Propongo visitar el Museo de la Inocencia

Orhan Pamuk en su Museo de la Inocencia. Estambul (Turquía)

Si un hombre pudiera cruzar las puertas del paraíso en un sueño y le presentaran una flor como prenda de que su alma ha estado allí realmente, y se encontrara con que tiene la flor en la mano cuando despierta… sí, entonces ¿qué?

Samuel Taylor Coleridge, Cuadernos

Sevilla, 16/V/2021

El próximo martes 18 de mayo, se celebra el Día Internacional de los Museos 2021, auspiciado por el ICOM (International Council of Museums), organismo dependiente de la UNESCO, que lo lleva realizando desde 1977. En este sentido he recordado una experiencia que tuve hace unos años leyendo en profundidad un artículo de Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura en 2006, Una mirada a mis fuentes de inspiración, en el que explica de forma minuciosa, cómo se fraguó una novela que ha tenido luego su proyección en un museo de Estambul que conserva su título: El museo de la inocencia (1): “Treinta y cinco años después, al terminar El museo de la inocencia, decidí que había llegado el momento. De todos los libros que había escrito, esta novela era la que más claramente suscitaba preguntas como: “¿Cuándo se le ocurrió esta idea?”, “¿Qué le inspiró para escribir esta novela?”, “¿De dónde se sacó esto?”, y así sucesivamente. Y escribe una lista de influencias, hasta trece, “sacadas de la vida, la literatura y el arte”, con una maestría proverbial, con alma.

He escrito en alguna ocasión que la literatura se puede exponer en los Museos, recordando a Gabriel García Márquez, junto a Pamuk, cuando escribía unas palabras bellísimas sobre una obra suya, Cien años de soledad, de la que siempre guardó muchos recuerdos como si viajara siempre con él un museo interior de personas, cosas, aventuras y desventuras, éxitos y fracasos en definitiva, pronunciadas en un homenaje en Cartagena de Indias, durante la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, el 26 de septiembre de 2007, donde recordaba cómo empezó su aventura de escribir: “No sé a qué horas sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy, no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente”.

Decía Pamuk en ese artículo como segunda influencia en su vida para escribir El museo de la inocencia, que “[…] Debió de ser esa novela [Pálido fuego, de Vladimir Nabokov], creada a base de notas sobre los versos de un poema, la que me dio la idea de escribir una novela a base de notas sobre cada objeto expuesto en un museo. En los primeros años, mi novela tenía la forma de un catálogo comentado de museo. Como en los catálogos, empezaba por presentar al visitante cada objeto, por ejemplo un pendiente o un bolso de la famosa Jenny Colon, y luego expresaba los sentimientos que el objeto despertaba en nuestro protagonista. Después de dedicar muchos años a escribir así la novela, irrumpió en ella una historia de amor y, con ella, un frenesí de reordenar notas, recuerdos y objetos del museo para colocar ese amor en primera fila. Añadiré, con un guiño para quienes leen el libro interesados en la historia de amor: ¡hasta entonces jamás había comprendido el inesperado poder que tenía el amor!”. ¡Fascinante visita al museo interior del alma de Pamuk!

Otra influencia para escribir y abrir posteriormente su Museo de la Inocencia, la cataloga como número 12, que he escogido porque aborda otra realidad museística que siempre me llenó de emoción cuando lo leí: la creación de un Museo de los Sentimientos: “Spoerri [artista suizo de origen rumano] dijo que una de las fuentes de inspiración para su Museo de los sentimientos en Colonia fue el Museo Frederic Marès de Barcelona. El protagonista de mi novela, Kemal Basmacı, visitó la “planta superior de horquillas, pendientes, naipes, llaves, abanicos, frascos de perfume, pañuelos, broches, collares, bolsos y pulseras” de este museo, y después yo también fui en numerosas ocasiones. Igual que mi novela y mi museo muestran una profunda influencia de Proust, Joseph Cornell, Tolstói, Nabokov, Borges y el Museo Bagatti Valsecchi de Milán, debo aprovechar esta ocasión para dar las gracias y honrar a Frederic Marès”.

El Museo de la Inocencia se presenta con palabras muy atrayentes: “La novela [del mismo nombre], que trata sobre el amor, está ambientada entre 1974 y principios de los 2000, y describe la vida en Estambul entre 1950 y 2000 a través de recuerdos y flashbacks centrados en dos familias: una rica y otra de clase media baja. El museo presenta lo que los personajes de la novela usaron, vistieron, escucharon, vieron, coleccionaron y soñaron, todo meticulosamente dispuesto en cajas y vitrinas. No es imprescindible haber leído el libro para disfrutar del museo, como tampoco es necesario haber visitado el museo para disfrutar plenamente del libro. Pero quienes hayan leído la novela comprenderán mejor las muchas connotaciones del museo, y quienes hayan visitado el museo descubrirán muchos matices que se habían perdido al leer el libro. La novela se publicó en 2008 y el museo abrió sus puertas en la primavera de 2012”.

Al salir hoy de este Museo tan especial, he vuelto a escribir en este cuaderno digital como suelo hacer con frecuencia, con el espíritu de hacer felices a los demás, gracias también al ejemplo de otro maestro, Gabriel García Márquez y como compromiso que asumo desde hace tiempo. Ahora tengo que tratar de responder a muchas preguntas del libro de mi vida, que algunos llaman biografía y que yo denomino “tiempo de secreto y de todos”. Probablemente tenga que leer o visitar de nuevo y de forma pausada El museo de la inocencia, para comprender bien por qué nos empeñamos en convertir los recuerdos que motivan nuestra escritura en oscuros o claros objetos de museos de la inocencia reales o virtuales cuando los lectores visitan nuestras palabras. Pero lo verdaderamente difícil es la soledad sonora ante la página en blanco, en cualquier soporte, porque podemos decirlo todo o nada, de todos los modos posibles, aunque lo verdaderamente fascinante es comprometerse todos los días en decir algo especial, con un profundo respeto que siempre he profesado y profeso a Ítalo Calvino por sus palabras en El arte de empezar y el arte acabar (2).

Porque nos queda la palabra. Nunca inocente, por cierto en cada museo interior, fundamentalmente porque tiene alma y porque cada día es el día de mi museo particular, que sólo tiene interés hacia adelante, recuperando mi intrahistoria y reimaginando la nueva que está todavía por escribir al vivir despierto, depositándola en las palabras que crean cada Museo de la Inocencia o de los Sentimientos, que tanto importan o importan tanto en un mundo a veces tan descreído y vacío aunque alguna vez hayamos cruzado junto a Samuel Taylor las puertas del Paraíso en un sueño.

(1) Pamuk, Orhan (2011). El museo de la inocencia. Barcelona: DeBolsillo – Penguin Random House Grupo Editorial.

(2) Calvino, Italo (1989). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Siruela, págs. 45-67.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.