayores. Sobran palabras y aplausos, porque actuar con urgencia es el mejor homenaje que podemos ofrecerles una vez pasado el maremoto del Covid-19.

Desde mi ventana discreta he recordado, al hablar de las personas mayores, un artículo excelente de Javier Marías, publicado en 2016, El retrato del organista, en el que decía que cada vez que lo ve “le gusta contemplarlo largo rato, incansablemente”. El cuadro se encuentra en la actualidad en el Museo del Prado . Al recuperarlo hoy me ha vuelto a impresionar la figura de D. Félix Máximo López, primer organista de la Real Capilla, por la dignidad que transmite como persona mayor pese al paso de los años.

En aquella lectura me emocionó también la reflexión que hacía sobre la situación actual de las personas mayores, que el mundo procura mercantilizar con el eufemismo de la tercera edad y las ventajas de la tarjeta oro de la que pueden disponer para viajes imposibles en la España actual. Dice Marías que “todo el retrato rebosa fuerza y a mí me produce, como pocos otros, la sensación de tener en frente a ese hombre vivo, a él y no su representación: y esa fuerza está sobre todo en la mirada, como suele ocurrir”. Y repasa múltiples reacciones imaginarias de esa persona sobre quienes lo contemplan, dando respuestas cargadas siempre de maestría y dignidad: “No sé quiénes sois ni qué buscáis, no entiendo vuestros afanes y empeños, todavía dais importancia a insignificancias, aún lucháis y ambicionáis y envidiáis, todavía sufrís: cuánto os falta para cesar, como ya he cesado yo”.

Y recuerdo frases de supuesta comprensión de los mayores, porque qué van a decir “a esa edad”, con el tuteo descarado, camisetas imposibles, atuendos que no les gusta llevar pero que son aconsejados por los familiares más cercanos o lejanos, con asientos destinados para ellos en el transporte público y habitualmente ocupados por personas más jóvenes, sin vergüenza alguna. Son para personas de movilidad reducida, dicen los letreros oficiales. ¿También de dignidad reducida? Hubo un tiempo en que las personas mayores eran respetadas en su forma de ser y estar en el mundo: “Claro que era un tiempo en el que la sociedad no tenía prisa por deshacerse de ellos, por arrumbarlos, por entontecerlos, por desarmarlos y jubilarlos con gran soberbia, como si no tuvieran nada qué enseñar”, dice Marías.

FELIX MAXIMO LOPEZ1

También he recordado a una persona mayor ya fallecida, el investigador Oliver Sacks, del que tanto he aprendido. En un artículo extraordinario escrito a modo de testamento ético sobre la realidad de la vida, De mi propia vida, recojo una frase que me sigue emocionando igual que el primer día que lo leí: “Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte” (1).

Sigo aprendiendo todos los días de ellos, también en estos momentos tan difíciles, de la generosidad de millones de personas mayores y de abuelos y abuelas que todos los días hacen la vida más fácil a los que más quieren, en silencio, plasmando en una experiencia fugaz la importancia de la mirada diferente de la realidad de la vida, tal y como lo aprendí hace ya muchos años de Antonio Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Como los de la mirada de D. Félix Máximo López, que tanto gusta a Marías.

(1) En el diario El País (2015, 20 de febrero), se puede leer la traducción del citado artículo original.

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La ventana discreta / 8. Una tarde con Luis Eduardo Aute

AUTE EN MARCH

https://www.march.es/videos/?p0=1450&jwsource=cl

Sevilla, 5/IV/2020

Hoy puede ser un buen día para escuchar a Aute en una entrevista magnífica de Antonio San José, a quien admiro, que me ha recordado la Fundación Juan March, a la que sigo muy de cerca, como ejemplo vivo de la profundidad de pensamiento del polifacético cantor (cantante es el que puede y cantor el que debe, según aprendí de Facundo Cabral). Puede ser una forma de brindar un homenaje a su vida y obra. Ayer, cuando conocí la noticia de su fallecimiento, me enfrenté a la página en blanco y escribí unas palabras que guardé en un archivo personal y temporal de espera y esperanza que ahora entrego brevemente a todos.

En el largo camino de la vida, hay personas que nos han acompañado durante muchos años, pasando a la banda sonora grabada en nuestros cerebros y considerándolas como imprescindibles para seguir viviendo. Una de ellas ha sido Luis Eduardo Aute, que siempre estaba cerca de cada experiencia mía en momentos cruciales para seguir caminando sin volver la vista atrás, con un cierto aire de compromiso y de encanto existencial. Una de esas canciones es De paso, que recuerdo en la versión cantada junto a Ana Belén. Para que no olvidemos esta preciosa canción, tampoco a Aute, que ayer subió a su cielo particular, repasé la letra a la que no le sobra ni una coma en este tiempo de confinamiento: Que no, que no, que el pensamiento / no puede tomar asiento, / que el pensamiento es estar / siempre de paso, de paso, de paso

Hoy, mi sentimiento y emoción hacia el camino recorrido junto a Aute, me lleva a pensar que él ha finalizado su viaje, aunque su verdad permanece: estamos de paso. El título de la entrevista que adjunto en la cabecera también traduce perfectamente esta realidad: a veces “no hay nada más irracional que la vida”. Escuchándole, disfrutaremos de su perspectiva en una vida que tuvo tiempo para muchas cosas. Posiblemente más de las veintisiete que recogió un día un hombre de asamblea, de comunidad, el Eclesiastés, en su magnífico capítulo 13: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz.

Le entrevista es preciosa y emociona escucharle cantar a capela De alguna manera:

De alguna manera tendré que olvidarte
Por mucho que quiera no es fácil, ya sabes
Me faltan las fuerzas
Ha sido muy tarde
Y nada más, y nada más
Apenas nada más

Las noches te acercan
Y enredas el aire
Mis labios se secan e intento besarte
Que fría es la cera
De un beso de nadie
Y nada más, y nada más
Apenas nada más

Las horas de piedra parecen cansarse
Y el tiempo se peina con gesto de amante
De alguna manera
Tendré que olvidarte
Y nada más, y nada más
Apenas nada más

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 7. Semana Laica

Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calles y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas.

Jacobs, Jane (1961), Muerte y vida en las grandes ciudades americanas

Sevilla, 5/IV/2020

Comienza hoy una semana singular en este país y, especialmente, en Sevilla. El estado de alarma se ha llevado por delante todo tipo de manifestaciones religiosas en la calle y esta ciudad lo vive de una forma especial, probablemente como una gran frustración. Personalmente, sigo admirando a los que leyendo a Machado comprenden bien unos versos revolucionarios, laicos: ¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!. Soy consciente también de lo que significa para esta ciudad una Semana donde todo gira en torno a una explosión de sentimientos, afectos, olores, silencios, aceras laicas, como he escrito en diversas ocasiones sobre la realidad social de esta Semana especial, con una visión laica, en su significado más acorde con el vocabulario español: semana laica, es decir, independiente de cualquier organización o confesión religiosa (RAE). Vuelvo a leer detenidamente aquellos textos, en su contexto actual, actualizándolos en lo que considero que es necesario cambiar que, por cierto, es muy poco. O nada.

En aquellos días de 2006, en los que escribí por primera vez sobre la visión laica de esta Semana Santa tan particular, estaba leyendo un libro extraordinario, “Sistemas emergentes”, de Steven Johnson (Turner-Fondo de Cultura Económica), que sigue teniendo una actualidad científica recomendable sobre todo para amantes de días y semanas laicas. Los sistemas sociales emergentes ratifican a diario, que incluso en las semanas laicas (cualquiera del año) la sociedad se organiza habitualmente en torno a lo que le interesa, es decir, dan lugar a comportamientos inteligentes. La que llaman algunos “la Sevilla de toda la vida” se organiza durante muchos días de las semanas “laicas” con las miras puestas en la “Semana Santa”, la única, la principal del año, la definitiva.

Vuelvo a constatar que el mundo solo tiene interés hacia adelante, sobre todo en semanas laicas, en las que estamos muy interesados los que no pertenecemos a lo que en esta ciudad se llama «la Sevilla de toda la vida». Los sistemas emergentes, de abajo hacia arriba, siguen marcando las pautas de comportamiento colectivo. Cada uno sabe de lo suyo. Las agencias de viaje, atómicas o digitales, han organizado tradicionalmente también las vacaciones de esta semana a lo laico, es decir, sin ferias ni festejos cristianos, judíos y musulmanes, preparando una escapada para compensar la fuerza de lo santo. La economía se adapta a esta realidad santa y hace su semana muy particular de mercado por tierra, mar y aire.

Me acuerdo también en estas fechas de las familias enteras procedentes de los barrios deshechos en Sevilla por el boom inmobiliario, que vuelven en esta Semana Santa a su lugar de origen para recuperar las señas de identidad que les arrancó la especulación y su pretendido por otros “mejor nivel de vida”, aunque hayan perdido el valor del contacto familiar y de la vida compartida en las aceras laicas, porque viven en estado de alerta en los nuevos adosados que ni siquiera tienen parroquia al lado, blindados por la inseguridad ciudadana, en una dialéctica permanente vivienda/murienda. Con la excusa de la “Semana Santa”, de su cofradía de toda la vida, de su “Señor o Señora de Sevilla”, vuelven para recuperar, aunque solo sean unas horas, sus tiendas, sus colegios, sus plazas, el uso íntimo de sus aceras de siempre, donde se hacía eso, vivir la vida dignamente. Es decir, sus días laicos, sus semanas laicas, donde solo tiene sentido ese Jesús de la agonía que era la fe de sus mayores, como decía Antonio Machado. Las aceras existen, en definitiva, para crear el “orden complejo” de la ciudad, como afirma Steven Johnson en el libro que comento más adelante.

Jane Jacobs, la autora de uno de los libros que supuso la revolución urbanística más importante en Estados Unidos, Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, que falleció en 2006 en Toronto (Canadá) a los 89 años, aportó una de las teorías más alentadoras sobre cómo se vive en las aceras de las ciudades, cuestión que en días laicos y santos pasa sin pena ni gloria en la vida ordinaria de los planificadores de la vida, sea cual sea su condición, pero que su mención científica sigue siendo un contrapunto impresionante ante la especulación actual inmobiliaria y urbana a todos los niveles. Su muerte fue una noticia amarga porque dejaba de estar en el mundo una de sus defensoras acérrimas, en clave positiva, que demostraba como acción posible la de la existencia de un urbanismo humanista, defensora del diseño y la construcción de los barrios en las ciudades que obedezca siempre a leyes sociales de convivencia y relación entre personas obligatoriamente obligadas a vivir en común y ser miembros de una entidad que ha cambiado el nombre identificador obligado por el nuevo lenguaje de género: la ciudadanía.

En la Semana Santa, las aceras de Andalucía funcionan como soporte de interacciones sociales viendo y sintiendo las procesiones. No digamos en Sevilla. Aunque desde la otra acera de la inteligencia digital conectiva siempre me ha encantado saber que Jesús de Nazareth, en su ataque continuo de humanidad, se cansaba y se dormía, porque estaba hecho polvo, en el cabezal del barco (Mc 8,23). O como Machado decía en su precioso poema (La Saeta, 1914), refiriéndose a una forma muy especial del cante andaluz (RAE: acción y efecto de cantar cualquier canto popular andaluz o próximo):

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Vuelvo a leer el libro de Steven Johnson, recuperado de mi biblioteca de cabecera. Se me han vuelto a ocurrir muchas cosas tras la reflexión a la que me llevaron en su momento sus primeras páginas. Y con motivo de esta cita puntual, deseo transformar esta semana santa de la fe de mis mayores (sic, según el calendario católico) en una semana normal, laica, reinterpretando -porque me duele- lo que ocurre a mi alrededor, que es bastante preocupante por los estragos humanos y económicos que está suponiendo. Considero también que el subtítulo del libro sigue sin dejar tranquilo a nadie: “O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software”. Casi nada: la inteligencia, entendida como capacidad y adiestramiento para resolver los problemas de todos los días, compartida en un mundo laico que parece a veces diseñado por el enemigo. Inteligencia digital ahora a través de lo que se ha convertido en la gran ayuda para comunicarnos cuando en estos días de confinamiento o por estar ingresados en los hospitales no podemos pisar las aceras de Jacobs: los teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas, las radios y el mando del televisor para estar bien informados.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 6. El futuro ya no será lo que era

ENCRUCIJADA

Sevilla, 4/IV/2020

Se ha atribuido durante mucho a tiempo a Groucho Marx la frase “el futuro ya no es lo que era”, cuando todo apunta a que su autor fue el poeta Paul Valéry, exactamente con esta expresión: “El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”, junto a otra que me parece de un contenido similar y didáctico en este tiempo de confinamiento: “El futuro es preparar al hombre para lo que no ha sido nunca”. Cualquiera de las dos aborda de forma breve lo que verdaderamente nos está pasando, aunque también debo afirmar sin ambages que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa y, mucho menos, lo que nos pasará a partir de ahora. Sea de quien sea la autoría, estoy seguro de que Groucho lo pensó siempre por su devenir existencial.

Desde mi ventana discreta, recurro en primer lugar a la inteligencia digital porque necesito resolver este futuro incierto que ahora mismo es solo presente, con la ayuda del mundo digital, intentando analizar de la forma más rigurosa posible cómo podemos salir de esta situación cuando sea posible a tenor de los riesgos que estamos corriendo en la actualidad, analizando la información más ajustada a la verdad científica actual, porque huyo de la respuesta que sé que circula inmediatamente por los círculos mágicos que venden manuales de respuestas rápidas a precio muy barato: ¡es y será la economía, idiota!, emulando la respuestas del asesor de Richard Nixon, pronunciadas hace ya años en un lugar del mundo de cuyo nombre no quiero acordarme. Precisamente, ahora el problema no es de raíz económica, aunque al final lo será sin lugar a dudas.

Tengo que reconocer que existe un problema grave consistente en que no existen manuales para preparar el futuro, el día después o al menos yo no los conozco. El problema es de tal magnitud que será necesaria una Reconstrucción del Mundo con un alcance que no se ha conocido jamás. Casi todas las respuestas que teníamos en el mundo para todo lo que se movía en él hasta hace solo tres meses, desde la fecha del inicio de la pandemia, ya no sirven para casi nada y ahora, en medio de una incertidumbre mundial incalculable, tenemos que barajar el cambio masivo de todas las preguntas y respuestas para construir el nuevo futuro a tenor de lo ocurrido.

Los elementos de contexto de pesadumbre y desconcierto por lo que está ocurriendo no son privativos solo de este país, sino que estamos asistiendo a una ceremonia mundial de incertidumbre que ya presagiaba Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química en 1977, cuando defendía que estamos instalados en la inestabilidad, afirmación derivada de su actividad científica. Ya lo vaticinó también Heráclito de Éfeso, muchos siglos antes, en su clásico discurso sobre “todo fluye, nada permanece”, pero sin que todavía se hubiera impregnado del magma de la miseria social, cuando la ausencia de democracia tomó el control férreo del rumbo social de la humanidad. Por cierto, sin enterarse la Iglesia a lo largo de los siglos de lo que en realidad le pasaba al mundo inestable, al interpretar que aquello era la constatación más plena de que hay tiempo de todo en la existencia y que la fragilidad de fragilidades es solo fragilidad total. Bastaba solo comprender que todo era vanidad de vanidades, todo vanidad.

Vuelvo a leer a Gabriel García Márquez, mi querido Gabo, en el Prólogo de Doce cuentos peregrinos – obra que recomendaré siempre para las mesillas de noche de las personas que me acompañan en “La Isla Desconocida”-, porque quiero cumplir una obligación ética al escribir palabras que se entregan a los demás, cuando se navega en los mares procelosos de la turbación ignaciana: “Aquí está, listo para ser llevado a la mesa después de tanto andar del timbo al tambo peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbre”, las que ahora estamos sufriendo al prepararnos para el futuro próximo que ya sabemos que no será lo que antes era, para volver a ser o tener lo que quizá nunca hemos sido o tenido antes.

Es lo que me permite comprender ahora que somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para asimilar lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas, fracasos humanos y sociales en torno a esta pandemia.

Lo que deseo ahora, siguiendo los consejos de Pablo Neruda, es agregar luz a la patria en tiempos revueltos, como ciudadano de a pie que solo camina a veces en la más profunda oscuridad e incertidumbre para encarar el futuro: “Otra vez, ya se sabe, y para siempre / sumo y agrego luz al patriotismo: / mis deberes son duramente diurnos: / debo entregar y abrir nuevas ventanas, / establecer la claridad invicta / y aunque no me comprendan, continuar / mi propaganda de cristalería” (El Sol). Navegando al desvío de aguja por las interferencias de la vida diaria, en el aquí de este momento y en el ahora de este confinamiento.

NOTA: la imagen se recuperó el 1 de diciembre de 2018 de http://blog.cristianismeijusticia.net/2015/04/10/inmigracion-y-nuevas-encrucijadas-como-ser-profeta-en-un-mundo-diverso

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

La ventana discreta / 5. Un niño de Murillo

MURILLO1
Bartolomé Esteban Murillo, Niño riendo asomado a la ventana (1675)

Sevilla, 3/IV/2020

Nadie duda de la maestría de Bartolomé Esteban Murillo en su trayectoria pictórica. Su obra es reconocida a nivel mundial, porque cuadros maravillosos suyos están distribuidos en museos muy importantes y de reconocida categoría artística. Todavía recuerdo la emoción que sentí al contemplar el cuadro del Arcángel San Miguel, en el Museo de Arte e Historia de Viena, pintado en 1665 para el retablo del Convento de los Capuchinos en esta ciudad y que desapareció de España durante la guerra napoleónica, pasando a manos privadas hasta que el museo vienés lo adquirió en 1987. Volví a verlo en todo su esplendor en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, con motivo de la celebración en 2017 del 400 aniversario del nacimiento del pintor. Volvió a su casa temporalmente, de donde nunca debió salir y menos por un expolio y como botín de guerra.

En este contexto, localicé hace ya muchos años un cuadro precioso, Niño riendo asomado a la ventana, que figura en el fondo de la National Gallery, que traigo hoy a esta serie como homenaje a los niños y niñas de esta Comunidad Autónoma, también a los de este país, del mundo, que están viviendo con sus familias la tragedia del coronavirus y que cada día se asoman a las ventanas de sus casas, riendo y cantando, como una oportunidad de contemplar la vida de sus ciudades y pueblos de otra forma, dándonos una lección a diario, con su comportamiento y ocurrencias, de cómo interpretar la vida en momentos difíciles y con una sonrisa llena de bondad y optimismo. Esta obra representa a un niño sevillano que sonríe asomado a una ventana de libertad y que simboliza la quintaesencia de la infancia feliz a la que deberíamos recordar siempre y no abandonarla nunca.

Me he acordado de los niños y niñas de Sevilla al conocer hoy las cifras de paro, más de 900.000 personas en tan solo quince días, como consecuencia de la pandemia que estamos sufriendo. Son cifras que conmueven a cualquier persona sabiendo que agregan a esta situación de confinamiento la de la falta de recursos económicos, con especial incidencia en las familias más pobres y vulnerables, con casas de muy pocos metros cuadrados y con problemas de subsistencia en el mayor número de casos. Es una realidad alarmante que me conmueve, situación que recojo con frecuencia en este blog y sobre la que escribí hace tan solo dos meses por su especial incidencia en Andalucía: “Según la OCDE un niño o niña que nazca hoy en una familia pobre en España va a necesitar cuatro generaciones, el equivalente a 120 años, para alcanzar el nivel de renta medio de la sociedad en la que vive. Esta es, ciertamente, una situación profundamente injusta para los más de dos millones de niños y niñas en España que viven en hogares pobres, así como para sus padres y madres, que movilizan todos sus recursos para evitar esta herencia y dar a sus hijos las mejores oportunidades, y se enfrentan a las grandes dificultades que tiene criar a un niño en un país que no invierte lo suficiente en familia y en infancia” (1).

Casi 360.000 niños andaluces están afectados por esta situación crónica analizada en el estudio, a la que ahora hay que agregar la situación de paro anunciada por el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y a los que hay que sumar 268.419 hogares con serios problemas de pobreza y riesgo social, formados por familias pequeñas, pobres y rurales (58.831), familias precarias urbanas (136.853) y familias con abuelas [sic], padres y nietos rurales (72.735), según el informe Familias en riesgo, de la ONG Save the Children, que ha publicado en Enero de 2020 sobre análisis de la situación de pobreza en los hogares con hijos e hijas en España. Este estudio afirma de forma tajante en sus conclusiones finales que “los niños y niñas sufren en mayor medida la pobreza y la exclusión porque viven en hogares más vulnerables”.

MURILLO2

He pensado que Murillo, cuatrocientos dos años después de su nacimiento, volvería a pintar hoy con carácter preferente a los niños y niñas de Sevilla con pobreza visible e invisible, que todavía existen, a los que siempre quiso dedicar una parte muy importante de su obra, como homenaje a los que menos tienen, a los invisibles para los que tienen todo, para que comprendamos que hay que fijar prioridades en estos momentos especiales. Para que no olvidemos su mensaje pictórico ni siquiera un momento. Para que todos los niños y todas las niñas que viven en Andalucía en particular y en el mundo afectado por la pandemia que nos asola, en general, puedan asomarse a las ventanas de dignidad personal que deberíamos entregarles, a la mayor brevedad posible, como obligación ética de un mundo responsable, solidario y comprometido con los que menos tienen.

(1) OECD (2018), A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility (Spain), OECD Publishing, Paris, http://www.oecd.org/spain/social-mobililty-2018-ESP-EN.pdf

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La ventana discreta / 4. Las metáforas se pueden pintar

OFICINA EN CIUDAD PEQUEÑA HOPPER
Edward Hopper, Oficina en una ciudad pequeña, 1953 (Museo Metropolitano de Arte, Nueva York)

Sevilla, 2/IV/2020

Edward Hopper fue el pintor de metáforas existenciales, un adelantado en su tiempo para expresar este recurso excelente de comunicación, fundamentalmente de situaciones humanas de soledad y espera en las que las ventanas, no sé si discretas, son las grandes protagonistas. Durante mi vida profesional, utilicé en alguna ocasión, en las presentaciones oficiales sobre estrategia digital, un cuadro suyo, Oficina en una ciudad pequeña, muy representativo de la estrechez de miras y soledades que a veces tenemos en la vida pública, perfectamente aplicable a la privada de todos los días. En tiempos difíciles de confinamiento, este cuadro es sugerente para interpretar cómo vivimos la soledad ante la realidad de lo que está ocurriendo.

WESTERN MOTEL HOPPER

Edward Hopper, Western Motel, 1957 (Yale University Art Gallery)

Hopper aborda la realidad de la espera en muchos cuadros con ventanas que suponen un respiro en la soledad de cada protagonista y en situaciones personales, familiares, de pareja, a modo de juego existencial en las que cada uno tiene que buscar la mejor salida al conflicto de vivir confinados. En tal sentido, el Museo de Bellas Artes de Virginia (EE. UU), en una exposición reciente sobre Hopper, ha propuesto hacer una experiencia interactiva con un cuadro suyo, Western Motel, al poder revivir una reproducción exacta del mismo y recrear personalmente una noche en una habitación idéntica a la pintada por el autor. Cada persona ha podido vivir dentro del cuadro desde diversos ángulos, siempre con la ventana como testigo de experiencia interior. Lo que ocurra durante la estancia virtual o real en la habitación de Hopper, tras sus amplios ventanales, es la maravillosa metáfora del mismo que podemos aplicar ahora tras nuestras ventanas particulares, personales e intransferibles, viviendo experiencias nuevas, esperanzadoras, llenas de sentido y, a diferencia del cuadro, irrepetibles. Nadie se baña dos veces en el mismo río y lo importante ahora es cruzarlo. Esa es la gran oportunidad que nos ofrece ahora la realidad del confinamiento actual.

Estos óleos representan muy bien nuestra situación actual. Estamos muchas veces solos ante el peligro, en silencio y permitiéndonos algo muy importante: reflexionar, reflexionar, reflexionar, y pasar a la acción, porque las ventanas de la vida ofrecen siempre oportunidades. Parando un momento. Estamos viviendo durante el estado de alarma en espacios cerrados frente al enemigo único, atrincherados, aunque siempre nos quedan ventanas amplias o pequeñas, desnudas, como invitando a saltar a través de ellas observando los cuadros de Hopper, porque no tienen limitación alguna, solo el vértigo existencial legítimo para trascenderlas y volver a la vida para recorrer las grandes alamedas de la libertad.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.