Ser es ser percibido (en Internet)

 

El mundo digital es inexorable. Solo somos en Internet si somos percibidos por los otros en cualquier soporte digital. He comprendido bien por qué Albert Manguel dice en una obra reciente, Mientras embalo mi biblioteca, que el obispo George Berkeley (1685-1753) es el autor del lema de la era electrónica: esse est percipi, es decir, soy alguien (desde la perspectiva estrictamente digital) si soy percibido. A él se debe la teoría inmaterialista, que explica muy bien en su obra Principios (I, 1-6): “Es ciertamente extraño que haya prevalecido entre los hombres la opinión de que casas, montes, ríos, en una palabra, cualesquiera objetos sensibles, tengan existencia real o natural distinta de la de ser percibidos por el entendimiento. […] Pues, ¿qué son los objetos mencionados sino las cosas que nosotros percibimos por nuestros sentidos, y qué otra cosa percibimos aparte de nuestras propias ideas o sensaciones? Examinando a fondo esta opinión que combatimos, tal vez hallaremos que su origen es, en definitiva, la doctrina de las ideas abstractas. Pues, ¿puede haber más flagrante abuso de la abstracción que el distinguir entre la existencia de los objetos sensibles y el que sean percibidos, concibiéndolos existentes sin ser percibidos? […] Todo el conjunto de los cielos y la innumerable muchedumbre de seres que pueblan la tierra, en una palabra, todos los cuerpos que componen la maravillosa estructura del Universo, sólo tienen substancia en una mente; su ser (esse) consiste en que sean percibidos (percipi) o conocidos».

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron un cuento con ese título tan críptico, Esse est percipi, pero tan evidente en los tiempos digitales. He vuelto a leer un fragmento del mismo, ahora que comienza el Campeonato Mundial de Fútbol, en el que siento que no verlo me sitúa fuera del mundo digital, porque solo cuento como espectador de consumo:

[…] -Señor, ¿quién inventó las cosas? -atiné a preguntar.

-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.

– ¿Y la conquista del espacio? -gemí.

-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista.

– Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?

– Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.

– ¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.

-Qué se va a romper -me tranquilizó. Por si acaso, seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.

-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.  […]

EMOTICONES FACEBOOK

La verdad es que cuando acudimos a Facebook, Twitter o Instagram, entre otros recursos de identidad digital, buscamos apasionadamente emoticones sonrientes o con un dedo hacia arriba, cuando menos, para tomar conciencia de que no estamos solos. Porque necesitamos ser percibidos para ser alguien o alguno, que tanto da. En el próximo mundial de fútbol, sobrecogido porque si no lo veo no seré nadie, tomo conciencia de las palabras de Borges-Bioy: “El género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone”. Porque, agrega: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.

Es verdad, con una diferencia: ser digital es ser percibido (en Internet) y tomar conciencia de ello.

Sevilla, 11/VI/2018

Debemos alzar las palabras, no la voz

Éramos científicos, filósofos, cuentacuentos. Las preguntas buscaban respuestas y más preguntas. Encontrábamos nuestro lugar en el universo, pero limitábamos con imperios en guerra […] Durante miles de años las fronteras no dejaron de redefinirse. Nos gobernaron poderosos hombres como Ciro el grande de Persia, Alejandro Magno de Macedonia, el Imperio Maurya, Gengis Khan… y así uno tras otro. Siempre se derramaba sangre, y siempre había supervivientes. Porque todo se repite una y otra vez. Todo cambia, Parvana, las historias nos recuerdan eso.

Nurullah, padre de Parvana

En un país que empieza a vivir estos días una experiencia de oportunidades y sueños por alcanzar, debemos alzar las palabras, no la voz, porque “es la lluvia lo que hace crecer las flores, no los truenos”. Salvando lo que haya que salvar, lo he leído en un artículo precioso (1) sobre una película de animación, El pan de la guerra, que no ha entrado en los circuitos comerciales, porque su argumento no desata -desgraciadamente- pasión alguna. Nos sacia el entretenimiento del mercado puro y duro y las multinacionales del sector saben que con eso muchos millones de personas tienen bastante.

Me refiero a una película dirigida por Nora Twomey, cofundadora del estudio irlandés Cartoon Saloon, basada en una novela de Deborah Ellis y nominada a los Oscar 2018, que describe las desventuras de Parvana, una joven que lucha por sobrevivir en un Kabul bajo control talibán. Nos pilla muy lejos esa historia, pero no comprendemos que la historia de lo que allí ocurrió hace millones de años nos afecta en la actualidad, porque sus ancestros modelaron una forma de ser y estar en el mundo, muy actual y cercana.

El artículo es hermoso en su fondo y forma. Al menos, se rescata una forma de contar relatos mediante el cine animado de siempre: “En los últimos años, Saloon Cartoon se ha confirmado como el estudio de animación tradicional de más prestigio del mercado europeo. Y, sin embargo, todas sus películas hablan en pasado porque tienen el mismo propósito: recuperar y renovar. Traducir al audiovisual contemporáneo la tradición oral olvidada de culturas pretéritas. Films con vocación de cuento”.

Creo que necesitamos rescatar las historias de nuestros antepasados en este país, con el encanto que lo hacen en la citada película, tal y como lo explica el padre de Parva en las primeras escenas: “Las historias perduran en el corazón incluso cuando todos nos hemos ido. Nuestra gente lleva contándolas toda la vida, desde que éramos Partia y Jorasán. Una tierra partida por la cordillera del Hindu Kush, abrasada por la mirada ardiente del desierto del norte. Escombros chamuscados y cumbres congeladas”.

Parvana

Recuperar y renovar. Apenas tenemos espacios para hablar y contarnos cosas cuando nuestro corazón anonadado gime. En tiempos tan modernos de usar y tirar todo, viene bien intentar explorar estas experiencias, debiéndose hacer operaciones rescate de lo que decían y contaban nuestros antepasados sentados en las aceras de sus barrios. Un ejemplo vale a veces más que mil palabras. Recuerdo cómo la urbanista americana Jane Jacobs contaba en “Muerte y vida en las grandes ciudades americanas” la posibilidad de estudiar la complejidad creciente de las ciudades y cómo la creación de los barrios, antes de que estallara el boom inmobiliario, traducía comportamientos sociales de marcado interés. Basta analizar el comportamiento social de cualquier ciudad, la mía propia, Sevilla, para comprender correctamente las tesis de Jacobs en toda su extensión. La gran paradoja actual es que las agrupaciones de viviendas o “muriendas”, como las llamaba uno de mis maestros de juventud, ya no se desarrollan como fenómeno social de la complejidad social de unos grupos sociales, sino que se diseñan en gabinetes de estudio, muchas veces de especulación pura y dura, que obedece a otros patrones alejados de las tesis de Jacobs. La nostalgia de las familias sevillanas que solo vuelven a sus barrios de origen con motivo de las procesiones de Semana Santa, traduce muy bien el desencanto que podría producir a esta investigadora natural, sin formación académica especializada, el desmantelamiento de este fenómeno social de la vida en las aceras, habiendo sido defensora a ultranza de esta forma de convivencia: “Bajo el aparente desorden de la ciudad vieja, en los sitios en que la ciudad vieja funciona bien, hay un orden maravilloso que mantiene la seguridad en las calle y la libertad de la ciudad. Es un orden complejo. Su esencia es un uso íntimo de las aceras acompañado de una sucesión de miradas” (2).

No digamos nada cuando esta realidad del silencio impuesto por las guerras y las bombas, como en Kabul o Siria, destroza cualquier capacidad de transmitir palabras a los demás, escucharlas y procurar conservarlas en lo más profundo del corazón. Necesitamos ver esta película, El pan de la guerra, para comprender que la historia merece un respeto reverencial por lo que han transmitido a través de los siglos nuestros antepasados. Con el compromiso social del cine, por ejemplo, con ejemplos tan maravillosos como la trayectoria profesional de este estudio irlandés, aunque seamos tan necios que, al no incluirla en los circuitos de distribución en todo el mundo, estemos confundiendo una vez más, como necios, que es lo mismo valor y precio.

Lo sintetiza muy bien el artículo citado: “Con la animación como herramienta, Cartoon Saloon vuelve a manifestarse como una alternativa de cada vez más calado al relato hegemónico estadounidense. Y, esta vez, transmite con una fuerza emocional irresistible el recado inaplazable que uno de sus personajes resume sucintamente: cuando todo vaya mal «alza las palabras, no la voz. Es la lluvia lo que hace crecer las flores, no los truenos». Impecable, porque la historia siempre nos recuerda el misterio silencioso de las palabras que se quedan con nosotros.

Sevilla, 10/VI/2018

(1) https://www.eldiario.es/cultura/cine/guerra-animada-temporada-estrenado-cines_0_779372389.html

(2) https://joseantoniocobena.com/2006/04/29/las-aceras-de-jane-jacobs-in-memoriam/

Los cumpledías de Mario Benedetti

mario-benedetti

Reinterpreto el poema Como siempre, de Mario Benedetti, el día que cumplo ochocientos cincuenta y dos meses, aplicando sus palabras en primera persona, porque así lo he leído siempre. Es verdad, porque esta matusalénica edad no se me nota cuando en el instante en que vencen los crueles entro a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias, desarbolando los nudosos rencores. He alcanzado una buena edad para cambiar estatutos y horóscopos, dejando que mi manantial mane amor sin miseria.

Soy consciente de que los que me desean hoy un feliz cumpleaños es a veces injusto, porque he tenido la suerte de disfrutar de felices cumpledías, no olvidando tampoco que aunque nada me ha sido fácil en mi vida, eso mismo me ayuda hoy a afirmar mi bienaventuranza diaria.

Para mí no es novedad que mucha gente de este mundo me aprecie, pero sé distinguir muy bien quien me quiere de veras, aunque mi corazón sabe quién me quiere un poquito más que el mundo.

Son palabras que regalo a los que me felicitan por mi cumpledías diario, sintiéndome alguien especial el día que cumplo ochocientos cincuenta y dos meses, entrando a averiguar la alegría del mundo, volando gaviotamente sobre las fobias y desarbolando los nudosos rencores.

Como siempre

Aunque hoy cumplas
trescientos treinta y seis meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante en que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás linda y estés linda
casi no vale la pena desearte júbilos y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y los ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de san antonio
y las cajas de fósforo
te consideren una de los suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser tan injusto con tus felices
cumpledías
acordate de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciada
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza
de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.

Sevilla, 7/VI/2018

Ha llegado el momento de declarar una Política Digital de Estado

NUEVO PRESIDENTE

Reconozco que tengo prisa digital. Pienso que el resultado de la moción de censura, con la toma de posesión del nuevo presidente, puede ser una oportunidad extraordinaria para impulsar la política digital de Estado. He escrito en numerosas ocasiones en este blog sobre la necesaria e imprescindible visión de Estado, desde la perspectiva digital, que debe tener un Gobierno progresista y moderno. Vuelvo a hacerlo al considerar que puede ser el momento de declarar las bases estratégicas que deben sustentar esta política.

En principio, creo que ha llegado el momento de proclamar la transformación urgente del Gobierno actual al uso en Gobierno Digital, para que se puedan aplicar políticas digitales de amplio espectro, tal y como he ido desarrollando a lo largo de los últimos años en este blog. Sería extraordinario comenzar a tejer tejido crítico en este momento digital porque hay razones suficientes de urgencia política en un mundo que cada día se mueve más en torno a la transformación digital de todos los ecosistemas en los que vivimos, estamos y, sobre todo, somos. Creo que se puede comprender mi obstinación, en el más correcto sentido de la palabra y tal como la aprendí hace ya muchos años en un libro precioso de Herman Hesse, Obstinación, en torno a esa excelente virtud, entendida como la obediencia a una sola ley, la que lleva al propio sentido (digital, por supuesto).

Esta iniciativa digital que propongo como iniciativa de carácter público, debe contemplar todos los medios y protagonistas de la transformación digital del Gobierno que nazca ya para la nueva legislatura, que planteo como de necesidad y no por azar, es decir, ciudadanos, profesionales del sector, empresas tecnológicas, autoridades públicas y privadas, representantes políticos, medios de comunicación, organizaciones de usuarios, etc., para que la participación sea de abajo a arriba y no al revés. Por una vez, la ciudadanía dejaría de ser “ignorante molesta” cuando se abordan asuntos de su “propio sentido” digital, en palabras de Hans Magnus Enszerberger, ante una realidad de empoderamiento imprescindible para una transformación digital urgente en la que estamos ya instalados. Podría ser una especie de estructura de Estado, obstinada, respetando la necesaria oportunidad política en este momento crucial del país, cuando hay que declarar una nueva estructura de Estado y el Gobierno correspondiente.

De forma concreta, propongo la creación de un Ministerio de Política Digital, con la estructura, dotación de recursos y planificación estratégica y administrativa correspondiente, que concentre los recursos económicos dispersos en la actualidad en diferentes capítulos y secciones del Presupuesto del Estado, así como de la relación coordinada con los Fondos Europeos destinados a tal fin, con una planificación estratégica detallada y con participación real y efectiva en la implantación de políticas digitales de amplio espectro. Existen antecedentes a nivel mundial y basta con conocer con detalle las últimas experiencias de Gobierno Digital tanto en Singapur como en Estonia, sin ir más lejos.

En mi publicación de 2016, Principios de política digital, detallé de forma didáctica y divulgativa los grandes principios de política digital aplicada con visión de Estado, desde diversas perspectivas: el respeto reverencial a un vocabulario digital propio (que hay que conocer en términos tan novedosos como empoderamiento digital, inteligencia digital o equidad digital, entre otros muchos, porque sin lenguaje digital propio es difícil articular diálogo digital al respecto) y su presencia en programas electorales; aclarar definitivamente la diferencia existente entre inversión y gasto digital, que tanto se ha confundido en tiempos de crisis, encubriendo la ineficacia e ineficiencia del Estado y de las diferentes Administraciones Públicas); declarar el empoderamiento digital rompiendo la cuarta pared, sabiendo que las tecnologías inteligentes son para las personas, no solo para las cosas, abrir el mundo de la investigación, desarrollo e innovación digital a supuestos como el grafeno, a título de ejemplo y que nos cambiará la vida, para abordar la revolución digital, pendiente, en España, siempre y cuando se lleve a cabo la misma desde la realidad tan próxima en estos días de la presentación en la sociedad española de un nuevo Gobierno progresista y de transformación digital.

Soy consciente de las prioridades políticas actuales centradas en la generación de empleo y en el blindaje constitucional de derechos y deberes sociales referidos a educación, salud y atención social, sobre todo de los que menos tienen, del envejecimiento y en la realidad inexorable de la dependencia. Pero la realidad digital está ahí, cada día más presente en nuestras vidas, siendo lo más íntimo de nuestra propia intimidad (según el aserto agustiniano) a través de instrumentos digitales tan útiles e imprescindibles ya como los teléfonos inteligentes, tabletas, portátiles y televisiones inteligentes e interactivas.

Vivimos en un mundo digital, tal y como lo aprendí hace casi veinte años de Nicholas Negroponte, que me abrió una perspectiva diferente de la vida, aunque siempre estuve de acuerdo con él en un aserto irreversible, para poner cada cosa en su sitio y no se nos suban las tecnologías de la información y comunicación a la cabeza: “Los bits no se comen; en este sentido no pueden calmar el hambre. Los ordenadores tampoco son entes morales; no pueden resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte. Sin embargo, ser digital nos proporciona motivos para ser optimistas. Como ocurre con las fuerzas de la naturaleza, no podemos negar o interrumpir la era digital”.

Se trata de reconocer que somos ya digitales en un mundo digital por excelencia, que nos puede hacer la vida más amable en todas las perspectivas de la vida desde una perspectiva de nueva revolución digital que supere con creces a la industrial que tanto ha beneficiado ya a la humanidad. Por esta razón, creo que la política digital es un asunto de Estado, no una cuestión baladí protagonizada solo por los amantes de las tecnologías de la información y comunicación. Además, cuando sustenta las políticas sociales por excelencia, se troca en un asunto que nos pertenece a todos, sin excepción. El marco de la política digital no es un asunto tecnológico sino constitucional. Esa es su gran fortaleza en el argumentarlo de elevarla a asunto de Estado, máxime cuando tiene que atender a realidades tan inexorables como la salud y la enfermedad o los servicios sociales.

Las tecnologías de la información y comunicación no son inocentes, como no lo son las ideologías políticas subyacentes en su implantación, que no mera instalación tecnológica. Sabia distinción que se constituye en un elemento de gran interés público en la construcción de un nuevo paradigma público de carácter digital. Necesitamos definir los sistemas y aparatos políticos digitales que permitan la toma de decisiones públicas de gran relevancia social, preservando el interés general como raíz de la que deben nacer todos los actos digitales que nazcan en la sabia política digital del Gobierno digital correspondiente.

Por último, aprecio hablar de ética digital de carácter público, que también existe, como la que podría desarrollar un Ministerio de Política Digital, como lo explicaba en las palabras introductorias de este artículo. Su objeto principal es respetar el interés general digital de los ciudadanos, distinguiendo “mercancía” de “valores y derechos humanos” digitales, que se instrumenta por el Gobierno Digital y Abierto correspondiente, mediante la Administración, no al revés, con carácter unificado y no estrictamente disperso en los diferentes departamentos ministeriales e instituciones públicas instrumentales. Además, inteligencia y ética digital son indisolubles, porque son las bases humanas para ser y estar en el mundo de una forma diferente gracias a las tecnologías de la información y comunicación. ¿Por qué? Porque la inteligencia digital es la capacidad que tenemos los seres humanos para adquirir destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación; capacidad para recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de las TIC; capacidad para resolver problemas o para elaborar productos y servicios que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural y factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través todo ello de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.

Sevilla, 4/VI/2018

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de http://www.rtve.es/fotogalerias/toma-posesion-pedro-sanchez-como-presidente-del-gobierno/198155/toma-posesion-pedro-sanchez-como-presidente-del-gobierno/6/

¡Quitad obstáculos para que triunfe (el nuevo presidente)!

CAFE MULLER

Lo contaba recientemente Alberto Manguel en una entrevista preciosa que justifica en sí misma el amor que profesa a la literatura, aludiendo al trabajo que supone sacar adelante todos los días, cada minuto, la Biblioteca Nacional de Argentina: “Yo he abandonado mi carrera de escritor y, hasta cierto punto, de lector, asumiendo este puesto de director de la Biblioteca Nacional a fines de 2015; y me he convertido en la persona encargada de eliminar obstáculos al trabajo de las otras ochocientas y pico personas que trabajan aquí. ¿Conoce usted un ballet de una gran coreógrafa alemana, Pina Bausch, que se llama Café Müller? ¿Recuerda que se trata de una mujer que baila y otro personaje le quita las sillas del camino para que no se tropiece? Pues yo soy esa persona”. Política en estado puro, conviviendo con el arte de lo posible.

Salvando lo que haya que salvar en democracia y en la situación a la que llegamos ayer con el triunfo de la moción de censura en nuestro país, me gustaría que fuéramos muchos los que quitáramos sillas en el camino del nuevo presidente para que pueda alcanzar los objetivos de su nueva política, en un país cansado y triste con lo ocurrido a consecuencia de la traída y llevada crisis y en la forma que se ha administrado en los últimos diez años. Todos hacemos política a diario, como ciudadanos, en la forma que somos de ser y estar en el mundo. Lo he manifestado recientemente en un artículo dedicado a la última obra de Michael Ignatieff, Las virtudes cotidianas, en el que he resaltado el papel que juega en la vida ordinaria la ética cotidiana: “Estamos viviendo momentos muy difíciles en nuestro país. Hemos iniciado una senda desconcertante como coda de una sinfonía de corrupción que no deberíamos haber tocado nunca y solo nos queda hacer camino juntos al andar de forma diferente, sin mirar atrás, donde la ética de lo cotidiano nos permita ser felices en cada momento de la vida” (1).

Lo dijo el nuevo presidente en el debate de moción de censura: “Defiendo esta moción de censura por coherencia, responsabilidad y democracia. Propongo un gobierno socialista, paritario y europeísta que cumplirá con la UE y la Constitución. Su hoja de ruta: estabilizar, atender las urgencias sociales y convocar elecciones”. El camino es difícil y corto, pero si contribuimos todos (cada Uno según le corresponda) a quitar las sillas que molestan en el andar político desconcertado, es probable que cumpla su compromiso, porque él también quiere quitarlas para que las ciudadanas y ciudadanos podamos vivir de forma más digna, cada una o cada uno con su cadaunada como persona. Pero no es solo “su problema” sino “nuestro problema”, para que este país abandone su tristeza y conformismo intrínseco para dar paso a nuevas alamedas de libertad que permitan recuperar otra forma de ser en el mundo, recordando a Salvador Allende. Teniendo fe en el destino de este país, porque seremos capaces de superar etapas grises anteriores y porque más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasen personas libres para construir una sociedad española mejor.

Alberto Manguel “quita sillas” en su país para que los trabajadores de la Biblioteca Nacional, donde se deposita el conocimiento ordenado que se comparte con los demás, no tengan obstáculos para abrirla a diario a nuevas formas de comprender qué pasa en un mundo en que no sabemos lo que nos pasa. Para que cuando la ciudadanía entra en aquella casa de la cultura todo funcione a la perfección, solo con el compromiso a flor de piel de que cada uno actúe conforme a la ética cotidiana de cada cual. Como pasa en la vida misma.

Creo que he aprendido esta lección simbólica de Manguel, una forma honesta de quitar todas las sillas indignas que pueda de mi alrededor cotidiano, para que triunfe el nuevo presidente. Para que no tropiece con aquello que de mí depende.

Sevilla, 2/VI/2018

NOTA: la imagen se ha recuperado hoy de https://overthekneeproject.wordpress.com/2013/06/26/cafe-mullerle-sacre-du-printemps-teatro-san-carlo-napoles/

(1) https://joseantoniocobena.com/2018/05/26/elogio-de-la-etica-cotidiana/

La ausencia de María Dolores Pradera

Cuando alcanzamos determinada edad, las ausencias son como el olvido que empolvan madrugadas y semillas que se fueron perdidas en sus mares donde nunca podrán hallar la orilla… Lo he recordado hoy al conocer el fallecimiento de María Dolores Pradera, a quien cité en una reflexión que compartí en la Noosfera el año pasado, al hablar de las ausencias.

Vuelvo a leer aquellas palabras, que comparto de nuevo en este cuaderno digital que se abre hoy a la nostalgia, escuchando atentamente a María Dolores Pradera, Liuba María Hevia y al gran Silvio Rodríguez. Quiero comprender la quintaesencia de hermosas palabras sobre la ausencia, que intentan explicarla a pesar de todo:

Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas
que cantas, que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerda la distancia

Sevilla, 29/V/2018
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Cuando la ausencia quiere decir olvido

La ausencia de valores está configurando una forma de ser y estar en el mundo muy diferente a cuando están presentes en cada acto humano. Los echamos de menos y es un hilo conductor en la razón ética de las personas dignas. Es lo más parecido a la ausencia de seres queridos, familiares o amigos del alma, cuando se alejan de nosotros por razones físicas, psíquicas o sociales. Cuando alcanzamos una edad calificada como de “personas mayores”, resuena en mi banda sonora vital una canción (entre otras), Ausencia, que he escuchado muchas veces en la interpretación magistral de María Dolores Pradera, de quien conocí muchas razones de su existencia, de sus ausencias, a través de su hermana Carmen, en almuerzos compartidos en la sede pública de un Ministerio en Madrid.

Ausencia quiere decir olvido
Decir tinieblas, decir jamás
Las aves pueden volver al nido
Pero las almas que se han querido
Cuando se alejan no vuelven más

¿No te lo dice la luz que expira?
Sombra es silencio, desolación
Si tantos sueños fueron mentira
¿Por qué se queja cuando suspira
tan hondamente mi corazón?

Ausencia quiere decir olvido
Decir tinieblas, decir jamás
Las aves pueden volver al nido
Pero las almas no vuelven más

Y rebobino mi vida para comprender todavía mejor qué significa el regreso de algunas aves a su nido, como hace el charrán ártico, porque es difícil a veces recuperar encuentros personales, en el punto que dejamos una conversación suspendida por mil razones, en un tiempo deseado y deseante, a modo de la expresión lúcida de Juan Ramón Jiménez respecto de su dios. También, para saber por qué caminamos muchas veces entre tinieblas, entre variados “jamás de los jamases”. Finalmente, lo más duro en la vida: volver a constatar que muchos sueños fueron mentira, porque la luz que los inspiró vemos que expira, aunque hoy nos quede preguntarnos por qué se queja cuando suspira tan hondamente mi corazón.

También resuenan hoy las ausencias aprendidas de Silvio Rodríguez, que me emociona solo con recordarlas. Son variaciones sobre el mismo tema, pero quizá sea esta canción, Ausencia, la que más me compromete a seguir creyendo que “Hay ausencias que te hablan de un mañana, / que se tornan de todos los colores, / que te ponen el mundo en la ventana / y de esperanza llenan los balcones”.

Hay ausencias que son como el olvido
que empolvan madrugadas y semillas
que se fueron perdidas en sus mares
donde nunca podrán hallar la orilla…

Hay ausencias que rozan con el alma,
mariposas celosas del espacio,
austeras prisioneras de las flores,
que te ponen su miel para los labios.

Ausencia, remoto fantasma que violas las puertas
que cantas, que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerda la distancia

Hay ausencias gaviotas que te salvan
que desdeñan fronteras y estaciones,
que rondan las paredes, las palabras
dibujando la fe con sus creyones.

Hay ausencias que te hablan de un mañana,
que se tornan de todos los colores,
que te ponen el mundo en la ventana
y de esperanza llenan los balcones.

Ausencia, remoto fantasma
que violas las puertas, que cantas,
que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo,
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerdas la distancia

Aunque ambos recuerdos de la ausencia… coincidan en el olvido.

Sevilla, 30/VII/2017

La chivata: un cuento de Luisa Carnés

 

TRECE CUENTOS

Lo encontré como un regalo ideológico en la página web de la editora Hoja de lata, de un libro ejemplar de Luisa Carnés, Trece cuentos (1931-1963), que recogí en un post que dediqué en 2017 a las mujeres en su tarea imprescindible de escribir. Volví a verlo en la pasada Feria del Libro en Sevilla. Era un cuento que había publicado eldiario.es, que lo facilitaba la editorial como adelanto de la publicación citada, que me permitió conocer a esta escritora olvidada. Lo recupero hoy, como homenaje a una mujer extraordinaria que ha escrito páginas memorables de la España profunda, que tanto cuesta olvidar. Pero no a ella, ejemplo de ayer, hoy y siempre, porque estoy convencido de que son imprescindibles las mujeres que escriben.

Sevilla, 27/V/2018

LA CHIVATA

I

¿Quién era? No podía ser la madre del niño recién nacido, de aquel niño de piel rosada, llena de arrugas, cuyos puñitos apretados eran los únicos puños que podían cerrarse ante las miradas agudas de las celadoras. No podía ser la madre recién llegada, cuyo hijo acababa casi de abrir los ojos a la luz de aquellas galerías, cuya claridad no descubría graciosos pájaros, ni iluminaba un solo árbol, un árbol siquiera, que pudiera contar el paso de las estaciones con su desgranar de capullos en cada rama o su crujir de hojas secas bajo los invisibles dedos del viento. No podía ser aquella madre nueva, cuyos labios pálidos sellaban el camino de la libertad del marido («Podéis matarme, pero no diré por dónde se fue»).

Su cabello apretado en rueda sobre la nuca todavía no encanecía. Sus manos alzaban al hijo para que recibiera el rayo de sol que paseaba despacio, de doce a una, por el patio, para que recibiera el aire delgado que a las oscuras celdas no quería pasar. No podía ser tampoco la madre del niño doliente, que no sabía lo que era un caballo, ni menos aún conocía la leche de la vaca mugidora, e ignoraba que dos hileras de casas formaban una calle, y varias casas puestas en rueda forman una plaza. El niño de piernas de alambre, que desconocía otras aves que no fueran aquellas que cruzaban por encima del penal, con un ruido que hacía temblar todos sus pequeños huesos.

No podía ser tampoco la maestra. La maestra no era joven ni bella. Sus manos se habían deformado con ropas ajenas. Había lavado en lavaderos públicos, en pilas frías, por las cuales pasaban ropas de todas partes, pero sobre todo señaladas con un signo (USA) que la maestra conocía muy bien; en lavaderos de hospitales, oscuros, húmedos, acompañada a veces de algún cadáver, en espera de la noche para ser rescatado por la tierra. Así se enclavijaron los dedos de sus manos, mientras los niños españoles no sabían que dos y dos son cuatro. Cuando en las batas tiesas de un hospital aparecieron unas hojitas en contra de Franco y de los yanquis, la maestra fue puesta en cautiverio. Y ahora sus dedos torcidos apenas pueden sostener el pedazo de lápiz que escribe, para los hijos de las presas, cuántos días tiene un año sin leche, sin pájaros, sin juguetes, y con aquellas grandes alas de metal norteamericano traspasando los aires… No podía ser tampoco la maestra.

No podía ser la anciana de los zuecos (otro beso de amor sobre un camino). Le preguntaban «¿Dónde está tu hijo?», y ella respondía «¡Sábelo Dios!». Y ahora estaba allí, en el día eterno de la cárcel, con sus viejos zuecos, que nadie podía arrancarle de los pies y que producían durante todo el día un ruido seco por las galerías y el patio, añorando las viejas piedras de la aldea. No podía ser tampoco la vieja de los zuecos

¿Pues quién entonces?, ¿quién era? ¿Carlota, la de los ataques; Jacinta, la Madrileña; Pepa, la Tuerta (culpa fue del vergajazo de la funcionaria); Maruja, la Liviana (flaca como un perro flaco, saltarina y ligera como un alambre azotado por el vendaval); Filo, la Asturiana; Carmen; Amparo…? ¿Quién de ellas? ¿Cuál de todas aquellas sombras de mujer era «ella»?

—Bueno, yo no digo que si aquella o la de más allá, pero entre nosotras está la prójima.

—¿Tú, no querrás decir…? Pero, ¿por qué me miras? ¿Tengo yo cara de chivata?

—¡Mía esta!… Estás enfrente de mí. A algún lao tiene una que mirar.

—Pero, casualmente, me has mirao a mí.

—Pues eso habrá sido, casualmente… ¡Mía esta!

Estaban en el patio. El sol, ya alto, apenas calentaba. Alto, alto. La madre joven levantaba a su hijo entre las manos —el niño de carina menuda, como una cereza arrugada—, pero no lograba que el infante alcanzara aquella débil flecha amarillenta que apuntaba a una pared gris. La Liviana tiritaba dentro de su toquilla negra, y con sus largos brazos rodeaba su propio cuerpo. Carmen, María, Angustias, Filo, hacían guantes y pañitos de perlé, y la anciana de los zuecos medía las losas frías de aquel pozo que se comía los colores, los senos, las caderas, la juventud de las reclusas.

—Tú dices, pero una tiene que recelar de todo. Aquí todas somos de confianza, pero ¿quién dio el soplo el día de la clase política?, ¿y la noche de la lectura del periódico? ¿Cómo se supo quién escondía la bandera republicana el año pasado?

—Tiene razón. Todo eso es más que sospechoso. Las funcionarias no son adivinas. ¡Hay que ahorcar a la que… !

—No puede ser una política.

—Tié que ser una de las comunes, que se haya infiltrao.

—¿Pero quién puede ser, quién? Otra vez a mirar, a buscar con los ojos, en los ademanes, de un grupo en otro (no podían ser más de cinco). ¿Quién? ¿Quién? Y otra vez, la misma de antes:

—¡Y dale!… Mira pa’ otro lao, tú.

—¡Pues a algún sitio tengo que mirar, ¡mía esta!…

Siguieron mirándose unas a otras después, en el comedor, y más tarde al formar en la galería para que las contara la celadora. Y en los días que vinieron. No había descanso. No se sabía quién era, pero se la sentía en todas partes. Se la sentía como algo impalpable, pegajoso y frío, algo que enmudecía el labio y hacía cerrar las manos debajo de los delantales y en los bolsillos de las batas. Era algo contra lo que era difícil luchar. Porque, ¿cómo se defiende la gente de una sombra? Y eso era la chivata, una sombra que resbalaba sobre el patio y la galería; una oreja adherida a todas las celdas, arañando en todos los cerebros y robando los pensamientos, quizá antes de que nacieran.

Había introducido en el penal algo peor que el hielo: la desconfianza. La desconfianza sellaba las bocas y enfriaba los corazones de las presas. Los corazones, antes tan encendidos en amor. Se cerraban las mujeres dentro de sí mismas como lo hacían cada noche en las celdas con sus cuerpos las funcionarias. Y en la oscuridad casi total — solo la pequeña bombilla de carbón al final de la galería— se adivinaba al poder maligno deslizándose ante las puertas, captando los suspiros, las lágrimas, los anhelos de libertad y de justicia, la nana de la madre joven, de pechos henchidos, que soñaba para su hijo un rayo de sol, como la madre del niño raquítico soñaba para el suyo un caballo con cola de algodón.

II

—Os digo que es ella.

—¡No puede ser!

—Es la que mejor cumple las tareas.

—Con su cuenta y razón.

—Es la primera que reclama a las funcionarias…

—Y hasta la metieron en celda de castigo el mes pasado.

—Sí, menuda celda de castigo… ¿Sabéis cómo se llama su celda?; la Puerta del Sol. Mi hermana la vio en la calle hace dos semanas.

—¿Cómo es posible?

—Toma, siéndolo. Entra y sale de la cárcel como Pedro por su casa. ¿Qué más pruebas queréis?

—Si fuera verdad, era para matarla.

—Y tanto que lo es. Mi hermana no inventa infundios. Me lo escribió en un papelito. Aquí está. Pasarlo a las demás, con cuidado.

—Sí, con tiento… La anciana de los zuecos contaba baldosas en el patio. La madre joven había conseguido al fin que su hijo aprisionara en sus puñitos cerrados el rayo de sol, y reía:

—¡Qué rico solecito para mi niño!

Carmen, Filo, Carlota, María y Angustias movían entre los dedos las agujas de hacer croché. El pequeño papel blanco pasó entre sus dedos ligeros, entre los aleteos juguetones. En él unas letras a lápiz decían: «Cuidado con la Liviana. La he visto en la calle». Entre los dedos de la última se convirtieron en diminutos pétalos, que más tarde desaparecieron en el retrete.

—¿Lo creéis ahora?

—¡Qué horror!

—Es la más interesada en las clases políticas.

—La más interesada en la lectura del periódico.

—¡Qué descanso para todas!

—Cuando yo decía que «ella» estaba entre nosotras…

—Pero lo decías mirándome a mí.

—¡vaya manía que te ha entrao! Bien sabe Dios que no te miraba a ti ni a ninguna, pero desconfiaba de todas. Alguna de nosotras tenía que ser.

—Eso sí.

—¡Y pensar que ella tiene el secreto de nuestro trabajo!

—Y sabe cómo entran las cartas en la cárcel.

—Y cómo salen.

—Ya se nos estropeó lo del 14 de abril.

—¡Que te crees tú eso!

—veréis como hay cacheo el 14.

—¿Y qué que lo haya? En peores nos hemos visto.

—¡Y tanto!

—Callarse, que ahí viene…

Pero como eran cinco en el corro, la Liviana pasó de largo.

—¿Se habrá olido algo? Es muy larga.

—Es que somos cinco.

—Es verdad.

—Cumple bien el reglamento.

—Demasiado bien. La madre aupaba en sus brazos al niño recién nacido, que seguía apretando en sus puñitos el sol, que tendía a escaparse.

—¡Qué solecito tan rico para mi niño!

Los zuecos de la anciana seguían arañando las losas del patio, buscando acaso los perdidos pedruscos de la aldea.

III

Ya el sol calentaba aquel 14 de abril, pero a nadie le extrañó ver a la maestra envuelta en la manta de su catre. Llevaba algunas semanas que se quejaba de tercianas, pero apenas le hacían caso las funcionarias, y por todo tratamiento le suministraban dos aspirinas al día. A nadie le extrañó verla aquel 14 de abril envuelta en la manta, tiritar bajo el sol alegre, que envolvía en su calor al niño de carita de cereza arrugada, como metida en alcohol.

A pesar del cacheo de la mañana, las funcionarias no habían prohibido la hora del paseo en el patio, aunque estaban más vigilantes que de costumbre en las galerías altas que miraban al patio. Por la mañana, después del desayuno, cuando las reclusas atendían al aseo de sus celdas, sonó un timbre largo rato, y la jefa de galería apareció a lo lejos.

—¡Cacheo tenemos!

Venía la jefa acompañada de otras dos celadoras de la prisión. La jefa gritó:

—¡Todas afuera! ¡Cada una de pie al lado de su celda! Las celadoras subalternas registraron a las mujeres una por una. Registraron las celdas, una por una. Nada quedó sin registrar. Sus manos palpaban las pobres prendas remendadas, arrancaban de las paredes los retratos familiares, deshacían los catres.

—¿Dónde están las banderas?

—¿Dónde las habéis metido, cochinas? Cien banderas que se había llevado el viento. —Buscad, no dejéis nada sin mirar.

Otra vez, las manos temblonas de las celadoras rasgaron papeles y arrugaron trapos limpios. Los libros, si alguno había, quedaban destrozados. Dentro de los secos pechos de las tres celadoras, los corazones negros trepidaban como locomotoras.

—¿Dónde están?… ¿Dónde las habéis metido?

Las cien mujeres de aquella galería aparecían tiesas, pegadas a las puertas de sus celdas abiertas. Eran cien estatuas sin vida. Los ojos miraban fríamente a las tres mujeres que destrozaban sus pobres prendas. Levantaban los colchones de borra apelmazada, vaciaban los viejos baúles, las cajas de cartón, donde crecían las labores de croché que más tarde venderían en la calle los familiares de las presas; el trabajo que se convertiría en mejor pan, en «café, café», o en lana para los calcetines del invierno. Todo era apretujado, pisoteado, pero las banderas no aparecían. Y en aquella galería había cien mujeres. Las mujeres eran estatuas erguidas ante sus celdas.

Entre ellas estaba la de la Liviana, desarticulados los largos brazos y piernas, pegada a la puerta oscura como una delgada oblea. Y la madre joven, rebosantes los pechos hasta mojar la fea bata. Y la anciana de los zuecos, impaciente por emprender su interminable caminata en busca de la aldehuela que no se vislumbraba en patios ni pasillos. Y la maestra, tiritando de frío en 14 de abril.

—¿Por qué tiemblas tú? —inquirió la jefa.

—Me siento mal.

—Tiene calentura —dijo la madre joven.

—Cuando acabéis, dadle a esta dos aspirinas —ordenó la jefa a las celadoras.

Media hora más tarde quedaron solas las reclusas. Cada cual se entregó a la tarea de arreglar sus pobres bienes destrozados. Reían y cantaban, y se abrazaban unas a otras. Una vez que la Liviana intentó abrazar a una de ellas se sintió rechazada, y oyó una voz muy baja que le dijo:

—¡Quita de ahí, Judas!

La Liviana fingió no haber oído nada. Siguió haciendo su vida ordinaria: el taller, la labor de croché, como todas. Nadie le volvió a decir nada. Pero empezó a sentirse sola. A la hora del paseo en el patio comenzó a sentirse sola. Sorprendió en sus compañeras miradas que no conocía. Le llegaba un sordo rumor de voces, como el ruido airado del mar cuando se escucha desde lejos, al otro lado de una montaña. Abría mucho los ojos y los oídos pero nada oía ni veía, salvo las miradas extrañas, que avanzaban hacia algo, que buscaban algo sin acabar de posarse en nada. Y aquel ruido sordo de las voces sin palabras, aquel como fino oleaje que la cercaba… Arriba, en la galería superior, las celadoras vigilaban el patio, pero estaban muy lejos. No podía reclamar su atención. No encontraba el medio de comunicarles su miedo, de hacerlas partícipes de aquella amenaza que sentía sobre sí y la llenaba de temor. Nunca supo lo que era el temor, esa cosa que enfría las manos y paraliza las piernas. Eso que debían sentir las presas políticas cuando la Falange las llamaba a declarar a la dirección de Seguridad, y que ella desconocía.

Desde arriba las celadoras veían el patio como lo veían siempre, florecido de cabezas de mujer a falta de flores auténticas, ni siquiera con la más leve brizna de hierba asomando entre las piedras. No podía traspasarlas aquel sordo rumor como de mar que comienza a embravecer. No podían ver aquellas miradas que cambiaban. Ahora tenían una expresión solo captada por la Liviana, aquellas miradas que al fin convergieron en un punto, como aquel que llega a una cita. Y acallaron aquel rumor, que no tenía nada de humano, para dar paso a un grito extraño, desarticulado, que no era de temor ni de alegría ni de odio, proferido por cien gargantas. Que ahogó el de la Liviana antes de nacer. En el barullo alguien dijo:

—Todavía están ahí las funcionarias.

Y alguien:

—No importa. Tiene que ser ahora. Así se acordó.

La manta en que se arrebujaba la maestra voló sobre muchas cabezas. El grito se dividió en gritos. Pero ahora eran de alegría, contenida por mucho tiempo, más bien desconocida de siempre. Era la locura del silencio transformado en voz y luego en cántico. Cantaban canciones infantiles, y mientras las sílabas formaban en sus labios palabras candorosas, las voces eran aullidos sin forma que atraían las miradas de las celadoras de la galería superior. Cantaban y golpeaban sobre la manta de la maestra con tercianas que, después de revolotear sobre las cabezas, había caído al suelo. Golpeaban sobre la manta con risas y alaridos.

La madre joven entregó a su hijo a la vieja de los zuecos y golpeó también con fuerza. Todas golpeaban ciegamente encima de la manta, con los pies y las manos. Golpeaban por ellas y por las demás reclusas del penal. Golpeaban por sus hombres presos o muertos, por sus propias penas y por las ajenas. Golpeaban por los cautivos víctimas de las delaciones, por los eternos días de la cárcel, por las noches sin sueño, por los años sin pan y sin leche, por la juventud sin amor, por la niñez de los niños que no conocían de España más que unas celdas estrechas y unos altos muros grises…

Cuando aquel flaco cuerpo de la Liviana, aquella fea rata delatora, dejó de ofrecer resistencia debajo de la manta, sintieron miedo, un miedo colectivo, que es más profundo y trágico que el miedo de un solo ser, que es un miedo que no cabe en el mundo. Pensaron: «La hemos matado». No, ellas no querían matar. No querían devolver muerte por muerte. Querían castigar. Demostrar a las celadoras que la chivata no había podido interrumpir en la cárcel el trabajo de las políticas, cortar su apasionada esperanza, su confianza en el mañana de España y la propia confianza, la amorosa confianza de unas en otras, la mutua ayuda, la solidaridad, la comprensión. Todo eso tan bello, tan alentador, que las ayudaba a sobrellevar la larga espera redentora, el mañana español que sería esplendoroso, como lo era ya para otros pueblos de la tierra…

Con temor, alguna tiró de una punta de la manta de la maestra y se vio a la Liviana moverse, sentarse en el suelo, recogerse sobre sí misma, extender sus brazos, con aire dolorido, a las celadoras, que miraban la escena con estupor, que hasta entonces no comprendieron.

—¡Socorro! ¡Me matan! —gritó la chivata con las pocas fuerzas que le quedaban.

Y las celadoras acudieron de todas partes en su ayuda. Pero iba a ser difícil encontrar a las culpables. Habría que castigar a las cien mujeres de las cien celdas del piso bajo del penal. Mientras la Liviana era atendida en la enfermería de los golpes sufridos aquella noche del 14 de abril, en las celdas del piso bajo, cien voces gritaban una canción de la guerra española que en este momento, para las reclusas, era una canción de victoria: El ejército del Ebro, una noche el río pasó, y a las tropas invasoras, buena paliza les dio.

Cuando las funcionarias encendieron las luces de la galería baja, cien banderitas republicanas ondearon a través de los ventanucos de las cien celdas, bajo las bombillas de carbón.

Elogio de la ética cotidiana

VIRTUDES COTIDIANAS

«En definitiva, ¿dónde empiezan los derechos humanos universales? En pequeños lugares, cerca de casa; en lugares tan próximos y tan pequeños que no aparecen en ningún mapa. […] Si esos derechos no significan nada en estos lugares, tampoco significan nada en ninguna otra parte. Sin una acción ciudadana coordinada para defenderlos en nuestro entorno, nuestra voluntad de progreso en el resto del mundo será en vano»

Eleanor Roosevelt

Estamos viviendo momentos muy difíciles en nuestro país. Hemos iniciado una senda desconcertante como coda de una sinfonía de corrupción que no deberíamos haber tocado nunca y solo nos queda hacer camino juntos al andar de forma diferente, sin mirar atrás, donde la ética de lo cotidiano nos permita ser felices en cada momento de la vida. He leído una entrevista reciente a Michael Ignatieff, publicada en El País Semanal, en la que he conocido su reflexión profunda sobre las virtudes cotidianas, en un libro de reciente edición, Las virtudes cotidianas (1), que recomiendo en momentos cruciales para nuestro país. Tengo un recuerdo especial de este autor a través de una obra demoledora, Fuego y cenizas (2), que no me dejó indiferente, que puede hacernos comprender que el hombre también puede ser un cordero para el hombre, a diferencia del homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre) de Hobbes. Lo he vuelto a leer hasta en varias ocasiones porque me impactaron sus reflexiones acerca de la experiencia política que vivió en su país natal, Canadá, desde 2008 a 2011, liderando la oposición y con una clara opción a gobernar ese país como Primer ministro. Un profesor universitario en Harvard que fue captado para iniciar una carrera política implacable, tal y como nos la narra él en sus reflexiones cargadas sobre todo de sentimientos y emociones, éxitos y fracasos, fuego y cenizas… Un libro para no olvidar, sobre todo en una frase que encierra el gran enigma de la política digna y honesta: “Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad”.

El ensayo reciente de Ignatieff recoge las conclusiones del proyecto Carnegie Centennial, para conmemorar las esperanzas sobre el progreso moral que dieron lugar al donativo de Andrew Carnegie de dos millones de dólares en 1914, para financiar la Unión de las Iglesias por la Paz y para investigar en qué consistiría la globalización moral en el siglo XXI. Los vaticinios de paz duraron muy poco y a los pocos años el mundo se vio envuelto en guerras y fracasos sociales de una magnitud considerable. Ahora, al cumplirse el centenario de aquella acción filantrópica de Carnegie, había que apearse del entorno divino en esta investigación y rodearse de expertos en ética global para saber si era posible un orden ético global laico en el mundo actual.

Ignatieff explica en el prólogo a la edición española de Las virtudes cotidianas, que se deber poner un cierto orden estructural en el caos ético mundial: “En un tiempo de fractura, ¿dónde podemos encontrar orden y estabilidad? Debemos fijarnos en los pequeños detalles, pasar del amplio mundo de la política, los mercados y el sistema internacional al mundo más pequeño y más íntimo de la familia, el barrio y la esquina”. Y piensa que en estas tres realidades universales está situado el espacio común donde se pueden desarrollar cuatro virtudes de lo cotidiano: la tolerancia, la resiliencia, la confianza y el perdón, del que “depende el sistema operativo moral de cada sociedad”.

Un vuelco en toda regla a aquellas aspiraciones de Carnegie en el siglo pasado donde el orden ético mundial pasaba para millones de personas por armonizar las religiones. Visto lo visto, más de cien años después, no sorprende algo que he constatado a lo largo de los siglos: nuestros antepasados creyeron siempre que el ser humano era lo mejor que le había pasado al mundo desde la creación. Hasta Dios había constatado que, frente al resto de creaciones, el hombre y la mujer era lo mejor que había hecho. Darwin lo demostró también siglos después, en las bases del evolucionismo, frente al creacionismo, sin confiar nada a Dios sino solo a la naturaleza, a la evolución de los seres vivos, de las especies. Ahora, en las conclusiones del Carnegie Centennial Project se constata que en el mundo actual lo que sigue dando sentido a la vida es la familia, el barrio y las aceras de Jacobs, con esquinas incluidas, si se tienen en cuenta cuatro virtudes cotidianas: tolerancia, resiliencia, confianza y perdón. Es verdad porque, al final de toda intolerancia, dolor por lo ocurrido o desconfianza ante todo lo que se mueve, perdonar es comprender y a veces se comprende tanto que no hay nada que perdonar.

Estoy convencido que la ética global es la que permite justificar todos los actos humanos, donde quiera que se produzcan. Siempre me ha gustado asimilar la ética a la solería o entarimado de nuestras casas, sobre el que pisamos a diario pero que, en su momento, necesitó una mano maestra para colocar todas las piezas, una a una, que hoy pueden darle brillo y esplendor. Lo mismo ocurre con todos y cada uno de los valores de nuestra vida. Así lo aprendí del profesor López-Aranguren hace ya muchos años, cuando comparaba la ética al suelo firme que justifica todos los actos humanos a lo largo de la vida: es la “raíz de la que brotan todos los actos humanos, o todavía mejor, el suelo firme que justifica dichos actos, en definitiva, una forma de vida”. Y es verdad, porque la ética no debería estar sometida a la moda o al mercado, como una mercancía más, como sucede ahora, porque bien entendida es una actitud permanente ante la vida personal y social, pública y privada, sostenida en el tiempo que corresponda vivir a cada uno, es decir, una forma de vida para cada persona que habita este planeta. Con su familia, en su barrio y paseando por sus aceras más queridas. Su suelo firme, en definitiva.

La ética exige una trazabilidad en la historia de cada persona. Esta es la razón de por qué hay que recuperarla en el tiempo didáctico que sea oportuno, en todos los niveles de la enseñanza pública. No hay otra solución, porque la ética no se improvisa como una mercancía más, ni se puede comprar al peso, es decir, hay que sacarla urgentemente del mercado en el que a veces se instala. Por esta razón he defendido tantas veces en este blog la permanencia de educación para la ciudadanía en la enseñanza pública, porque he entendido que la ética de los valores personales y sociales hay que desarrollarla en ciclos formativos diferentes y progresivos, desde las escuelas infantiles, inclusive, para que aprendamos qué significa y porque la solería de la vida ética cotidiana es contemporánea con el crecimiento de cada persona. La única que le puede hacer feliz.

Sevilla, 26/V/2018

(1) Ignatieff, Michael (2018). Las virtudes cotidianas. El orden moral en un mundo dividido. Madrid: Taurus.

(2) Ignatieff, Michael (2014). Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política. Madrid: Taurus.

Luces en mi ciudad

Hace tan solo unos días viví una experiencia en mi ciudad que me aportó luces con tiempo dentro, como gustaba describir a Juan Ramón Jiménez su querido Moguer. Estaba cenando en un restaurante de comida rápida y como por arte de magia comencé a ver en un televisor de grandes dimensiones una de mis películas preferidas, Luces de la ciudad, de Charles Chaplin. La pregunta era obvia: ¿qué hacía Chaplin en un lugar como ese?, que también la hice extensiva a mi realidad sonora de ese momento, ¿qué hacía un chico como yo contemplando esa maravillosa película con un ruido infernal de fondo, en un sitio como ese?, con decoración americana florida y no hermosa, como queriendo poner sonido a una película que burló los avances de la época en los albores del cine sonoro, en la que Chaplin simboliza que el sonido solo es ruido en determinadas ocasiones. Nada mejor para comprenderlo que la escena inicial de la inauguración de un monumento a la paz y prosperidad. Sin comentarios. Chaplin se burla de lo que simbolizan a veces las inauguraciones oficiales de obras públicas en las que se suelen pronunciar frases que mejor que no pasen a la historia. Escuchando el vídeo que encabeza estas palabras sobran todo tipo de comentarios.

La cena transcurrió con la compañía inseparable de Chaplin, de su personalidad desdoblada en el día y la noche, su proximidad a otra persona desdoblada, el millonario que cuando está ebrio entrega a Chaplin lo que le pida, pero cuando vuelve a la sobriedad lo expulsa siempre de su entorno. Destaca, sobre todo, el hilo conductor de la película, el amor a una florista ciega que tarda tiempo en reconocer la verdadera personalidad de su benefactor. Ocurre muchas veces en la vida verdadera, sobre todo en el discreto encanto de la burguesía que se preocupa de ocultar siempre la verdad de la trastienda de la vida que siempre existe a través de oscuros objetos de deseo, que no es el caso del protagonista. La película está llena de tics y gags inolvidables, como en las escenas del combate de boxeo, volviendo a recordar en la banda sonora de mi vida, La violetera, canción de autoría española que hizo famosa Chaplin.

No hizo falta banda sonora alguna para contemplar maravillado esta película, porque era muda. La comida se hizo más amena porque tenía cerca a un perdedor que ganaba todos los días el combate de vivir dignamente, no hurtando algo tan especial como es encontrar al menos una vez el amor de su vida. De vez en cuando lo miraba de reojo. En los postres llegaron las escenas finales, que son preciosas. La ciega que ya ve lo había reconocido siempre por el tacto, algo tan humano que a veces despreciamos como algo pasado de moda. Su amor verdadero no era el millonario virtual que le había pagado su deuda para seguir viviendo, sino que era alguien que le había entregado todo a cambio de casi nada, embobado siempre al verla. Es lo que tiene no ser un necio, es decir, saber distinguir siempre valor y precio en todos los órdenes de la vida.

Cuando nos levantamos, Chaplin todavía estaba allí, despidiéndose de nosotros. Nos dimos cuenta de que era solo El Fin (The End) de una película de mis sueños, aunque me recordó que todavía existen luces especiales de dignidad en mi ciudad.

Sevilla, 22/V/2018

¿Qué vida es esta?

EL ROTO EL PAIS 20052018

El Roto tiene una especialidad en la que marca diferencias: una viñeta suya puede alojar un tratado de filosofía. La de hoy en el diario El País, no tiene desperdicio, aunque considero que la pregunta es un clásico popular ante el continuo fluir de las cosas. Estoy de acuerdo desde hace ya muchos años con Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química en 1977, cuando defendía que estamos instalados en la inestabilidad, afirmación derivada de su actividad científica. Ya lo vaticinó también Heráclito de Éfeso, muchos siglos antes, en su clásico discurso sobre “todo fluye, nada permanece”, pero sin que todavía se hubiera impregnado del magma de la miseria social, cuando la ausencia de democracia tomó el control férreo del rumbo social de la humanidad. Por cierto, sin enterarse la Iglesia a lo largo de los siglos de lo que en realidad le pasaba al mundo inestable, al interpretar que aquello era la constatación más plena de que hay tiempo de todo en la existencia y que la precariedad de precariedades es solo precariedad total. O lo que es lo mismo, vanidad de vanidades, todo es vanidad.

¿Qué vida es esta? Precariedad de precariedades, todo es precariedad. La precariedad es la anti-dignidad en estado puro, porque no se tiene nada por la vía del derecho o del deber, sino como préstamo y a voluntad de la autoridad competente (sin suponer que tenga por ahora tics militares). Estoy convencido de que falta la autoridad ética suficiente en quienes tienen que ejercerla y se legisla de una forma que no es tolerable para muchas personas de este país, refiriéndome en concreto y para que se entienda bien, como un ejemplo entre otros, a la situación de paro y trabajos en precario que asolan el país. Cualquier respeto a la política está también en precario, porque casi nadie se fía del orden y poder político establecido, porque lo único a lo que se puede acceder, salvo honrosas excepciones, es a un trabajo que no tiene correspondencia casi nunca con los conocimientos o títulos universitarios que se posean y por tolerancia de una legislación complaciente. Lo que ocurre con el trabajo precario es solo una manifestación de la precariedad que se extiende como una gota de agua o un mar en el que falta “majestad ética ejemplar” para exigir la obediencia debida en todos los órdenes de la vida. Ya lo decía anteriormente: precariedad de precariedades, todo es precariedad. Falta ejemplaridad política y eso es lo que nos pasa, como siglos atrás pasaba con la falta de Majestad de los Reyes, como analiza el Diccionario de Autoridades el término “precariedad”, tal y como se entendía en el siglo XVIII en este país: ““Que el respeto de los Consejos se apoya en la Majestad de los Reyes, y es el espíritu que los anima, que cuando esta falta, como sucedía en aquella ocasión, era precaria cualquier obediencia”.

De ahí a la obediencia precaria universal en todo lo que se mueve, solo hay un paso. El que quiera entender que entienda. Estamos avisados por la Historia. Y por El Roto.

Sevilla, 20/V/2018