“Todo vale” es un principio que caracteriza a los mediocres

Sevilla, 25/XI/2021

Estamos asistiendo a un espectáculo continuo en los medios de comunicación social, a un programa subliminal del “todo vale”, no inocente, como reflejo de lo que está pasando en la sociedad, caiga quien caiga o cueste lo que cueste incluso en términos éticos. Ya no estamos para muchas contemplaciones filosóficas del tipo que formularon sobre esta frase hace ya algunos años, Paul Feyerabend o Karl Popper, por elegir algunos exponentes claros de esta teoría, incluso si me perdonan esta elección, en la afirmación inconmensurable de Groucho Marx cuando afirmaba que “Estos son mis principios: si no le gustan tengo otros”.

Un ejemplo claro lo tenemos en determinadas televisiones de este país, donde el problema del “todo vale” radica en que hemos elevado al santoral digital, una palabra inglesa, el rating o audiencia, donde sumar y aumentar dígitos es el Santo Grial de los medios de comunicación y, sobre todo, de las televisiones por lo que significa en ingresos por publicidad, caiga quien caiga y cueste lo que cueste en términos éticos. Recuerdo en este sentido que José Saramago pronunció una conferencia el 10 de julio de 2006, en Potes (Cantabria), en el marco de un seminario sobre “El júbilo del aprendizaje: Beatos y bibliófilos en la pedagogía de la imagen”, organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, en la que expresó su concepción del mundo de la imagen en la sociedad actual, donde ahora se vive “una especie de culto a la imagen como un valor en sí mismo” y donde la televisión hace una utilización “totalmente gratuita” de esas imágenes, “echando a la cara” de quien mira la pantalla una tras otra sin otro resultado que el aturdimiento.  En ese acto, Saramago comentó que ahora existe una “santa venerada en los altares de todo el mundo”, que es la “santa audiencia (rating)”, en cuyo nombre se cometen muchos crímenes contra la razón honesta y verdadera, la sensibilidad y el buen gusto, con el aplauso además de las propias víctimas, porque “el sistema ha convertido a las víctimas en cómplices y eso pasa todos los días”, subrayó Saramago, quien considera que los ciudadanos deberían exigir que se les respetase, sobre todo a los medios y también el poder político correspondiente, utilizando el medio por excelencia, la palabra. El problema se radicaliza cuando se funden palabra e imagen con el mismo sentido espurio, cuando cabe la posibilidad ética de que imagen y palabra se conviertan en aliados en el territorio del conocimiento, que también es una palabra pero que según él “está diciendo algo”. Salvando lo que haya que salvar, estas palabras se pueden aplicar a casi todo lo que se mueve en este mundo al revés.

¿Saben quienes son las grandes protagonistas del “todo vale” en el plató del gran teatro del mundo? Las personas mediocres que están muy cerca de cada uno de nosotros y que difunden este principio como si fuera el bálsamo de Fierabrás para tiempos modernos, porque se erigen en detentadores de esta falacia engañosa del todo vale, neutralizando y destruyendo mediante silencios cómplices a posibles competidores de la dignidad ética. La mediocridad centrada en el discurso de la ignorancia elevada a categoría suprema y omnisciente me sigue preocupando mucho y cada día que pasa y vemos lo que nos rodea, más todavía por la situación actual del país y la mediocridad que nos invade en todos los ámbitos posibles, aquí, allá, acullá. He reflexionado en diferentes ocasiones en este cuaderno digital sobre esta lacra social, porque constato que estamos instalados en el reino de la mediocridad. Por esta razón, no hay tiempo que perder y hay que desenmascarar a los mediocres con urgencia vital, dondequiera que estén, porque viven en un carnaval perpetuo. Este país no logra sacar distancia a esta lacra que nos pesa desde hace bastantes años porque ahora, en el país de los tuertos desconcertados, el mediocre es el rey del “todo vale”. Es una plaga que se extiende como las de Egipto casi sin darnos cuenta. Los encontramos por doquier, en cualquier sitio: en la política, en las artes, en los medios de comunicación social, en la educación, en los mercados, en las religiones y en las tertulias que proliferan por todas partes en el reino de la opinión. Los mediocres suelen meter la mano en todos los platos de las mesas atómicas y virtuales, en las que a veces nos sentamos, con total desvergüenza. Son personas de “calidad media, de poco mérito, tirando a malo”, como dice el Diccionario de la Real Academia Española. También, tóxicos o tosigosos, que suelen complicar la vida a los demás por su propia incompetencia.

Lo repito hoy hasta la saciedad: mediocridad de mediocridades, (casi) todo es mediocridad. Casi todo es de calidad media, tirando a malo, como nos enseña nuestro Diccionario de la Lengua, pero está de moda. Lo digo una y mil veces: los mediocres están haciendo de cada día su día, su mes, su año, de forma silenciosa. Al igual que Diógenes de Sínope, tendremos que coger una linterna ética y gritar a los cuatro vientos ¡buscamos personas dignas y honestas, no mediocres! Es probable que los mediocres salgan huyendo porque no soportan dignidad alguna que les puede hacer sombra, si es que alguna vez tuvieron cuerpo presente de altura de miras, que no es el caso. Ni de los que los eligen para puestos claves en la sociedad. ¿Qué quiere decir esto? Que entre tibios, mediocres y tristes anda el juego mundial de dirigir la vida a todos los niveles, nuestro país incluido, con especial afectación en determinados partidos que nos representan. Cuando los mediocres se instalan en nuestras vidas, en nuestra política o en nuestro trabajo diario, hay que salir corriendo porque no hay nada peor que una persona mediocre con poder equivocado, además triste y tibia, sin dignidad alguna. Se erigen en reyes del “todo vale”, porque así tienen gregarios que nunca discuten nada. Pero es necesario estar orientados y correr hacia alguna parte, hacia la dignidad en todas y cada una de sus posibles manifestaciones. Es la mejor forma de luchar contra la lacra social de la mediocridad y sus indignos representantes, porque intentan invadirnos por tierra, mar y aire, sin compasión alguna. Cada vez tenemos menos tiempo para descubrirlos, aunar voluntades para ocupar su sitio y, de forma celular, boca a boca, recuperar tejido crítico social para crear nuevos liderazgos en nuestro país, tan dañado en la actualidad y que tanto los necesita.

Me rebelo contra este tipo de manipulaciones torticeras bajo el subterfugio del “todo vale”. Me pasa igual cuando se utilizan de forma espuria canciones emblemáticas para una parte de la sociedad que lucha todos los días por la democracia y al final acaba adulterándose todo por el famoso “todo vale” para garantizar la “santa audiencia”. Así lo escribí en 2019 en relación con dos canciones que forman parte de la banda sonora de las democracias mundiales: Bella Ciao y El pueblo unido, jamás será vencido. Mi generación puso mucho empeño en cambiar las cosas para que cambiaran de verdad y pudiéramos vivir en democracia. Muchos decidimos comprometernos en la búsqueda de futuro marcado por el bienestar común, propiciado por la aprobación de la Constitución en 1978 y por las llamadas políticas de izquierdas a partir de 1982, con la entrada triunfal del partido socialista en el Gobierno de nuestro país. En la banda sonora de cualquier persona de izquierda suenan estas canciones de una forma especial. Si escribo hoy estas líneas es debido a la utilización torticera actual de estas canciones o de la imagen de líderes intelectuales, sus letras y su música. Por una parte, por el mercado puro y duro, que las incluye como banda sonora de películas o música para escuchar a cualquier precio o, por otra, por partidos políticos que entonan estribillos tergiversados del tipo “la derecha unida jamás será vencida”, descontextualizándolas de su auténtico sentido primigenio.

Fundamentalmente, porque todo no vale y porque tengo unos principios que, si no gustan, lo siento: no tengo otros. A los reyes y a las reinas del “todo vale”, mediocres por definición, los definió de forma magistral Jorge Wagensberg, en un aforismo que no olvido, pero que reconozco que me da miedo: “lo mediocre es peor que lo bueno, pero también es peor que lo malo, porque la mediocridad no es un grado que pueda mejorar o empeorar, es una actitud. Todo mediocre cree haber descubierto lo que es poder: poder es poder hacer sufrir”: a los demás, a un país, a la audiencia, a la familia, a los compañeros y compañeras del trabajo, a cualquiera que se acerca a sus vidas del “todo vale”.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://blogs.elespectador.com/actualidad/bike-the-way/semaforos-en-bicicleta-parar-o-seguir

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada. 

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: