La ciudad de las estrellas (La La Land desde España)

Los tímidos aplausos finales desde el patio de butacas rubricaban lo que habíamos visto y sentido el sábado pasado tras ver La La Land (titulada en España como La ciudad de las estrellas), una excelente película en un entorno musical adecuado y en un lugar que podría ser cualquier parte del mundo, sin tener que ocurrir exclusivamente en el Planetario de Los Ángeles. Lo sé porque conozco bien esta experiencia a nivel humano sin tener que recurrir a la magia de Hollywood, que indudablemente la tiene, porque lo que se narra en la película es tan real como la vida misma, en la dialéctica terrible de amor-desamor, triunfo-fracaso, que toda vida tiene cuando hacemos diariamente camino al andar.

La La Land es una forma de entender la vida en la ciudad de Los Ángeles. Será porque el nombre de la ciudad ya nos invita a volar, pero no: La La Land es un estado de ánimo caracterizado por expectativas poco realistas. Está aceptada esta expresión en el argot diario de esa ciudad, que ya conoce muy bien cómo se tratan los sueños en el cine. Pero cuando vemos la película dirigida por el jovencísimo Damien Chazelle, nos damos cuenta que en el cine todo se puede convertir en magia y que cuando lo unes a una banda sonora magnífica que acompaña en este caso dos vidas soñadoras, las expectativas vitales en la dialéctica amor-desamor, triunfo-fracaso, por poco reales que sean, las comprendemos perfectamente porque lo que viven es la vida misma. Así de trágico y así de sencillo.

El relato es un clásico del cine que cuenta la vida de los protagonistas de esta bella película, Mia y Sebastian, en definitiva, de cualquier persona que es singular a la hora de plantear sus proyectos de vida, tal como definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739, con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida.. El derecho a soñar no se debe robar nunca y más cuando une a personas que son soñadoras de su propia felicidad, donde todo lo que tocan es arte…, arte de vivir. Si además le agregas una banda sonora con música que te conmueve, comprendes bien por qué se encuentran en el Cine Rialto para ver Rebeldes sin causa. Ellos ya la tenían muy clara y por ello apuestan, aunque el riesgo se traduce muchas veces en tomar decisiones que difícilmente tienen vuelta atrás. Esas decisiones que solo se pueden llevar al cine y que nos permite la ficción de vivir la vida otra vez como si nunca pasara nada, tal y como nos lo cuenta Chazelle en los últimos diez minutos de su gran película.

Cuando finalizo este artículo, he tomado conciencia de que se me ha olvidado escribir un título de crédito al principio del mismo, a modo de aviso para navegantes en busca de islas desconocidas: cualquier parecido con la realidad que refleja La La Land les aseguro que no es pura coincidencia. Véanla y ya me dirán si estoy en lo cierto.

Sevilla, 17/I/2017

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