Cuando nos salimos del cuadro de la vida

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Pere Borrell y del Caso, Huyendo de la crítica (1874).

El Museo del Prado ha preparado una exposición sorprendente y de gran calidad artística, con una denominación muy sugerente, Metapintura. Un viaje a la idea del arte (Museo Nacional del Prado 15/11/2016 – 19/02/2017), que recoge un hecho transcendental en el mundo del arte: la pintura es necesario interpretarla alguna vez sobre la propia pintura. Entre los cuadros expuestos, proveniente de galerías y museos internacionales, así como de colecciones públicas y privadas, me ha llamado la atención uno en particular. Se titula, Huyendo de la crítica, y es un trampantojo del pintor catalán Pere Borrell y del Caso, pintado en 1874.

Creo que la representación de lo que nos sucede en determinados momentos de la vida, tan próximos en estos días por el macrocosmos político y social que nos rodea, se puede expresar muy bien examinando con detenimiento esta pintura. Todos, sin excepción, vivimos en el cuadro que nos pinta la vida a diario. Así nos ven y así lo cuentan a los demás. Así nos vemos y así figuramos ante los otros, con dificultades notorias para salirnos del marco familiar, laboral y social establecido.

Groucho Marx, a quien acudo tantas veces para comprender la vida, como su famoso niño de cuatro años, me lo recuerda muchas veces: que se pare el mundo que me bajo. Ahora, contemplando este cuadro tan extraordinario, podría decir sin sonrojo alguno: que pare la exposición permanente de mi vida, que me salgo del cuadro que me imponen.

Es verdad. Alguna vez hay que tomar esta decisión para no seguir “exponiéndonos” sin sentido alguno en este mundo diseñado por el enemigo. Es una imagen preciosa, en la que este niño quiere acabar con una ceremonia de confusión que no tiene sentido alguno, en un mundo con una falta clamorosa de valores, donde agradecemos cualquier detalle de calidad humana porque nos parece extraordinario cuando debería ser una experiencia cotidiana. Basta recordar las últimas imágenes de los niños sirios víctimas de una guerra cruel y sin sentido alguno: ¡No puedo aguantarlo más!

Ahora viene el viernes negro (black friday), importación conductual de consumo que saludamos todos juntos y en unión como Pepe Isbert a Míster Marshall, en una película celtibérica que aún permanece vigente en su mensaje a pesar de haber pasado por el túnel del tiempo. Prefiero ir el jueves próximo (24/XI) a ver el documental cinematográfico Alalá (alegría, en caló), saliéndome del cuadro de todos los días, para intentar comprender que el mundo de los niños de la barriada de las Tres Mil Viviendas, en Sevilla, contado maravillosamente en esta película, nos permite vislumbrar que otro mundo es posible y muy diferente al que nos pintan a diario, porque Groucho ya lo dijo metafóricamente: que busquen a esos niños de cuatro años y más, en las Tres Ml Viviendas, por ejemplo, que lo saben todo. Es lógico que, como ellos, queramos huir hacia otro mundo donde el arte de vivir no se compra ni se vende en el supermercado del consumo, ni en museos vivientes no inocentes. Sin más marco que el de la dignidad humana, que da la felicidad auténtica cuando se entra en él y del que, hoy por hoy, no me gustaría salir. A pesar de todo, porque en la gran exposición del mundo en que vivimos, que podría llevar por título “Metavida”, tenemos que plantearnos alguna vez que la vida digna hay que interpretarla alguna vez sobre la propia vida, saliéndonos todas las veces que haga falta de los marcos que nos impone a diario la sociedad y que no nos gustan.

Sevilla, 22/XI/2016

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