El Niño Jesús proletario

Dedicado especialmente a las personas que, como me pasa a mí cuando llega la Navidad, nos miramos a nosotros mismos y a nuestro alrededor, y nos preguntamos muchas cosas. Nada más.


Escenarios en Palestina, durante la preparación del rodaje de El evangelio según Mateo (Pier Paolo Pasolini, Il vangelo secondo Matteo, 1964)

Cuando finalizaba el verano, leí unas páginas excelentes de “pequeñas memorias”, escritas por José Saramago (1), que me sirvieron para pensar y soñar en una Navidad verdadera. Ahora, en estos días cercanos a la Navidad real de 2008, las he recordado de nuevo y las incorporo a este cuaderno para que tengan un lugar preferente durante estos días, dedicadas a cuantas personas me acompañan en esta singladura digital:

“En ese tiempo, los Reyes Magos todavía no existían (o soy yo quien no se acuerda de ellos), ni existía la costumbre de montar belenes con la vaca, el buey y el resto de la compañía. Por lo menos en nuestra casa. Se dejaba por la noche el zapato (“el zapatinho”) en la chimenea, al lado de los hornillos de petróleo, y a la mañana siguiente se iba a ver lo que el Niño Jesús habría dejado. Sí, en aquel tiempo era el Niño Jesús quien bajaba por la chimenea, no se quedaba acostado en la paja, con el ombligo al aire, a la espera de que los pastores le llevasen leche y queso, porque de esto, sí, iba a necesitar para vivir, no del-oro-incienso-y-mirra de los magos, que, como se sabe, solo le trajeron amargores para la boca. El Niño Jesús de aquella época era un niño Jesús que trabajaba, que se esforzaba por ser útil a la sociedad, en fin, un proletario como tantos otros”.

El Niño Jesús proletario, el Niño Jesús de Saramago, es una imagen muy próxima a la realidad de la memoria histórica del acontecimiento que ahora, paradójicamente, justifica fiestas por doquier. Hace veinticuatro años, escribí un artículo para un periódico, que titulé “Ciudadano Jesús”, recopilado posteriormente en mi libro “Teatro de barrio”, en el que analizaba las grandes contradicciones de estas fechas y del que entresaco algunas reflexiones que siguen teniendo actualidad absoluta: “todo este montaje «dorado» se debe a que unos cronistas del siglo quinto antes de Cristo, comenzaron a tomar apuntes de un hecho sociológico interesante en sí mismo: el empadronamiento y, en un momento dado de la historia, el ordenado por el emperador romano César Augusto. José y María de Nazareth, ciudadanos responsables, buenos demócratas en su sentido primigenio, acuden a empadronarse a Belén, en hebreo «casa del pan», y allí, fuera del drama que siempre nos han pintado del rechazo a la familia «sagrada», al no encontrar sitio en la posada porque estaba hasta los topes, debido al empadronamiento masivo, se le cumplen los días a María, «estaba cumplida», y nace Jesús, niño-ciudadano, en el acto de empadronamiento de sus padres. María estaba loca de contenta por las cosas «maravillosas» que los pastores decían del «niño». Había también por allí una profetisa anciana de nombre Ana, que conocía muy bien a la gente del Templo, y hablaba a todo el mundo de las cosas del niño. Y Jesús comenzó su vida normal, creciendo en todos los sentidos. El cronista de la época ha sido muy escueto en sus manifestaciones, pero constituyen en sí mismas un dato muy importante para la humanidad: es necesaria la revolución en las épocas de estancamiento social, de aburguesamiento en todos los sentidos”.

Y finalizaba el artículo con unas palabras que sigo suscribiendo de forma íntegra y que después de tantos años podrían ser anunciadas a los cuatro vientos como avisos para navegantes digitales pre-ocupados [sic, con guion] con un Niño Jesús proletario que no está en los cielos…: “Esta Navidad podía ser algo diferente. No sería bueno entrar en maniqueísmos desfasados, pero sí sería conveniente no malinterpretar el contenido revolucionario del mensaje del ciudadano Jesús. Con normalidad, con alegría, con coherencia, pero sabiendo de antemano que trabajar en su ideología y actitud de creencia lleva indefectiblemente a encontrarse de lleno con la actitud oceánica de la sociedad actual, donde el oleaje de consumo, violencia y desprecio humano suele ser el acicate para todo aquel que prescinde de la realidad del compañero. Porque nuestro sistema democrático vigente debe mucho al ciudadano Jesús, sobre todo a su actitud ante la necesidad de cambiar una sociedad tranquilizada con el bienestar codificado por las multinacionales de la alegría navideña”.

Vuelvo a abrir el libro de las pequeñas memorias de Saramago por las páginas 107 y 108, buscando el final de esta microhistoria navideña del Nobel portugués. Y no me sorprende su reflexión de cierre y recuerdo de aquellos días: la ansiada presencia de los ángeles, una recreación de sus mayores, a los que nunca divisó en su cocina real, aunque los adultos que le rodeaban en aquella Nochebuena se empeñaban en demostrar que “lo sobrenatural, además de existir de verdad, lo teníamos dentro de casa”. Y Saramago niño, incluso ya mayor, aún dejándose llevar por el niño que siempre fue, nunca los vio, “ni uno como muestra”, porque el Niño Jesús que llevaba dentro estaba en otras cosas más mundanas, yendo del corazón a sus asuntos proletarios…. Los que un día, no muy lejano, atendería como compromisos sociales el Niño-Ciudadano Jesús.

Sevilla, 21/XII/2008

(1) Saramago, J. (2008). Las pequeñas memorias. Madrid: Punto de Lectura, p. 107.

Cuando el cerebro prefiere callar


Solo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio
Abate Dinouart. Principio 1º, necesario para callar.

Hacía referencia Antonio Muñoz Molina a Cervantes, en un artículo extraordinario en el suplemento Babelia de 13 de diciembre de 2008 (1), con la siguiente frase controvertida: “En el Quijote, Cervantes atribuye a su cronista embustero y apócrifo Cide Hamete Benengeli una aspiración que siempre me ha parecido enigmática:… y pide que se le alabe no por lo que dijo, sino por lo que dejó de decir”. El cerebro nos permite actuar con estas autorestricciones a la activación de la memoria, obedeciendo a órdenes de la corteza cerebral a diversas estructuras cerebrales que intervienen en el proceso de la memoria para que no recuperemos, en determinados momentos, aquello que no interesa, no es conveniente recordar o simplemente, aunque se recuerde a la perfección, no se debe verbalizar.

Personalmente estoy preocupado con el mundo que me rodea lleno de ruidos y de palabras por doquier. Hoy, no es socialmente correcto hablar del silencio y los cerebros se preparan, en la medida de sus posibilidades, a convivir permanentemente con el ruido de alrededor, cualquiera que sea, porque no gusta la soledad. Además, siempre que se está con los demás se considera no prudente estar callados. Se imponen nuestros criterios, nuestra forma de pensar, nuestros gustos, sin escuchar. Caiga quien caiga. Además, supe en 2006 de una afirmación del primatólogo Josep Call, experto español en estudios comparados entre los simios y los seres humanos, que recogí en un post que llevaba por título “Los ultrasociales”, del que entresaco los siguientes párrafos por su aportación contradictoria con la conducta común humana: “Los chimpancés son muy sociales, pero los humanos se distinguen de otros primates en que son ultrasociales”. Sin embargo, también había manifestado en la misma conferencia pronunciada en Barcelona, el 14 de marzo, que cuando se realizó una prueba de conversación hace unos años en el Centro de Investigación del Lenguaje de Atlanta (EE UU) con un simio que se comunicaba a través de un ordenador, el resultado fue decepcionante: “Se vio que a los chimpancés no les interesa para nada conversar y sólo usan el modo imperativo, para pedir zumo o comida”. […] Pasa como en los tiempos que corren, donde en todos los terrenos sociales, políticos, empresariales, universitarios, familiares, nos esforzamos en hablar porque nos aterra la soledad. Quizá porque cuando el chimpancé dio el salto a la humanización se dio cuenta de que después de tantos años era necesario un primer motor inmóvil (Aristóteles), algunos lo llaman Dios ó deidad, que justificara la puesta en marcha de la maquinaria del mundo y que permitiera a las células controladas por el cerebro articular sonidos estructurados de necesidad y deseo consciente para que nos entendiéramos. La experiencia de Atlanta refuerza una tesis emocionante. Si algo califica de humanidad a la mujer y al hombre es la capacidad de comunicarse. A pesar de los tiempos que corren que incluso nos impiden mirarnos a la cara para decirnos algo”.

Pero, si sabemos por qué hablan las personas, ¿podemos saber también por qué callan? Sobre la primera cuestión ya comenté ampliamente la respuesta adecuada en un post específico, ¿Por qué hablan las personas? y que recomiendo su atenta lectura para aproximarse al análisis que se plantea en el mismo. Sobre el silencio humano, hay mucho que investigar, porque aunque utilicemos un lenguaje cinematográfico, el ser humano ha nacido para hablar, es decir, el cerebro está pre-programado para hablar y que comentaba también en el post anteriormente citado: “Todavía me sobrecoge el descubrimiento de Selam (paz), la niña de Dikika, al que dediqué un post específico, cuando se valoró la localización de su hueso hioides como un hallazgo trascendental para conocer el origen del lenguaje en el “equipo” de fonación pre-programado en los seres humanos, a diferencia de los chimpancés y macacos más próximos en nuestros antepasados (siempre se ha dicho -desde el punto de vista científico y hasta con cierto desdén- que los monos no hablan): “Y lo que me ha llamado la atención poderosamente, desde la anatomía de estos fósiles, ha sido el hallazgo de un hueso, el hioides [Hueso impar, simétrico, solitario, de forma parabólica (en U), situado en la parte anterior y media del cuello entre la base de la lengua y la laringe], que es el auténtico protagonista, porque su función está vinculada claramente a una característica de los homínidos: el hioides permite fosilizar el aparato fonador, es decir, hay una base para localizar la génesis del lenguaje, aunque tengamos que aceptar que el grito fuera la primera seña de identidad de los australopitecus afarensis”. Nunca sabremos si Selam, que cumpliría hoy tres mil millones, trescientos mil años, dijo alguna vez ¡mamá!, aunque su hueso hioides nos permite vislumbrar que sí habló”.

Si estamos pre-programados para hablar, tendremos que acatar que callar es un arte y una defensa neuronal, perfectamente organizada en el cerebro, mediante la complementariedad sinfónica de diversas estructuras cerebrales, porque la realidad terca es que tenemos que hacer esfuerzos para callar porque no estamos pre-programados para ello. Hablamos porque recordamos: palabras, gestos, acontecimientos vitales, entre otras razones de vida. Callamos, porque inhibimos determinadas palabras, gestos, acontecimientos vitales y todos los aprendizajes acumulados a lo largo de la vida sobre estas estructuras conductuales y éticas. Y los silencios se acaban proyectando también a través de los estereotipos definidos en determinadas enfermedades mentales. Y es curioso: lo que sabemos hoy a ciencia cierta es que nuestros antepasados homínidos no estaban preparados para hablar, aunque la niña de Dikika, jugando con el hueso hioides, grite hoy a los cuatro vientos que hablar es cosa de personas…, como ella, después de haber callado durante millones de años.

Vuelvo hoy a recoger en mi mesilla de noche cerebral, un libro muy querido para mi persona de secreto: El arte de callar (2). Fui directamente a la página 53 y leí el último principio necesario para callar, el 14º: “El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades sin cubrirlas de mentiras”. En definitiva, ética cerebral del silencio.

Sevilla, 20/XII/2008

(1) Muñoz Molina, A. (2008, 13 de diciembre). Jugadores de cartas, El País (Babelia), pág. 13.
(2) Dinouart, A. (2003). El arte de callar. Madrid: Siruela, p. 53 (4ª ed.).

Cumpleaños en alta mar digital

Mañana celebro el tercer aniversario de mi primera salida a la búsqueda de islas desconocidas, mediante este cuaderno de derrota [sic], guardado celosamente en mi bitácora personal. Y deseo celebrarlo con todas y cada una de las personas que me han acompañado de mil formas en este apasionante viaje, contando con todas, con todos, a la hora de enfrentarme -en cuantas ocasiones he escrito en el blog- ante la famosa pantalla en blanco. Gracias.

Sigo entretejiendo una telaraña digital en torno a la divulgación científica de las estructuras del cerebro humano, de la inteligencia digital, porque estoy convencido que la Noosfera es la gran aventura por descubrir en toda su potencialidad.

Me “coge” este cumpleaños en alta mar, digital por supuesto. He iniciado este año una travesía que durará cuarenta y ocho meses, en un compromiso digital con la Administración de la Junta de Andalucía, en el área de Economía y Hacienda, que me parece fascinante. Cuando voy de mi corazón a mis asuntos y al revés, de vez en cuando y de cuando en vez, me pongo delante del teclado de mi querido ordenador ThinkPad y escribo para no perder el Norte de la vida, porque cuando me enfrento a las claves del “qwerty” disfruto en el encuentro con mi persona de secreto y haciendo partícipe de las investigaciones personales e intransferibles, con sentimiento y emociones, a cuantas personas se enrolan en esta nave (que va…), sabiendo que por paradojas de la vida voy subido también, a veces, en un Trans-Siberiano virtual, porque tengo que tocar puerto, suelo, la realidad de todo aquello que nos rodea tierra adentro, estación a estación, hasta llegar a un nuevo puerto de mar adentro y tomando conciencia de que no es fácil tomar el control de la máquina… Dialéctica en estado puro.

Y sólo me queda la palabra digital en esta “Isla desconocida”, que descubrí un día concreto de diciembre de 1998, mediante la contraprestación curiosa de mil pesetas que costaba el libro “El cuento de la isla desconocida”, destinadas íntegramente (sic, en negrita) a ayudar a los damnificados de Centroamérica a través de la Cruz Roja Internacional. Valor y precio. Sin confundirlos.

El viaje de la “Isla desconocida” que me regaló en el más puro anonimato su autor, José Saramago, no se me olvidará nunca. Gracias, a él. Fueron 43 pequeñas páginas que el 10 de diciembre de 2005, cuando registré este blog, aparecieron como por arte de magia en mi memoria a largo plazo como abriéndose paso, hoja a hoja, para tener un sitio preferente –intercaladas- en este cuaderno de derrota, en términos marinos. Quizá fuera porque siempre he insistido en mi vida que lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba el cuento de Saramago. Su compromiso.

Sevilla, 9/XII/2008

Arqueología subacuática… del cerebro

El agua de mar de mis células reacciona recordándome que soy mar
Jacques Cousteau

El mar contiene memoria. Un eslogan sugerente que simboliza una realidad todavía en fase de investigación, de descubrimiento, en referencia al Museo Nacional de Arqueología Subacuática, inaugurado recientemente en Cartagena, el 26 de noviembre de 2008, en una demostración de respeto a la historia sumergida de una zona maestra para la memoria de la humanidad, el mar, y localizado en nuestra geografía de costa mediterránea. Excelente acontecimiento para cuantos respetamos la dialéctica de la memoria recuperada y nunca olvidada, donde sabemos científicamente que, por ejemplo, la mejor ánfora rescatada en el fondo del mar siempre va a sufrir en sí misma en cualquier proceso de restauración, por mucho cuidado que se preste al desprendimiento del magma adherido a su superficie. Como ocurre con nuestra memoria personal e intransferible, a modo de ánfora rescatada del fondo de nuestro sistema límbico donde se alojan las estructuras responsables del proceso de memorización, al recuperar acontecimientos que se vivieron con anterioridad y que aún con extracción impecable del “archivo cerebral” correspondiente, es probable que sufra su continente y contenido por el paso de la vida afectiva, por los sentimientos y emociones asociados a cualquier acontecimiento traído al momento presente, no casualmente, por el agua del cerebro.

El cerebro contiene memoria y la memoria se “fija” y se “recupera” con la intervención de elementos acuosos, fluidos, que mantienen vivas las neuronas. Esta realidad se hace más permeable todavía cuando sabemos a ciencia cierta que “más del 80% del cerebro es agua marina, una disolución salina, por lo que el estudio de los fluidos resulta prioritario”, en afirmación precisa y documentada de Manuel García Velarde, doctor en Física por la Universidad Complutense de Madrid y por la Universidad Libre de Bruselas. Somos agua, aunque sobre los porcentajes definitivos de su presencia en el cerebro se discutan todavía en pro de la exactitud del mismo.

El agua tiene memoria. Una vez más, recurro al post en el que monográficamente traté el agua cerebral (si se nos permite la expresión), porque en ella reside una parte muy importante de la razón de nuestras vidas: “Existe una realidad irrefutable en el ser humano: su cuerpo está compuesto en un 60 por ciento de agua, el cerebro de un 70 por ciento, la sangre en un 80 por ciento y los pulmones en un 90 por ciento. Si se provocara un descenso de tan sólo un 2% de agua en el cuerpo se comenzaría a perder momentáneamente la memoria y de forma general se descompensaría el mecanismo de relojería corporal. Todo lleva a una reflexión muy importante: el agua nos permite ser inteligentes. Y la disponibilidad del líquido elemento en el planeta que habitamos es la siguiente: hay 1.400 millones de kilómetros cúbicos de agua, de los cuales el 97 por ciento es agua salada. Del 3 por ciento restante de agua dulce, tres cuartas partes corresponden a agua congelada en los Polos o a recursos inaccesibles que, por lo tanto, tampoco se pueden beber. Eso nos deja a los humanos cerca de un uno por ciento del total de agua en la Tierra para usar. Es decir, existe una descompensación en la situación y disponibilidad del uno por ciento mágico que permite desarrollar la inteligencia, todos los días”. Y vuelvo a pensar que al tener memoria el cerebro, es muy interesante saber que esta cita se ha recogido en la Propuesta de reforma de la Constitución Nacional de Colombia para consagrar el derecho al agua potable como fundamental , mediante la convocatoria de un referendo, promovida por Ecofondo.

La arqueología subacuática del cerebro contiene memoria. También he comentado la importancia de los pecios del cerebro, porque existen: Su lectura me sugirió una metáfora acertada en relación con una estructura cerebral ya presentada en este cuaderno, el hipocampo ó caballo encorvado, porque -valga la expresión- en el cerebro también se pueden descubrir pecios. Los de nuestros antepasados, con el ejemplo sublime de Selam, la niña de Dikika, ó mediante la memoria a largo plazo, aquella que siempre está -como pecio durmiente y viviente-, aunque a veces no se manifiesta en un sabio control de la epifanía de la ética ó suelo firme de cada persona: “Y aparece así la estructura básica de la memoria a largo plazo, la razón de la razón (que no del corazón) en términos pascalianos. La información que entra por los sentidos llega al hipocampo dejando siempre una “huella” de lo que se ha “visto” o “sentido”. También puede llegar a la amígdala, para evaluar emocionalmente la “escena” o “reacción sensorial” a grabar. Y comienza la carrera interna del hipocampo como caballo disciplinado o desbocado, en función de los márgenes que dejen los neurotransmisores y las hormonas correspondientes: “cuando el nivel emocional es elevado, las señales límbicas, vía septum (la pared delgada que separa dos tejidos), alcanzan el hipocampo induciendo la síntesis de nuevas proteínas y de ese modo consolidar el trazo de memoria. De ese modo la huella débil y efímera se convierte en una memoria más robusta y duradera”. Y se avanza en esta investigación con afirmaciones rotundas que dejan entrever el papel primordial del hipocampo en esta tarea de grabación histórica: “el hipocampo recibe de la corteza grandes volúmenes de información multimodal, la asocia, la retiene durante el procesamiento, la amplifica, probablemente la compara con la ya existente y contribuye a su consolidación en la corteza cerebral. El hipocampo y la amígdala participan simultáneamente, tanto en los estados iniciales de la formación de la memoria, como en la recuperación”.

Y la metáfora del ánfora que contiene memoria, llevada a la investigación cerebral, se hace patente porque se sabe que el agua tiene memoria. Se trabaja en la actualidad en la investigación del papel que desempeña la vasopresina sobre la memoria, sabiendo que se dan órdenes correctas desde el cerebro para administrar bien el agua en los riñones, así como en la formación de la memoria, siendo una situación científica muy controvertida. Hablando del cerebro reptiliano (arqueología cerebral en la acepción etimológica más primigenia), el más antiguo de los cerebros, sabemos científicamente que carecía de estructuras que pudieran conformar la memoria según se concibe hoy, porque su principal preocupación era y es actuar siempre, con un valor en alza permanente subyacente a su memoria histórica: el miedo. Y si hablamos de miedo, hemos sabido después, con el estudio científico del cerebro básico de los mamíferos que es el principal inhibidor de la memoria. Por eso era muy importante analizar la metáfora del ánfora: sabemos que al elaborar de forma correcta los acontecimientos vitales del miedo, quitándolos momentáneamente del medio, dejamos salir a la luz lo mejor de nuestra memoria, aquello que alguna vez nos hizo felices en la intrahistoria de nuestras vidas y que solo se puede vislumbrar en el momento presente a través de medios poderosos de tratamiento de la imagen. Magma y ánfora. Con la ayuda del agua cerebral. Solo un pero: aquello que pasó, si algún día lo puedo recuperar, solo lo podrán hacer los mecanismos asociados a tres estructuras maravillosas del cerebro actual, donde dirige todo la corteza cerebral: el hipocampo, el tálamo y las amígdalas cerebrales, en perfecta sincronía con todas y cada una de las estructurales cerebrales que participan en este expurgo histórico de la memoria. Una extraordinaria sinfonía neuronal, en un medio acuático. Por supuesto. Sabiendo además que las ánforas, para nuestros antepasados, eran “vasos antiguos que se conservan en los museos como objetos de curiosidad” (RAE U 1832, pág. 50,1).

Sevilla, 8/XII/2008

El alma de mi cerebro


Iman Maleki, Sisters and book (fragmento), recuperado de http://imanmaleki.com/en/Galery/, el 30 de noviembre de 2008

En primer lugar, quiero pedir disculpas sinceras por no acudir a esta cita puntual, fijada en los últimos meses en una cadencia semanal, por el imperativo categórico de gestión personal y profesional del tiempo privado, del que soy único responsable. ¿Problemas de alma? Pero hoy ha saltado en mi cerebro una referencia fantástica sobre el potencial de esa palabra, alma, que me ha traído recuerdos imborrables en la historia de este blog, por la dedicación que en el año 2006 presté a este concepto, del que se apropiaron las religiones hace mucho tiempo.

Ha ocurrido al leer una reflexión de Juan Cruz (1), al que sigo muy de cerca -agradecido- en sus escritos de sentimiento sentido, en referencia a la intervención de António Lobo Antunes en el acto de recepción del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, en la Feria Internacional del Libro, en la ciudad de Guadalajara (México), ayer sábado: “Por cierto, dijo Lobo otra frase: le preguntó a una mujer desahuciada por qué había ido tan tarde al tratamiento. Ella le dijo: “Porque no tengo dinero y los que no tenemos dinero no tenemos alma”.

La asociación no inocente ha ocurrido al recordar mediante la memoria a largo plazo mi participación en el encuentro UniCienBlog, una actividad que me ha marcado en esta actividad inteligente de la Noosfera. En aquella Mesa de trabajo, planteé una realidad incuestionable: “a la Universidad y a la ciencia le falta alma, entendida de esta forma, en el formato de pregunta y respuesta de un autor en actitud de compromiso:

P. ¿Cómo aporta un blog alma a la Universidad?
R. Con su acción celular (noosférica), alternativa y creadora, haciéndose visible mediante teoría crítica, con utilización plena de la inteligencia digital.
P. ¿Cómo aporta un blog alma a la ciencia?
R. Con su despertar múltiple a las preguntas de la vida, las de la ciencia de la vida, con una ingeniería renovada del porqué de todas las cosas, con utilización plena de la inteligencia digital.
P. ¿Cómo aporta mi blog alma a la Universidad y a la ciencia?
R. Con imaginación, con nuevas fórmulas de acción i+d+i: investigación, dedicación, imaginación, con utilización plena de la inteligencia digital compartida/conectiva”.

Hoy, nos hemos encontrado António, Juan y yo, ¡maravillas de la Noosfera!, en una encrucijada en la que coincidimos a pesar de mi falta de tiempo: cuando falta alma, falta la vida. Da casi todo igual. ¡Qué paradoja!, porque ya no hace falta eso: tiempo. Y me vuelvo a mi hombre de secreto, a reflexionar la frase que regaló Lobo Antunes en el acto indicado, transfiriendo una idea preciosa aportada por un enfermo esquizofrénico al que atendió tiempo atrás: “Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás”, por si detrás de todo esto está el alma humana que fabrica el cerebro. Porque al igual que manifestó en ese acto: “ésta es la solución para escribir: se escribe hacia atrás, al buscar que las emociones y pulsiones encuentren palabras. “Todos los grandes escribían hacia atrás”. También, porque todos los días escribimos así en las páginas en blanco de nuestras vidas…

Sevilla, 30/XI/2008

(1) Cruz, J. (2008, 30 de noviembre). Para el pie de un niño muerto, El País, p. 44.

El cerebro de Pinocho


Roberto Benigni, en un plano durante el rodaje de Pinocchio (imagen recuperada el 16 de noviembre de 2008, de http://www.sentieriselvaggi.it/articolo.asp?sez0=10&sez1=85&art=3142)

Muchas veces hemos escuchado los problemas que tuvo Pinocho con las mentiras, aunque la verdadera historia de este niño de madera no es la que conocí por ejemplo, en mi niñez, a través de Disney. Cuando crecemos tomamos conciencia de la verdadera dimensión de la mentira, una más de las tareas en las que se tiene que desenvolver la ética del cerebro y Pinocho pasa a segundo plano, quedando como distraído en un juego desconocido con el hipocampo, la sede de la memoria.

La dialéctica verdad/mentira ha dado siempre mucho juego en el terreno de la ética humana. Y las personas han estado siempre a mal traer con esta sofocante realidad porque la mentira es un componente de la conducta que toda persona aborda a lo largo de su vida y que todavía sigue siendo una gran desconocida. La mentira está ahí y aparece de forma muy violenta en nuestros hogares a través de los medios de comunicación y como espectáculo en torno a ella o a su contrario: la verdad: “Hasta ahora ha sido una posibilidad más o menos remota, y más o menos incómoda. Pero un tribunal en India lo ha convertido en realidad: una mujer fue condenada en junio por asesinato tras haber aceptado el juez como prueba el resultado de un detector de mentiras cerebral. La acusada —que se declara inocente y se sometió voluntariamente a la prueba— no tuvo que abrir la boca; su cerebro, supuestamente, lo dijo todo, y acabó inculpándola. La marea de reacciones no se ha hecho esperar, entre otras cosas porque la noticia cae en campo abonado“(1).

Con esta noticia se abre una vía de investigación muy severa para conciliar técnica con ética y, más en concreto, con neuroética. Lo que aporta hoy la ciencia es de una rotundidad clamorosa: estas técnicas, como la utilizada por el tribunal indio, no están reconocidas en la actualidad como eficaces y basadas en hipótesis científicas fiables, porque existe un principio en las neurociencias que desborda cualquier intento de hacer “foto fija” del cerebro, como ocurre con esta técnica y otras similares: polígrafos, detectores de temperatura del rostro, movimiento de ojos, etc.: la plasticidad, es decir, la movilidad continua de las neuronas en sí mismas y en sus interrelaciones (sinapsis) en el interior del cerebro. He recordado a tal efecto, una observación leída recientemente en un libro magnífico de José María Delgado García, Lenguajes del cerebro: “Nuestro cerebro cambia (es plástico, como se suele decir en el argot neurocientífico) al unísono con nuestro entorno físico aprendamos o no, recordemos u olvidemos” (2). Más o menos lo que ya recogía en este cuaderno de viajes digitales, de derrota, en un post específico, Las mudanzas del cerebro, en marzo de 2008: Las mudanzas han sido una constante en mi vida, porque he aceptado siempre con buen talante que en la vida se producen variaciones del estado que tienen las cosas, “pasando a otro diferente en lo físico ú lo moral” (Diccionario de Autoridades, RAE, 1734). Las he vuelto a revivir al leer una frase de un cómico americano Steven Wright, al afirmar que escribía un diario desde su nacimiento y como prueba de ello nos recordaba sus dos primeros días de vida: “Día uno: todavía cansado por la mudanza. Día dos: todo el mundo me habla como si fuera idiota”. Es una frase que simboliza muy bien las múltiples veces que hacemos mudanza en el cerebro porque cambiamos o nos cambian la vida (el estado que tienen las cosas) muchas veces a lo largo de la vida. Y el cerebro lo aguanta todo y…, lo guarda también. Es una dialéctica permanente entre plasticidad cerebral y funcionamiento perfecto del hipocampo (como estructura que siempre está “de guardia” en el armario de la vida).

Pero la gran pregunta desea abrirse pasos en este post: ¿Por qué mentimos y, además, a través de las estructuras del cerebro? En primer lugar hay que ponerse de acuerdo sobre qué significa “mentira”: Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa (RAE-DLE, 22ª ed.), ó qué se entiende por “mentir”, en sus cinco acepciones oficiales: 1: decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa, 2. inducir a error (mentir a alguien los indicios, las esperanzas), 3. fingir, aparentar (el vendaval mentía el graznido del cuervo), los que se mienten vengadores de los lugares sagrados, 4. falsificar algo y 5. faltar a lo prometido, quebrantar un pacto.

En este país estas son las acepciones principales, modificadas conductualmente en función de creencias personales y colectivas, con cargas éticas de arraigo muy importante. Y después, las patologías en torno a la mentira. Y poco a poco se va abriendo paso una realidad irrefutable: a través de las técnicas de imagen, como la resonancia magnética nuclear funcional (RMNf), se deduce que se puede llegar a saber si al hablar mentimos o decimos la verdad y nada más que la verdad. Pero no es tan fácil reproducir lo que realmente ha pasado, porque cuando se reproduce la imagen ya nada está pasando. En el artículo citado anteriormente, José María Delgado García decía en tal sentido: “Los escáneres cerebrales para detectar mentiras parten del principio de que el cerebro trabaja más para mentir. Pero ¿y si el sospechoso cree cierto un hecho falso? Si un psicópata sin remordimiento alguno engaña tranquilamente a un polígrafo, ¿qué dirá un cerebro con falsos recuerdos? “Los resultados serían muy distintos si el sospechoso fuera un neurótico frente a un psicópata; el primero puede tender a autoculparse, y el segundo ni se emociona con la rememoración del caso. Si ya es difícil saber la verdad con palabras, ¿por qué esperan que sea más fácil registrando la actividad cerebral?”.

Lo verdaderamente preocupante es que bajo este halo científico de fondo, no demostrado todavía con rigor extremo, la Administración americana ya incluye esta batería de pruebas en el acceso de funcionarios al Pentágono. Vicios privados, públicas virtudes, una vez más. En cualquier caso, las neurociencias avanzan que es una barbaridad y no está lejano el día en que podamos interpretar el funcionamiento real de determinadas estructuras del cerebro. Comparto la visión de Agnés Gruart, neurocientífica de la Universidad Pablo de Olavide, según manifiesta en el artículo de referencia: “El cerebro funciona por la activación de determinados circuitos cerebrales en un tiempo y un orden determinados, así que es perfectamente correcto que alguien determine mediante técnicas de neuroimagen o similares dónde se produce dicha activación, y sus características. El problema es que aún no podemos interpretar de forma precisa este funcionamiento. Todo el comportamiento y el pensamiento están producidos en el cerebro; con más información y refinamiento técnicos podría llegar a describir cómo se generan el comportamiento y el pensamiento”.

Llegará el día que sepamos con exactitud qué mecanismos se activan y desarrollan en estructuras cerebrales que permiten mentir o decir la verdad. Pero, ¿por qué ocurre esta acción tan humana? Es una pregunta que hoy no tiene respuesta fuera de los circuitos de las creencias, porque también está demostrado que determinadas respuestas nos desbordan: muchas veces no quisimos hacerlo o decirlo (decir la verdad/mentir). Y, al menos, no deberíamos cargar con sentimientos o complejos de culpa lo que solo es un mecanismo cerebral. Nada más. Porque Pinocho y las creencias personales y sociales ya se encargarán, desgraciada ó afortunadamente, de hacer el resto, es decir, de alargar la nariz a todas, a todos. Ya lo decía el Diccionario de Autoridades al referirse al lema “mentir”: “Si mintió en cosa de la Fe, Escritura Sagrada, ó de vicios ó virtudes, mortal de suyo” (Diccionario de Autoridades, RAE, 1734, p.545, 2).

Sevilla, 16/XI/2008

(1) Salomone, M. (2008, 19 de septiembre). Tu cerebro te puede delatar. La intimidad del pensamiento peligra. Nuevas técnicas para leer la mente impulsan el detector de mentiras para acusados y empleados, El País, p. 36.
(2) Delgado García, J. M. (2008). Lenguajes del cerebro. Sevilla: Letra Aurea, p. 137.

Obligatoriamente obligados

El tema 83, la democracia,
el ácido sulfúrico, los ceros,
el tacón, las hambres, el casamiento
orgánico. De este mundo los dos
sabemos poco. Y sin embargo, estamos
aquí obligatoriamente obligados
a entenderlo.

Rafael Ballesteros, Ni yo tampoco entiendo


Barack Obama

Estoy asistiendo al mayor espectáculo del mundo, desde la vertiente económica y financiera, del que no me quiero sentir ajeno y es verdad que he vuelto a recordar una canción protesta de un poeta andaluz de antes, Rafael Ballesteros, que está alojada en mi memoria de largo plazo y que vuelve a recuperar todo su esplendor.

Es verdad que de este mundo sabemos poco y, sin embargo, estamos obligatoriamente obligados a entenderlo, vivirlo, sufrirlo, pasearlo, morirlo, si se pudiera expresar así.

Aún así, esta semana se ha producido un hecho incontestable: muchas personas nos hemos adueñado (¡con perdón!) del personaje Barack Hussein Obama, por unos segundos, por un día, sin aspirar siquiera a ser reyes y reinas de nuestros pequeños mundos, porque intuíamos que algo podía cambiar, aunque no fuera el mundo grande, en cualquiera de sus versiones: primer, segundo, tercer…, habitado por seres humanos que adoran su particular mundo de secreto: el de cada una, el de cada uno:

“Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos” (Obama: Discurso de la victoria, 5/XI/2008).

Pero es que sabemos poco de él (del mundo…). Como decía Rafael Ballesteros,

Ni yo tampoco entiendo si se me abre
el grifo y sale una bala tras otra
bala, si abro la puerta y se nos entra
el fusilado y cierro y se me queda
fuera el dedo, si unto amor en el labio entreabierto
y nada, si miro al muro
y todavía distingo los boquetes

Y sin embargo, estamos aquí, Obama, obligatoriamente obligados a entenderlo…, obligatoriamente obligados a poder.

Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación (Obama: Discurso de la victoria, 5/XI/2008).

Sí podemos

Sevilla, 9/XI/2008

Patio San Dámaso


Guardias suizos, en una ceremonia de aniversario, en el Patio San Dámaso (Ciudad del Vaticano). Fotografía recuperada el 25 de octubre de 2008 de http://www.daylife.com/photo/0eNLbFL3lbbrj

Publico hoy en este blog, un nuevo relato corto, Patio San Dámaso, sobre el que he estado trabajando bastante tiempo, como tarea impuesta por mi inteligencia digital. Las primeras palabras dejan entrever un hilo conductor del protagonista, un hombre en la encrucijada de la vida, en un entorno que a veces parece que está diseñado por el enemigo. Espero que su lectura sea un motivo agradable para sopesar que otro mundo, el de acá, es también posible.

Son siete episodios (puntate), trazados mediante siete líneas delgadas rojas, que están concatenados entre sí, porque se sufren en un entorno sagrado, asombrosamente místico, pero con una carga de profundidad que deja al descubierto, de forma descarnada y metafórica, cómo una persona puede morir en la Plaza de San Pedro de Roma albergando el sueño o la idea de que un día puede ser recibido por alguien superior para alcanzar la felicidad, más allá de las burocracias de la vida, de las iglesias, ¿de las religiones?, tal y como Marco Ferreri dibujó en su durísima trama de la película La audiencia (L´udienza).

Y solo queda un recurso para quien sabe esperar en el principio esperanza: avanzar por la Via della Concilliazione (calle de la conciliación), precioso nombre, buscando el amor desesperadamente…

Sevilla, 2/XI/2008

Un cerebro en la Isla


FUENTE: Última hora | EL PAIS | Sociedad – 23-10-2008
FOTOGRAFÍA: Un árbol en la isla
(Tamaño 67 kb.)

HÉCTOR GARRIDO

[A la izquierda,] reserva natural de la Isla de En medio (Huelva). Se trata de ramificaciones que recuerdan a grandes árboles, pero también a cerebros y pulmones. Las estructuras se repiten fuera y dentro de los organismos.

Sevilla, 29/X/2008

Los sueños de Robert Langer

Robert Langer – Copyright Bachrach

Solo han pasado dos días desde la entrega a Robert Langer del Premio Príncipe de Asturias 2008, de Investigación Científica y Técnica, por sus trabajos sobre la “liberación inteligente de fármacos, por el desarrollo de novedosos materiales biomiméticos en forma de polímeros, nanopartículas o chips, que posibilitan la distribución controlada de fármacos por el cuerpo humano. Esto permite el transporte seguro y la administración de las dosis justas y controladas de medicamentos, incidiendo directamente en las células malignas y permitiendo una liberación prolongada en el tiempo, lo que aumenta notablemente su eficacia. Sus investigaciones han permitido tratar con éxito varios tipos de cáncer, como el de próstata y cerebro. También es uno de los pioneros en la ingeniería de tejidos, al lograr la reconstrucción y el crecimiento controlado de tejidos y órganos mediante novedosos materiales biodegradables que sirven de soporte” (1).

Para una persona que sigue de cerca los trabajos científicos en torno al cerebro, el 24 de octubre fue un gran día, personalizado en Robert Langer. Y busqué en la Noosfera últimas manifestaciones suyas, encontrando unas recientes, de junio de 2008, en un post de Pere Estupinyà, que recoge trazos de una entrevista que me ha parecido extraordinaria, para adentrarse en el conocimiento didáctico de este científico soñador: “Si tuviera que escoger dos cualidades para conseguir calidad (la cantidad se consigue de manera diferente) diría: ser soñador, y querer hacer algo que resulte positivo para el mundo”.

Y Langer, explica a Estupinyà las claves del sueño americano, la calidad de su equipo de trabajo: “… aquí hay varias personas con las posibilidades que describes [Tu laboratorio cuenta con más de 100 investigadores. Piensa en ese investigador/a que destaca sobre el resto, al que le ves unas características especiales. El que puede conseguir grandes hitos en el futuro y convertirse en un científico de primera línea mundial. ¿Cuáles son estas facultades que percibes? Y ¿qué le aconsejarías para que su carrera fuera exitosa?], y la verdad, son bastante diferentes entre ellas. Pero ciertamente tienen elementos en común. Son inteligentes, sin duda. Y trabajan durísimo. Sin trabajo duro es difícil destacar en ciencia. Pero además son soñadores, tienen mucha pasión por su trabajo, y asumen riesgos en las investigaciones. No se conforman con lo establecido. Intentan enfocar los problemas de forma diferente, y nunca abandonan. De hecho, este sería uno de los consejos principales. La investigación es difícil y a menudo muy sacrificada. Se necesita ser perseverante. También es necesario tener un pensamiento positivo. Tener en cuenta que casi todo es posible; hay pocas cosas que no están a nuestro alcance. Si luchas fuerte, le dedicas tiempo, y no abandonas, los retos se pueden conseguir”.

Vuelvo a mis asuntos, al laboratorio de la vida. Porque sé que soñando puedo contribuir a que mi pequeño mundo personal y profesional avance hacia logros insospechados en la revolución digital de la Administración Pública andaluza, que tanto aprecio en su inteligencia intrínseca, que nace en las personas que trabajan en ella.

Sevilla, 26/X/2008