Casi todo es preludio en la vida

Estoy ensayando en el piano el Preludio número 7 del conjunto que escribió Chopin en el periodo transcurrido entre 1835 y 1839, probablemente compuesto durante su estancia en Valldemossa (Islas Baleares) y que hoy figura en su catálogo como Opus 28, 7. Es una partitura preciosa de escasos compases, 16 exactamente, pero que muestra la maestría del compositor polaco en toda su extensión. El andantino, primera parte de esta partitura que se ejecuta con movimiento lento pero vivo, ayuda a introducir sentimiento en esta obra, equiparada en su conjunto con la que Bach publicó bajo el título de El clave bien temperado.

¿Por qué traigo a colación esta reflexión sobre este preludio? Básicamente porque casi todo en la vida es una introducción, un preludio, a situaciones que se desconocen cómo transcurrirán con el tiempo por derroteros insospechados, porque todo tiene su tiempo y su momento. Pero tienen una belleza especial, sobre todo cuando lo concebimos con el arte de empezar algo en la vida, el momento mágico de la página en blanco en la realidad de cada día, en la que puede ocurrir de todo pero en la que tenemos la gran oportunidad de darle un sentido especial. En definitiva, es la combinación histórica del lema preludio en sus dos acepciones principales según la Real Academia Española de la Lengua: aquello que precede y sirve de entrada, preparación o principio a algo y también, por analogía en este caso, la composición musical de corto desarrollo y libertad de forma, generalmente destinada a preceder la ejecución de otras obras.

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Chopin, F, Preludio, Op.28,7 (fragmento)

Lo breve, si bueno, dos veces bueno. Chopin lo sabía y así lo dejó escrito en esta obra magna, Preludios, de la música clásica. Vuelvo a tocar el número 7 con su pasión característica, cuidando el andantino para dar sentido a la entrada tranquila que merece toda experiencia que comienza cada día para vivir dignamente y a la que, en esta ocasión, pongo música para enriquecer la banda sonora de mi vida.

Sevilla, 27/XI/2016

Cuando nos salimos del cuadro de la vida

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Pere Borrell y del Caso, Huyendo de la crítica (1874).

El Museo del Prado ha preparado una exposición sorprendente y de gran calidad artística, con una denominación muy sugerente, Metapintura. Un viaje a la idea del arte (Museo Nacional del Prado 15/11/2016 – 19/02/2017), que recoge un hecho transcendental en el mundo del arte: la pintura es necesario interpretarla alguna vez sobre la propia pintura. Entre los cuadros expuestos, proveniente de galerías y museos internacionales, así como de colecciones públicas y privadas, me ha llamado la atención uno en particular. Se titula, Huyendo de la crítica, y es un trampantojo del pintor catalán Pere Borrell y del Caso, pintado en 1874.

Creo que la representación de lo que nos sucede en determinados momentos de la vida, tan próximos en estos días por el macrocosmos político y social que nos rodea, se puede expresar muy bien examinando con detenimiento esta pintura. Todos, sin excepción, vivimos en el cuadro que nos pinta la vida a diario. Así nos ven y así lo cuentan a los demás. Así nos vemos y así figuramos ante los otros, con dificultades notorias para salirnos del marco familiar, laboral y social establecido.

Groucho Marx, a quien acudo tantas veces para comprender la vida, como su famoso niño de cuatro años, me lo recuerda muchas veces: que se pare el mundo que me bajo. Ahora, contemplando este cuadro tan extraordinario, podría decir sin sonrojo alguno: que pare la exposición permanente de mi vida, que me salgo del cuadro que me imponen.

Es verdad. Alguna vez hay que tomar esta decisión para no seguir “exponiéndonos” sin sentido alguno en este mundo diseñado por el enemigo. Es una imagen preciosa, en la que este niño quiere acabar con una ceremonia de confusión que no tiene sentido alguno, en un mundo con una falta clamorosa de valores, donde agradecemos cualquier detalle de calidad humana porque nos parece extraordinario cuando debería ser una experiencia cotidiana. Basta recordar las últimas imágenes de los niños sirios víctimas de una guerra cruel y sin sentido alguno: ¡No puedo aguantarlo más!

Ahora viene el viernes negro (black friday), importación conductual de consumo que saludamos todos juntos y en unión como Pepe Isbert a Míster Marshall, en una película celtibérica que aún permanece vigente en su mensaje a pesar de haber pasado por el túnel del tiempo. Prefiero ir el jueves próximo (24/XI) a ver el documental cinematográfico Alalá (alegría, en caló), saliéndome del cuadro de todos los días, para intentar comprender que el mundo de los niños de la barriada de las Tres Mil Viviendas, en Sevilla, contado maravillosamente en esta película, nos permite vislumbrar que otro mundo es posible y muy diferente al que nos pintan a diario, porque Groucho ya lo dijo metafóricamente: que busquen a esos niños de cuatro años y más, en las Tres Ml Viviendas, por ejemplo, que lo saben todo. Es lógico que, como ellos, queramos huir hacia otro mundo donde el arte de vivir no se compra ni se vende en el supermercado del consumo, ni en museos vivientes no inocentes. Sin más marco que el de la dignidad humana, que da la felicidad auténtica cuando se entra en él y del que, hoy por hoy, no me gustaría salir. A pesar de todo, porque en la gran exposición del mundo en que vivimos, que podría llevar por título «Metavida», tenemos que plantearnos alguna vez que la vida digna hay que interpretarla alguna vez sobre la propia vida, saliéndonos todas las veces que haga falta de los marcos que nos impone a diario la sociedad y que no nos gustan.

Sevilla, 22/XI/2016

DATOS PÚBLICOS MASIVOS / 5. ¿Inteligencia de negocio o de interés general?

EL CUARTO PODER
Giuseppe Pellizza da Volpedo (1901). El Cuarto Estado.

La respuesta planteada en el título de este post no está en el viento (Bob Dylan, dijo), porque las dos estrategias digitales pueden convivir perfectamente, si son rigurosas, objetivas y evaluables. En tal sentido he pensado siempre que la propiedad de la información pública debería ser como la del campo, para quien la trabaja, salvando lo que haya que salvar y sería un motivo de orgullo público que se entregara a la ciudadanía por la Administración, perfectamente trabajada con visión de interés general y disponibilidad plena para salvar la equidad en la accesibilidad a la misma. Mi experiencia en el sector público avala esta respuesta, aunque voy a tratar de desarrollarla en claves estratégicas para ambas partes interesadas, la Administración Pública y el sector empresarial. Es probable que esta música suene solo cuando se trata de la inteligencia de negocio (business intelligence) en su estricto sentido y casi siempre con soluciones externas a la propia Administración. Más que a esta vertiente tradicional, quiero referirme ahora al movimiento que hace el camino contrario, es decir, la inteligencia de interés general, que se trata con la inteligencia pública digital (digital public intelligence) mediante políticas que llevan a cabo estrategias públicas digitales y que ya he definido en anteriores artículos, que es la que trata internamente la información, los datos públicos masivos, para ponerlos a disposición de la sociedad que es de donde se nutre, junto con la acción administrativa, llamada también función pública, que es la que caracteriza legalmente ese tratamiento.

Es muy importante este punto de partida porque los datos públicos masivos existen. El problema radica en cómo están alojados en los servidores públicos y cómo se almacena y trata esa información, en ámbitos sensibles y no sensibles, tales como salud, educación, justicia, servicios sociales, empleo, etc. Sin política digital adecuada es muy difícil tratar con la calidad científica que se necesita los datos públicos digitales, porque aparecerán dispersos y en un estado de muy difícil generación de informes solventes y de gran rigor técnico. Que sean útiles para la reutilización de ámbito público que necesita la sociedad en sus múltiples manifestaciones y aplicaciones posibles, así como las personas individualmente, las organizaciones públicas y privadas, empresas, instituciones científicas, medios de comunicación social, etc., que deberían confíar en las fuentes públicas de datos masivos.

Los datos públicos masivos nunca deben ser mercancías, sino derechos y deberes de carácter público puestos al servicio de la sociedad en su conjunto, garantizando en alta disponibilidad la equidad en la accesibilidad digita a los mismos. Es en este ámbito donde creo que existen unos nichos, minas verdes de datos que explicaba en un artículo anterior, donde las empresas emergentes y consolidadas, públicas y privadas, pueden disponer de una información ingente para buscar respuestas al tratamiento que se considere más adecuado sobre los datos que se pueden obtener de la Administración, como objeto declarativo de derechos y deberes públicos, sin más cortapisa que el respeto escrupuloso a la protección identidad de personas y acciones públicas que tengan que mantener la confidencialidad, sujeta a la ley y al derecho correspondiente, nada más, pero no defenderse desde la Administración en la empalizada de la protección de datos, como si se hablara de la División Acorazada Guzmán el Bueno, para entendernos, para no facilitar información en alta disponibilidad, que es consustancial con la necesidad de la sociedad de conocer qué pasa a diario en la función pública de cualquier Administración, en sus instituciones y servicios públicos de toda índole y que son inherentes a su razón de ser y existir.

Es obvio que ambas interpretaciones de tratamiento de la inteligencia digital, la pública y la privada (en relación con los datos públicos masivos), pueden coexistir, pero sin mezclarse en un todo revuelto donde a veces no se sabe dónde empieza una y acaba la otra. Es importante abrir este debate en la sociedad en foros públicos, con transparencia total, porque es una forma de abrir las grandes alamedas donde encontremos Administraciones Públicas que disponen de unos datos públicos masivos que pertenecen a la sociedad que es de donde emanan, de acuerdo con los grandes principios constitucionales que rigen en la forma de entender la Administración en este país: “La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la ley y al Derecho (Constitución Española, Art. 103.1.).

Es una gran oportunidad, legítima y fascinante, para todo el sector público y privado del país, que necesita trabajar en clave de predicción individual y social al servicio de los habitantes del mismo en sus múltiples actividades diarias. Y el secreto está en esos datos públicos masivos, que deben entregarse a quienes los trabajan, la propia Administración, cuando se convence de ello y pone medios de política digital aplicada en este ámbito, y la sociedad que los necesita para su propio interés general. Sin ninguna duda, los datos públicos masivos, como cuando se habla de la propiedad del campo, es decir, la información derivada de la disponibilidad de los datos públicos masivos debe ser para quienes la trabajan, que pueden ser la propia Administración, como depositaria de la misma con visión de entrega y transferencia inmediata y, sobre todo, los ciudadanos y organizaciones públicas y privadas, interesados en ello. De esta forma, no sería necesario tener que esperar a la noche del domingo correspondiente, para enterarnos de qué pasa en la Administración Pública, a nivel de Estado y de las Autonomías a través del programa El Objetivo (La Sexta), con su maldita hemeroteca, pruebas de verificación, sé lo que hicisteis con el último contrato y otras secciones de marcado interés público, como lo demuestra cada vez que interviene en el mismo el presidente de la Fundación Civio, por ejemplo. Aparece siempre la Administración a remolque de lo que se necesita conocer y comprobar, nunca delante, cuando con una actitud predictiva en el tratamiento de los datos públicos masivos, podría adelantarse a estos y otros acontecimientos mucho más importantes para el interés general.

Debería ser la propia Administración Pública la que a través de la televisión pública ofreciera programas de divulgación sobre esta área tan sensible para la población. Todos ganaríamos en credibilidad y respeto hacia la función pública, objetiva, de ética contrastable y razonable, porque cree y divulga la alta disponibilidad de los datos públicos masivos, mucho más allá de los Portales de Transparencia que son un esfuerzo en sí reconocible, pero que no se pueden quedar solo ahí por razones más que obvias. Constitucionales, sin lugar a dudas y con carácter preferente, que también existen, por cierto.

Un matiz, para finalizar. Verán que no hemos hablado hasta ahora de tecnología de inteligencia de negocio o pública digital, porque doy por hecho que existe tecnología más que suficiente para aplicar las claves estratégicas expuestas anteriormente en éste y en anteriores artículos de esta serie. El problema no está ahí, porque la Administración puede utilizar en su caso el mejor software y hardware existente y su resultado ser la digitalización del desorden, nada más. El software y las máquinas inteligentes para tratar los datos públicos masivos de la Administración deben ser la consecuencia de una decisión anterior de política digital de carácter estratégico, no al revés. Disponer o no, previamente, de política digital específica en este ámbito de actuación pública con rango de Estado, esa es la cuestión, porque se necesita su ordenación desde el ámbito legal sustantivo, respetándose posteriormente su desarrollo y cuidando las peculiaridades de cada Comunidad Autónoma en su aplicación también legal, real y efectiva. Luchemos por ello.

Sevilla, 21/XI/2016

DATOS PÚBLICOS MASIVOS / 4. Una mina inagotable

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Todavía estamos impactados por el último programa de Jordi Évole, eVictims, en el que se explicaba con detalle una cara no amable de la revolución digital: las minas de coltán, el mineral que tanto hace sufrir a los que lo extraen, en una explotación miserable, las llamadas minas rojas e incluso las verdes, que acaba incorporándose a los teléfonos móviles que utilizamos a diario, entre otros aparatos electrónicos que lo integran como componente esencial.

Salvando lo que haya que salvar y siguiendo con el símil, los datos públicos masivos que posee la Administración, alojados en Centros de Procesos de Datos y de Tratamiento de la Información (las nuevas “minas digitales”), están como yacimiento por explotar en unas minas, también rojas o verdes, dependiendo de la forma de conservarlos y ponerlos a disposición de la ciudadanía. Sin política digital que tutele de forma efectiva y garantista la legislación vigente, en referencia a la transparencia y accesibilidad real y objetiva de los mismos, más allá de los portales de transparencia, se convierten en una mina de un color u otro por los beneficios o daños colaterales que pueden llegar a producir cuando se tratan o no como derecho de la ciudadanía a conocerlos, bajarlos y explotarlos de la forma más accesible y libre posible.

Los datos públicos masivos son una mina roja cuando no tienen orden ni concierto y se entregan a cuentagotas en una ceremonia de confusión para quien los quiera conocer. Además, al no existir muchas veces política digital en la generación y conservación de los mismos, en un marco legal de interoperabilidad con visión de Estado, producen casi siempre una fragmentación de límites inalcanzables. Por no citar los múltiples formatos en los que se conservan y publican, donde la disponibilidad en bruto es un desiderátum en el mejor de los casos, porque tratados para una intelección de los mismos rápida y sencilla es una flor que no suele adornarlos.

Un ejemplo muy clarificador lo encontramos en el campo de la salud. Al no estar interconectados los diferentes Sistemas de Salud, en tiempo real, la ciudadanía no puede beneficiarse de la interoperabilidad en la alta disponibilidad de los diagnósticos que se pudieran utilizar en el citado tiempo real, contrastando la información que hubiera en la mina de salud correspondiente y que se pudiera poner a disposición de los médicos de todo el país de forma antecedente y no solo consecuente. Además, muchas veces se utiliza la legislación de protección de datos de carácter personal como arma arrojadiza para no avanzar en este campo de alta disponibilidad de la información objetiva de carácter clínico para todo el país, convirtiéndose estos datos masivos públicos de salud en una mina roja en la que es muy difícil entrar para extraer la información que pertenece a la propia ciudadanía, porque gracias a ella se genera. Bastaría con una disociación de datos tutelada. Nada más.

Tengo experiencia en otros campos de datos públicos masivos, como puede ser los económicos y presupuestarios. Siempre he defendido que la caracterización del tratamiento de la información de estos datos debería llevarse a cabo desde una óptica que se llama, en terrenos de mercado, inteligencia del negocio (Business Intelligence) y que en la Administración de debería llamar inteligencia pública digital (Digital Public Intelligence), como tantas veces he defendido en mi acción pública y, ahora, en este blog, que aplicada a los datos públicos masivos se debería comprender a través de las cinco acepciones siguientes:

1. La ciudadanía es capaz de adquirir destreza, habilidad y experiencia práctica de la información que existe en los datos públicos masivos que se manejan y tratan en la relación con la Administración digital, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida [la habilidad] de haberse hecho muy capaz de ella [por la voluntad del Gobierno correspondiente], en el marco de lo propugnado por el Artículo 103 de la Constitución al referirse de forma muy breve a la Administración.

2. El Gobierno digital correspondiente, a través de la Administración Pública, decide y aprueba mediante disposiciones, el desarrollo de la capacidad que tienen las personas de recibir la información que figura en los datos públicos masivos de los que dispone, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de la equidad en la accesibilidad a los mismos, mediante los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. El Gobierno digital correspondiente, a través de la Administración Pública, decide y aprueba que la inteligencia pública digital permita a la ciudadanía, a la que sirve, adquirir conocimiento por empoderamiento, como capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para el contexto comunitario o cultural en el que viva, mediante la equidad en la accesibilidad y obtención de los datos públicos masivos que pueda tratar adecuadamente a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

4. El Gobierno digital correspondiente, a través de la Administración Pública, debe saber discernir que la inteligencia digital es un factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, mediante la obtención de los datos públicos masivos que pueda tratar adecuadamente a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

5. El Gobierno digital correspondiente, a través de la Administración Pública, debe desarrollar la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica del doble uso, rojo (nula disponibilidad en tiempo real) o verde (alta disponibilidad en tiempo real), con una vigilancia adecuada por parte de la Administración Pública.

No solo es un problema de dinero, porque fácilmente se confunde en la Administración, como hace todo necio, valor y precio, sino de eterna confusión entre inversión y gasto, como también he explicado en este cuaderno digital, en otra serie dedicada a la política digital con visión de Estado. Si existiera esta política estatal y, por extensión, en las Comunidades Autónomas, otro gallo cantaría en este ámbito. No es la economía solo, es la política digital adecuada de la planificación estratégica en la creación, consolidación, interoperabilidad nacional y autonómica, accesibilidad y alta disponibilidad de los datos públicos masivos que tienen su origen en la relación de los ciudadanos con la Administración a través de actos públicos y viceversa. Mientras esto ocurre, estaremos permitiendo que haya minas rojas en la accesibilidad a los datos públicos masivos, con las consecuencias tan perniciosas que origina una pésima planificación en este campo tan necesario para desarrollar la inteligencia humana que sabe y debe acceder a minas verdes de los citados datos.

Sevilla, 16/XI/2016

NOTA: la imagen se ha obtenido hoy de http://www.jcmagazine.com/wp-content/uploads/2012/06/data-center.jpg

Hijo de la Superluna

Dedicado, en el día que nos visita la Superluna, a Neil Armstrong, aquél americano que pisó por primera vez, de verdad, una luna de verano muy grande y que hizo posible creer en la innovación y en el progreso de la humanidad, en un año en que España tenía -en una gran parte de sus habitantes- helado el corazón. También, a todas las personas que cuidan al niño que llevamos dentro y que siempre fue, que sigue presente en nuestras vidas y en la de los demás, que observa la luna de cada día en cualquiera de sus estados, al niño o niña que nunca debemos olvidar para no dejar de respetarnos y ser personas dignas sin tener que esperar días y acontecimientos especiales.

Érase una vez una Superluna que quiso un día visitarnos después de muchos años (sesenta y ocho, exactamente) y hablar con todo el mundo, tan grande y poderosa ella… Siempre recuerdo una experiencia vital que tuve con ella en mi juventud, eso sí, en un momento muy especial, como si fuera un relato de realismo mágico inspirado en García Márquez. Verán por qué. El niño que siempre fui pertenece a la generación que escuchó a Jesús Hermida la narración de la llegada de Neil Armstrong a la luna. Era de noche y mi abuela desconfiaba de todo lo que estaba viendo: ¡Hermida es así de fantástico!, decía tan tranquila y más ancha que larga: ¡Peor para vosotros, que os lo creéis todo! Y todos nos deshacíamos en esfuerzos para entender aquello que nos superaba más que a mi abuela, a decir verdad, todavía en una película de blanco y negro que se conserva en mi hipocampo de todos y en el de secreto. España vivía un mes de julio muy caluroso desde el compromiso político. A lo más que aspirábamos a mi edad era a no estar en la luna y, sobre todo, a no pedirla, como se decía en mi casa si algo era desproporcionado.

Yo no estaba en la luna, porque al día siguiente me iba a atender a los familiares de enfermos muy pobres del Hospital de las Cinco Llagas, en Sevilla, para invitarlos a dormir y asearse, en una habitación limpia, de un piso que había alquilado la asociación a la que pertenecía, para entregarles dignidad como personas, a pesar de que fueran pobres de solemnidad, como se decía en aquella época. Estaba de vacaciones, y cogía un autobús desde Valencina de la Concepción a Sevilla, ida y vuelta, con una misión posible, muy terrenal por cierto.

Aquella noche de 20 de julio de 1969, la voz trémula y engolada de Hermida, muy americano él, nos hizo muy cercana la llegada del primer hombre a la Luna, algo que se nos escapaba a los que estábamos muy cerca de la Tierra, en su difícil día a día, luchando por cambiar un país, diseñado en aquel momento por el enemigo, que vivía aquello como el mundo del nunca jamás que solo pertenecía a Míster Marshall.

Y al cabo de los años, recordaba siempre aquella luna con una canción que Ana Torroja, del grupo Mecano, nos dejó para la posteridad, haciéndonos comprender que la Luna, a pesar de la visita de Amstrong, estaba sola, “quería ser madre”, y no respondía, muy celosa ella, cuando se le preguntaba, de forma más desafiante que el astronauta lo pudo hacer, aquello de:

Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer.
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.

La luna lo tenía muy claro. Un día no muy lejano, ese niño estaría muy cerca de ella porque nadie entendió el conjuro de una gitana, desafiante ella, ya estuviera en fase menguante o llena, o detectara unas atrevidas huellas humanas de un tal Armstrong en su suelo o de un tal Trump, precisamente hoy, merodeando la Casa Blanca:

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
Y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

Hoy he vuelto a leer este cuento escrito hace ya unos años para mi persona de secreto y esta noche voy a buscar la luna grande, la Superluna, para decirle a solas que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que está viendo y pasando en este mundo al revés. Aprendí de Saramago eso, que había que dejarse llevar siempre por el niño que fuimos y le leeré este cuento en voz baja, porque estoy de buenas como el niño de Mecano. También, porque ante tanto desconcierto vital sé que es capaz de menguar para hacer una cuna al niño que todos llevamos dentro y porque no vuelve a visitarnos hasta el 25 de noviembre de 2034. La verdad es que no podemos esperar tanto para volver a hablar con ella, para consolarnos mutuamente, porque también sufre y no encuentra querer que la haga mujer, a pesar de estar hoy… tan bella.

Así fue y así lo he contado.

Sevilla, 14/XI/2016

NOTA: el vídeo se ha recuperado hoy de http://svs.gsfc.nasa.gov/4404

He buscado la Luna Grande, la Superluna

 

superluna

Superluna / JA COBEÑA

Y en las noches
que haya luna llena
será porque el niño
esté de buenas.
Y si el niño llora
menguará la luna
para hacerle una cuna.

Mecano, Hijo de la luna

He cumplido el compromiso contraído esta mañana cuando publiqué el post Hijo de la Superluna y la he buscado, llegada la noche, para decirle que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que estoy viendo y lo que está pasando en el mundo en el que vivo, que no me gusta. Y le he contado el cuento que escribí un día y que leí esta mañana, esperando todavía su respuesta, que ya la conozco y me reconforta: «Hoy he vuelto a leer este cuento escrito hace ya unos años para mi persona de secreto y esta noche voy a buscar la luna grande, la Superluna, para decirle a solas que el niño que siempre fui, de piel, no se cree lo que está viendo y pasando en este mundo al revés. Aprendí de Saramago eso, que había que dejarse llevar siempre por el niño que fuimos y le leeré este cuento en voz baja, porque estoy «de buenas» como el niño de Mecano. También, porque ante tanto desconcierto vital sé «que es capaz de menguar» para hacer una cuna al niño que todos llevamos dentro y porque no vuelve a visitarnos hasta el 25 de noviembre de 2034. La verdad es que no podemos esperar tanto para volver a hablar con ella, para consolarnos mutuamente, porque también sufre y no encuentra «querer que la haga mujer», a pesar de estar hoy… tan bella».

Así la he visto y así lo cuento, con el regalo de su imagen tal y como era a las 20:56 horas.

Sevilla, 14/XI/2016

DATOS PÚBLICOS MASIVOS / 3. Transparencia, ese claro objeto de deseo

La política digital transparente es aquella que transmite las acciones de gobierno de forma “clara, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad”, tal y como define la Real Academia Española la cualidad de transparente, es decir, la transparencia. Es verdad, porque el marco en el que se tiene que desenvolver la política digital de los Gobiernos progresistas que la desarrollen, es el de la transparencia que se comprende en sí misma, que algunos viven (sin hacer esta política) como un castigo divino, cuando debía ser la quintaesencia de esta acción política que ahora nos ocupa en esta serie. No solo es el resultado final de un camino legal, que también lo es, sino una actitud política de gobernanza que ampara los datos públicos masivos que posee en sus servidores gracias a la interrelación con la ciudadanía, a quien sirve y de la que se retroalimenta. La transparencia no es solo el objeto de una ley o un portal específico, sino una actitud pública mantenida en el tiempo, para que la accesibilidad a los datos digitales sea una constante en alta disponibilidad, gracias a una clara y rotunda política digital de carácter sustantivo, con visión de Estado y con una proyección hacia el Estado de las Autonomías, cruzada permanentemente por una transversalidad digital de amplio espectro que solo se consigue con políticas y estrategias digitales progresistas, avanzadas, que trabajan siempre en clave de interoperabilidad integral, sin fronteras atómicas que lo impidan.

Entiéndase esta última expresión como la infraestructura digital instalada en la actualidad a lo largo y ancho del país, que no implantada, por las diferentes Administraciones, con idénticas finalidades, pero que forman una torre de babel digital de imposible interrelación y acceso. No solo es un claro derroche de dinero público, sino algo mucho peor. Se dilapida cada segundo la interrelación e interoperabilidad de datos masivos compartidos y transparentes que podrían suponer una información y servicios a la ciudadanía de un valor incalculable y solo porque no se toman medidas de política digital compartida, sustantiva, desde la perspectiva legal. Es lo que permitiría llevar a cabo la evaluación de las políticas públicas por parte de la ciudadanía, entendida como la capacidad que tiene y se le transfiere mediante empoderamiento digital para emitir juicios bien informados. Así aprendí de Carol Weiss (1) la importancia y transcendencia de la evaluación de los programas y las políticas públicas cuando tienen un marco de transparencia esencial que se encuentra en los datos públicos masivos que obran en su poder, llamado «servidores oficiales».

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Fundación Civio

La transparencia está íntimamente unida al empoderamiento digital, entendido como “capacidad que tienen los Gobiernos y las Administraciones Públicas para transferir conocimiento y poder digital a la ciudadanía, a sus empleados públicos y a las empresas del sector TIC” a través del tratamiento adecuado y transparente de los datos públicos masivos. Lo comentaba recientemente en este cuaderno digital: sueño con el día en que se declare una estrategia digital de Estado y se nombre un alto cargo del rango que decidió el gobierno de Obama en 2008, tanto a nivel de Estado como en su proyección de las Comunidades Autónomas, que permita conformar un Consejo Interterritorial Digital que ejecute la estrategia digital, con visión política y respaldo necesario para la toma de decisiones en este ámbito de urgencia vital en nuestro país, como ya he expuesto en otras ocasiones. Es lo que posibilita realmente la transparencia, que no es un asunto estrictamente digital, pero que está indisolublemente unido a ella porque la necesita en su excelente estado del arte actual, a través de las TIC y sus instrumentos estrella como la telefonía inteligente y medios de comunicación integral como las actuales redes sociales, sin ir más lejos.

La política digital en relación con la transparencia es un asunto de Estado, no una cuestión baladí protagonizada solo por los amantes de las tecnologías de la información y comunicación. Tampoco, por los que se ajustan, porque no queda más remedio, a cumplir con la Ley 19/2013, de transparencia, acceso a la información pública y del buen gobierno, o las ya publicadas al respecto en diferentes Comunidades Autónomas, sin disponer de las infraestructuras digitales necesarias para garantizarla hasta sus últimas consecuencias. Además, cuando sustenta las políticas sociales por excelencia, educación, salud, dependencia, entre otras, se troca en un asunto que nos pertenece a todos, sin excepción y sin fronteras atómicas. Por ello, el marco de la política digital de transparencia no es un asunto tecnológico sino constitucional, como declarativo de derechos y deberes fundamentales que se digitalizan y se deben dar a conocer y tratar como información básica y especializada, a desarrollar y publicar por la Administración en formatos adecuados, interoperables y abiertos, que siempre depende del Gobierno correspondiente. En cualquier caso, nunca es inocente en su planteamiento tecnológico, que debe ser dirigido siempre por la política digital definida por el citado Gobierno.  Esa es su gran fortaleza en el argumentario que mantengo en este blog: elevar la política digital a asunto de Estado, máxime cuando tiene que atender a realidades tan inexorables como la salud y la enfermedad o los servicios sociales, para que se puedan compartir hasta la saciedad los datos públicos masivos que generan. O el emprendimiento en la reutilización de los datos públicos masivos que pone a disposición de la ciudadanía el Gobierno digital correspondiente, empoderando a la ciudadanía para que los conozca y trate, aunque hoy todavía lo sigamos viviendo, desgraciadamente, como un horizonte lejano, a pesar de las leyes existentes.

Un ejemplo de transparencia que tiene el sustento de los datos públicos masivos, vale más que mil palabras. Sé que el Presupuesto del Estado y de las Comunidades Autónomas maneja términos diseñados a veces por el enemigo, pero conozco casos muy emblemáticos y didácticos para comprenderlo. Pongo el ejemplo del trabajo que realiza actualmente en España la Fundación Civio con algunas Comunidades Autónomas que se están situando cada vez más en clave de Gobiernos abiertos y transparentes, a través de la herramienta basada en la aplicación de los Presupuestos Abiertos de Aragón que Aragón Open Data ha abierto al uso público y que recomiendo analizar con detalle respecto de Andalucía, por ejemplo, donde se muestra y demuestra con creces que cuando hay voluntad política de difundir un Presupuesto es posible hacerlo. Se analiza la distribución del presupuesto regional en España durante los años 2006 al 2015, pudiéndose observar tanto el gasto presupuestado total, como el presupuesto por habitante. Se pueden ver las cantidades por área funcional, como por ejemplo Sanidad, referidas a cada región o a todo el territorio nacional. Conozco a David Cabo, trabajador incansable a favor del conocimiento accesible y libre, Patrono Fundador y Director de la Fundación, porque en su momento trabajé con mucha ilusión por incorporar esta herramienta en Andalucía, solución que finalmente no se llevó a cabo, con gran decepción por mi parte.

Creo que se comprende bien por qué la transparencia basada en los datos públicos masivos correctamente utilizados, se convierte en un claro objeto de deseo que se puede alcanzar si se implantara en este país una política digital con visión de Estado y con una proyección democrática y de coparticipación en el ecosistema público digital de las Comunidades Autónomas.

Sevilla, 11/XI/2016

(1) Weiss, C.H. (1998). Evaluation. Methods for studying programs and policies. New Jersey: Prentice Hall.

DATOS PÚBLICOS MASIVOS / 2. ¿Digitalizar el desorden?

Seguimos avanzando en esta serie. Creo que he declarado públicamente mi opción por aplicar inteligencia pública digital en todas y cada una de las acepciones contempladas en el post anterior, con un denominador común: la inteligencia humana, amplificada por la red neuronal pública, es un recurso imprescindible para predecir cómo se deben abordar problemas que afectan todos los días a la ciudadanía, a quien sirve la Administración en disponibilidad total, 24x7x365, con la ayuda de las TIC. Lógicamente, para dar respuestas en fracciones de segundo, en consultas de atención primaria, por ejemplo, como nos muestra un proyecto tan interesante como Savana, que sigo de cerca desde 2014. ¡Cuánto podría aportar la historia de salud digital en Andalucía, Diraya, a este proyecto!

He trabajado muchos años en la Administración y he sido testigo directo de cómo se puede digitalizar el desorden si los objetivos de la misma no se han definido previamente con carácter estratégico, confundiéndose permanentemente inversión digital con gasto público digital multimillonario que hasta permite ganar premios nacionales e internacionales, pero sin resultado práctico alguno, sin inteligencia digital aplicada. En estos momentos, se echa la culpa de todo a los recortes sin dedicar tiempo, espacio y dinero público a aplicar el análisis de big data de gasto público digital, que se puede hacer en muy poco tiempo, para constatar que con la aplicación inteligente, predictiva y estratégica de los análisis obtenidos, se puede deducir que hay que actuar con urgencia o, más aún, con un plan de emergencia digital, para que no se siga gastando dinero público en infraestructuras digitales y programas informáticos, digámoslo claramente, hardware y software al servicio teórico de la Administración, que no de la ciudadanía, que crece como esporas en chiringuitos digitales, sin mezcla de resultado alguno desde la perspectiva de interés general y solo para los exquisitos digitales que los controlan.

En la Administración no se debe digitalizar nada que no esté previamente ordenado, es decir, la ciudadanía, a quien sirve, debe tener garantizada la aplicabilidad digital de lo que se gasta en presupuestos digitales de amplio espectro. Y esto solo se consigue con estrategias públicas digitales, enmarcadas en políticas digitales, que declaran mediante disposiciones legales el alcance de lo planificado al servicio de la ciudadanía, de su empoderamiento digital, que también debe existir. Hoy, el tratamiento de big data de carácter público, permite analizar con urgencia qué está pasando en el seno de la Administración, con visión de Estado. Las tecnologías traspasan el ámbito del Estado de las Autonomías, con carácter transversal y esto hay que tenerlo en cuenta si no queremos seguir digitalizando el desorden, en ámbitos tan cruciales como empleo, educación, salud o servicios sociales. La inteligencia pública digital es poderosa y todo no es cuestión de dinero, como nos recordaba machaconamente aquél asesor de Clinton en la campaña de 1992, tan actual hoy: ¡the economy, stupid!

Apliquemos inteligencia pública digital a estos datos públicos que enuncio y veremos cómo es posible dar un giro copernicano a la política digital de nuestro país, en beneficio de todos. Objetivo: no seguir digitalizando el desorden, porque la inteligencia pública digital que existe ya en la Administración, tratada en clave de big data, puede ofrecer información predictiva a los propios profesionales y funcionarios, para ofrecer las mejores respuestas a la ciudadanía. Ordenadas digitalmente, en el amplio sentido de estas palabras.

Sevilla, 8/XI/2016

 

¡Pasen y vean!

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Me gustaría escribir todos los días sobre el hilo conductor de este blog, la inteligencia digital. Pero están sucediendo acontecimientos en este país desde hace diez meses, de una importancia transcendental, que me llevan a reflexionar casi a diario sobre lo que nos ocupa políticamente en su sentido más profundo y como ciudadano pre-ocupado [sic] por la realidad social que se dirige desde el Gobierno correspondiente. He escrito en muchas ocasiones en este blog sobre las políticas públicas y sobre cómo se tendría que llevar a cabo la Política Digital, por ejemplo y entre otras de marcado interés general. Pero lo que está sucediendo en estos meses me sobrecoge porque la ética política que respalda la ideología, que nunca es inocente, es imprescindible en cualquier acción de Gobierno y ahora brilla por su ausencia con todo lo que ha ocurrido y que no debe pasar de forma desapercibida. Esta es mi razón principal para escribir ahora sobre «la cosa política» (res política), que es pública por cierto y que nos afecta a todos en el aquí y ahora de cada uno.

Estos días de investidura estoy recordando mi infancia en Madrid, cuando asistía los jueves por la tarde al circo estable Price para ver los espectáculos semanales que dirigían la familia Carcellé. Lo que está sucediendo estos días en el Congreso de los Diputados, dicho con todos los respetos, se asemeja ahora al mayor espectáculo del mundo, porque los números que estamos contemplando sabemos que solo son una representación bajo la sombra de una investidura anunciada, donde los discursos, réplicas, contrarréplicas, votaciones, mayorías absolutas y relativas están perfectamente recogidos en el guion político que todos conocemos de antemano. Es igual que lo que recuerda mi memoria de hipocampo de aquél circo de la niñez rediviva, donde comenzaba el espectáculo con la frase clásica del director de pista, ¡pasen y vean!, en el que los artistas de cada sesión, uno tras otro, desfilaban con trajes de lentejuelas y colores muy vivos, coronados por los payasos de mi época, Emy, Goty y Cañamón, entre aplausos enfervorizados. Sobre todo, cuando actuaban después los trapecistas con el triple salto mortal sin red. Tengo que decir al respecto, que cualquier parecido de este ejemplo con la realidad de hoy, no es ya pura coincidencia…

Efectivamente, en el Congreso y a la voz de ¡pasen y vean!, asistimos estos días a un espectáculo que aporta muy poco por manoseado y mal tratado en sede democrática. Primero, porque por enésima vez escuchamos discursos tras discursos del candidato y de los líderes y portavoces de los diferentes partidos que ocupan escaño en el Congreso, que al final siempre han dicho lo mismo en estos diez meses, para acabar ayer en una primera votación que ya se sabía que iba a ser igual que la anterior, es decir, vence el no matemático y vergonzante para algunos, de cuyo nombre no quiero expresamente acordarme. Aunque dentro de 48 horas esos «algunos» diputados cambien el sentido del voto en aras de la gobernabilidad de España. Sin comentarios. Segundo, porque se volverá a votar mañana sábado, eso sí con puntualidad suiza, para que se produzca un hecho, lamentable desde la ética política más heterodoxa, en el que se sabe de antemano que, con la abstención del PSOE, se podrá investir a Rajoy como Presidente del Gobierno de España. Está claro: NO es SÍ.

¡Pasen y vean! He recordado también que una vez se presentó en el Price el espectáculo de las motos voladoras. El director de pista, con voz engolada, anunció el número más difícil todavía, con una frase memorable, porque unos artistas portugueses tenían que subir y bajar en vertical por un majestuoso cilindro metálico a gran velocidad, obviamente sin caerse: “en el ejercicio que van a ver ahora, la palabra «miedo» ha sido sustituida por intrepideeez…”, con una «e» prolongada hasta el infinito que sobrecogía a nuestras almas pequeñas. Es verdad, ahora en el Congreso, la palabra NO ha sido sustituida por abstención, a secas, sin «o» prolongada… Más difícil todavía, desafiando al miedo y sin condición alguna. ¡Qué intrepidez!, comprendida tal y como define la Real Academia Española esta palabra en su segunda acepción, es decir, ¡qué osadía y falta de reflexión!, porque la primera, arrojo, valor de los peligros, ya lo han «demostrado» hasta la saciedad. Desgraciadamente.

Sevilla, 28/X/2016

La cara ya no es el espejo universal del alma

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Lo han descubierto científicos españoles en las islas Trobriand (Papúa Nueva Guinea), según un estudio reciente publicado en la prestigiosa revista JEP: General, de la Asociación Estadounidense de Psicología acerca de la sonrisa y sus significados en esa zona tan apartada del mundo en el que vivimos. Igualmente ha ocurrido con otra expresión facial, la del miedo, publicada también en este mes por la revista PNAS. Han llegado a la conclusión de que las expresiones faciales, como la sonrisa o el miedo, entre otras, son herramientas para la interacción social, más que una representación de una emoción básica interna. En unos sitios la sonrisa puede significar alegría, como en nuestro país, pero en Papúa Nueva Guinea representa una invitación o atracción social. Igual que el rostro habitual del miedo, que allí significa amenaza o enfado. Todos recordamos el famoso cuadro “El grito”, de Munch, aunque pensándolo bien podemos comprender ahora por qué el artista temblaba de ansiedad aquél día de 1892, cuando oyó un grito infinito y lo pintó como un arquetipo ejemplar y para la posteridad, de su azarosa vida de todos y, fundamentalmente, la de secreto. Muerto de cansancio existencial.

Más inquietante es la publicación del libro The Book of Human Emotions, de la historiadora británica Tiffany Watt Smith, en la que describe 156 emociones diferentes, no las cinco clásicas y más primarias y universales (hasta ahora…) que pudimos comprobar y sentir en la película de la factoría Disney, Del revés (alegría, tristeza, enfado, miedo, asco). Una me ha sorprendido mucho: “el awumbuk, una palabra de la cultura Baining de Papúa Nueva Guinea que se refiere a la sensación de vacío que dejan los invitados al irse. «En psicología empleamos el vocabulario de la calle. Es como si en física utilizaran palabras de la calle para estudiar la mecánica newtoniana. La gente quiere Inside Out [Del revés], pero la realidad, a lo mejor, es otra» (1).

Depende entonces nuestra cara del entorno cultural en el que cada uno vive y del humor que tenga ese día. Aunque tengo mis dudas, porque el sábado, viendo la película de Bayona, Un monstruo viene a verme, todos lloráramos ante lo que estábamos viendo. Nuestra cara, nuestras lágrimas sí eran en ese momento el reflejo de las almas que allí estábamos, sin distinción de edad o clase social. Quizá porque en la oscuridad estábamos solos y no interactuando con los demás. Luego las lágrimas, simbolizando la tristeza pasajera, son el espejo del alma. Cuando está sola (esa es la cuestión). O cuando se van los sueños, ideologías y personas que queremos, como pasa en Papúa Nueva Guinea. Tan lejos…

Sevilla, 18/X/2016

(1) Ansede, Manuel (2016, 19 de agosto). El pueblo en el que la sonrisa no significa alegría. El País.com.

NOTA: la imagen representa los cuatro humores: colérico, melancólico, sanguíneo y flemático. Imagen recuperada de http://es.wikipedia.org/wiki/Imagen:Alletemp.jpg, el 2 de marzo de 2008.