El entretenimiento televisivo no es inocente

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RTVE / PRODIGIOS

Sevilla, 20/II/2020

El helicóptero de Mediaset España está ya sobrevolando sobre las cabezas de millones de personas que conforman la audiencia del programa de supervivientes que se estrena esta noche en Tele 5, la hermana española de la italiana “telecinque”, ambas bajo el imperio de Berlusconi. Mañana comprobaremos el abismo de datos de audiencia que existe entre esta cadena y todas sus rivales, entre las que incluyo, obviamente, Radio Televisión Española. Aseguro que la diferencia será abrumadora y creo que estos datos deberían hacernos pensar sobre las ideologías subyacentes que hay detrás de cada cadena de televisión y, sobre todo, la cadena pública por excelencia.

Estoy convencido de que las ideologías no son inocentes, ninguna. Siendo esto así, no es lo mismo la ideología sustentada solo por el capital y el mercado que la que defiende exclusivamente el interés general, pero hay una palabra fetiche ”entretenimiento” que se ha convertido en un paraguas que lo cubre todo. Bajo este término se ampara todo tipo de “sálvames”, de amplio espectro frutero o de casquería, qué más da si da lo mismo. O si todos los presentadores de cualquier espacio, incluido los informativos, acaban anunciado los implantes de zirconio monolítico, donde al final no sabes a qué le dan más importancia determinadas cadenas, si a ti como telespectador o a la propia empresa anunciante. La cuestión es entretener a cualquier precio.

Es la razón por la que defiendo a toda costa la televisión y radio públicas, cuyas cifras de audiencia caen en picado mes a mes, salvo algunas excepciones. ¿Dónde está el problema? Creo, sin lugar a dudas, que se confunden permanentemente los términos. Una cadena pública no tiene por qué ser “aburrida” frente a la “divertida” contraria, ni el entretenimiento tiene por qué ser una paliza frigia frente al llamado “ entretenimiento alegre” de los rivales. Lo que una cadena pública no debe hacer nunca, aunque está visto que sí pueden, es amagar con flirteos de vodevil o determinados “patrocinios” o “proveedores de confianza” tal y como, eufemísticamente, se cubren los gastos mayoritarios de determinados programas de entretenimiento público tipo, Masterchef, Prodigios o Maestros de la costura, o recurrir a programas donde el escarnio hacia todo lo que se mueve, ya sea a través de la opinión o de contertulios, se convierte en garantía de éxito. No es ético contratar a opinadores u opinadoras mayores de cada reino social para obtener audiencias de amplio espectro, donde no hay mezcla alguna de verdad sustentada por verificaciones contrastadas de cada noticia.

Millones de jóvenes de este país están viendo ya lo que ganarán otros jóvenes o algunos en edad madura (la frontera entre viejos y jóvenes -viejóvenes- es cada vez más difusa) en el programa que se estrena esta noche de “Supervivientes”. Cada personaje tiene su caché que es vergonzante desde mi punto de vista. Dinero fácil por “trabajar” dicen ellos y los “colaboradores” de otros programas del corazón, donde cobran por semanas de permanencia unas cifras que sonrojan a los que menos tienen. La cultura del esfuerzo brilla por su ausencia y la diversión está garantizada si está trufada de morbo en cualquiera de sus manifestaciones posibles.

Muchos de estos jóvenes son los que todavía no se han repuesto de la isla de las tentaciones que acaba de triunfar en la denominada televisión transversal, que ha superado todas las barreras conocidas de audiencia, dejando hijuelas en otras cadenas del mismo grupo porque la fiesta continúa. Por no hablar del maletín de un determinado tiempo de descuento, nombre ficticio de un gran hermano que se ha tenido que ocultar en actitud vergonzante ante las denuncias en un juzgado por el silencio cómplice de una cadena, productora y anunciantes durante un tiempo hasta que han dicho algunas empresas ¡basta! ante tanto despropósito.

Sinceramente, sé que vivimos en un país de libertades para elegir la televisión que más nos guste, faltaría más. Pero quiero defender hoy a la RTVE pública en sus variadas formas de hacerse presente en nuestras vidas, por tierra, mar y aire, radio o televisión, con la oportunidad de tener a la carta todo lo que producen y se financia con dinero público. Las parrillas públicas tendrán que revisarse, no para conformar a la audiencia o para servirles estrictamente lo que quieran, para salvar una frase que me da miedo: los españoles tienen la televisión que quiere la mayoría, porque hay una responsabilidad de Estado en la programación que tiene y debe de salvar exclusivamente, ahí no se equivocan, el interés público y general, tanto televisivo como radiofónico, que también existe. Todavía peor sería conformarse desde el espacio, tiempo y dineros públicos con una frase lapidaria que me da mas miedo todavía: los españoles tienen la televisión y radio que se merecen.

También, porque el entretenimiento televisivo y radiofónico no es inocente, como no lo son las ideologías de cualquier tipo que están detrás de estos fenómenos de masas donde la razón pública debe presidir cualquier decisión. Lo comprendí el día que leí a Lukács, en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (1).

En definitiva, la cultura del entretenimiento televisivo y de masas, de carácter público, que defiendo expresamente hoy frente a las alternativas actuales del entretenimiento de mercado puro y duro, cueste lo que cueste, a cualquier precio, debe reflejar, porque nunca debe ser inocente, su marcado carácter social y no individual, porque no debe ser neutral sino que debe reflejar la situación social de cada momento en España, atendiendo en sus franjas horarias las situaciones que más duelen en este país en relación con el bienestar social. Esa debe ser su seña de identidad y ahí no se equivocará nunca. Un ejemplo, para terminar, puede ser clarificador: la promoción del empleo para todos, con programas específicos en horario de máxima audiencia, prime time, sería un buen planteamiento ante programas para ganar dinero fácil a costa del mercado que está detrás de cada uno de ellos. Es lo que más duele a millones de hogares españoles en este momento. El patrocinio de estos programas debe ser exclusivamente el de la ética pública, nada más. Espacios, tiempo y dinero públicos, exclusivamente.

(1) LUKACS, G (1976). El asalto a la razón. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN José Antonio Cobeña Fernández no trabaja para ninguna empresa u organización religiosa, política, gubernamental o no gubernamental, que pueda beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de jubilado.