Un poema especial en el Día del Libro 2021

Sevilla, 20/IV/2021

El próximo viernes, 23 de abril, se celebra a nivel internacional el Día del Libro. Sé que es una efeméride más que está muy cerca del Mercado de los Días, pero también soy consciente de que el trabajo de narrativa, poesía, ensayo, traducción, edición y así decenas de trabajos en torno al libro, tienen un precio que hay que protegerlo legalmente, reconocerlo y pagarlo. El problema radica cuando se confunde, como hace todo necio, el valor y el precio de los libros, pasando a ser una mera mercancía más en el gran bazar del mundo y en el Mercado de los Días que citaba anteriormente.

Dicho esto a modo de declaración de principios, quiero centrarme hoy en la celebración de este año, que ha escogido con el patrocinio del Gobierno de España un mensaje en torno a un verso de Francisco Brines Bañó, Premio Cervantes 2020, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, en un año para no olvidar por lo que ha supuesto para el mundo en general y para este país, en particular, también en el ámbito de la cultura. Brines es un poeta con una larga trayectoria, con una obra muy interesante y llena de sentido existencial, que llevó el año pasado a que el jurado del Premio Cervantes dijera de él que “Es el poeta intimista de la generación del 50 que más ha ahondado en la experiencia del ser humano individual frente a la memoria, el paso del tiempo y la exaltación vital”, una generación a la que pertenece también un poeta muy presente en hojas de este cuaderno digital, Ángel González.

Tengo que agradecerle como andaluz respetuoso con la historia de sus poetas más preclaros en esta tierra, que Brines leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en 2006, dedicándolo íntegramente a Luis Cernuda, Unidad y cercanía personal en la poesía de Luis Cernuda, «por lealtad», porque siempre ha reconocido que le debía mucho,  por «la conmoción» que la lectura de su poesía le ha causado desde joven y el magisterio que ha ejercido sobre su propia obra, que «como nadie, había sabido incorporar con tanta verdad y completud al hombre que él era en las palabras escritas». Siempre reconoció también su admiración hacia Juan Ramón Jiménez, hasta el punto de que llegó a manifestar en el discurso citado que “ninguno de ellos podía ya protestar ni retirarme su amistad, si la hubiese yo merecido anteriormente. Al fin y al cabo, también en vida tuvieron tiempos de bonanza y afecto, y cuando lo hice pensé en aquellos”, porque siempre quiso dedicarles sus primeros libros, como señal de agradecimiento y afecto.

He elegido dos poemas de su extensa obra, como elección personal y transferible, porque creo que resumen muy bien su forma de ser y estar en el mundo y porque de esta forma vamos preparando la celebración de ese gran día de la cultura, conociendo un poco más a Brines, sus palabras, sentimientos y emociones, sobre todo en torno al verso elegido como hilo conductor de este día, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, que puede ser más profundo si cada uno, cada una, leemos una parte de este poema completo, Desde Bassai y el mar de Oliva, en El otoño de las rosas (1986), escuchándolo también con sus propias palabras y de viva voz (1):

A José Manuel Blecua

Era en aquel viaje por las tierras dormidas de la Arcadia,
para encontrar el templo en donde floreciera la primera
sonrisa del capitel de acantos (o de rosas),
allí donde la ausencia adusta del cestillo era un canto de fuego
y de cigarra.
Las columnas de piedra sostenían el pájaro y el cielo.
Los pájaros azules, el cielo derribado.
El féretro estival del tiempo destruido. Y todo se perdía y era
eterno.
Yo miraba en tus ojos el mundo que era estable y muy viejo, y
tú sonabas sólo como la juventud.

Y antes vi el mar, en esas horas solas de la siesta,
cuando el sol enloquece su extensa superficie, y brilla en aire
de oro suspendido
esa frescura eterna que hace dioses muy niños los ojos del que
mira,
cuando llegan veloces y pausadas las velas lejanísimas,
y sólo existe el mar, el cuerpo de una gloria azul e inacabable,
y aquel que lo contempla con ojos escondidos, y la mirada
ardiente:
el muchacho, con un secreto amor también inacabable de sí
mismo,
porque el mundo y la vida se hospedan sólo en él.
Y nadie aún existía que a él le desplazara, ni tu humana
hermosura.

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas,
y el templo, con las puertas cerradas, es triste, y es católico.
Alguien me dio un abrazo de adiós definitivo en un andén
muy agrio
y en los espejos busco, y araño, y no lo encuentro
a ese que fui, y se murió de mí, y es ya mi inexistencia.
Lo siento más extraño que a mí mismo,
cuando tienda a saberme desde mi ceguedad y todo sea el hueco,
y esto es así porque percibo un resto muy breve de su luz todavía.

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió
la tarde.

Escuchando este verso último, de la voz de Brines, he recordado algo que leí hace un tiempo y que me pareció un excelente resumen de su contenido: “Alguna vez el propio poeta ha afirmado que este verso podría servirle de epitafio, pero también cabría apropiárnoslo como emblema, y resumen, de su poesía. En efecto, toda la lírica del valenciano parece partir de ese lugar fantasmal de la memoria, de ese tiempo que no existió y al que, sin embargo, se vuelve una y otra vez. Tal vez porque en ese lugar (o no-lugar) se asienta todo el poder fundacional de la infancia, que en Brines se identifica con un nombre propio, Elca, la casa familiar rodeada de pinos y naranjos. Y no falta en el citado verso la referencia sensorial, la de un aroma que, de un modo casi proustiano, se asocia al pasado, como una espectral promesa de recuperación de lo perdido (si es que se puede recuperar, y perder, lo que no se tuvo nunca)” (2)

El segundo poema elegido hoy es El porqué de las palabras, incluido en su libro Insistencias en Luzbel (1977). Quien hojea este cuaderno sabe el valor que doy a la palabra, que todavía nos queda, adquiriendo hoy una nueva dimensión al profundizar en cada verso de Brines, en torno a la palabra, un contrapunto existencial que se adivina en su amor a la vida que, difícilmente se puede explicar con “vagos signos”:

A Fernando Delgado

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.

Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y que renuevo;
desasosiega, y es
remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.

No tuve amor a las palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?


En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta reflexión y el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.

Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todos son gestos, muertes, son residuos.

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

(1) Brines, Francisco (2019). Antología personal. De Viva Voz (Voz de Francisco Brines). Madrid: Visor Libros.

(2) Francisco Brines: duelo y celebración – El Cuaderno (elcuadernodigital.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.