En busca de islas desconocidas

Martha Mckeen
Edward Hopper, El «Martha Mckeen» de Wellfleet – 1944

Hopper está en Málaga, en el Museo Carmen Thyssen, con motivo de una exposición temporal bajo el título de “Días de verano. De Sorolla a Hopper”, que se podrá visitar desde el 28 de marzo hasta el 6 de septiembre de 2015. Este cuadro de portada me ha recordado una vez más el compromiso contraído con Saramago de buscar incesantemente islas desconocidas, en la clave que nos regaló con sus palabras trazadas en un libro inolvidable, El cuento de la isla desconocida, que me acompaña siempre en los viajes hacia alguna parte de mi vida.

Cualquier situación puede ser una buena excusa para volver a iniciar esta apasionante búsqueda. El año pasado, con motivo de la publicación de un libro precioso, Atlas de islas remotas, conocidas hasta donde he podido investigar, propuse que también se debería hacer un atlas de islas desconocidas, que sería maravilloso compartir en la Noosfera de miles de millones de personas que ahora vivimos en el planeta tierra. Aunque en el libro se hacía una reflexión sorprendente y, quizá, disuasoria: “El paraíso es una isla. Y el infierno también”.

El barco de Hopper, situado físicamente en Wellfleet, un pueblo pequeño ubicado en el condado de Barnstable en el estado estadounidense de Massachusetts, me ha recordado también que hay que saber hacia dónde navegamos en el río de la vida todos los días y a qué puerta se llama de las ofertas reales de cada vida para descubrir el amor que lo mueve todo, pero saliendo cada uno de sí mismo para contemplar lo que hay que cambiar en cada persona de secreto para compartirlo con los demás. Existen además, varias puertas a modo de oportunidades, a las que podemos llamar y entrar dependiendo de nuestra actitud ante la vida: la Puerta de las Peticiones, la de los Obsequios y… la del Compromiso. Además, ese atlas de nuestras islas desconocidas, a configurar, es siempre personal e intransferible, de difícil localización por personas ajenas a nuestro barco de secreto. A menos que la mujer de la limpieza que nos presentó Saramago en su cuento acuda también en nuestra ayuda…

Así lo escribí un día, no tan lejano, cuando describía la forma de acceder a esas islas tan necesarias para vivir con dignidad humana: “Sigo entretejiendo una telaraña digital en torno a la divulgación científica de las estructuras del cerebro humano, de la inteligencia digital, porque estoy convencido que la Noosfera es la gran aventura por descubrir en toda su potencialidad”, porque […] “El viaje de la “Isla desconocida” que me regaló en el más puro anonimato su autor, José Saramago, no se me olvidará nunca. Gracias a él, fueron 43 pequeñas páginas las que el 10 de diciembre de 2005, cuando registré este blog, aparecieron como por arte de magia en mi memoria a largo plazo como abriéndose paso, hoja a hoja, para tener un sitio preferente -intercaladas- en este cuaderno de derrota, en términos marinos. Quizá fuera porque siempre he insistido en mi vida que lo importante es viajar hacia alguna parte, buscándonos a nosotros mismos y, a veces, en compañía de algunas y algunos, los más próximos y cercanos. Al fin y al cabo, tal y como finalizaba el cuento de Saramago. Su compromiso”.

El paraíso y el infierno existen, sin lugar a dudas, en el viaje hacia alguna parte, hacia islas desconocidas, que hacemos cada día. Quizá deberíamos aprender en el aquí y ahora de cada uno, de la misión y visión perfecta del charrán ártico, que persigue un objetivo claro que siempre cumple: alcanzar las metas propuestas volando por esos mundos de dios. Porque buscar islas desconocidas, es decir, descubrir cómo somos cuando decidimos vernos desde fuera, es lo mejor que nos puede pasar en la vida sola o asociada. Al fin y al cabo, la vida se nos pasa… volando.

Sevilla, 6/IV/2015

El ejemplo del charrán ártico

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Más no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
Y en tu vejez arribes a la isla
Con cuanto hayas ganado en el camino,
Sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Konstantinos Kavafis, Ítaca

Lo he leído con asombro. El charrán ártico, es un ave migratoria de unos 35 centímetros de largo y 80 de envergadura, y poco más de 100 gramos de peso, que protagoniza la migración más larga del reino animal. Cada año, vuela más de 70.000 kilómetros en su viaje de polo a polo. Durante su vida, de unos 34 años de media, vuela lo equivalente a tres viajes de ida y vuelta a la Luna. Su viaje anual, desde Groenlandia al Mar de Wedell, en la Antártida, y viceversa, no lo hacen de forma directa, ya que pasan un período de un mes a unos 1.000 kilómetros al norte de las islas Azores, en el centro del Océano Atlántico. El charrán ártico no elige la ruta más corta, sino que hace una gran «S» a través del Atlántico, para aprovechar los sistemas de vientos y ahorrar así un poco de energía. Además de esta hay otra rutas migratorias, como de Alaska hasta Tierra del Fuego (1).

Todo es espectacular en esta maravilla de la naturaleza. Este viajero infatigable por excelencia, lleva millones de años haciendo algo que sabe hacer muy bien, viajar de forma incansable, a finales de agosto de cada año, con una media de unos 700 kilómetros diarios, durante unos ocho meses, incluyendo un mes más de descanso en el norte de las Azores, con un objetivo superior del que no admite distracción alguna: llegar a su meta, volviendo siempre a su Groenlandia querida, aunque se puede elegir el grupo entre los dos que se separan siempre en las Azores para volver a encontrarse en la Antártida. A partir de este polo, vuelven juntos a su punto de partida. Existen muchos interrogantes sobre su apasionante aventura, que se ha controlado con técnicas geoespaciales, mediante la implantación de un pequeño aparato de 1,4 gramos para conocer dos veces al día su localización exacta (2).

MIGRACION CHARRAN
Representación del viaje de polo a polo que realiza cada año el charrán ártico / http://www.arctictern.info

Esta experiencia me ha aportado reflexiones acerca de lo que aprendí hace ya muchos años de Teilhard de Chardin: el mundo solo tiene interés hacia adelante. Igual que lo vive el charrán, que no se distrae nunca de su objetivo principal: llegar al destino previsto, a pesar de que atraviese experiencias inauditas que le obligan a realizar un vuelo impecable para no separarse de su meta final. Con una diferencia sobre la especie humana: puede repetir su maravillosa aventura hasta 34 veces en su corta vida, una por año, aprovechando siempre el viento favorable de cola, tal como lo aprendió de sus antepasados.

Del charrán debemos aprender a volar y perseguir siempre un objetivo claro: alcanzar las metas propuestas. El ser humano, que un día salió de África para viajar también de forma incansable por el mundo, tuvo un antecedente en la evolución del charrán ártico. Teilhard lo simplificaba en un ejemplo muy gráfico: el tigre no es fiero porque tiene las garras, sino al revés: tiene garras porque en su evolución natural se desarrolló en él el instinto de fiereza. Por decirlo de alguna forma, las garras vinieron después. La evolución entera es la consecuencia de la ramificación de lo psíquico. El eje de avance es una línea delgada roja anímica, no material” (3). Sencillamente, porque lo anímico precede siempre a lo morfológico, dado que la explosión de la evolución fue el cerebro humano, el que nos permite hacer hoy el largo viaje de la vida, sin esperar que Ítaca nos enriquezca. Porque vivir es lo mejor que nos pasa.

Sevilla, 5/IV/2015

(1) http://zonacurio.blogspot.com.es/2013/06/animales-extraordinarios-la-migracion.html
(2) Egevang, Carsten (2010). Tracking of Arctic terns Sterna paradisaea reveals longest animal migration. PNAS, February 2, 107 (5), 2078-2081.
(3) Cobeña Fernández, J.A. (2006). El punto omega (V).