Mayo del Jacarandá

Sevilla, 17/V/2021

Esta mañana, en el amanecer maravilloso de esta ciudad, en la que Stefan Zweig me recuerda todos los días que se puede ser feliz, he caminado a través de alfombras de jacarandá, sorteando sus flores para no hacerles daño. Me acompaña de nuevo, en este día de mayo, Eduardo Falú, que rescata de mi banda sonora de secreto una canción preciosa, Tiempo del Jacarandá, una zamba con profundas raíces argentinas compuesta y cantada por él, con letra de Osiris Rodríguez Castillo. Sevilla se llena de alfombras dos veces al año gracias a las flores del jacarandá, árbol traído desde América a través del Río Grande (Guadalquivir, al-wādi al-kabīr). Estos días hay que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso de la ciudad, cuando adornan las aceras que tanto amaba la urbanista Jane Jacobs, en una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios, cuatro creencias necesarias según Ferrater Mora cuando estamos atravesando cualquier encrucijada de la vida.

Por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores con tonos violáceos, acampanadas, efímeras, que nos obligan a ser cuidadosos para no estropearlas ni pisarlas, después de que se ofrezcan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no las han convertido en mercancía. Cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega aunque es probable que ella dude de qué es lo que se recibe.

Jacarandá

Disputa su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Con él he paseado esta mañana por aceras-alfombras del jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y buscando la mejor respuesta la he encontrado también en él: el despertar a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, procuro hacer alguna mudanza cuando voy de mi corazón a mis asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.

Sorteando un campo de flores, he sabido que ha llegado la hora de mi corazón: la hora de una esperanza y una desesperación. Hoy he salido a pasear de nuevo con Antonio Machado, un gran amigo de Sevilla, aunque fuera su hermano quien mejor la definiría como ciudad que a veces te deja sin palabras. Ella, Sevilla, se vale por sí sola, aunque hoy necesite las alfombras del jacarandá para recordarnos que en nuestro andar de soledad vemos cosas muy claras que no son verdad.

Pienso en la lección cíclica de la naturaleza jacarandosa que siempre llega a punto en sus dos floraciones anuales. Un regalo a cambio de nada, aunque reconociendo hoy que cuando se regala algo se sabe lo que se entrega pero no lo que se recibe. Quizás, en este aquí y ahora, podríamos quedarnos con el fondo de la letra de Osiris Rodríguez y la música de Falú, en una zamba o danza de raíces peruanas y argentinas, cuyo nombre “se refiere al término colonial que se aplicaba a las mestizas descendientes de indio y negra (o viceversa). La danza está diseñada para seducir a las zambas, y de allí su nombre, tanto en el Perú como en la Argentina”, porque podemos ser protagonistas de una nueva aventura cantora en esta ciudad: Portador de una estrella soy / Fuego mío lumbre del solar. / Copla encendida, bicho de luz / Con que alumbro mi andar, / Mi tierra gaucha me la encendió / Ya nadie la ha de apagar. Sin olvidar a Machado porque “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”, en aceras del jacarandá.

Arde ya la primera luz
Noche arriba voy con mi cantar,
Donde la estrella tiembla
Y la luna nieva soledad.
La tierra sube en zambas por el
Pulso del jacarandá.


Portador de una estrella soy
Fuego mío lumbre del solar.
Copla encendida, bicho de luz
Con que alumbro mi andar,
Mi tierra gaucha me la encendió
Ya nadie la ha de apagar.

(Estribillo)
Antiguamente trovero andaré
Poblando la soledad
Donde madura el silencio
Y la copla se hace manantial.
Mi canto es tiempo que vuelve a ser
Tiempo del jacarandá.


Sé muy bien que cuando no esté
Una zamba me recordará,
Bajo la cruz del sur seré tierra
Tierra del solar
Y he de subir en zambas por el
Pulso del jacarandá.


Pero aún tengo la pasión
El ardor, el ansia de cantar
Bebo la luz, los besos y el vino
Por los que no están.
Y alzo este grillo loco de amor
Por una estrella fugaz.

Tiempo del Jacarandá, Eduardo Falú, música y voz; letra de Osiris Rodríguez Castillo

Paseando hoy por esta ciudad siento más ceca que nunca las palabras de Stefan Zweig dedicadas a Sevilla: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”. Gracias también al jacarandá y sus alfombras de color violeta, efímeras, porque así es el mes de mayo en las aceras de esta tierra, por un regalo que hace ya muchos siglos vino de América a través de las aguas de un Río Grande.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.