El cedro del Líbano

Hace muchos años leí con sumo interés un texto del libro de Ezequiel (Ez 31, 1-18), en el Antiguo Testamento, que encumbraba de forma prodigiosa el cedro del Líbano, como ejemplo controvertido y alegórico del orgullo de Egipto, de cualquier mandatario mundial asimilado al Faraón del libro profético, y anunciaba cómo podía llegar el día en que el Señor Yahvéh podía castigar la maldad del Faraón asimilada a un árbol gigante y desmedido que no ha lugar frente a Él. Hoy he vuelto a leerlo, de forma pausada, para contextualizarlo en la actual guerra abierta con Israel, para no andarnos por sus ramas. El texto decía así:

«¿A quién compararte en tu grandeza?
Mira: a un cedro del Líbano
de espléndido ramaje,
de fronda de amplia sombra
y de talla elevada.
Entre las nubes despuntaba su copa.
Las aguas le hicieron crecer,
el abismo le hizo subir,
derramando sus aguas
en torno a su plantación,
enviando sus acequias
a todos los árboles del campo.
Por eso su tronco superaba en altura
a todos los árboles del campo,
sus ramas se multiplicaban,
se alargaba su ramaje,
por la abundancia de agua que le hacía brotar.
En sus ramas anidaban
todos los pájaros del cielo,
bajo su fronda parían
todas las bestias del campo,
a su sombra se sentaban numerosas naciones.
Era hermoso por su talle,
por la amplitud de su ramaje
porque sus raíces se hundían
en aguas abundantes.»

Los cinco versículos finales, son un símbolo de lo que la tradición ha querido reflejar sobre la historia de esta realidad bíblica, donde todo son palabras de acogida, mestizaje, pluralidad de culturas, sintetizadas en la siguiente expresión. “Y a su sombra habitaban muchas naciones”. La realidad de hoy es terca y contumaz. Entre la cerrazón de Hezbolá y la ley del talión de Israel, con el coro a tres voces diferentes, de Estados Unidos, Siria e Irán, se está destrozando segundo a segundo la convivencia pacífica de familias enteras, sobre todo niñas y niños libaneses de religión cristiana que nunca más volverán a leer y escuchar de sus mayores las maravillas de las bodas de Caná, donde el martes pasado murieron de forma incomprensible 52 personas, la mayoría de ellas niñas y niños (15 discapacitados) en busca de un refugio seguro y que a través de la televisión pudimos contemplar como funeral mundial por el fracaso del diálogo, sin capacidad de que la sombra del cedro los cobije más, a pesar de que la tradición les decía que se multiplicaban sus ramas, que todas las aves del cielo podían caber en su ramaje y, sobre todo, que a su sombra se podían sentar todas las niñas y niños del mundo como símbolo de una nación que solo desea la paz.

El mismo profeta, Ezequiel, interpretando la voz de Yahvéh dice en el mismo capítulo: cuidado con lo que le puede pasar al Faraón, hoy simbolizado en cualquier poder maltratador, porque los que se han refugiado en la sombra del cedro malinterpretando las palabras de Dios y de las personas, acaban “como el común de los hombres” porque los extranjeros, los más bárbaros entre las naciones, le han talado y derribado. Creo que así se entiende mejor el contenido de la letra de su himno,  que contempla esta realidad como pueblo, porque “su cedro y su orgullo, son símbolo eterno”.

Sevilla, 6/VIII/2006

Charo, maestra de Andalucía

Anoche estuvimos compartiendo horas de existencia con unos amigos: Chari (para nosotros) y Gregorio. Hacía tiempo que no intercambiábamos las sencillas realidades de nuestras vidas, con sus altibajos e incomprensiones. Sólo dos horas, pero que transcurrieron llenas de satisfacción por un hecho que rodeó el tiempo congelado de una experiencia que pongo a disposición de la inteligencia digital, compartida en el paso de las páginas de este cuaderno, también  digital, como homenaje a Chari, a sus alumnos y a sus madres. Fue un momento muy emocionante compartir algo que le había ocurrido al finalizar el Curso, en junio. Las madres de las alumnas y alumnos del Curso 6º B, de los que ella ha sido “maestra de vida”, le habían dedicado unas palabras, escritas en cursiva, con una orla muy cuidada, que decía lo siguiente:

Para la señorita Charo

Llegó el final. Los alumnos de 6º B que un día empezaron en este colegio cuando aún no levantaban dos palmas del suelo, han terminado su escolarización aquí. Este ha sido su segundo hogar.
Empezaron con 4 años a escalar una gran montaña y hoy han llegado a la cima. Han pasado por muchas etapas. Etapas muy importantes de su vida. Y para ello siempre han tenido la ayuda de sus profesores.
Vd. ha sido su guía durante estos dos últimos años, quizás los más difíciles, porque cada vez están más cerca de la adolescencia y cada vez es más difícil tratarlos. Pero, ¡ENHORABUENA!. Mejor no lo ha podido hacer. El resultado es tangible: un grupo de niños con una buena preparación, a los que le ha inculcado una serie de valores muy importantes que le servirán para el resto de su vida, y entre los que ha sembrado mucho cariño. Cariño, que a lo mejor no todos ellos saben demostrarle, pero que en el fondo sabemos, que todos la quieren y que la echarán de menos.
Nosotros, las madres de estos niños, solo queremos decirle:

GRACIAS POR TODO

Gracias por ayudarnos a educarlos.
Gracias por su paciencia, por su entrega, por su dedicación y por haber enseñado a nuestros hijos a ser un poquito “mejor persona”.
 

Me ha llamado la atención que solo lo firmaran este texto las madres, pero sabemos que la situación social es así. Seguro que ellas son las que han estado atentas de verdad al crecimiento de sus hijas e hijos, a las llamadas al orden de Chari (para las madres “Señorita Charo”), en el buen sentido del término, en un barrio a veces conflictivo por su propia realidad social, donde han crecido con niñas y niños que provienen de ambientes difíciles. La realidad de género es visible incluso en los agradecimientos a la vida. Por eso, también deseo hacerles un homenaje explícito a ellas, cuidando hasta en el más pequeño detalle la realidad sentida de sus hijas e hijos, con un regalo que no tiene precio pero sí valor. Inmenso valor.

Y lo que me entusiasma en la operación rescate de la credibilidad de “lo público”, que es necesario ejecutarla en décimas de segundo por la hemorragia que sufre la función pública a diario, es que todo lo narrado ha ocurrido en un Colegio Público, situado en el Polígono de San Pablo, un barrio de clase media y baja, donde Chari (para nosotros) tiene que desenvolverse en situaciones carenciales de todo tipo: afectivas, materiales (ellas siempre busca lápices de colores de donde no lo hay…), minerales, bolígrafos, objetos de demostración y lo más importante, suplir con mucha imaginación el respeto mutuo donde a veces esas niñas y niños no lo sienten en su casa, sencillamente porque no existe.

Cuando estábamos comentando las palabras de agradecimiento de las madres de sus alumnas y alumnos de 6º B, también recordó una ausencia que ha marcado su recorrido con estas niñas y niños a las que tanto ha entregado. Se refirió a su alumno Cristian, que murió atropellado a los nueve años, en el aeródromo de Tablada, en diciembre de 2004, por un coche que participaba en una competición ilegal. La recuperación de una foto suya, para integrarla como miembro de un equipo que de acuerdo con sus madres “empezaron con 4 años a escalar una gran montaña”, hace que desde cada cielo particular se puedan ver estas realidades con un sentimiento especial.

En el mismo acto, le regalaron también un reloj, muestra de que el tiempo pasa, y una caja para guardar fotografías. De lo que estoy seguro es que Chari va a guardar en la mejor caja que existe, el cerebro con fondo de corazón, lo que unas madres de Junio le han entregado con el valor rescatado que aún tienen algunas palabras de reconocimiento a la función pública de maestra.

Sevilla, 29/VII/2006

Género y vida

La parábola de los eritreos

Dedicado a los diez hombres buenos del pesquero “Francisco y Catalina”, así como a todas aquellas personas, cualquiera que haya sido su posición de compromiso (político, social, humanitario, solidario, comprensivo) en este conflicto, que han creído en que las actitudes de los diez tripulantes del barco salvador hacen más visible la realidad de la inteligencia social del ser humano.

Eran 51 personas embarcadas con rumbo a una isla desconocida. Se hicieron a la mar en una patera desvencijada, pero pintada con la dignidad de la esperanza, aprovechando la sabiduría de los expertos mayores de Eritrea que suelen mirar al mar con la nostalgia de los olvidados. Su navegación exquisita, inteligente, los dejaba a veces en el desamparo del mar abierto. Pasaban los días y no avistaban rastros humanos de supervivencia. Todo se agotaba. Hasta lo fundamental: la creencia en el otro más próximo. Cuando la desesperación era evidente, apareció un barco de bandera española, andaluza por más señas, acostumbrado a la pesca en caladeros ricos en desesperanza, alternativos, como salvadores de alta mar en los que la duda de hacerlo los sumergía en un mar de preguntas sobre lo complicado que va siendo ser buenos.

No lo pensaron mil veces, aunque sí novecientas noventa y nueve. ¡Los recogemos! ¡Nos llevaremos también la patera como ejemplo de la ética de arrastre de la vida, como símbolo de la miseria transportada a los mejores mundos posibles, con los cabos de la duda! Para que figure en el museo de la intolerancia. Y se lo comunicaremos a nuestros mayores en todos los sentidos. Y todos decían: ¿cómo os habéis complicado la vida de esta forma, si casi nadie se hubiera enterado?, o ¿no sabéis que hay traficantes de marineros que cierran sus operaciones en alta mar?, ¡en menudo lío nos habéis metido!, con un plural mayestático que podía alcanzar hasta el Vaticano. Todas las voces, a una, empezaron a buscar razones para abordar el problema que venía desde Malta, porque en un acto solidario donde los haya, las autoridades decían desde esa “isla conocida”, a los cuatro vientos y sin mucho escrúpulo,  que “no podían admitir la entrada ilegal de 51 personas encontradas en alta mar”. Y los marineros, diez hombres buenos, comenzaron a llamar a todas partes, hasta que la conciencia se remueve y a nivel de Estado, el símbolo del puerto de Carboneras (Almería) actúa como revulsivo de una matrícula de decencia representada por diez personas, profesionales del mar que no dudaron en comprometerse con la vida.

Los eritreos, que eran mayoría, todos, subieron al barco. Fueron atendidos como personas, alimentados, admitidos como compañeros de un viaje a alguna parte. El Gobierno de España comenzó su tarea de atención diplomática porque Malta seguía en sus trece: “de quedarse aquí, nada de nada, porque la caridad bien entendida empieza por uno mismo”. Y comenzó el reparto: yo me quedo con doce, tú con cinco, aquél con otros cinco, aquellos otros con la mayoría, 29, respectivamente. La mercancía estaba adjudicada. Ya todos tranquilos, medallas por aquí y por allá y los eritreos preguntándose todavía qué Dios existe para que siendo tan visible su bondad, representada por los marineros del Francisco y Catalina, los tuvieran que separar, empaquetados, para vivir en el mundo mejor que soñaban cuando salieron de su país en busca de maravillas desconocidas. La gran enseñanza que nos han transmitido radica en su docilidad para ser transportados a un mundo ideal, a cualquier precio, porque seguir viviendo en el que lo hacían cotidianamente solo los llevaba a una muerte segura en vida. Esperando siempre que alguien, fundamentalmente bueno, los recoja y los atienda con caridad bien entendida. En tierra, mar ó aire. Eso sí, con una etiqueta en la espalda de cada uno: “¡Atención, mercancía muy frágil!”, que les asegure seguir viviendo en esta sociedad del bienestar ó malestar y de lectura sencillamente imposible.

Sevilla, 22/VII/2006

Kathakali

He finalizado la lectura de un libro iniciático en la cultura india, muy próximo a la realidad de Kerala, que me autoimpuse como disciplina lectora por el respeto que debo a India y su forma de comprender la vida rodeada de microsecretos que tarde o temprano acaban desvelándose. Lo citaba en mi artículo de 25/VI/2006, Namasté, donde reflejaba la odisea que solo había comenzado en el hallazgo de un rito de aproximación personal. He descubierto la riqueza de los sentimientos indios a través de una danza, kathakali, con nueve formas de expresar la interpretación de estados afectivos con vocación de permanencia en la vida personal: amor, desprecio, pena, furia, valor, miedo, asco, asombro y distanciamiento. Y creo que solo se puede traducir en aproximaciones a sus significados si hubiéramos tenido la suerte de haber nacido allí, para crecer en la dignidad austera de un fuego con hojas secas de cocotero, agua perfumada y aroma de jazmines, sabiendo que el amor se vive solo en el presente y que la cara sabe reflejar de forma excelente las mudanzas del corazón.

A través de esta danza ancestral, he aprendido a desarrollar la inteligencia del respeto a la vida y a sus circunstancias. Las nueve navarasas (estados emocionales) citadas anteriormente, son la quintaesencia de la danza kathakali, donde mimo, danza y música se funden en el respeto a la memoria histórica de una cultura.  La lectura me ha incorporado a un lugar de ensayo virtual (kalari), donde el maestro de danza (kalamandalam) me ha llevado de la mano para iniciar unos tímidos pasos en la mirada penetrante (noku) de un actor caracterizado especialmente para seguir admirándome de todas las cosas, tal y como lo aprendí de Aristóteles en mi adolescencia.

“Las nueve caras del corazón”, sentidas por Anita Nair,  brinda una oportunidad de conocer una cultura milenaria, con una riqueza contextual que no es la que se transmite a veces de un país, India, que enseña a respetar la dialéctica de tradición y progreso, sin menospreciar aquello que ennoblece el día a día de la vida humana, en cualquier rincón del mundo.

Sevilla, 19/VII/2006

La NASA reconoce la inteligencia española

A las 3.50 horas de hoy, saltaba la noticia al mundo de agencias sobre algo que nos concierne en la preocupación existencial sobre el origen de la vida: “La NASA ha encargado al Centro de Astrobiología (CAB) de Madrid la estación meteorológica con la que contará el laboratorio robotizado que enviará a Marte en el año 2009 para averiguar si el planeta rojo tuvo en el pasado condiciones para la vida y si todavía las tiene”. Y este Centro, dirigido por una persona apasionante sobre la que escribí algunas impresiones el pasado 27/V/2006, el Profesor Juan Pérez Mercader, con su mochila de conocimientos científicos al hombro, tal y como le saludé por primera vez en El Rompido (Huelva), el 25 de mayo pasado, entregará al mundo su inteligencia conectiva para desentrañar las claves de los interrogantes que nos pueden ayudar a prepararnos para lo que viene.

Entre tanta noticia de catástrofes psicológicas y sociales, donde el dolor de los débiles son siempre portada gratuita de una sociedad que cambia rápidamente de canal para que no nos amarguen la sobremesa y la tarde, porque los responsables son siempre “los otros”, noticias como la del reconocimiento al Centro de Astrobiología de Madrid son una bocanada de recuperación de la credibilidad en el ser humano, en su inteligencia creadora con proyección digital.

Solo quería agradecer al profesor Juan Pérez Mercader esta contribución. Probablemente no era la noticia del día, pero quién sabe si será la del mañana próximo, cuando determinados informes de ese laboratorio en Marte nos ayuden a desvelar que no podemos seguir viviendo y pensando como hasta este aquí y este ahora. Y el profesor Pérez Mercader nos contará con su sencillez abrumadora que cuando un día se despertó a la ciencia, la vida en Marte ya estaba allí. Como nos lo contaría Augusto Monterroso en su brevedad creadora. Porque entre las habilidades del profesor Pérez Mercader está la de escribir “cuentos científicos” para la humanidad: “érase una vez un accidente congelado en la evolución del universo”…

Sevilla, 16/VII/2006

Antonio López

Ayer sentí la necesidad de retomar la copia que estoy haciendo de un dibujo de Antonio López que me fascinó desde que conocí su existencia. Es una instantánea de la casa de su tío Antonio López Torres, en Tomelloso (Ciudad Real), que juega admirablemente con la luz a pesar de los claroscuros del conjunto y que está fechada en 1972-1975, como muestra de su laborioso realismo onírico. Trabajé mucho las tulipas de la lámpara, el cableado difuso de la pared, la puerta abierta, el negro distante del mueble platero y la difícil composición geométrica de la solería de las habitaciones contiguas. Desde hace un año y tres meses no he vuelto a coger el lápiz, la regla para medir las proporciones de cada loseta, la goma impertérrita, el papel de seda que cubre el dibujo en potencia, hecho con dedicación para mi hijo Marcos, al que quiero ofrecerle un trabajo concienzudo, serio, trazado en horas de dedicación a él, como símbolo de una vida llena de contrapuntos diarios por la propia contradicción de vivir contracorriente, pero con pasos hacia delante, tal y como los dibuja Antonio López en el paso firme de su tío Antonio.

Ayer sentí la necesidad de continuar la obra iniciada. Un reportaje precioso en el suplemento “Domingo” de mi periódico de cabecera, El País, “El hombre que dio el pincel a Antonio López”, llamó a una puerta de mi cerebro para recordarme que tenía una tarea pendiente: culminar un dibujo de Antonio López en homenaje a su tío Antonio López Torres, mentor y maestro, el luchador solitario, tal y como lo definió el lunes 26 de junio, al recibir el Premio Velázquez de Artes Plásticas, por toda su obra, en la sala Velázquez del Museo del Prado. Por un lado me permite hacer también un homenaje a tío y sobrino, con la humildad de un lápiz Staedler HB2, de una goma Rotring rapid-eraser B20 y lo más maravilloso, de una hoja de papel holandés Van Gogh (Talens), sin impurezas de madera, de 30×42 centímetros y de 160 gramos por metro cuadrado. Por otro, me permite estar cerca de la inteligencia creadora y sencilla en la que creo firmemente aunque a veces tenga que dibujarla en vida.

Sevilla, 3/VII/2006

Libros al peso

¡Me lo temía!. Acabo de tener una experiencia que solo la concebía en la ficción. En una gran superficie, tal y como se denominan eufemísticamente hoy los palacios del consumo de la alimentación programada por otros (hiper y supermercados), me he encontrado con la noticia del día segundo de rebajas: ¡Libros al peso!. He curioseado la oferta y en el centro de cuatro soportes que contenían libros descatalogados, estaba una mesa con un peso, donde podías servirte los libros ofertados, pesarlos y ponerles etiqueta con el precio exacto. Hoy estaban los libros a 12 y 15 euros el kilo… (supongo que porque estamos en temporada baja).

La verdad es que con este tipo de experiencias ya ha alcanzado el libro “sus más altas cotas de la miseria”, que diría Groucho Marx. Ya es mercancía total, que era de lo que se trataba en parte del gremio de editores, distribuidores y demás miembros de este círculo mercantil. Sus valores intrínsecos de lectura, cuidado de edición, contenido ajustado a la relación calidad-precio, portador de ideas y libertades al generar conocimiento, ha quedado absorbido por los valores inapelables del mercado convirtiéndose en la mercancía perfecta. El siguiente paso y si no al tiempo, será ampliar la oferta por necesidades detectadas. Por ejemplo, nos tendremos que ir acostumbrando a contemplar los siguientes reclamos: ¡cuarta y mitad de poesía, sólo por cinco euros!, ¡medio kilo de historia, por sólo seis euros!, ¡un kilo de ensayo, quince euros!, indudablemente en este caso, por aquello de la dificultad inherente a su extracción, porque no es lo mismo las labores de “pesca mercantil” en las piscifactorías de ideas, que trabajar en el mar abierto de la inteligencia creadora, es decir, García Márquez, José Antonio Marina, Hawkins ó Sánchez Ron…

Y después vendrán las campañas complementarias: junto al lote de poesía, se regalará un spray para quitar el polvo a las estanterías y si lo complementas con historia, te regalarán un plumero abatible “para entrar hasta el último rincón de tu biblioteca”. Supe, por cierto, de una folklórica de este país, muy afamada en el mundo cañí, que confesaba su predilección por la compras de lomos de libros, en color, por metros, con predilección por los de las “Biblias”, para dar un sello de distinción a los recibidores de las casas. Tengo que confesar de nuevo, con Groucho, que “el futuro ya no es lo que era”, aunque hoy me conformo con no confesar las características del fondo de mi biblioteca no vaya a ser que lo conozca un mercenario de los libros y me ofrezca una cantidad tan suculenta que después me encuentre “El arte de amar” de Erich Fromm, que tanto me ayudó a crecer ideológicamente, en la última oferta sobre “libros de autoayuda” en este hipermercado: “¡lo último: arregle su vida por solo un euro!”. Saben por qué sé el precio, porque mi libro de Fromm pesa exactamente cien gramos y hoy la oferta más baja estaba a diez euros el kilo. Me imagino que a los que han tenido la feliz idea de introducir esta línea de venta, no han visto a Fromm por ninguna parte, ni saben quién es. Eso es lo que siento, como triste metáfora de la vida, porque lo que debería ser un derecho de autor y de propiedad intelectual, protegido hasta el final de la vida del libro, se convierte en mercancía pura y dura para liquidar fondos que son una rémora para las editoriales.

Pienso, fríamente, si este tipo de acciones deberían estar reguladas por la ética intelectual y cultural de un país y promover que antes de ser vendidas las ideas al peso, pudieran formar parte de bibliotecas de países y escuelas de nuestros pueblos andaluces, por ejemplo, que no tienen, en algunos casos, casi nada. Idealismo, lo llaman algunas y algunos. Respeto y sensibilidad con la inteligencia de cada uno, lo llamamos otros. Y si pudieran distribuirse en ciclos de comercio justo, mejor. Además, Carrefour no se arruinaría…, si lo pensara dos veces, porque de acuerdo con su eslogan actual “con ellos es posible”.

Sevilla, 2/VII/2006, segundo día de las Rebajas

Namasté

Desde el viernes pasado estoy intentando comprender el significado de esta palabra: “¡Namasté a usted!”. Así comenzaba la carta que hemos recibido de una persona a la que queremos mucho, en India. Se llama Sukanya, tiene 11 años y pretende ser una mujer nueva, diferente, comprometida con la revolución social de la mujer en un país que convive con siglos de historia, marcado por el imperio de las castas y que sabe lo importante que es estudiar y adquirir conocimiento para cambiar el estado de su arte y parte. Sukanya empezaba su carta con esta preciosa palabra, en lengua indi, que significa: “me inclino ante ti/hago una reverencia a la persona que hay en ti”, junto a una expresión corporal íntimamente unida a la palabra: se juntan las palmas de las manos y se hace una leve inclinación con el tronco hacia delante. ¡Namasté!.

Ayer comencé la lectura de un libro que descubrí en una recensión reciente, “Las nueve caras del corazón” (Alfaguara, 2006) y que me suscitó interés y curiosidad por la cultura india. Leí una entrevista a su autora, Anita Nair y desde ese momento me cautivó el contenido de una obra de más de quinientas páginas, pero que va a suponer un reto para descubrir la cultura india, máxime cuando estoy intentando conocer el mundo en el que vive Sukanya. Y mi sorpresa fue mayúscula, cuando a la altura de la página 14 del libro, me encontré con la palabra “Namasté”  y en el siguiente diálogo:

“Extendió la mano en su dirección, al mismo tiempo que él juntaba las suyas en un gesto de namaste, como sugería su guía turística que debía hacer para saludar a las mujeres en la India”.

Estoy aprendiendo muchas cosas de Sukanya y esta pequeña ocasión me ha abierto los ojos a una realidad que hace visible el respeto por las culturas diferentes a la tuya y por la carga afectiva que siempre tienen, así como una lección permanente de simbolismo histórico vinculado a la vida. Nos cuenta en su carta que ha aprobado el quinto curso, que estudia sexto pero que tiene que andar dos kilómetros todos los días para ir a la escuela, que el verano ya ha pasado y que “tuvieron muchas frutas de mango”, pero que se acercan las lluvias y los campesinos están arando la tierra…  Y con expresiones de afecto se despide. El mismo texto, en hindi, aparece a la izquierda de la carta. Su organizador la ha traducido y veo con detalle sus expresiones en grafía original, hindi, desgraciadamente ininteligibles ahora.

He llegado a la página 148 del libro de Anita Nair cuando escribo estas líneas y estoy seguro que la lectura en paralelo de la realidad de un resort cercano a Kerala, junto al río Nila y la de Mallela, la aldea de 104 familias, donde vive Sukanya, en Anantapur, me van a ayudar a descifrar realidades mágicas de India. He aprendido en las últimas veinticuatro horas que la alondra encrestada, la vanampaadi, permite convertir las necesidades en palabras. Al fin y al cabo, amor a lo desconocido, como una de las caras del amor que me enseña Anita Nair, en la primera expresión del kathakali, representación teatral a la que se incorporan danzas indias que tuve el honor de conocer por primera vez de la mano de Franco Battiato cuando vivía en Roma, en el año 1976 y que es un prodigio en la escenificación de una historia de vida.

¡Namasté, a ti!, que lees estas reflexiones en un pequeño rincón del planeta. Con su fuerza y valor de lo ya conocido.

Sevilla, 25/VI/2006

Género y vida

El primer diario: 21/2/1959

Es probable que fuera un día cualquiera. Pero cuando lo he vuelto a coger en mis manos, he sentido algo especial, algo que hace muy importante la intrahistoria personal. Esta fecha era la premonición de lo que hoy se llama “cuaderno de bitácora”. En la portada, aparece la siguiente frase: ”Cuaderno de” y una raya inferior para rellenar a mano. A mis once años, puse con letra firme, a pluma, con tinta azul, la palabra mágica, que suponía el camino iniciático hacia el interior, hacia la persona de secreto: “Diario”.

Efectivamente, a esa edad comencé a escribir mi primer diario. Está fechado en Madrid, un lugar recurrente en mi vida y muy querido. Era domingo. Es probable que estuviera afectado por una de las dos películas que vi en el Cine “Oraá” en la sesión de tarde: “El gran jefe” (1955) y “El diario de Ana Frank” (1959), de estreno riguroso. La experiencia de aquellas tardes, en una sesión continua, interminable, te predisponía a ser amante del arte cinematógrafico o enemigo implacable. Por hastío o por aprendizaje querido. Afortunadamente, por lo primero, en mi caso. Y aquellos actores, los protagonistas, Victor Mature y Millie Perkins, tan distantes entre sí, caminando en vidas tan dispares, empezaban a dar forma a una forma de ser en el mundo. En el caso de Victor Mature o “Caballo Loco”, porque ya sabía que tendría que luchar siempre con indios en el camino, los nuevos sioux, aunque después saliera de las peleas de la vida como el protagonista, sin que se me hubiera movido el “tupé” y sin una sola arruga en el traje (como le pasaba siempre a Errol Flynn). En el segundo caso, Millie Perkins o Ana Frank, porque la coherencia, el compromiso personal, hace que vivas como en otro mundo, equivocado de siglo, perseguido en aquellos años por la falta de libertad y buscando escribir algo que he vuelto a leer hoy con atención, en una perfecta letra cursiva: “tendré que seguir soportando que me regañen hasta que encuentre un día mi libertad”. Es curioso, pero taché las cinco últimas palabras hasta hacerlas casi ilegibles.

Tengo que reconocer que me impactó mucho aquella película, en la que la azarosa vida de una adolescente me hizo optar ya por compromisos adecuados a la edad. Por eso volví a casa, cogí mi querida pluma “Parker”, de capuchón de acero, con plumín de oro, la cargué con tinta suficiente, en este caso de un tintero de cristal de marca “Pelikan” y me puse a fijar la vida de aquel momento en un cuaderno pequeño, de unas medidas especiales, 15,3 x 10,5, con una portadilla con greca diferenciadora para uso de un Colegio de la época, cosido con una sola grapa, al centro y de una sola raya.

He leído sus páginas muchas veces, en diferentes ciclos de la vida, y siempre las he interpretado de forma idéntica porque era una realidad incuestionable la necesidad de escribir, de volcar en la hoja en blanco aquello que sentía y vivía por la aceras de la calle Narváez, donde viví muchos años. Supe, posteriormente, que el conocimiento de sí mismo era una máxima que se había localizado en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos. Y en Grecia tenían razón.

Ayer, cuando abrí un regalo que me enviaron desde Madrid, que contenía una pluma A. G. Spalding & Bross, 520 Fifth Avenue, Nueva York, supe que mi destino me hace encontrar siempre el recuerdo mucho más cerca de lo que un día me permitió saber más de mi persona de todos y de secreto, iniciándome en una escritura que dibujaba en el papel sueños de aventura hacia alguna parte. Aunque tuviera que dejar siempre su sitio a Ana Frank, por aquella frase última de su diario leída por su padre y que, en mi caso, todavía no he sabido escribir e interpretar con una estilográfica querida y nueva, sabiendo que a mis once años, me había dejado boquiabierto en aquél sillón de entresuelo de un cine de barrio, soportando en mi hombro la cabeza dormida de mi amigo Chete: “A pesar de todo lo ocurrido, sigo pensando que la gente es, de verdad, buena de corazón”. The end.

Sevilla, 23/VI/2006

Funcionarias y funcionarios: inteligencia pública

Ayer fue un día muy importante en mi carrera profesional, al incorporarme como funcionario de carrera a la Administración de la Junta de Andalucía. Al mismo tiempo, fue un día muy normal porque esta nueva situación administrativa vino a reforzar -una vez más- mi creencia en la función pública, con independencia del rol que ocupe en mi “cada día” público. No sabía qué regalar a Andalucía por tanto como me ha dado para aprender a aprender de la función pública y hoy, aprovechando que tenía tiempo de silencio, he preparado este artículo sobre el nuevo borrador del anteproyecto de Ley del Estatuto Básico del Empleado Público, firmado por el Gobierno junto a los representantes sindicales el pasado 13 de junio, como premonición de lo que viene y que tanto he defendido, como una ventana que se abre para que pueda entrar viento fresco para las empleadas y empleados públicos, del Sur, si es posible…

A Blanca, la protagonista de una novela entrañable de Antonio Muñoz Molina, En ausencia de Blanca, no le gustaba pronunciar la palabra “funcionario”, aludiendo a Mario, su marido. Cuando Blanca quería referirse a las personas que más detestaba, las rutinarias, las monótonas, las incapaces de cualquier rasgo de imaginación, decía: “son funcionarios mentales”. Cuando en una ocasión vi aquel chiste de Forges, en el que aparecían tres presuntos funcionarios echados hacia atrás en sus sillones, con las manos cruzadas en la nuca y diciendo: “se me abren las carnes cada vez que me dicen que me tengo que ir de vacaciones…”, me pregunté el porqué de estas interpretaciones de la calle. Sin comentarios.

Como empleado público, he crecido junto a la reiterada referencia a Larra, ¡vuelva usted mañana!, en todos los años de dedicación plena a la función pública: educativa, sanitaria y tributaria, construyendo en contrapartida lo que llamaba “segundos de credibilidad pública”. Me ha pesado mucho la baja autoestima, ¿larriana?, que se percibe en el seno de la Administración Pública por una situación vergonzante que muchas veces no coincide con la realidad, porque desde dentro de la misma Administración hay manifestaciones larvadas, latentes y manifiestas (valga la redundancia) de un “¡hasta aquí hemos llegado!” por parte de empleadas y empleados públicos excelentes, que tienen que convivir a diario con otras empleadas y empleados públicos que reproducen hasta la saciedad a Larra (a veces, digitalizado y todo) y que hacen polvo la imagen auténtica y verdadera que existe también en la trastienda pública. Y muchas empleadas y empleados públicos piensan que la batalla está perdida, unos por la llamada “politización” de la función pública, olvidando por cierto que la responsabilidad sobre la Administración Pública es siempre del Gobierno correspondiente, y otros porque piensan que el actual diseño legislativo de la función pública acusa el paso de los años y que la entrada en tromba de las diferentes Administraciones Públicas de las Comunidades Autónomas, obligan a una difícil convivencia de la legislación sustantiva sobre el particular con las llamadas “peculiaridades” de cada territorio autónomo.

Aplicando el principio de realidad a esta situación, hace tiempo que vengo investigando la quintaesencia del empleo público, es decir, la función pública en sí misma, a sabiendas de que es una materia denostada en muchos ambientes sociales por el mal cartel que tiene proclamar a los cuatro vientos la identidad funcionarial, pero de marcado interés social por el impacto en el devenir diario de un Estado, de una Comunidad Autónoma o de una entidad local menor. A partir de esta línea, solo voy a referirme a la función pública desde la perspectiva de empleadas y empleados públicos, portadores y generadores de inteligencia también pública, para identificar así a aquellas personas que cumplen el principio constitucional de que el régimen general del empleo público en nuestro país es el funcionarial, como elemento garantista de la propia función pública, mediante empleo público de cualquier naturaleza, en relación con la ciudadanía.

En esta ocasión científica, se está fraguando un nuevo marco jurídico-administrativo que ofrece unas oportunidades extraordinarias, innovadoras y progresistas, también posibilistas, que desgraciadamente está pasando muy desapercibido para la sociedad española y andaluza. Se trata del borrador del anteproyecto de Ley del Estatuto Básico del Empleado Público, cuyo contenido ha sido consensuado y firmado el pasado 13 de junio entre el Gobierno y los sindicatos más representativos en las Administraciones Públicas. Tal y como se ha anunciado oficialmente, este Estatuto fija unas normas y derechos básicos para todos los empleados públicos, como el derecho a la negociación colectiva, una nueva estructura retributiva (ligada a la productividad y los rendimientos), nuevos modelos de promoción profesional, mejora de las normas de acceso y de la formación, así como la inclusión de medidas para reducir la temporalidad.

He leído este documento atentamente y creo que ofrece un futuro de cambio que habrá que gestionar adecuadamente, aceptando las dificultades intrínsecas que todavía tendrá que sufrir en el trámite parlamentario una vez aprobado el citado anteproyecto por el Gobierno. El texto que se ha presentado oficialmente y que, indudablemente, sufrirá cambios en su travesía del desierto que mantienen seco los agoreros de la contrainteligencia social, ofrece unas novedades que voy a resaltar introduciendo inteligencia aplicada a este análisis posibilista y realista, al tener ya sustento legal y permisivo para aceptar la realidad de la función pública en las Comunidades Autónomas. Hay que comenzar por la “exposición de motivos”, porque es donde se manifiesta la voluntad del legislador. Personalmente, es la parte que suelo estudiar con más detenimiento de las disposiciones de la Administración, porque normalmente el articulado se olvida y lo que suele ser materia recurrente en el conocimiento de la legislación vigente y sobre todo ésta que pertenece al género sustantivo, es la visión completa sobre lo que se desea legislar en el sentido más pleno y técnico del término, que solo se encuentra en la motivación fundada del texto en cuestión.

La frase introductoria de esta exposición de motivos es una declaración en toda regla de base constitucional, sustentada por el Artículo 103 de la misma, sobre todo en un alarde de inteligencia pública de la sociedad española en 1978 al no dedicar más que un artículo al difícil entramado que sustenta la función pública:  “El Estatuto Básico del Empleado Público establece los principios generales aplicables al conjunto de las relaciones de empleo público, empezando por el de servicio a los ciudadanos y al interés general, ya que la finalidad primordial de cualquier reforma en esta materia debe ser mejorar la calidad de los servicios que el ciudadano recibe de la Administración”. La Constitución hablaba de servicio objetivo a los “intereses generales”, no a los propios del aparato administrativo, de cinco principios que deberíamos grabar en letras de oro en la entrada de cada edificio, despacho y oficinas, de base pública: eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, y del sometimiento pleno a la ley y al Derecho.

Continúa esta exposición con una aclaración que acaba con el concepto monopolístico que divide hoy dos realidades en el seno de la función pública: el universo de los funcionarios y el de los laborales. Por una vez, se va a clarificar que el denominador común es el servicio a los ciudadanos, en términos de calidad percibida y sentida, con independencia de las señas de identidad funcionarial y laboral: lo único que ya debe importar es la función pública que se desempeñe por parte de empleadas y empleados públicos. Lo demás, son cuitas de trastienda pública que se deben resolver en el seno de las propias Administraciones, cuando salga a la luz el texto definitivo. Este texto abre posibilidades luego, en el articulado, para que se establezcan los auténticos factores de convergencia para que las señas de identidad sean únicas, para no volver loca a la ciudadanía. Por cierto, el texto necesita pasar por el análisis de la utilización del lenguaje no sexista para demostrar otra evidencia de opción por el cambio, dado que no es excesivamente cuidadoso al respecto.

Se aborda el poder de atracción (así) de la Administración de los profesionales que necesita de acuerdo con los “tiempos modernos” y para ello “la legislación básica de la función pública debe crear el marco normativo que garantice la selección y la carrera sobre la base de los criterios constitucionales de mérito y capacidad y que establezca un justo equilibrio entre derechos y responsabilidades de los empleados públicos. Además, la legislación básica ha de prever los instrumentos que faculten a las diferentes Administraciones para la planificación y ordenación de sus efectivos y la utilización más eficiente de los mismos”. Es excelente seguir contando con la Constitución para entrar en materia: comienza a preocupar y mucho para poder atraer a la función pública, la correcta selección, tan discutida en la actualidad, donde solo se prima la memoria (que no es toda la inteligencia posible y deseable a demostrar), la traída y llevada carrera profesional, tan inflamada de “cursitis” en los momentos actuales y de “antigüedad”, que solo con citarla ya pone en evidencia estos tiempos que corren. Ser antiguo no debe ser un mérito. Ser responsable durante mucho tiempo (así habría que medir la dichosa antigüedad) como empleada o empleado público sí debe ser un mérito a demostrar y valorar suficientemente. Sobre capacidad hay mucho que hablar, porque no nos ponemos de acuerdo sobre ella ni siquiera en el ámbito científico y creo que en ella está el secreto de la reforma de este Estatuto, es decir, en la inteligencia de proyección pública. Sobre estos cuatro conceptos, selección, carrera, mérito y capacidad, habría que abrir un debate con carácter de urgencia y un buen medio sería un foro público para crear teoría científica en consonancia con el debate parlamentario y que pudiera ser un buen observatorio democrático sobre una cuestión de Estado y que afecta a toda la ciudadanía y no solo a los dos millones y medio de empleadas y empleados públicos presuntamente implicados.

Se trata a continuación de la realidad de las empleadas y empleados públicos que trabajan en un territorio central, autonómico o local, deduciéndose del planteamiento que se presenta que no puede haber una carta con un solo plato o café para todos. Debe haber una legislación básica, sustantiva sobre derechos y deberes fundamentales en el servicio público, pero la idiosincrasia de cada uno de los tres niveles de Administración debe establecer su “política” de personal. Creo que se acierta con este planteamiento. Conozco bien la política de personal de un Organismo Autónomo en el que he trabajado durante media vida y sé de sus bondades, aciertos y fracasos, pero de lo que no hay ninguna duda es de su voluntad de adaptar la realidad de los profesionales de la función pública concreta a la realidad, también, de la gestión que hay que desempeñar y que espera la ciudadanía. Esa es la cuestión. Y a esto se le llama “política de personal”, que cuando se une a la “política de gestión”, en forma de “contrato-programa”, por ejemplo, el éxito está servido.

Cuando aborda, a continuación, la fragmentación de la función pública, que es buena en sí, porque atiende la especialización de la misma en atención a los requerimientos que la propia sociedad impone en la demanda de servicios, vuelve a tratar el tema recurrente de la dualidad de regímenes (funcionarial y laboral) en el seno del empleo público, con la aparición sistemática de la legislación laboral como entorno en el que se está desenvolviendo de forma creciente la función pública, a pesar del imperativo categórico al que hacíamos alusión al principio en relación con el régimen general del empleo público: “Esta diversidad de organizaciones ha contribuido igualmente a la heterogeneidad actual de los regímenes de empleo público. La correcta ordenación de este último requiere soluciones en parte diferentes en unos y otros sectores y, por eso, la legislación general básica no puede constituir un obstáculo ni un factor de rigidez. Antes al contrario, ha de facilitar e impulsar las reformas que sean necesarias para la modernización administrativa en todos los ámbitos”. Y fundamenta esta aparente inclinación de la balanza, sin que tengamos que tildarlo de grito guerrero “¡a por ellos!”, en la siguiente aseveración de principios: “La flexibilidad que este régimen legal (el laboral) introduce en el empleo público y su mayor proximidad a los criterios de gestión de la empresa privada explican la preferencia por él en determinadas áreas de la Administración”. Y como existen problemas reales y más que van a venir, porque se establecen competencias en el sentido más primigenio de competitividad, el anteproyecto entra en materia y regula aspectos marco para dos realidades que están obligatoriamente obligadas a entenderse y que están en camino de no retorno.

Un claro ejemplo de trasvase de “calidades intrínsecas” que se intercambian a diario y que puede ser un factor de convergencia, tan necesaria en la actualidad, es el de la negociación colectiva del personal al servicio de las Administraciones públicas, porque aunque ahora está separada para uno y otro tipo de personal hasta este momento, ha tenido como consecuencia una creciente aproximación de las condiciones de empleo que les afectan. Aparece la temida, a veces, negociación colectiva, por qué no unitaria, de todas las empleadas y empleados, públicos: “La negociación colectiva de los funcionarios públicos y del personal laboral, en los términos que contempla el presente Estatuto, habrá de contribuir finalmente a concretar las condiciones de empleo de todo el personal al servicio de la Administración, como ya sucede en la actualidad”.

Iniciada la negociación colectiva, aparece la declaración de principios que deben sustentar el empleo público: “Se empieza por un conjunto de principios generales exigibles a quienes son empleados públicos. A continuación se incluye un listado de derechos básicos y comunes de los empleados públicos, diferenciando eso sí el más específico derecho de los funcionarios de carrera a la inamovilidad en su condición, que no debe contemplarse como un privilegio corporativo sino como la garantía más importante de su imparcialidad. El Estatuto actualiza ese catálogo de derechos, distinguiendo entre los de carácter individual y los derechos colectivos, e incorporando a los más tradicionales otros de reciente reconocimiento, como los relativos a la objetividad y transparencia de los sistemas de evaluación, al respeto de su intimidad personal, especialmente frente al acoso sexual o moral, y a la conciliación de la vida personal, familiar y laboral”. La nueva concepción de inamovilidad de la condición de “funcionario”, la evaluación continua como herramienta de gestión propia y asociada y factor determinante de la productividad y la proyección económica que indudablemente debe llevar aparejada, la intimidad y la conciliación de la realidad social de cada empleada y empleado público son incorporaciones novedosas sobre las que queda mucho trabajo de conceptualización y fijación de términos correctos y comprensibles para el nuevo empleo público.

Los que defendemos la cultura del deber público, de la ética pública declarada y publicada, acogemos con gran satisfacción la regulación general de los deberes básicos de los empleados públicos, “fundada en principios éticos y reglas de comportamiento, que constituye un auténtico código de conducta. Estas reglas se incluyen en el Estatuto con finalidad pedagógica y orientadora, pero también como límite de las actividades lícitas, cuya infracción puede tener consecuencias disciplinarias. Pues la condición de empleado público no sólo comporta derechos, sino también una especial responsabilidad y obligaciones específicas para con los ciudadanos, la propia Administración y las necesidades del servicio. Este servicio público, se asienta sobre un conjunto de valores propios, sobre una específica “cultura” de lo público que, lejos de ser incompatible con las demandas de mayor eficiencia y productividad, es preciso mantener y tutelar, hoy como ayer”. Está muy bien expresada la voluntad del legislador al respecto y es un acierto introducir la conceptualización del constructo “cultura de lo público” que tendrá que contrarrestar el estado del arte actual de lo que siente la ciudadanía respecto del servicio público, quizá bien valorado en servicios directos, como pueda ser el de salud, pero muy criticado en otros ámbitos administrativos y de gestión donde interviene mucho la denostada “burocracia” con tintes de Larra.

Una novedad que va a causar mucho impacto es la aparición de la función directiva en el empleo público. Lo considero un acierto total, porque la profesionalización de la función directiva, demostrada su eficiencia y eficacia en la gestión, permitirá desenmascarar la crítica larvada sobre el clientelismo en los puestos directivos de la Administración, en general. El personal directivo “está llamado a constituir en el futuro un factor decisivo de modernización administrativa, puesto que su gestión profesional se somete a criterios de eficacia y eficiencia, responsabilidad y control de resultados en función de los objetivos. Aunque por fortuna, no han faltado en nuestras Administraciones funcionarios y otros servidores públicos dotados de capacidad y formación directiva, conviene avanzar decididamente en el reconocimiento legal de esta clase de personal, como ya sucede en la mayoría de los países vecinos”.

Otro cambio contemplado en el texto de referencia es el referido a la clasificación de los “funcionarios”, al establecerse “dos grupos de clasificación, uno para los administradores y facultativos y otro de carácter ejecutivo, divididos a su vez en dos subgrupos, lo que deberá hacer más fácil la promoción dentro de cada grupo. Asimismo se ha previsto la existencia de un grupo de ayudantes, a los que no se exigirá titulación”. Más adelante, en la ordenación y organización del empleo público, que no es lo mismo, el texto abre muchas posibilidades a las “peculiaridades” de las Comunidades Autónomas y a la propia Administración Local: “Sobre la base de unos principios y orientaciones muy flexibles, la ley remite a las leyes de desarrollo y a los órganos de gobierno correspondientes el conjunto de decisiones que habrán de configurar el empleo público en cada Administración”, incluso en sistemas retributivos en los que una vez salvado lo sustantivo, como no puede ser de otra manera, se podrá “caracterizar” la evaluación del desempeño y el rendimiento real, efectivo, medible y valorable, con objetividad científica, rompiendo el principio de “café para todos”.

Sobre el acceso al empleo público se pretende garantizar la aplicación de los principios de igualdad, mérito y capacidad, así como la transparencia de los procesos selectivos y su agilidad, sin que esto último menoscabe la objetividad de la selección. Este apartado debería desarrollarse con mucho más detalle conceptual, para evitar errores del pasado. La paridad de género es una novedad plena sobre lo que conocemos, en consonancia con la sensibilidad actual respecto del ordenamiento que garantice la igualdad real entre hombres y mujeres. En relación con la carrera profesional, se abre también una ventana de modernidad no trasnochada al incorporar conceptos tales como desarrollo de las competencias, rendimiento profesional, evaluación del desempeño, porque como dice textualmente el anteproyecto, “resulta injusto y contrario a la eficiencia que se dispense el mismo trato a todos los empleados, cualquiera que sea su rendimiento y su actitud ante el servicio”.

Al contemplar la convivencia pacífica de la carrera horizontal con la vertical, se ofrecen garantías de la no movilidad de puesto en virtud de concursos que han demostrado inferir a la Administración cambios traumáticos con una cadencia temporal que hace enfrentar intereses internos y externos, tanto de la propia Administración, como de sus efectivos reales, resultando siempre dañada y afectada la ciudadanía, gran olvidada en la situación actual, donde todo puede ser legítimo, pero no conveniente para garantizar servicios como demandante principal de ellos. En la actualidad, todo está tan “bien” diseñado desde la “política pública de personal” que los únicos que sobran, a veces, son las ciudadanas y ciudadanos, “ignorantes molestos” en frase de Hans Magnus Enzesberger. El “cambiar” continuamente por un mal diseño de lo que existe, se va a acabar. Gran novedad.

El legislador se atreve a hacer afirmaciones contundentes respaldadas luego por el articulado, pero que responde a un clamor popular: “la continuidad misma del funcionario en su puesto de trabajo alcanzado por concurso se ha de hacer depender de la evaluación positiva de su desempeño, pues hoy resulta ya socialmente inaceptable que se consoliden con carácter vitalicio derechos y posiciones profesionales por aquellos que, eventualmente, no atiendan satisfactoriamente a sus responsabilidades”. ¿Quién niega esta realidad social?. En los corrillos de las empleadas y empleados públicos, funcionalmente correctos, se reconoce que este carácter vitalicio se tiene que acabar. Quizá es un buen camino el que se traza, porque quizá ha sido la propia Administración la que muchas veces ha creado sus propios monstruos, dicho con todo el respeto. A ella compete solucionarlo y este texto aborda el problema, que no es poco, arbitrando también pautas de conducta pública muy taxativas.

No he pretendido ser exhaustivo y mi recomendación sincera, para construir tejido crítico público y responsable, es leer el texto original, completo, cuantas veces sea necesario para comprenderlo y dejar de hablar de memoria, creciendo todos en teoría crítica, para evaluarlo, emitiendo juicios bien informados, que es la esencia de la inteligencia cuando se abre a la actividad pública. La declaración de motivos termina con una confesión de “mala conciencia” histórica, pero que conviene aprovecharla en lo bueno que ha tenido y pensar que otra Administración es posible, porque la reforma, el cambio de la regulación del estatuto de empleo público se ha intentado muchas veces: “y así se lleva a cabo definitivamente mediante el presente texto, que ha sido elaborado tras un intenso período de estudio y reflexión, encomendado a la Comisión de expertos constituida al efecto y tras un no menos sostenido proceso de discusión y diálogo con los representantes de las Comunidades Autónomas y de otras Administraciones y con los agentes sociales y organizaciones profesionales interesadas. De uno y otro se deduce la existencia de un consenso generalizado a favor de la reforma y numerosas coincidencias sobre el análisis de los problemas que hay que resolver y acerca de las líneas maestras a las que dicha reforma debe ajustarse”.

Sevilla, 15/VI/2006