PALABRAS DEL AMANECER / 7. Buscando luces y sombras, desesperadamente.

El calor reinante obliga a buscar sombras al caminar. Cada uno lo puede interpretar como quiera, pero esta búsqueda, a veces desesperada, nos trae a la memoria la necesidad de discriminar determinadas sombras que atenazan la vida de personas sin escrúpulos, maestros de la ética siempre que se aplique a los demás.

Mientras sorteaba en las aceras de Jacobs el paseo entre sol y sombras, he encontrado motivos dignos que daban cobijo a ideas buenas y personas que siempre están detrás de ellas. Y era una paradoja que me hacía reflexionar porque luces y sombras conviven siempre en permanente dialéctica vital. Lo importante es saber buscar la sombra cuando determinados soles calientan la cabeza débil que forma parte de nuestras vidas, sin excepción alguna. He constatado que todo depende del color del cristal con el que se observa la vida.

He comprobado en una parada de autobús que no debemos mostrar indiferencia a las enfermedades raras, que podemos buscar signos que muestren nuestra preocupación hacia ellas. La universidad con zapatillas de deporte, que es la vida misma de todos los días, de la cotidianeidad impenitente, la de la calle, en la que tantas personas estudian y asisten a sus clases sin faltar un solo día a ella, muestran caminos de luces entre tanta sombra reinante. También he vuelto a reforzar la idea estudiada en libros y experiencias vitales muy próximas, de que el talento nos hace más libres. Esta mañana lo he visto en cartel de un kiosco de prensa, donde una persona concreta, José Luis López Gómez, mejor inventor europeo en 2013, me dio la oportunidad de pensar que en este país es posible la regeneración global en ideas y personas. También en políticos.

Cuando regresaba a casa, me ha parado una persona encantadora, un senegalés que te entrega sonrisas a cambio de nada en un semáforo. Me ha dicho que me habían dejado muy bien en la peluquería y he recordado que él sabe muy bien qué es la sombra, porque nació en un país en el que se aprende en las escuelas que un árbol sagrado, el baobab, encierra en su tronco, ramas, hojas y cauris, un secreto para alcanzar la dignidad de la vida.

He vuelto a leer el cuento que un día descubrí investigando la riqueza del talento, La princesa, el baobab y los cauris, que cantaba las excelencias de sus hojas y su sombra, sin haber entendido nunca por qué los trataba tan mal el Principito. Y con el corazón de niño que siempre fui, mirando a los ojos a este chico de la sonrisa a flor de piel sin nada a cambio, he comprendido que saber buscarla ofrecerá garantías de comprensión para asimilar mejor la complejidad de la vida, los caballos de mar de nuestros cerebros (hipocampos) que vuelan hacia el sol, aunque al igual que Groucho, en cualquier caso, siga necesitando localizar a un niño de cinco años para entender los asuntos de la vida, de la muerte, de sus luces y sombras, que a todos -a veces- nos siguen pareciendo cuentos escritos en chino o wolof, su idioma en el amanecer hoy de Sevilla.

Así me ha sucedido y así lo he contado.

Sevilla, 5/VI/2015

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