Leer a Alberto Manguel bien vale una suscripción

Sevilla, 23/V/2020

En el mes de mayo de 1976 acudí una mañana al quiosco que estaba situado en la esquina de la Vía del Corso con el corso Vittorio Emmanuele, en Roma, para comprar el diario El País que acababa de iniciar su andadura en España, concretamente el 6 de mayo de ese año, casi en los primeros días de su nuevo despertar democrático. Lo hice con la ilusión de encontrar en sus páginas una bocanada de aire fresco en días muy difíciles casi a seis meses de la muerte de Franco. Leer aquellas páginas me devolvían la ilusión de recuperar libertades que en España no eran fáciles de conseguir, viviendo además la experiencia romana de vivir allí y caminar por sus grandes avenidas de libertad, con el peligro, a veces, para caminantes, como bien había aprendido de la experiencia de Rafael Alberti en esa Ciudad. Una experiencia, Urbi et Orbi, para quien la vive apasionadamente.

Cuarenta y cuatro años después, casi en el mismo día y hora en la que compraba aquel periódico y que me permitía una vez a la semana mi frágil economía de estudiante, me encuentro con el dilema de que si quiero seguir leyendo artículos en el diario El País, después de haber accedido a diez lecturas gratuitas durante este mes, tengo que pagar una suscripción que se ofrece con varias opciones y que se justifica por la dirección del periódico porque “El momento actual ha demostrado, más que nunca, la importancia de estar bien informado. Detrás de cada noticia, está el trabajo de todo un equipo de periodistas que velan por traerte una cobertura rigurosa y amplia. Esto no sería posible sin el apoyo de nuestros lectores, que hacen que EL PAÍS sea una realidad”. Escueto mensaje para quien lo quiera comprender así. Tengo una relación contradictoria con el periódico desde hace años, aunque no quiero confundir nunca la dirección editorial del mismo con algunos de sus periodistas de plantilla y colaboradores esporádicos, porque sería injusto meter a todos en el mismo saco de dudas éticas. Poderoso caballero es don dinero y este periódico también tiene sus deudas y avisos de sus fiadores, como todos los demás, aunque el patio de su casa sea muy particular. Siguiendo a Plauto y a Gracián, al buen entendedor con pocas palabras basta.

Al hablar de librerías, confieso que tengo grabada en mi memoria de secreto una secuencia de la película La vida es bella, que he reproducido recientemente en este cuaderno digital y que hoy vuelvo a rescatar por su fondo y forma en relación con el compromiso social y cultural de abrir una librería. Me refiero a Guido Orefice, el protagonista de esa excelente película, por su ilusión de poner una librería (que también tuve yo en una época de mi vida), que le jugaría al final una mala pasada por la invasión nazi en Italia, teniendo que explicar a su hijo Josué, de nombre hebreo, qué cartel van a poner en su librería para prohibir determinadas entradas como la que han leído al detenerse en un escaparate para ver un posible regalo para su madre: prohibida la entrada a hebreos y perros. Quitando hierro a la dramática situación que está viviendo con su hijo, Guido lo resuelve con una respuesta genial:

Josué: – Pero nosotros dejamos entrar a todo el mundo en la librería.

Guido: – ¡No, mañana mismo también pondremos un cartel! A ver dime algo que te caiga mal.

Josué: – Las arañas. ¿Y a ti?

Guido – ¡A mí, los visigodos! A partir de mañana vamos a poner un cartel que diga. “prohibida la entrada a las arañas y a los visigodos”. Me tienen frito los visigodos. Se acabó.

Guido era un judío pobre que tenía tres ilusiones en su vida humilde: abrir una librería, comprender bien a Schopenhauer (por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida) y saber distinguir el norte del sur (que también existe). Todo quedaría en nada excepto su dignidad humana y el ejemplo para su hijo en el campo de concentración, sin libros ya, casi sin nada. Al inteligente, poco, que decía Plauto.

Esta mañana, al iniciar el día con la lectura de las cabeceras democráticas de este país, porque toda la prensa no es igual, encontré un artículo de mi gran maestro Alberto Manguel dedicado a las librerías de su vida y a su proyección excelsa, la profesión de libreros. Además, tenía el artículo una entradilla muy sugerente: “Antes de dirigir la Biblioteca Nacional de Argentina o de escribir “Una historia de la lectura”, Alberto Manguel fue un librero adolescente con dos funciones: pasar el plumero a los libros para conocer bien el fondo y leer para Borges, ya ciego. Lo cuenta en este artículo”. Tuve una sensación agridulce porque durante los días pasados ya me había salido de forma reiterada el aviso de que si quería seguir leyendo artículos seleccionados tenía que suscribirme, pero mi satisfacción ha sido plena cuando, con el miedo en el cuerpo por si saltaba el aviso emergente, he comprobado que podía leerlo completo con la admiración de siempre hacia este autor al que sigo desde hace ya muchos años, aprendiendo de él el amor a las librerías y a la profesión de libreros, que con la que está cayendo abren librerías de nuevo, siguen leyendo y recomendando a Schopenhauer y saben distinguir perfectamente autores del norte y del Sur, que también existen. ¿Un regalo de El País o de Manguel, en tiempos de confinamiento?

Probablemente, dependiendo del medio por el que accedo a la lectura de El País, ordenador de mesa, tableta o móvil, me queda todavía alguna oportunidad de acceso gratuito que no he perdido, como la lectura del artículo de Manguel, situación que en su fondo y forma lo he considerado como un regalo de la vida. No creo que me vuelva a ocurrir y he pensado que seguir leyendo a Alberto Manguel bien merece una suscripción, como a mí me mereció la pena y alegría contradictorias lo que sentí al comprar ese querido periódico un día ya lejano en Roma, al igual que merecería también una misa si fuera por conquistar París, su ciudad tan querida durante años, con su libertad, igualdad y fraternidad como lecciones aprendidas en libros para distribuir ahora, en las desescaladas, por librerías de todo el mundo.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

Mayo fue antes Bona Dea, una diosa buena

BONA DEA

Sevilla, 22/V/2020

La cultura nos ayuda a interpretar la historia, aprender de ella y saber, por ejemplo, por qué este mes se llama Mayo. Siguiendo su trazabilidad cronológica, nos podemos retrotraer hasta el calendario ático en el que se denominaba Targelión, porque en este mes se celebraban las Targelias, unas fiestas dedicadas a los dioses Apolo y Artemisa. Posteriormente, según el calendario romano, este mes se denominó Maia o Bona Dea, hija de Fauno y diosa de la fertilidad, la castidad y la salud. Probablemente, deriva de Maia la actual denominación del quinto mes del año según el calendario gregoriano.

Analizando la mitología romana, cuando Hércules regresaba de Iberia con el ganado robado a Gerión, se detuvo al pie de Aventino para beber en una de las fuentes, “pero lo hizo alejado de Carmenta que, con las otras mujeres de Roma, estaba celebrando el ritual en honor a Bona Dea, un rito del que se excluyeron a los hombres” (1). Me ha llamado poderosamente la atención conocer que “Bona Dea era una diosa enigmática y poderosa y, sobre todo, era la diosa de las mujeres y los hombres tenían que respetar su culto, pero no eran admitidos, hecho absolutamente único en la cultura machista romana. El misterio del culto, alimentado por la exclusión de los hombres, también se tiñe de magia para la dimensión suburbana de la frecuentación; el ara de la diosa estaba en una silva en la que había una cueva y un manantial, como en los santuarios oraculares arcaicos, lo que revela el poder de los vaticinios entre las prerrogativas de Bona Dea, que también tenía entre sus denominaciones la de Fatua. Deidad de la fertilidad, de la tierra, de la mujer y diosa saludable y beneficiosa, Bona Dea fue venerada en muchos lugares, tanto públicos como privados; el número y la variedad de sus epíclesis: Agrestis, Hygia, Nutrix, Pagana, Oclata destacan la versatilidad de sus aspectos y la fácil asimilación con las deidades preexistentes del mundo de la curación”.

Es interesante conocer la historia para comprender el alcance de los nombres que se dio a todo lo que nos rodea. Ya he escrito en este cuaderno digital que antes de la palabra existió la experiencia de la vida en el reconocimiento de todo lo que rodeaba a cada persona, visión transcendental del valor de la palabra cuando en relación con la creación del hombre y la mujer vio Dios que era muy bueno lo que había ocurrido frente a las restantes creaciones, los cielos, la tierra, las aguas, los animales y las semillas, que solo eran creaciones buenas: “Nunca tuvo un adverbio, muy, tanta importancia como ahora. Decir muy bella significa que por encima de todo es maravilloso vivir. Este adverbio tuvo siempre mucho valor para los pueblos ribereños del Tigris y Éufrates, en la actual Irak, porque allí nacieron los primeros relatos de la creación y en arameo decir “muy” significaba dar un valor transcendental a lo que sucede y a las cosas cotidianas que pasaban en su entorno, porque para ellos lo primero fue la experiencia vital y después la palabra que explicaba los hechos basados en lo que estaba pasando y seguían contado sus mayores de boca en boca”.

Quiero quedarme hoy con la constatación histórica de cómo nuestros antepasados buscaron siempre amparo ante la enfermedad, acercándose a la diosa Bona Dea, por lo que se comentaba boca a boca en Roma, por ejemplo, en relación con la curación. Han pasado miles de años y seguimos buscando todavía la curación, bajando del pedestal a quien debe proporcionarnos esa curación, la ciencia, la Buena Ciencia, a la que solo pedimos ahora que, como hizo Enrique Morente en su soleá de la ciencia, Presumes que eres la ciencia / Yo no lo comprendo así / Cómo siendo tú la ciencia / No me has comprendido a mí, comprenda -al curarnos con sus resultados- los difíciles momentos que estamos atravesando. Porque Enrique Morente también cantaba hacia atrás, buceando en la historia del ser humano, deseando que la emociones y las pulsiones pudieran comprender “la ciencia” del bien y del mal, de la enfermedad y las pandemias, en un mes de mayo que nos recuerda que una vez, hace ya muchos siglos, se llamó el mes de la Diosa Buena, de la curación.

(1) https://www.romeandart.eu/es/arte-mito-bona-dea.html

NOTA: la imagen de la Bona Dea (fechada aproximadamente en la mitad de siglo III d.C.), se ha recuperado hoy de http://www.bertolamifinearts.com/blog/2016/12/13/il-ritorno-della-bona-dea/ y es muy interesante la transcripción que figura en la inscripción de su base: “Ex visu iussu Bonae Deae/sacr(um)/Callistus Rufinae n(ostrae) actor”, que quiere decir: “Callistus, esclavo dependiente de Rufina, en calidad de abogado o tesorero (¿), ha dedicado esta estatua a la Bona Dea, respondiendo a una petición que le hizo ella misma, que se le apareció en un sueño”. La fecha de la estatua no es la original porque se ha datado sobre la base de la cabeza que figura en la actualidad, al aparecer decapitada y ser sustituida la original probablemente por la de Tranquilina (225-244 d.C.), emperatriz romana, esposa del emperador Gordiano III.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

¡Hagas lo que hagas, ámalo!

Sevilla, 21/V/2020

Se habla mucho en estos días de la reconstrucción urgente del país, con sede política en el Congreso de los Diputados, a través de una Comisión nombrada a tal efecto. Mientras que se aborda esa tarea necesaria, viendo lo que estamos viendo de espectáculo poco edificante, pienso que como ciudadanos tenemos la obligación ética de aportar nuestro grano de arena en esta reconstrucción, saliendo de la zona de confinamiento en la que estamos viviendo y que, si todo va bien en el proceso de desescalada, pronto tendremos que abandonar para asumir la vuelta a la normalidad pasada, presente y futura, que de todo habrá de aquí en adelante.

En la maravillosa película Cinema Paradiso, hay unas escenas inolvidables en las que Alfredo aconseja a Totó que salga de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento «La isla desconocida»: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo. Lo he recordado especialmente porque estamos viviendo unos días complejos en nuestro país y la principal tentación es aislarse cada uno en su zona de confort, la que nos da seguridad en tiempos revueltos, que no está en los mapas de supervivencia existencial, porque suele ser personal e intransferible. Es perfectamente comprensible esta actitud, aunque personalmente defiendo que la reconstrucción del país en estos momentos es tarea de todos. En lugar de volver a escuchar ¡que inventen otros!, puede ser peligroso pensar en algo así como ¡que reconstruyan otros!, como si esa acción patriótica, no delegable, no fuera asunto de cada uno, de todos.

Creo mucho en la literatura y escritura circular, igual que la economía más avanzada hoy en relación con el cambio climático, aunque me separe siempre de aquella frase del asesor de Clinton, ¡es la economía, idiota!, que la elevó a un cielo muy particular y del que me siento muy alejado. Quiero decir con exactitud que, personalmente, vuelvo a leer libros de autores muy queridos y a repasar escritos míos que me pueden aportar de nuevo ganas de vivir y de compromiso activo. Creo que como ya manifesté hace años en este cuaderno digital, es imprescindible en esta fase de la desescalada salir de la zona de confinamiento en la que estamos instalados en este momento y pasar a la acción de participación social, cada uno donde mejor sepa o pueda hacerlo para reconstruir el país, su ciudad, su barrio, en la medida de nuestras posibilidades. Lo que es seguro es que debemos hacerlo, porque tenemos un recurso que si estamos atentos todavía no controla ni la mercadotecnia mundial ni los hombres de negro, nuestra inteligencia, que es la única responsable de interpretar el cuaderno de instrucciones para actuar en la vida en momentos difíciles como los que estamos viviendo. Además, no existen todavía dos cuadernos humanos iguales. De ahí nuestra responsabilidad individual y colectiva, tal y como la explico más adelante.

Desde mi punto de vista hay un modo de participar socialmente en procesos de construcción individual y colectiva del mundo que nos rodea ante situaciones límite como la que nos ocupa ahora por la pandemia, que es lo que se llama habitualmente “compromiso intelectual”, sobre el que ya he escrito en otras ocasiones en este blog y que no se refiere al mundo de sabios alejados de la realidad sino a la responsabilidad intelectual que tenemos todos, reafirmándome hoy en lo dicho anteriormente, respetando tres argumentos fundamentales para complicarnos la vida (si me permiten la expresión) de alguna forma digna:

1º. El primero nace de la suerte de que una persona pueda plantearse el dilema en sí mismo, sin calificar esta “suerte” como lujo afrodisíaco: el mero hecho de cuestionar la existencia de uno mismo al servicio estrictamente personal, es decir, el trabajo permanente en clave de autoservicio, así definido e interpretado, rompiendo moldes y preguntándonos si lo importante es salir del pequeño mundo tranquilo que nos rodea en la zona de confort y mirar alrededor, ya es un signo de capacidad intelectual extraordinaria que muchas veces no está al alcance de cualquiera. Desgraciadamente. La pre-programación de la preconcepción, en la clave que aprendí hace ya muchos años del profesor Ronald Laing, es una tabula rasa sobre la que se elabora y encuaderna el libro de instrucciones de la vida. Nuestro compromiso intelectual será siempre un interrogante y una dialéctica entre acción o silencio cómplice. La conclusión es que estamos mediatizados por nuestro programa genético y por nuestro medio social en el que crecemos. Todos somos “militantes” en potencia, con y sin carné, dependiendo de nuestros aprendizajes para comprometernos con la vida. Militar en vida, esa es la cuestión. Mucho más en estos momentos tan difíciles y complejos.

2º. La segunda vertiente a analizar es la del compromiso activo. Siempre lo he asociado con la responsabilidad social, porque me ha gustado jugar con la palabra en sí, reinterpretándola como “respuestabilidad”. Ante los interrogantes de la vida, que tantas veces encontramos y sorteamos, la capacidad de respuestabilidad (valga el neologismo temporalmente) exige dos principios muy claros: el conocimiento y la libertad. Conocimiento como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamaba uso de razón científica, nos pasamos toda la vida decidiendo. Por eso nos equivocamos, a mayor gracia de Dios, como personas que habitualmente tenemos miedo a la libertad, acudiendo al escritor Erich Fromm que asimilé en mi adolescencia, pero que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos. Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso (engagement) o diversión (divertissement), en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta. Cualquier régimen sabe de estas posibilidades. Y cualquier régimen, de izquierdas, centro y derechas lo sabe. Por eso lo manejan, aunque siempre me ha emocionado la sensibilidad de la izquierda organizada. Por eso me aproximé siempre a ella, porque me dejaban estar sin preguntarme nada. Intuían la importancia del descubrimiento de la respuestabilidad. Había inteligencia y compromiso activo. Seguro. Pero con un concepto equivocado como paso previo: la militancia de carné. Craso error. Antes las personas, después la militancia. No al revés, que después vienen las sorpresas y las llamadas traiciones como crónicas de deserciones anunciadas o de supuestos “militantes” que ante cualquier problema se tiran al mar desde el barco de las dificultades (a veces creo que falta mar para atender tanto náufrago…), aunque luego se compruebe con bastante desazón que falta barco para recoger a tantas personas que se tiraron de él en momentos de crisis, despreciando la obligación ética de permanecer en cubierta hasta el último momento del compromiso activo.

3º. Una tercera cuestión en discusión se centra en un adjetivo del compromiso, el “intelectual” y, hablando del grupo organizado o no, de los “intelectuales”. De este último grupo, líbrenos el Señor, porque suele ser el grupo humano más lejano de la sociedad sintiente, no la de papel cuché o la del destrozo personal televisivo. Un intelectual es concebido como un ser alejado de la realidad que se suele pasar muchas horas en cualquier laboratorio de la vida y de vez en cuando se asoma a la ventana del mundo para gritar ¡eureka! a los cuatro vientos, palabra que no suele afectar a muchos porque nace del egoísmo de la idolatría científica. Por eso hay que rescatar la auténtica figura de las personas inteligentes que ponen al servicio de la humanidad lejana y, sobre todo, próxima, su conocimiento compartido, su capacidad para resolver problemas de todos los días, los que verdaderamente preocupan en el quehacer y quesentir diario.

Cada intelectual, hemos quedado en “cada persona” que toma conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida, es decir, que podemos serlo todos, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos o peor tratados por la sociedad en un determinado momento político o social, como el que nos asola en estos momentos por la pandemia del coronavirus, desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo que dignificar. Véase ya el espectáculo bochornoso de las llamadas «colas del hambre». Si esa militancia es independiente, otra cuestión a debatir, es solo un problema más a resolver, pero no el primero. No equivoquemos los términos, en lenguaje partidista. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio de la libertad personal, de la que afortunadamente podemos presumir todos. Todavía no es mercancía clasificada, aunque todo se andará porque ya está en venta en el mercado mundial de la indignidad.

Al tiempo, aunque no olvido las palabras de Alfredo a Totó para salir ahora de la zona de confinamiento, que no confort, de la forma más digna posible: hagas lo que hagas, ámalo porque el viaje de la reconstrucción personal, de nuestras familias, del país, de nuestras ciudades y barrios es tarea de todos, para amarla sin excepción alguna y sin dejar a nadie atrás

NOTA: para activar los subtítulos en español, en el vídeo de cabecera, hay que pulsar en Subtítulos. Merece la pena escuchar atentamente el diálogo. Impecable.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

¡Cuidemos bien este día!

DIARIO DE UN POETA RECIEN CASADO

Sevilla, 20/V/2020

En plena desescalada, donde cada segundo es necesario para ganar terreno al coronavirus 19, he recordado unas palabras preciosas de Juan Ramón Jiménez, poeta que tanto admiro, a modo de introducción a su querido diario (1), recogidas del sánscrito -¡ay, la influencia de Zenobia!-, porque resumen perfectamente el cuidado extremo que debemos observar con nuestras responsabilidades individuales y colectivas en estos tiempos difíciles:

¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve transcurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.

El día de ayer no es sino sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, este día!

Es difícil encontrar un prontuario de cómo actuar de forma responsable en tiempos de coronavirus, pero estas palabras de Juan Ramón Jiménez descubren todos los ámbitos de la vida de cada persona que ahora, más que nunca, deberíamos tener en cuenta mediante actos responsables, personales e intransferibles. Cada día encierra todas las realidades y todas las variedades de la existencia, proyectadas en tres situaciones que nos llenan de esperanza en momentos que necesitamos reforzar ilusiones y oportunidades para seguir adelante: crecer caminando siempre hacia adelante, actuar siempre de forma saludable que ennoblezca cada acto humano y descubrir la belleza de la hermosura de todo aquello que se hace bien respondiendo a la ética personal y colectiva, atendiendo al suelo firme (la solería de nuestra vida) que justifica todos los actos humanos.

Este principio de realidad freudiano nos permite a su vez reflexionar sobre lo que ha ocurrido hasta ayer con esta pandemia, algo más que un mal sueño, mientras que no se sabe cómo será el mañana. Juan Ramón Jiménez aborda esta dialéctica con una recomendación muy sabia: si hoy hacemos bien las cosas encomendadas en este plan de salida escalonado del estado de alarma, puede convertirse el tiempo transcurrido hasta ayer en un sueño y cada mañana en una visión de esperanza. Esa es la razón y no otra, de cuidar bien de hoy, de este día mío, que es también tuyo, de los demás. De todos.

(1) Jiménez, Juan Ramón, Diario de un poeta recién casado (1916-1917), 2011. Madrid: Visor Libros.

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Obama, a jóvenes graduados: seremos el viento que os empuje

BARAK OBAMA

Sevilla, 19/V/2020

En un mundo azotado por la COVID-19, en el que acusamos cada día con más intensidad los efectos del estado de alarma, por las consecuencias del confinamiento y el proceso de desescalada, es como un bálsamo escuchar palabras esperanzadoras de políticos de la talla del expresidente de los EE. UU., Barack Obama. Ha sido con ocasión de un acto de graduación virtual debido a las circunstancias excepcionales que vivimos por la pandemia, celebrado el pasado sábado 16 de mayo en una ceremonia para graduados de colegios y universidades históricamente para personas de raza negra, conocidas allí históricamente con las siglas HBCU (Historically Black Colleges and Univesities: Facultades y Universidades Históricamente Negras).

He localizado una traducción del discurso y lo he leído ya varias veces porque, salvando lo que haya que salvar, como siempre, descubro entrelíneas un mensaje muy claro y esperanzador para los jóvenes del mundo, sobre todo los que no olvidan la memoria histórica de su país y de su pasado. Creo que divulgarlo es como una bocanada de aire fresco en estos difíciles momentos y porque nos ayuda a dar sentido a la juventud de nuestro país que está a punto de finalizar sus estudios, si a los que nos corresponde hacerlo, sin excepción alguna, somos el viento que los empuje. También porque nos ofrece ilusión para instalarnos en el progreso, en el nuevo futuro, aunque ya no deba ser lo que fue porque necesitamos transformarlo en beneficio de todos.

Discurso del expresidente Barack Obama a jóvenes graduados de las HBCU

Hola a todos. Felicitaciones a las clases de las HBCU de 2020. Michelle y yo estamos muy orgullosos de ustedes.

Graduarse en la Universidad es un gran logro bajo cualquier circunstancia. Y muchos de ustedes lucharon mucho para llegar aquí. Ustedes navegaron por clases difíciles y en desafíos fuera del aula. Muchos de ustedes tuvieron que esforzarse para pagar la matrícula. Y algunos de ustedes son los primeros en sus familias en alcanzar este hito.

Entonces, incluso si la mitad de este semestre se gastó en Zoom University, te has ganado este momento. Deberías estar muy orgulloso. Todos los que te apoyaron en el camino están orgullosos de ti: padres, abuelos, profesores, mentores, tías, tíos, hermanos, hermanas, primos, primos segundos, primos de los que ni siquiera estás seguro son primos. Muéstrales algo de gratitud hoy.

Ahora, sé que este no es el comienzo que ninguno de ustedes realmente imaginó. Porque si bien nuestras HBCU son conocidas principalmente por una educación basada en el rigor académico, la comunidad y un propósito superior, también saben cómo aparecer en público. Nadie brilla tanto como un senior en el patio en primavera, por ejemplo la Springfest en escuelas como Howard y Morehouse y ahora es el momento en que puedes presumir un poco de tus cosas. Y sé que en tiempos normales, rivales como Grambling and Southern, Jackson State y Tennessee State, podrían levantar algunas cejas al compartir una ceremonia de graduación.

Pero estos no son tiempos normales. Se te pide que encuentres tu camino en un mundo en medio de una pandemia devastadora y una recesión terrible. El momento no es el ideal. Y seamos honestos: una enfermedad como esta solo destaca las desigualdades subyacentes y las cargas adicionales que las comunidades negras han tenido que enfrentar históricamente en este país. Lo vemos en el impacto desproporcionado de Covid-19 en nuestras comunidades, tal como lo vemos cuando un hombre negro sale a correr, y algunas personas sienten que pueden detenerse y preguntarle y dispararle si no se somete a su interrogatorio.

Injusticia como esta no es nueva. Lo nuevo es que gran parte de su generación se ha dado cuenta del hecho de que el statu quo necesita ser reparado; que las viejas formas de hacer las cosas no funcionan; y que no importa cuánto dinero ganes si todos a tu alrededor están hambrientos y enfermos; que nuestra sociedad y democracia solo funcionan cuando pensamos no solo en nosotros mismos, sino en los demás.

Más que nada, esta pandemia ha roto completamente el telón sobre la idea de que muchos de los responsables saben lo que están haciendo. Muchos de ellos ni siquiera fingen estar a cargo.

Si el mundo va a mejorar, dependerá de ti. Con todo de repente sintiendo lo que está en juego, este es tu momento para aprovechar la iniciativa. Ya nadie puede decirte que deberías esperar tu turno. Ya nadie puede decirte «así es como siempre se ha hecho». Más que nunca, este es tu momento: el mundo de tu generación para moldear.

Al asumir esta responsabilidad, espero que seas valiente. Espero que tengas una visión que no esté nublada por el cinismo o el miedo. Como jóvenes afroamericanos, habéis estado expuestos, antes que algunos, al mundo tal como es. Pero como jóvenes graduados de HBCU, vuestra educación también les ha mostrado el mundo como debería ser.

Muchos de ustedes podrían haber asistido a cualquier escuela en este país. Pero elegiste una HBCU específicamente porque te ayudaría a sembrar semillas de cambio. Decidiste seguir los valientes pasos de las personas que sacudieron el sistema en su núcleo: íconos de derechos civiles como Thurgood Marshall y Dr. King, narradores de historias como Toni Morrison y Spike Lee. Decidiste estudiar medicina en Meharry e ingeniería en NC A&T, porque quieres liderar y servir.

Y estoy aquí para decirte que hiciste una gran elección. Ya sea que te des cuenta o no, tienes más hojas de ruta, más modelos a seguir, más recursos que la generación de derechos civiles. Tienes más herramientas, tecnología y talentos que mi generación. Ninguna generación ha estado mejor posicionada para ser guerreros por la justicia y rehacer el mundo.

Ahora, no voy a decirte qué hacer con todo ese poder que está en tus manos. Muchos de ustedes ya lo están usando muy bien para crear cambios. Pero déjame ofrecerte tres consejos mientras continúas tu viaje.

Primero, asegúrate de ubicarte en comunidades reales con personas reales, trabajando siempre que puedas a nivel de base. La lucha por la igualdad y la justicia comienza con la conciencia, la empatía, la pasión, incluso la ira justa. No te actives solo en línea. El cambio requiere estrategia, acción, organización, marcha y votación en el mundo real como nunca antes. Nadie está mejor posicionado que esta clase de graduados para llevar ese activismo al siguiente nivel. Y desde abordar las disparidades de salud hasta luchar por la justicia penal y los derechos de voto, muchos de ustedes ya lo están haciendo. Seguid adelante.

Segundo, no puedes hacerlo solo. Un cambio significativo requiere aliados en una causa común. Como afroamericanos, estamos particularmente en sintonía con la injusticia, la desigualdad y la lucha. Pero eso también debería hacernos más vivos a las experiencias de otros que han sido excluidos y discriminados.

Entonces, en lugar de decir: «¿Qué hay para mí?» o «¿Qué hay para mi comunidad? y para hablar con todos los demás, «defiende y únete a todos los que están luchando, ya sean inmigrantes, refugiados, pobres de las zonas rurales, la comunidad LGBT, trabajadores de bajos ingresos de todos los orígenes, mujeres que a menudo están sujetas a su propia discriminación. y cargas y no recibir igual salario por igual trabajo; presta atención a las personas ya sean blancas o negras o asiáticas o latinas o nativas americanas. Como Fannie Lou Hamer dijo una vez, «nadie es libre hasta que todos sean libres».

Y en los grandes objetivos inconclusos en este país, como la justicia económica y ambiental y la atención médica para todos, una gran mayoría está de acuerdo en los extremos. Es por eso por lo que las personas con poder seguirán intentando dividirte por los medios. Así no cambia nada. Obtiene un sistema que cuida a los ricos y poderosos y a nadie más. Así que expande tu imaginación moral, construye puentes y haz crecer a tus aliados en el proceso de lograr un mundo mejor.

Y finalmente, como graduado de HBCU, debes recordar que eres heredero de una de las tradiciones más orgullosas de Estados Unidos. Lo que significa que ahora, todos, sois modelos a seguir, les guste o no. Tu participación en esta democracia, tu coraje para defender lo que es correcto, tu disposición a forjar coaliciones: estas acciones hablarán mucho de ti. Y si estás inactivo, eso también hablará mucho de ti. No solo a los jóvenes que vienen detrás de ti, sino también a tus padres, a tus compañeros y al resto del país. Necesitan ver vuestro liderazgo: ustedes son las personas a las que hemos estado esperando.

Ese es el poder que tienes. El poder de brillar intensamente por la justicia, la igualdad y la alegría. Te has ganado tu título. Y depende de ti usarlo. Muchos de nosotros creemos en ti. ¡Estoy tan orgulloso de ti! Y cuando te propongas cambiar el mundo, seremos el viento a tu espalda.

Felicidades Clase de 2020, y que Dios los bendiga a todos.

NOTA: la imagen se ha recuperado de https://misspolitica.com/discurso-de-barack-obama/

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¡Hemos aplaudido, quedad en buena hora!

GRACIAS2

Sevilla, 18/V/2020

En una obra de Terencio, El Eunuco (161 a.C.), la frase final es recordada siempre como uno de los orígenes de los aplausos en la cultura occidental, puesta en boca de Fedria: Ya no queda nada por hacer; caminad vosotros por aquí. (A los espectadores: Vosotros quedad en buena hora, ¡y aplaudid! (¡Valete et plaudite!). Quizá sea el momento de intercambiar las palabras y decir: ¡hemos aplaudido, quedad en buena hora vosotros, profesionales que habéis atendido a los pacientes de coronavirus! Además, a diferencia de lo narrado finalmente en la obra de Terencio, nos queda a todos mucho por hacer.

Dos mil años después, el aplauso se fijó y dio esplendor en nuestro país, en el extraordinario Diccionario de Autoridades (RAE A 1726, pág. 341,1), como “contento y complacencia general, manifestada con palabras, júbilos y otras manifestaciones exteriores de saltos y palmadas, aprobando o alabando alguna cosa”, que en el devenir del país (DLE, edición del Tricentenario, última actualización de 2019) ha quedado hoy reconocido como “acción o efecto de aplaudir”, entendido este verbo como “palmotear en señal de aprobación o entusiasmo y celebrar a alguien o algo con palabras u otras demostraciones”, solo en dos escuetas acepciones. Me quedo con el detalle del diccionario de Autoridades, porque simboliza muy bien hoy lo que hemos querido expresar con aplausos de millones de personas, todos los días desde el inicio del estado de alarma, a las 20:00 horas.

El aplauso nació en el teatro y ahora, en el gran teatro del mundo, lo hemos recuperado como complacencia general, con millones de palmadas, para agradecer a los profesionales sanitarios – sobre todo- su titánico esfuerzo por salvar vidas todos los días, en alta disponibilidad, junto a profesionales de todo tipo que han coadyuvado a esta atención integrada a pacientes afectados por el coronavirus.

Leí en cierta ocasión una frase del comediante, actor, autor y crítico social estadounidense George Carlin: “¿Quién decide cuándo deben cesar los aplausos? Parece una decisión grupal y todo el mundo empieza a decirse a sí mismo, al mismo tiempo, ¡bien, ya es suficiente!”, que me ha llevado ahora a muchas reflexiones. Creo que lo que ha ocurrido con la concentración de aplausos todos los días y a la misma hora, desde el comienzo del estado de alarma, es una realidad de contagio social, ascendente y descendente, más potente que el propio coronavirus. Todas las personas que hemos aplaudido hemos proyectado en las palmadas la solidaridad ante el miedo a lo desconocido, reforzando con los aplausos el comportamiento de quienes han tenido la enorme responsabilidad de actuar con su conocimiento, habilidades y actitudes ante el drama que estábamos viviendo todos. Hemos sabido agradecerlo desde el más puro anonimato. Ahora silenciamos los aplausos porque solo se debe dejar de aplaudir cuando como en el arte de callar no se tiene algo que decir mas valioso que el silencio. Además, predicando todos con el ejemplo.

Es verdad. La ciencia y los profesionales van venciendo a la pandemia y la función dolorosa está acabando en esta larga, profunda y dolorosa representación diaria en el gran teatro del mundo. Pero estamos avisados de que esta obra puede volver a representarse en cualquier momento. ¡Ojalá que no tengan que decirnos los coregos de turno, a través de las redes sociales, que aplaudamos de nuevo porque lo mucho que teníamos que hacer con nuestra responsabilidad ciudadana, preservando siempre el interés general, ha fallado!

A diferencia del final de la obra de Terencio, queda mucho por hacer. No lo olvidemos, sobre todo en esta desescalada, porque es verdad que ahora estamos en la mejor hora.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

 

Relato inacabado

LA MALETA DE MI PADRE PAMUK

Sevilla, 17/V/2020

Publico hoy un relato inacabado, sin título, que comencé a escribir en 1977 y que nunca finalicé. Lo he encontrado en este tiempo de confinamiento que me ha brindado la oportunidad de buscar objetos perdidos en la caja de sueños numerada que conservo intacta, a modo de maleta de cuero negro y bordes metálicos redondeados que, un día ya lejano, le regaló a Orhan Pamuk su padre, con el compromiso de que no la abriera hasta que él ya no estuviera caminando por este mundo, tal y como lo recordó en el discurso del acto de entrega del premio Nobel de literatura de 2006. Cuando al fin pudo abrirla, encontró allí el auténtico significado de la literatura a través de los escritos, manuscritos y cuadernos de su padre, es decir, “[…] lo que una persona crea cuando se encierra en un cuarto, se sienta delante de una mesa y se retira a un rincón para expresar sus pensamientos”.

A modo también de los cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, que los entregó finalmente a las personas que los quisieran leer libremente, yendo del timbo al tambo de la vida, pongo a disposición de la Noosfera este relato inacabado, pensando que cada persona que lo lea “sabrá qué hacer con él”: sugerir finales, enriquecerlo con nuevas reflexiones o guardarlo, tal y como está escrito, en una maleta imaginaria de Cristóbal Toral o en la real de Pamuk. Es lo mismo que me pasó a mí al escribirlo y rescatarlo hoy. Porque la perspectiva del tiempo es lo que permite poner cada cosa y palabra en su sitio y hacer, de vez en cuando, una parada en la posada más querida. Como peregrino de la felicidad, de la vida, porque es lo que me saca de mi corazón, de mis asuntos y es lo que me lleva a estar ahora “peleando para sobrevivir a las perversidades de la incertidumbreque estamos viviendo por el confinamiento y la desescalada que nos embarga. Como me “recomendaba” hace años Gabo cuando leía, en tiempos de silencio, uno a uno sus cuentos peregrinos. Porque entendí muy bien su estructura literaria volcada al mundo mediante sus estructuras cerebrales: somos peregrinos en un camino hacia alguna parte, aunque a veces vayamos del timbo al tambo, como desorientados, para comprender lo que solo se puede alcanzar en una disciplina de silencio y de encuentro con nosotros mismos, para responder a situaciones, preguntas y fracasos humanos y sociales que no alcanzamos a entender nunca.

Sinfonía en si menor, Inacabada, D. 759, de Franz Schubert

Cerré la puerta de casa como de costumbre, con la llave puesta en posición horizontal en la cerradura, para evitar también esos golpes secos que molestan a más de un vecino. La mañana era fresca, saludándome con un aire que me despejaba la mente, conciliador sobre todo, recordándome algunos aspectos positivos de la vida. El coche, mi gran compañero y aliado, amigo, confidente, me llevaba de nuevo acá y allá. Ahora al bar del pueblo, un lugar de paso o estancia según se miren las caras de los clientes asiduos.

– Un café, por favor

Mientras hojeaba la prensa, se enfriaba el café y cantaba la máquina de discos, el cerebro se iba poniendo a punto para rendir un día más. En vez de conflicto leía concierto, en lugar de divorcio, negocio, pero poco a poco todo se iba tornando real y las cosas volvían a su sitio. La carcajada del disminuido psíquico del pueblo, conocido por todos, que a mí se me antojaba muy listo, rompía de vez en cuando el silencio matinal añorado para quien está harto del ruido del mundo. Era un muchacho que miraba y sonreía a todos como negando pesimismo y seriedad a la vida. Entraba y salía del bar en un ir y venir sin sentido, como buscando algo que nunca acababa de encontrar. ¿No me pasa a mí igual? Me quedé contemplando las ondas del café en la taza, en esos pequeños torbellinos que dibujaba la cucharilla, movimientos rítmicos que se repetían una y mil veces. Los ojos fijos allí, los oídos en las mil cosas que acontecían en segundos en el bar: el adicto al alcohol que comenzaba muy temprano su jornada de divertimento, con una copa que vaciaba en voraz sorbo, el lotero con el pecho decorado de millones de pesetas en potencia, cogidos con alfileres de ropa que ya casi no se ven por ninguna parte, el corredor inquieto negando metros cuadrados al espacio de la barra, el intelectual del pueblo, el policía y muchas personas en paro. Una barra llena de inquietudes, fracasos, vidas, silencios, con camareros sirviendo desayunos para hombres y mujeres que comenzaban supuestamente su jornada, aunque sus ojeras delataban horas sin dormir en un despertar muy complicado.

Salí del bar. Filas de hombres con el ceño fruncido, en silencio sobrecogedor, poblaban la acera de enfrente con un pie reposando en la pared. Eran hombres sin trabajo, como yo al fin y al cabo, sin norte claro, solo a la espera del día y hora para cobrar el paro. Puse el coche en marcha de nuevo. Mientras llegaba a la autopista, pensé que algunas distracciones habían estado a punto de costarme algún disgusto, porque la mente estaba desde hace tiempo en otra parte. Desde hace meses ha crecido en mí la inseguridad conduciendo, hasta el punto de que muchas veces he sentido miedo al ponerme al volante.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Dicen que la distancia es el problema

CREACION DE ADAN1

Sevilla, 16/V/2020

Una de las palabras que figuran en las primeras posiciones del diccionario del confinamiento es “distancia”. A su vez, es una de las más difíciles de comprender e interiorizar porque supone separación de casi todo y, sobre todo, de todos. Dicen que por seguridad, para no contagiarnos. Casi nos han obligado a llevar encima, en un kit para el perfecto superviviente al coronavirus, un metro metálico para medir, con la rigidez simbólica que nos aporta, la tan traída y llevada distancia: un metro, dos, dos y medio, que hay teorías para todos los gustos. Al fin y al cabo, distancia entre personas y familiares en todos los sitios y situaciones que podamos pensar. Estar distante de personas queridas ya no es lo mismo, agravándose la situación según el lugar que ocupe cada uno en la familia.

El fresco de la bóveda en la Capilla Sixtina, que he elegido hoy como representación de estas palabras, me sobrecoge siempre que lo contemplo recordando la primera vez que admiré directamente esta grandiosa obra, hace ya muchos años, porque simboliza muy bien el problema de la distancia humana: Dios, aparentemente cerca, está acompañado mientras que Adán está solo y les separan, según Miguel Ángel, unos centímetros mágicos, no inocentes. Todo en silencio y sin diálogo, como presagio de lo que pasaría después como mensaje para los siglos de los siglos a través de la creación y de la evolución, porque en esa distancia histórica está simbolizada la razón de existir y las creencias de millones de personas que han poblado y pueblan este planeta.

La psicología y la antropología nos alumbran el problema de la distancia en los seres humanos, porque fundamentalmente somos seres ultrasociales y así se nos ha enseñado a lo largo de siglos de nuestra historia. Los antropopitecos, es decir, nuestros antepasados, decidieron salir de África hace ya cincuenta mil años y comenzaron a crear nuevos grupos sociales en todas las latitudes del mundo. Sobre todo, millones de años atrás, el día que a través de un hueso muy pequeño que tenemos en la garganta, el hioides, les permitió hablar, articular palabras. Dicen los sabios del lugar que nos encanta la proximidad y que necesitamos tocarnos, estar cerca unos de otros, pero la realidad científica es que esto no es verdad, que lo verdaderamente revolucionario no fue establecer distancias sino poder hablar.

En 2006 se produjo un descubrimiento extraordinario desde la paleontología, sobre el que escribí ese año en este blog, porque siempre me han apasionado las estructuras cerebrales: los restos que se encontraron en Dikika (Etiopía), en 2000, pertenecían al esqueleto de una niña, a la que se puso el nombre de Selam (paz) y se confirmó mediante pruebas científicas que cumpliría hoy tres millones, trescientos mil años. Es un descubrimiento extraordinario porque según manifestó en su momento Zeresenay Alemseged, paleoantropólogo etíope del Instituto Max-Planck de Leipzig, en Alemania: “son los restos más completos jamás encontrados hasta la fecha en la familia de los australopitecos”. El esqueleto se ha montado como un puzle humano, pieza a pieza, hueso a hueso, desde su descubrimiento en el periodo comprendido entre 2000 y 2003, faltando sólo la pelvis, la zona baja de la espalda y parte de las extremidades”.

En la región de Afar, en Etiopía, sus primeros pobladores fueron los artífices de que naciera la especie humana, que progresara con el paso de millones de años y que nos ofrecieran uno de las claves de nuestra especie, la capacidad de hablar, gracias a un pequeño hueso que se encontró en los fósiles de Selam, sobre el que escribí el día que se presentó al mundo el descubrimiento de la niña de Dikika: “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides (1), que es el auténtico protagonista del descubrimiento, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopithecus afarensis”. Para hablar, necesitamos a otra persona, aunque sea solo una, con la distancia suficiente para que me pueda oír.

Las dudas sobre el problema del lenguaje y la necesidad de acortar distancias en las relaciones humanas me han recordado reflexiones que ya hice a comienzos de este siglo sobre estudios del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. Los humanoides, que son legión, siguen sorprendiéndonos con reacciones de comprensión inmediatamente anteriores al “salto” del lenguaje. La mano abierta, con la palma hacia arriba, es un gesto de hambre, necesidad de comer algo, en el mundo de los primates. Pero la cognición voluntaria, es decir, la decisión de cómo voy a pedir de comer es una superestructura del conocimiento que solo corresponde a la especie humana. Necesito tener a otros cerca para que me vean y escuchen. Es más, la construcción mental de qué va a ocurrir con la comida, la decisión de comer solo o acompañado, poner la mesa, rodear de encanto personal con objetos y palabras el acto de comer es lo que nos sigue volviendo locos a los que nos gusta investigar su por qué. Hoy, en plena pandemia, más que nunca.

En este tiempo de coronavirus 19 nos esforzamos en vernos, hablar y conversar, superando la barrera de las distancias fundamentalmente a través de las tecnologías de la información y comunicación, pero sin tocarnos por imperativos categóricos de salud, aunque nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad, la distancia social. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (según Aristóteles), algunos lo llaman Dios o deidad, otros punto alfa de la evolución, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos estando uno muy cerca del otro para escucharnos y tocarnos utilizando el lenguaje corporal. Sobre todo, para utilizar la inteligencia a la hora de solucionar problemas. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos de confinamiento y desescalada que corren, que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo cerca, aunque solo sea al oído, porque tenemos muy interiorizado que, a veces, la distancia es el olvido. También, porque tenemos miedo a la soledad, a no poder hablar que es lo que más nos gusta.

Selam (Paz), la niña de Dikika, así lo ha confirmado mientras correteaba con sólo tres años por los campos de Dikika, donde había paradójicamente mucha agua, porque junto a su esqueleto se descubrieron también los de hipopótamos y cocodrilos, lo que aventura pensar que fue una niña feliz en un medio fértil y adecuado a sus necesidades, porque incluso ya podía hablar con las personas que tenía cerca. Y así lo contaron a lo que hoy se llama el primer mundo, tan preocupado con la pandemia que nos asola, tan lejano de aquel tiempo aleccionador que no deberíamos dejar de investigar nunca a pesar de la distancia en el tiempo.

(1) Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

 

 

Necesitamos hoy recordar un abrazo especial

EL ABRAZO

Juan Genovés, El abrazo

Sevilla, 15/V/2020

Olvidar momentáneamente lo que nos separa es comprender lo que buscamos entre todos y a veces se comprende tanto que ya no hay casi nada que olvidar y mucho por hacer en lo que nos une. Incluso con un abrazo especial al que piensa de forma diferente, mirando de frente a las diferentes caras de la urna de cristal que se llama ahora Congreso de los Diputados

Juan Genovés, el pintor que recordaremos siempre por un cuadro emblemático, El abrazo (1976), ha fallecido hoy en Madrid. Lo siento especialmente porque siempre lo he tenido en mi pinacoteca de secreto por el mensaje que deseó transmitir con esa obra tan especial, que llegó finalmente al Congreso de los Diputados el 7 de enero de 2016, cuarenta años después de haber sido concebido como un homenaje a la reconciliación nacional, para quedarse definitivamente allí como símbolo de la Transición y la Democracia en este país.

En tal sentido, vuelvo a publicar aquella semblanza del día tan ansiado que he citado. Me emocionó saberlo y contemplarlo allí colgado como mensaje que no se debería olvidar, más en estos tiempos tan difíciles de la COVID-19. Todo lo que dije en 2016 sigue teniendo vigencia salvando lo que hay que salvar del momento político en el que estábamos en aquel momento. Genovés se merece hoy el respeto de los demócratas, aunque como decía Alberti en su poema Te marchaste sin decirnos adiós, sabemos que no pudo decirnos adiós, pero sí darnos un abrazo. Además, los tristes momentos de la pandemia que estamos sufriendo nos impiden ahora abrazarnos de nuevo como homenaje a él y reconocerle con ese acto, en silencio, ese gran regalo para la democracia. Aunque fuera solo para decirle adiós y gracias porque sabemos lo que nos entregó hace tan solo cuarenta años.

El Congreso necesita un abrazo especial

Ayer llegó a un edificio del Congreso de los Diputados, para quedarse, un cuadro de Genovés, El abrazo, símbolo de la Transición. Ha sido un largo proceso burocrático que ha merecido la pena por lo que representa también para este momento político especialmente complejo que se vive en España y, concretamente en el Congreso estos días, en plena vorágine de reuniones para alcanzar acuerdos de gobernanza que a priori siempre parecen imposibles.

Merecería la pena que quienes ostentan la representación política de todos los españoles observaran con detenimiento el cuadro y pensaran, aunque fuera solo por un momento, que este símbolo de los abrazos no se debe olvidar porque fue una lección democrática reflejada fantásticamente por Genovés durante la Transición en un país que ahora los necesita más que nunca.

El Eclesiastés decía que en la vida hay tiempo de todo, hasta de abrazarse y separarse, pero que todo es vanidad de vanidades, solo vanidad, sobre todo si no se respeta el interés general en política. También, que hay tiempo de dialogar hasta la saciedad, para ser respetuosos con la voluntad popular expresada en los votos del pasado 20 de diciembre de 2015.

Es lo que esperaba Genovés cuando pintó el cuadro, no inocente por cierto, haciendo camino al andar y no disimulando nunca que la izquierda sabía mejor que nadie de abrazos y comprensión sin límites al tener que ponerse a hablar las dos Españas de Machado durante la Transición, porque todos no somos iguales en conducta social e igualitaria desde las ideologías, aunque sí ante la Ley. Es lo que deberían recordar ahora las señoras y señores diputados a la hora de hablar del nuevo Gobierno y del interés general en la cuenta atrás hasta el día 13: olvidar momentáneamente lo que nos separa es comprender lo que buscamos entre todos y a veces se comprende tanto que ya no hay casi nada que olvidar y mucho por hacer en lo que nos une. Incluso con un abrazo especial al que piensa de forma diferente, mirando de frente a las diferentes caras de la urna de cristal que se llama ahora Congreso de los Diputados.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.

Dignidad no es solo una bella palabra

Sevilla, 15/V/2020

Ayer decía la presidenta de la Comunidad de Madrid que “Mientras trabaje como presidenta, lo haré en un sitio digno”, en medio de una agria polémica sobre la utilización dudosa de un apartotel de Madrid como residencia provisional. Sin entrar en la legalidad o no de la cuestión, porque todavía no existe información clara y rotunda sobre lo ocurrido, sin resquicio alguno, sí quiero hacerlo en el fondo y forma de lo manifestado porque hemos llegado a una situación límite por el uso indecente de palabras con un contenido ético profundo, que no se deben escuchar solo y sin hacer o decir nada, consintiendo con silencios cómplices un uso torticero, como en este caso, de la palabra dignidad. Es más, añade sin rubor alguno que “No voy a resolver los asuntos de los madrileños sobre el comedor en el que ceno. Pues no creo que eso sea lo más oportuno; (…) mientras yo esté trabajando como presidenta de la Comunidad de Madrid, lo haré en un sitio con unas banderas y en un sitio digno, por ejemplo con la foto del Rey”.

Estas manifestaciones las hizo ayer en la Asamblea de Madrid, la casa de cristal de la administración autonómica en la que trabaja representando a casi siete millones de habitantes de diferente signo político. Lo que es indudable es que los madrileños y madrileñas, así como los españoles y españolas que la vean y escuchen al intervenir en público, no se van a escandalizar por verla en su casa «pequeña», confinada como todos los que sufren esta situación, en su comedor de toda la vida y, si hace falta, con la mesa puesta, sin banderas y sin foto alguna del Rey. Sería una imagen de normalidad absoluta y muchas personas se sentirían perfectamente representadas.

La verdad terca es que «dignidad» es una palabra y una cualidad humana muy maltratadas. De forma inmediata me ha venido a la memoria un archivo reciente, que contiene en mi cerebro las palabras que dediqué a Jose Mujica, expresidente de Uruguay, cuando dijo que La política es la lucha por la felicidad de todos, frase pronunciada en su discurso de despedida de la presidencia del gobierno uruguayo el 27 de febrero de 2015. Lo tengo grabado en mi alma política porque hablar de Jose (Pepe) Mujica es hablar de dignidad política integral. También, cuando dijo con estremecimiento de su alma que “la lucha que se pierde es la que se abandona”. Hace tan solo tres meses tuve la oportunidad de ver un documental sobre su vida y obra política, El Pepe, una vida suprema, para aprender su forma de hacer política, tan necesaria en este tiempo. A estas alturas del desencanto político en el mundo global y con responsables políticos que maltratan la dignidad como cualidad humana extraordinaria, solo queda agradecerle que con su edad siga con la ilusión de ser feliz contando a los demás su propia historia política y su forma de ser y estar de forma digna en el mundo. No confunde, como todo necio, valor, dignidad y precio, demostrando con sus hechos, que son amores, que necesitamos su garantía ética de la dignidad política y no sólo buenas razones.

¿Por qué será que me he acordado de Pepe Mujica cuando he leído las manifestaciones de la presidenta Díaz Ayuso en Madrid? Probablemente porque necesito reafirmarme en la creencia de que otra política es posible y que la dignidad, en todas sus manifestaciones posibles, debe ser el denominador común de la misma. También, porque el expresidente ama a su chacra, una humilde casa en el campo y porque no le ha importado nunca atender allí a personas, políticos y periodistas de diferentes posiciones sociales y creencias. Dice Mujica en el documental citado que “Los mejores dirigentes son aquellos que cuando se van dejan a un conjunto de gente que lo superan ampliamente”, creándose una atmósfera de complicidad silenciosa, pero elocuente, entre Mujica y el director, Emir Kusturica, que presagiaba que a partir de esta frase todo el documental iba a pasar páginas virtuales de un breviario para una política digna, plagado de ideas, reflexiones, imágenes, silencios, narraciones, discursos breves que simbolizan la altura de miras de este político uruguayo, tupamaro de origen ideológico y con unas raíces de revolución interior en la etapa colonialista de España en aquellas tierras y muchos siglos atrás.

Algo muy querido para uno de mis maestros de vida, José Antonio Marina, es la demostración de que la gran tarea de la inteligencia es desarrollar actos felices en la vida diaria y ordinaria, sobre todo cuando nos enseña los caminos de una sociedad justa y feliz: conocimiento de las utopías para mejorar el mundo y cómo se puede alcanzar la felicidad personal y política, recurriendo a ejemplos tan extraordinarios como la frase resumen de la Constitución de 1812 en nuestro país que decía: “El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bien estar de los individuos que la componen”. Ser felices debe ser un proyecto común, construir una “Casa” común, asumir la compasión y la solidaridad como actitudes proactivas para sentirnos protagonistas de un gran proyecto humano que trascienda la indignidad extrema de no ver más allá de nuestras “narices” personales, familiares, políticas y sociales. Ser muchas veces voces de los que no tienen voz. Ser dignos para defender y representar la dignidad de los que están cerca y que, en el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, es siempre la de sus representados.

Escuchar a Mujica decir que “A esta altura no preciso “plata” (dinero), en absoluto, no preciso para vivir más de lo que tengo” o que “la cultura es la cotidianidad de los valores con los que nos movemos en la vida y eso es parte de la construcción de una sociedad mejor” y “A veces lo malo es bueno y, a veces, a la vez, lo bueno es malo”, nos deja ensimismados en la ilusión de seguir trabajando en la utopía de creer que otro mundo es posible, que otra presidencia de la Comunidad de Madrid también es posible.

Después de más de dos siglos de andadura en el lenguaje compartido y registrado de nuestro país, según la RAE, podemos limpiar, fijar bien y dar esplendor a la palabra dignidad, sin adulterarla ni contaminarla, respetando su propia historia social, aceptando que es una palabra muy apreciada en el habla de todos, compartiendo su raíz histórica y de arraigo popular. Una persona digna, que hace política, como en el caso que nos ocupa, debe ser siempre un ejemplo de seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse, es decir, debe manifestar pureza, honestidad y recato porque se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias para comportarse comedidamente.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.