Pondré mis limpias manos sobre Schumann


Un artículo publicado hoy en Babelia, La lección del maestro, de mi admirado Antonio Muñoz Molina sobre el pianista Seymour Bernstein, me ha recordado la necesidad de maestría para poner las manos sobre un piano, como expresión maravillosa de las órdenes que el cerebro envía a diez dedos para que acaricien las notas en la clave que corresponda, como si se tratara de concatenar letras y palabras llenas de un encanto mágico.

La figura de Bernstein me parece encomiable, tal y como la retrata el autor. Un maestro que se retira del mundo artístico oficial en 1977, para enseñar de forma personal e intransferible, humilde, a futuros pianistas que ahora andan en el más puro anonimato: “Seymour Bernstein eligió hacerse a un lado, acogerse a una soledad sedentaria, aunque no aislada, porque su apartamento de monje está a unos pasos del nervio vibrante de la música en Nueva York, y porque a partir de entonces su vocación se volcó no en los conciertos públicos, sino en el sosiego de las clases; no en la multitud anónima de un auditorio, sino en la atención, uno por uno, a cada discípulo”.

Estoy aprendiendo a tocar el piano. Era una asignatura pendiente a lo largo de mi vida, que pretendo aprobar con la ayuda de una profesora que proyecto ahora en Bernstein, en los términos que utiliza Muñoz Molina sobre su método de enseñanza actual: “Les explica a los estudiantes cómo hay que respirar delante del piano y también qué parte de artesanía y de sustancia ética hay en el ejercicio de la música. “La música no deja sitio para el apaño, no permite excusas, ni subterfugios, ni negligencias o descuidos en el trabajo”, dice. La música es el ejemplo de lo inflexiblemente bien hecho, y requiere una entrega que afecta tanto a la vida personal como a los resultados que logra el artista”.

No voy a olvidar estas palabras. A partir de ahora, cada vez que toque una obra de Schumann iniciática para mí en estos momentos, De países y personas extranjeras, recordaré a Bernstein tal y como lo ha retratado Etham Hawke, en el documental Seymour: Una introducción, porque lo que el director narra es “…un concierto casi confidencial de Seymour Bernstein, tantos años después, delante de unas decenas de personas, bajo la rotonda de la tienda Steinway de Nueva York. Frente a ese público muy atento Bernstein toca a Schumann como si estuviera solo, con una media sonrisa, con los ojos cerrados, delante de un ventanal por donde pasa silenciosamente el tráfico, en su edén de la música y de la paz de espíritu”.

Sevilla, 11/IV/2015

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