Murillo pintó también la verdad de Sevilla

LA MIRADA INNOVADORA
http://www.murilloysevilla.org/

Sevilla está viviendo un acontecimiento muy interesante para recuperar señas de identidad de su memoria histórica. La celebración del cuarto centenario del nacimiento del pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo, es una oportunidad de acceder a información relevante atendiendo lo que él quiso decir a través de cada lienzo que lleva Sevilla dentro. Así lo ha manifestado el Comisario de esta efeméride, Benito Navarrete: “Bartolomé Esteban Murillo ha sido un artista utilizado desde el mismo siglo XVII por el poder de comunicación que tienen sus imágenes. El propósito del Año Murillo es intentar arrojar luz desde diferentes parcelas para interpretarlo desde una visión poliédrica para que su pintura -desde la devocional a la profana- llegue a ser entendida en su plenitud atendiendo a la memoria que su obra ha dejado a lo largo del tiempo. Un artista que ha sufrido oscilaciones cambiantes y que ahora es reivindicado por su propia ciudad con la intención de presentar su verdadera dimensión para que sea entendido y valorado en su justa medida como espejo de genialidad e innovación para las generaciones futuras”.

De esta forma, he comenzado a vivir este Año Murillo, intentando vislumbrar qué Sevilla estaba detrás de cada cuadro, imaginando que la trastienda de la ciudad estaba siempre en el momento de aproximarse al lienzo en blanco de cada obra. Lo conocí en mi infancia con la divulgación que el régimen franquista hacía de sus imágenes candorosas de vírgenes y niños divinos al gusto de los que le encargaban la representación de acontecimientos religiosos de la forma que gustaba a la iglesia y a los poderes fácticos de la ciudad. Pero Sevilla vivía momentos convulsos que Murillo también supo trasladar a sus lienzos en blanco, aunque durante siglos han ocupado un lugar mucho menos relevante que su pintura más oficial.

El año pasado escribí unas palabras en este blog como homenaje personal en el tiempo preparatorio de la celebración del Cuarto centenario del nacimiento de Murillo en la ciudad de Sevilla. Señalé una constante en su obra pictórica, la que dedicó a los niños y niñas de Sevilla que menos tenían, frente a ángeles imposibles e inalcanzables que también pintó, que hoy son vistos por millones de personas en el mundo en museos de diversas localizaciones geográficas donde la obra de Murillo se contempla con admiración y respeto. Como el niño sevillano que sonríe asomado a una ventana de libertad, pintado en 1675 y que tanto admiro. Probablemente, era un niño pobre, como tantos miles que había en Sevilla en aquella época, pero asomado a un mundo diferente a través de una ventana liberadora. Así lo he pensado en relación con los niños y niñas sevillanos que menos tienen y así lo transmito.

Ayer estuve contemplando de nuevo el monumento dedicado a Murillo en la Plaza del Museo, muy cerca de un lugar mágico, la sala V del Museo de Bellas Artes rediseñada con motivo de la celebración del cuarto centenario de su nacimiento, donde he recordado algo que me causó una gran impresión en una visita que hice a aquella sala en 2015. En aquella ocasión, tuve una experiencia extraordinaria, porque un cuentacuentos estaba enseñando a niños y niñas de dos años, con arte excelso, el pequeño secreto de la Virgen de la Servilleta. Al terminar su intervención magistral, en breves minutos doblemente buenos, les entregó unas hojas con trazos del cuadro explicado, para que los colorearan con lápices multicolores de cera. Y comenzaron a dar color a una obra que previamente ya les habían presentado en clase sus maestras, sus maestros, en el buen sentido de la palabra maestra, maestro.

Fue un momento mágico y estaba convencido de que Murillo disfrutó aquel día de forma especial, porque solo buscaba encontrar en las madres presentes su papel de vírgenes anónimas y el rostro saliente de todos y cada uno de los niños pintores, como el de la servilleta, aunque tendría que pensar detenidamente de qué forma podría pintar también a las niñas como nuevas protagonistas de sus cuadros, en una revolución de género que nunca pudo imaginar. Fui testigo directo de cómo una abuela le explicaba a su nieta que la Virgen era una madre buena. Se hizo un silencio sonoro y se despidieron del pintor. La niña, mirando hacia atrás, buscaba la servilleta original de la que le había hablado el cuentacuentos porque por más que miraba el cuadro de Murillo no la veía por ninguna parte. Solo a su abuela, en su papel maravilloso de madre que está en la tierra, con ella en brazos. Ocurrió en minutos algo especial: en esa ocasión eran los niños y niñas de Sevilla los que pintaban a Murillo, cuando él pintó como ningún otro artista de la época a los niños como centro de atención especial en su obra.

Obviamente, he pensado que Murillo, cuatrocientos años después de su nacimiento, volvería a pintar hoy con carácter preferente a los niños y niñas de Sevilla con pobreza visible e invisible, que todavía existen, a los que siempre quiso dedicar una parte muy importante de su obra, como homenaje a los que menos tienen, a los invisibles para los que tienen todo, para que comprendamos que hay que fijar prioridades al recordarlo ahora en ceremonias y festejos especiales con motivo de esta magna celebración oficial. Para que no olvidemos su mensaje pictórico ni siquiera un momento. Para que todos los niños y todas las niñas que viven en Andalucía puedan asomarse ya a las ventanas de dignidad personal que solo existen en las grandes alamedas de libertad.

Sevilla, 19/I/2018

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