La maravillosa aventura de leer

Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Sevilla, 25/I/2021

Uno de los placeres más útiles, en el código ético de Nuccio Ordine, es el de la lectura. Así lo confirma también una escritora extraordinaria, Irene Vallejo, en su libro canónico “El infinito en un junco”, que recomiendo leer en un acto de agradecimiento reverencial a la historia de los libros: “Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto” (1). Es excelente esta descripción pero tenemos que pensar que en la historia de los libros, leer no siempre ha sido así. Esta es su grandeza actual.

Las personas que hojean este cuaderno digital y leen sus páginas de navegación en busca de islas desconocidas, saben que considero la lectura como el arte para vivir, para aprender a leer las señales de la vida, porque hablar y escribir es solo cosa de personas. Leer, igual. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones, de forma indisoluble, en relación con lo que nuestro cerebro lee. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

En alguna ocasión he manifestado que España es un país de bares, que no de librerías, porque la lectura no es una tarea habitual para millones de ciudadanos que lo habitan. Además, la mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, por ejemplo, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

He comprendido muy bien el interés de Irene Vallejo por ilusionarnos con la lectura, retirándome por unos momentos, al preparar estas líneas, “a una habitación interior” donde me han hablado personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para mi (en este caso, Federico García Lorca, Nuccio Ordine, Irene Vallejo y Alberto Manguel, entre otros autores) y donde el tiempo pasa al compás de mi interés por escribir de la mejor forma posible, porque comprender y compartir lo que leo es bello y la mejor vacuna contra los males del alma.

(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela, p. 60s.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Cuando desperté, la covid-19 todavía estaba aquí

Augusto Monterroso

Sevilla, 24/I/2021

Necesitamos rayos de luz, todos los días, porque estamos rodeados de malas noticias en este tiempo de coronavirus. Parece que el Mal es muy grande y el Bien muy pequeño, como nos contaba Augusto Monterroso en una fábula inolvidable, Monólogo del Mal (1), pero él me ha dado una clave -no secreta- que deseo compartir:

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:

«Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.»

Y así el Bien se salvó una vez más.

Hoy, al despertarme y a diferencia de lo que le pasó al protagonista de Monterroso con el famoso microrrelato, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, he vuelto a tomar conciencia de que el Bien, aunque aparentemente pequeño, se salva todos los días y está todavía con nosotros. ¿Saben por qué? Porque el Bien es muy grande (a pesar de todo) para el alma humana. Y lo que hace el Bien siempre está bien, porque esa es su grandeza.

(1) Monterroso, Augusto (2002, 4ª ed.). La oveja negra y demás fábulas. Madrid: Santillana-Suma de Letras.

NOTA: la imagen de Augusto Monterroso se ha recuperado hoy de: Movimiento perpetuo – Augusto Monterroso | El Anaquel | Blog Literario (el-anaquel.com)

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Lo que tú me has hecho a mí, yo te lo hago ahora a ti

Sevilla, 23/I/2021

Lo que tú me has hecho a mí, yo te lo hago ahora a ti, no es una frase lapidaria, ni una ocurrencia de última hora de la crónica negra, sino una profunda reflexión de un filósofo esloveno, Slavoj Žižek, sobre la pandemia, en una obra con ese escueto título, Pandemia, desarrollado en el subtítulo, La covid-19 estremece al mundo: «la naturaleza nos ataca con un virus y lo hace para devolvernos nuestro propio mensaje: lo que tú me has hecho a mí, yo te lo hago a ti». Me ha interesado conocer a fondo esta publicación en tiempos de coronavirus, porque en la lectura podemos encontrar un bálsamo que cure nuestras inquietudes.

Es una obra que se presenta oficialmente como “una reflexión de urgencia sobre la crisis del coronavirus. Sobre su relación con la política, la economía, el miedo y las libertades. Sobre la conexión entre la expansión de la pandemia y el modelo socioeconómico de las sociedades modernas. Sobre la COVID-19 como última advertencia ante la crisis ecológica que sobrevuela el futuro del mundo. Sobre la necesidad de no quedarse en la mera reflexión ingenua sobre cómo esta crisis nos enseña qué es lo verdaderamente esencial en nuestra cotidianeidad, sino ir más allá y pensar qué forma de organización social sustituirá al Nuevo Orden Mundial liberal-capitalista. ¿Cómo va a cambiar la pandemia no ya nuestras vidas sino la sociedad entera?

Es un pequeño tratado de lo que está sucediendo en la pandemia, concentrado en tan solo 80 páginas, pero que plantea cuestiones de Estado, si se me permite la expresión. La introducción ya es un planteamiento desgarrador de dos cuestiones fundamentales en la vida del ser humano: la prohibición de tocarnos y la necesidad que tenemos de los otros para seguir viviendo, con una gran variedad de aproximaciones diarias a través de la mirada, centrado todo en la famosa frase de Jesús de Nazareth, Noli me tangere, No me toques, planteada por un ateo de clase: “Hoy en día, sin embargo, en mitad de la epidemia de coronavirus, a todos se nos bombardea precisamente con llamamientos no solo a no tocar a los demás, sino a aislarnos, a mantener una distancia corporal adecuada. ¿Cuál es el significado de esta prohibición de «no me toques»? Las manos no pueden acercarse a la otra persona; solo desde el interior podemos acercarnos unos a otros, y la ventana hacia el «interior» son nuestros ojos. Durante estos días, cuando te encuentras con una persona cercana a ti (o incluso con un desconocido) y mantienes la distancia adecuada, una profunda mirada a los ojos del otro puede revelar algo más que un contacto íntimo”.

Ante la pregunta de si aprenderemos algo de lo que está ocurriendo y visto lo visto con los comportamientos incívicos por parte de muchas personas más las actitudes impresentables de muchos dirigentes políticos, no todos afortunadamente, Žižek termina su introducción con unas palabras de especial dureza: “Hegel escribió que lo único que podemos aprender de la historia es que no aprendemos nada de la historia, así que dudo que la epidemia nos haga más sabios. Lo único que está claro es que el virus destruirá los mismísimos cimientos de nuestras vidas, provocando no solo una enorme cantidad de sufrimiento, sino también un desastre económico posiblemente peor que la Gran Recesión. No habrá ningún regreso a la normalidad, la nueva «normalidad» tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas, o nos encontraremos en una nueva barbarie cuyos signos ya se pueden distinguir”. 

Para no hacer un espóiler del libro, sólo voy a hacer una reflexión más sobre el contenido del primer capítulo, con un titulo que siempre me ha revuelto en el mar proceloso del compromiso activo y del que discrepo por razones del estado de mi alma: 1. Todos estamos en el mismo barco. Es verdad que el coronavirus ha venido a igualar el mundo, no haciendo distinción alguna, de raza, credo o color, pero el barco en el que cada uno navega es diferente, sin lugar a dudas, por mucho que el autor utilice una frase de Martín Luther King, que da título al capítulo, pero referido a las personas que de diversas experiencias vitales llegaron a su ansiada libertad: “Puede que todos hayamos llegado en diferentes embarcaciones, pero ahora estamos todos en el mismo barco”, en alusión, según Žižek, a que la globalización ha desenmascarado la falsa ilusión de que cada territorio, por sí mismo, se puede defender ante el coronavirus, poniendo el ejemplo del primer ministro israelí cuando ofreció a la Autoridad Palestina trabajar en común ante la amenaza de la covid-19. No lo hizo por ética política y social sino por mera supervivencia de proximidad física y logística. Y Žižek nos invita a hacer una reflexión muy profunda: deberíamos imitar este tipo de acciones, extender la opinión de que el Estado y la población debe convivir a diario para que se extienda la principal vacuna social ante el coronavirus: la confianza mutua. Ante el país primero, la famosa frase de Trump, America First (América, lo primero), deberíamos gritar con fuerza, El Ser Humano, sano, lo primero. Será la forma de que nazca un nuevo comunismo o lucha por intereses comunes, globales, más allá de cada frontera: «Quizás otro virus, ideológico y mucho más beneficioso, se propague y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global».

De ahí el símil del barco, aunque discrepo del fondo de la cuestión porque la realidad que conozco más próxima, la de mi país y de mi Comunidad Autónoma, me ha enseñado navegar en mares procelosos, casi siempre en patera, ante la actitud de quienes nos gobiernan desde la derecha más cerril y carpetovetónica, así como la de los líderes del Mercado del Capital que los protegen y alientan. Lo decía no hace mucho tiempo en este cuaderno digital, de forma clara y determinante, con alguna pequeña adaptación temporal: “Estamos navegando en estos momentos en mares procelosos de coronavirus. Hace cuatro años escribí un artículo en este cuaderno digital, En el mismo barco, porque era un momento crucial debido al triunfo de Trump como nuevo presidente de los Estados Unidos. Cuatro años después vivimos de nuevo las elecciones en América, no inocentes para el mundo, de la que depende ahora la suerte de muchos millones de personas y Estados. Al mismo tiempo, sabemos que la pandemia está haciendo estragos a diario y el símil que me parece más acertado es el de la singladura mundial hacia alguna parte a pesar del desconcierto en el que estamos instalados. Es el momento de ejercer la responsabilidad de los que capitanean este “rumbo de derrota” (en lenguaje marino) y, sobre todo, cuando estamos ya en alta mar. La tentación de los que gobiernan está servida: saltar o no del barco imaginario para salvarse ellos o permanecer en él para salvarnos todos. No es lo mismo que falte mar o que falte barco.

Lo que sí sé es que todos no van ni vamos en el mismo barco. En esta dura travesía de la pandemia, se hace más evidente que nunca una realidad que se constata a través de las noticias y de las redes sociales: no vamos todos en el mismo barco, ni remamos en la misma dirección, ni decimos lo mismo, pero es muy importante identificar a cada uno donde está para no equivocarnos al elegir compañeros en este largo viaje. Al buen entendedor con pocas palabras basta y me refiero a todos los partidos políticos que en la actualidad nos representan en el Congreso de los Diputados y en el Senado, por la transcendental responsabilidad pública que tienen en estos momentos en relación con el interés general y porque no todos son ni somos iguales. También lo aplico a determinados familiares, amigos y conocidos que podrían enrolarse en este difícil y largo viaje casi sin darnos cuenta. Aviso para navegantes, sin lugar a dudas.

Todos no vamos en el mismo barco de la indignidad, del desencanto, de los silencios cómplices, del conformismo feroz, del capitalismo salvaje, de la desafección social, de la desorientación mundial controlada por poderes fácticos en la sombra. Eso no es así ni lo admito con carácter general, porque todos no somos iguales: unos van en magníficos yates y otros, la mayoría, en pateras. Es probable que a estas pateras éticas y llenas de dignidad y esperanza, que tienen suelo firme pero no quilla, como la cascara de una nuez, no suban nunca quienes no están interesados en que el mundo mejore, porque los poderes fácticos que dirigen y protegen la maquinaria de la guerra en cualquier lugar del mundo, el terrorismo de cualquier cuño, así como a los tristemente famosos hombres vestidos de negro, deciden desde hace ya mucho tiempo el funcionamiento y los altibajos del ecosistema económico, financiero y ético mundial, desde un rascacielos en Manhattan, a través de portátiles y teléfonos inteligentes. Ellos viajan en barcos privados, en cruceros del mal, que no surcan nunca estos mares de patera, para ellos procelosos porque las personas que van en ellas no merecen salvamento alguno.

Una cosa más: no hay que descontextualizar la frase de Martin Luther King, enunciada al principio y utilizada por Žižek en su primer capítulo: “Puede que todos hayamos llegado en diferentes embarcaciones, pero ahora estamos todos en el mismo barco”. Lo expuesto anteriormente lo explica suficientemente. Sobre todo, lo entiende bien quien viaja por mares procelosos, casi siempre en patera, sin quilla, como una cáscara de nuez, porque todos no son ni somos iguales ante el coronavirus, ni ante la naturaleza cuando nos dice de forma desafiante, según Žižek, lo que tú me has hecho a mí, yo te lo hago ahora a ti. Estamos avisados.

NOTA: la imagen de Slavoj Žižek se ha recuperado hoy de Slavoj Žižek – Wikiquote

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ver es el paraíso del alma

MAN RAY

Recuerdo los ojos de mi esposa otra vez. Nunca veré cualquier cosa más aparte de esos ojos. Ellos preguntan.

Antoine de Saint Exupéry, Terre des Hommes, 1939

Sevilla, 22/I/2021

Durante diez meses he visto la vida doble, como si viviera siempre con un telón de fondo virado 45 grados, un croma muy especial: dos personas, dos árboles, dos casas, dos vehículos, dos libros, siempre uno detrás de otro, como protegiendo la primera imagen por si acaso se perdía la primera. Una diplopía vital que me impedía escribir y leer con normalidad, porque si difícil es asimilar el vértigo de escribir en una página en blanco, en el caso de ver dos y siempre una letra o una frase detrás de otra, ha sido a veces como cavar un pozo con una aguja para llegar a construir un texto aceptable. La verdad es que no me importaba hacer ese esfuerzo porque un día ya lejano aprendí el significado de este dicho turco, leyendo el discurso de Orhan Pamuk en el acto de entrega del Premio Nobel de Literatura en 2006, publicado después con un título muy sugerente, tanto como las palabras escritas en su dilatada vida: La maleta de mi padre. Es verdad que la vida de un escritor o de un aficionado como es mi caso, se hace poco a poco, horadando la persona de secreto que todos llevamos dentro, aunque no todos lo descubran, es decir, cavando el pozo del alma con una aguja virtual a imagen y semejanza de cada uno.

En esta situación, al escribir, me he refugiado siempre en las palabras de un amigo y maestro imaginario, Antonio Machado, porque recordaba que él había dado siempre mucha importancia a la visión especial de la vida, sobre todo al ojo que nos ve, en proverbios y cantares que no olvido:

I

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.

Es verdad lo que dice, un aforismo que tiene su texto y contexto. Machado me ha recordado todos los días de visión doble que el ojo estaba ya antes que yo y que él, por sí solo, sabe hacer muy bien su trabajo humano: contemplar el mundo tal y como es, mandando órdenes al cerebro para interpretarlo de la mejor forma posible. Me pasó cuando supe del fallecimiento del fotógrafo francés Marc Riboud en 2016, que muchas personas recordarán por su famosa fotografía de la chica con la flor, por cierto, no inocente. Conocí el hilo conductor de su profesión, por una frase de un especialista en los cuidados del ojo, del siglo XIII, Pietro Spanno, que llegó a ser Papa bajo el nombre de Juan XXI: “El ojo es un miembro noble, redondo y radiante. Ver es el paraíso del alma”. Ese es el secreto y la magia del ojo humano cuando ordena el clic que fija momentos especiales de la vida para la posteridad. Igual que cuando se fotografía el dolor o la muerte, muchas veces con alto riesgo personal de profesionales excelentes, comprometidos, facilitando imágenes recientes que desgraciadamente ya son habituales para el procesamiento de nuestra retina y que tanto nos hacen pensar, cumpliendo su función. Sinceramente, no he olvidado que mis ojos son el paraíso del alma.

XVII

En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad.

Es verdad que la experiencia vivida me ha permitido enriquecer mi soledad sonora, analizar en el yo de secreto que la visión interior ayuda a ver el mundo de forma diferente, es decir, ver de forma clara casi todo lo que no es verdad. La introspección nunca es doble. Igual sucede con fotógrafos y fotógrafas que retratan almas especiales, en blanco y negro, como Marc Riboud,  Robert Capa, Kati Horna, Sebastião Salgado o Ramón Masats, ¿por qué no?, que valoramos hoy de forma especial porque muchas veces estamos ciegos ante el color que dio al mundo la creación transcendental del hombre y la mujer, que tuvieron la oportunidad de ver durante un tiempo el paraíso de sus almas. Gracias, hoy, a ellos y a tantos profesionales anónimos que aun jugándose a diario la vida nos han aportado y entregan tanta verdad a través de sus ojos, como aprendimos un día de Machado, ya que no son ojos porque los veamos, sino que son ojos porque a través de sus fotografías nos ayudan a contemplar y amar mejor la vida. Ya lo dijo en una ocasión Marc Riboud: “Sólo miran bien los niños: son inocentes y miran excitados, con atención, no son intelectuales”.

XXXIV

”O rinnovarsi o perire”…
No me suena bien.
Navigare é necessario…
Mejor: ¡vivir para ver!

Dos asertos en busca de su autor. Renovarse o morir es muy apreciado en mi acervo cultural, siempre mirando hacia adelante (otra vez la necesaria vista sencilla, no doble). Navegar es necesario, aunque lleves los ojos cerrados. Machado prefería vivir para ver, porque la experiencia es madre de la sabiduría. Él vivía de la mano de una tríada ética: vivir, soñar y en medio, algo muy importante: despertar. Es verdad que todo en la vida es un abrir y cerrar de ojos…, pero sin ver doble. Siempre he recordado la máxima “Navigare necesse est”, navegar es necesario, y en esas estoy. Para los tiempos que corren, la segunda parte de la frase de Pompeyo, arengando a sus marineros ante una tempestad, que casi nunca se cita pero es impresionante, es algo a tener en cuenta a modo de contrario, sustituyendo vivir por ver: “vivere [videre] non necesse”, que me gustaría traducir como solo vivir [o ver] no es lo necesario.

XL

Los ojos por los que suspiras,
sábelo bien,
los ojos en que te miras
son ojos porque te ven.

El último proverbio escogido vuelve a insistir en la importancia del otro, del prójimo, que así lo llama Machado. Dejamos de dar importancia a lo que vemos cuando apreciamos a la persona que nos mira. Sobre todo cuando no la veo dos veces, sino sólo tal y cómo es: busca el tú que nunca es tuyo / y nunca puede serlo jamás.

Ya no veo doble la vida. La ciencia me ha devuelto el orden sobre el caos y Machado lo refuerza con palabras muy bellas: Tras el vivir y el soñar, / está lo que más importa: / despertar, tener los ojos bien despiertos para comprobar que los ojos que veo ahora no son ojos porque ya los vea bien, sino que son ojos porque me ven. Ahora, incluso ellos me preguntan cómo estoy. Sé que una estructura cerebral que se llama tálamo, del tamaño de una castaña, procesa la información de todo lo que mi ojo ve, transformando inmediatamente en el cerebro lo visto, con sus sentimientos y emociones, que permanece tal y como se ha grabado, aunque lo único que no ha funcionado en estos meses haya sido el objetivo, el mejor encuadre… Pero también es verdad que prefiero siempre recordar la inocencia de la mirada en mi vida, sin doblez ni engaño en el paraíso de mi alma, realidad mágica y posible que me contaron hace ya muchos años, a modo de lección magistral, de un párroco rural que situaban en Bollullos de la Mitación (Sevilla), cuando en la catequesis preparatoria de la primera comunión de los niños y niñas de su pueblo preguntaba con inocencia vaticana: “A ver, niños, ¿cómo son los ojos de la Virgen? Y aquellas niñas y aquellos niños, cargados de inocencia bendita contestaban a voz en grito: ¡azules!, ¡verdes!, ¡negros! Entonces aquél santo varón contestaba con ojos pillines: ¡no, no y no!, ¡misericordiosos, hijos míos, misericordiosos!

NOTA: la imagen es un fragmento de una fotografía de Man Ray, Le somneil, realizada en 1937 y en la que aparecen Consuelo de Saint-Exupéry (esposa-rosa del autor de El principito, tan de actualidad siempre) y Germaine Huguet, que figuraba en el programa oficial de una exposición sobre El surrealismo y el sueño, celebrada en Madrid, en 2014, en el Museo Thyssen-Bornemisza.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La democracia pone sus ojos en Amanda Gorman

Sevilla, 21/I/2021

Cuando llega el día, nos preguntamos «¿dónde podemos encontrar luz en esta sombra interminable?» Debemos vadear en el mar la pérdida que cargamos. Hemos desafiado el vientre de la bestia. Hemos aprendido que la tranquilidad no siempre es paz. En las normas y nociones de lo que es justo no siempre hay justicia. Y sin embargo, el amanecer es nuestro antes de que lo supiéramos. De alguna manera lo hacemos. De alguna manera lo hacemos,  de alguna manera hemos resistido y hemos sido testigos de una nación que no está rota, sino simplemente inacabada. Nosotros, los sucesores de un país y una época en la que una chica negra delgada descendiente de esclavos y criada por una madre soltera puede soñar con convertirse en presidenta sólo por encontrarse recitando para uno.

Amanda Gorman, en La montaña que escalamos

Ayer respiró el mundo democrático, profundamente y con un halo de esperanza, después de haber vivido unos años de vértigo con el anterior presidente de los EEUU, con un gobierno a su manera. La ceremonia de la toma de posesión del nuevo presidente, Joe Biden, en la que estuve muy atento por su fondo y forma, tuvo su momento álgido con la presencia de Amanda Gorman, de tan sólo 22 años, que nos entregó unas palabras suyas a través de un poema, “The Hill We Climb” (La colina que escalamos) y que representó de forma excelente el nuevo camino democrático que inicia la era Biden. Supe que Gorman se dirigió también a mí al comenzar la lectura de su poema, cuando dijo:

Señor Presidente, Dr. Biden, señora vicepresidenta, Sr. Emhoff,

Americanos y el mundo.

La puesta en escena de Gorman no era inocente. Su origen étnico, su vestido, su estilismo en general, los pendientes y el anillo de un pájaro enjaulado, como homenaje a una antecesora suya en la era Clinton, Maya Angelou, en cuyo acto de investidura, en 1993, leyó el poema “On the Pulse Of the Morning” (En el pulso de una mañana) y que ahora ha recordado también a través del poema “I Know Why the Caged Bird Sings” (Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado), como símbolo y recuerdo íntimo de un libro de memorias de Angelou que le regaló Oprah Winfrey, su mentora y también amiga de la escritora. Tampoco olvidó en sus palabras a Lin-Manuel Miranda, autor del musical “Hamilton”, al referirse a él con una mención muy especial: “La historia tiene sus ojos sobre nosotros”, una interpretación personal de su canción “History Has Its Eyes On You” (La historia tiene sus ojos sobre ti).

Recientemente he citado una expresión parecida al símbolo que ayer llevaba Amanda Gorman en su anillo mientras leía su poema, un pájaro enjaulado, en un artículo dedicado a la memoria del año pasado, 2020, una función para aves enjauladas con ganas de volar, mirando siempre hacia adelante, hacia el futuro con los brazos abiertos, que la cantante Rozalén expresaba con una canción preciosa, Aves enjauladas, mirándonos a los ojos, como una premonición de la belleza de la vida a la que volveremos con seguridad ética. Eso sí, corriendo para abrazarnos: Somos aves enjauladas/ Con tantas ganas de volar / Que olvidamos que en este remanso / También se ve la vida pasar / Cuando se quemen las jaulas / Y vuelva a levantarse el telón / Recuerda siempre la lección / Y este será un mundo mejor.

Mientras escucho la canción de Rozalén, vuelvo a las bellas palabras de Amanda Gorman, La colina que escalamos, adjuntando la traducción al español del texto original de su intervención, en inglés, que también aporto, habiendo cuidado cada palabra, cada frase, cada texto en su contexto. Dos mujeres que expresan con su arte lo mejor que nos ofrece la vida para cambiar el mundo: la fuerza de la palabra.

La colina que escalamos

Señor Presidente, Dr. Biden, señora vicepresidenta, Sr. Emhoff,

Americanos y el mundo,

Cuando llega el día, nos preguntamos ¿dónde podemos encontrar luz en esta sombra interminable? Debemos vadear en el mar la pérdida que cargamos. Hemos desafiado el vientre de la bestia. Hemos aprendido que la tranquilidad no siempre es paz. En las normas y nociones de lo que es justo no siempre hay justicia. Y sin embargo, el amanecer es nuestro antes de que lo supiéramos. De alguna manera lo hacemos. De alguna manera lo hacemos,  de alguna manera hemos resistido y hemos sido testigos de una nación que no está rota, sino simplemente inacabada. Nosotros, los sucesores de un país y una época en la que una chica negra delgada descendiente de esclavos y criada por una madre soltera puede soñar con convertirse en presidenta sólo por encontrarse recitando para uno.

Y sí, estamos lejos de estar pulidos, lejos de ser prístinos, pero eso no significa que no nos esforcemos en formar una unión perfecta. Nos esforzamos por forjar nuestra unión con compromiso. Componer un país comprometido con todas las culturas, colores, personalidades y condiciones del hombre. Y así elevamos nuestras miradas no a lo que se interpone entre nosotros, sino a lo que se encuentra frente a nosotros. Cerramos la brecha porque sabemos que, para priorizar nuestro futuro, primero debemos dejar a un lado nuestras diferencias. Dejamos las armas para poder tender la mano el uno al otro. No buscamos daño para nadie y sí armonía para todos. Que el mundo, sin nada más, diga que esto es verdad. Que incluso, mientras llorábamos, crecimos. Que incluso cuando sufríamos teníamos esperanza. Que incluso cuando nos cansábamos, intentamos que para siempre nos sintiéramos victoriosos. No porque nunca más conoceremos la derrota, sino porque nunca más sembraremos división.

La Escritura nos dice que imaginemos que cada uno se sentará bajo de su propia vid e higuera y nadie los hará temblar. Si queremos estar a la altura de nuestro tiempo, entonces la victoria no estará en la espada, sino en todos los puentes que hemos tendido. Esa es la promesa, la colina que escalamos si nos atrevemos. Porque ser americano es más que un orgullo que heredamos. Es el pasado en el que entramos y cómo lo reparamos. Hemos visto un bosque que destrozaría nuestra nación en lugar de compartirla. Destruiría nuestro país si eso significara retrasar la democracia. Y ese esfuerzo estuvo a punto de triunfar.

Pero si bien la democracia puede retrasarse periódicamente, nunca puede ser derrotada de forma permanente. En esta verdad, en esta fe confiamos porque mientras nosotros tenemos puestos los ojos en el futuro, la historia tiene puestos sus ojos en nosotros. Esta es la era de la redención justa. Lo temimos desde sus inicios. No nos sentíamos preparados para ser los herederos de una hora tan aterradora, pero dentro de ella, encontramos el poder de escribir un nuevo capítulo, de ofrecernos esperanza y risas.  Si una vez nos preguntamos, ¿cómo podremos vencer la catástrofe?, ahora afirmamos, ¿cómo podría prevalecer la catástrofe sobre nosotros?

No volveremos a lo que era, sino que nos trasladaremos a lo que será: un país magullado, pero íntegro, benevolente, pero audaz, feroz y libre. La intimidación no nos mareará ni nos interrumpirá porque sabemos que nuestra inacción e inercia serán la herencia de la próxima generación. Nuestros errores se convierten en sus cargas. Pero una cosa es cierta, si fusionamos la misericordia con el poder y el poder con el bien, entonces el amor se convierte en legado y el cambio, en un derecho de nuestros hijos.

Así que dejemos atrás un país mejor que el que nos dejaron. Cada aliento de nuestro pecho golpeado llevará este mundo herido a uno maravilloso. Nos levantaremos de las colinas doradas del oeste. Nos levantaremos desde el noreste barrido por el viento, donde nuestros antepasados realizaron la revolución por primera vez. Nos levantaremos desde las ciudades de Lake Rim [Carolina del Norte], de los estados del medio oeste. Nos levantaremos desde el sur bañado por el sol. Reconstruiremos, reconciliaremos y recuperaremos en cada rincón conocido de nuestra nación, en cada rincón llamado nuestro país, en nuestro pueblo diverso y hermoso que emergerá maltratado y hermoso.

Cuando llega el día, salimos de la sombra en llamas y sin miedo. El nuevo amanecer florece a medida que lo liberamos. Porque siempre hay luz, si somos lo suficientemente valientes para verla, si somos lo suficientemente valientes para serla.

The Hill We Climb (texto en inglés)

Mr President, Dr Biden, Madam Vice-President, Mr Emhoff,

Americans and the world,

When day comes we ask ourselves where can we find light in this never-ending shade? The loss we carry asea we must wade. We’ve braved the belly of the beast. We’ve learned that quiet isn’t always peace. In the norms and notions of what just is isn’t always justice. And yet, the dawn is ours before we knew it. Somehow we do it. Somehow we’ve weathered and witnessed a nation that isn’t broken, but simply unfinished. We, the successors of a country and a time where a skinny Black girl descended from slaves and raised by a single mother can dream of becoming president only to find herself reciting for one.

And yes, we are far from polished, far from pristine, but that doesn’t mean we are striving to form a union that is perfect. We are striving to forge our union with purpose. To compose a country committed to all cultures, colors, characters, and conditions of man. And so we lift our gazes not to what stands between us, but what stands before us. We close the divide because we know to put our future first, we must first put our differences aside. We lay down our arms so we can reach out our arms to one another. We seek harm to none and harmony for all. Let the globe, if nothing else, say this is true. That even as we grieved, we grew. That even as we hurt, we hoped. That even as we tired, we tried that will forever be tied together victorious. Not because we will never again know defeat, but because we will never again sow division.

Scripture tells us to envision that everyone shall sit under their own vine and fig tree and no one shall make them afraid. If we’re to live up to her own time, then victory won’t lie in the blade, but in all the bridges we’ve made. That is the promise to glade, the hill we climb if only we dare. It’s because being American is more than a pride we inherit. It’s the past we step into and how we repair it. We’ve seen a forest that would shatter our nation rather than share it. Would destroy our country if it meant delaying democracy. This effort very nearly succeeded.

But while democracy can be periodically delayed, it can never be permanently defeated. In this truth, in this faith we trust for while we have our eyes on the future, history has its eyes on us. This is the era of just redemption. We feared it at its inception. We did not feel prepared to be the heirs of such a terrifying hour, but within it, we found the power to author a new chapter, to offer hope and laughter to ourselves so while once we asked, how could we possibly prevail over catastrophe? Now we assert, how could catastrophe possibly prevail over us?

We will not march back to what was, but move to what shall be a country that is bruised, but whole, benevolent, but bold, fierce, and free. We will not be turned around or interrupted by intimidation because we know our inaction and inertia will be the inheritance of the next generation. Our blunders become their burdens. But one thing is certain, if we merge mercy with might and might with right, then love becomes our legacy and change our children’s birthright.

So let us leave behind a country better than one we were left with. Every breath from my bronze-pounded chest we will raise this wounded world into a wondrous one. We will rise from the gold-limbed hills of the west. We will rise from the wind-swept north-east where our forefathers first realized revolution. We will rise from the Lake Rim cities of the midwestern states. We will rise from the sun-baked south. We will rebuild, reconcile and recover in every known nook of our nation, in every corner called our country our people diverse and beautiful will emerge battered and beautiful.

When day comes, we step out of the shade aflame and unafraid. The new dawn blooms as we free it. For there is always light. If only we’re brave enough to see it. If only we’re brave enough to be it.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

No se debe justificar o normalizar lo indeseable e imposible

Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

Eduardo Galeano, Si Alicia volviera,en Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1).

Sevilla, 18/I/2021

Estamos asistiendo en la pandemia a un espectáculo ético de consecuencias incalculables, normalizándose actitudes imposibles e indeseables por tierra, mar y aire en una auténtica exposición mediática del mundo al revés. Lo expresó coloquialmente el torero Rafael “El Guerra”, con una sabiduría popular aplastante: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Se aprecia una evolución de enormes tragaderas éticas por la normalización de actitudes y situaciones que no son asumibles para el común de las personales normales, aunque ya las quisieran Gargantúa y Pantagruel para sus famosas correrías. Es probable que estemos a veces instalados en la justificación fácil de que lo que ocurre es que algunas personas estamos equivocadas de siglo al intentar comprender lo incomprensible desde una óptica actual de presente y futuro incierto, pero la realidad es que vivimos en una quiebra ética de proporciones incalculables, donde todo cabe y se justifica con valoraciones peregrinas, normalizando lo imposible e indeseable a todas luces como correctivos de conciencia fáciles y accesibles para todos a modo de bálsamo de Fierabrás.

La pandemia es un escaparate abierto las veinticuatro horas de lo que he expuesto anteriormente. Muchos jóvenes, en primer lugar, de los que decimos que reciben ya nuestro testigo -¿qué testigo?- como generaciones presentes y futuras comprometidas con su país, esgrimen su derecho a divertirse como si no hubiera mañana y se enfrentan a todo lo que se mueve en dirección de restringir sus movimientos en beneficio del interés general de salud para todos. Así lo escribí en julio de 2020, en un artículo que fijaba las bases del desencanto personal hacia la generación del relevo en nuestro país: ¿Por qué muchos jóvenes ningunean la COVID-19? Se podría decir con acento gongorino que lo que traducen con sus actitudes irresponsables y faltas de ética es aquella máxima suya adaptada a la actualidad: ¡ándeme yo caliente, inféctese o muérase la gente! En segundo lugar, la dialéctica salud/economía está siendo también un arma arrojadiza y asustadiza para frenar acciones legítimas de fijar prioridades, en las que el eslogan de “salvar la navidad” ha sido su principal hilo conductor, ¡hay que salvar la normalidad!, desoyendo criterios científicos y técnicos que nos vienen avisando por todos los medios posibles de que algo muy grave nos puede pasar.  Estos dos ejemplos, nos muestran de forma descarnada que todo acaba naturalizándose en una mezcla informe de ignorancia y libertinaje consentidos sin mezcla de control alguno. En tercer lugar, la desnaturalización de lo público frente a lo privado como la solución a todos los males presentes y futuros, siendo el principal exponente el abandono de las dotaciones profesionales y de equipamiento en el sector público sanitario, salvados para el capital por la famosa frase del asesor de Clinton: ¡es la economía, idiota! Naturalidad de naturalidades, todo es natural.

¿Por qué ocurre todo lo anterior? Hay una razón de fondo muy preocupante, sobre la que ya nos habían avisado hace bastantes años: en una economía de mercado, el capital no entiende de valores sino de resultados, económicos por definición, por supuesto. La ética, en sus múltiples manifestaciones, es una ignorante molesta en el gran teatro económico del mundo. A pesar de los descalabros de la economía, a lo largo de los dos últimos siglos, no acabamos de aprender que el ser humano no es mercancía sino un ente vivo sujeto a derechos y deberes que se deben regular de la mejor forma para alcanzar el mejor contrato social posible, habiendo demostrado que la herramienta del capital libre y descontrolado no es buena consejera en esta realidad social comunitaria en la que la división del trabajo, cuando existe (el trabajo), necesita siempre el control del Estado para que no se desvirtúen los grandes principios del Estado del Bienser (perdón por el neologismo) y del Bienestar, que no son lo mismo.

Volviendo a la situación actual de la pandemia, creo que es una excelente ocasión para entrar con un buldócer ético en la sociedad y remover los grandes planteamientos sociales en los que estamos instalados. No podemos seguir buscando soluciones a los grandes problemas actuales de paro como consecuencia de la pandemia, por ejemplo, con las fórmulas clásicas del subsidio a escalas astronómicas (maná europeo) porque no hay Estado o economía pública que lo resista. En un país subsidiado y de economía sumergida galopante, como el nuestro, los cambios son difíciles, sobre todo porque ya hay varias generaciones subsidiadas y habituadas al trabajo fácil y sin compromiso social, porque no pagan impuesto alguno, donde se normaliza la cultura del fraude y el escaqueo permanente de deberes públicos. Es necesario por tanto comenzar a hablar de legalizar nuevos contratos sociales donde la responsabilidad política del Gobierno correspondiente y de la ciudadanía tengan un papel protagonista en los cambios copernicanos y prioritarios que se tienen que abordar con urgencia ética y social. Todo lo demás es seguir normalizando lo indeseable e imposible que no beneficia a nadie. Ya lo dijo El Guerra: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Es posible que Góngora nos explicara hoy esta situación a través de su famosa letrilla rediviva, Ándeme yo caliente, ríase la gente: Cuando cubra las montañas / De blanca nieve el enero, / Tenga yo lleno el brasero / De bellotas y castañas, / Y quien las dulces patrañas / Del Rey que rabió me cuente, / Y ríase la gente. […] Busque muy en hora buena / El mercader nuevos soles; / Yo conchas y caracoles / Entre la menuda arena, / Escuchando a Filomena (2) / Sobre el chopo de la fuente, / Y ríase la gente. Porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, por mucho que ante la falta de ética personal y colectiva queramos normalizar lo indeseable en términos individuales y sociales para convertirlo todo en un mundo al revés.

(1) Eduardo Galeano (1998). Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

(2) “Filomena” era la denominación de “la hembra del ruiseñor” en tiempos de Góngora (ver el Diccionario de Francisco Sobrino (1705), en el Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa. Bruselas: Francisco Foppens, p. 182,3).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Una pausa Ética cuando navegamos hacia Ítaca

Sonia Lafuente, patinadora olímpica

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias. 
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón, 
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta 
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Constantino Cavafis, Ítaca 

Sevilla, 17/I/2021

Estamos haciendo un camino muy largo en tiempos de coronavirus, una singladura ciclópea en su fondo y forma. Es una ocasión para hacer una pausa y descubrir de nuevo el poder de la ética, en su justo sentido, tal y como la he venido definiendo a lo largo de los años en páginas especiales de este cuaderno digital que busca islas desconocidas. La ética que he aprendido y enseñado en mis tiempos académicos ha sido siempre la situación que nos interroga en nuestra persona de todos y en la de secreto, para alcanzar un objetivo que nos haga ser más felices viviendo con sentido lo que hacemos a diario.

La he definido siempre como el suelo firme que justifica nuestra existencia, es decir, la solería que ponemos a lo largo de la vida y sobre la que pisamos a diario para seguir viviendo con justificación de lo que hacemos, no mero ajustamiento, tal y como me lo enseñó el profesor López-Aranguren hace ya muchos años, cuando comparaba la ética al suelo firme que justifica todos los actos humanos a lo largo de la vida: es la “raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida”. Y es verdad, porque la ética no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida.

Es verdad que siguiendo al pie de la letra a Cavafis, cada uno de nosotros nos podemos convertir en un Ulises redivivo y pensar que esta dura etapa de la pandemia es sólo eso, una etapa, un alto en un puerto hasta ahora desconocido, porque el viaje es muy largo: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

También acudo a Benedetti cuando hago esta pausa para escribir en este largo viaje ético a mi Ítaca particular, porque él siempre supo poner hermosura a la vertiente más triste de la vida, como puede ser ahora en este momento tan difícil de la pandemia y porque nos ofreció una forma de entender las necesarias pausas en el caminar diario personal, familiar, profesional y social con altura de miras éticas hacia la Ítaca de cada uno: De vez en cuando hay que hacer una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades.

Me acuerdo ahora de un conjunto madrileño de música indie, Izal, que lo canta extraordinariamente, acompañando una danza visible para quienes tienen los ojos abiertos para otear con dignidad el largo viaje ético hacia la Ítaca de cada uno, de cada una: Yo sólo pido pausa y tú me das ojos de huracán. / Yo sólo pido calma y tú haces espuma el agua del mar. / Sólo pido silencio y gritas que no digo la verdad. / ¿Tú qué sabrás? Si despiertas lejos de esta casa. / ¿Tú qué sabrás? Si no vives dentro de esta jaula. / Yo sólo quiero pausa, tú rebobinar. / Yo sólo busco un ritmo lento, tú velocidad. / Yo sólo pido una dulce mentira, tú toda la verdad. / ¿Tú qué sabrás? Si despiertas lejos de esta casa. / ¿Tú qué sabrás? Si no vives dentro de esta jaula. / ¿Tú qué sabrás? Si nunca nadaste en mis entrañas. / ¿Tú qué sabrás? Si no vives dentro de esta jaula. Sonia Lafuente, patinadora olímpica, baila maravillosamente esta pausa necesaria, porque quizá, viéndola, la comprendemos mejor.

Es verdad que solo necesitamos hacer pausas de vez en cuando y no tanto rebobinar, porque no queremos perder el sentido de la vida. Es lo que Herman Hesse llamaba obstinación, una virtud, a la que admiraba mucho, una sola, porque es obediencia a una sola ley que lleva al “propio sentido” de la vida. Fundamentalmente, algo que necesitamos con urgencia: cantarnos las verdades sobre lo que nos pasa, pisando las baldosas que vamos poniendo en nuestra vida a modo de solería, que es lo único que justifica nuestros actos éticos para no tener que llorar las mentiras. Sin prisa, con pausa, buscando con ética personal y de situación la Ítaca que todos tenemos derecho a soñar y alcanzar algún día. Aunque ahora tengamos que luchar contra un cíclope llamado coronavirus, con ojos de huracán, al que venceremos si nuestro pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Porque hoy no olvidamos hacer una pausa Ética cuando navegamos a diario hacia Ítaca, a la que tenemos la legítima ilusión de llegar aunque ahora vivamos encerrados en una jaula.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Invictus: podemos ser dueños de nuestro destino y capitanes de nuestra alma

Sevilla, 16/I/2021

Dedicado a todos los profesionales de la salud física, psíquica y social, en el mundo y, especialmente, en este país, que están siendo invencibles en la pandemia actual y a cuantas personas anónimas, también imprescindibles, hacen más amable la vida para todos, sin dejar a nadie atrás, cada segundo, en las circunstancias actuales.

Necesitamos en estos momentos tan delicados para la salud mental de todos, reforzar modelos de personas a las que se las pueda considerar necesarias e imprescindibles para el desarrollo de un mundo mejor y sano en el que podamos ser dueños de nuestros destinos y capitanes de nuestras almas. En este sentido y a las pocas horas de haberse proyectado en la televisión pública de este país la película Invictus, deseo recordar de nuevo a una de estas personas imprescindibles, Nelson Mandela. El 18 de julio de 2020 se celebró el Día Internacional de Nelson Mandela, que coincidía con el de su nacimiento en 1918, en Mvezo (Sudáfrica), evento al que ya hice referencia en el post que escribí el año 2018 y que cerraba la serie dedicada al estío.

El tema que inspiró la celebración del año pasado, necesariamente virtual, a causa de la pandemia de la COVID-19, fue “¡Movilízate, inspira el cambio!”. Con tal motivo, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, lanzó un mensaje al mundo del que resalté en aquél momento sus ideas fuerza porque eran un necesario recuerdo de Mandela como persona imprescindible para el mundo actual y que siguen teniendo plena actualidad en el contexto de la pandemia que seguimos atravesando en su tercera ola:

1. Con el tema transversal de la celebración de este año, ¡Movilízate, inspira el cambio!, se destaca la importancia de trabajar juntos, desde los gobiernos a la ciudadanía, para construir un mundo pacífico, sostenible y equitativo.

2. Celebramos este día en un momento en que la pandemia del COVID-19 supone una amenaza para todas las personas, en todas partes y especialmente para quienes son más vulnerables.

3. El COVID-19 está poniendo en evidencia profundas desigualdades.

4. Necesitamos combatir esta pandemia de desigualdad mediante un contrato social nuevo para una era nueva.

5. Las Naciones Unidas celebrarán su 75º aniversario en este momento tan frágil, y en este marco reflexionamos sobre la vida y la labor de Nelson Mandela, quien encarnó los principales valores de las Naciones Unidas y se movilizó e inspiró el cambio.

6. Aunque pasó muchos años preso de conciencia, Madiba mantuvo su dignidad y la adhesión a sus ideales.

7. Que su ejemplo lleve a los gobiernos que tienen presos de este tipo a liberarlos.

8. En el siglo XXI no debería haber presos de conciencia.

9. Nelson Mandela nos recordó que “mientras la pobreza, la injusticia y la desigualdad profunda persistan en el mundo, ninguno de nosotros puede descansar de verdad”.

10. En este Día de Mandela, recordemos que podemos, y debemos, participar en la búsqueda de un futuro mejor en el que todas las personas vivan con dignidad, oportunidades y prosperidad en un planeta saludable.

Han pasado más de dos años desde que escribí por primera vez, en este cuaderno digital, unas palabras dedicadas a Mandela por su trayectoria vital tan digna y llena de ejemplaridad. Las he vuelto a leer y creo que mantienen su esencia y presencia en este momento actual de pandemia y necesaria ejemplaridad de los mandatarios mundiales. Un ejemplo que necesitamos rescatar del olvido en su Día, tan especial y necesario.

Cosas de estío / y 10. Invencibles del siglo XXI

Se está recordando especialmente en estos días de estío al presidente Mandela, Madiba. En tal sentido, he leído con atención el discurso que el expresidente Obama pronunció el pasado 17 de julio en Johannesburgo, con motivo de la celebración de la Conferencia Anual sobre Nelson Mandela, con un título sugerente: Seguid alzando la voz. Hay que leerlo detenidamente porque aporta ideas muy interesantes en un mundo convulso donde es imprescindible que identifiquemos a los invencibles de este siglo, aquellos en los que pensaba Mandela en su celda de castigo de Robben Island, leyendo el poema Invencible de William Ernest Henley. Solo recojo un fragmento de su discurso porque me parece muy representativo del mismo: “Nelson Mandela dedicó su vida a este largo camino hacia la libertad, la justicia y la igualdad de oportunidades. Al principio luchó por este lugar, su país, para terminar con el Apartheid y garantizar la igualdad política, social y económica de los ciudadanos no blancos y sin derechos de Sudáfrica. Sin embargo, gracias a su sacrificio, su liderazgo infatigable y, sobre todo, a su ejemplo moral, Mandela y el movimiento que encabezaba cruzó fronteras. Su figura encarnó las aspiraciones universales de las personas más desfavorecidas. Les insufló esperanza y les hizo ver que era posible una transformación moral en la conducta de los seres humanos”.

Afortunadamente y en el contexto de estos actos conmemorativos, la televisión pública nos ofreció en la noche del domingo pasado una reposición de Invictus, una película que tuvo muy buena acogida de público en el año del estreno en España, 2010, cuyo hilo conductor era la figura de Nelson Mandela y su intervención visionaria en el equipo de rugby de Sudáfrica en la Copa Mundial de Rugby celebrada en 2005, en la ciudad de Johannesburgo. La película, al estilo Eastwood, fuerza en algunos momentos la obra escrita sobre la que se construyó el guion, una publicación de John Carlin, El factor humano, de la que se cambió un hecho fundamental. El papel que entrega el presidente Mandela al capitán del equipo sudafricano de rugby, François Piennaar, en un momento clave de la película, en la primera entrevista institucional con él, con el poema del poeta inglés citado anteriormente, William Ernest Henley titulado Invictus, no es el que utilizó el equipo realmente como mensaje conductor para fortalecer su inspiración triunfadora. La realidad es que Mandela le entregó un fragmento del discurso del presidente Theodore Roosevelt en su visita institucional a París el 23 de abril de 1910, conocido como El hombre en la Arena, que exactamente decía lo siguiente, tal y como figura en la página 7 del discurso real de 35 páginas:

No es el crítico quien cuenta,
ni el que señala con el dedo
al hombre fuerte cuando tropieza
o el que indica en qué cuestiones
quien hace las cosas podría haberlas hecho mejor.
El mérito recae exclusivamente
en el hombre que se halla en la arena,
aquel cuyo rostro está manchado
de polvo, sudor y sangre,
el que lucha con valentía,
el que se equivoca
y falla el golpe una y otra vez,
porque no hay esfuerzo
sin error y sin limitaciones.
El que cuenta es el que de hecho lucha
por llevar a cabo las acciones,
el que conoce los grandes entusiasmos,
las grandes devociones,
el que agota sus fuerzas
en defensa de una causa noble,
el que, si tiene suerte,
saborea el triunfo de los grandes logros
y si no la tiene y falla,
fracasa al menos atreviéndose al mayor riesgo,
de modo que nunca ocupará el lugar reservado
a esas almas frías y tímidas
que ignoran tanto la victoria como la derrota.

Me ha recordado este hecho lo que aprendí hace muchos años de Bertolt Brecht: hay hombres y [mujeres] que luchan un día y son buenos, otros [y otras] luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los [hombres y mujeres] que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles. También, lo que Obama dijo en su discurso refiriéndose al presidente Mandela, Madiba: “Les voy a decir lo que creo yo. Creo en la visión de Nelson Mandela. Creo en una visión que era también la de Gandhi, Martin Luther King y Abraham Lincoln. Creo en una idea de igualdad, justicia, libertad y democracia multirracial, construida sobre la premisa de que todas las personas son iguales y nuestro creador dio a todas unos derechos inalienables (vítores y aplausos). Y creo que un mundo regido por esos principios es posible y puede lograr más paz y más cooperación en busca del bien común. Eso es lo que creo”.

Las personas que citó, incluido Mandela, fueron imprescindibles en su momento y lo siguen siendo todavía hoy. Invencibles, en definitiva, tal y como lo pensaba Mandela en su corazón y a los que necesitamos identificar hoy día más que nunca, alzando todos la voz para desterrar los silencios cómplices de cualquier tipo, leyendo en voz alta el poema Invictus que tanto ayudó a Madiba:

Más allá de la noche que me envuelve,
negra como el abismo insondable,
agradezco a los dioses que pudieran existir
por mi alma inquebrantable.
En las azarosas garras de la circunstancia
no me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del destino
mi cabeza esta ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
yace el Horror de la sombra,
y sin embargo la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuan cargada de castigos la sentencia,
soy el dueño de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

Spotify – Invictus (Original Motion Picture Soundtrack)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Ahora es tiempo de separarse; llegará el de abrazarse de nuevo

Sevilla, 14/I/2021

Aprendí hace ya muchos años que existen en el libro de Qohélet, al menos, veintisiete momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno, tal y como lo he expuesto en bastantes ocasiones en este cuaderno digital: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. En este contexto, abrazarse y separarse es una de las modalidades de vivir a la manera de cada uno. Lo que debemos tener muy claro es que en estos momentos es el tiempo de separarse como antes fue de abrazarse y que nos quedan veinticinco posibilidades de encontrar sentido a nuestra vida.

Es muy importante destacar que de las diferentes formas de vivir expuestas anteriormente, junto a la realidad de abrazarse y separarse, existen otras once realidades positivas: plantar, edificar, reír, danzar, buscar, guardar, coser, callar, hablar, amar y vivir en paz. Comprobamos de esta forma que la historia de las experiencias vitales humanas obedece a la búsqueda de un sano equilibrio con los tiempos difíciles de las restantes experiencias que podríamos calificar como negativas (con matices). Quizá sea la ocasión en esta tercera ola de la pandemia, con sus cosas, de primar esta búsqueda de razones positivas para vivir, porque hay que sacar tiempo para disfrutar lo que dice Qohélet (la persona que le gusta vivir en comunidad), que es la experiencia de sus antepasados a lo largo de los siglos, aunque para que no se nos suban los humos a la cabeza (todos podemos ser histéricos, según la palabra griega -hísteris- que explica que los humos se nos suben a la cabeza y así nos va…), él nos dice que seamos prudentes a la hora de valorar las 27 experiencias en su totalidad y entender qué significado tiene vivir, aunque sea apasionadamente.

Me consta, por otra parte, que Eduardo Galeano escribió un libro dedicado a los abrazos (1) y hoy he buscado refugio en sus páginas porque necesito encontrarlos de diferente manera. Creo que estamos viviendo momentos de hambre de abrazos, tal y como lo expresaba él de forma magistral en uno de sus relatos del libro citado, El hambre / 2:

Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame.
El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo
es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o
una cosa para usar. El sistema, que no da de comer,
tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre
de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

El hambre de abrazos existe desde que al mundo lo llamamos mundo, pero en este tiempo de coronavirus, hemos comprobado en nuestra propia carne que necesitamos encontrar al verdadero prójimo, que no es un competidor, enemigo, obstáculo a saltar o una cosa para usar y tirar. Lo que sabemos ahora es que el coronavirus nos condena al hambre de los abrazos verdaderos. Dicen que se ha descubierto el verdadero problema de este tiempo de separación: el virus nos desvincula y es la razón de nuestro sufrimiento y de por qué buscamos desesperadamente la vacuna del abrazo en el alma de secreto que todos tenemos, para sentir el calor que la situación actual nos quita sin compasión alguna.

Finalmente, he comprendido muy bien qué significa el abrazo de la razón y el corazón, así como el del alma y el cuerpo, leyendo uno de los abrazos verbales de Galeano cuando me he enfrentado a esta página en blanco: “¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón. Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la verdad” Lo que he pretendido es decir la verdad de lo que significan ahora los abrazos en nuestras vidas, como sentipensante de este tiempo tan difícil de interpretar. Nada más.

(1) Galeano, Eduardo (1993). El libro de los abrazos. Madrid: Siglo XXI.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los árboles aprenden a darnos corazón y vida

Nubes blancas, Ludovico Einaudi (piano) & Alessia Tondo (voz)

[…] encinas de junto al mar
—en Santander—, encinar
que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca,
y tú, encinar madrileño,
bajo Guadarrama frío,
tan hermoso, tan sombrío,
con tu adustez castellana
corrigiendo,
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana!…

[…] Brotas derecha o torcida
con esa humildad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.

Antonio Machado, de Las encinas (1917)

Sevilla, 13/I/2021

Siendo muy joven aprendí que el secreto de la encina es dar corazón, porque según el autor de esta frase tan sugerente, nacido en tierras de Castilla, a la que daría forma en el título de un libro perseguido por la Iglesia oficial franquista, Elogio de la encina, había vivido “ese diálogo vivo entre el desasosiego vertical del chopo, que avanza hacia la altura, y la reciedumbre anclada de la encina. Y no he sabido nunca qué admirar más si el disparatado abalanzarse del chopo hacia los cielos o el amoroso arraigar en tierra de la encina”; “en realidad, no [hago en este libro] elogio exclusivo de ninguno sino que parábola del chopo y de la encina hubiera sido el título más exacto”. Antonio Machado ya lo había explicado magistralmente en su particular elogio de la encina: “con sus ramas sin color / en el campo sin verdor; / con su tronco ceniciento , / sin esbeltez ni altiveza / con su vigor sin tormento / y su humildad que es firmeza”.

Hoy, escuchando a un arbolista -¡qué término tan precioso!-, comentar la realidad de las miles de ramas y centenares de árboles caídos por el peso de la nieve en Madrid y dar razones científicas de por qué había pasado eso en la ciudad y en otros lugares de España, cuando no ocurre lo mismo en circunstancias similares en países del Norte de Europa, me ha asombrado por su respuesta: los árboles aprenden a cuidarse y reaccionan ante estas inclemencias del tiempo, aportando firmeza a sus troncos y ramas de forma programada. Lo que ocurre es que estaban acostumbrados en este país a un clima más benigno y este temporal de nieve y frío los ha cogido por sorpresa, como nos pasa en la vida ordinaria a cada uno de nosotros.

Lo he manifestado en ocasiones anteriores al acercarme al cambio climático: nada de lo que ocurre en la Naturaleza es inocente. Está en boca de todos que la borrasca Filomena no ha sido un fenómeno más del invierno, sino que algo está pasando y no es porque no nos lo hubieran avisado los sabios del lugar en términos puros y propios de Al Gore. Creo que lo sucedido con Filomena nos obliga a reflexionar qué está pasando con el calentamiento global, el cambio climático y el efecto invernadero, seis palabras que atemorizan al capital y a los mercados que no tienen compasión de la Naturaleza en estado puro, nuestra Casa.

La caída de miles de ramas y árboles por el peso de la nieve es un aviso para navegantes, porque sin árboles es muy difícil la vida. Recuerdo ahora lo que aprendí en aquellos años jóvenes que citaba anteriormente: la milenaria encina nos demuestra que su humildad terrena es firmeza para seguir viviendo, nos da corazón y alma, con las ramas en la tierra, aunque vea el desafío de los chopos que a través de su figura esbelta buscan acercarse a los cielos como si no pasara nada en la naturaleza que es la que les aporta vida. Un precioso ejemplo, sin olvidarme del arbolista de hoy que me ha enseñado algo muy importante: la naturaleza es muy sabia y los árboles saben defenderse del cambio climático si los dejamos crecer sin sobresalto humano alguno. En la interpretación de Nuvole bianche (Nubes blancas) por parte de Ludovico Einaudi y la letra de Alessia Tondo. he querido dar una muestra de la posible conversión de las nubes blancas en lo que hoy podría ser ciudades blancas en este país, como una forma de reflexionar sobre lo más importante en la vida, el amor, tal y como nos lo canta de forma muy bella la cantante salentina dando corazón, como la humilde encina, que siempre da, mientras que la respetan y está viva, lo que puede.

NOTA: en la interpretación de Nuvole Bianche, la cantante Alessia Tondo utiliza el dialecto salentino que se habla en El Salento, comarca formada por la extremidad sudeste de la región italiana de Apulia, conocida como el “tacón” de Italia. El texto dice lo siguiente (extraído de https://youtu.be/O-HsW142T5g):

Está bien, déjala dormir,
Ahora ella no lo puede entender,
No, no le hables,
¿Por qué ya no siente su corazón?
El viento tampoco me dice demasiado,
Ahora no puedo entenderlo,
Duerme, duerme y no desea,
no le gusta más éste corazón.
Cuatro vientos y yo sueño solo,
Mis notas ya no tienen fortuna.
Déjame dormir nuevamente,
Déjame morir primero, que esta alma sin amor, no, no la puedes ayudar.
Pasa el tiempo y no me habla
Pasa el tiempo y no me dice nada
Así que ya sabes lo que quería,

Lo que nos pasa
Todavía te siento acá,
Solo si tú puedes, no, solo si tú quieres vuelve conmigo,
Y si quieres mi corazón, éste sigue aquí simplemente cierra los ojos y lo encontrarás.
Canto y pienso en ti
Suspiro y lloro
Ya no tengo tu amor
Tu fuiste mi bien

El viento me dejo solo
Con el tiempo debe regresar
Déjame sufrir solo
Déjame olvidar primero
Mi alma va donde quiere, deja que lo haga.
Pasa el tiempo y no me escucha
Pasa el tiempo y no me dice nada
No te detengas ahora,
Solo, solo debo quedarme
Deja que entre el sol
Debo quedarme bajo el sol
No te detengas ahora
Ella ya no puede amarme
Pasa el tiempo y no habla
Pasa el tiempo y no dice nada
Así que ya sabes lo que quería

Lo que nos pasa
Todavía te siento acá
Solo si tú puedes, no, solo si tú quieres vuelve conmigo
Y si quieres mi corazón, éste sigue aquí, simplemente cierra los ojos y lo encontrarás.
Canto y pienso en ti
Suspiro y lloro
Ya no tengo tu amor
Tu fuiste mi bien.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.