A quién le puedo preguntar ¿Qué vine a hacer en este mundo?
Pablo Neruda, Libro de las preguntas (XXXI)
Sevilla, 23/V/2021
Hace un año escribí el artículo que sigue, en un momento álgido de la desescalada de la primera ola de la pandemia, cuando nos estábamos preparando para salir del primer estado de alarma. Un año después, estamos empezando a vislumbrar la salida de un nuevo túnel, el segundo que hemos atravesado desde el comienzo de esta situación tan compleja y que ha llevado a tanto sufrimiento humano. En aquella ocasión partía de una pregunta de cabecera sobre la búsqueda del sentido de la vida, que se desarrollaba en un aquí y ahora de dimensiones espectaculares y muy desalentadoras: ¿No será nuestra vida un túnel entre dos vagas claridades?
De claridades conviene hablar ahora, ante tanta confusión institucional, política y social. Salvando lo que haya que salvar, aquellas palabras mantienen su valor íntegro sobre las cuestiones planteadas. Sobre todo, la frade final, gracias a una pregunta especial de Neruda que podemos repetir sin cesar en este mes de mayo (los corchetes son míos): «con las virtudes que olvidé [en mi vida anterior a la pandemia] ¿me puedo hacer un traje nuevo [para estrenarlo el día después de la finalización del estado de alarma]?
Me estoy preparando para salir del estado de alarma como mandan los cánones legales. Sin prisa, pero sin pausa. Todos acudimos a la conocida frase de “salir del túnel” en el que hemos estado instalados desde el 14 de marzo, porque hemos vivido esta experiencia esperando todos los días ver, a lo lejos, un rayo de luz cada vez más potente, a tenor de las fases del famoso Plan para la Transición hacia una Nueva Normalidad. Hasta aquí, solo hemos necesitado poner al confinamiento amor y poesía, cada día, tal y como lo aprendimos en su día de Juan Ramón Jiménez o la que cada uno, cada una, ha podido incorporar a su leal saber y entender coronavírico.
Para mí, salir del túnel es una pregunta… o varias, según se mire. Lo aprendí de Pablo Neruda, leyendo su precioso Libro de las preguntas, en el que me detengo hoy al llegar a la XXXV, ¿No será nuestra vida un túnel?:
No será nuestra vida un túnel entre dos vagas claridades?
O no será una claridad entre dos triángulos oscuros?
O no será la vida un pez preparado para ser pájaro?
La muerte será de no ser o de sustancias peligrosas?
El problema radica en comprender qué quiso decir Neruda al escribir estas palabras llenas de misterio. ¿Qué son las claridades? Pienso que nuestros objetivos vitales: dos, tres, muchos, truncados a veces por el llamado principio de realidad, triángulos oscuros en nuestras vidas. Entre peces y pájaros anda el juego de preguntas, aunque sabemos que somos peces o pájaros dependiendo del agua o cielo que probemos o sobrevolemos, si sabemos que son, de acuerdo con la famosa parábola de David Foster Wallace que recogió en un discurso que pronunció en 2005 en la ceremonia de graduación de los alumnos del Kenyon College (Ohio): “Van dos peces nadando por el mar y se encuentran con un pez más viejo que viene nadando en dirección contraria. El pez mayor los saluda y les dice, “Buenos días, chicos. ¿Qué tal está el agua?”. Los dos peces jóvenes siguen nadando y al cabo de un rato uno de ellos mira al otro y le pregunta, «¿Qué demonios es el agua?» Yo diría también ¿Qué demonios es el cielo? Al final del túnel, lo peor es no saber quiénes somos o si un virus peligroso puede impedir que nos hagamos estas preguntas.
Quizás encuentro la mejor respuesta a este ramillete de preguntas en la inmediatamente anterior del libro citado, la XXXIV: Con las virtudes que olvidé [en mi vida anterior a la pandemia] ¿me puedo hacer un traje nuevo [para estrenarlo el día después de la finalización del estado de alarma]?
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
La vida está sujeta a un calendario inexorable: días, meses y años, uno tras otro, sin parar y sin caminos intermedios. Horas, minutos y segundos, uno tras otro también, perfectamente organizados y sincronizados. El refranero español, tan sabio, lo expresa de una forma especial: mayo y junio hacen un mes que el mejor del año es. Me ha sorprendido en esta ocasión la primera pregunta del capítulo 46 (XLVI) de la obra de Neruda objeto de esta serie, Libro de las preguntas, porque plantea una cuestión íntimamente relacionada con el tiempo y sus circunstancias: ¿Y cómo se llama ese mes / que está entre Diciembre y Enero? Quizás fue un día ya lejano, leyendo a Benedetti, cuando descubrí que él hablaba de cumpledías al referirse al consabido cumpleaños, como siempre, a modo de combate cuerpo a cuerpo con la vida ordinaria, con lo consuetudinario, porque ese cumpledías tiene lugar en un tiempo y en un momento particular de cada uno, “cuando en el instante en que vencen los crueles se entra a averiguar la alegría del mundo y mucho menos todavía se nota cuando volamos gaviotamente sobre las fobias o desarbolamos los nudosos rencores”.
Neruda hace una pregunta inquietante, hilvanada con otras a cual de ellas más interesante, cuando descubrimos que el calendario de nuestra vida es lo más íntimo de nuestra propia intimidad, sin casi nada que ver con el almanaque gregoriano que nos invade a través del Mercado, tan medido, tan tirano, aunque todo se presente a veces como las doce uvas de un racimo para simbolizar un año:
¿Y cómo se llama ese mes que está entre Diciembre y Enero? ¿Con qué derecho numeraron las doce uvas del racimo? ¿Por qué no nos dieron extensos meses que duren todo el año? ¿No te engañó la primavera con besos que no florecieron?
Todo es tiempo y ya lo he analizado en varias ocasiones en este cuaderno digital. Casi siempre he enmarcado mis reflexiones en torno a un tratado existencialista, Qohélet, donde se detallan veintisiete momentos cruciales del ciclo vital de cualquier persona y su entorno desarrollado con un denominador común llamado “tiempo”, en una dialéctica permanente de contrarios: nacer, morir, plantar, arrancar lo plantado, sanar, destruir, edificar, llorar, reír, lamentarse, danzar, lanzar piedras, recogerlas, abrazarse, separarse, buscar, perder, guardar, tirar, rasgar, coser, callar, hablar, amar, odiar, guerra y paz. Es muy importante destacar que en las diferentes formas de vivir expuestas anteriormente, existen muchas realidades positivas, catorce concretamente: nacer, plantar, sanar, edificar, reír, danzar, abrazarse, buscar, guardar, coser, callar, hablar, amar y vivir en paz. Comprobamos de esta forma que la historia de las experiencias vitales humanas obedece a la búsqueda de un sano equilibrio con los tiempos difíciles de las restantes experiencias que podríamos calificar como negativas (con matices).
Quizás ha llegado el momento de interpretar el tiempo fuera de su encorsetado cronograma y primar esta búsqueda de razones positivas para vivir cada segundo de cada día, de cada mes, para que parezca que el tiempo se detiene en un ciclo que sólo tiene un nombre: felicidad, porque hay que sacar tiempo para disfrutar lo que dice Qohélet (una persona que le gusta vivir en comunidad, compartir), porque era la experiencia de sus antepasados a lo largo de los siglos, aunque para que no se nos suban los humos a la cabeza (todos podemos ser histéricos, palabra derivada de la griega “ústéra”, útero, que explica que los humos se nos suben a la cabeza y así nos va…), él nos dice que seamos prudentes a la hora de valorar las 27 experiencias de los tiempos de cada uno, de cada una, en su totalidad y entender qué significado tiene vivir, aunque sea de forma temporal propia, apasionadamente.
Con esta perspectiva, lo de menos es cuantificar el tiempo en horas y días, por ejemplo, cuando parece que se detiene “como si no pasara o se nos fuera casi sin darnos cuenta” en nuestra realidad más próxima. Comprenderemos mejor las preguntas restantes de Neruda, porque cuando somos felices, durante un tiempo, creemos que los meses duran a veces años y que la primavera de besos y abrazos necesarios puede aparecer en cualquier estación del año. O no. De ahí sus inquietantes preguntas para este mes de Mayo y la más sugerente que hago en este aquí y ahora: ¿cómo se llama el mes que está entre mayo y junio? La respuesta no está en el viento, que diría Bob Dylan, sino en la forma que tiene cada persona de interpretar el tiempo que nos pertenece y atrapa casi sin darnos cuenta.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
El pasado 20 de abril, con motivo de la celebración del Día Internacional de Libro, dediqué unas palabras al poeta Francisco Brines Bañó, Premio Cervantes 2020, que falleció anoche en su tierra natal a los 89 años. Unas semanas después, concretamente el 12 de mayo, recibió en su casa de Oliva, su amada «Elca», el premio de manos del Rey dado su delicado estado de salud. Anoche, fue a su cielo. Por respeto a su vida y obra, vuelvo a publicar aquellas palabras, siendo consciente de que cada vez que perdemos una voz viva, el mejor homenaje que podemos hacer a estas personas imprescindibles es servir de altavoces suyos para que su palabra nos quede siempre en su valor auténtico:
Debí amar las palabras; por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo: el mar, el firmamento, un goce o un dolor que al instante morían; y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida. Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo: ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos, pues todo lo contiene su deseo.
El próximo viernes, 23 de abril, se celebra a nivel internacional el Día del Libro. Sé que es una efeméride más que está muy cerca del Mercado de los Días, pero también soy consciente de que el trabajo de narrativa, poesía, ensayo, traducción, edición y así decenas de trabajos en torno al libro, tienen un precio que hay que protegerlo legalmente, reconocerlo y pagarlo. El problema radica cuando se confunde, como hace todo necio, el valor y el precio de los libros, pasando a ser una mera mercancía más en el gran bazar del mundo y en el Mercado de los Días que citaba anteriormente.
Dicho esto a modo de declaración de principios, quiero centrarme hoy en la celebración de este año, que ha escogido con el patrocinio del Gobierno de España un mensaje en torno a un verso de Francisco Brines Bañó, Premio Cervantes 2020, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, en un año para no olvidar por lo que ha supuesto para el mundo en general y para este país, en particular, también en el ámbito de la cultura. Brines es un poeta con una larga trayectoria, con una obra muy interesante y llena de sentido existencial, que llevó el año pasado a que el jurado del Premio Cervantes dijera de él que “Es el poeta intimista de la generación del 50 que más ha ahondado en la experiencia del ser humano individual frente a la memoria, el paso del tiempo y la exaltación vital”, una generación a la que pertenece también un poeta muy presente en hojas de este cuaderno digital, Ángel González.
Tengo que agradecerle como andaluz respetuoso con la historia de sus poetas más preclaros en esta tierra, que Brines leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en 2006, dedicándolo íntegramente a Luis Cernuda, Unidad y cercanía personal en la poesía de Luis Cernuda, «por lealtad», porque siempre ha reconocido que le debía mucho, por «la conmoción» que la lectura de su poesía le ha causado desde joven y el magisterio que ha ejercido sobre su propia obra, que «como nadie, había sabido incorporar con tanta verdad y completud al hombre que él era en las palabras escritas». Siempre reconoció también su admiración hacia Juan Ramón Jiménez, hasta el punto de que llegó a manifestar en el discurso citado que “ninguno de ellos podía ya protestar ni retirarme su amistad, si la hubiese yo merecido anteriormente. Al fin y al cabo, también en vida tuvieron tiempos de bonanza y afecto, y cuando lo hice pensé en aquellos”, porque siempre quiso dedicarles sus primeros libros, como señal de agradecimiento y afecto.
He elegido dos poemas de su extensa obra, como elección personal y transferible, porque creo que resumen muy bien su forma de ser y estar en el mundo y porque de esta forma vamos preparando la celebración de ese gran día de la cultura, conociendo un poco más a Brines, sus palabras, sentimientos y emociones, sobre todo en torno al verso elegido como hilo conductor de este día, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, que puede ser más profundo si cada uno, cada una, leemos una parte de este poema completo, Desde Bassai y el mar de Oliva, en El otoño de las rosas (1986), escuchándolo también con sus propias palabras y de viva voz (1):
A José Manuel Blecua
Era en aquel viaje por las tierras dormidas de la Arcadia, para encontrar el templo en donde floreciera la primera sonrisa del capitel de acantos (o de rosas), allí donde la ausencia adusta del cestillo era un canto de fuego y de cigarra. Las columnas de piedra sostenían el pájaro y el cielo. Los pájaros azules, el cielo derribado. El féretro estival del tiempo destruido. Y todo se perdía y era eterno. Yo miraba en tus ojos el mundo que era estable y muy viejo, y tú sonabas sólo como la juventud.
Y antes vi el mar, en esas horas solas de la siesta, cuando el sol enloquece su extensa superficie, y brilla en aire de oro suspendido esa frescura eterna que hace dioses muy niños los ojos del que mira, cuando llegan veloces y pausadas las velas lejanísimas, y sólo existe el mar, el cuerpo de una gloria azul e inacabable, y aquel que lo contempla con ojos escondidos, y la mirada ardiente: el muchacho, con un secreto amor también inacabable de sí mismo, porque el mundo y la vida se hospedan sólo en él. Y nadie aún existía que a él le desplazara, ni tu humana hermosura.
Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas, y el templo, con las puertas cerradas, es triste, y es católico. Alguien me dio un abrazo de adiós definitivo en un andén muy agrio y en los espejos busco, y araño, y no lo encuentro a ese que fui, y se murió de mí, y es ya mi inexistencia. Lo siento más extraño que a mí mismo, cuando tienda a saberme desde mi ceguedad y todo sea el hueco, y esto es así porque percibo un resto muy breve de su luz todavía.
Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió la tarde.
Escuchando este verso último, de la voz de Brines, he recordado algo que leí hace un tiempo y que me pareció un excelente resumen de su contenido: “Alguna vez el propio poeta ha afirmado que este verso podría servirle de epitafio, pero también cabría apropiárnoslo como emblema, y resumen, de su poesía. En efecto, toda la lírica del valenciano parece partir de ese lugar fantasmal de la memoria, de ese tiempo que no existió y al que, sin embargo, se vuelve una y otra vez. Tal vez porque en ese lugar (o no-lugar) se asienta todo el poder fundacional de la infancia, que en Brines se identifica con un nombre propio, Elca, la casa familiar rodeada de pinos y naranjos. Y no falta en el citado verso la referencia sensorial, la de un aroma que, de un modo casi proustiano, se asocia al pasado, como una espectral promesa de recuperación de lo perdido (si es que se puede recuperar, y perder, lo que no se tuvo nunca)” (2)
El segundo poema elegido hoy esEl porqué de las palabras, incluido en su libro Insistencias en Luzbel (1977). Quien hojea este cuaderno sabe el valor que doy a la palabra, que todavía nos queda, adquiriendo hoy una nueva dimensión al profundizar en cada verso de Brines, en torno a la palabra, un contrapunto existencial que se adivina en su amor a la vida que, difícilmente se puede explicar con «vagos signos»:
A Fernando Delgado
No tuve amor a las palabras; si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca, fue por necesidad de no perder la vida, y envejecer con algo de memoria y alguna claridad.
Así uní las palabras para quemar la noche, hacer un falso día hermoso, y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo. Y sólo atesoré miseria, suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva, besé en todos los labios posada la ceniza, y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.
Hay en mi tosca taza un divino licor que apuro y que renuevo; desasosiega, y es remordimiento; tengo por concubina a la virtud.
No tuve amor a las palabras, ¿cómo tener amor a vagos signos cuyo desvelamiento era tan sólo despertar la piedad del hombre para consigo mismo?
En el aprendizaje del oficio se logran resultados: llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta reflexión y el gratuito, y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla, pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.
Debí amar las palabras; por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo: el mar, el firmamento, un goce o un dolor que al instante morían; y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida. Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo: ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos, pues todo lo contiene su deseo.
Las palabras separan de las cosas la luz que cae en ellas y la cáscara extinta, y recogen los velos de la sombra en la noche y los huecos; mas no supieron separar la lágrima y la risa, pues eran una sola verdad, y valieron igual sonrisa, indiferencia. Todos son gestos, muertes, son residuos.
Mirad al sigiloso ladrón de las palabras, repta en la noche fosca, abre su boca seca, y está mudo.
(1) Brines, Francisco (2019). Antología personal. De Viva Voz (Voz de Francisco Brines). Madrid: Visor Libros.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Inicio hoy una serie de artículos dedicados al inmenso mar de las preguntas en un tiempo que se aproxima lleno de dudas para vivir dignamente. He vuelto a leer una obra póstuma de Neruda, Libro de las preguntas (1), muy querida y presente en mi biblioteca del alma, escogiendo hoy algunas que resultan inquietantes cuando te aproximas a las cosas de personas mayores porque ya no vivimos las cosas de niño, recordando aquella hermosas palabras de un viajero incansable, Pablo de Tarso, en su primera alocución a los Corintios (13, 11): «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño».
Acudo de forma diligente a ese conjunto de preguntas de Neruda en su preciado libro, concretamente cinco, deteniéndome especialmente en el capítulo 44 (XLIV), en torno a su niñez:
¿Dónde está el niño que yo fui, sigue adentro de mí o se fue? ¿Sabe que no lo quise nunca y tampoco me quería? ¿Por qué anduvimos tanto tiempo creciendo para separarnos? ¿Por qué no morimos los dos cuando mi infancia se murió? ¿Y si el alma se me cayó por qué me sigue el esqueleto?
Es importante recordar el niño o niña que fuimos, indagando en la memoria de hipocampo si continúa o no junto a nosotros, hilo conductor de la primera de estas preguntas. Ya digo que desde la perspectiva de la ciencia del cerebro allí está, en el hipocampo, quizás en una espera tocada de ese caballito de mar inquieto por la ardiente impaciencia de ser recuperada a tiempo. La segunda es más desconcertante porque responde a la compleja niñez de Neruda, muchas veces citada en su obra. ¿Puede ser ahora un buen momento para recordarla? Cada uno, cada una sabe cómo fue y lo importante es no despreciarla o pasar por alto al buscarla en la estructura compleja de nuestro cerebro, porque también está allí.
La tercera pregunta es quizá la más desconcertante porque es la declaración del desgarro humano por el crecimiento en dos caminos que siempre se bifurcan, aunque siempre he creído que siguen caminando en paralelo sin que la niñez entre nunca en vía muerta. Los aprendizajes de la niñez rediviva lo demuestran en un sentido o en otro. La intensidad de las preguntas sube en el cuarto interrogante: ¿Por qué no morimos los dos / cuando mi infancia se murió? Aquí suele contar cada uno como le ha ido la vida o la feria (de la vida). ¡Cuántas veces añoramos la niñez por ello!, porque la niñez no muere en nosotros, se abandona.
La quinta y última pregunta es para mí la más profunda porque simboliza la pérdida del alma vestida de inocencia, porque es la verdadera seña de identidad de la infancia, que él explicaba muy bien a través del juego y los juguetes, como fueron siempre sus mascarones de proa y popa en su casa de Isla Negra: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.
He vuelto a Pablo de Tarso para ver si encontraba algo para ilusionar a los que hace tiempo hemos dejado de hacer las cosas de niño y la verdad es que me ha dejado lleno de dudas: «Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido». ¿Se refiere a las creencias expuestas por José Ferrater Mora en su obra El hombre en la encrucijada, como respuestas en diferido al enigma de vivir? (2) Él decía que necesitamos tener creencias, que no podemos vivir sin ellas, y a lo largo de las páginas de su tesis existencial demuestra que el mundo ha evolucionado hacia adelante gracias a que nuestros antepasados y muchas personas contemporáneas han tenido y tienen creencias en cuatro ámbitos, juntas o por separado da igual, de una forma u otra, da igual, pero siempre relacionadas con las Personas, la Naturaleza, Dios/dioses o la Sociedad. Así durante muchos siglos. Nos necesitamos y juntos podemos hacer camino al andar. Puede ser una buena forma de encontrarnos cara a cara con el niño o niña que fuimos y que nunca debimos abandonar para resolver el enigma de vivir dignamente.
Hasta aquí hoy. Las próximas preguntas de Mayo…, ¡próximamente en este salón virtual!, como se decía en los cines de mi infancia, que no olvido.
(2) Ferrater Mora, José (1965). El hombre en la encrucijada. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
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Lo que está ocurriendo con la llegada masiva de marroquíes a Ceuta es fiel reflejo de la situación mundial de los nadies, tan bien descritos por Eduardo Galeano: los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida. Es un problema de gran alcance político, pero sobre todo es un problema de este mundo al revés que se ve reflejado en la imagen que encabeza estas líneas, un soldado del ejército que lleva en brazos a un adolescente marroquí rescatado al llegar exhausto a una de las orillas de Ceuta, cruzando a nado hacia una tierra de promesas.
Se ha informado, igualmente, que casi la mitad ya han sido devueltos “en caliente” a Marruecos y vuelta a empezar. ¿Problema político o problema de la sociedad en general? Los dos, pero sin olvidar el fondo del mismo, porque el mundo está muy mal repartido y es un clamor que la pandemia ha resucitado con toda su fuerza la cara oculta de una realidad palmaria: la desesperación de los nadies. En este sentido, he recordado el mensaje que recibí en 2017 en una exposición celebrada aquí en Sevilla, sobre la realidad de las dos orillas, la de Marruecos y la España, presentada por el pintor marroquí Yassine Chouati (Tánger, 1988) que aprecio como amigo, bajo el título programático de Partir para contar, donde sentí la soledad del emigrante. Escribí una reflexión sobre las dos orillas, bajo un título especialmente paradigmático: Tan cerca, tan lejos. Entré aquél día acompañado por la persona con la que comparto el largo viaje de la vida desde hace ya muchos años y experimentamos una sensación extraña, algo parecido a estar solos ante el peligro del mar abierto, en un espacio de performance vinculado a la migración. Concretamente, al espacio que separa dos orillas muy próximas a nosotros en Sevilla, las de Tánger y Tarifa, en un mar salpicado de muertes y desengaños de los que buscan un mundo diferente, lejos de la miseria y el dolor que generan la pobreza extrema, las guerras muchas veces fratricidas y la persecución por razón de creencia o religión.
Sentí algo especial al cruzar la performance de la alfombra roja entre las dos orillas, que tanto significa para Yassine y que ya había descubierto personalmente en otra exposición suya en Julio de 2016. De izquierda a derecha, una vez atravesado el teórico mar de la discordia, te encuentras con unas fundas negras ¿quizá de ataúdes?, una maleta que incorpora en su interior recortado un videomontaje sobre la vida fácil del turismo que también atraviesa ese mar todos los días, pero con una realidad muy diferente. También unas fotografías de quien contempla esa mar entre África y Andalucía, la mar de Alberti, con la sensación personal de quien las ve como si en esa mar nunca pasara nada. Finalmente, una mujer marroquí con traje de gala, en una orilla de Tánger, en actitud de espera y ardiente impaciencia, tal y como la aprendí de Neruda. Sabía que es la madre del artista, Yassine Chouati, y lo que representa para él, convencida de que hace ya muchos años su hijo partió para otro mundo mejor, en la otra orilla, con el sueño posible de que un día pudiera contar después todo lo que ha vivido y está viviendo en un viaje hacia islas desconocidas, apasionadamente. Lo he recordado al contemplar la imagen del adolescente en brazos del soldado que citaba anteriormente.
Me consta lo que supone para Yassine cada “exposición” de su persona de secreto. Recuerdo haber leído en su obra pictórica, en concreto en “Hilan delgado”, algo que está detrás de esta nueva obra: “Este proyecto pictórico engloba una serie de obras donde se pretende cuestionar el fenómeno de la pérdida de identidad en los medios de comunicación. Éstos emplean las imágenes de las víctimas de los conflictos que están teniendo lugar en el mundo como un mecanismo a través del cual visualizar las cifras resultantes de las contiendas, olvidándose de la seriedad de los dramas personales que se esconden tras esas cifras; yo, en cambio, propongo visualizar justamente lo contrario: el dolor de las víctimas, la alienación a la que están sometidos, lo precario de la situación en la que viven”.
Salimos aquél día de la exposición leyendo entrelíneas los cuatro mensajes de las especias trufadas de color que nos regalaba Yassine como testigos de la identidad marroquí, a modo de despedida. En el momento justo en que abandonábamos aquella soledad sonora y sentida, entraron unos jóvenes, quizá para descubrir una realidad que nos la pintan siempre como lejana, cuando está mucho más cerca de lo que parece. No es solo una performance, no, sino una forma de presentarnos el malvivir que sufren personas con las que compartimos la existencia de la aldea global en un mundo diseñado a veces por el enemigo.
Cuando cruzábamos el patio de la Facultad de Bellas Artes, atestado de estudiantes sentados en el suelo y disfrutando de la luz del atardecer de Sevilla, recordé mi sentimiento de Yassine y que conservo en mi corazón desde su exposición anterior, cuando escribí estas palabras: “Un niño marroquí que dejó un día ya lejano sus zapatos en la orilla y quiso navegar hacia la libertad sin olvidar nunca su pasado, su tierra y su parentela, con un mensaje claro de revolución activa, dándole una vuelta a la forma de ser y estar muchas personas en el mundo propio y de los demás. Para que él y su pueblo puedan estar arriba en un tiempo próximo después de años de estar abajo, dejando de ser alfombra roja de los poderosos. Y me ha emocionado saber que gracias a personas como él podemos confiar tal día como hoy en que otro mundo aún es posible. Todo un ejemplo”.
Lo expuesto anteriormente del niño Yassine es como quizás soñó el pasado martes, al lanzarse al mar, el adolescente de la imagen en la cabecera de estas palabras, que no deberíamos olvidar en nuestro caminar diario ni siquiera un momento. Cuando lo hizo, al pesar del riesgo, es porque efectivamente creía que otro mundo es posible para los desesperados, para los nadies.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo / la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino. / Bajo el tránsito de la aparente dualidad, / la lluvia de Septiembre despierta el vacío de mi cuarto / y los lamentos de la soledad aún se prolongan.
Franco Battiato, Nómadas
Sevilla, 18/V/2021
Acaba de saltar la noticia en los medios de comunicación: Franco Battiato ha fallecido a los 76 años de una vida especial dedicada a la cultura como lazo que une a la humanidad. He sentido un estremecimiento interior porque su música y, sobre todo, sus letras, siempre me han inspirado otra forma de entender la vida. Así lo he referido en este cuaderno digital en varias ocasiones, una de ella muy reciente, con motivo del estreno de la película Nomadland, multipremiada en los Premios Oscar de este año: “Así empezaba la canción de Franco Battiato, Nómadas (1987), que forma parte de la banda sonora de mi vida: Nómadas que buscan los ángulos de tranquilidad, / en las nieblas del norte, en los tumultos civilizados, / entre los claroscuros y la monotonía de los días que pasan. Lo he recordado al conocer la trayectoria última de una película, Nomadland, recientemente estrenada en nuestro país, escrita y dirigida por Chloé Zhao (Pekín, 1982), con un guion basado en el libro País nómada. Supervivientes del siglo XXI (Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century) de Jessica Bruder, una historia que conmueve en tiempos en los que se nos aconseja, incluso prohíbe, hacer mudanzas. Battiato me susurraba a los oídos, en mis años jóvenes, algo transcendental en la vida de los nómadas de espíritu: Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo / la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino. / Bajo el tránsito de la aparente dualidad, / la lluvia de Septiembre despierta el vacío de mi cuarto / y los lamentos de la soledad aún se prolongan.
Aprendí hace ya muchos años, junto a la escritora india Anita Nair (Las nueve caras del corazón, 2006) que la alondra encrestada, la vanampaadi, permite convertir las necesidades en palabras. Al fin y al cabo, amor a lo desconocido, como una de las caras del amor en la primera expresión del kathakali, representación teatral a la que se incorporan danzas indias que tuve el honor de conocer por primera vez de la mano de Franco Battiato (Quiero verte danzar, 1982), cantor que conocí cuando vivía en Roma en el año 1976 y que es un prodigio en la escenificación de historias de vida a través de sus canciones. Después, en 1982, volví a conectar con él a través de un disco emblemático, La voz de su amo, en la que cantaba su famoso “Centro de gravedad permanente”, que he cantado junto a mi hijo Marcos cuando era muy pequeño, deletreando un estribillo que nunca he olvidado: Busco un centro de gravedad permanente, que nunca cambie lo que ahora pienso de las cosas, de la gente. Lo sigo buscando todavía hoy, en un tiempo convulso y complejo.
Es curioso constatar que la NASA recoge en sus páginas web una referencia al asteroide que lleva su apellido, Battiato, descubierto en 1979, con una reseña que hoy es una premonición: “Franco Battiato (b. 1945), artista siciliano poliédrico, es miembro honorario de la Asociación Astrofili Ionico-Etnei. Convierte sus sentimientos en música, pintura y cine. A través del telescopio observa el Universo, obteniendo inspiración para sus canciones”. Es verdad, porque hoy, más que nunca, está muy cerca de su cielo particular.
En un libro de Nuccio Ordine muy apreciado por mí, Clásicos para la vida, hay una referencia a una obra para no olvidar, El mercader de Venecia, de William Shakespeare, en un pasaje seleccionado por el autor, que me parece útil en cualquier momento de la vida: ¡Atiende a la música!: “El hombre que no tiene música en sí mismo y no se mueve por la concordia de dulces sonidos está inclinado a traiciones, estratagemas y robos; las emociones de su espíritu son oscuras como la noche, y sus afectos, tan sombríos como el Érebo: no hay que fiarse de tal hombre. ¡Atiende a la música!”. La obra de Shakespeare es un tratado contra la usura y la defensa de los valores humanos. Venecia representa hoy al mercado controlado por los hombres de negro, incapaces de poner música en vida alguna. Ordine termina este breve pasaje de Shakespeare citando obras que le conmueven el alma, porque atendiendo la música se puede buscar “la esencia de la vida en aquellas actividades que pueden ennoblecer el espíritu, que pueden ayudarnos a hacernos mejores, que privilegian la esencia sobre la apariencia, el ser sobre el tener”, citando finalmente a Franco Battiato, quizás para que no cambiemos, para que estemos siempre muy atentos a la música, para que seamos firmes en mantener criterios y valores sobre la dignidad de la vida, de las cosas de la pandemia, de la gente…, defendiendo hoy desde su cielo particular el anhelado centro de gravedad permanente que necesitamos todos, ahora más que nunca y sin dejar a nadie atrás.
Gracias, Franco Battiato. Sigo atendiendo tu música.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Esta mañana, en el amanecer maravilloso de esta ciudad, en la que Stefan Zweig me recuerda todos los días que se puede ser feliz, he caminado a través de alfombras de jacarandá, sorteando sus flores para no hacerles daño. Me acompaña de nuevo, en este día de mayo, Eduardo Falú, que rescata de mi banda sonora de secreto una canción preciosa, Tiempo del Jacarandá, una zamba con profundas raíces argentinas compuesta y cantada por él, con letra de Osiris Rodríguez Castillo. Sevilla se llena de alfombras dos veces al año gracias a las flores del jacarandá, árbol traído desde América a través del Río Grande (Guadalquivir, al-wādi al-kabīr). Estos días hay que pasear con cuidado para no estropear estas obras de arte de la naturaleza en el amanecer precioso de la ciudad, cuando adornan las aceras que tanto amaba la urbanista Jane Jacobs, en una ciudad diseñada por personas que fueron respetuosas a través de su historia con la naturaleza, la sociedad, sus habitantes y… Dios, cuatro creencias necesarias según Ferrater Mora cuando estamos atravesando cualquier encrucijada de la vida.
Por aquí y por allá se llenan las aceras de un manto de flores con tonos violáceos, acampanadas, efímeras, que nos obligan a ser cuidadosos para no estropearlas ni pisarlas, después de que se ofrezcan a millares como un regalo fuera de la dinámica de los mercados, porque todavía no las han convertido en mercancía. Cualquiera puede recogerlas del suelo y preparar un ramillete de libre composición donde lo único que cuenta es la sensibilidad del respeto a un bien entregado por la propia naturaleza, que sabe lo que entrega aunque es probable que ella dude de qué es lo que se recibe.
Disputa su posición en la ciudad con las buganvillas ante miles de ojos buscadores de otra forma de admirarse y ver como transcurre la cotidianidad de la vida vestida con vistosos colores, porque saben que Antonio Machado recomendó cómo utilizar el campo de la visión personal e intransferible: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. Con él he paseado esta mañana por aceras-alfombras del jacarandá, buscando el sentido de un acertijo ético que escribió junto a su manera de ver a las otras personas, a la vida: Entre el vivir y el soñar hay una tercera cosa. Adivínala. Y buscando la mejor respuesta la he encontrado también en él: el despertar a nuevas sensaciones en tiempos revueltos, de turbación, donde a diferencia de la recomendación de Ignacio de Loyola, procuro hacer alguna mudanza cuando voy de mi corazón a mis asuntos: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”.
Sorteando un campo de flores, he sabido que ha llegado la hora de mi corazón: la hora de una esperanza y una desesperación. Hoy he salido a pasear de nuevo con Antonio Machado, un gran amigo de Sevilla, aunque fuera su hermano quien mejor la definiría como ciudad que a veces te deja sin palabras. Ella, Sevilla, se vale por sí sola, aunque hoy necesite las alfombras del jacarandá para recordarnos que en nuestro andar de soledad vemos cosas muy claras que no son verdad.
Pienso en la lección cíclica de la naturaleza jacarandosa que siempre llega a punto en sus dos floraciones anuales. Un regalo a cambio de nada, aunque reconociendo hoy que cuando se regala algo se sabe lo que se entrega pero no lo que se recibe. Quizás, en este aquí y ahora, podríamos quedarnos con el fondo de la letra de Osiris Rodríguez y la música de Falú, en una zamba o danza de raíces peruanas y argentinas, cuyo nombre “se refiere al término colonial que se aplicaba a las mestizas descendientes de indio y negra (o viceversa). La danza está diseñada para seducir a las zambas, y de allí su nombre, tanto en el Perú como en la Argentina”, porque podemos ser protagonistas de una nueva aventura cantora en esta ciudad: Portador de una estrella soy / Fuego mío lumbre del solar. / Copla encendida, bicho de luz / Con que alumbro mi andar, / Mi tierra gaucha me la encendió / Ya nadie la ha de apagar. Sin olvidar a Machado porque “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”, en aceras del jacarandá.
Arde ya la primera luz Noche arriba voy con mi cantar, Donde la estrella tiembla Y la luna nieva soledad. La tierra sube en zambas por el Pulso del jacarandá.
Portador de una estrella soy Fuego mío lumbre del solar. Copla encendida, bicho de luz Con que alumbro mi andar, Mi tierra gaucha me la encendió Ya nadie la ha de apagar.
(Estribillo) Antiguamente trovero andaré Poblando la soledad Donde madura el silencio Y la copla se hace manantial. Mi canto es tiempo que vuelve a ser Tiempo del jacarandá.
Sé muy bien que cuando no esté Una zamba me recordará, Bajo la cruz del sur seré tierra Tierra del solar Y he de subir en zambas por el Pulso del jacarandá.
Pero aún tengo la pasión El ardor, el ansia de cantar Bebo la luz, los besos y el vino Por los que no están. Y alzo este grillo loco de amor Por una estrella fugaz.
Tiempo del Jacarandá, Eduardo Falú, música y voz; letra de Osiris Rodríguez Castillo
Paseando hoy por esta ciudad siento más ceca que nunca las palabras de Stefan Zweig dedicadas a Sevilla: “¿no es una maravilla el hecho de que los hombres y el destino trabajen juntos durante siglos para construir una ciudad, y al final resulte una sonrisa en el rostro de la vida?”. Gracias también al jacarandá y sus alfombras de color violeta, efímeras, porque así es el mes de mayo en las aceras de esta tierra, por un regalo que hace ya muchos siglos vino de América a través de las aguas de un Río Grande.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Si un hombre pudiera cruzar las puertas del paraíso en un sueño y le presentaran una flor como prenda de que su alma ha estado allí realmente, y se encontrara con que tiene la flor en la mano cuando despierta… sí, entonces ¿qué?
Samuel Taylor Coleridge, Cuadernos
Sevilla, 16/V/2021
El próximo martes 18 de mayo, se celebra el Día Internacional de los Museos 2021, auspiciado por el ICOM (International Council of Museums), organismo dependiente de la UNESCO, que lo lleva realizando desde 1977. En este sentido he recordado una experiencia que tuve hace unos años leyendo en profundidad un artículo de Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura en 2006, Una mirada a mis fuentes de inspiración, en el que explica de forma minuciosa, cómo se fraguó una novela que ha tenido luego su proyección en un museo de Estambul que conserva su título: El museo de la inocencia (1): “Treinta y cinco años después, al terminar El museo de la inocencia, decidí que había llegado el momento. De todos los libros que había escrito, esta novela era la que más claramente suscitaba preguntas como: “¿Cuándo se le ocurrió esta idea?”, “¿Qué le inspiró para escribir esta novela?”, “¿De dónde se sacó esto?”, y así sucesivamente. Y escribe una lista de influencias, hasta trece, “sacadas de la vida, la literatura y el arte”, con una maestría proverbial, con alma.
He escrito en alguna ocasión que la literatura se puede exponer en los Museos, recordando a Gabriel García Márquez, junto a Pamuk, cuando escribía unas palabras bellísimas sobre una obra suya, Cien años de soledad, de la que siempre guardó muchos recuerdos como si viajara siempre con él un museo interior de personas, cosas, aventuras y desventuras, éxitos y fracasos en definitiva, pronunciadas en un homenaje en Cartagena de Indias, durante la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, el 26 de septiembre de 2007, donde recordaba cómo empezó su aventura de escribir: “No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente”.
Decía Pamuk en ese artículo como segunda influencia en su vida para escribir El museo de la inocencia, que “[…] Debió de ser esa novela [Pálido fuego, de Vladimir Nabokov], creada a base de notas sobre los versos de un poema, la que me dio la idea de escribir una novela a base de notas sobre cada objeto expuesto en un museo. En los primeros años, mi novela tenía la forma de un catálogo comentado de museo. Como en los catálogos, empezaba por presentar al visitante cada objeto, por ejemplo un pendiente o un bolso de la famosa Jenny Colon, y luego expresaba los sentimientos que el objeto despertaba en nuestro protagonista. Después de dedicar muchos años a escribir así la novela, irrumpió en ella una historia de amor y, con ella, un frenesí de reordenar notas, recuerdos y objetos del museo para colocar ese amor en primera fila. Añadiré, con un guiño para quienes leen el libro interesados en la historia de amor: ¡hasta entonces jamás había comprendido el inesperado poder que tenía el amor!”. ¡Fascinante visita al museo interior del alma de Pamuk!
Otra influencia para escribir y abrir posteriormente su Museo de la Inocencia, la cataloga como número 12, que he escogido porque aborda otra realidad museística que siempre me llenó de emoción cuando lo leí: la creación de un Museo de los Sentimientos: “Spoerri [artista suizo de origen rumano] dijo que una de las fuentes de inspiración para su Museo de los sentimientos en Colonia fue el Museo Frederic Marès de Barcelona. El protagonista de mi novela, Kemal Basmacı, visitó la “planta superior de horquillas, pendientes, naipes, llaves, abanicos, frascos de perfume, pañuelos, broches, collares, bolsos y pulseras” de este museo, y después yo también fui en numerosas ocasiones. Igual que mi novela y mi museo muestran una profunda influencia de Proust, Joseph Cornell, Tolstói, Nabokov, Borges y el Museo Bagatti Valsecchi de Milán, debo aprovechar esta ocasión para dar las gracias y honrar a Frederic Marès”.
El Museo de la Inocencia se presenta con palabras muy atrayentes: “La novela [del mismo nombre], que trata sobre el amor, está ambientada entre 1974 y principios de los 2000, y describe la vida en Estambul entre 1950 y 2000 a través de recuerdos y flashbacks centrados en dos familias: una rica y otra de clase media baja. El museo presenta lo que los personajes de la novela usaron, vistieron, escucharon, vieron, coleccionaron y soñaron, todo meticulosamente dispuesto en cajas y vitrinas. No es imprescindible haber leído el libro para disfrutar del museo, como tampoco es necesario haber visitado el museo para disfrutar plenamente del libro. Pero quienes hayan leído la novela comprenderán mejor las muchas connotaciones del museo, y quienes hayan visitado el museo descubrirán muchos matices que se habían perdido al leer el libro. La novela se publicó en 2008 y el museo abrió sus puertas en la primavera de 2012”.
Al salir hoy de este Museo tan especial, he vuelto a escribir en este cuaderno digital como suelo hacer con frecuencia, con el espíritu de hacer felices a los demás, gracias también al ejemplo de otro maestro, Gabriel García Márquez y como compromiso que asumo desde hace tiempo. Ahora tengo que tratar de responder a muchas preguntas del libro de mi vida, que algunos llaman biografía y que yo denomino “tiempo de secreto y de todos”. Probablemente tenga que leer o visitar de nuevo y de forma pausada El museo de la inocencia, para comprender bien por qué nos empeñamos en convertir los recuerdos que motivan nuestra escritura en oscuros o claros objetos de museos de la inocencia reales o virtuales cuando los lectores visitan nuestras palabras. Pero lo verdaderamente difícil es la soledad sonora ante la página en blanco, en cualquier soporte, porque podemos decirlo todo o nada, de todos los modos posibles, aunque lo verdaderamente fascinante es comprometerse todos los días en decir algo especial, con un profundo respeto que siempre he profesado y profeso a Ítalo Calvino por sus palabras en El arte de empezar y el arte acabar (2).
Porque nos queda la palabra. Nunca inocente, por cierto en cada museo interior, fundamentalmente porque tiene alma y porque cada día es el día de mi museo particular, que sólo tiene interés hacia adelante, recuperando mi intrahistoria y reimaginando la nueva que está todavía por escribir al vivir despierto, depositándola en las palabras que crean cada Museo de la Inocencia o de los Sentimientos, que tanto importan o importan tanto en un mundo a veces tan descreído y vacío aunque alguna vez hayamos cruzado junto a Samuel Taylor las puertas del Paraíso en un sueño.
(1) Pamuk, Orhan (2011). El museo de la inocencia. Barcelona: DeBolsillo – Penguin Random House Grupo Editorial.
(2) Calvino, Italo (1989). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Siruela, págs. 45-67.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
En el año 1977 publiqué un artículo en el periódico más progresista que había en esta ciudad, El Correo de Andalucía, que llevaba un título que he recordado hoy especialmente, Los más válidos, cuando todavía no se había aprobado la Constitución española, ni conocíamos nada del artículo 49, protagonista en esta semana por su referencia al término “disminuido” en su proyección al mundo físico, sensorial y psíquico, que comúnmente se trataba como “minusválidos” en general. En él decía que hablar de más válidos “No es sólo problema de término… Fondo y forma se hacen uno para cantar la validez de la vida, del mundo, de un hombre [en el sentido universal de persona, en aquella época]. ¿Qué hombre? Hoy hacemos presente a un hombre nuevo, más-válido, sin problemas de rampas y ascensores, tómbolas y cupones, beneficencias y privilegios. ¿Por qué? Sencillamente porque queremos romper barreras múltiples y ofrecer un mundo nuevo, rico en humanidad, a todos aquéllos que hemos llamado siempre «minusválidos». Pensemos, por ejemplo, en una mente que desde fuera es juzgada con términos críticos, pero que interiormente brinda un mundo feliz, desconocido, digno de respeto, más válido que muchas mentes «lúcidas» que elucubran a diario sobre el sentido de la vida. Quizá sean unos brazos inmóviles, pero en actitud permanente de abrazar con alegría cualquier iniciativa para vivir. Quizá sean unas piernas quietas, firmes, pero listas para abrirse camino en su realización personal. Mente, brazos y piernas, gritan justicia y no privilegios, igualdad de oportunidades y no favoritismos humillantes. En el fondo es porque hay un cerebro y un corazón que manifiestan tener conciencia de ser «más válidos» que muchos de los que de una forma u otra nacemos diariamente a la existencia consciente con todo nuestro ser «a punto»”.
Lo manifestado anteriormente es lo que en su fondo y forma se ha tratado en el Consejo de Ministros celebrado el pasado 11 de mayo, en el que se aprobó el Proyecto de reforma del artículo 49 de la Constitución Española, relativo a la protección y promoción de los derechos de las personas con discapacidad en España. Para no interpretar de forma incorrecta el contenido esencial del proyecto aprobado, transcribo literalmente en cursiva la referencia oficial del citado Consejo de Ministros, que pretende algo más que el mero cambio de una palabra sino una voluntad de Estado para otorgar la titularidad de derechos y deberes fundamentales a las personas con discapacidad, como ciudadanos libres e iguales en este país:
Esta reforma supone un paso adelante en la configuración del Estado social proclamado en nuestra Constitución, centrado en el apartado dedicado a los principios rectores de la política social y económica, más concretamente, en la protección de las personas con discapacidad. Con ello se persigue intensificar la incidencia de estos principios en la realidad social sobre la que se proyectan y avanzar así en la protección social de aquellos sectores de la población que más lo precisan.
La reforma del artículo 49 de la Constitución Española se ha realizado a iniciativa del Gobierno a partir de la propuesta de la Comisión para las políticas integrales de la discapacidad y ha contado con la participación del colectivo de personas con discapacidad, representado por CERMI. Se han incluido en el nuevo texto constitucional los aspectos que este colectivo considera fundamentales.
El artículo 49 de la Constitución fue un gran avance en la protección de las personas con discapacidad. Reconoció constitucionalmente al colectivo y previó un ámbito concreto de protección. No obstante, el paso de cuatro décadas ha hecho envejecer el texto constitucional. Además, en este tiempo se ha aprobado la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad de 2006, que ha supuesto un punto de inflexión en el reconocimiento y protección de sus derechos.
Con esta reforma, el artículo 49 de la Constitución Española se actualiza para adaptarlo a la Convención de 2006 y se modifica íntegramente tanto desde el punto de vista del lenguaje como de su estructura y contenido.
En primer lugar, se modifica la terminología que emplea el artículo para referirse ahora al colectivo de las personas con discapacidad. De esta manera, se actualiza el lenguaje de una forma que refleja los propios valores de la Constitución y la dignidad inherente a este colectivo.
En segundo lugar, se reforma la estructura del artículo en coherencia con la multiplicación de los enfoques desde los que se aborda la discapacidad. Así, se divide el precepto en cuatro apartados, cada uno de los cuales refleja una dimensión diferente de la protección de las personas con discapacidad.
En tercer lugar, se modifica el contenido del artículo, para adaptarlo a las concepciones actuales sobre la protección de las personas con discapacidad, que ya no se basan en la concepción médico-rehabilitadora que subyace en su redacción original.
De este modo se pone el énfasis sobre los derechos y deberes de los que son titulares las personas con discapacidad, como ciudadanos libres e iguales.
Además, se fijan los objetivos que deben orientar la acción positiva de los poderes públicos como son su plena autonomía personal y su inclusión social, políticas que deberán respetar siempre la libertad de elección y preferencias de las personas con discapacidad.
En la fijación de estas políticas, la reforma incluye expresamente la participación de sus organizaciones representativas, esto es, de la sociedad civil articulada, en aras de que estén presididas por el diálogo civil y que estas organizaciones sean consultadas y cooperen activamente en la adopción de las políticas públicas que les afecten.
La situación de especial vulnerabilidad de las mujeres y niñas con discapacidad justifica claramente que el nuevo artículo 49 de la Constitución haga una alusión expresa a la atención específica de sus necesidades.
Se recoge, asimismo, la especial protección de las personas con discapacidad, para que reciban la atención especializada que requieren y se encuentren especialmente amparadas para el disfrute de los derechos que la Constitución otorga a toda la ciudadanía.
Finalmente, y como cláusula de cierre, se hace una referencia a la protección mínima que ofrecen los tratados internacionales ratificados por España que velan por los derechos de las personas con discapacidad.
TEXTO ARTICULADO DEL NUEVO ARTÍCULO 49 DE LA CONSTITUCIÓN
El artículo 49 de la Constitución Española queda redactado en los siguientes términos:
«Artículo 49»
Las personas con discapacidad son titulares de los derechos y deberes previstos en este Título en condiciones de libertad e igualdad real y efectiva, sin que pueda producirse discriminación.
Los poderes públicos realizarán las políticas necesarias para garantizar la plena autonomía personal e inclusión social de las personas con discapacidad. Estas políticas respetarán su libertad de elección y preferencias, y serán adoptadas con la participación de las organizaciones representativas de personas con discapacidad en los términos que establezcan las leyes. Se atenderán particularmente las necesidades específicas de las mujeres y niñas con discapacidad.
Se regulará la especial protección de las personas con discapacidad para el pleno ejercicio de sus derechos y deberes.
Las personas con discapacidad gozan de la protección prevista en los tratados internacionales ratificados por España que velan por sus derechos.»
La reforma del artículo 49 de la Constitución Española entrará en vigor el mismo día de la publicación de su texto oficial en el «Boletín Oficial del Estado». Se publicará también en las demás lenguas de España.
Como resumen de lo aprobado, hay que destacar que en la reforma del citado Artículo 49, completo, se pone el énfasis sobre los derechos y deberes de los que son titulares las personas con discapacidad, como ciudadanos libres e iguales. Es un pequeño paso para la reforma constitucional que se necesita llevar a cabo una vez transcurridos más de cuarenta años de contexto social y político, que tiene que verse reflejado también en su texto, pero es un gran paso para las personas con discapacidad, titulares de los derechos y deberes, en condiciones de libertad e igualdad real y efectiva, sin que pueda producirse discriminación alguna.
Al final es verdad que nos queda, afortunadamente, la palabra “discapacidad”.
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Vittore Carpaccio, Joven caballero en un paisaje (detalle de la restauración: antes (izquierda) y después (derecha)
Sevilla, 14/V/2021
Estoy convencido de que el pensamiento se puede pintar. Me lo ha recordado una exposición que se inaugura el próximo 17 de mayo en el Museo Thyssen-Bornemisza, en Madrid, El Caballero de Carpaccio: Restauración y estudio técnico, dedicada a una obra emblemática del fondo pictórico del Museo, con motivo de la presentación de su restauración y el ciclo completo de la misma. Se trata de una obra compleja, Joven caballero en un paisaje, del pintor Vittore Carpaccio ¿Venecia?, 1460/1466 – 1525/1526), que no pasa inadvertida en la visita a este extraordinario Museo, aunque por su obra contemporánea con la de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael o Tiziano, quede ensombrecida para la historia de la pintura. Los trabajos realizados permiten hacer una lectura más cercana a la identidad de la obra, que ha recuperado luz y color: “Esta ha consistido, en primer lugar, en la estabilización del soporte del cuadro, consolidando zonas frágiles de la capa pictórica. Se ha eliminado también la capa de barniz envejecida y amarilleada que cubría la superficie, alterando por completo el efecto lumínico y las combinaciones cromáticas creadas por el pintor. Además, se ha llevado a cabo la restauración del marco que realza y protege a la pintura. Todo ello ha permitido recuperar la correcta lectura del cuadro, tal y como fue concebido por su autor, y ayudar a que esta obra maestra de la pintura perdure en el tiempo en las mejores condiciones de conservación posibles”.
Que el joven está pensando no hay duda alguna. Lo verdaderamente sorprendente es que no sabemos qué es lo que está ocupando en ese momento su mente, aunque atendiendo a la sinopsis oficial del Museo sobre esta obra, podemos concluir que todo gira en torno a las múltiples alegorías de la profusión de símbolos que pueblan la obra, aunque la pregunta principal, ¿quién es él?, sigue todavía hoy sin respuesta: “[…] En casi todas sus obras aparece el busto del personaje representado ligeramente girado en tres cuartos, como en Retrato de dama con libro (c. 1495) del Denver Art Museum; sin embargo Joven caballero en un paisaje es una excepción donde la identificación del retratado ha generado numerosas hipótesis. Para unos era la imagen de un santo, tal vez san Eustaquio o san Jorge, para otros se trata del retrato del duque de Urbino, Francesco María delle Rovere. Algunos identifican al caballero con Fernando II de Nápoles o el humanista Ermolao Bárbaro. Si se confirmara la identidad del personaje nos encontraríamos, posiblemente, ante uno de los primeros retratos de cuerpo entero de la pintura italiana. […] Los numerosos animales, plantas y elementos que pueblan el paisaje llevan a realizar una lectura simbólica del mismo. Algunos resultan evidentes en la tradición iconográfica occidental, como es el caso del ciervo, símbolo de la prudencia y de san Eustaquio; o el pavo real, alegoría del carácter eterno del alma, o el de algunas flores relacionadas con el culto a María. Todo ello nos podría llevar a pensar que la obra es una clara composición alegórica que nos habla de los atributos del caballero representado”.
Lo que no hay duda alguna es que todo lo expuesto anteriormente gira en torno a una inscripción que aparece entre la vegetación pintada en esta obra tan sugerente: “MALO MORI / QUAM / FOEDARI”, es decir, Antes morir que ser deshonrado, que correspondía a la Orden del Armiño, correlación que no sorprende al figurar también en el cuadro una imagen de este animal. En cualquier caso, la representación por primera vez de una persona de cuerpo entero, no ha podido ser atribuida con seguridad a personaje alguno, sólo el pensamiento de alguien, aunque anónimo, que está convencido de que la honra es lo más importante en la vida, valiosa representación de lo que significa la dignidad humana de cualquiera de nosotros, que Vittorio Carpaccio ha cuidado pintando los símbolos que la acompañan: la prudencia (el ciervo), el carácter eterno del alma humana (el pavo real) o las necesarias creencias de todos y de cada uno (las flores relacionadas con el culto a María).
Una lección profunda de la historia del arte para el alma humana que, al igual que ocurre en la vida ordinaria de cada uno y de todos, necesita restaurar día a día la luz que lleva dentro.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.