Una imagen para mil preguntas

El buque de Salvamento Marítimo, guardamar Talía, remolcando el cayuco en dirección al puerto de Los Cristianos (Tenerife) / EFE

Sevilla, 29/IV/2021

Desde anoche mantengo en mi mente la imagen del Guardamar Talía, una embarcación de Salvamento Marítimo remolcando a babor el cayuco descubierto en altamar el pasado lunes, con 24 cadáveres a bordo (22 adultos y dos menores), en el que viajaban 27 personas de origen subsahariano, de las cuales sólo tres pudieron ser rescatadas con vida por un helicóptero del Servicio Aéreo de Rescate (S.A.R.) y trasladadas a un hospital de Valverde en la isla de El Hierro (Canarias). 

Nunca mejor dicho, esa imagen vale más que mil palabras, aunque creo que vale también para hacernos más de mil preguntas en este mundo al revés de la migración, sobre la que tantas veces he escrito en este cuaderno digital de búsqueda de islas desconocidas. Hoy, cuando ya ha llegado al puerto de Los Cristianos, en Tenerife, vuelvo a hacerme más de mil preguntas, porque siguen faltando respuestas.

Lo he manifestado en estas páginas recientemente: Sigue faltando la respuesta veraz y contundente de una política europea para afrontar y erradicar definitivamente el problema de la migración que se concentra ahora, concretamente, en las otras orillas desde las que provienen estos migrantes, territorios de muerte en vida, donde la mafia hace estragos a diario. Mientras no exista una acción comunitaria bien armada y en todos los frentes posibles, acción directa económica y social en los países de origen de los migrantes, acción conjunta y solidaria ante la acogida que se pueda producir en el tránsito hasta la solución final y legislación que respete ante todo los derechos humanos en todas y cada una de sus manifestaciones, siempre serán necesarios los símbolos de servicios públicos de rescate como el de este cayuco y solidaridad pública a través de ONG que recojan del mar a personas que necesitan ser atendidas en su desesperación humana, como lo simboliza esta semana el cayuco atendido por el SAR y por el Guardamar Talía, con el triste resultado que conocemos ya de forma detallada.

Una vez más necesito encontrarme, como Benedetti deseaba cuando ya era mayor, con el Después de cada rescate que lleve a cabo el barco de Salvamento Marítimo, frustrado parcialmente en este caso, o de cualquier ONG, mientras no se aborden los problemas migratorios de Europa, que continúan en plena pandemia, en una Cumbre Especial y Urgente del Después, como ya denuncié en agosto del año pasado“¿y qué dirá el Después / después de todo? / tengo la impresión de que sus brazos / empiezan a cerrarse / y es ahora mi muerte meridiana / la que en silencio está diciendo ven / pero yo me hago el sordo”. Es lo que pasa cuando conjugamos el verbo “callarse” ante cualquier injusticia por pequeña que sea, en silencios cómplices vergonzantes de un presente de indicativo muy triste: yo me callo, tú te callas, él se calla, nosotros nos callamos, vosotros os calláis, ellos se callan… Incluso cuando navegamos por el mar abierto de la vida y vemos que se cruzan con nosotros personas con miradas y peticiones de aliento para seguir viviendo. Como las de las 27 personas a bordo de este cayuco que ha sido noticia esta semana que, una vez más, será una noticia efímera, en un mundo efímero, que trata a la ética hacia los migrantes el mar como algo legal y escandalosamente efímero.

He necesitado 705 palabras para plantear algunas preguntas, en el gran teatro del mundo, que representa hoy, paradójicamente, el nombre de la Guardamar Talía, la musa del teatro griego. Entre las que podamos hacer todos, quizá podamos salir de determinados silencios cómplices y encontrar respuestas concretas a más de mil preguntas, cada uno en su aquí y ahora, para ayudar a estas personas migrantes que están mucho más cerca de nosotros de lo que a veces creemos. Por ejemplo, cuando nos quieren vender unos pañuelos por la ventanilla del coche y quizás no las abrimos ni les decimos siquiera “buenos días, adiós o gracias”, algo más allá de la moneda que les podamos entregar incluso a cambio de nada. Los situamos, como al cayuco de la foto, a babor en nuestras vidas.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de elconfidencial.com: Se eleva a 24 el número de fallecidos del cayuco remolcado a Los Cristianos (elconfidencial.com)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Los cómicos de la Feria

Somos pobres con iPhone, Netflix, Tinder y Glovo

Ana Iris Simón

Sevilla, 27/IV/2021

En el “discreto encanto de la burguesía” madrileña de mediados del siglo pasado, hablar de cómicos y feriantes era como hablar de la peste y de mala educación, porque se daba por hecho que no eran gentes de bien. Craso error que tuve que sufrir durante muchos años, sobre todo cuando se asociaba mi apellido a la gran actriz de finales del XIX y principios del XX, Carmen Cobeña, emparentada probablemente con nuestra familia, hecho genealógico que estoy estudiando en la actualidad: “¿qué quieres ser, cómico como ella?”, me preguntaron en alguna ocasión. De esta forma, cualquier sueño de hacer cosas diferentes al guion oficial establecido por el Régimen en el ámbito de la cultura, quedaba finiquitado para siempre. Las ferias…, ni verlas.

A mayor abundamiento, he recordado en este cuaderno digital una película de culto, inolvidable, El viaje a ninguna parte (1986), porque muchas veces la reproducimos, salvando lo que haya que salvar, como un guion de película sempiterno en el gran teatro del pequeño mundo de cada uno. Aquella hermosa película de Fernando Fernán-Gómez quiso mantener el mensaje de respeto a los cómicos de la legua, que viajaban siempre hacia una misión posible para el alma humana, aunque a veces fuera a ninguna parte de la sociedad de consumo: hacer felices a quienes los veían, sabiendo que venían de lejos, interpretando la vida y la muerte de la mejor forma que habían aprendido a hacerlo: viajando por esos caminos de Dios hacia el mejor destino humano: el corazón de las personas. Y con una dolorosa transición histórica de medios y público, del teatro al cine, como suele pasar en la vida de cada uno, de todos.

Feria, Ana Iris Simón / Círculo de Tiza

He recordado este viaje hacia la parte de los cómicos y su presencia en las ferias de los pueblos y ciudades, al conocer la publicación de una periodista manchega, Ana Iris Simón, nacida en Campo de Criptana, con un título que refleja el mundo de secreto de la vida, Feria, como si quisiera recordarnos cómo era la bella misión de aquellos feriantes que intentaban siempre hacer felices a los que acudían a ellas durante el tiempo que durara aquello. De esta forma, como su proyecto ferial era muy bueno, era dos veces bueno. La gran contradicción es que aquella forma de hacer felices a los demás en el mundo de las ferias ha ido desapareciendo poco a poco, aunque tengo que reconocer que el mejor viaje hacia ninguna parte que conozco es el que se desarrolla en la novela de origen y, después, en aquella hermosa película del mismo nombre. Quizá porque cualquier parecido de lo allí expuesto con la realidad no es pura coincidencia.

La sinopsis del libro son tres trazos extraordinarios para animar a que leamos este libro: “Ana Iris creció escuchando a sus abuelos el relato de dos mundos que se desvanecen. Unos, feriantes, quejándose de que cada vez tenían más trampas y menos perras, porque a medida que la vida se convertía en una feria —la de las vanidades—, la auténtica feria dejaba de tener sentido. Los otros abuelos, campesinos, le transmitieron el arraigo mágico de la tierra. Y fue ese abuelo el que la llevó un día a un almendro y le dijo que lo había plantado él, así que pa ella era su sombra” (1).

El texto se desarrolla en un contexto que la autora refleja muy bien utilizando un lenguaje llano y muy accesible para todos: “Feria es una oda salvaje a una España que ya no existe, que ya no es. La que cabía en la foto que llevaba su abuelo en la cartera con un gitano a un lado y al otro un Guardia Civil. Un relato deslenguado y directo de un tiempo no tan lejano en el que importaba más que los niños disfrutaran tirando petardos que el susto que se llevasen los perros. También es una advertencia de que la infancia rural, además de respirar aire puro, es conocer la ubicación del puticlub y reírse con el tonto del pueblo. Un repaso a las grietas de la modernidad y una invitación a volver a mirar lo sagrado del mundo: la tradición, la estirpe, el habla, el territorio. Y a no olvidar que lo único que nos sostiene es, al fin, la memoria”.

Finalmente, por hoy, un entrecomillado mágico que encierra la quintaesencia de su obra para volver inexorablemente a la tierra que nos vio nacer: “Tendré que llevarte al cerro de la Virgen y tendré que decirte que eso es La Mancha y que es de esa tierra naranja de donde venimos, que ese manto de esparto que no acaba nunca es lo que eres. Tendré que explicarte lo que es un Pueblo y sabrás que el nuestro está atravesado por tres realidades: la ausencia total de relieve, el Quijote y el viento. Tendré que recordarte que eres nieto de familia postal, bisnieto de campesinos y feriantes, tataranieto de carabinero exiliado y de quincallera, y que sientas entonces que eres heredero de una raza mítica”.

Con esta tríada literaria sobre Feria, no me queda otra que viajar hacia esta obra, sabiendo que voy a encontrar allí lo que de verdad nos sostiene: la memoria. Gracias Ana Iris Simón por regalarnos vida y a la editorial, Círculo de Tiza, por publicarla. No olvido quienes son en esta editorial, no inocente, ni por qué hacen lo que hacen: “En el mundo de los libros hay ejemplares singulares, libros sensibles, bien escritos, que llegan al corazón de quien se atreve a leerlos. Son textos que no entran en el circuito de las grandes editoriales. Se desestiman porque no interesan a la mayoría. Esos son los libros que deseamos compartir con quienes queráis formar parte de Círculo de Tiza. Un círculo de tiza es una órbita que podemos ampliar o reducir sencillamente, con solo el gesto de una mano. Pero es también una ficción y un juego que implica comunidad, intereses compartidos”. Todo ello, amparados por una cita preciosa de Bertolt Brecht: “¡Como nadie te quiere, tengo que quererte yo! (en El círculo de tiza caucasiano)”.

(1) Simón, Ana Iris (2021). Feria. Madrid: Círculo de Tiza.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

Arte mural y rural en Andalucía

Caballo, de Sergio Romero, obra más votada del certamen de pinturas murales convocado por el Ayuntamiento de Villanueva de San Juan, Sevilla

Sevilla, 27/IV/2021

No es la primera vez que escribo en este cuaderno digital sobre el arte urbano reflejado en murales, porque hace unos años dediqué unas palabras al museo al aire libre de pinturas murales realizadas en el Polígono de San Pablo, en Sevilla, un barrio humilde que acogió en 2010 una iniciativa maravillosa, Arte para todos. Hoy, merecen nuestra atención cinco obras murales pintadas en un pequeño pueblo de la sierra sur de Sevilla, Villanueva de San Juan, en la que varios artistas, gracias a una interesante iniciativa cultural de su Ayuntamiento,  han dado vida a la intrahistoria de esta población de apenas 1.100 habitantes, que cada año se vacía en una proporción preocupante. Un museo al aire libre con una memoria histórica de gran interés social, en alta disponibilidad para verlo y comprenderlo desde sus aceras como le hubiera gustado hacerlo a la gran urbanista Jane Jacobs.

Son solo cinco obras pero que condensan diversas perspectivas de la vida diaria en este enclave rural, simbolizando una forma diferente de interpretar la vida a través de la cara de Juan, un rostro surcado de arrugas como si representara el mimetismo con la tierra arada durante tantos años por las personas mayores de Villanueva de San Juan, de Andalucía, de nuestro país; la de una abuela peinada con inmenso amor por su nieta desde un patio interior, realizada sobre la imagen de una mujer auténtica que guarda secretos rurales de incalculable valor; una cabeza de caballo de estilizada figura, que nos lleva la mano a nuestro pecho al observarlo con detalle; un bodegón con predominio del amarillo albero tan característico de esta tierra y, finalmente, un mural que a modo de collage de memoria histórica interpreta la larga historia que encierran las paredes de sus casas, oficios y trabajos ordinarios con un guiño especial al duro mundo del trabajo doméstico y rural de las mujeres, nunca bien reconocido por este país, a través de la dura tabla de lavar.

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Mural, Alberto Montes / Sergio Gambín

Pase y vean. Arte en estado puro, según manifiesta Alberto Montes, unos de los artistas participantes en esta brillante tarea artística, nacido en un pueblo próximo, Los Corrales, cuando diferencia el grafiti y el muralismo contemporáneo, porque este último -en el que trabaja últimamente- es un esfuerzo “por explorar y establecer un diálogo con el entorno en el que se ejecuta la obra, algo que va mucho más allá del ego de dejar una firma visible sobre la pared entre colores llamativos” (1). Impecable definición sobre estas obras de una belleza especial, sobre todo cuando hablamos de arte para todos, como el de la iniciativa, también en esta tierra, que llenó en 2010 de alegría y color unas calles de esta ciudad, Sevilla, territorio «en el que se puede ser feliz», en una expresión maravillosa de Stefan Zweig en una visita a esta tierra, en la que hoy podríamos sustituir su referencia a “ciudades” (Sevilla) por “pueblos” (Villanueva de San Juan), porque sería los mismo: “Hay ciudades en las que nunca se está por primera vez. Deambulas por sus calles desconocidas y sientes como si de todos los rincones te acudieran los recuerdos, te llamaran voces amigas. Su rostro -porque las ciudades puedes ser como las personas: tristes y viejas, risueñas y jóvenes, amenazadoras y gráciles, dulces y afligidas- te suena de una ciudad hermana, o de una imagen, de un libro, de una canción. Y Sevilla es así” (2). Villanueva de San Juan, también.

Juan, Ángel Caballero Rioja (Xolaca)

Desde un patio interior, Virginia Bersabé

Amarillo albero, Marta Lapeña

(1) El arte ‘urbano’ también se hace rural (diariodesevilla.es)

(2) Stefan Zweig se enamoró de Sevilla – «El mundo sólo tiene interés hacia adelante…», Pierre Teilhard de Chardin (joseantoniocobena.com)

NOTA: las imágenes se han recuperado hoy de El arte ‘urbano’ también se hace rural (diariodesevilla.es)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓNJosé Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo, no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

En tiempos de turbación se premian las mudanzas

Sevilla, 26/IV/2021

«Cuando me acerco a Nomadland, me considero el protagonista de la última estrofa de la canción [Nómadas] de Battiato, un forastero que busca el sentido de la vida, como un nómada impenitente en este loco mundo diseñado a veces por el enemigo: «Forastero que buscas la dimensión insondable / la encontrarás fuera de la ciudad, al final de tu camino». Además, Ludovico Einaudi pone música a esta banda sonora tan especial de la película, que le agrega otra garantía de éxito y calidad más allá de los objetivos del mercado». Así lo expresaba el pasado 14 de abril cuando escribía sobre esta película que, finalmente, ha sido premiada con tres estatuillas en la gala de los Óscar, organizada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de EE UU y celebrada hace unas horas en Los Ángeles, en su 93ª edición.

Se han cumplido todos los presagios y Nomadland ha sido premiada como mejor película, mejor dirección (Chloé Zhao) y mejor actriz protagonista, Frances McDormand. Un éxito en toda regla en un país tan controvertido y con un argumento alternativo en la realidad social americana.

Vuelvo a publicar aquellas palabras, que pretendían hacer un homenaje a una actitud vital muy necesaria en la vida: el viaje eterno que hacemos a diario solamente por el simple hecho de haber nacido como «forasteros que buscamos el sentido de la vida, como nómadas impenitentes en este loco mundo diseñado a veces por el enemigo». Ahora, por la pandemia. A pesar de que algunos hemos crecido con el consejo ignaciano grabado a fuego en nuestras vidas: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar» (Quinta Regla de la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales).

Los nómadas buscamos siempre rincones de tranquilidad

Sevilla, 14/IV/2021, en el 90 aniversario de la proclamación de la Segunda República en este país, un día especial para los que amamos la “res publica”, la cosa pública, el interés general en beneficio de todos como ideología, nómadas redomados y, a veces, nadies, que hacemos un largo viaje en un mundo complejo y bastante desajustado, en medio de tumultos civilizados, entre claroscuros y la dura monotonía de los días que pasan, esperando siempre un nuevo despertar.

Así empezaba la canción de Franco Battiato, Nómadas (1987), que forma parte de la banda sonora de mi vida: Nómadas que buscan los ángulos de tranquilidad, / en las nieblas del norte, en los tumultos civilizados, / entre los claroscuros y la monotonía de los días que pasan. Lo he recordado al conocer la trayectoria última de una película multipremiada, Nomadland, recientemente estrenada en nuestro país, escrita y dirigida por Chloé Zhao (Pekín, 1982), con un guion basado en el libro País nómada. Supervivientes del siglo XXI (Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century) de Jessica Bruder, una historia que conmueve en tiempos en los que se nos aconseja, incluso prohíbe, hacer mudanzas. Battiato me susurraba a los oídos, en mis años jóvenes, algo transcendental en la vida de los nómadas de espíritu: Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo / la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino. / Bajo el tránsito de la aparente dualidad, / la lluvia de Septiembre despierta el vacío de mi cuarto / y los lamentos de la soledad aún se prolongan.

Con este estado de ánimo, me enfrento a la página en blanco en mi mente sobre el argumento de esta película, una historia sencilla de una mujer que abandona su pueblo para dirigirse con su furgoneta, de nombre Vanguardia, al oeste de Estados Unidos, en un viaje hacia ninguna parte o sí, hacia su persona de secreto. Franco Battiato lo cantaba así, como buen cantor, que no cantante (cantor es el que debe cantar y cantante el que puede, que no es lo mismo, como decía Facundo Cabral): Como un extranjero no siento ataduras del sentimiento, / y me iré de la ciudad, esperando un nuevo despertar. / Los viajantes van en busca de hospitalidad, / en pueblos soleados, en los bajos fondos de la inmensidad.

No debo ir al cine en estos momentos para verla en la gran pantalla, por prudencia benedictina, aunque por otra parte me entusiasma la idea de prepararme bien para conocer aspectos esenciales de la misma: argumento, personalidad de la directora y principales críticas. Cuando me acerco a Nomadland, me considero el protagonista de la última estrofa de la canción de Battiato, un forastero que busca el sentido de la vida, como un nómada impenitente en este loco mundo diseñado a veces por el enemigo: Forastero que buscas la dimensión insondable / la encontrarás fuera de la ciudad, al final de tu camino. Además, Ludovico Einaudi pone música a esta banda sonora tan especial de la película, que le agrega otra garantía de éxito y calidad más allá de los objetivos del mercado.

La sinopsis del libro original sobre el que está basado el guion de la película es de una atracción indudable: “Desde los campos de remolacha de Dakota del Norte hasta los campamentos de National Forest de California y el programa CamperForce de Amazon en Texas, los empleadores han descubierto un nuevo grupo de mano de obra de bajo costo, compuesto principalmente por temporeros estadounidenses adultos. Al descubrir que el Seguro Social se queda corto y ahogados por las hipotecas, decenas de miles de estas víctimas invisibles de la Gran Recesión se han echado a la carretera en vehículos recreativos, remolques de viaje y furgonetas, formando una creciente comunidad de nómadas: migrantes trabajadores que se autodenominan workampers. En un vehículo de segunda mano que bautiza «Van Halen», Jessica Bruder sale a la carretera para conocer a estos sujetos más de cerca. Acompañando a su irreprimible protagonista Linda May y a otras personas en la limpieza de inodoros de un campamento, en el escaneo de productos en un almacén, en reuniones en el desierto y en el peligroso trabajo de la cosecha de remolacha, Bruder relata una historia convincente y reveladora sobre el oscuro vientre de la economía estadounidense, que presagia el precario futuro que puede esperarnos a muchos más. Pero, al mismo tiempo, celebra la excepcional capacidad de recuperación y creatividad de estos estadounidenses que han renunciado al arraigo ordinario para sobrevivir. Como Linda May, que sueña con encontrar tierras en las que construir su propia casa sostenible «Earthship», son personas que no han perdido la esperanza”.

Estoy convencido de que la película me encantará y me servirá en mi largo camino existencial, como el de Ulises hacia Ítaca, aunque hoy por hoy, Nomadland, sea sólo una isla desconocida en el archipiélago ético de mi vida. ¡Ah, se me olvidaba! Nos seguiremos viendo en este camino nómada, porque cualquier parecido de la película con la realidad existencial retratada por Jessica Bruder, Chloé Zhao, cantada por Battiato e inspirada musicalmente por Ludovico Einaudi, ya no será una pura coincidencia.

SPOTIFY PLAYLIST – Nomadland Score: Ludovico Einaudi

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25 de abril, una fecha que nos ayuda a proteger la libertad y la democracia

Sevilla, 25/IV/2021, día de san Marcos evangelista y 47º aniversario de la «revolución de los claveles» en Portugal / 00:20 h.

Dedicado de forma especial a nuestro hijo Marcos

Cada año me aproximo en este día a la página en blanco de este cuaderno digital como si fuera la primera vez. Para mí existen dos razones fundamentales para no olvidar su significante y significado, siendo la primera su carácter “santo”, la celebración de la festividad de san Marcos, aunque a mí me gusta hablar de él como el joven periodista que nos transmitió su visión de cómo era Jesús de Nazaret; la segunda, desde la perspectiva más laica posible, la del aniversario de la revolución de los claveles en Portugal, en 1974, a través de una canción que no olvido, Grándola, Vila Morena, cantada por Jose Zeca Afonso, porque la transformación de aquella sociedad anquilosada e instalada en la dictadura fue verdadera y porque demostró que la vida puede y debe ser más agradable para todos, sobre todo para los que menos tienen. Las revoluciones silenciosas o ruidosas existen, son necesarias y triunfan cuando compartimos ideologías, sentimientos y emociones, aunando voluntades. Aquella canción sonó de una forma especial a a las 0.20 horas del día 25 de abril de 1974 en el programa radiofónico Limite,  como segunda y última señal para dar comienzo al movimiento revolucionario en Portugal.

Esta fecha no es inocente en ambos casos, como ocurre siempre con las ideologías cuando son sinceras y comprometidas con las personas que nos acompañan a vivir juntos, con el “tu quiero y mi puedo” que nos enseñó Mario Benedetti y que cada uno, cada una, mejor conoce, se aplica a sí mismo y entrega a los demás. Nuestro hijo Marcos lleva ese nombre porque cuando nació tuvimos presente la interesante vida de su homónimo galileo, aquél amigo y admirador de Jesús de Nazaret, al que le gustaban sus detalles humanos de proximidad a las personas más necesitadas de todo, los nadies de su época, siempre dispuesto a atender a quien lo necesitara, aunque estuviera muy cansado y se durmiera sobre el cabezal del barco (así nos lo ha contado), considerando que su vida y obras eran una gran noticia para el mundo por su marcado interés general. Para mí, un excelente periodista, que contaba lo que interesaba en aquel momento a la gente, en la clave que aprendí de Eugenio Scalfari, el fundador de La Repubblica de Roma, cuando decía que “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Nos hacía ilusión contárselo a Marcos cuando lo pudiera comprender y así lo hicimos, para que siempre fuera portador de las mejores noticias de libertad y democracia a pesar de estar viviendo muchas veces en un mundo al revés.

Respecto de la revolución de los claveles, de la que tuve noticia en mis años jóvenes, concretamente el 25 de abril de 1974, tuve siempre muy claro el papel transcendental que jugó Jose Zeca Afonso, el cantor por excelencia de aquél levantamiento popular, porque debía hacerlo por su compromiso político. Me hice con su canción de forma un poco artesanal por imperativo del Régimen, pero Grándola, Vila Morena me ha acompañado siempre en mis revoluciones interiores, donde estuviera o viviese, que ha sido en muchos puntos cardinales del mundo. Desde entonces, la simbiosis de ambas realidades en torno al 25 de abril han sido una realidad constante. Marcos y la revolución de Zeca, junto al célebre cartel del niño con el fusil, el clavel en la boca del arma y las manos anónimas militares sujetándola como símbolo de paz para todos, que compré para un hijo imaginario en Roma, muy cerca de Rafael Alberti, en la Librería Rinascita, edificio emblemático de su casco antiguo, donde hoy vive gente adinerada por la contradicción del comunismo, situado en la calle de las tiendas artesanales oscuras (botteghe oscure) que tantas veces paseé en busca de la libertad no vigilada por la conciencia insolidaria.

La letra de aquella canción, Grándola, Vila Morena, que vuelve a sonar hoy en mi memoria de hipocampo, puede ser un perfecto guion para entender bien su significado a través de algunas de sus estrofas:

En cada esquina un amigo, en cada rostro igualdad. Maravillosa letra para componer canciones para después de las guerras particulares. Marcos creció de la mano de soledades sonoras, porque la revolución silenciosa debe seguir adelante en el primer mundo. Sigue el cuadro del niño, el fusil y el clavel en su habitación de sueños y trabajo, como mensaje subliminal de que hay que estar cerca de quienes aportan a la sociedad amistad e igualdad, siempre con letra y música de fondo interpretada por Jose Zeca Afonso.

A la sombra de una encina de la que yo no sabía su edad: estas palabras nos sirvieron para comprender a Marcos, su forma de ser, sus sueños, su auténtica personalidad, sabiendo que el compromiso de la encina es dar corazón porque moldea la vida. Su nombre fue un compromiso para el proyecto que más ha ordenado nuestra forma de ser y estar en el mundo, cuando solo tenía segundos de vida real, porque queríamos que él fuera siempre un programa de vida compartida en la cultura de Marcos, aquel cronista del siglo I después de Cristo que nos contó de forma admirable cosas de Jesús de Nazareth, tal y como lo ha confiado a la historia Eusebio de Cesarea: «Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso» (Eusebio, Hist. Ecl. iii. 39). Cosas de un ciudadano especial y tan humano que a veces le vencía el cansancio y se dormía apoyado en el cabezal del barco, como dije anteriormente, soñando que otro mundo era posible. Nos contó cosas de un ser que sigue dando que hablar a las multitudes que siguen creyendo en las revoluciones que permiten a cada persona ser feliz con sus proyectos particulares de vida sin estar mediatizados por el consumo de turno. 

El pueblo es quien más ordena, dice también la canción revolucionaria y siempre se lo hemos recordado a Marcos, tal y como nos lo transmitió aquél joven llamado Marcos, del siglo I que vivía en Galilea y Jose Zeca Afonso en su pequeño rincón de Grándola, bastante avanzado el siglo XX. No lo olvidamos en pleno siglo XXI, cuando la democracia sufre en varios frentes de convivencia por el odio que algunos se empeñan en instalar en nuestra forma de vida. De ahí la necesidad de recordar lo que nos puede mantener vivos y despiertos en democracia (de otra forma no es posible) después de tantos siglos.

Hoy, sigo pensando a estas alturas del siglo, en plena pandemia, que aquél chico tan atrevido, de nombre Marcos, nos dejó palabras escritas sobre la maledicencia y sus portavoces, pronunciadas por su amigo Jesús ante un pobre paralítico indefenso y porque a él lo consideraban un impostor, que leyéndolas de nuevo hoy las considero de un calado excepcional: ¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? (Marcos 2,8), para que no las olvidemos ni siquiera un momento. Aquella revolución que estaba viviendo Marcos y que le costó la vida a su amigo le sobrecogió y hoy nos viene muy bien recordarlo, cuando la democracia en este país corre un riesgo alarmante de perder el control de la convivencia pacífica, por determinados pensamientos en corazones de personas que están muy lejos de la democracia y su aplicación en la vida ordinaria. Creo que al buen entendedor que debe proteger la libertad y la democracia, con pocas palabras basta.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

En medio de tanta crispación, nos hablan Xavier y Carmen

Sevilla, 24/IV/2021

Ayer fue un día para olvidar en la historia de la democracia de este país. La actitud impresentable de la ultraderecha con nombre propio, VOX, negando la mayor sobre las amenazas de muerte a tres representantes políticos, dos de ellos institucionales, solamente puede ser compensada por la noticia de una historia de amor, también con nombre propio, la de Xavier y Carmen, publicada por elDiario.es, como muestra del alma buena de muchas personas de este país, que deberíamos difundir como ejemplo de que la democracia necesita ofrecer serenidad suficiente para que personas como Xavier y Carmen puedan vivir de forma tranquila y digna, en democracia, la difícil experiencia de vivir cada día, incluso apasionadamente.

Xavier y Carmen son dos personas mayores que a su edad, 92 y 90 años respectivamente, necesitan manifestarse a diario el amor que se profesan, al menos así lo piensa Xavier porque Carmen, afectada por Alzheimer, acude a la cita de cada día en el ventanal que le separa de Xavier por la situación actual del coronavirus,  auxiliada por sus cuidadores en un geriátrico de Barcelona, fijando solo su mirada extraviada en su marido que intenta colocar las palma de sus manos junto a las de ella, a través del cristal, para decirle también en el día de ayer, san Jorge, que la sigue queriendo igual que siempre:

–Carmen, que hoy es Sant Jordi. ¡Sant Jordi! ¡El día de la rosa! ¿Me quieres? Ai, senyor… […]

–¡Carmen, hola! ¿Me ves, verdad? ¡Mira qué rosa!

A Xavier le sacan un taburete todos los días que acude al centro, para que se pueda sentar en la acera y sobrellevar mejor el tiempo que pasa en la ventana junto a su mujer: “Esta escena, aunque sin la rosa de Sant Jordi, tiene lugar casi cada mañana en la calle Ripollès, en Barcelona, frente a la Residència Geriàtrica. Es la fórmula que ha encontrado Xavier Antón, de 90 años, para seguir estando cerca de su mujer, Carmen Panzón, de 92, después de que la pandemia obligase a las residencias de mayores a prohibir visitas. Desde hace unas semanas, con los residentes vacunados ya se permite el acceso a familiares, aunque en esta se siguen restringiendo a una visita a la semana. Y esto a Xavier le sabe a demasiado poco. «Yo vengo siempre que puedo, a eso de las 11.00, que es cuando ya están vestidos y desayunados. Los trabajadores ya me conocen y me sacan el taburete», explica el hombre. Suele pasar allí algo más de una hora. Hoy, sin embargo, ha tenido que venir por la tarde, porque antes tenía cita con el dentista. «Le pongo la mano en el cristal, le lanzo besos, hago ver que me caigo, rezamos el padrenuestro… Y a veces se ríe», relata Xavier. Hoy lleva además una rosa. «Nunca hemos sido de celebrar grandes cosas, pero Sant Jordi, sí. La rosa siempre», asegura”.

¡Qué gran lección en medio de tanta crispación y desasosiego! Como soy un buscador nato de islas desconocidas, hoy he querido compartir este descubrimiento tan humano en el mar proceloso de la política en este país, para neutralizar tanto desencanto con la alteración diaria de la democracia, imperfecta muchas veces pero necesaria, yo diría que imprescindible. Es solo un símbolo que retrata muy bien dónde está cada uno en la vida. Necesitamos la democracia como el comer, pero lo sucedido ayer en Madrid nos deja entrever que todos los políticos no son iguales y que si no se para a tiempo esta deriva de crispación y odio el barco de la convivencia pacífica se puede ir a pique. Incluso puede llegar a afectar a Carmen y a Xavier, que representan a millones de personas de bien y demócratas, porque esa acera tan necesaria para Xavier y su taburete se ocupará por la violencia que no suele dejar títere con cabeza, aceras que en democracia son imprescindibles, como explicaba excelentemente, hace ya muchos años, la gran urbanista Jane Jacobs: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en la calle y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (1). Como las de Xavier y Carmen cada día de paz y convivencia democrática en su querido espacio de encuentros.

Esta preciosa historia ha figurado esta semana en la portada de la edición digital del “New York Times”, gracias a unas fotos que les hizo el fotoperiodista Emilio Morenatti para “The Associated Press”. Su historia ha dado la vuelta al mundo. Es verdad que algo hacemos bien en nuestro país y por estos hechos nos deberían conocer siempre. La realidad es que en medio de la crispación nacional, nos han hablado metafóricamente Xavier y Carmen.  El relato puntual de esta historia no podía acabar mejor: “La tarde va cayendo en la calle Ripollès y dentro del centro alguien ha decidido poner música. Suena ‘Dos gardenias para ti’ y un trabajador, ataviado con algo parecido a un EPI –solo en la parte del cuerpo– se pone a bailar con una de las residentes. En la sala de estar que se vislumbra a través del ventanal, una docena de personas mayores echan la tarde alrededor de una mesa, tarareando las canciones y observando a la pareja que baila. También a Xavier y a Carmen, que siguen a lo suyo, con sus muecas y sus golpecitos en la ventana”.

(1) Jacobs, Jane (1961),  Muerte y vida en las grandes ciudades americanas, Nueva York: Vintage, pág. 50.

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de El amor de Xavier, el anciano que saluda cada día a su mujer con Alzheimer a través de una ventana (eldiario.es)

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

La maravillosa aventura de leer un libro

Federico García Lorca junto a su hermana Isabel, con un libro en sus manos

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras.

Federico García Lorca (1931), en la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros

Sevilla, 23/IV/2021, Día Internacional del Libro

El artículo que sigue lo publiqué inicialmente el 23/I/2021, como homenaje a Irene Vallejo por su excelente libro El infinito en un junco, que recomiendo como bálsamo adecuado para cuidar el alma en nuestro desamparo actual por la pandemia y por la desconcertante adaptación paulatina a la nueva normalidad. Recuerdo que sobre las estanterías o nichos (bibliotecas, en griego) donde se colocaban los rollos de papiros que se podían leer en la Biblioteca de Alejandría, figuraba un letrero sobrecogedor: lugar del cuidado del alma o más exactamente “Clínicas del alma”, tal y como nos lo ha transmitido el historiador siciliano Diodoro de Sículo en el siglo I a.C. Suelo hacerle caso y entro con frecuencia en la de mi casa a cuidar el alma. Les aseguro que siempre me reconforta y anima para seguir descubriendo la paz y la belleza de la vida. Háganlo, porque es una experiencia inolvidable.

Uno de los placeres más útiles, en el código ético de Nuccio Ordine, es el de la lectura. Así lo confirma también una escritora extraordinaria, Irene Vallejo, en su libro canónico “El infinito en un junco”, que recomiendo leer en un acto de agradecimiento reverencial a la historia de los libros: “Hablemos por un momento de ti, que lees estas líneas. Ahora mismo, con el libro abierto entre las manos, te dedicas a una actividad misteriosa e inquietante, aunque la costumbre te impide asombrarte por lo que haces. Piénsalo bien. Estás en silencio, recorriendo con la vista hileras de letras que tienen sentido para ti y te comunican ideas independientes del mundo que te rodea ahora mismo. Te has retirado, por decirlo así, a una habitación interior donde te hablan personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para ti (en este caso, mi yo espectral) y donde el tiempo pasa al compás de tu interés o tu aburrimiento. Has creado una realidad paralela parecida a la ilusión cinematográfica, una realidad que depende solo de ti. Tú puedes, en cualquier momento, apartar los ojos de estos párrafos y volver a participar en la acción y el movimiento del mundo exterior. Pero mientras tanto permaneces al margen, donde tú has elegido estar. Hay un aura casi mágica en todo esto” (1). Es excelente esta descripción pero tenemos que pensar que en la historia de los libros, leer no siempre ha sido así. Esta es su grandeza actual.

Las personas que hojean este cuaderno digital y leen sus páginas de navegación en busca de islas desconocidas, saben que considero la lectura como el arte para vivir, para aprender a leer las señales de la vida, porque hablar y escribir es solo cosa de personas. Leer, igual. Es una maravilla constatar que estamos preparados desde la preconcepción y a través del cerebro, para leer, cuando todo está conjuntado para comenzar a unir letras y grabarlas con unas determinadas formas en el cerebro. Agregando, además, sentimientos y emociones, de forma indisoluble, en relación con lo que nuestro cerebro lee. La lectura es un acto de libertad intelectual que se modula a lo largo de la vida, convirtiéndose poco a poco en arte. Desde la escuela infantil y hasta los últimos días de la vida, tenemos millones de posibilidades de leer todo lo que se pone por delante para invitarnos a dar forma a unos caracteres que en sí mismo no son nada sin nuestra intervención personal e intransferible, porque aunque alguna vez leamos algunas palabras junto a alguien, lo que se graba en cada cerebro es irrepetible. Como si fuéramos bibliotecas ambulantes conteniendo siempre lecturas diferentes de textos llenos de palabras sueltas o frases que hemos acumulado en ellas a lo largo de la vida.

En alguna ocasión he manifestado que España es un país de bares, que no de librerías, porque la lectura no es una tarea habitual para millones de ciudadanos que lo habitan. Además, la mercadotecnia se ha apropiado del aserto de Gracián, lo bueno si breve dos veces bueno, dando igual la calidad de lo breve. La mensajería instantánea, por ejemplo, donde WhatsApp se ha convertido en un claro exponente de la brevedad, así como los tuits, se han apropiado de la lectura por excelencia en los micromundos personales y de redes sociales. En un modo de vivir tan rápido como el actual, la lectura pausada y continua es un estorbo para muchas personas, donde el libro supone además un reto casi inalcanzable para el interés humano de supervivencia diaria.

Nos quedan las palabras en los libros. En estos momentos tan delicados para la humanidad por los estragos de la pandemia, tenemos la obligación ética de hacer una operación rescate de placeres útiles como el de la lectura, proclamándola como medio de descubrimiento de la palabra articulada en frases preciosas, cuando lo que se lee nos permite comprender la capacidad humana de aprehender la realidad de la palabra escrita o hablada. Maravillosa experiencia que se convierte en arte cuando la cuidamos en el día a día, aunque paradójicamente tengamos que aprender el arte de leer cuando vamos siendo mayores, porque la realidad amarga es que no lo sabemos hacer, ni hay un compromiso de Estado para que España lea: “¿Pero qué queremos decir con “saber leer”? Conocer el alfabeto y las reglas gramaticales básicas de nuestro idioma, y con estas habilidades descifrar un texto, una noticia en un periódico, un cartel publicitario, un manual de instrucciones… Pero existe otra etapa de este aprendizaje, y es ésta la que verdaderamente nos convierte en lectores. Ocurre algunas afortunadas veces, cuando un texto lo permite, y entonces la lectura nos lleva a explorar más profunda y extensamente el texto escrito, revelándonos nuestras propias experiencias esenciales y nuestros temores secretos, puestos en palabras para hacerlos realmente nuestros” (2).

He comprendido muy bien el interés de Irene Vallejo por ilusionarnos con la lectura, retirándome por unos momentos, al preparar estas líneas, “a una habitación interior” donde me han hablado personas ausentes, es decir, fantasmas visibles solo para mi (en este caso, Federico García Lorca, Nuccio Ordine, Irene Vallejo y Alberto Manguel, entre otros autores) y donde el tiempo pasa al compás de mi interés por escribir de la mejor forma posible, porque comprender y compartir lo que leo es bello y la mejor vacuna contra los males del alma.

(1) Vallejo, Irene (2020). El infinito en un junco. Madrid: Siruela, p. 60s.

(2) Manguel, Alberto (2015, 18 de abril). Consumidores, no lectores. El País, Babelia, p. 7.

CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.

¡Qué solos están en Madrid los nadies, los menores no acompañados y las personas de las colas del hambre!

Sevilla, 22/IV/2021

Me tendrían que fundir de nuevo para quedarme callado ante el espectáculo de anoche de la derecha y la ultraderecha en el debate televisado a seis, que pude seguir a través de la TVE1 y, posteriormente, mediante internet. Una vez más, queda claro que siguen muy solos en Madrid los nadies, los menores no acompañados (menas) y las personas que todos los días acuden a las colas del hambre, los «mantenidos» según esa derecha horribilis. En general, los pobres de toda la vida y los de nuevo cuño en la sociedad hipócrita y mediocre tan actual, parados o personas trabajadoras en precario, en todos los tramos de edad, por ejemplo, a los que detesta la derecha y la ultraderecha ultramontana de este país, que son manipulados hasta la saciedad y con la mayor desvergüenza política que podamos imaginar, simplemente porque son ciudadanos molestos para el decorado hipócrita del gran teatro de la capital de España.

Es la razón que me lleva hoy a no participar de silencios cómplices y para lo que valga, quiero recuperar, actualizándolo, el contenido del artículo que escribí en octubre de 2020 sobre la realidad de la soledad de los nadies en Madrid, ¡Qué solos están en Madrid!, utilizando el paralelismo de una vieja canción de Hilario Camacho que siempre aprecié porque a Madrid la llevo en el corazón.

Mi infancia son recuerdos de Madrid, una ciudad amable, acogedora, a la que llegué cuando sólo tenía cuatro años. No tenía mi casa natal de Sevilla, ni huerto alguno en el que madurara el limonero; mi juventud también se inició allí. Ahora, cuando ya dejé allí las cosas de niño y juventud, regreso mentalmente de nuevo a Madrid y me encuentro con una ciudad en estado de sitio por el coronavirus, con un sentimiento -que intuyo- de soledad institucional de salud pública cuando amanece todos los días. En este sentido he recordado una canción emblemática de Hilario Camacho, Madrid amanece, que dibujó también una ciudad preocupante y que hoy, salvando lo que haya que salvar, nos puede servir para contar a los cuatro vientos esa soledad que embarga a sus millones de habitantes por la mala gestión política del gobierno correspondiente. Fundamentalmente, a los que menos tienen y sobre los que se han centrado muchas veces las medidas restrictivas de las sucesivas olas de la pandemia, cuando de todos es sabido que las condiciones de hábitat en los barrios confinados, hasta un cierto punto, son en muchos casos donde más se muestran los estragos de la pobreza absoluta.

Hilario Camacho escribió la letra de la canción en 1981, tomando conciencia de lo que ya se constataba como una amenaza a la naturaleza y al ser humano en toda regla. Ahora, esa letra nos ayuda a comprender bien qué significa la orfandad de la ciudadanía por no respetarse la correcta política en defensa del interés general, cuyo resultado es, digámoslo sin remilgo alguno, de muerte. Aquella letra resuena ahora en mi mente de forma especial, a modo de denuncia ética:

Madrid amanece
con ruido, con humo
y oscuros borrones
flotando entre nubes.
Madrid amanece
entre sueños perdidos,
confusión y sorpresa
latiendo en las venas.
Y entre tinieblas de fiebre,
se abre paso la luz,
es como una resaca
contagiosa y común,
que te vuelve a recordar,
qué solo estás,
qué solo estás,
qué solo estás,
en medio de tanta gente
una vez más,
una vez más,
una vez más,
qué solo estás,
en medio de tanta gente,
qué solo estás.

Todavía hay más en su canción protesta:

Madrid amanece
con miradas de odio
egoísmo y desdicha,
corriendo sin meta.
Madrid amanece
entre amorosas cadenas,
amarga desidia
y lágrimas ácidas
Y ese llanto salado,
moja tu paladar.
Madrid amanece a través del cristal
que te vuelve a recordar,
qué solo estás,
qué solo estás,
qué solo estás
en medio de tanta gente,
una vez más,
una vez más,
una vez más,
qué solo estás,
en medio de tanta gente,
qué solo estás.

Se despide con tristeza después de contarnos esa realidad de Madrid, que puede ser la de hoy mismo entre amargas desidias y lágrimas ácidas: una vez más, una vez más, una vez más, qué solos están en medio de tanta gente, qué solos están.

Apago el tocadiscos virtual que reproduce de vez en cuando mi banda sonora vital, pongo el brazo en su sitio y me pregunto dónde han estado hasta el comienzo de la campaña de las próximas elecciones de 4 de mayo las fuerzas progresistas en Madrid para denunciar tanta dejadez, tanta estulticia y tanta mediocridad política, dejando en la orfandad más absoluta a la ciudadanía en general y al personal sanitario y de múltiples servicios esenciales, en particular, que han dado muestras en las sucesivas olas de una profesionalidad y generosidad sin límites. Espero que nunca sea tarde si la dicha de un cambio político en la Comunidad se produce finalmente en beneficio de los que menos tienen.

Aunque ahora vivo a más de quinientos kilómetros, siento que mi infancia sigue siendo recuerdos de una ciudad amable, acogedora, a la que llegué cuando sólo tenía cuatro años, donde nunca me sentí extraño o extranjero. No tenía mi casa natal de Sevilla, ni huerto alguno en el que madurara el limonero; pero mi juventud también se inició allí y la ciudad me educó como ciudadano en la dignidad de lo que Antonio Machado sentía como ser un hombre bueno, más que un hombre al uso que sabe su doctrina. Y Madrid me duele en el alma cuando veo a una gran parte de sus millones de ciudadanos, solos y entre sueños perdidos, confusión y sorpresa, mientras la ciudad, en plena campaña, amanece / con miradas de odio / egoísmo y desdicha, / corriendo sin meta… / entre amorosas cadenas, / amarga desidia / y lágrimas ácidas / Y ese llanto salado, / moja tu paladar. Una soledad sonora , en medio de tanta gente: qué solos están los nadies de Eduardo Galeano, los hijos de nadie, los dueños de nada. / Los nadies: los ningunos, los ninguneados, / corriendo la liebre, muriendo la vida, qué solos están, qué solo están…, en medio de tanta gente, qué solos están, una vez más. A salvo, ahora, de los que en el anonimato más profundo los atienden todos los días a pesar de todo, a los que admiro y respeto sin conocerlos. La izquierda, unida, no debería olvidarlos durante esta campaña y sobre todo después, en el terco sufrimiento de cada día, cuando se apaguen los focos, los micrófonos y sólo nos quede el contrapunto de la soledad sonora por la pobreza severa en la conocida y cacareada «capital de España», también tierra de nadies, menas y pobres de severidad extrema, entre otras duras realidades sociales, aunque muchas personas no quieran ni verlos cuando depositen su voto el próximo 4 de mayo.

Mi esperanza actual radica en que su realidad entre también en las urnas. Para que no se olvide…, ni siquiera un momento.

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Con tu puedo y con mi quiero

Mario Banedetti y Luis Pastor

Sevilla, 21/IV/2021

Siento la necesidad de compartir palabras de escritores, poetas y cantores de solidaridad sin límite, al estar ya vacunado con la primera dosis contra el coronavirus, como en un abrazo imaginario con millones de personas en este país que estamos sufriendo los embates de la pandemia y como símbolo de agradecimiento solidario a la ciencia de la vida. Es el motivo por el que resuena hoy en mi mente, más que nunca, una canción contemporánea de Luis Pastor en mis años jóvenes y que me marcó desesperadamente, gracias a la composición de fondo creada por Mario Benedetti en su compromiso activo y porque ahora, más que nunca, ya no somos inocentes / ni en la mala ni en la buena / cada cual en su faena / porque en esto no hay suplentes, con una ideología concreta, que debemos gritar a los cuatro vientos, aunque casi todos seamos iguales ante la COVID-19:

Audio de Mario Benedetti recitando Vamos juntos

Vamos juntos (Letras de emergencia, 1969-1973, Versos para cantar)

Con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

compañero te desvela
la misma suerte que a mí
prometiste y prometí
encender esta candela

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

la muerte mata y escucha
la vida viene después
la unidad que sirve es
la que nos une en la lucha

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

la historia tañe sonora
su lección como campana
para gozar el mañana
hay que pelear el ahora

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

ya no somos inocentes
ni en la mala ni en la buena
cada cual en su faena
porque en esto no hay suplentes

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero

algunos cantan victoria
porque el pueblo paga vidas
pero esas muertes queridas
van escribiendo la historia

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero.

De esta letra se desprende una actitud ante la vida, en permanente lucha y, salvando lo que haya que salvar, podemos llevarla al ámbito de lo que ha supuesto esta pandemia desde el mes de marzo de 2020:

[…] la muerte mata y escucha
la vida viene después
la unidad que sirve es
la que nos une en la lucha

con tu puedo y con mi quiero
vamos juntos compañero […]

Luis Pastor, Vamos juntos

Podemos actuar mejor ante la pandemia y millones de personas en este país quieren hacerlo. Estoy convencido de que todo sería más próspero si se abandonaran las luchas fratricidas y comenzáramos a escucharnos y dialogar sin límites. ¿hay algo más hermoso en la vida diaria que comprender que con tu puedo y mi quiero podemos hacer muchas cosas y avanzar en la dignidad política de cada día que nos obliga como ciudadanos responsables? La respuesta no está en el viento, a pesar de Bob Dylan. Aprenderíamos a perdonarnos y entender que perdonar es comprender y si la actitud de comprender es auténtica estoy seguro de que ya no habría casi nada que perdonar. Sería, sin duda alguna, la mejor vacuna contra el odio y la separación en este país tan cainita. Quizás, bastaría una sola dosis de reflexión para curarnos de esta pandemia de odio al diferente, que nos azota y separa de la dignidad humana, porque pensamos siempre que el otro, casi por definición, no piensa igual que yo y, por tanto, no merece nuestro respeto. Aunque debemos tomar conciencia de que ya no somos inocentes / ni en la mala ni en la buena / cada cual en su faena / porque en esto no hay suplentes y porque para gozar el mañana / hay que pelear el ahora. Con tu puedo y con mi quiero.

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Un poema especial en el Día del Libro 2021

Sevilla, 20/IV/2021

El próximo viernes, 23 de abril, se celebra a nivel internacional el Día del Libro. Sé que es una efeméride más que está muy cerca del Mercado de los Días, pero también soy consciente de que el trabajo de narrativa, poesía, ensayo, traducción, edición y así decenas de trabajos en torno al libro, tienen un precio que hay que protegerlo legalmente, reconocerlo y pagarlo. El problema radica cuando se confunde, como hace todo necio, el valor y el precio de los libros, pasando a ser una mera mercancía más en el gran bazar del mundo y en el Mercado de los Días que citaba anteriormente.

Dicho esto a modo de declaración de principios, quiero centrarme hoy en la celebración de este año, que ha escogido con el patrocinio del Gobierno de España un mensaje en torno a un verso de Francisco Brines Bañó, Premio Cervantes 2020, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, en un año para no olvidar por lo que ha supuesto para el mundo en general y para este país, en particular, también en el ámbito de la cultura. Brines es un poeta con una larga trayectoria, con una obra muy interesante y llena de sentido existencial, que llevó el año pasado a que el jurado del Premio Cervantes dijera de él que “Es el poeta intimista de la generación del 50 que más ha ahondado en la experiencia del ser humano individual frente a la memoria, el paso del tiempo y la exaltación vital”, una generación a la que pertenece también un poeta muy presente en hojas de este cuaderno digital, Ángel González.

Tengo que agradecerle como andaluz respetuoso con la historia de sus poetas más preclaros en esta tierra, que Brines leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en 2006, dedicándolo íntegramente a Luis Cernuda, Unidad y cercanía personal en la poesía de Luis Cernuda, «por lealtad», porque siempre ha reconocido que le debía mucho,  por «la conmoción» que la lectura de su poesía le ha causado desde joven y el magisterio que ha ejercido sobre su propia obra, que «como nadie, había sabido incorporar con tanta verdad y completud al hombre que él era en las palabras escritas». Siempre reconoció también su admiración hacia Juan Ramón Jiménez, hasta el punto de que llegó a manifestar en el discurso citado que “ninguno de ellos podía ya protestar ni retirarme su amistad, si la hubiese yo merecido anteriormente. Al fin y al cabo, también en vida tuvieron tiempos de bonanza y afecto, y cuando lo hice pensé en aquellos”, porque siempre quiso dedicarles sus primeros libros, como señal de agradecimiento y afecto.

He elegido dos poemas de su extensa obra, como elección personal y transferible, porque creo que resumen muy bien su forma de ser y estar en el mundo y porque de esta forma vamos preparando la celebración de ese gran día de la cultura, conociendo un poco más a Brines, sus palabras, sentimientos y emociones, sobre todo en torno al verso elegido como hilo conductor de este día, Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió / la tarde, que puede ser más profundo si cada uno, cada una, leemos una parte de este poema completo, Desde Bassai y el mar de Oliva, en El otoño de las rosas (1986), escuchándolo también con sus propias palabras y de viva voz (1):

A José Manuel Blecua

Era en aquel viaje por las tierras dormidas de la Arcadia,
para encontrar el templo en donde floreciera la primera
sonrisa del capitel de acantos (o de rosas),
allí donde la ausencia adusta del cestillo era un canto de fuego
y de cigarra.
Las columnas de piedra sostenían el pájaro y el cielo.
Los pájaros azules, el cielo derribado.
El féretro estival del tiempo destruido. Y todo se perdía y era
eterno.
Yo miraba en tus ojos el mundo que era estable y muy viejo, y
tú sonabas sólo como la juventud.

Y antes vi el mar, en esas horas solas de la siesta,
cuando el sol enloquece su extensa superficie, y brilla en aire
de oro suspendido
esa frescura eterna que hace dioses muy niños los ojos del que
mira,
cuando llegan veloces y pausadas las velas lejanísimas,
y sólo existe el mar, el cuerpo de una gloria azul e inacabable,
y aquel que lo contempla con ojos escondidos, y la mirada
ardiente:
el muchacho, con un secreto amor también inacabable de sí
mismo,
porque el mundo y la vida se hospedan sólo en él.
Y nadie aún existía que a él le desplazara, ni tu humana
hermosura.

Sigue aún el mar, pero no la mirada, ni las velas,
y el templo, con las puertas cerradas, es triste, y es católico.
Alguien me dio un abrazo de adiós definitivo en un andén
muy agrio
y en los espejos busco, y araño, y no lo encuentro
a ese que fui, y se murió de mí, y es ya mi inexistencia.
Lo siento más extraño que a mí mismo,
cuando tienda a saberme desde mi ceguedad y todo sea el hueco,
y esto es así porque percibo un resto muy breve de su luz todavía.

Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no existió
la tarde.

Escuchando este verso último, de la voz de Brines, he recordado algo que leí hace un tiempo y que me pareció un excelente resumen de su contenido: “Alguna vez el propio poeta ha afirmado que este verso podría servirle de epitafio, pero también cabría apropiárnoslo como emblema, y resumen, de su poesía. En efecto, toda la lírica del valenciano parece partir de ese lugar fantasmal de la memoria, de ese tiempo que no existió y al que, sin embargo, se vuelve una y otra vez. Tal vez porque en ese lugar (o no-lugar) se asienta todo el poder fundacional de la infancia, que en Brines se identifica con un nombre propio, Elca, la casa familiar rodeada de pinos y naranjos. Y no falta en el citado verso la referencia sensorial, la de un aroma que, de un modo casi proustiano, se asocia al pasado, como una espectral promesa de recuperación de lo perdido (si es que se puede recuperar, y perder, lo que no se tuvo nunca)” (2)

El segundo poema elegido hoy es El porqué de las palabras, incluido en su libro Insistencias en Luzbel (1977). Quien hojea este cuaderno sabe el valor que doy a la palabra, que todavía nos queda, adquiriendo hoy una nueva dimensión al profundizar en cada verso de Brines, en torno a la palabra, un contrapunto existencial que se adivina en su amor a la vida que, difícilmente se puede explicar con «vagos signos»:

A Fernando Delgado

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.

Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.
Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era digna del hombre.

Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y que renuevo;
desasosiega, y es
remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.

No tuve amor a las palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?


En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta reflexión y el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.

Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,
pues todo lo contiene su deseo.

Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todos son gestos, muertes, son residuos.

Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.

(1) Brines, Francisco (2019). Antología personal. De Viva Voz (Voz de Francisco Brines). Madrid: Visor Libros.

(2) Francisco Brines: duelo y celebración – El Cuaderno (elcuadernodigital.com)

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