La abuelidad es mucho más que una palabra

Paco Roca, Mural en el Metro de Madrid, 2020

Yo no creo en la edad.

Todos los viejos
llevan
en los ojos
un niño,
y los niños
a veces
nos observan
como ancianos profundos.

Pablo Neruda, Oda a la edad

Sevilla, 19/XII/2021

Fue en Argentina donde nació esta palabra, en 1977, que todavía no reconoce la Real Academia Española de la Lengua, gracias a los trabajos desarrollados por la doctora en Medicina, Médica Psiquiatra y Psicoanalista argentina Paulina Redler, que expresa “la relación y función de los abuelos con respecto a los nietos, y los efectos psicológicos del vínculo”. Estoy en plena fase de aprendizaje de esta realidad existencial y me interesa mucho conocer a fondo estos trabajos científicos sobre la influencia de la abuelidad en los nietos de una familia. Maternidad, paternidad y abuelidad forman una tríada indisoluble para que se alcance el bienestar físico, psíquico y social de los hijos y nietos, donde cada vínculo así llamado desempeña un papel fundamental en la vida de una familia.

La doctora Redler aborda esta importante realidad en la vida de los abuelos en su libro, Abuelidad: más allá de la paternidad (1), publicado en 1986, definiendo este nuevo vocablo como “una fase del desarrollo de un individuo, caracterizado por el efecto que en su organización psíquica resulta de «tener un nieto y ser y amarse a través de los nietos». El momento, habitualmente coincide con una etapa de la trayectoria de vida en la que se producen importantes pérdidas (viudez, jubilación, enfermedades, etc.) que obligan a una reorganización psíquica y relacional. De este modo, la abuelidad se conforma como una oportunidad para ello”. El libro matriz de esta teoría de Redler aborda la historia de las vicisitudes de la palabra abuelidad, el significante y de lo que había en su lugar, la abuelidad en Freud a la luz del psicoánalisis, los aspectos narcisistas que encierra, el hallazgo de la relación objetal, la relación de abuelidad y feminidad, así como abuelidad y masculinidad, finalizando con la completud imaginaria, la aceptación de las diferencias y las conclusiones.

Se puede explicar la abuelidad de muchas formas, en el tiempo transcurrido desde la aparición del vocablo abuelidad, atribuido a Redler en su significado actual, pero yo tengo una muy clara, la permanente defensa de la identidad personal en la relación de los abuelos y abuelas con sus nietos y nietas, violentada en muchas ocasiones, que entresaco de un cuento de Mario Benedetti, Pacto de sangre (2), salvando lo que haya que salvar, que es un homenaje hermoso a la abuelidad citada, del que entresaco su hilo conductor, una vez aclarado que el protagonista, Octavio, una persona con 84 años, había decidido no hablar con los que le rodeaban a diario, sufriendo la denominación de “abuelo” a cada paso que daba: “A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda, para entrar de lleno en el otro protagonista de esta historia, su nieto: “El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto, que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro. Esto empezó hace un año, cuando Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, yo le contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidas al abuelo, y él responde que sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no eres ni serás brujo. Y él dice qué lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta”.

La abuelidad ha jugado un papel transcendental en la historia de la humanidad. La tradición oral siempre estuvo en las personas mayores de las comunidades que vivían en las orillas del Tigris y el Éufrates, cuando los abuelos contaban a sus nietos sentados en sus rodillas la historia de sus antepasados y éstos los atendían con atención reverencial. Así, siglo tras siglo, desde que tenemos constancia de esta realidad en el siglo VII a.C. Otro ejemplo histórico, en nuestro país, ha sido el papel que desempeñaron los abuelos durante la crisis económica que se inició a escala mundial en 2008 y que consistió no sólo en apoyo económico a sus familias, sino cómo se convirtieron en pilares fundamentales de ellas a lo largo de casi una década, con la atención a los nietos como enseña de su abuelidad. Esa es la razón de por qué escribí una reflexión cargada de dolor ante el comportamiento social ante las personas mayores durante la pandemia en la primera ola de 2020, Un mural que nos pregunta ¿qué es lo que ha ocurrido?, en la que destacaba que era necesaria “una reflexión objetiva, rigurosa y de respeto al comportamiento social y político en relación con la atención sociosanitaria a las personas mayores en todo el país, donde se ha podido comprobar que el nivel asistencial en este tiempo tan difícil ha dejado mucho que desear, dejándonos muchas preguntas sin respuesta. Cada palo debe aguantar su vela y tenemos que reconocer que las cosas no se han hecho bien, no de forma global, porque seríamos injustos al descalificar genéricamente la atención que se les ha prestado, pero sabiendo que su situación ha tenido tintes dramáticos en determinados lugares del país que merecen todavía un análisis para pedir las responsabilidades a las que hubiera lugar y sin distinción alguna de personas o autoridades directamente implicadas en lo ocurrido. El Estado está obligatoriamente obligado, por transparencia y dignidad pública, a dar las explicaciones necesarias, objetivas y veraces, para que se sepa a la mayor brevedad ética posible, la verdad de lo ocurrido con el fallecimiento por el coronavirus de las personas mayores en residencias asistenciales. Nada puede justificar el silencio, mucho menos si es cómplice”. La abuelidad se negó a muchas personas mayores, esa es la cuestión, como ha pasado tantas veces a lo largo de la historia.

Verdaderamente sorprendente es que en el país donde nació el vocablo abuelidad, Argentina, se haya reconocido un indicador científico, el índice de abuelidad, que tanta información ha dado sobre la identificación genética de los bebés robados durante la dictadura militar, sin olvidar nunca el papel jugado por las Abuelas de Mayo en sus reivindicaciones históricas y ejemplares, que por sí mismas eran un ejemplo andante de la abuelidad elevada hasta sus últimas consecuencias. La abuelidad femenina necesita un reconocimiento mundial por preservar, junto a la tradición oral multisecular de la abuelidad masculina en las genealogías, el trabajo silencioso y bien hecho en el seno de las familias, siendo su saber hacer diario un valor incalculable cuando el núcleo familiar se desectructura para siempre, causando un dolor irreparable para cada miembro de la misma y que sólo ellas han sabido reparar en muchas ocasiones a lo largo de los siglos. Siempre me ha llamado la atención científica la realidad dolorosa de cómo la abuelidad ha atendido la separatidad que sufren muchos niños de sus padres, tan magníficamente estudiada por John Bowlby. Gracias a los abuelos, muchos niños y niñas salen adelente desde el punto de vista afectivo después de haber sido separados de sus padres, gracias a que los abuelos siempre han estado allí. Hablaré en su momento de una realidad científica que perdura en nuestra sociedad, la separatidad humana, fuente de mucho dolor para la migración y los refugiados, por ejemplo, que asolan cada día a este mundo al revés.

El final del cuento de Benedetti resume bien qué importancia puede tener la abuelidad en un pacto entre nietos y abuelos, en palabras de Octavio, el protagonista de su cuento: “Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita [su hija] ni Aldo [su yerno]. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna”.

Sigo estudiando la abuelidad científica. Mi investigación la compartiré con la Noosfera en páginas de este cuaderno digital, probablemente en una serie, como acostumbro a hacer en asuntos complejos y extensos en su exposición y resultados. Les adelanto que estoy asistiendo ya a clases diarias de abuelidad y creo que progreso adecuadamente. Adrián se llama el maestro, mi nieto.

(1) Redler, Paulina, Más allá de la paternidad, 1986. Buenos Aires: Legasa.

(2) Benedetti, Mario, en Despistes y franquezas, 1997. Madrid: Alfaguara.

Este libro puede ser un regalo con estela

CIUDADANO JESÚS (2ª edición, revisada y aumentada)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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