La inteligencia digital no es software

Presumes que eres la ciencia
Yo no lo comprendo así
Cómo siendo tú la ciencia
No me has comprendido a mí

Enrique Morente, Soleá de la ciencia

He leído una frase de Javier Fesser, director de la discutida película Camino, que me ha conmocionado: “Y me quedó claro que la fe es un chollo, pero que recuerda a la lotería: te tiene que tocar. No se puede instalar como un software” (1). Desde que estudio y construyo, poco a poco, las bases científicas de la teoría de la inteligencia digital, he podido comprobar que siempre emerge una tentación en el laboratorio por la propia semántica del constructo: comparar el cerebro con una estructura similar a un ordenador superpotente. Y la comparación, como todas, es odiosa.

En las diferentes acepciones que he construido desde que voy de mi corazón a mis asuntos, pretendo aportar puntos críticos de investigación en la maravillosa posibilidad que las tecnologías de la información y comunicación aportan hoy a la inteligencia humana. En mi libro Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (2), todos los caminos del índice conducen a una conclusión maestra: la inteligencia es un recurso humano, muy complejo, no un software, de una individualidad extrema, hasta tal punto que se puede decir con rigor científico extremo que no hay dos inteligencias, ni dos cerebros iguales.

Atendiendo las cinco acepciones que he formulado en mi incipiente teoría crítica de la inteligencia digital, entendida como:

1. destreza, habilidad y experiencia práctica de las cosas que se manejan y tratan, con la ayuda de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación, nacida de haberse hecho muy capaz de ella.
2. capacidad que tienen las personas de recibir información, elaborarla y producir respuestas eficaces, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
3. capacidad para resolver problemas o para elaborar productos que son de gran valor para un determinado contexto comunitario o cultural, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
4. factor determinante de la habilidad social, del arte social de cada ser humano en su relación consigo mismo y con los demás, a través de los sistemas y tecnologías de la información y comunicación.
5. capacidad y habilidad de las personas para resolver problemas utilizando los sistemas y tecnologías de la información y comunicación cuando están al servicio de la ciudadanía, es decir, cuando han superado la dialéctica infernal del doble uso.

se puede colegir muy bien que el punto de partida se constituye en la posibilidad del ya pero todavía no de cada cerebro particular, centrado en destreza, capacidades y habilidades consustanciales con la realidad personal e intransferible de cada cerebro individual, con un componente de calidad extrema, las neuronas, viajando siempre a alguna parte de nuestras vidas. Proyectando cada milisegundo las múltiples posibilidades que contiene cada inteligencia particular, dado que conllevan un conjunto de habilidades, talentos o capacidades mentales, que se organizan a la luz de los orígenes biológicos de cada capacidad para resolver problemas, en un determinado entorno cultural, con una operación nuclear identificable (sensibilidad para entonar bien, por ejemplo) y que se debe codificar en un sistema simbólico (el lenguaje, la pintura y las matemáticas, entre otros muchos).

Parafraseando a Fesser, la realidad emergente de la inteligencia digital nos podría llevar a decir hoy sin ambages: “Y me quedó claro que la inteligencia es un don humano (para algunas personas “divino”), pero que afortunadamente, no es una lotería: venimos pre-programados a la vida, después de un proceso de concepción y construcción cerebral que se prolonga a lo largo de nueve meses (sinceramente, de toda la vida…). En cualquier caso, se viene demostrando científicamente que la inteligencia, ni siquiera la estrictamente digital, no se puede instalar como un software” (por cierto, ¿libre ó de mercado?. Ninguno.). Ese es el motivo de que ayer me sorprendiera la inteligente expresión de Fesser.

Sevilla, 19/X/2008

(1) Belinchón, G. (2008, 18 de octubre). “Hay actitudes que no entiendo; ven el dolor como algo redentor”, El País, p. 42.
(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital Edición digital.

No es una persona más que otra…

En una época carente de valores, como la actual, el Quijote debe verse como una metáfora relevante. En el mundo en transición en el que vivió, luchó por ideales que consideraba vigentes y nobles. Su idealismo, por distante que estuviese de la realidad, acabó, sin embargo, por transformarlo en una referencia fundamental para la cultura mundial en estos últimos siglos. Don Quijote pone de relieve, con su aparente locura, la importancia de la audacia y de la imaginación en la construcción de otro mundo.

(Fragmento del discurso de agradecimiento pronunciado por el Presidente de Brasil, Lula da Silva, en la ceremonia de entrega del Premio Internacional «Don Quijote de La Mancha”, en Toledo, el 13 de octubre de 2008)

El sábado 11 de octubre leí un texto premonitorio de este post, en un anuncio con motivo de la entrega del Premio Internacional Don Quijote de la Mancha, a dos personas a las que admiro y respeto mucho: Lula da Silva y Carlos Fuentes: no es un hombre más que otro sino [sic] hace mas que otro. Es una frase cervantina, que sugiere muchas reflexiones si no se la saca de su contexto. Veamos. El texto original de Cervantes dice exactamente: “sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro sino [sic] hace mas que otro”, en una expresión llena de sentimiento y esperanza por parte de Don Quijote, en un gesto lleno de ternura hacia Sancho porque “todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables…”. Extraordinaria construcción de la didáctica humana de la comprensión en el alcance que se expresa con la solidaridad ante situaciones que son personales e intransferibles y que por mucho que se quieran cooptar, en auténtica com-pasión [sic], se demuestra que el sufrimiento no es delegable, ni asumible por los demás en su justa medida, porque las personas no son más que otras si no hacen más que otras.

Reproducción facsímil del libro El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. (2 Volúmenes), Miguel de Cervantes Saavedra. Barcelona: Edicions Universitat, pag. 212 (recuperada de Google, el 12 de octubre de 2008).

Pero es una realidad inquebrantable que sí hay personas que hacen más que otras, yendo más allá del reclamo del anuncio. Y por ello, son más importantes en la sociedad, desde una perspectiva ética, unas determinadas personas que otras. En el caso de los personas premiadas, Lula da Silva y Carlos Fuentes, existen sobradas razones para alinearse tanto con Sancho como con Don Quijote, en el reconocimiento del Premio, porque ante ellos es fácil que nos pudiéramos poner “de pechos” sobre nuestras cabalgaduras vitales “con la mano en la mejilla en guisa de personas pensativas”, intentando solidarizarnos con ellos por tanta tristeza que en algunos momentos nos han trasladado, aunque convengamos con Don Quijote que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas. Así lo aprendí de Lula da Silva cuando leí con pasión el libro de recopilación de sus cinco propuestas para cambiar la historia, con un título que sobrecoge “Lula. Tengo un sueño” (1): “Obstinadamente me digo todo el santo día: tengo que realizar un sueño, que no es sólo mío, sino el sueño de todos vosotros; llegará un día que en este país ninguna criatura se irá a dormir sin un plato de comida, y ninguna criatura se despertará sin ningún desayuno (…) Llegará un día en que la gente tendrá conciencia de que este país que sueño y que vosotros soñáis puede ser construido. Depende de nuestra disposición para realizarlo. Depende de nuestro coraje. Depende de nuestra disposición”.

Utilizando el símil del idealismo de Don Quijote, ayer nos dejó un mensaje para “cabalgantes”: «Solo con imaginación no cambiamos la realidad, pero sin imaginación corremos el riesgo de quedar presos en el conformismo». Depende de nuestra disposición.

Carlos Fuentes resumió en el acto del Premio un mensaje aleccionador para los que hacen más que otros: «tenemos un porvenir que desear y un pasado que recordar, pero sólo deseamos y recordamos en el presente. Toda gran obra es un llamado a la acción». Depende de nuestra disposición.

Lula Sancho y Carlos Quijano, cabalgaron ayer juntos al recibir el Premio Internacional Don Quijote, sin descomponer sus figuras. Porque son grandes al enfrentarse a molinos de viento que no son imaginarios, cada uno a su estilo, cada uno a su aire cervantino, a través de las palabras que les quedan, porque saben que en sus respectivos compromisos vitales no es posible que el mal ni el bien sean durables…

Evidentemente, todo depende de nuestra disposición, porque las personas no son más que otras si no hacen más que otras. Como Lula, como Carlos.

Sevilla, 14/X/2008

(1) Luiz Inácio Lula da Silva (2003). Tengo un sueño. Barcelona: Península, p. 52s.

Striptease digital

Desde que comencé esta experiencia de ejercicio real de la inteligencia digital, han pasado casi tres años y siempre acaricié la idea de divulgar los accesos reales a mi blog, a través de herramientas estadísticas de gran robustez y consistencia. En este caso, utilizo una herramienta nativa del proveedor de Internet que me presta servicios, Smarter Enterprise Edition 3.3.2950.

Defiendo a capa y espada un aserto propio: la información debe volver estructurada y transparente a quien la trabaja [sic], en una operación retorno -como en este caso- que simboliza una mezcla real de agradecimiento y conocimiento compartido en la Noosfera. Dicho y hecho, porque considero que a modo de striptease digital personal puedo publicar determinadas señas de identidad de mi blog, y de las personas y máquinas que me visitan día a día, que entran en el cuaderno a ojear páginas, diferenciando técnicamente visitas y páginas a las que se accede realmente en cada visita. Respetando la confidencialidad inherente a determinados datos que, obviamente, no publicaré, como garantía y respeto a quienes me visitan en libertad.

He tomado una muestra cercana, el pasado jueves 2 de octubre, durante las veinticuatro horas del día y esto fue lo que ocurrió.

Para empezar, conozco los cuarenta y cuatro países de los que provenían las 1.241 visitas, auténticos miembros de la malla pensante (Noosfera), con el siguiente detalle por rangos, accesos reales y ancho de banda consumido (se puede hacer «clic» sobre la imagen para verla en tamaño real):

He obtenido, obviamente, la estadística de accesos por continente, sirviendo de muestra la de Europa, aunque por curiosidad científica también aporto la de América del Sur:

También, el dato por antonomasia, con visión de acogida real y agradecida por mi parte, no en término de “producto”, a tener en cuenta en el mercado digital: las visitas generales y a páginas concretas:

Tengo mucho interés en conocer cuántas personas se “bajan” (¿”compran” por valor y no por precio?) mi libro sobre Inteligencia Digital, día a día, con libertad de acceso a él respetando reglas de juego en los parámetros que fija la licencia Creative Commons. En este caso, han sido 13 personas. Sé que ha sido así por el ancho de banda consumido y por la acción que se complementa con otras estadísticas de la herramienta que utilizo al analizar, en general, datos por archivos.

También conozco qué palabras se utilizaron en los buscadores principales, en ese día, para llegar a mi blog, aunque en el top diez de este cuaderno digital, a lo largo de los últimos seis meses, con el análisis de esta herramienta, la secuencia principal de búsquedas se centra en un constructo: septum pellucidum, una maravillosa estructura cerebral, de la que me consta su interés por los comentarios y correos que recibo, cumpliendo la finalidad divulgativa del cerebro como base de la inteligencia digital:

2 OCTUBRE 2008 (118 frases y/ó palabras)

ÚLTIMOS SEIS MESES (12.325 frases y/ó palabras)

Igualmente, qué imágenes, de las que se buscan por Internet, se utilizan más con la referencia de acceso a mi blog, siendo una constante la paloma de Picasso. Creo que se comprenderá ahora por qué escribí un post, Veo a mis palomas volar, desde la persona de secreto y en referencia a la utilización de esta preciosa imagen en el universo Internet (Noosfera). También, las imágenes de septum pellucidum, Cinema Paradiso y tálamo:

Google, con 490 accesos, sigue siendo el buscador por excelencia para llegar a mi nave digital, seguido a gran distancia por Microsoft Network con 8, AOL NetFind con 2 y Altavista con 1. Internet Explorer es el explorador más usado en los accesos (733), seguido de Firefox (117) y Mozilla Suite (87), como tres principales. Les siguen diez más.

Nada más por hoy, porque la estadística sigue también hacia adelante y, sobre todo, porque quiero seguir ordenando esta “Isla Desconocida” para que cuando se visite, cualquier internauta, como tú, pueda sentirse cómodo y muy a gusto navegando a bordo de ella. Además, podrá consultar con total libertad el cuaderno de derrota que guardo en su bitácora, porque como se ha podido comprobar hoy he hecho copia de sus llaves (estadísticas) para quien quiera disfrutar, como yo, del conocimiento creativo y compartido.

Gracias.

En el puerto digital de Sevilla, a 4 de Octubre de 2008, haciendo acopio de avíos en tierra para poder navegar mejor.

Cesión de derechos y ética digital


Puertas al campo. Isla de Skye. Escocia. Mauro A. Fuentes (2006). Detalle de imagen recuperada el 27 de septiembre de 2008, de http://www.fotomaf.com/displayimage.php?album=68&pos=51

Al acercarme a los tres años de presencia en la Noosfera, es la primera vez que escribo sobre la protección de derechos de autor en Internet. La verdad es que a través de la escritura, paradójica en sí misma ¿digitura?, en este cuaderno de derrota, que guardo celosamente en mi bitácora digital, nadie se puede bañar dos veces en el mismo río y eso me llena de satisfacción por el factor irrepetible de la lectura y posible comprensión y aprehensión de lo que escribo. Post fugit, que dirían los relojes, barómetros y autores clásicos del tiempo. Pero creo que desde la perspectiva de ética digital es acertado declarar las reglas del juego de escribir y publicar en Internet. Panta rei: Todo fluye, nada permanece. Los libros, post, relatos, las imágenes propias y asociadas, etc, etc, decantan una conducta ética digital que debemos declarar en relación con la protección de derechos en relación con la inteligencia digital cuando está latente y menifiesta.

Todo se puede utilizar, cortar, copiar, bajar y subir en la Noosfera. El campus de Internet, no tiene barreras. Recuerdo en este sentido a un payaso de mi niñez, muy querido, el menos listo de los tres, uno de los augustos, que en una de sus actuaciones, siempre llevaba en su mano derecha una valla de juguete y la ponía delante de sus pies cada vez que hablaba con el payaso listo, el clown, con traje de lentejuelas, cara maquillada de blanco y cejas circunflejas (una muy pronunciada…). Abría la puerta de la valla y la cerraba a su antojo, una y otra vez, para acceder al otro. La hilaridad estaba servida, porque demostraba que todo el campo, el circo de la vida, era suyo. Pero la ética digital obliga a declarar lo que no es tuyo, porque no todo nos pertenece, no todo se puede sobrepasar con la valla portátil de mi querido payaso, aunque desde una perspectiva de inteligencia digital, tal como la concibo y construyo día a día, ponga a disposición de los demás todo el conocimiento para que se pueda reconocer siempre al autor en homenaje a su inteligencia creadora (Reconocimiento), que pueda ser distribuido, copiado y exhibido sin más límite que no crear un trabajo derivado del original (Sin obra derivada), y que el blog, en todos y cada uno de sus contenidos se pueda distribuir, copiar y exhibir por terceros si se muestra en los créditos de lo que se copia pertenece a otra persona, porque le pertenece, porque fue quien lo creó (No comercial). Es decir, no quiero entrar en el mercado puro y duro de la inteligencia, ni quiero que se obtenga de mi inteligencia ningún beneficio comercial.

A pie de obra (nunca mejor dicho), puede/puedes verificar esta declaración de derechos y deberes digitales, que se detallan en el siguiente gráfico:

Todas las características anteriores me las ofrece hoy día una organización llamada Creative Commons, sobre la que aconsejo la lectura atenta de sus contenidos, de sus reglas de juego que también son suyas/tuyas. No quiero que los productos derivados de este blog sean mercancía, sino un derecho digital compartido en la Noosfera, mediante la inteligencia conectiva, que solo respete -por ética digital- a la persona que lo creó. Sobre todo y en los tiempos que corren de recesión dialéctica, para no dar pábulo al necio, que suele confundir valor y precio.

Sevilla, 28/IX/2008

Zoquetes


Lema “zoquete”. Diccionario de Autoridades, RAE A 1739, p. 570,1.

Cumplí mi compromiso y compré Mal de escuela (1) el viernes 12 de septiembre, día de su publicación. Voy leyendo las páginas poco a poco para saborear una obra cuidada por el autor con mucho esmero porque es autobiográfica, retratando en primera persona la historia de un zoquete, su microhistoria ó intrahistoria en expresión muy feliz de José Antonio Marina, bautizado como tal por el estereotipo social de la niña o del niño que la sociedad lo califica así “por sus resultados” en clase. Porque son rudos, tardos en aprender, ó percibir las cosas que se le enseñan o se le dicen.

Ha comenzado esta semana el Curso escolar y académico (no es lo mismo…) 2008-2009. Y a lo largo del mismo, ya se sabe científicamente que se declararán “zoquetes” profesionales a miles de niñas y niños, adolescentes y jóvenes a los que la vida se le aparecerá ya siempre como algo sombrío, en una epifanía nada halagüeña para sobrevivir en ella. Y me ha parecido fantástico hacer una llamada de atención sobre esta realidad social que se encarga de etiquetar “para toda la vida” a cerebros infantiles que en sí mismos no son estructuras preparadas para ser “zoquetes”.

Daniel Pennacchioni, justifica las razones de por qué ha escrito este libro, dedicado al dolor compartido del zoquete, sus padres y sus profesores, la interacción de esos pesares de escuela. Y es cierto que es necesario dedicar muchas horas de reflexión e investigación a esta realidad social, porque muchos fracasos existenciales se deben a la elaboración cerebral de esta seña de identidad otorgada siempre por las personas que están presentes en nuestras vidas infantiles. Y esta calificación social, muy centrada en la escuela y en la familia, se convierte en una auténtica pesadilla en las niñas y en los niños que la sufren.

Y es que el primer día que oyes hablar de esta plaga, los zoquetes y, desgraciadamente, la primera vez que llaman a una niña o a un niño “zoquete”, se declara la guerra interna de la personilla que lo sufre: “… [los zoquetes] se cuentan sin parar la historia de su zoquetería: soy nulo, nunca lo conseguiré, no siquiera vale la pena intentarlo, está jodido de antemano, ya os lo había dicho, la escuela no es para mí… La escuela les parece un club muy cerrado cuya entrada se prohíbe. Con la ayuda de algunos profesores, a veces.”. Quizá recordamos ahora con mayor afecto y efecto aquella expresión tan feliz de Groucho Marx, que serviría como mecanismo de defensa del yo rudo: «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo.»

Y Daniel Pennac (el zoquete Pennacchioni) inicia su andadura autoexplicativa en el primer capítulo utilizando una experiencia real ocurrida en el basurero de Djibuti, al caerse en él cuando solo tenía seis años, como símbolo de que cuando te bautizan como zoquete profesional, ya estás perdido para la escuela y, posiblemente, para la vida: “La imagen del basurero, a fin de cuentas, se adecua bastante a esa imagen de deshecho que experimenta el alumno que está perdido para la escuela”. Y en basurero se convierten también determinadas áreas de escuelas, colegios e internados que aceptan “recoger” a los “deshechos escolares”. ¡Cuántas preguntas nos podemos hacer al respecto! Y basureros son también los reductos sociales que al final tienen que frecuentar las personas que al final no logran desembarazarse del estereotipo “zoquete” como lacra que les acompaña siempre. Porque su profesión está muy bien definida: zoquete.

Cuando se desconoce la quintaesencia de las personas, de sus cerebros, todo puede ocurrir en la vida, en cualquiera de sus manifestaciones. Porque la calificación de tardas en aprender, ó percibir las cosas que se le enseñan o se le dicen, puede tener causas que hoy se pueden descubrir y atender cuando se presta atención profesional a las mismas, bien por detección ajena o propia. Los cerebros humanos tienen un gran recorrido vital en su construcción y plasticidad, demostrada por la investigación neurológica actual, sin que se tengan que tildar de enfermedad mental y social ciertos desajustes en el aprendizaje rutinario, muy centrado en la escuela infantil y juvenil, en un tramo de la vida en el que la autoestima se forja paulatinamente. Además, sabemos muy poco de determinadas reacciones en la “tardanza para aprender”.

Y Pennac desarrolla su primer capítulo con un hilo conductor aleccionador siempre: la superestructura del miedo, sobre la que se comienza a fundamentar el crecimiento en la vida a partir del momento en que se toma conciencia de la “zoquetería”: “En todo caso, así es, el miedo fue el gran tema de mi escolaridad: su cerrojo. Y la urgencia del profesor en que me convertí fue curar el miedo de mis peores alumnos para hacer saltar esos cerrojo, para que el saber tuviera la oportunidad de pasar”.

Al finalizar el primer capítulo, hago una pausa en la lectura, como también las hacemos a lo largo de la vida. Porque el secreto del miedo no declarado me anima a investigar su correlación con el estereotipo “zoquete”, por un etiquetado social que determinado profesorado, determinadas madres y determinados padres permiten anunciar a los cuatro vientos acompañado de orejas de burro que tanto pueden llegar a desencantar la vida de las niñas, de los niños, que todas las personas llevamos dentro, y que les impiden realizar un consejo precioso de Saramago: déjate llevar por el niño que fuiste.

Sevilla, 20/IX/2008

(1) Pennac, D. (2008). Mal de escuela. Barcelona: Random House Mondaori.

La letra, con emociones entra


Fotograma de la película Ser y Tener (imagen recuperada de http://thecia.com.au/reviews/b/images/be-and-to-have-0.jpg, el 7 de septiembre de 2008)

Septiembre es un mes muy propicio para hablar de “letras”. Mi mentalidad académica, por deformación profesional, siempre me predispone a tener la sensación de que cualquier ciclo de la vida comienza en septiembre: un nuevo curso vital, académico, político, judicial, funcionarial, familiar y personal. Y para reforzar esta predisposición natural he leído recientemente y con especial interés un artículo, Cuando el profesor admira a sus alumnos, que me ha llenado de satisfacción porque vislumbro que algo se mueve en la enseñanza pública que tanto admiro y defiendo: “hemos buscado tiempo [los profesores] para algo aparentemente menos urgente pero importante: la formación. Y el tema tratado en la última de nuestras jornadas de formación ha sido la inteligencia emocional. Nos venimos planteando desde hace unos años que no podemos trabajar con los alumnos y enseñarles un concepto de algo que nosotros no conocemos. Todavía hay personas que no conocen la automotivación, la empatía o las habilidades de relación. Los profesores necesitamos saber cómo se gestiona todo ello para transmitirlo a los alumnos” (1).

Pertenezco a la generación que aprendió con el axioma “la letra con sangre entra”, aunque es verdad que mi experiencia personal con mi maestra de toda la vida, Dª Antonia, era una auténtica excepción. Fue maestra de vida en el pleno sentido de la palabra, pero excepto ella los demás profesores pertenecían a la cofradía de regla y palmetazo, con expresiones sofisticadas hasta la Universidad, con la mejor demostración hecha carne (y sangre) a través del suspenso y tente tieso, sin aproximaciones reales a la vida de cada persona que participa en estos ciclos vitales de sumo interés para su realización presente y futura. Con carencias que determinan la vida personal e intransferible, que pasan de Curso en Curso, sin que se haya “enseñado” la automotivación y autoestima, la empatía o las habilidades sociales que se expresan siempre a través de la inteligencia intra e interpersonal, es decir, la inteligencia social (2).

En todos los órdenes de la vida, esperamos siempre lo mismo: ser respetados en nuestros estados de ánimo, en nuestros sentimientos y emociones, porque somos prisioneros de ellos como tantas veces he escrito en este cuaderno en relación con las estructuras cerebrales del sistema límbico que tanto condicionan la inteligencia humana. Si esto es así, ¿por qué se obvia esta formación continua en la vida, de forma tan clarividente? Durante muchos años he trabajado el constructo de habilidades sociales y cada segundo que pasa estoy más convencido de que el “secreto” de la felicidad en vida (que no después de la muerte) está en respetarnos tal y como somos, teniendo la sensación real de que somos respetados y ad-mirados por parte de los demás.

Por otro lado, la realidad es terca: “Las autoridades educativas, sin embargo, parecen mirar para otro lado. Pere Darder, presidente del Consejo Escolar de Cataluña, partidario de estas nuevas técnicas, se muestra cauteloso: “No pedimos un cambio, pedimos una revolución”. Y esa revolución consiste en volver del revés el sistema y desterrar las secuelas de aquel inquietante axioma de la letra, con sangre entra. Con todo, Darder cree que el camino está iniciado y no tiene vuelta atrás” (3).

Termina el artículo con una breve y contundente exposición, “revolucionaria” en sentido estricto, con una afirmación rotunda, que me llena de esperanza: “Hemos aprendido la importancia de la gestión y el dominio de la actitud: hacia nuestros compañeros, nuestros alumnos, las familias de nuestros alumnos; nos ha sorprendido comprobar que podemos variar nuestra actitud, que nosotros somos los que controlamos nuestro estado, que éste es fruto de una elección. ¿Hay algo más gratificante que escuchar a un profesor contar con pasión y armonía cuánto le emocionan sus alumnos? ¿O a aquel que siente admiración por sus alumnos? Nuestros escolares están obligados a pasar en nuestras aulas al menos seis horas de su día. El regalo que merecen es una buena gestión de la inteligencia emocional por nuestra parte”.

En este mes de septiembre, en las diversas “quincenas de oro” y ataques de autoestima controlada por el mercado puro y duro como consumidores para “no ser tontos”, que nos encontramos por doquier comercial, me encantaría que aparecieran “ofertas” para conocer este recurso que está al alcance de todas las personas, desde su nacimiento, porque su existencia, es decir, la inteligencia emocional, solo necesita ser descubierta y apoyada por las redes familiares y sociales. La única diferencia es que no es mercancía, sino un derecho inalienable de las personas. Constitucional, porque la inteligencia emocional es el resultado de estructuras cerebrales en acción estrechamente vinculadas con la salud mental. Nada más. De esta forma, al comenzar el “Curso vital” 2008-2009, ¡por lo menos!, podríamos garantizar que los responsables y “maestras” y “maestros” del espacio escolar, académico, político, judicial, funcionarial, familiar y personal, cada una y cada uno con su rol y estatus específico, respetan la posibilidad de que nos ad-miren (miren hacia nuestro interior) cada vez que hacemos bien ó mal algo, porque al fin y al cabo todas y todos estamos siempre aprendiendo a vivir con sentimientos y emociones, como letras que “entran” en nuestras vidas grabadas a fuego, desesperadamente…

Sevilla, 7/IX/2008

Nota: Cuando había finalizado de redactar este post, he sabido que la próxima semana se publica un libro que me ha suscitado enorme interés y relacionado estrechamente con el contenido de este post. Lleva por título: Mal de escuela, de Daniel Pennac, publicado en Barcelona por la editorial Mondadori. ¡Me lo quedo! Seguro.

(1) Sanz, Paloma (2008, 5 de septiembre). Cuando el profesor admira a sus alumnos. El País, p. 29.
(2) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital), p. 93-142. Recomiendo la lectura específica del Capítulo 5º sobre Inteligencia digital y habilidades sociales: la inteligencia social.
(3) Prades, Joaquina (2008, 5 de septiembre). La escuela saca suspenso en emociones. España se resiste a implantar técnicas para educar los sentimientos, salvo algunos centros pioneros. La corriente divide al profesorado. El País, p. 28.

Ética del cerebro


Foto cortesía del Prof. Arturo Toga, neurólogo en la Universidad de California, de Los Ángeles (LONI), y director del Centro para la biología computacional. Esta imagen del cerebro humano utiliza colores y forma para demostrar diferencias neurológicas entre dos personas.

He leído recientemente un reportaje muy sugerente sobre dilemas en el cerebro (1), que trata sobre la técnica de estimulación magnética transcraneal desarrollada por el Dr. Álvaro Pascual-Leone, director del Berenson-Allen Center, para la estimulación cerebral no invasiva, en Boston, que vuelve a recordarme mi inquietud para seguir investigando sobre las bases neurológicas de la ética cerebral humana. Hace casi cuarenta años estudié con ahínco la ética de situación, casi a escondidas, que conocí a través de un libro que aún conservo en mi biblioteca, Ética de situación (2), porque no estaba bien vista ni por el Régimen, ni por la Iglesia oficial. Pero me llamaba la atención, poderosamente, porque hacía mucho más humana la vida, porque aceptaba el dilema de la decisión ética, aquella que al tomarla implicaba posibles daños colaterales que siempre se podrían justificar. Y ésa situación de marras era lo que podía dejar tranquila la conciencia. Quizá era donde estaba su secreto, en tranquilizar temporalmente la conciencia humana del yo para no sufrir más de lo necesario, porque determinadas situaciones justifican irremisiblemente determinadas decisiones.

Pasados los años, muchos…, he descubierto que hice aprendizajes sobre la llamada “situación” como fenómeno externo al yo, que ocurría siempre fuera de uno mismo. Ahora pienso que el auténtico reto está en descubrir por qué el problema de la situación no está fuera sino dentro de uno mismo, en el cerebro de cada persona, que no se puede repetir en idénticas condiciones pero sí definir un patrón ¿universal? de “conducta ética cerebral”, al activarse siempre determinadas estructuras cerebrales por medio de circuitos que siempre se “encienden” (activan) ante situaciones similares. Y que se pueden “modificar” interviniendo en ellas.

La lectura del reportaje citado me ha activado y deparado nuevas ilusiones para aproximarse a este viejo problema humano, sobre una de sus bases neurológicas en la investigación actual: la intromisión física en áreas del cerebro que “toman” decisiones que llamamos “éticas”, a través de una técnica: la estimulación magnética transcraneal: “Veamos uno [los experimentos actuales] sencillo: te colocan en la cabeza un artilugio un tanto extraño pero en absoluto amenazante, que el investigador va orientando hasta encontrar el área de Broca, la zona del cerebro que controla el habla. Cuando la localiza, te pide que le expliques una historia. Mientras estás hablando, activa un mecanismo y sientes como una pequeña descarga. No duele, sólo notas que algo extraño ocurre en tu boca. Las palabras no te salen. Sabes muy bien lo que quieres decir, pero tu garganta no responde. Es como una de esas pesadillas en las que basta una palabra para que se abra la puerta que te salvará de tus perseguidores, ¡y no hay manera de pronunciarla! Entonces el investigador te sugiere que en lugar de hablar, cantes. Y entonces, sí que puedes. ¿Por qué? Porque la función de cantar está en el lóbulo derecho, y lo que tienes bloqueado es el izquierdo” (2).

Más adelante se aborda la quintaesencia del problema, es decir, la intervención directa a través de estas técnicas sobre el comportamiento humano, con manipulación de estructuras cerebrales que bloquean actitudes anteriores de corte ético. Y estos avances certifican una realidad defendida científicamente por Marc Hauser, psicobiólogo de la Universidad de Harvard y autor del libro Moral Minds (3), en relación con el llamado “instinto moral”: “Nacemos con un instinto moral, una capacidad que crece de forma natural en cada niño, desarrollada para generar juicios rápidos sobre lo que es correcto o incorrecto, y basada en unos procesos que actúan de forma inconsciente. Parte de este mecanismo fue diseñado por la mano ciega de la selección darwiniana millones de años antes que nuestra especie evolucionase. Otros aspectos fueron añadidos o actualizados durante la historia de nuestros antepasados, y son exclusivos de los humanos y su psicología moral”, teoría expuesta en su libro Mentes Morales: la naturaleza de lo correcto y lo incorrecto (4).

Por didáctica neurológica, estos autores recurren a clásicos populares en relación con la teoría de los dilemas, destacando sobre todo dos: el del tranvía ó tren, y el de la entrega de dinero, para reforzar la “universalidad” de los patrones éticos, que transcribo literalmente del reportaje por su claridad expositiva: “Tenemos un tren que viene a toda velocidad; el sujeto al que se plantea el dilema está junto a una bifurcación en la que hay una aguja que se puede accionar para que el tren vaya por una vía o por la otra. En una de las vías hay un trabajador y en la otra tres. El tren no puede detenerse. Lo único que puede hacer el sujeto es mover la aguja para que vaya por una vía o por la otra. ¿Qué hará? La mayoría de los que participan en este dilema accionan la manivela para que el tren vaya hacia la vía en la que sólo hay un trabajador. Deciden que muera uno para salvar a tres. En el segundo dilema, la situación es la misma, pero en lugar de bifurcación, hay una sola vía. Muy cerca del sujeto, hay un operario trabajando en la vía y unos metros más allá, otros tres. El tren parará automáticamente si se interpone un objeto en su camino. El sujeto sabe que la única cosa que puede hacer es empujar a la vía al trabajador que tiene más próximo. ¿Lo hará? La decisión es la misma, matar a uno para salvar a tres, pero empujando, que es distinto. La mayoría de quienes participan en esta prueba deciden no empujar al trabajador y, por tanto, mueren los otros tres. Hay algo, en este caso, por encima del raciocinio, que no les deja optar por la mejor solución. Algo de orden moral. Daria Knoch y Ernst Fehr siguieron avanzando con un nuevo dilema, el del Ultimatum Game. Participan dos sujetos a los que se ofrece una cantidad importante de dinero que podrán repartirse entre ellos sólo si se ponen de acuerdo en el reparto. A uno se le dará la facultad de proponer el trato y el otro sólo tendrá dos opciones, aceptar o rechazar la oferta. Si la acepta, cada uno se llevará la parte acordada. Si la rechaza, ninguno recibirá nada. El planteamiento racional sería: puesto que él tiene la capacidad de decidir, si rechazo la oferta, me quedo sin nada. Luego la posición más ventajosa —y egoísta— es aceptar lo que me proponga. Pues no. La mayoría de los sujetos que participan en el Ultimatum Game rechaza la oferta si ésta es inferior al 40%. La rechazan de plano, y además suelen enfadarse. Pero si en lugar de una persona, es un ordenador el que hace la oferta injusta, entonces, ¡la mayoría acepta lo que la máquina le ofrece!” (5).

¡Oh, sorpresa! Esto ocurre porque con la máquina no tenemos reparos para interactuar dado que no tenemos que justificar nada ante nadie, ante los demás, tal y como se afirma en el citado reportaje: “¿Por qué esta diferencia? Porque un ordenador no es humano. Con la decisión de rechazar la oferta injusta, practican el llamado “castigo altruista”, un rasgo muy humano: actuar contra el propio interés por defender un principio moral”. Además, interviniendo a través de las técnicas de estimulación magnética transcraneal, se puede sacar una conclusión que abre muchos interrogantes, porque “los humanos inhiben el egoísmo con valores sociales y morales, y eso se hace en esa parte concreta del cerebro [la disrupción del cortex dorsolateral derecho (y no el izquierdo) mediante estimulación magnética intracraneal, reduce el impulso de rechazar las ofertas intencionadamente injustas]. La especie humana es capaz de exhibir justicia recíproca, lo cual implica el castigo de los individuos que tienen conductas injustas, incluso cuando eso daña el propio interés. Para ello ha desarrollado un sistema cortical capaz de inhibir la acción reflexiva encaminada a buscar el propio interés. Y este sistema de inhibición es tan fuerte que somos capaces de llegar a matarnos a nosotros mismos por convicciones políticas y morales”.

He vuelto a recordar el libro de Fletcher que citaba anteriormente, porque en su capítulo final, planteaba cuatro casos a los que no se daba respuesta: intrigas de espionaje (chantaje por el sexo), un adulterio como sacrificio (un embarazo forzado para recuperar la libertad en un campo de concentración), ¿tenía derecho a provocar su propia muerte? (abandonar un tratamiento con objeto de que la familia cobre una póliza para asegurar su subsistencia) y la misión especial del bombardero nº ¡3 [el Enola Gay que lanzó la bomba sobre Hiroshima] (sobre las recomendaciones del Informe solicitado por el Presidente Truman para decidir sobre el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima en 1945). Probablemente, coincidiríamos todas las personas en la respuesta a tenor de cada patrón de conducta, en aquél contexto histórico y social, a tenor de los patrones éticos y morales de la época en la que el “pietismo” y el “moralismo” eran moneda común. O no. Pero lo que se plantea a partir de las investigaciones actuales es que aún existiendo hoy día patrones morales se puede intervenir en el cerebro “modulando” el córtex dorsolateral derecho, en una dialéctica permanente de razón (córtex) y emociones (sistema límbico). Sabiendo como sabemos que el cerebro no descansa nunca, es decir, que está en autoregulación continua, muy atento a “lo que pasa” en su interior, construyendo defensas y arquetipos éticos moduladores en la consciencia, gastando permanentemente el 20% de la energía que gasta nuestro organismo, tanto cuando está muy activo como cuando está en reposo.

En mi libro Inteligencia digital, publicado en 2007, ya abordaba este interesante proyecto de ética del cerebro, de ética de la inteligencia: “Si lo psíquico precede a lo morfológico (¿recuerdan el ejemplo que expliqué sobre la fiereza del tigre anteriormente?), lo importante es la base que ocupa la inteligencia sobre la potencialidad de ser. Así se ha demostrado en la historia de la humanidad: las nuevas especies aparecidas en la selva de Foja son importantes para la humanidad porque la inteligencia del ser humano ha permitido organizar expediciones y utilizar “herramientas especiales” para darles valor. Si no hubiera sido por la explosión del conocimiento humano, las famosas especies que se han descubierto “ahora”, continuarían en el anonimato. Como el funcionamiento de las neuronas. Nuevas especies y neuronas en movimiento perpetuo siempre estaban allí. Cobra especial interés en este apartado la ética de la investigación, la ética del cerebro, como nueva expresión que algún día no muy lejano me gustaría desarrollar y que aprendí de los profesores López Aranguren y Sánchez Vázquez. Son las neuronas interactuando las que hacen posible poner en valor las personas y las cosas. Nace así un nicho de investigación apasionante” (6). Y de esta forma empezamos a hacer un nuevo y apasionante camino científico: “La grandeza del ser humano radica en demostrar a través de la inteligencia que lo biológico (la biosfera) solo tiene sentido cuando va hacia adelante y se completa en la malla pensante de la humanidad, en la malla de la inteligencia (la Noosfera). En definitiva, su tesis radicaba en llevar al ánimo de los seres humanos la siguiente investigación: estamos “programados” para ser inteligentes. Para los investigadores y personas con fe, la posibilidad de conocer el cerebro es una posibilidad ya prevista por Dios y que se “manifiesta” en estos acontecimientos científicos. Para los agnósticos y escépticos, la posibilidad de descubrir la funcionalidad última del cerebro no es más que el grado de avance del conocimiento humano debido a su propio esfuerzo, a su autosuficiencia programada” (7).

Sevilla, 2/IX/2008

(1) Pérez Oliva, M. (2008, 30 de agosto). Dilemas en el cerebro. En el futuro será posible leer el pensamiento y tal vez llegar a modular el comportamiento. La puerta a un mundo insospechado está abierta. El País. Revista de Verano, p. 6s. Asimismo, recomiendo la lectura de la entrevista mantenida por Eduardo Punset con el profesor Alvaro Pascual-Leone, perteneciente al programa de TVE, Redes.
(2) Fletcher, J. (1970). Ética de situación. Barcelona: Ariel (Libros del Nopal).
(3) Recomiendo la lectura completa de la entrevista de Eduard Punset con Marc Hauser, psicobiólogo de la Universidad de Harvard y autor del libro Moral Minds. Boston, diciembre de 2007 (recuperada el 30 de agosto de 2008, de http://www.smartplanet.es/redesblog/wp-content/uploads/2008/06/entrev003a.pdf).
(4) Recuperado el 31 de agosto de 2008, de http://lacomunidad.elpais.com/apuntes-cientificos-desde-el-mit/2008/1/30/neurofilosofia-moral).
(5) Pérez Oliva, M., ibídem.
(6) Cobeña Fernández, J.A. (2007). Inteligencia digital. Introducción a la noosfera digital (Edición digital), p. 284s.
(7) Cobeña Fernández, J.A. (2007), Ibídem, p. 285s

Volar, volar, volar…

Dedicado a los familiares, amigas y amigos de las personas que fallecieron en el accidente del avión de Spanair, de 20 de agosto de 2008. Para construir, en medio de una ceremonia de confusión de opiniones de todo tipo que saturan la inteligencia humana y digital.


Paisaje con la caída de Ícaro, Pieter Brueghel el Viejo, c.1558, Museos reales de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas.

Desde hace millones de años, el ser humano ha visto volar a los pájaros y esa imagen se ha grabado en el cerebro de cada mujer, de cada hombre, de nuestros antepasados, formando un archivo documental de millones de imágenes que se han perpetuado en la genética neuronal, creando millones de archivos en hipocampos humanos, en caballos encorvados que se asemejan a los que surcan las profundidades submarinas. Un día, el ser humano quiso volar, surcar los cielos y se puso a ello. Podía ser.

Quizá, a través del pintor Brueghel, el Viejo, tenemos noticias de diversos momentos de la historia en que las personas quisieron estar cerca de los cielos, de Dios, echando a volar su imaginación, pasando en primer lugar, históricamente, por la tradición oral sobre los acontecimientos de Babel, donde se quiso tocar el cielo escalando hacia él. Y no se sabía volar, aunque hoy volvamos a Brueghel, desesperadamente: “La pasión por el cuadro de Brueghel [La construcción de la Torre de Babel (1563)] comienza a complicarse. Mucho más cuando entramos de lleno en el texto bíblico del libro del Génesis, 11, 1-9, del que extractamos pasajes que no tienen desperdicio para nuestra finalidad digital. El versículo de arranque es una realidad parcial hoy: “Todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras (…) Entonces se dijeron el uno al otro: “Ea, vamos a fabricar ladrillos y cocerlos al fuego” (…). Después dijeron: “Ea, vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en los cielos, y hagámonos famosos por si nos desperdigamos por toda la haz de la tierra”. Pero Dios decidió darse una vuelta por el mundo y, en concreto, por aquel sitio y dijo: “He aquí que todos son un solo pueblo con un mismo lenguaje, y este es el comienzo de su obra. Ahora nada de cuanto se propongan les será imposible. Ea, pues, bajemos y una vez allí confundamos su lenguaje, de modo que no entienda cada cual el de su prójimo. Y desde aquel punto los desperdigó Yahvéh por toda la haz de la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por eso se la llamó Babel; porque allí embrolló Yahvéh el lenguaje de todo el mundo, y desde allí los desperdigó Yahvéh por toda la haz de la tierra”. No pudo ser.

Quizá sea el mito de Ícaro y Dédalo, desde la visión escéptica de Brueghel en su cuadro “Paisaje con la caída de Ícaro” (porque las personas tienen que seguir viviendo [arando y pescando…] a pesar de un acontecimiento tan importante como la caída de Ícaro al mar), el que resume de forma más profunda el fracaso humano de experimentar el vuelo libre por imitación, llegando al siglo XXI con necesidad de apoyos metálicos y electrónicos para alcanzar ese sueño. Ícaro, hijo del arquitecto Dédalo, fue encarcelado junto a su padre en Creta: “Dédalo consiguió escapar de su prisión, pero no podía abandonar la isla por mar, ya que el rey mantenía una estrecha vigilancia sobre todos los veleros, y no permitía que ninguno navegase sin ser cuidadosamente registrado. Dado que Minos controlaba la tierra y el mar, Dédalo se puso a trabajar para fabricar alas para él y su joven hijo Ícaro. Enlazó plumas entre sí empezando por las más pequeñas y añadiendo otras cada vez más largas, para formar así una superficie mayor. Aseguró las más grandes con hilo y las más pequeñas con cera, y le dio al conjunto la suave curvatura de las alas de un pájaro. Ícaro, su hijo, observaba a su padre y a veces corría a recoger del suelo las plumas que el viento se había llevado, y tomando cera la trabajaba con sus dedos, entorpeciendo con sus juegos la labor de su padre. Cuando al fin terminó el trabajo, Dédalo batió sus alas y se halló subiendo y suspendido en el aire. Equipó entonces a su hijo de la misma manera, y le enseñó cómo volar. Cuando ambos estuvieron preparados para volar, Dédalo advirtió a Ícaro que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo porque la espuma del mar mojaría las alas y no podría volar. Entonces padre e hijo echaron a volar. Pasaron Samos, Delos y Lebintos, y entonces el muchacho comenzó a ascender como si quisiese llegar al paraíso. El ardiente sol ablandó la cera que mantenía unidas las plumas y éstas se despegaron. Ícaro agitó sus brazos, pero no quedaban suficientes plumas para sostenerlo en el aire y cayó al mar. Su padre lloró y lamentando amargamente sus artes, llamó a la tierra cercana al lugar del mar en el que Ícaro había caído Icaria en su memoria. Dédalo llegó sano y salvo a Sicilia bajo el cuidado del rey Cócalo, donde construyó un templo a Apolo en el que colgó sus alas como ofrenda al dios”. No pudo ser.

Ahora, sabemos ya cómo se puede volar, nuestro cerebro permite elegir, pero solo “pareciéndonos” a las aves del Cielo, aquellas que vio Dios como “bueno” cuando las creó, a diferencia de la creación del ser humano. Aunque nunca hemos podido volar por nosotros mismos, el acto creador de la inteligencia humana, aquél que ya nos permite volar a nuestra manera, ser inteligentes para seguir viviendo, dice el cronista histórico que proporcionó una gran satisfacción al Creador (para cada una, para cada uno, dondequiera que esté ó quienquiera que sea): y vio Dios que muy bueno… (no solamente bueno). Pudo ser, aunque no conozcamos todavía el Paraíso que al fin y al cabo también buscaban Ícaro y los constructores de Babel, apasionadamente.

Sevilla, 27/VIII/2008

E la nave va…


Milo Manara (E la nave va…)

El pasado 24 de agosto inserté una nota final en el post dedicado al proceso de duelo, Duelo y cerebro, con ocasión del accidente del avión de Spanair, de 20 de agosto de 2008, en el que pedía disculpas por no poder insertar imágenes en los post. Hoy, cumpliendo con mi compromiso, comunico que ya se ha solucionado el problema existente, que se debía a una serie de permisos que no se habían activado por el proveedor después del cambio de versión del programa que sustenta este cuaderno de derrota… (¿recuerdas?). Y la nave, Isla desconocida, va…

Sevilla, 26/VIII/2008

Duelo y cerebro

El núcleo accumbens, principal estructura cerebral que interviene en el proceso de duelo (imagen recuperada, de http://thebrain.mcgill.ca/flash/i/i_03/i_03_cr/i_03_cr_que/i_03_cr_que.html, el 23 de agosto de 2008)

Desde el 20 de agosto, estamos asistiendo a un proceso de duelo permanente por las víctimas del accidente sufrido por el avión de la compañía Spanair, en el vuelo JK 5022. Todas las interpretaciones en torno al desgraciado suceso están rodeando los mecanismos de defensa del ser humano, centrados en el fenómeno de duelo, fundamentalmente el que protagonizan los principales afectados, es decir, los familiares y principales allegados de las personas que han fallecido en el mismo. También, el que desarrollan los profesionales que intervienen en grandes catástrofes, porque tienen que elaborar de alguna forma el retorno a lo vivido tan próximo y dar rienda suelta a los sentimientos y emociones que han experimentado y grabado en cada hipocampo personal e intransferible de forma tan dramática. El duelo es un proceso muy desconocido, con sede en una estructura cerebral, el núcleo accumbens, responsable de nuestras formas de reaccionar ante la separación radical, arraigadas en el cerebro primitivo desde hace millones de años, que en estos momentos, puede ayudar a todas y todos, conocerlo en profundidad, al identificarlo como cauce fisiológico del malestar y bienestar personal paradójico, al obtener la persona afectada determinadas recompensas físicas y psíquicas mientras que estamos instalados en él.

¿Por qué vivimos y experimentamos el duelo? Parto de la definición de duelo como proceso psicológico ante la pérdida de una persona, objeto o evento significativo, emocional y comportamental, en forma de sufrimiento y aflicción, cuando el vínculo afectivo se rompe (1). Este proceso psicológico, que se desencadena a raíz de un acontecimiento vital de muerte y desaparición, de separatidad, en definitiva, tiene una base cerebral de gran importancia para desentrañar su base neuronal en el núcleo accumbens que actúa a modo de interruptor cognitivo, sentimental y emocional para desencadenar una serie de comportamientos que se han descrito en la literatura neurocientífica actual del duelo.

Se han estudiado de forma muy rigurosa las diferentes fases del proceso que desencadena el duelo y su elaboración posterior, destacando personalmente el esquema de Bowlby, autor al que he seguido a lo largo de cuarenta años desde que estudié su concepto de “separatidad” (2):

“La fase 1, “fase de entumecimiento o shock”, es la fase temprana de intensa desesperación, caracterizada por el aturdimiento, la negación, la cólera y la no aceptación. Puede durar un momento o varios días y la persona que experimenta el duelo puede recaer en esta fase varias veces a lo largo del proceso de luto.
– La fase 2, “fase de anhelo y búsqueda”, es un periodo de intensa añoranza y de búsqueda de la persona fallecida, caracterizada por inquietud física y pensamientos permanentes sobre el fallecido. Puede durar varios meses e incluso años de una forma atenuada.
– La fase 3 o “fase de desorganización y desesperanza”, en la que la realidad de la pérdida comienza a establecerse, la sensación de sentirse arrastrado por los acontecimientos es la dominante y la persona en duelo parece desarraigada, apática e indiferente, suele padecer insomnio, experimentar pérdida de peso y sensación de que la vida ha perdido sentido. La persona en duelo revive continuamente los recuerdos del fallecido; la aceptación de que los recuerdos son sólo eso provoca una sensación de desconsuelo.
– La fase 4, “fase de reorganización”, es una etapa de reorganización en la que comienzan a remitir los aspectos más dolorosamente agudos del duelo y el individuo empieza a experimentar la sensación de reincorporarse a la vida, la persona fallecida se recuerda ahora con una sensación combinada de alegría y tristeza y se internaliza la imagen de la persona perdida”.

Indiscutiblemente, lo sucedido en el avión de Spanair, de nombre Sunbreeze (Brisa del Sol), ha contado con variables intervinientes que agudizan estos procesos por reunir factores múltiples de desconcierto centrados en el desconocimiento real de lo que ocurrió, cuestión que adquiere una importancia transcendental en estos procesos y que debe ser atendido con prioridad absoluta.

Desde el proceso de inteligencia digital, se ha descubierto recientemente, una base científica para “alojar” (valga la expresión) el duelo, en su fase complicada, en el núcleo accumbens, al llevar a cabo un estudio comparativo entre el duelo no complicado y el complicado (3), utilizando imágenes de Resonancia Magnética Funcional: “Hasta ahora, poco se sabía de los mecanismos neurales que distinguen ambos tipos de duelo, explican los investigadores en la revista especializada Neuroimage [(4)], pero se habían considerado algunos mecanismos hipotéticos, como la actividad relacionada con el dolor (con la angustia social por la pérdida) y la actividad relacionada con la recompensa (con los comportamientos de apego). Una de las investigadoras, la doctora Mary-Frances O’Connor, declaró para la publicación de la UCLA que, en lo que se refiere al mecanismo de recompensa, la idea es que, mientras nuestros seres queridos están vivos, obtenemos señales gratificantes cuando los vemos o cuando vemos objetos que nos los recuerdan. Tras la muerte de un ser allegado, los que se adaptan a la pérdida dejan de obtener esta recompensa neural. Por el contrario, los que no consiguen adaptarse, continúan anhelándola, porque cada vez que ven una señal del ser querido aún obtienen la recompensa neural correspondiente. Todo este mecanismo sucede a nivel inconsciente, es decir que el doliente no pone en ello ninguna intención. El estudio se centró en analizar si las personas que sufren de duelo complicado presentan una mayor actividad tanto en el circuito de recompensa del cerebro como en el circuito del dolor. Para ello, fueron analizadas 23 mujeres que habían sufrido la pérdida de sus madres o de alguna hermana como consecuencia del cáncer de mama”.

El resultado ha ayudado a localizar bien la reacción cerebral ante imágenes de los seres queridos que han fallecido, activándose de forma sustancial el núcleo accumbens, es decir, se ha demostrado que el dolor crea adicción porque esta estructura se activa al visualizar o recordar a los seres que se querían y que han fallecido. Se necesita en definitiva este recuerdo porque es lo “único gratificante”, aunque “El estudio respalda por tanto la hipótesis de que los apegos activan los circuitos de recompensa y pueden por tanto convertirse en una interferencia para la adaptación a las pérdidas. Es decir que, aunque la activación del núcleo accumbens no satisfaga emocionalmente a los dolientes, señala O’Connor, se convierte en una respuesta que hace aún más difícil de superar la realidad del fallecimiento”. Y la adicción al dolor “puede llegar a generar el anhelo recurrente de emociones dolorosas como la ansiedad intensa o el deseo de morir. Ahora, este síndrome ha sido definido por un conjunto de criterios empíricos y se está considerando su inclusión en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association (Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos), el DSM-IV. Este manual consiste en una clasificación de los trastornos mentales con el propósito de proporcionar descripciones claras de éstos para facilitar sus diagnósticos”.

Ya sabemos la importancia de estos estudios de laboratorio con personas afectadas por procesos de duelo. El conjunto de neuronas que se recuestan cerca del sistema límbico, implicando la amígdala, el hipocampo y la corteza cerebral, se conoce como el “núcleo accumbens” (del verbo latino “accumbo”: recostarse, tenderse). Este núcleo cumple también una misión importante en el cerebro: obtener placer y mantenerlo el mayor tiempo posible, gracias a un neurotransmisor, la dopamina, que produce sentimientos y emociones de gozo como refuerzo ante determinados problemas que elabora la corteza prefrontal, con los que se encuentra en una experiencia tan traumática como la ocurrida en Barajas, llevándola a una proactividad encaminada a buscar continuamente actividades que permitan bienestar, bien-ser, en definitiva.

Una maravillosa función de esta estructura cerebral que nos hace más vulnerables ante desórdenes de la vida y de la muerte de seres queridos, pero que también está preparada desde hace millones de años para interactuar con otras estructuras y buscar quizá, desesperadamente, la felicidad robada en la propia vida.

Sevilla, 24/VIII/2008

(1) Navarro Serer, Mariano (2006). La muerte y el duelo como experiencia vital: acompañando el proceso de morir. Informació Psicològica (88), pág. 17.
(2) Flórez, S.D. (2002). Duelo. Anales del Sistema Sanitario de Navarra, 25 (3), 77-86.
(3) Martínez, Y. (2008). El duelo por la muerte de un ser querido puede volverse adictivo. Los recuerdos tristes activan las neuronas de los centros de recompensa del cerebro (recuperado de http://www.tendencias21.net/El-duelo-por-la-muerte-de-un-ser-querido-puede-volverse-adictivo_a2380.html, el 23 de agosto de 2008).
(4) O’Connor, M.F., Wellisch, D.K., Stanton, A., Eisenberger, N.I., Irwin, M.R. & Lieberman, M.D. (2008). Craving love? Enduring grief activates brain’s reward center. NeuroImage, Volume 42, Issue 2, 15 August 2008, p. 969-972.

NOTA: por problemas técnicos derivados de un cambio de versión en el programa sobre el que está soportado este blog, no es posible insertar imágenes, temporalmente, hasta su resolución. Pido disculpas sinceras a todas las personas que se aproximan a esta «Isla Desconocida», porque en un post como el que antecede es más fácil conocer la estructura cerebral correspondiente a través de la imagen adecuada, aunque los enlaces que introduzco en el texto puede ser una solución provisional. Informaré puntualmente cuando atiendan la solicitud que he formulado al proveedor de servicios de Internet donde tengo alojado el blog. Gracias.