El contrato social de la política actual, según los hermanos Marx

Sevilla, 20/II/2022

Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

Eduardo Galeano, Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés.

Cuando votamos a un determinado partido político creo que firmamos virtualmente un contrato social con los representantes del partido al que votamos. Esperamos que cumplan el programa prometido, que ya es mucho decir, fundamentalmente porque ignoramos su contenido casi siempre. A pesar de ello hay una ardiente impaciencia en que se cumpla letra a letra lo que creemos que es mejor para la sociedad, no sé si para muchos el llamado interés general o el interés particular, que de todo hay en la viña del Señor.

Visto lo visto estos días pasados con el escándalo superlativo en la cúpula del Partido Popular, he visto bastante similitud en su fondo y forma con el famoso contrato entre Otis B. Driftwood (Groucho) y Tomasso (Chico), en sus respectivos papeles en “Una noche en la ópera”, en una crítica mordaz sobre la burocracia y el formalismo aparente en la contratación administrativa que personalmente lo llevo hoy al contrato social, que también existe, entre los representantes de un partido que alcanza el poder y sus votantes. El programa político que los llevó teóricamente al poder se convierte en algo muy parecido a lo expresado por Groucho Marx en la película citada: “la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte y la parte contratante de la primera parte será considerada en este contrato…” Oiga ¿por qué hemos de pelearnos por una tontería como esta? La cortamos”. Ante el escándalo al que hemos asistido como ciudadanos de este país en los acontecimientos de la Comunidad de Madrid y la reacción de la cúpula del partido popular, hemos visto que el método de los Hermanos Marx ha resultado infalible: poco a poco se van cortando todas las cláusulas del contrato social “firmado” en las elecciones para quedarse al final con una, la llamada por ellos “cláusula sanitaria”, después de haber leído más de ocho cláusulas que, finalmente, desaparecen todas con un hilo conductor que ellos mismos aceptan cuando Chico Marx dice: “Ahora en esta parte que sigue hay algo que no le gustará, a lo que responde Groucho: Bien, su palabra es suficiente para mí”, rompiendo una vez más esa parte del contrato y diciendo con voz engolada: «Dígame, ¿la mía es suficiente para usted?», a lo que Chico Marx responde: «¡Desde luego que no!» Sobran palabras para explicar este escuálido contrato, no digamos cuando ocurre en el contrato social de la representación política y sus votantes. La palabra no sirve para nada, porque no les queda cuando casi todo es corrupción y casi nadie se fía de nadie, aunque se parte de un aserto falso: todos los políticos son iguales, cuando la verdad objetiva es que no es así. Dicho sea de paso, en defensa de muchos políticos honrados.

Pero “la cosa” no acaba ahí. Cuando ya no queda casi nada del contrato, Groucho y Chico, en sus respectivos papeles, abordan la cláusula final que es lo único que les queda del escuálido documento original:

Chico: “Espere, espere. ¿Qué es lo que dice aquí en esta línea.

Groucho: Oh, eso no es nada. Una cláusula común a todos los contratos. Solo dice.… dice… ”si se demostrase que cualquiera de las partes firmantes de este contrato no se haya en el uso de sus facultades mentales, quedará automáticamente anulado en todas sus cláusulas”.

Chico: Pero yo no sé si…

Groucho: No se preocupe, hay que tomarlo en cuenta en todo contrato. Es lo que llaman una cláusula sanitaria.

Chico: Ja, ja, ja… no me diga que ahora tenemos que vacunarnos.

Groucho: (dándole la flor del ojal de su chaqueta) Tenga, se la ha ganado por idiota.
Chico: Gracias”
.

La cláusula sanitaria es el final de esta hilarante o esperpéntica escena, como también lo es cuando el contrato social con nuestros representantes políticos se rompe. La contaminación política de la corrupción es de tal calibre que se corrompe casi todo, por encima de todo la inteligencia, motivo por el que es necesario estar vacunado con la ética personal y colectiva, ante la epidemia de corrupción que nos embarga. No me extraña que a modo de respuesta de Chico contra la mentira y la indignidad de la falsa política: “¡no me diga que ahora tenemos que vacunarnos”, Groucho reaccionara en 1935 ante la otra parte contratante igual que aquél famoso asesor de Clinton cuando en su campaña presidencial de 1992 dijo una frase que ha pasado a la posteridad: ¡Es la economía, idiota! O lo que es hoy lo mismo, ¡es la corrupción, idiota, que no te enteras!

Hoy, ha pasado lo mismo: la cláusula sanitaria del contrato social de cada ciudadano con la política que impera nos recuerda la conveniencia de estar vacunados contra la epidemia de intromisión en nuestra inteligencia social, que también existe. Comprendo mejor que nunca aquella frase de Emilio Lledó que me marcó para siempre: Me preocupa la corrupción mental, que un ignorante con poder determine nuestra vida, ante la que hay que vacunarse urgentemente. Sencillamente, porque no somos idiotas, ni nos conformamos con que nos entreguen una flor en plena discordia. Creo que ha llegado el momento de entrar con un buldócer ético en la sociedad y remover los grandes planteamientos sociales en los que estamos instalados. Es necesario por tanto comenzar a hablar de legalizar nuevos contratos sociales donde la responsabilidad política del Gobierno correspondiente y de la ciudadanía tengan un papel protagonista en los cambios copernicanos y prioritarios que se tienen que abordar con urgencia ética y social. Todo lo demás es seguir normalizando lo indeseable e imposible que no beneficia a nadie. Ya lo dijo el torero El Guerra: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Todo lo expuesto anteriormente es válido cuando estamos convencidos de que lo más importante en la sociedad es perseguir el interés general frente al individual y que la corrupción política es el enemigo público número uno a combatir, porque cuando entra en la sociedad no deja títere con cabeza, todo se corrompe y nos lleva a un conformismo terrible. La tentación es huir hacia adelante, pero hacia ninguna parte, porque queramos o no necesitamos defender la democracia como la mejor forma de compartir la vida. Ante la decepción por lo ocurrido en el Partido Popular y en su cúpula, es posible que caigamos en la tentación de acudir a Góngora para que nos explique hoy esta situación a través de su famosa letrilla rediviva, «Ándeme yo caliente, ríase la gente»: Cuando cubra las montañas / De blanca nieve el enero, / Tenga yo lleno el brasero / De bellotas y castañas, / Y quien las dulces patrañas / Del Rey que rabió me cuente, / Y ríase la gente. […] Busque muy en hora buena / El mercader nuevos soles; / Yo conchas y caracoles / Entre la menuda arena, / Escuchando a Filomena (1) / Sobre el chopo de la fuente, / Y ríase la gente. Porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, que diría El Guerra, por mucho que ante la falta de ética personal y colectiva queramos normalizar lo indeseable en términos individuales y sociales para convertirlo todo en un mundo al revés sin contrato social alguno.

(1) “Filomena” era la denominación de “la hembra del ruiseñor” en tiempos de Góngora (ver el Diccionario de Francisco Sobrino (1705), en el Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa. Bruselas: Francisco Foppens, p. 182,3.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Amigo

Sevilla, 19/II/2022

Amigo es, en sí misma, una palabra muy descriptiva y llena de significado para muchas personas. Es también el título de la última publicación de Ana Merino, Amigo, a modo de significante de alguien y algo muy importante en la vida de Federico García Lorca, con nombre y apellidos: Joaquín Amigo Aguado. Ambos, granadinos de cuna, fueron asesinados con un margen de nueve días, en momentos aciagos para la memoria histórica de este país. Víznar y Ronda guardan el recuerdo permanente de los dos, amigos del alma. Sus cuerpos no. Hay un elemento en esta historia que conmueve: García Lorca fue asesinado por la dictadura franquista y Amigo, por milicianos republicanos. De ahí la importancia de descubrir esta amistad en las dos Españas que desde siglos atrás ha helado el corazón de muchos compatriotas, sólo por el hecho de pensar unos y otros de forma diferente. Un auténtico clásico popular aun vigente. Lo he comprendido mejor escuchando a la propia autora: «Joaquín era el amigo filósofo del 27, el social-cristiano, el que aportaba una ética de la escucha y de la espiritualidad y el que más se había interesado por Freud», explica la escritora e investigadora Ana Merino. ¿Era conservador? «Era cristiano. Iba a misa. Pero era parte del mismo momento de ruptura que los demás. Lorca y Amigo representaban la armonía, convivían como amigos. Entendían la diversidad de opiniones y de creencias. Lo que ocurrió fue que grupos de reacción rápida, de partidarios de la República salieron a buscar figuras que les parecieran del otro lado para responder a la represión de los rebeldes. Joaquín se encontró con ellos y fue su víctima perfecta. Aquellos verdugos, unos y otros, eran los mismos cainitas».

La sinopsis oficial de Amigo sugiere una lectura casi obligada para personas que amamos conocer la verdad crónica y cuando la elegimos como compañera de viaje en la vida: “Inés Sánchez Cruz, una poeta mexicana afincada como profesora de escritura creativa en Estados Unidos, llega a la Residencia de Estudiantes de Madrid para impartir un taller de poesía e investigar un hallazgo reciente: el archivo familiar de Joaquín Amigo, uno de los amigos de Lorca, también asesinado violentamente y desaparecido al comienzo de la guerra civil. Inés arrastra una profunda angustia fruto aparentemente de las luchas de poder en el ámbito académico y la traición por parte de un amigo íntimo, pero el fallecimiento de uno de sus colegas activa una serie de recuerdos traumáticos que se entremezclan con las investigaciones de los documentos y cartas del archivo familiar”.

Amigo es algo más que una novela. Es, sobre todo, una licencia de género literario que se permite la autora para demostrar, con una ficción biográfica, presidida por un trabajo de investigación muy riguroso, casi de ensayo total, que la verdad tiene ribetes de acero para que el dolor de lo ocurrido sea mejor entendido por todos. Un esfuerzo literario digno de reconocimiento cuando la realidad de las dos Españas se aborda de la forma en que se presenta el contenido de este libro. Fundamentalmente, porque el alma de García Lorca es inabarcable y sólo hacemos maniobras de aproximación para intentar comprenderla y explicarla de la forma más accesible para la conciencia de todos, de unos y otros, como siempre debería ser en esta España tan dual y cainita. Otro ejemplo precioso de la grandeza de espíritu de Federico García Lorca, que perdura en el tiempo y en la memoria histórica de este país y que ahora, gracias a Ana Merino, podemos conocerla mejor y con múltiples detalles.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Eticáizer

Me preocupa la corrupción mental, que un ignorante con poder determine nuestra vida

Emilio Lledó

Sevilla, 18/II/2022

Una epidemia muy grave está extendiéndose en este país desde hace bastantes años. La corrupción política a todos los niveles lleva a los ciudadanos a un hartazgo de consecuencias nefastas para la democracia, siendo el caldo de cultivo de los neorrancios, que desde la izquierda y la derecha se dan la mano de forma preocupante para salvar España, asomándose siempre desde la cómodas trinchera de tiempos pasados y dando gritos y expresando ideas que dan miedo.

Lo sucedido ayer con la voladura controlada del Partido Popular a través de dos magnos representantes, es de manual de antipolítica, el culmen de los despropósitos sobre cómo debe funcionar un partido y cómo debe presentarse en sociedad a diario. La corrupción política ha alcanzado ya límites insoportables. En plena encrucijada de la salida tortuosa de la pandemia, la sociedad española se encuentra de nuevo con representantes políticos impresentables, no todos, que tienen confiada la representación popular en el Congreso de los Diputados. Senado, Comunidades Autónomas, Ayuntamientos y en todo tipo de instituciones públicas, donde se debería desarrollar la política digna.

Ante esta situación, creo que es una emergencia nacional comenzar una vacunación masiva de ética personal, con un nombre comercial como metáfora, que nos suena bastante: Eticáizer, un producto que no está en el mercado, que lleva siglos produciéndose en la evolución humana y que se inocula siempre con intervención de persona a persona, en familias, en instituciones educativas sobre todo con un objetivo claro: cuidar la inteligencia de ataques de la corrupción mental que se extiende como el aceite.

Esta vacuna para la inteligencia humana, que es la principal afectada en esta situación de corrupción política, tiene una formulación simple pero tremendamente eficaz: el conjunto de valores que permiten a la inteligencia resolver el problema diario de vivir con la dignidad humana por bandera y con una misión: compartirla con los demás, sin daño colateral alguno. Aprendí hace ya muchos años que la ética debe ser siempre una nueva forma de vida, tal y como la definió excelentemente el profesor López-Aranguren en su famoso tratado de Ética publicado en 1958, la raíz de la que brotan todos los actos humanos, el suelo firme de nuestra existencia, la “solería” de valores y de dignidad que vamos poniendo sin descanso alguno, día a día, en nuestras vidas.

En este contexto, suelo visitar mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca, para intentar reabsorber lo ocurrido con lecturas clarificadoras como las de Emilio Lledó, a través de un libro que leo con frecuencia, Sobre la educación, en el que figura un artículo precioso, Juan de Mairena, una educación para democracia, en el que hace una advertencia sobrecogedora sobre la corrupción de la mente: “Sorprende que con el enorme y tal vez desmesurado retumbar de las noticias sobre corrupción, no se haya entrevisto la peor de las corrupciones, mucho más grave aún que la de la supuesta apropiación de bienes ajenos o la utilización de la venta de los bienes públicos para engordar los privados. Me refiero a la corrupción de la mente, a la continua putrefacción de la conciencia debida, entre otras monstruosidades de degeneración mental, a la manipulación informativa. Estas corrupciones no son instantáneos desenfoques de la visión. Al cabo del tiempo esos manejos en nuestras inermes neuronas acaban por distorsionarlas, desorientarlas y dislocarlas. Difícilmente podrán hacer ya una sinapsis, una conexión pertinente y correcta” (1).

En los momentos que vivimos de tanta corrupción mental, es necesario recordar que la palabra es un medio político inalienable para construir nuestras casas, nuestras ciudades, nuestras amistades, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra ideología, al fin y al cabo nuestro suelo firme de la vida, la ética personal y colectiva, tal y como nos lo recuerda siempre Aristóteles: “Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (2).

Eticáizer es una vacuna que sólo tiene el coste de intentar no perder nunca la dignidad, la ética de la dignidad, para no tener que recurrir a ella in extremis, con independencia del estatus y del rol que cada uno tenga y desempeñe en la vida. No se «compra» en el Gran Mercado del Mundo, sino en la Gran Escuela del Mundo al Derecho, que no al Revés, pero sin precio de mercancía, su gran valor, porque es un derecho y un deber al mismo tiempo. Sólo un valor, sólo eso, el de tomar conciencia de que a la ética humana hay que cuidarla cada segundo de la vida, porque fácilmente contrae el virus de la corrupción mental y ética a todos los niveles imaginables. Incluso la del alma de secreto que todos llevamos dentro, de difícil cura cuando entra en nuestras vidas casi sin darnos cuenta.

(1) Lledó, Emilio (2018). Sobre la educación. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, p. 127.

(2) Aristóteles (2000). Política. Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 1253 a.

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¡Enhorabuena, Carla Simón!

Carla Simón

Sevilla, 17/II/2022

Aquella cara infantil, que figura más abajo, una mezcla de candidez y desafío, no la he olvidado. Pertenece a un plano de la película Verano 1993, dirigida por Carla Simón como opera prima, a la que dediqué en 2017 unas palabras especiales en este cuaderno digital que busca siempre islas desconocidas, como así fue al descubrir esta pequeña gran obra de Carla. Las reproduzco a continuación, porque fue para mí una experiencia maravillosa, como homenaje a Carla Simón y a todas las personas que como ella sufrieron la dureza del SIDA en una España que nos helaba por ello el corazón. Vi la película en el cine comercial y me entusiasmó. En febrero de 2018 volví a citarla en este cuaderno digital con motivo de la entrega de un premio Goya a la mejor dirección novel, como directora de esa preciosa película. Hoy, vuelvo a recuperar su nombre porque ayer le concedieron el Oso de Oro de la Berlinale 2022 por Alcarràs, una película que se aproxima al mundo rural, rodada en catalán y con actores no profesionales. Alcarràs es el segundo largometraje de Simón, que ya ganó el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Berlín de 2017 con su obra ya citada, Verano 1993.

En la sinopsis oficial de la película se afirma que «después de ochenta años cultivando la misma tierra, la familia Solé se reúne para realizar juntos su última cosecha. En palabras de su directora: «Se trata de una historia sobre la pertenencia a una tierra, a un lugar. Un drama sobre las perpetuas tensiones generacionales, la superación de antiguas tradiciones y la importancia de la unidad familiar en tiempos de crisis». Carla vuelve a tocar asuntos del alma humana que es difícil trasladar al cine si no tienes una sensibilidad especial más allá de la técnica que se supone en una profesional de sus características. La Berlinale, que ya no premia en función del género, así lo ha reconocido.

Este premio merece la atención de sus compatriotas, en la clave que tantas veces he recordado de mi paisano Luis Cernuda: “el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros”. Lo he repetido hasta la saciedad en este cuaderno digital: debemos reconocer todo lo que a diario se hace bien en este país, porque necesitamos esos refuerzos positivos y más en los tiempos que corren. Con este reconocimiento cinematográfico a Carla Simón, recuerdo las palabras del cardiólogo Valentín Fuster, residente durante muchos años en América, que pronunció en 2013 durante una de sus múltiples visitas a España: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…” o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato de lo que hace mal este país, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…, si alguien nos representa con dignidad más allá de nuestras fronteras y alegrarnos por ello, rompiendo los silencios cómplices a los que estamos acostumbrados o a desprestigiar a quien tanto lucha por sus ideales y principios. Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas que aparentemente son de otro mundo pero que, gracias a una directora excepcional española, contribuimos a dignificar el país por un premio internacional de cine que debería causar la admiración necesaria y justa de todos, sin excepción alguna. Por ello, desde Andalucía, ¡enhorabuena, Carla Simón!

Verano 1952

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Me pasa con los estrenos cinematográficos como con los bestseller, que no les hago mucho caso, quizá porque huyo siempre de las razones del mercado y me dejo guiar más por sentimientos y emociones que por las inexorables leyes de la oferta y la demanda preconizadas por el capital. Me ha pasado recientemente con una película, Verano 1993, una ópera prima de la directora Carla Simón, autobiográfica y que cuenta una historia real de cómo vive el duelo una niña de seis años, por la muerte de los padres afectados por SIDA. Todo lo que he leído y visto en relación con este estreno me ha parecido extraordinario, pero todavía no he visto la película, aunque creo que la siento ya desde los títulos de crédito.

Existe una historia de España, contemporánea con los primeros años de la transición, que todavía no se ha escrito con el rigor que merece y, probablemente, porque no es rentable contarla, en un país descreído y desagradecido con sus propios aciertos y fracasos. Me refiero en concreto a la tragedia que sufrió el país en la década de los ochenta del siglo pasado, por la adicción de muchos jóvenes a las drogas y la aparición sorprendente del fenómeno SIDA. Se cumplió la ley del péndulo de Schopenhauer y cuando creíamos que lo teníamos todo con la libertad por bandera, gracias a la Transición, apareció un fenómeno terrible que sembró de dolor el país afectando, sobre todo, a una generación y a sus familias más directas, que comenzaba a despertar de un pasado terrible.

Todos tenemos un verano especial en nuestras vidas. El mío comenzó en 1952, en Madrid, días antes de cumplir los cinco años, en una España que helaba el corazón de muchos demócratas. Habíamos vivido en casa la guerra y el duelo por la muerte de mi padre en 1947, con secuelas importantes por las heridas en acto de guerra, que había que digerir como Dios le diera a entender a cada uno. Por eso comprendo bien estos personajes de película, al reproducir, salvando lo que haya que salvar, que solo hay un camino para entender lo que humanamente no hay por dónde cogerlo. Se trata exclusivamente de recibir amor, para ir cerrando poco a poco las tres heridas que a veces envuelven nuestra existencia, que describió Miguel Hernández de forma mágica: la del amor, la de la muerte, la de la vida.

Comprendo siempre por qué me atraen estas películas excelentes, incluso antes de verlas, porque como en este caso, su guion es lo más parecido a la vida real, a la vida misma. En el verano 2017, algunos, estamos obligatoriamente obligados a verla, aunque como decía el poeta malagueño Rafael Ballesteros, sigamos sin entender “si se me abre el grifo y sale una bala tras otra bala, si abro la puerta y se nos entra el fusilado y cierro y se me queda fuera el dedo, si unto amor en el labio entreabierto y nada, si miro al muro y todavía distingo los boquetes”. Porque, es verdad, “De este mundo los dos sabemos poco. Y sin embargo, estamos aquí [como Carla] obligatoriamente obligados a entenderlo”.

Sevilla, 29/VII/2017

NOTA: la imagen última es un fotograma de la película “Verano 1993”, que se recuperó el 29/VII/2017de https://www.espinof.com/trailers/verano-1993-cartel-y-trailer-de-la-opera-prima-de-carla-simon

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La megalomanía del poder se planta también en un jardín

Sevilla, 16/II/2022

Un tulipero, un árbol de 40 metros de altura y 650 toneladas de peso, con 135 años de antigüedad, que viajaba por el Mar Negro en una barcaza especialmente acondicionada para este tipo de transporte, causó sensación mundial en 2016, al conocerse que el ex primer ministro de Georgia, Bidzina Ivanishvi, lo había comprado en su propio país, en la región de Ayaria, para llevarlo a su residencia particular en Tiflis, la capital de esta región caucásica. No era el primero ni el último de esta megalomaníaca demostración de riqueza incontrolada. Ahora forman parte del Parque Dendrológico Shekvetili, de propiedad privada pero accesible al público.

Lo que parece un relato de ensoñación responde a una realidad que llevó a la directora georgiana Salomé Jashi a filmar un documental, Domar el jardín, que se presentó en el Festival Mundial de Cine Documental, Sundance 2021, justificándolo en el sentido de que “Los árboles han sido fundamentales en mi vida. En mi infancia, solía ir a una plaza muy grande en mi pueblo donde muchos niños se reunían. Había varios árboles grandes allí y cada uno tenía un significado diferente. Uno era para reunirse, otro para trepar, otro era una especie de símbolo de fuerza. Los árboles significan mucho para mí y para los demás también”. Ella ha contado lo que sintió la primera vez que vio al tulipero avanzar por las aguas del Mar Negro: “Vi esta imagen del árbol en el mar que estaba en los medios de comunicación en Georgia», dice Jashi. «Es una imagen extraña e incómoda, y cuando la vi, sentí sensaciones muy ambivalentes. Por un lado, esto era algo hermoso, magnífico. Un árbol en el mar parece muy poético, después de todo. Por otro lado, lo que había detrás de la imagen era una historia muy diferente. Me atrajo esta ambigüedad y me inspiró a comenzar a trabajar en la película».

Efectivamente, la directora solo pretende en este documental mostrar al espectador lo que está sucediendo con objeto de que cada uno decida y opine sobre lo que está viendo, aunque el estudio detallado de cada plano traduce perfectamente lo que quiere dejar patente, quizás resumido en una frase de un hombre que aparece en la película: «Cuando tenga todos los árboles», dice, «irá tras los pájaros». Una vez más y afortunadamente, el cine no es inocente.

Me ha llamado la atención que en el XI Festival de Cine de Lanzarote, se presentó esta película con las palabras siguientes, a modo de sinopsis: “En Georgia, un conocido mafioso amante de las plantas y la naturaleza paga grandes fortunas para adquirir árboles centenarios con los que establece una relación sentimental particular. Sin importarle la ubicación histórica de esas grandes plantas, en ocasiones de colosales dimensiones, consigue que sus operarios las trasladen hasta su jardín particular, ubicado a centenares de kilómetros de distancia. Los árboles se ven sometidos así a un trabajo de reubicación que los transporta a lo largo de estrechas carreteras y zonas marinas. A su paso por las pequeñas aldeas y pueblos del país, los habitantes quedan sobrecogidos ante lo que es una muestra de poder desmesurada. La belleza y el amor por los árboles contrastan con un deseo de posesión capaz de arrasar con todo aquello que se pone en su camino”. La polarización ante lo que está por ver está servida. Aunque en el documental nunca aparece el dueño del jardín donde se trasplantan los árboles centenarios, se torna en esta sinopsis en un “conocido mafioso” amante de las plantas y la naturaleza. Nada se esconde ya ante la cámara. El desarrollo de la película, sobre todo sus cámaras, son las que de verdad lo dicen todo. Así es el arte del cine.

En el Festival de Sundance 2021, anteriormente citado, se dijo de la película algo que también es muy esclarecedor: “Lo que es muy inteligente y relevante en Taming The Garden es que la directora nunca muestra al rico adquirente de los árboles. Los aldeanos se refieren principalmente a él como «él» y nunca aparece en la pantalla. Esta anonimización de este personaje hace que el tema sea más universal. Y la pregunta se puede hacer con estas palabras: ¿puede el dinero comprar todo? ¿Puede un hombre tener el poder de desafiar a la naturaleza?”.

He visitado tambien la página oficial de la directora y su película. La sinopsis no deja ya lugar a duda alguna: “El primer plano de la impactante historia ambiental de la cineasta Salomé Jashi captura un árbol tan alto como un edificio de 15 pisos flotando en una barcaza a través del vasto Mar Negro. Su destino se encuentra dentro de un jardín a innumerables millas de distancia, propiedad privada de un hombre rico y anónimo cuya pasión reside en la eliminación y posterior replantación de árboles extraños en su propio Edén hecho por el hombre. Con un estilo cinematográfico asombroso, Taming the Garden rastrea el surrealista desarraigo de árboles antiguos de sus lugares georgianos. Con cada remoción, estallan las tensiones entre los trabajadores y los aldeanos. Algunos ven incentivos financieros (nuevas carreteras, costosas tarifas) mientras que otros lamentan con enojo la pérdida de lo que se suponía era un monolito inamovible de la historia y la memoria colectivas de su ciudad. Con un ojo observador constante y astuto, Jashi documenta el poder de un solo hombre sobre los jardines naturales de la Tierra: cómo los majestuosos artefactos vivos de la identidad de un país pueden ser desarraigados sin esfuerzo por individuos sin conexión con la naturaleza que ahora reclaman como propia”.

Viendo el tráiler de la película se comprende muy bien su mensaje. Las personas que acompañan y despiden a su árbol centenario lo dicen todo, porque, detrás, la tierra que lo acogió durante tanto tiempo, se queda herida, sola y hueca ante tanto desvarío ocasionado por la riqueza desmedida de un poderoso del lugar. Aunque en la película no aparece, sabemos ya quién es, como se llama y a qué dedica su tiempo libre: Bidzina Ivanishvi, ex primer ministro de Georgia, Finalizo sin más comentarios, como la directora desea que se vea su película, guardando silencio al observar las imágenes, contemplando sólo lo que es evidente: la megalomanía del poder se puede plantar también, simbólicamente, en un jardín, sin importar su génesis y sus consecuencias, pero nunca se podrá comprar la belleza de la memoria histórica de cada árbol, como un símbolo de lo que era en su sitio de nacimiento, de donde nunca debieron salir.

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No se transforma nada desde la nostalgia del pasado

Sevilla, 15/II/2022

Hoy siento un vértigo especial al enfrentarme a la página en blanco de mi cuaderno digital, porque quiero escribir con alma de lo que siento en este momento después de haber leído unas páginas de un libro publicado el mes pasado, de cuyo nombre quiero acordarme especialmente en este momento: Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia (1). Me ha removido la conciencia de los que soy y de lo que me queda por hacer en este mundo diseñado muchas veces por el enemigo, como dice el poeta Juan Cobos Wilkins, a quien tanto aprecio. Obviamente, en este país, en mi Comunidad y en mi ciudad.

Estamos asistiendo a un momento que podía ser mágico, por haber salido del último túnel (por ahora) de la pandemia y resulta que la nueva normalidad es a veces peor que la de antes, en una nostalgia instalada en la mente de muchas personas que, en principio, no les permite caminar hacia alguna parte por descubrir y que ofrezca felicidad. Para una persona como yo, que piensa que el mundo sólo tiene interés hacia adelante, el título de mi blog o cuaderno digital, en el que llevo escribiendo desde hace más de dieciséis años, la publicación de Neorrancios me causa estupor y me conmueve, porque siempre he defendido los valores que nos hacen ser personas dignas. De hecho “fundé” un club virtual hace años, el de las personas dignas, en el que no me interesa contabilizar adeptos, sino crear masa crítica, incluso anónima, para seguir pensando que el mundo hay que transformarlo porque el actual no nos gusta nada. Además, volver a repetir los errores del pasado me da pánico, aunque se intente maquillar todo con el eslogan de que “visto lo visto, cualquier pasado fue mejor”. Craso error, si sólo atendemos a la esencia del evolucionismo en sus múltiples manifestaciones, porque la historia ha demostrado que todo no se soluciona con instalarnos en la zona de confort histórico que cada uno cree que es la mejor, individualismo y liberalismo en estado puro, frente a los que pensamos que juntos podemos transformar la sociedad para que avance, pero sólo hacia zonas que nos den confort a todos, porque solos no conseguimos prácticamente nada en la aldea global en las que actualmente vivimos.

Volviendo al libro que me ha conmovido, he escogido para empezar la sinopsis oficial del mismo, que no tiene desperdicio alguno: “«Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad.» Bajo ese discurso pretendidamente crítico se esconde una idealización de un tiempo pasado que nunca fue mejor. Una nostalgia fundamentada en un modelo familiar único, una sublimación del medio rural, un capitalismo alienado y una negación de los avances sociales logrados a lo largo de las últimas cuatro décadas. Son argumentos propios de una izquierda conservadora que se espanta ante la pérdida de su hegemonía. Lo neorrancio es lo que ocurre cuando miramos al pasado con la venda del recuerdo y cuando convertimos la experiencia propia en universal. Un libro que pone el presente en valor y que da pautas sobre hacia dónde debería enfocar la izquierda sus demandas”. Después, en el primer capítulo, Contra lo neorrancio. Por qué triunfa el repliegue sentimental, escrito por Begoña Gómez Urgáiz, he leído párrafos que centran muy bien su hilo conductor, sobre todo al analizar el fenómeno ocurrido hace un año en este país con la publicación del libro Feria de Ana Iris Simón, que ha conseguido el encumbramiento a los altares rojipardos, es decir, tanto de sectores de la izquierda como de la derecha más casposa, en un fenómeno que sobrecoge porque ambos “encuentran consenso en un enemigo común: el dogma neoliberal. En este territorio político, unos y otros, izquierda antigua y derecha nueva, se celebran y se jalean mutuamente. No solo les unen las mismas fobias, como la corrección política que sienten castradora, también comparten unos modos similares. La izquierda reaccionaria y la derecha contestona, que en España tiene una clara líder en Isabel Díaz-Ayuso, están hermanadas por el mismo sincomplejismo. Se autoconceden el monopolio de la palabra llana, la capacidad de decir lo que creen que todo el mundo piensa y nadie se atreve a decir. Son los maestros del al pan, pan y al vino, vino”. Más adelante, justifica el nacimiento de este término, neorrancio, nacido en un programa de radio Tardeo, en Radio Primavera Sound: “Lo que se está debatiendo desde este frente antinostálgico no es poca cosa. Se está diciendo que sólo se pueden permitir la añoranza por tiempos pasados quienes ocuparon posiciones privilegiadas, debido a su origen, género o identidad sexual. Que la familia ha sido y es refugio para muchos y el origen de toda violencia para otros y mitificarla en su estado más ancestral no conduce a nada. Que soñar con hipotecas a tipo fijo cuando el modelo inmobiliario actual ha colapsado, no una sino varias veces, no tiene mucho sentido. Que acercarse a la maternidad desde posiciones entre exaltadas y existencialistas -la teta es la patria y amamantar es rezar- choca con los intereses de las mujeres, sobre todo las de clase trabajadora. Que si algo no necesita el mundo rural es que lo romanticen con términos de hace cincuenta años. Que si lo de temer las migraciones suena tan mal es por algo. Que reivindicar, aunque sea desde una coqueta postura de provocación, a figuras como la del falangista Ramiro Ledesma sencillamente repugna. Que la nostalgia, es, en definitiva, el fracaso de la imaginación política”.

Ante lo anteriormente expuesto, que comparto, me siento obligatoriamente obligado a leer el libro e invitar a quienes lean estas líneas a hacerlo, así como acudir al rastreo de lo que he escrito en este cuaderno digital al respecto durante los años de su existencia, porque a diferencia de lo afirmado por Groucho Marx, tengo unos principios sobre el progreso y la unidad popular con conciencia de clases que, si no gustan, no estoy dispuesto a cambiarlos, sobre todo en relación con la mirada siempre hacia adelante en el caminar diario. Lo he escrito recientemente con ocasión de la publicación reciente de un ensayo de Thomas Piketty, Breve historia de la igualdad (2), una versión resumida de su obra anterior, Capital e Ideología, en el que expone una historia comparada de las desigualdades entre clases sociales: “el camino hacia la igualdad es fruto de luchas y rebeliones contra la injusticia, y resultado de un proceso de aprendizaje de medidas institucionales y sistemas legales, sociales, fiscales y educativos que nos permitan hacer de la igualdad una realidad duradera. Desafortunadamente, este proceso a menudo se ve debilitado por la amnesia histórica, el nacionalismo intelectual y la compartimentación del conocimiento”. Frente a las tesis sobre la desaparición de las ideologías, que los neorrancios diluyen en discursos vacíos y sin sentido, adulterados en su esencia, el libro de Piketty es un balón de oxígeno para recuperar el sentido de la tendencia histórica de la igualdad como una realidad que se ha consolidado desde finales del siglo XVIII. Con una exposición muy amena, Piketty propone una alternativa basada en diversas propuestas concretas: el socialismo democrático, participativo y federal, ecológico y con mestizaje social, sobre la base de la fiscalidad progresiva, el reparto del poder de las empresas, las reparaciones poscoloniales y la lucha contra la discriminación, la igualdad educativa y el sistema de herencia universal, la reducción drástica de las desigualdades monetarias y un sistema electoral al margen de las influencias del dinero. Las ideologías seguirán marcando el curso de la historia, tal y como lo expresó de forma excelente el filósofo George Lukács en El asalto a la razón: “[…] no hay ninguna ideología inocente: la actitud favorable o contraria a la razón decide, al mismo tiempo, en cuanto a la esencia de una filosofía como tal filosofía en cuanto a la misión que está llamada a cumplir en el desarrollo social. Entre otras razones, porque la razón misma no es ni puede ser algo que flota por encima del desarrollo social, algo neutral o imparcial, sino que refleja siempre el carácter racional (o irracional) concreto de una situación social, de una tendencia del desarrollo, dándole claridad conceptual y; por tanto, impulsándola o entorpeciéndola” (3).

Quien siga de cerca las páginas de este cuaderno digital sabe que existe un hilo conductor en ellas, porque ocurre igual con lo que escribo: las ideologías, cualquiera de ellas no son inocentes para el bien o para el mal, que atraviesan en la actualidad una crisis importante, aunque estoy convencido y lo defiendo con ardor guerrero y con ardiente impaciencia, que nunca son inocentes y cualquiera no sirve para transformar el mundo y hacerlo más habitable, más amable y más confortable para todos. Sé que cuando se habla de esta realidad interior, personal o colectiva, rápidamente se nos tacha de utópicos equivocados de siglo. No lo percibo así, más aún cuando defiendo una ideología de marcado carácter social que ayuda a transformar, más que a cambiar, ese mundo que no nos gusta, a veces tan próximo que incluso nos asusta. Navegando en esta patera frágil de la vida, en la que suelo embarcar a diario, suelo recurrir a un recurso barato (no está en el mercado), que es soñar despierto, creando historias imaginables e incluso reales como la vida misma. Vivo rodeado de personas que sueñan con un mundo diferente, porque no les gusta el actual, porque hay que cambiarlo. A mí me gusta ir más allá, es decir, el mundo hay que transformarlo. Pero surge siempre la pregunta incómoda, ¿cómo?, si las eminencias del lugar, cualquier lugar, dicen que eso es imposible, una utopía, un desiderátum, como si ser singular fuera un principio extraterrestre, un ente de razón que no tiene futuro alguno. Esos pensamientos son ya historia dicen economistas de renombre mundial. No me resigno a aceptarlo y por esta razón sigo yendo con frecuencia de mi corazón y sueños a mis asuntos, del timbo al tambo, como decía García Márquez en sus cuentos peregrinos, buscando como Diógenes personas con las que compartir formas diferentes de ser y estar en el mundo, como en el caso que nos ocupa hoy, investigadores de la desigualdad humana para contrarrestarla, como Thomas Piketty, que sean capaces de ilusionarse con alguien o por algo. De soñar creando, porque los ojos, cuando están cerrados, preguntan. O planteando una denuncia de lo que está ocurriendo en la sociedad española con la aparición en tromba de los neorrancios por doquier.

Frente a estos planteamientos llenos de esperanza para vencer las desigualdades, escucho a diario que ya no se puede hacer nada, que todos los políticos son iguales, que al final lo que vale es el dinero que tengas a mano, que el mundo no tiene solución, que la crisis actual motivada por la pandemia va a acabar con las ilusiones legítimas de todos. Conformismo puro y duro que detesto y regresión a tiempos pasados porque, equivocadamente, se piensa que fueron mejores, sólo para algunos porque para muchos solo trajeron sufrimiento y desigualdad social. Y no es verdad que tengamos que estar en actitud paciente o conformista sobre estos juicios de valor, que tengamos que resignarnos a renunciar a ideologías que permiten a personas dignas estar cerca de los demás, de aquellos que menos tienen, de los que luchan por el estado del bien-ser y del bien-estar, por el trabajo bien hecho, el diario, el que puede ser más gris en determinados momentos; por ejemplo, por los que defienden que el trabajo en la Administración Pública tiene que respetar el tiempo, el espacio y el dinero público de principio a fin de jornada, pensando siempre en la persona como ciudadano al que se debe orientar todo lo que se hace en la Administración como acción basada estrictamente en el interés público.

Porque nada ni nadie es inocente. Todo tiene una razón de ser y ahora es necesario subir a cubierta y al cielo abierto para gritar a los cuatro vientos que somos necesarios para transformar el mundo, cada uno donde está en la actualidad, con un trabajo celular, ejemplar, allí donde vive o trabaja cada uno o cada una, porque la solución no viene solo de la Unión Europea, o del Banco Central Europeo, o de la presidenta Úrsula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), por poner un ejemplo muy actual. Es más probable que la salida a la crisis actual que arrastramos desde hace ya muchos años y agudizada ahora por la pandemia, sea una realidad si prosperamos en plantar cara a la desazón que embarga a muchas personas, porque a las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas nos interesa ahora dejar temporalmente esas salas de máquinas en las que hemos trabajado durante tanto tiempo o en las contraminas de la sociedad, de los trabajos o de las familias, para gritar a los cuatro vientos, a cielo abierto, que tenemos que seguir luchando para recuperar la dignidad de personas en el silencio o ruido de cada día, el de cada uno, el de cada una, y que sabemos dónde está la clave: en el trabajo serio y callado, coherente, de principio a fin, ejemplar, sobre todo, que acabe con las desigualdades.

También, en descubrir y desenmascarar las maniobras oscuras de los conformistas y mediocres, sin esperar que vengan los demás a solucionarnos los problemas que nos rodean y, para decirlo bien alto y claro, porque todos no somos iguales. Porque solo debe existir esta igualdad ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social [ante la crisis… de la pandemia (el corchete es mío)], como dice el Artículo 14 de la Constitución. Aunque dentro de unos días, cuando la mar esté en calma y la dirección de la mina no tenga más sobresaltos, tengamos que volver con la cabeza bien alta a la contramina o a la sala de máquinas en la que tanto nos gusta trabajar, para seguir navegando y cavando en la igualdad que tanto necesitamos todos para alcanzar la libertad, sin excepción alguna. De lo contrario sucederá lo que ya nos advirtió Benedetti sobre los peligros del conformismo y la mediocridad: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos // la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío (4).

Publicaciones como la de Neorrancios son una bocanada de viento fresco cuando muchos navegamos, en patera, sólo al desvío. Gracias por ello. Tengo muy claro que no se cambia nada desde la nostalgia del pasado. La única nostalgia que me permito, como motor de cambio, es la de constatar, en este aquí y ahora, que la dignidad humana no alcanza a todas las personas de este país, que necesita, urgentemente, transformar su presente para poder alcanzar el mejor y más digno futuro para todos.

(1) Urgáiz B. et alii (Coord.), Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia, 2022. Madrid: Península.

(2) Piketty, Thomas, Breve historia de la igualdad, 2021. Bilbao: Deusto.

(3) Lukács, G, El asalto a la razón, 1976. Barcelona: Grijalbo, pág. 5.

(4) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Soneto del pensamiento, en Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

De ese Cupido ya no queda casi nada

Antonio Canova, Psyche reanimada por el beso del amor, 1796 (detalle), Museo del Louvre

Sevilla, 14/II/2022

En el Gran Mercado del Mundo la presencia hoy del dios Cupido no podía faltar, aunque se ignore su origen en la fábula de un asno de gran prestigio, nada menos que de oro, según nos contó hace ya muchos siglos Lucio Apuleyo. En su magna obra, La metamorfosis o El asno de oro (1), cuenta historias y fábulas para deleitarnos los oídos y sentidos, de las que sobresale la fábula de Lucio convertido en asno por equivocación en el ungüento que utilizó en una ocasión para impregnar todo su cuerpo. En esas estaba Lucio, con alma de hombre, en una historia en la que se ve envuelto en sus primeras andanzas como asno no respetado por nadie, compartiendo sus primeros pasos con su caballo y otro asno, cuando “la vieja madre de los ladrones, conmovida de piedad de las lágrimas de la doncella que estaba en la cueva presa, le contó una fábula por ocuparla que no llorase” (Cap. V, Libro IV). Al final, la gran pregunta es si esta obra de Apuleyo es un tratado de amor divino o humano, porque al final son las creencias las que desvelen cuál es el auténtico sentido de lo que quiso contar para la posteridad, lejos indudablemente del Cupido comercial de este 14 de febrero, aunque sí tengo muy claro que el amor y amar no son cosas de dioses o de reyes, sino algo muy humano, algo que nos pertenece esencialmente para poder comprenderlo.

De esta forma se narra con detalle lo allí ocurrido: “Érase en una ciudad un rey y una reina, y tenían tres hijas muy hermosas: de las cuales, dos de las mayores, como quiera que eran hermosas y bien dispuestas, podían ser alabadas por loores de hombres; pero la más pequeña, era tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poder exprimir ni suficientemente alabar su belleza. Muchos de otros reinos y ciudades, a los cuales la fama de su hermosura ayuntaba, espantados con admiración de su tan grande hermosura, donde otra doncella no podía llegar, poniendo sus manos a la boca y los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas adoraciones la honraban y adoraban. Y ya la fama corría por todas las ciudades y regiones cercanas, que ésta era la diosa Venus, la cual nació en el profundo piélago de la mar y el rocío de sus ondas la crió. Y decían asimismo que otra diosa Venus, por influición de las estrellas del cielo, había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su opinión procedía de cada día, que ya la fama de ésta era derramada por todas las islas de alrededor en muchas provincias de la tierra: muchos de los mortales venían de luengos caminos, así por la mar como por tierra, a ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo; ya nadie quería navegar a ver la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Paphos, ni tampoco a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde le solían sacrificar; sus templos eran ya destruidos, sus sacrificios olvidados, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas estaban sin honra ninguna, sus aras y sus altares sucios y cubiertos de ceniza fría. A esta doncella suplicaban todos, y debajo de rostro humano adoraban la majestad de tan gran diosa, y cuando de mañana se levantaba, todos le sacrificaban con sacrificios y manjares, como le sacrificaban a la diosa Venus. Pues cuando iba por la calle o pasaba alguna plaza, todo el pueblo con flores y guirnaldas de rosas le suplicaban y honraban. Esta grande traslación de honras celestiales a una moza mortal encendió muy reciamente de ira a la verdadera diosa Venus, y con mucho enojo, meciendo la cabeza y riñendo entre sí, dijo de esta manera:

Veis aquí yo, que soy la primera madre de la natura de todas las cosas; yo, que soy principio y nacimiento de todos los elementos; yo, que soy Venus, criadora de todas las cosas que hay en el mundo, ¿soy tratada en tal manera que en la honra de mi majestad haya de tener parte y ser mi aparcera una moza mortal, y que mi nombre, formado y puesto en el cielo, se haya de profanar en suciedades terrenales? ¿Tengo yo de sufrir que tengan en cada parte duda si tengo yo de ser adorada o esta doncella y que haya de tener comunidad conmigo, y que una moza, que ha de morir, tenga mi gesto que piensen que soy yo? Según esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a tales diosas: cuyo juicio y justicia aprobó aquel gran Júpiter; pero ésta, quienquiera que es, que ha robado y usurpado mi honra, no habrá placer de ello: yo le haré que se arrepienta de esto y de su ilícita hermosura.

Y luego llamó a Cupido, aquel su hijo con alas, que es asaz temerario y osado; el cual, con sus malas costumbres, menospreciada la autoridad pública, armado con saetas y llamas de amor, discurriendo de noche por las casas ajenas, corrompe los casamientos de todos y sin pena ninguna comete tantas maldades que cosa buena no hace. A éste, como quiera que de su propia natura él sea desvergonzado, pedigüeño y destruidor, pero de más de esto ella le encendió más con sus palabras y llevolo a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se llamaba Psiche, y mostrósela, diciéndole con mucho enojo, gimiendo y casi llorando, toda aquella historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole en esta manera:

¡Oh hijo!, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre, y por las dulces llagas de tus saetas, y por los sabrosos juegos de tus amores, que tú des cumplida venganza a tu madre: véngala contra la hermosura rebelde y contumaz de esta mujer, y sobre todas las otras cosas has de hacer una, la cual es que esta doncella sea enamorada, de muy ardiente amor, de hombre de poco y bajo estado, al cual la Fortuna no dio dignidad de estado, ni patrimonio, ni salud. Y sea tan bajo que en todo el mundo no halle otro semejante a su miseria.

Después que Venus hubo hablado esto, besó y abrazó a su hijo y fuese a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus pies hermosos holló el rocío de las ondas de aquel río, y luego se fue a la mar, adonde todas las ninfas de la mar le vinieron a servir y hacer lo que ella quería, como si otro día antes se lo hubiese mandado. Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Portuno, con su áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salacia, y Palemón, que es guiador del Delfín. Después, las compañías de los Tritones, saltando por la mar: unos tocan trompetas y otros trazan un palio de seda por que el Sol, su enemigo, no le tocase; otro pone el espejo delante de los ojos de la señora, de esta manera nadando con sus carros por la mar; todo este ejército acompañó a Venus hasta el mar océano.

Entre tanto, la doncella Psiche, con su hermosura, sola para sí, ningún fruto recibía de ella. Todos la miraban y todos la alababan; pero ninguno que fuese rey ni de sangre real, ni aun siquiera del pueblo, la llegó a pedir, diciendo que se quería casar con ella. Maravillábanse de ver su divina hermosura, pero maravillábanse como quien ve una estatua pulidamente fabricada. Las hermanas mayores, porque eran templadamente hermosas, no eran tanto divulgadas por los pueblos y habían sido desposadas con dos reyes, que las pidieron en casamiento, con los cuales ya estaban casadas y con buena ventura apartadas en su casa; más esta doncella Psiche estaba en casa del padre, llorando su soledad, y, siendo virgen, era viuda; por la cual causa estaba enferma en el cuerpo y llagada en el corazón; aborrecía en sí su hermosura, como quiera que a todas las gentes pareciese bien. El mezquino padre de esta desventurada hija, sospechando que alguna ira y odio de los dioses celestiales hubiese contra ella, acordó de consultar el oráculo antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Milesia, y con sus sacrificios y ofrendas, suplicó a aquel dios que diese casa y marido a la triste de su hija. Apolo, como quiera que era griego y de nación jonia, por razón del que había fundado aquella ciudad de Milesia, sin embargo respondió en latín estas palabras: «Pondrás esta moza adornada de todo aparato de llanto y luto, como para enterrarla, en una piedra de una alta montaña y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido de linaje mortal; más espéralo fiero y cruel, y venenoso como serpiente: el cual, volando con sus alas, fatiga todas las cosas sobre los cielos, y con sus saetas y llamas doma y enflaquece todas las cosas; al cual, el mismo dios Júpiter teme, y todos los otros dioses se espantan, los ríos y lagos del infierno le temen.»

El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó este vaticinio y respuesta de su pregunta, triste y de la mala gana tornose para atrás a su casa. El cual dijo y manifestó a su mujer el mandamiento que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual lloraron y plañeron algunos días. En esto ya se llegaba el tiempo que había de poner en efecto lo que Apolo mandaba: de manera que comenzaron a aparejar todo lo que la doncella había menester para sus mortales bodas; encendieron la lumbre de las hachas negras con hollín y ceniza, y los instrumentos músicos de las bodas se mudaron en lloro y amargura; los cantares alegres en luto y lloro, y la doncella que se había de casar se limpia las lágrimas con el velo de alegría. De manera que el triste hado de esta casa hacía llorar a toda la ciudad, la cual, como se suele hacer en lloro público, mandó alzar todos los oficios y que no hubiese juicio ni juzgado. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que Apolo había mandado, procuraba de llevar la mezquina de Psiche a la pena que le estaba profetizada: así que, acabada la solemnidad de aquel triste y amargo casamiento, con grandes lloros vino todo el pueblo a acompañar a esta desdichada, que parecía que la llevaban viva a enterrar y que éstas no eran sus bodas, más sus exequias. Los tristes del padre y de la madre, conmovidos de tanto mal, procuraban cuanto podían de alargar el negocio. Y la hija comenzoles a decir y a amonestar de esta manera:

“¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu, que más es mío que vuestro, con tantos aullidos? ¿Por qué arrancáis vuestras honradas canas? ¿Por qué ensuciáis esas caras que yo tengo de honrar, con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué rompéis en vuestros ojos los míos? ¿Por qué apuñáis a vuestros santos pechos? Éste será el premio y galardón claro y egregio de mi hermosura. Vosotros estáis heridos mortalmente de la envidia y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos nos honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una voz me llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y llorar, entonces me habíais ya de tener por muerta: ahora veo y siento que sólo este nombre de Venus ha sido causa de mi muerte; llevadme ya y dejadme ya en aquel risco, donde Apolo mandó: ya yo querría haber acabado estas bodas tan dichosas, ya deseo ver aquel mi generoso marido. ¿Por qué tengo yo de contener aquel que es nacido para destrucción de todo el mundo?”.

Acabado de hablar esto, la doncella calló, y como ya venía todo el pueblo para acompañarle, lanzose en medio de ellos y fueron su camino a aquel lugar donde estaba un risco muy alto, encima de aquel monte, encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, dejando asimismo con ella las hachas de las bodas, que delante de ella llevaban ardiendo, apagadas con sus lágrimas, y abajadas las cabezas, tornáronse a sus casas. Los mezquinos de sus padres, fatigados de tanta pena, encerráronse en su casa, y cerradas las ventanas, se pusieron en tinieblas perpetuas. Estando Psiche muy temerosa, llorando encima de aquella peña, vino un manso viento de cierzo, y, como quien extiende las faldas, la tomó en su regazo; así, poco a poco, muy mansamente la llevó por aquel valle abajo y la puso en un prado muy verde y hermoso de flores y hierbas, donde la dejó que parecía que no le había tocado”.

Este relato va in crescendo y finalmente desemboca en una historia de amor a la griega. Cupido acaba enamorándose de Psiche con una limitación clara: nunca podría contemplarle y sólo se podía reunir con ella al caer la tarde. Esto es así hasta que una noche Psiche, movida por la curiosidad y mientras Cupido duerme, acerca una lámpara de aceite para poder verlo; el dios despierta y, enfadado por su desobediencia, la abandona. Psiche lo busca por todo el orbe, siendo sometida a castigos inhumanos por parte de los dioses, hasta que finalmente Júpiter consiente el reencuentro de los amantes. Posteriormente los jóvenes amantes escapan junto al asno Lucio, hasta que Júpiter autoriza que Psiche suba al cielo. Lucio, finalmente, vuelve a ser persona, sorprendiendo a todos por sus habilidades humanas.

Una cosa más, cuando entre asnos y burros anda el juego del amor verdadero. Muchas personas no recordarán que Asnografía es un capítulo de Platero y yo, el LV, bastante olvidado por parte de la cultura oficial durante muchos años, donde el poeta de Moguer hace un retrato crudo de la necedad de muchas personas que no llegan a los asnos ni a la altura de sus cascos. Aún resuena su mensaje subliminal para quien quiera entenderlo, sin olvidar todavía hoy cómo se castigaba a mis compañeros de clase, cuando yo era niño, con las orejas de burro, sin que Juan Ramón y Platero pudieran hacer nada por ellos:

Leo en un Diccionario: ASNOGRAFÍA, s.f.: Se dice, irónicamente, por descripción del asno.

¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres! Irónicamente… ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de primavera? ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Irónicamente… De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, paciente y reflexivo, melancólico y amable, Marco Aurelio de los prados…

Platero, que sin duda comprende, me mira fijamente con sus ojazos lucientes, de una blanda dureza, en los que el sol brilla, pequeñito y chispeante en un breve y convexo firmamento verdinegro. ¡Ay! ¡Si su peluda cabezota idílica supiera que yo le hago justicia, que yo soy mejor que esos hombres que escriben Diccionarios, casi tan bueno como él!

Y he puesto al margen del libro: ASNOGRAFÍA, sentido figurado: Se debe decir, con ironía, ¡claro está!, por descripción del hombre imbécil que escribe Diccionarios”.

Cuando finalizo la lectura de este capítulo pienso que, como personas que vivimos en el mundo digital del siglo XXI, deberíamos ser como Platero: intelectuales, amigos del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, pacientes y reflexivos, melancólicos y amables, como si todos fuéramos Marco Aurelio de los prados y sin tener necesidad de escribir diccionarios imposibles. Incluso, descubriendo el verdadero sentido de aquél Cupido de Apuleyo que aun siendo dios comprendió el significado del alma humana y terrenal de Piche, el amor verdadero.

(1) Apuleyo, Lucio, La metamorfosis o El asno de oro, Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999. Reproduce la edición de Calpe, Madrid, 1920.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

El cine es memoria histórica

Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías

Patricio Guzmán

Sevilla, 13/II/2022

Lo he leído en una crítica a la película premiada anoche con el Goya a la mejor película Iberoamericana, La cordillera de los sueños (2019), dirigida por Patricio Guzmán, a modo de veredicto: para no olvidar que el cine también es memoria histórica. Este blog tiene una seña de identidad muy clara y que he pretendido respetar a lo largo de más de sus dieciséis años de vida en la red de redes: buscar islas desconocidas a través de la inteligencia digital. La película de Guzmán es una isla desconocida para el gran público, sin menospreciar los premios entregados ayer básicamente al cine que se produce en este país. Es la última parte de una trilogía que comenzó con Nostalgia de la luz (2010), seguida de El botón de nácar (2015). Una muestra de esta navegación al desvío, por mi parte, es el artículo que escribí en 2015 sobre estas dos películas, Nostalgia de la dignidad, del que reproduzco pasajes de este reconocimiento personal que hice en su momento al director premiado anoche en la gala de los Goya.

Dije en aquél artículo que había leído una crónica de la 65ª edición de la Berlinale, en el diario El País, en la que se recogía una declaración del director de cine chileno Patricio Guzmán, acerca de un documental realizado en 2010, Nostalgia de la luz, que había tenido un recorrido tortuoso para su exhibición en España y en su televisión pública: “Siempre he tenido el sueño de hacer un filme sobre la falta de memoria de España. En especial, sobre el pacto de silencio que Felipe González inventó con el Ejército. Es un escándalo lo que pasó. La falta de memoria de España le ha quitado energía para jugar un rol importante en Europa. Sigue siendo un país secundario, cuando por elementos históricos y culturales debería estar en primera línea de la UE. Pero no sé dónde encontrar el dinero para ese proyecto. Y las televisiones no emiten documentales. Nostalgia de la luz fue cofinanciada por TVE hace cinco años y aún no lo han emitido… ni lo van a hacer”. Aquellas palabras de Patricio Guzmán no me dejaron tranquilo en aquella ocasión. Además, en el contexto de esa Berlinale, había presentado un nuevo documental, El botón de nácar, que seguía completando el homenaje a la historia dolorosa y reciente de Chile, junto a Nostalgia de la luz, porque no quería ocultar lo que había pasado en su país. Tengo un tremendo respeto a la historia y por eso me duele como a él que ahora se quiera olvidar oficialmente la etapa dolorosa de la dictadura hasta que la Transición consolidó la democracia en España. De ahí la importancia del premio de anoche con su película final de la trilogía, La cordillera de los sueños.

Es cierto que en España se falta muchas veces al respeto de su memoria histórica. Me indigna que ahora se quieran quitar del imaginario social, histórico y político de nuestro país, las palabras izquierda o derecha, dictadura o represión fascista, cuando todo el mundo sabe qué se quiere decir con ellas. Falta hacer todavía un recorrido objetivo sobre el dolor de la izquierda española durante la dictadura (que tuve que vivir y sufrir), probablemente con la ayuda de Patricio Guzmán, aunque tengamos que utilizar medios de financiación popular como el crowdfunding, tal y como se financió en parte Nostalgia de la luz. En la sinopsis oficial de aquél documental precioso, El botón de nácar, se decía que simbolizaba la dualidad de la distancia “entre el cielo y la tierra, entre la luz del cosmos y los seres humanos y las misteriosas idas y vueltas que se crean entre ellos. En Chile, a tres mil metros de altura, los astrónomos venidos de todo el mundo se reúnen en el desierto de Atacama para observar las estrellas. Aquí, la transparencia del cielo permite ver hasta los confines del universo. Abajo, la sequedad del suelo preserva los restos humanos intactos para siempre: momias, exploradores, aventureros, indígenas, mineros y osamentas de los prisioneros políticos de la dictadura. Mientras los astrónomos buscan la vida extra terrestre, un grupo de mujeres remueve las piedras: busca a sus familiares”. Nada más, dije en aquella ocasión. Se trata también de la nostalgia de la dignidad que todavía algunas personas tenemos. Como la de Valentina, la hija de las estrellas, que “a pesar de ser hija de madre y padre desaparecidos, es el personaje más jubiloso de la película. Tiene una mirada serena que observa más lejos que nosotros. Sus abuelos la criaron y le enseñaron a observar el cielo. Desde que se dedica a la astronomía, ella supo que la materia de las estrellas es la misma materia de sus padres”.

Finalmente, La cordillera de los sueños pone bastantes cosas en su sitio, sobre todo en el pueblo chileno que sufrió la dictadura desde 1973: “En Chile, cuando el sol se levanta ha debido escalar colinas, paredes, cumbres, antes de alcanzar la última piedra de Los Andes. En mi país, la cordillera está en todos lados pero para los chilenos es tierra desconocida. Luego de haber ido al norte por Nostalgia de la luz y al sur por El botón de nácar, he querido filmar de cerca esta inmensa columna vertebral para develar los misterios, reveladores potentes de la historia pasada y reciente de Chile”. En el documental se dice algo que me impresiona escucharlo y leerlo con atención casi reverencial: “Durante todo el tiempo de la dictadura la cordillera ha permanecido en su lugar. Creo que la montaña es un testigo, los adoquines están aquí y están tallados con piedras de la cordillera. Aquí están grabados algunos de los nombres de las víctimas. Si pudiéramos traducir lo que dicen las piedras, hoy tendríamos las respuestas que no tenemos”.

¡Enhorabuena, Patricio Guzmán, por tu compromiso activo a través del cine! Me alegra y reconforta desde una determinada ideología de izquierda, el reconocimiento que te hizo anoche nuestro país, que tanto debe al pueblo chileno por vuestra acogida a los españoles en el exilio tras la guerra civil y la férrea dictadura que sufrimos años después. Gracias, a través de estas palabras, que aún nos quedan. Aquello fue una misión de amor por vuestra parte, que no olvido en la memoria histórica de nuestro país.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cualquier parecido con la realidad no es, a veces, pura coincidencia

Telediario – 21 horas – 10/02/22 (rtve.es)

He cerrado mi balcón
Porque no quiero oír el llanto
Pero por detrás de los grises muros
No se oye otra cosa que el llanto.

Federico García Lorca, en Casida del llanto

Sevilla, 11/II/2022

Anoche escuché en el Telediario 2 de RTVE, una entrevista breve del periodista Carlos del Amor al actor Carlos Olalla, rotulada con un título llamativo, La penuria de ser actor, en un espacio amplio dedicado a la industria del cine y con motivo de la próxima entrega de los Premios Goya 2022, que no me dejó tranquilo, al tomar conciencia de nuevo de qué supone la cultura en general y el cine en particular para nuestro país. Contó Carlos Olalla que en cierta ocasión y ante la terca realidad de no tener literalmente para comer él y su madre, también actriz con 84 años, decidieron salir a la calle y recitar poemas para obtener algún dinero para sobrevivir. Así de duro y claro al mismo tiempo donde, por esa vez, lo que estaba pasando, a diferencia de las películas, no era pura coincidencia con la realidad actual del país y del mundo del cine, acuciado también en determinados momentos por la pobreza real y severa de muchos actores y profesionales de una industria que supone mucho para la economía de la cultura, que también existe. Tal y como se decía en la entrevista, “la mitad no llega a los tres mil euros al año”. Decía Olalla que “todo lo que nos rodea es mentira y la alfombra roja es la más grande. Eso no es más que un escaparate al que vamos porque nos invitan, vamos con ropa prestada porque la mayoría no la podemos ni pagar y, sobre todo, vamos allí para que se acuerden de que seguimos viviendo”. Es verdad que el teléfono de su casa, para ofrecerle trabajo, ha sonado alguna vez en el último año, el teléfono “al final del pasillo”, como le gustaba decir a Pilar Bardem en su ardiente impaciencia como actriz y con un compromiso social muy activo.  

En 2016 se pudo conocer esta terca realidad, que aún perdura obviamente por la pandemia que estamos atravesando, en el caso de Carlos Olalla, como un ejemplo que vale más que mil palabras. En una entrevista en El Correo, en noviembre de 2016, se decía lo siguiente: “El llanto es un perro inmenso”, dice el poema de Lorca que Carlos Olalla, un actor de 59 años curtido «en cien series», recita ahora en los vagones del metro de Madrid acompañado de su madre, de 84, «no solo para poder comer» sino para denunciar la precariedad en su profesión y «mantener la dignidad». Su madre, la poeta y actriz Cristina Maristany, recibe una pensión de 600 euros de la asociación de Artistas Intérpretes, Sociedad de Gestión (AISGE) y él una ayuda asistencial de 400, que le dan tres meses dos veces al año, «y eso es todo», relata el actor”.

En la citada entrevista se dice algo que sobrecoge al conocer el dato a pesar del tiempo transcurrido que no es mejor en la actualidad: “Según un reciente informe de la sociedad de gestión AISGE, solo el 8% de los actores españoles puede vivir de su profesión. Carlos Olalla reconoce que más de un mes no ha podido pagar el alquiler y le han cortado el teléfono. A veces ha tenido que recurrir al subsidio de 400 euros de AISGE o tirar de los restos de un premio de periodismo que este autor de media docena de novelas y ensayos ganó hace un tiempo. «Siempre encuentras a alguien que te ayuda. Cuando sale algo, devuelves el dinerillo que te han dejado. Por lo menos estoy haciendo lo que me gusta», se consuela. Para Olalla, el propio colectivo de intérpretes favorece «la falacia» de que viven en un mundo ideal de fiesta y glamour. Ahora en los castings, desvela, se pregunta el número de ‘followers’ [seguidores]. «Nosotros mismos nos etiquetamos, siempre de alfombra roja en alfombra roja. Ponemos comentarios en las redes sociales para hacer ver que nos va bien, porque si no, no nos llaman». La cruda realidad es que si actúas en una sala de teatro alternativa no se cobran los ensayos. «Si haces cuentas no llega a una retribución neta de cincuenta céntimos a la hora», calcula el actor, que desde hace quince meses no se sube a un escenario en protesta por el IVA cultural del 21%. «No quiero prostituir mi profesión»”.

Vuelvo a leer la Casida del llanto (1), de García Lorca, en homenaje a los poetas árabes de Granada, que tantas veces habrá leído Carlos Olalla junto a su madre en el Metro de Madrid, en un esfuerzo por comprender algo esencial en la vida si dejamos abiertos los balcones de la dignidad humana: hay que escuchar siempre el llanto de los más débiles. Incluso en el glamour del cine, porque también existe.

He cerrado mi balcón
Porque no quiero oír el llanto
Pero por detrás de los grises muros
No se oye otra cosa que el llanto.

Hay muy pocos ángeles que canten,
Hay muy pocos perros que ladren,
Mis violines caben en la palma de mi mano.

Pero el llanto es un perro inmenso,
El llanto es un ángel inmenso,
El llanto es un violín inmenso,
Las lágrimas amordazan al viento,
No se oye otra cosa que el llanto.

Amo el cine y escuchar las palabras de Carlos Olalla, recitando este poema en los vagones del Metro de Madrid para poder comer, junto a su anciana madre, me conmueve. Confieso que en mi vida he tenido siempre una debilidad cinematográfica, entre otras muchas, que me ha marcado para siempre y que me lleva a tener una deuda no saldada con su magia tantas veces oculta. Me refiero a lo que llamo personalmente “el síndrome de Errol Flynn”, un gran actor de mi infancia madrileña, que me ha acompañado a lo largo de mi azarosa vida. He avanzado muchas veces por desfiladeros existenciales que están situados en zona comanche permanente, pero sin la valentía e intrepidez aprendidas en mi niñez rediviva del General Custer o Errol Flynn (tanto monta, monta tanto), en los que de manera arrogante y sin despeinarse, con la botonadura reluciente y sin una mota de polvo en su traje y botas de montar, avanzaba con su Séptimo de Caballería para deshacerse de Caballo Loco o Víctor Mature (otra vez, tanto monta, monta tanto), sabiendo, eso sí, que al final del desfiladero podía estar siempre Olivia de Havilland (Beth) para fundirse en un abrazo eterno y casto, como si no pasara nada, que arrancaba aplausos eternos en el patio de butacas del Cinema Paradiso de mi infancia, el Cine Ideal en Sevilla. Lo de menos era ya el final desastroso de la película, de cuyo nombre no quiero acordarme, en un país que estaba necesitado de escenas edulcoradas y de cartón piedra, porque lo importante era y será que nunca hay que rendirse ante la adversidad de la indignidad humana.

Sinceramente les confieso que, a diferencia del clásico aviso en los títulos de crédito de antes, cualquier parecido de lo aquí contado con la realidad de lo que he visto y vivido en la película de mi vida, no ha sido una pura coincidencia. Como tampoco lo ha sido lo vivido por Carlos Olalla y su madre, actores ambos, en la hermosa película de su vida.

(1) García Lorca, Federico, CASIDA DEL LLANTO (II), en Diván del Tamarit, 1975 (Obras completas. Tomo I, 19ª edición). Madrid: Aguilar, p. 590.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Telediario – 21 horas – 10/02/22 (rtve.es)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Quitarnos la mascarilla es una oportunidad de soñar sin careta

Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.

Mario Benedetti, Máscaras, en La vida, ese paréntesis (1997)

Damos hoy un paso más para normalizar la vida ordinaria, que no sé lo que significa, y ahora queda bajo la estricta responsabilidad personal utilizar o no la mascarilla, ese elemento protector que nos ha acompañado hasta ahora en la vida diaria durante la pandemia. En tal sentido, rescato el contenido del artículo que publiqué en la primera medida liberadora de esta protección, publicado en junio de 2021, Quitarse o no la mascarilla, ahora, esa es la cuestión, salvando lo que hay que salvar, porque reproduce de nuevo el momento en el que rescatamos libertad para tomar una medida de “relajación” en función, como dice el texto normativo actual y que entra en vigor hoy, de la valoración que cada uno haga “a nivel individual de acuerdo con la pertenencia a grupos de mayor vulnerabilidad, la vacunación y la actividad y comportamiento social que pueda incrementar los riesgos de transmisión”.

En la exposición de motivos del Real Decreto 115/2022, de 8 de febrero, por el que se modifica la obligatoriedad del uso de mascarillas durante la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19, publicado ayer en el Boletín Oficial del Estado (BOE núm. 34, de 9 de febrero), se dice textualmente que “El uso de la mascarilla ha sido una medida clave de control del COVID-19. Sin embargo, la evidencia disponible sobre la transmisión del virus en los diferentes ámbitos indica que su uso tiene un impacto mayor en espacios interiores en los que se reúnen personas que no conviven habitualmente y en grandes aglomeraciones en los que no pueden mantener distancias de seguridad y se establecen interacciones con múltiples personas. El contexto descrito permite adaptar la obligatoriedad del uso de las mascarillas. La relajación de las medidas que se incluye en este real decreto, propuesta para la población general, se debe valorar a nivel individual de acuerdo con la pertenencia a grupos de mayor vulnerabilidad, la vacunación y la actividad y comportamiento social que pueda incrementar los riesgos de transmisión”.

En el gran teatro del mundo hemos pasado, a lo largo de la historia de la humanidad, de la utilización de máscaras exclusivamente en el teatro o en carnavales y fiestas asociadas, a los mil ochocientos millones de mascarillas al año, solo en España, con motivo del coronavirus. Ha ocurrido en este paréntesis de la vida que se llama todavía «pandemia», donde las mascarillas han desempeñado un papel muy importante y lo seguirán haciendo durante un tiempo. La palabra “máscara” viene de dos raíces distintas, del árabe masẖarah “objeto de risa” y del italiano maschera, con un significado original digno de comprenderse en su contexto histórico y social: “Figura que representa un rostro humano, de animal o puramente imaginario, con la que una persona puede cubrirse la cara para no ser reconocida, tomar el aspecto de otra o practicar ciertas actividades escénicas o rituales”. Mascarilla, se define en la segunda acepción del diccionario de la lengua española como “Máscara que cubre la boca y la nariz para proteger al que respira, o a quien está en su proximidad, de posibles agentes patógenos o tóxicos”, que es la realidad que seguimos viviendo a diario, aunque la primera acepción es la que parece que comprenden mejor los jóvenes y muchas personas desaprensivas, como se ha demostrado a lo largo de la pandemia por la inadecuada o nula colocación de la misma: “máscara que solo cubre el rostro desde la frente hasta el labio superior” o, según mi valoración actual, lo que ha querido cada uno dejada la decisión al libre albedrío de su orden y concierto.

El texto que sigue a continuación sigue el hilo conductor que he mantenido a lo largo de la pandemia, a través de mi ventana discreta, desde la que la he observado con respeto reverencial a las mascarillas, como defensa numantina ante el coronavirus, la gran amenaza mundial, aunque tengo que confesar que nunca me han gustado las máscaras, tampoco las mascarillas, quizá porque tengo el sentimiento profundo de Mario Benedetti cuando escribió un poema que nunca olvido, Máscaras, que ahora intercalo en las palabras que siguen, porque Me gustan los que sueñan sin careta / Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas / Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo / Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.

No me gustan las máscaras exóticas
Ni siquiera me gustan las más caras
Ni las máscaras sueltas ni las desprevenidas
Ni las amordazadas ni las escandalosas.

Como símbolo del afianzamiento de la salida del túnel de la pandemia, se declaran en el Real-Decreto publicado ayer en el Boletín Oficial del Estado (BOE), medidas que “requieren su adopción con celeridad, trasladando un mensaje claro e inmediato a la ciudadanía, que ha cumplido de manera ejemplar y responsable las diversas medidas que se han ido adoptando por las autoridades sanitarias desde el inicio de la pandemia”, siendo justo, por ello, que “las normas que rigen en sus actividades y relaciones cotidianas sean proporcionadas y acordes con su finalidad y la evolución de los indicadores epidemiológicos”. Por ello, desde hoy entra en vigor la citada disposición sobre el nuevo uso de las mascarillas, suavizando las medidas que hasta ahora estaban vigentes en beneficio de todos, entendiendo el Gobierno que “se ajusta a los principios de necesidad y eficacia puesto que la propuesta se encuentra justificada en el interés general y persigue un fin claro, la adecuación del uso de las mascarillas a la evolución favorable de la situación epidemiológica actual. Además, es conforme al principio de proporcionalidad, puesto que persigue la reducción del ámbito de la obligación legal de uso de la mascarilla, siendo el único instrumento previsto para ello por la normativa. También se ajusta al principio de seguridad jurídica al perfilar y adecuar a la realidad de la pandemia los supuestos de uso obligatorio de la mascarilla. En cuanto al principio de transparencia, esta norma define con claridad sus objetivos y las razones que justifican su regulación, en función de los indicadores señalados en los párrafos anteriores. Por último, en cuanto al principio de eficiencia, se señala que esta norma no afecta a las cargas administrativas de la ciudadanía”.

No me gustan ni nunca me gustaron
Ni las del carnaval ni la de los tribunos.
Ni las de la verbena ni las del santoral.
Ni las de la apariencia ni las de la retórica.

La realidad es que el diccionario nos ofrece una locución derivada de las palabras máscara y mascarilla, quitarse la máscara o la mascarilla, centrándome sobre todo en la segunda, de actualidad y preocupación social plenas al referirse a “dejar el disimulo y decir lo que siente, o mostrarse tal como es”, es decir, la proliferación de personas que desoyendo lo que las autoridades sanitarias indican y obligan por ley, “dejan el disimulo de cómo actúan diariamente en sus vidas”, como metáfora real como la vida misma, importándoles nada de casi todo lo que les rodea, diciéndonos al quitarse la mascarilla, no llevarla o colgándola en el cuello o en el codo, lo que verdaderamente sienten y mostrándose como son. La mercadotecnia hace el resto, porque la convierte en un accesorio a consumir más allá de su fin saludable, donde el dilema ética-estética está servido de forma manifiesta.

Me gusta la indefensa gente que da la cara
Y le ofrece al contiguo su mueca más sincera
Y llora con su pobre cansancio imaginario
Y mira con sus ojos de coraje o de miedo.

Más de dos mil años de su larga historia no han servido a miles de personas para comprender el sentido actual de protección de algo tan maravilloso como es la vida. El gran teatro del mundo es cambiante y ahora nos toca ser protagonistas, de nuevo, de la vida personal e intransferible, de nuevo, a millones de personas cada día, al estar permitido desde hoy dejar de cubrirnos el rostro, excepto los ojos, en cada representación vital diaria al aire libre, aunque simbólicamente nos cueste reconocernos muchas veces, comenzando a disfrutar de un ritual saludable para nuestras vidas, siguiendo al pie de la letra la definición de máscara. Además, hay que tomar conciencia de lo que ha significado el problema asociado al uso intensivo de las mismas, porque es dual:  económico, por su impacto social para los que menos tienen y también, medioambiental, según los datos que se ofrecen en la actualidad a escala mundial, se están utilizando cada mes un total de 129.000 millones de mascarillas desechables, de las cuales 150 millones al mes o, lo que es igual y muy significativo, 5 millones al día, corresponden a España, con un impacto ambiental de proporciones ciclópeas, porque una vez convertidas en residuos, bastantes millones han acabado ya en el mar, siendo una fuente de contaminación muy preocupante porque pueden tardar entre 300 y 400 años en degradarse.

Me gustan los que sueñan sin careta
Y no tienen pudor de sus tiernas arrugas
Y si en la noche miran / miran con todo el cuerpo
Y cuando besan / besan con sus labios de siempre.

Sería importante que los jóvenes y los adultos que siguen siendo negacionistas o bastante descreídos sobre el uso de las mascarillas, trascendieran la raíz árabe de su etimología, “objeto de risa” y se lo siguieran tomando muy en serio en beneficio de todos, atendiendo a lo dispuesto en el nuevo real-decreto que ha entrado hoy en vigor, que nos permite, según se decía en el Diccionario de Autoridades de 1734, “quitarnos la mascarilla”. Deberían dejarse de “deponer su empacho y vergüenza, y decir con resolución su sentimiento claramente y su rebozo”. Se lo agradeceríamos millones de personas que compartimos con ellos la posibilidad que nos ofrece hoy día el simple gesto de seguir poniéndonos o quitándonos la mascarilla según marca la disposición vigente y por la dignidad intrínseca que encierra de poder ser protagonistas enmascarados, pero dignos, en el gran teatro del mundo en el que cada persona vive en su aquí y ahora, sin hacerse daño a sí mismos y, sobre todo, a los demás.

Las máscaras no sirven como segundo rostro
No sudan/no se azoran/jamás se ruborizan
Sus mejillas no ostentan lágrimas de entusiasmo
Y el mentón no les tiembla de soberbia o de olvido

Quitarse o no, ahora, las mascarillas, esa es la cuestión. Ha llegado el momento, metafóricamente hablando, de quitárselas cuando y donde esté permitido, “dejando el disimulo y diciendo a los demás qué es lo que sentimos interiormente, mostrándonos tal y como somos”, siendo imprescindible demostrarlo siempre a los que hacen camino al andar junto a nosotros, que va mucho más allá de respetar sólo el metro y medio de dignidad saludable. Al igual que Benedetti, puedo gritar hoy a los cuatro vientos que no me gustan las máscaras, sobre todo las que no nos permiten ver el rostro de la dignidad humana. He dicho.

¿Quién puede enamorarse de una faz delegada?
No hay piel falsa que supla la piel de la lascivia
Las máscaras alegres no curan la tristeza
No me gustan las máscaras, he dicho.

NOTA: la imagen se recuperó el 26 de junio de 2021 de https://elsolweb.tv/ya-son-6-los-fallecidos-en-italia-por-el-coronavirus-y-el-numero-de-afectados-asciende-a-219/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.