Fiestas e industria de la nostalgia

Grafton Tanner, Las horas han perdido su reloj: las políticas de la nostalgia

Sevilla, 7/I/2023

Estamos ya en el día después de estas fiestas navideñas en las que la industria de la nostalgia hace su diciembre y enero. La nostalgia vende y eso se demuestra, con creencias aparte que merecen todo mi respeto, porque amplifican su poder en la publicidad y venta de mercancías de todo tipo, con el señuelo de una creencia descreída, laica, que lo vive curiosamente al compás que marca el mercado. Este escenario en el gran teatro del mundo, nostálgico por excelencia, se trata con cierta profundidad y rigor por el filósofo americano Grafton Tanner, en Las horas han perdido su reloj: las políticas de la nostalgia (Alpha Decay, 2022), un ensayo publicado recientemente del que el autor manifiesta en una entrevista publicada en TheObjective que “es la culminación de mi carrera investigando la nostalgia. Es una especie de tercera entrega de una trilogía que comenzó con Un cadáver balbuceante, que sitúa el género musical vaporwave en su contexto capitalista más amplio. Utilizando una metáfora musical, mi segundo libro, The Circle of the Snake, es el típico segundo álbum: es muy disperso, descaradamente ambicioso, poco riguroso, y todas estas son razones por las que todavía me gusta. Hasta cierto punto, no reconozco la voz que escribió el primero. Pero Las horas han perdido su reloj es mi intento de intervención en los estudios sobre la nostalgia. Quería escribir un tratamiento riguroso de este tema sin recurrir a (demasiadas) posturas académicas, pero también sintetizando la literatura existente”.

La industria descubrió, hace ya muchos años, que la nostalgia vende y había que cuidarla como mercancía, sobre todo porque aviva las emociones y no tanto los sentimientos, porque éstos son estados más permanentes en el alma humana, mientras que la emociones exigen cada vez a cada persona y se descubre que hay que mantenerlas vivas con lo que sea. Si además, influye esta nostalgia controlada, no inocente, en conductas, mejor que mejor, porque se convierte como por arte de magia mercantil en palabras del autor en “una sucursal de la industria cultural que vende baratijas nostálgicas como forma de escapismo. La industria de la nostalgia trafica con lo retro, revitalizando viejas series de televisión, escribiendo precuelas y secuelas a películas de antaño y convirtiéndolas en franquicias y nuevos universos comerciales. Trabaja en sintonía con los grandes grupos de comunicación: estos últimos siembran la rabia y el odio, mientras que aquella proporciona el bálsamo nostálgico. Este ciclo de retroalimentación emocional se convirtió en un elemento fundamental de la economía de la atención en la década de 2010” y que llega hasta nuestros días, hasta nuestras últimas fiestas de Navidades, Año Nuevo y Reyes.

La sinopsis oficial del libro no deja lugar a dudas sobre la intencionalidad del autor al escribirlo: “La nostalgia es una de las emociones más representativas de nuestra era. El deseo colectivo de aferrarnos a la supuesta sensación de comodidad, certeza y protección de épocas pasadas se manifiesta de muchas formas distintas: vivimos rodeados de objetos que habían quedado en desuso, se hacen remakes de películas antiguas (y se reanudan célebres series televisivas de antaño), se escucha y se imita la música de otras épocas y se recurre constantemente al estilo y la iconografía de décadas pretéritas. Por su parte, los políticos conservadores lanzan continuamente promesas de volver a un pasado mejor. Parece que, a medida que la sociedad pierde la confianza en un futuro amenazado por el cambio climático y las crisis económicas, el regreso al pasado se convierte en una tentación cada vez mayor, cosa que las élites dominantes explotan para su propio beneficio. Pero ¿quién está realmente detrás de este discurso? ¿Hasta qué punto nuestro mundo se está convirtiendo en un lugar cada vez más polarizado, peligroso e incapaz de resolver sus problemas reales? Y, sobre todo, ¿habría que intentar extirpar la nostalgia, o es posible utilizar este sentimiento tan poderoso para avanzar hacia un futuro mejor? En este exhaustivo y brillante ensayo, Grafton Tanner recorre la historia del siglo XXI siguiendo el rastro de la nostalgia –que empezó a manifestarse con la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001–, para demostrar que esta no es solo una consecuencia de nuestro presente inestable, sino también una defensa contra él. Las horas han perdido su reloj es, finalmente, un llamado urgente y necesario a que nos tomemos en serio la nostalgia, pues nuestro futuro depende de ello”.

El autor lo explica muy bien en sus primeras páginas: “La sensación de que estamos atrapados en el presente no ha desaparecido. Antes bien, se ha recrudecido con cada nuevo trauma: la destrucción del clima, el auge del autoritarismo, las crisis financieras, las guerras interminables. Somos conscientes del lugar que ocupamos en la historia, zarandeados por fuerzas de trascendencia histórica global como barcos en un mar encabritado. A la deriva e indefensos en el presente, muchos se aferran al pasado y echan de menos su estabilidad. Este profundo anhelo por el pasado, esta nostalgia, es la emoción característica de nuestro tiempo. Aunque encontremos abundantes muestras de ira en internet, la desesperación asome su cabeza por doquier y el miedo se haya convertido en el combustible de la política, la nostalgia lo eclipsa todo. Los líderes políticos siempre nos prometen un retorno a los tiempos de antaño, cuando todo era más sencillo, menos inestable. Los grandes grupos de comunicación inundan las plataformas de streaming con remakes y reboots. Estilos pasados de moda se renuevan, reimaginan y adaptan sin tregua para saciar los apetitos del presente. Parece que, cuanto más avanzamos hacia el futuro, más fuerte se vuelve la nostalgia”.

Lo leeré en los próximos días porque me atrapan estos ensayos sobre realidades presentes que están trufadas de experiencias pasadas, que no traen nada bueno al estar controladas hasta la saciedad por el mercado. Me reafirmo en lo que escribí en febrero del año pasado en este cuaderno digital sobre el regreso a la nostalgia, No se transforma nada desde la nostalgia del pasado, con motivo de la publicación de un libro muy interesante, Neorrancios (1), íntimamente relacionado con lo anteriormente expuesto: “Publicaciones como la de Neorrancios son una bocanada de viento fresco cuando muchos navegamos, en patera, sólo al desvío. Gracias por ello. Tengo muy claro que no se cambia nada desde la nostalgia del pasado. La única nostalgia que me permito, como motor de cambio, es la de constatar, en este aquí y ahora, que la dignidad humana no alcanza a todas las personas de este país, que necesita, urgentemente, transformar su presente para poder alcanzar el mejor y más digno futuro para todos”. El libro de Tanner lo desarrolla y reafirma desde la óptica de un ensayo muy preocupante en los tiempos que corren. De ahí mi interés por leerlo y divulgarlo.

Una cosa más a modo de confidencia. Cuando el gran director chileno Patricio Guzmán presentó en España su documental Nostalgia de la luz, aprendí el auténtico valor de esta palabra que lo desarrollaba en su sinopsis oficial, porque simbolizaba muy bien la dualidad de la distancia “entre el cielo y la tierra, entre la luz del cosmos y los seres humanos y las misteriosas idas y vueltas que se crean entre ellos. En Chile, a tres mil metros de altura, los astrónomos venidos de todo el mundo se reúnen en el desierto de Atacama para observar las estrellas. Aquí, la transparencia del cielo permite ver hasta los confines del universo. Abajo, la sequedad del suelo preserva los restos humanos intactos para siempre: momias, exploradores, aventureros, indígenas, mineros y osamentas de los prisioneros políticos de la dictadura. Mientras los astrónomos buscan la vida extra terrestre, un grupo de mujeres remueve las piedras: busca a sus familiares”. En aquella ocasión dije algo que todavía me conmueve en clave de nostalgia bien entendida, al redactar las palabras anteriores: “Nada más. Se trata también de la nostalgia de la dignidad que todavía algunas personas tenemos. Como la de Valentina, la hija de las estrellas, que “a pesar de ser hija de madre y padre desaparecidos, es el personaje más jubiloso de la película. Tiene una mirada serena que observa más lejos que nosotros. Sus abuelos la criaron y le enseñaron a observar el cielo. Desde que se dedica a la astronomía, ella supo que la materia de las estrellas es la misma materia de sus padres”.

(1) Urgáiz B. et alii (Coord.), Neorrancios. Sobre los peligros de la nostalgia, 2022. Madrid: Península.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

La noche de Reyes del niño Miguel Hernández

Josefina Manresa y Miguel Hernández, 1937

Sevilla, 5 de enero de 2023, en la noche de Reyes, siendo las 21:45 horas CET

En 2019 escribí en este cuaderno digital una reflexión sobre la noche de Reyes, del niño que siempre llevó dentro Miguel Hernández, ante sus abarcas desiertas. Hoy la he recordado de nuevo por su mensaje impecable para una noche tan especial y para imaginar, al igual que lo expresó el poeta de Orihuela, el pastor de sueños, que el mundo podría ser cada día una juguetería para niños y niñas libres, que tuviera en sus estanterías “juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor”. Sus “abarcas desiertas” no las olvido.

La solidaridad de Miguel Hernández no tenía límites. Lo demostraba por sus colaboraciones en publicaciones durante la guerra civil, como la que apareció en la revista Ayuda del Socorro Rojo, el 2 de enero de 1937. El objetivo del poema Las abarcas desiertas junto a otras colaboraciones era «recabar ayuda para donativos y juguetes en beneficio de la infancia necesitada. Interesante la nota aclaratoria ofrecida en primera página: Los niños de la España libre y en armas tendrán este año, merced a la generosidad de millones de personas, lo que la casta que nos dominaba había hecho privilegio exclusivo de sus hijos: juguetes y libros con que estimular su espíritu y crear sus castillos imaginativos de una sociedad mejor» (1).

El poema resume muy bien la realidad dura y contemporánea de los que menos tienen. Miguel Hernández hace un recorrido de ilusiones maltrechas desde la colocación de su calzado cabrero en la ventana fría, como cualquier niño, pero con la conciencia de clase muy clara: Nunca tuve zapatos, / ni trajes, ni palabras: / siempre tuve regatos, / siempre penas y cabras. Me parece maravillosa la expresión de que «Por el cinco de enero, para el seis, yo quería que fuera el mundo entero una juguetería».

Recomiendo la lectura pausada del poema completo. Nada más. Es verdad que muchas veces los reyes coronados del siglo XXI no tienen pie ni ganas para ver el calzado de las pobres ventanas. Una aclaración final: salvando lo que haya que salvar, no solo me refiero hoy a la pobreza económica en esta navidad rediviva según Miguel Hernández. Es peor la del espíritu de reyes magos que van de paso por la vida de muchas personas sin observar abarcas vacías. A pesar de que solo puedan tener dentro sueños de juguetes y libros con que estimular el espíritu y crear castillos imaginativos de una sociedad mejor.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rio con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

(1) https://algundiaenalgunaparte.com/2009/01/05/versos-olvidados-las-abarcas-desiertas/

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Alocución imprescindible ante un año nuevo

Ángel González

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

Ángel González, en Alocución a las veintitrés

Sevilla, 31/XII/2022

En unos momentos difíciles para el país, asediado por discursos oficiales de «superiores diversos», vacíos de contenido y con una ausencia clamorosa de valores ciudadanos democráticos, en general, recurro un año más al poeta Ángel González para buscar luz en este túnel ético en el que nos encontramos, porque nos ofrece una visión personal de la vida en una alocución de fin de año cargada de historia de errores recientes en este país y en el mundo que nos rodea, salvando lo que haya que salvar. Lleva por título “Alocución a las veintitrés” (1). Hoy, cuando quedan muy pocas horas para que finalice un año complejo, para olvidarlo, vuelvo a leerla detenidamente porque siempre calma mi ardiente paciencia y conmueve mi alma de secreto.

Alocución es un discurso o razonamiento breve por lo común y dirigido por un superior a sus inferiores, secuaces o súbditos [sic, según la RAE]. Lo que sí tengo claro es que cuando cambie el año, suenen las campanadas y nos enfrentemos a las uvas, esta alocución va a ser un revulsivo a las veinticuatro horas para que aprendamos del valor de la libertad de la palabra de ciudadanos imperfectos que aún nos queda en este año bastante complejo y que, afortunadamente, no está a la venta en Amazon ni en los mercados porque, seamos sinceros, interesa escucharla solo a unos pocos. Porque la libertad de la palabra, que aún nos queda, nos ofrece, entre otras muchas cosas, tener fe en ella, aunque la terca realidad nos complique a veces la vida. Porque ahí está, a pesar de que algunos ciudadanos perfectos, instalados en la mediocridad, sólo ven el mundo del nunca jamás en todo lo que les rodea, sin mezcla de esperanza alguna. Lo que necesitamos esta noche es recordar, al tomar las uvas, es que hace falta Más fe, mucha más fe. / Que en cierto modo, / creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos.

Lo he dicho en referencias anteriores a este poema, a estas alturas del calendario: estas palabras de Ángel González son un símbolo de lo que a veces no queremos ver aunque es evidente lo que está pasando, aplicando el principio de realidad de Freud cuando finaliza este año, el más terco de todos los principios. Las preguntas serias son las que enuncia metafóricamente el poeta: ¿quién se dirige a quién? ¿quién, con poder suficiente, sean reyes, reinas, presidentes, presidentas o ministros y ministras, se dirige así a sus subordinados con un discurso paradigmático de doble moral? ¿lo pronuncian solo los políticos o todas las personas que no quieren ver lo que miramos todos, solo por ejercer cierta prepotencia sobre los demás, sin compasión alguna?, ¿afecta sólo a los de arriba o a los de abajo también, a los de izquierdas o a los de derechas en su amplio espectro?, ¿quizás, a todos los que se consideran ciudadanos perfectos?

ALOCUCIÓN A LAS VEINTITRÉS

Ciudadanos perfectos a estas horas,
honorables cabezas de familia
que lleváis a los labios vuestra servilleta
antes de pronunciar las palabras rituales
en acción de gracias por la abundante cena:

vuestra responsabilidad de sólidos pilares
de la civilización y de Occidente,
del consumo de bicarbonato sódico
y del paternalismo hacia la servidumbre,
exige de vuestra parte
cierta ignorancia de hechos también ciertos,
un esfuerzo final en bien de todos,
la tozuda incomprensión de algunas realidades,
la fe más meritoria, en resumen,
que consiste en no creer en lo evidente.

Yo podría jurar que la tierra está fija
–ya lo juré otras veces–
y que el sol gira en torno a ella;
yo podría negar que la sangre circula
–lo seguiré negando, si hace falta–
por las venas del hombre; yo podría
quemar vivo a quien diga lo contrario
–lo estoy quemando ahora–.

No es que sean importantes los asuntos
objeto de polémica:
lo importante es la rígida
firmeza en el error.
Pues las mentiras viejas se convierten
en materia de fe, y de esa forma
quien ose discutirnos
debe afrontar la acusación de impío.
Con esto, y una buena cosecha de limones,
y la ayuda impagable de nuestros coaligados,
podemos esperar algunos lustros
de paz como ésta de hoy,
en una noche semejante a ésta de hoy,
tras una cena lo mismo que ésta de hoy.

Tal como siempre, pues, pedid conmigo:
Más fe, mucha más fe.
Que en cierto modo,
creer con fuerza tal lo que no vimos
nos invita a negar lo que miramos.

(1) González, Ángel, Palabra sobre palabra, 2018. Barcelona: Austral, p. 176s.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

«Milana bonita», dos palabras preciosas de un santo inocente (II)

Sevilla, 28/XII/2022

No es la primera vez que recuerdo estas palabras en el día de los Santos Inocentes, como lo expresaba hace un año tal día como hoy. En aquella ocasión, porque falleció en 2021 Mario Camus, director de una película de culto en el cine español, Los santos inocentes (1984), que no olvido en su fondo y forma, según la obra homónima de Miguel Delibes. De nuevo, me fijé también en un instrumento que formaba parte de la banda sonora de la película, el rabel, que quizás pasó desapercibido en su proyección cinematográfica, pero que simboliza como metáfora viva el mensaje cultural que aún queda en la España olvidada y vacía, en una región que he tenido la oportunidad este verano de conocerla mejor y así lo desarrollé en una serie dedicada especialmente a una tierra extraordinaria por su memoria histórica, Leyendo a Cantabria, interpretando de la mejor forma posible sus creencias y valores. 

«Milana bonita» ha dicho mucho a través de un santo inocente. El que quiera entender…, que entienda, en una novela y una película que, como pasa con las ideologías, nunca fueron inocentes.

Milana bonita, dos palabras para recordar a Mario Camus

Sevilla, 19/XI/2021

Ayer voló a su cielo particular Mario Camus, junto a su inseparable milana bonita, recordándonos que nos entregó un día ya lejano un regalo cinematográfico, Los santos inocentes, en el que él sabía lo que nos daba pero no lo que en verdad recibíamos, un fragmento de nuestra memoria histórica con el tiempo dentro. Aprendí a conocer nuestro triste pasado como país gracias a Miguel Delibes y a su versión llevada al cine de la mano magistral de Mario Camus.

En el día de los santos inocentes de 2019, escribí unas palabras de homenaje a este gran director, El rabel de los santos inocentes, resaltando también un instrumento ancestral cántabro, el rabel, porque ponía música a una historia conmovedora, con la sencillez de un alma inocente y bendita como la de su intérprete, Pedro Madrid, que nunca tuvo tiempo para ver la película porque la vida le exigía estar siempre presente en sus tareas cotidianas. Hoy, vuelvo a publicar aquellas palabras, porque creo que encierran en sí mismas el mejor homenaje póstumo que puedo ofrecer a Mario Camus. No está solo, porque cerca, muy cerca, le espera impaciente Azarías, junto a su querida milana bonita.

Muchas personas recordamos la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus, basada en una obra homónima de Miguel Delibes, a través de una frase icónica, ¡Milana bonita!, pronunciada de forma repetida con la voz profunda e inconfundible de Paco Rabal en su papel de Azarías. Lo que no recordará casi nadie es que la banda sonora de la película está interpretada por Pedro Madrid, un rabelista de Cantabria, un músico inocente de extracción rural, que no vio la película porque estaba dedicado en cuerpo y alma a su tierra, Polaciones, y a su parentela, nada más, muy lejos del bullicio mundano.

El rabel es un instrumento de cuerda frotada, tres cuerdas concretamente, que Pedro tocaba con destreza: “Éste -y muestra el que tiene en esos momentos en sus manos- está hecho de madera de tejo. Es un árbol milenario cargado de leyendas, pero es muy difícil encontrarlo. También los hago de serval, que es un árbol sagrado de los antiguos celtas” (1). Tiene raíces árabes, el rabáb, según el diccionario de la RAE: instrumento musical pastoril, pequeño, de hechura como la del laúd y compuesto de tres cuerdas solas, que se tocan con arco y tienen un sonido muy agudo. Desde 1505 tenemos registrada la existencia de este instrumento en el diccionario de Fray Pedro de Alcalá, matizada posteriormente en el de Autoridades, en 1737: “instrumento músico pastoril, de hechura como la del laúd”.

La aportación de Pedro Madrid a la película es un símbolo del argumento de la misma, porque desprende sabiduría rural a manos llenas, es decir, la exposición desnuda de las relaciones amo-sirviente durante la posguerra en España, donde el desprecio al que menos tiene y, además, te sirve, era una seña de identidad de la burguesía cortijera de la época. Delibes escribió una denuncia social descarnada, continua, en formato de novela, con una trama en la que los santos inocentes son aquellas personas que viven con dignidad el hecho de ser diferentes, singulares, casi sin darse cuenta, casi siempre ignorados por la sociedad.

Hoy, día de los santos inocentes, he recordado la película y un instrumento humilde, el rabel, tocado con destreza por Pedro Madrid, un gran desconocido para la historia de la música en este país. Lo escucho en los títulos de crédito de la película, llevándome en volandas como la grajilla de Azarías. Es solo un homenaje a su colaboración en la historia de la literatura y el cine en este país, en un día del calendario muy especial.

(1) https://elpais.com/diario/1985/09/06/ultima/494805604_850215.html

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Este libro puede ser un regalo con estela:

Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Hoy es Navidad, la historia de una sorprendente concepción junto a la de un buen compañero

Georges de La Tour, El recién nacido (h. 1648, óleo sobre lienzo, 76 x 91 cm, Museo de Bellas Artes, Rennes)

Sevilla, 25 de diciembre de 2022

Tengo grabada en mi memoria de secreto la letra de un villancico muy popular que cantaba desde que era muy pequeño, como si nada, que decía: esta noche es nochebuena y mañana navidad, a la que seguía un deseo de José que no quiero repetir por más tiempo, por aquello de la bebida sin control: dame la bota María que me quiero emborrachar. Hoy, día de la navidad, que me gusta escribirla con minúscula para hablar de ella desde una perspectiva laica, creo que se recuerda en el mundo entero, de creencia cristiana, porque todo es debido a una historia de una sorprendente concepción junto a la de un buen compañero de una madre muy joven. Así lo he expresado en alguna ocasión en este cuaderno digital, comenzando por la interpretación laica de la sorprendente concepción de una mujer corriente, María, que da a luz un niño de nombre Jesús, acompañado por un buen hombre, José.

Para intentar comprender la intrahistoria de este día, vuelvo a contemplar hoy, de nuevo, el óleo de Georges de La Tour, El recién nacido, un pintor desconocido durante siglos para la historia del arte, porque busco comprender la sorprendente concepción de María, tal y como nos lo ha contado la historia sagrada. Sobrecoge el silencio y austeridad en este cuadro tan realista en los últimos años del pintor: “Sus célebres “noches”, de aparente simplicidad, silenciosas y conmovedoras, dan vida a personajes que surgen con magia en espacios sumidos en el silencio, de colorido casi monocromo y formas geometrizadas. La total inexistencia de halos u otros atributos sacros, así como los tipos populares empleados, justifican la lectura laica que a veces se ha hecho de sus nocturnos en obras como La Adoración de los pastores del Louvre o El recién nacido de Rennes“ (1). No hay vestigio alguno de collares o anillos, pedidos por José al platerillo de Alberti en un poema precioso, El platero, publicado en El alba del alhelí, que siempre he sentido como la gran paradoja de la creencia descreída en el dios que nos conmueve y en la Virgen, una mujer muy sencilla y confundida que solo acepta el regalo de un beso a su Niño, mucho más allá de medallas, collares y anillos, porque como estampa familiar nos puede servir para comprender la quintaesencia de la religión bien entendida.

A la Virgen, un collar
y al niño Dios, un anillo,
Platerillo,
no te los podré pagar,
¡Si yo no quiero dinero!
¿Y entonces qué? di.
Besar al niño es lo que yo quiero.
Besa, sí

En este cuadro, esta sencilla mujer no tiene casi nada, solo el regalo precioso del silencio sonoro de la noche y contemplando a su niño, fruto de una sorprendente concepción, en la que encontró, eso sí, a un gran compañero, José, al que también he reconocido siempre su difícil situación ante los demás descreídos y porque su papel en esta historia nunca ha pasado desapercibido en nuestras vidas y en nuestras fastuosas navidades blancas. José, el carpintero de Nazareth, siempre ocupó una segunda fila en una historia jamás contada bien. Era la pareja oficial de María, asunto que me ha emocionado en muchas ocasiones al describirse así, a pesar de que la historia lo ha encumbrado siempre a los altares. En el óleo de Georges de La Tour, no aparece José por ningún sitio porque realmente nunca fue protagonista de esta historia mágica, la sorprendente concepción de María. Todos comentaban siempre su silencio, aunque era un secreto a voces por la asunción de su papel en la historia difícil de María. Me gusta recordarlo despojado de su santidad, ocupando su sitio en la historia, básicamente como un hombre humilde, trabajador y bueno, con un profundo respeto a María, una persona que la historia ha colocado en un sitio muy especial difícilmente entendible si te falta la fe que nos enseñaron nuestros mayores, como le gustaba decir a Antonio Machado. Creo, sinceramente, que fue un buen compañero.

Escucho ahora a un compositor francés, Michel Corrette (1709-1795), un perfecto desconocido que ha supuesto un descubrimiento extraordinario en mi aprendizaje diario para interpretar dignamente sus partituras en clave y violín. Todo surgió al localizar en su ingente obra seis sinfonías dedicadas a la Navidad, preciosas, de las que quiero destacar hoy un movimiento en concreto: José es un buen compañero (Sinfonía III, Allegro), porque me permite contextualizar una historia de una persona que ha supuesto mucho para el devenir de la sociedad creyente, una historia, entre otras, que habla siempre de soledad y silencio ante la libre elección para la difícil tarea de vivir dignamente. Escuchándola, comprendo mejor que nunca la categoría humana de José, ignorado hasta por el evangelista Marcos: “Solo sabemos que en el capítulo 6, versículos 1 a 3 de su crónica de la muerte anunciada de Jesús (como buen periodista), dijo lo siguiente: “Se marchó [Jesús] de allí y vino a su tierra, y sus discípulos le acompañaban. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada; y decía: “¿De dónde le viene esto? y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de Josét, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de él”. José solo ante el peligro. No aparecía por ningún sitio en la noticia contada por Marcos pero, dueño de su soledad y de sus silencios, siempre tuvo el sentido de la medida que tanto aprecio.

Correttte sabía lo que componía. José fue un buen compañero y Marcos lo entendió así. Por esta razón es sugerente intentar comprender que José admiraba a este narrador de la época, que contó cómo el emperador César Augusto quiso acabar de una vez por todas con alternativas a su poder corrupto, a través de un niño-ciudadano de su imperio, no empadronado, llamado Jesús, rey de los judíos, un revolucionario que no quiso ser emperador, que contaba cosas muy interesantes, que formó un gran equipo y que quería atender sobre todo a los más desprotegidos, a los engañados por el poder, a los nadies y a los desheredados. Y era una persona corriente, lo que suele poner muy nerviosos a los malos gobernantes: cuando se cansaba, dormía sobre el cabezal del barco, como nos lo contó hace ya muchos años un joven periodista de nombre Marcos. Mientras, José, un carpintero humilde, seguía trabajando en silencio. Es el José que todavía hoy tanto admiro. Esa es la navidad, con minúscula, que tanto aprecio. Y a María, por su soledad y también silencios, lo que pintó admirablemente George de la Tour.

Michel Corrette (1709-1795), José es un buen compañero (Seis sinfonías de Navidad, Sinfonía III, Allegro), interpretado por La Fantasía.

(1) https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/georges-de-la-tour/369d61b8-c430-4c43-9f51-8ed8995aa949

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Este libro puede ser un regalo con estela:

Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

«Los desheredados», un cuento de María Lejárraga para una noche buena y laica

María Lejárraga

¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!

Villancico popular

Sevilla, 24/XII/2022

Llevo bastante tiempo leyendo todo lo que puedo sobre la escritora española María Lejárraga, una más de las olvidadas por la memoria histórica de este país y silenciada hasta límites insospechados durante la dictadura. En este ir y venir por sus escritos y, sobre todo, por su biografía, he localizado la que se considera su primera publicación, Cuentos breves. Lecturas recreativas para niños (1899), en la que apareció su nombre y apellido por primera vez durante su prolongada vida, aunque este hecho fuera recriminado por su familia y se prometiera a sí misma que no volvería a utilizar su nombre en su actividad como escritora de todos los géneros imaginables, como así fue a lo largo de su vida, con escasas excepciones. Del total de los cuentos que figuran en esta publicación he leído diez, entre los que he escogido uno, Los desheredados, sin descontextualizarlo en las postrimerías del siglo XIX en este país, porque considero que salvando lo que haya que salvar cobra plena actualidad como metáfora en esta navidad y es importante compartirlo a pesar de su crudeza, fundamentalmente porque seguimos asistiendo a un espectáculo nada edificante en relación con la pobreza severa infantil y,  muchas veces, con el maltrato físico, psíquico y social asociado a esta realidad por la propia sociedad, cuando se permite que esto ocurra con datos escalofriantes en pleno siglo XXI.

En los últimos tiempos he escrito en este cuaderno digital en reiteradas ocasiones sobre la crisis social y económica provocada por la pandemia de la COVID-19, situación que hemos olvidado en un santiamén, cuando la terca realidad demuestra que los niños y jóvenes son los que más acusan sus daños colaterales, los más desheredados. Lo acaba de ratificar un informe de la Plataforma de Infancia, formada por más de 70 organizaciones, que analiza los datos de 2021 de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), que publica anualmente el Instituto Nacional de Estadística, donde se utiliza el indicador AROPE (At Risk Of Poverty or social Exclusion), de la estrategia Europa 2020 que la Unión Europea propuso para evaluar el riesgo de pobreza y exclusión social en cualquiera de sus estados miembros, en el que se expone que un 33% de los niños, niñas y adolescentes que viven en España lo hace en riesgo de pobreza y exclusión social, cinco puntos porcentuales más que la media de la población. Es importante aclarar que la llamada tasa AROPE se define como población en riesgo de pobreza o exclusión social de aquellas personas que se encuentran al menos en una de estas tres situaciones: riesgo de pobreza, carencia material y social severa, o baja intensidad en el empleo.

Leyendo el informe se puede deducir que los niños y niñas de este país se convierten en nadies, en desheredados, con un ejemplo que ya he expuesto anteriormente, en este cuaderno digital, de mi Comunidad Autónoma, Andalucía, que me duele decirlo alto y claro: es imprescindible y urgente conocer con datos científicos que 2.738.318 ciudadanos y ciudadanas en Andalucía, es decir un 32,3% del total de población,  están viviendo la pobreza en sus vidas y, de forma más aguda, la pobreza severa, en un porcentaje del 8,1% del total, es decir, casi un millón y medio de personas, con un porcentaje muy importante de población infantil y juvenil, con cifras lo suficientemente elocuentes para confirmar que algo no estamos haciendo bien en esta Comunidad, porque contra datos no valen argumentos.

Lo que no olvido en esta navidad laica es el villancico que sonaba en los planos finales de una película de culto en mi infancia, Plácido, de Luis García-Berlanga, que cantábamos en mi colegio sin darnos cuenta de lo que decíamos, aunque era una declaración del mundo al revés de los desheredados, en toda regla: ¡Madre, en la puerta hay un niño, tiritando está de frío! ¡Anda, dile que entre, se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá!

El cuento de María Lejárraga que sigue, Los desheredados, no es precisamente “recreativo”, como decía el título de su obra conjunta, pero traduce junto a los restantes relatos algo muy importante y digno de consideración en la fecha en que se publicó, 1899: que en sus relatos no se contemplara la diferenciación por sexos, cuentos para niños o para niñas, tan común en su época y que hay que preocuparse por la niñez que sufre, a veces muy cerca de nosotros. Las andanzas que viven en primera persona estos niños desheredados hoy, tan cercanos a todos, se pueden contar a miles. Otra cosa muy distinta es ser conscientes de que estas situaciones difíciles no son un cuento sino una realidad y que debemos contribuir en la medida de nuestras posibilidades para que no ocurran o minimizar su impacto. Las niñas, los niños no tienen por qué sufrir las consecuencias de este triste mundo con sus duelos y sus contrariedades, con sus crueldades y sus humillaciones, como expresa María Lejárraga en su cuento, ni esperar a que su merecida felicidad le venga del cielo, la que ese triste mundo les niega a veces a diario cuando lo justo, equitativo y saludable es que se la entreguemos a raudales por justicia social, por derecho propio, por deber de Estado.

Los desheredados

Con los ojos clavados en el suelo, con el corazón triste y angustiado, y corriendo por sus rosadas mejillas lágrimas de dolor, caminaban silenciosos los dos niños por aquel camino estrecho y tortuoso, cuya dirección desconocían.

¡Qué terribles momentos! Huían al fin por verse libres del terrible yugo de aquella mujer sin conciencia, que durante dos años les había martirizado con incalificable crueldad.

Quedaron huérfanos, él de diez años, y la niña de ocho; al morir, el padre encargó a una hermana de la madre, muerta también poco tiempo antes, la tutela de los pedazos de su alma, otorgándole al mismo tiempo el poco dinero ahorrado, la casita pequeña y rústica, y el pedazo de tierra regado con el sudor de su frente.

¡Qué horrible lucha habían sostenido durante el tiempo que estuvieron bajo su cuidado!

Hartos de malos tratos, habían decidido abandonar el pueblo. Caminaban sin rumbo, donde la casualidad los llevara, dispuestos a pedir protección a la primera alma generosa que encontrasen en su camino.

Apenas andaban cuatro pasos, volvían la vista hacia el pueblecito que los había visto nacer… Infinidad de recuerdos, ya amargos, ya alegres, acudían a su imaginación…

La madre bondadosa y amante que tantas veces había cubierto de besos aquellos rostros rosados y sonrientes antes, pálidos y tristes ahora, pero siempre bellos y angelicales; que había padecido horriblemente cuando una lágrima cruel había bañado sus ojos; que ya no sabían más que llorar; que había arrullado sus inocentes y plácidos sueños con esos cánticos alegres que para la infancia tiene la vejez bondadosa y que, henchida de cariño, les acompañó en sus juegos, ahogó sus suspiros de pena, enjugó su llanto, fue partícipe de sus alegrías, vivió para ellos gozando sólo con sus dichas y sufriendo con sus dolores, siempre insignificantes y pequeños en realidad, pero grandes y amarguísimos para ellos, ángeles de candor, que ocultos en el amoroso regazo maternal, no habían podido ver aún el triste mundo con sus duelos y sus contrariedades, con sus crueldades y sus humillaciones…

El campo; los pájaros de picos de oro y vistoso plumaje que alegraban el alma con sus armoniosos cánticos; las vistosas flores que embriagaban los sentidos con sus suaves perfumes; el cielo azul; la tierra fértil; la Naturaleza rica en esplendores… todo, todo lo que fue alegre para ellos.

Como en un cinematógrafo, veían desfilar ante su vista las gratas escenas de sus primeros años felices y tranquilos, y caminaban, caminaban…

Después de algunas horas de marcha, les sorprendió la noche cuando ya las piernas luchaban por no doblarse, y los desnudos pies casi vertían sangre y el corazón latía con alarmante violencia…

Se sentaron en medio del campo. ¡Qué angustia! Ya no podían pasar de allí, estaban rendidos, tendrían que pasar la noche al descubierto.

La niña apoyó la cabeza sobre el pecho de su hermanito, que estrechaba fuertemente su cuerpo frío; no podían pronunciar una palabra; sólo sabían llorar…

Un negro manto cubrió el antes azul y sereno cielo; el brillo de las estrellas desapareció; reinaban las tinieblas…

Una furiosa tempestad se desencadenó de repente. Lluvia torrencial, relámpagos que cegaban, truenos que ensordecían… La Naturaleza quería poner de relieve su furor y su poder aquella lúgubre noche.

A la mañana siguiente hallaron unos campesinos, con las caritas juntas y los brazos enlazados, los yacentes cuerpos de los dos niños, muertos de terror, de frío, de hambre, de pena…

El Dios de los buenos, en su infinita misericordia, quiso sin duda llevar a su lado a aquellos dos ángeles para resarcirles crecidamente con las inmensas delicias de la mansión celestial, de la felicidad que el triste mundo les había negado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Este libro puede ser un regalo con estela:

Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Platero y Eo, dos burros que nos muestran el descarnado enigma de la vida

Sevilla, 17/XII/2022

De una forma u otra Platero está muy presente en mi vida. Cuando llega la navidad sé que para este burro mágico era una forma de comprender que era algo que pertenecía sobre todo a los felices, como bien contaba Juan Ramón Jiménez en el capítulo dedicado a la Navidad (CXVI) en esta maravillosa elegía andaluza, cuya lectura casi recuerdo de forma íntegra cuando llegan estos días de forzados recuerdos, donde Platero sigue trotando libremente en mi memoria de hipocampo, agregando años a su vida real en la mente sana de los que apreciamos conocerlo tal y como era, porque no nos importa seguir siendo niños sin Nacimiento, como los de Juan Ramón, Ciento ocho años después de la primera publicación, parcial, de “Platero y yo”, al que siempre quería agregar capítulos el poeta de Moguer, lo traigo a este cuaderno digital porque ese burro de color de plata, pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos, con unos espejos de azabache de sus ojos, que son duros cual dos escarabajos de cristal negro, es y será siempre el gran embajador mundial de ese pueblo precioso, que me entregó su alma secreta durante años. Como conozco bien Moguer, abro ahora el libro y sigo andando de forma imaginaria por la calle de la Ribera, interpretando los sentimientos de Juan Ramón ante la casa que lo vio nacer, cuando invitaba a Platero a que mirara por la cancela la verja de madera, negra por el tiempo…, intentando compartir con él, como solo él sabía hacerlo, una buena noche para ser feliz.

En este contexto apareció ayer por un camino de mi vida, Eo, un burro muy especial, cuya historia contada en una película homónima polaca dirigida por Jerzy Skolimowski, ha merecido el premio del jurado del Festival de Cine de Cannes en su 75ª edición, celebrada el mes de mayo pasado, entre otros importantes reconocimientos y cuya sinopsis oficial no deja lugar a dudas de su interés más allá del espíritu cinematográfico, porque retrata la vida animal tan alejada aparentemente, solo aparentemente, de sentimientos y emociones humanas: “El mundo es un lugar misterioso, sobre todo visto a través de los ojos de un animal. En su camino, EO, un asno gris de ojos melancólicos, se topa con buena gente y otra no tan buena, conoce la alegría y la pena, y la rueda de la fortuna transforma, según el momento, su buena suerte en desastre, y su desdicha en felicidad inesperada. Pero nunca, en ningún momento, perderá la inocencia. Premio del Jurado en el festival de Cannes 2022 y candidata a los Oscar por Polonia, la película participa en Sección Oficial de la Seminci 2022. Ofrece una visión de la Europa moderna a través de los ojos de un burro. Emocionante y poética fabula contra la violencia, el maltrato animal y la ausencia absoluta de toda humanidad. Dirigida y coescrita por el veterano cineasta polaco Jerzy Skolimowski, premiado también en el festival de Cannes por “Trabajo clandestino” y “El grito”, y protagonizada por Isabelle Huppert (“Elle”, “La pianista”), una de actrices más relevantes y respetadas del panorama cinematográfico”.

Estoy convencido de que Platero y Eo son dos buenos compañeros de viaje para los que seguimos pensando que la elegía de Juan Ramón Jiménez es un libro escrito para adultos, sobre todo para los que todavía llevan con orgullo un niño dentro, tal y como lo describía Saramago en ocasiones especiales: «siempre he llevado dentro al niño que fui», al igual que ha pretendido hacerlo Jerzy Skolimowski con su película. Deberíamos leer este cuento con frecuencia para comprender bien que las palabras pueden ayudarnos a entender que otro mundo es posible, tal y como lo expresó Juan Ramón Jiménez tan cerca de Platero, dejándonos llevar por el niño que fuimos o que seguimos siendo. Igualmente, Eo puede ser un recordatorio de estas buenas intenciones, porque su director, que no su amo, creo que ha pretendido dar rienda suelta a las vivencias, quizás sin conocerlas en toda su profundidad, de las palabras introductorias de la afamada elegía de Juan Ramón: “Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién! …para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! Dondequiera que haya niños -dice Novalis-, existe una edad de oro. Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer! Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren. También habrá excepciones para hombres y para mujeres, etc.”.

Palabras de Juan Ramón Jiménez y escenas de Skolimowski que quizás sean la excepción del poeta. The End.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

¿Quién es Paul B. Preciado, para leerlo después y comprenderlo mejor?

Sevilla, 16/XII/2022

El contexto de la navidad nos ofrece la oportunidad de acercarnos a los libros, cuestión que siempre me emociona, aunque me siento muy lejos del mercado del libro, por razones obvias desde mi persona de secreto. Se habla mucho de la industria del libro, sé que existe, pero hay algo que no me agrada, la mercadotecnia en torno a los llamados best sellers, literatura teledirigida en muchas ocasiones tanto para quienes escriben como para quienes editan los libros por encargo. Respeto mucho a quienes viven de sus obras como escritores o escritoras, pero también a los que entregan su conocimiento a la malla pensante de la humanidad, la Noosfera, sin recibir dinero a cambio, sólo el respeto a lo creado y reconociendo siempre su autoría, en bastantes ocasiones a cambio de casi nada y no de dinero precisamente. Soy consciente de que es un debate no cerrado y que necesita una profunda reflexión en un entorno muy próximo a la llamada accesibilidad a la cultura, que como casi todo en la vida, va por barrios de riqueza o pobreza, nunca mejor dicho.

Navegando en el mar proceloso de las últimas publicaciones, anteriormente descrito con brevedad pero con firmeza ideológica, he encontrado una isla literaria, desconocida para muchas personas, pero que me ha resultado atractiva e inquietante a la vez. Se trata de una publicación reciente de un filósofo español de proyección internacional, residente en París, Paul B. Preciado, con un título programático para entender la deconstrucción del mundo que nos rodea, Dysphoria Mundi, bebiendo en las fuentes de un filósofo francés que estudié durante bastante tiempo, Jacques Derrida, que también fue profesor de Preciado. En este cuaderno digital se puede verificar mi aproximación a Derrida, en un momento crucial de mi vida, al analizar la posible deconstrucción del cerebro digital. Como siempre hago, para no arruinar el contenido del libro citado, acudo a la sinopsis oficial porque no altera para nada su contenido, aunque en este caso y como suelo hacer siempre, considero que es imprescindible saber en primer lugar quién escribe esta obra, antes de leerla, para comprenderla mejor: “Dysphoria mundi es un diario de la transición planetaria que toma la forma de un texto mutante, hecho de ensayo, filosofía, poesía y autoficción, que busca capturar las convulsiones del fin del capitalismo patriarco-colonial. Preciado describe en esta obra las modalidades de un presente revolucionario: no algo que sucedió en un pasado mítico o que sucederá en un futuro mesiánico, sino algo que nos está sucediendo. Nos encontramos frente a uno de los libros más ambiciosos que se han escrito durante la crisis del covid; un libro-mundo donde el autor recoge los cambios que se están produciendo en todos los ámbitos sociales, políticos, sexuales… La fascinante hipótesis que nos propone Preciado aquí consiste en generalizar la noción de disforia para entenderla no como una enfermedad mental, sino como un abismo epistémico y político: el que separa el antiguo régimen capitalista, patriarcal y colonial, que conduce inexorablemente a la extinción, de una nueva forma de vida que hasta ahora había sido descalificada como improductiva y anormal, y que ha acabado revelándose como la única salida posible. Explotando todos los límites disciplinarios y sus binarismos, Preciado se afirma aquí como uno de los filósofos internacionales más importantes del momento, y consigue entregar, como ha afirmado Judith Butler, una obra «monumental»: un libro imprescindible para entender el presente y más aún para adentrarse en el futuro”.

Llevo tiempo leyendo casi todo lo que se publica sobre Paul B. Preciado, algo que me ha servido para conocer bien a esta persona y a su personaje actual. Me pasó recientemente con la última Premio Nobel de Literatura de este año, Annie Ernaux, a quien no había leído con anterioridad a su galardón y descubrí en diversas entrevistas con la autora que su vida era el guion perpetuo de su obra, de tal forma que siguiendo sus declaraciones empecé a conocerla bien a través de una de sus publicaciones que ella considera el punto de inflexión de su carrera como escritora, El lugar, un punto de partida para escribir sobre su conciencia de clase en relación con su familia y su entorno vital, lejos de sus últimas publicaciones que la mercadotecnia del libro considera como lo más relevante de su extensa obra: “Fue cuando escribí El lugar (1983), a partir de la muerte de mi padre. Utilizar la ficción me pareció una especie de traición. Sentí que no tenía derecho a transformar su experiencia real en una novela. Su fallecimiento fue brutal. Murió cuando yo tenía 26 años, me había casado con un hombre de otra clase social y me había distanciado del núcleo familiar. Con su muerte, despertó mi conciencia de clase, que hasta entonces siempre había logrado reprimir… […] Desde mi adolescencia, había reprimido todo lo que no me gustaba de mi familia. Por ejemplo, que no éramos intelectuales, sino proletarios. Nunca me reconcilié del todo con el mundo de mi padre, ni tampoco con él. No por haber escrito ese libro se solucionó el problema, aunque era lo mejor que podía hacer. Pero era mejor que limitarme a olvidar. Creo que El lugar es el libro del que estoy más orgullosa, a título individual y colectivo. Mucha gente que vivió ese mismo luto [al cambiar de clase social] se dijo que no estaba sola, puede que por primera vez…”. Creo que ella misma nos ofrece una seña de identidad a través de El lugar, lo que significa que es un buen motivo para comenzar a conocer bien su sociobiografía.

Volviendo a Paul B. Preciado, considero que es imprescindible saber quién es, para comprenderlo mejor, sobre todo cuando lo explica él mismo: “Preciado, que se define como “hombre trans de cuerpo no binario”, sabe de lo que habla. Su primer contacto con la terapia psicológica tuvo lugar a los 18 años. “Mis padres me enviaron a ver a un psicólogo porque en mi colegio de monjas de Burgos les habían dicho, literalmente, que yo no era ni trigo ni cebada”, recuerda entre carcajadas. Su padre convirtió esa expresión profundamente castellana en “una teoría de género axiomática” que le repetía sin cesar. Y Preciado la transformó, con el tiempo, en un lema personal, como miembro honorario de un colectivo acostumbrado a deformar los insultos recibidos y a convertirlos en insospechados motivos de orgullo. Pese a sus críticas, no se opone a la existencia de la disciplina que inventó Freud”. ¡Cuánto pesa en España el estereotipo de no ser ni carne ni pescado, por ejemplo! En el mismo artículo del que he tomado estas notas, se informa también que “Preciado fue lesbiana radical, individuo de género no binario y, finalmente, hombre trans desde 2016, cuando empezó a llamarse Paul, “como los esclavos cambiaban de nombre cuando compraban su libertad”. “Cuando comprendí que abandonar el régimen de la diferencia sexual significaba dejar la esfera de lo humano y entrar en un espacio de subal­ternidad, violencia y control, exigí un lugar dentro del régimen de género binario”, afirma en su discurso sobre la aparente contradicción que supone abogar por la abolición de este último y luego definirse como varón. Si es hombre, es por pura supervivencia. “En el contexto español, tampoco hay otras opciones, lo que sí ocurre en Alemania, Australia o Argentina, que reconocen un sexo o género no binario”, se explica. Espera, pese a todo, que las haya en el futuro”.

Lo que verdaderamente me ha llamado la atención en la entrevista citada, por deformación profesional, que la tengo, ha sido sus palabras en torno al mundo oscuro de las psicoterapias y diagnósticos terapéuticos en torno a la sexualidad “desviada” o no de los cánones al uso: “Era necesario que alguien respondiera a quienes han tenido el poder y la soberanía de analizarnos, diagnosticarnos y sentar cátedra sobre nuestras circunstancias”, decía Preciado la semana pasada en una aireada estancia, mitad comedor y mitad despacho —una pièce de vie, que dirían los franceses—, de su piso en el barrio parisiense de Ménilmontant. Hace 15 años les hubiera mandado al garete. Esta vez aceptó la invitación. “En el momento en el que estamos, con su altísimo riesgo político, la psiquiatría y el psicoanálisis no pueden seguir trabajando con conceptos forjados en el siglo XIX, a la luz de un régimen patriarcal y colonial. Es urgente que se den cuenta de su responsabilidad”. El discurso fue explosivo. Le llovieron los insultos, aunque también un puñado de aplausos. Solo pudo leer una cuarta parte del texto que había preparado, lo que hizo que decidiera publicarlo en su totalidad, bajo el título de Yo soy el monstruo que os habla (Nuevos Cuadernos Anagrama)”. Todo esto sucedió porque “En noviembre de 2019, Paul B. Preciado (Burgos, 50 años) fue invitado a pronunciar un discurso ante 3.500 psicoanalistas reunidos en el congreso de la Escuela de la Causa Freudiana, poderoso reducto del lacanismo en territorio francés, para que diera cuenta de su proceso de transición de género. Subir solo al escenario que le proponía esa asamblea hostil, formada por quienes decretaron que su cuerpo estaba enfermo, le inspiraba cierto respeto, por lo que decidió pedir auxilio a Franz Kafka. Un siglo antes de este inopinado encuentro en París, el autor checo firmó Informe para una academia. Su narrador era un mono que, después de haber aprendido el lenguaje de los hombres, se presentaba ante un grupo de altas autoridades científicas para explicarles lo que el devenir humano supuso para él. Aquel día, Preciado se convirtió en ese simio. “Es desde esa posición de enfermo mental en la que me colocan desde donde me dirijo a ustedes”, empezó. “Yo soy el monstruo que os habla. El monstruo que vosotros mismos habéis construido con vuestro discurso y vuestras prácticas clínicas. Yo soy el monstruo que se levanta del diván y toma la palabra”.

Sigo leyendo todo lo que puedo en torno a la vida de Paul B. Preciado, antes de leer sus obras, porque me parece que es un revolucionario de la deconstrucción de normas y creencias que tanto necesita el mundo actual. Sé que cuando lo considere oportuno, porque el conocimiento sobre él crea personalmente que es suficiente, comenzaré a leerlo con la atención que merece, no precisamente su Dysphoria Mundi, su última obra, sino probablemente Yo soy el monstruo que os habla, porque por lo que ya he leído y conocido de su obra, es la exposición más brillante sobre su alma de secreto y quien me conoce sabe cómo respeto el alma humana, no el mercado ni el poderoso caballero don dinero que está detrás de muchos libros.

NOTA: la imagen de cabecera es una fotocomposición personal que integra la portada del libro Dysphoria Mundi, un dibujo del propio Preciado, que ha reinterpretado el arcano del Diablo del Tarot desde los parámetros de su obra y que ha servido para diseñar la portada de este libro, así como una imagen de él obtenida de Paul B. Preciado – Axelle Mag.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Este libro puede ser un regalo con estela:

Ciudadano Jesús. Otra navidad es posible

UCRANIA, ¡Paz y Libertad!

Cada persona tiene un sentido propio de la lluvia

Ludovico Einaudi – Petricor – Live In London 2016

Sevilla, 15/XII/2022

Nunca llueve a gusto de todos, porque creo que cada persona tiene un sentido propio de la lluvia. Lo he pensado así al leer una entrevista al naturalista Carlos de Hita, que ha publicado recientemente un libro especial, Sonidos del mundo, en el que manifiesta algo que me ha conmovido: “En el Amazonas es interesante el sonido de la lluvia. En la selva, cada árbol tiene su propio sonido de lluvia, cada planta, cada hoja. Cuando deja de llover, me quedo a dormir una noche entera en Belén de Pará [Brasil], cerca de la desembocadura del río Amazonas, y se produce algo maravilloso: en la oscuridad se levanta un clamor con un orden perfecto en la biofonía. Los insectos se distribuyen por capas, ocupando todos los estratos acústicos, de forma que las voces de las diferentes especies no interfieren unas con otras”.

Leyendo la entrevista citada, he recordado inmediatamente a un profesional de fotografiar instantes sagrados de la naturaleza, Sebastião Salgado, que junto a lo expuesto por Carlos de Hita, merecen un reconocimiento expreso al trabajo desarrollado por profesionales que han fotografiado o grabado instantes mágicos de la vida, incorporándolos a su paraíso particular que simboliza, al mismo tiempo, un homenaje a naturalistas en general, no inocentes por su ideología, que nos siguen aportando a diario imágenes, instantáneas y sonidos, para no olvidar que un día tuvimos que salir de un paraíso en el que muchos nacimos por tradición y creencia, para volver diariamente a él, como lo hizo Salgado, que salió a buscarlo en 2005 mediante instantes mágicos “paradisiacos” en su esencia, para “emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos”.

La sinopsis oficial del libro de Carlos de Hita expone que “Este libro es la crónica sonora de un viajero. Durante años, el autor se ha movido por el mundo con un micrófono en la mano, a la escucha. De oídas, se podría decir. Desde este particular «punto de vista», los paisajes, tanto los naturales como los culturales, cuentan un relato diferente. En la tierra se hablan cientos de idiomas, se convoca a la oración de mil formas, cada cultura canta y ríe a su manera. En los paisajes culturales, el sonido dibuja los perfiles del horizonte. En el coro metálico de las campanas está el perfil sonoro de las ciudades; en las llamadas a la oración desde todo tipo de minaretes, las ondulaciones de los paisajes desérticos; en las trompas de los lamas, la profundidad de los valles del Himalaya. En la naturaleza, por otra parte, no hay dos lugares que suenen con la misma banda sonora, ni dos días en los que se repita el mismo concierto. Nadie sabe lo grande que es un volcán hasta que puede medir el volumen de sus estampidos. Ni cuántos son los habitantes de la selva hasta que escucha las voces que llegan desde los límites del horizonte sonoro, más allá de los árboles. Para quien viaja con el oído el crepitar de los anfibios y los insectos en la sabana africana, el lamento de las hienas o los gruñidos de los hipopótamos son el preámbulo a la propagación de los rugidos del león; el grito de alerta del sambar en la jungla, el aviso que precede a la llamada del tigre. El silencio, el telón de fondo contra el que se compone la música de la biodiversidad. No hay límites para esta banda sonora en la que la vida en la tierra se cuenta a sí misma con sus propias voces”.

Cuando lo que tenemos más a mano es el desarrollo del espíritu urbanita, en la vida ordinaria de cada uno, cada una, podemos recurrir a la biomímica, una forma de pedir prestados los sonidos y diseños principales de la naturaleza, que le pertenecen, para crear productos y procesos sostenibles en la «nueva normalidad». Una vez más, hago un sencillo homenaje a Jane Jacobs, una mujer extraordinaria, que solo quiso poner un grano de arena en su territorio americano para que las personas pudiéramos crecer con mejor calidad de vida. ¿Por qué? Porque la magia de las ciudades y de sus barrios, sus sonidos, en todo el país, viene siempre desde abajo, desde su historia pasada y presente, incluyendo biomímicos y biomímica, desde los encuentros ilusionados de personas que van y vienen alrededor de sus asuntos, sobre todo haciendo un uso íntimo de las aceras, acompañado todo de una sucesión de miradas hacia las pinturas murales del Gran Museo de la Vida que es Sevilla, escuchando sus mensajes ocultos, solo para encontrar una sonrisa en el rostro de su vida. Tal y como lo describió Stefan Zweig en esta ciudad, paseando por sus aceras, un día ya lejano o lo que me pasó a mí un día ya lejano como alumno de la Facultad de la Calle, por estar matriculado en la Universidad de la Vida. Los albores de Sevilla ofrecen siempre regalos inesperados, cuando en el paseo del amanecer claro y luminoso de esta ciudad encontré hace años unas palabras inolvidables en una pintura mural del Polígono de San Pablo (un barrio muy popular de esta ciudad), una obra esplendorosa del artista Eric Okdec, en la que decía: “biomímico no es cosechar los recursos de la naturaleza, pero el [sino} sentarse a sus pies como estudiantes”. Así escrito, sin modificar palabra alguna, porque el corchete es mío. Junto a este lema tan sorprendente, otra acepción no menos aleccionadora: biomímica es la práctica de pedir prestados los diseños principales de la naturaleza para crear más productos y procesos sostenibles. Maravilloso. En aquel caso, porque me recordó un sonido especial de Sevilla, el de un cantor ya fallecido, El Pali,  cuando cantaba en su silla querida, en una acera de Sevilla, algo que estremece: “Ya no pasan cigarreras / por la calle San Fernando / con flores en la cabeza / y los mantones bordaos. / ¡Ay, Sevilla de mi alma! / que lo estás perdiendo todo, / los niños en la plazuela / cuando jugaban al toro”. Sonidos del mundo, en Sevilla, nada más y que no vuelven.

Si a todo lo anterior le unimos cómo olemos el petricor, la “sangre de los dioses”, según su etimología, el olor de la lluvia, el que se desprende del suelo mojado por una lluvia fina, lo que de forma común llamamos “olor a tierra mojada” y que proviene, según lo han catalogado Isabel Joy Bear y R. G. Thomas, en un artículo publicado en la revista Nature, Nature of Argillaceous Odor (Naturaleza del olor arcilloso), como “[…] de un aceite exudado por ciertas plantas durante periodos de sequía”, que fundamentalmente se absorbe en la superficie de las rocas arcillosas, refrendado por un trabajo de investigación llevado a cabo posteriormente por científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en 2015, en el que se demostró mediante filmación con cámaras de última generación, cómo se introduce en el aire este olor que captamos los seres humanos. Las burbujas que se rompen en el aire son las que contienen la efervescencia de este olor que debido a sus múltiples componentes no se ha podido sintetizar y comercializar todavía, aunque una esencia parecida ya se comercializa en la India bajo el nombre de “Esencia de Lluvia”, porque la economía de mercado casi todo lo puede. No hay que olvidar que los geólogos citados anteriormente ya expusieron en su artículo de 1964 que el petricor era capturado para venderse, bajo el nombre de mitti ka attar (esencia de la tierra), en Uttar Pradesh (India).

El petricor auténtico es la combinación perfecta de la naturaleza para regalarnos su aroma natural que todavía no se envasa, afortunadamente, como el resultado de unir tres componentes esenciales en el momento de la lluvia: el ozono, que nos recuerda el olor del cloro, la geosmina, lo más parecido al moho húmedo y el petricor, que es fresco, dulce y suave, emitido principalmente por las rocas arcillosas. El ozono nos envía siempre olores, obedeciendo a su etimología, también el aroma de la tierra, la geosmina y, por último, el petricor (la sangre de los dioses) que destilan las rocas arcillosas, como mensaje de la naturaleza en otoño para que no la olvidemos y sigamos salvando el planeta. Me tranquiliza saber que el petricor en estado puro no se puede envasar para beneficio de unos pocos porque la naturaleza, tan sabia, nos lo regala cada vez que llueve de forma pausada junto a nosotros, sin nada a cambio o sí: probablemente, el respeto de no convertirlo en mercancía. Esa es su grandeza y la de Einaudi intentando captar su verdadera esencia, expresando su sonido, el que ha intentado captar siempre el naturalista Carlos de Hita, resumiéndolo todo en una frase preciosa: En la selva, cada árbol tiene su propio sonido de lluvia, cada planta, cada hoja, junto al petricor en su más pura esencia, cuando la lluvia no se ha convertido todavía en mercancía, cuando todo es biomímica pura.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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En martes y 13, ni te cases ni te embarques

Sevilla, 13 de diciembre de 2022, martes

Dicen algunos miembros de lo que llamo el Club de los tristes, tibios y mediocres que hoy, martes y 13, era lo que nos faltaba, en una superstición reflejada en una paremia (refrán, proverbio, adagio o sentencia), con una larga historia, que es constatable en muchos lugares del mundo, es decir, que no ha sido una “tontería humana más”, como algunos la tildan, sino que en compañías aéreas como Iberia, entre otras internacionales, pude constatar muchas veces que suprimía esa fila 13 en su flota de aviones, justificándolo como muestra de respeto hacia pasajeros que sufren una fobia con un nombre bastante raro: triscaidecafobia, definida como “miedo irracional al número 13”, en todas sus manifestaciones posibles.

El Centro Virtual Cervantes, que cuida con esmero nuestro idioma, dedica unas palabras al enunciado básico de este refrán, En martes, ni te cases ni te embarques, explicándolo con las siguientes observaciones: “Se recomienda no hacer nada arriesgado el martes, por considerarse un día aciago, de mala suerte”, este refrán como tal se usa con alta frecuencia, la fuente es oral y de transmisión boca a boca, aunque tiene un especial interés por sus observaciones: “Como el martes estaba consagrado a Marte, el dios de la guerra en la mitología latina, se consideraba día de mal agüero para emprender algo importante. A esa superstición aluden también los refranes En todas partes tiene cada semana su martes y Para un hombre desgraciado, todos los días son martes. En otras culturas, como la egipcia o la turca, era considerado asimismo día aciago. Algunos historiadores españoles relacionaban esta superstición con el hecho de que en martes se produjeron algunas importantes derrotas de los moros a las tropas cristianas. En otros países, el día aciago es el viernes. Este refrán es uno de los pocos refranes supersticiosos que se dicen en la actualidad”. Igualmente, en el enunciado desarrollado, en tal día como hoy, En martes y trece, ni te cases ni te embarques, las variantes que publica son muy curiosas: “En martes, ni tu tela urdas ni tu hija cases (Correas1627 1816); En martes, ni te cases ni te embarques, ni de los tuyos te apartes (Cuba, Panamá) (1001 nº 431); En martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes (Colombia, México, Puerto Rico, Rep. Dominicana) (1001 nº 431) y En martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu mujer te apartes (Argentina) (1001 nº 431). Merecería la pena conocer los contextos históricos en los que se enraízan estas variantes y una oportunidad comienza con la consulta de los hiperenlaces descritos.

Para completar este día aciago para muchos, no para mí precisamente, traigo a colación una reflexión ya publicada en este cuaderno digital, en torno a este refrán básico y sin variantes. En una sola frase, ¡Cuénteme la verdad!, está encerrado un bello relato de la escritora Diane Setterfield, El cuento número trece, que nace en las primeras páginas de la novela cuando la afamada escritora inglesa Vida Winter escribe una carta a Margaret Lea, persona muy vinculada a una librería de su padre que ha trasteado desde que era pequeña, biógrafa de “perdedores” no de personajes de gran relumbrón y “cuidadora” de libros, pidiéndole que vaya a su casa para hacer algo que siempre está dando vueltas en su cabeza desde que un avispado periodista del Banbury Herald le solicitó en una entrevista que le contara la verdad: “Señorita Winter, cuénteme la verdad”. Ella tenía su propio criterio sobre la verdad con mayúscula y minúscula y así lo manifiesta en la carta citada: “Mi queja no va dirigida a los amantes de la verdad, sino a la Verdad misma. ¿Qué auxilio, qué consuelo brinda la Verdad en comparación con un relato? ¿Qué tiene de bueno la Verdad a medianoche, en la oscuridad, cuando el viento ruge como un oso en la chimenea? ¿Cuándo los relámpagos proyectan sombras en la pared del dormitorio y la lluvia repiquetea en los cristales con sus largas uñas? Nada. Cuando el miedo y el frío hacen de ti una estatua en tu propia cama, no ansíes que la Verdad pura y dura acuda en tu auxilio. Lo que necesitas es el mullido consuelo de un relato, la protección balsámica, adormecedora, de una mentira”.

La carta finaliza comunicando a Margaret Lea que ha llegado ese ansiado momento de contar la verdad, citándola para ese primer encuentro un lunes, en un lugar determinado y a una hora concreta. Lo que viene después hay que trabajarlo con la mente, los sentimientos y las emociones, hasta llegar a descubrir cuál es el cuento número trece, camino que no voy a desvelar hoy por razones obvias. ¿Por qué esta referencia de esta novela en un día como hoy? Fundamentalmente, porque es una fecha y un día de calendario que tiene mala fama, que casi todo el mundo conoce, sobre todo las personas que fijan bodas y cruceros, por ejemplo, por el evidente riesgo popular que corren. Conocer la verdad de por qué esta mala fama, es una búsqueda de la verdad con minúscula que tiene múltiples interpretaciones aunque las más arraigadas culturalmente son las vinculadas con el valor simbólico de los números, donde el doce ocupa un lugar estelar y porque el uno y el tres, cada uno por separado, han jugado un papel muy importante en la historia de la humanidad. La elección de esta novela, de nuevo, es un guiño al poder de la literatura para convertir algo aparentemente inútil en una muestra de nueva interpretación de la vida, de sus secretos más allá de los números queridos u odiados por sí mismos.

El secreto de la distinción entre la verdad y la mentira del número trece lo refleja muy bien Vida Winter en la primera página de la novela, como cita premonitoria y a modo de dedicatoria, que aparece como referencia de sus cuentos famosos: “Todos los niños mitifican su nacimiento. Es un rasgo universal. ¿Quieres conocer a alguien? ¿Su corazón, su mente, su alma? Pídele que te hable de cuando nació. Lo que te cuente no será la verdad: será una historia. Y nada es tan revelador como una historia” (Cuentos de cambio y desesperación).

Hoy, cuando nos hemos despertado, este cuento sobre el día trece y martes de este tiempo tan complejo sigue con nosotros, esperando su lectura y la mejor interpretación posible de la Verdad. Probablemente, podría ser tu historia, la mía o la nuestra jamás contadas, llenas de verdad, revelación y misterio en un día de calendario normal, según se mire. Eso sí, sin superstición alguna.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

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