La lotería en el mundo al revés, según Borges

Sevilla, 23/XII/2021

El día después del sorteo del año sigue siendo un buen día para recordar la dialéctica continua en nuestras vidas de azar y necesidad. Todo es lotería en la vida de este país y de este mundo al revés, quizás con un regusto borgiano a través de su relato, La lotería en Babilonia, publicado en 1941 (1) en un contexto político mundial muy especial, un cuento muy profundo en contenidos y con un mensaje muy claro, que se explica al final del mismo: el azar es una necesidad social para que todo funcione y así hasta el infinito, porque todo, absolutamente todo, se sortea, incluso la muerte. Es el propio Borges quien manifiesta sin rubor alguno que este cuento no es inocente en sus simbolismos y que trata de una ficción política. El problema radica es saber identificar quién es el dueño de la Organización que está detrás de “la lotería” mundial, la Compañía actual, porque existir… existe.

Todo comienza al parecer con el origen inocente (?) de la lotería, que nace en Babilonia, pasando por vicisitudes que hacen que La Compañía, la organización oficial de la misma, cada vez concentre más poder omnímodo para sortear el bien y el mal, porque siempre se gana o se pierde, incluso ambas cosas a la vez, logrando que la lotería fuera secreta, gratuita y general a petición del pueblo. Está claro que el autoritarismo está servido. Lo que comenzó como una lotería tradicional acabó siendo algo muy diferente: “su virtud moral era nula. No se dirigía a todas las facultades humanas, únicamente a la esperanza». La gratuidad era algo que al final podía “tocar” a todos: “Quedó abolida la venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre automáticamente participaba de los sorteos sagrados y secretos… Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar, para el concursante, su elevación al concilio de los magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte».

Para la Compañía, la lotería era una interpolación del azar en el orden del mundo y aceptar errores no significa contradecir el azar: es corroborarlo. De ahí nacieron conjeturas preocupantes para la Organización lotera. Cualquier parecido de la situación social actual con la lotería de Babilonia y su representación oficial, La Compañía, no es como en las películas una ficción o pura coincidencia sino, a veces, una realidad cruda. Unas veces se espera del Estado que controle la suerte de todos y otras se abren disputas cainitas para que se descentralice este reparto de suerte: “Si la lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos, ¿no convendría que el azar interviniera en todas las etapas del sorteo y no en una sola?, ¿no es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una hora o de un siglo no estén sujetas al azar?”.

Todo es azar, aunque siempre está la Compañía detrás, que lo administra. Algo parecido al mundo actual, donde por un lado están los ciudadanos del mundo al revés, que compran diariamente papeletas o décimos para sobrevivir, según los recursos de cada uno, esperando que el sorteo nunca se pare, para suerte de algunos y desgracia de todos: “Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración, he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa monotonía… Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía… Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta”.

La lotería de Babilonia puede ser la lotería del mundo actual. Han pasado siglos desde que ocurrieron los hechos que cuenta el narrador del cuento, pero no se nota en la condición humana. Así lo atestigua el final del relato de Borges: “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores. Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, ¿no ejecutan, acaso, una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil, razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares”.

El que quiera entender que entienda o que juegue al azar en su vida. La Compañía, bajo diversos nombres hoy, sigue viva. Tenemos un origen común, sin lugar a dudas también babilonio, una condición humana que compartimos, probablemente complicada y compleja, pero muchas personas, millones, no son culpables de nada, ni de la mala suerte en la lotería de la vida, porque a esa señora, la culpa de los falsos compañeros de viaje, nunca se la han presentado, ni se han quedado con su cara, no la conocen. Unos pocos, la Compañía actual según Borges, vinculados casi siempre a los fondos de inversión y que caben en un taxi, deciden en este momento que escribo estas palabras, en un piso de cualquier rascacielos de Manhattan, cómo se reparte hoy la miseria en la lotería del mundo al revés y la respuesta es pulsar un botón para distribuirla, nada más, bajo la apariencia de suerte en un sorteo nada inocente. Esa acción no está al alcance de cualquiera y la mayoría silenciosa o ruidosa mundial no acaba de entender nunca por qué viniendo de donde venimos, ya sean creacionistas o evolucionistas, estamos alcanzando la más alta cota de la miseria y mala suerte actual. Y lo que es peor, con el solo esfuerzo de algunos que han demostrado hasta la saciedad que no son inocentes. De lo que estoy convencido es de que la culpa de todo esto no la tenemos ni yo, ni usted, ni el vecino, ni siquiera sus parientes, ni la gente común, mucho menos los nadies de Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida. Los jugadores anónimos de una lotería mundial que reparte de todo menos esperanza y dignidad humana. La Compañía del siglo XXI, según la Historia.

(1) Borges, Jorge Luis, en Ficciones (El jardín de senderos que se bifurcan), 1996. Madrid: Alianza Editorial.

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CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Necesitamos que vuelva el Ave Fénix a nuestra vida

Sevilla, 21/XII/2021

Carpe Diem: Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color pues pronto se marchitarán. La medicina, la ingeniería, la arquitectura son trabajos que sirven para dignificar la vida pero es la poesía, los sentimientos, lo que nos mantiene vivos.

John Keating (Robin Williams), en El club de los poetas muertos

Hans Christian Andersen, de quien aprendí tantas maravillas en los cuentos de mi infancia, también nos regaló un relato precioso y bastante desconocido, El Ave Fénix, que ahora recupero acordándome de la situación actual de este país por el recrudecimiento de la pandemia y por la desolación que vive la isla de La Palma (Canarias), que intenta renacer poco a poco de sus cenizas. Hay que leerlo con mucha atención, porque encierra el secreto de la vida cuando sitúa su origen en el jardín del Paraíso, hecho al que he dedicado algunas páginas en este cuaderno digital, en un enfoque diferente a lo que nos ha legado determinado historia sagrada para explicar el problema del mal desde todas las perspectivas posibles, en un mundo de fuego y cenizas. El cuento dice así:

En el jardín del Paraíso, bajo el árbol de la sabiduría, crecía un rosal. En su primera rosa nació un pájaro; su vuelo era como un rayo de luz, magníficos sus colores, arrobador su canto. Pero cuando Eva cogió el fruto de la ciencia del bien y del mal, y cuando ella y Adán fueron arrojados del Paraíso, de la flamígera espada del ángel cayó una chispa en el nido del pájaro y le prendió fuego. El animalito murió abrasado, pero del rojo huevo salió volando otra ave, única y siempre la misma: el Ave Fénix. Cuenta la leyenda que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo.

El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan, su perfume unas violetas.

Pero el Ave Fénix no es sólo el ave de Arabia; aletea también a los resplandores de la aurora boreal sobre las heladas llanuras de Laponia, y salta entre las flores amarillas durante el breve verano de Groenlandia. Bajo las rocas cupríferas de Falun, en las minas de carbón de Inglaterra, vuela como polilla espolvoreada sobre el devocionario en las manos del piadoso trabajador. En la hoja de loto se desliza por las aguas sagradas del Ganges, y los ojos de la doncella hindú se iluminan al verla.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? ¿El ave del Paraíso, el cisne santo de la canción? Iba en el carro de Thespis en forma de cuervo parlanchín, agitando las alas pintadas de negro; el arpa del cantor de Islandia era pulsada por el rojo pico sonoro del cisne; posada sobre el hombro de Shakespeare, adoptaba la figura del cuervo de Odin y le susurraba al oído: ¡Inmortalidad! Cuando la fiesta de los cantores revoloteaba en la sala del concurso de la Wartburg.

¡Ave Fénix! ¿No la conoces? Te cantó la Marsellesa, y tú besaste la pluma que se desprendió de su ala; vino en todo el esplendor paradisíaco, y tú le volviste tal vez la espalda para contemplar el gorrión que tenía espuma dorada en las alas.

¡El Ave del Paraíso! Rejuvenecida cada siglo, nacida entre las llamas, entre las llamas muertas; tu imagen, enmarcada en oro, cuelga en las salas de los ricos; tú misma vuelas con frecuencia a la ventura, solitaria, hecha sólo leyenda: el Ave Fénix de Arabia.

En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!


Las personas que hemos crecido en entornos nacional-católicos, apostólicos y romanos, muy cerca del paraíso terrenal y del “grave error” de Eva, teníamos una respuesta clara y contundente en la religión católica y judía: la responsabilidad de las cenizas actuales como símbolo de cualquier mal, cuando lo tuvimos todo a favor para actuar bien, es de unos antepasados concretos, que conocemos por sus nombres, Adán y Eva, que comieron de una manzana prohibida y desde entonces no hacemos otra cosa que sufrir el mal por todas partes. Así de sencillo (?). La verdad es que hemos crecido desentendiéndonos poco a poco de estos esquemas, sin que Dios, curiosamente, nos recogiera a tiempo…, con escapadas históricas y lógicas hacia otro tipo de razonamientos, como los que Galileo, Darwin, Einstein y tantos otros científicos que nos ofrecieron razones de la razón para comprender mejor nuestra existencia, la ética de nuestro cerebro. Hoy, con la investigación exhaustiva de las estructuras cerebrales, con medios poderosos de laboratorio, nos atrevemos a hacer la pregunta sobre si la ética cerebral es instinto o aprendizaje, dejando la manzana maligna al margen, con el ardor guerrero de intentar encontrar respuestas coherentes con la inteligencia humana, con absoluto respeto a todas las personas que les sigue viniendo bien creer en la irresponsabilidad maldita de Adán y Eva.

En esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra

Eugenio Trías

Me quedo con las palabras amables de la metáfora de Andersen en este cuento: En el jardín del Paraíso, cuando naciste en el seno de la primera rosa bajo el árbol de la sabiduría, Dios te besó y te dio tu nombre verdadero: ¡poesía!, en el carpe diem de cada uno, para que tomemos conciencia de que renacer de las cenizas es un trabajo diario y concienzudo para intentar comprender todo aquello que nos hace sufrir a diario y no sabemos cómo resolverlo. Finalmente, Andersen aporta luz en este túnel tan complejo: El pájaro vuela en torno a nosotros, rauda como la luz, espléndida de colores, magnífica en su canto. Cuando la madre está sentada junto a la cuna del hijo, el ave se acerca a la almohada y, desplegando las alas, traza una aureola alrededor de la cabeza del niño. Vuela por el sobrio y humilde aposento, y hay resplandor de sol en él, y sobre la pobre cómoda exhalan su perfume unas violetas.

Lo que sí tengo claro es que Adán y Eva (yo, tú, él, ella, nosotros y nosotras, vosotros y vosotras, ellos y ellas) no fueron expulsados, sino que se mudaron a otro Paraíso cada vez más complejo y sombrío. Cada cierto tiempo observaban al Ave Fénix que habían conocido en su mejor momento, porque las cenizas volvían una y otra vez a sus vidas. Hoy sabemos que anida en Arabia, y que cada cien años se da la muerte abrasándose en su propio nido; y que del rojo huevo sale una nueva ave Fénix, la única en el mundo. Ahora, necesitamos que vuelva a nuestro país, a la ventura de nuestro dolor y de nuestras cenizas, para demostrarnos que otra vida y otro mundo son posibles a pesar de todo. Una normalidad en el carpe diem ni vieja ni nueva, diferente.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Ave Fénix (amuraworld.com)

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CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

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En memoria de Carlos Marín

Carlos Marín, Il Divo

Sevilla, 20/XII/2021

Si se calla el cantor calla la vida
Porque la vida, la vida misma es todo un canto.
Si se calla el cantor, muere de espanto
La esperanza, la luz y la alegría.

Horacio Guarany, Si se calla el cantor, 1972

En la página web oficial de Il Divo, figuran unas palabras hermosas de sus compañeros del grupo, que recuerdan su pertenencia al mismo durante más de diecisiete años: “Con gran pesar les hacemos saber que nuestro amigo y socio Carlos Marín ha fallecido. Sus amigos, familiares y seguidores sentirán su ausencia. Nunca habrá otra voz o espíritu como Carlos. Durante 17 años, los cuatro hemos estado juntos en este increíble viaje de Il Divo, y echaremos de menos a nuestro querido amigo. Esperamos y rezamos para que su hermosa alma descanse en paz. Con amor, David, Sebastien y Urs”.

En este tiempo tan difícil e inhóspito de pandemia, la cultura y el arte de vivirla y sentirla a diario, son una cara amable, imprescindible y necesaria, para cantar permanentemente a la vida, porque nos da mucho a cambio del deber de entenderla, sabiendo que de este mundo casi todos sabemos poco, aunque “estamos aquí, obligatoriamente obligados a entenderlo” (así lo cantaban los cantores de Aguaviva, con letra del poeta malagueño Rafael Ballesteros, a los que no olvido). Cantar sentimientos envueltos en palabras y melodías, como hacía Carlos Marín con el grupo Il Divo, es una excelente misión para alegrar cada segundo de la vida de cada uno, cada una, dándole sentido.

Ayer corrió la noticia de su fallecimiento por todos los medios de comunicación del mundo, porque era muy conocido como el único intérprete español de este grupo, clasificado como barítono, consolidado ya por sus actuaciones memorables a lo largo de los años en todos los continentes. Escucho de nuevo una de las interpretaciones más recordadas, Regresa a mí, donde Carlos Marín regresa hoy junto a nosotros con su preciosa voz. Lo hará también mañana y siempre, sabiendo y asumiendo que es cierto lo que aprendí hace ya muchos años de una canción de Horacio Guarany, Si se calla el cantor, que no olvido: Si se calla el cantor calla la vida / Porque la vida, la vida misma es todo un canto. / Si se calla el cantor, muere de espanto / La esperanza, la luz y la alegría. Recuperemos ahora y siempre a Carlos y su voz cantora, que ayer perdimos, porque su música, al igual que la palabra, aún regresan a nosotros.

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CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

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La abuelidad es mucho más que una palabra

Paco Roca, Mural en el Metro de Madrid, 2020

Yo no creo en la edad.

Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.

Pablo Neruda, Oda a la edad

Sevilla, 19/XII/2021

Fue en Argentina donde nació esta palabra, en 1977, que todavía no reconoce la Real Academia Española de la Lengua, gracias a los trabajos desarrollados por la doctora en Medicina, Médica Psiquiatra y Psicoanalista argentina Paulina Redler, que expresa “la relación y función de los abuelos con respecto a los nietos, y los efectos psicológicos del vínculo”. Estoy en plena fase de aprendizaje de esta realidad existencial y me interesa mucho conocer a fondo estos trabajos científicos sobre la influencia de la abuelidad en los nietos de una familia. Maternidad, paternidad y abuelidad forman una tríada indisoluble para que se alcance el bienestar físico, psíquico y social de los hijos y nietos, donde cada vínculo así llamado desempeña un papel fundamental en la vida de una familia.

La doctora Redler aborda esta importante realidad en la vida de los abuelos en su libro, Abuelidad: más allá de la paternidad (1), publicado en 1986, definiendo este nuevo vocablo como “una fase del desarrollo de un individuo, caracterizado por el efecto que en su organización psíquica resulta de «tener un nieto y ser y amarse a través de los nietos». El momento, habitualmente coincide con una etapa de la trayectoria de vida en la que se producen importantes pérdidas (viudez, jubilación, enfermedades, etc.) que obligan a una reorganización psíquica y relacional. De este modo, la abuelidad se conforma como una oportunidad para ello”. El libro matriz de esta teoría de Redler aborda la historia de las vicisitudes de la palabra abuelidad, el significante y de lo que había en su lugar, la abuelidad en Freud a la luz del psicoánalisis, los aspectos narcisistas que encierra, el hallazgo de la relación objetal, la relación de abuelidad y feminidad, así como abuelidad y masculinidad, finalizando con la completud imaginaria, la aceptación de las diferencias y las conclusiones.

Se puede explicar la abuelidad de muchas formas, en el tiempo transcurrido desde la aparición del vocablo abuelidad, atribuido a Redler en su significado actual, pero yo tengo una muy clara, la permanente defensa de la identidad personal en la relación de los abuelos y abuelas con sus nietos y nietas, violentada en muchas ocasiones, que entresaco de un cuento de Mario Benedetti, Pacto de sangre (2), salvando lo que haya que salvar, que es un homenaje hermoso a la abuelidad citada, del que entresaco su hilo conductor, una vez aclarado que el protagonista, Octavio, una persona con 84 años, había decidido no hablar con los que le rodeaban a diario, sufriendo la denominación de “abuelo” a cada paso que daba: “A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda, para entrar de lleno en el otro protagonista de esta historia, su nieto: “El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto, que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro. Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, yo le contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidas al abuelo, y él responde que sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no eres ni serás brujo. Y él dice qué lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta”.

La abuelidad ha jugado un papel transcendental en la historia de la humanidad. La tradición oral siempre estuvo en las personas mayores de las comunidades que vivían en las orillas del Tigris y el Éufrates, cuando los abuelos contaban a sus nietos sentados en sus rodillas la historia de sus antepasados y éstos los atendían con atención reverencial. Así, siglo tras siglo, desde que tenemos constancia de esta realidad en el siglo VII a.C. Otro ejemplo histórico, en nuestro país, ha sido el papel que desempeñaron los abuelos durante la crisis económica que se inició a escala mundial en 2008 y que consistió no sólo en apoyo económico a sus familias, sino cómo se convirtieron en pilares fundamentales de ellas a lo largo de casi una década, con la atención a los nietos como enseña de su abuelidad. Esa es la razón de por qué escribí una reflexión cargada de dolor ante el comportamiento social ante las personas mayores durante la pandemia en la primera ola de 2020, Un mural que nos pregunta ¿qué es lo que ha ocurrido?, en la que destacaba que era necesaria “una reflexión objetiva, rigurosa y de respeto al comportamiento social y político en relación con la atención sociosanitaria a las personas mayores en todo el país, donde se ha podido comprobar que el nivel asistencial en este tiempo tan difícil ha dejado mucho que desear, dejándonos muchas preguntas sin respuesta. Cada palo debe aguantar su vela y tenemos que reconocer que las cosas no se han hecho bien, no de forma global, porque seríamos injustos al descalificar genéricamente la atención que se les ha prestado, pero sabiendo que su situación ha tenido tintes dramáticos en determinados lugares del país que merecen todavía un análisis para pedir las responsabilidades a las que hubiera lugar y sin distinción alguna de personas o autoridades directamente implicadas en lo ocurrido. El Estado está obligatoriamente obligado, por transparencia y dignidad pública, a dar las explicaciones necesarias, objetivas y veraces, para que se sepa a la mayor brevedad ética posible, la verdad de lo ocurrido con el fallecimiento por el coronavirus de las personas mayores en residencias asistenciales. Nada puede justificar el silencio, mucho menos si es cómplice”. La abuelidad se negó a muchas personas mayores, esa es la cuestión, como ha pasado tantas veces a lo largo de la historia.

Verdaderamente sorprendente es que en el país donde nació el vocablo abuelidad, Argentina, se haya reconocido un indicador científico, el índice de abuelidad, que tanta información ha dado sobre la identificación genética de los bebés robados durante la dictadura militar, sin olvidar nunca el papel jugado por las Abuelas de Mayo en sus reivindicaciones históricas y ejemplares, que por sí mismas eran un ejemplo andante de la abuelidad elevada hasta sus últimas consecuencias. La abuelidad femenina necesita un reconocimiento mundial por preservar, junto a la tradición oral multisecular de la abuelidad masculina en las genealogías, el trabajo silencioso y bien hecho en el seno de las familias, siendo su saber hacer diario un valor incalculable cuando el núcleo familiar se desestructura para siempre, causando un dolor irreparable para cada miembro de la misma y que sólo ellas han sabido reparar en muchas ocasiones a lo largo de los siglos. Siempre me ha llamado la atención científica la realidad dolorosa de cómo la abuelidad ha atendido la separatidad que sufren muchos niños de sus padres, tan magníficamente estudiada por John Bowlby. Gracias a los abuelos, muchos niños y niñas salen adelante desde el punto de vista afectivo después de haber sido separados de sus padres, gracias a que los abuelos siempre han estado allí. Hablaré en su momento de una realidad científica que perdura en nuestra sociedad, la separatidad humana, fuente de mucho dolor para la migración y los refugiados, por ejemplo, que asolan cada día a este mundo al revés.

El final del cuento de Benedetti resume bien qué importancia puede tener la abuelidad en un pacto entre nietos y abuelos, en palabras de Octavio, el protagonista de su cuento: “Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita [su hija] ni Aldo [su yerno]. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna”.

Sigo estudiando la abuelidad científica. Mi investigación la compartiré con la Noosfera en páginas de este cuaderno digital, probablemente en una serie, como acostumbro a hacer en asuntos complejos y extensos en su exposición y resultados. Les adelanto que estoy asistiendo ya a clases diarias de abuelidad y creo que progreso adecuadamente. Adrián se llama el maestro, mi nieto.

(1) Redler, Paulina, Más allá de la paternidad, 1986. Buenos Aires: Legasa.

(2) Benedetti, Mario, en Despistes y franquezas, 1997. Madrid: Alfaguara.

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La utopía nos ayuda a caminar

Eduardo Galeano

Sevilla, 17/XII/2021

Casi todo lo que sé sobre utopías lo aprendí de Eduardo Galeano, en una entrevista suya que localicé en su momento en la revista italiana Una Città: “Ella está en el horizonte, dice Fernando Birri [cineasta, actor y director de cine argentino]: Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. A pesar de que camine, no la alcanzaré nunca. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar. La utopía sirve para caminar, pero hay otra utopía que es la del poder negativo que nos querría hacer vivir sin caminar, quizás se deba decir que dejaremos de morir y reanudaremos con fuerza el camino cuando renunciemos al poder… Creo que el mejor de mis días es aquel que debe todavía venir. La cosa más bella de la vida es la capacidad de sorpresa. Las cosas que suceden cuando nadie lo espera no son siempre malas noticias, a veces son cosas muy bellas, y este es un modo, un mensaje de la vida para decirnos que vale la pena, que vale la pena esperar estas noticias. Es normal que sea difícil, que haya momentos en que nos caemos, nos levantamos y volvemos a caer. Estos son tiempos difíciles, muy difíciles, pero no hay que tener miedo, no hay que amedrentarse. Debemos saber que no es real sólo la realidad que conocemos, que es real también la realidad de la que tenemos necesidad, que es tan real como la otra, porque está dentro de la panza de la otra. Años atrás visité en Venezuela, sobre el lago Maracaibo, a mi amigo pintor Vargas. Este pintor era también un carpintero analfabeto, era un artista con un talento extraordinario: nació, creció y murió en el mismo lugar, aquel lugar tan deprimente, horrible, que se llama Cabimas. Cabimas fue, por mucho tiempo, la fuente principal de petróleo de todo el occidente, un tesoro de petróleo que dio millones de dólares a las compañías y a las industrias. Se trataba de un lugar oscuro, tristísimo porque el petróleo había matado todo lo que había tocado, no había más verde en Cabimas, todo tenía el color del petróleo, no había pájaros, no había árboles, no había peces vivos en el agua. Era un cementerio, todo gris o negro… Bien, a pesar de los grises y los negros, el pintor que vivía en este lugar pintaba con colores vistosos, pintaba árboles llenos de hojas, pájaros de dimensiones enormes. Un mundo completamente loco hecho de una estrepitosa alegría de la imaginación. Vargas murió, y sus obras se venden ahora muy bien en las galerías de arte más importantes del mundo como expresión de la exuberante naturaleza latinoamericana. Vargas es la prueba de que estamos en una tierra besada por los dioses porque tenemos esta naturaleza particular. Vargas murió en la miseria, el pobre no tenía idea del valor de lo que hacía. Yo le decía: Vargas, tú eres un pintor realista y él, que no sabía mucho de la historia del arte: Ah, ¿soy realista? Sí, le decía yo, y él: Ah, bueno. El aceptaba esto, lo creía verdaderamente, porque Vargas no pintaba la realidad que conocía, sino la realidad de la que tenía necesidad y por eso era un pintor realista. Esto lo creo profundamente”.

Creo que este mundo interior de la utopía fue lo que le permitió escribir una reflexión dedicada nuevamente a luchar por ella, una invitación a volar, un delirio por otro mundo posible en el derecho al delirio que tanto necesitamos hoy, porque sólo ordena este mundo al revés, mucho más al revés todavía por la pandemia y porque hemos aprendido muy poco con ella (1):

Una invitación al vuelo

Milenio va, milenio viene, la ocasión es propicia para que los oradores de inflamada verba peroren sobre el destino de la humanidad, y para que los voceros de la ira de Dios anuncien el fin del mundo y la reventazón general, mientras el tiempo continúa, calladito la boca, su caminata a lo largo de la eternidad y del misterio.

La verdad sea dicha, no hay quien resista: en una fecha así, por arbitraria que sea, cualquiera siente la tentación de preguntarse cómo será el tiempo que será. Y vaya uno a saber cómo será. Tenemos una única certeza: en el siglo veintiuno, si todavía estamos aquí, todos nosotros seremos gente del siglo pasado y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio.

Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y en 1976, las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría de la humanidad no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible:

el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros;

la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas;

la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y, como juega el niño sin saber que juega;

en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;

los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas;

los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos;

los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas;

la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo;

la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene;

el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;

los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos;

la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;

una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú;

en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria;

la Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo;

la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte;

serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar;

seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo;

la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

He comprendido muy bien lo que Galeano explicaba al principio de estas palabras, cuando hablaba de la experiencia que tuvo con el pintor Vargas en Cabimas: “se trataba de un lugar oscuro, tristísimo porque el petróleo había matado todo lo que había tocado, no había más verde en Cabimas, todo tenía el color del petróleo, no había pájaros, no había árboles, no había peces vivos en el agua. Era un cementerio, todo gris o negro”, aunque él pintaba “con colores vistosos, pintaba árboles llenos de hojas, pájaros de dimensiones enormes. Un mundo completamente loco hecho de una estrepitosa alegría de la imaginación”. Es la razón que justifica uno de sus delirios utópicos: “la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”, a lo que agrego, como un delirio personal, “y a las personas que deseamos disfrutar de una vida diferente, junto a las personas que queremos, en un mundo que nos permita reforestar los desiertos del mundo y los desiertos del alma. Sigo aprendiendo a caminar como una oportunidad que sólo me la ofrece la utopía.

(1) Eduardo Galeano, Patas arriba. La escuela del mundo al revés, 1998. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

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CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Nos imponen el color de la vida

Cancelas de la Casa Museo Zenobia y Juan Ramón Jiménez (Moguer) / Portada de Por el cristal amarillo / Imagen de la campaña oficial del Pantone Ver Peri // Fotocomposición del autor

Sevilla, 15/XII/2021

El Instituto Pantone ya nos ha elegido el color del próximo año, de nombre muy peculiar, Veri Peri (Pantone 17-3938), que va a dar sentido a nuestras vidas, “empoderándonos”. El Mercado no es inocente, no para y todo se convertirá en mercancía de color veri-peri, un color nuevo que pretende “otorgar nuevos bríos a un mundo que busca estabilidad, resiliencia y esperanza”, según manifiesta oficialmente el citado Instituto y porque “La creación de un color nuevo por primera vez en la historia de nuestro programa de colores es el reflejo de un proceso de innovación y transformación a nivel mundial. A medida que la sociedad reconoce los colores como una forma de comunicación fundamental y como una manera de expresar, captar, conectar e influir en ideas y emociones, esta nueva y compleja tonalidad azul fusionada con un rojo violáceo resalta el abanico de posibilidades que se nos presenta. A mayor abundamiento de justificación de este color que parte de cero y que no responde a la paleta de colores actual de la Compañía, en palabras de su vicepresidenta, Laurie Pressman, es que “es literalmente el más feliz y cálido de todos los tonos azules, porque debido a ese nuevo matiz rojo, se introduce una sensación de novedad empoderadora”.

Pantone insiste en que este color nuevo, muestra “una confianza despreocupada y una curiosidad atrevida que anima nuestro espíritu creativo, inquisitivo e intrigante y nos ayuda a abrazar este paisaje alterado de posibilidades, abriéndonos a una nueva visión mientras reescribimos nuestras vidas. Reavivando la gratitud por algunas de las cualidades que representa el azul complementadas con una nueva perspectiva que resuena hoy, Veri Peri coloca el futuro por delante bajo una nueva luz”.

Hasta aquí las frases rimbombantes de la campaña Pantone 2022. He escrito varias veces en este cuaderno digital sobre este Instituto y sus campañas anuales. Recuerdo un artículo en concreto, Por el color del Pantone, porque sintetiza muy bien lo que pienso al respecto en una sociedad de mercado y mercancías, donde se nos impone el color con el que tenemos que mirar la vida. Decía en aquella ocasión que “Conservo en mi biblioteca, como oro en paño, un libro precioso que recopila un hilo conductor cromático en la obra de Juan Ramón Jiménez, que lleva un título programático: Por el cristal amarillo. Era el color preferido del poeta y casi todo lo que escribió y vivió lo inundó de amarillo en lo que él llamaba sabiamente “barrios de la memoria”. La cancela de su casa en la calle Nueva marcó su elección cromática para siempre: “[…] era de hierro y cristales blancos, azules, granas y amarillos. Por las mañanas. ¡qué alegría de colores pasados de sol en el suelo de mármol, en las paredes, en las hojas de las plantas, en mis manos, en mi cara, en mis ojos! […] Yo miraba sucesivamente todo el espectáculo, el sol, la luna, el cielo, las paredes de cal, las flores -jeranios, hortensias, azucenas, campanillas azules-, por todos los cristales, el azul, el grana, el amarillo, el blanco. El que más me atraía era el amarillo. Por el cristal amarillo todo se me aparecía cálido, vibrante, rejio, infinito […]”.

La mercadotecnia sabe introducir sus productos, sabiendo de antemano que nada es inocente. Así nos lo hacen creer. El color elegido para 2022, Veri Peri, reconoce su fuerza expresiva en todos los aspectos de nuestra vida diaria, porque lo que pretende es “otorgar nuevos bríos a un mundo que busca estabilidad, resiliencia y esperanza”. Una campaña publicitaria en toda regla que marcará tendencia cromática en el mundo de secreto y de todos de cada persona.

Es verdad que todo depende del color con el que se mire la vida. No hay nada más terrible que permanecer ciegos al color, tal y como lo aprendí de Oliver Sacks en un libro suyo, La isla de los ciegos al color, que me aproximó a su investigación de cómo los pacientes aprenden a vivir con su enfermedad, la acromatopsia, hasta alcanzar un mimetismo asombroso con ella, aunque sufren ceguera del color, porque no les permite agregar color a la óptica de sus vidas. Todo se ve siempre de color gris en dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, donde se concentra esta enfermedad, que permiten “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks. Creo que comprendí bien el trasfondo de su libro, cuando contemplé en una ocasión una foto en blanco y negro del fotógrafo Erich Lessing en pleno rodaje de la película “Sonrisas y lágrimas”: “La vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a una película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda, permite descansos, para recuperar esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Pero también sabemos que la dialéctica de las sonrisas y lágrimas permite apartarnos junto a una pared de la vida personal e intransferible, sentir el abrazo de los que nos quieren, aunque inmediatamente nos llamen mediante megafonía para seguir rodando, viviendo, en definitiva, en la filmación jamás contada. Esa es la auténtica obra maestra, el extraordinario guion que está detrás, que nos entrega Lessing con la instantánea asociada de su cámara cerebral”.

Vuelvo a leer algunas reflexiones de Juan Ramón Jiménez en torno a su color preferido, el de su persona de secreto, muy cerca de lo que veía por el cristal amarillo de su querida cancela de la calle Nueva en Moguer: “Todo allí acababa bien; era un término como el del beso en el amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte; después de mirar por el cristal amarillo ya no quería yo más y me quedaba contento”. Nada que ver con lo que será la revolución de Veri Peri en el supermercado grotesco del primer mundo, porque el negro de la realidad actual de los que sufren es el color predominante, por mucho que le pese a Pantone en su proyecto para 2022. Al final, es verdad: todo depende del color del cristal existencial por el que se contemple la vida.

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Namasté, Verónica

Sevilla, 14/XII/2021

Muchas preguntas surgen alrededor de lo acontecido en los momentos finales de la vida de Verónica Forqué, una de las actrices más representativas del teatro y del cine en España. Como suele ocurrir con estos acontecimientos, vuelven los panegíricos a los que somos tan dados en este país y muy pocas personas se detienen ante un problema de salud mental, la depresión, que ella misma había verbalizado de forma descarnada en programas de amplio impacto mediático.

Puede ser un buen momento para reflexionar sobre esta realidad que tantas veces se oculta en el país, la enfermedad mental en todas sus manifestaciones posibles y que tanto hace sufrir a los que las sufren y a sus círculos más próximos de familia, compañeros de trabajo y amigos. Profesionalmente creo que conozco bien esta problemática, a la que me acerco de forma recurrente porque me sigue pre-ocupando (así, con guion, como ocupación antecedente), por su propagación en todo el mundo y mucho más con ocasión de la pandemia que tanto sufrimiento físico, psíquico y social lleva consigo.

En el acto de presentación del Plan de Acción 2021-2024 Salud Mental y COVID-19, por parte del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto a la ministra de Sanidad, Carolina Darias, el pasado 9 de octubre, en un acto celebrado en La Moncloa con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, el presidente afirmó que de acuerdo con la OMS “tener salud mental es tener un estado completo de bienestar físico, mental y social, y aquí es cuando te surgen las preguntas. ¿Cuántas personas a nuestro alrededor poseen ese estado de plenitud? ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nos sentimos en plenitud? En el día a día, incluso, ¿cuántas veces nos sentimos así y durante cuánto tiempo? Yo creo que ese bienestar está claro que no es fácil de conseguir y, por desgracia, para algunas personas es casi imposible y, sin embargo, es a lo que todos y todas debíamos de aspirar, también desde los poderes públicos, y es a construir una felicidad individual y también una felicidad colectiva”. Agregó también, en el contexto de la pandemia, «Que el 10,8% de la población española haya consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir y el 4,5% haya tomado antidepresivos o estimulantes en los últimos días dice mucho del estado de salud de nuestra sociedad y de sus problemas estructurales» ha destacado. «Tenemos que analizarlos y hacerles frente con toda la responsabilidad y el poder que tiene el Estado, y también con el apoyo de las sociedades científicas. Nuestra responsabilidad es actuar».

Hizo una referencia muy próxima a la realidad vital de Verónica Forqué, cuando citó a la escritora Almudena Sánchez “en un libro publicado recientemente [Fármaco] sobre su depresión, y en el que decía lo siguiente: «es hora de que la fragilidad salga al escenario». Y aquí también habéis hecho referencia a la necesidad de visibilizar esta realidad. Y así es. Yo creo que es importante pasar del silencio al debate y del debate tenemos que pasar a la acción porque lo que es evidente es que no podemos normalizar que tantas personas necesiten pastillas para poder dormir o para poder levantarse y vivir. Tampoco podemos normalizar que el trabajo produzca ansiedad, no podemos normalizar que el sufrimiento se viva en soledad y tampoco que los cuidadores y cuidadoras de las personas que sufren también se sientan solos”.

Hace falta un gran debate de Estado sobre la salud mental, en el que se dé prioridad absoluta a la participación ciudadana y profesional vinculada a esta actividad de atención prioritaria de Estado, en todas sus manifestaciones posibles. Las primeras palabras de Almudena Sánchez traducen de forma espléndida lo que sentimos con la ausencia de Verónica Forqué y la catarata de preguntas que surgen a raíz de su ausencia ¿voluntaria?, después de haber sufrido una depresión profunda: “El suicidio es un momento de no pensar. Es un acto que se hace con el corazón en agua hirviendo, como las langostas. No eres consciente hasta que ya no estás con los pies en la tierra, porque morirse es no estar. Es no participar. Hablarán de ti y no podrás intervenir. Verás a un niño con los ojos brillantes y no lo podrás abrazar. No puedes nada. Suicidarse es prohibirse”.

Participo hoy de un recuerdo especial hacia esta actriz que tanto nos hizo reír en vida, en la cotidianidad de la cordura oficial. Hoy, me despido de ella con una palabra que amaba mucho en sus últimos tiempos de supervivencia a pesar de todo: Namasté (me inclino ante ti/hago una reverencia a la persona que hay en ti”, en hindi), aunque la mayoría de los por qué en torno a su vida y muerte sigan sin respuesta en nuestro loco mundo de todos los días y a la espera, con ardiente impaciencia, de que se atienda la salud mental como una emergencia nacional, creo que de Estado, de amplio espectro.

Verónica Forqué nos deja un mensaje muy importante: la fragilidad de nuestros cerebros ha salido al escenario, porque el suicidio sigue siendo en España la primera causa externa de mortalidad, con cerca de cuatro mil fallecimientos al año, con una media de diez personas al día, lo que demuestra que algo grave está pasando en nuestro mundo mas próximo cuando miles de personas se prohíben vivir a pesar de todo.

Namasté, Verónica…

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La audiencia de Francisco con Yolanda Díaz

Sevilla, 13/XII/2021

A nuestro país se le ven las posturas cerriles y cainitas de la derecha por los agujeros de las túnicas de sus creyentes católicos, apostólicos y romanos, como le ocurría más o menos a Diógenes, el buscador de personas, porque estando un día en los baños al mismo tiempo que Aristipos de Cirene, el cirenaico, éste, al salir, cambió su vestidura purpúrea por la túnica desgarrada de Diógenes. Y cuando Diógenes se dio cuenta, se puso rabioso y de ninguna manera quiso ponerse el vestido purpúreo. ¿Por qué? En definitiva, se podría observar la vanidad de Diógenes a través de los agujeros de su túnica, porque dejaba de ser él al vestirse de púrpura y esto constituía un grave problema de representación, cara a los espectadores. Volviendo a nuestra terca realidad, un país católico y apostólico, que tiene también su “altura romana”, estos nuevos Diógenes piensan que esa altura de miras no se debe entregar a una política comunista sin más. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, como la de Diógenes, que decía una autoridad clásica, muy eclesial por cierto.

Salvando lo que haya que salvar, la derecha ha salido en tromba a criticar con una dureza inusitada la audiencia que Francisco ha mantenido con la ministra y vicepresidenta segunda del Gobierno, porque “cómo se le ocurre a una comunista y, por supuesto, cómo puede ser que nada más y nada menos que el Papa se siente a hablar con esa comunista redomada”. El Papa sólo debe sentarse con el Poder, como siempre ha sido, a través de las Autoridades, no con una ciudadana, mujer por más señas, ministra de un país aconfesional y con una misión posible: cruzar unas palabras, en tan sólo cuarenta minutos, sobre cuestiones fundamentales, relaciones laborales, pandemia y cambio climático, de sumo interés para Francisco, cuyo resultado lo resumió Yolanda Díaz en pocas palabras: “Hoy me he reunido con el Pontífice en el Vaticano para dialogar sobre el trabajo decente, la crisis de la Covid-19 y el futuro del planeta. Construir un mundo más solidario y más justo solo es posible con diálogo entre diferentes en favor del bien común. Hay esperanza», para finalizar con una escueta pero rotunda afirmación: “ha sido un encuentro emocionante”.

Esta situación me ha recordado una película de culto dirigida por Marco Ferreri, La audiencia (1971), con un guion del inconmensurable Rafael Azcona, en la que Amedeo, el protagonista, es un hombre sencillo que llega a Roma desde el norte de Italia con el propósito de tener una audiencia privada con el Papa para hablar con él sobre asuntos de carácter filosófico y teológico que le preocupan. Más o menos, lo que ha pretendido Yolanda Díaz, a pesar de su impacto mediático. La gran diferencia es que la situación de la película de Ferreri se desarrolla en una Roma clásica por antonomasia y todo son dificultades inauditas para que Amedeo consiga su objetivo, hasta que finalmente muere en la Plaza de San Pedro sin haber conseguido el objetivo de mantener un encuentro con el Papa, una audiencia. La trama de la película no tiene desperdicio alguno y refleja el poder fáctico de la iglesia y su falta de sensibilidad y atención a los que de verdad querrían hablar con el Papa, de tú a tú, sobre la cosas que les preocupan del terco día a día.

Esta audiencia en el Vaticano es una muestra de que Francisco emite en otra frecuencia que no es la de la Iglesia que criticó duramente Ferreri y que todavía perdura en la Urbe. Alabo este tipo de encuentros, aunque los medios oficiales vaticanos no hicieron mención alguna de esta audiencia, porque ellos sólo recogen las de los Jefes de Estado o de Gobierno. El que quiera entender que entienda. Marco Ferreri no se sorprendería tampoco. Quizás nos consuele hoy un poema precioso de Rafael Alberti, Basílica de San Pedro (1), que tengo grabado en el corazón, en el que siento a Francisco como el protagonista del poeta gaditano, Pedro, a secas, que sólo quiere volver a ser pescador, porque es lo suyo:

Di, Jesucristo, ¿Por qué
me besan tanto los pies?

Soy San Pedro aquí sentado,
en bronce inmovilizado,
no puedo mirar de lado
ni pegar un puntapié,
pues tengo los pies gastados,
como ves.

Haz un milagro, Señor.
Déjame bajar al río;
volver a ser pescador,
que es lo mío.

(1) Alberti, Rafael, Roma, peligro para caminantes, 1968. México: Joaquín Mortiz.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de La reforma laboral centra el encuentro entre Yolanda Díaz y el Papa Francisco (eldiario.es)

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Cuando despertamos, la navidad todavía estaba aquí

Sevilla, 12/XII/2021

Augusto Monterroso nos dejó un tratado de cómo escribir un relato en El Dinosaurio: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Hoy lo he aplicado a la navidad, que escribo siempre con minúscula por el tratamiento laico que tiene hoy día para millones de personas, controlada por el Mercado por tierra, mar y aire, con el poderoso caballero don dinero como sustrato imprescindible para comprarla mejor. Curiosamente, Monterroso dedica unas palabras a la Navidad, en Movimiento perpetuo, con un título que despeja muchas dudas antes de leerlo: Navidad. Año Nuevo. Lo que sea.

En esta ocasión necesita más de siete palabras para interpretarnos la navidad desde una perspectiva de encuentros y regalos forzados que normalmente llevan al olvido (1):

Las tarjetas y regalos que año tras año envías y recibes o enviamos y recibimos con ese sentido más o menos tonto que te o nos domina, pero que paulatinamente a base de una interrelación de recuerdos y olvidos vas o vamos dejando de enviar o recibir, como, comparando, esos trenes que se cruzan a lo largo de la vía sin esperanza de verse nunca más; o mejor, ahora autocriticando, pues la comparación con los trenes no resulta buena ni mucho menos, toda vez que se necesita ser un tren muy estúpido para no esperar volverse a ver con los que se encuentra; entonces más bien como esos automovilistas de clase media que, por el simple hecho de serlo, cuando se desplazan en su automóvil se sienten como liberados de algo que si uno les pregunta no saben qué cosa sea, y que una vez, una sola vez en la vida, coinciden contigo frente a un semáforo en rojo, y con los cuales durante un instante cambias tontas miradas de inteligencia al mismo tiempo que disimulada pero significativamente te arreglas el cabello, o te acomodas el nudo de la corbata, o revisas tus aretes, o te quitas o te pones los anteojos, según creas que te ves mejor, bajo la melancólica sospecha o la optimista certidumbre de que nunca más lo vas a volver a ver, pero no obstante viviendo ese brevísimo momento como si de él dependiera algo importante o no importante, o sea esos encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!

La brevedad en este caso se centra en los encuentros de navidad, forzados por la ocasión pero que al final se olvidan como en el caso de los trenes cruzados o cuando coincidimos con otro conductor a nuestra altura, ante el semáforo en rojo y, una vez que arrancamos, ya no volvemos a vernos más. Lo que verdaderamente me ha conmovido es la frase final, porque reproduce a la perfección lo que suele ocurrir en la navidad laica, cuando enviamos felicitaciones o regalos de compromiso, envueltos en papel de mimetismo social inducido por el Mercado, con su logo, que no dejan de ser más que encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!

Lo verdaderamente sorprendente es que a pesar de todo, cuando despertamos a una nueva realidad mutante de la pandemia, la navidad todavía está aquí. De nuevo la Navidad. Año Nuevo. Lo que sea, como si la nuestra fuera el título redivivo del relato comentado de Monterroso.

(1) Monterroso, Augusto. Cuentos, fábulas y Lo demás es silencio, 2003. Madrid: El País, p. 139.

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El futuro es diferente al porvenir, que no viene nunca

Sevilla, 11/XII/2021

Aprendí de Ángel González a distinguir el futuro del porvenir, porque él entendía que al porvenir lo llaman así “porque no viene nunca” (1), cuestión no baladí en estos tiempos tan convulsos y de continuas mudanzas, incluso las del alma:  Te llaman porvenir / porque no vienes nunca. / Te llaman: porvenir, / y esperan que tú llegues / como un animal manso / a comer en su mano. / Pero tú permaneces / más allá de las horas, / agazapado no se sabe dónde. / … Mañana! / Y mañana será otro día tranquilo / un día como hoy, jueves o martes, / cualquier cosa y no eso / que esperamos aún, todavía, siempre.

Sin embargo, inmediatamente después escribe sobre el futuro, en Sin esperanza, con convencimiento (III), dándonos la oportunidad de descubrir sus bondades a pesar de estar inmersos, muchas veces, en un porvenir perpetuo:

Pero el futuro es diferente
al porvenir que se adivina lejos,
terreno mágico, dilatada esfera
que el largo brazo del deseo roza,
bola brillante que los ojos sueñan,
compartida estancia
de la esperanza y de la decepción, oscura
patria
de la ilusión y el llanto
que los astros predicen
y el corazón espera
y siempre, siempre, siempre está distante.

Pero el futuro es otra cosa, pienso:
tiempo de verbo en marcha, acción, combate,
movimiento buscado hacia la vida,
quilla de barco que golpea el agua
y se esfuerza en abrir entre las olas
la brecha exacta que el timón ordena.

En esa línea estoy, en esa honda
trayectoria de lucha y agonía,
contenido en el túnel o trinchera
que con mis manos abro, cierro, o dejo,
obedeciendo al corazón, que manda,
empuja, determina, exige, busca.

¡Futuro mío…! Corazón lejano
que lo dictaste ayer:
no te avergüences.
Hoy es el resultado de tu sangre,
dolor que reconozco, luz que admito,
sufrimiento que asumo,
amor que intento.

Pero nada es aún definitivo.
Mañana he decidido ir adelante,
y avanzaré,
mañana me dispongo a estar contento,
mañana te amaré, mañana
y tarde,
mañana no será lo que Dios quiera.

Mañana gris, o luminosa, o fría,
que unas manos modelan en el viento,
que unos puños dibujan en el aire.

Sobran interpretaciones. A mí me ha ayudado a distinguir porvenir de futuro y sigo dispuesto a frecuentarlo, a pesar de todo, siguiendo las instrucciones del Dr. Cardoso, médico de la clínica talasoterápica de Parede, cerca de Lisboa, a Pereira, en aquella recomendación que leí hace ya muchos años en Sostiene Pereira, una obra extraordinaria de Antonio Tabucchi, que no olvido: “… deje ya de frecuentar el pasado, frecuente el futuro. ¡Qué expresión más hermosa!, dijo Pereira”. Porque el futuro lo veo claro con esta actitud: Mañana he decidido ir adelante, / y avanzaré, / mañana me dispongo a estar contento, / mañana te amaré, mañana / y tarde, / mañana no será lo que Dios quiera. Ni un porvenir que nunca llega.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Planeta (Seix Barral).

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.