El futuro está detrás, el pasado delante

AIMARA

La cultura aimara, población del altiplano andino radicada en Bolivia, Perú, Argentina y Chile, tiene una característica antropológica que todavía se sigue investigando por su peculiar forma de comprender el futuro, que siempre está detrás de cada persona, entre otras manifestaciones sociales, así como el pasado, que siempre está delante. Nada que ver con nuestra forma de entender y expresar el futuro, que siempre lo comprendemos como situado delante de nosotros, nunca detrás. Igual que el pasado, que siempre está detrás de nuestras vidas.

Me llama la atención esta forma de proceder en la vida que mantiene el pueblo aimara después de miles de años, cuestión que me apasiona porque nada es inocente en las acciones humanas. Los aimaras no comprenden el futuro porque solo saben lo que está ocurriendo, que es presente y los sucesivos presentes conforman el pasado, que se sabe como se desarrolló, pero nunca pueden hablar de futuro, sencillamente porque es algo que no existe, no ha llegado todavía y no se sabe lo que es porque permanece oculto según su experiencia multisecular.

El futuro aimara no existe, porque sus creencias están basadas alrededor del sol, que todos los días sale o no, sin que necesiten predecir que saldrá. El sol no falla nunca porque, aunque no salga algún día, saben todos que está oculto por alguna razón, pero allí está, no necesita futuro. Además, en Bolivia se han recogido en su Constitución estos principios porque cada año que nace es para entregar prosperidad al pueblo aimara. Ese es su futuro. Saben que el Tata-Inti (dios sol) o la Pachamama (la madre tierra), son los núcleos existenciales de la vida aimara, su presente que se forja en un pasado milenario. Todas las ceremonias se inician siempre mirando hacia arriba, hacia el sol, nunca a un futuro desconocido sino a lo que alumbra la vida encadenada de presentes y para ser todos los días más felices.

Esta realidad aimara me ha recordado un cuento de Augusto Monterroso, El eclipse, donde se narra una artimaña de sabiduría futurible por parte del protagonista del cuento:

Cuando Fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlos. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitivamente. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles.

Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de ese conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Los mayas sabían mucho de su pasado presente, igual que los aimaras. No les hacía falta la insolencia del fraile sabiondo que quiso remedar al sabio sol de aquellas tierras, intentando predecir su futuro personal, cuando los que le rodeaban solo conocían el pasado presente a través de los siglos.

Para pensarlo hoy, inexcusablemente, para aprender de errores propios y ajenos. Una cosa más, que diría Steve Jobs para finalizar este relato. Entre tanta búsqueda de lo desconocido, he encontrado unas palabras sorprendentes en lenguaje aimara: Tanta sarañani. Me ha impresionado su significado en nuestra lengua celtibérica y obligada a conocer a los indígenas aimaras, que acusa tanto cansancio para narrar los desastres presentes: iremos juntos. A buscar el pasado presente que nos lleva al precioso futuro innecesario de los aimaras.

Sevilla, 4/VIII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.elintra.com.ar/salta/2010/10/20/kollas-instan-modificar-nombres-apellidos-espanol-quechua-aymara-39065.html

Como lanchas a la deriva

AI WEIWEI

Es curioso. Iniciamos un mes con muchas posibilidades de acercarnos al mar, probablemente el mismo al que también vemos casi todos los días del año en operaciones de rescate de lanchas de migrantes a la deriva, cada vez más precarias para los que menos tienen, con la sensación de que son noticias recurrentes que cada vez impresionan menos por su cotidianidad. Pero sin ánimo de dar el día a nadie, hoy me ha sobrecogido una noticia del artista y activista chino Ai Weiwei, al vivir una experiencia especial, personal y real, subiéndose a una lancha a la deriva, para intentar comprender qué sienten los refugiados o migrantes que realizan estos viajes hacia alguna parte.

Lleva unos años volcado en la comprensión mundial de un fenómeno, el eterno éxodo de los refugiados de cualquier clase, que retorna de vez en cuando a nuestras vidas de salón, en función de crisis políticas y sociales de menor o mayor alcance. Lo delicado del asunto es que son recurrentes estos episodios de dolor ajeno, que no se acaban de erradicar por las autoridades y gobiernos correspondientes, que son los que tienen en sus manos profundas responsabilidades sobre ello, con independencia del consabido recurso a la condición humana del malser (perdón por el neologismo) y malestar de muchas personas, que todos llevamos dentro.

He leído en un artículo que publica hoy El País que “Ai está en este momento concentrado en su trabajo sobre la crisis de los refugiados en Europa y en todo el mundo. Montó un taller en Lesbos (Grecia), llenó de chalecos salvavidas el Konzerthaus de Berlín, cubrió de lanchas neumáticas el Palazzo Strozzi de Florencia, y poco antes de viajar a Buenos Aires ha sabido que su documental centrado en este asunto, Human Flow, competirá este año en la sección oficial del festival de Venecia” (1).

Es posible que la solución ética esté en emular a Ai y ponernos en el lugar de los refugiados e intentar comprender sus vivencias, buscando cada uno su forma de colaborar con este desastre de tan variadas raíces inhumanas. Hoy, me refugio en mi patera vital, sin quilla, que tantas veces cito en este blog y que suele ir a la deriva cuando vamos del corazón a nuestros asuntos personales y sociales, porque nos sentimos solos en un mundo diseñado por el enemigo de la concordia (¡qué palabra tan bonita!) humana.

Como he escrito recientemente en una reflexión íntima, Los que vamos en patera, tiene sentido solidario con estas realidades de refugiados, de cualquiera que busca refugio en espacios más amables de la vida, seguir viajando en las pateras éticas que hacen singladuras difíciles y comprometidas con la sociedad que menos tiene, con un cuaderno de derrota (en lenguaje del mar) que lleva a localizar las islas desconocidas que tanto amaba Jose Saramago: si no salimos de nosotros mismos, nunca nos encontraremos. Lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba su cuento de la isla desconocida, buscando siempre puertas de compromiso más que las de regalos o peticiones sin causa, viajando en pateras de dignidad, aunque vayamos muchas veces a la deriva de la vida.

Sevilla, 1/VIII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de
https://mundo.sputniknews.com/cultura/201510261052928660/

(1) https://elpais.com/cultura/2017/07/31/actualidad/1501528717_257443.html

Cuando la ausencia quiere decir olvido

La ausencia de valores está configurando una forma de ser y estar en el mundo muy diferente a cuando están presentes en cada acto humano. Los echamos de menos y es un hilo conductor en la razón ética de las personas dignas. Es lo más parecido a la ausencia de seres queridos, familiares o amigos del alma, cuando se alejan de nosotros por razones físicas, psíquicas o sociales. Cuando alcanzamos una edad calificada como de “personas mayores”, resuena en mi banda sonora vital una canción (entre otras), Ausencia, que he escuchado muchas veces en la interpretación magistral de María Dolores Pradera, de quien conocí muchas razones de su existencia, de sus ausencias, a través de su hermana Carmen, en almuerzos compartidos en la sede pública de un Ministerio en Madrid.

Ausencia quiere decir olvido
Decir tinieblas, decir jamás
Las aves pueden volver al nido
Pero las almas que se han querido
Cuando se alejan no vuelven más

¿No te lo dice la luz que expira?
Sombra es silencio, desolación
Si tantos sueños fueron mentira
¿Por qué se queja cuando suspira
tan hondamente mi corazón?

¿No te lo dice la luz que expira?
Sombra es silencio, desolación
Si tantos sueños fueron mentira
¿Por qué se queja cuando suspira
tan hondamente mi corazón?

Ausencia quiere decir olvido
Decir tinieblas, decir jamás
Las aves pueden volver al nido
Pero las almas no vuelven más

Ausencia quiere decir olvido
Decir tinieblas, decir jamás
Las aves pueden volver al nido
Pero las almas no vuelven más

Y rebobino mi vida para comprender todavía mejor qué significa el regreso de algunas aves a su nido, como hace el charrán ártico, porque es difícil a veces recuperar encuentros personales, en el punto que dejamos una conversación suspendida por mil razones, en un tiempo deseado y deseante, a modo de la expresión lúcida de Juan Ramón Jiménez respecto de su dios. También, para saber por qué caminamos muchas veces entre tinieblas, entre variados “jamás de los jamases”. Finalmente, lo más duro en la vida: volver a constatar que muchos sueños fueron mentira, porque la luz que los inspiró vemos que expira, aunque hoy nos quede preguntarnos por qué se queja cuando suspira tan hondamente mi corazón.

También resuenan hoy las ausencias aprendidas de Silvio Rodríguez, que me emociona solo con recordarlas. Son variaciones sobre el mismo tema, pero quizá sea esta canción, Ausencia, la que más me compromete a seguir creyendo que “Hay ausencias que te hablan de un mañana, / que se tornan de todos los colores, / que te ponen el mundo en la ventana / y de esperanza llenan los balcones”.

Hay ausencias que son como el olvido
que empolvan madrugadas y semillas
que se fueron perdidas en sus mares
donde nunca podrán hallar la orilla…

Hay ausencias que rozan con el alma,
mariposas celosas del espacio,
austeras prisioneras de las flores,
que te ponen su miel para los labios.

Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas
que cantas, que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerda la distancia

Hay ausencias gaviotas que te salvan
que desdeñan fronteras y estaciones,
que rondan las paredes, las palabras
dibujando la fe con sus creyones.

Hay ausencias que te hablan de un mañana,
que se tornan de todos los colores,
que te ponen el mundo en la ventana
y de esperanza llenan los balcones.

Ausencia, remoto fantasma
que violas las puertas, que cantas,
que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo,
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerdas la distancia

Aunque ambos recuerdos de la ausencia… coincidan en el olvido.

Sevilla, 30/VII/2017

Verano 1952

VERANO 93

Me pasa con los estrenos cinematográficos como con los bestseller, que no les hago mucho caso, quizá porque huyo siempre de las razones del mercado y me dejo guiar más por sentimientos y emociones que por las inexorables leyes de la oferta y la demanda preconizadas por el capital. Me ha pasado recientemente con una película, Verano 1993, una ópera prima de la directora Carla Simón, autobiográfica y que cuenta una historia real de cómo vive el duelo una niña de seis años, por la muerte de los padres afectados por SIDA. Todo lo que he leído y visto en relación con este estreno me ha parecido extraordinario, pero todavía no he visto la película, aunque creo que la siento ya desde los títulos de crédito.

Existe una historia de España, contemporánea con los primeros años de la transición, que todavía no se ha escrito con el rigor que merece y, probablemente, porque no es rentable contarla, en un país descreído y desagradecido con sus propios aciertos y fracasos. Me refiero en concreto a la tragedia que sufrió el país en la década de los ochenta del siglo pasado, por la adicción de muchos jóvenes a las drogas y la aparición sorprendente del fenómeno SIDA. Se cumplió la ley del péndulo de Schopenhauer y cuando creíamos que lo teníamos todo con la libertad por bandera, gracias a la Transición, apareció un fenómeno terrible que sembró de dolor el país afectando, sobre todo, a una generación y a sus familias más directas, que comenzaba a despertar de un pasado terrible.

Todos tenemos un verano especial en nuestras vidas. El mío comenzó en 1952, en Madrid, días antes de cumplir los cinco años, en una España que helaba el corazón de muchos demócratas. Habíamos vivido en casa la guerra y el duelo por la muerte de mi padre en 1947, con secuelas importantes por las heridas en acto de guerra, que había que digerir como Dios le diera a entender a cada uno. Por eso comprendo bien estos personajes de película, al reproducir, salvando lo que haya que salvar, que solo hay un camino para entender lo que humanamente no hay por dónde cogerlo. Se trata exclusivamente de recibir amor, para ir cerrando poco a poco las tres heridas que a veces envuelven nuestra existencia, que describió Miguel Hernández de forma mágica: la del amor, la de la muerte, la de la vida.

Comprendo siempre por qué me atraen estas películas excelentes, incluso antes de verlas, porque como en este caso, su guion es lo más parecido a la vida real, a la vida misma. En el verano 2017, algunos, estamos obligatoriamente obligados a verla, aunque como decía el poeta malagueño Rafael Ballesteros, sigamos sin entender “si se me abre el grifo y sale una bala tras otra bala, si abro la puerta y se nos entra el fusilado y cierro y se me queda fuera el dedo, si unto amor en el labio entreabierto y nada, si miro al muro y todavía distingo los boquetes”. Porque, es verdad, “De este mundo los dos sabemos poco. Y sin embargo, estamos aquí [como Carla] obligatoriamente obligados a entenderlo”.

Sevilla, 29/VII/2017

NOTA: la imagen, un fotograma de la película “Verano 1993”, se ha recuperado hoy de https://www.espinof.com/trailers/verano-1993-cartel-y-trailer-de-la-opera-prima-de-carla-simon

La calle de la dulzura

ANNE DUFOURMANTELLE

Las personas que pertenecemos al Club de las Personas Dignas, con militancia virtual activa como credencial de pertenencia al Club, por creencia en la dignidad, deberíamos hablar más a menudo de la calle de la dulzura, ante las oleadas de propaganda sobre la calle de la amargura que no localiza con facilidad el callejero más sofisticado del mundo, porque solo existe en lo más recóndito del alma humana. La dulzura refuerza la dignidad, entendida como seriedad, gravedad y decoro en la manera de comportarse una persona, es decir, manifestando pureza, honestidad y recato, de la que se aprecia y defiende su honra, estimación, modestia, mesura y circunspección, entendida ésta como atención, cordura y prudencia ante las circunstancias, para comportarse comedidamente. Con dulzura.

Deseo hablar de esta realidad, como homenaje a la psicoanalista y filósofa francesa Anne Dufourmantelle, que falleció la semana pasada en una playa cercana a Saint Tropez intentando salvar a dos niños, hijos de unos amigos, consiguiéndolo, pero cuya acción le costó la vida. Es todo un símbolo porque Anne era una defensora a ultranza de saber convivir con el riesgo, porque es lo que daba sentido a su vida. También, de la necesidad de vivir unidos a la dulzura, habiendo escrito un libro, Puissance de la douceur (1), de gran interés sobre esta realidad esencial de la vida, que es un enigma en principio pero que, cuando se experimenta como poder de transformación de personas y cosas se vislumbra como una realidad necesaria. Su enfoque es muy práctico huyendo de la sensiblería que suele adornar este término, llegándolo a definir incluso como un acto político ante las violencias de la vida en todos los ámbitos posibles que podamos imaginar.

Aristóteles nos aportó hace ya muchos siglos una reflexión muy interesante sobre la dulzura. Se encuentra en La gran moral, libro I, capítulo 21: “[…] Digamos ante todo que la dulzura es un medio entre el arrebato, que conduce siempre a la cólera, y la impasibilidad que no puede nunca llegar a sentirla. […] El hombre irascible es el que se irrita contra todo el mundo, en todo caso y más allá de los límites debidos. Es una disposición muy reprensible, porque no conviene irritarse contra todo el mundo, ni por todas las cosas, ni de todas maneras, ni siempre; lo mismo que no conviene tampoco no irritarse jamás, por ningún motivo, ni contra nadie. Este exceso de impasibilidad es tan reprensible como el otro. Pero si uno se hace reprensible por incurrir en exceso o en defecto, el que sabe permanecer en el verdadero medio es a la vez dulce y digno de alabanza. No es posible aprobar el carácter del que experimenta muy vivamente el sentimiento de la cólera, ni el del que apenas lo siente; pero se llama verdaderamente dulce al que sabe mantenerse en lo justo entre estos dos extremos. Así pues la dulzura es el medio entre las pasiones que acabamos de describir”.

Cualquiera de las acepciones de dulzura, según el diccionario de la RAE, simboliza muy bien qué intentamos comprender en relación con su significado: cualidad de dulce, suavidad, deleite, afabilidad, bondad, docilidad y palabra cariñosa, placentera. En tiempos modernos, es imprescindible organizar una operación rescate de la dulzura y una vez construida su calle en la vida, de la que todos podamos hablar, podremos pensar que un día se pueda convertir en las alamedas que citaba Allende: “[…] Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. Con dulzura, como acto político, que también es posible frente a la amargura de vivir.

Hoy he leído en el diario El País una noticia sobre la calle de la amargura: “Diga su edad y Google responderá qué le lleva por la calle de la amargura”, que me ha sorprendido por su mezcla de frivolidad y notaría virtual de lo que parece que hace sufrir mucho a las personas. Son proposiciones digitales, nada más, pero me sigo quedando con la búsqueda, hoy, de la “calle de la dulzura”, en Google también, con una gran sorpresa: solo aparecen 29 resultados en la búsqueda, en 39 segundos, centrados en una calle de Madrid que tiene el honor de llevar ese nombre. Por el contrario, la búsqueda de “calle de la amargura” arroja un dato demoledor: 1.950.000 resultados, en solo 0,74 segundos. Sin comentarios.

Queda un trabajo arduo, por delante, en el Club de las Personas Dignas, para construir teoría crítica sobre la calle de la dulzura, con objeto de que millones de personas podamos transitar por ella. Probablemente, tendremos que formarnos en el conocimiento de qué significa ese nombre tan atractivo para convertirlo en creencia. Es el mejor homenaje que podemos hacer hoy a la psicoanalista y filósofa Anne Dufourmantelle, defensora a ultranza de esta forma de ser en el mundo. Pongámonos a ello. Hoy, a leer su libro de impecable contenido para los tiempos modernos, instalados en la amargura dialéctica de vivir apasionadamente pero sin poder hacerlo con la dignidad que requiere la existencia de un mundo diferente, con calles de la dulzura para que puedan pasear por ellas las personas libres.

Sevilla, 26/VII/2017

NOTA: la fotografía de Anne Dufourmantelle se ha recuperado hoy de http://madame.lefigaro.fr/bien-etre/anne-dufourmantelle-gardons-le-secret-210515-96654
(1) Dufourmantelle, Anne (2013). Puissance de la douceur. París: Payot.

Relatos de jefes y jefas

LOS JEFES

 

Esta mañana, casi sin darme cuenta, he tropezado con un libro de Mario Vargas Llosa. Estaba en una acera (cuántas veces recuerdo a Jane Jacobs), rodeado de otros libros de segunda o tercera mano (me encanta esta expresión) y no he dudado en comprarlo. Por un euro he recuperado al escritor peruano a través de seis cuentos, bajo el título de Los jefes (1957). Siempre me ha llamado la atención la palabra jefe, “superior o cabeza de una corporación, partido u oficio” (RAE), porque ha tenido un significante y significado muy especial en mi vida. He tenido jefes y jefas. He sido…, también, jefe.

Quizá he comprado el libro de Vargas Llosa para intentar comprender bien su significado real a través de seis relatos bien construidos y respetando el vocabulario peruano en su fondo y forma. Ser jefe es siempre un vestigio de poder que confiere una autoridad ética, estética y, en algunos casos, orgánica. Nuestro cerebro reptiliano conserva trazas de obediencia ciega a la autoridad, así como rebelión extrema ante ella, con un toque siempre de machismo exacerbado, que solo puede ser contrarrestado por el cerebro emocional que compartimos con los mamíferos (sistema límbico), y el neocórtex (corteza cerebral frontal). El cerebro reptiliano hace honor a su nombre de pila obedeciendo siempre su actuación a pautas básicas de conducta del hombre como “jefe” de la vida, como las relativas a la alimentación, caza, emparejamiento, competición, imitación, dominancia y agresión. Y por su base estrictamente animal, el problema básico es establecer la demarcación territorial donde entra lógicamente la “señalización” de sus hembras, con gran escarnio de quien no sabe ser jefe en su vida: “Este cerebro responde desde el presente a situaciones que se van planteando. No proporciona gran independencia del medio y no capacita para el aprendizaje complejo. Desde una perspectiva más simbólica supone un tipo de conducta no sujeta a reglas, amoral (como la inducida por la serpiente en el jardín del edén), vivida en el puro presente. Las llamadas conductas viscerales, impulsivas o primitivas en los seres humanos ponen de manifiesto singularmente estos tipos de actividad cognitiva básica. En este contexto, la imitación es muy importante para la supervivencia. El ataque a lo “no igual” se producirá por ser interpretado como peligroso. Por ejemplo, la indumentaria, tanto a nivel macrosocial como microsocial (tribus urbanas), puede inhibir o provocar agresiones” (1).

Me ha parecido especialmente entrañable el relato “Los jefes”, porque es autobiográfico y traduce el encanto del liderazgo en las pandillas y en momentos transcendentales de la juventud donde se refuerza la forma de ser y estar en el mundo, siendo a veces rebeldes sin causa. Aunque, al final, los jefes al uso, con música militar de fondo, como la intrahistoria de la propia palabra “jefe”, acaban cayendo, unos tras otros, porque la vida sigue y el pueblo es el que manda dando sentido a la auténtica democracia.

La contraportada del libro avanza resultados: “En cualquier época de la vida, y sea cual sea el ámbito en que se mueva, el ansia de poder seduce al hombre. Una rebeldía estudiantil, una apuesta parta probar hombría, un duelo a muerte, una doble traición: todas son buenas ocasiones para demostrar -demostrarse- la propia capacidad de mando, el ascendiente, el dominio que se logra por encima de los demás, amigos o enemigos, con la sola exhibición de un primario machismo”. El cerebro reptiliano de cuerpo presente. Impecable.

Sobre todo, porque cuando somos jefes o los demás lo son, la sabiduría popular dice que se nos puede conocer muy bien: “si quieres conocer a Fulanito, dale un carguito”. La autoridad que confiere un cargo por lo que se convierte a una persona en jefe o jefa como superior o cabeza de una corporación, partido u oficio (RAE), es verdad que viene dada por una orden o mandato. Pero la auténtica autoridad de jefes y jefas es la que está rodeada de ética (me gusta más que “moral”), porque es la que es capaz de justificar todos los actos humanos, porque ética es la raíz de la que brotan todos esos actos, la solería que compone, día a día, el suelo firme de la existencia que supera el cerebro reptiliano a través de la inteligencia, los sentimientos y las emociones.

Llego al final del artículo, pero advierto que a diferencia de lo que pasa en el cine, cualquier parecido con la realidad de lo que aquí he escrito, en esta ocasión, no es pura coincidencia. Aunque solo es una historia de relatos de jefes y jefas. Nada más.

Sevilla, 24/VII/2017

(1) https://joseantoniocobena.com/2007/07/25/estereotipo-machista-3-si-no-eres-para-mi-no-eres-para-nadie/

El conformismo andaluz

UASLP 2016

Tengo que reconocer que la película Il conformista, me marcó mucho durante mi estancia en Italia en los años setenta del siglo pasado, aunque suene ya como muy lejano. Cada vez que escucho o leo algún texto sobre el conformismo, vuelve a mi filmoteca vital esencial aquella película excelente de Bernardo Bertolucci, porque aprendí a luchar -salvando lo que haya que salvar- con el personaje conformista que a veces llevamos todos dentro en el rincón del confort. Hoy, leyendo las últimas noticias de Andalucía, cuando se acerca el ferragosto, he recordado también a Mario Benedetti, porque escribió en Testigo de uno mismo (1) un soneto del pensamiento, precioso, que leyéndolo de nuevo me ha pre-ocupado (así, con guion), sobre todo por la segunda estrofa: sin pensar uno ahorra desalientos / porque no espera nada en cada espera / si uno no piensa no se desespera / ni pregunta por dónde van los vientos. Cuando preguntamos a nuestro alrededor ¿cómo va la cosa? lo habitual es que te respondan siempre ¿no lo ves? ¡fatal! Y la cosa es un constructo universal que tiene nombres y apellidos de casi todo lo que se mueve. De ahí al conformismo más activo solo hay un paso. No hay pensamiento, aliento, espera, ni preguntas para saber por dónde va la cosa de los vientos del Sur, que también existe.

Me preocupa mucho esta situación en Andalucía, que se extiende como una mancha de aceite. El conformismo hace estragos allí donde nace, se desarrolla y muere, porque se instala en el confort de los tibios y tristes, alejando como por arte de magia a las personas dignas de cualquier movimiento andante. Tengo que reconocer que me dan pánico, pero crecen como por encanto, porque todos coinciden en que la cosa está fatal. Pero ¿qué es la cosa? ¿su cosa?

La cosa es la vida misma, con su parafernalia personal e intransferible en cada persona que vive rodeada de cosas que cosifican, es decir, a la corta, más que a la larga, reducen a la condición de cosa a las personas. Porque ahí radica su peligro extremo: reducen a las personas a una cosificación inaceptable por medio del conformismo brutal que nos invade y que suele diseñarse muy bien por el enemigo, un artista de la mercancía política en hipermercados de la indignidad y de su economía propia y asociada. Muchas veces he ensalzado la figura de Papageno, el protagonista de la ópera de Mozart, La flauta mágica, porque su profesión es un modelo a seguir en muchas ocasiones para los inconformistas de cuna: encantador de pájaros, aunque no sepamos casi nunca a qué tipo de pájaros, con perdón, tenemos que encantar. Cada uno que lo aplique a quien corresponda.

Dice Mario Benedetti más adelante en el mismo soneto: la mente se acostumbra a ese vacío / no sabe ya de nortes ni de sures / no sabe ya de invierno ni de estío. Es verdad, porque el conformismo lleva a un electroencefalograma plano de la inteligencia que inhibe para tomar conciencia de que el Sur también existe, como nos pasa con el conformismo en esta tierra de maría santísima, donde nos acaba dando igual el calor que el frío. Lo que ocurre es que cuando se decide salir del conformismo que nos invade, el pensamiento, acostumbrado al vacío, huye de ángeles y tahúres y busca desesperadamente la noche, para pensar en esta tierra…, a troche y moche. ¡Menos mal! Benedetti dixit.

Sevilla, 21/VII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://beceneslp.edu.mx/pagina/node/740

(1) Benedetti, Mario (2014, 2º ed.). Testigo de uno mismo. Madrid: Visor Libros, pág. 122.

La mejor historia

Vivimos entretenidos en pequeños mundos desconcertantes en los que muchas veces necesitamos descubrir las mejores historias para comprender la forma de ser y estar en el mundo. En el siglo de la hiperinformación, en el que vivimos a diario, no es fácil encontrar relatos que nos conmuevan, una palabra llena de sentido porque cuando nos enfrentamos a esta realidad descubrimos que las mejores historias nos perturban, inquietan, alteran; nos provocan situaciones placenteras que consuelan a la persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones.

Me ha ocurrido con el descubrimiento de un relato precioso, Su mejor historia, de la directora británica Lone Scherfig, una película que no pasa desapercibida para quien sigue y persigue la función social del cine. Su sinopsis oficial deja claro su objetivo: durante la II Guerra Mundial, una compañía de cine de Londres recibe el encargo de hacer una película optimista para levantar la moral de la población, con objeto de contrarrestar la presión de la propaganda alemana y la ausencia de hombres, porque están en el frente. Necesitan que la historia tenga un «toque femenino» y deciden incorporar a una mujer al extravagante grupo de guionistas. Así llega la gran oportunidad para Catrin Cole, una joven secretaria que se convierte en una pieza esencial para crear una gran película e inspirar a toda una nación.

He leído en una crítica reciente algo que caracteriza el canto a la mujer diferente que se muestra en el hilo conductor de esta excelente película, en un mundo diseñado siempre por hombres: “No se trata de una película a la que podamos calificar de manera rotunda como feminista, pero sí que en ella la directora nos ofrece perspectivas que no suelen ser habituales cuando las historias están en manos masculinas. En este sentido, cabe señalar la mirada crítica y hasta irónica que realiza sobre los héroes masculinos de la pantalla, las reivindicaciones de un mayor protagonismo de los personajes femeninos en historias en las que habitualmente ellas no eran las heroínas o la complicidad con una protagonista que en medio de un contexto tan brutal –la sociedad de los años 40 atravesada por los horrores de la guerra– lucha por ser ella misma, por ser la dueña de su destino y por hacerse valer y reconocer por sus méritos y capacidades. Y por supuesto que hay historia de amor, pero una historia en la que vemos cómo ella intenta en todo momento mantener las riendas y a la que incluso vemos hasta cierto punto resistirse cuando no tiene muy claro si merece la pena entregarse a un hombre” (1). Impecable análisis.

El cine de calidad nunca es inocente. No he olvidado cómo me han conmovido determinadas películas. Recuerdo ahora Hoy empieza todo, excelente película del director francés Bertrand Tavernier, donde pude constatar que el cine, en realidad, no es cine, sino la interpretación de una realidad más próxima de lo que parece. Contenemos la respiración. Todos nos enfrentamos a este momento en un cuerpo a cuerpo. Cuando encontramos las mejores historias, un gran corazón late, se alarma, va más despacio, sale de la sala cinematográfica con el deseo de seguir creyendo en un mundo diferente que todavía es posible. Todos los rostros miran en la misma dirección. Este impulso es el que aspiramos a que nos acompañe siempre, porque es el que nos permite descubrir y alimentar cualquier microhistoria saludable. ¿Saben por qué? Porque como decía el autor de la obra sobre la que está basada la película de Tavernier, aunque hoy comience todo, en verdad, todo se parece al amor digno que nos conmueve, es decir, que nos perturba, inquieta, altera, que nos provoca situaciones placenteras que consuelan a nuestra persona de secreto con fuerza y eficacia, afectando de lleno los sentimientos y emociones. Al fin y al cabo, porque aspiramos siempre a descubrir nuestra mejor historia.

Sevilla, 20/VII/2017

(1) http://www.eldiario.es/tribunaabierta/mejor-historia-contada-mujeres_6_666043420.html

Ni iros, ni idos: irse

LEMA RAE

Parece que España puede estar tranquila (con la que está cayendo…) con una nueva forma de uso del imperativo del verbo “ir”, “iros”, como aceptación de un uso popular del mismo frente al uso correcto y canónico de “idos”, según una Nota de la Real Academia Española al efecto: “La forma más recomendable en la lengua culta para la 2.a persona del plural del imperativo de irse sigue siendo hoy idos. No obstante, dada la extensión de la variante iros incluso entre hablantes cultos, se puede considerar válido su uso”.

No sé si esta decisión es consecuente con el lema de la Real Academia: “limpia, fija y da esplendor”, a las palabras que pasan por el crisol de la vida, respetando siempre su texto y contexto: “Para la empressa, que havía de servir de escúdo y sello, se acordó la trabajassen los Académicos en sus casas, y traxessen todos lo que cada uno huviesse descurrido à la Junta, donde s eelegiría lo que pareciesse mejor. Executado assi, se resolvió por comun acuerdo tomar por empressa y sello próprio un crisól al fuego con este mote: Límpia, fija, y dá esplendór. Aludiendo à que en el metál se representan las voces, y en el fuego el trabájo de la Académia, que reduciéndolas al crisól de su exámen, las límpia, purifica, y dá esplendór, quedando solo la operacion de fijar, que unicamente se consigue, apartando de las llamas el crisól, y las voces del exámen” (1).

Aunque nos parezca mentira, la mítica Lola Flores resolvió, limpió y fijó este asunto el 25 de agosto de 1983, con un grito “ostentóreo” (que diría Jesús Gil y Gil), instantes antes de celebrarse la boda de su hija: «si me queréis, irse«, frase que también ha quedado en la memoria popular para la posteridad y es utilizada normalmente cono grito de guerra cuando queremos que alguien se vaya de nuestra cercanía y sin más contemplaciones (eso sí, con mucho humor siempre, porque España es así, cañí).

Lo que me preocupa realmente y mucho es que como esto siga así, dentro de unos días tendremos un nuevo posicionamiento de la Real Academia Española al respecto. Ni iros, ni idos, lo correcto será “irse”. Lola Flores, dixit. Aunque no sabremos probablemente dónde acampar de nuevo.

Sevilla, 18/VII/2017

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://letrilandia.es/

(1) Diccionario de Autoridades, Tomo I, pág. XIII.

La orquesta del viento

SILVERIO RIVAS TUI

Monumento a las víctimas de la represión de los «nacionales» en la Guerra Civil española, en la Alameda de Tui (Vigo), obra de Silverio Rivas, inaugurado en 1999.

Está el país revuelto con la memoria histórica, con varias “memorias históricas”. El historiador Santos Juliá ha manifestado recientemente que “la única lectura que una democracia puede hacer de su pasado debe hacerse desde la historia, no desde la memoria”. Me parece una aseveración muy acertada porque la verificación objetiva mediante instrumentos de la historia, de lo que sucedió en la Guerra Civil de este país, también sus antecedentes y consecuentes, República y Transición, es el único camino para comprender lo que a unos y a otros nos sigue helando el corazón.

El próximo 18 de julio será un día para volver a la historia de este país, más que a su memoria. Por este motivo quiero compartir un texto precioso escrito por Manuel Rivas, a quien tanto debo en mi aprendizaje literario e ideológico. Tiene un título programático, Oración fúnebre por la orquesta del viento (1), que encontré un día en un libro suyo, Galicia, Galicia, muy interesante, sobre la tierra que lo vio nacer y como un ejercicio entre lo local y lo universal. Es un texto que leyó el 22 de junio de 1999, en un acto de homenaje a los republicanos asesinados [sic, en el libro] en la villa de Tui en 1936, en el lugar donde los fusilaron y donde ese día se inauguró el monumento que figura al comienzo de este post. Lo leo con el respeto que me causa siempre cualquier referencia a lo sucedido en la guerra civil española, que no la comprendo, pero sobre la que busco interpretaciones históricas de gran valor y rigor científico. Todavía me siguen sobrecogiendo estas palabras de Rivas, que tecleo ahora con nerviosismo y cierto dolor íntimo, para entregarlas a la Noosfera digna. Desde el Sur, que también existió en esos días tan dolorosos y que todavía existe, con su historia, más que con su memoria.

Oración fúnebre por la orquesta del viento

“Benditos los muertos
sobre los que cae la lluvia.”

Scott Fitzgerald, El Gran Gastby

Éste es un acto de justicia, de reparación histórica y también de valerosa inteligencia.
No podemos recuperar el tiempo.
No podemos volver atrás con la flecha del tiempo y reconstruir lo destruido, la realidad aterradora y maravillosa de las vidas rotas por la más terrible maquinaria del odio que asoló estas tierras.
Pero a la manera de los remos del arca, podemos avanzar proyectándonos hacia atrás.
Podemos imaginar las vidas cuando vivían antes de la tragedia.
El paisaje, incluso la luz de aquellos días, está definido por el horror que vino.
Día sombríos, sórdidos, tenebrosos.
Pero en realidad eran días de verano.
Días luminosos del bajo Miño.
La bajada del río como un cine de color y hermosísimo.
Habría tensiones, conflictos, pero ellos y ellas conformaban una comunidad de esperanza, una república de sueños acumulados en años, siglos, de luchas y sacrificios.
Podemos imaginarlos construyendo el frágil sentido de la vida.
Levantándose, saludándose – ¡hola, buenos días! -, trabajando, enamorándose, haciéndose bromas o burlas, contándoles algún cuento a los hijos, acaso reflejando sus rostros felices de domingo en la orilla del río.
En esos momentos en los que la mirada humana, de la vida, es más hermosa que el mismísimo cielo.
Esa república de los sueños acumulados con luchas y sacrificios de siglos.
El frágil tejido de la vida.
Esa comunidad de esperanza.
Esa mirada.
Todo fue destruido.
Y hasta se destruyó el silencio que siguió porque en el silencio se escuchan los muertos y lo llenaron de calumnia, mentira, falsedad y miedo.
Hay una historia de una mujer que deja un instrumento de música en el ataúd de su hombre muerto, con un mensaje: Si quieres algo, llama.
Hoy podemos escuchar la orquesta de los muertos, de los asesinados, de los huidos, de los exiliados, de aquellos a los que secaron la vida por dentro aunque siguiesen vivos.
Esa tenaz orquesta, como viento que emana del corazón de la tierra, persistió así con la melodía de la libertad.
Si estamos aquí es porque la terrible maquinaria del odio y del miedo no pudo con la orquesta de viento de los muertos.
Y hoy, cuando se rehace laboriosamente la comunidad de la esperanza, debemos hacer un solemne llamamiento desde Tui: que desaparezcan de Galicia, de la nomenclatura de las calles, plazas e incluso colegios públicos los nombres de los verdugos de la historia. Y lo hacemos no por ninguna clase de revancha sino en nombre de la justicia y de la inteligencia.
Porque lo que debe honrar una democracia, una comunidad libre, es, en primer lugar, a aquellos que dieran su vida por la libertad.
Este monumento de Tui tiene el valor de los que los canteros llaman la piedra maestra.
Porque hay que cimentar la casa del futuro sobre el valor, sobre la decencia, sobre los mejores sueños de la humanidad, sobre la aristocracia del alma que fue lo que ellos representaban.
Hoy, delante de la escultura de Silverio, delante de esa piedra que hace vida, podemos decir que se cumplió la profecía: “Enterraron semilla”.
Sean mil veces benditos los muertos, bendita la tierra y bendita la lluvia y benditos vosotros que los hacéis florecer.

Sevilla, 16/VII/2017

(1) Rivas, Manuel (2002). Galicia, Galicia. Madrid: Suma de Letras, pág. 315-319.