Leyenda en Cantabria / 4. Santillana del Mar, de la Literatura, de la Comunicación y del Arte

Torre de Don Borja, Santillana del Mar (Cantabria) / JA COBEÑA

Sevilla, 3/IX/2022

Fue un descubrimiento total la visita a Santillana del Mar, con su aureola de lugar inolvidable, declarada conjunto histórico-artístico en 1889. Todo el enclave medieval es maravilloso y la Colegiata de Santa Juliana es el ejemplo más claro de su historia y tiene lógica que esté incorporado al reconocimiento social como uno de los pueblos más bonitos de España. La cercana Cueva de Altamira, declarada también Patrimonio de la Humanidad, no era en esta visita un claro objeto de deseo, quizás porque la primigenia no se puede visitar, sólo una copia. Con esta base y estudiado a fondo nuestro recorrido en esta villa, nos dirigimos en primer lugar a la Colegiata, claro ejemplo del románico en Cantabria, que data del siglo XII, aunque su verdadera historia arranca en el siglo IX al albergar allí un antiguo monasterio. Hasta llegar allí por las calles Carrera, Cantón y Río, cualquier mirada a izquierda y derecha nos llevaba a contemplar edificios emblemáticos: la Casa de los Villa, la Torre de los Velarde, el Palacio de Valdivieso y las Casas de los Quevedo y Cossío, hasta la espléndida Plaza del Abad Francisco Navarro, donde pudimos disfrutar de panorámicas excelentes de la Colegiata, entrando en ella por la puerta lateral que después, al salir, nos llevaría a la Plaza de Armas.  

La entrada al claustro me sobrecogió. ¡Cuánta belleza en sus capiteles, desde cualquier ángulo que se contemplen! Entrando en el templo destaca el retablo mayor con escenas evangélicas. Los ábsides semicirculares, las bóvedas de cañón y de horno, así como su cimborrio forman un conjunto armónico de tres naves tipo en el periodo románico. Al salir, visitamos el Museo y la Fundación Jesús Otero Oreña (Santillana del Mar, 1908-1994), un escultor represaliado por la dictadura y que alcanzó su reconocimiento desde la Transición, albergando más de 50 esculturas y objetos donados por el artista en 1993. Su obra me pareció digna de estar representada en su ciudad natal y de figurar en un enclave tan singular como Santillana.

Llegar a la Plaza Mayor por la calle Racial fue un conjunto de sensaciones especiales, sobre todo cuando, en nuestro caso, descubrimos una banderola colgada en la Torre de Don Borja, que supuso para mí un reencuentro con José Saramago, porque recogía una frase suya que desde que la leí por primera vez he guardado en mi alma de secreto: “Siempre acabamos llegando donde nos esperan”, escogida del Libro de los itinerarios, en su obra “El viaje del elefante”. Así fue. La visita a la Torre de Don Borja fue la mejor experiencia que tuvimos en Santillana del Mar, que explico a continuación. Concertamos la hora de la visita guiada, durante una hora y cuarto, en la que la guía Helena, una sevillana de Triana, junto con una visitante francesa y otra pareja también de Sevilla (otra vez la unión de Andalucía y Cantabria), nos mostró lo que en los últimos años ha representado aquel edificio para la cultura en España, al albergar durante muchos años la Fundación Santillana, que tomó el nombre del lugar donde se fijó su sede oficial.

La Torre de Don Borja es una representación excelsa de la Santillana medieval, junto a la Torre del Merino, situadas ambas en la antigua plaza del Mercado, hoy Mayor, donde está situado ahora el Ayuntamiento de la localidad. Data como enclave fortificado del siglo XV y debe su nombre actual a Don Borja Barreda, titular del Mayorazgo en 1844: “Históricamente ha recibido los sobrenombres de Torre de don Borja-Bracho, la Torrona y de la Infanta, ya que fue propiedad de la Infanta Paz de Borbón. A finales de los años setenta el edificio, en estado de ruina, fue comprado por Jesús Polanco y Pancho Pérez González para ubicar en él la sede de la Fundación Santillana. La rehabilitación, a cargo de los arquitectos Luis Castillo y Eduardo Fernández Abascal, mereció el prestigioso premio Europa Nostra. En 2019 el edificio, de nuevo bajo la dirección de Luis Castillo, ha vuelto a ser rehabilitado” (1). La vinculación de Jesús Polanco y Pancho Pérez, con orígenes familiares el primero en Santillana del Mar, con el edificio a través de la Fundación Santillana, a quien debemos tanto en la Transición española por la creación también de un periódico excelso, El País, con la aparición de su primer número en 1976, supuso poner la moviola de mi vida desde aquellos años y esta visita garantizaba mi respeto a sus figuras por todo lo que hicieron para salvaguardar las libertades en este país y la protección de la educación y cultura a través de sus publicaciones llevadas a cabo en editoras de gran renombre. En este sentido, creo que la página web de este sitio “medieval”, pero tan actual, resume muy bien lo anteriormente expuesto: “La Torre de Don Borja es un proyecto que rinde homenaje, en un edificio del siglo XV, a Jesús Polanco y Pancho Pérez González a través de las que fueron sus principales pasiones: el arte, los libros y la comunicación”. Con este hilo conductor iniciamos la visita guiada, extraordinariamente presentada y narrada por Helena, de cuyo nombre quiero acordarme ahora como expresión de agradecimiento a su buen hacer profesional.

Efectivamente, pudimos recorrer estas áreas de interés de sus patronos, comenzando por los libros, mundo en el que se desenvolvieron muy bien ambos amigos, concretamente en el espacio dedicado al proyecto de Biblioteca Iberoamericana, sueño de Pancho Pérez: “Su amor a los libros le llevó a comprarlos, encargarlos y coleccionarlos durante toda su vida. Su biblioteca estuvo ubicada, primero, en el pueblo cántabro de Barcenillas, hasta que en 2019 se trasladó a la Torre de Don Borja, rehabilitada con este fin. Los casi veinte mil ejemplares que la conforman son el reflejo de la pasión de Pancho Pérez González por los libros y el conocimiento”. Pasamos inmediatamente al espacio dedicado a la editorial Santillana, que nació en 1960, que impulsada por ellos “se convirtió en una gran empresa que hoy edita en 21 países, prácticamente en todo el área iberoamericana”. Donde sentí sensaciones especiales fue en el espacio dedicado a la educación, piedra angular de esta editorial, porque desde hace muchos años ha estado centrada “en la educación que se encuentra fuertemente arraigada en la memoria colectiva y sentimental de varias generaciones que estudiaron con el apoyo de los libros de texto de Santillana”. En este contexto, nos permitieron hojear los primeros cuadernos de instrucción pública para adultos, entrañables y de feliz memoria, con los que comenzaron su carrera editorial.

Como un paso más en su aventura editorial, nos enseñó Helena la proyección internacional que se alcanzó entre los años 70 y 80, al convertirse Santillana en un grupo editorial, con la creación o incorporación de varias editoriales. Con ellas abordó campos distintos al educativo, como la literatura, el ensayo, la actualidad y los libros infantiles y juveniles. El éxito definitivo se alcanzó en los años 90, porque “ya operaban en la mayor parte de Iberoamérica desarrollando también ediciones locales”. Tuve la oportunidad de visualizar primeras ediciones emblemáticas de autores, publicadas por editoriales del grupo, Alfaguara, Taurus, Aguilar y Altea, entre ellos dieciocho premios Nobel y doce premios Cervantes. Como era obvio, identifiqué inmediatamente a José Saramago, que ya me había dicho en la puerta que “Siempre acabamos llegando donde nos esperan”, porque allí estaba, en una estantería junto a compañeros y compañeras de renombre.

Pasamos a continuación a la Biblioteca Histórica de la Infanta Paz de Borbón, propietaria de la Torre a comienzos del siglo XX, figurando en los antiguos salones, de corte isabelino, “la biblioteca que ella y sus herederos conformaron: un millar de ejemplares, perfectamente restaurados, de entre los siglos XVI y XX”. Helena contó numerosas anécdotas de sabor histórico que rodearon la vida y obra de la Infanta. Finalmente, en esta área dedicado a los libros y al conocimiento, vimos la biblioteca de arte, con obras de pequeño formato de Elvira Amor, Joan Hernández Pijuan, Ángel Alonso o Jorge Asensio, entre otros.

Quedaba todavía un plato fuerte, el espacio dedicado a la comunicación. Allí nos sumergimos en recuerdos entrañables procedentes de El País, la Cadena Ser y Canal Plus, proyectos impulsados por Jesús Polanco, presidente de la empresa editora, PRISA y en los que también participó Pancho Pérez González, su socio y amigo. Es verdad lo que se indica en la página oficial de la Torre: “A través de una cuidada selección de imágenes, sonidos y antiguos aparatos de radio y televisión, el visitante se asomará a las primeras décadas de existencia de El País y la conformación de PRISA como uno de los grupos de comunicación más importantes del mundo. El recorrido es, al tiempo, un itinerario por los treinta primeros años de democracia en España a través de las informaciones y los protagonistas de la prensa, la radio y la televisión de entonces”. Allí sentí de cerca lo que supuso para mí comprar en Roma el primer número del diario El País, el 4 de mayo de 1976, al visualizar en aquella Torre la plancha de la portada, preparada para la rotativa. Sentí un escalofrío especial, porque tuve en mis manos aquel número que significaba tanto para la democracia y la información libre en este país. Recuerdo como si fuera ayer el día que compré este número en el quiosco que hacía esquina entre el corso Vittorio Emanuele II y la via del Corso. Han pasado cuarenta y ocho años y hoy, El País, con mayúscula, no es lo que era, tampoco lo es con minúscula, por contextualizarlo todo, pero tengo que reconocer lo mucho que ha aportado a este Estado tan dual y cainita.

Por último, contemplamos los espacios dedicados al arte, que también me sobrecogió en determinados momentos. Tal y como cuenta la institución, allí se expone la Colección Rucandio, “una iniciativa privada promovida, desde comienzos de los años 60, por Jesús Polanco e Isabel Moreno. Con un conjunto de más de 300 obras, pretende reconstruir los momentos más importantes del arte español desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad. El afán de la Colección es establecer un relato imparcial de este periodo de nuestra historia del arte más reciente, con obras representativas de todos aquellos artistas fundamentales que han trabajado en este espacio de tiempo. De ahora en adelante una selección de piezas destacadas de la Colección se irá mostrando periódicamente y de forma sucesiva, en forma de exhibición temporal, en los diversos espacios de la Torre de Don Borja”. Sus herederos siguen esta senda marcada de la Colección y pudimos ver obras de Jaume Plensa, Carlos Alcolea, el grupo Costus, Eduardo Martín del Pozo y María, Daniel Canogar, Juan Genovés, Gregory Crewdson, Robert Filliou, Alicia Framis y Nuno Nunes-Ferreira, entre otros autores de reconocido renombre.

Fue una visita excepcional, algo más que una experiencia cultural. Fue una oportunidad para valorar qué ha supuesto la democracia en nuestro país. Arte, libros y comunicación forman un conjunto armónico que la Torre de Don Borja nos transmitió de forma especial. Tenía razón Saramago cuando nos invitó a entrar desde la banderola al viento en la Torre: “Siempre acabamos llegando donde nos esperan”. Helena se despidió de nosotros entregándonos una biografía no oficial, pero autorizada, de Jesús de Polanco, escrita por Mercedes Cabrera, Jesús de Polanco (1929-2007). Capitán de empresas (2). Andalucía se encontró de nuevo con Cantabria en Santillana del Mar. Escribí unas notas en el libro de visitas de la Torre, de agradecimiento por lo que habían entregado. Era importante hacerlo, porque quería dejar por escrito el agradecimiento por el regalo que habíamos recibido durante casi una hora y media, con la atención impecable de Helena. Lo hice porque en Santillana del Mar no olvidé algo que aprendí de Antonio Porchia, hace ya bastante años: Sé lo que te he dado; no sé lo que has recibido. Pretendí que la duda quedara así despejada, con la palabra que, afortunadamente, aún nos queda.

(1) Torre de Don Borja – Santillana del Mar

(2) Cabrera, Mercedes, Jesús de Polanco (1929-2007). Capitán de empresas, 2015. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Leyenda en Cantabria / 3. Castro Urdiales, la cuna de Ataúlfo Argenta

Ataúlfo Argenta, en Castro Urdiales (Cantabria) / JA COBEÑA

Sevilla, 2/IX/2022

Ya lo expliqué sucintamente en el artículo de presentación de esta serie: quería estar cerca de Ataúlfo Argenta, excelente pianista y director de orquesta natural de Castro Urdiales y al que admiro desde mi infancia, recordando todavía como si fuera ayer el día que conocí su fallecimiento cerca de Madrid, ciudad en la que yo vivía en aquellos años de mi infancia. Le he seguido de cerca durante muchos años y todavía resuena en mi alma de secreto la Romanza de Salvador Bacarisse, el segundo movimiento de su preciosa obra Concertino en La menor, que tuvo el valor de dirigir el día de su estreno en París, en 1953, en plena dictadura. Se lo agradecí personalmente al pie de su estatua. Cuento como anécdota de aquel día que durante el tiempo que estuve cerca del director de orquesta tan querido por mí, en el que tomé bastantes fotografías de la escultura que figura en la Plaza de los Jardines, una paloma permaneció posada, impertérrita, en su cabeza, sin querer abandonarle, algo que interpreté como una metáfora de su libertad tan ansiada y por la que fue maltratado por la dictadura incluso a la hora de explicar su fallecimiento tan controvertido en las cercanías de Madrid, concretamente en Los Molinos, situación que comenté en 2017, en un artículo que llevaba por título La verdad sobre Ataúlfo Argenta.

Fue la primera visita a aquella ciudad tan representativa de Cantabria. Sentí muy de cerca su obra artística, como compositor y director de orquesta, pero sobre todo su compromiso ideológico hasta la muerte, como republicano por ideología. Otro motivo que me llevó hasta allí era visualizar directamente lo que durante tantos años sólo he podido contemplar en mi casa, en un grabado al aguatinta, sin fecha, de Venancio Arribas, con una vista espléndida de la Iglesia de Santa María de la Asunción y el Castillo, éste último no visitable en la actualidad. La iglesia es un ejemplo excelente de la mejor representación del gótico en Cantabria. En su interior contemplamos en la capilla Carasa el cuadro de Zurbarán, el Cristo de la Agonía, que también cuenta con su vinculación, una vez más, con Andalucía, al haber sido trasladada allí desde su ubicación anterior, la capilla “denominada de los Amoroses, familia de ricos comerciantes castreños que mantuvo relaciones con Andalucía. Estos contactos permitirían la llegada a Castro Urdiales del cuadro y su posterior instalación en la capilla de los Amoroses. No obstante, también existe una leyenda que explica su llegada a Castro Urdiales de forma sobrenatural. Según dicha leyenda, un día estalló una gran tormenta que puso en peligro unas naves castreñas que se encontraban faenando en busca de ballenas. Ante el temor de que la tempestad pudiera hacerles naufragar, los navegantes comenzaron a implorar con sus rezos que ésta cesara. Al poco tiempo amainó el temporal y fue entonces cuando los marineros, sorprendidos, encontraron flotando sobre el mar un lienzo con la imagen de Cristo que se dirigía hacia Castro Urdiales mostrándoles el rumbo a seguir. Tras llegar a puerto, la obra fue recogida y trasladada a la iglesia de Santa María. Este cuadro, aunque carece de firma, ha sido atribuido a Francisco de Zurbarán, quien durante los años en que vivió en Sevilla pintó numerosos crucificados, si bien fueron pocos los que firmó o fechó, tal y como ocurre en el caso que nos ocupa” (1).

En la fuente consultada sobre el Cristo de Zurbarán, se dice textualmente que “Este cuadro, aunque carece de firma, ha sido atribuido a Francisco de Zurbarán, quien durante los años en que vivió en Sevilla pintó numerosos crucificados, si bien fueron pocos los que firmó o fechó, tal y como ocurre en el caso que nos ocupa”. Andalucía y Cantabria volvían a estar unidas en su historia. Continuando con la visita, lo que quizás me sorprendió más fue la imagen de Santa María con el Niño, la Virgen Blanca, que apareció emparedada en febrero de 1955, siendo una obra excelente que data del siglo XIII. Junto a ella estaban también unas tallas de los Reyes Magos, datadas en este caso en el siglo XIV. La visita exterior nos devolvió al Cantábrico y entendimos por qué aquello era el sitio ideal para una fortaleza tanto para el cuerpo como para el espíritu.

El encuentro con Ataúlfo Argenta fue muy especial. Recordé allí todas las vivencias que desde pequeño tengo sobre este gran director de orquesta. Llegué a la Plaza de los Jardines y allí pude contemplarlo en 360 grados, con la sempiterna paloma sobre su cabeza. Es una estatua de pie, en bronce, obra de Rafael Huerta Celaya, que se inauguró en 1961. A sus pies figura una placa con un poema de Gerardo Diego, Argenta, Castro Urdiales, aunque probablemente a Argenta no le gustaran estas palabras de un autor muy cercano a la dictadura.

Una y mil veces resuena en mi persona de secreto la Romanza del Concertino en La menor, de Salvador Bacarisse, que dirigió por primera vez Ataúlfo Argenta en su estreno en París, en 1953, interpretado por la orquesta de la Radiotelevisión francesa y tocando Narciso Yepes como solista a la guitarra. Lo he vuelto a escuchar con profundo respeto y admiración gracias al fondo que figura en la Fundación Juan March, como legado que su hijo cedió a la citada Fundación y al que se puede acceder para conocer en profundidad la vida en el exilio y la obra de Bacarisse. En concreto, en la página dedicada al fondo radiofónico en su etapa como productor en numerosos programas en lengua española de la RTF (Radiodiffusion-Télévision Française).

También recordé el inmenso legado de su hijo Fernando, al que califiqué como “un clásico muy popular” en un artículo que le dediqué en este cuaderno digital el día después de su fallecimiento, ocurrido en Madrid el 3 de diciembre de 2013, que tanto hizo para que los niños y niñas de este país descubrieran y amaran la música clásica. He admirado siempre a Fernando Argenta, por el trabajo encomiable que ha desarrollado a lo largo de su vida y de la forma tan didáctica que lo presentó en sociedad, para que este país saliera de su penumbra extrema y comenzara a conocer y sentir la música clásica a través de programas memorables en radio y televisión, Clásicos populares y El conciertazo, aunque él amaba sobre todo su radio, la nacional de España, llegando a afirmar con cierta sorna que «A los que trabajamos en radio no nos deberían poner cara jamás». Aprendí mucho de Fernando en mi vida nómada, escuchándolo siempre con enorme respeto en la radio del coche, en viajes siempre hacia alguna parte. Delante del monumento a su padre, sentí que hay tiempo de vivir y tiempo de morir. Tiempo de agradecer, sobre todo, por la forma alegre de vivir la vida que mostró siempre Fernando, con una música muy especial, por la forma de contar los despistes existenciales de su padre, el gran Ataúlfo Argenta, demostrando que le seguía de cerca cuando dijo, con su gracejo habitual, cómo sería un posible epitafio al final de su vida: «No tengo el ingenio de Groucho Marx, pero sería algo así como “Vaya un despiste que tuve cuando morí”. Así era Fernando Argenta, maestro para muchos clásicos populares.

Hice varias instantáneas de Argenta en aquel momento mágico, rodado curiosamente de muchos niños y niñas a los que tanto amaba su hijo, tomando conciencia de que el encuentro con él fue una excelente ocasión para agradecer siempre su presencia en mi vida. Después, quisimos completar la visita a Castro Urdiales con un reconocimiento a su enclave histórico romano, llamado Flaviógriva, pero como nos ha pasado con numerosos centros culturales de especial relevancia en Cantabria, estaba cerrado por obras de rehabilitación. De todas formas, desde el castillo pudimos comprender perfectamente el eslogan que ha caracterizado a esta Comunidad desde hace bastantes años, cuando contemplamos el mar Cantábrico que nos rodeaba con el vuelo incesante de gaviotas: allí estaba la Cantabria infinita, hermanada con Andalucía. También, el Argenta infinito.

(1) Cristo de la Agonía. Iglesia de Santa María de Castro Urdiales,  Aula de patrimonio cultural. Universidad de Cantabria, 2010.

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CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Leyenda en Cantabria / 2. Liérganes y su hombre pez

El hombre pez, estatua de Javier Anievas esculpida en 2009, junto al río Miera, en Liérganes (Cantabria) / JA COBEÑA

Sevilla, 1/IX/2022

En este viaje he pasado con frecuencia de lo divino a lo humano, como es el caso de mi visita a Liérganes, lugar que conocía por una historia fascinante sobre su hombre pez, que llegó a interesar incluso al insigne médico Gregorio Marañón. Si tenía más sentido para mí era porque, una vez más, Andalucía y Cantabria se unían en la historia. Verán por qué. Cuentan los más viejos del lugar, que Fray Benito Jerónimo de Feijóo, en su obra “Teatro Crítico Universal”, tomo sexto, discurso octavo, bajo el título “Examen filosófico de un peregrino suceso de estos tiempos”, narró en torno a un Nadante, no hombre pez, “una cabalísima descripción del suceso, remitida por el Señor Marqués de Valbuena, residente en la Villa de Santander, a diligencia del Señor Don José de la Torre, dignísimo Ministro de su Majestad en esta Real Audiencia de Asturias, la cual es como se sigue, copiada al pie de la letra”:

[…] 3. «En el Lugar de Liérganes, de la Junta de Cudeyo, Arzobispado de Burgos, distante dos leguas de la Villa de Santander hacia el Sudeste, vivían Francisco de la Vega, y María del Casar su mujer, vecinos de dicho Lugar, los cuales tuvieron en su matrimonio cuatro hijos, llamados Don Tomás (que fue Sacerdote), Francisco, José, y Juan, que vive todavía, de edad de setenta y cuatro años.

4. Viuda dicha María del Casar, envió al referido hijo Francisco a la Villa de Bilbao a aprender el oficio de Carpintero, de edad de quince años, en cuyo ejercicio estuvo dos años, hasta que el de 1674, habiendo ido a bañarse la Víspera de San Juan con otros mozos a la Ría de dicha Villa, observaron éstos se fue nadando por ella abajo, dejando la ropa con la de los compañeros, y creyendo volvería, le estuvieron esperando, [275] hasta que la tardanza les hizo creer se había ahogado, y así lo participaron al Maestro, y éste a su Madre María del Casar, que lloró por muerto a dicho su hijo Francisco.

5. El año de 1679 se apareció a los Pescadores del mar de Cádiz, nadando sobre las aguas, y sumergiéndose en ellas a su voluntad, una figura de persona racional y que queriendo arrimársele, se les desapareció el primer día; pero dejándose ver de dichos Pescadores el siguiente, y experimentando la misma figura, y fuga, volvieron a tierra contando la novedad, que habiéndose divulgado, se aumentaron los deseos de saber lo que fuese, y fatigaron los discursos en hallar medios para lograrlo; y habiéndose valido de redes que circundasen a lo largo la figura, que se les presentaba, y de arrojarle pedazos de pan en el agua, observaron, que los tomaba, y comía, y que en seguimiento de ellos se fua acercando a uno de los barcos, que con el estrecho del cerco de las redes le pudo tomar, y traer a tierra; en donde habiendo contemplado éste, que se consideraba monstruo, le hallaron hombre racional en su formación, y partes; pero hablándole en diversas lenguas, en ninguna, y a nada respondía, no obstante haberle conjurado, por si le poseía algún espíritu maligno, en el Convento de San Francisco donde paró; pero nada bastó por entonces, y de allí a algunos días pronunció la palabra Liérganes; la que ignorada de los más, explicó un mozo de dicho Lugar, que se hallaba trabajando en la referida Ciudad de Cádiz, diciendo era su Lugar, que estaba situado en la parte arriba mencionada; y Don Domingo de la Cantolla, Secretario de la Suprema Inquisición, era del mismo lugar; con cuya noticia un sujeto, que le conocía, le escribió el caso; y Don Domingo le comunicó a sus parientes de Liérganes, por si acaso había sucedido allí alguna novedad, que se diese la mano con la de Cádiz. Respondiéronle, que nada había más, que haberse desaparecido en la Ría de Bilbao [276] el hijo de María del Casar, viuda de Francisco de la Vega, que se llamaba también Francisco, como su padre; pero que había años le tenían ya por muerto. Todo lo cual participó Don Domingo a su correspondiente de Cádiz, que lo hizo notorio en el referido Convento de San Francisco, donde se mantenía.

6. Estaba a la sazón en el expresado Convento de San Francisco un Religioso de dicha Orden, llamado Fray Juan Rosende, que había venido por aquel tiempo de Jerusalén, y andaba pidiendo por España limosna para aquellos Santos Lugares; y enterado de la parte donde caía Liérganes, y familiarizándose al mozo, que había aparecido en el mar, y discurriendo si acaso fuese de dicho Liérganes, según la relación de Cantolla, resolvió llevarle consigo en su postulación: que habiéndola rematado hacia la Costa de Santander, fue al expresado Lugar de Liérganes el año de 1680; y llegando al monte, que llaman la Dehesa, un cuarto de legua de dicho Pueblo, le dijo al mozo, que fuese delante guiando, quien lo ejecutó puntualmente, y fue derecho a la casa de dicha María del Casar; la que inmediatamente que le vio, le conoció, y abrazó, diciendo: Este es mi hijo Francisco, que perdí en Bilbao, y los hermanos Sacerdote, y seglar, que estaban allí, ejecutaron lo mismo con grande regocijo; pero el expresado Francisco ninguna novedad, ni demostración hizo más que si fuera un tronco.

7. Fr. Juan Rosende dejó este mozo en casa de su madre, en la que estuvo nueve años con el entendimiento turbado, de manera, que nada le inmutaba, ni tampoco hablaba más, que algunas veces las voces de tabaco, pan, vino, pero sin propósito. Si le preguntaban si lo quería, nada respondía; pero si se lo daban, lo tomaba, y comía con exceso por algunos días, más después se le pasaban otros sin tomar alimento.

8. Si alguno le mandaba llevar algún papel de un lugar a otro, de los que sabía antes de irse, lo hacía [277] con gran puntualidad, dándole al sujeto a quien le encargaban, y conocía; y traía la respuesta, si se la daban, con cuidado; de manera, que parece entendía lo que se le decía; pero él por sí nada discurría.

9. En una ocasión, entre otras, que su sujeto de Liérganes le envió a Santander con papel para otro, siendo preciso pasar la Ría, que tiene más de una legua de ancho, y para eso embarcarse en el sitio de Pedreña, no hallándo allí barco, se echó al agua, y salió en el muelle de Santander, donde le vieron muchos mojado, y el papel que traía en la faldriquera, el que entregó puntualmente al sujeto a quien venía dirigido; el cual preguntándole, que cómo le había mojado, nada respondió, y volvió la respuesta a Liérganes con su regular puntualidad.

10. Era de estatura de seis pies, poco más, o menos; corpulencia correspondiente, y bien formado; el pelo rojo, corto; como si le empezara a nacer; el color blanco; las uñas tenía gastadas, como si estuvieran comidas de salitre. Andaba siempre descalzo. Si le daban vestido le ponía; si no, el mismo cuidado tenía de andar desnudo, que descalzo.

11. Si le daban de comer, tomaba, y comía todo lo que fuese; si no, tampoco lo pedía: de suerte, que parecía una cosa inanimada para discurrir, y animada para obedecer, y mudo para hablar, menos las palabras arriba expresadas, que pronunciaba tal vez, pero sin propósito, ni concierto; lo que puedo asegurar, por haberle conocido.

12. Cuando era muchacho tenía gran inclinación a pescar, y estar en el Río, que pasa por dicho Lugar de Liérganes, y era gran nadador. En dicha edad tenía las potencias regulares.

13. Todo lo que viene referido es la verdad del hecho, según relación de sus hermanos, el Sacerdote Don Tomás, y Juan, que vive; y todo lo que separe de este hecho es falso, como lo es el decir que tenía escamas en el cuerpo, y que este prodigio procedió de una maldición que le echó su madre.

14. En esta disposición se mantuvo en casa de su madre, y en este País el expresado mozo Francisco de la Vega por espacio de nueve años, poco más, o menos, y después se desapareció, sin que se haya sabido más de él; aunque dicen, que poco después le vio en un Puerto de Asturias un hombre de la vecindad de Liérganes; pero carece de fundamento.

Sobre este documento, prolijo de datos, don Gregorio Marañón trabajó científicamente para quitar valor a lo comentado por Feijóo, a través de su obra Las ideas biológicas del padre Feijóo, publicada en 1934. El protagonista de esta historia, según él, estaba afectado por una enfermedad, cretinismo, que le hacía aparecer como “imbécil y mudo” y que huyó de su hogar, atribuyendo las escamas de su piel a otra enfermedad llamada “ictiosis”. Estos rasgos patológicos son los que llevaron a los pescadores a atribuirle fuerzas sobrenaturales y comenzar a crear una leyenda imposible: “sin duda el joven nadador, de inteligencia limitada, y de instintos errabundos, desapareció de Bilbao, no nadando, sino por los caminos de Dios o acaso a bordo de algún barco, yendo a parar a Cádiz, donde pudieron encontrarle bañándose los pescadores” […] el raro aspecto de su piel […] le daba cierta apariencia de pez, y su imbecilidad y su mudez, impidiéndole dar detalles de su vida desde que se fue de Bilbao, le cubrieron de misterio y dieron origen a la leyenda de sus proezas acuáticas”. Finalmente, sentencia en su obra que “Francisco Vega – podemos verosímilmente afirmarlo – fue pues, un cretino; por ello fue idiota y casi mudo; por ello erró sin sentido por tierra o quizá por mar, pero no nadando; por eso tuvo escamas; por eso, en fin, nadaba con pericia y resistencia extraordinarias y se sumergía mucho más tiempo que los muchachos sanos de su edad. Lo demás, hasta dejarle convertido en el prodigioso hombre-pez que popularizó Feijoo, lo hicieron los perjuicios y las supersticiones de la época”.

Llama la atención que ocurre otra vez algo prodigioso vinculado con los padres franciscanos de Cádiz, como ocurrió con el Cristo de la Agonía, comentado en el primer artículo de esta serie. Cada uno que interprete esta historia como mejor lo crea, aunque lo mejor que he leído en esta visita a Liérganes, lugar de autos, es la leyenda que figura cerca del río Miera, que atraviesa esta localidad: “Su proeza atravesando el océano del norte al sur de España, si no fue verdad mereció serlo. Hoy, su mayor hazaña es haber atravesado la memoria de los hombres. Verdad o leyenda, Liérganes lo honra aquí y le da así la inmortalidad”. Necesitamos a veces interpretar determinados situaciones de nuestra vida como si fuera verdad lo que está pasando, aunque sólo sean sueños o leyendas, que para este caso es lo mismo. Me quedo con lo mejor de esta historia: dos Comunidades de este país comparten una leyenda después de varios siglos. Sobre todo, la respetan. Lo pude comprobar en un cuaderno que compré en Liérganes, diseñado expresamente para los niños del lugar, para que sigan conociendo algo muy importante que ocurrió hace varios siglos con un vecino suyo, cuyo nombre conocen todos: Francisco de la Vega del Casar, al que después de atravesar a nado el océano atlántico alrededor de España, reconoció en Cádiz un jándalo [emigrante cántabro] como natural de este bonito pueblo, paisanaje que le permitió volver junto a sus padres, aunque por su enfermedad no pudiera articular muchas palabras, ni contar para la posteridad qué es lo que verdaderamente había ocurrido. De ahí este misterio, porque la mayor hazaña de este “nadante” es, hoy día, haber atravesado los mares procelosos de la memoria de personas durante siglos.

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Leyenda en Cantabria / 1. Coabab o Limpias, una puerta al mar

Limpias

Sevilla, 30/VIII/2022

Comencé a leer Cantabria y a conocer sus leyendas en Limpias, un lugar muy pequeño pero precioso de cuyo nombre quiero acordarme especialmente en este viaje hacia alguna parte. Cuentan que Coabab o Limpias, tanto monta, monta tanto, con vestigios de una tribu celtíbera que le dio el nombre primitivo, conserva datos de que “en el año 1201, el Rey Don Alfonso VIII y en virtud del fuero concedido a Laredo, la población de Coabab, entre otras, pasó a formar parte del vasallaje de Laredo”. Es el propio municipio actual el que ofrece dos versiones del nombre de esta localidad, hasta llegar al actual: “Cantabria fue en la antigüedad para Castilla, la puerta al mar. Las mercancías que se debían de transportar por barco, trigo que bajaba por el puerto de los Tornos, nueces y castañas de los montes de Cantabria, se depositaban en el ribero de Coabab, para su limpieza, lugar donde atracaban los barcos. Con el tiempo y la constante limpieza, quizá la comodidad del habla, dejó en un último lugar el nombre de Coabab y dio paso al nombre de Limpias […] Al parecer, antaño la población de Coabab fue famosa por sus aguas termales, aguas sulfhídricas templadas, de excelentes propiedades, que se empleaban con gran acierto en combatir enfermedades cutáneas. El preciado líquido, procedía de tres fuentes de aguas potables de excelente calidad y un manantial de aguas minerales. Una de estas fuentes o manantiales que aún discurren, es la “Fuentenilla”, que se encuentra en la carretera que lleva a la villa de Seña. Las “límpidas aguas”, aguas cristalinas de dichos manantiales, tal vez pudo dar paso al apócope de Limpias. Los caminos y pasos desde Castilla hasta las montañas de Cantabria y el discurrir de los ríos hasta su desembocadura al mar, proporcionaron en las orillas de los ríos asentamientos humanos, que hicieron de determinados lugares, verdaderos enclaves de desarrollo. Uno de estos enclaves es Limpias”. Al menos, se sabe que “en el año 718 partió de Limpias don Suero de la Piedra, para unirse a Don Pelayo en la lucha contra los moros”.

La verdad es que paseando por lo que en su día fue el puerto del Rivero, en la orilla derecha de la ría del Asón, reviví su actividad portuaria durante muchos siglos, imaginando sus ferrerías gracias a los yacimientos próximos de zinc, de galena y de hierro. Hay que cerrar los ojos y contemplar en la actual plaza del Ayuntamiento el depósito de estos minerales listos para embarcar hacia puertos lejanos, convirtiéndose en uno de los principales puertos de Castilla. Leyendo su historia, he conocido nombres de barcos que fondeaban en esta zona preciosa del Asón, que me proporcionan un conocimiento que me deslumbra, sobre todo porque este cuaderno digital también busca islas, puertos y barcos desconocidos: veleros, pataches, bergantines, cachemires, urcas, incluso pateras antiguas, como las que fotografié bajo el señorío de las gaviotas, entre otras muchas embarcaciones. El tráfico portuario era reconocido más allá del Cantábrico, porque el maíz y el trigo traídos desde Castilla, cítricos y castañas, también vinos, se exportaban a lugares como Flandes o incluso a América, con Cuba como un puerto de preferencia. Su Casa Lonja atestigua esa actividad frenética que otorga una seña de identidad indeleble a Limpias.

Siendo importante lo anteriormente expuesto, Limpias es reconocida hoy en el mundo, sobre todo, por su Cristo, que se puede visitar en la actualidad en la Iglesia de San Pedro, un centro de peregrinaciones en la actualidad, que ha cobrado especial interés por unos hechos que acaecieron en la Semana Santa del año 1919. Sin querer reinterpretar nada, transcribo lo que el Ayuntamiento actual recoge sobre lo ocurrido en ese año: “Se cuenta que en la Semana Santa de 1919, estando el templo completamente lleno de fieles, unas niñas que estaban devotamente rezando, interrumpieron la misa y salieron atemorizadas y llorosas de la Iglesia, decían y afirmaban que el Santo Cristo de la Agonía había movido los ojos y las había mirado dulcemente. Días después, el 12 de Abril, volvió a repetirse el prodigio. Observado por gran número de personas, indicaron que El Cristo las miró y con un gesto de profundo dolor que contrajo su divino rostro, les mostró una tierna y dulcísima mirada de piedad y misericordia. Los Reverendos Padres, intentando aplacar a la multitud que se echaba atropelladamente a los pies del Cristo agonizante, no podían articular palabra al comprobar ellos mismos la veracidad del milagro. La noticia se extendió y dio lugar, y continúa así en la actualidad, a que se venere tan prodigiosa escultura. El culto al Santo Cristo de la Agonía, atrae a lo largo de los años a los creyentes y a los curiosos a Limpias. Algunos dicen que no ven nada, otros afirman que han sido bendecidos con una mirada del Santo Cristo. Sea como fuere todos estos sucesos y manifestaciones tuvieron una repercusión histórica y un impacto a escala internacional atrayendo a visitantes de diversas nacionalidades”.

Manifiesto un respeto total a estas creencias y por esta actitud, me acerqué a contemplarlo de cerca, eso sí, previo pago de un euro que tuve que echar en una hucha ex profeso para que iluminaran su altar. Estábamos solos, sin acompañamiento alguno, sintiendo una vez más las palabras de Rafael Alberti tantas veces recogidas en este cuaderno digital, Entro Señor en tus iglesias, dando forma a un soneto inolvidable:

Entro, Señor, en tus iglesias… Dime,
si tienes voz, ¿por qué siempre vacías?
Te lo pregunto por si no sabías
que ya a muy pocos tu pasión redime.

Respóndeme, Señor, si te deprime
decirme lo que a nadie le dirías:
si entre las sombras de esas naves frías
tu corazón anonadado gime
.

Confiésalo, Señor. Sólo tus fieles
hoy son esos anónimos tropeles
que en todo ven una lección de arte.

Miran acá, miran allá, asombrados,
ángeles, puertas, cúpulas, dorados…
Y no te encuentran por ninguna parte.

Lo que deseo resaltar en esta visita es haber conocido el origen andaluz de esta escultura. Sea una leyenda o no, se ha escrito que al parecer “esta imagen fue venerada en Cádiz en la Iglesia de los padres Franciscanos y que al ser derrumbada por unas inundaciones, la imagen del Cristo pasó al oratorio de Don Diego de la Piedra, caballero profeso de la Orden de Santiago. Cuentan que un maremoto amenazó la ciudad de Cádiz, el pueblo cristiano sacó en procesión las imágenes más veneradas en la ciudad, las aguas se detuvieron y comenzaron a retroceder solo ante la Santa imagen del Cristo de la Agonía. En vista del prodigio, el pueblo agradecido pidió que la imagen del Santo Cristo fuera puesta en veneración en alguna de las Iglesias de Cádiz. Don Diego fallece para el año 1755 no sin antes otorgar en su testimonio diversas cláusulas en las que recuerda a su villa natal de Limpias: «Mandó ensolar la Parroquia de San Pedro de Limpias, costeando su retablo mayor y su dorado, colocando en él tres imágenes: la de Nuestro Redentor agonizando en la Cruz, la de Su Madre Santísima y la del Evangelista San Juan… Por eso esta parroquia se convierte en el Santuario Del Santísimo Cristo De La Agonía”. Una vez más, la unión de estos territorios, Andalucía y Cantabria, se confirma por hechos sorprendentes. Lo veremos de nuevo más adelante.

Es evidente que hay una institución centenaria en Limpias, el Colegio San Vicente de Paúl, que guarda secretos y leyendas de su historia. Lo pudimos comprobar en la visita a la exposición temporal de piezas arqueológicas, fundamentalmente del Paleolítico y del Neolítico, pertenecientes a la colección del Padre Paúl Lorenzo Sierra (1872-1947), uno de los primeros prehistoriadores en Cantabria a principios del siglo XX, un gran investigador y divulgador que tuvo una estrecha vinculación con Limpias y con toda la comarca del Asón. Ejerció como director del colegio San Vicente de Paúl a comienzos del siglo XX y fue, junto a otros paleontólogos, el que aportó gran parte de las investigaciones en las cuevas de las comarcas del Asón y de toda Cantabria. Es importante señalar que arte de su investigación fue plasmada en la obra Las Cuevas de la región Cantábrica, editada en 1911 y financiada, al igual que las investigaciones, por el rey Alberto I de Mónaco, conocedor de estos trabajos. Gran parte de su colección figura en la actualidad en el Museo de la Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC),

Obviamente, me interesó visitar esta exposición, sobre todo porque me trajo inmediatamente a la memoria los trabajos realizados por el padre jesuita Pierre Teilhard de Chardin, paleontólogo de gran prestigio internacional, a quien he dedicado este blog y del que recogí el lema del mismo: el mundo sólo tiene interés hacia adelante. En mi juventud, me ayudó mucho a interpretar el alfa y el omega de la vida, habiendo dejado constancia de ellos en una serie que publiqué en 2006, que he vuelto a leer estos días. Estuvo presente en aquella visita. Cuando me presenté a la Noosfera en 2006, unos meses después de abrir por primera vez este cuaderno digital, afirmé que Teilhard de Chardin, fue un autor al que leí a escondidas por imperativos del guion, llamado Régimen. Hoy, al intentar leer de la mejor forma a Cantabria, vuelve a ser esta aventura literaria una aproximación a estas palabras que se escriben en actitud de evaluación formativa, emitiendo juicios bien informados de mi acción diaria y contemporánea. Creo que es la única forma de trascender la burocracia digital de un ejercicio de reflexión, para trocarse en un acto responsable de acción transformadora, de investigación-acción, con conciencia social informada.

En el camino de vuelta aquél día de la visita al Cristo de la Agonía, volvimos a recorrer el pueblo, siendo conscientes de que era verdad que era una puerta al mar de la vida, con los ríos que van a dar con ella a través de la historia. Eso nos bastaba.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Hijos de la Luna

Luna quieres ser madre
y no encuentras querer
que te haga mujer;
dime, luna de plata,
qué pretendes hacer
con un niño de piel.

Mecano, Hijo de la Luna

Sevilla, 29/VIII/2022, a las 14:33, hora peninsular en la que estaba previsto el despegue de la primera misión del proyecto Artemis de la NASA que, finalmente, ha sido abortado y programado de nuevo su lanzamiento hasta el 2 de septiembre.

Hoy estaba previsto el despegue a las 14:33, hora peninsular española, de la primera misión del Programa Artemis, bautizado así por la hermana gemela del dios Apolo en la mitología griega. Por un problema de última hora, ha sido abortado el lanzamiento y programado de nuevo para el 2 de septiembre. El objetivo final, según la NASA, es llevar “a la primera mujer y a la primera persona no blanca” a la Luna dentro de tres años. Curiosamente, el próximo 1 de septiembre, se cumplen 120 años del estreno de una película mítica de la historia del cine, Viaje a la Luna, dirigida por Georges Méliès, que no tuvo mucho éxito en el citado estreno por “su duración”, ¡algo más de quince minutos!, aunque después de una presentación concienzuda de la citada proyección alcanzó un éxito sin precedentes entre los feriantes, como reconoció siempre Méliès. Supuso el éxito del cine que contaba cosas que interesaban en aquellos años dorados de Julio Verne, historias que gustaban a los espectadores. Alcanzó un éxito rotundo, tanto en Europa como en Estados Unidos. Unos años antes, ya había rodado un corto, La Luna a un metro (1898), que no era más que la adaptación de un espectáculo que apreciaba sobremanera el teatro mágico de Robert Houdin, llevado a término en su obra Las caras de la Luna o las desventuras de Nostradamus (1891), al que profesaba admiración en su componente mágica.

La misión no tiene por ahora un componente humano, ni mágico, como el que nos deslumbró en 1902 y 1969, sino que solo es un viaje de prueba que durará 42 días y la nave espacial Orion hará un viaje de ida y vuelta a la Luna con tres maniquíes a bordo, como ensayo general de las futuras misiones Artemis II, que repetirá un viaje similar con cuatro astronautas en 2024, y Artemis III, que se posará sobre el satélite en 2025 como fecha estimada en el citado programa Artemis. Entre los objetos que lleva a bordo Orion está la reproducción de un fotograma de la película de Méliès, Viaje a la Luna, citada anteriormente, que ha sido donada por la Agencia Espacial Europea (ESA).

Esta historia actual del programa Artemis no creo que repita el éxito de lo contado por Méliès y por la llegada del primer hombre a la Luna de 1969. Me ha interesado conocer a fondo el guion de esta película mítica porque nos permite vislumbrar qué es lo que verdaderamente se quería contar con aquel invento científico de tan larga duración y qué es lo que se quería decir en una película muda donde la imagen valía mucho más que mil palabras. El argumento se centra en contar la historia de seis valientes astronautas que viajan en una cápsula espacial de la Tierra a la Luna, trama que tenía su inspiración obvia en las obras de “De la Tierra a la Luna”, de Julio Verne (1865) y “El primer hombre en la Luna” de H. G. Wells (1901).

Su implicación en el rodaje fue tan alta que él mismo figuraba como actor, en el papel del Profesor Barbarrevuelta, que junto a otros astronautas, Victor André, Henri Delannoy, Farjaux Kelm, Brunnett, Bluette Bernon, se enfrentan a una truculenta historia presentada por una voz en “off”: “Hoy tenemos el privilegio de acudir a una reunión extraordinaria de los miembros del Instituto de Astronomía Incoherente”. ¿Ocuparía hoy la NASA este lugar como metáfora en un mundo acuciado por sus deudas y pobreza severa, ante los gastos que suponen estos proyectos científicos? A través de dieciocho planos secuenciales se desarrolla el argumento en el que el escepticismo es total a excepción del ilusionado Profesor Barbarrevuelta o Georges Méliès, como queramos llamarlo. Después viene la construcción de la nave y el cañón que la dispara, el lanzamiento grotesco y la llegada a la Luna que consiste en atravesar su ojo derecho, que ha hecho icónico el cartel de presentación de la película. Después se suceden múltiples aventuras con la población selenita hasta que finalmente regresan a Tierra con un selenita cautivo y los aventureros son recibidos con todos los honores y medallas con forma de Luna. Finalmente, se levanta una estatua a Barbarrevuelta, en la que aparece pisoteando la cabeza de la Luna, figurando en su pedestal un rótulo que no tiene desperdicio: El trabajo todo lo supera.

Una vez más, cualquier parecido de Viaje a la Luna con la realidad actual es pura coincidencia. ¿O no?, porque las metáforas están servidas. Al buen entendedor de este lanzamiento de hoy pocas palabras basta, porque cuando en 2025 llegue hasta la luna la primera mujer y de tez no blanca, puede que la Luna siga queriendo ser madre, una mujer también, sin saber que hacer con un niño de piel, como cantaba Mecano en aquellos años hermosos de la Transición española. Preocupada, también, por el sufrimiento en el planeta Tierra, sobre todo de sus niños y niñas de piel. De lo que estoy seguro es de que en las noches / que haya luna llena / será porque el niño / esté de buenas; / y si el niño llora / menguará la luna / para hacerle una cuna. Será lo más humano que habré escuchado nunca, aunque no figure esta canción entre los objetos que contemple llevar Orion de la NASA, tan cuidadosa ella.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

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Pasolini y su aviso sobre el neofascismo que nos rodea

Sevilla, 28/VIII/2022

Creo, ahora más que nunca, que hay que armarse ideológicamente ante el fascismo que nos rodea en el ocaso de la democracia, cuestión a la que he dedicado muchas páginas en este cuaderno digital. Con motivo de la celebración del centenario del nacimiento del poeta, escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini, al que profeso admiración desde hace ya muchos años, se están publicando nuevas ediciones de su obra y ensayos de gran valor para no olvidar su contribución en la lucha por un mundo mejor, a través de una ideología de izquierda que nunca ocultó. Pasolini sigue muy presente en mi pensamiento crítico y acudo frecuentemente a él. Además, una obra de Miguel Dalmau Soler, Pasolini. El último profeta, ganadora del XXXIV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2022, en un año en el que se ha cumplido ya el centenario del nacimiento del director italiano, como decía anteriormente, se ha convertido en una edición especialmente interesante para conocerlo en profundidad, algo que es de agradecer en estos tiempos tan especiales y revueltos por el ocaso de la democracia.

Entre las obras publicadas en torno a este centenario, he elegido hoy una que resume muy bien su concepción del antifascismo, El fascismo de los antifascistas, porque trata de forma sorprendente y de plena actualidad, cómo se amplia cada vez más el círculo del fascismo, haciendo una llamada de atención sobre algo que está ocurriendo en la actualidad en nuestro país, porque también podemos encontrar fascismo en diferentes círculos de la sociedad, incluso en las capas liberales, algunas de falsa izquierda, ultraderecha y capitalistas “apolíticos” que tanto atosigan al mundo. Hay que tener en cuenta que en esta obra se recogen artículos y entrevistas que van de 1962 a 1975, año en el que Pasolini murió asesinado en la playa de Ostia, muy cerca de Roma. De ahí su sorprendente actualidad. La sinopsis oficial del libro deja claro estos planeamientos anteriores: “La reflexión sobre el fascismo y su evolución histórica recorre toda la obra de Pasolini: este volumen recoge algunos de sus textos más significativos escritos sobre el tema entre septiembre de 1962 y febrero de 1975. En ellos Pasolini advierte contra una nueva forma de fascismo, más sutil e insidiosa, entendida “como normalidad, como codificación del trasfondo brutalmente egoísta de una sociedad”. Es el sistema de consumo, que desde los años sesenta se encarga de la homologación cultural de todos los países: un poder sin rostro, sin camisa negra y sin fez, pero capaz de moldear vidas y conciencias. Más de cuarenta años después, estas intervenciones mantienen intacta su fuerza crítica, lo que nos permite captar algunos de los rasgos más profundos del mundo actual”.

Recomiendo, sobre todo, la lectura del artículo que da nombre a esta recopilación, El fascismo de los antifascistas, porque las personas que siguen de cerca a Pasolini lo recordarán publicado en Escritos corsarios, como rúbrica del artículo que apareció el 16 de julio de 1974 en Il Corriere della Sera bajo el título de “Abramos un debate sobre el caso Pannella”, un líder del Partido Radical que mantuvo una huelga de hambre, entre otras muchas, para defender determinadas exigencias políticas y ante la que la reacción del espectro político fue de un conformismo y frialdad marmórea que todavía hoy sobrecoge al leerlo. Fascismo puro, incluso de la presunta izquierda y de la trasnochada democracia cristiana, amparada por el Vaticano, obviamente, por hablar de extremos, de acuerdo con su planteamiento: “[…] hace tiempo que los católicos se olvidaron de que son cristianos”, dice exactamente Pasolini. Hay que señalar que Marco Pannella fue un activista político de renombre en los años setenta y cuando se publicó el artículo era presidente del Partido Radical, iniciando una de sus huelgas de hambre por convicción ideológica, que pedía en concreto cuatro cosas que vistas hoy eran de una “normalidad democrática” digna de encomio, aunque todo el mundo le diera la espalda aquél año. La primera, que la televisión pública italiana diera un cuarto hora a la Liga Italiana del Divorcio (LID) para exponer su proyecto y otro tiempo idéntico a un líder, un teólogo benedictino, para que los católicos votasen libremente a favor del divorcio: en segundo lugar, que el presidente de la República recibiera a representantes de su partido y de la Liga citada anteriormente; la tercera, que el parlamento italiano tomase en consideración la proposición de ley socialista sobre el derecho al aborto y, por último, que los propietarios el periódico Il Messaggero, aseguraran una información laica y el derecho a la información de las minorías laicas. Ante estas “peticiones” la respuesta global fue el silencio cómplice tanto de la derecha como de la izquierda. De ahí la lección de Pasolini pidiendo intervenir, sobre todo a la izquierda, porque el fascismo también existe en el antifascismo, constituyendo un neofascismo que da miedo. Estamos avisados en nuestro país, por ejemplo.

La Nota al texto del libro no deja dudas sobre la concepción de fascismo y neofascismo por parte del autor de las entrevistas y artículos: “Pasolini utiliza el término “fascismo” para referirse al fascismo tradicional y “arqueológico” del ventenio mussoliniano, así como al fascismo “nominal y artificial” de ciertos sectores juveniles de los años setenta, hasta la identificación del nuevo fascismo con la “prepotencia del poder” propia de la civilización de consumo, capaz de modificar el país de manera aún más profunda que el régimen del Duce. A esto hay que sumarle un fascismo “como normalidad, como codificación […] del fondo brutalmente egoísta de una sociedad” que se presenta como antifascismo pero que, en el fondo, se muestra cómplice con la “manipulación artificial de las ideas con las que el neocapitalismo está modelando su nuevo poder”. A más de cuarenta años de distancia, estas reflexiones mantienen intacta toda su fuerza crítica y su capacidad descriptiva, y permiten vislumbrar, aunque sea todavía in nuce, muchas de las características más profundas de la Italia actual”.

El libro se lee con avidez en la búsqueda de respuestas actuales a lo que está pasando y estamos viendo ante nuestros ojos. Es una pequeña joya que cumple su misión en estos tiempos revueltos, porque nos avisa sobre la realidad flagrante del neofascismo de nuevo cuño, pero muy cerca de nosotros en determinado espectro político del país. Lo dicho: estamos avisados, estoy avisado, escribiendo hoy estas palabras y recordando muchas suyas, porque es lo que nos queda, tal y como lo aprendí también de Blas de Otero: Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la maleza, / me queda la palabra.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

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Leyenda en Cantabria

El hombre pez, en Liérganes – Escudo oficial de Cantabria – Fuente en Limpias, presidida por el Lábaro Cántabro

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.

José Hierro, en Alegría

Sevilla, 27/VIII/2022

Inicio hoy una serie dedicada a mi última singladura cerca del mar Cantábrico, en busca de islas desconocidas de una Comunidad Autónoma de cuyo nombre quiero acordarme hoy: Cantabria. La he titulado “Leyenda en Cantabria”, respetando el significado de la palabra “leyenda” que se mantuvo durante siglos en España, la “acción de leer”, porque he querido leer con objetividad plena la historia de una Comunidad que aprecio por diversas razones que explico más adelante. También, obviamente, porque existen leyendas en ella, según la acepción de esta palabra que se introdujo por primera vez en el Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española, en su duodécima edición, en 1884: “relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”, siendo la historia apasionante del Lábarus Cántabrus, la del Cristo de Limpias, las de sus innumerables cuevas con sus historias dentro, la Virgen de la Bien Aparecida, en Ampuero, o la del hombre pez de Liérganes, muestras objetivas de esta acepción, entre otras, de indudable interés en la Comunidad, algunas de ellas muy vinculadas con Andalucía.

Además, existen motivos en mi vida más que suficientes para acometer esta tarea de reflejar en palabras los sentimientos y emociones que he vivido a lo largo de mi estancia allí. La primera razón estriba en mi apellido, porque Cobeña es una localidad cántabra que conozco, cerca de Potes, que demuestra que la toponimia tiene mucho que decir sobre mis orígenes. En esa tarea estoy, en una investigación en marcha sobre la genealogía de un apellido que tiene algo diferencial, la “ñ”, tan común en esta Comunidad, algo que facilita el trabajo científico por la formas en que esa letra llegó a consolidarse en el abecedario castellano, agradeciéndole una vez más a Gabriel García Márquez su ardiente defensa ante una polémica decisión de la Comunidad Económica Europea en la década de 1990, que afortunadamente nunca llegó a mal término: “Es escandaloso, por decir lo menos, que la Comunidad Económica Europea se haya atrevido a proponer a España la eliminación de la letra eñe de nuestro alfabeto, y peor aún, sólo por consideraciones de comodidad comercial. Los autores de semejante abuso y de tamaña arrogancia deberían saber que la eñe no es una antigualla arqueológica, sino todo lo contrario: un salto cultural de una lengua romance que dejó atrás a las otras al expresar con una sola letra un sonido que en otras lenguas romances sigue expresándose todavía con dos letras. Por consiguiente, lo lógico no es que España tenga que renunciar a nada menos que a una de las letras de su propio nombre, sino que otras lenguas del paraíso europeo se modernicen con la adopción de la eñe”. Cantabria presume a diario de incorporar en su toponimia numerosas localidades que tiene la letra “ñ” dentro. Entre sus localidades, Cobeña, cerca de Potes, muy cerca de Lebeña, sin olvidar a Oreña.

Otra razón importante para justificar esta singladura literaria es descubrir a fondo el motivo de por qué está tan unida Cantabria con Andalucía y, concretamente, con mi ciudad natal, Sevilla. El escudo oficial, aprobado por la Ley 9, de 22 de diciembre de 1984, del Escudo de la Comunidad Autónoma de Cantabria, según normas heráldicas, muy controvertidas en la actualidad por la defensa de la identidad de la Comunidad a través del lábaro cántabro, recoge en su primer cuartel “la común tradición del emblema de la conquista de Sevilla, símbolo de ocho siglos de la actividad mejor definidora de la Cantabria marítima”. Asimismo, en la norma reguladora se expone que “El escudo de Cantabria es de forma cuadrilonga, con la punta redondeada de estilo español y el campo cortado. En campo de azur, torre de oro almenada y mazonada, aclarada de azur, diestrada de una nave natural que con la proa ha roto una cadena que va desde la torre al flanco derecho del escudo. En punta, ondas de mar de plata y azur”. En definitiva, la torre almenada representa la Torre del Oro, con una nave que rompe una cadena, reproduciendo el emblema de la conquista de Sevilla por marinos cántabros al servicio del rey Fernando III de Castilla en 1248. Simboliza la gesta militar llevada a cabo el 3 de agosto de ese año por la armada de la Hermandad de las Cuatro Villas al mando del almirante Ramón de Bonifaz, cuyas naves lograron romper la gruesa cadena que cerraba el paso por el río Guadalquivir y que dejó expedita la incursión al resto de la flota cristiana en busca ya del puente de barcas que unía Sevilla y Triana, que también se fracturó ese mismo día”.​ Tengo que decir que me interesaba conocer a fondo esa historia, porque mi apellido estaba en juego, sabiendo hoy como sé, después de mi investigación, que ese rey de Castilla fue el que conquistó también Córdoba en 1235, hecho en el que hubo un protagonista destacado, Álvaro Colodro, natural de Cobeña (en Madrid, en la actualidad), la localidad homónima a la de Cantabria, en proceso también de estudio y que me ha llevado a confirmar la hipótesis de que descendientes de Álvaro Colodro de Cobeña se asentaron por regalías en la provincia de Córdoba, a partir del siglo XIII y concretamente en Cabra, a comienzos del siglo XVI, donde he documentado la existencia de mis antepasados, estando en proceso de obtención de datos anteriores de mi apellido allí en los siglos XIV y XV, emparentados con la familia Colodro y Colodrero.

La tercera razón estaba vinculada con Castro Urdiales porque quería estar cerca de Ataúlfo Argenta, director de orquesta natural de aquella tierra y al que admiro desde mi infancia, recordando todavía como si fuera ayer el día que conocí su fallecimiento cerca de Madrid, ciudad en la que yo vivía en aquellos años de mi infancia. Le he seguido de cerca durante muchos años y todavía resuena en mi alma de secreto la Romanza de Salvador Bacarisse, el segundo movimiento de su preciosa obra Concertino en La menor, que tuvo el valor de dirigir el día de su estreno en París, en 1953, en plena dictadura. Se lo agradecí personalmente al pie de su estatua.

En este contexto, inicié mi incursión de leyenda en una pequeña localidad, Limpias, en la zona oriental de la Comunidad Cántabra. Probablemente, con el sentir de un soneto de José Hierro, Alegría, porque amaba a Santander aunque no fue su cuna, pero si su dolor eterno por ideología.

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era la alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía.)

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

La imagen de cabecera simboliza algo que me ha interesado descubrir leyendo a Cantabria: el hombre pez, en Liérganes y el escudo oficial de Cantabria, dos realidades que unen Andalucía con Cantabria, cada una en su tiempo y en su momento, Cádiz y Sevilla, respectivamente. También, un manantial de Limpias, presidido por el Lábaro Cántabro, que se reivindica desde hace tiempo como la identidad real de esta Comunidad. Tres realidades que tienen una “leyenda” dentro. Sobre todo, una “acción de leer”, digna y en su sentido primigenio, de una tierra preciosa.

NOTA: las imágenes han sido tomadas por el autor.

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Agosto nos puede despertar la curiosidad sana, insaciable

Sevilla, 7/VIII/2022

Quien siga de cerca las páginas de este cuaderno digital, habrá podido observar que soy un apasionado de la curiosidad en su vertiente sana, que decía el diccionario de Covarrubias en el siglo XVII, es decir, que soy capaz de admirarme de casi todo y de casi todas las personas, en su versión aristotélica, escudriñando lo más íntimo de la propia intimidad de las personas y de las cosas. Es como si se prolongara la vida en una eterna pregunta de niño marxiano de cuatro años, que siempre pregunta en bucle el porqué de todo lo que se mueve porque, dicho sea de paso, alguien o algo tuvo la responsabilidad hace millones de años de poner en marcha el universo. De ahí las eternas preguntas de los creacionistas y evolucionistas: averiguar quién fue o cómo era el “primer motor inmóvil” que puso en marcha todo, como curioseaba Aristóteles de forma insaciable en sus obras.

La curiosidad es una habilidad que a veces confundimos con el cotilleo, incluso científico, que de todo hay en la viña del Señor. A modo de declaración de principios, no dedico ahora muchas líneas a tratar de las personas cotillas o cotilleras, como personas amigas de chismes y cuentos, definición que se ha mantenido hasta la última edición del Diccionario de la RAE. Los sucesivos diccionarios de la Real Academia son implacables desde el siglo XVIII con los chismes y con las personas chismosas, como identificador de este rasgo tan peculiar: persona que es cuentista, enredadora y que se ocupa en meter cizaña entre amigos y parientes y persona que es pesquisidora de cuanto pasa, y aún de lo que no pasa, inventora, parlera y chismosa (RAE A 1729, 325,1). Este rasgo de personalidad es muy frecuente en nuestras vidas, relacionado sobre todo con las personas tóxicas o tosigosas y mediocres por definición. En la edición de 1992 del Diccionario (RAE), se consagró el lema “cotilla” como segunda acepción de la palabra “cotillero”, introducida en 1937, como persona amiga de chismes y cuentos. Les puedo asegurar, desde ya mismo y como aviso para navegantes en este blog, que no confundo la persona curiosa con la cotilla, porque no tienen nada que ver una con otra. Verán por qué, a favor exclusivamente de las personas que mantienen en su vida una curiosidad insaciable.

Siempre he sentido curiosidad por todo, en un mundo plagado de cotilleo y cotillas, aunque bautizado últimamente como el universo del entretenimiento donde todo cabe y en el que la cultura digna brilla por su ausencia. Siempre he sentido la necesidad de comprender qué es admirarse ante lo que ocurre en nuestras vidas, por muy intranscendente que sea, algo que solo se consigue a través de la admiración, actitud que simbolizó para Aristóteles el comienzo de la filosofía, entendida como la capacidad que tiene el ser humano de admirarse de todas las cosas, de las personas, de sentir curiosidad diaria de por qué ocurren las cosas, de cómo pasa la vida, tan callando. Mi profesor de filosofía lo expresaba en un griego impecable, con un sonido especial, gutural y sublime, que convertía en un momento solemne de la clase esta aproximación a la sabiduría en estado puro: jó ánzropos estín zaumáxein panta (sic: anímese a leerlo conmigo tal cual y pronunciarlo como él). Es uno de los asertos que me acompañan todavía en muchos momentos de mi vida, en los que la curiosidad sigue siendo un motivo para la búsqueda diaria del sentido de ser y estar en el mundo, de admirarme todos los días de él.

Cuando solo tenía diez años iba al campo de La Campana con mis amigos, en Madrid, justo donde ha crecido el famoso Pirulí y el barrio de La Elipa. La razón era maravillosa: lanzar un cohete “habitado o tripulado” utilizando una funda de aluminio de puro habano, en la que introducíamos una mosca viva en la zona redondeada final, dentro de una cápsula de plástico. En la parte de la tapa enroscable abríamos un agujero central para colocar una mecha en contacto con pólvora mezclada artesanalmente en nuestras casas con los componentes que comprábamos en la droguería de nuestro barrio “Salamanca”, sede del discreto encanto de la burguesía: carbón vegetal, azufre y clorato potásico. Montábamos un trípode de lanzamiento con piezas metálicas del Mecano de casa y encendíamos la mecha en un momento mágico para probar a qué altura éramos capaces de hacer volar aquel artefacto y, cuando caía a tierra, comprobar si la mosca seguía viva. Fueron muchos intentos fallidos, alguno con escaso éxito, otros un auténtico fracaso, pero lo que constato hoy al recordar esta breve historia es que teníamos una curiosidad insaciable, porque si la perra “Laika” (ladradora en ruso) lo había hecho viajando en el Sputnik 2, por qué nuestra mosca querida no podía alcanzar una altura considerable. En cualquier caso, queda acreditado que nos interesaba más aquello que la perra Marilín, de Herta Frankel, famosa en aquellos tiempos. O la mula Francis.

Ante un escenario como el actual, tan atractivo para descubrir islas desconocidas y curiosas del conocimiento, acudo con frecuencia a mi manual de cabecera, Una historia natural de la curiosidad, donde Alberto Manguel explica en sus 541 páginas aspectos mágicos de esta realidad humana que tantas respuestas da a la vida, incluso en momentos de pandemia. Ser curiosos eleva el espíritu y eso me basta. Así lo sugería Cicerón, según aparece en una copia realizada en el siglo IX de un texto suyo en el que, al final de una frase, aparecía un signo de pregunta que se representaba por una escalera ascendente hacia la parte superior derecha de la línea de texto, «en una serpenteante línea diagonal que nace en la parte inferior izquierda” (1). Cuando se publicó este libro excelente, leí un artículo extraordinario que sintetizaba muy bien su obra. Así lo recogí en un post del que entresaco una pregunta y respuesta de Manguel que me sobrecoge siempre que la leo porque comprendo perfectamente la depreciación de la curiosidad en estos tiempos modernos: “¿Para qué la sociedad y el poder arrinconan la curiosidad? Si haces una caja cuadrada, debes crear elementos con ángulos rectos para que entren en ella. Si crean una sociedad de consumo deben crear consumidores, si no, no funciona. El sistema tiene que impedir que te hagas preguntas esenciales porque si te las haces no hay más consumo. Por eso la sociedad no alienta la reflexión. Es un sistema depredador que busca el beneficio en una estructura productiva”.

Curiosidad de curiosidades todo es curiosidad y no placer inútil, como me enseñó hace poco el profesor Nuccio Ordine en su preciosa obra La utilidad de lo inútil. El placer de la curiosidad sabia no es transmisible automáticamente a los demás, sino que es imprescindible adquirir el conocimiento liberador, trabajarlo internamente a través del esfuerzo de cada persona a la hora de plantearse gozar de los que algunos llaman placeres inútiles para alejarlos del poderoso caballero don dinero. Así lo reconocía hace ya muchos siglos Sócrates en su diálogo Banquete: “Estaría bien, Agatón, que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera del más lleno al más vacío de nosotros. Como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de las más llena a la más vacía”, porque siempre está presente en almas curiosas la dialéctica del valor y precio de lo que se descubre, de lo que se admira y de lo que se goza a cambio de nada.

También recurro en este mes de agosto y para despertar mi curiosidad de nuevo, a un libro que guardo entre mis preferentes, Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford, escrito por Richard Dawkins. Tengo que confesar que este autor ha marcado también mi vida por publicaciones extraordinarias desde la perspectiva evolucionista, habiendo sido un auténtico azote de los creacionistas. Crecí en esta última escuela, sin posibilidad de redención temporal alguna por el contexto del régimen en que me tocó vivir, pero tengo que reconocer que Dawkins ha aportado datos científicos que hacen pensar que otro origen del mundo es posible. Su primer libro, El gen egoísta, que empezó a escribir en 1973, fue un revulsivo mundial en defensa de las tesis alojadas en la teoría crítica de Darwin.

Javier Sampedro, un gran divulgador científico al que respeto y sigo de cerca desde hace ya muchos años y así lo demuestra este blog, manifestó en 2014 que el autor era un “zoólogo anacrónico en la era de la biología molecular, látigo de herejes en materia evolutiva, divulgador afamado y ateo militante que no ha hecho aportaciones primarias a la ciencia, sino solo a su popularización. ¿Qué ha llevado entonces a Dawkins a contar su vida? Seguramente la mejor de las razones: que es un gran escritor, y lo sabe. Esto es justo lo que le ha convertido en uno de los divulgadores científicos más leídos del mundo, y también lo que convierte ahora su vida en una obra literaria” (2). No hay lugar a dudas: tenemos que leerlo, sobre todo los que seguimos luchando día a día por reforzar las tesis evolucionistas en clave de Teilhard de Chardin, como tantas veces he escrito en este blog, con preguntas sin respuesta que es lo que las hace todavía más atractivas y con un hilo conductor: el mundo sólo tiene interés hacia adelante, el hilo conductor, declarado, de este blog.

Pero lo que me llamó poderosamente la atención sobre este autor fue una respuesta suya en una entrevista publicada en el diario El País (Babelia), que no nos deja indiferentes, a la pregunta que le hizo Ricardo de Querol, Redactor Jefe del periódico, en los siguientes términos: “Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión? Dawkins, después de haber explicado su proceso de “conversión darwiniana”, dijo lo siguiente: “Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa”.

Lo expuesto anteriormente me ha hecho reflexionar sobre varios pasajes de mi vida, en el discreto encanto que dibujó Buñuel en mi infancia, comprendiendo ahora muy bien que educar de forma monolítica en Dios o las hadas, es limitar las grandes preguntas de nuestro origen, a las que a algunas ya ha dado respuesta la ciencia. Creo que así se comprende mejor por qué en 2009 se contrató publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Probablemente, buscando justificaciones posibles para ser felices, que es tan legítimo.

Los locos bajitos, a los que cantaba maravillosamente Joan Manel Serrat, también éramos curiosos incorregibles, como se pudo comprobar en aquel Cabo Cañaveral improvisado en el campo La Campana de mi niñez rediviva en Madrid. Esa es la razón de por qué hoy sigo pensando que otro mundo es posible, porque el que aprendimos a vivir con justificaciones creacionistas se agota por horas. Y eso que nos encantaba Peter Pan, aquel defensor acérrimo del mundo de nunca jamás. O Jesús de Nazaret, siempre presente en la educación creacionista, cuando se dormía en el cabezal del barco por lo cansado que estaba…, no por sus milagros, tal y como nos lo comentaba en directo el joven periodista Marcos, sino porque era una persona corriente, singular. O Rafael Alberti, que me ha recordado siempre a lo largo de mi vida que cuando se abre el debate de pensamiento y sentimiento, hay que escuchar siempre el corazón, sencillamente porque es más fuerte que el viento. Es verdad: si la curiosidad no tiene sentimiento…, solo es eso, curiosidad.

(1) Manguel, Alberto, Una historia natural de la curiosidad, 2015. Madrid: Alianza Editorial, p. 17.

(2) Sampedro, Javier (2014, 18 de septiembre). Vida de un buen escritor. El País.com. Babelia.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Agosto nos regala tiempo para leer

Dedicado a las personas que están cerca de la librería Caótica, de su proyecto cultural global, como homenaje a su trabajo bien hecho, que debe ser respetado por todos para que sigan ofreciendo el amor a los libros y a la lectura, algo que nos enseñó de forma admirable un gran escritor, Stefan Zweig, a quien tanto admiro. Para que el proyecto Caótica no se cierre, porque la niña-buzo que preside esta historia tan bella sabemos que no se rinde y porque tenemos que luchar sin descanso para que Sevilla sea presentada ante el mundo, también, como una ciudad de librerías, no sólo de bares. Zweig dijo que “en Sevilla se puede ser feliz”. Me gustaría recordarlo también hoy porque, completando su frase, en esta ciudad se puede ser feliz si las librerías siguen cumpliendo su función principal: ofrecernos interpretaciones escritas de la realidad y de la ficción, para que cada persona pueda ser más libre en el compromiso de cada día con la vida. Juan Ramón Jiménez lo expresó maravillosamente en un aforismo que no olvido: cada día, una vida o, lo que es lo mismo: cada libro, una vida.

Sevilla, 6/VIII/2022

Cuando asociamos este mes a las vacaciones, casi por definición, es legítimo afirmar que nos regala también tiempo para leer, una oportunidad maravillosa para reencontrarnos con los libros. Lo he escrito ya en páginas de este cuaderno digital y me reafirmo de nuevo en ello: los libros pusieron fin al trágico confinamiento de las vivencias y de la experiencia en el alma individual desde el momento de su aparición en este mundo imperfecto. Acudo de nuevo a un clásico en mi clínica del alma, mi biblioteca, Encuentros con libros (1), de Stefan Zweig, donde vuelvo a sentir sus palabras como un bálsamo en este mundo al revés, porque “desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia”. Maravillosa reflexión en estos momentos cruciales de incertidumbre global que estamos viviendo a escala mundial.

Cuenta Stefan Zweig que viajaba en un barco italiano, recorriendo el mar Mediterráneo, de Génova a Nápoles, de Nápoles a Túnez y de allí a Argel. En ese espacio conversaba a menudo con un joven italiano que formaba parte de la tripulación, “un mozo que ni siquiera tenía el rango de camarero, pues se ocupaba de barrer los camarotes, de fregar la cubierta y de realizar otras tareas menores, que la gente, por regla general, no valora”. Canta sus dotes de todo tipo, llegando incluso a “tenerle cariño”, en palabras textuales suyas, hasta tratarse “con la camaradería propia de dos amigos”. A partir de ese momento surgió lo inesperado: “Entonces, de la noche a la mañana, un muro invisible se alzó entre él y yo. Habíamos recalado en Nápoles, el barco se había llenado de carbón, de pasajeros, de hortalizas y de correo, su dieta habitual en cada puerto, y luego se había hecho de nuevo a la mar. […] Entonces se presentó de repente, con una sonrisa de oreja a oreja, se plantó delante de mí y me mostró orgulloso una carta arrugada que acababa de recibir, pidiéndome que la leyera. No dejaba de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. Por primera vez me había encontrado cara a cara con un analfabeto, con uno europeo además, una persona que me había parecido inteligente y con la que había hablado como con un amigo. ¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo, que desconocía la escritura? Al principio me costó entender lo que quería de mí. Pensé que Giovanni había recibido una carta en un idioma que no entendía, francés o alemán, seguramente de una muchacha—era obvio que debía de tener mucho éxito entre las chicas—, y que había venido a buscarme para que se la tradujera. Pero no, la carta estaba escrita en italiano. ¿Qué quería entonces? ¿Que me la leyera? Nada de eso. Lo que quería es que se la leyera, tenía que saber qué decía aquella carta. Y, de pronto, comprendí lo que estaba pasando: aquel muchacho inteligente, de una belleza escultural, dotado de gracia y de auténtico talento para el trato humano, formaba parte de ese siete u ocho por ciento de italianos que, según las estadísticas, no saben leer: era analfabeto”.

A partir de aquí, Stefan Zweig reflexiona de forma admirable sobre el poder de la lectura, a través de dos preguntas muy concisas y claras: “¿Cómo se reflejaba el mundo en un cerebro como el suyo [el mozo del barco], que desconocía la escritura? Traté de imaginarme la situación. ¿Cómo sería el no saber leer?” A partir de aquí desgrana múltiples aseveraciones sobre el encanto de la lectura que recomiendo de principio a fin porque nos alegrará conocerlo en estos días del ferragosto español, sobre todo, salvando lo que haya que salvar, imaginándonos qué es la lectura para personas que no siendo analfabetas no han leído un libro en su vida o no lo hacen habitualmente. Y es verdad que se reproducen de nuevo sus sensaciones ante aquella experiencia que también puede ser lo que ocurre ahora en las personas que detestan los libros y la lectura: “Por un momento me puse en el lugar de aquel muchacho. Coge un periódico y no lo entiende. Coge un libro, lo sostiene en sus manos, nota que es algo más ligero que la madera o que el hierro, tiene forma rectangular, toca sus cantos, sus esquinas, observa su color, pero nada de eso tiene que ver con su propósito, así que vuelve a dejarlo, porque no sabe qué hacer con él. Se detiene ante el escaparate de una librería y se queda mirando los hermosos ejemplares, amarillos, verdes, rojos, blancos, todos rectangulares, todos con estampaciones de oro sobre el lomo, pero es como si se encontrara ante un bodegón cuyos frutos no puede disfrutar, ante frascos de perfume bien cerrados cuyo aroma queda confinado dentro del cristal”.

Y reflexiona a partir de este momento sobre qué sería su vida sin los libros, algo que no era posible porque “[…] cualquier objeto, cualquier elemento que me parase a considerar estaba unido a recuerdos y experiencias que tenían que ver de una forma u otra con los libros, cualquier palabra despertaba innumerables asociaciones que me remitían a algo que había leído o aprendido”. Lo que de verdad me impacta de nuevo es su reflexión sobre la presumible desaparición del libro, “el tiempo del libro ha acabado”, ante la llegada de la técnica, como una premonición preocupante: […] el gramófono, el cinematógrafo, la radio son más prácticos y más eficaces a la hora de transmitir la palabra y el pensamiento, y de hecho comienzan a arrinconar el libro, por lo que su misión histórica y cultural no tardará en formar parte del pasado”. Stefan Zweig no temía esta irrupción de las tecnologías en el mundo, porque estaba convencido de que “la luz de una lámpara eléctrica no puede compararse con la que irradia un pequeño volumen de unas pocas páginas, no existe ninguna fuente de energía que pueda compararse con la potencia con que la palabra impresa alimenta el alma. […] A medida que crece nuestra intimidad con los libros, vamos profundizando también en los distintos aspectos de la vida, que se multiplican fabulosamente, pues ya no los vemos sólo con nuestros propios ojos, sino con una mirada en la que confluyen multitud de almas, una mirada amorosa que nos ayuda a penetrar en el mundo con una agudeza soberbia”.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los múltiples problemas que nos acucian a diario, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

(1) Zweig, Stefan. Encuentros con libros. Barcelona: Acantilado, 2020.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

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Caótica es una niña buzo imprescindible

Mas el trabajo humano, con amor hecho, merece la atención de los otros…

Luis Cernuda, A sus paisanos, en La realidad y el deseo

Sevilla, 3/VIII/2022

He leído con tristeza la carta abierta a los lectores que la librería Caótica ha publicado en su página web y de la que se han hecho eco los medios de comunicación social, explicando la difícil situación que está atravesando el proyecto cultural que nació hace ya muchos años en esta ciudad, que siempre lo ha necesitado, porque sabemos que Sevilla es más de bares que de librerías. De esta carta entresaco algunos párrafos que explican bien la delicada situación que están atravesando y que merece el apoyo de todas las personas que amamos el mundo del libro: «Nacimos como proyecto cultural cooperativo, sin ánimo de lucro, con una clara vocación de fomento a la lectura, para calar en todas las edades, y una idea fija: el activismo cultural. No dudamos en crear un proyecto de cultura del libro más generoso, amplio y enriquecedor para nuestra ciudad. Y, para ello, era necesario un local de mayores dimensiones, para ofrecer mayor fondo, mayor número de secciones, más espacio para deambular entre libros, para inculcar que “leer importa” y más aforo para actividades culturales, las grandes protagonistas. Un espacio que no fuera, tan sólo, un almacén de libros. […] Desafortunadamente, además de retrasos en el pago, hemos sido incapaces de pagar los últimos tres meses. Por lo que hemos recibido, de parte de la propiedad, una demanda de desahucio. A pesar de haber estado obligados a mantener la vigencia de un aval bancario por toda la duración del contrato del alquiler que cubra esta situación, la propiedad ha optado por la medida drástica del desahucio, entendiendo que no confía en nuestra permanencia ni nuestra solvencia, pero sobre todo privándonos de nuestro derecho a disfrutar del resto de vigencia de nuestro contrato por cinco años más, en los que amortizaríamos la fuerte inversión inicial realizada en el local y en los que cumpliríamos con nuestro plan de negocio para cumplir el ciclo del proyecto que iniciamos en 2017, el proyecto por el que tanto hemos trabajado los libreros y libreras de Caótica. Nos priva de ese derecho. Nos desahucia».

Como muestra de solidaridad con el proyecto y junto a la divulgación de la necesaria participación económica en la campaña que han lanzado por todos los medios de comunicación posibles, vuelvo a publicar el artículo que vio la luz en este cuaderno digital el 17 de febrero de 2020, Caótica, una librería singular, pocos días antes de que se declarara la pandemia de la COVID-19 que, de forma brutal, tanto daño ha hecho a la cultura en general y a las librerías en particular.

Siguiendo a Cernuda, Caótica, un gran trabajo humano, merece la atención de las personas que amamos la cultura y el precioso mundo de los libros.

Caótica, una librería singular

Sevilla, 17/II/2020

La extravagancia de Caótica, una librería que está muy cerca del kilómetro 0 de Sevilla, en la calle José Gestoso, se muestra en espacio cultural con una singularidad especial, tal como ya definía el lema singularidad el Diccionario de Autoridades en 1739 (RAE), con la riqueza de nuestra forma de hablar hasta hoy: servir con el talento, no imitar otros, sino beneficiar el que ya dio el Cielo, o lo que recibimos de nuestros padres en la preciosa evolución de nuestra propia vida.

Ya he manifestado en diversas ocasiones , en este cuaderno digital, que Sevilla no es una ciudad de librerías sino de bares. Lo curioso es que Caótica ha incorporado en su zona de usos múltiples, un bar con una visión diferente, en el que cualquier cosa que tomes te sabe diferente al leer el mensaje que preside la barra más larga del mismo: “Somos el resultado de los libros que leemos, los viajes que hacemos y las personas que amamos”.

Es muy interesante conocer la experiencia diaria de esta librería, sus proyectos, el mundo de la cooperativa hecho realidad cultural en sus diversas formas de participar en el proyecto. Cuando entro en ella, no olvido los tres sueños de Guido Orefice, el protagonista de La vida es bella: distinguir el norte del sur (que también existe); leer a Schopenhauer, por su canto a la voluntad como motor de la dialéctica pendular de la vida y, en tercer lugar, abrir una librería. De todo hizo un arte para vivir, para enseñar a leer las señales de la vida, porque hablar es solo cosa de personas. Leer, igual de bello. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones en relación con lo que nuestro cerebro lee.

En Caótica te envuelven los libros y regalos en papel negro. Allí hay una persona anónima que pone orden al caos del mercado habitual en la compraventa de libros, dibujando con colores llamativos múltiples dibujos a los que acompaña siempre el nombre con el que desees llevarte el recuerdo principal de esa librería singular. Y la bolsa de papel ecológico en la que depositas unos regalos especiales llamados libros, lleva la imagen de una niña-buzo, imagen que preside la librería: “una obra realizada por el artista Alejandro Vicuña que encierra una simbología en sintonía con el origen —renacer— de Caótica. La ‘niña-buzo’ está coronada por el azul del cielo de la ciudad y bañada en el amarillo que la rodea, un color que para Caótica representa la reinvención. Es una niña desprotegida en medio del asfalto pero que no teme a nada, una niña valiente que se enfrenta a la jungla urbana y al conflicto para bucear por el océano cultural, y hacer del caos un lugar luminoso. Unas gafas, unas aletas y un tubo de respiración son su único equipaje para explorar el mundo que la rodea y para navegar entre libros sin miedo a la aventura”.

En el relato de la Creación, se dice que la tierra estaba “hueca y vacía”, es decir, era un caos total. Lo maravilloso es constatar que durante muchos siglos abuelas y abuelos, madres y padres, contaban, recordando a sus antepasados en los pueblos ribereños del Tigris y Éufrates, que Dios vio ese caos, que todo era caótico, insuflando el ruaj, el espíritu, cerniéndose sobre la haz de las aguas. A partir de aquel acontecimiento, se creó todo pero, especialmente, a la mujer y al hombre. Si todo era bueno, en riguroso hebreo, cuando creó al ser humano vio Dios que “era muy bueno”. Un adjetivo, muy (meod), que desde entonces ha impregnado de esperanza de vida a este loco mundo, dando una respuesta magistral para poner orden en una situación caótica el universo, de la materia: la llegada del ser humano, la aparición del habla, de la palabra. Algo muy bueno, evolución en estado puro y lo más importante: es un relato que todavía se puede encontrar en la más pequeña librería del mundo.

Caótica tiene orden y sentido. Comprar un libro en ella, todavía más, porque demuestra singularidad: sirve con el talento, no imita otros, sino que beneficia el que ya le dio el cielo azul de Sevilla, la ciudad de la niña-buzo, su imagen más querida y perfecta.

NOTA: la imagen se ha recuperado de https://caotica.es/caotica/

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