El rabioso tiempo real

RABIOSO TIEMPO REAL

El rabioso tiempo real es una locución que utilizábamos con frecuencia en mi dilatada experiencia directiva sobre estrategias públicas digitales. Sobre todo, en las estrategias de salud digital porque de lo que trata es de atender la vida de cada persona en situación de salud y enfermedad. Nos iba la vida, en su sentido más literal, en que todo funcionara a la perfección, el hardware y el software de la historia de salud digital y, obviamente, en las telecomunicaciones que pretendían salvar el rabioso tiempo real.

El adjetivo “rabioso” es de dudosa utilización en esta locución y siempre me ha llamado la atención, porque estaba convencido de que era una situación de “vehemencia” para que todo funcionara a la perfección y cuando se necesitaba, no tanto de las restantes explicaciones que recoge el Diccionario de la lengua española acerca del lema “rabioso”, en su actualización de 2018, de difícil encaje en esta interpretación de la locución digital expuesta: 1. adj. Que padece rabia. U. t. c. s.; 2. adj. Colérico, enojado, airado; 3. adj. Vehemente, excesivo, violento.

Me quedo con la acepción de vehemencia porque de lo que se trata es del tiempo real como la vida misma. Esta es una de las aportaciones maravillosas del mundo digital en el que vivimos, estamos y somos. No hablamos, por tanto, de tiempo que padece rabia, tiempo colérico, enojado, airado, excesivo o violento. Sí, de tiempo real, vehemente, porque nos va la vida en ello. Hoy queremos tener todas las cosas en el momento y véase la proliferación del mercado en Internet. Pero, si de lo que se trata es de nuestra vida, sobre todo en etapas de enfermedad, no tanto de salud, aunque nos preocupa que todo ocurra en el instante que necesitamos algo o alguien, el rabioso tiempo real es imprescindible que funcione a la perfección en el mundo digital. Existe inteligencia digital y tecnología más que suficientes para que lo podamos exigir a las autoridades políticas que gobiernen en cada momento. Es un problema de inversión y no tanto de gasto.

En el mundo digital en el que vivimos, en rabioso tiempo real, nos tenemos que enfrentar de una vez por todas a esta pregunta de rabiosa actualidad, si nos instalamos en el mundo de ciudadanos rabiosos, tal y como lo explicaba muy bien Mario Vargas Llosa en un artículo dedicado a los ciudadanos rabiosos, en el que explica el nacimiento de esta locución, Wutbürger, que quiere decir “ciudadano rabioso”. ¿Inversión o gasto digital? Ya lo escribí (con rabia digital, que también existe), en su momento, en este cuaderno digital, cuando dediqué una serie a la Política Digital de Estado: “Esta es la pregunta del millón de dólares para muchos descreídos digitales, que ya han resuelto determinados responsables TIC, políticos y técnicos, que aun conociendo la realidad digital en España miran para otro lado y con gran desparpajo vergonzante tienen respuesta a la misma: gasto y solo gasto. Pero esto no es así y no es verdad para los que conocemos la realidad del gasto público digital en España desde hace muchos años, porque es un clamor entre los profesionales del sector que en España se gasta mucho en soluciones digitales de software y, sobre todo, hardware, con una proliferación de chiringuitos digitales, porque no se toman medidas contundentes y claras para contenerlo con soluciones tecnológicas de reutilización de software y consolidación de centros de procesos de datos, por ejemplo, que supondrían ahora una inversión inicial pero que contendría el gasto a muy corto plazo”.

Para ello es necesario que de una vez por todas se eleven estas decisiones a rango de política digital (rabiosa) llevada a cabo por un Gobierno Digital fuerte, bien armado, con altura de miras y dependiente directamente de la presidencia del Gobierno, para abordar con carácter inmediato una revolución digital en este país, con altura de miras y que suponga un beneficio a corto plazo, tanto cualitativo, como cuantitativo, con una estrategia digital declarada con disposiciones de carácter sustantivo que se pueda proyectar luego en las Comunidades Autónomas que respeten en determinados artículos las peculiaridades de cada una, pero nunca permitiendo la falta de equidad en la accesibilidad digital a los recursos públicos.

Esta política digital acabaría con las tómbolas digitales de recursos financieros, subvenciones, Fondos FEDER, financiación de planes y proyectos sin mezcla de beneficio alguno, sin orden ni concierto en muchas ocasiones por controles políticos no inocentes, solo para exquisitos digitales o buscadores digitales de última hora, que no benefician ni buscan el interés general digital que debería perseguir su finalidad pública implícita. También con los miles de chiringuitos digitales montados e instalados, que no implantados, por todo el país, bajo el eslogan de que “a mí que no me llamen”, despreciando casi siempre el buen hacer digital de los otros. Otro gallo cantaría si pudiéramos conocer de una vez por todas los extraordinarios recursos digitales que ya existen tanto en software y hardware pagados con dinero público, de todo el país, y se pudiera disponer de ello a modo de Repositorio Común Digital, por imperativo legal y “rabioso”, por supuesto, no por mera discrecionalidad, con plena disponibilidad para las Administraciones Públicas, como está ya legislado de forma tímida todavía y que tan poco caso se le hace.

Tengo la respuesta muy clara a la pregunta formulada: inversión cualitativa y cuantitativa, inversión urgente para controlar urgentemente también el gasto digital actual. Si hubiera política digital administrada por un Gobierno Digital a nivel de Estado, con proyección legal a las Comunidades Autónomas que serían participantes activas en el desarrollo de esta nueva política, podríamos abordar con carácter inmediato una auditoría para conocer, una vez más con urgencia, la situación digital del país, desoladora por supuesto desde la perspectiva de gasto público nacional y territorial, para que se pudieran tomar medidas urgentes de contención del mismo en reutilización del software y consolidación masiva de infraestructuras digitales, por un efecto inversor inmediato que supondría taponar la hemorragia económica de gasto TIC que se está produciendo todos los días. Acciones que llevarían a clausurar de forma inmediata tómbolas y chiringuitos digitales extendidos por todo el país.

La catetez digital, que también existe, nos lleva a situaciones pintorescas de despreciar casi siempre lo que los demás hacen bien y con soluciones digitales a veces de más calidad que las nuestras. Pero nos puede la trinchera de la autonomía mal entendida y lo de los demás, en principio, es para no fiarse mucho. No digamos nada, si el Estado o esa Comunidad la preside otro partido político. Las TIC no son inocentes, pero permiten practicar ética digital de una gran calidad cuando garantizan la equidad en la accesibilidad a servicios públicos digitales a través de algo tan sencillo y al alcance toda la ciudadanía como un teléfono, instrumento revolucionario para obtener bienestar social o el mando a distancia del televisor inteligente. Eso sí, a precios razonables y que respondan al rabioso- tiempo real que nos rodea.

Sabemos, por desgracia, que todo necio digital, confunde hasta la saciedad, valor y precio. Ese es el auténtico problema de fondo del rabioso tiempo real como derecho ciudadano en el mundo digital. Todo lo dicho anteriormente, es de rabiosa actualidad, por supuesto. Está pasando y, a veces, no lo estamos viendo ni disfrutando porque algunos desprecian la atención pública digital al rabioso tiempo real de la vida y, sobre todo, aplicado al interés general de la ciudadanía en su intramundo de educación, salud y atención permanente a personas mayores, que se debería llevar a cabo con preferencia absoluta sobre el interés no inocente del mercado (digital. por supuesto).

Sevilla, 16/V/201