La nueva ley de protección de la infancia aúna voluntades políticas

Hay que “alzar las palabras, no la voz, porque es la lluvia lo que hace crecer las flores, no los truenos.

Sevilla, 13/V/2021

Sucedió ayer aunque parezca imposible. En el Senado se aprobó por una mayoría casi absoluta, el proyecto de ley de protección de la infancia, con un sí mayoritario con excepción de VOX, 259 votos a favor y tres en contra, que ha respaldado lo que ya se había conseguido también en el Congreso de los Diputados, el pasado 15 de abril, antes de pasar el proyecto de ley al Senado mediante un trámite de urgencia. Un éxito en democracia que demuestra lo importante que es aunar esfuerzos y voluntades políticas en el poder legislativo cuando se trata de defender el interés general, en este caso el de la infancia en nuestro país. Se la conoce popularmente en España como la ley Rhodes, por la alta implicación en el desarrollo de la misma por parte del pianista británico James Rhodes (1975), que reside en Madrid, agredido sexualmente por su profesor de gimnasia de su colegio desde los 5 años y con graves secuelas psíquicas y físicas que sólo ha podido superar poco a poco y gracias a su esfuerzo personal por confiar en el piano su recuperación paulatina, teniendo presente el gran aserto de la historia de la música clásica, que siempre ha sido, es y seguirá siendo compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum).

Según recogía ayer tarde en su edición digital el diario El País, “El proyecto de ley incorpora un amplio paquete de medidas de prevención, detección y protección y pretende acabar con la impunidad de los delitos graves contra menores, entre ellos la pederastia, dando más tiempo a las víctimas para poder denunciar: el plazo de prescripción comenzará a correr cuando cumplan 35 años, frente a los 18 actuales. Para la aprobación definitiva de la ley ya solo falta que el Congreso vuelva a dar su visto bueno, algo que sucederá en las próximas semanas. En el Senado, donde se presentaron 409 enmiendas, se han introducido mejoras técnicas y cambios como la creación, en el plazo de seis meses, del Consejo de Participación de la Infancia y la Adolescencia. O el refuerzo del respeto al honor, la intimidad y la imagen del menor víctima de violencia y sus familiares, incluso tras su fallecimiento, con la exigencia de la autorización de los padres o herederos para poder difundir fotografías o vídeos suyos. Y se ha aprobado una enmienda que reconoce la competencia de las comunidades autónomas en materia de política familiar, asistencia social y deporte y de ocio, un aspecto que había generado suspicacias de partidos nacionalistas en el Congreso. De hecho, el PNV, que entonces votó en contra, ha pasado a votar a favor, mientras que Junts per Catalunya y EH-Bildu, que se abstuvieron, han dado el ‘sí’ este miércoles”.

Ante lo sucedido en el Senado, recuerdo ahora lo que un día manifestó hace años el eminente cardiólogo español Valentín Fuster, residente en Estados Unidos, porque en cierta ocasión, en una visita que hizo a España en 2013, dijo algo verdaderamente deslumbrante para nuestro país, tan amigo de cainismo, pecados capitales y falta de ejemplaridad política, que necesita ahora, urgentemente y más que nunca, transmitir altura de miras y positividad: “Yo puedo estar hablando todo el rato del desastre que hay en España. Pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona…”, si “algo” se hace bien, o lo que es lo mismo, puedo estar hablando todo el rato de lo que no nos gusta de España y Andalucía, pero igual podemos sacar unos minutos para saber si algo funciona… Y comprobaremos que es verdad, que funcionan muchas cosas en esta este país, incluso en las altas instancias de la democracia elegida, votada y volcada en la Constitución, como ha sido ahora el ejemplo del Senado con la tramitación de amplio consenso del proyecto de ley de defensa de la infancia.

Necesitamos creer en ello, potenciarlo, expandirlo y comunicarlo a los cuatro vientos, empezando por nuestro entorno más cercano, siendo altavoces cada uno en su sitio de lo que este país también hace bien incluso en política. Lo necesitamos, porque se ha demostrado que cuando todo va mal hay que “alzar las palabras, no la voz, porque es la lluvia lo que hace crecer las flores, no los truenos”, por los niños de este país, por todos. Cuando, muy pronto, se apruebe definitivamente la ley de protección de la infancia, empezará una nueva forma de esperanza de vida digna para los niños y niñas de este país. Celebremos este acuerdo.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de Mio figlio ha qualcosa che non va: sono io la causa? – Fabio Salomoni

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Seguimos teniendo hambre de abrazos

Erich Lessing / Julie Andrews, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”

Sevilla, 12/V/2021

No es la primera vez que me refiero a esta ausencia tan humana y cercana en nuestras vidas. Eduardo Galeano escribió un libro dedicado a los abrazos (1) y hoy he vuelto de nuevo a buscar refugio en sus páginas porque necesito encontrarlos de diferente manera. Creo que estamos viviendo momentos de hambre de abrazos, tal y como lo expresaba él de forma magistral en uno de sus relatos del libro citado, El hambre / 2:

Un sistema de desvínculo: El buey solo bien se lame. El prójimo no es tu hermano, ni tu amante. El prójimo es un competidor, un enemigo, un obstáculo a saltar o una cosa para usar. El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos los condena al hambre de pan y a muchos más condena al hambre de abrazos.

El hambre de abrazos existe desde que al mundo lo llamamos mundo, pero en este tiempo de coronavirus, hemos comprobado en nuestra propia carne que necesitamos encontrar al verdadero prójimo, que no es un competidor, enemigo, obstáculo a saltar o una cosa para usar y tirar. Lo que sabemos ahora es que el coronavirus nos condena al hambre de los abrazos verdaderos. Dicen que se ha descubierto el verdadero problema de este tiempo de separación: el virus nos desvincula y es la razón de nuestro sufrimiento y de por qué buscamos desesperadamente la vacuna del abrazo en el alma de secreto que todos tenemos, para sentir el calor que la situación actual nos quita sin compasión alguna.

Finalmente, he comprendido muy bien qué significa el abrazo de la razón y el corazón, así como el del alma y el cuerpo, leyendo uno de los abrazos verbales de Galeano cuando me he enfrentado a esta página en blanco: “¿Para qué escribe uno, si no es para juntar sus pedazos? Desde que entramos en la escuela o la iglesia, la educación nos descuartiza: nos enseña a divorciar el alma del cuerpo y la razón del corazón. Sabios doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana, que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la verdad”.

En este sentido, conservo como oro en paño una fotografía de Julie Andrews, en un descanso del rodaje de “Sonrisas y Lágrimas”, que he escogido hoy como cabecera de este post. Pienso que Erich Lessing, un fotógrafo experto en memoria histórica, al que se le otorgó en 1956 el premio American Art Editor’s Award,  quiso dejar para la posteridad la impronta real de la sonrisa y del abrazo en esa relación madre-hijo, en la lectura de una carta quizás imposible y con un abrazo imprescindible, como homenaje a esta necesidad de abrazar, dado que en su caso, tuvo que emigrar desde Viena a Palestina a los 16 años, por la ocupación de Hitler, arrancándolo de su familia más cercana. Cuando regresó a Viena, en 1947, su madre ya había fallecido en el campo de concentración de Auschwitz. Nuevas sonrisas y lágrimas, hoy, ante la ausencia y hambre de abrazos.

Lo que he pretendido decir mediante estas palabras, que nos quedan, es lo que significan ahora los abrazos en nuestras vidas, como sentipensante de este tiempo tan difícil de interpretar. Nada más, porque el hambre de abrazos (y de besos) nos hace enfermar de amor y, como bien dice Galeano en su libro, el amor es una enfermedad contagiosa y cualquiera nos reconoce, “despabilados noche tras noche por los abrazos”, en los sueños ahora al no poder darlos y “no hay decreto del gobierno que pueda con él [el amor], ni pócima capaz de evitarlo”.   

(1) Galeano, Eduardo (1993). El libro de los abrazos. Madrid: Siglo XXI.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Decepcionado, consternado y conturbado

Karl Briulov (1799-1852), El último día de Pompeya (detalle)

Sevilla, 11/V/2021

Cuando deberíamos vivir de forma responsable y contenida la finalización de estado de alarma, donde se se ha pasado un testigo cívico a la ciudadanía para continuar actuando de forma responsable ante la epidemia actual, que sigue viva aunque con datos muy esperanzadores por la vacunación masiva a la que se está sometiendo la población de este país, hemos asistido a unas celebraciones masivas durante el fin de semana pasado con comportamientos incívicos que ilustran la mala educación ciudadana, empezando por los más jóvenes.

Desde que se inició la pandemia, he escrito ya en varias ocasiones sobre este tipo de comportamientos. Hoy quiero recordar expresamente la referencia escrita al comportamiento de los más jóvenes cuando estábamos en plena desescalada en el mes de agosto del año pasado, Agosto 2020 / 3. Consternado y conturbado, a la que agrego hoy el adjetivo de decepcionado, palabra que utilizó ayer Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, en su rol complejo de portavoz oficial y diario de la situación de la pandemia en este país, un sentimiento que expresó al conocer el comportamiento de los jóvenes en todo el país en su análisis del fin de semana anterior. En aquella ocasión escribí que “Hubiera preferido, como Bartleby el escribiente, no hacerlo. Escribir hoy de nuevo sobre las últimas noticias de comportamientos de jóvenes en relación con el coronavirus, me han consternado y llenado de turbación. Han sido dos noticias en el fin de semana pasado que reflejan una situación muy preocupante en este país, sobre todo desde la perspectiva de una persona que ha vivido la transición de una dictadura a una democracia y donde el mejor termómetro social es evaluar hoy, con una perspectiva de los cuarenta y cinco años transcurridos, la educación integral de los habitantes de este país”. Me refería a lo que había ocurrido en Barcelona, donde la noticia destacaba una frase estremecedora en boca de una joven sin ataduras ni complejos: “Sinceramente, los muertos me dan igual”. Aquello me estremeció el alma y pienso que se sigue haciendo mal lo que se hace y estamos viendo, porque a muchas personas les sigue dando igual que la gente enferme de coronavirus, ingresen en los hospitales, en las UCI e incluso que se mueran.

También citaba una noticia sobre lo que había sucedido en Torremolinos (Málaga): “La policía investiga a un chiringuito de Torremolinos donde un DJ escupió alcohol a los asistentes. El público bailaba sin mascarillas y sin distancia de seguridad”. No había lugar a dudas sobre lo sucedido allí porque fueron centenares de jóvenes los protagonistas, que se pudo ver de forma viral a través de las redes sociales: “Elevado sobre una tarima, sin camiseta ni mascarilla, un joven bebe a morro de una botella de Jägermeister y, acto seguido, escupe el trago sobre las numerosas personas que bailan a su alrededor. Poco después, les ofrece pequeños tragos pasando la misma botella”. Sin comentarios.

Ver las imágenes del fin de semana pasado, “celebrando” miles de jóvenes y no tan jóvenes el fin del estado de alarma con aglomeraciones por doquier y comportamientos incívicos, demostrados con la falta de mínimas normas de prevención como el uso de las mascarillas, distancias y agrupaciones desmedidas de personas, obliga a una reflexión seria y meditada sobre qué está pasando con los jóvenes en este país, porque ya se puede generalizar a tenor de las noticias en casi todas las Comunidades Autónomas sobre comportamientos faltos de civismo y respeto a lo sucedido con la pandemia hace tan sólo unos días.

Vuelvo a insistir en algo en lo que siento una obstinación especial: la ausencia de valores, la explosión diaria del consumo en una economía alocada de mercado, el síndrome de la última versión que tantos estragos causa en la juventud porque de todo lo que tengo no tengo lo último de lo último y sin ello no soy nada, las influencias de los “influencers” que casi siempre es consumo puro y duro individual y, además, del caro, así como los estragos del paro juvenil y la corrupción pública y privada, unido todo ello al hastío y a la desafección política generalizada, son una mezcla explosiva de tener o intentar tener y no de ser, lo que justifica que para dos días que vamos a vivir vivamos solo el presente, en un “carpe diem” inverso, porque se entiende al revés de su significado, es decir, vivamos hoy pase lo que pase y “tengo derecho a divertirme” porque el mañana no me importa nada. Vivir al día, a la intemperie de la vida, sin preocuparse de nadie y de nada, caiga quien caiga, porque a muchos jóvenes les da absolutamente igual todo, llámese abuelos, abuelas, personas mayores en general, familia, amigos, compañeros de trabajo, personal sanitario y de servicios que están en alta disponibilidad, incluso cuando esos miles de jóvenes provocadores de contagios se ponen a la cola de los PCR, con mucho miedo dentro del cuerpo, como si ellos no hubieran hecho o provocado nada”. “Sinceramente, los muertos me dan igual”, que decía el verano pasado aquella joven de Barcelona vuelve a resonar en mi persona de secreto con un eco especial.

Me siento consternado en el sentido profundo de la palabra tal y como se recogió por primera vez en el Diccionario de Autoridades publicado en 1729: “Atemorizado, asombrado, perturbado y espantado”. Cualquiera de las cuatro acepciones refleja bien mi estado de ánimo. Tanto que hemos luchado por la instauración de la democracia a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años para recoger hoy lo mal sembrado. También conturbado, atendiendo las ricas acepciones de las Autoridades citadas, porque estoy inquieto, conmovido, confundido y desasosegado, provocando todo ello una mudanza cerebral muy importante aunque siga escuchando la recomendación piadosa de San Ignacio en estos tiempos de coronavirus.

Hoy agrego el lema decepcionado, que ayer pronunció Fernando Simón, lema que no está recogido en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua ni como participio pasivo ni como adjetivo, a diferencia de las dos anteriores. Creo que es debido a que la decepción, que significa “pesar causado por un desengaño”, es decir, porque se ha faltado a la verdad en lo que se dice, hace o piensa una persona, es lo que se convierte sólo en sentimiento de decepción al sentirse desengañada una persona ante lo que estamos viendo como reacción de miles de personas, jóvenes sobre todo, ante el coronavirus y lo que siente el alma con la decepción no cabe en el diccionario de la dignidad humana. Su sentido más profundo y que genera más dolor, está en la palabra “engaño” porque esperábamos mucho de los jóvenes de este país. Estamos desengañados, desilusionados y nos sentimos consternados, conturbados y decepcionados.

Cada día que pasa estoy más convencido de que es verdad que soy pesimista ante el espectáculo actual en el gran teatro del mundo, en el sentido más profundo del término pesimista que aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Mario Benedetti en 1999: Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Nada humano y digital me es ajeno

Sevilla, 10/V/2021

En el mes de junio de 2017 inicié un nuevo blog bajo el título Nada digital me es ajeno, con las características que más abajo se transcriben. Habiendo transcurrido cuatro años desde aquella iniciativa digital, hoy reconduzco aquel blog convirtiéndolo en un bloc de notas digitales y formando parte del que utilizo casi a diario, en el que usted, como lector o lectora, se encuentra en la actualidad, El mundo sólo tiene interés hacia adelante, que recupera los post que escribí allí para que formen parte de un capítulo del mismo. Les aseguro que continuará con la finalidad allí expresada: navegar en la especialización relacionada con el mundo digital contextualizado en la revolución social exponencial, que tanto aprecio, en un ámbito más profesional, pero sin abandonar la divulgación científica, aunque cuidaré los contenidos que se necesitan rescatar en estos momentos de posverdad que también afectan a este sector de la ciencia.

Lo encontrarán en la columna derecha de este blog matriz, en Páginas especiales para compartir, bajo el título indicado: Nada digital me es ajeno. Tiene un subtítulo programático: porque estamos viviendo una revolución humana fantástica, que intentaré actualizarlo con la frecuencia que me sea posible, nacida del alma y no por exigencias de mercado. Este blog y el nuevo bloc no son mercancías sino conocimiento compartido con la malla pensante de la humanidad (Noosfera).

Les espero también en el nuevo bloc de notas digitales. Procuraré no defraudar a nadie. Gracias anticipadas por participar en este cambio. Para empezar, reproduzco las palabras de presentación de aquél blog, que hoy tienen el mismo valor como primera página del nuevo bloc de notas digitales. Escribo estas palabras acompañado de una canción que forma parte de la banda sonora de mi vida, Todo cambia, porque cambio el blog, pero sobre todo estoy atento a los cambios superficiales, a los profundos, como consecuencia directa del sufrimiento personal y colectivo por la pandemia y porque sé que cambia también el modo de pensar y prácticamente casi todo en este mundo. Que yo cambie hoy…, no es extraño.

Nada humano y digital me es ajeno

Hoy he comenzado un nuevo proyecto digital que he estado madurando en los últimos meses. Las personas que me siguen en la Noosfera ya conocen mi incursión permanente en el mundo digital a través de este blog, especializado en divulgación humanista de corte digital, pero ha llegado el momento de navegar en la especialización relacionada con el mundo digital contextualizado en la revolución social exponencial, que tanto aprecio. Tendrá un ámbito más profesional, pero sin abandonar la divulgación científica, aunque cuidaré los contenidos que se necesitan rescatar en estos momentos de posverdad que también afectan a este sector de la ciencia.

El título del nuevo blog, Nada digital me es ajeno, como casi todo lo que rodea mi vida personal y profesional, no es inocente. Recuerdo que Cremes, un personaje curioso que protagoniza una obra del dramaturgo Terencio, El enemigo de sí mismo, pronunció una frase al comienzo de la obra, inolvidable, profunda, que no ha perdido su frescura a pesar de los siglos que han transcurrido desde que se escribió en un texto y contexto muy concretos: Hombre soy; nada humano me es ajeno (Homo sum; humani nihil a me alienum puto).

En el primer post, Nada humano y digital me es ajeno, he agregado a esta frase excelente un nuevo adjetivo, digital, que me ha acompañado de forma expresa desde hace veinte años, cuando leí una obra iniciática de Nicholas Negroponte, El mundo digital, que significó un giro copernicano en mi vida profesional y que tampoco olvido. Espero ofrecer teoría crítica de calidad científica suficiente para ayudar a transformar la sociedad actual, que sufre cambios tecnológicos exponenciales desde hace ya muchos años, instalada en la cuarta revolución industrial, donde hay muchas preguntas holísticas sin responder, con sustrato legal, ético y social de un calado excepcional.

Les espero también en el nuevo sitio web. Procuraré no defraudar a nadie.

Sevilla, 18/VI/2017

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Caballero Bonald o la vejez cuando sólo es una sucesión de pérdidas

Sé que Caballero Bonald ya no está con nosotros porque a sus 94 años ha ido hoy a su cielo particular. Como pequeño homenaje a su vida y a su obra de escritor y poeta incansable, cantor de la vida de compromiso y agotado de vivir en los últimos tiempos, recuerdo hoy una frase que dijo hace dos años que me conmovió y me ayudó a escribir unas palabras sobre el sentido de la pérdida en nuestras vidas, de personas, de ilusiones, de sueños, de todo: «La vejez es una maldita sucesión de pérdidas” . Yo le he quitado la palabra «maldita» al título de estas palabras de recuerdo respetuoso a su vida y obra, porque cuando las leí por primera vez en la entrevista de Juan Cruz de 2018, pensé que la vejez puede ser también una sucesión de ganancias. Vuelvo a publicar aquellas palabras, agradecido a su ejemplo como luchador incansable en favor de los que menos tienen en este país y, sobre todo, en su tierra, Andalucía. Gracias, maestro.

Me acuerdo de esas veces en que no
sabes si estás muy feliz o muy triste
.

Joe Brainard (1942-1994), Me acuerdo

Sevilla, 9/V/2021

PODCAST 9: La vejez puede ser una agradable sucesión de ganancias

Fragmento del acta de desposorio de Lucas José Cobeñas Casasola, el 25 de setiembre de 1740, en Ubrique (Cádiz)

La vejez puede ser una agradable sucesión de ganancias

Lo he leído hoy en una entrevista de Juan Cruz a Caballero Bonald: “La vejez es una maldita sucesión de pérdidas”. Es una frase muy dura pero que refleja una forma de entender la cuenta atrás de la vida, donde el espejo retrovisor solo te deja ver lo que se queda atrás y no vuelve, aunque con los nuevos descubrimientos del cerebro sepamos que podemos recordar millones de situaciones vitales porque la memoria de hipocampo se ha encargado de ponerlas a buen recaudo.

Tengo que reconocer que me han impactado esas palabras de Caballero Bonald y me llama la atención que como una premonición más de mi larga vida, tengo a este autor jerezano muy presente en mi devenir actual de persona mayor, después de haber leído recientemente su primera novela, Dos días de setiembre, por una razón curiosa: indagar sobre un personaje de la misma, de nombre Julián Cobeña, en un momento en el que estoy trabajando sobre la genealogía de mi primer apellido. La tarjeta de presentación de este personaje no aventuraba nada bueno en la lectura de esta novela: “Julián Cobeña era una especie de lagarto que había hecho de todo, hasta de alcahuete y tapapocilgas de Don Gabriel Varela, vinatero y traficante, a cuyo servicio estaba desde hacía veinte años”. Cuando llegué a las últimas referencias de Julián Cobeña en la novela, comprobé que su existencia en la ficción me había creado bastante desasosiego, hasta tal punto que pensé en su momento dirigirme al autor para preguntarle quién estaba detrás de Julián, sabiendo como sé hoy que las raíces de este apellido se remontan a lo largo de casi cuatro siglos a su lugar de nacimiento, Jerez de la Frontera, y sobre todo, a Ubrique, lugar donde sorprendentemente llegó un día un tal Lucas José Cobeñas Casasola, natural de Cabra, descendiente de una familia de tejeros que se instalaron en la subbética cordobesa en el siglo XVI para solucionar un grave problema que había en las casas de esa población, como en otros muchos lugares: sustituir las cubiertas de paja de las casas por tejas,  estableciéndose definitivamente en Ubrique para crear un linaje que llega hasta nuestros días en mi familia. He podido obtener gracias a mi tiempo libre el acta de desposorio [sic] de Lucas José Cobeñas Casasola, natural de Cabra (Córdoba) con Leonor Ramos Birués, natural de Ubrique (Cádiz), celebrado el 25 de setiembre de 1740 en Ubrique, siendo la primera vez que he podido constatar la procedencia cordobesa de nuestro linaje.

En este contexto premonitorio, no quiero olvidar lo que he leído esta mañana en la citada entrevista porque me gustaría dar la vuelta a esa frase apocalíptica. Tiene razón en el envés de la vida, que siempre tiene dos caras, porque en el haz encuentro personalmente su contrario: la vejez es también una agradable sucesión de ganancias. Puedo enumerar muchas, casi todas relacionadas con la vida interior, dado que nos sirve para comprobar que es bueno caminar ligero de equipaje y porque es la gran oportunidad para revisar la colección de recuerdos en la clave que aprendí un día de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1) e instalarme en ellos por una razón fundamental: tengo tiempo para hacerlo, una realidad que he ganado de forma considerable. También, porque enlazo el tiempo con una realidad inexorable: vale mucho saber que cada momento tiene su tiempo y cada tiempo su momento, el inexorable carpe diem que me acompaña siempre a todos los sitios, aunque a veces vaya del timbo al tambo de García Márquez.

Me acuerdo de que llegué a Brainard por la lectura de un artículo de Guillermo Altares, Cuando un recuerdo es algo que tenemos (2) y mi permanente actitud de investigación sobre las estructuras cerebrales que nos permiten recordar siempre a través de la memoria. Una aventura apasionante. Decía Altares que “Esa mezcla, lo que tenemos, lo que hemos perdido, es lo que nos convierte en nosotros y el pintor Joe Brainard (1942-1994) encontró una fórmula maravillosa para navegar por la memoria, los Me acuerdo…”. Efectivamente, la memoria es lo que más nos pertenece, lo verdaderamente personal e intransferible en el cerebro de cada persona, lo irrepetible en el otro. Es lo que nos permite convertirnos permanentemente en nosotros mismos. Solo basta un pequeño ejercicio de parada “técnica” vital, detenernos unos minutos en el acontecer diario y comenzar a pensar bajo la estructura recomendada por Brainard: me acuerdo de…, y así hasta que el bienestar o malestar nos permita disfrutar del recuerdo o comenzar un sufrimiento posiblemente innecesario. Porque de todo hay en la memoria – ¿viña? – de cada una, de cada uno.

En mi caso, gracias al tiempo libre del que dispongo, que ya está ocupado con ganancias casi siempre, he descubierto que mis antepasados han pasado por todo tipo de oficios y experiencias a lo largo de cuatro siglos. Listeros, jornaleros, sombrereros, industriales, masones, tenderos, dueños de especerías, mercerías, arrendatarios de molinos harineros y tejeros. Han ido tejiendo una forma de ser y estar en el mundo de la familia, que me ha llenado de historia interior. Gracias a que en mi vejez he descubierto que mediante el estudio y la investigación he ido coleccionando una agradable sucesión de ganancias que me permiten ser más libre. Con música de fondo a través de mis acordes en clave, piano y violín, que de todo hay en la viña del Señor.

A sus noventa y dos años, Caballero Bonald manifiesta que desde hace más de dos años ya no ha vuelto a escribir nada. Y vuelvo a leer su frase apocalíptica para ver si la puedo comprender mejor en su texto y contexto, como sucede con los aforismos, que tanto aprecio: “No, ya no voy a escribir más. Estoy alejado de todo. Me indigna lo que ocurre por ahí afuera. Hay mucho gregario, mucho sumiso, mucho patriota, mucho tentetieso… Vivo muy aislado en este rincón atlántico frente a Doñana y no veo a nadie. Además, la literatura sólo me interesa cuando escribo y, como desde hace más de dos años no escribo nada, pues la literatura me queda muy a trasmano. Verás, mi salud no es buena y tengo la vista muy dañada, apenas puedo leer. Yo he sido un lector asiduo, de varias horas diarias, pero eso también se acabó. Me paso el día a la sombra de un árbol viendo pasar el tiempo, oyendo música de cámara, jazz, flamenco. Eso es todo lo que hago. La vejez es una maldita sucesión de pérdidas”.

Desde mi agradable sucesión de ganancias, lo entiendo…, porque como decía él mismo en Ágata, ojo de gato, “Cansado como está, no se detiene entonces en el retrospectivo inventario de la destrucción”.

Sevilla, 28/VII/2018

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.

(2) Altares, Guillermo (2009, 28 de marzo). Cuando un recuerdo es algo que tenemos, El País(Babelia), p. 8.

El tiempo, después de la alarma, puede tener un color especial

Fotocomposición del autor sobre una imagen original del libro El color del tiempo

Sevilla, 9/V/2021

Cuando finaliza el estado de alarma actual por la pandemia del coronavirus, este país puede tener un color especial a partir de hoy mismo, abandonando poco a poco el blanco y negro asociado al dolor, junto a su escala de grises. Es una ocasión para vivirla de forma especial junto a la lectura de una publicación reciente, El color del tiempo, que nos ayudará a comprender cómo hemos vivido a lo largo de la historia en una dialéctica permanente entre el blanco y negro vinculados a sucesos que no se deberían repetir nunca y cómo el color devolvió con su llegada al mundo de las imágenes la alegría de retratar el mundo y a las personas tal y como somos. Quizás también, ahora, tal y como eran o como podremos ser si frecuentamos el futuro de una manera digna y responsable.

La sinopsis oficial de El color del tiempo no deja lugar a dudas: “Hay un tiempo que nuestro cerebro entiende en blanco y negro, ese tiempo que media entre el nacimiento de la fotografía y la popularización de la imagen en color, ese siglo largo que va de 1850 a 1960. Y, sin embargo, fue un tiempo a color, tan vivo como el rojo de la camisa de Garibaldi, tan refulgente como el dorado de la trompeta de Louis Armstrong, tan límpido como el azul del cielo donde los hermanos Wright volaron por primera vez, tan pardo como las camisas de los miembros del Partido Nazi o tan verde como los campos de Francia en 1914… Insuflar colores a ese tiempo es lo que han conseguido el tándem que forman Marina Amaral, una talentosa artista brasileña, y Dan Jones, un historiador británico, para narrar una historia del mundo contemporáneo que conjuga el impacto de unas imágenes que cambian nuestra forma de ver ese pasado con unos textos ágiles e incisivos. Desde la Guerra de Crimea o la Revolución Industrial a la crisis de los misiles o el inicio de la exploración espacial, El color del tiempo explica un siglo decisivo de la historia universal, con el auge y caída de imperios, el vertiginoso desarrollo de la ciencia, la tecnología y las artes, la tragedia de la guerra y las sutilezas de la política, y las vidas de aquellos hombres y mujeres, famosos o anónimos. Marina Amaral ha creado doscientas imágenes a partir de fotografías contemporáneas, restaurándolas digitalmente para ofrecerlas cómo nunca se han visto, casi resucitadas, que se entreveran con la narrativa de Dan Jones, que las ancla y explica en su contexto. Así, conjugados imagen y verbo, El color del tiempo regala una perspectiva única de un pasado tan cercano que explica el mundo de hoy, quebrando la barrera mental que el ajado sepia imponía a unos sucesos de los que apenas nos separan un par de generaciones”.

Es una publicación para contemplarla, fotografía a fotografía, incluso comparándolas poco a poco, para valorar la importancia del color en nuestra historia, en nuestras vidas. Los que nacimos en blanco y negro y poco a poco pasamos al color por tecnicolor, conocemos bien el discreto encanto de los negativos de la vida en el sentido más profundo del término. Cuando era niño me asombraba lo que ocurría con los carretes de una vieja máquina Agfa que rodaba por casa. El asombro fue mucho mayor cuando pasamos al color, porque era sorprendente obtener unas copias que reproducían fielmente lo que verdaderamente pasó en el momento de fotografiar a personas, paisajes o cosas. Era el realismo mágico de la vida que siempre tenía su valor porque veíamos finalmente el positivo en escala de grises como mucho, en un esfuerzo por superar el blanco y negro puros, después de una espera inquietante por el revelado que permitía finalmente ordenar y guardar las fotografías seleccionadas, cosa que difícilmente ocurre ahora con la revolución digital.

También me acuerdo, siguiendo la concatenación de los “me acuerdo” de Joe Brainard (1), del patio de mi colegio en Madrid, de aquella escalera mágica de madera que nos permitía contemplar a través del muro medianero que separaba el colegio de la distribuidora de películas contigua, los miles de fotogramas en blanco y negro tirados en el suelo, de forma desordenada, que podíamos recuperar con mil artimañas de niñez para intentar montar una película imposible, uniendo fotograma con fotograma al trasluz, como suele pasar en la vida real. De alguna forma, queríamos escudriñar los rollos de película de la productora, a la búsqueda de recortes que nosotros montábamos de forma imaginaria en las aceras vecinas con títulos de crédito muy particulares, a modo de estrellas del celuloide madrileño.

Yo me convertía en Totó durante ese tiempo, el protagonista maravilloso de Cinema Paradiso, contemplando los cortes obtenidos de la censura y señalados en el visionado con trozos de papel que insertaba en el rollo y que le dejaba ver el proyeccionista una vez cortados, su gran amigo Alfredo. Hoy, he contemplado bastantes imágenes del libro enunciado, El color del tiempo, y he puesto “señales” como Totó, visualizando e identificando muchos detalles a través del color incorporado a los negativos de blanco y negro. Las fotografías de personajes como Einstein o Hitler, casi al natural, no me han dejado indiferente. Sobre todo, la imagen de una enfermera durante la gripe mal llamada “española” de 1918, como decía Carlos del Amor en su comentario a la misma el pasado viernes en el informativo de la noche, “parece que está sacada hoy”. Al fin y al cabo, es un pequeño homenaje al personal sanitario, en general, que nos ha atendido y lo siguen haciendo en la pandemia actual, junto con otros muchos servidores públicos. Para que no se olvide al iniciarse hoy un nuevo presente y futuro al finalizar el estado de alarma y tener la oportunidad todos, sin excepción, de poner a partir de ahora un nuevo color a la vida de cada uno, de todos, sin dejar a nadie atrás.

Después de visualizar una parte de la historia del mundo con el color incorporado que les da nueva vida, gracias a este libro precioso, vuelvo a mi caja de sueños, que contiene centenares de negativos para repasar una vida llena de blanco y negro en mi infancia y de un inmenso color después, fundamentalmente porque nunca quise ser ciego al color, como pasaba a los habitantes de las dos islas de la Micronesia, Pingelap y Pohnpei, que nos dio a conocer Oliver Sacks en un libro precioso, La isla de los ciegos al color (2). La vida es algo más que el blanco y negro, que los grises, porque el cerebro está preparado para interpretar todos los matices cromáticos de la vida sin dejar ninguno atrás, la vida de cada una, de cada uno, que es lo más parecido a veces a una fotografía o película en blanco y negro, con la acromatopsia ética que corresponda (3), recuperando esos momentos que tanto nos reconfortan y que nos devuelven felicidad. Hasta que un día revelamos los negativos de nuestra vida, guardados con esmero en una caja de sueños, devolviéndoles la vida real que contienen en su discreto encanto del color o del blanco y negro, según la luz del momento, sabiendo que a veces, en nuestra persona de secreto, tienen el tiempo dentro y con un color especial.

(1) Brainard, Joe (2009). Me acuerdo. Madrid: Sexto piso.

(3) Sacks, Oliver (1999). La isla de los ciegos al color. Barcelona: Anagrama, p. 22.

(2) Acromatopsia: ceguera del color, enfermedad que no permite agregar a la óptica de la vida el color. Todo se ve siempre de color gris. Para comprender bien los efectos de esta enfermedad, recomiendo la lectura de un libro de Oliver Sacks ya citado, excelente, que tengo entre mis preferidos: La isla de los ciegos al color. Ante una realidad tan sugerente, recuperaré la lectura que en su momento me sobrecogió tanto y la seguiré proyectando en este cuaderno que registra ya tantas islas desconocidas: “experimentos de la naturaleza, lugares benditos y malditos por su singularidad geográfica, que albergan formas de vida únicas”, en frase del propio Sacks.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La inteligencia sufre la brecha digital en las clases sociales más desfavorecidas

Diferencias neurológicas del cerebro (1)

Sevilla, 8/V/2021

Durante quince años vengo hablando en este cuaderno de la inteligencia digital. He publicado dos libros (Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital y Origen y futuro de la ética cerebral) y más de quinientos artículos en los que de una forma u otra, siempre desde el ámbito de la divulgación científica, he abordado esta capacidad de nuestro cerebro para resolver la casuística de la vida diaria y los problemas asociados a nuestra forma individual y colectiva de ser y estar en el mundo. He pretendido aclarar siempre que la inteligencia digital tiene riesgos inherentes a su desarrollo y consolidación en el cerebro humano, sobre todo cuando constatamos que sigue existiendo la pobreza digital en muchas partes del mundo y también cerca de nosotros, en países desarrollados como el nuestro cuando es una de las consecuencias de la pobreza severa, pero es una realidad que no tiene vuelta atrás porque el mundo digital solo tiene interés hacia adelante, grabándose todo lo que nos pasa en el hipocampo, una maravillosa estructura cerebral que convive muy bien con la información y su retención en zona de memoria a corto, medio y largo plazo, que sabe convertirla en conocimiento cuando se cruza permanentemente con otra estructura próxima, muy amable para la vida de las personas, la amígdala, donde se forjan nuestros sentimientos y emociones.

Invito a conocer ahora las dos estructuras cerebrales citadas, hipocampo y amígdala, que están en el cerebro de cada persona. Les encantará haberlo hecho y comprenderán mejor la maravillosa complejidad de nuestro cerebro personal e intransferible, que da instrucciones a un dedo pulgar o índice para teclear o pronunciar palabras, números y accesos a mundos maravillosos digitales de la telefonía móvil y de las tabletas, ordenadores y televisores, capacidad que ha sido un revulsivo eficaz y eficiente en tiempos de pandemia, sin ir más lejos, aunque no ha sido así en países que viven cerca de la guerra , el terrorismo y la pobreza extrema.

Todo lo anterior es lo que refleja un estudio reciente publicado por la Universidad de Stanford, El impacto de la desigualdad socioeconómica y de estímulos en la fisiología del cerebro humano (Parameshwaran, Dhanya & Sathishkumar, S. & Thiagarajan, Tara, 2021), presentado en su resumen científico: “El cerebro sufre una profunda alteración estructural y dinámica en respuesta a su entorno de estímulo. En estudios con animales, los entornos de estímulos enriquecidos dan como resultado numerosos cambios estructurales y dinámicos junto con mejoras cognitivas. En la sociedad humana, factores como la educación, los viajes, los teléfonos móviles y el transporte motorizado amplían drásticamente el ritmo y la complejidad de la experiencia del estímulo, pero difieren en el acceso según los ingresos. En consecuencia, la pobreza se asocia con diferencias estructurales y dinámicas significativas en el cerebro, pero se desconoce cómo esto se relaciona con la disparidad en el acceso al estímulo. Aquí estudiamos el consumo de los principales factores de estímulo junto con la medición de señales cerebrales usando EEG [electroencefalografía] en 402 personas en la India en un rango de ingresos de $ 0.82 [67.42€] a $ 410 [337,09€] / día. Mostramos que la complejidad de la señal de EEG escaló logarítmicamente con el consumo de estímulo general y los ingresos y linealmente con la educación y los viajes. En contraste, el uso del teléfono saltó a un umbral de $ 30 [24,66€] / día correspondiente a un salto similar en los parámetros espectrales clave que reflejan la energía de la señal. Nuestros resultados sugieren que los aspectos clave de la fisiología cerebral aumentan al mismo tiempo que el consumo de estímulos y que no hemos apreciado completamente la forma profunda de cómo los aspectos de expansión de estímulos de la vida moderna están cambiando nuestra fisiología cerebral”.

Figura 1. (A) Matriz que muestra correlaciones entre el consumo de factores dominantes del estímulo y de la dieta y la correspondiente métrica del cerebro mediante EEG, atendiendo al cruce (en rojo) de estímulos (nivel de ingresos, telefonía móvil, movilidad y educación), con las ondas alfa mediante EEG; (B) Cambios que se producen en el espectro de la energía de EEG con el aumento de cambio del uso de la tecnología; (C) Complejidad del EEG con el aumento del consumo del estímulo.

La doctora Thiagarajan ha manifestado a la luz de este estudio que es vital que entendemos cómo la función del cerebro está afectada por nuestras experiencias vitales y accesos a los recursos y a la tecnología según las clases sociales, lugares en los que se vive en el planeta y donde se producen estas interacciones: “A diferencia de cualquier otro órgano, el cerebro se desarrolla a través de la vida útil no consumiendo apenas alimentos pero sobre todo consumiendo estímulos externos. Estas conclusión demuestra una divergencia profunda en la fisiología basada en el consumo de estímulos, con las implicaciones importantes que tiene por sus consecuencias personales y sociales por la desigualdad económica de la renta por persona y familia”. Esto es así porque con la realidad social de casi siete mil millones de personas que pueblan el planeta, la realidad neuronal es que somos una malla pensante de siete mil millones de experiencias individuales donde cada cerebro tiene una configuración personal e intransferible por las conexiones neuronales de cada persona.

Esa es la razón de por qué defienden estos científicos que el estudio es muy importante para demostrar que hay que entender la diversidad global del cerebro humano, abriéndose una oportunidad enorme para seguir investigando el cerebro y su relación con las tecnologías de la información y comunicación. En el libro que publiqué en 2007, Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital, ya alertaba de esta oportunidad histórica en la vida de las personas que pueblan la Noosfera. En esa ocasión, definí la inteligencia digital a través de cinco acepciones que rescato hoy para aplicarlas a la situación que estamos viendo en relación con el coronavirus:

1. Destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaz de ella.

2. Capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

3. Capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

4. Factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

5. Capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando ha superado la dialéctica infernal del doble uso.

Estoy convencido que los ordenadores, el software y el hardware inventados por el cerebro humano, es decir, el conjunto de tecnologías informáticas y de telecomunicaciones que son el corazón de las máquinas (chips) que preocupan y mucho a investigadores, historiadores y filósofos, de forma legítima y bien fundamentada, permiten hoy creer que llegará un día en este “siglo del cerebro”, no mucho más tarde, en que sabremos cómo funciona cada milésima de segundo, y descubriremos que somos más listos que los propios programas informáticos que usamos a diario en las máquinas que nos rodean, porque estoy convencido de que la inteligencia digital desarrolla sobre todo la capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, sobre todo cuando seamos capaces de superar la dialéctica infernal del doble uso de la informática, es decir, la utilización de los descubrimientos electrónicos para tiempos de guerra y no de paz, como en el caso de los drones o de la fabricación de los chips que paradójicamente se usan lo mismo para la consola Play Station que para los misiles mortíferos Tomahawk. Ese es el principal reto de la maravillosa inteligencia, digital por supuesto, porque vivimos en la sociedad red.

(1) Imagen recuperada en 2007, que reproduje en mi libro Inteligencia Digital. Introducción a la Noosfera digital por cortesís del Prof. Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional. Esta imagen del cerebro humano utiliza colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Las ausencias se pueden pintar y cantar

Amalia Avia, La casa de Cristina, 1983, Óleo sobre tabla

Sevilla, 7/V/2021

Me pasa con frecuencia: tengo la sensación de que sólo sé que no sé nada. Me ha ocurrido con la obra preciosa de una pintora realista, Amalia Avia, nacida en Santa Cruz de la Zarza (Toledo) en 1930, que ayer conocí a través de Carlos del Amor, a quien agradezco siempre muchos descubrimientos de la intrahistoria de la cultura en este país. La sinopsis oficial de su obra pictórica es un exponente claro del hilo conductor de su vida proyectada en su forma de contemplarla, dibujarla y pintarla: “Su pintura realista, nunca hiperrealista, afronta temas preferentemente urbanos, sobre todo de Madrid, ciudad desde siempre adorada por la artista. Son calles, fachadas, comercios, garajes: lugares en general desgastados por el tiempo, en ocasiones viejos y desconchados, donde la pintora coloca su particular mirada. Sin mucha presencia del color, Amalia Avia hace la crónica en gris de una ciudad que se está perdiendo, rincones que todos vemos pero en los que a lo mejor no nos fijamos. De su pintura, inicialmente más social, han ido progresivamente desapareciendo las figuras humanas. También, en algunas épocas, han sido frecuentes los interiores. Camilo José Cela la denomina la pintora de las ausencias, la amarga cronista del «por aquí pasó la vida», y Francisco Nieva habla de una melancolía barojiana refiriéndose a su pintura. Sobre su obra han escrito, entre otros muchos, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Francisco Nieva, Juan Manuel Bonet o Francisco Calvo Serraller. por aquí pasó la vida marcando su amargura e inevitable huella de dolor». Llevaba “la herida de la pérdida con ella”.

Las ausencias son situaciones vitales que siempre me han ocupado y pre-ocupado [así, con guion] mucho, porque sé lo que significa la separatidad de personas y de casi todo, que tan magníficamente estudió Bowlby. Son las que más duelen en las reflexiones de nuestra persona de secreto. Ahora estamos viviendo una época especialmente compleja respecto de ausencias de todo tipo, políticas, éticas, ideológicas y de creencias. Necesitamos creer, tal y como lo aprendí hace muchos años de Ferrater Mora. Decía él que las personas necesitamos creer en alguien o algo, básicamente en cuatro pilares fundamentales que no se excluyen entre sí: sociedad, personas, naturaleza y Dios (o dioses), es decir, podemos optar por una de estas creencias, por varias o por todas. Pero lo que llevamos muy mal es la ausencia de todas o de cada una, hasta quedarnos sin nada ni nadie en quien creer, es decir, la negación absoluta de la razón que justifica todos nuestros actos o las relaciones personales y sociales.

Cesária Évora, la gran cantora caboverdiana de la “realidad descalza”, como le gustaba a ella salir a los escenarios del mundo, en homenaje a los desheredados más próximos, lanzando a los cuatro vientos estas palabras maravillosas de una canción inolvidable, La ausencia, nunca nos dejó tranquilos al escucharla porque justificaba con su ejemplo de vida y sus palabras la dignidad con la que podemos abordarla siempre. Lo expresaba de una forma especial, cuando pensaba que la ausencia era su soledad, quizás la nuestra, en el destino:

Si tan solo tuviera alas
para volar a través de la distancia
Si tan solo fuera una gacela
para correr sin cansancio alguno

Entonces, podría amanecer
en tu pecho
y nunca más la ausencia
sería nuestra realidad

Pero eso sólo sucede en mis pensamientos
en los que yo puedo viajar sin miedo
y mi libertad, la tengo
solo en mis sueños

[…]
Sin saber a dónde iluminar,
ni ningún lugar a dónde ir…

Ay soledad, es mi destino…
Ausencia…, ausencia

Hoy he unido a Amalia Avia y a Cesária Évora en torno a una realidad existencial que existe y nos hace sufrir mucho, las ausencias, como se ha podido constatar a lo largo de esta pandemia que nos asola y de la que ya hemos empezado a ver la luz al final del túnel con las vacunaciones masivas. Amalia pintó la realidad oscura de la vida, lo que se pierde muchas veces y pasa a la ausencia radical de la historia, que se puede contemplar en un magnífico portal web dedicado a su obra. Cesária cantó la esperanza que siempre existe al final de un camino. Hoy, no me queda nada más que darles las gracias porque aportaron un sentido a la vida en su obstinación artística, para demostrarnos que el arte y la cultura siempre nos pueden mostrar caminos de libertad, aunque sólo suceda en nuestros pensamientos, en los que podemos viajar sin miedo y aunque la libertad la tengamos sólo en nuestros sueños. Es lo que pensaba también Amalia Avia cuando pintaba a personas, edificios, calles o cosas en las que dejaba entrever que a pesar de las ausencias por allí pasó alguna vez la vida.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Falta mar para los que se tiran del barco político

Costa Concordia

1. A veces, falta mar para recoger a todos los que se tiran del barco…
2. A veces, falta barco para recoger a todos los que se tiran a ese mar…

Aforismos

Sevilla, 6/V/2021

Los aforismos de Jorge Wagensberg (1948-2018), un divulgador de la ciencia ejemplar y que siempre fue y seguirá siendo muy necesario para este país, me han permitido abordar frecuentemente una tarea inteligente de aprehender el mundo, sobre todo para resolver problemas, entendiendo esta capacidad humana como la mejor definición de la inteligencia. Me gusta comprenderlos en el sentido que ya se definió por primera vez, en el siglo XVIII, en el Diccionario de Autoridades, tan querido por mí: “Sentencia breve y doctrinal, que en pocas palabras explica y comprehende la esencia de las cosas” (RAE A 1726, pág. 338,1). Y vuelven a estar de moda, quizá porque la velocidad que se imprime a la vida diaria necesita de estos “pretextos para textos fuera de contexto”, como lo definió Jorge Wagensberg en un artículo de opinión, extraordinario, que se publicó en el suplemento Babelia, de El País, en 2012 (1). Esta definición última, en términos de ciencia, lo fundamentaba en tres argumentos: la objetividad, la inteligibilidad y la dialéctica. Objetividad, porque el sujeto de conocimiento debe distorsionar lo menos posible al objeto de conocimiento. La inteligibilidad, porque hay que despejar a la esencia de todos sus matices, alcanzando la mínima expresión de lo máximo compartido. Ejemplo: Vivir envejece. Y, por último, la dialéctica, como tensión continua entre sujeto y objeto: La realidad es inteligible porque no hay bosques con más árboles que ramas.

Cuando estamos viviendo todavía la resaca de los resultados de las últimas elecciones en la Comunidad de Madrid, constato que se extiende como una mancha de aceite la tentación de grandes líderes políticos, perdedores y soberbios, así como de muchos militantes anónimos y ciudadanos de a pie, frustrados por la debacle del frente popular de la izquierda, de abandonar el barco político de cada cual y arrojarse al mar esperando que algún día alguien los recoja, momento crucial que completa la primera parte del aforismo personal que da título a este artículo, porque quizás ya no haya sitio en el nuevo barco para tantos desertores, en el que presuntamente piensan que pueden volver a idear un mundo mejor en política, barco que se llama “Tiempos mejores”.

Es una realidad que navegamos en plena pandemia en mares procelosos de miedo a lo desconocido, nuevos modelos de convivencia, corrupción, cansancio existencial y desencanto, en los que cunde el mal ejemplo de abandonar el barco metafórico de la dignidad, con la tentación de que el mundo se pare para bajarnos o arrojarnos directamente al otro mar de la presunta tranquilidad y seguridad existencial. Se constata a veces, en esa situación, que falta ya mar para acoger a todos los que se tiran a él. Lo expresaba en 2012 en un post dedicado a los aforismos, porque en ese momento apreciaba que eran numerosas las deserciones en el barco político de aquella legislatura, siendo testigo directo del abandono apresurado de los que tenían la obligación de mantenerse en el puente de mando de la responsabilidad política que se le había encomendado, arrojándose a un mar repleto de desertores de la dignidad.

Recuerdo perfectamente un hecho que ocurrió en aquellos días, al difundirse la triste noticia de cómo el capitán Francesco Schettino abandonaba de forma vergonzante el crucero Costa Concordia, que chocó el 12 de enero de 2012 por una maniobra indebida con una roca junto a la isla del Giglio (Italia), en un ejemplo patético de irresponsabilidad y cobardía. Todavía resuena en mis oídos la grabación en italiano de los gritos del jefe de guardacostas cuando le conminaba a que volviera al barco del que se había tirado de forma tan lamentable e indigna: “Suba a bordo. Es una orden. No ponga más excusas. Ha abandonado el barco, ahora estoy yo al mando. ¡Suba a bordo!”. Decía que se había “caído” por la popa cuando lo que constataron es que cuando llegó a la costa su ropa no estaba mojada. Nadó y guardó la ropa de la indignidad, nunca mejor dicho.

Lo he recordado especialmente desde la noche del pasado domingo cuando la tempestad política arreciaba y ya se oían las primeras voces de las deserciones y lanzamientos al mar. Creo que es urgente pedir a los dirigentes políticos que no abandonen sus barcos de dignidad, especialmente aquellos que demuestran los auténticos valores de la política decente, que existe, porque son millones de personas las que con su voto les han dado respaldo en la buena fe política, aunque también compromete diariamente a los ciudadanos de a pie. Porque cuando depositamos nuestro voto confiamos en un programa, en unas personas, en una ideología, en un progreso, etc. Queremos ser escuchados en el silencio, a veces, de los sin voz. Porque el silencio de la urna existe ante los ruidos propagandísticos. En pocos centímetros de papel una persona se proyecta y proyecta la sociedad. Soñamos con unir muchos papeles y así, casi pegados, afirmar conjuntamente que se cree en la posibilidad de ser pueblo y ser escuchado. El voto es, en definitiva, un compromiso activo.

Por ello, alerto contra la tentación de tirarnos al mar de la burbuja personal de confort, de la presunta seguridad, ante el hartazgo por el acoso diario de la política mal entendida. Fundamentalmente, porque siguiendo con el aforismo, es probable que cuando un día quizá lejano queramos volver al barco de la dignidad, falte ya barco, es decir, el sitio decente que teníamos asignado en la vida y que en ese momento nos correspondía asumir. Porque también es verdad que nadie se baña dos veces… en los ríos que van a dar a la mar digna.

Para finalizar y como pequeño homenaje a Jorge Wagensberg, del que tanto he aprendido, recojo de nuevo un precioso aforismo suyo en el que nos entregaba unas respuestas inteligentes para tiempos de crisis y de abandonos: ¿Qué hacer? Comprender (no tenemos nada mejor que hacer). ¿Comprender qué? Comprender la realidad (no tenemos nada más a mano). Espero que sirvan estas palabras para construir una forma diferente de ser en el mundo en este país tan cainita, intransigente y maleducado. Fundamentalmente, porque necesitamos tiempo de silencio para pensar y comprender la realidad tal y como es en plena pandemia. Para transformarla y no solo cambiarla. Cada uno en su sitio y como pueda hacerlo, porque es posible y sin necesidad de tirarnos al mar de la indignidad y de los silencios cómplices.

(1) Pretexto para un texto fuera de contexto | Cultura | EL PAÍS (elpais.com)

NOTA: la imagen se recuperó el 3 de marzo de 2018 de: http://www.theatlantic.com/photo/2012/01/the-wreck-of-the-costa-concordia/100224/

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La corrupción de la mente: una enemiga política ya presente

Me preocupa la corrupción mental, que un ignorante con poder determine nuestra vida

Emilio Lledó

Sevilla, 5/V/2021

Los medios de comunicación social nos han inundado hoy de noticias en relación con los resultados de las elecciones a la Comunidad de Madrid. Es el momento de no hacer juicios precipitados, pero estoy sorprendido por los resultados en el contexto actual de una Comunidad que siento como mía, porque allí crecí desde niño y le profeso un gran respeto y agradecimiento por lo que allí aprendí. La polarización derecha-izquierda ha sido una realidad, con altas cotas de crispación y desasosiego, pero la campaña ya dejaba entrever por lo manifestado por determinados líderes de la ultraderecha y derecha ultramontana que lo que menos importaba, a veces, era el electorado, si nos poníamos a analizar lo que ha ocurrido en esa Comunidad en los últimos catorce meses de pandemia. Para mí es inconcebible que con los datos estadísticos de muertes de personas mayores en residencias, escasez de profesionales y recursos sanitarios de todo tipo, caso omiso casi constante de las directrices del Consejo Interterritorial de Salud y gasto incontrolado en recursos hospitalarios que podían haberse empleado en dotar mejor a los ya existentes, se premie esa gestión con una consolidación de la misma a través de las urnas. Datos democráticos, sí, pero al César lo que es del César. Es verdad también, que la llamada “izquierda” ha demostrado hasta casi el último momento que sigue tan “desunida” como habitualmente viene pasando en las últimas décadas y de aquellos polvos de sopa de siglas vienen estos lodos. La realidad es que la mesa política de la democracia está servida, pero creo que hay un serio problema en los miles de comensales que nos sentamos en ella: la corrupción de la mente.

Me he retirado al rincón de pensar, visitando previamente mi clínica del alma, es decir, mi biblioteca, para intentar reabsorber lo ocurrido con lecturas clarificadoras como las de Emilio Lledó, a través de un libro que leo con frecuencia, Sobre la educación, en el que figura un artículo precioso, Juan de Mairena, una educación para democracia, en el que hace una advertencia sobrecogedora sobre la corrupción de la mente: “Sorprende que con el enorme y tal vez desmesurado retumbar de las noticias sobre corrupción, no se haya entrevisto la peor de las corrupciones, mucho más grave aún que la de la supuesta apropiación de bienes ajenos o la utilización de la venta de los bienes públicos para engordar los privados. Me refiero a la corrupción de la mente, a la continua putrefacción de la conciencia debida, entre otras monstruosidades de degeneración mental, a la manipulación informativa. Estas corrupciones no son instantáneos desenfoques de la visión. Al cabo del tiempo esos manejos en nuestras inermes neuronas acaban por distorsionarlas, desorientarlas y dislocarlas. Difícilmente podrán hacer ya una sinapsis, una conexión pertinente y correcta” (1).

El daño al denominado principio de confianza debida en democracia representativa, es un ejemplo muy clarificador de la corrupción mental por la manipulación informativa que se pueda recoger en letra impresa en los programas políticos y en las intervenciones públicas de sus líderes en mítines, tertulias, comparecencias en ruedas de prensa y en mensajes explícitos en redes sociales, como hemos podido constatar en la campaña de las elecciones últimas a la Comunidad de Madrid. La manipulación permanente mediante compromisos falsos acaba “distorsionando, desorientando y dislocando” las creencias de los votantes. Es por lo que en pleno retiro voluntario pido, con profundo respeto ciudadano, que se ponga una especial atención a no corromper la mente de las personas que pertenecemos al club ciudadano de las personas dignas, que somos millones en este país. Estamos acostumbrados a votar sin conocer con detalle el contenido de los programas políticos y luego vienen los escándalos farisaicos cuando denunciamos que no se cumplen determinados aspectos de los mismos, porque lo que allí se prometía no era verdad, se falseaba su auténtica razón de ser y estar en el programa político correspondiente. Es imprescindible conocerlos al detalle con anterioridad al voto, para conocer la posibilidad real de cumplimiento de su verdad o mentira intrínseca, pero también acusan un desgaste en su formulación, porque la participación real e identitaria en la redacción de los mismos, casi siempre es delegada en las siglas y en representantes que desconocemos. Las nuevas tecnologías y las redes sociales deben y pueden tener ahora un papel fundamental en estas formulaciones, es decir, en la participación real y efectiva de los militantes y de los llamados “simpatizantes” o personas en general con creencias.

En el marco de lo expuesto anteriormente sobre corrupción de la mente, hago de nuevo una llamada de atención a los partidos de izquierda sobre todo, pero también a todos los que participen en los próximos comicios, que vendrán en democracia antes de lo que muchas veces está escrito y previsto, porque hasta que cambien las leyes actuales hay que blindar la defensa constitucional actual de la democracia representativa que debe cuidar hasta extremos insospechados la participación de la ciudadanía. Para ello, es necesaria la educación en valores ciudadanos, que no se improvisan sino que son el resultado de una educación personal, familiar y social, constantes en el tiempo. Por extensión, educación política. La participación ciudadana, organizada, es la respuesta, pero dejando abierta la posibilidad de generar liderazgos que arrastren conciencias humanas bien informadas, a veces en minorías o mayorías silenciosas o ruidosas, que después se llamarán votos. La educación política es la única fuerza capaz de contener la corrupción política de la mente.

Comprendo muy bien por qué Emilio Lledó adjunta una referencia de Juan de Mairena, el heterónimo de Antonio Machado, al texto recogido al comienzo de estas palabras: “Por debajo de lo que se piensa está lo que se cree, como si dijéramos en una capa más honda de nuestro espíritu. Hay personas [hombres, en el original] tan profundamente divididas consigo mismo, que creen lo contrario de lo que piensan. Y casi -me atrevería a decir- es ello lo más frecuente. Esto debieran tener en cuenta los políticos. Porque lo que ellos llaman opinión es más complejo y más incierto de lo que parece. En los momentos de los grandes choques que conmueven fuertemente la conciencia de los pueblos se producen fenómenos extraños de difícil y equívoca interpretación: súbitas conversiones, que se atribuyen a interés personal, cambios inopinados de pareceres, que se reputan insinceros, posiciones inexplicables, etc. Y es que la opinión muestra en su superficie muchas prendas que estaban en el baúl de las conciencias”.

En los momentos que vivimos de tanta corrupción mental, nos hacen falta personas como Emilio Lledó, que nos recuerden que la palabra es un medio político inalienable para construir nuestras casas, nuestras ciudades, nuestras amistades, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra ideología, tal y como nos lo recuerda siempre Aristóteles en un texto muy querido para este autor: “Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y eso es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (2).

(1) Lledó, Emilio (2018). Sobre la educación. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, p. 127.

(2) Aristóteles (2000). Política. Madrid: Biblioteca Básica Gredos, 1253 a.

NOTA: la fotografía de Emilio Lledó se ha recuperado hoy de Emilio Lledó: ‘Nunca he sido un hombre importante’ | Crónica | EL MUNDO

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