Cuentan que el Rey emérito ya no está en España. Se ha ido después de haberlo consultado con su espejo. Es una noticia de un calado excepcional porque compromete muchas cosas, fundamentalmente la Constitución, al tocar de lleno a la Jefatura del Estado, de la que se debe esperar siempre no heroicidades sino la máxima ejemplaridad en todos los ámbitos de la vida real. Correrán ríos de tinta para analizar todo lo ocurrido, verdaderamente lamentable, pero cada uno tiene una parte en la responsabilidad de analizarlo como es debido.
En este contexto, he vuelto a abrir un libro al que tengo especial aprecio, un cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, pero interpretado y leído por actores que son amigos de Steven Spielberg. Hace ya muchos años conocí una experiencia dirigida por este afamado director, el proyecto Starbright (hoy Starlight), del que aprendí muchas cosas. Pero sobre todo me llamó la atención la publicación de un cuento, El traje nuevo del emperador (1), editado por la Fundación del mismo nombre y con el prólogo de Spielberg, que servía para financiar una parte de los gastos de los diferentes proyectos de la Fundación, que recomiendo leer en su versión al castellano y por sus magníficas ilustraciones. Suelo leerlo a menudo, sobre todo para refrescar siempre una recomendación del reconocido director: ¡Cuidado con los tejedores espabilados!
Hojeándolo con atención, he vuelto a leer la interpretación que del mismo hace la actriz Geena Davis, dedicado especialmente al espejo imperial [o real], que en estos momentos reales creo que ha tenido un papel decisivo:
“Soy PERFECTO
No bromeo, soy perfectísimo. Reflejo las cosas exactamente como son. Soy incapaz de cometer un error.
Es cierto que el emperador y yo hemos discutido a menudo por unos cuantos kilos o por la progresiva extensión de su calva, pero por lo general termina aceptando mi punto de vista. Por esta razón me había divertido tanto con la farsa de los tejedores. Estaba seguro de que una vez que el emperador se contemplara en mi luna el día de la gran prueba final vería la verdad: los ladrones quedarían en evidencia, y al final todos nos desternillaríamos de risa.
Pero no: el emperador se plantó delante de mí y nos miramos el uno al otro. Con los ojos buscaba el reflejo de su persona, pero no podía dejar de mirar los de sus consejeros, que seguían el “ensayo general” desconcertados. Estoy convencido de que Su Majestad vio lo que yo, sin dejar lugar a dudas, reflejaba: un emperador prácticamente desnudo, enmarcado en un espejo; un par de nerviosos “tejedores”; el transparentemente siniestro primer ministro, y todo el cabeceo aprobatorio de la corte imperial de tontos.
Sin embargo, no dijo esta boca es mía. Nadie dijo una palabra. Yo casi me hago añicos por la frustración. Había creído que el emperador era un hombre sensato.
¡Por mi gloria! ¿Es que no se daba cuenta?
Parece ser que no. Muchas veces, los “tejedores” más próximos son los que menos ayudan a ser uno mismo, por muy perfectos que sean. Hasta que un día cualquiera, en un momento especial, un niño o una persona, incluso un juez, da igual que sea mujer u hombre, nos desmontan todos los esquemas de la rutina diaria y salta la posibilidad de ser otros, porque son los que de verdad creen en personas que suelen ir desnudas por el mundo con la obsesión de vivir la perfección apasionadamente, convencidos de que llevan incluso ropa de emperadores, reyes o reinas, cosidos puntada a puntada por modistos o tejedores -supuestamente imparciales- que se refugian en ellos y son incapaces de decir la verdad de lo que está pasando a quienes cosen. Sobre todo, porque son profesionales de la farsa a cualquier precio y de los silencios cómplices.
Así lo leí un día ya lejano y así lo he contado hoy, con un problema serio a diferencia de cómo finalizaban los cuentos en mi infancia: colorín, colorado, este cuento real no se ha acabado.
(1) The Starbright Foundation (1998). El traje nuevo del emperador. Barcelona: Ediciones B.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Basta poco, apenas unos centímetros, un descuido, una palmadita en la espalda, un saludo más efusivo, una risa inocente, un apretón de manos… Todo se detendrá de nuevo.
Sevilla, 3/VIII/2020
Hubiera preferido, como Bartleby el escribiente, no hacerlo. Escribir hoy de nuevo sobre las últimas noticias de comportamientos de jóvenes en relación con el coronavirus, me han consternado y llenado de turbación. Han sido dos noticias en el fin de semana pasado que reflejan una situación muy preocupante en este país, sobre todo desde la perspectiva de una persona que ha vivido la transición de una dictadura a una democracia y donde el mejor termómetro social es evaluar hoy, con una perspectiva de los cuarenta y cinco años transcurridos, la educación integral de los habitantes de este país.
Son dos botones de muestra, pero suficientes para justificar mi consternación. El primero ha ocurrido en Barcelona, ¡Barcelonavirus!, gritaba uno de sus protagonistas. La noticia destacaba una frase estremecedora en boca de una joven sin ataduras ni complejos: “Sinceramente, los muertos me dan igual”. Decenas de jóvenes se saltan en la playa de Barcelona la prohibición de hacer botellón y alegan desconocimiento o falta de alternativas”. Leer el artículo estremece el alma humana y obliga a una reflexión seria y meditada sobre qué está pasando con los jóvenes en este país, porque se puede generalizar a tenor de las noticias en casi todas las Comunidades Autónomas sobre comportamientos faltos de civismo y respeto a lo sucedido con la pandemia hace tan sólo unos días. Avanzar en la lectura del artículo es significativo de lo que está pasando: “La joven, diseñadora gráfica y a la que acompañaban siete amigos con edades de entre 25 y 40 años, argumentaba que “después de tantos meses encerrados” la responsabilidad no podía volver a recaer sobre ellos. “Que lo asuman los políticos”, insistía. Entre las más de 44.000 vidas que, según los cálculos de EL PAÍS, ha segado la pandemia en España, la joven reconoció que no hay la de ningún familiar suyo. “Ley de vida. Sé que es duro lo que digo. Pero es lo que pienso”. Este julio, 107 personas han muerto por la covid-19 en Cataluña”.
La segunda noticia recoge lo sucedido en Torremolinos (Málaga) hace varias semanas pero que ha saltado a los medios de comunicación social ayer por su difusión en las redes sociales: “La policía investiga a un chiringuito de Torremolinos donde un DJ escupió alcohol a los asistentes. El público bailaba sin mascarillas y sin distancia de seguridad”. No había lugar a dudas sobre lo sucedido allí porque fueron centenares de jóvenes los protagonistas, que se pudo ver de forma viral a través de las redes sociales: “Elevado sobre una tarima, sin camiseta ni mascarilla, un joven bebe a morro de una botella de Jägermeister y, acto seguido, escupe el trago sobre las numerosas personas que bailan a su alrededor. Poco después, les ofrece pequeños tragos pasando la misma botella. Son las imágenes pertenecientes a una sesión de música electrónica de un club de playa de Torremolinos (Málaga) que este sábado se difundieron por redes sociales”. Son 22 segundos inquietantes que causan una profunda consternación, a pesar de que el dúo de DJ que actuaba allí haya pedido disculpas que ya no valen para casi nada.
Son dos botones de muestra nada más, pero a lo largo del fin de semana todos los informativos han recogido múltiples espectáculos de jóvenes saltándose a la torera cualquiera de las indicaciones sobre el comportamiento ciudadano y responsable que se espera de la población en general en estos momentos. La vacuna para atacar frontalmente el coronavirus llegará y todos tan contentos, pero para la falta de educación responsable de miles y miles de jóvenes a lo largo y ancho de este país, es decir, lo que está ocurriendo y que todos estamos viendo casi en tiempo real no se cura con una vacuna de educación en vena, dado que estas manifestaciones son el fruto de varias generaciones que han crecido en la falta de valores en el espectro más amplio de conductas que podamos imaginar. Es verdad que nunca se debe generalizar, pero lo que estamos viendo no es una noticia anecdótica, sino que está llevando al país a un nuevo confinamiento moral que no hay por dónde cogerlo.
Me siento consternado en el sentido profundo de la palabra tal y como se recogió por primera vez en el Diccionario de Autoridades publicado en 1729: “Atemorizado, asombrado, perturbado y espantado”. Cualquiera de las cuatro acepciones refleja bien mi estado de ánimo. Tanto que hemos luchado por la instauración de la democracia a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años para recoger hoy lo mal sembrado. También conturbado, atendiendo las ricas acepciones de las Autoridades citadas, porque estoy inquieto, conmovido, confundido y desasosegado, provocando todo ello una mudanza cerebral muy importante aunque siga escuchando la recomendación piadosa de San Ignacio en estos tiempos de coronavirus. Cada día que pasa estoy más convencido de que soy pesimista en el sentido más profundo del término que aprendí del haiku 123, precioso, escrito por Benedetti en 1999 (1): Un pesimista / Es sólo un optimista / Bien informado.
El pasado 26 de julio escribí unas palabras en este cuaderno digital, ¿Por qué los jóvenes ningunean la COVID-19, en un sentido parecido al de hoy, con el agravante de que ya hemos escuchado una frase escalofriante que hiela el corazón: “Sinceramente, los muertos me dan igual” y creo que sobrepasa cualquier posibilidad de comprensión por razón de edad o estado anímico de una juventud muy golpeada en este país por las diferentes crisis que arrastramos hace ya muchos años, básicamente la del paro juvenil.
¿Responsables?, todos, en mayor o menor medida, porque en última instancia el voto depositado en las urnas es lo que permite constituir Gobiernos que, en primera instancia, es responsabilidad personal e intransferible de las personas que los votan y alcanzan la mayoría correspondiente desde 1978. Tenemos lo que votamos y eso nunca hay que olvidarlo. Lo decía en el artículo citado del pasado 26 de julio. “La primera respuesta es una aclaración como punto de partida: no todos los jóvenes actúan así, pero si muchos, me atrevo a decir que miles repartidos por todo el país y a las pruebas de imágenes y datos de contagio me remito. Creo que la principal causa de esta actitud tan generalizada es de base educacional en el amplio espectro de la palabra, es decir, la recibida en sus casas, colegios públicos y privados, institutos y Universidades. También, la que corresponde a la sociedad en general. La educación se considera en muchos ámbitos una inutilidad total, porque de personas educadas no se ha hecho el mundo, dicen algunos, como si la educación fuera solo una actitud formal, que también lo es, sino el fondo en el que se sustentan todos los actos humanos, que llega a ser ética a modo de solería que vamos poniendo en nuestra vida sobre la que pisamos y justificamos todos los actos humanos responsables.
La ausencia de valores, la explosión diaria del consumo en una economía alocada de mercado, el síndrome de la última versión que tantos estragos causa en la juventud porque de todo lo que tengo no tengo lo último de lo último y sin ello no soy nada, las influencias de los “influencers” que casi siempre es consumo puro y duro individual y, además, del caro, así como los estragos del paro juvenil y la corrupción pública y privada, unido todo ello al hastío y a la desafección política generalizada, son una mezcla explosiva de tener o intentar tener y no de ser, lo que justifica que para dos días que vamos a vivir vivamos solo el presente, en un “carpe diem” inverso, porque se entiende al revés de su significado, es decir, vivamos hoy pase lo que pase, porque el mañana no me importa nada. Vivir al día, a la intemperie de la vida, sin preocuparse de nadie y de nada, caiga quien caiga, porque a muchos jóvenes les da absolutamente igual, llámese abuelos, abuelas, personas mayores en general, familia, amigos, compañeros de trabajo, personal sanitario y de servicios que están en alta disponibilidad, incluso cuando esos miles de jóvenes provocadores de contagios se ponen a la cola de los PCR, con mucho miedo dentro del cuerpo, como si ellos no hubieran hecho o provocado nada”. “Sinceramente, los muertos me dan igual”, vuelve a resonar en mi persona de secreto.
Una vez más reitero lo ya expuesto en artículos anteriores: “¿Qué hacer ante el ninguneo de los jóvenes al coronavirus? No hay bálsamos de Fierabrás para una cura de urgencia, sino la urgente necesidad de que los Gobiernos responsables, es decir, el Estado y las Comunidades Autónomas, en sus respectivos ámbitos de actuación, elaboren un Plan Urgente de Actuación, que pasa inexcusablemente por establecer unas pautas de actuación claras, concisas y contundentes para contener no al virus sino estas actitudes irresponsables de jóvenes de muy mala educación en su sentido más profundo, no en cuanto a las formas, que también, sino sobre todo a su fondo. Urgen campañas publicitarias de educación para la salud en tiempos de coronavirus, vigilancia epidemiológica visible, así como información pública diaria de evaluación y resultados fiables que refuercen las actitudes de los jóvenes que actúan adecuadamente y de forma responsable”.
NOTA: el vídeo formó parte de una campaña publicitaria de carácter público, Happy Hour?, que se inició en el mes de mayo en la Región del Véneto, en Italia. Las echo de menos en este país.
(1) Benedetti, Mario (2001). Rincón de haikus. Madrid: Visor Libros.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Constantino Cavafis, Ítaca
Sevilla, 2/VIII/2020
Antes de la pandemia, en este país se viajaba mucho durante este mes, en idas y venidas impensables. Los que hemos optado por iniciar otro tipo de viajes a islas desconocidas, a lo largo del año y utilizando sólo la imaginación, sabemos que la recomendación a Ulises del viaje a Ítaca, según Constantino Cavafis, era una extraordinaria guía de viaje: Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Mas no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuanto ganaste en el camino / sin esperar a que Ítaca te enriquezca.
Lo que pasa es que en los momentos actuales de desconcierto viral, sólo sabemos que no sabemos lo que nos pasa y a la vuelta de cualquier viaje de norte a sur y de este a oeste en nuestro hemisferio particular e inquietante en esta etapa tan larga, protagonizado por el Ulises que casi todos llevamos dentro, puede que nos ocurra como al protagonista de un poema de Ángel González, Los ilusos de Ulises, que tampoco olvido: Siempre, después de un viaje, / una mirada terca se aferra a lo que busca, / y es un hueco sombrío, una luz pavorosa / tan sólo lo que tocan los ojos del que vuelve. // Fidelidad, afán inútil. / ¿Quién tuvo la arrogancia de intentarte? / Nadie ha sido capaz / -ni aun los que han muerto- / de destejer la trama / de los días.
En agosto sigue existiendo el misterio de las trama de cada día, difícil de destejer. Yo he buscado entre las páginas de los poemas de Ángel González alguna solución a este dilema existencial y lo único que he encontrado en sus notas de viajero son unas referencias en su primera página de estas notas que también son inquietantes, referidas contextualmente a una visión de su estancia en Washington: Siempre es igual aquí el verano: / sofocante y violento. / Pero, / hace muy pocos años todavía / este paisaje no era así. Era / más limpio y apacible -me cuentan, / más apacible, más sereno. Así creíamos vivir antes de la pandemia, pero no era verdad, como no lo era la realidad de Washington que experimentó Ángel González: Desde sus pedestales, / los Padres de la Patria contemplan desdeñosos / el corruptor efecto de los días / sobre la gloria que ellos acuñaron. / Ya no son más que piedra o bronce, efigies, / perfiles en monedas, tiempo ido / igual que sus vibrantes palabras, convertidas / en letra muerta que decora / los mármoles solemnes en su honor erigidos. Cambiando lo que haya que cambiar, el misterio sigue estando en destejer la trama de cada día, de cada viaje hacia alguna parte.
Probablemente, habría que editar urgentemente una nueva guía de viajes, la guía Cavafis, para aprender la clave de todo viaje que, en muchas ocasiones, es una mudanza al interior de nosotros mismos. Así lo aprendí hace ya muchos años en un viaje que inicié en el velero “La isla desconocida”, que me mostró José Saramago a modo también de guía para navegantes inquietos, que recomiendo como cita encontrada en la guía de Cavafis, guía imprescindible para personas aventureras que necesitan encontrar islas desconocidas, siguiendo el cuaderno de bitácora del propio Saramago y escuchando la voz protagonista de una mujer admirable que aplica siempre el principio de realidad en su vida: “Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual…”.
Tenemos una oportunidad de viajar de forma diferente en este agosto 2020 tan especial, porque hay que tener claro un destino sorprendente en la nueva normalidad, cada uno la suya, pero necesitamos tiempo y no apresurar este viaje que debe ser siempre hacia alguna parte, cada uno la suya. La guía Cavafis nos da claves importantes en sus versos finales para no equivocarnos al preparar en estos primeros días de agosto los avíos en tierra, antes de iniciar una singladura que no deberíamos olvidar nunca: Ítaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que darte. / Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. / Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Ítacas. Las de hoy, que también existen, las de siempre, abriendo una página de esta guía imaginaria que no olvido: Que muchas sean las mañanas de verano / en que llegues -¡con qué placer y alegría!- / a puertos nunca vistos antes.
NOTA: la imagen de cabecera es un fotomontaje que he realizado sobre la portada de El cuento de la isla desconocida de José Saramago, en la versión en tailandés (เรื่องของเกาะที่ไม่รู้จัก), que pude tener en mis manos y hojear durante la visita a la biblioteca del premio Nobel en Tías (Lanzarote), en el mes de agosto de 2010.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
En la cultura guanche el mes de agosto se conocía como Beñesmer (Luna de Agosto). Dejamos por un momento la romanización del calendario, al haber dedicado este mes al emperador Octavio Augusto, que hizo lo indecible para que agosto no tuviera menos días que su antecesor, Julio, dedicado al emperador Julio César, porque entre emperadores estaba el juego, mejor dicho, el prestigio. Soy una persona enamorada de aquella tierra, Canarias, especialmente de Lanzarote, donde muchos veranos he recuperado su belleza lunar, su mar y su malpaís, algo tan contradictorio pero que César Manrique lo convirtió en algo muy bello. Recuerdo cómo Rafael Alberti expresó su impresión personal al describir aquella isla en una intervención inolvidable que hizo en 1979, en un acto cultural junto a Nuria Espert, en Los Jameos del Agua. Allí leyó un poema dedicado a César Manrique, que reproduzco íntegro por su belleza:
Lanzarote. Primera estrofa (31 de mayo de 1979)
A César Manrique,
pastor de vientos y volcanes
Vuelvo a encontrar mi azul, mi azul y el viento, mi resplandor, la luz indestructible que yo siempre soñé para mi vida.
Aquí están mis rumores, mis músicas dejadas, mis palabras primeras mecidas de la espuma, mi corazón naciendo antes de sus historias, tranquilo mar, mar pura sin abismos.
Yo quisiera tal vez morir, morirme, que es vivir más, en andas de este viento, fortificar su azul, errante, con el hálito de mi canción no dicha todavía.
Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia, y puedo serlo aún, aunque sangrando, profundamente, vivamente herido, lleno de tantos muertos que quisieran revivir en mi voz, acompañándome.
Más no quiero morir, morir aunque lo diga, porque no muere el mar, aunque se muera. Mi voz, mi canto, debe acompañaros más allá de las edades.
He venido a vosotros para hablaros y veros, arenales y costas sin fin que no conozco, dunas de lavas negras, palmares combatidos, hombres solos, abrazados de mar y de volcanes.
Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo. Siento que va a habitarme el fuego que os habita.
En 2014 publiqué un libro en este cuaderno digital, La Tegala de Saramago, dedicado al premio Nobel portugués, que vivió hasta su fallecimiento en Tías (Lanzarote), en un lugar que visité días después de su ausencia definitiva de esa tierra volcánica en 2010. Saramago, desde su tegala particular, nos ha dejado un legado de compromiso literario inolvidable. ¿Por qué la tegala de Saramago? Sencillamente, porque a él le gustaba incardinarse en la tierra que le acogió en 1993, en cualquier tierra que le respetara, y la tegala es un lugar de referencia para la población canaria, un lugar en altura suficiente para que los guanches pudieran comunicarse con señales de humo. Señales que desde Tías, desde la calle donde habitó y habitará por muchos años, La Tegala, Saramago hizo y hace al mundo entero para que nos comprometamos con la esencia de la vida, dejándonos llevar por el niño o la niña, ¿inocentes?, que todos llevamos dentro.
Mesa de trabajo de José Saramago, Tías (Lanzarote), agosto de 2010 / JA COBEÑA
Recuerdo como si fuera ayer la estancia en su biblioteca personal, que amablemente nos dejaron visitar. Su sencilla mesa de trabajo, unos libros con páginas marcadas por Pilar del Río, la manta roja de Ikea reposando en el brazo izquierdo del sillón que tantas veces lo acogió, diccionarios, bolígrafos, mapas, las mesas con correspondencia pendiente de responder, las estanterías llenas de escritura impresa facilitada por Saramago, traducida por Pilar del Río, en ese esfuerzo por entregarnos sus palabras a todas horas, para que todos lo comprendiéramos muy bien, levantándonos de cada suelo particular, en la interpretación de la ética que hizo en su momento López Aranguren, entendiendo la ética como el suelo firme en que se basan todas nuestras actitudes, la “solería” que vamos poniendo en nuestras personas de secreto a lo largo de la vida. Elefantes, libros, revistas, ediciones maravillosas de uno de mis libros preferidos: El cuento de la isla desconocida, que tantas veces regalo, incluso como ideario para familiares, amigos y funcionarios que compartieron responsabilidades públicas en mi vida profesional.
En este beñesmer recuerdo los que he vivido durante bastantes años en aquella tierra tan acogedora que no olvido. Hoy he unido dos mensajes esclarecedores de Alberti y Saramago en referencia a la cultura guanche respetada hasta nuestros días. También, la obra ciclópea de César Manrique que siempre respetó la trazabilidad histórica del pueblo guanche que le permitió hacer su beñesmer tan particular. He leído muchos cuadernos de Saramago, en formato atómico y digital. Mi aprecio por la isla de Lanzarote me ha llevado siempre a buscar en cada página escrita en ellos, lugares y menciones específicas a una isla que tanto respeto por la vida y obra de César Manrique, pastor de vientos y volcanes, omnipresente en cada paso que das por sus dunas de lava negra, en la acertada expresión que le regaló Rafael Alberti, en una visita que hizo a Manrique en su casa, hoy Museo, de Taro de Tahiche: He venido a vosotros para hablaros y veros, / arenales y costas sin fin que no conozco, / dunas de lavas negras, / palmares combatidos, hombres solos, / abrazados de mar y de volcanes.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Antonio Machado, Proverbios y Cantares (XXIX)
Finaliza Julio y agregamos días a una sensación que todos estamos experimentando en mayor o menor medida: llevamos un año complicado en la más alta extensión de la palabra y no sabemos cuánto camino nos queda por recorrer todavía en esta incertidumbre inquietante. Quizá nos puede ayudar en estos tiempos tan difíciles recordar a Antonio Machado, una vez más, en algunos de sus proverbios y cantares que, gracias a Serrat, los reconocemos agrupados a su libre albedrío: Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar, / pasar haciendo caminos, / caminos sobre la mar (XLIV). Estos meses atrás han sido una oportunidad para enfrentarnos a nuestra persona de secreto, la única forma de pensar si este mundo del coronavirus y yo estamos obligatoriamente obligados a entendernos, quizás con la recomendación continua de Machado: Nunca perseguí la gloria, / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción; / yo amo los mundos sutiles, / ingrávidos y gentiles, / como pompas de jabón (I). Creo que no estamos en la posición de amor perdido a los mundos sutiles y esta pandemia nos ha enseñado a cuestionar muchos objetivos de vida, de tener frente a ser.
Me gusta verlos pintarse / de sol y grana, volar / bajo el cielo azul, temblar / súbitamente y quebrarse… / Nunca perseguí la gloria (I). Los llamados mundos sutiles o inútiles para muchos son los que verdaderamente tienen su sentido en estos momentos: ¿Dónde está la utilidad / de nuestras utilidades? / Volvamos a la verdad: / vanidad de vanidades (XXVII). Quizá sea la estrofa siguiente la que marca el camino a seguir de ahora en adelante y que no sea sólo una parte de una canción tarareada: Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar (XXIX). Es verdad, porque deberíamos aprender de esta gran lección de la pandemia que hay caminos, autopistas de peaje caro en la vida, que nunca más deberíamos volver a transitar: Al andar se hace camino / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar. / Caminante no hay camino / sino estelas en la mar (XXIX).
El mejor festival de música de este verano debería llevar esta entradilla en los programas recuperados en los móviles, ya que hemos comenzado a darnos cuenta de que el papel puede ser transmisor también de virus, sobre todo el ideológico: Hace algún tiempo en ese lugar / donde hoy los bosques se visten de espinos / se oyó la voz de un poeta gritar / «Caminante no hay camino, / se hace camino al andar…». Golpe a golpe, verso a verso, golpes en el alma como los que hemos recibido en estos días pasados y que no deberíamos olvidar en su parte amable de descubrimiento y creación interior.
Serrat, en su oficio de cantor que no cantante (decía Facundo Cabral que cantor es el que debe y cantante el que puede), introdujo en su letra unas palabras de reconocimiento a Machado, con una enseñanza muy dura: el compromiso vital e intelectual casi siempre pasa factura cuando lo entregas a los que menos tienen y para construir un mundo mejor para todos: Murió el poeta lejos del hogar. / Le cubre el polvo de un país vecino. / Al alejarse le vieron llorar. / Caminante no hay camino, se hace camino al andar…» . Golpe a golpe, verso a verso.
Si el coronavirus nos impide vivir con tranquilidad en el mundo que queremos, si la vida es compleja para protegernos de sus ataques, si la normalidad no es tal, sabemos qué es lo que tenemos que hacer a través de los últimos versos de la canción, escritos por Serrat: Cuando el jilguero no puede cantar./ Cuando el poeta es un peregrino, / cuando de nada nos sirve rezar. / «Caminante no hay camino, / se hace camino al andar…». Golpe a golpe, verso a verso.
Voy de mis asuntos a mi corazón ahora, a mi clínica del alma, mi biblioteca, para buscar un libro precioso que me aportó en su momento la mejor respuesta de una pregunta obligada al escribir estas líneas: Para qué la poesía, de Juan Cobos Wilkins, al que sabe que aprecio desde que nos conocimos en 1982, en Huelva, con el agradecimiento expreso por todo lo que aprendí de él y sigo conservando en mi memoria de hipocampo. El libro es un homenaje sentido del olvido, la incapacidad de comunicación y la metáfora como salvación, con el que consiguió el XVI Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja. En él se hacen muchas referencias a la vida: desvivir, revivir, convivir: conmorir con todo eso, lo de siempre, sobrevivir y vivir: eso invisible que le sucede a otros. Después, preguntas que preparan la respuesta de para qué la poesía, para justificar por qué el cerebro necesita poesía, cada día. Y la mejor respuesta, la vuelvo a encontrar al final de sus versos: para sanar, para vivir…, aunque ahora sea golpe a golpe, verso a verso.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
La Real Academia de la Lengua Española se enzarza a veces en discusiones que pueden parecer bizantinas en su celo por fijar, brillar y dar esplendor a cada una de las palabras que conforman nuestro Diccionario. Ocurre desde hace diez años con la palabra “solo” que, con la que está cayendo, suena a debate cortesano en relación con el dilema de si debe llevar acento (tilde diacrítica) o no. Han corrido ríos de tinta en uno y otro sentido y autores afamados muy diversos se han atrincherado en la salvaguarda de mantener la tilde, contra viento y marea académica, cuando es adverbio.
En mi caso, soy un hombre con una tilde pegada a mi vida, en la letra “ñ” y tengo que reconocer que salvo por la complejidad de la fonética fuera de este país, nunca se ha discutido la conveniencia o no de su utilización. Quiero decir, que respeto la historia y permanencia de las tildes porque, entre otras muchas razones, la llevo puesta. En el caso que nos ocupa hoy, la palabra “solo”, siempre he sabido distinguir cuándo la lleva o no, sencillamente sabiendo diferenciar cuándo se utiliza como adverbio o adjetivo. Siempre he puesto la tilde en el caso de que fuera adverbio, nunca como adjetivo. Pero en la Ortografía de la lengua española, la Real Academia aborda esta cuestión en un apartado de técnica lingüística, La tilde diacrítica en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos, en el que se dice textualmente que la palabra solo, tanto cuando es adverbio como cuando es adjetivo “[…] son voces que no deben llevar tilde según las reglas generales de acentuación”, acompañando esta manifestación rotunda con explicaciones de difícil comprensión, por lo menos para usuarios comunes del idioma.
Siempre he escrito la palabra sólo, con acento, cuando es adverbio. El título de este blog, El mundo sólo tiene interés hacia adelante, reproduce lo que aprendí hace ya muchos años de las traducciones del francés seulement, que no tenía ese problema, porque quiero enfatizar que el mundo solamente tiene interés cuando avanza, no que “tiene interés cuando está solo”. Siempre lo he tenido muy claro y la verdad es que se ha creado un mar de confusiones desde hace diez años, en 2010, fecha en la que comenzó la polémica. Varios siglos atrás, el Diccionario de Autoridades, publicado en 1739, explicaba con la erudición característica de quienes justificaban el uso de las palabras de la época, que tilde es “La virgulita o nota que se pone sobre alguna letra, para significar abreviatura en la voz, o distinguirla de otras, o distinguir el acento”. Esta última acepción es la que nos ocupa hoy.
Con perdón, no soy capaz de quitar en mi memoria de secreto y de todos, en mi hipocampo, la grabación perfecta de la tilde en un aserto que también me ha acompañado siempre en una frase lapidaria: Sólo sé que no sé nada, porque no es que una persona tome conciencia de que está solo y de pronto se da cuenta de que no sabe nada, sino que tiene constancia en su vida de que no sabe nada de ella y que todo lo que la rodea no le ha enseñado nada. No quiero imaginarme la que formaría Platón, si le quitaran todas las tildes en griego cuando pronunció el contenido de esta frase en la Apología de Sócrates: Este hombre, por una parte, cree que sabe algo, mientras que no sabe [nada]. Por otra parte, yo, que igualmente no sé [nada], tampoco creo [saber algo] ([…] ἀλλʼ οὗτος μὲν οἴεταί τι εἰδέναι οὐκ εἰδώς, ἐγὼ δέ, ὥσπερ οὖν οὐκ οἶδα, οὐδὲ οἴομαι).
Es que no es lo mismo. Lo dijo Cervantes hace ya muchos años: que “se cumpliera todo al pie de la letra, sin que falte tilde alguna”. Lo dice una persona como yo, a modo de érase un hombre a una tilde pegado y que, por cierto, sólo sabe que no sabe nada, sabiendo (eso sí) que el mundo sólo (con tilde) tiene interés hacia adelante.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
El cine es un medio extraordinario para crear conciencia y tejido crítico social sobre muchos asuntos de la vida ordinaria. Cumple una función cultural y social muy importante. Anoche repusieron una película que se ha presentado siempre como una historia de amor (lo es), Antes de ti, que tiene un hilo conductor muy profundo: la eutanasia en su sentido más exquisito de amor y respeto a la vida digna. Está basada en un best seller de Jojo Moyes, que se ha tratado siempre como un film edulcorado, pero creo que es justo y necesario que se reconozca que aborda también un problema que no acabamos de asumir con normalidad absoluta: la elección de una muerte digna por parte del protagonista, un joven que es atropellado por una moto y queda tetrapléjico por una lesión medular, frustrando plenamente su vida personal y profesional.
En España tenemos una muestra cinematográfica que conmovió a muchos patios de butacas y salas de estar, no sé si de ser, no hace tantos años. Me refiero a la película “Mar adentro”, basada en un hecho real, la muerte asistida de Ramón Sampedro hace ya 22 años, derecho sobre el que ya había reflexionado previamente en su obra Cartas desde el infierno, en 1996, antes de elegir una buena muerte ante tanto sufrimiento personal: “No me guía otro interés que el de mostrar que la intolerancia del Estado y la religión son como una idea fija (…) Dejadme cruzar la línea, dejadme saltar”.
El 11 de febrero pasado sentí una emoción especial al conocer que el Congreso de los Diputados había “tomado en consideración” la proposición de ley para regular la eutanasia, con el siguiente resultado: 201 votos a favor, 140 votos en contra y 2 abstenciones y, por tanto, se comenzaba «a tramitar la ley orgánica de regulación de la eutanasia que presentó el Grupo Parlamentario Socialista [el 24 de enero de 2020]. Este es el primer paso del procedimiento legislativo, que continuará con la apertura del plazo para presentar enmiendas”, según recoge la nota de prensa del Congreso. Creo que ha sido un hecho memorable en este país, después de un recorrido tortuoso de esta proposición de ley, tal y como lo recordaba en mi post anterior dedicado a la eutanasia y publicado en este medio el 6 de abril de 2019. Desgraciadamente, el proceso del coronavirus ha ralentizado de nuevo su tramitación parlamentaria, pero de momento está blindado el procedimiento legal y en la fase de presentación de enmiendas al articulado en el seno de la Comisión de Justicia del Congreso.
Soy especialmente sensible a esta realidad humana que tanto sufrimiento supone a las personas y a sus familias. Tengo presentes hoy a miles de alumnas y alumnos a los que enseñé que la eutanasia era una buena opción humana, la mejor decisión cuando el hecho de vivir en estadios permanentes de sufrimiento y dolor, sin esperanza alguna, deja de tener sentido. Les hablaba de la ética de situación, como resquicio ético para estas situaciones, en un país en el que una gran parte de él tenía helado el corazón, jugándome el tipo porque los comisarios políticos del Régimen también asistían a clase camuflados: “Hago esta mención de mi intrahistoria porque en aquellos años descubrí que era imprescindible abordar la ética de situación como guía y camino para el discernimiento humano más digno, de la que me enamoré para siempre, frente al dogmatismo de la Iglesia Católica que hacía estragos en este país. Aquellas clases del Profesor Häring [del que fui alumno durante un Curso impartido por él] me abrieron los ojos definitivamente sobre la importancia de hacer uso de la libertad en momentos transcendentales de la existencia, tanto en la vida como en la muerte. Me lo explicaba Häring en las clases y en su humilde habitación del Alfonsianum en Roma, porque había prestado servicios en la aviación alemana de Hitler, como capellán y en Rusia, donde aprendió que tenía que atender siempre a cualquier ser humano aplicando la ética de situación, fuera amigo o enemigo, actitud que le acarreó serios disgustos y la separación final de aquellos servicios militares por ser considerado persona non grata para el ejército alemán. El problema radicaba en que había contemplado mucha muerte indigna en directo y había tenido que ayudar a morir alejado del dogma católico que había aprendido y enseñado en su proceso de evolución ética. Häring sufrió mucho por sus actitudes éticas hasta su fallecimiento, sobre todo por el trato recibido por la iglesia oficial, a la que recordó que cuando era citado en Roma para justificar su doctrina de libertades le recordaba algo tan grave como estar presente ante Hitler en un juicio sumarísimo. Häring me enseñó a defender la vida digna, en cualquier circunstancia, sin más limitación que la aplicación de la ética de situación en su defensa plena y con el amparo de la ley correspondiente” (1).
Estas reflexiones ya las he hecho anteriormente en este cuaderno digital, pero he considerado que debía rescatarlas hoy. Más pronto que tarde, ya no hará falta recurrir a la ética de situación vergonzante y oculta, porque la libre elección de morir dignamente estará regulada legalmente en este país, esperemos que a muy corto plazo. Literalmente, lo único que pretende esta ley es “legislar para respetar la autonomía y voluntad de poner fin a la vida de quien está en una situación de enfermedad grave e incurable, o de una enfermedad grave, crónica e invalidante, padeciendo un sufrimiento insoportable que no puede ser aliviado en condiciones que considere aceptables. Con ese fin, la ley regula y despenaliza la eutanasia en determinados supuestos, definidos claramente, y sujetos a garantías suficientes que salvaguarden la absoluta libertad de la decisión, descartando presión externa de cualquier índole» (2).
Ha sido un recorrido largo y lo verdaderamente lamentable es que no se ha llegado a tiempo para ayudar a miles de personas a morir dignamente por una elección personal que permite, como decía Sampedro, cruzar la línea de la intransigencia, saltar…, en un acto de libertad plena para elegir la mejor muerte, sobre todo, la más digna. Anoche, en un plano casi final de la película se podía leer el membrete de la carta que recibe el protagonista, Dignitas, porque había elegido una muerte digna. Dignitas es un grupo suizo “que ayuda y asiste a morir, con la asistencia de médicos y enfermeras calificados, a personas con enfermedad terminal y enfermedades graves físicas y mentales. Además proporciona el suicidio asistido para personas con plenas facultades mentales que deben someterse a un informe médico riguroso preparado por un psiquiatra, que establecerá la condición del paciente, aspectos todos ellos requeridos por la legislación y la Corte Federal de Suiza” (3).
Afortunadamente, cualquier parecido de la película de anoche con la realidad, ya no será en los próximos meses en nuestro país una pura coincidencia. Mientras, escucho con veneración una versión muy premiada del concierto para oboe y orquesta de Mozart (KV 314), bajo la dirección de Claudio Abbado y con la interpretación como solista de oboe del valverdeño Lucas Macías, recogido en su primer movimiento en planos especiales en la película, recordando cómo la pareja protagonista intenta con la música dar un sentido a sus vidas, porque es compañera en la alegría y medicina para el dolor (musica laetitiae comes, medicina dolorum). Una gran lección que no olvido.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
Hoy hace un año que publiqué Mascarones de proa, un homenaje a la vida y obra de Pablo Neruda, como recopilación de la serie que escribí en julio de 2019 en torno a los juguetes más grandes y más queridos por el poeta. Vuelvo a entregarlo a la Noosfera, con objeto de facilitar de nuevo su lectura de forma homogénea y para que se pueda descargar libremente al ponerse a disposición universal y gratuita de quien lo quiera leer en el contexto de este verano y atendiendo al hilo conductor que expreso en el Prólogo:
«Un marinero en tierra ama el mar a su forma y manera porque no lo conoce bien. Eso no significa que no lo admire profundamente porque sé que las personas somos capaces de admirarnos de todas las cosas. También de los mascarones y mascaronas de proa y popa, como símbolos extraordinarios de determinadas embarcaciones antiguas, que daban brillo y esplendor a significantes de quienes surcaban los mares del mundo. Pablo Neruda amaba estas piezas marítimas, formando parte esencial de su casa en Isla Negra, en su amado Chile. Para él eran solo juguetes grandes.
Dicen los sabios del lugar y del tiempo marítimo que los mascarones de proa pretendían siempre calmar la ira divina a través de figuras amables que estaban autorizadas a romper continuamente las olas sin descanso alguno. Iban por delante, sin complejos, abriendo surcos marítimos en viajes apasionantes cuando, sobre todo, buscaban islas desconocidas. Voy a surcar también diversos mares de vida a través de ríos que buscan siempre el mar para culminar viajes fascinantes. Para mí, el más importante de todos: el de la palabra que nos queda a través del tiempo.
Todos llevamos un niño o una niña dentro. Neruda sabía que sus mascarones, los juguetes más grandes de su casa, le acompañaban siempre para seguir contándoles historias increíbles vividas durante sus singladuras azarosas: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.
Volvamos a entrar en su casa de Isla Negra. Neruda nos espera siempre con ardiente paciencia.
Los más antiguos del lugar dicen que Olivia de Havilland fue una actriz excelente que vivía a sus 104 años en París, hasta que finalmente voló ayer a su cielo particular con el cine puesto. Su historia cinematográfica es apasionante para los amantes del séptimo arte y ella era el único reducto que quedaba del llamado cine clásico hollywoodiano. Para mí ha sido un icono desde mi infancia cuando en los cines de sesión continua de Madrid, refrigerados en verano, veíamos Murieron con las botas puestas, una película excelente dirigida por un experto maestro del cine, Raoul Walsh, en la que moría hasta el apuntador y donde todo el mundo cantaba, mejor dicho, tarareaba la canción que la hizo famosa, Garry Owen, el himno del Séptimo de Caballería, de profundo sabor irlandés, que muchos años después comprendí que era mejor escucharla en inglés, sin comprender nada, que conocer su letra inundada de alcohol. Quizá, porque la música militar nunca me supo levantar.
Garry Owen
No desmayéis hijos de Baco, Uníos a mí jóvenes gallardos; Venid y echad todos un trago, Cantad y prestadme vuestra voz, Para el momento del estribillo.
En vez de agua de la fuente bebamos cerveza, Travesura que en el acto pagaremos; Nadie de Garry Owen a la cárcel irá por deudas En este momento de gloria.
Creo que a mi corta edad no me enteraba mucho de lo que allí pasaba, aunque me quedaba admirado del traje militar, la botonadura metálica de una fila y las famosas botas del general Custer que, a pesar de las peleas infinitas con los sioux, nunca se encontraba una arruga en su uniforme y, en el caso de las botonadura y las botas, nunca dejaban de relucir o de estar limpias, incompresiblemente, sin una mota de polvo, perfectas. No entendía el fondo del guion, apasionante, porque era una forma muy curiosa de dejar en muy mal lugar a los Estados Unidos de América y un canto a la población india masacrada a lo largo de los siglos. Daba igual yo seguía con la mirada a Custer y a su Séptimo de Caballería tatareando, aplaudiendo y pataleando con todo el público la famosa Garry Owen. Pero la censura franquista no entendía de qué iba aquello porque lo más importante para ellos era el reparto estelar, Errol Flynn y Olivia de Havilland y que la despedida de Custer y de su mujer era muy casta y con desmayo incluido, aunque en incursiones anteriores en contra de los indios arrasara sus campamentos en los que vivían centenares de mujeres, niños y ancianos.
Me he quedado siempre con las mejores metáforas de esta historia de amor de película entre Errol Flynn y Olivia de Havilland, que ya he contado en alguna ocasión. Yo era un niño que había mitificado años atrás a un actor de la época, Errol Flynn, porque siempre salía victorioso en las grandes batallas con los indios, en cualquier desfiladero de la vida, interpretando al general Custer, sin una mota de polvo, con la botonadura brillante, repeinado y con una sonrisa resplandeciente. Curiosamente, comencé a escribir mi primer diario con unos diez años, fechado en Madrid, un lugar recurrente en mi vida y muy querido. Tenía que ser un domingo y otra vez era el cine el que adquiría protagonismo en mi vida como niño del Sur, con una ilusión enorme por ver una sesión continua de tarde en cualquiera de los cines del barrio Salamanca. Aquellas imágenes de “Murieron con las botas puestas” se grabaron en mi cerebro y las he recordado en momentos complicados de mi vida porque tengo que reconocer que no ha sido fácil y que habitualmente he tenido que luchar siempre con indios en el camino (valga la metáfora), los nuevos sioux del siglo XX y XXI, aunque después saliera de las peleas de la vida como el protagonista, sin que se me hubiera movido el “tupé” y sin una sola arruga en el traje (como le pasaba siempre a Errol Flynn), con la botonadura reluciente y las botas sin una sola mota de polvo. El tupé también perfecto, aunque hubiera sufrido el desmayo por el amor verdadero.
Hoy, al recordar entrañablemente a Olivia de Havilland, sin dejar atrás a Errol Flynn, he tomado conciencia de nuevo de que somos siempre protagonistas de la película de nuestra vida, sobre todo pensando en el niño que siempre llevamos dentro, como lo aprendí de Jose Saramago. Entre Olivia de Havilland y Errol Flynn estaba también el juego y la comprensión de la vida en una parte de mi niñez. También recordándolos en mi vida adulta. Errol Flynn sabía que al final del desfiladero y de las grandes batallas de su vida estaba esperándolo siempre Olivia de Havilland, su amor verdadero. Incluso cuando ella, cantando Garry Owen, tenía el presentimiento de que Custer iba a morir con las botas puestas, con su traje impoluto, la botonadura reluciente y las botas sin una mota de polvo. Como nos pasa a veces en la vida en batallas inútiles. En este caso es verdad, porque cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Es que, a veces, vivimos con el cine puesto.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.
La verdad es que la respuesta no está en el viento, siguiendo a mi querido maestro de juventud Bob Dylan, sino en la realidad de lo que vemos a diario de norte a sur y de este a oeste del país. Centenares de jóvenes saltándose a la torera todas las medidas decretadas en relación con el coronavirus: distancia social, mascarillas y no sé de qué forma el lavado frecuente de manos. Es difícil entender el comportamiento de jóvenes de este país, en un rango de edad desde 16 a 30 años, que en relación con playas, ocio nocturno y celebraciones familiares, deportivas o de amigos, hacen ostentación de no importarles para nada las medidas decretadas aunque saben que los están grabando para la posteridad triste de este país que, desgraciadamente, es un presente muy preocupante del que podemos resultar víctimas muchas personas.
¿Por qué los jóvenes ningunean la COVID-19? La primera respuesta es una aclaración como punto de partida: no todos los jóvenes actúan así, pero si muchos, me atrevo a decir que miles repartidos por todo el país y a las pruebas de imágenes y datos de contagio me remito. Creo que la principal causa de esta actitud tan generalizada es de base educacional en el amplio espectro de la palabra, es decir, la recibida en sus casas, colegios públicos y privados, institutos y Universidades. También, la que corresponde a la sociedad en general. La educación se considera en muchos ámbitos una inutilidad total, porque de personas educadas no se ha hecho el mundo, dicen algunos, como si la educación fuera solo una actitud formal, que también lo es, sino el fondo en el que se sustentan todos los actos humanos, que llega a ser ética a modo de solería que vamos poniendo en nuestra vida sobre la que pisamos y justificamos todos los actos humanos responsables. La ausencia de valores, la explosión diaria del consumo en una economía alocada de mercado, el síndrome de la última versión que tantos estragos causa en la juventud porque de todo lo que tengo no tengo lo último de lo último y sin ello no soy nada, las influencias de los “influencers” que casi siempre es consumo puro y duro individual y, además, del caro, así como los estragos del paro juvenil y la corrupción pública y privada, unido todo ello al hastío y a la desafección política generalizada, son una mezcla explosiva de tener o intentar tener y no de ser, lo que justifica que para dos días que vamos a vivir vivamos solo el presente, en un “carpe diem” inverso, porque se entiende al revés de su significado, es decir, vivamos hoy pase lo que pase, porque el mañana no me importa nada. Vivir al día, a la intemperie de la vida, sin preocuparse de nadie y de nada, caiga quien caiga, porque a muchos jóvenes les da absolutamente igual, llámese abuelos, abuelas, personas mayores en general, familia, amigos, compañeros de trabajo, personal sanitario y de servicios que están en alta disponibilidad, incluso cuando esos miles de jóvenes provocadores de contagios se ponen a la cola de los PCR, con mucho miedo dentro del cuerpo, como si ellos no hubieran hecho o provocado nada.
La falta de responsabilidad es memorable en estos jóvenes alocados que ningunean el coronavirus. Siempre he defendido la responsabilidad con un neologismo forzado, respuestabilidad o capacidad de dar respuesta personal e intransferible a lo que está pasando mediante la conjunción de dos vocablos que la conforman: conocimiento y libertad. En primer lugar, Conocimiento, entendido como capacidad para comprender lo que está pasando, lo que estoy viendo y, sobre, todo lo que me está afectando, palabra esta última que me encanta señalar y resaltar, porque resume muy bien la dialéctica entre sentimientos y emociones, fundamentalmente por su propia intensidad en la afectación que es la forma de calificar la vida afectiva. En segundo lugar, Libertad, para decidir siempre, hábito que será lo más consuetudinario que jamás podamos soñar, porque desde que tenemos lo que llamo “uso de razón científica”, nos pasamos toda la vida decidiendo. Esa es una de las razones de por qué se equivocan los jóvenes, probablemente, como personas que habitualmente tienen miedo a la libertad de seguir unas normas o no, por sí mismo o por el qué dirán los más próximos, acudiendo al Fromm que asimilé en mi adolescencia, aunque si somos solidarios con la vida propia y la de los demás descubrimos que es la mejor posibilidad que tenemos de ser nosotros mismos.
Esta simbiosis de conocimiento y libertad es lo que propiciará la decisión de la respuesta ante lo que ocurre. Compromiso (engagement) o diversión (divertissement), en clave pascaliana. Y mi punto de vista es claro y contundente. Cuando tienes la “suerte” de conocer el dilema ya no eres prisionero de la existencia. Ya decides y cualquier ser inteligente se debe comprometer consigo mismo y con los demás porque conoce esta posibilidad, este filón de riqueza. Aunque nuestros aprendizajes programados en la Academia no vayan por estas líneas de conducta.
¿Qué hacer ante el ninguneo de los jóvenes al coronavirus? No hay bálsamos de Fierabrás para una cura de urgencia, sino la urgente necesidad de que los Gobiernos responsables, es decir, el Estado y las Comunidades Autónomas, en sus respectivos ámbitos de actuación, elaboren un Plan Urgente de Actuación, que pasa inexcusablemente por establecer unas pautas de actuación claras, concisas y contundentes para contener no al virus sino estas actitudes irresponsables de jóvenes de muy mala educación en su sentido más profundo, no en cuanto a las formas, que también, sino sobre todo a su fondo. Urgen campañas publicitarias de educación para la salud en tiempos de coronavirus, vigilancia epidemiológica visible, así como información pública diaria de evaluación y resultados fiables que refuercen las actitudes de los jóvenes que actúan adecuadamente y de forma responsable.
Si lo expuesto anteriormente se contemplara en los próximos Presupuestos Generales del Estado, es decir, primar el gasto público en Educación como Inversión, más que como Gasto en sentido puro y duro, como garantía de todos los derechos y deberes de salud pública, podremos pensar que en los próximos años la juventud de este país reflexionará más sobre los que están a su lado (o tienen menos) que en ellos mismos. Además de la vacuna que ya se ofertará a millones de personas de este país como si no hubiera pasado nada. La Vacuna contiene en periodos cronológicos concretos y siempre con sorpresas; la Educación sana en todas las formas de ser y estar en el mundo, porque es una garantía de por vida que no caduca sino que se mantiene viva a largo plazo. Cada joven que tome conciencia de su capacidad para responder a las preguntas de la vida en la conjunción perfecta de conocimiento más libertad, desde cualquier órbita, sobre todo de interés social, tiene un compromiso escrito en su libro de instrucciones, en su manual de campaña personal contra el coronavirus: no olvidar los orígenes descubiertos para revalorizar continuamente la capacidad de preocuparse por los demás, sobre todo los más desfavorecidos o peor tratados por la sociedad en un determinado momento político o social, como el actual de la pandemia, desde cualquier ámbito que se quiera analizar, porque hay mucho tajo público y privado que dignificar. Porque así nos luce el pelo sobre la corteza cerebral, sede de la inteligencia, nuestro domicilio privado del conocimiento y libertad personal, de lo que afortunadamente podemos presumir todos y que, afortunadamente, no está a disposición del mercado del día y de la noche. O sí, visto lo visto.
CLÁUSULA ÉTICA DE DIVULGACIÓN: José Antonio Cobeña Fernández no trabaja en la actualidad para empresas u organizaciones religiosas, políticas, gubernamentales o no gubernamentales, que puedan beneficiarse de este artículo; no las asesora, no posee acciones en ellas ni recibe financiación o prebenda alguna de ellas. Tampoco declara otras vinculaciones relevantes aparte de su situación actual de persona jubilada.