No se debe justificar o normalizar lo indeseable e imposible

Hace ciento treinta años, después de visitar el país de las maravillas, Alicia se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés. Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana. Al fin del milenio, el mundo al revés está a la vista: es el mundo tal cual es, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies.

Eduardo Galeano, Si Alicia volviera,en Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1).

Sevilla, 18/I/2021

Estamos asistiendo en la pandemia a un espectáculo ético de consecuencias incalculables, normalizándose actitudes imposibles e indeseables por tierra, mar y aire en una auténtica exposición mediática del mundo al revés. Lo expresó coloquialmente el torero Rafael “El Guerra”, con una sabiduría popular aplastante: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Se aprecia una evolución de enormes tragaderas éticas por la normalización de actitudes y situaciones que no son asumibles para el común de las personales normales, aunque ya las quisieran Gargantúa y Pantagruel para sus famosas correrías. Es probable que estemos a veces instalados en la justificación fácil de que lo que ocurre es que algunas personas estamos equivocadas de siglo al intentar comprender lo incomprensible desde una óptica actual de presente y futuro incierto, pero la realidad es que vivimos en una quiebra ética de proporciones incalculables, donde todo cabe y se justifica con valoraciones peregrinas, normalizando lo imposible e indeseable a todas luces como correctivos de conciencia fáciles y accesibles para todos a modo de bálsamo de Fierabrás.

La pandemia es un escaparate abierto las veinticuatro horas de lo que he expuesto anteriormente. Muchos jóvenes, en primer lugar, de los que decimos que reciben ya nuestro testigo -¿qué testigo?- como generaciones presentes y futuras comprometidas con su país, esgrimen su derecho a divertirse como si no hubiera mañana y se enfrentan a todo lo que se mueve en dirección de restringir sus movimientos en beneficio del interés general de salud para todos. Así lo escribí en julio de 2020, en un artículo que fijaba las bases del desencanto personal hacia la generación del relevo en nuestro país: ¿Por qué muchos jóvenes ningunean la COVID-19? Se podría decir con acento gongorino que lo que traducen con sus actitudes irresponsables y faltas de ética es aquella máxima suya adaptada a la actualidad: ¡ándeme yo caliente, inféctese o muérase la gente! En segundo lugar, la dialéctica salud/economía está siendo también un arma arrojadiza y asustadiza para frenar acciones legítimas de fijar prioridades, en las que el eslogan de “salvar la navidad” ha sido su principal hilo conductor, ¡hay que salvar la normalidad!, desoyendo criterios científicos y técnicos que nos vienen avisando por todos los medios posibles de que algo muy grave nos puede pasar.  Estos dos ejemplos, nos muestran de forma descarnada que todo acaba naturalizándose en una mezcla informe de ignorancia y libertinaje consentidos sin mezcla de control alguno. En tercer lugar, la desnaturalización de lo público frente a lo privado como la solución a todos los males presentes y futuros, siendo el principal exponente el abandono de las dotaciones profesionales y de equipamiento en el sector público sanitario, salvados para el capital por la famosa frase del asesor de Clinton: ¡es la economía, idiota! Naturalidad de naturalidades, todo es natural.

¿Por qué ocurre todo lo anterior? Hay una razón de fondo muy preocupante, sobre la que ya nos habían avisado hace bastantes años: en una economía de mercado, el capital no entiende de valores sino de resultados, económicos por definición, por supuesto. La ética, en sus múltiples manifestaciones, es una ignorante molesta en el gran teatro económico del mundo. A pesar de los descalabros de la economía, a lo largo de los dos últimos siglos, no acabamos de aprender que el ser humano no es mercancía sino un ente vivo sujeto a derechos y deberes que se deben regular de la mejor forma para alcanzar el mejor contrato social posible, habiendo demostrado que la herramienta del capital libre y descontrolado no es buena consejera en esta realidad social comunitaria en la que la división del trabajo, cuando existe (el trabajo), necesita siempre el control del Estado para que no se desvirtúen los grandes principios del Estado del Bienser (perdón por el neologismo) y del Bienestar, que no son lo mismo.

Volviendo a la situación actual de la pandemia, creo que es una excelente ocasión para entrar con un buldócer ético en la sociedad y remover los grandes planteamientos sociales en los que estamos instalados. No podemos seguir buscando soluciones a los grandes problemas actuales de paro como consecuencia de la pandemia, por ejemplo, con las fórmulas clásicas del subsidio a escalas astronómicas (maná europeo) porque no hay Estado o economía pública que lo resista. En un país subsidiado y de economía sumergida galopante, como el nuestro, los cambios son difíciles, sobre todo porque ya hay varias generaciones subsidiadas y habituadas al trabajo fácil y sin compromiso social, porque no pagan impuesto alguno, donde se normaliza la cultura del fraude y el escaqueo permanente de deberes públicos. Es necesario por tanto comenzar a hablar de legalizar nuevos contratos sociales donde la responsabilidad política del Gobierno correspondiente y de la ciudadanía tengan un papel protagonista en los cambios copernicanos y prioritarios que se tienen que abordar con urgencia ética y social. Todo lo demás es seguir normalizando lo indeseable e imposible que no beneficia a nadie. Ya lo dijo El Guerra: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible.

Es posible que Góngora nos explicara hoy esta situación a través de su famosa letrilla rediviva, Ándeme yo caliente, ríase la gente: Cuando cubra las montañas / De blanca nieve el enero, / Tenga yo lleno el brasero / De bellotas y castañas, / Y quien las dulces patrañas / Del Rey que rabió me cuente, / Y ríase la gente. […] Busque muy en hora buena / El mercader nuevos soles; / Yo conchas y caracoles / Entre la menuda arena, / Escuchando a Filomena (2) / Sobre el chopo de la fuente, / Y ríase la gente. Porque lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible, por mucho que ante la falta de ética personal y colectiva queramos normalizar lo indeseable en términos individuales y sociales para convertirlo todo en un mundo al revés.

(1) Eduardo Galeano (1998). Si Alicia volviera, en Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Madrid: Siglo XXI Editores de España.

(2) “Filomena” era la denominación de “la hembra del ruiseñor” en tiempos de Góngora (ver el Diccionario de Francisco Sobrino (1705), en el Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa. Bruselas: Francisco Foppens, p. 182,3).

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.