¡Bienvenido, Mr. Anderson!

Sigo dando vueltas en mi cabeza a la experiencia de ayer, con el compromiso de Dominique Lapierre en India. Me impactó mucho la experiencia que contó de Bhopal, tristemente recordada después de casi veintidós años de muertes y heridas por la fuga del pesticida isocianato de metilo. Contaba Dominique que estaba impresionado por la manifestación reciente de mujeres, en su largo camino hacia Nueva Delhi, para reivindicar agua potable tantos años después de aquél domingo, 2 de diciembre de 1984, porque los acuíferos siguen contaminados.

En homenaje a todas las mujeres del mundo que alzan su voz para ser escuchadas en legítima defensa personal y familiar, incorporo hoy un artículo que escribí y publiqué en Huelva, sobre esa triste realidad, en el periódico “La Noticia”, el 10 de diciembre de 1984. Suena cercano y próximo en el tiempo. Desgraciadamente. Si quieres conocer algún detalle más, puedes consultar la siguiente dirección en Internet: http://www.foroidea.com/asfixia-bhopal.html. Seguir “interesados” en la realidad de Bhopal no debería ser solo cosa de algunos. Ayer me lo recordaron y así te lo transmito.

Dentro de unos días todo volverá a su normalidad habitual, si es que en la India algún día es normal, dentro de tanta hambre y miseria como la circunda por todas partes. La ciudad de Bhopal, segundo gran aviso al mundo de las paradojas del desarrollo tecnológico actual, intentará reconstruir la vida en su sentido más estricto. Hombres, mujeres y niños tendrán que recuperar las ganas de vivir después de ser testigos de una tragedia servida en color por las grandes cadenas de televisión del mundo. Todos hemos podido comprobar en directo cómo se fabrica la muerte y las deformidades a pocos metros de casa. Para consuelo de la humanidad en general, parece ser que las madres gestantes van a vivir la incertidumbre de sus futuros hijos, a los que al menos se les garantiza la conservación de un único sentido: el gusto. Tremenda contradicción en una población atacada precisamente por el hambre y el desconcierto de seguir viviendo.

La insensibilidad humana alcanza límites preocupantes. Ya pueda hundirse el mundo de al lado, que mientras no afecte mis propios intereses humanos no voy a entrar en auténtica crisis de solidaridad.

Todo quedará en una cuenta corriente y en la clásica ropa usada, lavada y planchada «pret-á-porter en clase pobre» para «ayudar» a un pueblo «que se debate entre la vida y la muerte». Desgraciadamente y con el más puro sentido sarcástico del humor americano, «podemos construir la tecnología, podemos calcular los riesgos (sic), pero no podemos predecir la reacción de la gente, ya sea por falta de educación o por incompetencia. Siempre existe el imprescindible factor humano». Esta frase de taco de almanaque la ha pronunciado Marcel Lafollette, técnico del Instituto Tecnológico de Massachussets y de la Universidad de Harvard. Según su interpretación, el factor humano tiene la culpa de todo. Verdaderamente, de vergüenza. ¿A qué ciudadano de Sanjuanico o Bhopal se le ha pedido parecer u opinión sobre la instalación de fábricas mortíferas a su alrededor físico? A nadie. ¿Qué técnico de estas fábricas tiene la patente de corso para no errar? Ninguno. Luego la conclusión es obvia: se tendrá que discutir la «necesidad» de mantener este tipo de fábricas o a lo sumo, enclavarlas en lugares de máxima seguridad mundial, si es que queda algún sitio seguro en el planeta. Pero echar la culpa al sufrido y nunca bien ponderado factor humano parece demasiado. Siempre se aprende perdiendo, pero pérdidas de esta envergadura no justifican ni tan siquiera al refrán.

Y sociológicamente nos sorprenden los dos lugares donde se han producido los dos grandes desastres en el espacio de días: ciudades y extrarradios de macro-micrópolis donde se concentra normalmente la pobreza. Sanjuanico y Bhopal se entienden a sí mismas por ser lugares donde la fuerza del desarrollo se mide por el autoritarismo de sus chimeneas y grandes depósitos. Una tímida valla metálica y letreros tipo de «toxic» con llama y calavera incluidas, «avisan» del peligro de la empresa. Creo que es una auténtica burla hacia la población colindante, donde entre otras miserias no tienen ni siquiera acceso a la escuela para aprender los avisos en inglés. Posiblemente, ni recursos económicos para comprar los «plásticos” cuyos componentes fundamentales se fabrican a cuatro pasos de sus casas. Es decir, gozan de la proximidad de «olores», «contaminación» y nubes tóxicas como justo castigo a construir los barracones donde malviven a escasos metros del césped de las grandes fábricas. Si vivieran en el centro de la ciudad no habrían sufrido sus consecuencias. Si además sus reivindicaciones ciudadanas se pierden en la selva de las justificaciones institucionales y tecnológicas, no hace falta más comentarios, como en los buenos chistes: el desastre está servido. Al igual que en las antiguas campañas de Navidad, habría que decir: «ponga  unos cuantos muertos en sus pantallas de televisión», mientras se nos caen restos del polvorón clásico.

Huelva tiene mucho que pensar con estos avisos estratégicos. Estos desgraciados simulacros deben llevamos a formar grupos humanos, solidarios «a priori», para divulgar y conocer a fondo qué es lo que tenemos a un kilómetro en línea recta. Para ejercer la denuncia, para defender el derecho a la vida aunque ya hayamos nacido. Para respirar tranquilos y cuidar sigilosamente el olfato, maltrecho por ese «cierto olor a podrido” que nos rodea en la madrugada.

A los treinta y dos años del éxito de Bardem con su película «Bienvenido Mr. Marshall», le podríamos pedir de nuevo un rodaje de reposición en nuestra ciudad. Sería el momento de vivir la experiencia de aquel inocente pueblo y alcalde a su cabeza, trocando aquella desilusión en vítores y aplausos para un desmontaje de lo existente, negando todos los cartones del bingo de las multinacionales de la muerte, en una demostración de fuerza ante tanto sinsentido. Es más o menos lo que tendría que haber pedido y vivido la población de Bhopal, cuando un alto directivo de la Union Carbide, propietaria de la planta de isocianato de metilo, decidió construir una factoría en su territorio.

Mr. Anderson se «quedó» allí, un director de típica factura americana, un «modelo» para la sociedad actual. Muchos hemos pensado estos días con auténtica añoranza el mensaje de Bardem: ojalá hubieran tenido la posibilidad de haber pintado en su pancarta: «¡Bienvenido, Mr. Anderson!». La caravana de Union Carbide pasaría de largo, dejando una estela de alegría en los habitantes de Bhopal o Huelva, pues desde la parábola del miedo es lo mismo…

LA NOTICIA, Lunes, 10 de Diciembre de 1984

Género y vida

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