Picasso, pintor de la paz y su memoria, siempre presente

Sevilla, 24/IX/2021

Ayer, en mi primera salida del túnel de la pandemia, en dirección a Madrid, tuve la oportunidad de hacer una visita fugaz a Picasso a través de su obra magna, Guernica, ante la que me detuve escudriñando cada centímetro de una pintura que considero prodigiosa, por su simbolismo y por lo que supone reflexionar sobre ella, en vivo y en directo, después de su azaroso viaje por el mundo. En la ida y vuelta por las salas del surrealismo, hice la parada obligada ante esta sorprendente manifestación de dolor y rabia por lo acontecido no sólo en Guernica, sino en todo el país, aunque la frágil memoria histórica que nos embarga lo olvide a pasos agigantados.

En este cuaderno digital he escrito varias veces sobre esta obra. Me dolió mucho lo que se llegó a afirmar en 2018 sobre esta obra de Picasso, cuando en la cultura se mezcla, como hace todo necio, valor y precio. Hice referencia a unas palabras de Pérez-Reverte en la presentación en París de su obra, Sabotaje, donde dejó caer una frase que no era inocente, explicando algún contexto del protagonista de su obra, Falcó, en el café Les Deux Magots, donde entra tras una visita al estudio donde Pablo Picasso pintó el Guernica: “Picasso no pintó el Guernica por patriotismo, sino por muchísimo dinero”. Escribí en aquél momento que “Como se suele decir en roman paladino, tan querido por Gonzalo de Berceo (Quiero fer una prosa en román paladino en el qual suele el pueblo fablar a su veçino…), noticias como esta intoxican, porque algo queda, dejando la sustitución del término que he elegido “intoxican” por el que cada uno conoce bien en su territorio hispano. Él sabe, mejor que nadie, que sus palabras no caen en saco roto y, en este caso, el impacto era importante porque el Guernica representa una muestra indeleble del daño causado a este país por la guerra civil y porque el contenido del cuadro que tantas veces he citado en este cuaderno digital no deja tranquilo a nadie. Ahí está su auténtico valor. Tengo que agradecer el artículo que publicó el diario El País en aquellas fechas, La verdadera historia de lo que costó el ‘Guernica’ a la República, que dejaba bastantes cosas en su sitio. Recomiendo su lectura y la atención especial al mensaje de una voz autorizada en la materia, Josefina Alix: “A Picasso se le pagó el Guernica, y muy bien para la época, pero lo hizo porque le salió del alma, no por dinero”. Es verdad que todo necio, confunde valor y precio.

Por ahora, el Guernica está a buen recaudo público, no a merced del capital o de sus personas de negro. Contemplando, por cierto, el color negro del cuadro, los blancos y los grises, cada uno con su mensaje dentro, he recordado al director mexicano Arturo Ripstein (Ciudad de México, 1943), por su película Las razones del corazón, que me llevan hoy a él, contemplando el Guernica de nuevo en mi pinacoteca del alma, porque al igual que Picasso adora el blanco y negro para expresar sus razones, que también las tiene y las manifiesta tejiendo películas sobre tramas que le prepara su compañera en la vida real: “Ya no existen los valores que a mí me hacían entender las cosas, y entre ellos una de las emociones más profundas que era la expectativa, la paciencia. Esto desapareció porque todo debe de ser inmediato y provocar una satisfacción instantánea o no vale. Intento que no me afecte, pero…”. Esa mirada ripsteiniana, con sus tiempos, sus respiros y su propia profundidad, está, según su propietario, “completamente alejada de los modos actuales, con ruidos y montajes vertiginosos, que no dejan ver pero hacen sentir… Aunque qué sentimientos: como si te montases en una noria, una especie de peligro inocuo. A mí eso no me sirve”. ¿De verdad se siente expulsado de la actualidad? “Desde luego, somos ruinas del pasado, somos más antiguos que los antiguos” (1). Inmediatamente, reflexiona Ripstein sobre el drama del color, sobre todo tan acostumbrados como estamos a que nos hablen de la vida de color de rosa, sobre todo a él, un hombre al que le gusta trabajar en blanco y negro, con grises, habiendo aprendido a la perfección un consejo de Picasso ante el Guernica y sus aguafuertes: “el color debilita” [… ] “Claro, porque el melodrama y el blanco y negro pertenecen a la vida imposible, y esa, en el cine, es la única posible”.

También he visitado hoy la reproducción que conservo del Guernica en casa, que compré hace muchos años en su primera localización en el Casón del Buen Retiro y que preside una de sus paredes, sabiendo como sé que este cuadro, no está pintado para decorar apartamentos, como más adelante, sino para alertar constantemente a almas inquietas, porque es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo. Leí esta frase en la portada de un libro en una mañana del estío de 2018. Así hablaba Picasso sobre el Guernica, cuadro que pintó en 1937, por encargo de la República para el Pabellón de España de la Exposición Universal de París de ese mismo año, transmitiéndonos una forma diferente de interpretar el arte y la cultura. Esta idea la recuperé ayer contemplándolo con admiración aristotélica con la que está cayendo en el país, porque el fascismo siempre acecha y desea entrar por los resquicios de la democracia y la libertad. Nunca he querido desprenderme de mi litografía, a pesar de mis turbaciones y mudanzas asociadas desoyendo a Ignacio de Loyola. Cada vez que lo contemplo, intento comprender su mensaje, tanto implícito como explícito. Lo que me duele todavía hoy es haber crecido sin conocer nada de su existencia, porque la Autoridad Competente de mi época, Militar por Supuesto, prefería ignorarlo junto a su autor, proscrito hasta la saciedad por una de las dos Españas, la de toda la vida, que todavía se añora por muchos, mientras la otra seguía teniendo helado el corazón.

Siempre descubro en él algo nuevo, porque tiene un mensaje subliminal que recorre el color triste que lo acompaña. Como aprendí de Oliver Sacks, salvando lo que haya que salvar, en el tiempo real de aquél horrible bombardeo nos dejaron ciegos al color, como nos pasa muchas veces en la vida al ver casi todo de un color gris o negro perturbador. En este cuadro se representa la verdad expresa de la guerra y el sufrimiento que siempre conlleva. Nos debería servir hoy para convertirnos en militantes de la paz, de cualquier paz que se deba defender en los círculos donde somos y estamos, sobre todo cuando se lucha con dignidad por otro mundo mejor y posible. Picasso nos dejó una pintura plagada de preguntas a través de mujeres, niños y animales que sufren. No hay hombres, solo el mensaje explícito de que esos hombres son solo lobos para el hombre, en una reinterpretación de la mítica frase de Hobbes: homo homini lupus.

En el verano de 2018 dediqué también una serie de artículos a Guernica en este cuaderno digital, el lugar pintado por Picasso como denuncia indeleble para la historia, bajo un título genérico que invito a leerlos de nuevo por su hilo conductor: A Guernica, por un vado de arena, pasando por ese vado que en euskera es “Hondarribia”. En el artículo 5, dedicado al comedor de Begoña, recojo unas reflexiones presididas por la llegada a la tan ansiada localidad de paz, que no de guerra: “Un niño nos indicó dónde estaba el Museo de la Paz en Guernica: “junto a… (silencio) donde se reza, al final de esta calle, junto a una iglesia…”. Fueron palabras que alumbraban simbólicamente una visita anunciada en mi alma, Guernica, un lugar que me ha acompañado siempre a través del cuadro de Picasso, dondequiera que haya ido en el timbo al tambo de la vida. Volvía de nuevo a caminar por sus calles en la paz actual de Euskadi, todo un símbolo, en Gernika-Lumo, por respeto a su identidad actual”. No olvido el momento en que sentados en la sala dedicada al comedor de Begoña en el Museo de la Paz, todos fueron Begoña, con una escenografía y audiovisual sobrecogedores, recreando el comedor de una casa de Gernika aquél fatídico día. Sentados en un banco, en penumbra, escuchamos sobrecogidos la narración de Begoña, incluido el ruido ensordecedor de las bombas.

Cuando terminó aquella visita inolvidable de 2018, niños y niñas de Guernica jugaban aquella tarde en sus aceras, hablando en euskera, con aires de libertad, en paz. Ayer, cuando salí del Museo Nacional, Centro de Arte, Reina Sofía, a primeras horas de la tarde y con un marcador de páginas en la mano, un pequeño ramillete de flores pintadas por Picasso que compré como recuerdo, niños y niñas de Madrid, como en cualquier lugar de España, también jugaban en sus aceras con los mismos aires, a pesar de todo. Recordé personalmente, después de haber contemplado el Guernica y haberme despedido de Picasso, que aquél trágico 26 de abril de 1937 fue una lección para la humanidad sobre el sinsentido de las guerras. Para que no se olvide en tiempos de paz, pero difíciles, ni siquiera un momento. Por ello, mi agradecimiento permanente y vivo a Picasso, pintor de la paz y su memoria.

(1) Belinchón, Santiago, “Filmo por miedo o por venganza”. Recuperado de una entrevista en el diario “El País” (24 de septiembre de 2011).

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